Mi amiga Mercedes

por Hugo Alfaro

Sin proponérmelo, soy un experto en calle Mercedes entre Vázquez y Andes, acera norte. No es que sea inspector municipal, sino que recorro cuatro veces por día esas aproximadamente quince cuadras entre mi casa y mi lugar de trabajo; a esta altura puedo decir que mantengo relaciones íntimas con esa estrecha franja de nuestra ciudad.

Conozco cada uno de los modestos episodios que animan su vida: qué vecinas lavan, pulen y sacan brillo a la vereda y a las rejas del balcón, y en qué umbral se instala un bichicome con dos perros que lo adoran, esparciendo los tres una generosa mugre de yerba seca, aguas de origen inaveriguable, papeles sucios y huesos lustrosos, de tan investigados por el hambre. Conozco cada una de las cicatrices y las heridas de esa calle (los pozos que van cerrando y los que continúan abiertos), y sigo con divertido interés la marcha de obras que vi nacer. Por ejemplo, cómo el baldío de Mercedes entre Ejido y Yaguarón se convirtió en el edificio Santa Tecla, quizás salido del horno de la panadería de enfrente, y cómo los arquitectos Atijas y Weiss compitieron consigo mismos para levantar simultáneamente una torre en el cruce con Yaguarón y otra en el cruce con Yí. Pero el pasado también juega. Uno se pregunta si no era más gratificante encontrarse en la esquina de Yaguarón y Mercedes con el bar Outes, donde solían recalar Estrázulas y Zitarrosa, que con el insípido, inodoro y seguramente más confortable Yaguarón Bar (al que por lo menos no bautizaron Yaguaron’s).

Es evidente que Mercedes está por el reciclaje (ese fulgor de los pobres). Tengo cuatro obritas de ésas en marcha y no oculto mi curiosidad acerca de lo que están haciendo los arquitectos Mántaras y Somoza en la de Mercedes entre Río Negro y Julio Herrera y Obes. Hace tiempo que amaga, arranca, se queda y arranca otra vez (en el estilo del Pompa Borges), pero ahora están surgiendo allí unos bellos arcos y unos claros locales, probablemente para alguna galería. ¿Y qué me dicen de la Radio Carve y de las ex oficinas del Correo? Recién recompuestas, ambas lucen limpitas y como espolvoreadas; aquélla conservadora (como en todo) y ésta convertida en galería de arte (bajo la mirada maternal de Susana Aramayo, en la vereda de enfrente).

Mercedes es también un escenario de múltiples contenidos. Tiene, curiosamente, una de las vidrieras más concurridas de Montevideo: la de la armería que se encuentra casi en la esquina con Andes. Es raro que no se estacionen allí, a cualquier hora del día, tres, cuatro o cinco personas observando detenidamente la gran variedad de armas de fuego en exposición. ¿Son los montevideanos que se preparan para repeler la creciente ola de asaltos domiciliarios, o los que se preparan para perpetrarlos?

No es la única rareza: si usted mira con atención, advertirá que Mercedes tiene dos colas. Entendámosnos: dos filas permanentes de gente que, o va a pagar UTE, en la cuadra de Editorial Labor, o va a sacar el pasaporte, al lado de la Carve. Es notable percibir que la cola para pagar en la UTE es silenciosa y parece aburrida; en tanto la de los pasaportes tira manteca al techo y luce locuaz y jolgoriosa. Es que una es la de los sedentarios y la otra la de los que se van de garufa...

El toque dramático lo pone en la calle Mercedes el Juzgado Penal, a escasos metros del cruce con Ejido. Cuando está de turno, se juntan en la vereda los familiares de los detenidos que van a declarar; tienen la esperanza -unos y otros- de verse unos segundos cuando éstos, bajo fuerte custodia, descienden de ios coches celulares. Esos parientes y amigos suelen permanecer horas acampados allí, invadiendo discretamente los umbrales de las casas vecinas (cuyos ocupantes dudan entre el fastidio y la piedad). E! premio consuelo lo constituyen los bizcochos calentitos de la panadería Santa Tecla, tentadores, calle por medio; para los niños que esperan ver a papá, es la fiesta inesperada...

A Mercedes uno la quiere sin saber por qué. Ella es como todas. Y como todas se va haciendo familiar con el transcurso de los días, los meses, los años, hasta parecerse a esas tías que le hacían a uno todos los gustos. ¿Cómo no la voy a preferir? Si quisiera buscar otras opciones, la avenida Uruguay es desapacible, no diré hostil pero sí indiferente, ajena; y Colonia es cosmopolita y mundana (a la provinciana escala de esta ciudad). A mí déjenme ir y venir por Mercedes. Lo hago todos los días, desde hace siete años. Y mientras camino, camino, bajo sus árboles cordiales, Mercedes, a su vez, también me ve vivir.

Revista Elarqa, mayo de 1992

por Hugo Alfaro
De "Alfarerías"
Imprenta Rosgal S. A. octubre de 1995 Montevideo, Uruguay

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

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