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¿Un zaguero fantasma? |
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Al Prof. Alberto Bonnet |
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Era uno de esos jugadores fuertes y veloces, dos cualidades muy preciadas cuando de un defensa central se trata. El Mellado Manfredi parecía hecho sólo de músculo y fibra, sin grasa. Y a pesar de que ya había pasado largamente los cuarenta años –edad prudencial para un retiro con honores- nuestro zaguero seguía paseando su desgarbada estampa por las canchas de la Liga de Fútbol de San Vicente, vistiendo la blusa celeste y blanca del C.A. Fraternidad, que lo había visto debutar en juveniles tres décadas atrás. Ahora, ya veterano, Manfredi jugaba en la “tercera especial” o “reserva”, y todavía tenía resto para estar a la orden del Profesor Dalmao en el banco de suplentes del primer equipo del CAF. El Mellado, como todos lo conocían por una seria insuficiencia en el habla que arrastraba de su infancia, era lo que se dice, un temperamental. Sin embargo, la experiencia del fútbol –y de la vida- le había enseñado a moderar su fogosidad. Seguía yendo con todo a cada pelota dividida, pero sin regalarse con una plancha alevosa que le significara ver la tarjeta roja. Nada de eso: Manfredi sabía cuando y cómo pegar –porque un zaguero que no golpee, no es verdaderamente tal-. Así, con su estilo recio, imponía temor en sus rivales y respeto en sus compañeros. Era el capitán de la tercera. Su despliegue físico y su entrega eran asombrosos –terminaba invariablemente con la camiseta chorreando sudor-. Aquel domingo el Fraternidad enfrentaba, de visitante, al Nacional, en un choque decisivo para la definición del campeonato. Era una jornada doble: el encuentro de tercera división oficiaba de preliminar del partido de primera. Manfredi lucía orgulloso en su brazo el cintillo que decía: “Cap” en letras negras. Promediaba el segundo tiempo de un partido muy parejo. El marcador seguía uno a uno. Y como suele ocurrir cuando hay mucho en disputa, el ambiente se caldea con el transcurrir de los minutos. Abundaban las patadas, los empujones, los escupitajos e insultos al pasar, que en cualquier momento podían convertirse en puñetazos. A diez minutos del final, el árbitro –de apellido Bermúdez- había expulsado a cuatro futbolistas: dos del CAF y dos del Nacional. El Mellado había repartido latazos a diestra y siniestra y tenía tarjeta amarilla, casi naranja a esa altura. Una infracción más, y su equipo quedaría con ocho jugadores… En el fragor de la batalla, alentando a sus capitaneados, le era difícil contenerse. Cuando las fuerzas físicas menguan, los músculos ya no responden al cerebro, y las imprecisiones aumentan peligrosamente para la salud de los jugadores. Hasta que sobre el final del encuentro, ocurrió lo inevitable: superado en velocidad por un ágil – y más joven- delantero del Nacional, nuestro zaguero lo derribó de un patadón, justo al borde del área. El árbitro no dudó: foul de atrás, ya estaba amonestado, ¡era expulsión! Al ver surgir el cartón rojo del bolsillo del hombre de negro, el capitán Manfredi intentó una protesta –que su pobreza lingüística y su defecto físico, hicieron casi grotesca-. Fue en vano. El Mellado meneó la cabeza, se sopló los mocos con los dedos, escupió furiosamente y le dio la banda de capitán a un compañero. En su camino a los vestuarios, pasó ex profeso, casi rozando al Chueco Bermúdez, el árbitro. Este tuvo que fruncir la nariz al respirar el vaho que emanaba de la sudada casaca del zaguero. Manfredi le echó una mirada terrible, que hizo trastabillar al voluminoso referí. Pero El Gordo, como todos lo conocían, recuperó el control: puso la pelota en el lugar de la infracción, contó los pasos de la barrera y pitó (para fortuna del CAF, el disparo del delantero rival se fue por encima del horizontal). Restaban sólo un par de minutos. El Mellado, que había cruzado con sus largas zancadas la línea de cal y el portón, estaba parado junto al alambrado, fuera de la cancha. Frente a él, estaba el banco de suplentes del Nacional y la mesita de Pórtland donde los delegados y el veedor custodiaban el formulario. Con los dedos aferrados como si quisiera arrancar de cuajo todo el alambrado, el expulsado lo pateaba y maldecía al árbitro en su incomprensible jerga. Su cara enrojecida y sus ojos furiosos, no pronosticaban nada bueno. El Chueco Bermúdez miró su reloj y pitó tres veces, señalando el círculo central. ¡Fin del encuentro! El CAF había logrado un valioso punto en una cancha difícil. Cinco expulsados en total -dos del local y tres del visitante- fueron el saldo de noventa minutos ardorosamente disputados. El árbitro pidió la pelota, se la puso bajo el brazo y sin saludar a los capitanes, como es de estilo, se encaminó tan raudo como se los permitían sus cortas piernas hacia el costado de la cancha. En el camino, debió desestimar aún las protestas de los jugadores del local, que lo asediaban, reclamándole el no haber adicionado un solo minuto de descuentos. -¡Pero juez, si hubo muchas interrupciones! –clamaba el capitán tricolor-. –¡Nada, nada, esto se acabó! -¡¡Andate a la mierda!!, gordo “sacapartidos” – le gritó, indignado. -Mire que lo escuché y lo puedo suspender…voy a incluirlo en el formulario- se defendió Bermúdez- ya próximo a la salvadora línea de cal. ¡Por fin! Entregó la pelota al veedor de la Liga, pidió una lapicera, y se secó la abundante transpiración que le corría por toda la cara y la papada. Bermúdez sacó su libretita del bolsillo de la casaca negra con cuello y mangas blancas de la Liga Regional de Fútbol, y se dispuso a completar el formulario. Bajo la atenta mirada de los delegados, escribió en “INCIDENCIAS”: “JUGADORES EXPULSADOS”: Nacional: 2º. Tiempo, 10´, R. González por reiteración de faltas; 28´ N. Hernández, ídem; 60´ J. Shur, por protestar, y luego siguió con los del CAF. Son tres, pensó: miró la libretita, pero había anotado sólo los dos primeros, que transcribió enseguida. ¿Y el último que eché, el mellado fierrero, ese? ¡´Ta que lo parió! No anoté ni minuto, motivo, ni el apellido… ¡Pucha digo! ´Ma sí, le pongo, 80’ por foul intencional, eso me acuerdo, ¡qué patada!. Pero.. .¿cómo se llamaba este infeliz?…se desesperaba (podría preguntarle a los delegados, pero quedaría regalado, así no me ascienden más de categoría) –discurría Bermúdez, al borde del colapso. Desesperado, levantó la vista hacia el cielo, como si buscara al ayuda de Dios. Y entonces lo vio: Manfredi seguía junto al alambrado, esperándolo. -¡Ah, sí, usted!: ¿cómo se llama?, le preguntó en el tono más cordial que pudo. El Mellado, que esperaba que el árbitro dejara el campo para decirle “algunas cositas”, se sorprendió ante tan imprevista requisitoria. Pero recompuso la situación y con una gran velocidad mental –algo que pocos hubieran imaginado- contestó: -¡Juan José Pérez!, señor Juez. Y se dio media vuelta hacia los vestuarios. -¡Gracias…! exclamó, aliviado el árbitro. Firmó y entregó el formulario. Los jugadores de la primera –que escuchaban la charla previa del Profesor Bonnet- vieron empujar la puerta de chapa de una construcción de bloques pintada a la cal, a un sonriente zaguero fantasma. El ambiente olía a linimento y alcohol. Los jugadores de la tercera se estaban bañando en una nube de vapor. -¿Cómo terminó el partido, capitán? –preguntó el entrenador. -Bastante bien, profe –repuso Manfredi: un empate de visitante, con dos expulsados nomás…¿Me dejaron agua caliente, muchachos? Nada mal, entonces, dijo el D.T. -y siguió explicando el 4-4-2 para esa tarde.- |
Daniel Abelenda Bonnet
Barro y estrellas
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