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Una mujer inolvidable |
| A los cuatro años comencé a tomar conciencia de estar en este planeta, mis primeros recuerdos parten de ahí. Desde ese entonces, han transcurrido sesenta y seis o sesenta y siete años, no estoy totalmente seguro… jamás tuve la certeza de cuándo nací. A los quince o dieciséis, me crucé con la señora que me trajo al mundo y se lo pregunté. Me importaba conocer el día en que había nacido. Sin detenerse me dijo "el 14 de setiembre"… y sin mencionar el año siguió su camino. Nunca podré saber si esa fecha es la verdadera… o si me dijo lo primero que le vino a la mente porque no tenía la menor idea de cuándo había sido. En cuanto al año, saqué mis propias conclusiones tomando como referencia las fechas de mis hermanos… porque ellos sí estuvieron documentados. Así que debió haber sido entre el año 31 y el 32. Viví dieciséis años sin existir jurídicamente… no había registro de mi nacimiento en ningún lugar… pero eran tiempos en que no había mucha necesidad de tener cédula de identidad. Pero a los diecisiete me fue imprescindible para que me aceptaran en un trabajo mejor, y así fue como me asignaron el apellido de la persona que me presentó. Cuando el funcionario me preguntó el nombre… se me ocurrió contestar "Miguel Angel". En la escuela de Comodoro Coé y Julio César a la que asistí casi cuatro años bastante discontinuos, me anotaron -supongo que debe haber sido mi abuela materna- como Hugo Larrosa. Con ese nombre de pila respondí desde siempre. Y el apellido era el de mi padre, que murió cuando yo no había cumplido un año. A los diez años tuve mi primer trabajo. Fue en Ramón Anador y Julio César, en el almacén y puesto de verdura de "el griego". Mi sueldo era de tres pesos por mes (año 42 ó 43) o sea… diez centésimos por día. Mi trabajo consistía en barrer y limpiar el almacén y llevar los pedidos al domicilio de los clientes. Entre ellos había una señora -muy especial para mí- que recordaré hasta el último día de mi vida. La primera vez que le llevé su compra me hizo pasar. Vivía en la calle Chacabuco, entre Ramón Anador y Comodoro Coé. Doña María -así la llamaban todos- era una señora morocha, alta, muy bonita y agradable, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Usaba un delantal color naranja con bordados… y así la veo a través del tiempo, más de sesenta años después. Era la primera vez que yo entraba a una casa (al leer ésto, muchos se preguntarán dónde vivía… pero esa es otra historia). Para mí, aquello que vi era hermoso. Una cocina grande con baldositas de colores vivos, donde todo era brillante. La amplia y sincera sonrisa de Doña María me inspiraba confianza, aunque en aquel entonces tal vez no tuviera muy claro que ese era el nombre de aquella desconocida sensación. Tenía apenas diez años, pero me pesaban como si fueran veinte… Había sido muy golpeado y maltratado, por eso dudaba de todo el que se me acercaba -aunque sólo fuera para hablarme- con un instinto de rechazo casi animal. Tenía tanto temor, que me defendía antes de ser atacado. Esa actitud perduró en mí muchos años y me trajo bastantes problemas. El hecho de que fueran vestigios de un trauma desarrollado en mi niñez… no era disculpa aceptable para los que sufrieron gratuitamente mi hosquedad. Pero Doña María irradiaba por todo su ser algo que la hacía tan diferente a todas las personas que me rodeaban, que me sentía tranquilo y en paz… con la inexplicable seguridad de que nunca iba a hacerme daño. Me preguntó mi nombre y me invitó a tomar un vaso de leche. Yo conocía la leche porque alguna vez la había tomado en la escuela y me había gustado. Cada vez que tenía que ir a llevarle el pedido me sentía contento, ir a su casa era para mí una fiesta. Pero no tanto porque me alimentaba igual que a sus hijos, sino por aquella forma tan dulce de tratarme me hacía verla como alguien muy especial. Hoy sé que me sentía querido, y mi total inexperiencia a ese respecto no me dejaba comprenderlo… lo que veía en ella era la madre que hubiera deseado tener. En una oportunidad, estaba sentado frente a la mesa de su cocina tomando leche y comiendo pan con manteca y dulce -todo un festín para mi estómago siempre vacío- cuando se sentó junto a mí, me observó unos segundos, y sin decirme nada, con una sonrisa tierna, me acarició el pelo y me besó en la frente. Recuerdo que dejé de comer. Sentí una emoción extraña en todo mi ser. Entonces yo, que estaba acostumbrado a soportar golpes y gritos sin que se me escapara una lágrima, yo que acumulaba rabia en mi impotencia ante los castigos sin mostrar dolor… ese día lloré espontáneamente ante la caricia y el beso de aquella bondadosa mujer. Lloré lágrimas de felicidad por esa demostración de cariño desconocida, nueva… que recibía por primera vez. Han transcurrido casi sesenta y dos años y está muy fresco en mi memoria el tierno y afectuoso recuerdo de ese momento. La caricia y el beso de Doña Maria me han acompañado en el correr de mi vida, y me han permitido -en los momentos adversos de mi existencia- tomar conciencia de que no todo es malo. Que la vida puede ser muy hermosa siempre que exista una caricia y un beso, cuando se entrega con el alma. Porque es el amor -en todas sus facetas- lo único que sostiene este mundo tan frío e insensible. Mi eterno recuerdo para Doña María, la querida señora del bonito delantal color naranja que iluminó aquellos tristes días de mi niñez. |
Miguel Abalos - junio de 2003
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