Colección Robin Hood
Aquellos viejos libros amarillos
Alfredo Alzugarat

POCAS SELECCIONES de libros en el mundo han incidido tanto en el gusto por la lectura y en la imaginación infantil y adolescente como la colección Robin Hood de editorial Acmé de Buenos Aires. Creada en 1941, su éxito se extendió por casi medio siglo erigiéndose para más de una generación en un privilegiado puente de acceso a un mundo de fantasía imposible de olvidar. Así lo confirman abundantes testimonios que hablan de su importancia, muchos de ellos provenientes de grandes escritores, y el recuerdo siempre vivo de todos los que a través de ella se iniciaron en el encanto de la literatura, en la lectura como ejercicio de placer.

Modesto Ederra, fundador de la editorial, dio comienzo a la colección a partir de una versión de la célebre leyenda anglosajona, incluyendo al principio unos pocos títulos más. Aún cinco años más tarde, esos títulos apenas sobrepasaban la veintena, repitiéndose los nombres de afamados autores de lengua inglesa como Charles Dickens, Louise May Alcott, Mark Twain y Robert L. Stevenson. La selección apuntaba claramente a un público juvenil deseoso de seguir las aventuras de personajes con los que podía identificarse fácilmente, como Tom Sawyer, Huckleberry Finn, las mujercitas y hombrecitos que rodeaban a la tía Jo o los pequeños héroes de Corazón, de Edmundo de Amicis, como el vigía lombardo o el tamborcillo sardo. Las tapas duras con sobrecubierta, el color amarillo fuerte, los lomos redondeados, la pintura de la portada siempre perteneciente al conocido dibujante santafesino Pablo Pereyra, la silueta de Robin Hood en su contratapa y la clara tipografía, presentes desde entonces, los identificarían para siempre.

El primer salto se produjo en los años cincuenta con la incorporación de más ingleses y americanos (Carroll, Defoe, Melville, London), numerosos títulos de Julio Verne y Emilio Salgari, y dos series de volúmenes: Bomba, bajo la firma de Roy Rockwood, y El Príncipe Valiente, de Harold Foster, volviéndose más frecuentes las ilustraciones en el interior de los libros. Importaba que las versiones fueran completas y las traducciones sumamente cuidadas, consultándose a los autores cuando era posible. Posteriormente, a través de concursos o por simple mérito, se incluirían autores argentinos como José S. Álvarez (Fray Mocho), Germán Berdiales, Miguel Cané y otros. La popularidad que entonces obtuvo transformó a la colección en un fenómeno editorial pocas veces igualado, atiborrando con su presencia las librerías y bibliotecas juveniles de ambas orillas del Plata.

Aunque en lento descenso a partir de los años setenta, el fin de la colección llegaría recién a comienzos de los noventa cuando se la dejó de editar. La transformación del mercado del libro infantil y juvenil ante la fuerte competencia de los medios audiovisuales, acabó por imponer los textos breves realizados por autores contemporáneos y polémicas condensaciones de clásicos que muchas veces violentaron las versiones originales. Desde entonces, aquellos inconfundibles libros amarillos persisten exclusivamente en las librerías de viejo, a la espera de nostálgicos y coleccionistas. Nada parece haber cambiado con la reedición de la colección en 2003 en formato más pequeño, con tapa blanda y papel satinado. A fines del siguiente año, la muerte de Modesto Ederra, a los 102 años de edad, tras siete décadas de trabajo dedicadas a la difusión cultural, parece haber cerrado el ciclo definitivamente.

EL CATÁLOGO. Vista a la distancia, la colección explica por sí sola su éxito gracias a la firme unidad de criterios que la caracterizó con respecto a los gustos y premisas educacionales de la época. En primer lugar, sus historias y personajes introducían a niños y jóvenes en un mundo lógico y racional, a veces exótico pero siempre explicable. Ninguna ambigüedad, ninguna duda que pudiera generar alguna sombra al respecto. La fascinación por la aventura iba unida de manera absoluta a una romántica inclinación hacia el pasado, desde el siglo diecinueve a los remotos tiempos de la caballería andante. Un privilegio similar tenían los escenarios naturales, de acento bucólico, escasamente perturbados por avances tecnológicos, que reducían al mínimo los paisajes urbanos.

Las preferencias de acuerdo a la tradicional división de roles entre sexos eran también contempladas: mientras las niñas podían disfrutar de las sentimentales historias de May Alcott, Juana Spyri o Anna Sewell, correspondían a los varones los argumentos de acción, desde guerras y complots hasta grandes viajes. En todos los casos, al final se imponía la justicia y el héroe admirado, Sandokan o D’Artagnan, triunfaba en premio a su esfuerzo, su pureza o su valentía. Al carácter edificante se sumaba un contexto reconocible y una hegemónica conciencia eurocéntrica. La dependencia a centros de poder cultural de la época (Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Italia en menor medida) fue de tal rigor que llevó a ignorar a autores rusos o nórdicos. Cervantes era el único escritor español y la inclusión de Don Quijote de la Mancha, constituía de por sí una excepción. Punto controvertido fue la reiterada inclusión de algunas obras como Robinson Crusoe o Moby Dick, lo que las consagró y condenó para muchos como exclusivas de lectores jóvenes, algo que estaba lejos de la intención autoral.

LAS SERIES. Producto de convenios comerciales con sindicatos, se publicaron dos grandes series. La primera de ellas, Bomba, que alcanzó a ser un título emblemático de la colección, contaba la odisea de un niño perdido en la selva amazónica a la búsqueda de sus padres. Las pistas proporcionadas por un viejo cazador en sus escasos momentos lúcidos, lo conducían a lugares insólitos y plagados de peligros. La desmesurada telemaquia, que en muchos aspectos recordaba a Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs, prolongaba el misterio a través de veinte volúmenes que habían sido escritos entre 1926 y 1938. Quien pasaba por su autor, Roy Rockwood, no era más que uno de los tantos seudónimos del norteamericano Edward Stratemeyer (1862 - 1930). La propiedad intelectual correspondía al poderoso imperio literario del Sindicato Stratemeyer, fundado por Edward en 1905, que agrupaba a decenas de empleados que escribían por un sueldo fijo tres veces mayor al de un reportero periodístico. La tarea era alcanzar las sesenta mil palabras a partir de un título y unas pocas ideas. Diecinueve series, todas ellas de decenas de volúmenes, hicieron que a la muerte de Edward la revista Fortune declarara que "cuando el petróleo tenía su Rockefeller, la literatura tenía su Stratemeyer". Bomba, el niño de la selva, fue una de las tantas emprendidas por el Sindicato y ni siquiera la más importante, pero debió aportar su correspondiente cuota en las jugosas ganancias que por todas ellas recibieron Stratemeyer y sus descendientes.

La otra serie, El Príncipe Valiente, aunque más breve, alcanzaría aún mayor difusión llegando a trascender la colección por su inserción en los medios audiovisuales. Su creador, Harold Rudolph Foster (Halifax, Canadá, 1892 -1982) se había iniciado en el comic en 1929 en la Agencia Campbell-Ewald, de Detroit, resumiendo Tarzán de los monos. Aprendió, innovó, y ocho años más tarde se lanzó a la invención de un personaje que reciclara el tiempo mítico del Rey Arturo y las novelas de caballería. Para ello debió mudarse a una empresa rival, la King Features Syndicate, propiedad del magnate William Randolph Hearst. Décadas después el personaje alcanzaría la televisión. La presencia en la colección Robin Hood sería solo un episodio en la trayectoria de El Príncipe valiente. Simplemente fue su modo de hacerse conocer ante un público hispanoparlante.

LAS IMITACIONES. El éxito de la colección Robin Hood trajo como consecuencia inevitable en el mercado juvenil la competencia de editoriales españolas como Mateu, con su colección Cadete, Molino con su homónima, especializada en Verne y Karl May, o más precisamente Bruguera, con Historias, cuyos libros cada pocas páginas resumían el texto en cuadros con dibujos. Todas, con variantes, coincidían en títulos y autores. Ninguna, sin embargo, la igualó en prestigio, seriedad y belleza.

Lic. Alfredo Alzugarat

El País Cultural - 31 de marzo 2006

Enviado por el autor, para ser publicado en Letras - Uruguay, el 11 de febrero de 2008

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