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¿Estás ahí, Stephen?
de "Vidas de novela"
Daniel Abelenda
abepolis@adinet.com.uy

 
 
 

Es el indiscutible rey del terror. Sus novelas (49 hasta ahora) han vendido la escalofriante cifra  de 350 millones de copias en todo el mundo.

Stephen King se ha convertido en el legítimo heredero de sus compatriotas Edgard A. Poe y H.P. Lovercraft, dos autores que siempre ha admirado. 

Sus fans crecen día a día, y su ritmo de producción –un promedio de una novela cada dos años- no parece decrecer a pesar de la fama y el dinero. “No podría vivir sin escribir”, ha dicho alguna vez, este hombre casa con la escritora Tabitha Spruce hace 40 años,  y con quien tiene 3 hijos.

Pero Stephen King no nació en cuna de oro ni en un ambiente especialmente culto.

Es un hijo de la clase obrera, un “self made man” escalando trabajosamente el camino hacia la cima. Nació en 1947 en Maine, el menor de dos hermanos, a quienes su padre abandonó cuando él tenía dos años, con la vieja excusa de “ir a comprar cigarros al kiosko” (¡!).

Lo cierto es que nunca regresó, y su madre, debió trabajar en empleos mal pagos para mantener a sus niños, mientras se mudaban a  distintas ciudades, a veces con parientes, buscando subsistir. Stephen supo de las privaciones materiales y dejó un agradecido recuerdo de su progenitora, en emotivas líneas de su manual/autobiografía “Mientras escribo” (2002).

Ya en la secundaria Stephen escribía historias de terror, que su hermano le imprimía con un mimeógrafo casero y luego el futuro escritor vendía por centavos a sus compañeros (los profesores lo descubrieron y le obligaron a volver el dinero). Perseverante, continuó enviando relatos a revistas clase “B” de terror o  de comics, generalmente sin éxito, hasta que en 1965 Comics Review le publica “Yo era un ladrón de tumbas de adolescentes” – con otro título menos impactante-. En 1967 logra que una editorial le pague una pequeña suma por publicar “The glass floor”.

Ese mismo año ingresa en la Universidad de Maine, donde se graduará en Artes e Inglés en 1970; para financiar su colegiatura, debe tomar trabajos de sereno, en una lavandería y limpiando baños.

En ese año conoce a una compañera en un taller de escritura, Tabitha Spruche, y se casan en 1971. Stephen consigue un empleo como profesor en la secundaria de Hampdem y su esposa trabaja como mesera; nace su primer hijo y la familia vive en una casa rodante de las afueras y tienen un auto al que le cuesta arrancar en invierno.

Será allí, en medio de  los bosques de su estado natal, donde King escribe, generalmente de noche, una historia de una chica con poderes telequinésicos que usará para vengarse.

Su nombre es “Carrie”, y el autor se inspiró en dos alumnas que vivían solas con sus madres (también en casas rodantes) y eran humilladas en el colegio, una por su gordura, y otra por no tener padre.

La madre de una de ella profesaba un fanatismo religioso vengativo, donde la línea entre los poderes de Dios y el diablo era muy borrosa – diría luego King.

Terminó la primer versión en 1973, y como no le convencía, ¡la tiró a la papelera!

Fue Tabitha quien la sacó de allí, la leyó y le insistió para que la enviara a un editor. Stephen lo hizo pero pasaron meses sin novedad; hasta que un día en que escribía –nunca dejó de hacerlo- en su máquina apoyada en la tabla de planchar plegable, recibió la llamada que les cambiaría la vida: el editor había vendido los derechos de “Carrie” en 400.000 dólares, de los cuales, 100.000 eran para el autor. Al escuchar esto, Stephen quedó sentado en el piso, a punto de desmayarse, mientras por el tubo que colgaba junto a la pared de la cocina se escuchaba: “…hola, hola…Stephen, ¿estás ahí todavía?”.

 

Daniel Abelenda - de "Vidas de novela"
abepolis@adinet.com.uy

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