La ruta de los basiliscos
Alfredo Alzugarat

(Sólo el negro Barrabás, el único hombre que atravesó dos veces la ruta de los basiliscos, pudo sobrevivir a la tragedia que le costara la vida a mi padre. Años después, de su relato sobresaltado, interrumpido cada tanto por un terror nunca extinguido que encendía chispas en sus ojos, pude extraer lo necesario para concluir una historia que en mis recuerdos de niñez se borroneaba irremediablemente.)

 

Los vimos bajar desde el cielo pendiendo mágicamente de sus paracaídas multicolores. Eran centenares y a medida que se aproximaban a nosotros pudimos distinguir que traían en sus manos, como gesto de amistad y reconciliación, un ramo de flores blancas y algún juguete de obsequio. Sin embargo, la metralla que oímos a continuación hizo que la enorme mayoría llegaran al suelo bañados en sangre. El ejército nacional que, tras numerosas gestiones de "Paz" había simulado concretar un armisticio, decidió celebrar aquel día de fiesta con el solo objeto de atraerlos. Esa misma noche los altoparlantes anunciaron que los soldados enemigos portaban granadas y explosivos para asesinar a nuestro pueblo. La rápida y precisa acción de nuestros combatientes había impedido la celada respondiendo a la agresión con profuso fuego de fusilería.

Supimos entonces que la masacre había concluido.

 

(Abrió un ojo y a través de las tinieblas que se desvanecían, arqueando las cejas, alcanzó a distinguir los tirantes y el quinchado del techo. Estaba acostado sobre varios fardos de alfalfa y parecía encontrarse ileso. La brisa de la madrugada se colaba por los vidrios rotos de la ventana y sintió frío. Cuando pudo incorporarse, divisó las primeras luces del amanecer.

Se sentó y esperó, alerta. Había aprendido en sus interminables noches de guardia que esperar, con los sentidos aguzados hacia la más mínima señal, era todo una ciencia. No había que pensar. Era preciso concentrarse sólo para mantener los nervios bajo el más absoluto control. Ni siquiera había que moverse. Simplemente constatar cada poco que el cuerpo estaba firme como una cuerda en tensión.)

 

Mi padre abrió el grueso portalón e iluminó con su linterna el interior del granero. Mi tío, otros dios paisanos y yo, pudimos contemplar el rostro rígido de aquel hombre, su faz seca y enjuta, la hendidura de su boca.

-Buenos días.

El hombre no contestó. Por unas pocas palabras más que le dirigimos quedó claro que no entendía nuestro idioma. Por señas mi padre le hizo comprender que todos sus compañeros seguramente habían muerto, que él era el único sobreviviente. El hombre no pareció inmutarse.

Mi padre le transmitió entonces que a muchos que habían atrapado aún vivos, los descuartizaron de inmediato. Con la misma seriedad el hombre contestó que eso estaba dentro de lo previsto y que, por lo tanto, no había de qué asombrarse.

Por último me padre le "habló" de torturas, de cómo les hundían la cabeza en una laguna de aguas cenagosas hasta alcanzar la asfixia. Pero el hombre respondió del mismo modo. Con orgullo golpeó varias veces el pecho y señaló las jinetas de su casaca.

Mi padre nos miró como buscando apoyo. El hombre había retrocedido buscando la ventana. En sus manos aún portaba el ramo de flores blancas y el juguete de obsequio. Eso me animó. Vi que se trataba de un muñeco de papel crepé y brillantina. Tendí mi mano pidiéndolo. El hombre lo ocultó tras la espalda. Su mirada se había tornado feroz y temblaban sus bigotes sobre la línea fina de los labios.

Mi tío extrajo entonces un papel de entre sus ropas. Dibujó un tanque de guerra y lo tachó con una cruz, se lo mostró tocándose el corazón y luego le tendió la mano. El hombre miró hacia lo alto, hacia los rayos de sol que se filtraban por los agujeros del techo. Su mirada se perdió tras dos gorriones que revoloteaban en la ventana. Le dio la mano a mi tío sin decir nada.

 

(Desde aquel sitio los campos eran de un amarillo pajizo, secos y polvorientos. Campos absurdos, sin esperanza. Descubrió un camino lateral y al costado de los alambrados, la silueta de un espantapájaros. Dos maderos en cruz, un sombrero, una cabeza de estopa, un gabán viejo. Se paró firme, sin poder desviar su mirada. Rastrojos de un antiguo sembradío ocultaba la parte inferior del espantapájaros. El hombre lo envidió secretamente.

Se sentó en el suelo y ajustó los cordones de sus botas. Sacudió su chaqueta de briznas de alfalfa y se incorporó. Se despojó de su quepis y sin soltar el ramo de flores y el muñeco, volvió a mirar a lo lejos. El espantapájaros seguía allí, firme, inmutable. Los campos y hasta los alambrados habían desaparecido.)

 

Estábamos decididos a luchar por la paz y salvar a aquel hombre fue el resultado de una lógica voluntad humanitaria. Sabíamos sin embargo que no podíamos tenerlo con nosotros pues su presencia nos comprometía.

-Lo custodiaremos hasta la frontera –decidió mi padre.

-Todas las rutas están cortadas –señaló mi tío.

-Menos una.

Todos sabíamos que significaba aquello. Las miradas se entrecruzaron cambiando el expectante silencio por el brillo esquivo de la inquietud. Las bocas se contrajeron en un rictus sombrío.

-Barrabás sería una buena ayuda como baqueano. Iré con él –decidió mi padre, levantándose y cerrando una pretendida protesta de mi tío con un gesto de inequívoca convicción.

Lo vi alejarse con paso resuelto hacia el galpón donde se hallaba el soldado. De pronto me pareció que su ancha espalda se había aligerado, que su espinazo era más recto y que con su audaz resolución se había quitado años de encima. No era aquella, por cierto, su imagen cotidiana. Hasta aquel momento yo hubiera podido afirmar que mi padre arrastraba penosamente su existencia entre su natural bondad de horizontes luminosos y aquella angustia que lo corroía día a día hasta hacerlo sucumbir en el alcohol. Mi padre el mejor hombre que conocía, mi padre un borracho, dorso y anverso de una misma moneda. De dónde viene esa angustia, le pregunté, un día. Sus ojos entornados me miraron compasivos, con cierto aire de superioridad y a la vez de desconsuelo. "Es la vida, hijo, solo eso", me respondió al fin.

 

(Pensó que no había cerca ni lejos, ni ayer ni mañana, sólo hacer cada día, un día tras otro, otro y otro más, como quien reza u rosario o desgrana las cuentas de un collar. No había porqué esperar nada. Sólo cumplir con lo desde siempre, con lo único posible y definitivo, cumplir, repetir, aguardar la mañana siguiente y cumplir-repetir otra vez. Constató que su cuerpo seguía en tensión y que del otro lado de la ventana el espantapájaros permanecía incólume.)

 

La mirada del basilisco es terrible porque es como si uno se mirara al fondo de sí mismo. No es el basilisco quién mata. Somos nosotros mismos – recuerda Barrabás que había afirmado mi padre antes de partir.

Junto a la botella de caña, junto al vaso que iba dejando redondeles en su mesa próxima a la ventana, había siempre un libro. Leía incansablemente. Devoraba las páginas como los trasgos de caña. De un bestiario medieval que de modo inexplicable llegó a sus manos, había extraído sus escasos conocimientos sobre el horror que representaban aquellos animales. Aleta dorsal como la de una iguana, larga cola como látigo, cabeza de martillo, vida arborícola. A pesar de que su mirada fulminante implicaba una muerte segura, desde hacía muchos años, ante el peligro de extinción de la especie, el gobierno había decidido protegerlos. La mayor colonia de ellos, que desde entonces gozaba de firme salud, se atrincheraba en la vecindad de la única ruta que conducía al norte del país.

Mi tío, preocupado y sin saber muy bien cómo ayudar, había propuesto que utilizaran el viejo camión que empleábamos para ir al pueblo, pero mi padre, una vez más, desechó el ofrecimiento.

-Hay que ir pensando que se es otro. Simplemente eso y nada más. Un turista, un geógrafo o un poeta. Cualquier cosa.

Mi tío se retiró aún más contrariado. Supe después que hasta tuvo la descabellada idea de seguirlos, pero nunca se atrevió.

Al caer la noche mi padre fue a buscar al soldado al granero. Se marcharían de inmediato pues no había tiempo que perder. Barrabás solo llevaba el imprescindible machete para abrirse paso en el denso follaje y mi padre una escopeta de caza. Ambos portaban sombreros y botas de media caña.

Los vi atravesar el portal y alejarse sin piedad. A un paso ligero y a la vez fingidamente despreocupado. El cielo y la oscuridad parecían apretarse sobre ellos. Mi padre no volvió la cabeza como solía hacerlo cuando se iba y ya nunca más volví a verlo.

 

"Caminamos casi un día y una noche deteniéndonos solo para comer de lo que llevábamos en los morrales. Casi no hablábamos. El soldado se dejaba conducir sin preguntar nada, sin ni siquiera buscar en nuestros ojos la posible explicación de nuestra actitud. Al segundo día desembocamos en el cráter del aerolito, una inmensa fosa de terreno pedregoso, de guijarros pequeños que hacían más fatigoso el andar. Ninguna otra cosa se divisaba y en el fondo nos hallábamos tranquilos pues sabíamos a ciencia cierta que los basiliscos abundan solo entre la vegetación espesa".

Ahora Barrabás fuma despacio mientras va enganchando sus recuerdos. Muchos años han pasado pero la guerra aún no ha concluido. Lo que sucedió aquella vez se conserva en su memoria como un carbón encendido.

"A la segunda noche el viento empezó a soplar con fuerza devastadora. No había donde refugiarse ni podíamos avanzar. Me acordé de las cunetas que la erosión había formado en el centro del cráter. Nos metimos allí. El soldado también lo hizo, creo que nunca se le ocurrió fugarse y nosotros lo dejábamos marchar a nuestro lado, en plena libertad. Nos tapábamos hasta la cabeza con unas mantas y dormimos incómodos, aguijoneados por el suelo de piedra. Sólo oíamos el ulular del viento, famélico, insidioso.

"Maldito viento, maldita noche, bramaba yo apretando los dientes.

-No pienses, Barrabás. Déjate llevar. Haz como él y que sea lo que sea –me dijo tu padre, pero confieso que no le entendí.

"Después del cráter venía la llanura de pastos ralos, lo recuerdo perfectamente. Esferas de cardos espinosos pasaban rodando velozmente a nuestro lado, empujados por el viento incesante que levantaba espesas polvaredas. Cuando la vegetación se hizo abundante y aparecieron los primeros árboles, tu padre amartilló la escopeta y seguimos avanzando.

"Otra vez avistamos tres hombres a caballo, sin duda una patrulla de áreas forestales. Portaban hachones encendidos para ahuyentar a los basiliscos."

-¿Y el soldado? –le pregunté, temeroso de que olvidara algún detalle.

"Nada. Observándolo detenidamente descubrí que soñaba despierto. Llevaba la boca abierta como un alucinado. Me convencí que era un fanático, que su mente debía ser tan rígida y monolítica como su cuerpo y que no se permitía el menor desliz. Su concentración me preocupaba pues contrastaba con la soltura y liviandad que tu padre y yo procurábamos aparentar.

"-¿Qué debo hacer con él? -interrogué a tu padre.

"-Simplemente no pienses y deja que él ande como quiera.

"Bajé la cabeza y entonces él añadió:

"-Lo peor es la angustia. Esa maldita descorfomidad con uno mismo. El no poder superarse. La debilidad que siempre te vence... Ese hombre es un pobre diablo pero es más feliz que yo. No se pregunta nada, ni lo necesita.

"Extrajo una cantimplora de entre su ropa y bebió ávidamente. Cerré los ojos y pensé en el camino que aún restaba, en cómo volver y en mi familia que me esperaba."

 

"Se decía que la única arma posible para enfrentar a los basiliscos era el fuego. Quedan encandilados por las antorchas, paralizados, sin osar jamás quitar la vista de las llamas. Solo cuando el fuego está muy próximo huyen como todos los animales.

"El único riesgo consistía en mantener encendidas las antorchas. Se creyó siempre que una sola mirada de estos reptiles era equivalente a la muerte y aquella noche el viento, otra vez desaforado, nos estaba jugando una difícil pasada. Avanzábamos con la cabeza gacha sosteniendo los hachones con ambas manos, los oídos taladrados por el incesante ulular. Las ramas bajas de los árboles nos herían el rostro y no teníamos como apartarlas. En tales ocasiones un machete está de más y una escopeta no tiene ningún valor. Solo el fuego y nada más que el fuego. Debíamos tratar de conservarlo con el mismo ahínco y la misma religiosidad que un hombre de la prehistoria. Ni siquiera podíamos permitirnos un respiro.

"Los basiliscos enlazaban con sus patas retráctiles los bejucos y gajos tiernos, aullaban a veces o emitían un largo silbido al desplazarse velozmente por la hojarasca. Visto desde atrás uno no podía pensar en otra cosa que un simple lagarto marino o una robusta salamandra.

"Cayó la noche y no podíamos dejar de avanzar. El viento parecía descuajar el fuego pero sólo conseguía avivarlo aún más. Cuando las fuerzas comenzaron a escasear nos tiramos de bruces sosteniendo la antorcha en alto. Decidimos turnarnos para dormir. El viento arrachado nos aplastaba contra el suelo. Habíamos clavado los hachones en el suelo, a pocos pasos de donde nos hallábamos, pero en un imprevisto uno de ellos cayó y el fuego comenzó a expandirse con prodigiosa velocidad. Una lluvia de chispas se dispersó por la hojarasca y en pocos instantes las llamas treparon los árboles consumiendo el follaje. Quedamos rodeados, confundidos por el crepitar de las lenguas de fuego y el aullido de los animales. Curiosamente el soldado mantuvo la calma y como si nada sucediera señaló la única salida posible. Avanzamos contra el viento mientras la tierra hervía. El fuego quedó a nuestras espaldas y vimos a lo lejos unicornios azules que huían de la zona del incendio. Corrían hacia las dunas de arena y supimos que ese era el sitio más seguro. Desde allí se avistaban las alambradas de la frontera."

 

Para Barrabás lo sucedido en aquellos días aún no ha terminado. De sus ojos se desprende la resignación de los esclavos de antaño y la lucidez de los felinos de la selva. Su frente espaciosa, sus motas raleadas, su nariz chata, sustentan la mirada triste del hombre que no conoce otra cosa que la guerra.

"Cerca de los alambrados lo dejamos ir solo y emprendimos la marcha de regreso. Recuerdo que tu padre le tendió la mano y él la estrechó, la mirada inescrutable. Tu padre se encogió de hombros y fue otra vez las dunas y el largo rodeo para evitar el bosque en llamas.

"Me preguntó si íbamos bien. Le dije que no había nada que temer. ¿Oh Dios, si hubiera sabido...! Era mediodía pero a lo lejos el resplandor del fuego semejaba un crepúsculo de primavera. Los árboles eran gigantescas teas y el fuego parecía extenderse por quilómetros.

"-¿Cuándo alcanzaremos el cráter? –me preguntó.

"- Mañana a la noche dormiremos allí. Ahora es preciso seguir andando. Alejarnos de aquí.

"Mis palabras se convirtieron en un deseo inalcanzable. Surgieron desde detrás de los gruesos troncos de los árboles, camuflados con el follaje, cortándonos el paso. Eran cuatro y nos apuntaban con sus armas largas, atentos e inflexibles. Al frente iba él, el soldado.

"La parálisis de la sorpresa no impidió que tu padre, por señas, le preguntara qué quería ahora, de qué se trataba. Del mismo modo, moviendo sus dedos con el vértigo de sus ojos famélicos, el hombre nos hizo saber que su ejército había invadido nuestro país, que las órdenes habían cambiado y era hora de matarnos. Entre tu padre y yo alcanzamos a cruzarnos una mirada de perplejidad pero no hubo tiempo. Una descarga cerrada de fusilería nos abatió a ambos.

 

("No es el basilisco quién mata. Somos nosotros mismos", había dicho mi padre. Todavía me parece ver su mole corpulenta, su mirada perdida en el horizonte, los sueños en que creyó alguna vez. Me hubiera gustado que se volviera viejo a mi lado, anclado en sus recuerdos, sacando fuerzas de ellos para arañar el futuro como quien busca sin tregua una imposible salida. Pero murió lejos, sin que lo viéramos ni lo sospecháramos, tal vez atravesado por la misma angustia que nunca lo abandonó.)

 

"Cuando recobré el sentido constaté con mis manos ensangrentadas las tres heridas que aún atraviesan mi piel."

Levanta su camiseta y me muestra: dos víboras horizontales, muy cercana una de otra, a la altura del pecho, y una llaga reseca sobre el hombro.

"Tu padre había caído boca arriba, con los ojos interrogando al cielo. Solo cuando llegué hasta su cuerpo sin vida levanté la cabeza. Estaba rodeado de decenas de basiliscos que me escrutaban con sus grandes ojos saltones. Me miraron durante largo rato captando hasta el menor de mis movimientos. Supe entonces de lo inofensivos que eran y de la mezquindad del alma humana."

Alfredo Alzugarat
Cuentos de War. La guerra es un juego.
Cal y Canto y Biblioteca de Marcha, Montevideo, 1996

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