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Destino |
| Eloísa tenia treinta y ocho años. Vivía en pareja, feliz y en calma. Con buen equilibrio en todas sus decisiones, estaba convencida de lo que quería en esta vida y le daba el justo valor a cada una de las cosas que se le presentaban. Tenía un trabajo estable y seguro, un matrimonio en total armonía con un marido que era -como se dice usualmente- "un buen hombre", y muchos amigos que la estimaban. Luchaba por mejorar, sin la desesperación de dejar por el camino cosas ya conquistadas. Estaba en paz con ella y con su vida. |
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Entre sus compañeros de tareas había uno, que le estaba quitando esa serenidad tan habitual que era su orgullo. Para él -ignorante de la situación- ella era una buena compañera y con esos ojos la miraba. Cuando Eloísa tomó conciencia de lo que le estaba pasando, no encontró una buena razón para la falta de ese equilibrio que tanto alimentaba su ego y su personalidad. Al principio creyó poder superar ese injustificado nerviosismo ante la presencia de Manuel. Pero en el transcurrir de los meses, tuvo que aceptar lo que hasta entonces rechazaba de plano: se estaba enamorando de él…que continuaba a muchísima distancia del asunto. Eloísa creyó que luchando contra ese sentimiento lo iba a vencer. Se mentalizó para que "eso" que había invadido su intimidad y lo más profundo de su ser, sería desalojado en el momento que se lo propusiera. Grave error. Inexorablemente -desde el momento en que comenzó su lucha por expulsarlo- el "virus" ya había invadido su ser y se le aferraba con más fuerza. Mantuvo la infructuosa lucha casi tres años. Ya no era la misma. Esa "cosa" la iba cambiando muy lentamente, pero a paso seguro. Su esfuerzo por destrabar la situación no había hecho otra cosa que acelerar aun más ese amor -porque a esa altura tuvo que llamarlo por su nombre- reconociendo que su estado era muy grave. Sólo pensarlo la estremecía de miedo. Ella, que jamás había sentido temor a nada, ni siguiera a envejecer. Indudablemente, su coraje se había escapado, dejando espacio para un amor… de esos que llegan derribándolo todo. ¿Qué hacer con tanto amor en la total soledad si sólo ella y su alma conocían el secreto? A pesar de querer y respetar a su buen compañero, los viernes se habían convertido en sus días mas tristes. Estaría en su casa separada del trabajo, lejos de Manuel. Trataba de justificar ese estado de ánimo con disculpas no muy coherentes para alguien que la conocía bien. Ya carente de sentido común, se había quedado al garete como un velero en el océano embravecido, totalmente sin control. ¿Cuánto podría soportar?, ¿hacia donde las aguas y el viento llevarían su embarcación?, ¿se partiría contra algún acantilado, o sería mansamente arrojado a la playa? Imposible saber. Únicamente el destino lo sabía. El destino que no habla, no anuncia, solamente ejecuta en el momento más imprevisible. El amanecer de cada lunes Eloísa volvía a la vida, y todo su ser resplandecía. Era conciente de su infidelidad espiritual y eso la consumía tanto como no poder gritar su amor. Pero ya no estaba en condiciones de continuar una lucha inútil, había bajado los brazos. Con su pesada carga a cuestas e invadida de temores, salió hacia el trabajo sin saber qué hacer. Se había enamorado sola, sin que nadie le diera participación. Manuel no tenía ni la más leve sospecha de lo que había despertado en ella. ¿Qué podría pensar si se lo confesaba?, ¿perdería para él su valor como mujer echando por tierra la amistad que los unía?, ¿reconocería el valor de ese amor auténtico, nacido insólitamente, capaz de darles inmensa felicidad… o de hacerlos mil pedazos?, ¿o pensaría -tal vez- que no era más que una atracción física carente de sentimiento alguno? ¿Y en qué posición quedaría su marido si ella se decidía a hablar?, ¿cómo podría explicarle una situación tan fuera de lo común?, y aunque entendiera, ¿qué derecho tenía ella de lastimarlo así? Era temprano, decidió tomar un taxi y se dirigió a la rambla. Se sentaría un rato frente al mar para tratar de despejar la mente, tranquilizarse y encontrar -tal vez- una respuesta inteligente. Sentada sobre el muro miró hacia el horizonte, suplicando ante aquel azul inmenso y calmo, ayuda para encontrar la clave para su dilema. -¡Vamos, rápido, apúrense! -llamó el jefe al grupo de empleados- ¿estamos todos? -¿A dónde van? -preguntó Manuel que recién entraba- ¿qué pasa? -Es Eloísa -dijo el jefe- parece que estaba en la rambla esta mañana y resbaló, se cayó al mar… vení con nosotros, Manuel, dejamos cerrado hasta las cinco y media, ¡vamos al velorio! |
Miguel Abalos
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