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“Comunismo Cromagnon” de Iván Solarich, en El Galpón
¿Sarajevo esquina Cajamarca?
por Jorge Arias

Todo  lo que  Iván Solarich  como persona  tiene de simpático,  por  cálido y llano,  por  espontáneo  y  transparente, no  se encuentra  en  Iván    Solarich dramaturgo. No comprendimos “Comunismo Cromagnon”. Esta declaración  no debe ser leída como  una  crítica: el arte implica un  enigma. Debimos leer ocho veces “La misión” de Heiner Müller antes de  vislumbrar  un sentido;  debimos leer una   explicación  erudita, además  de las notas del  autor  al  pie del poema, para  captar el   sentido de “The waste land” de  T.S. Eliot. La mayor  parte de los poemas de Ezra Pound y aún los de su brillante precursor Robert Browning están  para  nosotros,  aún, en la  zona del más impenetrable misterio. Chesterton escribió que, del largo poema “Sordello”, de Browning, los  únicos versos comprensibles eran el primero,  “Quienquiera habrá de oír la historia de  Sordello” y el último “Quienquiera  habrá  escuchado la   historia  de Sordello”. Ahora nos parece fácil admirar la deslumbrante “Berceuse” de Saint-John Perse,  que Céleste Albaret,  cuando se la leyó Marcel Proust, juzgó “una  adivinanza”; aún hoy es preciso pensar en  la ley sálica para la exacta comprensión de su  siniestra  trama.

Quizás Iván Solarich autor respeta demasiado a Iván Solarich persona  y  confió  demasiado en su  fluencia  natural.  Está  convencido,  y  en eso no se equivoca, de su valor Pero tanta espontaneidad, tanta  cercanía,  tiene un precio. Aparece todo, viene todo, no hay autocrítica. La improvisación  pura es fresca;  pero un  manantial  en la montaña  no  es una  obra de arte. Cuando oímos  a Iván  hablar en un  idioma  que  parece quechua  o aymará,  no podemos entenderlo. Cuando habla un idioma que parece centroeuropeo, quizás serbocroata, no entendemos  nada. Ni  siquiera vimos bien qué  trastos, quizás un trapo,  golpea contra el  piso;  no supimos adivinar qué es lo que sacude dentro de un balde. Le oímos la primera  frase del “Manifiesto del  partido comunista”,  de  Marx  y Engels  y los  nombres  y cédula de identidad de  tres  víctimas de la  dictadura. “Zardoz”  el nombre del  protagonista, nos suena a  ciencia ficción, pero  esto  no es una  pista que lleve a ninguna  parte. En cuanto al  pájaro, “Stam”, no rima con nada que sepamos entender. No entendemos ni siquiera a dónde va el oxímoron del título, “Comunismo Cromagnon”. Sabemos o entrevemos cuánto ha  significado el  comunismo  para  Iván;   sabemos  un  poco mejor  cuánto  le  ha  costado en sufrimiento y  reclusión. ¿Es este es el momento, quizás, de reexaminar convicciones? El  comunismo, ¿es algo  tan tosco como el hombre de Cromagnon o bien es, como el mismo hombre de Cromagnon,  aquí conforme a las ideas de Bachofen  y Engels,  a la vez nuestro antecesor y nuestro sucesor? 

Tal como  aparece en la escena, “Comunismo Cromagnon”  se separa muy rápidamente del espectador  y se repliega  sobre sí misma. Es  posible  que  haya  significado mucho,  o  muchísimo,  tanto  para  Solarich  como para el director Rubén Coletto; “Comunismo Cromagnon” es,  posiblemente, arte; pero es un arte  privado. Nosotros sólo podemos percibir  el  arte público. 

COMUNISMO CROMAGNON,   de  Iván Solarich,  interpretada por el autor. Vestuario  de  Estela  Borreani, luces  de  Claudia Sánchez,  ambientación sonora de Alfredo Leirós,   dirección de Rubén Coletto. En  teatro El Galpón, sala  Cero.

Jorge Arias
Jorge Arias es crítico de teatro en exclusividad para el diario "La República", que ha autorizado esta publicación.

ariasjalf@yahoo.com 

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