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La mayor, libro de relatos del escritor argentino Juan José Saer *
Noemí Ulla
noeulla@retina.ar

 
 

La mayor, libro de relatos del escritor argentino residente en Francia, Juan José Saer, aparece precedido por una serie de cuentos  y  novelas que son su amplia obertura. Ligado a textos anteriores    –En la zona (1960), Responso (1964) Palo y hueso (1965), La vuelta completa (I966), Unidad de lugar (1967), Cicatrices (1969) y El limonero real (1974)– presenta sin embargo una diferencia sustancial: el espacio ha dejado de ser una entidad siempre particularizada, más de una vez aterradoramente desarticulada, venerada y también repelida, donde el escritor luce sus juegos con el idioma, sin que los efectos locales lo inscriban en mero regionalismo.

Dos cuentos: “La mayor”, “A medio borrar”, y la serie de relatos breves “Argumentos”, componen este libro.  El cuento “La mayor” es al resto del libro lo que toda la producción anterior a estos textos: su preanuncio. Se abre interrogando a la memoria, convocando al tiempo en la sucesiva creación de imágenes, gestos, movimientos, resonancias que se reúnen en el mecanismo de la repetición. De ahí que el eco de algunas palabras que retornan  –en otro lugar–  y la persistencia que las confunde, les dé otro significado y les asigne a veces otra historia.

Junto a “La mayor”, cuyo transcurso del tiempo impo­ne al espacio y a su enlace íntimo lenguaje,  discurre “A medio borrar” y designa aquel movimiento ligado antes como una inundación de signos que se acumulaban aparentemente sin ningún orden. Su protagonista recorre la ciudad  de Santa Fe con los ojos vueltos a la costumbre, al tránsito de sus cuatro últimos días previos a la partida hacia París, para radicarse allí. Los amigos, los lugares, la catástrofe anual –la inundación–, la madre y un hermano –doble, mito y “otro” del que se  va–   acuden simultáneamente al asalto de cuestionamientos, del olvido, de lo que más tarde será recuerdo.  Una certeza organiza el proyecto de su partida: la ciudad, masa de concreto y de almíbar, de granito y gelatina, capaz de devorar y expeler, es también una abstracción; sólo los afectos la iluminan.

Precisamente en esos tramos en que Saer trata de definir las transformaciones que la ausencia operará sobre el protagonista y la ciudad, la compleja y arbitraria relación de su cuerpo con ella y con el mundo, es donde el lenguaje adquiere saber, reflexión y el nítido ejercicio del escritor maduro.

Los relatos agrupados bajo el nombre común de “Argumentos” constituyen un sistema de unidades fragmentarias breves que mantienen entre sí otro elemento común: ser argumento o anticipo de lo que se escribirá. Muchos de estos argumentos, a los que el autor dio título individual, son verdaderos modelos de construcción, obras maestras penetradas a su vez por unidades más vastas que conforman una red de significados: “El poeta septuagenario”,  “Al rojo blanco”, “Insomnio de un historiador”, “Biografía anónima”.

Se espacializan así, con sentido aristotélico, algunas de las obsesiones literarias de Saer: la creación, la memoria, la identidad, el destierro de una región, la composición y la descomposición de la materia. En su desarrollo y desde la interioridad de su sintaxis, esta obra declara una vez más las relaciones existentes entre la escritura de su autor y la escritura de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Antonio Di Benedetto, Daniel Moyano.

Julio Cortázar, quien hace más de diez años inició, con mayor descendencia que Borges, una articulación marcadamente  nacional en el uso de la lengua escrita  –las formas idiomáticas argentinas–  redactó algunos cuentos ejemplares.  Muchos aprendieron de él, cometieron también excesos fácilmente olvidables.  En la década del sesenta nos preguntábamos por qué Julio Cortázar escribía muchos de sus textos con un lenguaje de la década del cuarenta. El peligro, lo advirtió Borges muchas veces, y alguna vez lo había señalado Horacio Quiroga comentando El Ombú de Guillermo E. Hudson, está en el desborde del habla por sobre el de la lengua, en el uso exuberante de la misma, en el abusivo color local. “El culto argentino del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo”, escribía en 1932 Jorge Luis Borges en “El escritor argentino y la tradición”, alguien que precisamente había experimentado los mismos usos.

Juan José Saer

Acaso cabe preguntarse si aquel exceso en algunos tex­tos de Cortázar no fue producto de la nostalgia, de la memoria del habla de su juventud vivida aquí, con particularidades que pronto se perdieron. Al aplicar las variables efímeras del lenguaje, el escritor que reside fuera de su país corre el riesgo de exorcizar la lejanía. ¿Quién podrá predecir los movimientos futuros del lenguaje literario de Saer, escritor santafesino residente en Francia desde hace más de diez años?  En lo ya realizado parece advertirse una línea básica, la tipicidad de la lengua española de los argentinos, que en este  libro tiende a neutralizarse.

En estos tiempos en que abunda desigual y varia literatura,  leer a Saer es volver a uno de esos libros cuya materia soportan los ejes de la historia de nuestra escritura.

Noemí Ulla
noeulla@retina.ar 

*  Versión corregida de la nota publicada en La Opinión, Buenos Aires, 6 de diciembre de 1978.

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