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Releyendo a Los Clásicos José Ma. Arguedas - Un Errante Desamparo por Jorge Albistur Inédita, al 13 de julio de 2026, en internet. Escaneada por el editor de Letras Uruguay
Un soplo épico sacude la obra de José María Arguedas, el escritor peruano de cuyo suicidio se ha cumplido ya una década. Su mundo literario es una epopeya sin héroe: o por lo menos, sin otro héroe que el trabajador anónimo y sin rostro; sin otra lucha que la urgente e ingloriosa librada contra el medio; sin otra Hazaña que la de sobrevivir, pese a todo. Aquí y allí se empinan, sobre la montonera, algunos seres Inolvidables: aquella doña Felipa de "Los ríos profundos", la chola que alza un motín reclamando sal y huye al fin, en la derrota, para mirarnos desde su escondrijo como un callado símbolo. Pero el de Arguedas es un realismo siempre trascendido, siempre en alza hacia lo lírico. En "Los escoleros", el tema es otra vez la explotación. A un colono se le despoja de la mejor vaca de los alrededores. Pero el protagonista es un muchacho para quien la vaca del trabajador deja de ser un bien económico. La ternura infantil penetra el oscuro abismo del instinto bestial y encuentra allí —gracias a la poesía— emociones casi humanas. Casi todo en la obra de Arguedas está visto desde los ojos llenos de sorpresa de un niño. Aún la cultura quechua, en las páginas donde se narra la primera visita al Cuzco del protagonista de "Los ríos profundos". El temor y la unción del niño desrealizan las calles silenciosas y el embrujo lunar de las ruinas. Desde el presente revive un pasado legendario y lo real se imanta de fascinación. Pero no sólo lo indígena descubre Arguedas a través de unos ojos de niño. También se descubre a sí mismo. "Warma kuyay", “amor de niño", que es el titulo de uno de sus cuentos, bien podría ser el título de un conjunto de ellos. En “El horno viejo", un niño es llevado por un caballero a presenciar una unión lasciva. La mujer, avergonzada, se resiste primero pero luego se rinde. Este mismo niño verá luego una verdadera violación: la de doña Gudelia, que había accedido, imprudente y desafiante, a quitarse el monillo —la blusa— mientras bailaba. ¿No es este mismo, acaso, aunque se llame de otra forma, el niño del cuento "La huerta”: aquél que se pregunta qué siente la mujer en el amor? Ama a una angelical muchacha y vive sus primeras experiencias sexuales con Marcelina, la lavandera gorda y enferma de afección venérea. Este niño es también, en fin, el que huye casi espantado del burdel en el cuento titulado “Don Antonio". Y eso que don Antonio, el camionero, ha hecho un elogio de la mujer pública, "que se cinturea — ¡caray!— bonita". La odisea de un niño en el mar del sexo es el tema en todos estos relatos. Su delicadeza lo hace frágil para el mundo bárbaro de los obrajes Indígenas. Arguedas es un alma de este mundo y, a la vez, aparece allí fatalmente inadaptado. En esta orfandad a la deriva, en este deseo niño que no puede dejar de ser deseo tienen su origen hondas tensiones líricas y ellas impiden de continuo la llaneza de un realismo a secas. Pero, si este niño, ajeno al fin del mundo de los siervos asiste al pupilaje en el pueblo de Abancay, la inadaptación crece todavía. El discípulo de "Los ríos profundos" siente como una verdadera prisión los largos corredores del viejo colegio. El severo padre director, que reclama todavía más humildad y más paciencia cristiana al Indio cada vez más miserable, es el carcelero. Una nostalgia de paisaje y cielo invade los sueños de este niño lleno de deseos que no pueden dejar de ser deseos. El alumno perfecciona su castellano depurándolo de quechuismos, y nunca como en esta parte de la novela el texto se puebla de vocablos indígenas. Es el conflicto de siempre: occidental entre los indios, Arguedas es un indio entre los occidentales. De la casa de pupilaje, como antes del burdel, hay que evadirse. No es difícil, gracias a la magia del lirismo. Baila el "zumbayllu", el trompo rústico que canta mientras da vueltas, y el niño oye un son de huaynos y yarahuy; la música nativa viene a buscarlo a través de los espacios. Este trompo, creen los indios, lleva mensajes a seres que están lejos o en sitios desconocidos. ¡Qué fácil huir entonces, qué fácil! En su celda del pupilaje, el niño recuerda la canción a la apankora, la tarántula. Arguedas la transcribe en quechua, pero facilita también esta versión en castellano: "Apankora, apankora,/ llévame ya de una vez/ en tu lugar de tinieblas/ críame por piedad./ Con tus cabellos,/ con tus cabellos que son la muerte/ acaríciame, acaríciame." Arguedas se buscaba a sí mismo en la infancia, y en esta tierra natal del espíritu hallaba una insaciable voluntad de escapar. La misma que sentía el pongo de su conocido cuento y el bailarín ñasu Ñiti, quien se integraba al todo en el instante de la muerte. Apretando el gatillo de un revólver calibre 22 este hombre dejó de ser, al fin, un deseo errante sobre la tierra extraña. |
por Jorge Albistur
Publicado, originalmente, en: La Semana de "El Día" - Montevideo, sábado 29 de diciembre de 1979 - Año I - N° 51
La Semana de "El Día" fue una publicación del Departamento de Investigaciones y Estudios del Diario EL DIA
Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Inédita, al 13 de julio de 20265, en internet. Escaneada por el editor de Letras Uruguay
Ver, además:
José Ma. Arguedas en Letras Uruguay
Jorge Albistur en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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