Caá (yerba mate) - Leyenda Guaraní

Anónima

planta de Yerba Mate paraguaya

Hace muchos, muchísimos años, la Luna no se contentaba con enviarnos desde el cielo su luz blanca y hermosa, sino que también bajaba ella a nuestros campos y bosques, ansiando respirar aire puro, sentir el perfume de las flores y alegrarse con el murmullo de los arroyuelos y el canto de los pájaros.

¡No imaginéis a la Luna, en sus paseos por la Tierra, rodando de aquí para allá como una bola cualquiera!... Imaginadla transformada en una mujer hermosísima, con ojos brillantes como dos estrellas, de larga cabellera plateada, y envuelta en tules finísimos de suaves colores. ¡Así bajaba la Luna a la Tierra!

Y no venía sola; acompañábala siempre una bellísima joven, que era, a su vez, una nube a la que la Luna había transformado.

Nuestros indios guaraníes llamaban a la Luna, Yací, y a la; nube, Araí.

Adoraban a Yací porque, según ellos, era la diosa que protegía y premiaba a los hombres buenos.

Una tarde, Yací y Araí paseaban juntas aspirando embelesadas el aroma de las plantas y de las flores del bosque.

De pronto, en una vuelta del camino, entre la maleza, se les apareció un temible yaguareté (tigre) que, en actitud de saltar sobre ellas con las fauces abiertas  para destrozarlas con sus dientes y sus garras, parecía esperarlas hambriento.

Imaginad la escena.

Ellas nada pueden hacer para defenderse. Se detienen horrorizadas ante el feroz animal y allí quedan inmóviles; paralizadas de espanto; a pocos pasos está el tigre agazapado y medio escondido entre las plantas, esperando el menor movimiento de ellas para alcanzarlas de un zarpazo.

Yací y Araí sólo piensan en huir para librarse de su terrible enemigo.

Ya va a saltar el tigre sobre ellas, cuando ven con gran asombro que éste, rugiendo de dolor, cae herido por una flecha que alguien le ha arrojado.

Yací y Araí huyen horrorizadas, y desaparecen. Mientras tanto, el yaguareté, rugiendo furioso, busca a su heridor para atacarlo. ¿Y qué ve? Allí, oculto, detrás del grueso tronco de un árbol, está un indio viejo que sostiene entre sus manos un arco y muchas flechas. El es quien intenta matar al tigre para salvar la vida de las dos mujeres.

El yaguareté, al verlo, brama furioso queriendo arrojarse sobre el indio para devorarlo. Pero éste, aunque viejo, es astuto y muy valiente; consigue apartarse y arrojar nuevas flechas al yaguareté, el que cae, al fin, muerto a sus pies.

Pasado el peligro vuélvese el indio hacia el lugar en que viera a las dos mujeres, pero no las encuentra: Yací y Araí, llenas de espanto, habíanse transformado en Luna y en nube para elevarse nuevamente, sutiles y aladas, al reino de los cielos de donde hablan bajado.

La noche cae ya sobre el bosque. El indio apresúrase a sacar la piel al yaguareté, se cubre con ella y trepa luego a la copa de un árbol, dispuesto a pasar allí la noche.

Satisfecho por la buena acción realizada, el indio viejo no tarda en quedarse profundamente dormido.

Y sucedió que mientras estaba entregado al sueño, vio aparecer ante sí, como envuelta en nubes radiantes de luz, la figura bellísima de la mujer de los cabellos de plata que había visto esa tarde en el bosque. Oyó también claramente que ella, acercándose a él, le decía:

—Soy Yací, la diosa de los hombres buenos. Era yo, acompañada de Araí, quien paseaba por el bosque esta tarde. Tú has luchado con valor para salvar nuestras vidas, poniendo en peligro la tuya.

—El indio, maravillado, quiso responder algo, pero no pudo. La diosa continuó hablándole:

—Los hombres buenos reciben siempre recompensa por sus nobles acciones. ¡Tú recibirás la tuya, porque tu bondad y tu valor la merecen!

—¿Cuál será esa recompensa?—se preguntaba el indio, mientras contemplaba embelesado a su diosa protectora. La respuesta no se hizo esperar, porque Yací prosiguió:

—Haré nacer para tí, en este bosque, una nueva planta. Llámala Caá y cuídala mucho. Te advierto que sus hojas serán venenosas, por lo que deberás tostarlas para hacer uso de ellas. ¡Muchos beneficios recibirás de Caá!... ¡Muchos!...

Dicho esto, desapareció la diosa.

Despertó el indio y miró a su alrededor, buscándola pues le parecía, continuar oyendo su dulce voz. No la encontró, más bien pronto escapóse de sus labios una exclamación de sorpresa: ¡Aquí está la planta de que me habló Yací!... ¡Qué alegría!...¡Esplanta del cielo la que aquí encuentro!...¡Es Caá!

Y en efecto: allí estaba entre la salvaje maleza, Caá, iluminada por la luz de la Luna.

Agradecido, el buen indio buscó nuevamente a Yací para demostrarle su contento, pero tampoco la halló. Quedóse en el bosque hasta que los primeros rayos del sol, claros, brillantes, dorados, comenzaron a filtrarse por entre el ramaje de los árboles y por entre las hojas de su nueva planta que, como podéis imaginar, era la de la yerba mate.

Esta planta nació, pues, en nuestro suelo, hace muchos, muchísimos años; cuando creían los indios que paseaban por la Tierra la Luna y la Nube...

La yerba mate es, según la leyenda, el premio que recibió un alma buena. Por eso esta planta nos brinda sus mejores dones y es símbolo de amistad entre los hombres.
 

Notas:

• CAA: Yerba mate

YacÍ: Luna

Araí: Nube

Yaguaraté: Tigre americano, llamado también jaguar.

 

#LaMañanaTNU Mitos y realidades de la yerba mate

Publicado el 15 may. 2014

Leyenda Guaraní anónima
Publicada en "Recopilación de historias, leyendas y poemas"
Educación y Capacitación para el Desarrollo Sostenible del Chaco Sudamericano
Proyecto de Manejo Sostenible de los Recursos Naturales en el Chaco Sudamericano - GTZ
 

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