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Un monstruo abominable
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A una bestia llamaba Mono Sapiens |
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Aterrado
—irracionalmente, es preciso y justo decirlo— se revolvió en su
precario e incómodo escondrijo, tratando de no ser visto ni oído por el
repulsivo monstruo que se movía en sus adyacencias, y, al que contemplaba
por primera vez en su vida. No recordó haber conocido —en todo su
prolongado tiempo de existencia—, semejante aberración biológica.
Tampoco en los centros de enseñanza, donde se formara intelectualmente
vio —ni en imágenes siquiera— cosa igual.
Sus
órganos de bombeo sanguíneo redoblaron los desaforados latidos, casi
lindantes con la insurrección y su mente intentó vanamente serenar al
resto del cuerpo. Gelatinosos temblores
—de los que no era del todo ajena la cobardía, debió colegir en
el caletre—, lo estremecieron ante la posibilidad, óptimamente probable
por cierto, de ser descubierto por el aparentemente hostil especímen ¿viviente?
que venía parsimoniosamente en su dirección, como reconociendo el
entorno por primera vez; lo cual era casi seguro, pues nunca se habían
divisado nada como
eso
que tenía
ante sí, llegado desde el oscuro vientre del espacio, con certeza apodíctica.
¿De dónde, si no, llegaría
tal espantoso engendro… bueno, quizá pensándolo mejor: esa
forma de vida tan… exótica.
No
debía pecar de racismo, ese atavismo superado hacía eones, pero no pudo
evitar sentir algo parecido al asco.
Otro
estremecimiento lo sacudió por entero. ¡El horrible aborto cósmico
—viviente o no, pues era difícil precisarlo a primera vista—, venía
hacia él!
Sus neuronas
vibraron velozmente intentando hilar ideas coherentes.
No podría huir como era su deseo, sin ser percibido. Y la
probabilidad —abundante para más datos—, de ser
localizado en su improvisado refugio aumentaba en
proporción
exponencial
a cada instante, a cada movimiento dado por el extraño ser en
dirección a él.
Observó
mejor al monstruo articulado desde prudencial distancia. Sus torpes pasos,
por llamarlo así —tal vez por la corpulencia que ostentaba—, eran
más bien pausados, lo que delataban la imposibilidad o dificultad
de moverse con cierta expeditiva rapidez.
Pero ignoraba si el
ser
alienígena (—disimulando el asco lo llamaría así —pensó él,
eclipsado por una roca que lo protegía provisoriamente) podría utilizar
algún arma desconocida o acaso disponer de inteligencia.
En todo caso,
debía
tenerla, puesto que de algún modo llegaría al planeta.
Pero ¿con qué intenciones? ¿Habrían más monstruos por las
adyacencias? ¿Sería una avanzada de invasión para una posterior
conquista cruenta?
¡Tantos
interrogantes pueden caber
en
una situación límite!
¡Y
tantas respuestas hipotéticas también!
Lo único que podría deducir con certeza apodíctica es que
eso
, no pertenecía a
su
mundo.
Recordaba
que sus antecesores se habían impuesto en un lejano pasado, sometiendo a
otras razas y especies, a extinción y esclavitud.
No fue fácil escribir la historia y aún menos, vivirla.
Muchos seres, considerados por
ellos
como “inferiores” debieron sucumbir e incluso desaparecer
definitivamente, para que
ellos
sobreviviesen y conquistaran espacio vital. ¿No serían estos monstruos,
en relación a
ellos
, lo que
ellos
fueran en el pasado para
los primitivos habitantes del mundo conquistado? ¿No serían ahora
ellos
—los actuales amos del
mundo—
las próximas víctimas
del extraño visitante y
probable
invasor?
¿No
sería este ser una suerte de dios que regresaba por sus antiguos fueros,
a reclamar sometimiento y sumisión nuevamente
Tembló por enésima vez, luchando consigo mismo para alejar al miedo que
pugnaba por poseerlo. ¡Tantas veces cazó y devoró presas
inferiores
,
que la posibilidad de ser, a su vez,
cazado y deglutido por alguna extraña criatura, lo ponía al borde
del colapso nervioso!
El
monstruoso ser pasó de pronto bastante cerca, pero no pareció descubrir
su
escondite, quizá
por haberse él mimetizado entre las rocas del lugar. Más temblores y
espasmos recorrían su epidermis. El horrísono engendro de torpes
pasos y bamboleante figura, no emitía sonido alguno fuera de los
producidos por su desplazamiento y,
tal
vez, por lo que parecía una carga
pesada
que llevaba sobre sí.
¿Sería
eso
parte del
ser,
o simplemente un arma exótica y equipo de supervivencia? ¡Dioses!
Era ímproba tarea adivinar o
calcular,
a causa de la penumbra circundante,
la
verdadera
forma física del monstruo.
Lo
difícil se tornaba imposible. Hacía bastante que vivían en paz
y dejaron de fabricar armas; por lo que se sentía indefenso e
inerme al arbitrio del, o de los
monstruosos
visitantes. ¿Serían
muchos?
¿Podrían resistirlos? ¿Tendría este monstruo armas devastadoras como
las que antaño poseyeran los suyos para imponerse a
los
otros
en la dura tarea de conquista de espacio en su mundo?
Espasmódicos
calofríos recorrieron su piel nuevamente a través de sus poros.
Transpiraba como un miserable condenado a la pena capital.
Ciertamente, en su mundo ya no se la aplicaba hogaño, pero sabía
de aprendidas que, durante la era post primitiva se la usó
discrecionalmente. Y las variantes, utilizadas para ejecutarlas, eran tan
imaginativas como crueles.
Su
raza dominaba actualmente las artes, las ciencias, el gobierno mundial,
las transacciones políticas, culturales, comerciales y los recursos del
planeta. ¿Vendría otra especie, tan o más despiadada a reducirlos
y esclavizarlos… o eventualmente a exterminarlos, robándoles su
espacio vital tan duramente conquistado? ¿Habría una poderosa,
monstruosa e inteligente raza en proceso de expansión
colonizadora-esclavista o de exterminio?
¡Santo Nombre!
Si no se hubiese sacrificado al antiguo culto
en aras de la ciencia, hasta rezaría.
Pero hacía tantos ciclos temporales que los antiguos dioses fueran
olvidados o desplazados, cuando no prohibidos, por los más objetivos y
menos crédulos preceptos científicos, más pragmáticos y menos metafísicos.
Siempre
ellos
se creyeron creados a
imagen y semejanza del Gran Ingeniero del Universo, pero luego de la
imposición del Magno Credo Sapiencial, las antiguas religiones y
supersticiones desaparecieron o fueron abolidas.
Nada restaba de culturas anteriores a la suya.
Todo fue borrado de la memoria histórica, en utilidad de la política
de dominación planetaria. Y ahora, apenas saboreado el fruto dulzón de
la paz, el progreso y la justicia ... amenazaba con acabar el sueño e
iniciarse la pesadilla
¿Quizá
por
exógenas venganzas de
alguna
providencia
... o como se
la llamase? ¿Volverían los antiguos y sanguinarios dioses por sus
fueros?
Pero...¿tan crueles
serían los olvidados dioses,
como
para crear semejantes y absurdas criaturas vivientes?
Porque era evidente que el visitante extraño no parecía un autómata.
Tal vez mitad órganos vivos, mitad
engendro
artificial, o...lo que fuese. Pero de ser real, lo era sin duda. ¡Estaba
ahí mismo, ante su azorada vista, como si siempre hubiera vivido allí!
La
abundante transpiración brillaba en su clara y fina piel de
estirpe noble.
El temor de perder cuanto se hubo logrado tras eones de
evolución genética, técnica, científica y jurídica, lo atormentaba.
Seres horripilantes, como el que aún estaba ante su aterrada e
impotente visión, no debían de poseer
piedad
alguna.
Sólo los seres bellos y
de
áureas proporciones son cercanos
y
afines a la perfección, a
los sentimientos nobles, a las virtudes y a la ética.
Recordaba
las imágenes de los torvos gestos expresivos de sus primitivos
antepasados violentos. ¡Eran feos, realmente!
Pero aún así, la comparación entre aquéllos
y
esto
... era abismal.
El
esperpéntico ser (—
Debemos ser
magnánimos con las criaturas ajenas a nuestro mundo
, —pensó
de pronto, entre espasmos y temblores)
puso un extraño aparejo que evidentemente traía consigo,
cerca de allí,
y giró
de pronto, volviéndose a
por
donde había venido.
Los
recios temblores retornaron a un paroxismo paranoico exasperante.
El frío terror alcanzó en él cumbres
insospechadas y sus poros expelieron ríos de sudor gélido. ¡Ese
monstruo no debió haber venido en son de paz!
Sería imposible que tanta fealdad habitase en algún sótano
tenebroso del Universo.
Debería tratarse de una atroz pesadilla, fruto quizás de su
conciencia, atormentada por milenios de crueles injusticias! ¡
eso
,
no podría ser
real
! y sin embargo... allí estaba; transitando como por su casa,
aparentemente sin preocupación alguna.
El
horripilante monstruo pasó muy cerca de
Vraa’Nkh
—que de él se trataba—, sin verlo ni percatarse de
su existencia. A paso inseguro se fue alejando a ras del suelo ¿Hacia el
vehículo que lo trajera? ¿Hacia otros congéneres
igualmente hostiles?
Respiró
aliviado al notar el mayor alejamiento del extraño y exótico ser. Hasta
sintió ganas de regurgitar de horror. ¿Sería posible que existiesen
esos bichos tan extraños y repulsivos, cuya figura inspiraba hasta
lástima por su fealdad? ¡Esas extremidades articuladas con las que se
desplazaba a trompicones! ¡Esa protuberancia superior, como de órgano
pensante
,
donde un par de brillantes puntos parecía detectar al entorno! ¡Y esos
dos
órganos prensiles, con cinco cortos tentaculillos articulados en sus
extremos con los que asía objetos! ¡Algo imposible de concebir ni en la
imaginación más perversa y fantástica! Incluso ese par de largas
extremidades que utilizaba para desplazarse no daban la impresión de
formar parte del extraño ser, sino de algún adminículo ortomecánico o
algo parecido.
De
pronto vio, a lo lejos, un objeto que se elevaba estruendosamente al
espacio, seguido de una luminosa estela candente.
—
¡Se
va!
—pensó con júbilo. —
¡No
nos ataca ni adopta actitud hostil.
¡Tal vez no fuese
tan
malo a pesar de su tosca fealdad!
Vraa'Nkh
lanzó varios suspiros simultáneos de alivio al saberse fuera de peligro,
al menos por el momento. Sintióse igualmente afortunado de disfrutar de
un físico armonioso y lúcidamente
perfecto;
con cuatro
cerebros
independientes y localizados, siete ojos enormes y facetados. una piel fría
y cristalina, decenas
de tentáculos
de extensión variable a voluntad; un cuerpo gelatinoso, translúcido y
amorfo, capaz de levitar, detenerse o deslizarse y hasta tomar
formas insospechadas... Vraa'Nkh aliviado, intentó mentalmente revivir olvidadas oraciones e invocaciones, dando gracias a los ya olvidados y prohibidos dioses que los habían creado, a su imagen y semejanza, para la gloria del universo. |
Chester
Swann
de
"Cuentos para no dormir"
Obra
registrada en el Registro Nacional de Derechos de Autor
Del Ministerio de Industria y Comercio de la República del Paraguay
Bajo el folio Nº 2.445, Foja 87.
Art. 34 del Decreto Nº 5.159 del 13 de setiembre de 1999
A los efectos de lo que establece el Art. Nº 153 De la Ley Nº 1.328/98
“De Derechos de Autor y Conexos”
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