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Lo demás, es lo de menos |
| Horacio estaba conforme. Vivía una de las mejores etapas de su vida; de las que más se disfrutan cuando están ocurriendo, y también cuando se reviven pasados los años, al abrir el álbum de los recuerdos. Tenía cuarenta años, era buen mozo e interesante. Estaba casado con Marta, una bonita mujer, y su vez tenía una amante, Julia, también muy atractiva. Sentía que así su vida estaba completa, su ego machista completamente colmado, pleno y feliz. Marta y Julia complementaban su vida sexual de manera maravillosa y ambas eran igualmente importantes para él. Para Horacio, el resto de las mujeres no existía. Como si ambas conformaran su propia y única mujer perfecta, les era totalmente fiel; no deseaba ni precisaba más. Se sabía querido por las dos y eso lo llenaba de orgullo, alimentaba su autoestima y lo hacía sentirse seguro de sus condiciones de hombre. Marta y Julia se conocían. Habían estudiado en el mismo colegio y a menudo se encontraban en reuniones de amigos y ex-compañeros comunes. Pero, si bien Julia sabía que Horacio era casado, Marta desconocía que su marido tenía una amante. Una noche notó a Marta desganada, como si estuviera cumpliendo un rol. Pensó que se trataba de un poco de cansancio. Poco después ella, cariñosamente, se negó a sus requerimientos aduciendo que no se encontraba bien y que era mejor dejarlo para otro momento. Aunque trataba de restarle importancia esperando que las cosas volvieran a su cauce normal, la situación lo preocupaba. Lo que hasta ahora había sido perfecto se estaba deteriorando. Se preguntaba si a Marta podría estar interesándole otro hombre o... ¿acaso él estaría perdiendo aptitudes sin darse cuenta...? Su consuelo era que con Julia todo seguía bien y eso niveló su autoestima... hasta que pocos días después, también ella se manifestó sin deseos. Si bien era amable y cariñosa, su apetencia se había congelado. Eso ya fue mucho para Horacio, que se encontró en un callejón sin salida. ¿Qué estaba pasando con sus mujeres? ¿No estarían notando en él algún desmejoramiento? Volvió a cuestionarse su virilidad, y de sólo pensarlo se ponía tan nervioso que como consecuencia, las pocas veces que ellas accedían a una relación íntima, no encontraban respuesta en Horacio; su nerviosismo lo traicionaba y no podía desempeñarse a satisfacción. Para entonces su estado mental y físico era lamentable. Trataba de serenarse buscando bajar las revoluciones de sus deseos, pero las consecuencias eran peores. No obstante, quiso disipar sus dudas sobre los motivos de todo este problema. Se propuso investigar a Julia para saber si le era infiel. La esperó a la salida del trabajo en su coche, a una distancia prudencial. A la hora indicada, ella salió, subió a su auto y arrancó. Horacio la siguió con discreción, no muy de cerca. Con sorpresa, la vio llegar a su casa, donde su esposa esperaba en la puerta. Marta subió al coche, le dio un beso a Julia y emprendieron viaje en dirección a Carrasco. Tomando precauciones para no ser visto, las siguió por la Rambla. Cruzaron el puente y dos cuadras después, el auto entraba en el motel "La posada del mar"... Horacio no podía creer lo que estaba presenciando. Quiso pensar que era sólo un sueño y lo que estaba sucediendo no era real. Detuvo el coche a media cuadra y se quedó unos minutos tratando de reaccionar. Definitivamente, había una realidad innegable: Marta y Julia eran amantes. Puso el coche en marcha y retornó a Montevideo conduciendo despacio. Meditando sobre lo ocurrido llegó a la conclusión simple y tonta del perfecto machista: no existía ningún otro hombre que le hubiera arrebatado a sus mujeres; no tenía por qué preocuparse, su virilidad estaba intacta... Lo demás, era lo de menos. |
Miguel Abalos
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