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Los ladrones
Mario Arregui

 

Mariano Gómez y Alejandro Rodríguez -muy amigos, y ladrones o aspirantes a ladrones- decidieron cierta vez robar al italiano Orsi, panadero.

Estaban tomando mate en la humildísima vivienda de Mariano, en el barrio más desarticulado y rotoso del pueblo. Hablaban con desgano, sin temas concretos, dejando que el tiempo de la tarde orillera (el transcurrir dulzón que ha caído como perdiendo fuerzas desde la plaza principal y que todavía en nada se parece al tiempo sin hombres de los campos circundantes) se les instalara largamente en las pausas... María Rosa -la compañera del dueño de casa- entró de la calle con dos paquetes y un pan sin envolver. Era muy joven y de cuerpo leve; tenía en su cara de mulata una especie de alegría nacida porque si, de simple y gratuita felicidad. Depositó los paquetes sobre la mesa y levantó el pan como si fuera una antorcha; y dijo, riendo:

-El gringo Orsi está cada día más roñoso; ahora si una no lleva papel le da el pan así.

Alejandro Rodríguez sonrió y miró a la muchacha. Como muchas otras veces, pensó que su amigo tenía suerte en dormir con aquella morenita de andar quebradizo y tetitas lo mismo que puñetazos; como otras tantas veces, le retorció el pescuezo a este pensamiento.

-Y pensar que el gringo ése, debe tener pila de plata escondida - agregó María Rosa.

-¿Qué traés ahí? - le preguntó Gómez, con cariño en la voz y en la cara, señalando los paquetes.

-Carne y papas.

-¿Te sobraron algunos reales?

-Vintenes, nomás.

-Andá igual, a ver si conseguís un litro de vino; Alejandro se puede quedar a cenar con nosotros.

María Rosa buscó una botella vacía y salió. Sus palabras "el gringo ése debe tener pila de plata escondida" quedaron como colgadas en el aire, para comenzar en seguida a caer de un modo penetrante en el ánimo de los dos amigos. A los pocos minutos, y sin que se pudiera saber cuál de ellos había empezado, ambos estaban hablando de la posibilidad de robar al panadero. Se interrumpieron cuando regresó María Rosa ("No conviene que la Rosa sepa nada por ahora", había dicho Gómez); pero después de la cena salieron a caminar y retomaron el tema. Pasaron despacio por la panadería de Orsi y deambularon un buen rato por calles de casas y faroles raleados, hablando incesantemente y con voces de conspiradores. Luego subieron hacia las calles céntricas y no entraron a ningún café porque no tenían una sola moneda y, ya tarde, caminaron de regreso al barrio. Antes de separarse, volvieron a pasar por la panadería. Estuvieron considerando el alto del cerco de ladrillos y mirando por encima de él, desde la vereda de enfrente, la pared del galpón, que se alzaba -de un gris turbio en la noche no muy oscura- a unos diez metros de la calle. En esta pared vieron, como si la vieran por primera vez, la parte superior de una ventana alargada y débilmente iluminada. También vieron el humo blancuzco y lento que salía de la chimenea del horno y se alejaba, con un sigilo tan perfecto que parecía voluntario, por el cielo negro-azulado.

Esa noche, ambos durmieron con sueño inquieto.

Giovanni Orsi -nacido en un arrabal de Nápoles- era un ejemplo de laboriosidad y un tacaño que se mostraba algo así como una obra maestra de la tacañería. Vivía solo, tan solo que ni perro tenía, y hacía sin la ayuda de nadie todo el trabajo de una panadería de buena venta. Y aún encontraba tiempo para cultivar una pequeña huerta al fondo de su terreno y para reducir a astillones la leña grande que adquiría a los monteadores. Fabricaba el pan en la noche y lo vendía en la mañana y después de la media tarde, implacablemente al contado. Eran famosos sus regateos con los monteadores, con el dueño de la tahona que le suministraba la harina, con el turco Mustafá, el carnicero, a quien de cuando en cuando compraba algún hueso, algún trozo de carne inferior, alguna achura. Se decía que colocaba trampas para cazar gatos vagabundos y comérselos; se decía que dormía poquísimo, hacia la madrugada, en el propio galpón, tirado sobre bolsas vacías, cerca del horno en invierno y junto a la pared opuesta en verano. No se le conocían amigos ni enredos con mujeres; tal vez nadie podía recordar haberlo visto sonreír. Tenía cuarenta y tantos años y hacía mucho que estaba en el pueblo. Como no depositaba -se sabía- el dinero en ningún lado, era posible que María Rosa no hubiera exagerado demasiado al decir la frase llamada a provocar los hechos de este cuento.

Mariano Gómez y Alejandro Rodríguez no se explicaban cómo otros no habían intentado lo que ellos se proponían realizar.

-Mire que los pobres somos bobos - decía Mariano, para quien pobres y hombres significaban casi lo mismo.

-Verdá que sí - aprobaba Alejandro, sinceramente asombrado de la bobería humana.

-Si no es por mi mujer -agregaba el otro con orgullo pueril-, a nosotros tampoco se nos hubiera ocurrido.

Alejandro seguía aprobando, y sonreía con sonrisa esperanzada y repasaba mentalmente el plan que se habían trazado.

El plan de nuestros amigos era de lo más sencillo: esperar una noche oscura, preferiblemente con garúas o lloviznas; escalar el cerco; vigilar por la ventana hasta que el italiano se durmiera; introducirse al galpón por esa ventana tal vez mal cerrada o por un tragaluz sin vidrios que había en la otra pared; caer sobre el durmiente y taparle los ojos y vendárselos y amordazarlo y maniatarlo; buscar y encontrar el dinero... Lo tenían analizado hasta en sus menores detalles, y no parecía presentar ninguna dificultad capaz de impedirles un resultado feliz. El cerco estaba desprovisto de las crestas de vidrios rotos, o de peines de tijeras esquiladoras, que es dable ver en los paredones suburbanos; deslizarse al galpón por la ventana -o por el tragaluz, en el peor de los casos- debía ser fácil para flacos cuyas edades andaban bastante por debajo de la treintena; un poco menos fácil pero no mucho sería dominar a un durmiente, aunque fuera, como Orsi, un hombre ancho de hombros y de brazos musculosos. Y no dudaban de que encontrarían el dinero: pensaban que estaba en el propio galpón, en un escondite cavado en el piso y tapado de algún modo que no podría disimular la remoción cotidiana, envueltas en trapos o papeles las monedas, puestos los billetes en cajas de lata para preservarlos de la humedad y los ratones.

Habían acordado enterrar esa misma noche el botín en el rancho de Alejandro -que vivía solo- y seguir viviendo como pobres unos meses más, hasta que la policía olvidara todo. Después se irían a Montevideo e invertirían la fortuna de manera que los réditos les permitieran subsistir sin trabajar ni robar, y -sobre todo- obteniendo de la vida cosas casi elementales que hasta entonces la pobreza les había prohibido. Recién en Montevideo enterarían del robo a la parlanchina María Rosa, a quien Mariano imaginaba con una alegría no menor pero sí un poco más seria, por así decirlo, que su alegría habitual, y vestida como la hija del doctor Zabala. Alejandro Rodríguez -el más fantasioso de los dos- soñaba también con una casita blanca y limpia, un auto rojo, un traje azul, una mujer que solía cambiar de tipo pero que siempre tenía algún rasgo que la asemejaba a la compañera de su amigo. Gómez no concretaba ambiciones:

-Yo quiero ser rico pa no ser pobre - simplemente decía.

El plan en sí -el solo hecho de tenerlo, conversarlo y repensarlo- fue para los amigos lo mismo que la posesión de un talismán. Varios días vivieron como recostados en él, contentos y misteriosos. María Rosa registró el cambio y les dijo y les repitió en vano, con pregunta implícita: "Ustedes andan en algo; los noto raros". Por causas a veces parecidas a pretextos, dejaron pasar algunas noches apropiadas; pero debía llegarles la hora de actuar.

Una garúa minuciosa humedeció las calles durante toda la tarde y cesó al anochecer, y la noche se estableció fría, convenientemente oscura, sosegadamente tormentosa. Alejandro y Mariano decidieron no tolerarse más dilaciones y hacer de ella la gran noche, la destinada a dividir sus vidas en un antes y un después.

Cenaron algo de lo poco que María Rosa pudo darles ("La pucha que están sin hambre los nenitos", les dijo ésta, bromista y curiosa), tomaron dos cañas y compraron un paquete de tabaco en el bar de don Leoncio, estuvieron un rato mirando jugar al billar en el café del ruso Mauricio y fueron al rancho de Alejandro y empezaron el mate. Las campanadas del reloj de la iglesia les llegaban con el sonido grave, y como desgranándose en caída, que toman en las noches bajas y húmedas; esperaron la de las doce y media y se pusieron en camino. Llevaban unos metros de cuerda, dos cajas de fósforos y, cortada por la mitad, una bufanda larga que Mariano había sustraído de un camión estacionado frente al rancho prostibulario de las hermanitas Pereira. Desiertas. estaban las calles y como en competencias individuales e inútiles las luces de los faroles; la tormenta, quieta, se diría un complemento natural de la noche.

Mariano estribó un pie en las manos unidas de Alejandro y le puso el otro sobre un hombro y quedó a horcajadas en el cerco; Alejandro se colgó del antebrazo de Mariano y logró izarse también él. Ambos se dejaron caer en seguida en el predio de Orsi.

El plan se iba cumpliendo; nuestros amigos permanecieron agazapados e inmóviles, escuchando poca cosa más que sus corazones. Aunque prevista, la facilidad con que habían salvado el cerco no dejó de parecerles un excelente augurio. Durante minutos -siguieron sin moverse, hundidas las alpargatas en la tierra blanda, rodeados por altos yuyos invisibles y mojados. Ladridos lejanos hicieron pensar a Alejandro que un cuzco cualquiera los hubiera delatado por no alimentar un perro, se dijo, el gringo iba a ser despojado de todos sus largos ahorros.

-Lo tiene merecido -murmuró al oído de Mariano... o hacia donde adivinó, en la completa oscuridad, que estaba el oído de Mariano.

-¿Qué decís?

-Nada.

La pared del galpón se confundía con la noche, pero en ella se recortaba, débilmente iluminada, la ventana que querían creer mal cerrada y que tantas veces habían observado desde la vereda de enfrente.

-¿Vamos? - preguntó y propuso Mariano.

-Sí.

Se desplazaron con movimientos cuidadosos, lentísimos; llegaron al fin a la ventana y se aplicaron a mirar por ella, las narices achatadas contra el vidrio.

El galpón del panadero tendría unos diez o doce metros de largo y seis o siete de ancho; estaba alumbrado por un farol a querosene colgado del techo y por los resplandores (y a veces algunas breves pequeñas llamas furiosas) que salían de la hornalla grande del horno.

Vestido nada más que con un pedazo de lona sujeto con una correa alrededor de las caderas, Giovanni Orsi trabajaba en la soledad subrayada del hombre que trabaja solo en la noche. Era de baja estatura, de piernas redondas y cortas, fuerte de torso y de brazos; tenía los antebrazos peludos y pelos largos y ralos en los hombros y un gran escudo de vello negro en el pecho.

En el galpón había dos barriles de madera, cuatro bateas, una mesa de amasar, numerosos canastones alineados. Los amigos vieron también, al fondo, una estiba de bolsas de harina (Alejandro pensó que el escondite del dinero debía estar debajo de ella); a un costado, varias barcas apoyadas contra la pared; cerca del horno, una pila de astillones.

El napolitano iba de un lado a otro -silenciosos los anchos pies descalzos en el piso de adoquines- con una actividad incesante, con un ritmo diligente y preciso del que estaba eliminado todo movimiento superfluo. Su cara se mantenía totalmente inexpresiva, y era una cara genérica y antigua -o de raza antigua-. El cabello, oscuro y lacio y tal vez cerdoso, le caía sobre la frente estrecha cuando se inclinaba a sacar masa de las bateas. Brillaba el sudor en su piel cuando se enfrentaba al horno.

Mariano y Alejandro, impunes en la noche retinta, vigilaban con paciencia de orilleros acostumbrados a dejar resbalar las horas. No hablaban: se cuidaban sostenidamente de no hablar. Ambos habían comprobado -(y se habían codeado al comprobarlo) que el cierre de la ventana era un gancho de alambre que cedería sin ruido a la primera presión. Estaban contentos porque todo les iba saliendo tal como lo habían pensado, y apenas sentían el frío que se ensañaba con ellos, aprovechándoles la inmovilidad.

El panadero fragmentaba, hasta llenar la mesa, grandes montones de masa en montículos con la forma de los panes; luego disponía éstos en una barca que colocaba en la estufa y en seguida iba hacia alguna de las bateas en busca de nuevos montones de masa. De rato en rato, retiraba una barca de la estufa y, con una larga pala, introducía los panes levantados en el horno y extraía de allí los que estaban a punto y los dejaba caer en los canastones. Incontables generaciones de panaderos parecían acompañarlo tenuemente y sin amortiguar su soledad, y a la vez desprenderse de él, lo mismo que un eco repitiéndose en retroceso hasta los albores de su oficio... Ya tenía más de la mitad de los canastones repletos de pan caliente.

No es improbable que Alejandro y Mariano hayan muerto; si así fuera, podemos asegurar con toda convicción que vivieron y murieron sin conocer el significado de la palabra "alquimia", sin saber lo que fue un atanor, sin haber oído hablar del "león verde" ni del huevo filosófico cerrado con el sello de Hermes, ni del principio macho de la levadura obrando sobre la pasta hembra no leudada, ni del Izomunculus nutrido con sangre humana y mantenido en una temperatura constantemente igual a la del vientre de un caballo... Pero como por encima de estas ignorancias y como a causa de hondos recuerdos no personales, aquel hombre bajo y velludo que se atareaba muy solo en un coto secreto de la noche -que trabajaba desnudo y en colaboración con el fuego creador, que actuaba con una precisión casi sobrenatural y con la cara como clausurada, que transmutaba el caos de la masa en panes definidos y humeantes- llegó a impresionarlos de algún modo como un mago o un taumaturgo, hasta como un demiurgo en plena labor. Y sintieron por él una consideración un poco extraña, un poco reverencial... que en nada les afectó, por cierto, el proyecto de maniatarlo y robarlo cuando la fatiga lo derribara sobre las consabidas bolsas vacías. La tormenta, ahora, no estaba quieta, sino comenzando a moverse, pero ellos no lo advertían.

Giovanni Orsi seguía trabajando. Retiró de la estufa la última de las barcas y puso sus panes en el horno; extrajo de éste panes terminados, llenó con ellos el penúltimo de los canastones. Acto seguido tomo una escoba y comenzó a barrer el galpón.

Aunque se sabían indistinguibles en lo oscuro, Mariano y Alejandro se retiraron de la ventana cuando el italiano pasó barriendo cerca de ella. Vieron entonces que la tormenta se rayaba de furtivos, arteros relámpagos, y la oyeron sermonear a lo lejos.

-Capaz que llueve - murmuró Alejandro, como si la lluvia pudiera significarles un grave inconveniente.

-Vamos a tener plata para comprarnos cualquier cantidad de ropa seca - le masculló Mariano con leve dureza.

-Y sí... - convino Alejandro.

-Pero además estate seguro -le dijo Mariano al oído, conciliador- de que no va a llover hasta que aclare.

Algunos gallos atropellados reclamaban el alba. Seguían -distantes a veces; más cercanos pero siempre como para nadie, otras veces- los ladridos generalmente roncos que nunca cesan del todo en las noches de los pueblos.

Los amigos habían aprendido que no era muy largo el tiempo que los panes debían estar en el horno: volvieron a la ventana y aplastaron de nuevo las narices contra el vidrio. Se decían que se acercaba el momento en que escaparían de la inseguridad y las privaciones para el resto de sus vidas.

El panadero había terminado de barrer y estaba limpiando las barcas con un trapo sin duda humedecido; cuando las hubo limpiado y ordenado, comenzó a apilar bolsas vacías a unos tres metros del horno. Los aspirantes a ladrones se alegraron aún mas, casi con orgullo: cada pormenor del plan se cumplía como si ellos hubieran prefijado todo a fuerza de pensarlo.

Después de apilar las bolsas, Orsi se paró frente al horno y, por primera vez en la noche, estuvo un tiempo sin hacer un movimiento; los resplandores ya más débiles que salían de la hornalla pincelaban sus músculos en espera, su piel sudorosa; la cara seguía siendo una cara como puesta simplemente para completar. Los inminentes ladrones, recién ahora, se sentían impacientes.

Tomó al fin el panadero la pala y sacó los panes y llenó el último canastón. Los ladrones estaban listos para entrar en acción; sus corazones latían de prisa.

Pero Orsi emprendió idas y vueltas de las bateas a la mesa, y acumuló sobre ésta una gran cantidad de masa que fue extendiendo en un montón alargado. Alejandro Rodríguez y Mariano Gómez se dijeron con alarma que un episodio inesperado concurría a postergar, o a alterar, el desarrollo previsto de los hechos; tuvieron que hacer grandes esfuerzos para mantenerse en silencio.

En vez de fragmentar la masa, el napolitano la manipulaba a la manera de un escultor que modela arcilla. Mariano y Alejandro sentían crecer en ellos algún desánimo y mucha perplejidad.

El panadero trabajaba con otro estilo que cuando fabricaba su pan: más despaciosamente, con mayor delicadeza, con una precisión menos mecánica y más humana que hasta solía empañarse de ligeras vacilaciones... Algo había cambiado también en su cara.

Poco a poco, el gran montón de masa fue adquiriendo las formas de una mujer tendida boca arriba; poco a poco, los amigos reconocieron piernas de gruesos muslos y rodillas levantadas, un vientre ceñido y cilíndrico, brazos adosados al cuerpo y todavía como en borrador, senos abundosos y redondos y un poco caídos hacia los costados.

-¿Será magia negra? - se atrevió a susurrar Alejandro.

-Shissst.

Orsi agregó una pelota de masa en el lugar de la cabeza y, livianos los dedos, modeló en ella los rasgos básicos de un rostro. Dos pellizcos con los dedos todos dotaron de pezones a los senos; el ombligo nació de un leve puntazo del meñique. Golpes con las manos de canto comenzaron a corregir la conformación de los brazos.

-Si no es magia... -reinició el susurro de Alejandro.

-Callate; dejame mirar - musitó Mariano.

Ambos aplastaban como nunca las narices contra el vidrio. Estaban fascinados; se habían olvidado completamente del robo tan soñado y de sus sueños de riqueza.

El italiano dio por finalizados los brazos y quedó contemplando su estatua; Alejandro creyó percibir que una sonrisa le pugnaba en vano por aparecer en la boca entreabierta. Sin saber todavía por qué, y lateral y fugazmente, Mariano pensó con disgusto (con un disgusto apenas asible pero sorprendente por nuevo, por jamás sentido) en la circunstancia de la morenita que lo aguardaba, en un duermevela gatuno, en la cama desvencijada y tibia.

Giovanni Orsi pasó de la contemplación a los retoques: modificó la curva de uno de los hombros, oprimió y afinó las rodillas, imprimió mayor relieve al pezón del seno derecho... Del mismo modo inexplicable, lateral y fugaz que su amigo, Alejandro pensó en su rancho: pensó sin el dejo amargo de siempre y hasta con lo contrario que en él sólo lo esperaban un olor frío de sí mismo y los huecos de su soledad.

El panadero tomó dos panes calientes y les arrancó la cáscara y amasó con la miga una bola en la que hundió a fondo los dedos para hacerle una hendidura; después la acható un poco y la colocó, presionándola cuidadosamente, en la entrepierna de su mujer de masa.

Mariano Gómez y Alejandro Rodríguez terminaron de comprender... Sufrieron, los dos a la vez, el frío de ese vértigo cómplice que a menudo provoca lo monstruoso; y se vieron -y, lo peor, se vieron vistos, como si la sombra que los rodeaba o la propia noche tuvieran ojos acusadores- en trance de espiar un hecho del orden de los que no admiten testigos. Continuar apostados allí, sintieron, configuraba un ultraje a algo o a alguien. Con miedo y pudor, con cierto asco y con algún respeto muy especial, con una vergüenza un tanto impersonal o abstracta, con otros sentimientos confusos, se retiraron -fracasados aspirantes a ladrones- definitivamente de la ventana.

 

Mario Arregui

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