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Macho americano: Ernest Hemingway |
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“Conocer a un hombre y saber lo que tiene en su cabeza, son dos cosas distintas.” E.H: Fue quizá el primer escritor mediático a escala universal; el hombre que se forjó su propo mito de tipo duro, amante de la vida al aire libre, la acción bélica, los aviones, los safaris por África, la gran pesca en el Caribe, los toros en España, las bellas mujeres…y el alcohol. Al estudiar su biografía es difícil trazar una línea divisoria entre vida y literatura. Fue el ya mediático mundo del Siglo XX, y las revistas como LIFE Y TIME con grandes fotografías que lo retrataron en diversos escenarios riesgosos- dejaron en millones de lectores la imagen que él quería dejar. Como pocos, este hombre nacido en 1899, en Oak Park, un suburbio de clase media de Chicago, aplicó uno de los lemas norteamericanos: “No importa quién eres en verdad, sino lo que los demás creen que eres.” Ernest Hemingway se convirtió en su propia leyenda. Pero también fue víctima de ella cuando ya no tuvo fuerzas para vivir esa saga de aventuras y escritura al vuelo, tecleando su Rémington desde una precaria mesa de una tienda de campaña. Hijo de un padre médico de escasa fortuna y una madre amante de la música que lo hizo estudiar violoncelo, Ernest creció rodeado de sus cinco hermanas, circunstancia que sus biógrafos anotan que alimentó su necesidad de reforzar su masculinidad. En el secundario se destacó solamente en letras y en deportes: lucha libre, boxeo, fútbol americano lo tuvieron como protagonista; su padre tenía una cabaña de fin de semana, y allí, entre los lagos y bosques de Illinois, el futuro escritor aprendió a cazar, pescar y utilizar las armas de fuego – a los doce años ya maneja la escopeta. No quiso ir a la Universidad como deseaban sus progenitores, y en 1917 consiguió su primer empleo como reportero en el Kansas City Star. Al año siguiente, con los EE.UU. ya en la Primera Guerra Mundial, intenta alistarse en el ejército, pero un defecto en un ojo lo excluye del servicio activo. Pero consigue ser aceptado como chofer de ambulancias de la Cruz Roja y parte al norte de Italia, donde rescata a un soldado a pesar de ser herido gravemente en una pierna, por lo que recibe una medalla. Durante su convalecencia en un hospital de Milán, se enamora de una de las enfermeras, Agnes von Kuwosky, 8 años mayor que él, con quien pasa a Suiza y luego el joven héroe le pedirá matrimonio – estas vivencias darán cuerpo a “Farewell to Arms”. Ella no lo acepta y Hemingway regresa a Chicago, destrozado afectivamente, y sin poder adaptarse a la tranquila vida de los suburbios (en esta época aparecen la depresión y el alcohol para intentar conjurarla, dos enemigos que Hemingway no podrá vencer). En 1919 consigue su segundo trabajo como periodista en el Toronto Star. Será una gran escuela para él: “El editor era realmente implacable: tiraba a la paplera cualquier articulo que contuviera una sola oración de más de 20 palabras.”, dirá luego. Su estilo breve, conciso, detallista, sin pretensiones filosóficas ni frases grandilocuentes, es tributario de este oficio periodístico donde hay que “mostrar en lugar de decir”. Hemingway dirá que la buena prosa debía ser como un iceberg: el autor debe mostrar solamente 1/10 del total del hielo para que lector intuya el resto por sí solo. En 1920, sus ansias de aventuras lo llevan a París; allí escribirá artículos para el Toronto (que no le alcanzarán para mantener a su familia; se ha casado por segunda vez con Elizabeth H. Richardson), pero Hemingway prefiere la incertidumbre a la comodidad del American Way of Life. Fue una decisión acertada: en la capital francesa, conocerá a los integrantes de la llamada “Generación perdida” (John dos Passo, Scott Fitzgerald, Ezra Pound) y se vincularán con la editora Gertrude Stein y el futuro Nobel irlandés, James Joyce. Gracias a Stein publicarán sus primeros trabajos de ficción: “Hombres sin mujeres” y “En nuestro tiempo” (1924), donde está un de sus cuentos más logrados: “Los asesinos”, donde los diálogos breves van creando un clima de enorme tensión que estallará al final del relato. En 1923 nace su primer hijo. Como sus colaboraciones periodísticas para el Toronto Star son muy esporádicas, Hemingway debe realizar todo tipo de trabajos, como sparring de boxeo para mantener a su familia. Sin embargo, recordará con mucho placer estos años:, “éramos jóvenes, muy pobres pero muy felices” – estos apuntes biográficos fueron hallados años después por él mismo, en el subsuelo del Hotel Ritz y publicados en 1964 con el título de “Paris era una fiesta”. Data esta época su largo romance con España, su gente, su estilo de vida alegre y trágico a la vez. Visita reiteradamente el país, y en 1925, durante su estadía en Valencia, publica la novela “Fiesta” y al año siguiente “Muerte en la tarde”, que giran en torno a las corridas de toros. En 1928 se divorcia de su esposa y se casa con Pauline Pfeiffer y la pareja se instala en Cayo Hueso, Florida. Allí tiene su propio barco y pesca peces espada y tiburones. La tragedia familiar lo golpeará ese año. Su padre, acosado por las deudas y la depresión ( le había pedido un cheque que su hijo tardó demasiado tarde en enviar) su suicida con su escopeta en Chicago. En 1929 aparece el primer libro que atraerá la atención de la crítica literaria -Hemingway advertía que “mi trabajo como periodista está arruinando mi carrera de escritor”-: “Adiós a las armas”, que recrea su aventura como chofer de ambulancias en el frente. Realiza también varios viajes al África, participa en safaris y escribe desde la tienda (“Verdes colinas de África”, 1935). En 1937 aparece su única novela de corte sociológico (y la única que transcurre en EE.UU)”: “Tener y no tener”, donde presenta los problemas de un individuo libre frente al poder y la corrupción del Estado moderno. Según los críticos, luego de esta obra, Hemingway abandonara el “heroísmo individual” y se volcará a relatos que exaltan un cierto romanticismo épico, donde el hombre debe aceptar su destino heroico y tomar partido por una causa. La Guerra Civil española (1936-39) fue la excusa perfecta para embanderarse con el bando republicano, para el cual produce filmes documentales y luego una de sus novelas más conocidas “Por quien doblan las campanas”, llevada en los 40 al cine. Cubre como corresponsal el escenario europeo la Segunda Guerra Mundial para LIFE y TIME, participa en el Desembarco en Normandía y la caída de París (1944), alardeando de haber estado en primera fila con los soldados norteamericanos. En 1946 se casa con su cuarta y última esposa, Mary Walsh, y prepara material para su siguiente novela bélica “Al otro lado del río y entre los árboles”, que se edita en 1950, con poca acogida de parte de crítica y público. Hemingway se instala con su esposa e hijos en Finca Vigía, en Cuba, donde es retratado frecuentando los bares de la isla y pescando. Su carrera literaria se ha estancado, ubicado como un buen escritor de crónicas “realistas” en escenarios bélicos, pero con escaso vuelo en cuanto a la profundidad de sus temas y personajes. La fama tan anhelada por Hemingway parece haberse ido para siempre. Pero entonces, entre borracheras y escándalos familiares, se las arregla para producir su obra maestra, la mejor y más universal alegoría sobre nuestra condición: “El viejo y el mar”, se publica en 1952 y de inmediato cautiva a millones de lectores en todo el mundo. Los críticos también la celebran: en 1953 gana el Premio Pullittzer por este libro, y al año siguiente, le conceden el Nobel por el conjunto de su obra – aunque está claro que sin “El viejo…” este último no habría llegado. Es que en la lucha del pescador Santiago y su derrota final, nos reconocemos todos los hombres en nuestros desesperados esfuerzos por hacer algo de nuestras vidas. “Un hombre de carácter podrá ser derrotado, pero jamás destruido”, le dice el viejo pescador al muchacho que lo ve regresar exhausto, con solo el esqueleto del enorme pez espada que le han comido los tiburones. La lucha y la entrega de Santiago le han dado sentido a su última batalla contra el mar, y a toda su vida. La mala salud de Hemingway, luego de años de abuso del alcohol, le impiden ir a Stocolmo a recibir el premio. Para el grandote aventurero de barba, aquella también ha sido su último combate. En los años siguientes, su enfermedad se agrava, intenta escribir algo sobre sus años felices en París, pero el daño ya es irreversible. En 1960 se interna en un clínica de rehabilitación en Minnesota; sufre de hipertensión, psicosis y su hígado prácticamente no funciona. Sale en 1961 y se refugia en su cabaña de Idaho. Está trágicamente convencido que la literatura, “ya no quiere salir, nunca más”; el 2 de julio, se quita la vida de un escopetazo, como su padre. Es que para un verdadero escritor, sentir que ya no podrá escribir nada más, es el fin. “Para un escritor genuino, cada libro debiera ser un nuevo principio, donde nuevamente se esfuerza siempre en algo que está fuera de su alcance. Debiera esforzarse siempre en algo que nunca haya hecho o que otros han intentado y no conseguido. Así, alguna vez, con mucha suerte, triunfará. (De su discurso de aceptación del Premio Nobel) |
Daniel Abelenda -
de "Vidas de novela"
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