La casa de piedras
cuento de Mario Arregui

Arroyo de la Casa de Piedra - La Casilla - Flores. Foto de Arc Cattaneo

Está —blanca o gris, según el color del cielo— en lo alto de una cuchilla sin árboles; la rodean cardos y espartillos.

No es casa sino tapera: lo que permanece en pie de una pequeña casa de piedras después de dos siglos, tal vez, de abandono. Pero es mucho lo que se mantiene todavía sin caer, porque los hombres que encimaron las grandes piedras lo hicieron como para siempre. (Vivían aquellos hombres —es fácil adivinarlo— en un tiempo que no estaba hecho de tiempos sino de recurrentes pedazos de eternidad.)

En la base de la cuchilla se demora con mansedumbre un arroyo chico: el Arroyo de la Casa de Piedras, que tal rezan los mapas. Este arroyito cabizbajo es asimismo taimado y suele crecer de golpe, y un jinete que vacila y se arredra mira a su alrededor y ve —esperándolo, ofreciéndose— la casa de piedras.

Cierta vez (en un atardecer de invierno, hace1 años) ese jinete fui yo. La lluvia había cesado hacia la mediatarde, pero la tormenta continuaba desgarrándose y una llovizna castigadora me siguió hasta la casa. Desensillé; nada con que hacer fuego pude encontrar (mis fósforos húmedos, por otra parte, no hubieran encendido). Mi caballo, maneado, se alejó de a saltos, buscando tréboles bajo los cardos. La noche se selló muy pronto, y la soledad fue mucho más que la mera ausencia de lo que acompaña.

El recado y la fatiga pueden ser buenos para dormir; pero la misma fatiga y las ropas mojadas, unas paredes sin techo, el desmantelamiento por cierto nada pasivo de una noche como saqueda, todo lo muerto y presente que hay en una tapera... pueden no serlo. Y el insomnio vino a mí. ¿Insomnio? No: más bien una vigilia desolada y abstracta.

No es éste un cuento de aparecidos: no vi luces inquietando la tiniebla y tampoco sombras blancas deslizándose en silencio; el diablo no lanzó carcajadas siniestras ni me golpeó con su cola roja; nadie arrastró cadenas ni cometió ruidos lúgubres. Los duendes de la tapera, si los hubo, fueron tenues y furtivos, callados, delicadísimos... y comenzaron por ganar mi alma.

Porque sí, como mandado, me puse a pensar e imaginar el momento de mi muerte; al cabo de un rato más o menos largo, me pareció haber pasado ya por él. No diré que me sentí muerto, pero sí como en una situación fronteriza y paródica de la muerte. O diré, mejor, que llevé —solo o ayudado, no sé— hasta terrenos para mí desconocidos,hasta confines como despeñaderos, esa dudosa, falsa, hipócrita imaginería del estar muerto que es lo único al alcance de los que todavía vivimos.

Hice a un lado el mandil con que me tapaba la cabeza y me extendí boca arriba y crucé las manos sobre el pecho y dejé que la llovizna me golpeara a su gusto la cara. No recuerdo si cerré o no los ojos; si lo hice, fue sólo a causa de la llovizna o para completar la actitud, ya que aquélla era una noche sin cielo, la noche más sin cielo de las noches de mi vida... Pensé y me dije y pude creer que había concurrido —con alguna anticipación de escasa importancia, o cuya importancia se diluía minuto a minuto, se escurría como arena entre los dedos— a la cita con mi yacer final. Y pensé y me dije que era muy justo que la muerte, la solitaria muerte, la madre o la comadrona del definitivo estar-solo, me * tomara tan en soledad.

Quise tenerme entero antes de ingresar como quien quema las naves a la muchedumbre nebulosa de los difuntos, y convoqué mis reucerdos. ¡Ay!: comprobé de inmediato, casi con asco, que hay en la memoria leyes muy poco humanas. Y me dejé ir... Inmóvil en la tiniebla, de espaldas en los cojinillos y en el piso de losas frías de la tapera, cubierto hasta la garganta con el poncho mojado que guardaba el olor del caballo, me dejé deslizar —sin tristeza, y absuelto de la sangre, y tal vez con la genérica paz de los muertos en la cara que la llovizna amenazaba deshacer— en un lento naufragio hacia una soledad sin puentes posibles y hacia un vacío inmenso que se me asemejaba, que asumía toda mi identidad y era yo mismo. En ese vacío encontré o creí encontrar un extraño sabor de libertad... o una libertad desconocida, nueva, subrayada y casi alegrada por un extraño sabor.

Mi vida sin días por delante —reducida a eso ya algo pálido y en parte ajeno que era mi vida pasada— quedó del todo detrás de mí. Y lejos. Y en pedazos desunidos: como pedazos de vidas de otros. (Pedazos en donde subsistían, si bien como miradas con un largavistas al revés, muchas cosas que tal vez abusivamente había llamado mías.)

La hora de mi muerte era aquélla; jamás volvería a ser un vivo entre los vivos... y la verdad, pensándolo bien, era que yo había muerto a medida que vivía. El que moría no era yo sino alguien hecho con la suma arbitraria o azarosa de rasgos y gestos míos de los últimos tiempos. Pero ese alguien tenía un centro y era algo más, mucho más, que un fantasma nutrido de mí, y a mí un destino de sombra me esperaba, hasta la hora en que aquella hora regresara a buscarme como quien subsana un olvido. Mientras tanto, seguí pensando, me sería muy fácil renunciar a mi responsabilidad, incluso a mi estar, en un mundo en cuya creación en nada había participado. Sentí una piedad infinita, que me aludía sin tener demasiado que ver conmigo, y seguí dejándome caer.

Me dejé caer hasta donde pude. Para continuar, me dije, debía tomar mi cuchillo y abrirme las venas. Estuve jugando con la idea de hacerlo. Dije mal: era ella, la idea, la que jugaba conmigo. Y sus juegos fueron haciéndose cada vez más peligrosos.

Pero algo sorpresivo sucedió entonces: acudió a asistirme una suerte de espectral fraternidad con los hombres sin cara y largamente difuntos que —allá cuando mi nacimiento era apenas una menesterosa posibilidad— eligieron, juntaron y encimaron las piedras, hasta entonces sólo piedras de Dios, de la casa que todavía hoy espera y se ofrece en lo alto de la cuchilla sin árboles. Esa fraternidad, en un primer momento, acudió a mí tímidamente, como temiendo alarmarme, como probando mis lugares para ella, y luego creció lo mismo que el establecerse de un día sobre la tierra... Y ella, la idea, fue como batiéndose en retirada. Aquellos hombres, me dije, habían vivido sus vidas y habían muerto —más

o menos jóvenes o viejos, no importaba— todos a su tiempo, a su justo tiempo... porque al fin de cuentas es la muerte quien manda en los relojes y los calendarios, quien clava banderillas negras en el lomo de los días, los meses y los años. Un muerto de siglos, seguí diciéndome, es hermano de un muerto de minutos, del que a mí, vivo, un infinito me separa. Ser un vivo, me afirmé, no es ser un muerto en espera u olvidado por la muerte...

Y al final me dormí casi feliz, pensando que un empañado fragmento de luna saldría antes del amanecer y agradeciendo la milagrosa, extrahumana seguridad que permite vaticinar así, sencillamente, cosas como la aparición de la luna.

 

Mario Arregui

Publicado, originalmente, en "La escoba de la bruja"

Acali Editorial Ltda

Montevideo - Uruguay 1979

 

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