Truco de seis
Daniel Abelenda Bonnet

“Estamos hechos de la madera de nuestros sueños”

William Shakespeare

Filosowsky fue el primero en llegar al Club Fraternidad aquella tardecita.  Era principios de setiembre, pero aún estaba frío y llovía desde la mañana. En días así, no había demasiado para hacer en el cementerio. Aquellos eran los feriados naturales de Fedor Filosowsky -aunque la gente lo llamaba “Filo”- el único sepulturero de San Vicente.

Empujó una de las anchas hojas de la puerta principal y se dirigió hacia la barra con su paso cansino. Se quitó parsimoniosamente su gorra y sacudió un larguísimo impermeable negro, tan ajado que dejaba pasar agua por los cuatro costados. 

Sus botas -también muy viejas- y los bajos del pantalón de viyela mostraban abundante barro.

El cementerio distaba unos cuatro quilómetros del pueblo, trayecto que Fedor recorría a pie. No tenía moto ni bicicleta, pero esto estaba lejos de ser un inconveniente para él. “Allá, en Rusia, la gente aún camina decenas de kilómetros por día” -solía decir su padre. Y agregaba: “El aire puro despeja las ideas”, recordaba haber escuchado en mal español al Viejo Vania, hombre afecto a los aforismos.  Lo que se hereda no se roba, pensó.

-Buenas noches, saludó al cantinero al aproximarse a la barra.

-Buenas, es un decir, ¿no? ¡Qué tiempito!–comentó un hombre grandote y con pelo bien corto, que pasaba y repasaba un trapo sobre el mármol gris.

-Todo tiene su lado bueno, dijo Fedor.

-Tus compañeros todavía no han llegado, che, dijo el cantinero mirando hacia la puerta principal del club, al otro lado del amplio salón.

-Ya vendrán, replicó el sepulturero, sacándose el resto del diminuto cigarrillo que colgaba milagrosamente encendido a dos centímetros de sus labios.

El cantinero dejó el trapo junto a la pileta, giró y tomó una botella que estaba sobre la heladera de puertitas de madera, atiborrada de botellas de distinto tamaño y color. Aprovechó para subir el volumen de una polvorienta radio de seis válvulas.  Una milonga hizo vibrar el parlante de tela.

-¡Qué buena música pasa la Rural a esta hora!, dijo con satisfacción.

Fedor contempló como el otro le llenaba el vasito con grapamiel y comentó:

-El folclore es el lenguaje del pueblo, una de sus expresiones más auténticas…dijo, mientras se registraba el bolsillo de la camisa en procura de tabaco y hojillas.

-¡Qué lo parió! Ud. siempre dando cátedra, don Filo –bromeó

-No jodas, che, para algo están los libros, ¿no? –dijo, con falsa modestia el interpelado. Tomó un traguito de grapamiel y comprobó como el paquete de “Toro” se había salvado del aguacero. Con una sonrisa de satisfacción, comenzó a desparramarlo sobre la hojilla. Hay días en que todo sale bien.

En el centro del salón de pisos de monolítico blancos con puntitos grises, había una chimenea grande donde ardía crepitante el fuego, entibiando el aire húmedo. Buena leña, pensó Fedor, coronilla roja. Recién entonces reparó en otro hombre que estaba inclinado sobre el otro extremo del mostrador, cerca de los baños. Silencioso como una tumba, un vaso de caña temblaba en su mano callosa,  agrietada, enorme.

Se trataba del Chueco Bermúdez, monteador de oficio, y de edad y estado civil desconocidos para el mundo.

Compadre del sepulturero, a menudo se llegaba hasta la casita de éste, con el pretexto de ofrecerle leña (a sabiendas que Filosowsky cortaba él mismo sus astillas en el monte vecino).  De todas maneras, éste lo invitaba a pasar y podían pasar horas tomando mate y hablando de bueyes perdidos. Pensó en saludarlo, pero el Chueco estaba tan borracho que ni siquiera lo reconoció.

En unas mesas de madera, la más cercana al fuego,  había cuatro jubilados jugando animadamente a la conga por caramelos y tomando gaseosas.  En otra, dos muchachotes discutían ruidosamente, con dos cervezas de a litro entre ellos.

Más circunspectos, los socios fundadores del “Club Atlético Fraternidad”, parecían contemplarlos  con indiferencia, desde una vieja fotografía en blanco y negro con un tosco marco barnizado. Se distinguían sus severos mostachos, y los atléticos cuerpos de los “footballers” lucían boinas y pesados botines de cuero. Era el equipo de 1924, primer campeón regional, como decía en la leyenda debajo del cuadro y atestiguaba la alta copa de plata junto a él, sobre la repisa que adornaba la chimenea.

Fedor distaba mucho de ser un fanático del fútbol.  Sin embargo, acostumbraba darse una vueltita los sábados o domingos de tarde por el “field” local –como escribían en la sección deportes de  La Voz, el periódico local-. No hay muchas diversiones para un hombre solo en un pueblo chico.

-¿Cómo anda, compañero? –pronunció a sus espaldas una voz chillona.

Filosowsky –que nunca se apresuraba a contestar- se dio vuelta lentamente y tuvo frente a sí la figura desgarbada, la cara huesuda, dominada por una espesa y descuidada barba de Ernesto Guerrero, mecánico tornero y vice-presidente del comité local del Frente Amplio. Una boina negra apretaba su pelo revuelto. Vestía championes, jeans, una remera celeste, y sobre esta, una camisa de tartán a cuadritos rojos y negros.

-Lindo, lindo, medio feo nomás – respondió el sepulturero, empleando unos de sus clichés preferidos. Con este tiempito tengo poco trabajo, así que…

-Te viniste al club a jugar un truco con los amigos, ¿eh?, -dijo el otro, muy alegre. Guerrero parecía muy entusiasmado, lo cual llamó la atención de Fedor. Su amigo era por lo general callado y melancólico, y sus raros chispazos de humor eran más ácidos que un barril de nitroglicerina.

-Buenas tardes, ¿tomás algo, Ernesto? –preguntó el cantinero.

-Sí, José, una grapita con miel, por favor. ¿Querés una, Fedor?

-Claro, ya terminaba esta, dijo el sepulturero, cada vez más asombrado.

Sacó el yesquero de un bolsillo del viejo chaleco (había sido de su padre) y encendió un nuevo cigarro. Aprovechó la pausa para escrutar a su amigo, que había abierto una gruesa carpeta de elásticos, repleta de documentos políticos y fichas de afiliados al F.A.  Ernesto pasaba los papeles con el dedo con singular regocijo. Filosowsky comprendió la repentina alegría de su contertulio.

-Y… ¿cómo marcha esa campaña, Ernesto? – preguntó, dando una bocanada a sus siempre diminutos cigarrillos de hojilla.

-Bárbaro, che. Cada vez mejor: tengo casi cincuenta afiliaciones nuevas…

-Ya veo, che. Es que se vienen encima las elecciones, ¿no?

-Claro, compañero. En menos de dos meses estamos votando. ¡Al fin!

-Claro, ¿cuánto hace que están los milicos? Ya van para diez años, ¿no?

(hombre sin compromisos ni rutinas familiares, a Filosowsky le costaba fechar los acontecimientos por el almanaque).

-Casi doce, compañero. Demasiado tiempo, pero se acaba la dictadura, y estas elecciones, aunque restringidas –no te olvides que proscribieron al Liber y a Wilson- igual servirán para abrir el camino hacia una democracia popular, participativa, con contenido económico-social, y…Ernesto parecía estar en una acto, y seguía recitando ante la mirada desafiante del cantinero. Filosowsky hizo un gesto de hastió y lo cortó

-Comprendo, che, comprendo. Y mirando al cantinero, pidió: José, ¿tenés un buen mazo de barajas?; tengo ganas de empezar un truquito…

-Sí, acá está, dijo éste, sacando inmediatamente un mazo que puso con cierta violencia sobre el mostrador. A ver si el juego los divierte un poco, lanzó, mirando otra vez con rencor a Ernesto (el hermano del cantinero, era teniente del Ejército y ya habían tenido más de una agarrada cuando éste sacaba el tema político). Guerrero comprendió el mensaje y dijo.

-Dale, Fedor, vamos a sentarnos y jugar un truco…Le clavó sus duros ojos negros al cantinero, que despareció tras la cortina de hule hacia la cocina.

-Vamos, los otros deben estar por llegar…Tomó su vaso, el mazo y dejó la barra, marcando el camino. El otro lo siguió, mascando rabia aún.

Eligieron una mesa junto al ventanal que daba a la avenida. La lluvia seguía cayendo, golpeando los vidrios. Los plátanos, con sus copas ya repletas de verde, se balanceaban por la sudestada. Afuera, no se veía un alma.

-¡Qué tiempito!, dijo Fedor, para cambiar los pensamientos de Guerrero, que se había quedado pistoneando ante la actitud del cantinero.

-La verdad…nos ha tocado una primavera muy inestable, che.

-Contame, Ernesto, ¿cómo anda el trabajo?, inquirió Fedor, contando los garbanzos que había en un platito de lata –serían suficientes-

-Medio flojón, che. En esta época bajan muchos los pedidos –contestó sin demasiada convicción el tornero. Volvió a abrir la carpeta con la calcomanía tricolor y las letras amarillas, una sobre otra: “F.A.”.

-Ya veo, dijo el sepulturero, mirando la lluvia. Como casi todos en el pueblo, sabía que Guerrero no era lo que se dice un adicto al trabajo.

En eso, sintieron chirriar la puerta de entrada al salón. Dos hombres entraban.

Uno era petiso y algo grueso, tendría unos treinta años, quizás un poco más. Vestía una capa amarilla impermeable y traía un grabador Phillips envuelto en un nailon en la mano derecha. El otro, unos diez años menor, era más alto y muy, muy flaco.

Su rostro era casi infantil a pesar de la cuidada barbilla alrededor de su mentón.

La nariz aguileña y las orejas más bien grandes, soportaban unos anticuados lentes de carey  con cristales verde botella. Se quitó un gastado blazer azul, empapado, que colgó en el respaldo de una silla frente al fuego de la chimenea.

Los recién llegados eran Raúl González, cobrador, relator de fútbol y publicista callejero –tenía una motocicleta con un carrito donde iba el parlante (su voz chillona, vocifera los avisos, siempre con la misma, errónea entonación).

El muchacho era el bachiller en Humanidades, Virgilio Vega, que se ganaba la vida como reportero del semanario La Voz y profesor de Español en el liceo.  Además, “ y por sobre todo” –como gustaba decir orgullosamente- era poeta.

Al ver a sus compañeros, se dirigieron a la mesa de la ventana. Ahora eran cuatro.

-Bueno, ya tenemos número para el truquito, soltó Filosowsky, frotándose las manos y terminando su grapamiel.

-Bárbaro, arranquemos, entonces, dijo Raúl.

-El doctor y el escribano no vendrán ya, preguntó Ernesto, mirando hacia fuera.

-No lo creo, acotó Virgilio, alisándose su melena. Esta noche los rotarios organizan una cena en el Centro Social. Seguro que ambos irán allí…

-Es una fija, dijo el sepulturero. ¿Están por elegir gobernador, no?

-Así, es, completó el reportero. Gobernador del Distrito 497 de Rotary Internacional, y nuestro amigo el doctor Herrero, es firme candidato...

-¡Tomá pa´ vos!, exclamó Raúl, arremangándose la camisa celeste.

-¡Estos burgueses!, dijo con desprecio Ernesto. Siguen jugando a la beneficencia. ¡Lo que el pueblo necesita son soluciones de fondo…!

-Bueno, bueno, compañero, lo calmó Fedor. Dejemos eso por ahora ...

-Sí, tenés razón, lo apoyó Virgilio, poniendo su mano huesuda sobre el hombro de Guerrero. Cada uno busca ayudar a su manera, no hay que ser intolerante, Ernesto.

-´Ta bien, ´ta bien, vamos a empezar el truco, concedió el militante.

-¡Vamos, che! ¿Hacemos pareja, Virgilio?, propuso Raúl, impaciente.

-Dale nomás: hoy me tengo fe para ganarle a esta parejita.

-¡Qué van a ganar, ustedes!, repuso Fedor, y empezó a dar las cartas.

-¡Ja! Bien compañero, proletario, dijo Ernesto, entusiasmado al hojear las dos primeros. Hoy a estos dos no los salva ni el Goyo Álvarez…-rió.

-Veremos, dijo un ciego, respondió Raúl, que ya levantaba sus cejas.

-“En la cancha se ven los pingos”, como dice el Martín Fierro, citó de memoria Virgilio.

El partido comenzó, mientras las oxidadas agujas del reloj de pared con números romanos se movían morosamente hacia la nueve. Los focos de la avenida se habían encendido con la llegada de lo oscuridad. La sudestada amainaba y la lluvia había casi cesado. El club se fue llenando de gente. Llegó un grupo de hombres, todos miembros del equipo de bochas del CAF, que ocuparon una larga mesa con mantel de papel de estraza azul, dispuesta por el cantinero en el otro extremo del salón.

Pronto, el ambiente, se pobló de recias voces y gruesas risotadas, que festejaban chanzas y algunos chistes verdes. La esposa del cantinero, una mujer enjuta y enérgica, con un pañuelo blanco en la cabeza, irrumpió desde la cocina con la buzeca. Detrás de ella, su marido trajo el pan y el vino tinto.

Los cuatro jugadores se distrajeron por un momento al escuchar el estruendo con que los bochófilos celebraron la llegada de la olla, que olía deliciosamente a chorizo puro de cerdo. Ernesto y Raúl, recordaron que sus mujeres los esperaban para cenar y apuraron el desenlace del truco. Menos afortunados, Virgilio y Fedor, tantearon sus flacos bolsillos: pedirían unos refuerzos de queso y salame.                                                            

                                                                      -II-

-Por el Río Paraná navegaba un vapor y en el suspiro decía… ¡aguantate esta flor!-declamó el doctor Hipócrates Herrera, arrojando su baraja al centro de la mesa.

-¡Contraflor al resto! – respondió Raúl con valentía.

-¡¡38!! –gritó el escribano Guzmán Sellado, victorioso.

-Dos puntos más para nosotros, contó Filosowsky, tomando un par de garbanzos del montoncito y poniéndolos junto a su paquete de Toro.

-¡Ja, vamos todavía! –No está muerto quien pelea, ¿eh, compañero?, exclamó Ernesto Guerrero, dándose ánimo.

-¡Claro que no! “No te des por vencido ni aun vencido”, recitó Virgilio.

-Bueno, ¿una manito más, muchachos? – preguntó Guzmán.

-Sí, dijo el doctor Herrera, mirando su reloj de oro, tengo tiempo todavía…

-¿Cómo va esa candidatura, doctor? –inquirió Filosowsky, como al pasar.

-Encaminada, espero –concedió el interpelado – y se estiró las piernas bajo la mesa e hizo girar los cubitos de hielo de su vaso de Gregsons.

-Se tiene fe para la presidir el Distrito, ¿verdad? –insistió el sepulturero.

-Por supuesto, amigo Fedor. Confianza es lo que me sobra, trayectoria en la institución también tengo…pero, hay varios nenes para el mismo trompo…

-Como en todas las actividades, apoyó el escribano, tomando unos maníes.

-Claro, y está bien que así sea –replicó el doctor – este es un país democrático, veremos qué pasa el sábado en la convención nacional.

-Últimamente no hemos visto mucha democracia, terció desafiante Ernesto.

-Es cierto, amigo Guerrero, pero ya se termina este período de excepción, nuestro pueblo anhela volver a vivir en libertad – sentenció, tomando el último sorbo de Gregsons.

-¡Bueno!, apuró Raúl, vamos a dejarnos de tanta filosofía y empecemos la última manito, ¿eh?

-Tenés razón, “será lo que tenga que ser”, dijo Fedor,  y empezó a repartir las tres cartas por jugador con ademán resuelto. Los seis jugadores tomaron sus naipes, y comenzaron a orejearlas con recelo, buscando los ojos de su compañero para empezar a hacer las señas gestuales.

Fue en esos segundos de silencio que preceden a la primera carta con su correspondiente declamación, los que Fedor aprovechó para lanzar otros de sus dardos envenenados:

-A todo esto, ¿cómo anda la salud nuestro benefactor local  Don Mario, escribano?, dijo mirando por encima de sus cartas a Guzmán Sellado, que estaba concentrado en las suyas. La pregunta tomó de sorpresa a todos.

Este…bueno... lamentablemente –comenzó a decir el notario, intentando ganar tiempo, Don Mario ha empeorado bastante en las últimas semanas (el aludido tomó un trago largo de su Cinzano Rosso y se aflojó el nudo de la corbata de seda).  Tiró una carta al centro y dijo sin convicción: “envido, che”.

-Es así, terció el doctor Herrera; mi colega Fernández cree que su cáncer es terminal, es una pena., un hombre que ha sido tan generoso con el pueblo.

-Eso es cierto, anotó Virgilio: el predio de la Plaza de Deportes y el edificio de la Escuela Técnica son donaciones suyas –¡contraenvido, che!

-¡Y bueno! –dijo Raúl- a todos nos visitará la parca, tarde o temprano: pobres o ricos, buenos o malos. Frunció los labios y mintió otra vez.

-“Y llegados son iguales, los que viven por sus manos y los ricos…”, comenzó a recitar Virgilio, para quien la poesía era una forma de vivir.

-“…y así los trata la muerte, como a los pobres pastores de ganado”, completó Fedor, con su voz grave y solemne. Se sonrieron entre ellos.

-¡Qué lo parió! – exclamó Raúl, tirando su último naipe.

Los cuatro quedaron deslumbrados por la versación literaria de sus compañeros, especialmente de Filosowsky, a quien no hacían tan compenetrado con la poesía clásica española. “Estamos en presencia, de dos hombres de letras”, queridos contertulios, apuntó el doctor Herrera, somos unos afortunados.

-Bueno, marchamos, admitió Raúl.

-¡Sí! Nos liquidaron con esa última jugada, rubricó Guzmán, más tranquilo porque la conversación tomaba otro curso. Se pasó un pañuelo por la frente y tomó otro trago de Cinzano. ¡Este sepulturero siempre sale con sus preguntas fastidiosas!, pensó.

De lo que el notario quería evitar hablar era de su ambigua relación con Mario Moratorio, uno de los prestamistas más ricos de todo San Vicente, y del Uruguay, según otros.  Cada tanto, Don Mario realizaba donativos a instituciones locales, como forma de lavar su imagen de usurero implacable. Sin embargo, un cáncer de vejiga se le había declarado hacía un par de años, y no parecía que pudiera disfrutar de su enorme fortuna en las Bahamas ni en ningún sitio más que en Cielo (o el Purgatorio, más bien). Los médicos le concedían unos pocos meses de vida. Pretextando una vieja amistad con su padre, el escribano Guzmán Sellado, se había granjeado la confianza del millonario, quien lo había nombrado su albacea. Moratorio era viudo y no tenía hijos. Su enorme fortuna, iría a parar al Fisco, con las consabidas donaciones a escuelas, liceos y hogares de ancianos de la zona. Pero al sagaz notario no lo movía el interés comunitario y usando sus artilugios legales, se las había arreglado para aparecer como uno de los principales beneficiarios de la inminente –esperaba él –sucesión.

Guzmán Sellado, hombre joven de brillante porvenir, según algunos, había cambiado ya tres veces de auto, cuatro veces de mujer, y levantaba un hermoso chalé en el balneario. Además, presidía la cooperativa agropecuaria y la Liga Regional de Fútbol (incluso, se había dado el lujo de desechar una candidatura a la diputación). Y todo esto, ¡en sólo cinco años de carrera!

Los seis amigos se levantaron de sus asientos y buscaron sus abrigos. Eran ya más de las once y el club esta casi vacío –sólo algún borracho resistía-.

-Bueno, la seguimos mañana, muchachos –se despidió- Filosowsky.

-¡Notable!, dijo, Sellado, recuperado de la sorpresa.

-Hay que ir a dormir –apoyó el doctor Herrera- mañana es día de trabajo...

Todos estaban cansados y nadie hizo comentario alguno. Sin embargo, Filosowsky, percibió un denso silencio cargado de dudas y un par de miradas que se cruzaban ante la frase del galeno. El doctor Hipócrates Herrera era médico jefe de la policlínica de San Vicente desde hacía veinticinco años, pero era vox populi que rara vez concurría a su lugar de trabajo. Y cuando lo hacía, su estancia no superaba las dos horas diarias. Los pacientes eran casi invariablemente derivados al Hospital Regional. El stock de medicamentos en la pequeña policlínica era siempre escaso. Su consultorio particular, en contraste, rebosaba de medicinas y pacientes.  La mayoría, declaraba que estando sobrio, el Dr. Herrera era un facultativo competente.

Se despidieron del cantinero, que ya había comenzado a lavar los pisos. El Dr. Herrera y el escribano Sellado se fueron en el flamante BMW 520 de éste; Virgilio prefirió caminar por la avenida –ya no llovía y en el cielo negro azulado, aparecían algunas estrellas- en tanto, Guerrero se calzó su boina y montó raudo y veloz en su bicicleta –todavía estaba a tiempo de llegar a la reunión de delegados en el comité-. Debajo del amplio porche del frente del club, Raúl acondicionaba el grabador Phillips en el carrito tirado por la motocicleta. Filosowsky, aprovechó a encararlo, mientras armaba su penúltimo cigarrillo del día, recostado a una columna:

-Y Raúl… ¿te sale lo del empleo público?

-Parece que sí, che, contestó el otro, mientras ataba el nailon con una piola.

-¿Sería en el Municipio, entonces?

-O en el Correo, Filo. El coronel Raimúndez me prometió que si no puede meterme en el Municipio, me arregla en la oficina postal  de acá. ¡Sería bárbaro…! Imaginate: hacés seis horitas, de lunes a viernes, un lujo, che…

-¿Te serviría más repartir correspondencia en el pueblo?, preguntó. ¡Ducha!, se me mojaron las piedritas del  yesquero, maldijo el sepulturero.

-Claro, te dan una comisión por pieza entregada, sobre el sueldo, agregó Raúl, entusiasmado (ya se veía con el uniforme azul y amarillo montado en su motocicleta, el carrito repleto de cartas y paquetes).

-Bueno, ojalá te salga. ¡Que todo sea para bien! Saludos a tu esposa.

-Gracias, ¡´ta mañana!, dijo Raúl y aceleró la Ciao por la entrada de grava, en pésimo estado luego de la lluvia. Antes de desembocar en la avenida, la rueda derecha del carrito agarró un pozo que casi hace saltar el grabador por los aires, pero la cubierta de nailon lo contuvo.

Ojalá, le salga, pobre Raúl, meditó Filosowsky, -ya había tomado por una calle lateral,  envuelta en el silencio y la oscuridad de la noche pueblerina-. Después de todo, si yo tuviera familia como él (Raúl tenía esposa y tres hijos) capaz que también hubiera sido informante, aunque tuviera que espiar a mis vecinos por sus actividades “subversivas”.  ¡Qué caray!

Casi una hora después, Trotsky lo recibía con sus ladridos. Era medianoche, y una luna asomaba, tímida, entre los nubarrones que se movían velozmente en el cielo. Le acarició la cabeza con cariño. “Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”, filosofó, ya dentro de la casucha. Se sacó el abrigo y las botas embarradas y se tiró en la cama a fumarse el último cigarrito del día.

                                                 -   III  -

Filosowsky llegó más tarde aquella noche de mediados de noviembre. Había tenido que bajar seis ataúdes en la mañana y limpiar las malezas de los senderos del cementerio, que crecían con vigor en la lluviosa primavera.

Terminada su tarea, se dio un baño con agua fría bajo la regadera, se puso su camisa blanca, dio cuenta de una frugal cena de papas y verduras y se despidió de su fiel galgo. Luego emprendió sin prisa el camino hacia el Club.

Cuando llegó, saludó al cantinero, pidió su acostumbrada grapamiel y armando su cigarro de hojilla, parado junto al mostrador, comenzó sus tareas de observación.

En una mesa del centro del salón, charlaban animadamente el doctor Herrera, el escribano Sellado y Ernesto Guerrero, el tornero, quien no dejaba su boina negra.

Los tres parecían estar de excelente humor. Vaso en mano, el sepulturero, se integró a la rueda; habló más bien poco y preguntó bastante, como siempre.

Así., supo que el doctor Herrera daba como un hecho su designación como Gobernador de Rotary en la próxima convención nacional a celebrarse ese fin de semana. El notario lucía rejuvenecido, se había teñido las patillas plateadas y una nueva insignia con la rueda rotaria,  más grande que la anterior, brillaba desde la solapa de su saco de hilo azul claro. Había pedido una gaseosa en lugar del habitual Gregsons doble.

El escribano Sellado, por su parte, decía haber persuadido al millonario Moratorio para que redactara un nuevo documento. En éste, el prestamista donaba todo su patrimonio al Hogar de Ancianos, el INAME,  la Escuela y el Liceo locales. El encargado de velar por la fiel ejecución de la última voluntad de Moratorio, sería el diligente notario, investido de plenos poderes.

La locuacidad de Sellado frente a sus amigos, no hacía sino confirmar la primicia que ya obraba en poder de Filosowsky. Hacía un par de día había ido al cementerio el administrador de Moratorio, con el mandato del ricachón de acondicionar el panteón de los Moratorio-Oxandabarat –el único que merecía el nombre de tal en el modesto camposanto del pueblo- y dejarlo “a nuevo”, ante la inminencia de lo inevitable.

Ernesto Guerrero, en tanto, había dejado de trabajar en su tornería (algunos decían que, en rigor, nunca había trabajado seriamente), para volcarse de lleno a la militancia. Interminables reuniones en el comité local del F.A., plenarios en la Capital, actos en varias localidades, giras y recorridas "puerta a puerta", consumían ahora todas sus energías, y la mayor parte de su menguado patrimonio. Su familia subsistía gracias a la sacrificada tarea de su mujer, una de las mejores modistas de San Vicente. “Hay momentos en la Historia que es necesario sacrificar lo individual en aras del cambio social –decía- mis hijos vivirán mejor que yo.”

Empezaron con un truco de cuatro, mientras esperaban a Raúl y Virgilio. Media hora después, llegó el publicista, de muy buen talante. Vestía una flamante camisa blanca a rayas verdes, y una corbata gris claro; estaba prolijamente peinado y afeitado –algo que llamó la atención de los presentes esa noche en el CAF. Rómulo venía de una reunión en la capital departamental con su mecenas. El Coronel (retirado) Urbano Botellini, le había prometido firmar su nombramiento como funcionario municipal, antes de abandonar el cargo de Intendente Interventor, esto es, en un par de meses.  El militar pagaría así los servicios de Raúl como informante de las actividades de los vecinos sospechosos de conspirar contra el régimen, tarea que el publicista había cumplido con dedicación (llenaba fichas y largas páginas mensualmente) y no sin culpa, por espiar a muchos conocidos y varios amigos, que no hubieran podido matar una mosca.

-¡Estoy hecho!, exclamaba Raúl, entusiasmado, ¡qué tipo bárbaro este coronel! Si no puede en el Municipio, me mete en el Correo…

-Ya ve, amigo, apoyaba Sellado, no todos los militares son malos…

-Es verdad, dijo el doctor Herrera, yo tengo varios compañeros en Rotary y son de los más trabajadores.

-¿Pueden ocupar cargos importantes, doctor?, preguntó Filosowsky.

- Claro, amigo, no hay incompatibilidad, siempre que estén retirados.

-¿Y…hay alguno que se candidata para gobernador, como usted?

-Ahora que lo dice, Filo, sí; el general Martínez Castro, por ejemplo…

-Eso está muy bien, dijo el notario, no hay segregarlos de la vida civil.

-Bueno, ¿empezamos el truquito?, preguntó Raúl, empinando su vaso –había pedido un whisky importado, “para ir festejando…” –dijo.

-Dale: empiecen ustedes; yo me quedo mirando, dijo Filosowsky- Truco de cinco, ¡no conozco…! –bromeó, y se paró junto a la chimenea apagada.

A poco de comenzar la partida, apareció Virgilio. Entró tan silenciosamente al salón, que sólo Filo lo vio. Los jugadores recién se percataron de su presencia cuando estuvo junto a la mesa. El muchacho estaba abatido, más flaco y demacrado, la cara chupada y el semblante sombrío. Dejó su libreta sobre la mesa y ante la pregunta de su amigo sepulturero,  contó a sus compañeros, que detuvieron la partida, el origen de su aflicción: no lograba reunir el dinero necesario para mandar a la imprenta los originales de su poemario.

-¿Por qué no pedís un delante de sueldo en el diario? –sugirió el escribano.

-¡Qué va!, Sergio. Ya lo intenté, pero es imposible sacarle un peso al Gordo Gómez –su jefe y propietario de La Voz- Más jugo tiene un ladrillo.

-No desesperes, Virgilio, terció el doctor Herrera, señalando con el índice su enseña rotaria de la solapa. ¡Haré que nuestro club lo ayude!

-¿En serio, doctor? –preguntó el poeta, tragándose medio refuerzo de salame, que había pedido al cantinero.

-Claro, muchacho: hay un fondo para apoyar a los artistas locales…

-¡Notable…!, doctor, sería un loable gesto de su parte, dijo Virgilio, emocionado -escupía migas para todos lados-

-Para eso estamos, m´hijo: “Nosotros servimos”, ese es nuestro lema.

Filosowsky, sonrió, complacido y palmeó a su amigo, que casi se traga el medio refuerzo que le quedaba.  –Pedite un cortado, che, le sugirió, no sólo de poesía vive el hombre. Tenés razón, estoy muy flaco: José, un cortado, por favor…

-Bueno, ¿vamos hasta quince?, propuso Ernesto, hoy tengo reunión en el comité…así que no puedo quedarme hasta tarde…

-Sí, está bien, vamos hasta quince nomás, apoyó el doctor Herrera.

-¿Entran ustedes dos?, preguntó Raúl a Filosowky y Virgilio, que seguían parados, conversando.

-No, gracias, esta vez jueguen ustedes –repuso Virgilio. El cortado le había entibiado el estómago, y el alma. Se sentía animado. Empezó a canturrear una canción de los Rolling Stones: “Lose your dreams and you `ll lose your mind...”

-¿Qué viene a querer decir eso?, inquirió Filosowsky.

-“Pierde tus sueños y perderás tu cabeza…”.

-Mirá vos… y yo que pensaba que esos roqueros decían pura pavada…  

                                                     - IV - 

-¡José! Servime otra grapa, por favor –suplicaba Raúl, con un hilo de voz, su cuerpo pequeño estaba inclinado sobre el mostrador sucio; parecía un títere a quien le hubieran cortado los hilos desde arriba. La camisa de manga corta, empapada en sudor, se le pegaba a la espalda. Era el último domingo de noviembre. La noche había llegado trayendo un alivio luego de un poderoso día de calor.

-¿Estás seguro que querés otra? –preguntó, piadosamente, el cantinero.

Su esposa, que lavaba copas junto a él, le hizo un gesto negativo con la cabeza.

-¡Dale, che! No seas jeringa, insistió el cobrador-publicista, devastado. Si me pongo a pensar, me pego uno tiro esta misma noche… ¡qué suerte perra!

El cantinero tomó un vaso limpio y lo llenó de agua, sin que el otro lo viera; luego lo puso sobre la parte del mostrador que acababa de limpiar con el paño. Como los ojos de Raúl estaban tan enturbiados, no se dio cuenta. Se lo llevó a los labios y bebió toda el agua de una vez.

-¡Qué mala leche este Coronel! Mirá que irse como Ministro y dejarme sin firmar el nombramiento en la Intendencia. El secretario dice que no sabe nada… ¡me dejó en pelotas! ¡Qué poco gusto tiene esta caña, che!

-Es la brasilera, se me acabó la Espinillar, Raúl, mintió el barista.

-Bueno, algo es algo. ¡Dame otra!

-Ya va, pero tranquilizate, che. Después de todo tenés laburo en el pueblo…

-¡No me jodas! Entre las cobranzas y el carrito de publicidad, apenas paro la olla, con suerte. Tengo que andar todo el día changando por tres pesos…

-Y bueno, ya se te va  dar Raúl, tomá la última, ¿eh? – continuó la parodia.

-Gracias. ¿Será verdad, nomás?

-¿Será verdad lo qué, Raúl?

-Ese que algunos nacen con estrella y otros estrellados, ¿a vos que te parece?

-Puede ser, pero acordate que “Dios escribe derecho por renglones torcidos...”, reflexionó el cantinero, rascándose la cabeza. Su mujer lo miró sorprendida.

-¿De donde sacaste esa frase?

-La decía siempre el cura que nos daba catequesis en el colegio, rememoró.

-Yo estaré en la parte más torcida ahora, ¡qué mala pata! “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé,…” comenzó a canturrear Raúl, que se aferraba al borde del mostrador para no caer del banco alto.

En ese momento, llegó Filosowsky, con su rostro impenetrable y su andar parsimonioso. Apenas traspuso la puerta principal, un golpe de vista le bastó para comprender el drama de aquel frustrado funcionario público. 

José, el cantinero, le hizo un gesto con las manos que quería decir: está liquidado.

Se acercó a Raúl y lo palmeó afectuosamente, como a un hermano menor. Se sentó a su lado, pidió su grapamiel y comenzó a hablarle. Intentaba consolarlo haciéndole ver la función social que cumplía como cobrador y publicista, amén de las innegables cualidades de Raúl como comentarista del Litoral de Fútbol, función que a éste le reportaba algún dinerillo extra en los meses de verano.

-Gracias, Filo, pero lo de la radio sólo me compensa la baja en la publicidad esos meses, replicó Raúl –ese día su vida le parecía un largo túnel sin una luz al final…

-¡Arriba ese ánimo, compañero! Además, esto te servirá para no confiar vendedores de ilusiones, con uniforme o sin uniforme, dijo, pasando su lengua por la hojilla negra.

-Eso es: “ANIMO ET FIDE”, apoyó José, en un repentino resurgir de su adormecido fervor religioso, que incluso a él mismo, asombró.

Los tres se dieron vuelta al escuchar los frenos chirriantes de un auto que se detenía justo antes de la base del mástil para las banderas, al frente del club.

La puerta principal se abrió y  entraron raudos el doctor Herrera y el escribano Sellado. Ambos profesionales parecían nerviosos y disgustados. Hablaban y gesticulaban ampulosamente, algo poco habitual en ellos.

El galeno, vestía una camisa blanca de mangas largas, algo transpirada en los sobacos, intentaba explicarle algo al notario, quien movía su cabeza, incrédulo.

Sellado tenía las manos en los bolsillos de su pantalón Corcel sport y recién cuando el doctor Herrera empujó la pesada puerta, levantó la vista hacia el interior del salón.

-¿Cómo es posible que un profesional se equivoque tan feo, doctor?

-Es que hay colegas que no han abierto un libro ni asistido a un congreso en mucho tiempo; usted sabe, escribano, la medicina adelanta muy rápido y…

-¡Apenas puedo creerlo! Don Mario me dijo que había consultado a dos  facultativos y ambos le daban pocos meses de vida...pero resulta que no…

-Ya le digo, Sergio, no eran especialistas competentes, esas cosas pasan.

-¡Increíble!, el millonario Moratorio está más sano que nosotros dos…exclamó el escribano con amarga resignación.

Esta última frase fue captada al vuelo por Filosowsky, atento, como siempre.

-¿Qué tal señores? –saludó cortésmente- ¿jugamos un truquito?, preguntó con aire distraído.

-Bien, gracias, Fedor. Por mi parte, no hay problemas, dijo el doctor.

-Claro, ¿a eso vinimos, no? A distraernos un poco con los amigos…

¿Nos acompañás, no Raúl?, dijo el sepulturero, prestándole un pañuelo para que el otro enjugara sus lágrimas y el sudor que le corría por la cara y el cuello. El escribano y el doctor se miraron sorprendidos y alzaron los hombros (¿en qué se habrá metido este ahora?). Pero nada dijeron.

-Sí, ya me siento un poco mejor, dale, vamos…

Se sentaron en la mesa de siempre, junto al ventanal. Aprontaron las cartas y amontonaron los garbanzos en el centro de la mesa. Filosowsky repartió.

Cuando cada jugador tuvo sus tres naipes, uno sobre otro en la mano y comenzaban a orejear para hacer las primeras señas, el sepulturero volvió a la carga:

-Y doctor, ¿cómo va esa candidatura…?- preguntó sin levantar los ojos de sus cartas.

-Esteee…en realidad, no va, amigo Filo –confesó el doctor Herrera, compungido. Levantó su vaso de whisky, que le pareció muy pesado.

-¿Cómo es eso, doctor? –terció Raúl, interesado.

-Resulta que el general Martínez Castro movió sus piezas y tuvo más apoyo que yo…-reconoció- si alguien sabe de estrategia, son los militares, ¿no?

-¡Qué lastima, doctor! –exclamó Filosowsky, no se puede con los poderosos, pero Ud. tendrá su oportunidad, siempre hay revancha, como en el fútbol.

-Eso es cierto, intervino el escribano, lanzando su primera baraja: ¡Truco!

-¡Quiero y retruco!, contestó Raúl, decidido a dar batalla.

El partido ganaba en intensidad. Pronto, los trucos, retrucos y envidos resonaron por el salón. Los jubilados de una mesa cercana, se dieron vuelta para pedirle al ruidoso cuarteto que bajara el volumen. Así, no podían escuchar el informativo de las diez de la noche en el canal ocho.

Desde la pantalla color de un flamante televisor 24 pulgadas, un analista comentaba los resultados de las elecciones que acababan de finalizar (las primeras en doce años en el país).

Un rato después, llegó Ernesto Guerrero al club. Entró al salón cabizbajo, casi silencioso. La sonrisa se le había borrado del rostro. Golpeaba rítmicamente en su palma izquierda un diario enrollado en el puño de la derecha, como si quisiera destrozarlo. Apretaba los labios y movía su cabellera, que –extrañamente- no lucía su característica boina negra. Saludó de lejos a sus amigos y se dirigió como una flecha hacia donde estaba el televisor. 

Deseaba confirmar lo que ya todos sabían: el Frente Amplio había resultado tercero, lejos del Partido Colorado –el ganador- y el P. Nacional, segundo a nivel nacional. En el departamento, el panorama era casi tan desalentador para nuestro revolucionario: la coalición de izquierdas había logrado un solo diputado –pero no pertenecía al grupo de Ernesto-. Hay días en que todo sale mal.

-¡La puta madre que lo parió! –masculló, mordiéndose los labios.

Los jubilados lo miraron con asombro e insinuaron algunas frases reprobatorias. Uno de ellos, con un dedo sobre la oreja derecha, le chistó: “shhh”, que no se puede escuchar, don…”

¡Qué carajo me importa! –dijo Ernesto, y se encaminó hacia la mesa de truco.

-Hola, muchachos…saludó sin mirarlos. Tomó una silla por el respaldo y la puso al revés. Se sentó junto a la ventana y sacó una cajilla de cigarros del bolsillo de arriba de la camisa.

-Hola, camarada –contestó Filosowsky, que era el más próximo a él. ¿Una jornada dura, eh?, dijo, comprensivo.

-Durísima, Filo, para olvidar, che. ¿Tenés fuego?

-Acá tenés, y le alcanzó el yesquero gris. Lo importante no es ganar, Ernesto.

-¿Ah no?, dijo el otro, mirándolo con sus ojos vidriosos, enrojecidos.

-No, lo importante es luchar, dar la batalla. La derrota o la victoria son sólo dos farsantes de esta vida, como decía Rudyard Kipling.

-¡A la miércoles!, exclamó el doctor Herrera maravillado, esto hombre es todo un poeta, muchachos. “Por el río Uruguay navegaba…” -siguió.

-Puede ser, todo es relativo, dijo Ernesto, aspirando la primera bocanada con fruición. Aunque el Kipling ese era un imperialista de la gran siete, ¿no?

-Y hablando de poetas, dijo el escribano, mirando hacia la puerta…

-¡El gran Virgilio está aquí!, exclamó Raúl. “Contraflor al resto, che”.

Efectivamente, era el joven escritor quien se acercaba a toda prisa hacia el quinteto. Estaba radiante, impecablemente afeitado, peinado y con una camisa rojo bordó, nuevita. Traía una cartera de cuero colgada en banda; no pudo esperar llegar a la mesa para meter su mano y sacar un ejemplar de tapas blandas y amarillas de “Cuadernos Agrarios”. Su sonrisa se hizo aún más amplia al mostrarlo a sus amigos. ¡Había logrado publicar su opera prima!

-Este está dedicado especialmente al Ud., doctor, dijo entregándole un librito a Herrera, su mecenas.

-¡Muchas gracias, hijo! –exclamó éste, emocionadísimo; le puso su mano sobre el hombro y sacudía con tanta energía el flacuchento escritor, que parecía que iba a desarmar su frágil esqueleto.

-¡Spasiva!, amigo, se sumó Filosowsky, levantando su vaso de grapamiel.

-¡Grande Virgilio! Chocá esos cinco, lo saludó efusivamente Raúl.

-¡Arriba, compañero!, dijo Ernesto desde su rincón, me alegro que alguien pueda cumplir sus sueños en este país de porquería…

-Felicitaciones, señor escritor - completó formalmente el escribano.

-¡Gracias, muchachos, muchas gracias!- balbuceaba Virgilio, muy emocionado. ¡Qué orgulloso estaría mi viejo si..!-.dijo, sin poder terminar la frase. Sacó un pañuelo del bolsillo de pantalón y se lo llevó a los ojos.

-Bueno, no te pongas así, lo consoló Filosowsky, palmeándolo en la espalda. Seguramente tu viejo te está viendo ahora y está muy contento.

La buena gente consigue una cómoda butaca en el Cielo, yo sé lo que digo…

-Debe ser así, intervino el doctor Herrera, supongo que ellos deben tener otra perspectiva de nuestra comedia humana, como decía, quién era…el franchute…¡Quiero, treinta y seis!

-Balzac, doctor, completó Virgilio, el gran Honoré de Balzac…

-Eso es, gracias, hijo.

-¡Tragedia griega!, más bien, dijo amargamente Ernesto.

-Bueno, no es para tanto, che...Un día le sale a uno, otro día a otro y así…

-Dios da y Dios quita, filosofó el sepulturero. ¡Se nos vinieron, Raúl!

-¡Ja! Están fritos, dijo el escribano, vengan esos garbanzos.

-¡Tienen más culo que alma!- lanzó con una carcajada el publicista.

-Nos fuimos al mazo, compañero, reconoció Filosowsky.

-¿Se animan a otra manito, o ya arrugaron?, desafió el doctor.

-¡Vamos, todavía!, se animó Raúl. ¿No le aflojamos, eh,  Filo?

-¡Ni muertos!, contestó el sepulturero, y golpeó el puño sobre la mesa, que crujió. ¡Venga ese mazo!

Entreveró nerviosamente, dio para cortar al doctor, volvió a barajar y repartió tres por jugador.

Y así empezó otro partido, más reñido y conversado que el anterior porque se habían sumado Virgilio y Ernesto, que se había repuesto del traspié electoral. También Raúl estaba más animado –ya no puteaba al coronel- al  igual que el escribano y el doctor, que habían recuperado su buen humor. Virgilio, claro, saboreaba una satisfacción interior, más dulce que la Coca-Cola que se había permitido en aquel día de fiesta.

Filosowsky, conducía secretamente el quinteto, como si siguiera instrucciones de un jefe más alto, sólo por él conocido. Esa noche estaba particularmente feliz por su amigo, el poeta.

Por un rato, todos olvidaron a los dos farsantes de Kipling. Penas y alegrías, éxitos y fracasos, quedaron fuera del salón y del tiempo.  Suspendidos, como la luna enorme y amarillenta que iluminaba los trigales maduros que rodeaban al pueblo. Afuera, el silencio de la noche envolvía campos, casas y el sueño de hombres y mujeres, en una paz que tenía mucho de redención.

En el Club Fraternidad,  mientras tanto, discurría interminable el truco de seis.

Daniel Abelenda Bonnet

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