Cézanne y Zola

Desencuentros de dos artistas
por Alfredo Alzugarat
alvemasu@adinet.com.uy

La amistad entre Paul Cézanne y Émile Zola, que se prolongaba desde la niñez de ambos en Aix-en-Provence, cesó de inmediato tras la publicación, en 1886, de la novela La obra. Fue una ruptura caballeresca pero definitiva. “Agradezco al autor de ‘Los Rougon – Macquart’ este grato testimonio del pasado, y le ruego que me permita estrecharle la mano en recuerdo de los viejos tiempos”, le escribe Cézanne el 4 de abril de ese año. Nunca volverían a verse.

En La obra, Paul Cézanne es representado por Claude Lantier, un joven que ha venido de provincias para conquistar París y cuya febril aspiración era “verlo y pintarlo todo, el aire libre, una pintura clara y joven, las cosas y los seres tal como se comportan a la luz del día”. La desmesura de su proyecto no es muy diferente a la del  que se propone desde la escritura su amigo de siempre, Pierrre Sandoz, indudable alter ego de Zola: retratar toda la vida moderna tomando a la ciencia como fuente primordial. La imprevista llegada de Christine, en una noche borrascosa, a la caótica bohardilla de Lantier, será decisiva para que éste concrete una obra en la que tiene depositadas grandes esperanzas y que denominará Plen Air. Su fracaso al exponerla no disminuye su sed de gloria. Su dedicación es obsesiva y en ello le va la vida. Es reconocido como líder por una “cuadrilla” de jóvenes pintores con idénticas ambiciones que comparten sus ideales estéticos. Su relación con Christine derivará en un oasis de felicidad, en un paisaje bucólico lejos de París, y con el nacimiento de Jacques, el único hijo.   

El regreso a la gran capital de Francia marca la segunda parte de La obra. Pronto Lantier concebirá una pintura de grandes dimensiones a la que se entregará por completo. Su impaciencia, su deseo de perfección y su temperamento agrio y colérico le impedirán acabarla a plena satisfacción. Siente que es la obra de su vida y por ella dilapidará sus ahorros y sacrificará a su mujer y a su hijo, sumergiendo su existencia en un caos estéril donde progresivamente se devora a sí mismo. Las opíparas cenas de jueves a la noche con que Pierre Sandoz, escritor ya laureado, agasaja a la “cuadrilla”, dejan en evidencia el desmoronamiento de los ideales juveniles y el entresijo de odios, rivalidades y fracasos que los sustituye.  La amistad con Sandoz y la devoción de Christine no podrán impedir la tragedia.

LA FRAGILIDAD DEL INSTANTE. La obra ausculta la conmoción artística de París en la segunda mitad del siglo XIX y en sus primeros capítulos recorre el alegre mundo de la bohemia, los paseos por los boulevares y los quais del Sena, los fisgones y tabernas de Montmartre, los cuartuchos miserables convertidos en improvisados ateliers, el hambre cotidiana, la relación promiscua con las jóvenes que les sirven de modelos, los sueños  de jóvenes artistas hermanados por un ideal común.  Eran muchos. “Todos estaban de acuerdo, se apretujaban para sentirse codo con codo y marchaban juntos a la batalla. Ni uno solo se reservaba para sí su parte de gloria, porque nada les separaba todavía…”, escribe Zola.  Empedernidos opositores de la pintura académica, oscura, neoclásica, los cuadros de estos jóvenes pintores son exhibidos en el “Salón de los Rechazados”, creado en 1863 con autorización del emperador Napoleón III. Sus exposiciones anuales hallaban la incomprensión de cientos de curiosos dispuestos a reírse y mofarse de lo que calificaban como extravagante y ridículo. Es allí, sin embargo, donde se dio a conocer la pintura del grupo de Batignolles y posteriormente la del movimiento impresionista, que reunió a autores hoy tan recordados como Manet, Monet, Bazille, Renoir, Pissarro, Degas, Sisley y Cézanne.

Paul Cézanne

Émile Zola

Se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia el grueso dossier con la documentación que Zola acumulara durante meses para esta novela. Claude Lantier es, sin duda, Paul Cézanne, pero su cuadro, Plen air, guarda muchos puntos en común con Almuerzo sobre la hierba, de Édouard Manet, la célebre pintura que entonces escandalizara a la familia imperial. La mujer desnuda entre caballeros vestidos con elegancia en un paisaje campestre, está presente en ambas obras. Una posible interpretación sobre esa coincidencia es la admiración que Zola siempre tuvo hacia Manet, el impresionista sobre quien fundó las más amplias expectativas. Manet sí supo realizar un cuadro similar de manera cabal, parece decirnos el escritor. Además de los ya mencionados, Zola gozó también de la amistad de Fantin – Latour, Bazille y Renoir y por todos ellos fue retratado. Crítico de arte antes que novelista, La obra puede ser también leída como proyección de sus ideas estéticas.

En el período que transcurre la acción, los pintores impresionistas se debatían entre el apego a la captación de lo natural en la fragilidad del instante o la actitud con que había que llevar a cabo la acción. Si bien Zola definía el naturalismo o el impresionismo como “un fragmento de la naturaleza visto a través de un temperamento”, nunca imaginó la importancia creciente que, en algunos de sus adictos, podía asumir el extremo de la ecuación, al punto no sólo de instalar un desequilibrio sino aún de suplantar la naturaleza y derivar hacia el simbolismo. En 1880, en su artículo “El naturalismo en el Salón” el escritor fustiga el facilismo con que procedían algunos pintores, los “esbozos demasiados rudimentarios” con que se contentaban, y opone a ello la solidez que brinda el trabajo constante, leitmotiv de La Obra. Desde ese momento la incomprensión de Zola a las nuevas orientaciones de los que habían sido sus amigos, en particular hacia Cézanne, va en aumento. Zola es “prejuicioso en lugar de justo”, escribe en una carta Vicent Van Gogh en 1883. Y añade: “Se equivoca completamente de camino, a excepción de lo que concierne a su apreciación de Manet”.

ENTRE HUGO Y BALZAC. En la extensa saga de los Rougon - Macquart, a la que pertenece la novela, Claude Lantier había hecho su primera aparición en 1873, en El vientre de París. La herencia, ese factor tan recurrente en la prosa de Zola, lo condenaba de antemano. Pero por algo Pierre Sandoz, el alter ego de Zola en La obra, se quejaba de  “de haber nacido en la confluencia de Hugo y de Balzac”.  Es, en realidad, La obra maestra desconocida, una nouvelle de Honoré de Balzac de tema similar, la que inspira a Zola en la última presentación del pintor. La lucha  del autor con sus propias pulsiones románticas es otra lectura posible del libro y el concepto de “genio”, tan afín a esa escuela literaria, será el otro factor decisivo en la estructura psicológica de Lantier. Será el genio malogrado, impotente para ejecutar la grandeza que concibe.  Esa disyuntiva entre el talento y los límites, entre el arte y la vida, es el drama profundo de La obra.

 Para Zola, la debacle del personaje es también la de una estética que no supo ser fiel a sí misma. Con tintes cada vez más sombríos, hurgando en la herida con el gesto impiadoso y mórbido que caracteriza la prosa del escritor francés, en la novela, junto a Claude Lantier, se desmorona el París de los impresionistas. “La vida había separado sus caminos, y aparecían las profundas divergencias, no les quedaba ya nada en la garganta más que la amargura de su antiguo sueño entusiasta, esa esperanza de lucha y de victoria uno al lado del otro, que no hacía ahora sino intensificar su rencor.” Nada parece quedar en pie.

La realidad, por fortuna, habría de ser muy distinta.   A partir de su residencia en Provenza en 1888, el estilo de Paul Cézanne despegó de sus orígenes y avanzó con pulso firme por un sendero propio. Obras como “Los jugadores de naipes”, “Las grandes bañistas” o las versiones de la montaña Sainte -  Victoire en  Estaque, acabarían por convertirlo en uno de los grandes maestros de la pintura moderna.

LA OBRA, de Émile Zola. Barcelona, Mondadori, 2008. 471 págs.

Alfredo Alzugarat
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