La puerta abierta
cuento de Mario Arregui

Es muy probable que mi lector sepa mucho mejor que yo lo que fue el estoicismo, pero de todos modos tengo que comenzar este cuento del modo menos cuentístico del mundo: escribiendo acerca de los antiguos estoicos. El hombre estoico (parte del cosmos, cosa entre las cosas, cantidad a sumar conjuntamente con las rocas, los árboles, los insectos...) se construye desde adentro de manera totalmente invulnerable y conquista, en consecuencia, el alma más libre que haya existido jamás. “Podéis quitarme la vida mas no podéis hacerme daño alguno”, cuentan que pudo pronunciar un estoico, con una de las frases más admirables que registran los manuales de filosofía. La dignidad de aquellos dignísimos varones es casi un hecho estético; no condescienden a nada de Io que menoscaba, de lo que espiritualmente descaece. Y además está la muerte: lo intolerable y la humillación no cuentan porque ser hombre es disponer de una puerta —el suicidio— por la cual es posible irse en cualquier momento. (Hoy, con lenguaje de administración de sala cinematográfica, diríamos: "La función termina cuando usted quiere"). En el primer siglo de nuestra era, Epicteto dijo de una vez para siempre: "Recuerda lo esencial: la puerta está abierta".

Veinte siglos después, Catalina Olivera supo recordar lo esencial. Pero me apresuro a decir que lo recordó por sí propia sólita, como diría Ramón (este Ramón no es otro que el peón casero de mi cuento Los caballos), porque la semianalfabeta Catalina no tenia ni la más mínima idea de la remota existencia de algo llamado estoicismo. (Se me ocurre, dicho sea entre paréntesis, que si hubiera oído ella alguna vez el nombre de Epicteto —tan poco cristiano y sin apellido seguidor— hubiera pensado que se trataba de la denominación de una nueva variedad de trigo.)

Catalina Olivera era una china magra y movediza y de mirada inquieta. Estaba casada con Pancho Pérez y vivía en una estancia tamaño latifundio, donde Pancho trabajaba desde sus tiempos de muchacho. La pareja tenía dos hijas chicas y habitaba un rancho situado a un par de cuadras de las casas.

Si aplicamos aquello de Macedonio Fernández de que los gauchos son un entretenimiento para los caballos de las estancias, debemos convenir en que Pancho Pérez no era un gaucho: su tarea consistía en pilotear tractores. Los hombres activos se aburren encima de un tractor y los que son un poco quedados resultan los mejores tractoristas; Pancho era quedado, no un poco sino un mucho, y el tractorista acreditado del patrón. Muy cuidadoso con la herramienta, prefería —en tiempos de aradas— trabajar de noche... Era un paisano alto y desgonzado, de nuez prominente, poco pelo y hablar sentencioso; de ojos claros, bobones, que nadie, nunca, hubiera adjetivado profundos. Se comunicaba con una voz casi de mera garganta, haragana y chillona, de gallo ’e ¡ata, como también diría Ramón. Tenía a la vez algo de poste de teléfono, de álamo y de sauce llorón, y las bombachas (esa prenda criolla cuyo modelo proviene del Asia Menor y que los criollos usan porque la guerra de Crimea terminó demasiado pronto para los tenderos ingleses) siempre le quedaban grandes, siempre se le estaban como queriendo caer.

Las noches otoñales no habían perdido todavía los remanentes de la tibieza veraniega y Pancho araba para trigo desde la tardecita hasta el amanecer. Catalina Olivera —como la mayoría de las flacas— no era de mucho dormir, y esas quietas y demasiado grandes noches de otoño son largas en el campo y suelen patrocinar (más aun que las apretadas, macizas noches de invierno) cierta soledad venenosa que parece adentrarse por la piel, por los poros. En la estancia trabajaba un mozo de labios gruesos y manos de mujer... Pancho Pérez, clásicamente, fue el último en enterarse.

—Mirá, Cata —dijo, muy en hombre, cuando se enteró—: yo sé que vos m’estás faltando.

Las mujeres, por definición, carecen de sentimientos viriles; Catalina abrió la boca para protestar su inocencia. Pero Pancho Pérez detuvo el previsible aluvión de negativas con un movimiento de su brazo derecho: lo levantó rígida y oblicuamente y con la mano abierta, en una especie de imitación del repugnante saludo fascista. Y dijo:

—No hablés, cristiana.

La rapidez y desusada energía y la solemnidad de aquel movimiento, el tono a la vez dolido y mandón de estas palabras, algo nuevo y grave en la voz, quizá también algo nuevo en los ojos de mirar como para poco ver, tuvieron el efecto que casi podríamos llamar prodigioso de desarmar a Catalina.

—Pancho, yo... —comenzó con humildad.

Pancho la interrumpió, al tiempo en que bajaba el brazo, con una sentencia:

—Las guampas no les quedan bien más que a los güeves.

Esta pavada selló la capitulación de la mujer, que agachó la cabeza y selló la boca.

—Mañana te via llevar pa la casa ’e tu madre —dijo Pancho con tono de punto final, y no se habló más del asunto.

No se habló más, no, aunque parezca increíble —aunque parezca mentira a quienes no saben que la gente de campaña adolece en general, de sexo a sexo, de muy serios y muy obtusos pudores verbales y que la interminable, enfermiza discusión de los desacomodos erótico-sentimental es patria casi exclusiva de las intelectualizadas parejas ciudadanas.

Los padres de Catalina tenían sus ranchos a una legua rabona de la estancia (esto en nada debe sorprendernos, pues es fácil observar que los paisanos siempre se casan con mujeres que viven cerca de donde ellos a su vez viven o trabajan). El viejo don Juan Olivera era allí propietario de unas cuadritas de campo pedregoso, que muy pocos años más tarde fueron compradas, de acuerdo a las tácticas pragmáticas de nuestra sociología rural, por el patrón de Pancho. En un charret prestado por éste, el patrón, llegaron los Pérez y sus dos gurisas, hacia la mediamañana, al rancho de los Olivera; llegaron con aire tranquilo y como de visita, pero la vieja doña Petrona adivinó en seguida —por mujer y por vieja, por lo de bruja que tiene toda vieja— qué era lo que sucedía.

Aunque uno mismo sea el encornudado, puede resultar duro decir a un padre que su hija hace culminar indebidamente al marido; después de la siesta  (los Olivera sólo omitían sestear en los días centrales del invierno), Pancho Pérez requisó el coraje imprescindible y tomó el toro por las guampas, vale decir que notificó a don Juan de las suyas. Y agregó el propósito de dejarle a cargo mujer e hijas, prometiendo aportar todos los meses la mayor parte de su sueldo más bien escuálido.

El viejo aceptó los hechos con una naturalidad que Pancho no esperaba — tal como estaba aceptando retrospectivamente, en aquellos años epilógales, la siempre puteada fila india de sinsabores y pequeñas catástrofes que había sido su vida entera, tal como estaba aceptando, sobre todo, de más en más la muerte que velozmente se le aproximaba en cada día que caía para morir detrás de las cuchillas y en cada noche que moría pariendo, justo atrás del galponcito de ordeñar, otro día breve y condenado.

Pasada la mediatarde, Pancho se despidió de sus suegros, besó a sus hijas, dio la mano a Catalina y subió al charret. En el momento en que hacía chasquear los labios y el arreador para poner en marcha a la distraída yegua baya-güevo, Catalina le semigritó, presurosa:

—Toy arrepentida, Pancho; arrepentidaza.

La yegua arrancó a un trote sin entusiasmo.

El primer problema que asalta a un hombre que ha vivido con mujer y comienza a vivir sin ella es el de la comida; el viejo no muy limpio y sí muy gruñón, jubilado del cuartel, que es el cocinero de los peones, está muy lejos de tener para guisos y pucheros la mano de Catalina, y nunca hay de aquello que es la debilidad de Pancho, o sea arroz con leche. El segundo problema es el de la ropa, fundamentalmente el de los calcetines; Pancho usaba tamangos —que no conllevan calcetines sino pedazos de bolsas—, pero los domingos de salida hay que ponerse botas... y qué pejiguera con los calzoncillos sucios y los botones desertores, y las camisetas que uno lava de vez en cuando pero que igual se van poniendo zainas, y los pañuelos que emigran, y las camisas que se pudren en los sobacos como a veces la panza de las sandías, y las bombachas que siempre se rompen en las asentaderas por culpa de los asientos en forma de palangana de los Case viejos. El tercer problema y los que lo siguen son de otro orden; son del orden de los que llevan a un hombre viudo o en situación de viudo a adoptar un perro (cosa que Pancho no hizo porque ya tenía a Ceniza, un cuzco color ceniza), a recaer alguna vez en la semisonámbula y siempre un tanto culposa masturbación matinal (había llegado el invierno, época de siembras, y Pancho trabajaba ahora en jornadas diurnas), a pensar con recurrencia, en las noches de por sí largas y además como suplementariamente alargadas, en un cuerpo de mujer con algo de árbol de buena sombra, en un sexo de mujer con algo de cueva, de madriguera oscura y tibia...

Una cosa es llamarse Pancho Pérez y otra, muy otra, es llamarse Pablo Neruda; pero si los hombres tenemos o padecemos un común denominador y alguien ha podido decir con frase recibida que todo hombre lleva en sí toda la humana condición, las diferencias entre Pancho y Pablo, son, aunque abismales, no insalvables. Cuando el Pablo, el poeta, abandonó a su peligrosa amante birmana —“mi amor birmano, la torrencial Josie Bliss... la mujer que perdí y me perdió, porque en su sangre apasionada crepitaba sin descanso el volcán de la cólera”— escribió Tango del viudo, poema del que voy a transcribir algunos versos:

Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola.

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Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte.

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Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración

oída en largas noches sin mezcla de olvido, uniéndose a la atmósfera como el látigo a ¡a piel del caballo.

Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,

como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada.

Versos como fotocopiados de éstos hubiera escrito el Pancho, el tractorista, si hubiera nacido en Chile llamándose originariamente Ricardo Neftalí Reyes Basoalto; otros versos letra a letra iguales hubiera logrado, sin dejar de ser Pancho Pérez, si Dios hubiera intervenido para anular todas las diferencias públicas que había entre él y el caudaloso poeta chileno. Pero Dios, como siempre, no intervino, y a Pancho, por otra parte, no se le ocurrió ni por asomo utilizar su drama para exhibirlo a la admiración del mundo en renglones irregulares.

En vez de escribir versos seguía sembrando trigo. Dormía mal, en la cama ahora desmesuradamente grande, y se despertaba temprano y con la boca amarga; y era como si allí junto a la cama, acechando su despertar para tomarlo por asalto, estuviera en guardia un fantasma con su cara y su alma, una especie de doppelgánger desdichado hecho con las cosas cuyo conjunto acabo de llamar su drama. Mientras esperaba que el sol siempre debilucho descongelara los terrones (“No sembrés nunca, m’hijo, con los terrones como bochas”, es un viejo consejo canario), mateaba larga y meditativamente en su rancho vacío, vaciado, aquejado de huecos. En el ronroneo gatuno del agua hirviendo en la caldera recostada en las brasas, en el zumbido invariable, después y por largas horas, del motor chicharrero del Fordson Major, en los reclamos sin rumbos de origen, hacia el atardecer, de las torcazas de voces profundas, en el ronco lamido, por último, del viente macho y nocturno en la quincha, no dejaba nunca de oír el hombre de ojos claros y bobones (ahora más bobones que antes) el eco de estas palabras apresuradas y sinceras: “Toy arrepentida, Pancho; arrepentidaza”.

Así como la semianalfabeta Catalina no poseía noticia alguna de las doctrinas estoicas, el analfabeto sin amortiguar que era Pancho no albergaba la menor sospecha de que alguien (digno de nuestro agradecimiento, por cierto) hubiera tenido el talento de escribir qué arrepentirse es modificar el pasado. Pero seria injusto presuponer que a él, también hijo de espermatozoide y mujer, le estaba vedado en absoluto concebir, siquiera en el más umbrático y mudo rincón de su espíritu, algo de algún modo emparentado con lo que dijo aquel benefactor cuya frase nos permite aligerar nuestras biografías del recuerdo de cobardías, mezquindades y otros bochornos. No sería improbable, además, que hubiera recordado el caviloso Pancho —con los inevitables, debidos sentimientos de repulsa— un dicho famoso en el pago, atribuido a un marido consentidor: “Total... eso no se gasta; se estira y vuelve, nomás”. Lo cierto es que un buen día arribó a una resolución... Esperó, eso sí, sembrar hasta el último grano, y de inmediato fue donde el patrón y le dijo que la siembra estaba terminada y lindaza, que hacía falta nomás un garugón, que necesitaba mañana día libre y que si hacía el bien de prestarle el charret. Le dijo esto último bajando la mirada, tal vez temiendo ver el esbozo de una sonrisa bajo el grueso bigote patronal, o una chispa maliciosa en los ojos gris-acero.

A la mañana siguiente, pidió a Catalina (y obtuvo) la promesa de una intachable conducta vitalicia. En seguida del almuerzo, la yegua baya-güevo regresó a la querencia con el charret cargado y a un trote voluntario. Durante el resto de la corta tarde invernal pero soleada, Catalina ejecutó el primer capítulo de una labor que podría ser bautizada Operación limpieza y ordenamiento del hogar. Pancho, mientras tanto, merodeó por lo alrededores del rancho en compañía de sus hijas, hablándoles de continuo y hasta intentando jugar con ellas, demostrándoles un cariño casi abusivo. La noche de invierno cayó de golpe, lo mismo que un inmenso paraguas despeñándose, y la cena fue un guiso hecho por mano maestra y se coronó de arroz con leche, y las gurisas se durmieron felices, y después la cama —restituida a sus dimensiones justas— participó también ella, con crujidas como risitas, en algo para recordar.

Rachas de vientos con rumbos cambiantes movían y desmelenaban una de las noches iniciales de la primavera, y Pancho araba para sudan-grass un potrerito cercano a las casas. La tierra estaba liviana y a punto; el Case viejo pistoneaba casi parsimoniosamente y sin que su regulador tuviera que intervenir.

Había, remontándose, una luna grande, apenas oval, blanca, seria... y no desentendida del mundo sino muy atenta al mundo. Era la eterna implicada con las mareas y entremetida con las mujeres, la misma cuya contemplación hizo caer en el pozo (para irrisión de su sirvienta tracia) al barbudo y absorto Tales de Mileto, la misma que no hace muchos años unos yanquis (infantes de marina a escala sideral) ultrajaron con sus botas espaciales ante un mundo vacilante entre el aplauso y el horror; era la reiterada y mágica the moori de Shakespeare, la concertista —solista delicada hasta lo inaudible— de las músicas pitagóricas, la “ahogada en cielo” de Neruda, la que una vez, según García Lorca, “tuvo que desgarrarse su monte de Venus y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos”, la misma, lo dice Rafael Alberti, que en la hora triste viene a ser casi igual a la desgracia integral, la “escarapela en la solapa de la chaqueta negra que viste la Eternidad”, según Juan Cunha, la que Ricardo Güiral-des calumnió llamándola “astro en camisa” y “pulcro botón de calzoncillo” y de la que dijo que hace ulular a los perros y a los poetas...

Pancho, bien lo sabemos, no era poeta sino tractorista; tocante a perros, se cumplía el diagnóstico del estanciero porteño: aquella noche de luna era también noche de ladridos y aullidos, de muchas y variadas sonoridades de perros. En medio de ellas el arador araba —tranquilo el ánimo, comparable a una piedra lisa en la noche su cara de paisano quedado, un pucho robusto y frío y seguramente muy masticado y baboseado, tal su costumbre, en una esquina de la boca.

La luna no estaba sola en su cielo: había nubes, muchas nubes. Nubes todas chicas. Nubes altas, medianas y bajas. Nubes blancuzcas en su mayoría y no muy oscuras las otras. Nubes que yendo y viniendo, cruzándose en bandadas, jugando infantilmente por momentos, cubrían y dejaban de cubrir el rostro que embelesó al buen Tales (un hombre que se cae a un pozo por mirar la luna no puede ser malo), la “efigie de moneda desgastada de rodar entre los sueños” que canta Cunha.

El viento (o los vientos) en sus rachas alocadas, las correrías irresponsables o francamente traviesas de las nubes, los muchos y variados sonidos y aullidos, los balidos blancos de los corderos chicos (“No hay nada más blanco que un balido de cordero en la noche”, podría ser una greguería aceptable), los gritos por momentos casi humanos y los revoloteos impertinentes de algunas lechuzas, todo eso y tal vez algo más, algo que estaba en el aire (algo de signo revoltoso, quizá ese algo que desde nuestros guardapolvos escolares creíamos definir escribiendo con palotes y borrones la varita del Hada Primavera), hacían de aquella noche una noche movida y desordenada, excesivamente desordenada. Pancho, impermeable todavía al desorden, seguía arando.

Araba en redondo (“Ará en redondo y llano y dejá las cabeceras sin cerrar”, era la orden del patrón) y había comenzado el potrerito al atardecer; pasaba aun, por tanto, bastante cerca de los alambrados. Y a la luz de la luna y del único y deficiente faro del tractor alcanzó a ver, alambrado por medio, dos vaquillonas en celo. Estaban arrinconadas en la esquina del potrero de la izquierda y, sin toro al que recurrir, trataban de dilapidar sus calores con parodias de la cópula —parodias un tanto perversas, otro tanto grotescas, otro tanto lastimosas. El las vio al pasar y las vio de nuevo a la otra vuelta, y a la otra, y a la otra...

Muy probablemente el desorden general de la noche, sin duda alguna el espectáculo de las vaquillonas urgidas, tal vez la propia luna (famosa madre de ideas lunáticas), quizá la potencialmente insidiosa Hada Primavera, quizá algún diablo secundario, quizá el ángel de la guarda... todas estas cosas o varias de ellas, sumadas o combinadas, terminaron por depositar una semilla en algún lugar central del alma sin vericuetos de Pancho. De esta semilla clandestina nació en seguida una espinita, y esta espinita fue creciendo y aguzándose, ganando rápida y pérfidamente en penetración y grandor. Y Pancho no tuvo al fin otra opción que dejar el tractor moderando —el faro apagado - en una de las cabeceras.

Los tamangos de Pancho aplastaban pastos húmedos de rocío y uno cree adivinar que avanzaban sin querer realmente hacerlo. Cruzó el hombre un alambrado, atravesó el piquete de los caballos nocheros, pasó por detrás de un monte de eucaliptos que sonaban con ruido de mar —inasociable para él, que nunca había visto el mar— y se detuvo, casi sorprendido, al quedarle su rancho a la vista. Ninguna nube amenguaba en aquel momento la “blanca jactancia” de la “surtidora de falsas purezas”, para seguir con las invectivas a la luna del co-propietario de la estancia La Porteña. El rancho y sus dos paraísos tutelares (aun desnudos o recién comenzando a rebrotar) estaban como evitados cortésmente por el viento, y la sede del home-sweet-home tenía, a la luz pálida, seria, casta, etc., una quietud perfecta y muy hermosa, una presencia como arquetípica y como entregada a modo de regalo a la noche y prometida a miles de noches futuras.

—¡No! —exclamó en voz alta Pancho Pérez.

Pero esta negativa, este rehusar o rehusarse, no descendió al nivel de los tamangos, que un minuto después siguieron avanzando. Cabe decir que avanzaban obligadamente y sufriendo los rubores que podrían sufrir en su condición de tamangos. El cuzco color ceniza, por supuesto, no le ladró a su amo. La puerta de la cocina se encontraba sin tranca; Pancho, cautelosamente, entró. Entró y entornó la puerta, como para dejar fuera a la curiosa luna, al ojo indiscutiblemente mujeril que el susodicho estanciero adjetiva “zarco” y que los cabalistas llamaron “Ojo izquierdo del mundo”. Los tamangos empapados por el rocío, blandos como todo tamango mojado, no hicieron el menor ruido en el piso de ladrillo. En el fogón coloreaba un montón de brasas. Pancho sentía vergüenza.

En mi cuento Los ladrones hablo de “una vergüenza un tanto impersonal o abstracta” que invadió, junto con otras sensaciones y otros sentimientos, a mis dos fracasados aspirantes a ladrones, cuando vieron cómo el panadero Giovanni Orsi daba los últimos toques a su muñeca o mujer de masa. Algo semejante sentía Pancho, aunque era más bien esa vergüenza ante un testigo ineludible, ante un ojo ubicuo o una mirada fantasmal o sin sujeto, a la que no escapa un hombre que comete un acto indigno aun en la más encastillada de las soledades. Pero el Hada, lo lunático, el diablo, su ángel... o la suma o la combina que fueren, vencían toda vergüenza con la espinita que se había hecho grande y que ahora era, diría él, bruta espina. Y el pobre Pancho, en derrota, se arrimó a tientas a la puerta del dormitorio y aplicó la oreja a ella.

Aquella puerta era de madera de álamo y de media pulgada, como lo son en general las puertas de los ranchos; al través de su delgada tabla no tardó en oír Pancho voces sofocadas y ligeros ruidos reveladores. No sé (soy este jueves un escritor que no pretende omnisciencia) si sintió un repique o un aleteo frío en el corazón. Sé, en cambio, que intentó abrir la puerta y comprobó que tenía el pasador corrido. La golpeó, entonces: un puntapié y dos o tres puñetazos. Estaba más cerca del anonadamiento que de la furia; los golpes no fueron muy fuertes, o fueron lo suficientemente no-fuertes como para ser resistidos con holgura por una tabla endeble. Alzó el brazo para volver a golpear y lo bajó lentamente y quedó un largo minuto inmóvil con los ojos muy abiertos en la oscuridad, el cuerpo inmóvil y el alma girando.

Durante ese vertiginoso minuto pensó, entre otras cosas, en su revólver —regalo de un caudillo político, a cambio de su voto—; lo pensó en el ropero, en el estante de arriba, porque tanto él como Catalina cuidaban de guardarlo fuera del alcance de las gurisas. Al cabo de ese minuto, y caminando como si fuera a detenerse a cada paso, salió del rancho.

Una larga nube como recién nacida o súbitamente llegada —más grande que toda otra y de borde rojizo— estaba comenzando a opacar la luna; pero subsistía claridad de sobra como para que Pancho viera bien una sombra que acababa de saltar por la ventana y huía a la carrera. El semianonadado Pancho flexionó un tanto el cuerpo en un amago de echar a correr tras ella pero no lo hizo; con las piernas separadas y rígidas y el torso inclinado hacia adelante, la miró alejarse y la perdió de vista en la sombra total. Levantó después, con mucho de quien pregunta, los ojos hacia la luna: vio la progresiva interpolación de la nube cada vez más rojiza. Ninguna otra cosa pudo ver, y caminó hacia la ventana; ésta, pequeña pero de tamaño suficiente como para permitir el escurrirse de un hombre no-gordo, se encontraba abierta de par en par. Otra vez amagó algo Pancho y de nuevo no cumplió: pareció que iba a introducirse por la ventana pero no lo hizo. Miró hacia adentro y escuchó: oscuridad, quietud, silencio... Retrocedió un paso y, poniéndose las manos en bocina, casi silabeando, pronunciando como si se dirigiera a alguien que estuviera lejos, lejísimos, pronunció:

—No te perdono más en la puta vida, Catalina Olivera.

Y en seguida —con la mala conciencia de haberle estafado al patrón un rato de trabajo— se fue a seguir arando.

La noche en sí había cambiado y seguía cambiando rápidamente; y mucho más cambió y se ahondó, como si algo la envejeciera y la desmantelara de manera aceleradísima, para el hombre que caminaba hacia el lugar en donde había dejado el tractor. Atravesó Pancho el piquete de los caballos nocheros, no sin tropezar tres o cuatro veces. Muy cerca estuvo de coincidir indiferenciablemente con Neruda y exclamar “...qué noche tan grande, que tierra tan sola”. Cruzó un alambrado y siguió andando a la vera del último surco, y no registró el olor de la tierra arada, que siempre es más olorosa en la noche... En la cabecera del bajo moderaba el tractor: latía ciego en lo oscuro, secreto y voluntarioso como un corazón. Pancho se sintió un poquito menos solo cuando llegó a él; le puso las manos sobre el radiador para comprobar la temperatura, bajó la cortinilla, giró la llave del queroseno, subió a la plataforma, encendió el faro.

Siguió cambiando —haciéndose más ordenada, menos terrestre y movida— la noche. La luna, que subía sin escapar de la nube, se mostraba ahora cada vez más ida, más “vuelta del lado de la ausencia”, como dice inmejorablemente mi amigo Cunha. Las rachas de viento se aunaban en un sostenido, y no muy fuerte, viento bronco. Aquella nube larga y tenaz y con rojo en su avanzada tenía más refracción para rojo en sus entrañas, y fue dando a la luna un tinte entre herrumbroso y sangriento de luna babilónica. Los ladridos y los aullidos de los perros eran o podían ser, para nosotros, los mismos que plañían a Sin, a Hécate, a Selena...; para Pancho Pérez, los mismos que treinta años atrás hacían encoger y a veces hasta temblar y alguna vez hasta llorar de miedos no suyos, en su catre cortito, al gurí Panchito Pérez, hijo de padre desconocido y de Eleuteria Pérez, cocinera de estancias.

El hombre Pancho Pérez —dura su cara inexpresiva de paisano— araba de pie en la plataforma del tractor. Pero no fue mucho lo que aró, porque a las no muchas vueltas vio unos faros grandes que le hacían señales y se le aproximaban. Era el capataz, en el jeep; acudía a avisarle que su mujer había intentado suicidarse.
Algunos días después el periódico del pueblo publicó:

En el establecimiento de campo del señor X:X., Catalina Olivera de Pérez, oriental, casada, de 27 años de edad, atentó contra su vida con un revólver propiedad de su cónyuge Internada en el nosocomio local, fue intervenida quirúrgicamente por el doctor N.N., encontrándose fuera de peligro.

No se duda de que el doctor N.N. —más bien bajo, enérgico y canoso— es un cirujano veterano y eficiente; pero poner en un santiamén fuera de peligro a alguien que se ha descerrajado la carga entera de un Smith & Wesson 38 puede parecer una hazaña excesiva, hasta sospechosa de mito o curanderismo. La explicación es muy simple: una bala interesó superficialmente un muslo, otra quemó apenas el mismo o el otro muslo, otra chamuscó o rayó el monte de Venus, las otras (se supone, pues Catalina dijo al juez que se había colocado de espaldas a la cama) sólo provocaron agujeritos incruentos en el colchón; Es que nuestra tardía y singularísima discípula del rengo Epicteto no había atentado contra su vida, como escribió con error inimputable el periodista (lo que sí le es imputable, emperdonable, es la guarangada cultista de escribir nosocomio en vez de hospital), sino contra

la rosa! reunión de sus piernas en donde
su sexo de pestañas nocturnas parpadea

para decirlo con versos de Neruda. O sea contra la parte (o la puerta) de su cuerpo a la que ella hacía responsable directa del naufragio tal vez definitivo de su matrimonio.

 

Mario Arregui

Publicado, originalmente, en "La escoba de la bruja"

Acali Editorial Ltda

Montevideo - Uruguay 1979

 

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