¿Hábil maniobra o golpe de suerte?

 
La que hoy llamamos "Ciudad Vieja", a principios del siglo XX fue una zona privilegiada.
Con la calle Sarandí dividiéndola en dos como un peinado con raya al medio, había en ella suntuosas residencias con aspecto de palacetes. Entre las de mayor jerarquía estaba la casa de los Taranco -hoy es un museo-, la de Amézaga -actualmente sede del Discount Bank-, la del riquísimo Vidiella (antes no se usaba decir "millonario") en 25 de Mayo y Juncal -donde ahora funciona una escuela de arte-, y la de los Baeza -luego convertida en el bastión del Partido Nacional-

También contaba con finos restoranes como el Lanata, junto a El Aguila, y con importantes hoteles como el Alhambra -donde ahora está La Pasiva-, El Oriental -en Solís y Piedras-, y el Pirámides, que fue un hotel de gran categoría aunque más conflictivo por las situaciones que allí se vivieron, como suicidios, adulterios y otras complicaciones. 

Entre los comercios destacados de la época estaba la gran tienda El Corralejo -donde hoy funciona una dependencia del Banco de Previsión Social-, y los bazares Colón y Japón, que se disputaban la selecta clientela.

Creo que no existe -desde la escollera hasta la Plaza Independencia- una manzana que no hubiera tenido un negocio o una residencia de categoría.

Aunque algunas de esas edificaciones fueron recicladas para convertirse en sede de grandes empresas, la mayoría son hoy vetustas y miserables cuevas de indigentes que buscan abrigo en las noches gélidas, donde el hambre cumple el rol principal, como la llaga abierta de un pueblo que agoniza ante la indiferencia de aquellos a los que nosotros mismos dimos la administración del país.

Esta historia habla de un personaje al que llamaré Carlos Alberto Platero Puyol, que había nacido en 1900, en una residencia al costado del Club Uruguay (aún hoy en pie), a la izquierda del Cabildo y a la derecha de la Catedral. Su padre fue un poderoso hombre de negocios que había amasado una gran fortuna y su madre poseía una estancia heredada. 
Había asistido a los mejores colegios. Era inteligente, astuto, hábil, generoso y bromista, condiciones por las que sus compañeros lo apreciaban mucho. 

Carlos Alberto, desde su adolescencia estuvo enamorado de Sara Krupinsky, y ese afecto era recíproco. Ella era hija única de Samuel, dueño de la joyería de más jerarquía de la ciudad y poseedor de muchísimo dinero. Sus clientes pertenecían a las familias de mayor nivel económico, integrantes de una burguesía que a fines del siglo XIX empezó a tomar forma de aristocracia -sin ascendencia ni títulos nobiliarios- que provenía de inmigrantes a los que les había ido bien en estas latitudes. 

Carlos y Sara se conocieron de niños, y ya adolescentes vivieron su idilio creyéndolo secreto, lo que fue un imposible ante tantos ojos ávidos de chismes. 
A pesar de estar previsto el futuro casamiento de Sara con el hijo de un amigo de sus padres residente en Europa, ella se lo había ocultado a Carlos por temor a perderlo.
Al cumplir los dieciocho años, Carlos pidió a su padre que fuera en su nombre a pedir la mano de la joven, por ser amigo y cliente de Samuel de muchos años. 

Francisco Platero se presentó en la joyería y -sabiendo que el tiempo era oro para su amigo- entró de lleno al asunto y le pidió su opinión. Samuel no había dado importancia a la conocida relación de los muchachos, justamente por la proximidad de concretar el acuerdo entre familias judías, cuyo conocimiento desconcertó a Francisco. Pidiendo las disculpas del caso, le explicó que había seguido la tradición acordando el matrimonio de Sara con un joven de la colectividad.
Intentando recuperar la chance de Carlos, Francisco se refirió al amor de la pareja, a lo que Samuel respondió que ya vendría después con la convivencia, siendo primordial la única clase de unión que los haría más fuertes ante el mundo.
Desilusionado, Francisco reprochó la actitud arbitraria de Samuel, deseando que nunca tuviera que arrepentirse de su decisión, porque dar el ser no convierte al padre en propietario de sus hijos. Se disculpó por su dura franqueza, le tendió la mano y se retiró.

Sara se casó y viajó para residir en Francia. Carlos, que sufrió mucho el amor perdido, se quedó solo con su desprecio hacia Samuel. 
Poco después falleció Francisco Platero y al poco tiempo su esposa. Carlos, solo, con el sufrimiento por los afectos perdidos, el rechazo hacia Samuel y una gran fortuna para manejar a su antojo, decidió vivir con total intensidad. Compró varios caballos de carrera, hizo viajes y dedicó las noches a fiestas, cabaret y mujeres. Al atardecer, impecablemente vestido y peinado a la gomina, salía en dirección al Jockey Club, donde se reunía con amigos a jugar póker o ajedrez. 

Unos años después se comentaba que había dilapidado su fortuna, pero Carlos no hacía comentarios al respecto, ni a favor ni en contra. 
En la mañana del sábado 13 de setiembre del año 30 -elegante como siempre- por primera vez en años entró en la lujosa joyería de Samuel, en la calle Rincón casi Treinta y Tres. 

Este relato -poco creíble para la época en que vivimos- verdaderamente sucedió. No es fácil que los lectores más jóvenes puedan ubicarse en aquellos tiempos. A los de mi generación -nacidos en esa década- les resultará más fácil comprender la forma diferente en que pasaban algunas cosas en torno a la élite de nuestro Montevideo.

Carlos vio a Samuel hablando con un empleado, se quitó el sombrero y se le acercó.

-Buenos días, Samuel, ¿cómo está usted? 
-¿Qué tal, muchacho?, es extraño verte a la luz del día, ¿qué te trae por aquí? 
-Me voy a casar, y quiero un buen regalo para mi novia.
-Me alegro mucho que sientes cabeza, el casamiento hace bien. 
-¿Usted cree? Quiero una pulsera, la mejor que tenga, la mujer que he elegido se lo merece.

Samuel puso varias sobre el mostrador de vidrio y Carlos eligió una.

-Es la más cara, cuesta $ 35.000 pesos. 
-Bueno -contestó Carlos sin inmutarse- me la llevo. 
-¿La vas a pagar al contado? 
-Por supuesto, le voy a dar un cheque, como se podrá imaginar no voy andar con semejante suma en el bolsillo. 

Samuel asintió con cierta expresión de duda, él también había oído el rumor de que Carlos estaba quebrado; sin embargo no había comentarios de que no pagara sus cuentas y aún seguía viviendo en la residencia de los padres, aunque no sabía si podría estar hipotecada. 
Mientras una de las empleadas envolvía la pulsera para obsequio, Carlos llenó el cheque y Samuel comprobó que todo estaba en orden, la suma y la fecha eran correctas y podría cobrarlo el lunes. 
Cuando salió de la joyería, Carlos bajó por Treinta y Tres y llegó a 25 de Mayo. Ahí, a mitad de cuadra, estaba la casa de empeño de David Manevich. 

-Buenos días -saludó al entrar- ¿está David?
-Sí, señor, enseguida lo llamo. 

-Necesito empeñar esta pulsera, David, recibí un telegrama de Buenos Aires y debo viajar hoy por el Vapor de la Carrera para cerrar un negocio importante. Preciso efectivo y hoy no tengo Banco. 

David examinó la pulsera a través de una lupa y le ofreció $15.000. 

-No, es poco -dijo Carlos- se la termino de comprar a Samuel en $35.000. Aquí está la factura, fíjese, y usted me quiere dar menos de la mitad. Me la llevo, estoy seguro de conseguir bastante más en otro lado. 
-Le podría dar $17.000. No me alcanza, necesito $20.000. 
-Es mucho. 
-No -dijo guardando la pulsera- gracias de todos modos. 
-Bueno, está bien, le doy los $20.000. 

David le entregó el dinero en efectivo. Como le pareció raro el empeño de una pulsera el mismo día de su compra, telefoneó a Samuel para decírselo. Samuel pensó en los rumores sobre la quiebra de Carlos, seguro que el cheque no tenía fondos y lo había estafado. Para conocer la solvencia de Carlos, trató de comunicarse con gerente del Banco. No lo encontró, había viajado por el fin de semana. Eso empeoraba las cosas, debía impedir que Carlos saliera del país, si cruzaba el río perdería su dinero. No era simple, no podía acusarlo de nada hasta el lunes, Carlos estaba limpio. Contaba únicamente la buena voluntad de su amigo el Ministro del Interior, José Luis Piñeyrúa, que le debía algunos favores y ésta era una buena oportunidad para cobrarlos. Por la importancia del asunto desistió de telefonearle, cerró el negocio pasado el mediodía y fue personalmente. 

-¡Qué sorpresa, Samuel!, Estás nervioso ¿acaso te robaron? 
-Conocés a Carlos Platero, ¿verdad?
-Claro, siempre lo veo en el Jockey Club y también en el Club Uruguay ¿qué pasa con él?
-Estuvo esta mañana en el negocio y compró una pulsera de alto valor. Me pagó con un cheque, y una hora después me entero que la empeñó y esta noche viaja a Buenos Aires. Ha corrido un rumor, parece que está quebrado y sospecho que piensa escapar. 
-Si, yo también escuché algo referente a su situación financiera. ¿Por qué no llamás al gerente del Banco?
-Ya lo hice y no está, hasta el lunes no regresa. 
-Yo con mucho gusto te voy ayudar en lo que pueda, ¿qué querés hacer? 
-Yo quisiera que le impidieras embarcar en el Vapor de la Carrera y lo retuvieras hasta el lunes a la una de la tarde que abre el banco para saber si tiene fondos, porque si viaja a Buenos Aires no lo vemos más. 
-Samuel, vos sabés que la policía no puede detener a un ciudadano como éste, que no es un cualquiera, por una simple sospecha.

Samuel, preocupado, ya daba su pulsera por perdida y estaba convencido que Carlos lo había robado. 

-Lo que podés hacer -prosiguió José Luis- es presentar una nota al Comisario de la Seccional Primera, mencionado todos los hechos que te llevan a sospechar que estás ante una estafa, solicitando que no le permitan salir del país hasta el lunes a las 13 horas. La hacés por triplicado, el Comisario te las va a firmar y sellar, te va a dar una para que la conserves, le va a entregar él mismo la segunda a Carlos y se va a quedar con la tercera para la Seccional. Me voy a ocupar de este asunto, dando a mi gente instrucciones precisas. Lo que vamos a hacer es intentar convencerlo amistosamente que desista de su viaje hasta el lunes, porque vos tenés dudas que ese cheque tenga fondos, como dice tu denuncia por escrito. Tenés que pensar si sos capaz de asumir tu responsabilidad en todo esto. Si no tiene fondos, acertás y si no te paga le confiscás sus bienes hasta cubrir tu pulsera. Pero si tiene fondos no puedo saber qué puede hacer Carlos Platero. Tal vez no haga nada y acepte tus disculpas... o no. Por lo que sé siempre fue un muchacho de buen humor y querido por sus amigos y compañeros de juerga, un poco desordenado después de la muerte de sus padres. 
-Asumo la responsabilidad, sí. Quiero que no salga del país porque si lo hace no vuelve. 
-Bueno le daré órdenes a mi gente para que lo convenza a desistir del viaje -dijo el Ministro del Interior- ojalá tengamos éxito. 

El Vapor de la Carrera partía del puerto de Montevideo a las 21 horas. Carlos llegó al puerto a las 20:30, cargando una valija. Cuando quiso trasponer el recinto del salón de control de equipaje, se le acercó el Comisario con dos policías. 

-¿Es usted Carlos Alberto Platero Puyol? -preguntó el Comisario-
-Si -respondió con sorpresa- ¿qué pasa? 
-Nosotros venimos a invitarlo a que usted postergue su viaje para el lunes. 
-No puedo hacerlo, el lunes por la mañana tengo que cerrar un negocio muy importante en Buenos Aires. 
-Si usted se niega a quedarse, nosotros tenemos órdenes que no quisiéramos cumplir, por eso le pedimos... 
-Pero ¿por qué razón no quieren que viaje, soy sospechoso de algo? 
-En principio no se le acusa de nada, porque no tenemos pruebas -el Comisario le extendió la nota presentada por Samuel Krupinsky- vea.

Carlos leyó la nota y la guardó. 

-Ustedes saben muy bien que eso no alcanza para impedirme viajar, ¿verdad?
-Simplemente apelamos a su buena voluntad para que la duda se disipe.
-Está bien, acepto quedarme en Montevideo hasta el lunes cuando abra el banco. Ahora si quiere, lo acompaño hasta la comisaría y desde ahí llamo a mi abogado para que él le firme un documento de responsabilidad de que no voy a salir del país. Y supongo que después me podré ir. 
-Sí señor -respondió el Comisario, feliz de haber cumplido con éxito la misión encomendada- de esa manera todo queda en orden. 

A las 12:50 del lunes, Samuel se encontraba en la puerta del banco con dos policías de particular. Casi a las 13:00 llegó Carlos con su abogado, un amigo de toda la vida.
Al ver a Carlos el rostro de Samuel se iluminó de alegría. Carlos, muy sonriente, saludó a los policías y dirigiéndose a Samuel le tendió la mano.

-¿Cómo está, señor? 
-Bien, muchacho... perdoname la molestia que te ocasioné. 
-No tiene importancia -dijo Carlos sonriendo- 

Conforme abrieron la puerta del Banco, Samuel se acercó a la ventanilla y le extendió el cheque al cajero. Se le iluminó la cara al momento en que el empleado comenzó a contar los $ 35.000. 
Carlos, su abogado y los policías observaban desde cerca. 
Samuel, después de guardar su dinero en un portafolios se dirigió a los policías y les agradeció, enviando un saludo para el Comisario.

-Muchas gracias muchacho, y otra vez te pido perdón por mis dudas y desconfianza, trataré de recompensarte con algún regalo. 
-Por favor, señor, está todo bien, no se preocupe por nada. Ha sido un placer acompañarlo al banco a cobrar el cheque. 
-Una vez más muchas gracias, sos una gran persona. 
-Hasta pronto, señor -saludó Carlos estrechándole la mano-

Samuel salió casi corriendo. Carlos caminó una cuadra y media en silencio junto a Mario César Kohn Portillo, su abogado y amigo, y entraron al restauran el "El Aguila". Miró a Mario por unos segundos, sacó del bolsillo interno de su saco un papel doblado y se lo entregó. 

-Esta es la denuncia firmada por Samuel y presentada ante el Comisario de la Seccional Primera, donde me acusa por sospecha de estafa y solicita ayuda de la policía para no permitirme salir del país hasta el día de hoy, lunes 15 de setiembre de 1930. Está certificada por el Comisario, a quien no opuse resistencia y tomé la decisión de quedarme, a pesar de tener que firmar un negocio de mucha importancia en la ciudad de Buenos Aires. Creo que con ésto es más que suficiente para demandarlo por daños y perjuicios y algo más que vos sabrás. 
-Sí, claro -dijo Mario- es más que suficiente. No conozco en profundidad a Krupinsky pero tengo la certeza que no es mala persona. 
-Puede ser, pero yo con él no tuve suerte. Primero me quitó a la mujer que más quise en mi vida y ahora duda de mi honestidad tratándome como a un vulgar estafador.

Se pudo probar que Carlos iba a cerrar un negocio muy lucrativo en Buenos Aires, que quedó trunco por el incidente. Samuel fue demandado por daños y perjuicios, y a pesar de todas sus vinculaciones perdió el juicio y tuvo que pagar una fortuna. Después de ese desastre económico, para reponerse tuvo que pedir ayuda a la colectividad. 
Jamás trascendió si la casualidad hilvanó los hechos de esa forma o si fue Carlos que tejió la trampa para atrapar a Samuel, conociendo su amor por el dinero. Nunca se supo.

Miguel Abalos

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