Hudson, el forastero y el naturalista
por Alfredo Alzugarat

A propósito de la publicación del ensayo de Felipe Arocena  “De Quilmes a Hyde Park. Las fronteras culturales en la vida y la obra de W.H.Hudson” (Banda Oriental, 2000) y de la  reedición de “La Tierra purpúrea” (Banda oriental, 2001).

A comienzos del siglo pasado, con bastante frecuencia, tres escritores se reunían en el restaurante Mont Blanc, en Londres. El más joven de ellos, Joseph Conrad, era de origen polaco y durante veinte años había recorrido los mares del mundo. Le seguía Robert  Cunninghame Graham, que varias veces había visitado las costas del Plata y el Paraguay. Finalmente, el de mayor edad, William Henry Hudson,  había nacido en Argentina, había vivido treinta y dos años a pleno campo y quería destinar el resto de su existencia a recordar el canto de los pájaros y los cielos del Río de la Plata. Era natural que estos tres escritores se encontraran y se hicieran amigos. Y aunque ocasionalmente otros hombres de letras como John Galsworthy, Ford Madox Ford, W.B.Yeats y varios más, se acercaban hasta el lugar, nadie podía igualar la identidad que aquellos tres hallaban en sus vidas. Cada uno parecía un espejo del otro.

Viajeros irredimibles, amantes de pueblos y paisajes lejanos, junto a Rudyard Kipling y D.H.Lawrence, habían impuesto en el público inglés de aquellos años, por distintos caminos,  un gusto por lo exótico y por un regreso a la naturaleza que, implícitamente, vulneraba el urbanismo creciente y aún más, la hasta ese momento infalible visión eurocéntrica del mundo. Entre todos ellos, por la autenticidad de su propuesta y una coherencia  extensible incluso a su vida diaria, W.H.Hudson era el más radical. “Un hijo de la naturaleza, un hombre casi primitivo que había nacido demasiado tarde”, decía de él J.Conrad. De igual modo lo veía Violet Hunt, esposa de Ford Madox Ford, : “su aspecto era tan forastero que al principio eché de menos los aros en las orejas y la cimitarra al cinto, y luego casi me pareció verlos.”  Más concluyente aún, afirma Felipe Arocena , en su flamante ensayo De Quilmes a Hyde Park: “fue toda su vida un extranjero: en la pampa era el gringo acriollado, en Inglaterra un bárbaro del que aprendieron los más civilizados”. Aún más, en varias de sus obras el protagonista era un “alter ego” que comenzaba observando la realidad “desde afuera” y terminaba mimetizándose tan plenamente con ella que era capaz  como nadie de aprehenderla en toda su dimensión: tal el Richard Lamb de La tierra purpúrea, el Smith de La edad de cristal o el médico inglés del cuento largo Ralph Herne, relato aún no traducido al español.

Nacido el 4 de agosto de 1841, William Henry Hudson era hijo de padres norteamericanos, de ascendencia irlandesa, que se habían asentado en la provincia de Buenos Aires ocho años antes. En su casa se hablaba inglés, se comía de acuerdo a recetas de la cocina inglesa, muchos de sus vecinos eran ingleses. Jamás concurrió a un centro de estudios pero en su casa había una biblioteca de quinientos volúmenes en lengua inglesa heredados de un tío norteamericano. Fue un self made man que desde niño gozó de la más amplia libertad para disfrutar de la exuberante  naturaleza de aquellos días a la vez que observarla y estudiarla  con pretensión científica. Conoció los pobladores de la pampa, sus costumbres, sus tradiciones, sus leyendas. Fue reclutado como soldado y llevado a los fortines de Azul a combatir a los indios del Desierto cinco años antes de que José Hernández escribiera su Martín Fierro. Durante 1868, por diez meses, recorrió territorio uruguayo. Finalmente, aprendió a disecar  y embalsamar aves y según su sobrina nieta, Violeta Shinya, Londres era el centro científico del mundo civilizado que le ofrecía la oportunidad de abrirse un futuro como ornitólogo.

Llegó a Inglaterra en 1874, vivió en la mayor pobreza, durmiendo en bancos de plaza, y escribió poesía, narrativa y ensayos científicos. Paseó sin rumbo fijo, como un flaneur sin bulevares,  por zonas rurales de Inglaterra, a pie o en bicicleta. Alternó en su prosa el detalle de cuanto veía en aquel país con el recuerdo constante, obsesivo, del paraíso perdido que había  abandonado allá lejos, en el otro extremo del Atlántico. Ostentó su alteridad nada menos que en la Inglaterra victoriana, sin que ello le implicara otra cosa que reafirmar su modo de pensar y de ver el mundo. Tardó décadas en ser reconocido y aún hoy sigue siendo un forastero de dos mundos, leído con desconfianza en Inglaterra, ignorado por muchos en el Plata.

La combinación de todos estos ingredientes  pueden dar una idea aproximada de la  asombrosa singularidad de este hombre. Imposible separar su vida de su obra. Un individuo de estos quilates solo podía aspirar a comunicar la emoción experimentada y el conocimiento alcanzado, y solo la escritura podía significarle el único vehículo útil para  tan magna empresa. Fue un hijo de su tiempo que participó de una manera original  en el debate entre el romanticismo rezagado y el positivismo en auge, que anuló en su práctica profesional la desconfianza o la rivalidad entre el científico y el poeta para aprehender la Naturaleza. Nacido en América, incursionó también, probablemente sin haber leído jamás a Sarmiento,  en el gran debate latinoamericano de aquellos años, el de “civilización o barbarie”, y lo trasladó a su Inglaterra de adopción.

LA TIERRA PURPÚREA.   

Nueve años después de su llegada a Londres, Hudson publica su primer trabajo escrito, el poema “The London Sparrow” (“El gorrión de Londres”), en la revista Merry England. “Sube hediondo vapor de las sórdidas casas/ en vez de la fragancia de las flores/ En cambio de los bosques estrellados/ esta desolación que espanta/ este desierto de edificios rígidos/ sucios de humo...” La añoranza del paraíso perdido en América es evidente pero no hay nada nuevo para la literatura inglesa. Los efectos del creciente industrialismo ya habían sido registrados, aunque fugazmente, por Byron, Blake y Shelley. El tópico era de los más frecuentados por el Romanticismo. Londres para Hudson se parece mucho a Coketown, la ciudad que, décadas antes, imaginara Dickens en su novela Tiempos difíciles: “Era una ciudad de máquinas y altas chimeneas, por las que salían interminables serpientes de humo que no acababan nunca de desenroscarse...” 

A todas luces, el pequeño poema no hacía otra cosa que constatar el abismo que existía entre la naturaleza intacta del Plata y la modernidad europea que ahora debía sufrir. Debió comprender entonces que era un exilado voluntario en un infierno cotidiano y que su única opción era recordar, recordar con la mirada de un científico y también con la de un novelista. Las dificultades que hallaba en Londres debieron ser un acicate constante para ese recuerdo. Escribir sobre el pasado, enseñar a los europeos cómo se vivía en regiones lejanas y cómo se ensamblaba la vida con la naturaleza, debió significarle un placer reconfortante a la vez que una estrategia de protesta individual contra un entorno que nunca pudo aceptar. “Soy un naturalista del Plata”, dijo una vez, airado.

Sin embargo, recordar abordando lo plenamente autobiográfico era una tarea para la que aún no se hallaba maduro. Sólo a partir de 1888 aparece el  científico, el naturalista capaz de describir con precisión las costumbres y el hábitat de las aves del extremo sur de América: Argentine ornithology, The naturalist in La Plata (1892). El memorialista llegará poco después: Idle days in Patagonia(“Días de ocio en la Patagonia”,1893), de manera parcial en muchas de sus obras posteriores y sobre todo en su vejez: Far away and Long Ago (“Allá lejos y hace tiempo”,1918). Su primera empresa literaria deberá contar con un significativo aporte de su imaginación y con una trama aventurera que mucho se parece a la de un libro de viajes plagado de dificultades.

Surge así The purple land that England lost (La tierra purpúrea que Inglaterra perdió, 1885), una novela que pasaría desapercibida y que el propio Hudson rescataría del olvido casi veinte años después con un título más funcional, The purple land (1904). Seguramente fruto del azar, esa segunda y definitiva edición coincidió con la última guerra civil en Uruguay, la segunda acaudillada por Aparicio Saravia. Entonces resultaba insospechado que cien años más tarde las reediciones continuarían.  La última de ellas, realizada en estos días por Banda Oriental, mantiene la traducción que Idea Vilariño efectuara en 1980 para Biblioteca Ayacucho, de Caracas, y reitera el estudio preliminar a la edición de 1982 (Lectores de Banda Oriental) a cargo de Ruben Cotelo. Su novedad, digna de destacarse, es la recuperación del prólogo de Hudson de 1904.

En la novela, el protagonista, el inglés Richard Lamb, recorre gran parte del territorio uruguayo, primero en busca de trabajo y luego deseoso de retornar junto a Paquita, su flamante esposa . De rancho en rancho, Lamb disfruta de la generosa hospitalidad  de un país que Hudson, con sabor anacrónico, se empeña en llamar Banda Oriental; se apasiona con las rústicas costumbres de sus moradores, describe con entusiasmo sus sentimientos, sus tradiciones, su folclore, vive con ellos singulares aventuras, sin dejar de mencionar el paisaje, su fauna y su flora.

Tres aspectos merecen especial atención:  a) Lamb es un amante de la belleza y como tal no duda en colocar en la cima de ella a cada una de las numerosas muchachas   que se cruzan a su paso,  dejando un testimonio único de la sencillez y hermosura de la mujer oriental, de la mujer del campo uruguayo. Estas páginas merecieron recientemente el homenaje  de Antonio Larreta al comienzo de su obra teatral  Las maravillosas.

b) la violencia aparece como algo congénito al primitivismo que rige las costumbres y el propio protagonista se verá envuelto en ella, no solo a través de un típico duelo criollo, sino también por su participación en una revuelta colectiva, uno de los tantos alzamientos blancos que por entonces oponían a los habitantes del campo con los de la capital. Más que en ningún otro, el episodio en la estancia  de Peralta (cap. XXIII), pone de relieve el odio feroz que en aquellos tiempos dividía a los orientales;

c) el protagonista sufre una absoluta transformación espiritual y mental:  su  maldición en lo alto del Cerro de Montevideo al inicio de la novela, donde expresa su deseo de recobrar estas tierras para la corona británica ,tendrá como respuesta, al cabo de su periplo, una despedida de sincera admiración : ”Adiós, hermosa tierra de sol y de tormentas, de virtud y de crimen; ojalá que a tus invasores del futuro les vaya como a los del pasado, y te dejen al final librada a tus propias inclinaciones... ojalá que el resplandor de nuestra civilización superior nunca caiga sobre tus flores silvestres ni caiga tampoco el yugo de nuestro progreso...”.

“Hudson vio y sintió lo que un hijo de la Banda Oriental nacido y criado en ella no habría visto ni sentido”, dijo Miguel de Unamuno y el elogio causa asombro si se piensa que la obra fue escrita tres años antes de Ismael, de Eduardo Acevedo Díaz. A la crítica inepta, que la condenó en un primer momento, siguió la admiración de muchos, entre otros de Jorge Luis Borges  que lo consideró “de los muy pocos libros felices que hay en la tierra”, ubicándolo junto a Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. También polémico ha resultado dictaminar con precisión su género:  Ezequiel Martínez Estrada lo definió como“una descripción psicológica y social de un mundo, de un orbe de cultura” ;Emir Rodríguez Monegal lo vio como “un libro de caminante, como la Odisea o el Quijote”; Jean Franco, finalmente, lo ha entendido como “un relato moderno picaresco de aventuras” basándose en la identificación con Gil Blas que realiza el protagonista al comienzo de la obra.

Del mismo modo se ha discutido sobre la verdadera identidad de Santa Coloma, el caudillo que lidera el levantamiento armado en la campaña oriental. Muchos han visto en él a Timoteo Aparicio, quien comandó la llamada “revolución de las lanzas” en 1870, a pesar del desfasaje  que significa el hecho de que Richard Lamb recorriera nuestra campaña hacia 1860, según se especifica en el prólogo de Hudson de 1885. Jean Franco, desde su nota preliminar a la edición de Biblioteca Ayacucho, afirma que se trata del “líder blanco general Flores” que había huido a Buenos Aires “luego del triunfo de las fuerzas coloradas”.”Posteriormente habría de invadir el Uruguay y tomar el poder”, agrega.  Del colosal disparate, tristísimo en una académica del prestigio de Franco,  se podría deducir que Bernardo Berro era colorado y que, tras el triunfo de Flores, los blancos gobernaron este país durante noventa y tres años consecutivos.(?) Más recientemente Pablo Rocca ha informado (El País Cultural Nº 581, enero de 2001) que Santa Coloma era en la realidad Martín Santa Coloma,  militar rosista y también fugaz personaje de Amalia ,de José Mármol. Esto es rigurosamente cierto para todo aquel que consulte esa novela en su Quinta Parte, capítulo IX. A pesar de que Amalia  versa sobre hechos ocurridos en 1840 y no existe fuente documental que atestigüe sobre lecturas de escritores argentinos en Hudson , no resulta imposible  que haya escuchado ese nombre en su niñez si tenemos en cuenta que sus padres eran tan rosistas como para ostentar en el comedor de su casa un retrato de Rosas y otro de Oribe. Pero tampoco existe un registro de la batalla de San Paulo ni del guerrillero de frontera Calixto Peralta y   en definitiva poco importa saber en quién se inspiró el autor para elaborar su personaje.                                   

Importa sí que en la novela Santa Coloma es el gaucho por excelencia, un héroe que encarna en su persona todas las virtudes de su pueblo, un paradigma de la Arcadia que Hudson anteponía a la civilización europea. Lamb necesariamente debía encontrarse con él para completar su evolución. El gaucho, el habitante de estas tierras “bárbaras”, es para Hudson el ser que mejor representa una perfecta armonía con la naturaleza que lo circunda, la libertad y la pureza que negaba la modernidad europea.

Sin embargo, no solo su carisma y su representatividad distinguen a Santa Coloma de la masa anónima: se había educado en el mejor colegio de la capital, sitio donde residió largamente.

Resulta interesante comprobar que la cultura letrada es siempre el punto de partida para apreciar el entorno y destacada toda vez que se la encuentra. Por contraste, la novela describe una colonia de ingleses que se reúnen solo para dejar pasar el tiempo juntos y beber té con caña:, ex - hombres echados al abandono, cuyas vidas resultan un verdadero vacío. Más adelante Richard Lamb se encontrará con John Carrickfergus, un “escocés desescocesado”, alguien que por rechazo a la civilización se ha adaptado por completo a la vida “bárbara” que le ofrece el campo oriental. El protagonista se sorprenderá al saber que este hombre proporciona a sus hijos una libertad sin límites pero les niega  la lectura y el conocimiento.

Con acierto ha dicho Borges que La tierra purpúrea “recuerda un poco a Rosseau y prevé un poco a Nietzche”.

DE QUILMES A HYDE PARK. 

Apelando a la biocrítica y a la sociología histórica, Felipe Arocena (1963) enmarca la obra de Hudson en torno a cinco fronteras muy relacionadas entre sí: Argentina y la tradición sajona; el blanco y el indio; el campo y la ciudad; la naturaleza y la cultura, y la ciencia y la literatura. Esta perspectiva le permite comprender la coherencia entre el hombre y el escritor, entre la obra y las circunstancias vitales que contribuyeron a forjarla. Este es uno de los mayores méritos de su ensayo.            

Arocena  remonta esas encrucijadas culturales a la influencia que  ejerció sobre Hudson la dialéctica Ilustración – Romanticismo, ubicando con precisión una praxis literaria que intentó sintetizar premisas provenientes de ambos fenómenos. Corrían los tiempos del positivismo de Comte anunciando la felicidad de la especie humana a través del avance de las ciencias y la tecnología, los tiempos del darwinismo biológico y social, los del marxismo autoproclamándose como doctrina científica, pero aún persistían en el recuerdos los paseantes a lo Rosseau  y los románticos que recorrían Europa e Italia en busca de leyendas perdidas o ruinas remotas. Las disensiones entre unos y otros se continuarían aún con los herederos del romanticismo: la naturaleza sería vista como un templo o “un bosque de símbolos” para  Baudelaire, un  “universo de sensaciones” para Rimbaud.

Ajeno a la rivalidad entre ciencia y poesía,  la originalidad de Hudson reside, según Arocena , en la unidad que alcanza en su obra la observación científica y la emoción estética. El énfasis será puesto en esa postura diferente que lo singularizó entre sus contemporáneos y que, más que el producto de una reflexión, significó un ideal de vida. Estamos ante el autodidacta antiacadémico, con su independencia de juicio, capaz de encerrar en sí mismo el naturalista, el etnógrafo, el sociólogo, el novelista y el poeta.

“Como en los románticos, la naturaleza para él es, en el fondo, insondable, por más conocimiento nuevo que sobre ella se puede adquirir”, afirma este sociólogo uruguayo, señalando el origen de esa actitud contemplativa que en Hudson roza con el animismo o el panteísmo pero que jamás anula la sed de conocimiento racional, innata al hombre.

Lo que quiso expresar “... es que, por más racionales que podamos ser, por más conocimiento que podamos adquirir, el misterio de los fenómenos naturales continuará manifestándose para quien no haya perdido la capacidad de sentir, para quien todavía mantenga vivas la facultad y la sensibilidad de asombrarse ante ellos”, se aclara. Admiración, misterio, investigación, todo es posible cuando se contempla la naturaleza con sed renovada, con alegría y dolor: “...el sol naciente y poniente, la visión de un azul y claro luego de las nubes y la lluvia, la nota de llamada familiar y que hacía tiempo no escuchaba de algún migrante que acaba de regresar, la primera visión de alguna flor en primavera, traerían de vuelta la vieja emoción y sería como un súbito rayo de luz solar en un lugar oscuro –una alegría intensa y momentánea que sería sucedida por un dolor inefable”,dice Hudson en Allá lejos y hace tiempo. Esa unidad –en su obra y en su persona- de lo que en su tiempo pudo haberse considerado opuesto o incompatible, halla en él perfecta armonía.

La demostración de estos presupuestos lleva a Arocena a recorrer  palmo a palmo el itinerario vital de Hudson. De su obra científica destaca el registro de dos especies de pájaros: la viudita negra (Cnipolegus  o phaeotriccus hudsoni) y el canastero (Synallaxis o Aesthenes hudsoni); su labor ecologista, con la fundación de la Sociedad Protectora de Aves y la aprobación, por parte del Parlamento inglés, de la primera ley de conservación de estos animales; su teoría de los sentidos; sus diferencias con el darwinismo.

Paralelamente, se va intercalando la valoración de su obra ficcional. Especial atención prodiga a dos obras medulares de Hudson: A foot in England (1909)  y A shepherd´s life (1910), ambas comprendidas en lo que Jean Franco llama “el ensayo al aire libre”, género popular en el siglo XIX desde la publicación de la Historia Natural de Selborne de Gilbert White, uno de los libros que más había impactado a Hudson en su niñez. El afán por lograr un público lector había llevado al autor de La tierra purpúrea a incursionar en otras variantes narrativas, llegando incluso a la utopía futurista (A Cristal age, 1887 y 1906) y al melodrama (Fan. The story of a young girl·s life ( 1892).Se plantea entonces escribir guías para paseantes, apuntando al fenómeno cada vez más popular de las excursiones campestres, ahora  accesibles gracias a los nuevos medios de transporte. Para Hudson incursionar en un género significa innovarlo. Sus “guías” serán el resultado de su experiencia personal y de esa disposición anti-intelectual que siempre lo caracterizó. Propone una “ruta abierta”, absolutamente espontánea y sin previa información, un recorrido con la libertad indispensable como para alcanzar la emoción pura, sin prejuicios. Esta metodología, según Arocena,  habría sido la aplicada por Richard Lamb en La tierra purpúrea, algo que resulta de difícil aceptación. Más probable resulta pensar que la  novela de aventuras, género en boga en la época y muchas veces poseedor de esa característica, debió de influir en mayor grado.

La segunda obra que interesa especialmente a Arocena es Vida de un pastor, que describe las andanzas de su autor por  Winterbourne Bishop, un sitio al que ve como una antigua Arcadia pastoril ahora abolida por el industrialismo y el maquinismo. En este libro, Hudson  logra dar una visión diferente del movimiento luddista a la vez que replantear otra vieja ambición: el registro de la tradición oral. Algunos cuentos y canciones insertos en La tierra purpúrea y su libro de relatos El ombú (1902), eran prueba suficiente, hasta entonces, de esa actividad.

Arocena  encuentra aquí por vez primera otra dimensión de Hudson: el sociólogo, o de manera más personal, el colega. Habiendo también ubicado el nacimiento de esta ciencia social como otra consecuencia de la interacción entre Ilustración y Romanticismo, hay aquí un feliz hallazgo que, más allá de revelar el porqué de su interés por este autor, aporta un novedoso ángulo de abordaje a su obra. Un aspecto más podía haberse subrayado: en él Hudson encontró oportunidad de proyectar nuevamente el carácter testimonial de su obra, ya sea a través de la observación directa o “dando voz” a los protagonistas de los hechos, permitiéndoles así acceder al registro de la escritura. Recorrer la obra de Hudson significa también la confirmación del testimonio como un género literario de la modernidad.

El contexto histórico y el debate intelectual décimonónico proporcionan a Arocena las premisas de su obra y permiten una comprensión de Hudson más abundante y más profunda que la sola referencia a la literatura inglesa de su tiempo, estrategia común hasta ahora de los pocos estudiosos de su obra. El sostenido afán por observar la vigencia de Hudson, como científico por su costado ecológico o como narrador por sus criterios de independencia, disimulan algunas digresiones de su capítulo introductorio que lo alejan de su objetivo central (verbigracia: religiosidad y antirreligiosidad en el siglo XVIII). El mérito es muy grande si se piensa en el descuido (u olvido) en que se ha tenido la obra de William Henry Hudson. La reedición de La tierra purpúrea acompaña este esfuerzo.

OBRAS DE WILLIAM HUDSON EN URUGUAY.

v La tierra purpúrea (un idilio uruguayo). Traducción de Eduardo Hillman. Prólogo de Robert  Cunninghame Graham y epílogo de Miguel

de Unamuno. Buenos Aires-Montevideo, Agencia General de Librerías y Publicaciones, sin fecha.

v El ombú y otros cuentos rioplatenses. Traducción de E.Hillman. Buenos Aires-Montevideo, A. G. de L. y P., 1928.

v La tierra purpúrea. Montevideo, Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, 1965.

v El ombú. Traducción de Raúl Boero. Arca: Montevideo, 1969.

v Historia de mi cardenal. Montevideo, Aula, 1973 (edic. infantil)

v El ombú y otros cuentos. Prólogo de Heber Raviolo. Montevideo, Banda Oriental, 1983.

v La tierra purpúrea. Traducción de Idea Vilariño y prólogo de Ruben Cotelo. Banda Oriental: Montevideo, 1992. Colección Lectores.

v Las pampas desiertas. Prólogo de Heber Raviolo. Banda Oriental: Montevideo, 2000. Colección Lectores.

v La tierra purpúrea. Traducción y prólogo citados. Banda Oriental: Montevideo, 2001.

BIBLIOGRAFÍA DE WILLIAM HUDSON EN URUGUAY.

v Costa Herrera, Luis. Un viaje por La tierra purpúrea. Ediciones M Montevideo, 1952.

v Una o dos literaturas, por Emir Rodríguez Monegal. El País, 31 de julio de 1961.

v Hudson en Montevideo. Pobreza y libertad, por Ruben Cotelo. Jaque, 26 de diciembre de 1985. Reeditado parcialmente en El País Cultural, Nº 145, 14 de agosto de 1992. Se trata del artículo que sirviera de prólogo a las ediciones de Banda Oriental.

v Un pecado nacional, por Rosario Peyrou. En El País Cultural Nº  145, 14 de agosto de 1992.

v De Quilmes a Hyde Park. Las fronteras culturales en la vida de W.H.Hudson, de Felipe Arocena. Banda Orental: Montevideo, 2000.

v Un escritor fronterizo. El otro viaje de W.H.Hudson , por Pablo Rocca, en El País Cultural Nº 586, 26 de enero de 2001.

Alfredo Alzugarat

Publicado en Cuadernos de Marcha Nº 172, mayo 2001.

Ir a índice de ensayo

Ir a índice de Alzugarat, Alfredo

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio