Nativa
por Eduardo Acevedo Díaz

- I - Tiempos viejos

Allá por los años de 1821 a 1824, cuando la nacionalidad oriental aparecía aún incolora casi atrofiada al nacer por rudísimos golpes capaces de producir la parálisis o por lo menos la anemia que se sucede siempre a la postración y al prolongado delirio, -la libertad de la palabra escrita no alcanzaba tal vez el vuelo de una campana, y por el hecho la propaganda tenía límites circunscriptos a un círculo popiliano -estrecha, somera, recelosa, lapidaria, espantadiza como ave zancuda que se abate en una loma en donde no hay para ella alimento, y al pretender remontarse a los aires se arrastra primero azotando el suelo con la punta de las alas y prorrumpiendo en desafinadas notas. Era este un fenómeno natural. Toda resistencia había cesado desde hacía pocos meses, y la robusta sociabilidad que sangrara por cien heridas durante cerca de dos lustros para darse su autonomía propia o recuperar su equilibro primitivo, había sido asimilada por un poder mayor, a título de Estado Cisplatino. Desde luego, esta sociabilidad había sido atacada en sus fundamentos, en sus tradiciones, en sus costumbres, en su idioma, en sus propensiones nativas -sustrayéndosela a la vida solidaria de sus congéneres por la razón de la fuerza y la lógica de la conquista. Explícase así entonces, por qué la libertad del pensamiento no gozaba de más espacio que el que recorre una flecha; cuando a semejanza del ave viajera -sentada apenas la planta- no emigraba con sus intérpretes a mejores climas. Este estado de cosas se debía en mucho a la política observada por el señor de Pueyrredón y por el Dr. Tagle; quienes, adversarios decididos de don José Gervasio Artigas, hombre de gran influencia personal y política en todas las provincias del litoral uruguayo, y por lo mismo entidad poderosa, habían logrado con astuta diplomacia atraer sobre el territorio oriental una invasión, que fue portuguesa, como pudo ser de otra nacionalidad cualquiera que se hubiese prestado a la aventura, -quizás al solo objeto de quebrar por siempre la prepotencia del caudillo, y no con el de entregar al extranjero la más rica zona del antiguo virreinato. Al proceder así, el Directorio de Buenos Aires se consideraba débil e incapaz materialmente de dominar con sus elementos propios el exceso de energía de la misma revolución a quien debía su existencia, -exceso encarnado en la personalidad de Artigas, que por entonces desempeñaba una función formidable en su médium propio, por inspiración nativa, como resultado lógico de la ruptura de los vínculos coloniales, sin atingencia tal vez con el ideal de los pensadores y con estricta sujeción a los impulsos instintivos de la masa ajena a los cálculos y convenciones arbitrarias de los gobiernos-. Pero, que la ocupación del territorio oriental por un ejército portugués -compuesto de tropas escogidas que habían luchado con las de Napoleón Bonaparte en la península- no podía ser convencional, temporaria o transitoria, lo constataron bien pronto los hechos por el carácter mismo que revistió la ocupación, por los actos significativos que se sancionaron y por la actitud de resistencia activa asumida por los orientales, cerca de cinco años después de vencido Artigas; actitud que el gobierno argentino se vio en el caso de segundar vencido a su vez en el terreno de los hechos y de las ideas, borrando con el codo de la fuerza bruta lo que había hecho la mano de sus nerviosos diplomáticos. -El señor de Pueyrredón y el doctor Tagle -estadistas de circunstancias- creyeron acaso de buena fe, mirando los hombres y las cosas con el catalejo de su época, no con el lente de que en estos tiempos nos servimos hasta para observar nebulosas, -que la personalidad de Artigas resumía todo lo que ellos consideraban el mal de la época; y que, abatida esta personalidad, la parte dañada del organismo entraría en cicatrización: lo que equivalía a decir que el caudillo se asemejaba en cierto modo a un tumor en el cerebro, que una vez extirpado devolvería con el equilibrio exigible la marcha normal a sus funciones. De este error serio, que se padeció entonces, provinieron males mayores. Don José Gervasio Artigas -a quien asignóse de esa manera un poder personal dañino absoluto, al punto de considerársele como fuente generadora de desobediencias y rebeldías indomables, o como fuerza extraordinaria de acción y reacción de donde emanaban y a donde refluían todos los extravíos y rabias locales de las multitudes armadas-, no fue producto exclusivo de un molde que debía servir por el contrario de forma a múltiples entidades más o menos influyentes, como que ya estaba preparado y dispuesto en la fragua del cíclope ciego -o por lo menos de un solo ojo- que se llamó coloniaje. Aquellos gobernantes parecieron no tener en cuenta que en la incubación de nacionalidades o en la formación embrionaria de soberanías nuevas, no es el caudillo sea cual fuere su prestigio el que crea los instintos, las propensiones, la idiosincrasia y la índole genial del pueblo en cuyo medio se agita y se impone, sino que es la sociabilidad la que lo educa, lo adoba, lo eleva y lo hace carne viva de sus ideales invencibles y aun de sus brutalidades heroicas, con ayuda del clima y de las costumbres austeras; pues como lo comprueba la historia, atentamente analizada, las pasiones de la masa se condensan siempre en individualidades típicas, que son como sus válvulas de escape, o sus centros de atracción en cuyo redor giran todas las fuerzas activas para modelarse y darse una significación y un poder propios en el tiempo y en el espacio. Por eso, las personalidades típicas surgen ya dominantes y se hacen prepotentes; y por eso aun cuando no hubiese surgido Artigas, la fuerza espontánea que lo abortó habría engendrado otros de su talla por la sencilla razón de que él no era una causa sino un efecto. Eliminado Artigas de la escena, y a pesar de los desastres terribles que él no habría soportado en parte siquiera si en la vida del conjunto que le seguía no hubiesen palpitado los instintos poderosos de que fue intérprete genuino, aun cuando hubiera abusado de sus facultades de mando; - eliminado decimos, el caudillo, acosado por todas partes por el sable, el plomo, la deslealtad y la traición, dejando detrás un sangriento reguero de nueve años de batallas, teniendo por delante un último combate desigual y más allá el destierro perdurable-, persistieron no obstante las causas verdaderas del conflicto y por evolución natural y ley histórica de segregamiento y recomposición, las tendencias ingénitas de que hablamos, ya en punto de desborde fatal y necesario, comenzaron a destruir hasta en su última pieza el edificio de la colonia, organización vetusta que hasta ese momento había interesado conservar a los que dirigían la marcha de los sucesos para ofrecer un armazón apropiado y conveniente a las ideas monárquicas de que estaban poseídos y a que querían someter sin forma de plebiscito a las muchedumbres altivas. Aquel ruido pavoroso del año XX pudo ser oído hasta en los confines remotos, como el de una selva virgen devorada por el incendio; y si no podía compararse con el de la diana majestuosa de una victoria preparada por la táctica sesuda y la combinación habilísima del genio y de la experiencia, era al menos el anuncio al mundo de que un pueblo convertía en ruinas el viejo edificio de instituciones que lo habían condenado por tres siglos a la oscuridad y al silencio, para resurgir de entre ellas, reconstruyendo con el sudor de su frente y el solo esfuerzo de sus brazos, resignado al gran dolor de la resurrección por el sacrificio, y fortalecido por la esperanza sublime de las recompensas en el futuro y de la inmortalidad en la historia. -Noble y valiente muchedumbre semi-bárbara, que tuvo el coraje de oponerse a la corriente de las ideas deslumbrantes de cortes y reyes, infiltrando en los mismos organismos privilegiados que eran intérpretes cultos del pensamiento, con un robusto sentimiento de conservación propia- savia inagotable de libertad y de república. Vencido pues, el caudillo, no acabaron los caudillos -como muerto el león no se extingue la leonera. La leona era la nacionalidad embrionaria, y había sido ella demasiado fecunda para que pudiesen contarse sus fieros engendros. Aún errante con su caudillo de una a otra ribera, cuando era perseguida desde Montevideo al Ayuí sin piedad ni perdón, y desde el Catalán al Sauce entre una borrasca de sangre, había librado con suerte hasta en tierra extraña, pues, a ella debió Ramírez echar melena. Concíbese así cómo con el sentimiento irreductible de la independencia individual subsistiera el de la emancipación de pago, de distrito y de provincia, tanto más exacerbado cuanto mayor era el obstáculo opuesto a la libertad suspirada. Los «tupamaros» que habían sido pródigos de sacrificios años antes consagrando existencia e intereses a la causa suprema de la autonomía local, mantenían intacta su aspiración patriótica en medio de las graves vicisitudes de su tiempo y aguardaban pacientes el día histórico de la insurrección final que había de asegurar por siempre con su éxito la vida libre. Los acontecimientos en su trabazón lógica habían venido sucediéndose de tal manera que, bajo cierto punto de vista podría afirmarse que ellos habían dado cohesión y firmeza a la obra del patriotismo, iniciada y perseguida en la sombra no obstante todas las perfidias y debilidades de algunos prohombres que se imponían en la escena. En confirmación de estos juicios recurramos por un momento a la historia sine ira et studio -según la frase de Tácito-, encadenando los hechos que caracterizan en su doble faz social y política el periodo tormentoso a que aludimos1. El reino de Portugal, que en otras épocas de grandeza y poderío había extendido su dominio a las más apartadas regiones del mundo, era por el año 1820 una verdadera dependencia de su colonia en América en donde gobernaba don Juan VI, su rey de derecho divino, arrojado de la patria y de sus lares por la soberbia del vencedor de Austerlitz. A esta condición mísera no podía avenirse fácilmente aquel pueblo emprendedor y altivo, acostumbrado a su gobierno propio, ni consentir podía que su testa coronada administrase justicia a más de dos mil leguas, pues que el rey tenía por asiento y corte la ciudad de Río Janeiro. En medio de tales circunstancias, sintiéronse los portugueses estimulados por el movimiento militar de la Isla de León, e iniciaron uno análogo en la ciudad de Oporto, dándole por base y objetivo la necesidad de la organización de un gobierno constitucional y el regreso a Lisboa de Don Juan VI con toda su familia. Ejército y pueblo confraternizaron, y la aspiración se cumplió. Reuniéronse las Cortes, sus propósitos trascendieron al Brasil, y la simple enunciación de un régimen constitucional encontró formal acogida en la antigua colonia, dando el ejemplo las provincias septentrionales; excepción hecha de la de Pernambuco que en vez de ese régimen quería el de la libertad, y que en recompensa de tan levantado anhelo fue sometida y bañada en sangre. La provincia uruguaya adherida también por la fuerza a las de la corona, y que entre ellas aparecía como una placa de acero soldando las roturas de un oro viejo, siguió el movimiento, a iniciativa de las tropas reales y por sugestión de un coronel Antonio C. Pimentel, quien llegó a imponerse a su jefe el General don Carlos Federico Lecor, obligándolo a hacer causa solidaria con el ejército de Portugal y a presidir un consejo de militares, designados por los mismos regimientos y reparticiones anexos. En la capital del reino, el pronunciamiento se hacía más difícil por encontrarse allí el monarca, y pesar en mucho la influencia de la corte sobre el espíritu público. Pero, el hecho era fatal, de consecuencias inevitables; y, aun cuando el rey llegó a hacer caso omiso del llamado de las Cortes, que pedían su regreso, lanzando a luz su manifiesto de Febrero de 1821, en el cual anunciaba la intención de enviar como emisario ante ellas al príncipe don Pedro, quien debía consultarlas -acerca de la carta constitucional a jurarse-, el pueblo penetrado por intuición de que era la fórmula liberal la que se resistía, y obedeciendo ya con cierta vehemencia a los secretos impulsos producidos por la conciencia del poder propio, se opuso a esa determinación; y unida una fracción civil considerable a las tropas en una plaza pública, manifestáronse los deseos de que el monarca acogiese sin observación alguna y ordenase el juramento de la constitución que las cortes impusieran al reino. Juan VI tuvo que acceder a la exigencia popular, prescribiendo el juramento a su misma familia, con él a la cabeza; y, en pos de este suceso notable, viose en el caso de volver a Portugal, designando a don Pedro como regente del reino del Brasil hasta que se hiciese efectiva aquella constitución. Efectuada la vuelta a Europa del asendereado príncipe, el Brasil quedó nuevamente en una posición subalterna, tributario de la antigua metrópoli que, por una singular anomalía había llegado a ser en los últimos tiempos una dependencia de su colonia. Asaltaron entonces a ésta, que acababa de gozar de los honores metropolitanos con la presencia de su monarca, los mismos escrúpulos y susceptibilidades locales que habían influido en el pueblo portugués para convocar a Cortes y exigir el regreso de Juan VI a Lisboa; susceptibilidades y escrúpulos que, aparte de la fuerza moral que les daba el hecho de la posesión de muy ricos y vastos territorios, llegaron a adquirir mayor incremento cuando a raíz de la vuelta del rey, las cortes, en un documento dirigido a los gobiernos europeos, cometieron el error de lamentarse de las franquicias acordadas al Brasil por su soberano con perjuicio del reino de Portugal. En el espíritu público de la grande y opulenta colonia, esta manifestación imprudente produjo el efecto de relajar aún más los vínculos de obediencia y disciplina, revelándolo en el fondo, y predisponiéndolo a resistir con energía toda tendencia que importase recolonizar bajo la base de un sometimiento pasivo. Verdad es que sin esto, el quebrantamiento de los lazos coloniales estaba realizado en la voluntad del pueblo y que sólo era necesaria la forma en que se debía operar el segregamiento, tanto más lógico y fatal, cuanto que la colonia que se consideraba como parte -en el fondo y del punto de vista geográfico, demográfico y político también, en lo que se relacionaba con la vida por venir-, podía decirse que superaba al conjunto o por lo menos a la metrópoli, en la esencia de sus elementos naturales y en el poder incontestable de sus recursos económicos. Ajeno quizás a la existencia de este peligro inminente que no habría pasado desapercibido a un gobernante hábil, y tomando a lo serio con malicia o sin ella lo que el señor de Pueyrredón y su ministro el doctor Tagle le habían sugerido, al pedirle la ocupación de la provincia oriental, -don Juan VI por una real orden publicada en Montevideo en Junio de 1821, disponía que esta provincia «determinase sobre su suerte y felicidad futura, recibiendo esta prueba de la liberalidad de sus principios políticos y de la justicia de sus sentimientos, y que al efecto se mandase convocar un congreso extraordinario de diputados de los pueblos, que, como representantes de la provincia, fijasen la forma en que habían de ser gobernados, consultando el bien general; y, que los diputados fuesen nombrados libremente- sin sugestión ni violencia.»Aunque liberal en la forma como se ve, esta real orden importaba en el fondo una anexión perpetua de la provincia oriental a la corona de Portugal, Brasil y Algarbes; porque gobernándola por entonces el General Lecor, cuya espada valía indudablemente menos que su pericia en la intriga, debía suponerse que a sus arterías diplomáticas quedaba librada la elección de los representantes del pueblo, y más aún robustecía esa creencia en los espíritus sensatos la especial circunstancia de que quienes debieran de convocar el congreso eran los miembros del Cabildo, -hechuras del General Lecor. Sucedió así, en efecto. Casi todos los diputados que se eligieron con ese motivo o móvil determinante, eran hombres que habían recibido prebendas y distinciones honoríficas de parte del rey, a cuya causa por el hecho estaban obligados, considerándola los más muy por encima de las toscas propensiones y egoísmos de pago, sintetizados en las palabras de «patria» e «independencia», especie de bramidos de jaguareté con que los caudillos semi-bárbaros llenaban las soledades. El 18 de julio -día que se haría memorable cerca de dos lustros después gracias a esos caudillos-, reuniéronse en la sala capitular los miembros del congreso con una compañía de granaderos portugueses a la puerta, como custodia de honor. Esos diputados eran los que debían decidir de la suerte de la provincia; y, previo un discurso que pronunció como suyo el señor Jerónimo Bianchi y cuya paternidad se atribuía a don Nicolás Herrera, votóse la incorporación de la provincia al reino, bajo el nombre de Estado Cisplatino, siendo una de las bases del tratado que el Barón de la Laguna continuaría en el mando del país. Como era natural, este acto consumado fue objeto de plausibles demostraciones por parte de la prensa de Río Janeiro, que veía realizada por fin, por el libre consentimiento del pueblo oriental, la anexión de su rico territorio a la gran monarquía portuguesa. El mismo General Lecor se encargaba sin embargo poco después -una nota datada en Enero de 1822 dirigida al ministerio, e inserta en el Diario do Goberno de Lisboa- de dejar consignado para la historia, que «para asegurar el éxito, se sirvió del influjo que tenía sobre los empleados públicos, necesariamente dependientes del gobierno, para inclinar sus votos en favor de la reunión a la monarquía.»Como se denunciase bajo esta forma por el Barón de la Laguna, el proceder incorrecto de que él mismo se jactaba haber hecho uso para uncir a extraños destinos los de un pueblo infortunado, tan inconsulto al respecto como oprimido por un poder formidable, las cortes portuguesas se creyeron en el caso de no prestar su aquiescencia a esa conducta, por el momento; aun cuando el escrúpulo debía desaparecer casi incontinenti, pues que, sin sancionar los actos del General Lecor, y como si se tratase de bienes de sucesión vacante, tuvieron el intento de entregar el territorio oriental a la España en cambio de la insignificante plaza de Olivenza cedida a aquella por el tratado de 1801; lo que prueba que Portugal se consideraba propietario por el derecho de la fuerza de lo que Fernando VII reclamaba a título de soberano haciendo intervenir en su gestión al congreso de la Santa Alianza. Aun cuando la inicua permuta no se realizó, la prensa brasilera alzó alto su protesta, creyéndola factible, pues que ella no importaba otra cosa que un golpe a cercenar la integridad de un gran reino, que privaría al Brasil de una de sus más envidiables zonas; -lo que prueba también que la colonia portuguesa, con bríos y alientos propios de la mayor edad, tenía ya hechos sus cálculos serios sobre la trascendencia que entrañaba la conservación y plenitud de su dominio en la ribera oriental del Plata. Este nuevo antecedente, de importancia internacional, vino a aumentar los motivos de descontento entre los brasileros. Las cortes portuguesas habían hecho referencia en su manifiesto a las naciones, invocándola como una de las causas poderosas de decaimiento y atraso para la metrópoli, la libertad de comercio acordada por el príncipe regente a los puertos de la colonia, dentro de los que podían desde entonces echar el ancla los buques de todas las banderas del mundo: consagración de un principio liberal que honraba al gobernante, colocándolo al nivel de las prácticas avanzadas que había de proclamar pronto la teoría revolucionaria dueña ya de los espíritus pensadores y latente en el pueblo; y, aunque no debiera atribuirse a esa razón la decadencia lamentada, sino a causas múltiples y complejas, su enunciación simple, a la vez que indiscreta, y las medidas adoptadas posteriormente en sentido de restringir en absoluto los derechos de la colonia al punto de pretenderse someterla a una existencia precaria, prepararon el desmembramiento y la independencia. El Brasil, vasta zona maravillosa provista de riquezas incalculables y habitada por un pueblo que había ya recibido muy provechosas lecciones de la experiencia, no podía consentir en la resurrección del viejo sistema, ni tolerar las humillantes pertinacias de un ayo caduco; y así fue cómo, después que las cortes, obedeciendo a un encelamiento peligroso, crearon por ley un todas las provincias brasileras juntas gubernativas independientes de la regencia, con responsabilidad únicamente ante aquéllas, y dictaron decretos imponiendo en uno al príncipe que regresase a Portugal y viajase de incógnito por diversos países a fin de completar su educación política, -en otro suprimiendo los tribunales superiores de justicia y de comercio, así como distintas instituciones creadas bajo el gobierno de don Juan VI; después que modificaron la organización militar de cada provincia, enviando nuevos contingentes de tropas regulares para apoyar sus decisiones, y que declararon írritos y nulos todos los actos realizados por la regencia en beneficio de los pueblos y por iniciativa de éstos, no quedó ya duda alguna a los nativos de que se trataba de arrebatarles hasta la última prerrogativa local y de derecho propio; y, en vísperas de pronunciarse enérgicamente en desobediencia activa- anticipóseles su regente el día siete de Setiembre de 1822 cumpliendo con la aspiración popular, al grito de «independencia o muerte», en los campos de Ipiranga, en donde fue aclamado Emperador constitucional del Brasil. Estos graves sucesos consiguientemente, tuvieron su inmediata repercusión en el Estado Cisplatino, ocupado por una fuerza militar portuguesa a la sazón de tres mil quinientos hombres, aparte de las tropas auxiliares. Su comandante, en jefe General Lecor, bien penetrado de la trascendencia del hecho consumado en el Brasil, apresuróse a encauzarse en la corriente; pero, hallando oposición seria en muchos elementos de acción que por razón de nacionalidad y espíritu caballeresco querían conservarse fieles y leales a la causa lusitana a la cual siempre habían pertenecido, adoptó por resolución irse a la campaña arrastrando los contingentes que le eran afectos. Con motivo de esta actitud por él asumida, Montevideo sólo conservó como guarnición algo más de un millar de Voluntarios Reales. La salida de Lecor respondía a la conveniencia de ponerse cuanto antes al frente de los elementos brasileros que en los distritos esperaban un jefe, y que contaban ya con el apoyo de los orientales que obedecían las órdenes del Comandante después «Brigadeiro» don Fructuoso Rivera. En tanto se producían estos conflictos en el Estado Cisplatino, coincidentes con los provocados en las provincias de Marañón, Pará y Bahía, una sociedad secreta de patriotas existente hacía algún tiempo en Montevideo al habla con la mayoría de los miembros de su Cabildo, trataba de sacar utilidad de la emergencia para reiniciar la obra de redención. No había que resolver al respecto ningún problema, porque si alguno hasta entonces había aparecido insoluble, acababa de darle solución el filo de la espada; el Estado Cisplatino no era ya dependencia de Portugal, sino de su antigua colonia, porque aislados los últimos representantes militares del reino dentro del viejo Real de San Felipe quedaban por el hecho heridos de impotencia, sin vínculo de solidaridad alguna con el país dominado por los disidentes, y sin comunicación fácil con la metrópoli, a su vez imposibilitada para protegerlos con eficacia. Guiándose entonces por el espíritu de conservación propia y no ya por el deseo de retener una conquista ilusoria, el general portugués don Alvaro da Costa, cauteloso y prudente, propuso al Cabildo entregarle las llaves de la ciudad y aun dejarle hombres y municiones de guerra para su defensa, siempre que aquél le proporcionase los recursos necesarios para trasladarse con sus tropas a Europa. Esta proposición era tentadora. Los orientales adhirieron, prometiendo emplear todos los medios a su alcance para el logro del objeto, aun cuando alejado el enemigo del recinto, tenían siempre delante el peligro -tal vez más temible, del nuevo Imperio. Recurrieron al gobierno de Buenos Aires, de que formaban parte Don Bernardino Rivadavia y el Doctor Don Manuel F. García- el mismo que había intervenido en la oscura negociación de la ocupación de la Banda Oriental por los portugueses, en la época de Artigas. El gobierno argentino acogió bien al emisario, que lo fue el Coronel don Ventura Vázquez, e indicó a los orientales línea de conducta; con todo, la confianza nacida de esta actitud considerada sincera por los patriotas, debía desvanecerse en la hora decisiva como toda promesa banal de gabinete que tiene de sobra con las preocupaciones domésticas que absorben su actividad. La acogida sin embargo, dispensada al agente confidencial, y la buena dosis de consejos dados por el señor Rivadavia al Cabildo de Montevideo, entre los que resaltaba el de la conveniencia de que la opinión pública se pronunciase allí, antes de que a su vez lo hiciera el gobierno de que él era órgano caracterizado, dieron germen a varias iniciativas importantes no siendo entre ellas la menos digna de mencionarse, la aparición entonces en la capital del Estado Cisplatino de cuatro periódicos y otros impresos sueltos tendentes a levantar el espíritu local, en armonía con las instrucciones o indicaciones amistosas del gobierno de Buenos Aires. Santiago Vázquez, Antonio Díaz, Juan Francisco Giró y Diego Benavente -escritor de nacionalidad chilena-, fueron los encargados de esa misión elevada, conciliando la propaganda periódica con el interés momentáneo de los portugueses que la protegían, y ahondando la discordia entre éstos y los brasileros. Los alistamientos patrióticos comenzaron bajo estos auspicios; el general Costa dioles impulso con un batallón de libertos, y con armas y municiones para otro de cívicos y para un regimiento de caballería, que debía comandar el aguerrido oficial Manuel Oribe llamado a adquirir con él algunos laureles en jornadas parciales; pero, estos esfuerzos según se verá bien luego -estaban condenados a esterilizarse en el vacío y la indiferencia de los mismos que los habían alentado con sus promesas. Como decíamos al principio, la prensa tuvo su misión y notable en los primeros años de la tercera década del siglo. Por lo menos devolvió al ánimo público su temple enérgico. Aunque ensayos de gimnasia intelectual de espíritus superiores unos, menguados otros, no pocas de esas propagandas se fundaban en el hecho de una conciencia propia formada en el pueblo por los múltiples esfuerzos anteriores, en sentido de la emancipación absoluta. Eran tiempos de descomposición en el viejo virreinato, a la vez que de persistencia soberbia en la provincia oriental en sentido de los rumbos fatalmente abiertos por la acción revolucionaria. Los heroísmos desgraciados habían cubierto de semillas el surco, y como era fertilísima la tierra había engordado el grano y recomenzaba a cuajar con fuerza. Francisco de Paula Pérez, periodista de términos medios, no conseguía con su PACÍFICO ORIENTAL satisfacer ni a monarquistas ni a liberales, a pesar de haber colocado al frente de su hoja esta sentencia de Lanjuinais, tan deleitablemente lírica entonces, como ahora: -«Felices de los pueblos y de los que los gobiernan, si sus derechos recíprocos determinados por una sabia constitución cumplida de buena fe, se sirven de mutua garantía y se afirman de año en año por los trabajos de consejos representativos».La imprenta de Torres -después de los Ayllones- especie de potencia tan temible como poco conocida en la época de que hablamos, lanzaba a intervalos sobre el vecindario aturdido, tan pronto periódicos de lenguaje enigmático aunque comprensible por intuición al instinto popular, como hojas curiosísimas en el idioma fe Camoens que hablaban de la adhesión al rey con un candor admirable.Antonio Díaz -después Teniente General de la República- el Coronel Santiago Vázquez y el joven patriota Juan Francisco Giró sostenían en LA AURORA la causa vencida, combatiendo las complacencias que se dispensaban a los usurpadores. El impreso llevaba por divisa el pulchum est bene facere rei publicæ de Salustio -viejo sátiro por entonces muy querido de los que hacían estudios de clasicismo.Eran estos escritores, como los heraldos que golpeaban bajo, en los escudos del palenque desierto anunciando los combates de un porvenir cercano; y que, muerta por consunción su hoja, engendraban luego EL AGUACERO para conservar la llama con meritoria constancia, estampando por lema, ante las tristes veleidades de los coetáneos, estas palabras de Jesús según el evangelio de San Lucas: -«¡Ay de vosotros! que edificáis los sepulcros de los profetas, y vuestros padres los mataron». Y en pos de esta efímera hoja, EL PAMPERO, seguido de una RÁFAGA como suplemento, en cuyo frontis se consignaba este epígrafe sacado del canto tercero de la Araucana: «Nuestra fama, el honor, tierra y haberes a punto están de ser recuperados, -que el tiempo que es el padre del consejo,- en las manos nos pone el aparejo.» ¡Predicción de tiempos de gloria y desagravio que había de cumplirse! Pero, ese impreso cesó pronto también, así como EL CIUDADANO, que en sus cortos días pugnó valiente por alimentar el fuego del patriotismo en el corazón de los criollos.Por otra parte, y obedeciendo a móviles distintos, el famoso fraile Francisco Castañeda, -primer condenado en un juicio de imprenta en el Plata- lejos de causarle el fallo mayor escozor que la disciplina en carne desnuda, se permitía dar a luz con sus viñetas historiadas aquel singular papel DOÑA MARÍA RETAZOS, «para instrucción y desengaño de los filósofos incrédulos que al descuido y con cuidado nos habían enfederado el año XX», -el doctor Bernardino Bustamente, clérigo avieso oriundo de la península, denunciaba en su Febo Argentino a Rivadavia, a Valentín Gómez, a Manuel García y a Nicolás Herrera como agentes principales de la anexión de la provincia al Portugal;- y, EL DUENDE DE ANTAÑO, por haberse tomado la libertad de escribir en sus columnas la palabra orientales, sinónimo de TUPAMAROS, dejaba en el acto de existir a una simple amenaza del sable de los lagunistas.2¡Tiempos extraños aquellos! Propósitos deliberados, tendencias ciegas, aspiraciones ardientes, patriotismos febriles, defensas de ideas impopulares, apologías de sistemas inicuos, todo esto iba reflejándose en los órganos de publicidad -por orden cronológico- bajo la inspiración de espíritus discrepantes y de caracteres opuestos; siendo de notar que, los que hablaron de «independencia» en un estilo más o menos alegórico -en atención a las medidas restrictivas de la época- eran los que merecían en el fondo la acogida benévola de una opinión pública por entonces pasiva y nada peligrosa en apariencia. El SEMANARIO POLÍTICO redactado por Manuel Arana, -súbdito portugués, atacaba en 1823 los actos del General Lecor y a la prensa de Río Janeiro- que a su vez seguían el impulso dado al pueblo brasilero desde la aclamación en el campo de Ipiranga. Arana era uno de aquellos escritores de antaño que se creían inconmovibles en su tribuna mientras sostuvieran los derechos del más fuerte; y, como, aparte de esa convicción, contaba él con el apoyo moral del Cabildo, tenía abierta la suscrición de su periódico en la calle del Fuerte, librería de Yáñez, y repartía cien ejemplares de cada impreso a los Voluntarios del Rey -lo que era un lujo extraordinario de propaganda en aquella época de la candileja y de la pajuela. La prédica no salía con todo del circuito amurallado, y fue como un estertor de agonía para la dominación portuguesa, a la que se agregaron bien luego como últimos destellos de una llama que muere las propagandas de EL PUBLICISTA MERCANTIL, y de Costa en LA GACETA. Lo único de notable que ésta denunciaba, a mediados de 1824, era el hecho de la aparición en el puerto en donde echó anclas, del primer buque a vapor que surcaba las aguas del Plata, trayendo al tope la bandera inglesa; y el otro, insertaba como digno final de sus tareas los oficios de mutua despedida entre el General don Alvaro De Costa Comandante en Jefe de los Voluntarios Reales y el Cabildo de Montevideo. Fuera de esto, nada más puede exprimirse de sustancial en las hojas amarillentas sobre las cuales sudaban parcamente las prensas de la TIPOGRAPHIA DO ESTADO; siendo justo sin embargo, consignar aquí que todos esos periódicos al defender a los portugueses fueron buenos auxiliares de los patriotas, cuya causa patrocinaban, «por conveniencia» y por lealtad. Pero, -los únicos esfuerzos intelectuales que en realidad tuvieron influencia benéfica, porque llegaron a rozar en lo vivo el sentimiento local de los nativos, fueron los de Díaz, Vázquez y Giró, contra todas las tendencias conservadoras de los García, los Obes y los Herrera-, marqueses y barones convencidos de una monarquía ideal. Aquellos periodistas, verdaderos precursores de la prensa libre de doctrina y de combate, conocían indudablemente el terreno en que ejercitaban sus fuerzas mejor que los caballeros sin feudo y apasionados de la heráldica que consideraban al terruño harto pequeño para dividirse por sí solo en señoríos; mas, si bien en su prédica invocaban aspiraciones realmente populares, estaban lejos de sostener el principio de una independencia absoluta que era en el fondo el ideal de los orientales aunque este anhelo constante y ferviente no trascendiese en actos o deliberación pública alguna. Preciso es reconocer que si no lo sostenían en esa forma, no era porque creyesen que con la desaparición de Artigas del teatro de la lucha había cesado la causa de resistencia en los orientales a reincorporarse a Buenos Aires o a cualquier otro país; sino porque así convenía hacerlo, desde que el señor de Pueyrredón y su ministro el doctor Tagle habían sido los primeros en atribuir a la sola voluntad indómita del caudillo lo que atribuir debieron a la voluntad indómita de la masa. El señor Rivadavia, más perspicaz tal vez, no participó de la opinión de sus antecesores, y por eso las promesas del gobierno de que formaba parte no llegaron a cumplirse, quedando nuevamente los orientales, en el periodo de que hablamos, relegados a su suerte. Con todo, la prensa contribuyó a los propósitos certeros de la lógica secreta. Verdad que eran pocos los que creían en sus vaticinios patrióticos o en sus visiones proféticas entre la clase pensadora, que nunca tuvo fe en el instinto y en el músculo librados a su sola fiereza. El espíritu de nacionalidad seguía en incubación lenta; los pasados esfuerzos locales no habían aún dado forma a su obra, que no era una obra sin nombre, pues tenía su significación, sus alcances al porvenir, sus lineamientos claros en lo presente trazados con las puntas del sable y de la lanza tintas en sangre generosa. En el fondo de esa sociabilidad sin iniciativa ostensible, al parecer inerme, persistía no obstante, como hemos dicho, la primitiva tendencia al cambio con la propensión nativa a la rebeldía y a la acción. Estas energías viriles no podían expandirse y difundir de pago en pago la fiebre de la pelea, como en otros días no lejanos, hasta tanto no se reconstituyese la base de resistencia que consistía en la junción de los egoísmos locales a la vez que en la refundición de esfuerzos en sentido de la unidad de familia y de un destino común. Tras del caudillo sólo había quedado denso polvo en la atmósfera mezclado a la sombra de una gran derrota gloriosa; pero, recordábanse en los hogares algunos nombres que eran como esperanzas risueñas, a la vez que rayos luminosos de los primeros heroísmos a través de aquel polvo de las batallas sin suerte; y aniversario de sacrificios cruentos en defensa del terrón, cuando sólo peleaba un grupo de soldados irregulares contra ejércitos aguerridos, guerrilleros contra maniobristas, oponiendo al número el denuedo, y llevando cargas a fondo sobre la estrategia hábil y el cuadro doble. Así fue cómo se marcaron con sangre desde entonces en el mapa geográfico y en las tablas de los anales, los nombres de India Muerta -de Ibiracoay -de San Borja -de Corumbé -de Aguapey -de Arapey -del Catalán -campos y ríos testigos mudos de una lucha desesperada, apenas alternada por algunas victorias estériles cuyas dianas se perdieron sin eco en el desierto. Tal era el estado de las cosas y de los espíritus, en el instante histórico y preciso en que comienza nuestro relato, -desarrollo lógico del plan que nos impusimos en nuestro libro anterior, diseñando allí sus primeros lineamientos. Esta introducción se hacía necesaria para vincular épocas y eslabonar sucesos, y también para dar una idea clara, en sus efectos, de las causas impulsivas y móviles determinantes de los actos, esfuerzos y sacrificios de patriotismo de la generación heroica que no creyó concluida su obra generosa hasta después que declaró a la faz del mundo que su tierra era ya independiente de todo poder extranjero, y que se imponía como forma definitiva de gobierno las instituciones libres; -no para desconocerlas y deshonrarlas- sino para trasmitirlas a la prole nutrida con sangre de valientes y sudores de martirio, a fin de que ella las llevase sin cobardías ni vacilaciones hasta sus últimas consecuencias.

 

- II - El medio-ambiente

¡Buenos tiempos aquellos en que la ciudad de San Felipe no era más que un hacinamiento confuso de casas bajas sin revoque, con techos de teja, distribuidas y alineadas en calles muy estrechas sin solado firme llenas de lodo, alumbradas con velas de sebo en faroles de pescante, con plazas en que crecían hierbas y pacían bestias, campanarios al ras de las cumbreras, cementerios dentro del recinto, casernas de granito y negros trozos de muralla, como roto cinturón, dispersos hacia el norte y el levante entre pantanos y malezas! Por entonces la plaza de la Matriz servía de mercado o feria, realizándose allí sobre los cordones de la vereda, junto a postes y cadenas las ventas y compras de legumbres, hortalizas, pasteles, frutas y mazamorra con leche, confundidas todas las clases y razas, blancos, negros, pardos, zambos, cambujos, indios; propietarios, mercaderes, militares y esclavos; con calzones de tres botones unos, de uniformes otros, de chiripaes estos, aquellos de melena y poncho, en tanto una de las charangas lusitanas provista de «chinchín» con adornos de cerdas, lanzaba a los aires sus marciales ecos desde la acera del Cabildo. 

Tiempos famosos aquellos de usos y costumbres sencillas, en que los goces y novedades sociales se reducían al cuento y a la intriga en las salas de pesados cortinados, y la virtud era tan austera que por la menor falta se reducía a penitencia una doncella en la casa de ejercicios, bajo la dura regla de la beata mercedaria Sor María de Jesús; en que se llevaba el rapé blanquillo o colorado en cajas con música, usándolo como quien aspira oxígeno puro hasta las mismas ancianas pulcras; en que el recato iba al extremo de no mirar con fijeza a los hombres, y el sentimiento del pudor al punto de no enseñar jamás las vírgenes en sus composturas y modas, ni el nacimiento siquiera de la garganta. ¡Ya están lejos! En tales épocas, la inocencia colonial no había sufrido merma alguna: se conservaba íntegra, atribuyéndose el milagro a la educación de convento. Si una pierna hermosa mostraba la liga, el pecado era grave: prohibido también estaba bajo pena de reclusión el amorío con el rabillo del ojo. Este hecho, no consentido por la autoridad paterna, comprometía seriamente el porvenir de una doncella. 

A purgar esas y otras transgresiones de la ley moral, llamaba cada mañana la campana tartajosa de San Francisco. A veces la concurrencia era tan numerosa que el recinto aparecía muy reducido, y tan densa la atmósfera, que se hacía necesario habilitar el atrio para los sermones en días bonancibles. En concepto de algún circunstante campesino, «el aire de adentro podía cortarse en tajadas por lo espeso.» 

Limpias las conciencias, bien podía irse al teatro. Cerca éste del Fuerte, con unas puertecicas que obligaban al concurrente a clavar la barba en el pecho al penetrar en un vestíbulo de circo, ofrecía en su interior a la claridad dudosa de un gran disco de candilejas el aspecto de un retablo corregido y aumentado de maese Pedro, dada la perspectiva del escenario, el género del espectáculo y el vestuario pintoresco de los cómicos de la legua que declamaban a asfixiarse, más que en beneficio de la pieza clásica en el interés del aplauso. La asistencia del gobernador y de los jefes superiores en los palcos, así como la de damas principales engalanadas de prendas de oro y brillantes que hacían juego con las presillas, medallas y galones militares, y correspondían al frac y chaleco blanco de raso de los caballeros, daba tono al centro y poderoso estímulo a los personajes que se movían desaforados en las tablas. Mientras en éstas se mutilaba sin piedad a Calderón de la Barca, sorbíase rapé con disimulo y funcionaba el catalejo. 

Aparte de este inocente entretenimiento, el bello-sexo tenía también el de bailes y saraos para resarcirse de las largas horas de oratorio y místicas vigilias en rosarios y misas de alba. Desplegaba en esas exhibiciones, no muy frecuentes, en la casa de gobierno o en la capitular, lujo extremo y buen gusto; descollando las cabezas y bustos hermosos con el peinado a lo María-Luisa, los pies pequeños dentro del zapato blanco con flores de oro y los brazos de formas tornátiles, cubiertos a mitad por el guantelete fino. Los rulos naturales y perfumados jugaban al descuido, rozando a la pareja en la contradanza y el minué, y domeñaban suaviter in modo la soberbia del conquistador. De ahí que, al bailarse luego las reposadas cuadrillas, los rostros lusitanos aparecieran encendidos. Este efecto de los «tirabuzones» solía así ser superior al de la mirada y la sonrisa. 

Los centros escogidos para los hombres, eran los cafés. En salones estrechos y bien ahumados por el tabaco, reuníanse en las primeras horas de la noche y platicaban sobre los asuntos de interés preferente, con la mesura que las circunstancias exigían. Hacíanse también tertulia en varias casas particulares de españoles viejos y de «lagunistas» decididos, o sea partidarios de la anexión. El pro y el contra en estas reuniones aristocráticas, llegaban a asumir proporciones de disputa de barrio; pues, como en toda época difícil, todos tendían a buscar en la escena su colocación más conveniente. 

En la calle denominada más tarde de Treinta y Tres, extendíase hasta una y otra costa del río una línea de casuchas, cobertizos y barracas, -moradas de gente pobre. Olíase en todo ese trayecto a palometa y pescadilla de rey, y exhibíanse a los ojos de los transeúntes remangas, aparejos y redes de jorro, cañas y relingas, piolas y plomadas, así como hombres descalzos cargados de palancas y de peces. Más interesante que todo eso, a no dudarlo, según la tradición, era la abundancia de rostros lindos en la prole femenina; afirman que allí brillaban tantos ojos expresivos y lucíanse tantos gentiles cuerpos, que la galante oficialidad portuguesa afluía en masa al barrio de los pescadores con el intento de bucear en la seguridad de encontrar perlas. 

Hacia la parte del mediodía, a poca distancia, la escena cambiaba por completo: chatos edificios dispersos de ladrillo desnudo en callejones tortuosamente delineados, eran madrigueras de negros africanos y de zambos, donde se bailaba a la luz del candil -única que en ciertas noches hendía a trechos las tinieblas después del toque de queda. A este barrio costanero concurría con guitarras el peonaje de carretas del hueco de la Cruz, para mezclar a sus hábitos de campo un poco del placer de poblado, refinando en algo el gusto silvestre con la tosca golosina del suburbio: germinación y principio del tipo híbrido que había de desarrollarse y difundirse paulatinamente en las afueras en el andar del tiempo, sin llegar al nivel del hombre de ciudad ni ponerse a la altura del gaucho altanero. El baile de «candil», debía ser el precedente forzoso del baile de «academia». El tipo primitivo empezaba a derivar por ley de evolución y, como el avestruz macho, incubaba sin saberlo el huevo del «compadrito» al calor del vaho del conventillo y del sensualismo grosero. 

En cambio de estas clases que no se alzaban del nivel común por la naturaleza del sistema imperante y la índole misma de su origen, coexistían otras dos sin excluirse ni chocarse; por el contrario, vinculadas sólidamente, mantenían el equilibrio de los intereses económicos y financieros, sustentando con sus robustas fuerzas las situaciones más difíciles, como que eran las que explotaban las fuentes de la producción y el trabajo. Bajo tal forma debían reputarse los comerciantes y ganaderos o hacendados. Los primeros constituían una clase verdaderamente privilegiada, formando con las segundas un rango superior; teniendo como reglas de procederes, viejas leyes y estatutos coloniales que se consideraban en su aplicación como inviolables. El tribunal del Consulado había dado, en su carácter de institución excepcional, seriedad y tono a este gremio; el que, por otra parte se imponía por sí mismo, a partir de la proverbial honradez de sus actos. 
Si bien eran limitados los capitales en giro, llenaban por completo las exigencias del mercado; y aún se atesoraba, sin tirantez ni usura. Los estancieros, dueños de la grande propiedad, -no conocida entonces la pequeña sino en reducida escala y, por lo mismo, embrionarias la agricultura e industrias accesorias,- constituían a su vez un factor poderoso, y quizás la piedra angular de la vida económica. De tal modo primaba como industria el pastoreo, que las demás, sin excluir la de transportes tan necesaria a su incremento, nacían y se desarrollaban anémicas, -ya que no se extinguieran en breve tiempo-, como las plantas que brotan a la sombra del «yatay» o del «ahué» legendario. 

En esas grandes propiedades, -a veces comarcas enteras,- pacían numerosos ganados, que cuidaban pastores de índole tan bravía como la de los mismos toros indómitos. ¡Las soledades nivelaban los instintos! Sustraíanse por épocas inmensos rebaños; consumían multitud de reses los ejércitos; ocultábase en los montes por falta de rodeo la flor misma de la hacienda vacuna; -pero, todo eso no disminuía de una manera sensible la cantidad enorme de animales útiles esparcidos en abruptas sierras y feraces como una bendición del suelo. La riqueza pecuaria pues, merecía ser calificada de don natural, desde que en nada se hacían sentir por entonces la previsión y el cuidado para su aumento, mejoramiento y cruza. El crecimiento espontáneo suplía el esfuerzo del hombre, y no importaba mucho al grande propietario que un tercio de los novillos gordos se hubiesen hecho cimarrones, y que la lana de sus ovejas fuese ordinaria y tosca, y llevase de adorno mil abrojos y flechillas. ¡Cosas del tiempo, y virtudes del clima! 

Por no desautorizar sin embargo, el sentencioso dicho de que el ojo del amo engorda el buey, casi todos los hacendados abandonaban la ciudad en ciertos meses del año, acompañados de sus familias, para ponerse al frente de sus estancias y vigilar de cerca las faenas, tomando en ellas alguna parte activa. Aparte del móvil del interés, cedíase también a un hábito consagrado, cual era el de procurarse el aire libre y los placeres campestres en la estación estival. La atmósfera de Montevideo durante los calores, y la falta de mayores alicientes dentro de la esfera de una existencia rutinaria, agravada por el sistema opresivo de los dominadores, impelía a los nativos a alejarse sin pena en busca de goces más tranquilos. De ahí que los hacendados, aun a riesgo de contrariedades frecuentes por el estado de desasosiego en que se encontraba la campaña, pasasen largas temporadas en sus establecimientos, -invierno y verano, a veces; más dispuestos a sufrir aquellos que a vegetar en una atmósfera, viciada, tolerando en silencio actos depresivos de gobierno y miserias de cortesanos. 

¡Siempre se respiraba en los campos un aire puro, y la pluma de ñandú se agitaba al soplo del pampero en la cabeza de los caciques! 

 

- III - Los tres ombúes

Denominábase así una estancia situada sobre la margen del río Santa Lucía, hacia sus primeros afluentes; considerada entonces por sus numerosos ganados vacuno y yeguarizo como uno de los mejores establecimientos de campo. Pertenecía al hacendado don Luciano Robledo, criollo opulento y bien querido, sin que esto hubiera sido parte a que en las pasadas guerras, se le hubiese respetado en sus intereses en la medida del aprecio y buena fama de que gozaba. 

El casco, «tronco» o casa principal se componía de un rancho de techo de paja brava, «cumbrera» y costaneras de «lapachillo» y «sauce negro», «tijeras» de quebracho, paredes de «cebato» o quincha con entretejidos de ramas de «ñangapiré»; dos ventanillas a la parte del oriente de alfeizares adornadas con macetas de rosas y claveles, puertas bajas y estrechas, pero de buenos cerrojos; y tres habitaciones -dos dormitorios a los costados y en el centro el comedor, sin otro solado que la costra dura y seca, con buen nivel. Paralelo a éste se levantaba a pocos metros otro rancho de dos piezas para peones, una enramada y cocina. Como adherencia, un horno pequeño también de «cebato». En la cocina, durante las primeras horas de la noche, ardían dos candiles, que unidos a las luces del comedor formaban una buena «luminaria», según el capataz. Las de la cocina consistían en dos cucharones ya inválidos llenos de sebo, con dos mechas de trapo por pabilos o núcleos de combustión, cuyos cucharones reposaban en dos marcas de hierro inservibles a su vez, clavadas por los mangos en el suelo a poca distancia del fogón. Extinguida esta «luminaria», quedaba el fuego alimentado por grandes ramas, de manera que en las altas horas, y aun cuando en parte las cubriesen las cenizas, enormes brasas reflejaban al exterior su rojiza lumbre, y servían para una nueva hoguera al despuntar la aurora. En medio del patio formado por los dos compartimientos, se veía el barril de agua sobre su rastra, y en desorden algunos arbolillos, enredaderas agrestes, plantas de saúco, recios higuerones y hermosos laureles. Notábase asco en el conjunto. El piso de tierra dura, limpio de yerbas, tanto en el patio como en las veredas cubiertas en parte por los aleros, se extendía plano por los contornos hasta la entrada de una pequeña huerta llena de legumbres, tronchudas hortalizas, albahacas, matas de sandías y gramíneas en grupo hinchadas de espigas. 

La morada no dejaba de ser alegre, pues estaba blanqueada en su exterior y por dentro; las puertas y ventanillas tenían su mano de pintura verde; las plantas crecían airosas por el cuidado asiduo; y todo en sus detalles, revelaba la sencillez de costumbres del tiempo. Verdad que, en muchos sitios, lo negruzco del «cebato» se imponía a la capa de cal, y la madera tosca mal cepillada, al verdegay de la pintura; pero, no era posible exigir más en una estancia de hacendado rico, pues eso mismo era un lujo, el que no privaba a las avecillas y a los insectos que coparticipasen con toda inocencia de sus ventajas. En los extremos de troncos de las «tijeras», los «mangangaes» de fuerte aguijón habían horadado la madera fabricando hondas cuevas, a los bordes de cuyas aberturas circulares formaban excrecencias amarillas los residuos de su miel ardiente, y en ciertas horas veíanse llegar los vellosos insectos color de tabaco con sus presas entre las antenas fornidas, revolotear irritados en redor de las cabezas de los que en el patio estaban, zumbar un momento ante sus cuevas como inmóviles en el aire, al batir rápido de sus alas vidriosas semejantes al hielo de los charcos, y sepultarse al fin en sus tugurios con el dardo temible a la vista móvil y retráctil, por si acaso venía una agresión por retaguardia, -lo que solía ocurrir cuando a alguna traviesa se le antojaba pincharlos con una pajita-. Debajo de los aleros, el movimiento de vida era mayor. Allí, entre la pared de «cebato» y la techumbre de paja brava, como si las aves la considerasen masiega enorme sobre colosal terrón, habían formado golondrinas y «ratoneras» sus nidos primorosos de plumas y ramitas en gran cantidad; de modo que, siendo el periodo de la cría, sentíase al oscurecer y al alumbrar el día un piar confuso y plañidero que llegaba a revestir las proporciones de un coro o de una orquesta de flautas cuando se entraban las pequeñas madres con gusanillos y lombrices de tierra en los picos sacudiendo sobre las nidadas sus alas rumorosas. 

El cerco de la huerta era mixto. De un lado, palos de sauce y molles a pique, asegurados por guascas peludas; de otro, exóticos agaves espinosos ya proyectos en su mayor parte, pues con raras excepciones, de cada planta que extendía a todos rumbos sus hojas erizadas de pinchos, se elevaba robusto un pitaco sólo comparable a un tubérculo o a un espárrago gigantesco, provisto de barbas fibrosas de un color negruzco como el del cogollo. Estos frutos o vástagos únicos del agave, que hienden el espacio a gran altura como últimas manifestaciones de la fecundidad y de la energía de la pita que luego se seca y muere, después de haber alimentado con sus hojas carnudas a los grandes bueyes aradores, no surgen ni crecen simultáneamente sino según la edad o grado desarrollo de la planta. Por manera que, de una parte veíase pitacos nacientes, blandos y jugosos en la cúspide, al punto de poder ser allí tronchados a un golpe de cuchillo, con su corteza verde-esmeralda y sa extremidad cónica -así tierna como el casquete de un hongo; y por otra-, liseras fornidas de coraza dura, con sus brazos recios en forma de arcos y sus ramilletes macizos remedando candelabros de antiguos veladores, en cuyas anteras amarillentas venían los colibríes en la hora del crepúsculo a libar su agreste polen. Trepadoras de florecillas moradas se enroscaban desde la raíz al pitaco en ciertos ejemplares, formando espirales de largas guías que en algunas se extendían lejos en pintoresca confusión. 

Algo más allá del cerco, copudos y ramosos, se elevaban tres ombúes de amplia circunferencia, troncos gruesos de corteza ya grietada, raíces enormes que serpeaban sobre el nivel hendido, horcaduras en diversos ramales que servían de lechos a los gallináceos caseros, y grandes racimos de frutos verde-mar muy nutridos y compactos. Estos colosos tenían ya la cabeza calva y algunos claros en derredor, por donde penetraban veloces con las alas tendidas en busca de sombra, tordos y urracas bullangueras. 

Veíase a poca distancia un corral pequeño para majada del «tronco» circuido de cardos en flor, de torcidos y nudosos postes sujetos con tiras de piel vacana, cerrado en la entrada por maderos entrelazados, de un piso blando y esponjoso en su interior -resultante, de ocho o diez capas de residuos, del que se alzaban efluvios azulados bajo los ardores solares a modo de humareda de ardidos cuyo fuego no se nota, pero que se difunde en el sub-suelo afectando toda la masa combustible. Estos vapores o exhalaciones brumosas cesaban así que la pezuña del enjambre oprimía la inmensa esponja y que nuevos materiales aumentaban su nivel, para continuar al día siguiente en densa niebla, adunadas las humedades del piso con el relente de la noche. 

Junto al corral, hacia el bajo de la loma, se alzaba un rancho en ruinas lleno de agujeros con su «quinchado» de paja hecho polvo por las lluvias, paredes de tierra y cañas abiertas por doquiera y mostrando puntas agudas de travesaños y varas, desmoronado en la parte superior del «mojinete», con una puerta transformada en boquerón deforme y un ventanillo hecho ojiva descomunal por la acción del tiempo. De entre la paja disuelta salían «yuyos» y borrajas, así como del que fue pavimento -ahora recorrido por batracios y culebras. El cardo borriqueño con sus largas pencas y alcachofas circunvalaba la ruina en grandes matas, y la cicuta formaba espeso boscaje en un extremo -borrando toda huella de planta humana. En el interior, de una de las «tacuaras» laterales y sujeto a un gancho de asta de venado prendido a su vez en otro de alambre viejo, pendía una lonja de cuero duro, que había sido quizás la codicia constante del «tucu-tucu» y de la comadreja durante largos meses. 

Después de estos escombros, la soledad extendíase por delante con su naturaleza selvática llena de accidentes y verdores eternos, murmurios de caudales de agua cristalina y sordos rumores de ganados, que en la puesta del sol se aglomeraban en una meseta a paso tardo entre bramidos, parándose a intervalos para arrojar la tierra por encima de los lomos recalentados o para chocar sus cuernos con ruido seco y estridente. Por esos sitios y a tales horas las perdices en parejas buscaban su yerba favorita o sus gusanillos de tierra; la gama erguía su cabeza airosa a la orilla de algún bañado para lanzarse a la carrera entre los arbustos, encorvado en forma de asa su apéndice caudal; y los ñandúes en grupos subían la ladera a paso mesurado, el cuello tieso, silbando melancólicos en coro extraño con múltiples reptiles. 

En el fondo del declive de la alti-llanura que formaban en su nexo las cuchillas, seguían entre breñas su trayectoria culebreando las aguas de un riacho que concluía en plano descendente a espaldas de la huerta. Esta adyacencia de aguas a la tierra ligera de la planicie de capa vegetal mediocre, siempre dominada por el sílice, daba incremento a las malezas, a la mielga y al trébol, acumulando en su ribazo un verdadero boscaje verde y denso. En el borde opuesto, sobre un plano hendido que no era más que un estero, diversas hoyas o charcas por él alimentadas daban vigor y vida a los pajales, a las cardas, a los «ceibos» y a los juncos en enmarañado mapa de masiegas, trozos ramosos, islas de arbustos y prodigiosa masa de rectos bastones que encubrían esas humedades tan queridas de los palmípedos, así como tremedales temibles y «cañadas» silenciosas. 

En la hondanada profunda corría el río, orlado de montes en sus dos riberas. 

De una a otra escarpa del río, el doble velo o cortina de vegetación, ora tendiéndose amplio a lo largo de las márgenes sin dejar en descubierto claro alguno, ya ocultándose en los recodos bruscos del terreno para reaparecerá lo lejos siempre lozano y verde como un saurio colosal que escondiera en el horizonte la cabeza, presentaba desde la alti-llanura el aspecto de un solo bosque tupido e inaccesible sin permitir seguir a la mirada las sinuosidades y caracoleos caprichosos de la cuenca. 

Algo encantaba, sin embargo, estos lugares solitarios; y era la presencia en el pago de las dos hijas del hacendado Don Luciano Robledo, Natalia y Dorila; quienes, huérfanas de madre, le acompañaban siempre en sus excursiones obligadas a la estancia. Ni una ni otra se hacían en ello violencia. Algunos meses de campo no las fatigaban, habituadas desde muy niñas a la vida promiscua de pueblo y campaña. Por otra parte, sus goces habían sido siempre limitados. La educación del tiempo no daba lugar al refinamiento de gustos; y de ahí que don Luciano recordase con frecuencia aquel proverbio «a lo que te criastes», cuando se exigía de él algo que no fuese discreto o no se encuadrase dentro del plan de su economía doméstica. 

Si bien Natalia tenía el cabello castaño, llamábanle Nata la rubia, para distinguirla de otra de su mismo nombre pero muy morena que vivía en el campo vecino, y era como la virgen del pago por antigüedad y fama. Nuestra «rubia» superaba en exceso con todo, las gracias de su rival, sin dejar de ser criolla y tan dada como aquella a la vida campestre. Tenía unos ojos garzos grandes con pestañas espesas y cejas admirablemente arqueadas de un color casi dorado, la nariz fina y correcta, el cutis blanco sembrado de rosas frescas, pequeña la boca de labios finos, muy rojos, húmedos y un tanto fruncidos -verdadera flor de carne- que al entreabrirse mostraba una doble fila de dientes tan reducidos en su tamaño, limpios y parejos que bien parecían obra de artificio; la barba recogida hacia adelante con un hoyito en el medio, el óvalo perfecto con esa pelusilla propia de fruta incitante, erguido y saliente el busto, cuanto era de curvo el torso -como de persona que se ha ejercitado siempre en el caballo; y, por último, la mano y el pie armónicos -vale decir- éste de empeine alto y ancho aunque corto, y aquella de dedos regordetes con algunas grietas y punzadas de aguja en las yemas. 

Esparcíase por el rostro de esta joven tal aire de dulzura y candidez, que inspiraba simpatía a primera vista, como si en él se retratase toda su vida interna -así cual se reflejan en melancólicas sombras los árboles, las nubes y las aves fugitivas en el remanso tranquilo de un arroyo. 

Su hermana Dorila, menor que ella, pues contaba diez y siete años, de estatura media, delgada y flexible como un gajo de membrillo, morocha pálida de ojos par los muy vivos y penetrantes, muchas cejas, fosas hondas y oscuras, nariz de alas abiertas, boca grande de labio inferior carnudo, un lunarcillo sombrío cerca del hoyuelo de la barba, el pabellón de la oreja pequeña bien ajustado al rostro, cabellera negra abundosa cuyas trenzas formaban en sus extremos como penachos de crespas hebras, y pie bien ceñido al zapato -era una joven nerviosa e inquieta a quien parecíale bien hacer siempre su gusto, sin que la libertad de que gozaba impidiera no obstante, que a su corta edad cavilase a ocasiones y cayese en hondas tristezas después de exageradas alegrías. 

Alguna vez se había observado, después de una carrera frenética en caballo criollo mal domado de crines a retazos, copete ralo y cola convertida en escoba por los abrojos -ya detrás de la manada arisca, ya en pos de los ñandúes salvajes-, que ella se apeaba junto al río, en la barranca del vado, y largando el cabestro, se sentaba en algún terrón del ribazo con la mano en la mejilla y la mirada fija en el agua dormida, como absorta, sin color en el rostro e inmóvil, al punto de que a su lado abatieran el vuelo los patos picazos y se lanzaran tranquilos al río sacudiendo las alas hasta rociarla con una lluvia de menudas y brillantes gotas. 

Dora -que así la conocían- era por otra parte activa y diligente en los quehaceres domésticos, fuerte para la fatiga, hacendosa sin reservas, a extremo de que su hermana mayor hallaba descanso y consuelo en su fortaleza de ánimo. 

Una y otra se levantaban con el alba por necesidad y por costumbre; juntas veían transcurrir las horas; y con el mismo hastío esperaban que llegase la del reposo, que era la primera a veces de la noche -con sus balidos de corderos quejumbrosos, sus cantos de gallos regalones y su aullar de mastines somnolientos. 

Volvía la aurora a aparecer, y con ella idéntica existencia. 

Cuidaban de la huerta y de unas plantas que daban flores olorosas. Cuando aspiraban con ansia sus perfumes se quedaban pensativas.

Sobre el borde de un pozo pendían claveles del aire -blancos, anémicos, de un aroma suave- que demoraban muchas lunas sin abrirse, a pesar del rocío de la altura y del vaho frío del abismo; pero que, ya abierto el cáliz, se crecían bajo el calor de las manos y de los labios de las que en silencio buscaban como un placer solitario su dulce veneno. 

Solían vagar juntas por el campo hasta la orilla del bosque o la ribera del río en las tardes serenas, sin hablar palabra, con los brazos cruzados sobre el seno y la mirada triste. Cuando marchaban a pie iban muy juntas rozándose la una con la otra, como movidas por el mismo esfuerzo, sonriéndose a ocasiones para cambiar luego algunas frases inconscientes o reírse a carcajadas de súbito por cualquier ocurrencia. Si paseaban a caballo acontecíale a alguna de ellas abstraerse, abandonar las riendas, separarse de su compañera a capricho de la cabalgadura que deteníase a intervalos a triscar las yerbas o a contestar con un relincho inmoderado los lejanos ecos de la «tropilla», en tanto su jinete tenía quietas las manos sobre el recado y los ojos en la línea del bosque o en los fuegos rojizos del poniente. La otra no menos ensimismada, bajábase entonces en algún declive y poníase a arrancar «macachines» o «huevillos de gallo» en la hondanada, que paladeaba luego sin mirarlos, si es que no los retenía en el hueco de la mano para irlos oprimiendo uno a uno entre los dedos y arrojarlos al pasto con un gesto de disgusto. Nata se iba así hasta el linde de la selva -inclinada e indolente- sin importarle al parecer el rumbo ni la distancia; -Dora volvía a montar, andaba algunos pasos, lanzábase nuevamente al suelo por cualquier detalle que lograba atraer su atención-, un «arazá» con frutilla madura o una flor silvestre de aquellas azules o moradas que se ponía con frecuencia en el pelo; y, otra vez en la montura, divagaba por aquí y acullá ora al tranco ora al galope, cuando no escalaba la cuesta a escape para sujetar de improviso en la cima, y quedarse allí contemplando los valles oscuros y lejanos. 

Reuníanse a veces al azar, y regresaban maquinalmente sin ninguna impresión nueva que comunicarse mirándose con aire ruboroso, y en ciertos momentos seco y duro. De ello no se daban razón, ni la habían menester. El sello de la soledad impreso en sus semblantes las llenaba de una sombra más densa que la del sol y del viento. 

Todo eso no implicaba que las moradoras de la estancia «Tres Ombúes» no tuviesen y se proporcionaran entretenimientos adecuados al medio en que vivían, aun cuando fueran sencillamente inocentes e infantiles. El señor Robledo no gustaba de verlas tristes. Excursiones a caballo, paseos en canoa, giras por las isletas y el monte todo les era permitido a condición de que no suspirasen en su presencia amortiguando su genial alegre. Nata y Dora que tenían cariño a su padre procuraban siempre complacerlo en este sentido, al punto de que cuando él las sorprendía en actitud pesarosa o taciturna, como aisladas y embelesadas, corrían en el acto la una hacia la otra, sonreían y se hablaban combinando en el momento mismo un paseo cualquiera en compañía del capataz o de algún peón de confianza, en hora que concluía la faena; o ya se alejaban del brazo rumbo a las cardas del estero, invitándose a buscar huevos de pata bajo las pencas, aunque luego se fueran mirando con aire distraído y caviloso y esa expresión indefinible que trasmite al semblante el cansancio o desmayo de espíritu a fuerza de pasárselo contemplando las monotonías del campo. Un mes largo llevaban esta vez de estadía, y todas las impresiones gratas que la naturaleza agreste ofrece al devaneo juvenil carecían ya para ellas de novedad; salvo las que, imprevistas y de cierta sensación, ocurrían a intervalo dando otro colorido a las escenas de la pradera y del bosque. Entonces parecían ellas reanimarse por algunos días durándoles el entusiasmo sin declinación sensible; hasta que en hora impensada, Nata volvía a su retraimiento, resistiéndose a las instancias de su compañera para continuar en el ejercicio activo. Tales treguas no podían ser tampoco prolongadas; y las jóvenes reincidían con cualquier pretexto en sus diversiones inocentes. La aguja y el bastidor llegaban a fastidiar también, siendo la traviesa de Dora la primera que se pinchaba un dedo, a trueque de andarse mañana y tarde por la orilla del bañado o del monte persiguiendo «aguaciles», pica-flores y pichones con la negra Guadalupe -a quién le retozaba todo el cuerpo de gusto cada vez que la niña salía atándose un pañuelo en la cabeza y la invitaba a correr por el campo libre; cosa que la esclava hacía como una gata montaraz ágil y resucita a saltos, caídas y zapatetas ruidosas que arrancaban carcajadas a la joven. 

Una tarde, Dora invitó a su hermana para un paseo a la orilla del monte; paseo que, por otra parte, hacían con mucha frecuencia. Aceptó Natalia, siempre que se efectuara a pie. La distancia de las casas a la orilla del bosque era corta, y no valía la pena de ensillar los rosillos casi gemelos de que se servían en sus excusiones más apartadas. Dora había visto un día -colgante de una rama de viejo «tala» como un globo de cera virgen- una hermosa «lechiguana» cuyo aspecto incitaba a libar panales aunque fueran de insectos mitad abejas -mitad avispas, según la clasificación hecha por el capataz. «Casilla de miel» -lo llamaba ella. Sentía como un ansia de cogerla; pero, se hacía respetar el aguijón de sus dueños. De todos modos era preciso probar, y conocía ella dos medios de realizar la conquista, por haberlos visto poner en práctica en más de una ocasión a los mocetones del pago. Consistía el uno en rodear con una manta el globo de manera que quedase libre a los insectos la salida hacia el lado opuesto; la fuga se provocaba mediante un continuo golpear con las dos manos en la esfera, por encima de la manta, y a esas sacudidas sin descanso los insectos que abandonaban a grupos el nido se iban aglomerando a pocas varas en la atmósfera desorientados y aturdidos, hasta formar una nube densa casi negra en perpetuo torbellino. El otro, estaba exento de contingencias peligrosas. Era el de la prueba del fuego y del humo. Decidida a emplearlo, Dora se había provisto de los «avíos» de su padre -consistentes en una larga mecha de hongo seco resguardada en su canuto de metal, y en una piedra de chispa para producir la combustión merced al ludimiento recio con el eslabón; diligencia en la que la joven era experta a fuerza de ejercitarla siempre que don Luciano sacaba en su presencia una tagarnina y la ponía entre los labios mascándola en la punta. 

Emprendida la travesía, y ya en la orilla del monte, dijo Dorila a su hermana con tono animoso: 

-Vas a ayudarme Nata, a juntar esa leña. 

-¿Para qué, traviesa?

-¡Verás! Allí en el abra cercana, donde están los espinillos y «talas»; en uno muy alto y resquebrajado que se cae ya de viejo, hay una «lechiguana» enorme... 

Esto diciendo -separaba bien las manos, con los ojos muy abiertos y expresivos. 

-No quiero nada con las avispas, -contestó Natalia al momento. 

-No seas tonta, que nos pondremos a distancia. 

-¿Acaso vas a tirar de un «maneador» la «lechiguana»? Se van a venir zumbando por la soga... 

-No, no será con lazo...

-¿No ves que te pido juntemos leña? 

-Es otra cosa, -repuso Nata comprendiendo. 

-Pero, esas ramas tienen espina... Cargará con estos palitos secos y lisos que están lejos del ortigal. 

-Carga con los que quieras -que yo les daré fuego con la yesca a los más chicos y fofos. 

Las dos jóvenes se pusieron a reunir la leña caída y dispersa al pie de los árboles, en dos hacecillos; y, riéndose de la tentativa, fueron a deponerlos cerca del sitio designado. 

Dora envolvióse bien la cabeza y rostro con un «rebozo» de lana que expresamente había llevado, sin descubrir otra cosa que sus ojos lucientes -llenos de vivacidad y malicia. 

Después comenzó a acumular pajas secas debajo del «tala» -a cuyo alrededor iba colocando luego gruesos leños a medida que Nata se los aproximaba toda trémula y nerviosa. 

El globo colgaba inmóvil -percibiéndose claro un sordo zumbido de enjambre, y en su capa exterior resquebrajada semejante a un hojaldre de harina morena se movían presurosos revoloteando a veces para posarse en seguida, dos o tres insectos que eran los centinelas. 

Dora dio al fin fuego, sopló la hojarasca que bien pronto ardió chisporroteando, y ella alejóse unos pasos muy atenta -por si aquella se consumía sin comunicar su llama a las ramas fuertes. 

A las primeras volutas de humo, los centinelas se entraron por la única abertura que debajo presentaba aquella pasta parecida al papel fabricada con raspaduras de corteza de sauce tierno mezcladas con saliva; y, a pocos instantes, salían en tropel los porta-aguijones con sus cuatro alas trémulas y sus cuerpecillos amarillos con fajas negras húmedas todavía, para lanzarse en compactos escuadrones sobre el común enemigo. 

Natalia, que divisó en el acto la nube, y sintió en la mano un ardor punzante, dio un grito y escapóse. 

Dorila -la avispada y avizora- ya se había puesto en salvo corriendo a lo largo de la orilla. 

Acababa de sentarse en un troncón caído -encendida y jadeante- a la vez que aturdida y alegre, cuando acertó a pasar al tranco en su zaino oscuro el capataz de la estancia. 

Era éste un hombre maduro, muy formal, con su melena canosa caída al descuido sobre los hombros, el barboquejo a mitad de su luenga barba y una cola de cigarro tras de la oreja: firme en los estribos, el mirar de mastín sin dientes, y la nariz en extremo curva hasta rozar casi el boscaje de sus bigotes. 

-Vea, don Anacleto -dijo Dora todavía riendo;- por allí se me cayó el «rebozo».... a causa de mucho correr con esta miedosa de Nata...

¡Hágame el favor de alzarlo, si no va a priesa! 

Y le señalaba el punto, con el brazo tendido. 

El capataz sofrenó su caballo, y mirando adelante preguntó con voz muy bronca: 

-¿Será el mesmo que blanquea, arrimao al abra? 

-Ese es, don Anacleto.

El capataz bien tieso, hincó espuelas, y pronto estuvo en el lugar. 

En ese momento las abejas salvajes en tumulto se arremolinaban en la atmósfera volteándose hasta el nivel de las hierbas como enloquecidas por el humo espeso de un fuego sin llamas. El paisano viejo y experimentado comprendió el peligro; su caballo azaetado de súbito por los aguijones dio un corcovo y quiso arrancar a escape -cosa que pareció vergonzosa a su jinete- quien, sujetando riendas, azotó el aire con su rebenque; pero, sin haber aún logrado recoger el «rebozo» fue tan furiosa la avalancha de avispas sobre su persona, que don Anacleto barbotando un juramento -que el zaino oscuro acompañó de un ronco bufido, partió como una flecha rumbo a la loma sacudiendo la cabeza y refregándose la nariz, en tanto le columpiaba en la nuca el chambergo dejando su calva al aire libre. 

Reía Dora con todas sus fuerzas al observar la escena desde su sitio de descanso; y más aún se le aumentó la risa al incorporársele. Nata -quien le enseñaba compungida la hinchazón de su mano. 

-¡Muy rica tu miel, perversa! -exclamaba Natalia resentida. No contenta con esto has metido al pobre don Anacleto en el avispero... 

Con las manos juntas por delante de las rodillas, Dora seguía «hamacándose» con deliciosa alegría en su tronco, sin hacer caso de las lamentaciones de su hermana, que concluyó a su vez por contagiarse. 

El capataz había desaparecido tras de la loma, sin el intento al parecer de volver grupas. 

Bajaba el sol, y las sombras empezaban a difundirse en la orilla del monte. 

Proseguía a intervalos el acceso de hilaridad infantil de las jóvenes, cuando Nata creyó oír algunas voces, como de dos personas que hablaban entre los árboles. 

Luego, de súbito, dos cabezas aparecieron entre el ramaje; la una, de hombre de barba negra, muy pálido y mirar huraño; la otra, de joven de bozo apenas, tez blanca y ojos de extraño brillo circuidos de sombras. 

Las jóvenes oyeron murmurar al de barba negra en un acento dulce que contrastaba con la dureza de sus facciones, algo que se refería a Nata. 

Dora cesó de reír, y dijo a su hermana temerosa: 

-Vámonos Nata de aquí.

-Sí -respondió ésta sin titubear, toda estremecida. 

Sin añadir más palabras, una y otra unidas de la mano, huyeron veloces. 

En ese instante de singular sorpresa no se acordaron del «rebozo», ni de la «lechiguana» tan codiciada; y bien pronto traspusieron el grupo de «laureles negros» que adornaba en parte la falda, detrás de la huerta. 

Una vez dentro de ésta, detuviéronse recién a respirar junto a la línea de pitas seniles que ofrecían excelentes ladroneras de observación. 
Aparte de los del establecimiento, en raras ocasiones se veían hombres en aquella porción del monte, pues el paso o vado estaba lejos de allí. Ni tropas de ganado ni convoyes de carretas cruzaban desde luego por el rincón, dando motivo a vivacs o campamentos. El bosque en tales lugares era muy intrincado y extenso, formando una sola bóveda con la vegetación de las isletas y la selva colindante. Del lado opuesto, en cuanto caía bajo el dominio de la mirada, sólo se distinguía en una loma una casa de negocio, la que era a la vez una especie de fortín con sus enrejados de resguardo y sus troneras bien dispuestas para abocar fusiles o escopetas. Esa casa se encontraba en la dirección del vado, y en la zona que dominaba -de buenos pastos y abrevaderos- pacían siempre las boyadas de las carretas. Desde la alti-llanura de la estancia de Robledo, y a favor de un catalejo a propósito de que hacía uso don Luciano para descubrir el campo, percibíanse claramente todas las novedades y movimientos de las haciendas que refluían al paso -verdadera válvula que daba salida a irrupciones semi-salvajes y a la vez fecundas de ganado- flor, novillos bravos o manadas de potros y yeguas ariscas. Oíanse vibrantes también en las tardes tranquilas las voces y gritos enérgico de los troperos o conductores al azuzar la vacada; y solía verse cómo al azotarse ésta con violencia al río después de resbalar en tropel por la barranca, un cúmulo de cuernos y cabezas se abalanzaba en tumulto entre grandes remolinos de espuma, para arrancarse al fin sobre la escarpa con el redoble del trueno. 
Las carretas con sus grandes toldos de cueros, sus culutas rellenas y sus ruedas enormes, cruzaban de noche a veces por los campos de la ribera opuesta, rumbo al vado perturbando la honda calma con el ruido de sus pinas y de sus ejes resecos, y las voces imperativas de los picadores: -«¡Barroso!» -«Anda Yaguané.» -«Huse Chorreado»... -«¡Amoroso!» 

Por lo demás, novedades de distinta índole eran raras. 

No se explicaban las dos hermanas, cómo otros hombres que no fuesen «matreros» y del género temible, anduviesen en el monte de la estancia -casi encima de las casas. De ahí que se sintieran con miedo, sin que su natural espanto excluyese una curiosidad tan viva como cercana al interés. 

-¿Te fijaste cómo te miraba aquel de la barba negra, Nata? -decíale su hermana. Tenía ojos de hombre malo... o de robador de mujeres. 

-¡No me aflijas Dios del alma! Si parece que lo veo todavía con su cara de muerto metida entre las ramas y el sombrero sobre la oreja. 

-El más joven se quedó callado -repuso Dora con aire reflexivo, puesto el dedo en la boca y atenta la vista en el monte-. ¿No vistes que sus ojos era muy raros? 

-¡Qué he de ver aturdida, si me tembló todo el cuerpo lo mismo que si hubiese pisado un escuerzo! 

-No era para tanto hija, que al fin nada nos han hecho esos hombres. 

-Lo que es para otro «camoatí», no me encuentras, desde ya te lo aseguro. Esta noche pongo los «trastes» contra la puerta. 

Dora se echó a reír, y corrió a otro «portillo» para seguir mejor su pesquisa -todavía sofocada y arreglándose el cabello; en tanto que Nata se sacudía los abrojos del ruedo del vestido, y lo levantaba a cierta altura, temerosa quizás de haber enseñado demasiado su hermosa pierna en la fuga. 

Nada que inspirase sospecha vio Dora en la orilla del monte. La sombra densa invadía ya a prisa aquellos sitios solitarios, por los que atravesaba de vez en cuando a paso tardo uno que otro animal vagabundo. El sol poniente diluía su luz sobre las copas más altas formando como una franja de oro sobre terciopelo verdi-negro, y denso y tibio el aire no movía hojas ni penachos. 

El capataz traía al encierro la pequeña majada del «tronco», al paso, con la diestra sobre el mango del rebenque, entre cien balidos plañideros. 

Al divisarle, Dora le hizo con la mano un saludo picaresco. 

Don Anacleto llevó por detrás con el dorso la mano al sombrero -que hizo deslizar hasta la nariz, y mientras se lo volvía a encasquetar muy grave, murmuró con sorna: 

-¡Corazón ladino! Jugándose con el paisano viejo... ¡Cómo si no supiera yo con qué pican las avispas!.

 

IV - Secretos del monte 

Ya en la mesa, don Luciano Robledo se impuso de lo ocurrido, contado en un estilo pintoresco por Dora. 

Era el hacendado un hombre manso, de rostro ancho y tostado, nariz de ventanas muy abiertas, barba cenicienta, bajo de estatura y abdomen pronunciado; siempre con sus piernas cortas embutidas en botas de baqueta, y un cinto de piel de cerdo con monedas de oro prendido flojamente, entre cuyas agujetas sujetaba un puñal de vaina de plata con incrustaciones doradas. Comía con gran apetito, bebía fuerte, fumaba con fruición cigarros gruesos, y nunca se le caía un escarbador de dientes fabricado con el cañón de una pluma de «chajá» -de atrás de la oreja- en donde lo asentaba a modo de tubo de anteojo. 

De índole jovial y alegre, tenía él a ciertas horas sus carcajadas sonoras que se oían, de bien lejos, y llevaban el contagio del buen humor. Raro era el día en que don Luciano aparecía en las faenas con el gesto torvo o la mirada aviesa; por manera que en todo encontraba él motivo para bromear sin reservas o dar expansión a su genio festivo. Los peones, y aun las personas extrañas al establecimiento, que en éste solían pasar algunas noches, le conocían a fondo; por eso su prestigio no era limitado y se hablaba de -48- él entre el paisanaje como de un estanciero simpático y liberal. Esto mismo lo hacía más confiado y decidor, persuadido de que mientras cumpliese con los deberes de hospitalidad nadie se atrevería a disgustarle. 

Cuando don Luciano hubo oído la relación de Dora, echóse a reír muy socarronamente, y dijo refiriéndose a los desconocidos del monte: 

-No tengan miedo. Esa es buena gente que anda a salto de mata perseguida por los milicianos, pero que no hace mal a los vecinos pacíficos... Todo lo más que pueden ingeniarse es carnear una que otra borrega o vaquillona gorda, porque los hombres tienen que comer, y las ganas matan lo ajeno -sin fijarse en la marca. El matrero, el puma, el yaguareté y el perro cimarrón tienen el mismo colmillo, y cuando lo clavan, ni el cuero dejan al dueño... 

-Nada de eso que conviene -observó Dora. 

-¿Y qué ha de hacérsele? Yo no me puedo quejar, porque peligraría la verdad si afirmase que me han comido una docena de vacas, que yo sepa. Parece que la gente del monte me guarda algunos respetos. 

-A pesar de esa confianza, -dijo Nata-, yo voy a asegurar bien la puerta esta noche con todos los «trastes» detrás. 

Volvió a reír de buen talante el hacendado, sirviéndose un trozo de grano de pecho que estábale incitando en la fuente del puchero, y añadió: 

-Lo que dijo el paisano, en vez de amoscarte debería serte gustoso. Te estuvo mirando y le bailaron al hombre los ojos nada más que por parecerle linda tu cara.... ¿Te crees que ellos no tienen también su gusto como los demás? Medio taimados y ariscos, no le «envidean» a ninguno el olfato y los deseos, mayormente si las mozas tienen el pelo rubio y llegan a enseñar alguna guapeza, porque son tentados, amigos de polleras, capaces de bailar un «pericón» por el ruedo del vestido... sin sacar una hilachita tan sólo en las espuelas. Es preciso mezquinarles hasta la sombra, Nata; porque yo he visto una vez a un «tigrazo» que se iba muy agachado por entre los juntos, siguiendo por la sombra a una borrega, y que al fin, cuando la muy tonta dio la media vuelta y se vino al bajo, el manchado codicioso estiró la manaza y la enganchó de las lanas, -lo que prueba que le faltaba trasquila... 
Pero, vamos a ver Dora; ¿tú te asustaste? 

-¡Yo no!... ¡Al principio me sorprendí, porque esta Nata es tan melindre! 

-¡Sí, mucho de eso! Mira papá, ella me ganó en la carrera... 

-En prueba de que no me espanté -objetó Dora- es que puedo decir cómo tenían las caras los dos. Uno, la barba muy negra, renegrida, y un color de difunto; el otro, pelo rubio, con ojos oscuros, y apenas un bocito por bigotes. 

-Vean la curiosa, -observó Don Luciano-.¡Cómo se fijó en los pelos! 

-Pues que miramos, era natural -dijo Dora toda encendida. 

-Así es. Pero, la cosa no tiene importancia y pueden ustedes dormir tranquilas, ésta y todas las noches, porque nada de malo ha de suceder para nosotros al menos... 

Otra cosa será al ganado; porque la gente de Lecor muy diferente en sus mañas a las travesuras de esos pobres «matreros» sabe «parar rodeo» sin permiso y apartar al destajo cuantas reses quiere, lo mismo que se tratase de «orejanos». Y eso que es autoridad. 

¡La milicia de don Frutos; para qué decir! Sus buenos muchachos «pealan», matan o arrean; no dejan cueros, ni rabos de terneras a ocasiones, y nada más que para comerse una lengua de vaca voltean el animal y lo dejan podrir entero en algún bajo... Hay que tener paciencia, ya que no tiene la cosa remedio... Cuando alguno se queja del manoteo o del destrozo, Lecor afirma al momento que va a castigar como hay Dios al que agarra lo que no es suyo, aunque nunca castigue; don Frutos se pone osco, si algo igual van a soplarle, se moja los dedos y sigue jugando al truco sin sacar los ojos de las onzas. Las amarillas lo enlucernan al comandante... 

¿Y a quién más irse con el cuento? ¡Por no pasar por chismosos, los hombres pacíficos se chupan la breva, y santas pascuas!... 

Después de esto, se echa el perro muerto a la gente «matrera», como dejada hasta del diablo. Ella es la que hace judiadas de toda laya y carnea por gusto: si aparece una yegua con las costillas al aire o una vaquillona con un costado menos o una oveja despanzurrada o un ñandú sin alones o un hombre sin cabeza y sin cinto, es el «matrero» a la fija el que ha andado cuchillo en mano cortando gañotes y sacando «achuras». Qué indios, ni qué mandingas que se le igualen a este forajido... Vino con mañas desde el vientre de la madre y tiene que ser peor que el «charrúa» a la fuerza... 

-¡Entonces tenemos razón de asustarnos! -interrumpióle Nata con los ojos muy fijos, atenta y conmovida- ¿No ves, Dora?... 

-¡Quia, muchacha! -prosiguió don Luciano- Ellos dicen eso de los «matreros»; pero no son tan desalmados como los pintan. También hay buenos entre ellos; gente bien nacida que anda por necesidad pidiendo techo a los árboles y para comer se encariña del ganado suelto, sin intención de ofender- ¡como que es la barriga la que les gruñe y cabriolea!.... Hacen como el buey que se lame solo, y que, cuando se acerca como al descuido a un cerco de pitas es capaz de comerse hasta la última hoja si no lo sacan a rigor. 

-No son tan mansos esos otros, -dijo Dora;- porque no contentos con matar vacas y borregas se apoderan de los caballos de silla y no los vuelven más... 

-¡Oh! Y eso es natural, hija; los hombres no han de andar a pie aunque vivan en el monte. Precisan salir, merodear y correr buscando mejora a su suerte, porque siempre algún escozor los aflige... ¡Vieras cómo enseñan al mancarrón! Si da gusto, y fuerza es perdonarlos. El animal aprende con más facilidad que muchos que no lo parecen, aunque caminen y tengan orejas para escuchar y no entren en la «cuatropea» del diezmo. Se acostumbra al «potrero» del monte, se hace chiquito para pasar por abajo de las ramas, toma agua en la orilla con sólo estirar el hocico, no relincha cuando siente el tropel, conoce la senda en lo oscuro mejor que un «carpincho», no se asusta del «aguará» que se le cruza entre las manos, y también le alarga callado una dentellada al perro cimarrón si se le pone delante... Se hace un animal de más entendimiento, que otros animales de menos pies; con poco rebenque, y con sólo tironearlos del copete. 

-Según lo que oímos, -observó Nata-, usted les disculpará todo, aunque hagan uso de lo que le pertenece... 

-¡Pues! ¿Por qué he de andarme con ellos de disputa todos los días?... ¡Bien parado iba a salir yo de la rodada! No hay más que dejarlos; y el diablo me lleve, si este ajuste no es el mejor, Natilla. El «matrero» como el «redomón» para venir a suave y menos dañino, quiere más maña que fuerza; y así acontece que, el que les pone cara de malo, amanece un día a la pudre, por bobalías... 
El hombre a monte, como iba diciendo, adiestra el caballo a su modo y lo complace de todas formas, pues que es su compañero en la vida triste, el que lo ha de llevar siempre en los lomos y librarlo del peligro, sin que nunca le eche en cara el servicio, aunque pase hambres y reciba a ocasiones uno que otro chuzazo que le enderecen al amo en la refriega o en la disparada. Por servido él, que lo curen, y le den un poco de libertad para reponerse de su flacura y descalabros. El animal, digo, no es de los que se quejan, por condición noble. Pueden desjarretarlo, bolearlo o meterle en los encuentros todos los «cortados» de un trabuco; si la suerte le ayuda para seguir corriendo ha de saltar la zanja, con las narices tan abiertas como dos tubos calentados al fuego que echasen humo, y con el rabo casi tieso como un «marlo», si es que lo han «tusado» por aparejarlo a los rabones y «reyunos» de la tropa portuguesa. No precisa el jinete hincarle la espuela ni bajarle la mano, porque cuando va sobre la rienda parece que quisiera echar todo el bulto adelante y tragarse el viento, sin perder la huella, el ojo que se le salta y el espinazo que se le cimbra abajo del «lomillo» como si quisiera escurrirse lo mismo que una culebra... De esta laya son los caballos de los «matreros», y bien vale el robo la enseñanza. De buena gana les dieran ellos bizcochos, si los tuviesen; pero, en cambio los «desbazan» para que no se estropeen, les sacan el haba, les cortan las crines de que ha hecho presa el abrojo y les quitan el sudor del lomo, todo con el cuchillo, los manosean y los abrazan, y los animales se largan retozones a revolcarse, hinchanse, se sacuden, resuellan, se hartan de gramilla, duermen al raso caiga lluvia o esté helando, y en la primer tardecita aparente ya están listos para una calaverada llevando encima todo el «apero» y al guapo, sin acordarse de las angustias pasadas. 

-Pero esos hombres de que hablas papá, no trabajan, y viven sin familia. Parece que a nadie quisieran... 

-¿Qué han de trabajar, inocente?... Si pudieran hacerlo serían tan listos para lo bueno, como lo son para lo malo. ¿O te figuras que ellos no tienen placer en ser como los demás hombres? Es que no los dejan, los persiguen y los obligan a huir por último; ya porque no se presten a apoyar a los otros que están con el gobierno, ya porque tienen linda pinta para infantes o para dragones -pues siempre hay remonta en las tropas;- ¿y, para qué decir chus ni mus cuando les echan la mano y los endilgan a la ciudadela, si nadie ha de salir en su defensa, que no sea -para el decir- algún guapetón de esos que se sublevan creyéndose más bravos que Artigas?... ¡Eh! Y si se quiere los «malevos» no son tantos, mirando las cosas por otro lado... 

Suele suceder que los hijos de familia encerrados en aquella madriguera con muros y fosos, como para que nadie entre o salga sin que antes dé cuenta de su conducta, se entusiasman de repente, se insubordinan y a pretexto le conocer esta campaña de que oyen hablar, aunque a ese respecto se parezcan ellos mucho a palomas de campanario, ingéniase el medio de escurrirse lo mismo que hacen los pollos en corral ajeno... Al fin se ven fuera de portones y enderezan a los matorrales buscando camino, viendo mucho campo y mucha luz por delante y atragantándose de aire hasta soplar como fuelles de herrería, sueltos de cuerpo y alegres, retozando a modo de «charabones» que comenzasen a querer tender el alón de un costado y a esponjar el plumero de atrás con aire de requiebro... ¡Después principian las penas! Cuando llegan a hacerse fuertes y ágiles, pocos «matreros» los igualan a estos mocitos de ciudad, porque se atreven a más todavía si se les deja criar alas y echar púas... ¡El diablo me lleve si no me refocilo algunas veces en verlos! 

-Entonces no hay porqué espantarse tanto de ellos, -dijo Dora mirando a su hermana, que oía muy atenta a su padre- Aprenderán también a cantar versos en la guitarra con una voz linda... 

-Y tendrán otros modos -objetó Natalia-; si es que no se vuelven huraños de tanto andar en los montes con las fieras... 

-Eso no sé, -ni tampoco si los arañan los gatos tigrinos o los muerden los cimarrones. ¡Allá se las entiendan!... Esto que iba contando, es para que ustedes no se figuren que todos son tan fieros que no se les pueda ni mirar a la cara. Y ahora, voy a disponer lo conveniente por precaución. 

El señor Robledo empinóse esto diciendo, un vaso de vino tinto, que paladeó con fruición; y levantándose de su banqueta con toda agilidad salióse al patio, con una tagarnina entre los dientes y el yesquero en la mano. 

Ya solas, dijo Dorila:

-Mira Nata, no sé porqué me imagino después de lo que ha dicho papá, que estos hombres del despoblado no son tan perversos como esos vagos de la ciudad que sirven a los portugueses, y andan por las esquinas poniendo miedo... ¿No te parece lo mismo? 

Natalia frunció los labios y se encogió de hombros. 

-A mí me asustan los hombres que viven en los montes, -contestó trémula-. Andan con los tigres y comen raíces. 

Dora echóse a reír con ímpetu, exclamando: 

-¡Qué inocente Nata! ¿Te figuras que ellos cuando quieren, no escogen la flor del ganado, y que tienen sus viviendas muy buenas en lo escondido del monte?... Don Anacleto que sabe también esas cosas, me lo ha dicho muchas veces. 

-Será así -objetó Nata pensativa. 

Después de eso dirigióse a su cuarto, y sentándose en su cama volvióse a quedar meditabunda, jugando con el pie en una piel de tigre que delante del lecho le servía de alfombra. 

Cuando se recogió a las nueve, a pesar de su promesa no arrimó los muebles a la puerta. Dorila le hizo por esto alguna burla; pero ella se acostó sin contestar palabra, siempre cavilosa. 

Soñó esa noche con el hombre de la «cara de muerto.» Dora se despertó muy temprano desasosegada, y se puso en el acto de pie. 

Lucía recién la aurora. Sus grandes fajas azules, rojas y amarillas cuyo esplendor ensanchaban más las brumas tenues del horizonte, alargábanse tras de la loma y del monte como un inmenso chal de fantasía. Todo se movía ya en el campo: aves, peones, ganados y perros. 

Los gritos de los loros en los árboles de la barranca y de los horneros sobre sus nidos de lodo, reunidos a las voces de alboroto de los «chajaes» en los próximos pantanos y de los «terus» en la llanura, daban extraña vida vigorosa a los contornos en medio de su misma tristeza montaraz. 

Después de recorrer maquinalmente algunos sitios, Dora se dirigió a la huerta con ánimo de escoger legumbres y descubrir nidadas de gallinas entre las grandes matas de las plantas rastreras. 

En esa diligencia estaba, cuando sus ojos descubrieron a raíz de una pita envejecida algo como un bulto o atado blanco que en el instante parecióle ser el «rebozo» de lana que ella abandonara el día anterior junto al abra del monte. 

-¡Ah! -exclamó en un arranque de alegría infantil-. ¡Si es mi «rebozo»! 

Lanzóse sin demora sobre el objeto, y al alargar la mano pareció vacilar en tirar de la manta; pero bien luego se resolvió, y cogiéndola con dos dedos, la hizo rodar por el pasto. 

El «rebozo» se desenvolvió al caer, y una cosa redonda resguardada por una capa de hojas verdes y frescas se deslizó hasta sus pies con la docilidad de una bola. 

La joven retrocedió recelosa al principio, creyendo todo lo malo; mas de súbito lanzó un pequeño grito y volvió a aproximarse confiada, mirando a todos lados como sorprendida agradablemente. 

Las hojas frescas se habían desprendido del objeto redondo, poniendo a la vista chorreando gotas de miel la hermosa «lechiguana» de la víspera. 

Dora la recogió, pues no contenía una sola avispa; y fuese a enseñársela callada y pensativa a su hermana, que aún se revolvía en el lecho. 

-¡Mira! -exclamó Nata muy admirada-. ¿Quién lo trajo? 

-No sé.

Dora acompañó su frase con una mueca. 

Las dos se quedaron mirando el gran globo plomizo. 

-Quién sabe lo que será esto -dijo Dora de pronto, observando con visible desagrado que tenía untados de miel los dedos. 

-Sí, es muy raro -objetó Nata. 

Dora se volvió hacia la puerta, diciendo: 

-El rebozo también apareció. 

Tras de estas palabras tiró al patio la «lechiguana» que al rodar lejos fue esparciendo por aquí y acullá sus hojaldres hasta detenerse en el muro de la cocina, donde rebotó como una cáscara vacía para sepultarse en un hoyo. 

Momentos después, Dora se acercó muy grave al ventanillo de don Anacleto, separando sin miramiento alguno las plantas parietarias que se enroscaban delante lujuriosas, dejando apenas un corto espacio para dar cabida a una persona junto a la reja. 

La pieza que habitaba el capataz con uno de sus compañeros era espaciosa, y en su arreglo interior bastante pintoresca. Catres fuertes, pieles, banquetas improvisadas con cabezas de bueyes viejos, una mesa de pino blanco, dos guitarras resquebrajadas ya por el tiempo y muy morenas en la caja por el uso, aunque con todas sus cuerdas, «lazos», «maneadores», «tres Marías»,cabestros, bozales, «redomonas», estribos de madera, cueros de zorros y gatos monteses, tijeras de esquila, marcas de hierro, sogas y lonjas para «tientos», recados completos, frenos y riendas, charque en abundancia, rollos de tabaco negro envueltos en «chala», un tercio de «yerba-mate», y otras cosas y utensilios aparecían diseminados en el suelo, paredes y huecos o colgantes de la cumbrera sin orden ni simetría. No faltaban tampoco en medio de esta confusión, resaltantes sobre el muro negro con sus colores vivísimos de sangre de toro y yema de huevo, dos o tres imágenes de santos, el arcángel San Gabriel, San Jorge matando al dragón y otra pintura de ánimas saliendo del purgatorio. Algunos mechones de cerdas de caballo pendían de astas de venado a los flancos. Bajo el ventanillo de cruz de hierro, una olla regular tumbada por falta de un pie servía de depósito a un montón de «garras» y sebo fresco3 propio para candiles. 

Dos o tres clases de enredaderas silvestres, por la parte de afuera, cubrían el ventanillo, llevando sus largas guías hasta más arriba de los aleros; por manera que mezclábanse habas del aire, campánulas azules, hojas canaliculadas en gracioso tumulto formando arcada la siempre verde, -punto de cita de pájaros-moscas, «viudillas» y pica-flores al salir el sol o al caer la tarde. Aovaban también allí algunas de estas avecitas, y de sus huevezuelos daba cuenta con frecuencia Dora para fabricar collares o sartas caprichosas que le duraban lo que una campanilla de parietaria. 

Entre estas enredaderas fue donde se metió Dora, sin poner como decíamos, mucha atención en los destrozos que ocasionara a su paso. 

Estaba el capataz muy absorbido en la confección de un cabestro, puesta la yema del pulgar izquierdo debajo de la tira de cuero muy tirante sujeta por una presilla con botón en el hierro vertical de la cruz, en tanto que con su mano derecha, tostada y callosa, deslizaba el cuchillo por el borde del cabestro levantando bajo el filo largos rulos de piel seca; cuando asomó en el ventanillo el rostro picaresco de la joven, quien le decía con un acento humilde: 

-Esas avispas son como fieras, don Anacleto... Vea usted, yo no tuve la culpa si lo picaron, y vengo a prevenirle que es bueno para eso un poco de sebo de la riñonada, porque suaviza mucho y quita el ardor. ¿No se ha puesto usted?... 

El capataz, suspendiendo en el acto su tarea, la miró con un aire de bondad mezclado a taimonía, contestando en tono socarrón: 

-La cosa no es para tanto, niña... Ya no me escuecen las picazones, y lo que siento es haberles dejado el «camoatí». 

-Si apareció hoy con el «rebozo» en la huerta, don Anacleto, y yo lo he tirado ahí junto a la cocina. ¿No adivina usted quién ha podido traerlo, entonces, si no ha sido usted mismo o Nereo? 

-No sé nada -repuso el capataz con sorna-. Yo no lo truje. 

-¿Y los peones?

-Pueda ser, niña. Pero, cuasi aseguro que no, porque esa es gente que nunca chupa miel de avispas y se recoge temprano para ganarle la delantera al sueño... La negra habrá andado por el abra, y sin más ni más agarrado el panal aunque los bichos se le prendieran en la trompa. 

-¡No! Si Guadalupe no se ha movido ayer de tarde, ni lo habría puesto entre las pitas de la huerta, enterito como estaba... 

-Si no hay rastro de hocico, es otra cosa -observó el capataz reflexionando, con la mano en la barba. 

-Boca será don Anacleto, pues mi negra no tiene hocico -dijo Dora un poco enfadada. 

-Lo mesmo es, niña -respondió el viejo-. Ahora caigo porqué «hullaban» tanto los perros a más de media noche, por junto y parejo, como hacen cuando andan por el campo «aparecidos» o leones hambrientos... 

-¿Qué dice usted, don Anacleto? 

-Nada digo, sino que algún «matrero» trujo la miel, y a la fija se llevó algún cordero a la vuelta -contestó el capataz, recomenzando su tarea con aire muy serio. 

Dora se quedó meditabunda, y apartóse luego del ventanillo. 

No impuso a su hermana de esta conversación. Nata sin embargo, hablóla en ese y en el siguiente día, de ciertos ruidos extraños que ella había sentido la noche que se siguió a la aventura; rumores mezclados al ladrido de los perros, que siempre anuncian gente en el campo, y que le robaron el sueño. Dorila se limitó a encogerse de hombros y a reírse de sus preocupaciones. 

-Habré soñado -dijo Natalia-; pero yo juraría que hasta sentí voces, así como de quien encariña los mastines y los vuelve mansos, porque al momento no más los perros en vez de ladrar furiosos como al principio rezongaban bajo casi vencidos... 

Don Luciano, a quien ninguna de estas cosas cogía de sorpresa, ni podían tomarle otras mayores que él presentía, acompañaba a Dora en sus risas sin abrir comentario alguno sobre las ánimas o los duendes de media noche. 

De todas maneras, Nata no volvió a sus paseos entregándose a sus labores, al punto de pasarse horas enteras junto al bastidor bordando sus telas; muy superior en esto de dar entretenimiento a las manos a Dora, quien nunca salía de la bastilla o hilván menudo por animosidad a la aguja más que por el dolor que sintiera en las espaldas de que algunas veces se quejaba, aun cuando en otro género de tareas fuese diligente y animosa. 

Nada de ello privaba que ésta siguiese en sus excusiones a pie o a caballo, con la compañera forzada, en reemplazo de Natalia, que era la negra Guadalupe; mocetona verdaderamente corpulenta y guapa con su pelillo en forma de racimos de saúco, sus ojos saltones de un color plomizo, su nariz chata y respingada en la punta con las alas muy abiertas y su boca grande de labios pulposos con dientes tan blancos y parejos, que bien podían compararse a los granos de «mazamorra» con leche que ella sabía preparar los días de fiesta. 

Nada de notable ocurrió en estos paseos, que diese lugar a temores o desconfianzas; lo que fue devolviendo la tranquilidad al ánimo de Nata que ya empezaba a echar de menos sus horas de libertad por las tardes, días después de los incidentes relatados; y especialmente su gira casi cuotidiana a la ribera del río, bajo el sauzal de los patos. 

Por su parte, y en el interés de la compañía, Dora no dejaba nunca de encarecerle los buenos momentos que pasaba con Guadalupe, cuando se iban en busca de nidos y habas del aire. 

Tanto insistió a este respecto, dando a las menores cosas un colorido de sobra interesante, que logró al fin arrancar a su hermana de su retiro, a cuya sombra protectora la piel de su rostro y manos había casi recobrado la prístina blancura. Natalia sonrióse una tarde y se dio por vencida. Fue el de los sauces el sitio encogido, el cual quedaba a poca distancia de las «casas», sobre la escarpa del río. 

En esa parte del monte en forma de herradura abríase una picada o sendero angosto, a través de «talas», espinillos y «guayacanes» que concluía en la ribera arenosa, desde cuya playa dominábase el río en todo su ancho; y por un claro espacioso del monte en la orilla opuesta, una gran zona de la campaña, con sus planicies y «cuchillas» matorrales y hondonadas. 

Por este sendero, muy conocido se entraron las dos jóvenes, yéndose a sentar en el amplio tronco de un sauce cuyos gajos flexibles en correctos arcos humedecían en las aguas sus extremos, formando un pasaje umbrío -por donde desfilaban en la tarde de uno en fondo nutrias y «macaes». 

La corteza blanda aparecía rayada en diversos sitios con un punzón, rayaduras que eran cifras y letras hechas al descuido por la mano de Dora; tan mal inscriptas que debió haber puesto al pie de cada una -ésta es una X, o éste es un 5- a fin de no equivocarse luego ella misma, que llegaba a comparar la primera con una patita de chingolo, y el segundo a un copete de cardenal. 

En silencio permanecieron algunos momentos. 

Después, como tuviese Dora delante de su vista un trecho o pequeña playa cubierta de ligero musgo, pareció darle tema a la memoria, porque dijo riendo: 

-Allí enterrábamos otros años los pollitos que se morían, cuando apenas tenían pelusa... ¿Te acuerdas, Nata? 

-Sí, -contestó ésta con aire distraído-. Les poníamos una cruz de ramitas. También a los pobres jilgueros, que tanto queríamos... 

-Me acuerdo -añadió Dora- que a los pocos días no podíamos ya resistir, y les sacábamos de encima la tierra para ver lo que había pasado dentro. 

-¡Cuántos gusanillos se movían!... Era un hormiguero. 

-¡Mira! -dijo Nata señalando a la otra orilla-. Por allí viene gente. 

Dora dirigió al sitio indicado sus ojos. 

En realidad, un grupo de hombres de caballería que al parecer venían buscando el vado, se habían acercado paso a paso hasta la escarpa del río; y clavando en el terreno húmedo los cuentos de sus lanzas adornadas de banderolas, puéstose a contemplar muy atentos y silenciosos a las dos mujeres del sauce, como a objetos bastante raros. 

Parecían haberse olvidado del deber y de la consigna para darse tan extraña tregua deliciosa. Un tanto absortos, pues, con sus greñas secas y polvorientas por encima de las mejillas tostadas, sus barbas espesas hasta el pecho y sus manos afirmadas en los astiles, fijos los ojos melancólicos en un solo blanco -allí estaban inmóviles con las cabezas altas, lo mismo que una banda de ñandúes en presencia de un paño que flota al aire o de un pato que se revuelca en las hierbas. 

Nata y Dora se pusieron de pie lentamente, sin saber qué camino seguir, algo turbadas e inquietas. 

Al fin, uno de aquellos hombres levantando una pierna que hizo chocar en la carona, exclamó con voz enronquecida aunque perceptible a la distancia: 

-¡Se me hace que me llega esencia de «chirimoyo», Cristo bendito! 

El resto rió en coro -produciendo esta risa que brotaba de entre nutridos pelos, el efecto de un prolongado rezongo4 de «carpincho». 

Las dos hermanas escaparon corriendo, hasta trasponer el monte. 

Cerca ya de las casas, acortaron su carrera fatigadas, riéndose a su vez a pesar de la alarma; y cogiendo Dora a su hermana del brazo, preguntóla jadeante: 

-¿No sentiste mucho ruido de ramas, cuando pasamos junto a los ceibos?... A mí me pareció que era un hombre que se escurría... 

-Sería algún novillo.

-¡No!

-¿Si vendrán esos soldados en busca de los «matreros»? 

-Habrán equivocado el paso, y eso es todo. 

-Sí, ¡poco baqueanos son ellos para no dar con él! 

-No creas. Esa caballería trae algún intento de este lado del monte... 

Una detonación de arma de fuego en la orilla que acababan de abandonar, cortó aquí la frase a Dora. Sucediéronse a ésta dos más, y luego gritos y voces recias que se alejaban. 

A poco algunas nubecillas blancas como lana cardada surgían de las flotantes bóvedas del bosque, remontándose en suave remolinos por la atmósfera serena. 

Cuando las hermanas se entraban en el patio, salía don Luciano apresuradamente con su catalejo y poníase a descubrir el campo por la parte del monte. 

Sin separar el instrumento de la visual, dijo, viéndolas venir: 

-No conviene que anden cerca del río... En un derrepente van a morder a estas muchachas en las piernas los perros cimarrones... si no es una bala de tercerola que las alcanza. ¡Don Anacleto! -gritó seguidamente al capataz que se aproximaba-, repunte la tropilla del lado de la loma, y cuide de mi pangaré.... Sería bueno lo metiese temprano en la enramada. Haga arrear también la majadita del «tronco» hasta aquí encima, y que las borregas pellizquen lo que puedan... ¡Diablo de alboroto, caneja! ¡No parece sino que siempre hemos de estar oliendo a pólvora, mil cuernos!.... ¡Allegue las dos lecheras barrosas al palenque, y vea viejo que ese mancarrón macaco no dé con su pelada en lo duro! 

-¡Qué ha de dar! -contestó el capataz amoscado-. Dende que me conozco ningún mañero me ha cascao las liendres. 

Y en tanto atendía al reclamo, seguido de dos peones, tan viejos como él, don Anacleto refunfuñaba: 

-Ya comienzan a los tiros...

Esta noche a la cuenta me chingolean el malacara y me hacen humo el «maneador»... No se enriede en las cuartas, compadre Calderón, y enderece esa tropilla al corral, ¿no ve que viene abriéndose cancha la yegua madrina? 

Paisano lerdo el Nereo, con sus lomos grandotes. ¡Mire sino cómo aparta aquella barrosa de la cría y se va encima de las guampas ese hombre condenado! 

-¡Oh! y le habrán gustado siempre más que el lado de la cola, compadre Anacleto, -repuso Calderón, entrecerrando un ojo. 

-Asina será... ¡Costalee ese animal y véngalo coleando don Nereo, que el becerro viene atrás de la ubre! 

Estas voces sobresalían pujantes al ruido del ganado menor y mayor arrollado hacia el corral y el palenque, y al de los galopes alternados con troteos a son de rebenque y rodajas. Una gran nube de polvo envolvía hombres y cuadrúpedos. Balidos y relinchos completaban el concierto, en medio del cual desempeñaban los cencerros una función importante. 

Don Luciano seguía dando sus órdenes a pesar del tumulto, y sus viejos servidores obedeciéndolas, aunque no con mucho acierto en todos los momentos, a causa de la confusión, la distancia o la sordera crónica de alguno de los peones -así impropiamente llamados en las estancias, siendo antes que eso, centauros. 

En la parte del monte, sin embargo, nada inducía ya a sospecha o temor, después de los tiros y gritos que habían motivado la alarma. El bosque en sus orillas e isletas visibles, aparecía silencioso; ningún hombre había asomado al llano, y las mismas aves de la ribera del río - patos, espátulas y garzas- remontándose o abatiéndose tranquilas entre los juncos y espadañas, indicaban el mayor sosiego en aquellos lugares solitarios. 

Las jóvenes, bajo la impresión natural todavía, que les había producido el suceso, fueron encaminando sus pasos maquinalmente hasta la huerta; y habíanse sentado pensativas junto a los pitacos -mirando hacia aquellos árboles inmóviles y mudos, con ese aire de curiosidad y de duda que imprime en el semblante el espectáculo de una escena aislada cualquiera de dramas ignorados. 

Luego se pusieron a conversar con vivacidad, nerviosas y excitadas; ora comentando el rumor entre el follaje de los ceibos que Dora había oído al pasar, ya la aproximación a la orilla de aquel grupo de hombres melenudos, ya las detonaciones cerca de los sauces, donde ellas habían estado muy confiadas; y como final de sus coloquios, convinieron en que alguna atingencia tenían con cosas tan raras los desconocidos que las sorprendieron en mitad de sus risas, la tarde en que tentaron apoderarse de la «lechiguana». 

-Lo que resulta de todo esto, -concluyó por decir Nata-, es que ya no podremos ir sin temores ni a la isleta de los sauces. 

-¡Dejaremos pasar algunos días, por si acaso! -repuso Dora. 

-Y volverá a suceder lo mismo. En verdad digo que no me siento con ánimo para andar más sola por allí. 

-¡Miedosa! ¿Qué sabes tú si esos hombres son perversos?... No lo demuestran, al menos. Ya tenían tiempo de haber dado alguna prueba, y entre tanto, recuerda lo que papá nos ha dicho. 

-Porque él es bueno, y nunca piensa nada malo de los demás. 

-Mira: yo creo que la «lechiguana» fue traída aquí por uno de aquellos que vimos... tal vez por el de cabello rubio... 

-¿Por qué lo supones?

-No sé... Me parece... lo presiento. 

-¡Loquilla! Ya te lo imaginas muy apuesto. 

-¡Ya verás! -exclamó Dora, refregándose las manos con cierta ansiedad. Te digo otra vez que no sé porqué me lo figuro; pero... esa cara... 

-¿Qué tenía? La habrás visto en sueños, como se ven otras nada lindas. 

-¡Quién sabe! Yo pienso que no, Natilla; algo me dice que la he visto en Montevideo, y tú también... 

Nata se puso a reír con una gracia adorable. 

Luego, dijo:

-¿Será aquel Pedro de Souza, de los Voluntarios Reales, que tanto te persigue? 

-¡Qué! -prorrumpió Dorila con ímpetu. Ese tiene el pelo castaño y los ojos verdosos. ¿Y qué iba a andar haciendo dentro de las breñas?... ¡Qué ocurrencia la tuya tan original! 

-Entonces, no sé... Tampoco puse mucha atención, con el susto. 

-Eso, más bien.

-¿Te acuerdas Dora, cuando Souza te apuntaba el catalejo en el teatro, tieso en su silla, apenas acababan de encender las candilejas? 

-Y muy gallardo que me parecía, con su traje de paño, bien abrochado y una media charretera en el hombro, -contestó Dora con un gesto de despecho. Está en Santa Lucía de guarnición. 

Pero, no se trata de ese...

Guadalupe interrumpió aquí el diálogo con su presencia, para advertir a las jóvenes que era hora de comer. 

 

V - Los cuentos de Don Anacleto 

La comida fue breve, y contra su costumbre, don Luciano se mostró grave, y las jóvenes taciturnas. Poco de nuevo se habló sobre el episodio del día. 

Presentábase muy hermosa la noche. Las hermanas se pasearon juntas largo rato en el patio, hasta sentirse fatigadas. 

Entonces sacaron del dormitorio unos bancos pequeños que pusieron a tino y otro lado de la puerta del comedor y se sentaron en ellos -con ánimo al parecer de aspirar aire libre buenos momentos. En realidad, corría una aura deliciosa. 

Vino el viejo capataz a hacerles compañía, según su hábito antiguo; aunque esta noche, con un ceño de marcada desconfianza y miradas escudriñadoras hacia el monte. 

Púsose una colilla de cigarro detrás de la oreja, y callado en cuclillas contra la puerta, observaba a las jóvenes, con las manos juntas entre las rodillas, el sombrero en la nuca y el barboquejo debajo de su nariz de garra -la barba canosa muy revuelta y doblada hacia el pecho y los ojos un tanto asediados por vejigas carnosas, fijos en la zona más oscura. 

Dio una tos bronca, y siguió en su silencio. 

Las hermanas se miraron, sonriéndose. 

-Empiece un cuento don Anacleto, -dijo Nata-. Se va usted haciendo un poco remolón. 

-No crea niña Natalia. Es que se nos va el humor a los viejos cada día que pasa, y semos asina como cuerda de guitarra que es fuerza afinar para que suene. 

Bueno, yo la afino -repuso Nata con dulzura. 

-¡Quién no ha de contar!... Pero yo no caigo en una cosa a gusto que venga a pelo, por complacerla. 

-Cuento de amores.

-De amores ha de ser y con abrojos niña -que nunca el hombre es de suerte, por lo mesmo que es engreído. 

Cuando le toca la china parece cosa de milagro. 

-Nosotras no somos más afortunadas, don Anacleto -dijo Dora simulando la mayor pena. 

-A según y conforme, -respondió el capataz, con una tos grave. Cuando yo era mozo tenía muchos amigos, y no conocí a ninguno satisfecho por buena correspondencia o por aquel gusto que él se propuso sentir, eso que eran de chapeado y virolas, muy garifos en sus fletes, y de fama en el pago. Al ñudo se encalabrinaban todo a una, tendiéndole el ala a una moza muy garrida que moraba en una cuesta del valle, entre las toscas de la serranía, lo mesmo que pájaro huido; y no faltaba alguno que se ponía escapulario por alcanzar la gracia.

Era de balde. La moza no caía en el lazo de los requiebros, ni en los ardiles de la trova: ni trampa de pie de amigo -ni otra cosa es con guitarra. Ubalda miraba a todos igual, y al mirarlos los consumía como si fuese basilisco; por lo que ya magros de carnes los mozos -unos decían que a la cuenta era hija de bruja, y otros- para peor, que era engendro de murciégalo y de calandria... 

-¿Ese es el cuento, don Anacleto? -interrumpióle Dora con aire de mucho interés. 

-En el comienzo voy. Para decir verdad, es una historia que pasó, y no invento que se me antoja. 

-¡Qué linda debe ser! -dijo Nata-. A mí me gustan las cosas verdaderas. 

-Ya estoy ansiosa -añadió Dora sonriendo. 

El capataz se recostó bien contra la pared, mirando las estrellas; y luego de acariciarse la barba, prosiguió muy formal: 

-Una ocasión cayó al pago un mozo forastero como de veinte o treinta años con la cara hoyosa, los ojos de lechuza medio salidos, nariz que parecía un «bircuyá», paletas grandes y muy dientudo el hombre, con el pelo tieso como crin de chivato, -que se llamaba Nicasio de apelativo;- y junto con el llegar de este forastero fue alboroto, como quiera que la gente del pago era medio tentada de la risa. 

Nicasio no se fijó en eso diciendo que cuasi todas las risas, por ser de envidia, se parecían a las roncas del gato: muchos dientes finos, muchos bigotes tiesos y mucho lomo hinchado. Asina feo como era se puso a obsequiar a Ubalda; y con sorpresa grande se vido que ella comenzó a redetirse dende que lo miró. 

La hermosura a la fija la tendría por adentro este forastero, lo mesmo que está lo gustoso del «macachín» abajo del amargor; porque de otra laya no acertaban con el tiro los mozos del pago. 

Ya se ve -decían todos;- más vale llegar a tiempo que ser convidado. 

Noche a noche caía Nicasio al rancho de Ubalda, y se retiraba temprano por no ser cargoso, contento con su buenaventura y hablando siempre de hacerla su mujer. ¡Miren que miel para esa boca! -intrigaban los mozos. Pues no hay más que correrlo al dientudo... 

Dora sofocando sus ímpetus de reír, interrumpió aquí al capataz, diciendo con bien fraguada indignación: 

-¿Y que tenían ellos que mezclarse en lo que no les importaba? Si Ubaldina quería a Nicasio, esos pretendientes debía irse a sus casas, a tomar «mate» en la cocina... 

-¡Ahí está, niña! A los hombres les gustaba mangonear por el gusto de entrometerse en lo ajeno; y para mejor, cuando el padre de Ubalda que andaba «tropeando», cayó en el rancho una tardecita, preguntó qué hacía allí sentado en una Cabeza de Vaca aquel basilisco; y como le contestasen que era el consentido de la moza se puso el viejo a bufar y a quererlo despedir sin más saber del asunto. Las lágrimas le saltaban a Ubaldina, la madre se ponía de su costado y Nicasio hacía empeño por amansarlo. 

Todo fue al ñudo.

-¡Que crueldad no oírlo, don Anacleto! 

-Asina es. Como campanas de palo son las razones de un pobre... 

No hubo que hacer: Nicasio se marchó llevándose el corazón de la moza, y dicen que iba triste esa tarde como el que ha perdido la madre, montado en un «redomón» doradillo, rumbo a un abra de la sierra, en busca de algún matorral grande a la cuenta para esconderse de la mozada zumbona. 

Cuando se supo la cosa, el pago se revolvió lo mesmo que nido de «mangangá» en que se ha metido una mosca brava por equivocación5. ¡Mordisco aquí y pinchazo allá, no dejaban al forastero ni una nada de pellejo sano; y era de ver cómo miraban a Ubaldina los que ella no había querido!... 

La pobre moza era un manantial de llanto; por las mañanitas cuando los pájaros comienzan a picotearse las plumas y anda saltando el ganado retozón y suena el cencerro de la yegua madrina metiendo alboroto en el campo, se le vía junto al palenque como una viuda afligida con los ojos ñublados en el abra aquella en que se hundió Nicasio, siempre firme en que él había de volver, porque no era menos que la piedra que cae del cerro al bajo para juntarse con las otras sin que naide la arrempuje. 

Pero, a los pocos días, se corrió que Nicasio había caído de una barranca alta, y que lo había apretado el «redomón» dejándolo muerto en la zanja. Cuasi todos se alegraron del mal del prójimo, cuando un «tropero» trujo la noticia a la casa de negocio del Gavilán, -que era donde la mozada se juntaba para jugar al naipe. 

¡Qué breva para el forastero! -habían dicho antes, cuando el padre de Ubalda lo despidió. Ahora dijeron: -¡Consuelo te den los «caranchos», hoyoso! 

Ubaldina se escondió en el rancho como si hubiese ganado abajo de la tierra, a llorar a la fija hasta quedarse lo mesmo que un junco. ¿Quién había de enjuagarle los ojos, que no fuese ella mesma? Naide se para a alzar la pobre borrega que anda solita balando por el campo cuando sopla viento frío, -a no ser el dueño; -y naide tampoco le saca a la gama cuando se clava, la espina del dedo, si no es para afirmarle mejor un tiro de bolas. Con Ubalda la ley era pareja... 

-¿Y Nicasio? -preguntó Dora roja de risa-. No dice usted si murió de veras, don Anacleto. 

-¿Nicasio?

-Sí, -observó Nata-. Yo me intereso por el pobre a quien deja usted en una zanja cerca de los tigres allí... 

-No lo comieron niña; aunque no me acuerdo si dije que había tigres allí... 

-¡Sí que dijo!

-Será asina -Como resentido y agraviado tenía Nicasio que dar la vuelta, y la dio, como que las cosas no habían pasado sino de la laya siguiente: el que se había golpeado en la barranca no era él, sino el padre mesmo de Ubalda que iba a apartar para tropa en el valle; y quien lo sacó por projimidad de abajo del roano con una canilla rota, fue el chucueco Nicasio en cuerpo y alma; por lo que el viejo dijo que aquello parecía cosa de otro mundo. Dijo más el lisiado: «Este Nicasio no tiene la cara tan fiera, y lo he de servir dándole mujer a su guto.» 

El mesmo envidioso que dio una6 noticia contraria, fue a contar la verdadera a la casa del Gavilán, cuando todavía seguía el chacoteo en la mozada. 

Jugaban al truco, retozando. Carmelo, el más ladino y «payador», tironeaba para abajo el naipe apretándolo, por verle la lista, aunque parecía que no quería verla; los otros habían hecho con sus hojas cañutos y se reían o chiflaban, por el gusto de lucirse. Y al tironear al ñudo, Carmelo canturreaba, 

Mariquita me dio un ramo, 
que le tomase el olor... 
Si querés llamarte Rosa 
conserváte siempre... flor. 

Dijo. Y otro contestó: ¡envido! -Fue en eso que entró el embustero y les indilgó la fresca. Todos dejaron caer las barajas aturdidos, y uno gritó: ¡esa es grilla, cuñao!- 

No es grilla aparceros, -respondió él- sino cosa de verdad, y si miento que me parta un rayo ahora mesmo... 

-¿Llovía y tronaba en ese momento, don Anacleto? 

-No lo sé a la fija; pero el cielo estaba tordillo oscuro, y «refucilaba» fuerte... El caso es que se armó una «tinguitanga» de todos los diablos en el Gavilán, y que poco faltó para que lo «achurasen» al «tropero» mentiroso; lo que hubiera acontecido si no hubiese escapado como un viento. 

El caso es que una tardecita caliente, de esas que le gustan al «aguacil» y al chingolo, estaba la moza toda achirlada en la puerta del rancho, cuando vido que se allegaba Nicasio junto con su padre. 

Ubalda cuasi se cayó de alegría encima de un paisano viejo, que andaba por consolarla en sus pesares con la ciencia que dan los años. 

El «tropero» al llegar le dijo, medio quejoso: 

«Ahí está, muchacha. Yo te lo traigo a este «matrerazo» por si te gusta... ¡Decí que no, ladina!... En la barranca maldita de sierra adentro, más dura que pared de iglesia, rodó el roano y me apretó. ¡De nada me valieron el cuerpo y la vista, canejo! Porque el mancarrón se arrolló atrás de mí como un mataco, y en un repeluz me hizo añicos la canilla.» 

Sin dejarlo más hablar, lo bajaron al viejo y lo acostaron. 

Después, Nicasio dijo que él sabía sanar las heridas, sin poner el ungüento al sereno, ni los trapitos a la luna; nada más que con unas tablas chicas, que había que ajustarle al hueso. Como si fuese brujería, en una semana el «tropero» aseguró que ya podía mover bien la lisiada. 

Vean niñas: medio brujo tenía que ser Nicasio, porque el caracú viejo no se pega no más asina... 

-¡Pobre don Tropero! -prorrumpió Dora;- ¡Cómo sufriría! 

-Indalecio era el apelativo, no Tropero. Yo lo llamo asina porque acarreaba ganado de la sierra; y eran pocos tan baqueanos, para apartar reses gordas entre los pedregales y tirarle las «boleadoras» al novillo serrano que quería ganar los barrancos, con los cuernos como ahujas y... 

-¡Oh, don Anacleto! -dijo Nata-. El cuento era de amores... 

-Como iba diciendo, niña...

Sin tártago, ni «cambará», ni yerba de las piedras, Nicasio curó al hombre, y lo puso derecho. Entróse entonces a arreglar el casamiento en el pueblito, que estaba a un galope de dos leguas. El padre-cura no vido inconviniente, diciendo que él se alegraría de asujetar las dos almas con el mesmo yugo, porque asina se vían menos en pique de perderse. 

Pero, la mozada descontenta no fue de ese parecer, y todos juraron que le habían de jugar a Nicasio una mala partida, por haberles venido a robar la flor del pago. 

Y fue que, en la tarde antes del casorio, se juntaron hasta unos cinco o seis entre las piedras grandes del valle, en la cuesta; montado Carmelo en zancos, y todos con mechas ensebadas a modo de candiles, para prenderlos en la noche y salirle con ellos al encuentro al forastero cuando cruzase para el rancho. 

Nicasio pasó sin recelo una «cañada» al tranco de su tordillo, y se fue acercando al pedregal. Aunque estaba escuro el cielo, venía el hombre mirando estrellas de puro gusto; y estrellas vido en un redepente en la escuridad, porque al pronto, como luces amarillas de las ánimas en pena, lo cegaron los candiles de la gente emboscada: y una fantasma del grandor de un «canelón» que traía una luminaria en la mano y parecía echar humo negro por la boca se le vino encima a saltos de langosta, gritando: «¡Oingalé al duro, y se duebla! ¡A la uña, aparceros!» 

Pero, el forastero que no era ni medio manco, se hizo a un lado sin gran julepe y sacando un gran trabuco, dijo: 

-¡No se me allegue el que no quiera morir y abran paso! 

Uno de los mozos, viendo que Nicasio hacía uso de armas, sacó otra de fuego; pero ya cuando él bajaba el gatillo, y ponía a Carmelo con los zancos para arriba, como cae la cigüeña que está comiéndose un pescado y recibe un chumbo en la cabeza. En mirando esto, el mozo tiró también, y tan a la fija, que a Nicasio le alcanzó un balín en un ojo, volteándolo por los cuartos en menos que tardó en chispear la piedra. 

Asina que Ubalda supo esto, corrió sola al matorral, sin que la gente pudiese privarla de ver muerto a su novio. Esa noche no volvió, y creyeron que se había refugiado en alguna «tapera», a llorar su desgracia. La buscaron por todas partes, sin encontrarla en ninguna como si la hubiese tragado la tierra; sólo hallaron un pañuelo suyo mojado en sangre junto al cuerpo de Nicasio, y con el que a la cuenta le había estado secando la herida al difunto. 

Y muchos días y meses pasaron, sin saberse más de Ubaldina, aunque se registraron montes y barrancos, por si en ellos había rastro de la pobre perdida. 

Y dicen las mujeres del pago que, por allí junto al matorral del suceso, se vía siempre una fantasma blanca que corría atrás de una lucecita amarilla, después de la media noche; y que, cuando esa linterna se apagaba en la boca mesma de un pozo que cerca de la sierra había, la fantasma se hacía humo negro, hasta perderse entre un monte espeso a donde naide entró nunca. 

En este punto iba de su relato don Anacleto, y escuchábanle en parte las jóvenes, tentadas a cada instante de la risa -a pesar de lo trágico del asunto- por el modo que de narrarlo tenía, cuando un jinete sujetando el caballo en la cresta de la vecina loma, dejó a todos en suspenso, con no poca sorpresa y sobresalto. 

El primer impulso en las hermanas fue el de entrarse al comedor, y se pusieron de pie en el umbral; pero notando que el jinete se acercaba al trote rumbo a la enramada, sin compañía, y con aire reposado, Dora se apresuró a decir entre riente y temblorosa, deteniendo a Nata del brazo: 

-¡Vea don Anacleto que se le ofrece a ese hombre, que de aquí se me está pareciendo mucho a Nicasio! 

El capataz se paró, mirando muy atento al que se aproximaba; y como hallase demasiado misterioso y negro al jinete, al punto de no descubrirle ni una pinta blanca en el cuerpo, y que se avanzaba callado cubierto con un sombrero como un hongo, -repuso con aire grave: 

-Permítanme niñas, que vaya a buscar el trabuco, porque se me hace que ese que se allega «no es trigo limpio». 

Y sin agregar más palabra, fuese precipitadamente a su habitación, acomodándose el cinto sintiendo que se aflojaban las puntas del chiripá, -a consecuencia tal vez, de haber estado tanto tiempo en cuclillas sentado sobre los talones. 

Nada agradable fue a las jóvenes el verse solas. Después de titubear un momento, entráronse, llamando a voces a su padre. 

Don Luciano, que escribía, muy absorto en sus apuntes, en mangas de camisa por el calor, levantóse en el acto, dejando la pluma, y vino sin pérdida de tiempo al llamado. 

- Mira, papá, -dijo Dora;- ¡ahí llega un hombre! 

-¿Y es ese motivo de alarma?

-Precisamente no: pero después de lo sucedido esta tarde, creemos que hay razón... 

-¿Por qué ha de haberla?... ¡Vamos a ver! 

El hacendado salió al patio; y en medio de él se paró, con la camisa abierta en el pecho y las manos en la cintura, la cabeza al aire libre y una actitud desenvuelta y tranquila -propia de hombre muy sano y entero. 

Cerca encontrábase sombrero en mano y apostura militar -firme y respetuoso-, un mocetón renegrido, de quien era sin duda un caballo que piafaba, atado al palenque. 

Al divisarle y medirle con una ojeada de campero sagaz, don Luciano dijo con autoridad, como si lo conociera: 

-¿Cómo te va, negro?

-Muy bien mi señor, para servir a su merced. 

-¿Qué andas haciendo? 

-Venía hablarle al señor de una cosa de apuro... 

-¿A esta hora?

-Crea su merced que es una obra de caridad, y que corre priesa... Mi amo está lastimado y metido ahí en el monte; y como hay que cuidarlo al abrigo, vengo a pedirle permiso para traerlo a ese rancho viejo que hay en el bajo, siquiera por unos días... 

-¿Tú tienes amo?

-Como digo, mi señor; aunque él me dio libertad -repuso el negro con acento cariñoso, a la par que humilde. 

-¿Y cómo se llama?

-Luis María Berón.

Don Luciano quedóse un instante en silencio, un tanto sorprendido. 

Nata y Dora escuchaban todo desde el ventanillo del dormitorio, no menos admiradas que el bueno de Robledo. 

El negro, que parecía despejado y resuelto, siguió hablando sin dejar de atender a uno y otro lado a los perros que lo olfateaban formando como una ronda atenta y gruñidora. 

-Nosotros moramos en el «potrero» del monte, más arriba de la isleta que su merced conoce, pero todos los días venimos hasta el rincón, y muchas veces espantamos para afuera el ganado alzado por hacer bien a su merced... 

-¡Hombre! Por eso he visto esta mañana una punta de «orejanos» arrimada al rodeo. 

-Pues para que vea mi señor; a mi amo se le puso entretenerse en esa faena y tanto fue el empeño, que lo cogió en una pierna un novillo bravo, y ahí está medio lisiado, sin poder montar y con fiebre. 

-¡No hay entonces más que curarse, demonios!... Malas diversiones son esas de jugarse con los cuernos... ¿Y qué anda buscando tu señor por el monte, a trueque de semejantes caricias? ¡Vaya un gusto, caneja!... Berón... Conozco un apelativo así... En fin, por ahora, Benito... 

-Esteban me llamo, para servir a su merced. 

-Bueno, Esteban... Por ahora arréglense ahí donde dices, como Dios los ayude, que mañana será otro día, y  daré orden al capataz para que los atienda bien. Pero mira negro que en ese rancho viejo hay más sapos y sabandijas que «colas de zorro» en el campo... 

Sonrióse Esteban hasta blanquearle los dientes, resaltantes como el globo de sus ojos en la oscuridad. 

-Eso no importa, señor. Yo me encargo de espantar los bichos y de «quinchar» un poco el rancho para que no entren el agua y el viento. 

-¡Convenido! Te faculto para todo, que si eres tan diestro para esas maniobras como ladino para explicarte, la cosa promete. 

-Ya verá su merced. Le voy a arreglar lindo la «tapera»; y no vamos a estar más que unos dos o tres días, hasta que se alivie un poco el enfermo. Después nos vamos a nuestra «casa», allá en el «potrerillo»... 

-¡No hay más que hablar! Si precisas algo ahora, no tienes sino pedir, sin pelillos, ni vueltas de capacho. 

-Nada, mi señor, a no ser muchos perdones por el atrevimiento... 

-Todos los que quieras, bien hablado.

-¡Gracias a su merced!

Esto diciendo, Esteban hizo un cambio de frente para retirarse, viendo que el hacendado se entraba en el comedor; pero, Dora que hacía un instante había vuelto tras corta ausencia al ventanillo, gritóle muy afanosa y comedida: 

-¡No se vaya sin llevar esto, que puede servir! 

Volvióse el negro solícito, y de las manos de la joven tomó un montón de hilas y unas tiras de género blanco. 

Luego saludó muy respetuoso, y se fue, balbuceando algunas frases de agradecimiento. 

-¡Qué negro bien criado! -exclamó Dora. 

-¿Has visto? -repuso Nata con asombro-. Se me va quitando el miedo. ¿Qué habrá en todo esto, Dorila? 

Iba a contestar Dora, cuando la presencia de don Anacleto en el patio, a paso lento y cauteloso, con un trabuco cruzado por delante en la cintura, provocó en ella un acceso repentino de risa, que como siempre, contagió a su hermana. 

Los perros ladraban detrás del jinete, que se dirigía a la cuesta cercana al monte, a paso de trote. 

-¡Ahí se va el «matrero», don Anacleto!... -gritóle Dora, ahogando en lo posible su hilaridad. 

-Cállate Dorila -dijo Nata.

-¡Si esto me divierte, déjame!... 

El capataz, con la mano en la culata del trabuco y con aire sigiloso, volvióse apenas, al pasar por delante del ventanillo, para decir con acento bajo: 

-Vi que le blanqueaban los ojos al negro, y no hice la atropellada por no disgustar al patrón... 

Pero, ya lo filié...

Y siguió hasta el cerco de la huerta, tieso y arrogante. 

Nata, al contrario de Dora que reía a sofocarse, púsose cavilosa, y cerró la pequeña hoja del ventanillo, murmurando: 

-Ahora que estarán tan cerca de nosotras, siento más confianza... ¡Buenos sustos nos han dado! ¿No te parece que no son tan malos?

¡Piden las cosas con unos modos! 

-Yo te lo dije, repuso Dorila, moderando sus risas y enjugándose los ojos con un pañuelo. Tú eres la medrosa, que te negabas a todo viendo duendes hasta en un rayo de sol. 

-¡No tanto!... Confieso mi debilidad; pero, no podrás decir que no ha habido causa de miedo. Esta noche cierto es, me encuentro más tranquila, no sé por qué razón. 

-Si resultaran ciertas mis sospechas, ¡cómo te haría burla!... ¡Ya verás! 

Y al objetar esto Dora, moviendo de arriba abajo la cabeza con los ojos puestos en el techo y los labios fruncidos, a la vez que con un reflejo de raro alborozo en el semblante, lo hacía sentada en la piel de yaguareté, cruzadas las manos por delante de las rodillas -en infantil columpio el gentil cuerpo como si por él corriese azogue.

 

VI - Las nuevas de Guadalupe

Muy avanzado ya el día siguiente, brillando en espacios límpidos un sol abrasador, don Anacleto pudo observar que el rancho viejo se había transformado como por encanto; lo que hubo de llenarlo de asombro, pues si bien él había salido al campo desde antes de amanecer, y en el espacio de tiempo transcurrido bien podía operarse un milagro semejante, ninguna orden ni noticia había recibido respecto a esa «obra nueva». En realidad, la antigua vivienda o ruina existente junto al ribazo del arroyuelo que desembocaba en el río, no presentaba a esa hora el aspecto agreste y desolado que en el día anterior; por el contrario, su techumbre derruida había sido recompuesta con grandes y amarillentos manojos de paja brava, cortadas en las masiegas del estero; y segados a raíz, dentro y fuera, en un trecho considerable, gran número de cardos y cicutas, presentando desde lejos el suelo tal limpieza, que bien se podía jugar «a la taba» en el «playo» sin tropezarse con un solo «rastrojo». Este desbrozamiento formaba un semi-círculo delante de la puerta, o entrada al rancho mejor dicho, pues que aquella consistía en dos pieles de perros cimarrones, unidos y colgantes como un cortinaje; y se dilataba en línea recta al monte a través del cardizal como un caminito de haciendas al abrevadero. Dos o tres caballos pacían cerca, atados a la estaca. Salía humo de fogón, de la parte atrás del «mojinete». La enorme ojiva del ventanillo aparecía cubierta con un cuero de toro, clavado a la pared de «cebato» con estaquillas de laurel negro. A horcajadas en la cumbrera, tal vez dando la última mano al «quinchado», veíase un hombre negro muy afanoso, que al principio el capataz tomó por un mono descomunal -dados sus continuos y nerviosos movimientos. 

A fin de cerciorarse, fuese acercando paso a paso hasta la entrada de los cardos, y desde allí púsose la callosa mano a modo de visera en la frente para mirar mejor. 

A poco de estar en esa observación concienzuda, muy atento, vio salir del rancho un hombre alto y fornido, color de aceituna, que se sentó en cuclillas contra la pared, a fumar un cigarro con la mayor tranquilidad. 

Don Anacleto movió de uno a otro lado la cabeza, diciéndose algo perplejo: 

-El negro parece el mesmo... Pero éste, es charrúa, y cacique ha de ser a la fuerza por la poca gana que tiene de trabajar. ¡Indio forzudo y lerdo! Quién lo ve ahí tirado al sol en vez de ayudar al retinto, al igual de un lagarto viejo cuando canta la «chicharra»... Yo te había de dar perezoso si estuvieras conmigo; ladrón de guascas y de mancarrones, a la horita en que todos duermen, y cuando naide puede rayarte las costillas en campo raso... ¡Pero, es atrevimiento ganarse la «tapera» con la mesma facultá que una comadreja o un zorrino; o una viscacha, para el decir, que tanto da indio y negro como cimarrón y salvaje!... ¡Las pobres vaquillonas van a empezar a parar la oreja, y para mí tengo que los «orejanos» les vienen dende hace días sacando el cuerpo a estos mandrias!.... 

Interrumpió aquí el soliloquio del capataz, una mirada distraída y vagabunda del hombre en cuclillas; mirada que don Anacleto consideró siniestra y agresiva, por lo que en el acto mismo resolvió dar cuenta de todo a su patrón, volviendo riendas al trote más largo de su rosillo. 

Pronto estuvo encima de los agaves de la huerta, y allí fue detenido por Nata y Dora; quienes, cubiertas las cabezas con una especie de turbante para evitar en parte los ardores del mediodía, miraban con viva curiosidad hacia el rancho. 

-¿Qué hay, don Anacleto? -preguntó precipitadamente Dora. 

El viejo capataz sujetó el rosillo; y con gesto duro de hombre que ha campeado y viene en busca de armas con que arrostrar un peligro serio e imprevisto, contestó a voz en cuello: 

-¡Qué ha de haber, niña!... que en el niño de «tucutucus» de allí del «playo», se han metido como unos «cinco o doce» indios, anoche, después de canto de gallo a la fija y hasta me ha parecido ver entre los «yuyales» del costado, un porción de «osamentas» de animal yeguarizo... 

-¡No puede ser, don Anacleto! ¿Y cómo no alcanzamos a ver desde aquí esos hombres? 

-Andarían por el campo, -agregó Nata, un poco sobresaltada. 

El capataz escupió de lado, y dijo: 

-El indio, niñas, se agacha siempre y se escuende hasta en el trébol, por lo que ni el mataco que fuese les gana a hacerse una bola... Después tienen un olor que los descubre, cuasi como el zorrino, aunque se unten con chirimoyo... Yo no he visto más que uno, que estaba afilando una flecha junto a la puerta; pero, es seguro que los otros se encuentran en el rancho o tendidos boca arriba entre los pastos comiendo algunos pedazos de carne cruda. 

-¿Ni siquiera les vio usted las plumas del copete? 

-¡Nada!... Esos mugres se pegan a la tierra como la iguana entre los cardos, y el más baqueano se enquivoca si los encuentra, por parecerse a troncos de sauces caídos... 

Voy a avisarle al patrón, antes que se haga más tarde. 

Dejáronle ir las jóvenes, un tanto confusas por lo que habían oído, aun cuando les asistía una creencia contraria a lo aseverado por el capataz; creencia que confirmaba, en cierto modo la tranquilidad que reinaba en el campo, no descubriéndose persona alguna en toda la zona visible. Sabían ellas también, que él exageraba algo las cosas por -80- costumbre y por temperamento; y, en esa conciencia, no quisieron comunicarle nada de lo ocurrido en la noche anterior. 

-El pobre viejo tiene una cabeza de «chingolo», -dijo Dora incomodada. -¿No se le antoja que en la «tapera» está el cacique Pirú con toda una horda, cuando nada se ve en el bajo, fuera del negro Esteban?... ¡Yo creo que tiene hace mucho a los indios montados en la nariz! 

Como don Anacleto la ostentaba muy curva y larga, Natalia se rió de veras de la ocurrencia. 

-¡Será eso!... Con todo, no hay que descuidarse. 

-¡Yo no lo creo!

Mira. Una vez nos vino con la historia de que había en lo más hondo del «rincón» muerto un tigre, a brazo partido; mientras que, según Nereo, lo que había ultimado era un coatí. Cuando yo le pedí que me trajese el cuero, salió diciéndome que se había pudrido... Después nos trajo el cuento de que encontrándose una tarde a pie en el rodeo ajustando la cincha, lo había atropellado un toro malísimo... y que él, dándose vuelta muy ligero, lo había agarrado de los cuernos tirándolo al suelo como a un cochinillo de leche; y entre tanto, no tardó Calderón en venir a decir que una novilla le había dado en el vientre a don Anacleto, con solo el hocico, y tirádolo rodando de la cuesta abajo... 

-Es preciso dispensarlo, Dora -interrumpióle su hermana, riendo-: no ves que ya es viejo, y tiene que inventarlas... 

-¡No; si no me importa! Pero ¿por qué nos engaña así? 

-Será por vengarse de aquello de las avispas. 

Lo mismo que su pelea con los perros cimarrones... en la noche de navidad ¿te acuerdas?... Venía él todo sofocado, osco y bufando, con el pecho al aire y remangado hasta el hombro... Al otro día, en lugar de perros bravos muertos, papá halló junto al pajonal una pobre zorra descuartizada por los mastines de la estancia que él le había «chumado»... 

-¡Oye! -exclamó de súbito Nata-. Papá está hablando con don Anacleto. 

El dormitorio del señor Robledo tenía un ventanillo que daba a la huerta. Delante de este respiradero o ventilador, que tal parecía por su estrechez y su configuración, se había construido un pequeño cobertizo, a fin de evitar que el sol penetrase en verano. El hacendado, que se levantaba siempre muy de madrugada, hacía su siesta después de mediodía, y dejaba semi-abierto el ventanillo para que corriese el aire -protegido como lo estaba aquel en parte, por el cobertizo. Ya en su lecho, lo había sorprendido el capataz con sus noticias; y sobre la existencia en el bajo, de una horda, departían, cuando Nata hizo callar a Dora. 

Las jóvenes se acercaron, en el doble interés de oír algún dato nuevo y de disfrutar de la sombra. 

Poco de interesante pudieron escuchar.

Pero, minutos después, vieron con algún asombro que don Anacleto a caballo y Guadalupe a pie, llevando uno y otra provisiones y objetos diversos, se dirigían a las ruinas del estero, en franca y amena conversación. 

-¡Mejor! -dijo Dora con viveza, batiendo palmas-. ¡Ahora vamos a saber por Guadalupe todo! 

-Así es -añadió Nata- Tú podrás preguntarle a su regreso sobre lo que haya visto, y yo lo haré con don Anacleto, para comparar... 

-¡Me gusta! Así sabremos hasta qué extremo dice mentiras... Pero, me acuerdo ahora que la negra se le parece un poco; y si habla con Esteban, peor... 

-¡Maliciosa! ¿Qué importaría que conversase con el moreno? 

-¡Hum!... Capaz es de entusiasmarse la negrilla... 

-Cállate traviesa y vámonos, que el calor se hace insoportable. ¡Ya no puedo más! 

Y tras de estas palabras, Natalia fuese a prisa, para atravesar cuanto antes el terreno quemado por el sol. 

Dora corrió en pos, con la agilidad de una gama, en medio de risas y parloteos. 

No se demoraron mucho tiempo capataz y esclava, en el desempeño de su comisión. Transcurrida media hora apenas, estuvieron de vuelta en las «casas». Sin que la llamasen, Guadalupe entróse en la habitación de las jóvenes, con el rostro bañado en sudor y cierto aire de misterio, arreglándose todavía en la cabeza un pañuelo a cuadros rojos y amarillos que le servía de cofia. 

Antes que con la palabra, interrogóla Dora con los ojos, saliéndole al encuentro. 

Guadalupe, compañía cotidiana de la joven en el paseo a pie o a caballo, en el baño del manantial vecino y hasta en las fútiles diversiones y recreos campestres, sabía interpretar bien los menores gestos de Dorila; y por eso, se apresuró a decir: 

-No hay motivo para miedos, niñas, porque no son más que tres, un indio, un moreno y un... 

-¿Y un qué?... ¡Habla, pues! 

-¡Si viese que pinta de mozo, niña! Un señorito rubio, que tiene una cara que da gusto el mirarla, y unos ojos azules, que ni el cielo... 

-Entonces don Anacleto se engañó, Guadalupe; porque él nos dijo que había por lo menos una horda entera de charrúas en el bajo. 

-¡Qué! niña -exclamó la negra con sonrisa burlona;- uno solo, y ese manso; está vestido como la gente, y convidó con un cigarro a don Anacleto... Ni un pasto han dejado en el suelo y parece casa la «tapera», niña, como oye: el techo de nuevo y todas las cuevas tapadas. Como están cerquita del monte, han andado al trajín con los troncos; tienen fuego, mate y «churrasco». ¡Mire que entrusos esos!... 

-¿Y el enfermo?

-A lo largo, en un recado. Habló poco, para pedirle a don Anacleto que su merced el amo lo dispensase, y le diera las gracias. Que pronto sanará y vendrá a saludarlo, para irse; porque dijo que no quería abusar, estándose aquí muchos días. Don Anacleto le aseguró que mi amo era gustoso, y que no se afligiese... 

-Por supuesto. ¿Qué mal hay en que esté? Así fuesen todos... 

-¡Ay, niña! Qué triste parece el mozo. Como que está lastimado en una pierna, dicen, por un toro bravo. 

-¡Pobre! ¡Lejos de su familia! 

Una pena, niña. El indio y el moreno lo cuidan mucho, como a un señor; le lavan la lastimadura y le ponen la «yerba de la piedra». Muy contentos con las hilachas, y trapitos blancos que mandó la niña, que vinieron bien para el caso, porque estaban rompiendo sus ropas a pedazos... Dijo el herido que había de ser un alma buena, la que eso hacía con un desgraciado. 

-¡Mira, Nata, por tan poca cosa!... ¿Y no tiene madre, Guadalupe? 

-No sabré decirle, niña Dora, sino que parece marchito; talmente, que al mirarlo se ve lo que sufre. Se llama Luis María; por la figura, alto, mucho pelo rubio y tenía un pañuelo atado en la frente que él se mojaba a cada momento con agua, puesta en una cáscara de «mulita», muy blanca y limpia... El moreno se llama Esteban. 

-Sabemos ya eso... ¡Cuándo no te habías de fijar en el retinto, pizpireta! 

-Barrunta de buena casa, y se muestra muy agradecido con su merced. Después, aunque es trompudo, se las echa de muy leído... El indio, callado; pero siempre haciendo que se ríe, como si tuviese monos en la cara... 

A esta ocurrencia, sonrióse Natalia que oía en silencio; y fuese luego a recostar en su lecho con los ojos bajos, más que por sueño o cansancio, preocupada tal vez por las noticias e informes de la esclava. 

Así que ésta se retiró, Dorila hizo lo que su hermana. 

Miráronse las dos, con ánimo de comentar minuciosamente las cosas, puestas las manos en las mejillas y reclinadas con natural abandono; pero, cambiadas algunas frases vagas, se quedaron pensativas bien pronto, reconcentradas, casi hurañas -como si una misma emoción de extrañeza hubiese embargado por completo sus cerebros y estremecido de súbito sus corazones. 

Quizás a esto contribuía también la hora y la pesadez del día, de tan calor sofocante, capaz de abatir los organismos más fuertes. Por el ventanillo entreabierto, un tanto velado con una gasa verde, penetraba denso un aliento de fuego, a la par que el eco monótono e insistente de las cigarras y el sordo zumbido de los «mangangaes» que iban y venían cargados de polen de manzanilla, batiendo sus vidriosas alas delante de las maderas salientes del alero. Unido al de los abejorros, oíase la música del tábano y de cien insectos gruñones, crujir de élitros y trinar de golondrinas, al reparo, entre palpitaciones de alborozo. 

Pocas horas después, don Luciano, que se paseaba a pecho descubierto por el cuadro del cobertizo gozando del vientecillo todavía caldeado que soplaba de la loma, dijo a Guadalupe que no olvidara llevar buena cantidad de yerba y azúcar, -«misionera» la una y «rubia» la otra-, al rancho viejo; y que avisase al capataz repuntase la majada del tronco hacia el mismo sitio, para que «los hombres» apartaran lo que quisiesen comer. 

Entre capataz y esclava, solían promediar sus bregas y sus días de bonanza, que duraban períodos casi determinados; y al lleno de las primeras llegaron ese día, pues habían venido disputando a su regreso de la «tapera» con encono y verdadera tenacidad acerca de futilezas. Con todo, la negrilla lo buscó diligente en su tugurio; y no encontrándolo allí se dirigió a la cocina. 

Hallólo en cuclillas, con el mate en una mano y la caldera en la otra. 

Al entrar, dijo Guadalupe, con tono de autoridad: 

-Manda el amo que haga repuntar las ovejas para que carneen los hombres de la «tapera». 

Don Anacleto la miró en silencio, volviendo despacio sus pupilas ahumadas de córneas enrojecidas; y siguió sorbiendo su «mate cimarrón» hasta hacer sonar la «bombilla». 

-¡Parece sordo! -murmuró la negrilla, sacando el candil del hueso de caracú que, enclavado en un rejón de marca vieja servía de candelero. 

Y como viese luego que el capataz, en vez de darse por aludido, dejaba en el suelo el «mate» junto al fogón casi apagado, y sacando su cuchillo de cabo de asta se ponía a cortarse la uña del pulgar, paciente y concienzudamente, añadió más amostazada dándole la espalda, y como gruñendo: 

-Don Nereo todavía pase, aunque le conversen con un cuerno; ¡pero éste!... 

El capataz levantó la cabeza, y dijo con aire reposado: 

-Más aceite da un ladrillo.

¡Venime no más con enflautadas, tizón!... Yo sé porqué te das tanta maña para servir a los del rancho viejo. Ya vide que le guiñabas el ojo al cuervo... 

-¡Qué más se quisiera, el cabeza de cebolla! ¡No preciso de regodear a ninguno para merecer, mal hablado; que cuando lo quiera, lo tendré! 
-¡Hum!... Cuando hagan pis las gallinas. 

-¿Que dice?... ¡Animalito de Dios! ¡Quién lo ve tan viejo y tan zafao, por la virgen María! 

-Nunca lo fui; sino hombre de esperencia en estas cosas. 

-Por eso te digo eso, que te ha acalambrao tanto. 

-¡Ja, ja! Bozal le hace falta -repuso ella saliéndose a toda prisa, irritada. 

-Si ya te conozco, Guada-mota -gritóle el capataz, temblándole la borlilla del barboquejo en la punta de su nariz de «ñacurutú». ¡Al ñudo te estás alborotando, alacrán rabón! 

La esclava se fue bufando; y detrás de ella, el capataz, a repuntar la majada. 

Empezaba la sombra a formar ancha faja bajo el alero y a correr menos caliente el aire, embalsamado por las manzanillas en flor. 

El ventanillo del aposento de las jóvenes estaba abierto, y asomada una cabecita que era la de Dora, con su ceño alegre; fresca, lozana y juguetona, alargando a cada instante la mano hacia afuera para coger las mariposas blancas o amarillas que en silencioso aleteo trazaban círculos sobre las enredaderas del frente e iban aturdidas a desfilar por delante de ella. 

Nata salió a hacerle compañía, parándose junto al ventanillo. Después reclinó su cabeza en el hombro de su hermana, con la vista fija y como perdida en la extensión del campo. 

La presencia de Guadalupe en el patio, con la provisión de yerba-mate para los huéspedes del otro rancho, hizo recaer el pensamiento de una y otra en el interesante asunto, cuyo comentario detenido las dos parecían desear evitar, sin que pudiesen ellas mismas explicarse la naturaleza y el alcance de sus escrúpulos. Dorila tenía sus vehemencias y arrebatos geniales; Natalia sus ensueños y vuelos de imaginación, en parte acrecentados por las esperanzas y los anhelos secretos de la vida solitaria. Encontrábanse en esa edad en que lo más real se encubre para la mujer de cierto poético misterio y se trazan con la mente senderos de luz para llegar a una ilusión suspirada; y cierto era, en la situación de ánimo de una y otra, que la presencia de un extraño en la estancia de las calidades que se atribuían a Berón, prestábase de un modo imperioso a inclinarlas a dulces halagos y cándidos devaneos. ¿Sabían ellas acaso, quién era, ni cuál había sido su existencia en medio de la campaña desierta? No, en verdad. Pero, esa misma atmósfera de lo desconocido que rodeaba al héroe de la aventura, exaltando un poco la fantasía de las jóvenes, siquiera ella no fuese ni muy ardiente ni creadora, incitábalas de hora en hora a pensar y a creer en cosas antes no soñadas. Dolíanse en el fondo algo, de que el asilo no fuese más hospitalario y generoso. Y de ahí secretos impulsos, en parte comprimidos, de endulzarlo y hacerlo más grato a la desgracia. 

A la aparición de Guadalupe, quien se disponía a emprender marcha al bajo -desde donde llegaba el rumor del rebaño arreado por el capataz-, las hermanas se miraron como movidas por el mismo deseo. 

-¡Pobre el herido! -exclamó Dora. 

Guadalupe...

La negra, que se había quedado mirándolas con un gesto picaresco, que indicaba bien a las claras que esperaba órdenes, se apresuró a acercarse. 

-¿Vas a la «tapera»? -preguntóle Nata. 

-Sí, niña; si algo se ofrece... 

Espera -repuso Dora-. Voy a aumentarte el avío. 

Desapareció del ventanillo, para volver muy pronto. 

Trajo un puñado de hilas que, entre las dos habían hecho ese día, impulsadas por igual sentimiento piadoso como una cosa natural y sencilla, y dos pañuelos blancos impregnados de un aroma suave de flores, sin duda recién arrancadas y esparcidas luego sobre ellos. De todo formó un pequeño lío, y pasóselo callada a Guadalupe. 

Recibiólo la negra con una sonrisa, y fuese veloz moviendo la cabeza. 

Cuando Nata alzó la vista, notó que su hermana la observaba risueña a su vez, y bastante encendida.

por Eduardo Acevedo Díaz
 

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