Montevideo del 50

 
Desde hace algunos años trato -aunque algún quebranto fortuito me lo haga difícil- de vivir cada minuto de mi vida como si fuera el último.
Me proyecto hacia el futuro a corto plazo sin pesimismo ni derrotismo -nací en los 30, cuando a Carlitos se lo llevaron- con el realismo conciente de estar más cerca de los que se van que de los que empiezan. 

Conservo muchos recuerdos y eso me gusta -su carencia sería muy triste, como pasar por este mundo sin dejar huella- son los frutos de un pasado que saboreo con satisfacción.
Hoy me sumerjo en ellos para bucear en aquel hermoso e inolvidable Montevideo del año 50, donde la vida de este país era tan distinta a la de hoy. 
Distinta porque no fue una mejor política de la que hay ahora que nos permitió vivir con esplendor, sino la pérdida -por terrible paradoja- de millones de vidas en Europa durante la segunda guerra.

Sin televisión ni otros medios tecnológicos actuales, la forma de comunicación se daba -entre varones- compartiendo los grupos infaltables en la incalculable cantidad de bares de la ciudad.
Yo tenía entonces dieciocho años y me movía -para mi suerte- entre personajes mayores que yo, con una filosofía bolichera que hubiera dado envidia al mismísimo Aristóteles.

Y ya sin más vuelta me zambullo en el pasado, para rescatar de la memoria aquellos boliches que arrasó "'la piqueta fatal del progreso".

Arranco por Dieciocho, desde Ejido hacia el centro. Ya dejo atrás -entre muchos- tres para no olvidar:

- el Londres -en Dieciocho y Arenal Grande- que era parada obligada de Carusito -el de la orquesta típica- aquel petiso enorme, que se reía de su propia cara y contaba anécdotas muy graciosas, como el origen "tragicómico" de su inspiración cuando compuso el tango "Lilián"... 

- otro estaba en Sierra (a la antigua) -entre Dieciocho y Colonia- frente al Banco Hipotecario de hoy, en el local que ahora ocupa la Alpargatería del Cristo. Ahí, Mastra, Uruguay Zabaleta, Ernesto Restano y otros, hacían el deleite de los parroquianos,

- y el Tronío, en Rivera -entre Dieciocho y Guayabos- donde paraban los grandes bacanes del escolazo: "Cañón"' Bianchi que regenteaba el juego clandestino de todo el país; Rafael, manejando casi todos los prostíbulos uruguayos (con su pinche o ladero Monterito, capo del "sevelén"' y personaje importante de la Cancha de Bochas Jackson); el "Cacho" Otero, famoso contrabandista argentino dueño de varías avionetas (y sus compinches, el yugoeslavo Milko, el gallego Fenández, y otros ... ). 
Una madrugada, (y ésto ha quedado en los archivos policiales de la época como marca de la crónica orillera), Rafael y el Cañón Bianchi se desafiaron a pelear por un asunto pendiente que venían arrastrando desde mucho tiempo atrás: cada cual subió a su auto y enfilaron a la Rambla, a la altura de Jackson. Por supuesto, atrás fueron los respectivos laderos, no con el fin de intervenir, sino de presenciar el duelo.
Rafael llega primero, y se parapeta detrás de una columna. Enseguida llega Bianchi, y apenas baja del auto, recibe un balazo en el medio del pecho.
Rafael -creyendo que lo había matado- sale del escondite, y es ahí que el Cañón Bianchi -con el último aliento que le quedaba- le mete una bala en el medio de la frente...
Conclusión: dos muertos para el fin de fiesta, y los espectadores "circulando", sin más ruido que el de algún motor. Al día siguiente, la primera plana de los diarios enarbolaba aquel duelo, favoreciendo a los canillas, porque no les sobró nada con semejante noticia.
Hoy... que la crónica roja ya no le vende diarios a nadie, se podría decir -como en el tango "As de Cartón"- "ya no habemos más guapos, todo acabó".

Ahora sí, de Ejido al Centro:
A la derecha, en la esquina, el Tasende.

Cruzando, antes de llegar a Yaguarón, La Sibarita, con mozos de negro, donde se comían en el mostrador unas milanesas de novela.

Haciendo cruz con el diario "El Día", el boliche de la esquina era una cueva de clandestinos de todo tipo de juegos y de punguistas, cuyo capo hacía las repartijas en el fondo. Si alguien tenía la fatalidad de que alguno lo afanara, conociendo algún "personaje", le reclamaba el dinero, que a las pocas horas regresaba a su bolsillo... ¿quién se cree en estos tiempos, que tuvimos una "delincuencia honorable"...?

Enfrente, cruzando Yaguarón, estaba el Montevideo, lugar obligatorio de políticos y aspirantes a serlo.

A la vuelta -en San José y Yaguarón- La Mezquita, donde se pasaba muy bien desde las siete de la tarde, escuchando desde un elegante palco a Hugo del Carril, Pedro Vargas y otros tantos.
Otra vez en Dieciocho, al llegar a Yi nos encontramos el Facal (el único que aún sobrevive).

Por Yi a la izquierda, El Barrilito.

Otra vez en la Avenida -a mano izquierda, casi llegando a Cuareim- la elegante Confitería Americana, muy frecuentada por los Diplomáticos del Palacio Santos, que tomaban el té en las mesas del salón. Sobre el largo mostrador, había bandejas con masitas de todo tipo, de las cuales -originalmente- los clientes podían servirse ellos mismos, pasando luego por la caja para pagar la consumición. Como no había otra clase de control que la declaración del cliente, ese curioso servicio tentaba a los golosos a pagar unas masitas menos de las que hubieran comido, pero eso era parte de los "gastos de propaganda", así que no había problema. En el piso de arriba, contaba con amplios salones de fiestas, arrendados para casamientos y otras reuniones de categoría.

Cruzando -ya sobre la esquina de la Plaza Cagancha- estaba el tradicional Sorocabana, con sus infaltables bohemios, líricos y otros, soñando con que algún día, un cantor se le anime a la letra de tango que están escribiendo...

Y enfrente el inmenso Ateneo -chiquito sólo de tamaño- que significó toda una época, y fue sueño de muchos aficionados poder llegar a cantar en su palco. Lo dirigía otro petiso formidable: Puciano, con sus concursos de cantores. Las guitarras de Fontela, Pizzo, Aguilar y otros, hicieron posible que muchos muchachos se proyectaran hacia el futuro, algunos con mucho éxito, como Julio Sosa y Carlitos Barbé.

Atravesando la Plaza saludamos al pasar a don Antonio Cassiani -el canilla- a quien "el mudo" Carlitos Gardel inmortalizó grabando en un tango, aquel papelito arrugado que Cassiani le entregó en la calle -una noche cualquiera- con la letra de "Farabute".

Más adelante -siempre por Dieciocho, sobre la izquierda, entre Julio Herrera y Río Branco- El Tupí Nuevo, bar y confitería con orquestas y excelentes cantores, además de billares en el subsuelo. Allí -una noche en que entré a jugar al billar- me encontré de frente con Nelly Omar! gran valor femenino para el tango… y qué bonita mujer!

Llegando a Convención, estaba el lindo boliche La Cosechera, con sus parroquianos pintorescos.

En Andes estamos obligados a doblar a la derecha, porque tenemos tres boliches para la mejor historia de aquel Montevideo: Los Veteranos, el Yo-Yo y Las Cuartetas. Los clientes habituales de estos lugares, con callos en los codos de tanto mostrador, eran la "'florinata"' de los bebedores. Allí, todos los problemas tenían solución.

Frente a Los Veteranos estaba uno de los Cabarets más lindos de esos tiempos: el Chantecler.

Seguimos por Andes hasta Colonia, ahí estaban El Avión y La Academia de Billares, donde daba cátedra nuestro campeón de "tres bandas" don Alfredo Fuentes, y donde el Turquito, Casaña y el Pibe Pocitos tallaban "con todo"' en sus "'fuertes paradas"' de casín.

Pasamos de largo por delante de La Mallorquina, confitería de bacanes y minas "bián".

Y ya que estamos tan cerca, nos corremos hasta Andes y Paysandú, para llegar a El Quitapenas, un boliche "boliche"' al que el gran Fiore (Francisco Fiorentino, cantor de Troilo) jamás dejaba de ir cada vez que "cruzaba el charco" (tuve el placer de chamullar con él alguna madrugada).

Ahora subimos a la Plaza Independencia. En la rinconada a la izquierda, nos encontramos La Pasiva y sus frankfurters con cerveza, el Armonía con su Orquesta de Señoritas y el Británico, reunión de veteranos "acomodados".

Atravesamos la Plaza, y el aroma de los churrascos de El Suizo es un imán.

De frente tenemos Juncal, ya estamos viendo la puerta del Monterrey -boliche con billares, muy conocido por sus minutas- con salida a Bacacay.

Y nos vamos al viejo y querido Fun Fun del mercado viejo, donde se mezclaban actores, cantantes, músicos, políticos, poetas, y otros nocheros de esta ciudad, que convertían aquello en un verdadero templo democrático.

En la esquina, frente al Solís, el Tupí Viejo: intelectuales, periodistas y soñadores, formaban el plantel de "habitués".

Doblamos en Bartolomé Mitre, y ahí está -nada menos- que el viejo y deshilachado El Garrón, donde se podía encontrar alguna noche -acodada al estaño- a la bonita Piba Tornillo, pintoresco personaje de la noche montevideana, que "sabía hacer boliche"; conocida de todos, pero siempre sola. Lugar también frecuentado por el futbolista argentino Guido Bastarrica, que más tarde fue periodista, y como tantos jugadores argentinos, se quedó para siempre en esta ciudad.

Al salir de El Garrón, desde Bartolomé Mitre y Reconquista llega la música del Cabaret Embassy.

Llegamos hasta Sarandí para pasar por el Boston, y continuar la vuelta por "el bajo" pasando por El Colmado de Sevilla y el Rialto.

Y cerramos la noche en el Capitol -para el que tengo un especial recuerdo de mis diecisiete años- donde un veterano me presentó a La Yoli (la del romance con el canario Bibiano Zapirain, jugador de la famosa delantera de Nacional de los años 40 al 43: Castro, Cioca, Atilio García, Porta y Zapirain) la hermosa francesa que lo regenteaba. Aquella mujer de enormes ojos verdes, cuerpo bien formado y rostro lleno de simpatía, quedó en mi recuerdo -con sus casi 60 años y a pesar de mi juventud- como una figura imborrable y seductora.

Miguel Abalos - marzo de 2003

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