El último Caudillo

 
A fines del siglo XIX, los ingleses -junto a los ferrocarriles- trajeron el fútbol a estas latitudes. Allá por el barrio Peñarol, los muchachos humildes salían de sus ranchos y miraban con asombro cómo esos rubios y robustos hombres le pegaban a una pelota de cuero, entre gritos y alocadas carreras. 

Poco tiempo llevó para que todos los jóvenes uruguayos comprendieran el secreto de ese deporte y en el correr de los años se convirtieran en hábiles dominadores de pelota, aportando además mucha picardía en su manejo. Así asombraron al mundo futbolístico siendo campeones olímpicos en los años 24 y 28. Hasta ese momento Uruguay era un país casi desconocido para muchos, y algunos creían que formaba parte de Argentina.

A raíz de esos triunfos la FIFA eligió a Uruguay como sede para el primer Campeonato Mundial de Fútbol. Una vez más el equipo uruguayo se alzó con la copa, mostrando al mundo que era el mejor y que las Olimpíadas del 24 y 28 no habían sido algo fortuito, sino una supremacía indiscutible. 
En los dos Mundiales siguientes, el 34 en Italia y el 38 en Francia, Uruguay no participó -al igual que muchos países de América del Sur- porque Europa estaba convulsionada y era eminente un segunda guerra mundial. 

Cinco años después de terminados los conflictos bélicos, Brasil fue nominado por la FIFA como sede para el IV Campeonato. Para tal ocasión los brasileños construyeron el estadio de fútbol más grande del mundo con capacidad para casi 200.000 personas. Los jugadores del 24, el 28 y el 30 -que habían demostrado sus brillantes condiciones acaudillados por el formidable José Nasazzi- ya no estaban en las canchas. Eso se había convertido en un hermoso recuerdo.

La generación del 50 era otra, que debía revalidar aquellos triunfos y consolidar la supremacía de sus predecesores. Para muchos compatriotas parecía casi un imposible, posiblemente lo mismo se creyó cuando cruzaron el Atlántico en barco para las Olimpíadas del 24. Pero una vez más el mundo escuchaba -casi sin poder creer- que once jugadores de fútbol de un país llamado Uruguay volvían a ser campeones del mundo. 
El nombre de su capitán y caudillo -junto al de todos sus compañeros de equipo- pasó a ser parte de una hazaña memorable. Para todas las generaciones de amantes al fútbol de este país, el 16 de julio de 1950 ha quedado como una fecha muy difícil de olvidar, por el entorno que tuvo esa victoria. 

Hoy quiero intentar un bosquejo de la figura sin duda más gravitante, no sólo como jugador. Quiero hablar del hombre, templado desde muy chico en la adversidad de la vida que le tocó en suerte. El que supo poner sobre una cancha de fútbol su filosofía callejera muy bien aplicada, que fue una enorme ayuda sicológica para todos sus compañeros. Obdulio Jacinto Varela, con casi treinta y tres años a cuestas y un trajinar por las canchas de casi veinte años, fue el pilar fundamental. Sé que no estoy contando nada nuevo, ya que cuatro generaciones de este país han escuchado comentarios sobre su trayectoria futbolística.

Había nacido el 20 de setiembre de 1917 en el barrio La Teja, que siempre fue de gente muy humilde, y en aquellos tiempos mucho más. Perteneciente a una familia pobre y con muchos hijos, fue a la escuela hasta tercer grado y después dejó. Había que salir a la calle a trabajar para ayudar a sus padres y hermanos. Vendió diarios en Paso Molino y después en el Centro, en 18 de Julio y Yaguarón, cuando tenía apenas diez años. Una vez le escuché decir que la calle le enseñó casi todo: lo bueno, lo malo, lo feo y lo lindo… y se podía agarrar para cualquier lado. Se podía elegir el camino fácil y terminar mal, o el camino sacrificado pero más seguro. 
En ese entonces la gente era más sana. Los más veteranos le fueron enseñando cosas que mucho le sirvieron para sobrevivir en ese medio. 

Comenzó a jugar al fútbol en el Club La Fortaleza, en Nueva Palmira y Juan Paullier. Ya desde adolescente se perfilaba como líder. Le gustaba ordenar a sus compañeros en la cancha y éstos obedecían. Tal vez su gran admiración por el campeón olímpico y mundial Lorenzo Fernández le había acrecentado esa condición.
Después pasó al Dublín, donde jugó poco tiempo, ya que su hermano mayor lo llevó al Pascual Somma. Todos estos equipos integraban las Ligas de Barrio, por lo tanto no estaban afiliadas a la Asociacion Uruguaya de Fútbol, eran totalmente independientes. Eran todos cuadros fuertes y con hábiles jugadores, y muchos equipos de Primera División se nutrían de esos valores.

Las canchas eran muchas en aquellos tiempos. En cada barrio había más de una. Eran abiertas y no tenían alambrados ni vigilancia policial. Las hinchadas estaban al borde del perímetro prontas para entrar si había alguna bronca. Además de saber jugar al fútbol, también había que ser guapo para hacerlo. Obdulio tenia diecisiete años cuando el Deportivo Juventud -éste sí afiliado a la AUF- que tenía su cancha en Jaime Cibils y Martín Fierro, lo llevó a sus filas. Participaba en la Divisional Intermedia, donde se jugaba muy fuerte.

En el año 38, con veinte años de edad, pasó a la Primera División de Wanderers. Comenzaba su carrera como jugador profesional. El precio por su pase fue de doscientos pesos, mucho dinero por la compra de un jugador. Wanderers le dio ciento cincuenta, y así Obdulio cobró su primera "plata grande". 
Fue en marzo, era carnaval, estaba acompañado por su tío Luis. Después de recorrer algunos boliches, compararon pollo al espiedo, lechón, pan, masas y varias botellas de refrescos. Tomaron un taxi y llegaron al rancho como a media noche. Su madre y media docena de gurises chicos dormían. 
Cuando entraron y encendieron la luz, la madre se despertó sobresaltada. Obdulio y el tío pusieron los paquetes sobre la mesa y comenzaron abrirlos. Con el ruido del papel los hermanos se iban despertando sin entender qué pasaba. La madre nerviosa lo interrogó: 
-¿Qué hiciste m'hijo?, ¿de dónde sacaste todas esas cosas?
-No, mamá, no hice nada malo, me fiché para jugar en Wanderers y me dieron mucha plata, es eso.
Se sentó en la cama y empezó a repartir con todos los gurises, que comían contentos todo lo que les daba. Ya cuando amanecía y las primeras luces del día se filtraban por las rendijas de la ventana, se fueron a dormir. 

A partir de ahí comienza a gestarse para el ambiente futbolístico la figura de Obdulio, sin que nadie pudiera pensar que en el correr de los años se iba a convertir en un símbolo… y hoy, siglo XXI, casi en una leyenda. 
En enero del 39 es citado para jugar en la Selección uruguaya por primera vez, para participar en el Sudamericano que se iba a desarrollar en Perú, hoy llamado Copa América. En el 41 juega nuevamente en el Sudamericano de Chile. En el año 42 el Sudamericano se realiza en Uruguay, que se consagra campeón después de jugar la final con Argentina. Uruguay formó con Aníbal Paz, Romero, Agenor Muniz, Gambeta, Obdulio Varela, Raúl Rodríguez, Luis Ernesto Castro, Severino Varela, Aníbal Ciocca, Roberto Porta y Bibiano Zapiráin. Con gol de Bibiano Zapiráin al muy buen arquero argentino Sebastián Cualco, se consigue el triunfo uruguayo por 1 a 0.
Llega el año 43 y Obdulio pasa a Peñarol. Vistiendo lo colores mirasoles jugó hasta el año 55, cuando se retiró con treinta y siete años de edad después de ganar con su equipo varios campeonatos.

En el año 1950, el país anfitrión para el Campeonato Mundial es Brasil, considerado favorito por todos los participantes. Su Selección se concentra y se prepara seis meses antes del comienzo en un apartado lugar de Brasil, bajo las órdenes del mejor técnico brasileño del momento: Flavio Costa. Uruguay como siempre, con muchos problemas, a un mes del comienzo no sabía aún qué jugadores iban a viajar. Sólo se hicieron algunas prácticas, y dos o tres partidos amistosos. El día de emprender el viaje, algunos se fueron en barco y otros en avión.

Uruguay debuta jugando con Bolivia y gana con total comodidad por 8 a 0. Hay un agónico empate con España con gol de Obdulio de treinta metros. Después, le gana a Suecia por 3 a 2 en el último minuto luego de ir perdiendo por 2 a 1. Así llegamos a la final. Brasil, por el contrario, era una máquina aplanadora, destruyendo a todos sus rivales por goleada. 
Llegó la memorable final, donde nadie le otorgaba la más mínima chance a Uruguay. Minutos antes de salir el equipo a la cancha, llegó al vestuario un dirigente y le dijo a los jugadores que no se hicieran problema, que Uruguay ya había cumplido con ser vicecampeón. Que si perdían por menos de cinco goles estaba bien. Obdulio, después de escucharlo, echó al dirigente del vestuario y le pidió a todos los muchachos que se comprometieran con hacer lo imposible por ganar. Para él no cabía otra cosa. Que Brasil era el mejor de todos era bien sabido. Pero se le podía ganar. 

Junto a Juan López nuestro director técnico, mucho se había hablado para ese partido. Obdulio había enfrentado en muchas oportunidades a los brasileños en los campeonatos Sudamericanos y también por la copa Río Branco. Los conocía bien. Sabía de sus virtudes y sus defectos. A los norteños por aquel entonces -y creo que en estos tiempos también- no les gustaban las marcas encimadas y pegajosas y tampoco el juego fuerte. Esas dos cosas siempre los ponían nerviosos y se desconcentraban. Obdulio sabía que estaba en el estadio más seguro que había conocido y que ningún hincha iba a entrar a la cancha. Que simplemente eran once contra once y -como siempre decía- "los de afuera son de palo". 
Obdulio, con la experiencia de su largo transitar por las canchas, sabía a la perfección sacar el mayor provecho sicológico del rival. Sabía que era muy difícil ganarle a los brasileños en su casa en una final del mundo, donde ellos, además de tener un poderoso equipo, se habían preparado para no defraudar a su público y alzarse con el título. Tenía una fuerte personalidad forjada, reitero, en las adversidades que le había tocado vivir; por lo tanto, jamás se iba a sentir visitante en ninguna cancha, porque mentalmente se sentía locatario.

Y llegó el momento más esperado con el estadio repleto de un público nervioso e inquieto. Vamos a salir -dijo Obdulio- y cuando lleguemos a la boca del túnel esperamos a los brasileños y entramos junto con ellos, así todo lo que vamos a escuchar son aplausos. Y por favor no miren para las tribunas donde está toda la gente. El partido se juega abajo. Esa gente no existe, así que no nos importa. Al entrar a la cancha vamos a caminar despacio, como sobrando, hay que ponerlos nerviosos, que se preocupen y empiecen a dudar si nos pueden ganar tan fácil. 
Empezó el partido y vibró todo el cemento de Maracaná. Comenzaba -según la mayoría- un festín para el equipo brasileño. Lo único que se discutía era cuántos goles haría el poderoso equipo de Brasil. Y después, la gran fiesta que ya estaba preparada desde hacía mucho tiempo, con tres días previstos de feriado como si fuera carnaval. 

El resultado todos lo conocen y la resonancia que tuvo la victoria de Uruguay, fue el asombro del mundo. Como contrapartida de la alegría uruguaya, también fue enorme la tristeza, dolor y angustia, que este hecho ocasionó a todo el Brasil. Los brasileños lo lloraron muchos años, hasta agotar sus lágrimas. Y señalaban a Obdulio como el principal responsable de la derrota. 
Una vez que terminó el encuentro, los celestes se fueron al hotel. Esto que escribo es parte de lo que le escuché a Obdulio contar. El mismo dirigente que Obdulio había echado horas antes del vestuario, estaba organizando una celebración. Obdulio no pudo soportar tanta hipocresía, y se fue silenciosamente a caminar por las calles de Río, donde se respiraba la tristeza de los pocos transeúntes. Y el gran capitán que había conducido a su equipo a esa brillante victoria, sintió angustia ¿y por qué no?, sintió dolor, porque era un hombre profundamente sensible ante cualquier sufrimiento. Pensaba que uno de los que había provocado esa situación era él, y se sentía culpable. 
Esa era la otra cara de ese aguerrido jugador de fútbol. 
Caminó por las calles de Río hasta que decidió entrar a un bar. Se arrimó al mostrador donde había muchos parroquianos y pidió una caipirinha. Al poco rato, uno de ellos lo reconoció y se le acercó llamándolo por su nombre. En ese momento pensó -así lo contaba- "estos brasileños me matan". Pero fue todo lo contrario, lo saludaron con respeto y admiración y fueron ellos que invitaron las copas. Reconocían el esfuerzo que había hecho Uruguay para ganar ese partido. De esa tremenda y dolorosa derrota, sacaron muchas enseñanzas, y hoy Brasil es el mejor equipo del mundo, con cinco Mundiales en su haber. Obdulio siguió esa noche con ellos por varias cantinas. 

Cuando llegó al hotel al amanecer, todos estaban preocupados por su ausencia. No les di pelota y me fui a dormir -contaba- porque tenía flor de mamúa. 
El día 18 de julio, Uruguay regresaba de Brasil. Obdulio -sabiendo que mucha gente iría al aeropuerto a recibirlos- le envió un telegrama a su querida compañera Cata -como él llamaba siempre a su esposa- diciéndole que no fuera a esperarlo, que se quedara con los gurises en casa.
El avión de Pluna, antes de aterrizar en Carrasco, sobrevoló el estadio Centenario colmado de hinchas que los aguardaban para darles la bienvenida. 
Apenas aterrizó el avión… a Obdulio no lo vieron más. Apareció dos horas después en su casa -por aquel entonces en Capitán Videla y Soca- casi disfrazado, con una gabardina negra y un sombrero que le tapaba las orejas. Se había enterado en el aeropuerto que sus vecinos lo estaban esperando para darle un gran recibimiento, y por tal motivo llegó a escondidas. Le explicó a su familia -muy contento- que había dado muchas vueltas antes de entrar para que no lo descubrieran. Cuando Cata le preguntó de dónde había sacado esa ropa, dijo: "La pedí prestada, mañana la devuelvo, no te preocupes". 
Para él ya todo estaba terminado, misión cumplida; íntimamente se sentía feliz. Algunas veces lo escuché decir "Con la fama no se come". Y aquellos dirigentes que se conformaban con ser vicecampeones, se hicieron medallas de oro y a los jugadores les repartieron las de plata.

Hablar de Obdulio Jacinto Varela es hablar del último caudillo que tuvo el fútbol uruguayo, y de un ser humano formidable. 
Cuando el Dr. Caritat realizó una campaña para recabar fondos para los niños del Pereira Rossell -en el año 1963- Obdulio invitó a los jugadores brasileños del 50 para jugar un amistoso y llenó el estadio.

El 7 de mayo escuché en el informativo -con asombro y profunda tristeza- que se remataban al mejor postor sus zapatos de fútbol, camisetas, fotos, trofeos, medallas, plaquetas y todo lo que consiguió cuando jugaba al fútbol. No eran "cosas" las que se remataban. Eran sus glorias, sus triunfos, sus tesoros tan preciados por él y por su querida Cata. No tengo dudas que si viviera Catalina, ese remate jamás se habría realizado. "El rincón de los recuerdos" -como él le decía- donde guardaba su pasado con tanto cariño, quedó vacío.
El 7 de mayo de 2003 se remató la VIDA de unas de las glorias del fútbol uruguayo.

Pero no te preocupes ¡Negro Jefe! ¡La gloria que nos diste en Maracaná el 16 de julio del 50… ¡nunca podrá ser subastada!

Miguel Abalos - 16 de julio de 2003

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