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Mi Mundo de Aromas |
| Sí, debo confesar que la maté. La convivencia con mi mujer era terrible, se había convertido en un infierno constante y mi vida ya no era mía, por lo que hace dos semanas, la suya pasó a pertenecerme. El único elemento que aún me mantenía junto a ella era su peculiar condición de provocar los sugestivos aromas que siempre me han fascinado; pero desde que dejó de utilizar los perfumes que tanto me seducían, ya no pude soportarla. Su voz, sus actos y su simple presencia me agredieron en el mismo momento en que abandonó su cualidad de generar ese placer en mi. Comenzó entonces a atormentarme la sensación de que yo ya no le importaba y que era esa la forma que había adoptado para despreciarme e ir sacándome de su vida; y fue en ese momento que decidí eliminarla. Desde niño desarrollé un extraño embrujo por los olores. Inmerso en un mundo maravilloso y desconocido, olía todo lo que estaba a mi alcance; y esa fascinación me ha acompañado por siempre. Mi noche de bodas fue intensa gracias a que mi esposa exhalaba un perfume sutil y sensual, y debido a ello, nuestro matrimonio había durado hasta ahora. A decir verdad, mientras mantuvo aquella virtud de permanecer deliciosamente olorosa para mí, yo fui feliz. Por las mañanas- cuando salía de la ducha- un suave manto de su particular colonia femenina me envolvía, y cuando la besaba, percibía en su cabello recién lavado una esencia de frutas frescas. Cuando hacíamos el amor, también nuestros aromas eróticos se entremezclaban con su transpiración delicada, llevándome a límites indecibles. Intentaba así, asimilar de forma lenta tales fragancias para no saturar mi sentido y poder disfrutarlo por más tiempo. Después, mientras ella preparaba el desayuno, el pan tostado y el café se mezclaban en un sabroso placer sensorial. Sus comidas; el humo del incensario; las flores que ponía sobre la mesa; todo me extasiaba, sin embargo, de pronto todo cambió. Ya no me quería... y la asesiné. Ahora, con su muerte, estoy tranquilo; pero no feliz. Si bien no la extraño, sí reconozco que echo de menos su don; además, desde hace unos días un nuevo olor ha comenzado a impregnar mi olfato. Creo que deberé deshacerme de su cadáver. |
Walter Baliero C.
Septiembre / 2002
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