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Mis amigos muertos
Mario Arregui

 

Primero de todos, y muy joven, murió el pobre Roger; años más tarde, Luis; después, ambos en el mismo año, Rodolfo y Evaristo; después Montiel... Y así mis amigos se fueron muriendo.

Cada vez éramos menos, y cada vez, me parece, más amigos. Nos reuníamos, hablábamos de infinitas cosas y, muy a menudo, recordábamos a los que nos habían dejado y hablábamos largamente de ellos. Pero todas las muertes esperan en el tiempo; llegó la de Juan, la de López, la de Andrés.

Al fin, sólo sobrevivíamos Pedro y yo. Nos encontrábamos diariamente; salíamos juntos a tomar sol, a vagar por calles y plazas. Entrábamos en los cafés; solíamos batirnos, los días fríos o lluviosos, en desganadas partidas de billar. Hablábamos de infinitas cosas; con frecuencia, hablábamos sólo por hablar, sin querer advertir que nos decíamos frases mil veces dichas. . . Nuestra amistad de cuarenta años tenía cuarenta años y algo más: estaba como envejecida o aumentada por el recuerdo de los otros amigos muertos. . . Algunas veces —casi siempre en los atardeceres, antes de separarnos, mientras nos demorábamos frente a dos cañas chicas en cualquier mostrador— nos preguntábamos cuál de los dos se moriría el primero.

Una noche el hijo menor de Pedro me llamó por teléfono. A su padre, tartamudeó, le había dado un ataque. Llovía, llovía mucho, y no me fue fácil encontrar un taxímetro. Cuando llegué a la casa, Pedro estaba muerto. A la tarde siguiente seguía lloviendo, y ustedes saben lo que es un cementerio en una tarde de lluvia. Recuerdo a los hijos de Pedro, pálidos, empapados, y me recuerdo bajo un paraguas que uno de ellos me prestó. Al salir del cementerio, sentí frente a mí, como llegando a mi encuentro desde los días por venir, la soledad. A pesar de la lluvia, eché a caminar. Caminaba al principio, creo recordar, con el ademán apretado de quien se interna en una casa vacia. La lluvia, las calles desiertas, el cielo gris, el ruido mojado de los tranvías, las luces indecisas de los faroles en el anochecer, aumentaban —quizá— la sensación de soledad. Caminé horas y, al fin, para regresar a mi casa —a mis dos habitaciones silenciosas de solterón—, tomé deliberadamente un tranvía que daba una vuelta muy larga. Trataba de ubicarme en el hecho de que todos mis amigos estaban muertos.
Desde entonces, durante algún tiempo, mi vida entera cabe en dos palabras que quisiera escribir con trazos más gruesos, con tinta más negra: soledad y aburrimiento. Recorría la ciudad, vagaba por calles y plazas: solo, viejo, aburrido: un hombre de alma empalidecida, disminuida: un hombre con todos los amigos muertos.

Hasta que un buen día —hacia el final de la tarde, cuando me aprestaba a repechar una calle que parecía dibujada en un telón de fondo— me di cuenta de que ya no me aburría. No me había aburrido en todo el día, ni en la víspera, ni quizá en la antevíspera. Me detuve, perplejo. Sentí que yo seguía siendo yo, pero no tal como lo había sido siempre; me asemejaba, más bien, a aquel que recordaba casi biográficamente haber sido en cuatro o cinco sueños pertinaces que solían inquietar mi dormir. Tampoco la ciudad, noté, era la misma; algo sutil y total la había cambiado sin cambiar una sola forma; era (o era para mí o me parecía) una especie de copia o dibujo de mi vieja ciudad. Me senté, a cavilar, en un portal. Advertí que el tiempo era otro; no sé cómo, pero otro; no pasaba, o pasaba de otra manera; no estaba en los astros ni en las cosas. Era, sencilla y oscuramente, un tiempo sin tiempo que excluía el aburrimiento. Y comprendí entonces algo.

Sí —me afirmé con neutra convicción, todavía sentado en el portal—: estoy muerto. Sin duda, me habían velado y sepultado —¿quiénes?—. pero yo no me había enterado de nada, porque velorio, entierro y corrupción no son más que desventuras del cadáver. Creo que sentí alegría, o por lo menos alivio. Me puse de pie y emprendí a repechar la calle que parecía la copia de la calle.

Mi "vida" no se alteró: solo, muy solo, sin tener con quién hablar, vagaba por la ciudad sutilmente cambiada. Jamás me aburría; sin ninguna dificultad me acostumbré a mi semejanza con aquel, apenas ajeno, que había sido en ciertos sueños.

¿Dónde están mis amigos?, me preguntaba. ¿Dónde se reúnen? Ahora que estoy muerto, me decía, soy igual que ellos y tengo que encontrarlos. Diariamente, los buscaba.

Buscaba sin prisa, en este tiempo tan al margen. A veces veía hombres muy parecidos a Luis, a Evaristo, a Jorge, a López. . . pero pasaban a mi lado, serios, sin mirarme, y yo no me atrevía a abordarlos. Es raro, pensaba, ¿serán ellos?; parece que fueran, y a la vez parece que no fueran. Infatigable y sin impaciencia ni prisa, continuaba buscando.

Una mañana divisé —en una plaza, sentado en un banco— a alguien muy semejante a Pedro. Me le aproximé, casi cautelosamente, y lo miré bien: era Pedro. Estaba solo, serio: no miraba a nadie. Parecía como que no fuera Pedro pero era; sí, no cabía duda, era Pedro. Me acerqué más, me paré frente a él. Pedro me miró, no con frialdad, no con una de esas miradas que establecen distancia, pero tampoco como yo recordaba que me miraba Pedro. No supe por qué no pude tutearlo:

—¿Ud. es Pedro? —le pregunté.

Y mi voz sonó falsa y ronca.

Él asintió con un movimiento de cabeza. Realicé un esfuerzo para articular como había sabido hacerlo:

—Yo soy...

—Ya lo sé —me interrumpió.

Su voz era. . . ¿cómo decir?. . . una voz enmohecida, en desuso.

Me senté a su lado. Quise hablarle, pero ¿de qué hablarle?, ¿qué tenía que decirle?, ¿para qué hablar? Pedro no me miraba; seguía silencioso, serio. Era evidente que tampoco él tenía nada para decirme. Lo mismo que dos desconocidos, permanecimos sentados en el banco largo rato de este tiempo que se desliza como detrás de un cristal. Luego Pedro se levantó y se fue, sin mirarme. Creo que ni siquiera lo miré alejarse. Me quedé sentado, solo, y comencé a comprender lo que es estar muerto.

Después vi en calles y plazas padres e hijos muertos que se cruzaban sin mirarse. Vi amantes muertos, amigos, hermanos, parientes, difuntos cónyuges de toda una vida: nadie parecía conocerse.

Rutinario y solo, recorro infinitamente la ciudad. Paso al lado de Rodolfo, de Luis, de Roger, de Jorge. . . Casi no los miro, ni ellos me miran, pero —en realidad— yo no los veo ni ellos me ven.

A veces coincido con Pedro en la misma plaza en que lo encontré aquella mañana; algunas veces me siento en su banco; otras, en un banco vecino. No nos hablamos, no nos miramos, no nos conocemos.

Y ahora ya voy sabiendo bien lo que es estar muerto.

 

Mario Arregui

Tres libros de cuentos

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