Intensidad y altura
Noemí Ulla

En todas las mudanzas me vestí de negro,  con una sobrefalda o delantal para que protegiera el vestido y permitiera movimientos cómodos. En todas las mudanzas me sentí inmigrante, y en una de ellas descubrí que mi atuendo remedaba al de aquellas extranjeras que había visto de niña en el campo, sobrias, pobres, a punto de perder el pasado.

Una habitación muy grande, llena de cajas, paquetes y algún zapato impar, me parecían la sala de inmigrantes que había visto en la ilustración de un libro de historia argentina. De pie frente a un espejo me vi otra, la que bajaba del barco sin saber qué hacer, con las manos cruzadas sobre el vientre. Me faltaba el habla atravesada que imitábamos de niñas  con mi amiga  Susy. En esos juegos una de nosotras solía ser la señora de la casa y la otra la inmigrante que buscaba trabajo, hablando con las vocales cambiadas y deformando verbos y preposiciones. Cuanto mejor salía la imitación, más nos reíamos y arruinábamos entonces el juego. Todo debía recomenzar. Inventábamos otro trabajo y otras penurias que nos sometían a horarios y pagos imposibles.

También podíamos ser el hombre que trabajaba la tierra y se ofrecía a hacerlo mientras estrujaba y hacía girar lentamente con las manos su viejo sombrero de paño negro; la timidez o una secreta inquietud parecían perderse así en el ala del sombrero.

Esta es una mudanza de mayor efecto y el color negro del vestido sólo apunta al viejo apego por el contraste con el color de mis cabellos, enrojecidos por la llama de una vida que incendio, junto con los hábitos tristes de legendarios inmigrantes que no conocí. Entre las infinitas parvas de enseres domésticos, libros, papeles, artefactos eléctricos, el obsequio de Fernando Loustaunau, una rosa roja de tallo larguísimo queriendo curvarse y en la curva salir del demasiado bajo florero improvisado, un botellón de vino de los que se usaban en los comedores de los trenes, cuando los trenes eran trenes, puesta ahí sobre una pequeña mesa de arrimo, una mesa que hemos arrimado al ventanal que da al río, imaginario río acercado por la voluntad de sus corrientes aguas, ni puras ni cristalinas, pero queridas y en el cariño aproximadas, sólo por nombrarlas, Río;  la  pared que da al río, el ventanal que da al río, el balcón que da al río, el jardín que da al río, la escalera que está frente al río, para subir al cielo estrellado, o al cielo abierto de sol, o al cielo con nubarrones de amenazada lluvia.

Desde que estamos aquí hemos cambiado las facciones. Ha de ser la altura, la extrema altura y los pájaros que nos visitan atraídos por el magnolio que reina en la planta baja de los vecinos. La altura y los pájaros pueden oscurecer o aclarar la piel y la vida. He dicho a él:   –Observo en mis mejillas unos globos que antes no tenía. El me respondió:  –También yo descubrí signos extraños en mi cara;  debe ser la luz.  La otra  luz  que invade sin piedad y de la que ahora en adelante deberemos protegernos como si fuéramos pequeños.  En este piso, que yo sepa, nadie se protege  –le contesté–.

–Por eso los vecinos son como son    –retrucó con burla.

Se refería a la joven de los damascos y al hombre de la baraja, a quienes otras veces honorábamos con el nombre de John Cage, vecinos con quienes nos cruzábamos con frecuencia. Al principio nos pareció una broma, pero mes tras mes advertimos que la altura iba componiendo extraños fulgores en distintas partes del rostro, a medida que suavizaba o diluía otros. También esto fue pronto una costumbre que fuimos olvidando, hasta que un día observé cómo crecían en su cabeza pequeños tallos de una planta de hojas carnosas que se conocían poco en la zona, y que al principio me produjo mucha alegría reconocer, aunque de inmediato pasó la felicidad del reconocimiento al asombro y a la alarma de que su cabeza dejara de ser verdaderamente una cabeza para convertirse en un amenazante canterito que deberíamos atender.

Su hijo Temi llegó a casa al día siguiente y se quedó como paralizado ante el horror de ver al padre fecundado por esa rareza botánica.  Temi  tiene once años; nunca olvidaré sus grandes ojos negros, agrandados mucho más aún ante la visión de la cabeza de su padre que crecía en verduras y perdía cabellos. Temi pensó luego que eso sucedería como parte de un tratamiento que el padre había iniciado sin que le hubieran anticipado las consecuencias, como hacen habitualmente los médicos. No supimos bien qué decirle. Era difícil explicar a un niño con vocación científica que si bien no aprobábamos esos cambios, nos parecía una especie de encuentro con la naturaleza, que harta del maltrato que le daban los hombres, resolvía así un viejo deseo ecológico que no tenía porqué sorprendernos. Pero Temi miraba desesperado a su padre, como si las hojitas carnosas no fueran eso, sino resortes y agujillas, púas y malas noticias en la frente querida.

Cuando Temi se fue él resolvió ocuparse de su planta-cabeza y me pidió ayuda. Juntos apuntábamos algunos nombres de médicos que conocíamos y de amigos que conocieran a cirujanos, y a curanderos. La luz seguía entrando en la casa con la fuerza de siempre. Se acercaba la primavera y el verano sería allí un futuro indeseable. Habría que pertrecharse para soportarlo. ¿Y si viajáramos? preguntó él, quien siempre encontraba pretextos para viajar. Miré con atención las plantitas de su cabeza y me asusté como Temi. Él me insinuó que cambiara la cara; más precisamente, me lo pidió.

–Sería bueno que pudieras cambiar la cara.

–¿Cambiar la cara por otra?  ¿Como un zapato?  ¿Como un vestido?  ¿Y vos,  cambiarías  la  cabeza?

–Y sí, si pudiera.

Tuve que reírme, las plantas sobre su cabeza acusaban el peso de la maceta, y la cara de él, su querida y coronada cara, se inclinaba con facilidad buscando ya el pecho. Había que encontrar muy pronto una solución, y la impaciencia me devoraba, en cambio él, aunque con dolor y hasta con angustia, parecía tranquilo. A veces se dormía ante el televisor, con las plantas reclinadas junto con su cabeza, y luego se despertaba con brusquedad, porque no toleraba el nuevo peso. “Debe ser hambre” decía y se encaminaba hacia la heladera.

Los días que siguieron los pasó mejor, habituado a esa jardinería propia, casi luciendo su cabeza, alta y verde. Los médicos no daban demasiadas soluciones. Todo era impreciso: proponían operaciones de cuyos resultados no se responsabilizaban. Los curanderos no hablaban de operar, sí de un viaje o una mudanza a un lugar sin luz. Decían que la luz lo había enfermado, excesiva luz para una cabeza sensiblemente abierta al crecimiento de las plantitas, dijo uno, sin dudar. Pensábamos en otra mudanza y de sólo pensarlo nos trastornábamos. Temi había conseguido por fin tener su propio cuarto cuando venía a casa los fines de semana.  Habíamos preparado totalmente las paredes para escuchar música, cosa que nos había costado nuestros ahorros ¿y después de eso, mudarnos?

Al mes él observó los primeros brotes en mi cabeza. No podíamos creer lo que ocurría. Quizá estas anormalidades sean un signo promisorio, dije.

–¿Promisorio?   –respondió él con horror.

–Sí, promisorio  –contesté–, quizá toda esta jardinería nos traiga alguna suerte, podamos ir a vivir a Cuba o a Australia, donde la medicina se ocupe verdaderamente de nosotros.

–¿Lo creés de veras?

–Por supuesto que lo creo. Vas a ver.

Pero lo que sólo vio en los meses siguientes fue que mis plantitas se iban pareciendo cada vez más a las suyas, con una sola diferencia: en el centro de la cabeza, como un moño de niña, flores moradas de Santa Rita,  que  en otros países llaman buganvilla, asomaban con tenacidad.

Es el amor por fin, dijeron los médicos sin otro comentario.

 

Era la tarde de un día sábado. Papá nos había dado permiso a Clotilde y a mí para ir a bañarnos a Guadalupe después de la comida del mediodía. Nuestras primas Rosita y Amparo nos acompañaban con una nueva amiga, Titina, pero cuando bajamos del ómnibus Amparo dijo que más tarde se encontraría con nosotras en la puerta de la iglesia, para tomar juntas el de regreso. A la noche hacían asado en casa de mis tíos y debíamos volver temprano para hacer los mandados y limpiar la lechuga para la ensalada.

Era unos de esos días de verano santafesino, húmedo y caluroso; entrábamos y salíamos del agua para refrescarnos el cuerpo, y todavía éramos pocos en la playa, que estaba llena de moscas porque habían dejado tirados trozos de sandía, papeles de diario sucios y semillas de sandía que parecían otras tantas moscas. Mi hermana Clotilde tenía quince años, igual que nuestra prima Amparo, y se había puesto una malla de baño de mi tía que le quedaba grande, y para que no se le notara iba y volvía corriendo cada vez que entraba o salía del agua. Rosita y yo teníamos trajes de baño muy ajustados, habíamos crecido de golpe y ni mis padres ni los suyos habían podido comprarnos uno nuevo.  Titina no se había desvestido porque no tenía malla de baño, pero se mojaba las piernas agarrándose la pollera y levantándosela hasta los muslos, tan flacos y largos que parecía una garza.

Al rato de estar en la playa nos habíamos comido todos los bizcochos y sólo nos quedaba el mate, que Titina había tenido la buena idea de llevar. De tanto estar cocinándonos al sol y refrescándonos, ofrecí a Titina mi traje de baño, y una vez que me lo pude sacar cubriéndome con el vestido floreado, hicimos entre todas una carpa para que Titina pudiera ponérselo, porque es distinto desvestirse, de vestirse en público. Si una se saca el traje de baño mientras pasa el vestido por la cabeza y va bajándolo no llama la atención, pero si una se saca el vestido para ponerse el traje de baño, en público ¿cómo hace? Es la piedra del escándalo, como dice siempre la señora de Alconar que vive enfrente de casa. Titina se llenó la cabeza y los pies de arena sucia de tantas vueltas que dio para cambiarse, pero una vez que tuvo la malla de baño puesta fue corriendo hasta el agua con tanto impulso, que los perros que andaban por ahí la siguieron como si hubiera sido la dueña. Yo me había puesto el vestido dispuesta a no bañarme más porque veía a Titina tan feliz con mi traje de baño, que le quedaba perfecto, que me daba pena pedírselo de nuevo. Después cada una contó lo que sabía de besos. Mi prima Rosita y yo teníamos doce y trece años y Titina dieciséis, pero parecía de doce por lo flaquita y poco desarrollada. Rosita contó que había visto cómo Lopecito besaba a Amparo apretándola contra un árbol.

–¿Quién es Lopecito?   –preguntó Titina.

–Uno que se enamoró de Amparo.

–Sí   –dijo Clotilde–,  pero a don López también le gusta.

–¿Quién es López?   –volvió a preguntar Titina que como amiga nueva parecía un poco tonta.

–El padre de Lopecito   –le contestó Rosita.

Y contó que cuando Lopecito se iba para la cosecha don López esperaba a Amparo a la salida del trabajo. Amparo trabajaba en una tienda y una noche Rosita vio cómo el padre de Lopecito llevaba a Amparo hasta un árbol, igual que el hijo, y la apretaba con su cuerpo para besarla.

–¿No tiene vergüenza Amparo?   –dijo Titina.

–Ella me dijo que le gustan los dos   –la disculpó Rosita.

–¿Y ahora con quién fue?   –dijo Clotilde.

–¿No lo van a decir?   –dijo Rosita.

–No   –dijimos todas.

–Con don López.

–Si es un viejo de cuarenta    –rabió Clotilde.

–Y sí,  pero ella anda con él.  Con Lopecito son novios. A mí  –dijo Rosita–  me gusta más el hijo, pero mi hermana dice que el padre la persigue noche y día y la tiene amenazada.

Me dio tanto calor toda esa charla que le pedí el traje de baño a Titina, mientras ella preguntaba con mucha curiosidad:

–¿Pero Amparo se acuesta con el viejo?

–¿Y no te diste cuenta?  Claro que se acuestan.

–Tiene quince años, y él cuarenta   –reprochó Titina.

–Como mi papá  –dijo Rosita– .   La edad de mi papá.

–¿Y se enteran en tu casa?   –preguntó Titina.

–Si ustedes guardan el secreto nadie lo sabrá.

–¿Cómo será acostarse con un viejo?   –preguntó Clotilde.

Rosita alzó los hombros con la cara llena de risa y suspiró mirando el agua y los trozos de sandía. Clotilde dijo que era una asquerosidad y que debíamos regresar porque habíamos quedado en ocuparnos de hacer la provista. En ese momento se acercaron unos chicos para pedirnos fósforos; y Rosita y yo nos dimos cuenta enseguida de que en realidad buscaban conversación. Nos preguntaron si pensábamos quedarnos toda la tarde, porque ellos tenían que hacer algo con urgencia, pero cuando se desocuparan podrían volver. Titina les dijo que también nosotras estábamos ocupadas y que debíamos volver temprano a nuestras casas. Ellos eran tres, vivían en Guadalupe y dijeron que iban todos los días al agua, pero que nunca nos habían visto. A mí me gustó uno que llevaba puesto un sombrerito deshilachado, tenía ojos grandes y manos alargadas. Conversamos sobre las películas que más nos gustaban. El del sombrero dijo que se llamaba Emeterio y que era fanático de Charly García. No podía imaginarme llamándolo Emeterio si nos hacíamos amigos. También podía llegar a llamarlo Eme, y quedaría más simpático y zalamero.

Una vez que se fueron los chicos nos preparamos para la partida. Pasamos por un baldío, y por mis ganas de curiosear todas las cosas, al agacharme se me rasgó el vestido rojo de florcitas celestes en la parte del ruedo. Quedé muy desprolija y ninguna de las chicas llevaba alfiler de gancho para socorrerme. Rosita se quedó mirándome como diciendo ¡qué estúpida que sos! Y yo pensé que mamá después de enojarse y retarme, diría a papá:

–No ve Antonio que esta chica no sabe salir sola.

Para mamá “sola” quería decir sin ella, aunque la verdad, salíamos casi siempre solas.  Ella  vivía  ocupada  en  la  casa  y  la  costura.

Hacía tanto calor que Clotilde tuvo la idea de tomar helados, pero era demasiado temprano, todavía no habían dado las seis de la tarde y la heladería estaba cerrada. El almacén de enfrente de la heladería estaba abierto y había un grupo grande de personas en la puerta.

–Buscarán cerveza   –dijo Rosita.

–A lo mejor buscan helados   –agregó Clotilde.

–Tan jovencita   –dijo una mujer de azul que lloraba–.  Parece mentira.

–¿Qué pasó?   –preguntó Titina.

–Sí, ¿no se enteraron?  El hijo mató al padre y a la chica que estaba con él.

–¡Mi hermana!   –gritó Rosita y se puso a llorar.

La mujer la miró extrañada y preguntó:

–¿Cómo es tu hermana?  ¿Estaba con un hombre grande?  ¿Morochita?

–¡Sí, sí!  ¿Adónde están?  ¿Adónde están?

Enseguida nos rodearon y tuvimos que contener a Rosita, que lloraba a gritos y preguntaba si era su hermana.

–Ahora los llevaron  –dijo la de azul; estuvieron como varias horas esperando a la policía, al papá que vino a reconocer a la chica, hasta que los llevaron a la morgue.

–El hombre no murió. Está en el hospital, seguro. Al muchacho lo llevó la policía. Estaba como loco, pero él se entregó -dijo otra mujer que llevaba un paraguas negro para protegerse del sol.

–Mejor que nos vayamos  –dije–  y que hables con tu papá,  Rosita.  Es demasiada casualidad.  No te pongas así,  para mí es un error.

Todas llorábamos y sólo Titina tuvo más valor que nosotras y nos convenció de que hasta ese momento lo que acabábamos de oír no pasaba de ser una noticia, que nadie podía asegurar nada, que eran todas conjeturas. No supe qué quería decir esa palabra, era difícil y me pareció importante. Entonces apoyé a Titina cambiando mi opinión sobre ella, ya  que  al principio me había parecido un poco tonta.

–Antes deberíamos ver si está en la iglesia   –dijo mi hermana Clotilde.

–En la puerta de la iglesia no se la ve  –dije–  y así habíamos convenido.

–Pero el calor puede haberla hecho entrar –aseguró Titina y agregó– . Vayan las hermanas, yo me quedo con Rosita.

Clotilde y yo entramos en la iglesia, que era una gloria de fresca. Los altares estaban llenos de rosas, seguramente habría un casamiento por la noche, porque el altar mayor parecía un enorme ramo de flores blancas. Amparo no estaba allí.

–Veamos en todos los rincones   –dijo Clotilde, que no paraba de llorar y me hacía llorar a mí.

–¿Te parece que es Amparo no más?   –pregunté.

–Estoy segura de que es Amparo   –afirmó Clotilde sin dejar de llorar.

En eso pasó el señor cura y nos preguntó cuál era el motivo de nuestro llanto. Clotilde le explicó que habíamos perdido a nuestra prima. Amparo, agregué yo. Que habíamos quedado en encontrarnos en la puerta de la iglesia para tomar el ómnibus, pero que antes de eso, en el barrio nos habían hablado de un crimen y que sospechábamos  que se trataba de nuestra prima. Amparo, volví a aclararle al señor cura, porque Clotilde, con la emoción y el llanto, se olvidaba de dar el nombre.

–¿Cuánto tiempo hace que esperan?   –nos preguntó.

–No tenemos reloj, pero nos guiamos por el de la farmacia.  Hace  cerca de una hora que...

Entonces mi hermana Clotilde empezó a llorar con más fuerza y el señor cura le acarició la cabeza preguntando por qué razón pensábamos que podía ser Amparo la víctima del crimen.

–Porque no está aquí   –dijo Clotilde dispuesta a no darle ninguna explicación sobre don López y Lopecito.

–Siempre se acuerda de todo  –dije yo para que no pensara que era distraída.

–¿Adónde viven?   –preguntó el señor cura.

–En el barrio sur   –respondió Clotilde.

–Sigan mi consejo   –continuó–. Vuelvan a casa de sus padres y si allí no encuentran a la niña, díganles que deben empezar a buscarla. Pero ¿por qué no estaban juntas?

–Había ido a la casa de una amiga para ayudarla en la  costura    –mintió Clotilde.

Cuando salimos de la iglesia Titina y Rosita nos esperaban como a los Reyes Magos.

–No está en ningún lado  –dijo mi hermana Clotilde–  y el señor cura nos aconsejó que volviéramos a casa.

Rosita empezó a llorar de nuevo y Titina la apretaba contra su pecho flaco con cariño.

–Si vuelvo sin  Amparo   –decía Rosita con la voz entrecortada–   papá me mata.

–No seas tonta  –dijo Titina–  tu papá se va a preocupar y no te va a matar nada.

Por fin tomamos el ómnibus y durante el trayecto nos sentamos todas juntas en el asiento trasero. Todo el tiempo había que tranquilizar a Rosita y no faltaba algún curioso o alguna persona buena que quisiera saber si nos había ocurrido una desgracia, porque aunque todas llorábamos, Rosita era la más gritona y creo que las demás nos conteníamos por ella, que lloraba y gritaba por todas nosotras juntas.

Desde la bajada del colectivo hacia la casa de mis tíos debíamos caminar cinco cuadras.  No había mucha gente en la calle porque el calor era todavía aplastante, sólo había chicas que jugaban a las escondidas y chicos que pateaban una pelota.  ¿Qué les digo a mis padres?,  decía Rosita llorando.

–La verdad, no  –dijo mi hermana Clotilde–  decile lo que le dije al señor cura, que Amparo iba a visitar a una amiga. Después preguntás si ella llegó.

–Me van a preguntar qué amiga.

–Yo tengo una amiga por el barrio –dije–. Es la hija del zapatero remendón de la calle 4 de Enero. Él no vive más allá, pero la hija sí, con la mamá.

Antes de llegar a la cuadra de la casa de mis primas, tía Margarita venía a nuestro encuentro con la pollera caída. Venía llorando y en el camino había perdido dos ruleros que corrí a recoger. Rosita también corrió, pero en sentido contrario, para abrazar a su madre; las dos lloraban mientras nosotras nos abrazábamos y las rodeábamos. Tía Margarita preguntaba  “¿Qué pasó?, ¿Qué pasó? ¿Pero qué pasó?”.  Y ninguna de  nosotras atinaba a decir  nada. Detrás de mi tía había salido Pedrito, el hermano de Rosita, de catorce años, que no había ido con nosotras a la playa de Guadalupe porque debía entrenarse para una carrera.  Fue el único  que  nos sacó de  las  dudas.

–De la policía llamaron a mi papá.  Lopecito  se entregó y  contó  todo. Papá fue disparando para la morgue y no quiso que fuera mamá, por la impresión ¿no?  ¿Y si no era Amparo?

Enseguida recordé que Titina había dicho “conjeturas” y esa palabra junto a “morgue”, hizo que esta me gustara más y que le perdiera el miedo, porque ahora mi primo no me amenazaba como siempre diciéndola para asustarme. Y hasta iríamos todos a la morgue después, para ver si se trataba de Amparo.

Los vecinos se habían acercado a preguntar qué nos pasaba, otros que conocían la desgracia, querían enterarse de los detalles y nos ofrecían todo tipo de ayuda. Clotilde mi hermana se sintió importante y no quiso hacer comentarios de lo que sabíamos. Rosita en cambio, estaba tan fuera de sí que nombraba a don López y a Lopecito como si hubieran sido los héroes de una serie de televisión y con la voz, siempre entrecortada por el llanto, confundía esos nombres, que no eran tan parecidos.

Algunos chicos subidos a los árboles andaban a los hondazos para cazar pajaritos. Vi al gordito del almacén de la esquina trepado a un paraíso y me dio risa porque siempre le gritábamos “gordo panceta”.  Ya  la tarde empezaba a mezclarse con la noche, más por lo que estaba pasando, que ni veíamos la luz que todavía estaba en el horizonte.  Entonces sentí como un alivio grande cuando vi llegar a mi mamá con una cesta de frutas en una mano y una bolsa de lona en la otra. Con el llanto y el alboroto se enteró de lo que había pasado y largó toda la carga como si le hubieran dado un golpe. La abracé con mucha fuerza y le llené la cara de besos mientras ella preguntaba ¿cómo fue? Traté de explicarle que todos estaban en la morgue, pero que también eran conjeturas.

Mi tío volvió muy tarde a la casa, dijo que entre la policía y la morgue lo habían retenido con los trámites.   La muerta  era  no más  Amparo. Esa noche nos quedamos en casa de mis tíos a llorar y a acompañarlos, decía mamá. Yo corría con el mate de aquí para allá, a otros les daba vino o ginebra, y pensaba por qué Amparo se había burlado de Lopecito. Por suerte mi mamá, con toda la desgracia, no le dio importancia al ruedo desgarrado de mi vestido de florcitas. Era como un milagro y pensaba ¿ y si Amparo resucitara después de tres días?  No verla más era algo que no entraba en mi cabeza. Mis tíos, a pesar del dolor, estaban avergonzados  y hasta enojados por la doble vida de Amparo.

A  Guadalupe no nos dejaron ir nunca más. Pero vamos al  Quillá, como todos los veranos.

Noemí Ulla

De Nereidas al desnudo (Néréides à nu ) de Noemí Ulla

Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs, Saint-Nazaire, Francia, mayo 2006, edición bilingüe: francés-español, traducido al idioma francés por Milagros Ezquerro y Michèle Ramond.

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