Una clase de alemán
Noemí Ulla

Acababan de prenderse las luces al atardecer, en el momento en que la ciudad empezó a encontrar las sombras. El ruido del tránsito en la avenida Corrientes hacia el Bajo fue disminuyendo y todo parecía aquietarse, cuando las mujeres y los hombres abandonaban ya el trabajo del día. En una ciudad populosa, el silencio cobra un sentido distinto al de una ciudad pequeña. En Buenos Aires la tarde declinaba y otras voces se alzaron ya imprecisas desde la oscuridad y la iluminación.

¿Cómo haré entonces, sin el rumor que nos cobijaba hace un momento, para devolver a las palabras extrañas, reclinadas en el espacio blanco de la página abigarradamente impresa, el sonido propio, también oído en conversaciones grabadas? Difícil trabajo el aprendizaje del idioma extranjero. En la sangre, en el oído, impresos están los saludos maternales "Wie geht es dir?" y la voz de Borges recitando a Heine, diciendo cordial "Cuando aprenda alemán, lea a Heine; es la construcción más sencilla para empezar a entender ese idioma."

En la sala se oyó decir:

–Un idioma extranjero es como la música, debe aprenderse de niño, como los instrumentos musicales.

–El idioma extranjero es otra música. Muy diferente –agregó otro.

–Creo que es como quedarse sola –balbuceó la rubia.

–Perchè, perchè, la domenica mi lasci sempre sola –canturreó una de las señoras mayores.

Algunos se rieron y ella aclaró que era una canción de Rita Pavone.

Veamos –dijo el profesor– un idioma es eso y mucho más, pero también es todo lo que cada uno termina de apuntar, lo que cada uno cree que un idioma es. Borges dijo que la patria era la lengua.

Por suerte la conversación se deslizó con rapidez hacia el tema de la patria y cada cual aportó sus ideas más y menos nacionalistas. Así, el vértigo de la discusión cambió el tono que amenazaba con llevarnos al abismo del aprendizaje. Porque ¿quién, fuera del profesor, se sentiría capaz de decir cómo debía conducirse el estudio de un idioma extranjero?

Para la próxima clase, dijo el profesor, pueden escribir algo sobre la patria, lo que significa la palabra "patria" para ustedes. Pero hay otra opción. Los que quieran, pueden escribir sólo sobre lo que es el idioma para cada uno de ustedes. El propio, claro, y el idioma extranjero. Y así quedamos bien con todas las patrias, dijo con el humor que le era peculiar, sabiendo dar a la clase un toque de picardía cuando era necesario y oportuno.

Salí del instituto creyendo que sería interesante reflexionar sobre la patria o los idiomas, pero al bajar a la calle me encontré con uno de mis peores enemigos. Somos civilizados y nos saludamos. Pensé para mis adentros ¿también con las voces de Kant y de Goethe debo escuchar lo que para mí es la voz de Goebbels? Habían pasado tantos años ya de aquella maldad ; tengo predisposición fácil para el olvido, y en los encuentros siguientes de otros días, llegué a dialogar con el enemigo.

Antes, vivía casi feliz con mis estudios del difícil idioma, ahora la historia de los males que me causó el enemigo no me dejan en paz. Porque había una historia, y era siniestra. ¿Soy, como me enseñó mamá, alguien que debe perdonar? ¿Soy, como dicen otros, alguien que prepara una venganza? Llueve y preferiría saber cómo abordaré la redacción que el profesor nos ha pedido. En el café más cercano al instituto, y más íntimo de la zona, después de hablar por teléfono con mi novio, encontré a Tadeo. Con sus ironías, ante algo terrible que le está pasando, se las arregla para distanciarse de la preocupación y me obliga, afortunadamente, a alejarme de la contrariedad que me causó el enemigo.

–A veces no sé cómo sos –le digo– ni quién sos.

–Soy un gavilán caracolero agobiado por las vueltas de la vida, o del destino –contesta–. No sé bien.

–Para mí que sos un lechuzón orejudo. Sólo los lechuzones andan husmeándolo todo como vos lo hacés.

–Gracias por tener en cuenta mis orejas. Notorias y eficaces –dice después de una pausa.

Y encuentro que una vez más me dejo enredar en su malla de juegos de palabras, donde no hay tregua para saber a ciencia cierta qué es lo que le pasa. "Mi vida profesional" dijo como para no dejarse tocar. Pues bien, me atendré a su muro, al muro que levanta para no permitirme ni permitirse la confesión. Siempre igual, extrañísimo y terrible Tadeo.

Por la tarde comencé, con dudas, a escribir la redacción pedida. Me trae muchas confusiones, controversias íntimas, prejuicios. Si digo lo que siento, mis compañeros, al escucharla, se sentirán heridos en su gran amor patriótico. El profesor Ganz, que es un hombre inteligente y ha demostrado en muchas ocasiones su agudo sentido del humor, ni se mosqueará. ¿Pero qué haré cuando las señoras mayores lancen al aire la voz cantarina haciéndome objeciones al desánimo, al escepticismo, a lo que llamarán antipatriotismo? No, decididamente no puedo hacer la redacción de alemán aduciendo que también hace a la patria la facultad de comunicarse en otros idiomas. La patria es para mí la capacidad de disentir, de discrepar, de disfrutar, de ser sensible también a los paisajes ajenos, de abrirse a las emociones, de saber ver las cosas que nos disgustan porque no andan bien, para tratar de mejorarlas, es la capacidad de comparar conductas y educación, civilidad y comportamientos, siempre con la intención de ser mejores. Si digo esto me sacarán matando. En una palabra, debo seguir al sentido común. A ver si me linchan por las escaleras y no encuentro acomodo en ningún escalón de la patria.

Está bien. Diré qué es la patria, también lo que una siente en la boca del estómago cuando suena un tango desde una disquería, aunque hiera los oídos esa costumbre de poner música a todo volumen, en medio de una calle poblada de gente que está en otra cosa. Diré que la patria es también una melodía que se escuchó en la infancia, diré, como el profesor sugirió, qué es un idioma extranjero: en este caso el alemán. Para mí , un pequeño infierno desde que empecé a pretender la posibilidad de hablarlo. ¿Qué pensarán si escribo las razones que tenía para complicarme la vida inútilmente? El profesor sabe enseñar, sabe trasmitir y hace lo imposible para que esos sonidos tan queridos y admirados en Bertold Brecht, en Trakl, en Stefan Georg, nos parezcan familiares. No puedo defraudarlo, ¿qué debo hacer, decir, balbucear a través de los papeles? En lo más hondo de mis inquietudes llama Tadeo al teléfono y le cuento un poco lo que me pasa.

–Te entregaste fácilmente a las prisiones –dice.

–No te entiendo.

–Por supuesto, no te hablo de las prisiones de Silvio Pellico, te hablo de vos y de las concesiones ad publicum.

–¿Qué público? –le digo molesta–. Se trata de un deber de alemán. Nada más que de una composición.

–Así se empieza, nena. Así se empieza.

Tengo que reírme. Tadeo leyó unos poemas que escribí, en realidad eran ensayos o intentos de poemas, y no los encontró mal. Desde que Tadeo está en Buenos Aires paso con él de la risa a la ira en los momentos en que nos encontramos. Vive en el exterior, pero le han dado una beca para hacer aquí un trabajo sobre Fray Mocho, y desde hace dos meses está "ambientándose", dijo, hasta que llegue el término de la beca, justo a los doce meses.

–Seguramente querrás publicarlos –dice entonces refiriéndose a los poemas –y es lo peor que podrías hacer. No están nada mal, pero son prematuros. Para una admiradora de Georg, de Trakl, de Celan... digamos que les falta un poco.

Me quedé de una pieza, como suele decirse. Había depositado en él toda confianza poética. Mi novio, que es músico, también los leyó y opina de otra manera, ya que sabe muy bien cuando un poeta desafina; dice que Tadeo se divierte haciéndome sufrir, y que le incomoda que yo escriba poesía, cuando, según él, y otros buenos lectores que elogiaron los poemas, estarían ya para ser publicados. "Para mí, la poesía no es música", dice Tadeo para hacerme enojar, y me recuerda una vieja discusión con una poeta mediocre muy conocida en los medios, que se enfureció conmigo porque le hablé de la sonoridad de la poesía.

¡Qué viejo tema! Tan viejo como el tiempo. Estoy a favor de la fuerza del ritmo, de la sonoridad del poema, pero algunos creen que eso es un sobrante. No los admiro.

Vuelvo a la composición sobre la patria y la lengua. Voy a elegir por fin hablar sobre la lengua. A partir de la lengua puedo llegar a decir muchas cosas sobre la patria. Pero ¿cómo escribir lo que es, lo que representa un idioma en otra lengua? ¿Es posible? Me sale la palabra "puerta", vestida de marrón en la pizarra de la escuela, en primer grado; la maestra la había dibujado para que supiéramos escribir el nombre. "La puerta", la puerta del idioma, la puerta de una lengua. Se abre, se cierra, como los labios para pronunciarla. La verdad que fue un comienzo excelente para aprender a escribir. Y extraño. Vista así, en su propiedad de marrón, con su picaporte y cerradura, me pareció casi abstracta. ¿Qué esperaba yo? ¿Por qué aquel dibujo de la puerta me quedó fijo en la memoria? Era de mañana, cuando se abren las puertas para dar paso a los comienzos del día. ¿Diré en idioma alemán que la imagen de aquella pizarra recuerda también una dificultad? ¿La de ver la puerta y sentir miedo? ¿Miedo de juntar la palabra a la imagen, la imagen a la palabra, oída, escuchada, escrita en cursiva y debajo en imprenta? ¿Cómo es todo eso junto? ¿Lo sabré alguna vez en idioma alemán? Dejaré que aquella puerta, parecida a las de la casa de mis padres, muestre las mismas dudas, la misma mampara, el escritorio de papá, la letra de mamá enseñándome, para mí con toda audacia, a poner "nulo" debajo de la cuenta mal hecha que me llenaba de angustia.

–¿Qué es eso, mamá?

–Que no vale.

"Nulo" fue más difícil que "puerta". Era tomar una libertad desconocida, venida de esa mamá que también era maestra; autorizaba a desautorizar. Era como un diálogo con la otra maestra, la de la puerta. Ya podía abrir la puerta yo y entrar a hacer valer o no hacer valer lo que escribía. ¡Qué extraño, qué extraño! Podía decidir otra cosa diferente sobre el destino del cuaderno, que era casi sagrado, y sobre los ojos de la maestra (la de la puerta) a quien iba dirigido el cuaderno.

–¿Pero mamá?

–Sí, querida, es así. Nulo quiere decir que no tiene valor. En lugar de borrar, ponés esa palabra debajo, y ya está.

¿Y si debajo del deber de alemán pusiera nulo? ¿Y si en lugar de eso hablara de uno de mis abuelos? Mi abuelito suizo murió de tristeza porque la familia le reprochaba desde Europa, en sucesivas cartas escritas en alemán, haber perdido la patria. Ni más ni menos. ¿Le escribirían en dialecto o en alto alemán?

Encontré de nuevo a Tadeo, observando el andar y los gestos de la gente de la calle desde la mesa del café de Corrientes hacia el Bajo. No puede creer que la ciudad haya cambiado tanto desde los años en que ha dejado el país.

–¿Nostalgias? –le pregunto.

–Al principio, en los diez primeros años.

–¿Nada ahora?

–Quedate tranquila, no correré la suerte de tu abuelito suizo alemán. Mi familia está conforme con mi ausencia. Además, si escriben, son e-mail y, por otra parte, ninguno de ellos sabe alemán.

–¡Qué manera de imaginar vidas paralelas!

–¿Por qué no? ¿No soy acaso mejor escritor que Plutarco?

–Vale, vale, como decís. Ahora que confesás saber de memoria mis poemas, te perdono.

La tarde caía otra vez lenta con los débiles rayos de sol sobre la avenida Corrientes; en la cúspide de los edificios se insinuaban los últimos brillos que iban cediendo paso a la noche. A través de las ventanas del café vimos pasar a mi enemigo. Tadeo, que conoce la historia, dijo el proverbio árabe : "Siéntate a la puerta y verás pasar el cadáver de tu enemigo", porque conviven en la misma patria, agregó por su cuenta. Después, entre risas, me convenció de que tomara otra copa de jerez añejo.

Noemí Ulla 
de En el agua del río, Rosario, Argentina, Fundación Ross, 2007

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