Walt Whitman

El coraje de un testigo

DENTRO DEL llamado "renacimiento" de la literatura norteamericana, a mediados del siglo XIX, Walt Whitman ocupa, para la crítica especializada, un sitial de excepción junto a nombres como los de Herman Melville, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y Nathaniel Hawthorne. Hojas de hierba (1855) es tan "clásico" como lo son la desesperada búsqueda espiritual del Moby Dick (1851) de Melville, o la frustrada historia pasional de La letra escarlata (1850) de Hawthorne, o la reflexión a propósito del sentido y las fuentes de la vida en el Walden de Thoreau, o las dos series de Ensayos de Emerson (1841 y 1844). Pero probablemente su impacto —algo tardío y mediatizado por la lectura europea— en la sociedad norteamericana, fue mayor que el de todos esos nombres juntos.

Su más célebre poema, el "Canto a mí mismo", era la voz multiforme, contradictoria y persuasiva de Norteamérica misma, una proclama de autosuficiencia individual y colectiva, de exaltación vitalista, y una apuesta al igualitarismo y la democracia en tiempos en que la esclavitud era tema de discusión ardiente y acabaría siendo tema de guerra civil.

Originariamente sin título, el texto pasaría a llamarse en ediciones sucesivas "'Poema de Walt Whitman, un americano", luego "Walt Whitman", y a partir de 1881 tomaría el nombre que conserva hasta hoy. Publicado a los treinta y seis años, marcó el punto de inflexión determinante en la carrera literaria de Whitman. Para mucho crítico, borraba también la necesidad de cualquier cronología: Walt Whitman nacía y se hacía a sí mismo en ese canto, y lo que quisiéramos saber de él estaba ahí.

Cuando el poeta español León Felipe prologa, en 1974, su traducción/versión del "Canto" (que él llama paráfrasis y que es, a la vez, interpretación y traición al texto original) no sólo establece algunas características del mismo y la oportunidad de su lectura, en el contexto intolerante de un avanzado siglo XX. También traza, en ese prólogo estructurado como un poema, una particular semblanza del hombre que contenía "multitudes", un retrato sin datos ni fechas, pasible de visualizarse sólo en la obra "Los grandes poetas no tienen biografía, /tienen Destino./ Y el Destino no se narra.. /se canta...", dice León Felipe. Esa descontextualización biográfica sitúa al poeta en el único contexto al que de verdad pertenece, el universal e intemporal del "Canto".

 

OBJECIONES AL POETA. Mientras "el otro Whitman" canta, como quieren Borges o L.

Felipe, algunos datos biográficos acompañan al menos al Walter Whitman nacido en 1819, en una comunidad granjera de Long Island, Nueva York. Fue el segundo de ocho hijos, en una familia problemática donde no faltaron locos,  alcohólicos, minusválidos, hipocondríacos, y una respetable dosis de mala suerte a la hora de elegir pareja. Cierto que también hubo entre los hermanos algún veterano de guerra (George Washington) o ingeniero exitoso (Thomas Jefferson). La predilección por nombres de ilustres presidentes para hijos de la clase obrera, obedecía al patriotismo desmesurado de! padre, y se completaba con el de Andrew Jackson, muerto de alcoholismo y tuberculosis durante la Guerra Civil.

Antes de los treinta, Whitman trabajó en la construcción, fue maestro, oficial impresor y periodista. En 1838 fundó un periódico semanal, el Long Islander. Luego, en medio del florecimiento fugaz de la prensa escrita que en pocos años vio nacer y morir decenas de periódicos, fue redactor del New York Aurora en 1842, y seguidamente registraron su paso media docena de publicaciones más. Por esa fecha escribía relatos del tipo de "El último deseo de Reuben" o "Franklin Evans; o, el borracho", donde el tema de la autoridad y ebriedad paterna cobraba especial relevancia.

En 1855 llegaba la primera edición de Hojas de hierba, aclamada sin reservas por Ralph Waldo Emerson, el padre de la doctrina "trascendentalista", que veía en Whitman un continuador explosivo de la misma.

En realidad, el trascendentalismo —variante americana del romanticismo europeo— había surgido casi como evento de carácter público allá por 1836, con debates, revistas, manifiestos, órganos de prensa propios, y hasta un Club que aglutinaba a sus principales adeptos. Destacaban el ex clérigo Emerson (que ahora era profesor, ensayista y poeta), su discípulo Thoreau, Amos Bronson Alcott (padre de la autora de Mujercitas, Louisa May Alcott), George Ripley, otro ministro de dios convertido a escritor, la feminista Margaret Fuller y otras personalidades. El movimiento, de índole religioso-filosófica, aparecía vinculado —con reservas y con un fervor más principista que práctico— a expresiones reivindicativas tales como el abolicionismo, el feminismo, la lucha antialcohólica, el sectarismo o el comunitarismo.

El viraje poético literario que la mayoría de sus miembros practicaron, llevó naturalmente a suponer que la "verdad", en términos espirituales, podía avistarse mejor desde la torre del "artista" que desde el púlpito del predicador. El escritor se constituye en profeta (idea romántica que John Milton había apadrinado), conoce al hombre y su alma mejor que ninguno.

En ese punto surge la voz de Whitman, superando el costado puritano del transcendentalismo, privilegiando el cuerpo y los sentidos: "lo mejor de mi ser está agarrado a mis huesos".

Las sucesivas ediciones incrementan el número de poemas de Hojas...La de 1860 (que eran dos: una barata y otra de lujo) presagiaba un buen éxito de venta (que su autor alimentaba autopublicitándose escandalosamente para la época), pero no contaba con un acontecimiento capital. El 13 de abril de 1861, el ataque de los estados sureños a Fort Sumter y la decidida respuesta del recién electo A. Lincoln, daba comienzo a la Guerra Civil que enfrentaría a los estados de la Unión: veintitrés del Norte industrial y abolicionista contra once del Sur, esclavista. La experiencia de la guerra —que no marcó al poeta sino indirectamente, a través del hermano herido en combate—, se plasmó literariamente en posteriores modificaciones a Hojas..., y en Redobles de tambor (1865) incorporado al anterior en la edición de 1871-72. Luego de la guerra, Whitman publicó algunos textos en prosa: Vistas democráticas (1871), Notas de guerra (1873) y Días ejemplares (1882).

La crítica de su tiempo no fue particularmente favorable con Whitman; en su exaltación vitalista había más contenido sexual del que se podía admitir públicamente. Recién en 1880 llegaría sin regateo la opinión elogiosa de un crítico reconocido, Edmund Clarence Stedman. Merced a ella una importante editorial financió la sexta edición de Hojas..., la mayor venta de Whitman —tanto que le permitió adquirir su propia casa en Camdem, en 1884— y un original escándalo cuando el fiscal de Boston la retiró de circulación alegando que el texto violaba las leyes sobre obscenidad. Con el tiempo, sería el libro impreso más veces de cualquier poeta norteamericano.

 

PARTICIPE DEL UNIVERSO. El "Canto a mí mismo" se constituyó en la parte fundamental de ese libro en crecimiento que fue Hojas …. Contiene cincuenta y dos fragmentos cuyo rasgo medular es la intensidad, cualitativa y cuantitativa, y su recurso de estilo más visible es la enumeración. La fuerza del texto no proviene sólo del peso acumulativo de ésta o de la lograda combinación de lirismo y expresión coloquial. En realidad, el "Canto'' se va de las manos cuando se intenta totalizarlo en una definición, o comparó mentarlo en casilleros temáticos. Dispara en todas direcciones, y si en eso, más que en ninguna otra cosa, reside su impacto —en el ansia abarcadora: que nada quede sin nombrar, que todo entre al texto— también de ahí deriva el sedimento de disgregación, de fuga, que deja la lectura total. Quedan en la memoria frases que por sí solas tienen peso definitivo, sentencias que logran un efecto de descubrimiento retardado de aquello que siempre supimos, del tipo de "Un mundo me ve,/ el más grande de todos los mundos: Yo"'; o "Nunca ha habido otro comienzo que éste de ahora, /ni más juventud que ésta/ni más vejez que ésta;/y nunca habrá más perfección que la que tenemos/ ni más cielo/ni más infierno que éste de ahora".

Observador y partícipe del universo, el poeta se maravilla ante la perfección de cada partícula de éste, todas lo contienen y él las contiene a todas: " Yo soy Walt Whitman … Un cosmos". Celebra la existencia en todas sus manifestaciones, lo insignificante y lo trascendente participan del mismo rango, lo grande y lo pequeño valen igual, y un ser vivo vale más que cualquier creación humana.

La industria, que daba pasos gigantes cuando estos versos fueron escritos, aparece relegada en ellos. La naturaleza ocupa un lugar preponderante (un espacio de voluptuosidad donde se expande la belleza y la salud de los cuerpos que se entregan a ella), pero en rigor tampoco es la protagonista, ni lo es el yo-psicológico, su subimiento o sus pasiones. Tampoco lo es la ciudad, aunque nada de su desbordante empuje decimonónico queda en el tintero, ni siquiera “esos pequeños maniquíes que se mueven a mi alrededor vestidos de cuello y de levita". El verbo, la capacidad de nombrar las cosas, es el motor del texto, y aún así el poeta afirma que su discurso no es más que el hermano menor de sus sueños.

No obstante, si bien es verdad que todo ingresa al "Canto" (y el carpintero y el esclavo y la prostituta están al mismo nivel que el Presidente), también es cierto que lo hace moldeado por una visión que lo engrandece. No hay cosa que aparezca rebajada a lo burdo, lo ridículo o lo feo. La ironía es la gran ausente. La concepción de Whitman sobre la grandeza del Hombre hace que todo lo que le concierne adquiera su dimensión, potenciada sin duda por la desmesura del país al que pertenece. Si el trascendentalismo fue uno de los intentos de definir el "corazón de lo americano", Whitman se acercó más que nadie a la definición deseada por el ciudadano medio: "Soy de una nación gigante/formada por muchas naciones y donde las pequeñas valen lo mismo que las grandes ".

 

CANTO A MI MISMO, de Walt Whitman. Paráfrasis de León Felipe. Ediciones Akal. Madrid, 1990. Reedición del original de 1974.136 págs.

Mercedes Estramil
El País Cultural N° 321
29 de diciembre de 1995

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