El aljibe y la hiedra

Cuento / narrativa 

Es  curioso lo que sucede cuando intento ensamblar los datos de esta historia,  buscar las palabras  adecuadas, ir armando una especie de puzzle con todo lo sucedido. Porque  es como si mirase a través de  cristales deformantes, que me hacen ver en los recuerdos redivivos una abstrusa aporía. Además, los recuerdos parecieran ser tan selectivos y caprichosos como el olvido, esa cara en sombras de los laberintos o  repliegues  de nuestra memoria.

“Pero si es algo de no creer”, hubiese dicho nuestra vecina Ulalume (¿qué fue de ella, me he preguntado, vivirá aún?). Ella  continuamente nos espiaba con malsana curiosidad. Algo frecuente, y odiosamente común  a todo vecindario  -de ayer, de hoy y de siempre-  porque nada nuevo hay bajo el sol, según se cree.

Pero ni siquiera debí mencionar a Ulalume, no es de ella que debía hablar. Es de lo otro. De aquello que fue, sí, algo nuevo bajo el sol de los años setenta. Al menos, para mí.

Recuerdo era el domingo 21 de mayo de 1978. Faltaba poco tiempo para mudarnos de nuestra casa, ubicada en una zona casi suburbana. Alicia, mi señora, había llevado a los niños al parque  de juegos infantiles, a unas doce cuadras de allí.

Exactamente a las tres de la tarde, yo iba atravesando el patio de aquella casona antigua en la que vivíamos desde hacía mucho tiempo. Dirigía mis pasos hacia  el fondo, e iba pensando en las tejas que aún podrían rescatarse de entre las piedras y maderas amontonadas junto a un añoso sauce  llorón. Antes de llegar ahí, fijé mi atención sobre el brocal del aljibe que estaba ubicado en medio del amplio patio. Era relativamente hondo, de entre quince a veinte metros de profundidad, y muy bien apuntalado en piedra basáltica negra,  de apariencia lustrosa, casi metálica. El agua provenía de una vertiente muy honda, era pura y transparente, sumamente fresca en verano, y de notorio  sabor salino.

Al acercarme, presté atención a los adornos de hierro labrado que coronaban el brocal. Algo colgaba entre los mismos.

Me acerqué. No, no colgaba: era como si formara parte de los caprichosos arabescos de hierro forjado y se mimetizara con los mismos. Además, aquello –lo que fuera-- parecía estar latiendo.

Me detuve con la vista clavada allí. Seguía moviéndose a un ritmo acompasado en su silente latido, como un atípico y amorfo corazón, si es que a algo podré compararlo.

Por instantes se esfumaba, para volver a aparecer a los pocos segundos. No podría decir si sentí temor, estupor, o asombro. Tal vez una mezcla de todo eso, porque luego de dudar respecto a qué debía hacer, opté por volver sobre mis pasos y regresar a la casa. No entré, me senté en la escalinata, junto a la puerta trasera.

Un remolino de hojas secas cruzó frente a mí, y vi que una rosa se deshojó, súbitamente, dispersando sus pétalos rojizos entre  la hojarasca otoñal.

Miré más allá del rosal, de nuevo al brocal. Y seguía aquello. No, no era mi imaginación, ni un espejismo. Los pájaros, que siempre se posaban sobre el balde a  mojar sus picos, habían huido lejos,  intuyendo un ignoto, ominoso peligro.

Oí ruido de pasos, y voces en la cocina. Eran Alicia y los chicos que regresaban del parque. Ya estaba atardeciendo.

Al otro día, mientras desayunábamos, estuve a punto de relatarle lo ocurrido a Alicia. Recuerdo que iba a iniciar el diálogo, preguntándole si había visto algo junto al brocal del pozo. “Algo extraño”, me dije mentalmente antes de hablar. Pero ese adjetivo, tenía una carga expresiva que no me pareció oportuna. “Algo.”

Sí, con solo decir eso bastaría. Aunque era poco explícito. Porque “algo” podía ser  cualquier cosa: denotativamente no tenía una realidad concreta. Connotativamente podía ser, pongamos por caso, desde un puntito negro –un arabesco del hierro- tanto como la espiral de aquello innominado, manifestándose y expandiéndose. No sé. Podía haber dicho lisa y llanamente “algo latiendo”, y punto. Pero opté por permanecer en silencio, bebiendo un café que se estaba enfriando.

************

Los niños, por aquel entonces, estaban insoportables. Parecían intuir qué era lo que me molestaba para ir corriendo a hacerlo. (¿No dijo Freud que los niños eran “perversos polimorfos”?).

Por otro lado, yo tenía un sano, paternal temor, de que les sucediera algo, no sé exactamente qué. Un temor comprensible, dado que yo los adoraba.

Además  no quería que ellos vieran  –de ninguna manera-  lo que yo había visto.

Por eso les advertí que jugaran lejos del pozo, porque podría resultar peligroso acercarse al mismo. Demás está decir que pese a  ser  su agua muy saludable,  estaba en desuso, y no había razón alguna para acercarse allí. Alicia había plantado, al costado del brocal, una variedad de hiedra de un color glauco, que rápidamente se fue extendiendo por la estructura circular, y ya estaba llegando al arco labrado en hierro forjado. Incluso una ramita de la hiedra ya se trenzaba audazmente en la cadena que sostenía el herrumbrado balde de hierro. Sobre éste, un amigo, (cierta vez, inventando  charadas y juegos de palabras) había escrito con un clavo: “Lia Fáil”,  -es un palíndromo-,  y recuerdo vagamente que aludía al destino. No sé, no memoricé el significado exacto. Solo sé que se leía de igual modo del derecho como del revés, como todo palíndromo.

Cierto día  de junio, sorprendí a Gerardito, mi hijo menor, tirando piedras al fondo del pozo. Ploc, ploc…oí desde mi habitación.  Bajé velozmente hacia el patio.

Lo traje de un brazo, y reprendiéndolo severamente. Fue entonces que decidí tapiar firmemente la boca del pozo. Gerardito lloraba, y le expliqué el peligro que entrañaban ciertos juegos. Probablemente, lo reconozco, le estaba hablando en un tono de voz algo elevado, pues vi que Alicia asomaba por la puerta trasera. Nos observaba, atenta y extrañada. Me preguntó algo. Pero no alcancé a responderle: en ese instante, por sobre el balde herrumbrado, estaba apareciendo de nuevo la forma. Me estremecí. Pero no sentí miedo ni horror: era otro sentimiento, nunca experimentado antes en la vida.

Entonces, ocurrieron dos cosas. Alicia comenzó a acercarse al ver que Gerardito no cesaba de llorar. Y aquello que estaba sobre el brocal, comenzó a deslizarse hacia abajo, por dentro del aljibe. Bajaba como si fuera una serpiente de metal fundido,  que de pronto se hubiera puesto al rojo blanco. Parecía estar huyendo, no de mí, sino del contexto humano.

Alicia detuvo sus pasos, observándome en silencio. Yo estaba como hipnotizado, frente a lo que  he descrito. Aunque, pensándolo bien, era indescriptible, alejado de toda palabra que le hiciera justicia. 

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Poco después, comenzaron las discusiones. Alicia cambió de carácter, me regañaba por motivos nimios e intrascendentes. Parecía agredirme incluso con sus silencios. Y hasta callada resultaba enervante. Me vigilaba. Fingía estar dormida y se levantaba a altas horas de la noche. Me seguía  al patio, o se paraba en los escalones del fondo, como una sonámbula. Me mortificaba en extremo ver la expresión de su rostro, como si me compadeciera de algo. O como si yo estuviera enfermo, o algo parecido.

Por lo demás nada de morboso tenía el hecho de que  me levantara a ciertas horas nocturnas. Simplemente quería comprobar si de noche también tendrían lugar aquellas manifestaciones. ¿Tal vez con formas nuevas e impensadas? La noche tiene ese toque mágico que todo lo transforma, agregando misterio a lo ya de por sí misterioso y mágico.

Me parecía comprender el desconcierto de Alicia, puesto que ella no era capaz de ver lo que yo veía: me miraba con ojos de lástima, cuando la que merecía lástima era ella.

Una agradable noche del veranillo de San Juan, no resistí la tentación, abandoné en puntillas de pies el dormitorio y me dirigí al patio. Había una luna llena que esplendía, poniendo su pátina de luz sobre el césped, el sauce y el brocal del aljibe. Yo, que jamás me sentí un poeta, estaba abriendo los ojos a un paisaje  que solo los bardos podrían calibrar en su magnitud.

Ahora, cuando miro hacia atrás algo obligado, realmente todo parece una locura, no lo niego. Pero una locura transfigurada y hermosa, si se exceptuaba, claro está, el incómodo resquicio de temor –a veces terror-  que me avasallaba por aquel tiempo, prendido como garfio. Así y  todo, creo que aquella noche de luna llena, toqué el cielo con las manos. Mejor dicho, casi.

Fue así: atravesé el patio, vestido solamente con el pantalón del pijama. El césped recién cortado, húmedo con el rocío de la medianoche, daba al aire un grato olor que se mezclaba con el aroma dulzón de los rosales de Alicia. Llegué junto al brocal. Todo estaba en orden, todo en su sitio: la hiedra, la cadena, el balde -aún con su grafiti palíndromo- colgaba en uno de los arabescos de hierro negro. Me sentí decepcionado. Yo esperaba ver lo otro. Agucé los sentidos, esforcé la vista. Acuclillado, reduje al mínimo la respiración, atento al menor sonido. Nada.

Sí, algo. Cierto aroma, un olor distinto. Como una mezcla de algas y menta, más otra cosa desconocida, que provenía del fondo del pozo, o bien de su agua   depurada y cristalina.

Indudablemente que aquello, lo que fuera, tenía su propio aroma. Tal vez su propia exudación. Sin hacer ruido, comencé a destapiar el brocal. No sabía que en ese mismo instante  Alicia se estaba levantando al notar mi ausencia.

******************

“¡Basta. Basta. Basta!”. Este término se oía dondequiera en mi casa, allá por fines de setiembre. “Basta”, decía Alicia. “Basta”, decían los niños, agregando algún portazo (con lo corto de su edad), y “Basta” decía la madre de Alicia, que desgraciadamente había venido  a vivir con nosotros: Alicia no pudo haber elegido peor momento  para invitarla a pasar “unos pocos días.”

“Basta”, decía yo también, cuando empecé a sentirme víctima inocente de una vigilancia alternada: cuando no era Alicia, era mi suegra, quienes con mirada de águila estaban pendientes de todos mis gestos. Aunque supe ingeniármelas para fingir un total desinterés. Con la indiferencia literalmente “las maté”, usando una metáfora poco feliz, pero solo aludo en este punto  al conocido refrán. Aunque, en algún que otro momento, lo confieso, sentí realmente ganas de matarlas. Sobre todo, cuando a mis espaldas, empezaron a cuchichear  sobre siquiatras, sicólogos y neurólogos. Para mí, era obvio. A sabiendas estimulaban mi indiferencia afectiva hacia ellas, sugiriendo que  yo necesitaba médicos, cuando ambas, a ojos vista, demostraban un comportamiento paranoico-esquizoide.

Además,  fingían que no me vigilaban. Entonces, yo fingía que no me sentía vigilado. Pero, el temor mío era si ellas fingirían también ignorar que yo fingía. Porque lógicamente podían saberlo. O no saberlo. Entonces  me desorientaba: parecía un juego de espionaje y contraespionaje, pero patético, cruel, desgastante. Me enfermaba todo aquello. Y lo que era peor, yo veía que los lazos familiares día a día se iban desintegrando, como aquellas rosas del jardín de Alicia, barridas por el viento.

Y digo todo esto, con la esperanza de que puedan entenderme, porque en estas situaciones, tarde o temprano, surge el odio, como efectivamente ocurrió. Yo había perdido mi libertad. Ya no podía  siquiera mirar hacia aquel maldito pozo. No es que me lo hubiesen prohibido, pero  las sabía atentas, aguardando a que dirigiera hacia allá mi mirada y después ir corriendo a contarle a aquel absurdo doctor, el que ya había venido a hacerme  sus amables pero capciosas preguntas. Luego aparecían con más pastillas, píldoras y cápsulas de todos los calibres y  colores. Estaban logrando separarme de lo más trascendente  que me había ocurrido en esa existencia tan chata y gris, que yo había padecido por treinta o más años en una oficina kafkiana.

Empecé a sentirme perdedor. El miedo más grande era que me hicieran recluir.  Como bien me había alertado “aquello”,  cierta noche.

En este punto sin  retorno  intenté rezar. Pero ya no recordaba las viejas oraciones. Entonces, inventaba otras, con nuevas palabras, mirando siempre hacia el aljibe y la hiedra. 

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Nuestro patio, el sauce, la hiedra, estaban cada día más hermosos. Sería quizás por la inminente primavera. Las glicinas estaban floreciendo y sus racimos azulados endulzaban el aire con  un delicado perfume. La hiedra verde y blanca  –creo que su nombre era “cubana”-   se había extendido aún más por sobre los hierros sinuosos. Todo ese conjunto semejaba serpientes en lucha con gárgolas  medievales.

Hubiese sido un deleite visual ver “lo otro” aparecer en medio de ese escenario casi teatral. “Mise en scène”, aunque sin actores, sin bambalinas, y sin apuntadores.

Yo estaba vigilante  -cuando ellas aflojaban la guardia-  tratando de ver como aparecían  dos o tres colores intensos, que luego cobrarían vida y empezarían a latir en “ralentti”. Y a mirarme en silencio. Después a hablarme. Y ya hacia el final de aquel ciclo de acontecimientos, a  advertirme  cosas sobre ellos,  previniéndome con una voz muy nítida pero silenciosa.

La tentación de acercarme  y mirar dentro del pozo, se fue haciendo cada vez más poderosa.

Cierta noche tuve que desviar la mirada hacia otro lado, al notar que Gerardito y Janice, sentados frente al televisor, me estaban observando. Pobrecitos, mis pequeños niños. Ellos no tenían la edad suficiente para entenderlo. ¿Cómo explicarles?  ¿Cómo explicar a alguien todo eso?  Hubiese sido lo mismo que intentar explicar un cuadro abstracto, una pintura surrealista, como aquel “Nombre Imaginario”  - pongo por ejemplo-  de Ives Tanguy, que habíamos visto  en  la  Galería  de Arte Moderno.

Asimismo, el Arte parecía algo mucho menos complejo. ¿Pues cómo explicar todo aquello que figuraba debajo de la realidad conocida y palpada? ¿Y cómo explicar con palabras  la belleza que se escondía  en ese otro canal, por decirlo de algún modo, al que ellos todavía  no tenían acceso?

Les miré a los ojos. Acaricié la cabeza de Janice, apretándola contra mi pecho. Me sentí compungido, me sentí egoísta, y un mal padre. Busqué en lo más recóndito, la forma en que podría subsanar todo eso. Pero cómo lograr que pudieran comprenderme y justificarme… Pobrecitos. Pobrecitos mis hijos.

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Nuestra mudanza estaba prevista para principios de octubre y ya habíamos empezado a empacar las cosas. Toda mudanza supone un acontecimiento, en cierta medida traumático. Más  aún en mi situación. Yo no quería mudarme, no quería abandonar aquel sitio. Le había cobrado cariño a esa casa antigua, con sus torreones y vitrales, ubicada en la periferia de la ciudad. Amaba  las plantas de  Alicia, el sauce añoso,  los rosales con alguna variedad siempre en flor, según fuese la estación.

Dos días antes de la proyectada mudanza, dejé de ver a la madre de Alicia. Sus valijas quedaron prontas en el dormitorio.

Ni siquiera me inmuté: hubiera sido hipócrita cualquier muestra de interés, dado todo lo que había padecido por su causa.

Era un fin de semana, y como era habitual en los días soleados, Alicia había llevado los chicos al parque,  y sin saber aún  lo de la súbita partida de su madre.

Las pastillas que me habían dado con el almuerzo, habían terminado en el inodoro, como siempre. Yo me sentía muy bien, mejor que nunca. Había estado largo rato admirando el cielo luminoso y de un azul casi índigo como no he vuelto a ver jamás.

Crucé la habitación repleta de objetos embalados y cajones conteniendo mis libros, o viejos discos y casettes de música. Me agaché junto a uno de los cajones. Tomé un casette con música de Mahler: “Del Infierno al Paraíso”. Era una de las mejores orquestaciones que yo conocía de dicha obra. A Alicia, en cambio, no le gustaba en absoluto. Decía que su comienzo “era tenebroso y sombrío”. Lo único de Mahler que a mí no me agradaba era “Canciones de niños muertos.”

Guardé el casette en el bolsillo de mi pantalón. En ese momento se abrió la puerta del frente. Era Alicia, que entró, caminó hacia mí y me preguntó si sabía en dónde estaban Gerardito y Janice.

Me quedé mirándola en silencio, sumamente extrañado por la pregunta, y el tono de miedo que noté en su trémula voz.

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Hubo un trastrocamiento de todo. No solo por el hecho de la mudanza, sino por el desorden en que estábamos viviendo. Hubo como un caos de las cosas. Pero también en los hechos, y en las palabras. Decíamos “patio” y eso parecía significar otra cosa. O decíamos “zaguán” y la palabra adquiría una resonancia diferente. Hasta una vocablo tan inocente como “brocal”, que solo alude al resguardo o antepecho alrededor de un aljibe, tuvo por entonces connotaciones imprevisibles: también se había trastocado o mutado radicalmente.  Al pronunciar esa palabra, adquiría resonancias cavernosas, como el eco de la voz humana rebotando por la oscura boca sin fondo del  pozo.

Gerardito y Janice no aparecieron. No regresaron a casa desde aquel infausto domingo. Les buscamos por todas las habitaciones, por todos los rincones. Volvimos al parque y allí continuamos buscándoles, hasta que anocheció.

El hecho de que pudiesen haberse escondido, o se fugaran antes de que volver a un hogar como el que les ofrecíamos Alicia y yo, no parecía descabellado. Pero semejante decisión, a la edad de ellos, no parecía  normal. 

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Al día siguiente, amanecí solo en la casa. También Alicia había desaparecido.

A esta altura de mis padecimientos, ya nada importaba. Nuestro matrimonio había sido lo más absurdo y desacertado de todo. Una relación que había empezado de la forma más prometedora: un paseo por las orillas del lago, cuando aún estudiábamos en la Facultad. Comentábamos un libro de poesías. Y por la noche aquel concierto en el anfiteatro de verano. Cuántas promesas nos estaba haciendo la vida. Todo, para terminar en ese atroz laberinto donde no había salida.

Como dije, aquella madrugada, luego de tantas idas y venidas buscando a los chicos, Alicia también  desapareció.

“Ella también me abandonó”, pensé. Jamás supe a qué hora ocurrió esto. Cuando  desperté, ya no estaba a mi lado. Parecía como si se hubiese volatilizado en el aire. O como si se la hubiese tragado la tierra. Toda búsqueda fue inútil. Recorrí  otra vez las habitaciones, ya semivacías. Iba pisando papeles, folios, calendarios viejos, diarios de hojas amarillentas. Recuerdo una fecha, un titular, pues me quedaron grabados: “22  de noviembre de 1963. Magnicidio: Asesinaron a Kennedy”. El complot “de las rosas rojas”. Las interminables cochinadas de los poderosos en este bajo mundo…

Observé la pintura de las paredes, más oscura donde habían estado colgados los cuadros, o nuestros diplomas universitarios. Subí por la escalera hasta llegar al desván, lleno de sillas y muebles desvencijados, que probablemente se quedarían allí para siempre. Juguetes rotos de los niños, maniquíes de la madre de Alicia, de la época en que “vestía a lo más granado de la sociedad”, como acostumbraba a decir. Uno de los maniquíes, con su calva cabeza colgando de forma antinatural, parecía mirar por la ventana hacia el patio, con sus grandes ojos de yeso descascarado.

Treinta metros hacia delante volví a ver el balde, suspendido de la cadena, con un gajo de hiedra balanceándose  como un brazo verde.

Pero, oh sorpresa: también  estaba aquel otro brazo. Y en su lenguaje me estaba llamando otra vez. 

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Yo estaba muy cansado, sentía sueño. Bajé las escaleras. Me miré en el reflejo oscuro de un cristal  de la ventana. Era como acudir a un “rendez vous”. Me peiné. Palpé en el bolsillo el casette de Mahler. Era como llevar algo muy querido al emprender un viaje.

“¿Viaje?”, me pregunté. Sería  absurdo, ilógico pensar en un viaje al fondo del  jardín, o del patio. Ni en una idea de muerte. Aquello nada tenía que ver ni con Eros ni con Thanatos. Al contrario. Yo intuía en todo eso, una nueva forma de vida. Distinta a la que conocía, pero prometía algo de  insoslayable belleza. Por eso  debía dominar aquel miedo y el incómodo temblor en las rodillas. Respiré hondo, percibiendo el olor de algas, menta y lo otro inexpresable, como algo de otros mundos. Nadie cree en ellos, claro. Pero que los hay, los hay.

Caminé hacia el aljibe sin volver la vista atrás. Hice  bien, puesto que por distracción, había dejado abiertas las puertas y ventanas del frente de la casa.

Llegué junto al brocal. Ahora podía contemplar de cerca esa nueva maravilla: ascendía como llamarada por los hierros artísticamente labrados. Bailaba en cada uno de ellos. Luego descendía por la hiedra en magnífico y artístico conjunto de colores complementarios.  Una delicia para un pintor potencial, pensé.

Giró en el círculo interior del brocal y continuó su descenso en forma de espiral, formando un torbellino de tonos rojizos, añiles y ambarinos.

Iluminaba formas, rostros, seres que habitaban allá abajo. Yo siempre presentí que allí habría otros habitantes, aunque supe mantenerme bien callado, prudentemente.

Incluso me pareció ver sus brazos, sus caras, sus ojos enormes como los del axolotl cortazariano.

Me hacían guiños, me llamaban. Ya era el momento de conocernos cara a cara.

El único acorde disonante lo dio aquella sirena de ambulancia rasgando la noche. Oí pasos apresurados, corridas,  fuertes voces, y gritos. Alcancé a arrojar al  pozo el casette, como muda ofrenda a lo que  había visto.

Después, ellos, me tiraron al suelo, me maniataron. Probablemente nuestra vecina, Ulalume -otra de las que me vigilaban y a la que yo había descuidado-  fue quien los llamó.

A esa sirena atroz ululando en la noche, la oigo todavía. Me persiguió -y me persigue- hasta en  este sitio donde ahora habito: un edificio muy amplio, de modernas líneas, con incontables piezas  luminosas,  blancas  y  asépticas,  impecablemente limpias. Su  director  -es  médico, según supe-  se interesó amablemente por mi historia. Me pidió la pusiera por escrito. Solo  a eso se debe el hecho de este relato, pues no soy ni poeta ni escritor.  Mi nombre es Delmar. “No es necesario que usted ponga su apellido, Delmar”, me dijo el médico en cuestión. Parecía una orden. Yo obedecí porque  siempre mantuve un perfil  bajo frente a todas las cosas en  la vida. 

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Anónimo
 

Editado por el editor de Letras Uruguay

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