La niña del aro

(Sobre una pintura de Giorgio de Chirico)

Alfredo Alzugarat

Calles vacías. Ángulos rectos, duros, macizos. Nada más que prismas y conos de sombra y luz. La noche, como una ubre espesa, se derrama sobre el cuadriculado de las aceras.

De pronto un sonido metálico. Un zumbido tenue que parece ir trepanando la calle en pendiente. Ninguna luz tras los cortinados de la ventana. Ni por las rendijas de las pertas cerradas. Solo los focos callejeros rebotando contra las paredes. La calle desierta y un aro que gira y avanza, que gira y avanza empujado por una niña que corre tras él. Una niña vestida de blanco en la noche inmensa, con el cabello cayendo sobre su espalda y la calle vacía y el aro que gira y avanza. Su vestido largo ondula, como su cabello al aire, mientras ella corre. Desde lo alto de un edificio un niño la está mirando. Nada más que una sombra tras los cortinados. Nada más que unos ojos curiosos. Allá abajo, la niña corre tras el aro, la niña blanca, la niña ondulante, la niña dechirica. Los ojos del niño la siguen hasta que desaparece entre ángulos y sombras.

Ahora hay un rumor rítmico, tajante. Los ojos no se apartan de la calle vacía. Centenares de pies aplanan el asfalto, al mismo tiempo, sin desentonar. El grito agudo de una orden corta el espacio. Los soldados desfilan a paso de ganso, severos, adustos. Las piernas bien rectas, las espaldas erectas, los sables verticales. La brigada nocturna avanza hacia el cruce donde ha desaparecido la niña del aro, los focos callejeros imantan los uniformes de una luz amarilla y desvaída y sobre las paredes se estampan las sombras simétricas de decenas de piernas que bajan y suben, que bajan y suben como martillos mecánicos. A paso de ganso, arriba y abajo, los soldados avanzan. Al frente el oficial con su sable en alto, y más atrás, en filas de diez, los soldados avanzan mientras el niño en lo alto estudia sus pasos, registra hasta el menor de sus movimientos.

La madre se le ha aproximado. Ha atravesado la penumbra para situarse protectora tras su espalda. El niño no deja de mirar. Los soldados se van alejando en un horizonte de paralelas que parecen converger.

-¿Ese es nuestro ejército, madre?

-Ningún ejército es el nuestro, hijo –responde ella, posándole una mano en el hombro.

La madre se ha marchado. El niño ha aprovechado para tomar una de las agujas del tejido a medio hacer. Al débil reflejo de los focos callejeros que se filtra por las cortinas, la aguja como un sable vertical, el niño prueba caminar a paso de ganso. Cuesta mucho esfuerzo levantar la pierna en alto hasta dejarla en ángulo recto con su cuerpo. Arriba, abajo, un paso, otro paso. Los músculos se tensan. Los brazos han de moverse al compás de sus piernas. Un dos, un dos, un paso, otro más. La madre se acerca. El niño se esconde.

La niña del aro cruza rauda las calles a la noche siguiente. Va dejando tras sí una estela sinuosa, displicente. Parece correr sin preocupaciones tras el aro que gira y avanza entre un infinito de líneas rectas. El niño en lo alto la ve pasar una vez más, como un fantasma cimbreante de luz y sombra. En seguida retornan los pasos de la brigada. Isócronos, inmutables, los pies apelmazando el duro asfalto. Los ojos clavados en la lejanía, los rostros duros y firmes. Si quisiera, el niño podría contarlos uno por uno, pero su mirada se pierde en el automatismo de sus piernas, en la geometría de sus figuras.

Ah, esta noche el niño se ha atrevido a encender la luz. Ensaya el paso de ganso ante un espejo. Aún le cuesta dominar los movimientos. Aún le cuesta al bajar una pierna levantar de inmediato la otra. La aguja se bambolea en su verticalidad porque los brazos aún no se acomodan fielmente al movimiento. El espejo registra sus imperfecciones pero él insiste. Desfilar como un soldado de la brigada nocturna recorriendo las calles rectas y vacías de la ciudad, desfilar a paso de ganso cuando no hay más luz que la de los focos callejeros y el silencio se parte tras el golpe seco de las pisadas.

De pronto se detiene. Parece estar cansado pero no. Le gustaría levantar cada uno de sus brazos y trazar un amplio círculo en el aire, agitarlos como alas de mariposa. Pero no se puede: los brazos deben ir rectos. Siente ganas de girar sobre sí mismo como un trompo, de saltar, de levantar sus piernas sin ningún orden, sin ningún ritmo, de bailotear con sus pies. No se podría, no se debería poder, pero el espejo invita.

Mañana a la noche la niña del aro, como una campana puntual, se deslizará alegremente por las calles vacías, sin importarle el silencio ni la soledad ni los ángulos rectos de las esquinas en sombra, corriendo tras el aro que gira y avanza calle abajo, la niña con su largo vestido blanco y su pelo flotante. Él la mirará desde lo alto hasta verla desaparecer, hasta que no sea más que un puntito danzando en la distancia. La madre se aproximará lentamente, venciendo la penumbra de la habitación, hasta posar una mano en su hombro. Él todavía tendrá a la niña impresa en sus retinas cuando se aleje de la ventana. No verá desfilar a la brigada nocturna. Deseará que la niña del aro siga pasando noche tras noche, que nunca deje de pasar.

Alfredo Alzugarat
Cuentos de War. La guerra es un juego.
Cal y Canto y Biblioteca de Marcha, Montevideo, 1996

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Alzugarat, Alfredo

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio