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El Candombe, la Chicha y la Bambula, entre 1820 y 1888
por Lauro Ayestarán

 
 

Desaparecidas hoy en nuestro país las danzas y ceremonias afro-uruguayas, resulta realmente difícil reconstruir sobre la base de incompletos documentos históricos sus características privativa. No obstante, cabe hacer una advertencia importante al respecto: la palabra candombe es genérica en nuestro medio de todo baile negro, como antiguamente se aplicó el termino de tango y en sus postrimerías de zamba. Pero dentro de esas acepciones de especie, viven dos suertes de danzas completamente diferenciadas; la una sería la danza de pareja suelta de conjunto que un cronista de 1857 llama la "chica"; la otra, una especie de danza guerrera que d'Orbigny vio bailar en la antigua Plaza del Mercado y que lleva al parecer el nombre de "bámbula". El candombe, además de ser sinónimo de danza negra en general, sirvió en particular para designar a la primera de éstas: a la chica. Quizás la bámbula, desaparecida ya a mediados del siglo XIX, fue el verdadero recuerdo de la danza africana como que era típicamente una danza colectiva en la cual el concepto de la pareja no estaba presente. 

Las ceremonia coreográficas del esclavo o del liberto en el Uruguay tenían lugar en el Montevideo de la primera mitad del siglo pesado, en las salas de baile que ya existían en 1807 y en dos lugares públicos: en la antigua Plaza del Mercado que se hallaba ubicada en Sarandí y Mercadito Viejo, y en el Recinto próximo al Cubo del Sur.

Entre las más curiosas referencia de los viajeros y memorialista del siglo XIX, queremos destacar hoy aquellas que traen detalles precisos del sentido expresivo y de la coreografía de estás danza afro-uruguayas.

Sàint-Hilaire describe las danzas negras de 1820

El 1º de noviembre de 182O, hallándose de paso por Montevideo, el distinguido viajero francés Augusto Sàint-Hilaire alcanza a ver una danza de los negros que describe con estas palabras: "paseándome por la ciudad llegué a una pequeña plaza donde danzaban varios grupos de negros. Movimientos violentos, actitudes innobles, contorsiones horrorosa, constituían los bailes de estos africanos a los que se entregaban apasionadamente con una especie de furor. Realmente, cuando danzan se olvidan de sí mismos" ("Voyage a Rio Grande do Sur", página 182. Orléans, 1827).

La fiesta negra del Día de Reyes de 1827

Siete años más tarde en la festividad de los Reyes Magos, el 6 de enero de 1827, día oficial de los candombes guerreros, Alcides d'Orbigny vio bailar esta danza en la antigua Plaza del Mercado y anotó esta emocionada interpretación "El 6 de enero, día de los reyes, ceremonias extrañas atrajeron nuestra atención. Todos los negros nacidos en la costa de África se reunieron por tribus, cada una eligiendo en su seno un rey y una reina. Disfrazados de la manera más original, con los trajes más brillantes que pudieron encontrar, precedidos por los vasallos de sus tribus respectivas, estas majestades por un día se dirigieron primero a misa y luego pasearon por la ciudad; y así reunidos por fin en la pequeña plaza del mercado, todos ejecutaron allí, cada cual a su modo, una danza característica de su nación. Vi sucederse rápidamente danzas guerreras, simulacros de labores agrícolas y figuraciones las más lascivas. Allí, más de seiscientos negros parecían haber reconquistado en un instante su nacionalidad en el seno de una patria imaginaria, cuyo solo recuerdo, entregados a estas ruidosas saturnales, les hacía olvidar en un solo día de placer, las privaciones y los dolores de largos años de esclavitud". ("Voyage dans l'Amérique Méridionale", tomo 1. pág. 58. Paris, 1835).

A este tipo de candombe guerrero, el cronista del "Comercio del Plata" de 1857 le llama "Bámbula", en la referencia que se estampa más adelante. Ildefonso Pereda Valdés fue el primero en identificar ambas expresiones.

Comparsas negras en el Carnaval de 1832

La presencia del negro en el carnaval montevideano no data de 1870, época ésta en que se fundan las primeras "sociedades de negros", como se ha repetido hasta el cansancio en artículos y hasta en libros. Cuarenta años antes, por lo menos, ya hay documentos que certifican la intervención del hombre de color, en calidad de tal, dentro de las clásicas fiestas. El periódico satírico "La Matraca" en su número del 13 de marzo de 1832 publica una visión de las carnestolendas de ese año con estas vividas palabras: "Unos van, otros vienen unos suben, otros bajan. Aquí un turco, allí un soldado de la marina: el mamarracho de los Diablos, el cartel de la comedia. Por acá la policía, por allá los negros con el tango". Esta última referencia al "tango" de los negros tomada como acepción genérica del Candombe, reproduce el mismo hecho de 1807 que comentamos en nuestro título anterior. Nos extraña el párrafo que se refiere a "los Diablos"; ¿es acaso una expresión similar a los "diablitos" de Colombia o de México? El documento no aclara nada al respecto y sería peligroso extraer correlaciones con aquella danza tan característica de las repúblicas del Norte.

La aparición de la palabra "Candombe"

Hasta ahora la danza negra venía cubierta con dos títulos: calenda y tangos. Después de 1830 comienza aparecer el nombre de candombe. Luciano Lira publica en el año 1835 el primer tomo del "Parnaso Oriental" figurando en el una de las composiciones de Francisco Acuña de Figueroa que le dio mayor celebridad. Esta página data de 1830 aproximadamente. La precitada composición demuestra la presencia de la palabra candombe en el documento más remoto que hemos hallado. Dice así: "Canto patriótico de los negros celebrando a la ley de Libertad de Vientres y a la Constitución":

"Compañelo di candombe
Pita pango e bebe chicha.
Ya le sijo que tienguemo
No se puede sé cativa:
Pol eso lo Camundá,
Lo Casanche, lo Cabinda,
Lo Banguela, Manyolo,
Tulo canta, tulo grita"...

 

Edicto policial sobre Candombes en 1839

El 28 de junio de 1839 la policía libra un edicto reglamentando "Los bailes denominados Candombes, con el uso del tambor". En él se establecen que están prohibidos en el interior de la ciudad y sólo permitidos frente al mar hacia la parte Sur, los días festivos, debiendo terminar a las nueve de la noche. Posteriormente fueron consentidos dentro de las casas en distintas partes de la ciudad. El edicto de 1839 quizás haya sido el último de la serie que se inicia en 1807 cuando el Cabildo resuelve por igual limitar estas expresiones. (Adolfo Rodríguez: "El Digesto Nacional", página 21, Montevideo, 1860).

La chica y la bámbula de 1857

A los nombres de calenda, tangos y candombe, cabe agregar ahora dos más: chica y bámbula. Según se desprende del documento que transcribimos líneas abajo la danza negra en el Uruguay poseía dos variantes: una de ellas era la danza de parejas sueltas de conjunto como el candombe o la chica; la otra era la danza guerrera que vio bailar d'Orbigny en 1827 y que al parecer llamábase la bámbula.

Un articulista del "Comercio del Plata" del 21 de enero de 1857 se refiere a dos bailes negros que se practican en el Uruguay. Tiene esta crónica una encantadora inocencia y por la precisión de su detalle merece ser transcripta en toda su extensión:

"Mui pocas ciudades de la América del Sur pueden reivindicar presentemente más que nosotros ese viejo diploma literario. Templo de las bellas artes. En efecto, poseemos en una escena magnífica todas las expresiones reunidas sea en el canto, sea en el drama, del injenio humano y esas celebridades que han llenado de sorpresa y admiración los grandes pueblos europeos, empiezan a seguir en sus pasos el camino de Montevideo, como antes se transportaban de París a Londres en un día de descanso.

"Por derecho que tengamos a ser orgullosos no dejamos de mirar alrededor de nuestra vida cotidiana todo lo que de cerca o de lejos, en tal o cual modo representa las pasiones o sensaciones del alma".

"En apoyo de esta opinión, el humilde crítico podría recordar el ejemplo de los ilustrados señores Alejandro Dumas y Julio Janin a quienes encontró cierto día en Paris en el teatro de los funambuls (bailarines de cuerda). Dos días antes, Alejandro Dumas había hecho representar en el teatro francés su célebre drama Antonini y Julio Janin lo había criticado en el tan acreditado Journal des Débats; y entretanto, después, venían los dos juntos para observar y criticar la mímica del payaso y las gracias de la Colombina".

"Nosotros, pigmeos al lado de tales ilustraciones, ¿por qué nos tomaremos la licencia de hacer algunas observaciones críticas respecto al baile de los negros, esa perpetua e inimitable diversión que los descendientes de la raza africana quieren tanto, por ciudadanos políticos que sean, como antes la querían bajo las cadenas de la esclavitud?".

"La chica es un bello baile apasionado, novelesco; es decir, la cachucha de los negros: ese viejo drama de amor en acción que atraviesa todas las jeneraciones del mundo, que se transmite por todos los senos y todas las pupilas de la especie humana, sean de tal o cual color, y constituye una de esas poderosas leyes de igualdad que dios ha establecido en su eterna sabiduría para protestar contra los escesos y las tiranías de los mortales".

"La bámbula, mímica guerrera, esgrima de bastones mui semejante a la pírrica de los griegos, ese baile de las lanzas chocando contra los escudos, no gusta más en el tiempo presente que a los patriarcas de la jente morena. La jeneración nueva, sobre todo entre las mujeres, desdeña esos recuerdos de los antepasados; las negritas jóvenes y buenas mozas se entregan ardientemente a las delicias de la polka, de la mazurca, de la varsoviana, libando la copa envenenada de las emociones europeas, y como sucede a todo lo que es o se figura ser perfeccionado, desprecian altamente a sus parientes".

Este documento revela dos cosas importantes: el nombre y la descripción de dos danzas afro-uruguayas y la demostración de que una de ellas se hallaba ya en decadencia a mediados del pasado siglo, ya que las jóvenes de color se entregaban a las danzas de salón de esa época, desdeñando el baile de sus progenitores que constituía una edad vencida. Permite esta referencia, de todas maneras, filiar dos danzas bien diferenciadas: la chica o candombe, y la bámbula o danza guerrera.

La Clásica descripción de Isidoro De Maria.

En 1888 Isidoro De-María publica el segundo tomo de sus célebres tradiciones y recuerdos "Montevideo antiguo", en el cual figura un capítulo intitulado "El Recinto y los Candombes" que sirvió de base a todas las supuestas reconstrucciones que se han intentado sobre el antiguo espectáculo coreográfico.

De-María, testigo presencial de los mismos en épocas lejanas, establece el período de auge de lo que él llama Candombe entre los años 1808 y 1829. Extractamos en su parte puramente musical y coreográfica, la descripción de nuestro memorialista: "La costa del Sur era el lugar de los candombes, vale decir la cancha o el estrado de la raza negra, para sus bailes al aire libre. Si la raza blanca bailaba al compás del arpa, del piano, del violín, de la guitarra o de la música de viento, ¿por qué la africana no había de poder hacerlo al son del tamboril y de la marimba? Si la una se zarandeaba en el fandango, el bolero, la contradanza y el pericón con sus figuras y castañeo, bien podía la otra sacudirse con el tan-tan del candombe. Los domingos, ya se sabía, no faltaba el candombe, en que eran piernas lo mismo los negros viejos y mozos, que las negras, con licencia "de su merced el amo o la ama", salvo si eran libertos o esclavos de algún amo de aquellos que los trataban a la baqueta, sin permitirles respiro. Cada nación tenía su canchita de trecho en trecho, media alisada a fuerza de talón, o preparada con una capita de arena, para darle al tango. Los Congos, Mozambiques, Benguelas, Minas, Cabindas, Molembos, y en fin, todos los de Angola hacían allí su rueda, y al son de la tambora, del tamboril, de la marimba en el mate o porongo, del mazacalla y de los palillos, se entregaban contentos al candombe con su calunga, cangüe... eee llumbá, eee llumbá, y otros cánticos, acompañados con palmadas cadenciosas de los danzantes, que movían piernas, brazos y cabeza al compás de aquél concierto que daba gusto a los tíos. Y siga el tango, y el chinchirín chidá, chinchi, y el tan-tan del diviertimiento de las clases y dé la multitud que siguiendo la costumbre, iba a festejarlo en el paseo del Recinto"... "El tango se prolongaba hasta la puesta del sol, con sus variantes de bebe chicha, para refrescar el gaznate, seco de tanto, eee llumbá; eee llumbá, y paseantes y danzantes se ponían en retirada. ¡El día de Reyes! ¡Oh! en ese día de regia fiesta, era lo que había que ver. Vamos a los Reyes, a las salas de los Benguelas, de los Congos y demás, por el barrio del Sur, era la palabra de orden del ama de casa, y apróntense muchachas; y los chicos saltaban de contentos. Y como la soga va detrás del caldero, allí iba también el padre del brazete con la señora, y toda la sacra familia por delante"... "En cada sala un trono, con su cortinaje y el altar de San Antonio o San Baltazar, y el platillo, a la entrada para los cobres o pesetas, con el capitán de guardia de la puerta y de la colecta. En el trono aparecían sentados con mucha gravedad, el rey tío Francisco Sienra, o tío José Vidal, o tío Antonio Pagola, con su par de charreteras, su casaca galoneada y su calzón blanco con franja, y sus colgajos con honores y decoraciones sobre el pecho. A su lado la reina tía Felipa Artigas, o tía Petrona Durán, o tía María del Rosario, la mejor pastelera, con su vestido de rango, su manta de punto, su collar de cuentas blancas o su cadena de oro luciendo en el cuello de azabache: y las princesas y camareras por el estilo"... "La fiesta no paraba en eso. Los Reyes y sus acompañantes asistían en corporación a la Matriz a la fiesta de San Baltazar, cuyo altar pertenecía a doña Dolores Vidal de Pereira, quien por de contado, lo preparaba todo con magnificiencia para la función del Santo. Concluida ésta, salía la comitiva africana con su vestimenta de corte por esas calles de dios a hacer la visita de regla al Gobernador y demás autoridades, quienes la recibían muy cortésmente y la obsequiaban"...

Esta lúcida descripción de 1888 es algo así como el canto del cisne del Candombe. Los cronistas posteriores -y ya lo veremos en un próximo artículo- hablan de la danza negra con un acento nostálgico de cosa desaparecida. Cuando muere el último africano se lleva consigo esas danzas rituales secretas y estas otras al través de las cuales da su versión pigmentada de lo que ve bailar a los blancos. La nueva generación que surge en ese entonces sigue el ritmo de la época, libando -como dice el cronista precitado- "en la copa envenenada de las emociones europeas" ...

 

Lauro Ayestarán
El folklore musical uruguayo
Bolsilibros Arca
Montevideo - 1967

 

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