La mesa
Noemí Ulla

a Enrique Aguirrezabala

Que una mesa pueda cambiar el curso de la vida, puede ser un exageración. Quizá yo no lo crea, pero sobre ella escribo, aterrada de lo que pueda llegar a sucedernos. Desde anoche empecé a sospechar que un futuro desconocido venía a poblar esta mesa nueva. Hugo había disimulado todo el tiempo los movimientos previos a la aparición de la extraña y ayer me sorprendió con ella. Para festejar su llegada preparé perdices y tomamos vino especial. Él me fue llevando a la historia de la mesa anterior, y después tuve sueños familiares.

Nadie creería, sólo personas siempre dispuestas a recibir con naturalidad los caprichos de las anticipaciones, sin embargo ayer por la mañana escribí en el cuaderno de notas: ver el cuento "Una mesa es una mesa". La víspera del fin de semana me entretuvo en procura de las provisiones –nos disgusta tener que correr el sábado o el domingo a buscar una botella de aceite o un paquete de azúcar– y más que todos los viernes, otras ansiedades me alejaron de la lectura del cuento de Peter Bichsel. Cuando volvía caminando después de haberme aturdido lo suficiente con el trajín del centro, pensé en el paraíso de tranquilidad que encontraría en casa. No fue así. Había proyectado imitar a Tolstoi, a Bioy Casares o a Virginia Woolf en sus disciplinas de trabajo. Por la mañana había estado leyendo una entrevista a Onetti y me sentí solidaria suya: compartí su deslumbramiento por los escritores que saben responder a una imposición de la fantasía, se sientan y escriben durante un tiempo más o menos preciso, invitando a las ficciones a llegar al papel. En sus escritos no se advierten momentos de disgusto o desacuerdo con las invitadas. Parecería que sus diálogos con ellas fueron siempre cordiales, que las ficciones recibieron un trato amable, que se las esperaba con deseo. Me quedé del lado de Onetti pensando en la maravilla del orden, del llamado al orden del desorden, y en la obediencia a todo lo que acude.

Ayer entonces, cuando me disponía a imitar a escritores con disciplina, se me cruzaron otras cosas. Lamenté no tener un vestido de jersey blanco, no vivir cerca del río o no haberme quedado para siempre en Narbonne, no saber a qué se debe mi desesperanza. Hablé por teléfono con una amiga y me confesó que no tenía más ganas de vivir porque se sentía sin identidad. Estados semejantes padezco a diario, y hasta podría afirmar que la falta de identidad es una situación vital: ella me nutre, me absorbe y multiplica.

Apareció Hugo con la mesa y volvió a irse de inmediato. Decidí incorporarla a la casa, ponerla en uso sólo cuando él volviera, pero como el interés y la atención hacia las cosas flotaba sin detenerse en ninguna, igual que en los prólogos de los peores estados, fui desde una taza de café al cuidado de las plantas, a leer un libro de crítica, a sacar las perdices de la heladera para cocinarlas después, a prender el televisor y apagarlo, hasta que le tocó a la mesa. Le busqué un lugar –había que hacérselo– y todavía estoy acomodando mi cuerpo al espacio que ella ocupa, a su manera de desplazarnos, a nosotros y a las cosas que la rodean. Llegué a pensar que es capaz de crecer como una planta.

Anoche comimos en ella. Aceptó los platos, las copas, las fuentes, la botella de vino, dispersándolos por su superficie amplia. A nosotros, que antes parecíamos estar sentados a la mesa de un café puesta para comer de improviso, donde las cosas estaban al alcance de nuestras manos, nos apartó. Anoche tuvimos que pedirnos la sal, la pimienta, el pan; los objetos se alejaban como si hubiéramos dejado de jugar a las visitas. Hugo quiso saber cuántos años me acompañó la mesa de antes y por ella recordé otras mesas. Vi almuerzos, manteles tendidos esperando la comida, personas que no están, seres de los que me fui perdiendo, cuadernos, carpetas, fichas, vi en sueños una alacena, sin saber a qué casa perteneció; pero estaban mis padres y yo era una niña, papá me recomendaba cuidarme de los gatos que suelen enamorarse de las nenas.

Hoy escribí estas cosas, aunque por la mañana me impuse salir para que la mesa no pudiera atraparme como a los dueños del brillante. Esa es la historia de una familia de españoles, que habiendo heredado un brillante enorme como un garbanzo –decía mamá– se turnaban para salir, siempre debía quedar alguien en la casa cuidando el brillante que estaba escondido adentro de un colchón. Como vivían en una ciudad pequeña se conocía la existencia de la piedra y el temor al robo tenía cautivos a distintos miembros de la familia. La mesa no brilla, y no sé por qué me viene aquel recuerdo con los versos de Vallejo:

La tarde cocinera se detiene

ante la mesa donde tú comiste;

y muerta de hambre tu memoria viene

sin probar ni agua, de lo puro triste.

Cuando éramos chicos y estábamos de mudanza, cosa que ocurría muy seguido, había en la casa un movimiento que nos exigía estar atentos para mirar las puertas y los canastos. Las puertas se abrían y había bultos que entraban y se iban. No sé cómo manejará la mesa nuestra relación con ella. Hoy ha estado más blanda, más dócil. Traté de poseerla sin violentarla, la dejé sola, sin desparramarle papeles como acostumbro. Hugo dio su aprobación por la lámpara que puse sobre ella, al atardecer la inunda la luz.

Es el día siguiente. No ha crecido, nos recibe menos áspera, más extendida hacia nosotros. Las plantas que están tan verdes y tan juntas en el balcón, alfombrándola tan sólo a través del vidrio, podrán turnarse para reinar en ella, una por vez. Invitaremos a los amigos a que se sienten cómodos para saborear algún plato muy rico, una tacita de café, una torta casera, mates. Habrá risas y discusiones, lágrimas, odios, festejos y duelos. Una mesa es una cama donde se tienden las cosas más importantes de la vida, por eso no puedo recibirla con indiferencia y desde que llegó viene alterándome los días. A Hugo no le sucede esto, es el donante, no suele trabajar en ella, la visita en las comidas y en las conversaciones de sobremesa.

Me pide que me siente y que escriba, me pide que me ocupe, desde que llegó, nada más que de ella. Si la hago desaparecer me convertiré en culpable, si la mantengo seré su esclava y no podré ya dejar de escribir con un rigor que desconozco. Yo me creía libre en la incomodidad de una mesa mezquina que me sometía a trabajos medidos, y vine así a depender de otro crecimiento, como un chico que deja de hacer pucheros porque aprendió otros signos. Ocurre que cada tanto me voy de mí misma y me encuentro con la otra que seré.

Releí el cuento de Peter Bichsel: encontré en él otras ideas sobre la mesa y lo que escribo. "Una mesa es una mesa" designa los equívocos de la comunicación y sus consecuencias. Su protagonista, que ha querido volver a nombrar las cosas de otro modo, termina incomprendido. Anoche soñé que llegaba la hora de ir a dar una charla sobre cine mudo y a último momento decidí no ir. ¿Cómo voy a hablar de mi padre sin conmoverme? No fui capaz: su enfermedad le impidió hablar tres años antes de matarlo, de manera que dejé al público sin cine.

La llegada de la mesa no es casual, es la manera de obligarme a escribir sin pretextos, aunque sé que Florencio Sánchez no necesitó escritorios ni mesa propia, y leí, no sé en qué prólogo, que Faulkner llegó a escribir sobre una carretilla. La serie de "Leyendas y fábulas espaciales" fue escrita sobre superficies minúsculas; esta especie de pradera que ha venido a extenderse buscará el modo de entrar en los papeles separando palabras vecinas, creando blancos, provocando pausas, vacíos, sangrías. Estaré condenada a disimularlos con la velocidad de un enlace infinito.

Noemí Ulla
de El cerco del deseo, Buenos Aires, Sudamericana, 1994.

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