Una lección de amor
Noemí Ulla

Aquel verano las mujeres habíamos vuelto a usar polleras. Ya no se veía esa uniformidad de pantalones en las calles, como en la temporada anterior. Mi hombre me hacía bromas a cada momento por la vuelta al uso de lo que se consideraba lo femenino o que durante mucho tiempo se había considerado así: la pollera. Yo estaba tan enamorada de mi hombre que iba con él como se dice tanto: por las nubes. A veces me quedaba mirándolo, distraída de otras cosas mucho rato, y me perdía extasiada en la línea de su cabeza o en la piel de su cuello. Pero sobre todo en sus brazos, esas columnas capaces de levantar el peso del mundo, eran tijeras que cortaban las malas rachas, eran la fuerza del calor y del verano juntos, con el agua, el sol, la brisa, la lluvia y las tormentas. Como él sabía que mis miedos a la lluvia me sumían en los estados más infantiles, ahí estaba él, con la luz del relámpago y la ternura del fuego, envuelto en la armonía de las cosas, hablándome de los diversos tipos de lluvia.

Así nos encontrábamos esa tarde en que sus ojos y mis ojos jugaban a los espejitos. La lluvia iba disminuyendo y habíamos apreciado todas las maneras de caer del agua. Como era un día feriado, uno de esos días en que las calles están casi desiertas o que la gente camina despacio como en los pueblos y más que nada se busca para la charla amable, nosotros dos, hombre y mujer, habíamos hecho todo lo que un hombre y una mujer hacen cuando se aman: hablar incansablemente de nuestras vidas desde antes de conocernos. Estábamos empapados ya de nuestras historias, en las que entraban y salían, a medida que nos las contábamos, personas quizá inimaginables para ambos, como esos chicos que se asoman a las ventanas de las casas, gritan algo y salen disparando. Abrazados, apoyada la cabeza de uno en el pecho del otro, interrumpiendo las historias y la carrera de esos que se asomaban a las ventanas, nos decíamos "te amo", jugábamos a los espejitos, y volvíamos al deshilván del relato.

Demasiado invadidos por la gente que había aparecido de pronto sin que la llamáramos, convocada acaso por la necesidad de saber que. No sé de saber qué. De abarcarnos más, pensamos que era razonable en un día caluroso, darnos una ducha. Tanto él como yo olíamos ya ese aroma acre que despiden los cuerpos que se desnudan, mezclado con el perfume de los jazmines que había en la habitación y con su colonia, salida de los pliegues del recuerdo mío como de olor a varón. Preparé el baño con todos los rigores de su mirada atenta, que nunca olvidaba ni lo necesario ni lo que da placer, ni lo que al otro puede causarle alegría o disgusto. Él me había estado encendiendo toda la vida, sin que lo supiera. Lo sabía ahora, lo sabíamos, y era sumamente agradable sentir que la desdicha de esa ignorancia había quedado en el pasado y estábamos al fin desnudos. Mientras él enjabonaba mi cuerpo con esa delicadeza con que los padres friccionan a su niña y los amantes recorren los caminos de la piel, yo no podía hacer más que mirarlo, extasiada en el fluir de sus manos, unas veces por higiene, otras por su excusa. Le pedí que me cantara –él cantaba en momentos de dramatismo: de alegrías o de penas– y poco a poco debimos invertir la tarea y los juegos del jabón. Me gustaba detenerme en sus brazos, redondear la espuma en sus hombros, en su pecho inmenso como una pradera, en su sexo que festejaba el mundo. De pronto las palabras tontas de una canción cualquiera, desataron una catarata de reproches.

Calculé la injusticia de su amargura, momentánea, y no fue así. A medida que yo intentaba defenderme, quizá hacerlo olvidar de algunas cosas antiguas para ambos, y en las que yo aparecía como negándome a reconocer el amor presente, comprendí que la situación era ajena a mí, a él, y que estábamos reviviendo, inesperadamente, un caso de aquellas gentes que se habían asomado a las ventanas de nuestro relato, un caso extraño a nosotros. Sin embargo no podía trasmitirle, con todo el cuidado que ponía, que abandonáramos a la gente de las ventanas. Fue él, con toda la hermosura de su cabeza, quien decidió de pronto que todo se había originado con las palabras de aquella canción y me convenció de que las peleas por palabras podían enredar, entre gente que las valora en exceso, todos los hilos de la pasión. Volvimos sin interrupciones al placer del agua, del secado, pero con la sensación de que algo doloroso y grave había sucedido.

Por la tarde debíamos pasar por la casa de amigos comunes, que ignoraban nuestro trato carnal, por decirlo así, y ante los cuales ni tratábamos de disimulado ni de exhibirlo, simplemente éramos. Nos habían invitado a cenar y podíamos llegar más temprano para escuchar algunas cassettes que él, el anfitrión, acababa de grabar. Ni mi hombre ni yo éramos como esta gente, de protocolos, aunque no querían ni admitían serlo, pero ambos teníamos especial interés en escuchar las grabaciones de nuestro amigo común, el guitarrista, y bien se podían borrar entonces los términos de la invitación, cosa que evité comentar a mi hombre –eso de que "podíamos" ir más temprano–, para no llevar dos prejuicios en lugar de uno.

Llegamos a la casa de nuestros amigos, el guitarrista y su mujer. Nos esperaban con una cordialidad evidente, ostensible, en su alegría, en la preparación de la mesa para la comida, en la obsequiosidad de todos sus movimientos. Mis encuentros con ellos se espaciaban: nos veíamos, no nos veíamos. Y entonces, desde que ellos acababan de llegar de viaje, había pasado un tiempo sin que nos viéramos. Antes que ellos, nos recibió una de las grabaciones que según nos enteramos después, él estaba escuchando noche y día, para pulir matices.

Nuestro amigo era un hombre joven y famoso. Había ganado muchísimo dinero y lo había administrado de una manera espantosa. Pero como tenía considerable talento, volvía a ganar en forma constante y vivían así de manera holgada. Con su mujer había recorrido prácticamente el mundo y la casa tenía muestras de eso, sin estar abarrotada de internacionalismos. Ella era una de esas mujeres bondadosas, que sólo viven para complacer a los demás, hasta el punto de no ocupar verdaderamente su lugar en el deseo de los otros. Su marido, además de guitarras coleccionaba mujeres, a quienes deseaba y con quienes se complacía a pocos centímetros de las narices de ella, pero todo se organizaba de modo tan equilibrado, formalmente correcto y hasta cortés, que la infidelidad era una especie de fidelidad sin exabruptos.

Nos sentamos a la mesa cuando ella tuvo la impresión de que habíamos agotado todas las grabaciones. Había platos exquisitos y sobre todo exóticos. Comentamos algunos trascendidos sobre gente amiga hasta que él insistió en escuchar de nuevo su última grabación, pidiéndonos mucho oído. Al principio, nos resultaba difícil acallar los cubiertos y el vino que se vertía en las copas, suavemente, para privilegiar la música. Luego fue imposible, como él insistiera en que el condimento de uno de los platos no era el correspondiente y ella sospechaba que sí, se pusieron a discutir como esos matrimonios que no han hecho otra cosa en su vida que conocerse y desconocerse el paladar, al cabo de años y años, para tontería e irritación de ambos. En seguida sentí que nuestra presencia no tenía otra función que la de ser público de esa desagradable representación matrimonial, cuyas voces y discusiones crecían como una cháchara y tapaban al guitarrista que había quedado atrás, oculto por el hombre y su condimento, la mujer, su orgullo. Mi hombre me miró a través de las disonancias, los platos mal o bien condimentados, las copas talladas, mi vestido, la rosa que llevaba en el pecho. Recordé los "te amo", el juego de los espejitos, nuestra pelea en la ducha que recién entonces perdió su importancia. Me gustaba mirarlo y recordar, me gustaba sentir su mirada y tener un secreto de dos. Nuestro silencio intervino al fin poniendo en descubierto el griterío de los otros. Pero ya la guitarra se había confundido con los ruidos y cesó. Mi hombre, sin recordar que actuábamos de amigos, empezó a contar los reproches suyos de la tarde, y en cuanto lo advirtió, siguió dando datos, divertido, y ellos supieron que nos amábamos. Entonces nosotros quedábamos en descubierto y el único que podía tener motivos para ocultarlo, era mi hombre: sólo su amor era libre. Como además hacía tan poco tiempo que lo descubríamos, aunque era una historia antigua, desconocíamos las estrategias para su presentación, desarrollo o acallamiento.

La evidencia del amor no fue bien recibida por nuestros amigos. Excesivamente atentos a sus propios ruidos esa noche, quedó vibrando en el aire la novedad de los lazos que se inician con la única condición de una primera libertad, y él, amador incansable, condenaba así no sé qué secreto sentimiento suyo. Por un instante imaginé a mi hombre y a mí, después de muchos años y me estremecieron los ruidos que podríamos llegar a hacer, como ellos esa noche; imaginé el cansancio, el hastío, la demora en el hastío.

El café a sorbos más tranquilos, permitió por fin apreciar la insistente grabación. Pero no quisimos extendernos demasiado, cada uno quería comentar con el otro los secretos que se habían descubierto. La guitarra sonaba limpia y clara y no quedaba ninguna duda de que nuestro amigo podía producir a la perfección los sonidos, y también los ruidos, y que entre unos y otros había eslabonado su vida de músico.

Mi hombre y yo nos fuimos de allí abrazados, caminando bajo los paraísos, bebiéndonos la noche y sus estrellas. Quisimos café, a solas, en un lugar más íntimo y secreto que una casa. Encontramos la confitería que buscábamos y hablé. Hablé de todo lo que temía. Conté a mi hombre cómo había supuesto que nosotros, después de muchos años, tendríamos las voces estridentes, cascadas por el tiempo, quizá como las de nuestros amigos. Me escuchó su hermosa cabeza con atención quieta, me besó amorosamente las manos y me pidió que en adelante fuera tan generosa con mi amor como lo había sido hasta entonces con mi temor.

Noemí Ulla
de Ciudades (cuentos), Buenos Aires, CEAL, 1983

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