“El descubridor descubierto” o cuestionar a Cristóbal Colón en

El arpa y la sombra, de Alejo Carpentier

Ensayo de Julio Zárate

julio.zarate@univ.montp3.fr

Université Paul Valéry Montpellier III

RESUMEN

En su última novela, El arpa y la sombra (1979), el escritor cubano, Alejo Carpentier (19041980) propone un cuestionamiento, personal e histórico, de la vida y los viajes de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo. La novela de Carpentier confronta lo humano al impacto político y religioso de lo que hubiera sido la eventual beatificación de un hombre, cuyos actos determinaron en cierta medida la dinámica de las relaciones entre España y el Nuevo Mundo. En este artículo se analiza la forma en la que el “descubridor” es puesto al “descubierto” a través del proceso de desenmascaramiento. Lejos del discurso histórico y, sin embargo, partiendo de este mediante diversos hechos y documentos, Carpentier construye una ficción intensa que recupera de manera íntima la vida de Cristóbal Colón. La doble puesta en perspectiva del descubridor de América permite invertir el concepto del “descubrimiento” y crea una distancia irónica que cuestiona de igual manera al hombre y al personaje histórico.

Palabras clave: Alejo Carpentier, Cristóbal Colón, Literatura Cubana, Historia vs. Ficción, Crónica de la Conquista, Ironía.

“The discoverer discovered” or questioning Christopher Colombus in Alejo Carpentier’s El arpa y la sombra

ABSTRACT

In his last book El arpa y la sombra (1979) the Cuban writer, Alejo Carpentier (1904-1980), propose an inquiry, personal and historical, about life and voyages of Christopher Colombus to the New World. Carpentier’s novel confronts the human aspect of the discoverer to the political and religious impact of which would have been the eventual beatification of a man whose acts determined, in a certain way, the dynamic relations between Spain and the New World. This article analyses the way which the “discoverer” is “discovered” through the process of unveiling. Far from the historical discourse but taking it as a point of departure by diverse documents and facts, Carpentier build an intense fiction that recovers the life of Christopher Colombus in an intimate way. The double perspective of America’s discoverer allows inverting the concept of the “discovery” and creates an ironical distance that ques-tions the man and the historical character equally.

Key words: Alejo Carpentier, Christopher Colombus, Cuban Literature, History vs. Fiction, Chronicle of the American Conquest, Irony.

SUMARIO: 1. Primer descubrimiento: Mastai y la necesidad de un santo. 2. Una mirada íntima: Colón se descubre a sí mismo. 3. El juicio de la historia: el Almirante, un “hombre de papel”. 4. Conclusiones.

La obra del escritor cubano, Alejo Carpentier (1904-1980) se caracteriza por dar una voz única y maravillosa al escenario americano a través de novelas como El reino de este mundo (1949) o Concierto Barroco (1974). En su última novela, El arpa y la sombra (1979), Carpentier recupera el momento histórico del descubrimiento de América y al mismo tiempo plantea un cuestionamiento de la vida y los viajes de Cristóbal Colón.

En el relato, Carpentier da voz al marino genovés y ofrece al lector una mirada introspectiva y confesional. Por su parte, Colón asiste al juicio que le hace la historia, ya que el autor incluye en el relato el testimonio del Papa Pío IX, lo que permite recuperar el debate en torno a la beatificación de quien fuera nombrado por los Reyes Católicos Almirante y Virrey de las tierras descubiertas en 1492. De esta forma, Carpentier presenta un doble juicio, personal e histórico, ambos implacables pero distintos en cuanto a su alcance y en cuanto a la forma en la que Colón es presentado. En El arpa y la sombra, Carpentier confronta una visión íntima y personal a la trascendencia -política y religiosa- de quien es considerado como “descubridor” del “Nuevo Mundo”.

En este artículo se propone un análisis sobre la forma en la que la ficción absorbe la historia del Almirante y la plantea bajo la dinámica de la inversión. En la novela de Carpentier, Colón es presentado como un “descubridor-descubierto” por sí mismo y por la historia. La doble puesta en perspectiva permite jugar con el concepto del descubrimiento y crear una distancia irónica que cuestiona por igual al hombre y al personaje histórico.

Dividida en tres partes, El arpa y la sombra plantea un desdoblamiento temporal que sitúa al lector en tres momentos históricos distintos. En la primera parte, el viaje a América del joven canónigo Mastai, futuro Pío IX, y el momento en el que reflexiona sobre la firma del proceso de beatificación de Colón. La segunda parte plantea el momento postrer de Colón, quien hace un examen de conciencia y un balance general de su vida, en espera del franciscano que lo escuchará en confesión. Finalmente, la tercera parte, en el estilo característico de Carpentier, plantea el juicio imaginario de la Congregación de Ritos, que decidirá en torno a la beatificación del Almirante. Estos tres momentos permiten el desenmascaramiento progresivo de Colón, ya que es puesto en perspectiva y él se convierte en su propio juez ante el lector.

1. Primer descubrimiento: Mastaí y la necesidad de un santo

La primera parte de la novela nos coloca ante el Papa Pío IX, quien reflexiona sobre la decisión de firmar el proceso de beatificación de Colón. El momento previo a la firma es el primer examen al que es sometido el Almirante. La decisión implica legitimar al hombre al que considera el único capaz de unir a ambos continentes: “Su Santidad tomó la pluma, pero la mano empezó a sobrevolar la página, como dubitativa” (Carpentier, 1980: 16). Mientras la pluma queda suspendida[1],, Carpentier reenvía al lector al viaje a América del joven canónigo Giovanni Maria Mastaí' Fe-rreti, el futuro Pio IX. Firmar la orden obliga a un examen personal de lo que ha sido su propio descubrimiento de América. Durante este viaje, Carpentier hace énfasis en el entusiasmo del joven sacerdote frente a las maravillas del Nuevo Mundo, pero es desde la mirada de Pío IX, que se juzga a Colón. Por su parte, Mastaí evalúa el valor de la tierra americana. De este viaje, el primer momento de descubrimiento no es grato:

La primera impresión de Mastaí fue desastrosa. Las calles, ciertamente, eran rectas, como tiradas a cordel, pero demasiado llenas de un barro revuelto [...] Una escala en Montevideo le dio, por contraste, la impresión de hallarse en un enorme establo, porque allí no había edificio importante ni hermoso, todo era rústico [...], Buenos Aires[2], ni siquiera tenía puerto (28).

Tras esta primera impresión, Mastaí encontrará la inmensidad americana:

El paisaje era de una agobiante monotonía, pero acababa por imponerse a su atención por una razón de escalas. Creía saber lo que era una llanura, pero la visión de la pampa infinita donde, por más que se anduviese, se estaba siempre al centro de un redondo horizonte (31).

Mastaí atraviesa la Pampa y los Andes: “el infinito horizontal se transformó en un infinito vertical, que era el de los Andes” (32). La reflexión se activa ante esta dimensión y le revela: “la desmesura de esta América que ya empezaba a hallar fabulosa a pesar de que sus hombres a menudo, le parecieran incultos, brutales y apocados [...]. Pero una naturaleza así no podía sino engendrar hombres distintos” (32). Este primer descubrimiento -el de la desmesura- es seguido por el de la fe, al llegar a Santiago: “Si Buenos Aires olía a cuero [...], aquí se vivía en sahumerios de incienso, entre los edificios y clausuras de Santo Domingo” (34). Entre la fe y la barbarie, Mastai es testigo de los contrastes de un continente convulso por las recientes guerras de independencia contra España e influenciado por las ideas de la Revolución francesa[3]. Mastai' se da cuenta de la falta de madurez de América, ya que la labor de la misión apostólica que acompaña fracasa y los representantes del Vaticano tienen que volver pronto a Europa.

Durante el viaje de regreso, al atravesar las peligrosas aguas del Cabo de Hornos, Mastai' tiene una revelación. El Nuevo Mundo es puesto en perspectiva y América se revela como una sociedad en efervescencia: “inteligente y voluntariosa, siempre inventiva aunque a veces desnortada, generadora de un futuro que, según pensaba Mastai, sería preciso aparear con el de Europa sería preciso aparear con el de Europa” (41).

La fe es la clave para ligar ambos mundos, pero Mastai constata el desconocimiento europeo de los cultos locales[4], un santoral americano lleno de defensores de esclavos y convertidores de indios. Además de Rosa de Lima, la primera santa de América, de origen español pero nacida en Perú, Mastai repasa una lista de nombres que distan de ser conocidos en Europa. Por esta razón, se vuelve necesario un santo que una la fe cristiana de ambos lados del mundo, alguien que “tuviese un pie asentado en esta orilla del Continente y el otro en los finisterres europeos, abarcando con la mirada, por sobre el Atlántico, la extensión de ambos hemisferios. Un San Cristóbal, Christophoros, Porteador de Cristo [...]. Y, de repente, como alumbrado por una iluminación interior, pensó Mastai' en el Gran Almirante” (43-44).

Pese al tiempo transcurrido desde la muerte de Colón, Mastai decide que el Almirante es el único capaz de unificar ambos lados del Atlántico, por esta razón, firma el decreto y da inicio al proceso de beatificación del Descubridor.

Para construir su relato, Carpentier se basa en cartas y documentos históricos que le permiten relatar desde la ficción la admiración por el Nuevo Mundo. Además de lo referente a Pío IX, el autor cubano destaca la importancia del escritor francés, Roselly de Lorgues, ferviente defensor de la santidad de Colón en el proceso de beatificación, a quien Pío IX le pide que “escribiese una verídica historia de Cristóbal Colón.[5], a la luz de los más modernos documentos e investigaciones hechas acerca de su vida” (46-47). El libro de Roselly de Lorgues da un toque místico al Almirante[6] al magnificar sus virtudes y señalarlo como merecedor: “de un lugar destacado en el santoral” (17).

El juicio está abierto y Carpentier deja una pregunta implícita: ¿Pueden la historia o el historiador equivocarse? El discurso de la historia puede ser falible[7]; antes de escuchar el juicio implacable del tiempo, Carpentier presenta la confesión íntima del hombre, que cuenta su verdad. En el cierre de la primera parte, Pío IX evoca los últimos momentos de la vida de Colón y desea por un momento ser aquél que escuchó la confesión “del Revelador del Planeta” (47). El gran Revelador toma la palabra; la historia es dejada de lado para sumergir al lector en el oculto y pasional lado humano del Descubridor.

2. Una mirada íntima: Colón se descubre a sí mismo

En la segunda parte de la novela, el lector asiste a un monólogo en el que Colón se confiesa ante sí mismo, ya que el confesor tarda todo el capítulo en llegar. Esta primera confesión es, ante todo, una entrega personal a la posteridad: “Y habrá que decirlo todo. Todo, pero todo. Entregarme en palabras y decir mucho más de lo que quisiera decir” (51). Colón se prepara para juzgar y su inocencia o su culpabilidad no dependen tanto de la mirada del confesor, sino de su propio descargo de conciencia. Para Milagros Ezquerro, la figura del descubridor aparece desde la perspectiva de la posteridad: “el drama se abre con la agonía del hombre pobre y humillado que se desdobla para asistir a su propio destino” (Ezquerro, 2012: 246). Confesar es refutar el testimonio de un tercero. En su postrera hora, Colón se desdobla, confiesa y juzga: “arrepentido hoy de lo hecho ayer, angustiado ante sí mismo [...], actor y espectador, juez y parte” (53).

Para Ezquerro, esta doble mirada permite deconstruir no la figura histórica, sino la de alguien más íntimo que reconoce sus flaquezas o ensalza sus virtudes. Más allá de lo que dirá al confesor -metáfora de la muerte que se acerca, pero también de la presencia ausente del lector- Carpentier muestra el peso de la conciencia que obliga al personaje a hablar: “estoy solo, solo con mi conciencia que mucho me acusa” (53). El Almirante afronta su hora de humildad previa al juicio de Dios, pues el de los hombres esperará 400 años. En este momento, lejos están América y la realidad, el Almirante comienza con un examen de conciencia en el que reconoce sus pecados: “en cuanto a la lujuria, en lujuria viví” (55). Este es el principal reproche que se le hace durante la Congregación de Ritos, su debilidad por las mujeres y su vida en concubinato.

A la par de sus debilidades, aparece la curiosidad creciente del Almirante por lo desconocido, por llevar cada más lejos el límite de lo conocido por el hombre. Sus lecturas lo acompañan en sus viajes.[8], y es durante un viaje al norte, donde encuentra a su amigo, el Maestre Jacobo, que se dará cuenta de que los límites pueden siempre ser llevados más allá: “Estoy impaciente por divisar la extraña tierra - ¡y bien extraña dicen que es!... - que marca el límite de la Tierra” (63). Durante dicho viaje, Colón escucha una historia que le abrirá una nueva perspectiva del mundo.

En El arpa y la sombra, Carpentier presenta el momento inspirador del viaje, que surge de la conversación con su amigo: “Esta noche vibran en mi mente las cuerdas del arpa de los escaldas narradores de hazañas” (73). En este pasaje queda claro que Carpentier muestra el carácter profético del momento histórico de la revelación del viaje; es en ese momento que nace la determinación de Colón de viajar, de encontrar y “descubrir” aquellas tierras para su propia gloria. No obstante, en la novela se plantea que no hay descubrimiento puesto que Carpentier sugiere que Colón sabía que encontraría tierra firme viajando hacia el oeste; lo que no conocía era la distancia.[8].

Así, Colón sufre la angustia de que alguien se adelante en el “descubrimiento”: “Pero si viene a saberse de mi certeza de que navegando hacia el Oeste iré a lo seguro por lo sabido en la Tierra del Hielo, quedaría muy menguado el mérito de mi empresa” (75). Por esta razón, se apresura a ser “el primero”, aunque afirma que para lograr su empresa “me fui volviendo grande e intrépido embustero -ésa es la palabra” (76). Colón va añadiendo embustes y pecados -ya que se vale incluso de la religión- para convencer a los reyes de la importancia de dicho viaje. La verdad espera la hora postrera de la confesión en la que acepta que fue esclavo de la ambición. El fruto de la empresa importa menos que la gloria del descubrimiento. Así, arma su “tinglado de maravillas” (77) y lo lleva de corte en corte, prometiendo las tierras de Cipango y el Gran Khan, las indias y mucho oro.

La ausencia de carácter religioso y su obsesión por el oro constituyen otro reproche del juicio de la historia. Durante su examen de conciencia, el Almirante relee cartas y anotaciones de sus diarios, cuya referencia Carpentier la escribe en cursivas para dar mayor veracidad a lo dicho. Esto resalta el juicio que el postrer Colón emite contra aquél que escribió. Y mientras lee, se horroriza de sus pecados. A modo de ejemplo, señalamos el inicio del primer viaje, que en la novela aparece de la siguiente manera: “Partimos 3 días de Agosto de la barra de Saltes a las ocho horas. Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner el sol hacia el Sur sesenta millas, que son quince leguas; después al Sudeste y al Sur cuarta del Sudeste, que era el camino para las Canarias... ” (96. En cursivas en el original). En el diario del Almirante, encontramos la entrada completa del 3 de agosto de la siguiente manera:

Viernes, 3 de Agosto

Partimos viernes 3 días de Agosto de 1492 años de la barra de Saltés, a las ocho oras. Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner del sol hazia el Sur sesenta millas, que son 15 leguas; después al Sudeste y al Sur cuarta del Sudueste, que era el camino para las Canarias. (Colón, 1992: 97)

Carpentier recupera el tono personal de la escritura del diario de Colón, como en el doble registro de las leguas recorridas, cuya intención es evitar el pánico de los marinos.

En su examen de conciencia, Colón piensa en lo que dirá y no dirá al confesor, pero esto no le impide reconocerlo ante sí mismo. Así, el Almirante reconoce sus excesos, como durante la noche previa al descubrimiento, a la espera del día viernes 12 de octubre, tras haber avistado la tierra. Colón evoca “la gloria de estar aquí esta noche, esperando la salida de un sol que tarda [...], y acaso la inmortalidad, en la memoria de los hombres, de Quien, salido de donde salí, podía aspirar ya al título de Ensanchador del Mundo” (103). Colón va más allá al recordar el contrato de las Capitulaciones de Santa Fe: “y a partir de este minuto [...] soy Almirante Mayor de la Mar Océana y Virrey y Gobernador Perpetuo de Todas las Islas y Tierra Firme que yo descubra y que de ahora en adelante, bajo mi mando, se descubran y tomen en la Mar Océana” (104).

Esta es la gloria de la noche interminable, pero el día y la primera aventura traerán magros descubrimientos. Y mientras su examen continúa, Colón relee los manuscritos de sus viajes y se horroriza de la forma en la que se refiere a Dios: “Y termino esta sarta de vergonzosas proposiciones, hechas en la ciudad Isabela, a 30 días de enero de 1496, rogando a Dios para que nos dé un buen golpe de oro -como si yo, en ese día, no hubiese caído en el desfavor de Dios, al promoverme en tratante de esclavos” (147).

En esta doble mirada, Colón lamenta su empeño en obtener algún beneficio por medio de la Gracia divina, y constata la abundancia de la palabra ORO: “mencionar solo catorce veces el nombre del Todopoderoso en una relación general donde las menciones del ORO pasan de doscientas” (126). Ante la falta de oro y la abundancia de indios, Colón propone a los reyes: “algo que no era sino la instauración, aquí, de la Esclavitud. [...] y, por fin, me valí de los Evangelios” (150). Sus primeros prisioneros se convertirán en víctimas, en “almas” (150) vendidas en Sevilla; sin embargo, por orden real, se prohíbe el “floreciente negocio”.[10]  (151).

Tras haber repasado sus acciones ligadas al Nuevo Mundo, Colón entiende el duro juicio de la Providencia, que influye en su propio veredicto: “Golpeador golpeado” (157) por la mala fortuna. Colón se ve como un farsante por sus abundantes mentiras y su oportunismo. Carpentier lo hace entonces enunciar sus propios excesos, recapitulando sus pecados-crímenes, como un “Yo-inquisidor” (161). La imagen de sí mismo entonces es la de la inversión irónica: “fui el Descubridor descubierto -descubierto, puesto en descubierto, pues en descubierto me pusieron mis relaciones y cartas ante mis regios amos; en descubierto ante Dios, al concebir los feos negocios que, atropellando la teología, propuse a Sus Altezas” (163).

El Almirante teme además que su nombre sea borrado de “las crónicas” (163), que su gloria de Descubridor sea opacada por los descubrimientos que siguieron a sus viajes: “Fui el Descubridor-descubierto, puesto en descubierto; y soy el Conquistador-conquistado pues empecé a existir para mí y para los demás el día en que llegué allá” (164). Colón es puesto “al descubierto” ante Dios, los Reyes, el mundo y, ante sí mismo, al constatar lo que aportó a América: “en tus buques llevaste la codicia y la lujuria [...], la cadena, el cepo” (165). En este juicio se aprecia una voz exterior, la del autor, quizá, en torno a un hombre que no pudo tomar conciencia de la dimensión de sus actos ni de la tierra descubierta: “Aquello todavía no es Idea; no se hizo concepto, no tiene contorno definido, contenido ni continente” (164).

América entonces no es sino la certeza de haber llegado a las Indias y a oriente yendo por occidente, sin tener conciencia de que existía otro continente en medio. Pero este continente no será para Colón, otro le dará su nombre a América y no a una hipotética Colonia, que bien podría serlo, dados los 300 años de dominio español. Carpentier le hace reprocharse a sí mismo, la desmesura de la conquista y un crimen, más que un pecado[11]. Para completar la inversión, el profeta Isaías, de quien se sirve para dar una dimensión divina a su empresa, le advierte: “Puedes multiplicar las plegarias / que yo no las escucho / porque tus manos están tintas de sangre” (166).

La confesión termina con un Almirante indefenso ante sí mismo y ante Dios. El confesor se acerca, pero, en un último embuste a la verdad y a la historia, en lugar de confesar, el Almirante decide callar: “llegada la hora de la verdad, me pongo la máscara de quien quise ser y no fui: la máscara que habrá de hacerse una con la que me pondrá la muerte” (167). Al final, el Almirante solo dirá aquello que lleve a la posteridad una imagen buena de su memoria, pero el juicio de la historia será, a su vez, inapelable.

3. El juicio de la historia: el Almirante, un “hombre de papel”

Tras el juicio personal, Carpentier da paso al juicio de la historia, que inicia con la reunión imaginaria de la Congregación de Ritos[12] sobre la beatificación de Colón, en el marco del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. A la reunión asiste Colón, descrito por el narrador como “Invisible” (171): “hombre de papel, voz trasladada a boca de otros para su defensa o su confusión, permanecería a casi cuatro siglos de distancia de aquellos que ahora examinarían los menores tránsitos de su vida” (171). La imagen que utiliza el autor, “hombre de papel”, muestra la distancia entre la vida del Almirante y el momento del juicio. No quedan sino cartas, diarios, testimonios, hipótesis sobre su vida.

Durante la reunión, el “Invisible” escucha la defensa que hace de su causa el comerciante genovés, José Baldi; pero al juicio asisten testigos extraordinarios. Entre los defensores figura León Bloy[13]; entre sus detractores, aparecen personajes como Victor Hugo y, en un “¡golpe de teatro!” (184), Julio Verne, quien presenta diversas hipótesis y juicios en torno al descubrimiento. Así, Verne cuestiona incluso la hazaña de Colón, que para él no reside en el descubrimiento, sino en haber hecho el viaje: “la gloria de Colón no estaba en haber llegado, sino en haber zarpado”[14] (185).

El autor utiliza en varias ocasiones las cursivas para remarcar las palabras de los testigos, que en algún momento de la historia se han ocupado de la vida de Colón. De esta forma, Carpentier recupera y recontextualiza la larga discusión sobre el “hombre de papel”. La imagen de Colón se construye desde un imaginario que privilegia el descubrimiento y sobrepasa la historia para rozar la frontera del mito. Verne no solo evoca la hazaña, sino que también evalúa las consecuencias del descubrimiento. Así, señala que Colón apresó a varios indios “‘con el propósito de venderlos en España. ’ -‘¡Llamo la atención del Tribunal, sobre el hecho de que Colón instituyó la esclavitud en el Nuevo Mundo’ -clama, triunfante, el Abogado del Diablo. (El Invisible sintió enfriarse su invisible cuerpo” (185). La discusión es bastante tensa. El frío del Invisible Colón se justifica, y para dar mayor peso a la acusación, se llama a declarar a Bartolomé de las Casas.

De las Casas presenta la visión que tiene del pueblo americano: “Para empezar, diré que los indios pertenecen a una raza superior, en belleza e inteligencia e ingenio... ” (186)[15]. A la pregunta sobre si Colón estaba enterado de la institución de la esclavitud, De las Casas responde: “‘¡Vaya que sí! Tanto que escribió a ese buen hermano suyo una carta recomendándole que sobrecargara sus naves de esclavos llevando justa cuenta de los beneficios habidos en la venta dellos.’ -‘¿Quién vio esa carta?’ [...]. Y responde, firme, el Obispo de Chiapas: ‘Yo la vide, y de su misma letra y mano firmada’” (190).

El testimonio es inapelable, pero el Presidente de la Congregación decide pasar: “a la cuestión de la moralidad del Postulado” (190). El poeta Lamartine interviene y el Invisible solo entiende lo referente a: “‘sus malas costumbres y a su hijo bastardo’ -‘Me basta’ -dice el Abogado del Diablo: ‘Porque hemos llegado a una de las cuestiones más graves que aquí habrán de considerarse: el de las relaciones ilegítimas del Almirante con una cierta Beatriz’” (190). El segundo crimen del que se acusa a Colón durante la audiencia es el de sus relaciones ilegítimas, con su “amigada”, término utilizado con sorna por el Abogado del Diablo, que no quiere llamar a Beatriz, su “su concubina, su querida” (191).

En un nuevo pase mágico, el Presidente de la asamblea clama un “¡Fiat lux!” (193) y de inmediato las figuras de los testigos desaparecen, para dejar de nuevo solos al tribunal y al Invisible, frente a las graves acusaciones: Colón esclavista, Colón fornicador. El tribunal retiene dos cargos: “uno, gravísimo, de concubinato [...], y otro, no menos grave, de haber iniciado y alentado un incalificable comercio de esclavos [...] de indios capturados en el Nuevo Mundo” (193-194).

El Tribunal se pronuncia y solo hay un voto a su favor, por tanto la Postulación es denegada. Pese al desaliento de Colón, Carpentier permite una última defensa al “hombre de papel”, a quien ya nadie puede oír. En el resultado del juicio, coincidimos con Ezquerro al considerar que el cargo de concubinato no tiene mayor importancia en el juicio de la historia: “El pecado imperdonable era el otro, formulado desde el inicio por Fray Bartolomé de las Casas, y que ningún ‘mestizo de dos mundos’ podría olvidar” (Ezquerro, 2012: 251-252).

Al final, una conversación entre Colón y otro Almirante genovés, Andrea Doria, permite reflexionar sobre la posteridad. Pese al fracaso de la beatificación, Doria remarca el éxito del Almirante: “‘Consuélate pensando que muchas estatuas tuyas se erigirán en el mundo’ -‘Y ninguna se parecerá a mí’” (202). Esta certidumbre es la gran tristeza de Colón, pero al mismo tiempo, su victoria. El desconocimiento del Descubridor permite enriquecer su leyenda. Ninguna estatua, ningún libro puede parecerse a él. Las pistas que quedan, como en El arpa y la sombra, reenvían a un juego de apariencias y juicios a posteriori. Ante la ausencia de rostro, se sigue tratando de descubrir al Descubridor y ahí reside su inmortalidad.

4. Conclusiones

En su artículo, “La representación teatral de la historia en Alejo Carpentier”, Javier de Navascués, habla del mundo como espectáculo dramático en el que la historia es una impostura. Sobre el tratamiento de la historia en El arpa y la sombra, Navascués destaca una historia “ambigua, porque parece reconocer a la impostura como generatriz del proceso histórico americano” (Navascués, 2005: 114). Carpen-tier reescribe la historia de acuerdo con su tiempo y manipula la realidad, presentando el proceso histórico como una puesta en escena constante en la que Colón engaña y es un histrión que descubre un mundo donde la sociedad europea proyecta sus utopías. Así, afirma Navascués, “la dificultad de distinguir entre lo ‘histórico’ y lo ficticio es una piedra angular, no solo del modo de concebir la novela histórica de Carpentier, sino de la misma idea del hombre y su cultura” (114-115).

Descubrir América y descubrirse a sí mismo: la imagen del “hombre de papel” reenvía a las múltiples visiones y juicios que existen sobre Colón. Desde las más apasionadas defensas de su santidad y misticismo que lo colocan en el mismo plano que Moisés, hasta las críticas más despiadadas en torno a la lujuria y a su dudoso pasado. En Carpentier, Colón aparece como espectador de sí mismo y de su historia. El autor permite al Almirante observar su obra y tomar conciencia, lo que incita al lector a cuestionar la relatividad de los límites entre el Mito y la Historia entre Acá y Allá.

Una serie de jueces contribuyen, en El arpa y la sombra, a la permeabilización de la historia por el mito, por la teatralidad misma de cada uno de los acontecimientos decisivos en la vida del Almirante. Mastaí, futuro Pío IX, es el primero, ya que debe volver a esta América en la que descubre el germen de la fe y el de la libertad; su juicio, más político que religioso, es el de unificar ambos mundos través del Almirante. Pero no hay convicción en la santidad de Colón, por eso duda en firmar la vía para la beatificación. Además, la lectura de Roselly no levanta sino dudas en torno a la veracidad histórica de sus “milagros”.

Colón es el segundo juez y verdugo. Él confiesa todo, pero únicamente a sí mismo. Decir la verdad al confesor implica entregar al mundo un testimonio “verdadero” que hubiera dado por terminada a una serie de especulaciones que han nutrido tanto la literatura y la historia en torno a su enigmática figura. Carpentier opta por el silencio de Colón y este silencio, la ausencia del rostro verdadero, permite seguir descubriéndolo[16].

El Tribunal de la Congregación es el tercer juez. Es aquí donde Colón toma conciencia de la inversión irónica de su imagen histórica[17] . Consumado el descubrimiento, lo que importa es descubrir al hombre detrás del acto. La gloria de Colón no está en el altar, sino en el descubrimiento. Colón, como lo menciona Carpentier al señalar la dualidad de la figura, descubridor-descubierto, conquistador-conquistado, vive y perdura en un entre-deux que le ha permitido seguir presente en el imaginario colectivo.

La ausencia de certidumbres es quizá el mayor triunfo del Almirante. Al navegar en las aguas del tiempo, y esto Carpentier lo pone en evidencia, Colón cruza la frontera histórica para entrar en el mito y en la literatura. El último juez, el lector, se vuelve testigo del descubridor y del imaginario que encierra sobre sí mismo el fabuloso acontecimiento:

El día viernes que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamava en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada [...]. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante [...], dixo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomava, como de hecho tomó, possessión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores (Colón, 1992: 109-110).

BIBLIOGRAFÍA

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Notas:

[1] Más adelante, Carpentier hará dudar a Pío IX al pensar en las consideraciones no solo religiosas, sino políticas de su decisión: “Hacer un santo de Cristóbal Colón era una necesidad, por muchísimos motivos, tanto en el terreno de la fe como en el mismo terreno político [.] Volvió a mojar la pluma en el tintero, y, sin embargo, quedó la pluma otra vez en suspenso” (18).

 

[2] Hay que señalar que en Buenos Aires, Mastaí se sorprende por la importancia dada al Matadero, al que compara con la misma Catedral: “[...] llegaba Mastaí a preguntarse si, con el culto del Asado [...], el Matadero no resultaría, en la vida urbana, un edificio más importante que la misma Catedral” (29). Quizá se trate de un guiño de Carpentier a “El matadero” de Esteban Echeverría, uno de los principales textos sobre la dictadura americana, cuyo caudillo es el argentino Juan Manuel de Rosas. En dicha historia, el matadero aparece como el espacio principal de la sociedad bonaerense, el cual es asociado a la violencia de la dictadura.

 

[3] A propósito del viaje de Mastai, Jean-Pierre Paute señala una “desestabilización americana”. Para él, lo que descubre Mastai “c’est un continent en marche vers l’affirmation d’une identité propre, qui s’éloigne de plus en plus de la tutelle et des modeles européens”, [“es un continente en marcha hacia la afirmación de una identidad propia, que se aleja progresivamente de la tutela y de los modelos europeos”, la traducción es nuestra]. (Paute, 2012: 257).

 

[4] Es importante destacar que Carpentier plantea la diferencia entre ambos mundos, al comparar: “lo de aquí y lo de allá” (41), y el desconocimiento que existe entre ambos. Este doble espacio que coexiste, aquí y allá, se fundamente en la comparación que comienza con el descubrimiento y la toma de conciencia de la existencia del “otro” americano y, más adelante, del “otro” europeo.

 

[5] El libro al que Carpentier hace referencia es Christophe Colomb: histoire de sa vie et de ses voyages, publicado por Roselly en París, en 1856.

 

[6] Cabe señalar, sobre los dos volúmenes publicados de Roselly de Lorgues a propósito de la santidad de Colón, el artículo de Diego Barros Arana “El proyecto de canonizar a Cristóbal Colón”, publicado en el 400 aniversario del descubrimiento del Nuevo Mundo. Barros Arana hace un recuento de los trabajos biográficos, de cronistas e historiadores que retoman la vida de Colón y presta especial atención al trabajo de Roselly, que considera literario y para nada histórico. Entre otras cosas, afirma que: “Roselly de Lorgues carecia de la preparacion conveniente para la empresa que habia acometido. [. ] No hai en sus dos volúmenes un solo hecho cierto, que no hubiera sido contado” (Barros Arana, 1892: 62-63).

 

[7] El artículo de Barros Arana pone en evidencia las diferentes versiones de la historia en torno a la vida de Colón. El enfoque que cada autor da a su investigación puede modificar la percepción de la historia. Como ejemplo de esto, Barros Arana señala la opinión de Lorgues sobre el trabajo de otros historiadores y la controversia en torno a la vida de Colón: “Washington Irving i el baron de Humboldt, los dos hombres que, hasta ahora, han levantado los monumentos literarios más sólidos i mas duraderos a la gloria del descubridor del Nuevo Mundo, no han podido, según Roselly de Lorgues, escribir la verdad, porque ámbos eran protestantes, i por tanto ‘enemigos naturales de Colon’” (Barros Arana, 1892: 80).

 

[8] En este punto, hay que señalar la importancia que toma una de las Tragedias de Séneca, Medea, en la que se narra el viaje de Jasón a la Cólquida, en busca de vellocino de oro (7273). Carpentier hace de esta tragedia y de los versos siguientes una especie de leitmotiv de la búsqueda y la revelación del mundo: “Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra, y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jasón, que hubo nombre Tiphi, descubrirá nuevo mundo, y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras” (73). En cursivas en el original.

 

[9] La historia que escucha Colón sobre los viajes de los Normans es contada entre las páginas 66 y 69 de la edición consultada. Incluso entonces, Carpentier se preocupa por dar un sustento histórico a su ficción.

 

[10] Ante esta situación, el regreso de su segundo viaje Colón lo hace no como Almirante y hombre de negocios, sino como un pobre franciscano arrepentido, pues comienza a ver signos de la presencia del Diablo, y el arrepentimiento asoma a sus labios: “Kirie eleisorí’ (153. En griego: “Señor, ten piedad”). Pese a este fracaso, realiza dos viajes más, y, al ver los sucesivos fracasos de su empresa, se vuelven necesarias las excusas y una nueva justificación.

 

[11] Sobre este punto, Jean-Pierre Paute remarca el balance negativo de la empresa de Colón: “Pour ce qui est du Nouveau Monde, c’est Colomb lui-meme qui le tire, et le juge-ment est sans appel. Usant d’une deuxieme personne accusatrice pour interpeller celui qu’il fut, le Découvreur reconnait avoir engendré convoitise, ethnocide et pillage”, [“Respecto al Nuevo Mundo, es el propio Colón quien juzga, y el juicio es inapelable. Al servirse de una segunda persona acusadora para interpelar a quien ha sido, el Descubridor reconoce haber engendrado codicia, etnocidio y pillaje”, la traducción es nuestra]. (Paute, 2012: 262).

 

[12] En su artículo “El Papa y San Cristóbal”, Milagros Ezquerro aclara que “en realidad, el proceso de beatificación nunca se llevará a cabo, por múltiples razones, y el proceso que describe en la novela Carpentier es a la vez imaginario y altamente simbólico” (Ezquerro, 2012: 246).

 

[13] Su obra, Le révélateur du globe. Christophe Colomb et sa béatification future, publicada en París, en 1884, es tan apasionada como la de Roselly de Lorgues, en la cual se inspira. Carpentier se sirve de Bloy para mostrar el lado intransigente de quienes defienden al descubridor místico.

 

[14] Carpentier utiliza fragmentos de los discursos de varios personajes y al mismo tiempo les atribuye juicios a favor o contra Colón. En el caso de Verne, su intervención en la novela aparece de la siguiente manera: “Por este viaje, el viejo mundo asumía la responsabilidad de la educación moral y política del mundo nuevo. ¿Pero, acaso estaba a la altura de esa tarea, con tantas ideas estrechas como acarreaba, sus impulsos semi-bárbaros, sus odios religiosos... Por lo pronto, empezó Colón por apresar a varios indios, con el propósito de venderlos en España.” (185). En la obra original de Verne no aparece la última frase, que Carpentier le atribuye en la ficción: “L’ancien monde devait donc etre chargé de l’éducation morale et politique du nouveau. Étaitil á la hauteur de cette tache, avec ses idées encore étroites, ses tendances á demi barbares, ses haines religieuses ?” (Verne, 1992: 111).

 

[15] En sus argumentos, es posible reconocer la influencia de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que Bartolomé de las Casas dirigió a Felipe II, en la cual denunciaba los abusos de los españoles.

 

[16] Sobre este punto, podemos señalar la influencia de El arpa y la sombra en el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien escribirá y publicará su Vigilia del Almirante (1992), -también su última obra- con motivo del 500 aniversario del Descubrimiento de América.

 

[17] Jean-Pierre Paute señala que el Nuevo Mundo se vuelve contra Colón: “Ce processus de retournement est décliné tout au long de la confession du navigateur sous la forme d’une série d’oppositions (embaucador embaucado, descubridor descubierto, conquistador conquistado....) qui renforce le jeu de miroir du dispositif narratif’, [“Este proceso de inversión es declinado a lo largo de la confesión del navegante en forma de una serie de oposiciones (. ) que refuerzan el juego de espejo del dispositivo narrativo”, la traducción es nuestra]. (Paute, 2012: 263).

 

Ensayo de Julio Zárate

julio.zarate@univ.montp3.fr

Université Paul Valéry Montpellier III

 

Publicado, originalmente, en: Anales de Literatura Hispanoamericana Vol. 44 Núm. Especial (2015): Los descubrimientos de América: el continente en su literatura

Anales de Literatura Hispanoamericana es una publicación editada por la Universidad Complutense de Madrid - Ediciones Complutense

Link del texto: https://revistas.ucm.es/index.php/ALHI/article/view/50699

 

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