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El gato
Mario Arregui

 

"Yo te voy a curar, patrón, porque no estoy bautizada" —era la frase más suya (y más notoria y esperada) de la negra Asunción, la curandera (benzedora, principalmente) de aquel caserío muy pequeño y perdido y del que pocos guardan memoria. Cuando su predicción se cumplía, la negra no aceptaba paga ni regalo alguno; simplemente, impartía o recordaba una orden que nadie dejaba de acatar: el convaleciente debía ir, a pie, al pueblo vecino y oír misa y comulgar. Cuando —raras veces— su cencía fallaba y el enfermo moría, la negra se encerraba en su rancho y no reaparecía hasta muchas horas después del entierro. De la chimenea del rancho —un boquete central en el techo de totora— emergía en esas ocasiones una pesada, oscura columna de humo. El olor acre y singular de ese humo noticiaba a los habitantes de los campos vecinos, a los cazadores de bichos, a los desertores y matreros del monte, que un paciente de la negra Asunción había muerto en el caserío.

El caserío se empinaba en la cuchilla y descendía, desgranándose, hasta el monte y el río. Allí, ya en la sombra de los primeros árboles salvajes, estaba el rancho de Asunción. Bambúes y enredaderas lo ocultaban; plantas extrañas, yuyos medicinales y legumbres crecían junto a sus ciegas paredes de barro y cañas; la puerta, una abertura baja y estrecha tapada con un cuero. En verdad, más que un rancho era una choza, como si la negra —que por sí sola lo había construido— recordara con el color de su piel las nunca vistas viviendas de sus antepasados africanos. Y los años y los remiendos habían ido dándole un parecido cada vez mayor con las grandes chozas circulares de la selva.

Asunción no era joven pero tampoco vieja: tenía una edad indefinida, marginal, estática... aunque, sin duda,  muchos inviernos habían ensoberbecido el río desde el día en que, en aquella misma orilla, una esclava fugada la pariera sin ayuda de nadie. Era alta, enjuta, de huesos fuertes, con un cuerpo de hombre que, sin embargo, nada tenía ni llevaba de hombruno o viril. Grandes, casi demasiado grandes y con uñas planas y rosáceas, las manos y los pies; pequeño y redondeado el cráneo. La piel muy negra; la nariz corta y aplastada; los ojos vastos y como con luz nocturna; suaves y sinuosos los rasgos del rostro.

Había sido joven y bella: dueña de caderas largas y escurridas, bellamente abatidas, de una brevísima cintura cilíndrica y de altos, puntudos, guerreros senos de metal negro.

Había tenido hombres: hombres negros y blancos que —serios, furtivos, solitarios— llegaban en los atardeceres —a veces desde muy lejos y con cierta periodicidad lunar— a la choza de barro y cañas, como animales atraídos secretamente por el olor de la hembra en celo. Hombres que llegaban a pie y partían sin que nadie los viera, y otros cuyos caballos, atados en la espesura del monte, relinchaban de hambre, de impaciencia y de sed. No faltaba en el caserío quien afirmara que, más de una vez, hubo duelos a cuchillo en las inmediaciones de la choza; e incluso se decía que algún cadáver, despojado de sus vísceras para que no sobrenadara, había sido arrojado al río.

Asunción nunca tuvo hijos: es fama que se internaba en el monte y que —sola, a voluntad— abandonaba allí un feto sanguinolento y, después de bañarse en el río, regresaba a su choza con el andar cadencioso y prolijo de siempre — los pasos que tan nítidamente marcaban sus muslos finos y ahusados en la saya de percal.

Se decía en el caserío que la negra, de joven, había merodeado las batallas de las guerras civiles; se decía que había bebido sangre humana y que había satisfecho, en el pasto ensangrentado, los últimos deseos eróticos de hombres malheridos. Se decía también, en voz baja, que en las noches sin luna solía visitar el camposanto.

Los años apretaron a Asunción sobre sus huesos, quitándole carne y sexo pero sin acercarla al sexo contrario. Era, por el tiempo en que en realidad empieza este cuento, un ser huraño, ensimismado, invariable. . . Vivía solitaria en su choza, a donde ya no llegaban hombres, y a veces, si ningún paciente la necesitaba, se perdía por días y noches en lo más hondo del monte. Sus pasos seguían siendo rítmicos, pero su andar era ahora un deslizarse envainado, con algo de sombra. Su cara negra y cerrada sólo se alteraba, alojando cierta cosa móvil más indescifrable aún, en el momento en que no pronunciaba frente a un enfermo aquella frase tan suya que todos esperaban; rígidamente y en silencio, giraba entonces sobre sí misma y se iba sin mirar a nadie —y todos sabían que era la hora de acogotar la esperanza...

Una tarde (una tarde como tantas en que volvía del monte cargada de hierbas y leña) la negra Asunción encontró, tiritando y gimiendo en medio del sendero, un gatito de pocos días — un miserable gatito barcino que su madre, una gata mansa y sarnosa, había perdido o abandonado a la hora de la siesta. La negra dejó caer su carga y se acuclilló y lo miró largamente, con una atención sostenida y sumisa en sus vastos ojos, y luego lo recogió y continuó su camino. Algunos que la vieron no dejaron de asombrarse, porque ella siempre había vivido como si los animales no existieran en el mundo.

Desde esa tarde, la crianza de aquel gatito fue la extraña misión que canalizó su vivir. Con él en los brazos, partía en las noches hacia los campos; grandes vacas chucaras, húmedas de rocío, la veían acercarse; ella les hablaba y las vacas mugían temerosas pero no huían; la negra las ordeñaba y la leche caía en el pasto y el gatito bebía. Llegaba Asunción, en las madrugadas, al matadero; con voz queda, pedía sangre; los carneadores la dejaban hacer; acercaba un jarro de barro al degolladero de las bestias, derramaba la sangre humeante en el suelo y el gatito bebía y a veces se revolcaba en ella. En el campo y el monte, la negra cazaba víboras, mulitas, ratones. . . cavaba las cuevas de las lechuzas, trepaba a los árboles por los pichones de los pájaros. . .

El gatito creció y fue un gato como todos, sólo quizás algo más grande y gordo, algo más feroz en el mirar. Era un animal pesado y triste, con ojos de un verde acuoso donde destellos metálicos temblaban como enredados. Andaba siempre detrás de la negra y no parecía advertir las gatas en celo.

Asunción persistía en alimentarlo con gran cuidado y de un modo progresivamente raro. Si bien ya no saqueaba en las noches las grandes vacas chucaras, reaparecía muy a menudo por el matadero; ahora no sólo pedía sangre sino que además esperaba que las reses fueran abiertas, para extraer un trozo de carne, el corazón, una viscera secreta, una entraña que escondía a los ojos de los carneadores... También hacía en su choza misteriosos cocimientos, y el humo que emergía de la chimenea olía con olores desconocidos.

El gato siguió creciendo: creciendo y deformándose, como si pugnara en él una monstruosidad. Su pelo, poco a poco, fue atigrándose; todo él parecía a veces un tigre enano y deforme.

Los habitantes del caserío seguían con inquietud la transformación que la cencía de la negra iba operando en el animal. Ella, hundida en su labor, se hacía día a día más esquiva, más salvaje. Solía perderse, como antes, por días y noches en lo más hondo del monte; pero ahora regresaba fatigada, a pasos lentos, con el gran gato exhausto en los brazos. Sus ropas, por entonces, consistían sólo en harapos que cubrían apenas la piel seca y renegrida: había dado en adornarse con dientes y huesecillos de animales; cuando hablaba (cuando se veía obligada a hablar), su voz sonaba sordamente de un metal de otra raza. como una moneda falsa. Era ya muy difícil hacerla comparecer junto al lecho de los enfermos.

El gato se mostraba cada vez más cargado de algo poderoso, más como próximo a estallar. Una especie de fiebre lo poseía por momentos, generalmente en las horas altas del sol. A veces se sacudía maullando y se revolcaba y se mordía, como si su piel lo oprimiera. Otras veces caía en largas postraciones de las que salía, de golpe, con un temblor convulsivo y dos o tres gritos roncos que parecían responder a llamados que sólo él oía. Sus maullidos, en los atardeceres y las noches, subían hasta notas muy agudas y allí se quebraban y se arrastraban después en ásperos, balbucientes rugidos. A menudo daba saltos sin objeto ni sentido, y olfateaba y mordía el viento que llegaba del norte, y lanzaba zarpazos al aire, y emprendía fugas que interrumpía, casi en seguida, para volver lentamente y con un aire abatido, suplicante, entregado, al lado de la negra. Cada vez era menos un gato y más un pequeño tigre; ferocidad y nostalgia arreciaban en sus ojos.

Muchos días, demasiados, duraba la desaparición de la negra. Nadie la había visto en el monte; la chimenea de la choza no emitía sus habituales columnas de humo; los maullidos del gato no rasgaban el aire... Varios hombres se acercaron a la choza de barro y cañas, un mediodía. Dieron voces: silencio; sólo el secreteo del viento en los bambúes. Dos de ellos avanzaron; un olor inconfundible los hizo mirarse entre si. Levantaron el cuero que tapaba la abertura que era la puerta. Un haz de luz bajaba a plomo del boquete central del techo de totora. Los hombres vieron sangre seca, algún girón de carne, huesos roídos. . . En un rincón, casi fosforescente en la penumbra, el enorme gato —más exactamente, el enano, monstruoso tigre asesino— mordisqueaba con inocencia el cráneo de la negra bruja.

 

Mario Arregui

Tres libros de cuentos

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