En busca del pasado

 
Mario la miraba quitarse con lentitud sus prendas íntimas, desnudándose al costado de la cama.
Del otro lado, él seguía sus movimientos, casi arrepentido de encontrarse ahí. La observó a través del espejo alargado, borroneado por los años, tratando de encontrar en su desmejorado cuerpo algo que pudiera agradarle, de reconquistar quizás, un tiempo recostado en el olvido.

Habían sido novios-amantes cuando ambos tenían veinte años. Durante aquella relación, se habían entregado con la furia incontrolable de la juventud. Después se fueron distanciando, y esos momentos de pasión se convirtieron en recuerdo. Al paso del tiempo, ambos esperanzaron un nuevo encuentro como aquellos, en que el deseo predominaba sobre el amor. Y el destino quiso que se reencontraran… treinta y cinco años después.

Marisa se tendió en la cama, esperando alguna palabra estimulante por parte de Mario para sentirse mejor. En ese breve silencio, creyó escuchar palabras mentirosas, pensando que podría revivir los momentos hermosos de un tiempo ya lejano.
Mario la rozó con su cuerpo velludo y la miró casi con tristeza; con un ademán distraído tironeó la sábana gastada y le cubrió el cuerpo desnudo. 
Ella esperaba con ansiedad una situación erótica que no llegaba, buscando en su mente casi con dolor, las caricias y los besos apasionados de aquel Mario de otros tiempos. Intentando una sonrisa mimosa y conquistadora, le dijo: 

-Mario… ¿te gusto como antes?
-Claro que sí -dijo sin entusiasmo- ¿qué pregunta es esa?

Con su brazo áspero como el de un mono viejo, atrajo el cuerpo de Marisa hacia él, como cumpliendo una obligación. 
Ambos habían accedido a ese encuentro con la remota esperanza de revivir el hermoso recuerdo mantenido durante tanto tiempo.

Ella, era un montón de carne cansada y sudorosa bajo el cuerpo de Mario, ansiando lograr un premio para su entrega.
Él, enrojecido por el calor de la estufa eléctrica amurada en la pared del cuarto, forzaba a su mente a sumergirse en el laberinto de recuerdos de la Marisa veinteañera.
Así, con los ojos cerrados, Mario culminó el esfuerzo, logrando complacer en parte los sueños de Marisa.

Ahora, extendido de espaldas, prendió un cigarrillo, dio una larga pitada y exhaló el humo lentamente, mirando como distraído las manchas de humedad en el techo y las paredes.
Ella dormitaba, soñando tal vez con algo que pudo haber sido… pero que no fue. De pronto se incorporó.

-¡Vamos, Mario!, mi marido me espera.

Entró al baño, odiando el momento en que había aceptado venir a ese lugar. Mientras se bañaba, pensó lo estúpida y sin sentido que había sido la búsqueda del pasado. Se enjabonó con bronca, quitándose el aroma a perfume barato y semen de su piel, como si así limpiara un cargo de conciencia. No se sentía culpable, sino desilusionada.
Se vistió con rabia, y sin disimular su reproche irónico a la miserable entrega de Mario, le dijo:

-Vamos, querido…

Mario a su vez, hubiera deseado salir de esa casa de citas con la mujer que había estado en su memoria.
Cuando bajaron del taxi, se despidieron con un beso en la mejilla y un adiós apresurado.

Miguel Abalos

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