Un delito más grave que robar

 
-¡Tomás!, ¡Tomás!, ¡levantate que ya son las siete! -llamó Celina a su hijo desde la cocina- Hoy tenés que ir a buscar flores. 
-Ya me estoy vistiendo, mamá.

Tomás Quiroga era un muchacho bastante morocho, bajo, bonachón, de buen carácter. Dispuesto siempre a dar una mano al que la necesitara. Era trabajador, inteligente, simpático y se ganaba el cariño de los que lo trataban. Pero como casi todos los que tienen esas condiciones, era un poco ingenuo... creía en la gente más de lo razonable. Para él todos eran buenos. 

Celina Cruz no había llegado a los cincuenta, pero aparentaba más edad en razón de una vida muy dura y una salud quebrantada por el asma.
Tomás había nacido en un cantegril, hacía dieciocho años. Era tan chico cuando murió su padre que no lograba recordarlo. Desde esos tiempos, vivía solo con su madre. 

Hacía casi diez años, Celina con mucho sacrificio había alquilado una modesta casita de bloques y chapa, con dos piezas y cocina, en el barrio Lavalleja, más precisamente en la calle Juan Acosta, a tres cuadras del Cementerio del Norte, donde tenían un puesto de flores del que vivían, trabajando los dos. 
Tres veces por semana, Tomás arrimaba unos pesos más cubriéndole las noches libres a un sereno de la zona, y se ocupaba de ir en busca de flores para el puesto con su carro de mano.

-Sentate a tomar unos mates, el agua ya está caliente. Te corté un poco de pan para que comas algo antes de salir. 
-¿Cómo estás, mamá? 
-Un poco mejor, pero con este frío me va a costar más reponerme. 
-No vayas hoy al puesto, mamá, hay mucha humedad. Tenés que cuidarte porque sos lo único lindo que tengo. Traigo las flores del mercado y me voy a trabajar. Hoy es sábado y se puede vender bien. ¡Ah!, te tengo una sorpresa. Con la changa de sereno junté 250 pesos. Ya les dije a los conocidos del cementerio que si alguien quiere vender una bicicleta usada ya puedo comprarla. Le prendo el carrito atrás y así puedo traer las flores en un solo viaje, ¿no te parece? 
-Siempre estás pensando cómo ayudar, hijo, casi no tenés tiempo para tus cosas.
-¡Vamos!, yo te quiero en pila, mamá. Vení, dame un abrazo, ¿ves? ahora salgo más contento -le dio un beso y salió casi corriendo. 
-¡Tomás! -le gritó Celina desde la puerta- ¡no te olvides de comprar cartuchos!

Ese sábado, se acercó al puesto de flores un desconocido. 

-¿Vos sos Tomás? 
-Sí, ¿qué necesitás? 
-Me dijeron que querías comprar una bicicleta usada. 
-Sí, ¿tenés alguna para vender? 
-Ésta... ando mal de guita y la quiero vender. Está bien, un poco rayada la pintura, nomás.
-Está linda -dijo Tomás- ¿Es tuya, ¿no?, porque yo no te conozco y no quiero tener problemas con nadie. 
-¿Y qué problema vas a tener, gurí, 'tas mal?, no pasa nada. 
-¿Y cuánto querés? 
-Te voy hacer precio, porque estoy "fallo al oro", y necesito la guita ahora. Te la dejo en 300 pesos. 
-No... ¡no tengo tanto! 
-¿Y cuánto tenés? 
-Y... todo lo que te puedo dar son 250. 
-Es poco, ¿no tenés algún "sope" más? 
-No, eso es todo. 
-Bueno, 'ta bien, como no puedo esperar te la dejo igual. Mirá que es un regalo que te hago, por esa guita no comprás una bicicleta como ésta. 
-Bueno, gracias, no sabés lo bien que me viene para trabajar.

Tomás metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó el rollito con los 250 pesos y se lo dio. 

-¿Me hacés un recibito por cualquier cosa?, vos sabés cómo es... 
-Quedate "tranqui" gurí, ya te dije que está todo bien, yo no te voy a cobrar dos veces. -No, no es por eso, es por si hay bronca con la cana. 
-Quedate "tranqui", que ésta fue solo mía, la compré nueva a plazos, y ya la terminé de pagar hace tiempo. Chau, y que la disfrutes. 
-Chau, ¡gracias!

Eran las seis de la tarde cuando Tomás salió rumbo a su casa, muy feliz de haber logrado el sueño de la bicicleta. Tres cuadras después un auto de la policía lo detuvo. 

-¿Qué pasa? 
-¿De quién es esa bicicleta? -preguntó un policía mientras el otro observaba el rayón en el cuadro. 
-Mía, la compré hoy a mediodía. 
-¿Dónde? 
-Yo tengo un puesto de flores frente al cementerio. Llegó un hombre y me la ofreció.
-¿Tenés algún recibo? 
-No, yo le pedí pero me dijo que no hacía falta. 
-¿Y cómo se llama el hombre? 
-No sé, no le pregunté. 
-Comprás una bicicleta, no tenés recibo ni tampoco sabés cómo se llama el que te la vendió, o te hacés el vivo, o sos muy gil. Esta bicicleta fue robada de Bulevar Artigas y Burgues. Esa raspadura que tiene en el cuadro es la seña que nos dio el dueño. Vas a tener que venir con nosotros para aclarar ésto en la Comisaría. 
-Si, pero tengo que avisarle a mi vieja, si no llego se va a asustar y está enferma de asma. 
-Ahora subí al auto y después nosotros le avisamos. 

Tomás subió a la patrulla y la bicicleta viajó en la valija. En la Comisaría le tomaron la declaración pero el Comisario no le creyó ni una palabra de lo que dijo y lo pasó al Juez. 
Con una ojeada desganada al expediente y sin tener prueba alguna de su culpabilidad, el Juez lo declaró culpable y sin más trámite lo procesó con prisión por robo. Pudo ser más benévolo teniendo en cuenta que no había sido investigada la existencia del supuesto vendedor, ni siquiera porque el muchacho carecía de antecedentes. 
Muchas veces escuchamos que por el mismo delito -y también por algunos más graves- los Jueces determinan que el acusado sea "Procesado sin prisión", con el margen de flexibilidad que les concede el Código Penal para que se manejen aplicando el sentido común. 
Pero en esta oportunidad, el magistrado que le tocó en desgracia a Tomás, le aplicó la Ley con total frialdad. Se habría peleado con su mujer -o vaya a saberse qué otra cosa- porque es evidente que dadas las circunstancias, descargó alguna bronca personal en el momento de la arbitraria determinación. 
Gritando su inocencia y desconsolado, fue a dar a una penitenciaría, lugar donde todos dicen ser inocentes -hasta el más feroz de los asesinos- así que nadie le creyó. 

Dos días después recibía la visita de Celina, que no podía creer que su hijo estuviera preso. Había ido a ver a un Abogado de esos que pone el Estado para los que no pueden pagar aranceles particulares, que le pidió 2.000 pesos para los trámites. Como ella no tenía tanto, le dio 500 que era todo lo que había en la casa. El Abogado le aseguró que en tres meses Tomás quedaba libre, que así había dicho el Juez.

A los ocho meses, aferrado a los barrotes de su celda, Tomás gritaba: 
-¡Por favor, Guardia!, llévele esta carta a mi Abogado. Mi madre ya le dio dinero y él le prometió que... yo tenía que haber salido hace cinco meses... 

No es fácil la vida en la cárcel para un muchacho de dieciocho años sin experiencia carcelaria. Todos quieren aprovecharse de él, pero por lo menos, apareció un "pesado" que decidió protegerlo, vaya uno a saber por qué. 
Tomás solo pensaba en salir, pero ya llevaba un año encerrado. Frente a su madre, trataba de ocultar cuánto dolor sentía por el injusto encierro.
Celina lo visitaba todos los días, resistiendo el asma y el disgusto que la avejentaban cada día un poco más. Era poco o nada lo que podía hacer por su hijo, a quien adoraba. Había golpeado muchas puertas encontrando únicamente indiferencia y ofrecimientos no cumplidos.

-¡Guardia!, ¡Guardia!, ¡por favor, ayúdeme!, mi proceso no camina. Hable con alguien que pueda ayudarme. 
-Te voy ayudar -contestó el Guardia bajando la voz- pero no abras la boca ¿oíste? No es fácil, pero voy hacer lo que pueda. 
-Gracias, muchas gracias, cuando salga de aquí mi vieja va a dejar de sufrir.

La burocracia es de terror. Se juega con la vida de los que dependen de ella con una insensibilidad atroz. ¿Cómo es posible que el contribuyente tenga que aportar para mantener seres irresponsables que alzan sus voces diciendo en descargo a su desidia que "el sistema funciona así"? 
Mientras los expedientes dormían el sueño eterno en la Suprema Corte de Justicia Tomás seguía crucificado entre los barrotes de su celda, impotente ante la inercia de los respetables señores que ni siquiera se enteraban de su existencia. 

Un día, el Guardia le dijo que lo suyo había pasado a sentencia. 

-Gracias, muchas gracias -abrazado a los hierros fríos con los ojos iluminados por la esperanza no paraba de agradecerle- ¡ahora puede ser!

Sin embargo -en el mismo cajón de un mueble antiguo- el expediente yacía como en eterno féretro, cubierta sus tapas de polvo e indiferencia; mientras Tomás -en la misma celda de olor nauseabundo- continuaba su horrible pesadilla. 
En las noches más largas de su corta y miserable vida, sus sencillos y humildes proyectos se iban desvaneciendo en el mundo del hacinamiento y la impotencia.
Pensaba en su madre, en las flores, en la gurisa del puesto 5, con quien se había ennoviado pocos días antes del arresto. Recordaba lo que conversaron en la primera salida, el deseo de ambos de poder vivir juntos algún día. Todo estaba tan lejano, tan borroso en la distancia. 
Se torturaba pensando sin poder comprender por qué estaba preso siendo inocente.

-¿Por qué?, Guardia, ¿Por qué no me largan? Me dijeron que iba a estar preso tres meses y ya llevo dos años. Ya cumplí mucho más de la cuenta. 

Lentamente se estaba resignando a quedarse en ese lugar para siempre, olvidado por los "señores Jueces" que se sienten dioses, que hablan y gesticulan, que determinan quien vive y quien muere, que reconocen como única verdad la de ellos. Magistrados que alzan sus voces a los cuatro vientos pregonando que se ajustan al artículo 8 de la Constitución, donde reza que "todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción ente ellas sino la de los talentos o las virtudes". Y no son más que cínicos, hipócritas y -en su gran mayoría- corruptos. Saben perfectamente que el Código Penal fue redactado por los ricos para aplicarlo a los pobres y que sólo recae sobre las clases sociales elevadas cuando se delinque contra los de la misma estirpe. Aunque en esos casos la pasan muy bien, en "centros de reclusión" especiales, apartamentos confortables donde no les falta nada. Los poderosos matan, roban y violan igual que los carenciados, pero en las cárceles comunes se amontona únicamente la plebe.

Cuando Tomás recibió la dolorosa noticia de la muerte de Celina, ya no volvió a hablar más de libertad. ¿Para qué podía quererla?. Sin su madre, ser libre o estar preso le daba igual. Sólo pensaba en morir para poner fin a su triste existencia. 

Una mañana lo encontraron muerto... había encontrado, tal vez, la esquiva paz.
No fue un suicidio -como dirá la prensa amordazada que tenemos- fue sencillamente un asesinato jurídico -si cabe la expresión- un homicidio llevado a cabo por todo el sistema político, el mismo que eligió este pueblo por mayoría. Pero aceptarlo sería reconocer la incapacidad y la negligencia con que se gobierna. 
¿Qué importa una vida humana cuando hay intereses en juego? ¿A quién le podía importar si Tomás Quiroga había robado una bicicleta? Si cuando fue detenido ya se sabía que había nacido en un cantegril... un delito más grave que robar.

Miguel Abalos, Junio de 2003

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