Milagro

La niñez nuevamente

Ian Welden

1

He cumplido nuevamente doce años de edad.

Cuando era viejo sufría profundamente por haber perdido todo esto que tengo ahora: Un curioso planeta puesto entero a mi disposición y un cuerpo ágil y astuto para hacer uso de él. Y me digo "OK... creo que lo entiendo; déjenme digerir este fantástico fenómeno".

Ahora que ya he superado los primeros años difíciles pero sorprendentemente alucinantes de mi primera infancia y puedo sostenerme sobre mis dos piernas y controlar el poder de mi cerebro y mis manos, y me atrevo a alejarme de la seguridad de mi madre, corro feliz en compañía de otros niños como yo. Felicidad no es exactamente la palabra adecuada, éxtasis la es.

Me llama mucho la atención mi capacidad de llorar. Una de las habilidades que perderé en mi juventud y que tan sólo recuperaré en los pocos años antes de mi muerte. Es un mecanismo ingenioso que entre otras cosas frena la ira. Si no llorara intentaría destrozar a mis semejantes ante la primera provocación o frustración. Tengo un amigo que me dice que los científicos ya descubrieron una droga que induce al llanto, pero que los políticos y militares impiden su uso porque con ella no habrían mas guerras.

Reí anoche. Y mi risa brotó tan clara y cristalina, sincera y sin censuras ni burlas. El objeto de mi alegría fue una sola estrella poderosa y la luna en cuarto menguante en el cielo violeta. Sentí un placer que había olvidado, en todo mi cuerpo; una sensualidad pura y total en mi alma. Un cosquilleo suave y amable en mi sexo. Corrí riendo a mi casa, donde me esperaban mis padres con la cena sabrosa y olorosa a hierbas y verduras y pescados que ellos habían preparado para mi como si fuera una obra maestra de artesanía.

Duermo con confianza y seguridad. Y horado túneles en las misteriosas materias del sueño viajando por espacios desconocidos, encontrándome con amigos de aire y situaciones y lugares bizarros. Y cuando aparecen los inevitables monstruos ya no les temo.

Y despierto en la mañanas con un apetito feróz por la vida. Me comería al planeta entero y bebería todos los mares y océanos y ríos y... salto de mi cama. Es verano y tiempo de vacaciones! Corro al río y me encuentro con mi amigo y salimos a navegar en los botes de los pescadores. El día es tan simple con su cielo azul turquesa y su sol redondo y cálido y sin embargo tan bello que me quita el aliento.

2

En mi vejéz añoraba con profundo dolor  los ojos azules y el cabello negro de una niña que me robó el corazón una tarde de verano. " Jamás le tomé la mano". me lamentaba; " Jamás la besé...". Pues ahora está aquí conmigo y me extravío en sus ojos melancólicos y le acaricio el pelo y la beso. Es mía. Y corremos de la mano por la playa mientras que las gaviotas nos abren el paso hacia el cielo, y las olas del Océano Pacífico chileno nos invitan a visitar sirenas escandinavas.

No soy arrogante. Siento empatía con ese viejo que fuí. Y lástima también. No es su culpa haberlo perdido todo menos su capacidad de autocompasión. La naturaleza del ser humano es así, creo. Veo a los nobles animales entregarse del todo a la muerte, en algún rincón ocultos en los bosques. Con serenidad y valentía. Que haré yo en mi nueva vejez? Dios mío! He estado tan ocupado con mi nueva niñez que se me ha olvidado por completo que voy alejándome rápidamente de ella. Súbitamente reconozco el agrio sabor de la angustia...

Estos días me he dedicado a observar a mi padres y sobre todo al padre de mi madre, mi abuelo. Son criaturas curiosas. Mis padres están satisfechos con sus vidas porque me tienen a mi. Yo soy el objeto de su felicidad y estabilidad. Mi abuelo por el contrario vive en un desamparo existencial absoluto en su asilo de ancianos o "casa de reposo" como también la llaman. Observo su dolor y su impotencia. Yo vengo de ahi y voy para allá nuevamente, pienso con horror.

No importa. El mundo me pertenece y se me entrega entero con pasión. Soy el único ser inmortal del universo.

Pero no soy autosuficiente. Dependo incondicionalmente de cada mirada, caricia y palabra que me brindan mis semejantes. De las risas de mis amigos y las caricias y susurros de mi amada. Me embeleso ante este milagro de estar vivo junto a otros seres humanos. No siento soledad ni rencor ni celos, como lo hacía en mi vejez.

Soy lo más cercano que existe a la pureza y me siento orgulloso de esto.

3

Nos juntamos alrededor de nuestras fogatas eternas  bajo el firmamento que bulle de brillantes  y cantamos nuestras canciones ingenuas a orillas del mar. Vamos madurando ya, sin duda alguna. Ya no tenemos doce años de edad sino quince o diecisiseis. La mansa sensualidad de la niñéz se ha transformado en erotismo y sexualidad  y estos dos maravillosos fenómenos nos inquietan violentamente y amamos con cuidado y reñimos con celos dolorosos.

Vuelvo a sentir la enemistad y la envidia, pero mi llanto es profuso y este calma mis ya latentes instintos de Caín.

Considerando la catástrofe que se avecina -y de la cual somos ignorantes- aún corremos como potrillos por las praderas, hacemos la cimarra para fumar a escondidas en la Plaza de la Concordia y volvemos a nuestros hogares a cenar con nuestros padres. O a llorar en sus hombros. 

Me he convertido en un monstruo.

Tengo ya dieciocho años de edad y un fusil y poder entre mis manos. No mato a soldados del ejército enemigo sino a familias enteras, viejos, padres y madres, adolescentes y niños. Ya no lloro.

Maldigo. El mundo entero me maldice y yo odio al mundo. Soy teniente primero y tengo a cientos de jovencitos de mi edad bajo mi mando. Y a cientos de adultos y viejos a los cuales debo responder con respeto y  productividad ... Recibo medallas de honor y valentía que luzco con respeto en mi guerrera.

Esta gente que asesinamos, y sus ejércitos,  no hablan nuestro idioma, no nos entendemos verbalmente, nuestras culturas son disímiles así como nuestros dioses. 

Ellos también son asesinos como yo. También matan a inocentes.

Dónde habrá quedado mi nueva niñez? Mi niña de los ojos de ensueño y mi botes en el río?

Recuerdo que cuando viejo hablaba de esta guerra con orgullo, y mi ocupación principal era

sacarle brillo a mis medallas todos lo días. Las exhibía sobre mi aparato de televisión pero jamás hubo realmente un público para ellas. Ya había una nueva guerra en el mundo con nuevas medallas y tenientes y multitudes indefensas asesinadas.

5

Ya cumplidos los cincuenta y habiendo destruido todo rastro de mi  niñez, tengo mis responsabilidades y ambiciones profesionales y me regocijo en mi dinero y maldigo mis deudas. Voy en mi automóbil al supermercado y me mantengo alejado de la naturaleza ya que sufro de alergia. Tuve a una mujer hace diez años atrás pero la abandoné porque me hacía la vida imposible. Me negué terminantemente a tener hijos ya que los niños siempre me han parecido un estorbo.

Por las tardes me junto con mis colegas de la oficina a jugar póquer, beber alcohol, fumar habanos y contarnos chistes sucios. O vamos a prostíbulos donde podemos comportarnos como bestias con las mujeres. Tenemos dinero para eso.

Hay veces en que siento una nostalgia lejana, una especie de llamado desde la distancia. 

Alguien o algo intenta pronunciar mi nombre o recordarme que una vez en mi vida ocurrieron cosas milagrosas.... pero la hago desparecer con un gesto de mi mano, asi como quien hace desaparecer el humo de un cigarrillo.

6

Hoy cumplo ochenta años de edad.

El personal y los otros viejos me han hecho una torta y me cantaron Happy Birthday.

Lloro mucho. Ya me cuesta reír. No duermo.

Recuerdo que una vez conocí a una niña de ojos azules y cabello negro que me robó el corazón un tarde de verano. Jamás le tomé l a mano... jamás la besé...

Ian Welden
Valby, Copenhague
invierno 2009
Ilustró Maritza Alvarez
Villa Alemana, Chile

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