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Homo Viator
por Cristina Villanueva
libera@arnet.com.ar 

Sobre Haroldo .....

Por la tarde cuando el sol declina 
y se mete entre las ramas el álamo 
se enciende como una lámpara verde 
Haroldo Conti

Nosotros nos mirábamos en los otros, en Homo Viator esos otros aparecen y me acompañan. 

La vida de Haroldo Conti se mezcla con la mía. En un clima de dulce tristeza se funden El Tigre, Chacabuco y la calle desierta en la que estaba la casa donde lo esperan, la escena se repite, retorna, vuelve, insiste. Uno quiere avisarle, quiere salvarlo pero no puede. 

Cuando era jovencita lo conocí en la peluquería de su primera mujer. Más tarde su hijo fue compañero de mi hija. Esa ausencia siempre estaba presente. El día en que los chicos egresaron, su foto muy grande abarcaba el pecho de Marta. Ernesto acompañado con el muchacho del quiosco bordeaba esa falta que por su misma perversa naturaleza era casi inabordable. Barthes dice en El placer del texto que el texto que provoca ese efecto no es el más lindo, es el que nos hace levantar los ojos del libro y nos vuelca en el torrente de nuestras asociaciones vitales, que se vuelven a juntar con el libro y lo enriquecen. El Placer del cine se da con esta película, fragmentos de cuentos que se incrustan como esquirlas de belleza mientras se piensa. Esa reiterada escena de la llegada a la casa no es acaso una invitación a pensar otras posibilidades.¿Qué sería del país, de nuestros cuerpos si lo siniestro no nos hubiera alcanzado? ¿Qué perdimos todos en lo pequeño, en lo que nunca se reparó porque hubo dolores tan inmensos que daba vergüenza pensar en lo más chico?. Esos grandes relatos abarcadores que nos cubrieron y aún nos cubren a muchos, tienen sus imperfecciones, pero nos vuelven hermanos, ahuyentan la soledad y la insignificancia. Por eso mientras la voz de Haroldo y las imágenes se derramaban, me unía, los traía a esa butaca a algunos que no están a otros que están lejos, exiliados que nunca aceptaron el desgarro, a todos esos compañeros y compañeras del alma. La película habrá tenido algún vacío donde pudieron colarse. El tiempo cambió los cuerpos, no tanto ese cobijo de las ideas como una patria. 

Cuando terminó la película, éramos pocos, nadie se levantó como es usual mientras se despliegan los títulos. Como si nos opusiéramos al apuro, como si no quisiéramos separarnos de ese mundo pleno de belleza y sentido donde antiguas humedades nos brillan los ojos vivos.

Cristina Villanueva

19/06/2009
libera@arnet.com.ar

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