Sangre insurgente en los surcos
Novela
Chester Swann

ORACIÓN A MAMATIERRA 

Madre Nuestra que estás en los suelos:

Sacrificada eres al hombre y su vanidad.

Muéstranos hoy tu Reino,  y hágase Tu Voluntad.

Desde el planeta hasta los confines del Universo.

Y perdona nuestra inconsciencia, así como nosotros,

perdonamos a tus depredadores.

Santificado sea tu nombre:  Madre Naturaleza

El sustento nuestro de cada día, dánoslo hoy.

Y líbranos de los contaminadores, industriales;

Tecnócratas destructores, y  políticos venales;

Mercenarios uniformales, millonarios y doctores;

Pobres, ricos y señores;

Soldados y generales, científicos e inventores;

Mercaderes, senadores, patrones y caporales;

Pervertidos, santurrones, sacerdotes y vestales;

Periodistas desinformales, suertudos y perdedores;

Venéreos ejecutivos, corruptos y triunfadores;

Madereros, cazadores, y alquimistas infernales.

Para que tu regazo —nuestro mundo— torne a ser;

el Paraíso Perdido y recuperado, por las eras de las eras.

 

 

AMEN

INTRODUCCIÓN:

Esta novela de ficción, no pretende hacer, ni contar, la “historia” propiamente dicha de los movimientos campesinos y sociales de la llamada “transición” en el Paraguay, sino mostrar un panorama aproximado, —con personajes  ficticios o reales— de lo que fueran las luchas por la tierra desde una óptica particular. Para ello, he imaginado situaciones y acciones basadas en hechos históricos y circunstancias creadas o imaginadas,  dentro del clima trágico e irónico de tales eventos, englobando muchos casos en un sólo relato; para ilustrar mejor un testimonio literario de lo que fuera la postrimería del siglo XX. Tanto en el Paraguay, como en casi todo el tercer mundo, donde las estructuras sociales superadas hace siglos en Europa, aún se mantienen  por la fuerza,  aunque con ropaje republicano y una democracia de ficción —poco representativa y nada participativa—, donde el verdadero poder se ejerce desde  el exterior... o desde la oscuridad más discreta de los oscuros cenáculos de los cipayos del poder de la gran finanza que administran el poder público en Latinoamérica.

Toda la literatura creada por mi mano e inspirada en el Hombre, no es sino una constante preocupación filosófica por la Justicia; que sin ella no existirían la paz ni el amor, que finalmente son las metas de toda filosofía humanista sin exclusiones ni prejuicios clasistas conservadores.

Estos hechos aquí narrados, son basados —en parte— en la más absurda  realidad, a lo que he sumado experiencias en el exilio y la resistencia pasiva al anterior régimen. No pretendo, como dijera antes, hacer “historia”, sino provocar y convocar a la reflexión del amable lector —sin exagerar, claro— cuanto ocurriera o pudiera haber ocurrido durante el período negro de una tiranía atroz, más producto de una estructura mundial injusta, que del propio tirano; quien no hizo más que poner en práctica los postulados emanados de la Doctrina de la Seguridad Nacional, fruto de las enfermizas mentes del Pentágono. Me he limitado a novelar —valga la redundancia— acerca de hechos ocurridos en los  Departamentos de San Pedro, Kanindeju, y el resto del país, durante  los años ochenta al noventa y nueve del pasado siglo, por ser los más emblemáticos de entre todos los casos de tomas de tierras latifundiarias y desalojos, seguidos de retomas y negociaciones; un poco abusando de la imaginación y otro poco basado en informes de prensa. También mencioné hechos silenciados por la gran prensa de masas, fuese por ignorancia o por complicidad con el sistema imperante.

Muchos mártires se ha cobrado la lucha por la conquista de Utopía en el Paraguay, durante los años 1960 a 1990. Arturo Bernal, Marcelino Casco, Doroteo Grandel, Albino Vera y tantos otros, muertos en torturas; Martín Rolón, desaparecido, Juan de Dios Salinas y otros, asesinados por la policía en Paraguarí. Además, fueron incontables los casos de tortura despiadada y sevicias por largos meses a hombres, mujeres y adolescentes, algunas de estas últimas, muertas en prisión a causa de enfermedades o malos tratos, por el hecho “punible” de desear mejor destino y un modelo alternativo solidario.

A todos ellos, vivos y muertos, dedico este libro, en memoria de quienes intentaron un modelo alternativo de solidaridad social y fueron incomprendidos por sus propios contemporáneos.

Existieron también sacerdotes ajenos a los intereses de los desposeídos, como los padres  Mario, Sydney Chang (de nacionalidad china), Celestino y Ortellado, quienes actuaron como delatores y promotores de la represión contra las organizaciones de colonias cristianas y dueñas de su tierra en San Isidro del Jejuí, Las Misiones, Qui’indy, Ca’aguazú y San Pedro, pese a que el obispo Aníbal Maricevich se pusiera de parte de los campesinos y se enfrentara casi en solitario contra el aparato represivo. Unos pocos clérigos, como el padre Braulio Maciel (herido en 1976 en San Isidro del Jejuí), sirvieron a sus hermanos y apoyaron a los labriegos, pero por lo general, los prelados eran conservadores,  como monseñor Pastor Cuquejo, ex capellán del ejército y actual arzobispo de Asunción, además de iniciado masón, quien tuvo, sin duda, su cuota de participación en la disolución y desmembramiento de las Ligas Agrarias Cristianas y de otros grupos campesinos no tan cristianos quizá, pero igualmente dignos de respeto.  Otro de los clérigos que se pusieron de parte del gobierno fue el sacerdote Ramón Mayans, también ordinario castrense e igualmente iniciado masón.

Estos clérigos conservadores, no admitían ideas renovadoras, ni organizaciones independientes de la influencia de la Iglesia, lo que hizo que los campesinos organizados en la década de los noventa, optaran por su independencia de las instituciones e incluso de las ONGs que los apoyaban.  Muchas colonias u ocupaciones de facto, todavía permanecen en la semiclandestinidad, con juicios de desalojo pendientes aún, o con casos de desapariciones o asesinatos de líderes campesinos en la actualidad. 

Por ahora, los conflictos siguen, aunque no con la crueldad inicial contra los sintierras, pero sí con juicios por usurpación de propiedad y otros, además de periódicas represiones policíacas. 

Al cierre de éstas líneas, la lucha prosigue sin pausa en procura de justicia, aunque ésta se mantenga alejada de los pobres.

También dedico esta obra al amigo y maestro Rudi Torga ahora residente en la inmortalidad.  Por último, también quisiera hacer una dedicatoria a mi esposa, compañera y soporte de mis sueños: Sharon Kaye Weaver (Arkansas U.S.A. 1949), sin cuyo desinteresado apoyo poco hubiese podido hacer.

Luque, Paraguay, Setiembre del 2001.

ACERCA DEL AUTOR

 

Artesano, compositor musical, poeta, pintor, escultor, humorista gráfico y periodista, no ha hecho concesión alguna a los grandes culpables de la procelosa historia del Paraguay, desde su irrupción a la palestra en los años 70, en que se iniciara en teatro, con el grupo Barricada bajo mi dirección.  Nació en el Guairá en 1942, como Celso Aurelio Brizuela, y tras una corta infancia en su país, debió emigrar a la Argentina con sus padres a causa de los azares de la guerra civil de 1947, tal cual recuerda al protagonista de este relato: Calixto Ñamandú.

Tras educarse en el ciclo primario en el extranjero, retornó al Paraguay para retomar su instrucción en su país natal, en los inicios de la tiranía del general Stroessner, una de las más largas de la historia de este sufrido y sacrificado pedazo de isla sin mar, como lo definiera Juan Bautista Rivarola Matto.

A causa de la activa militancia guerrillera de su padre, en el «Movimiento 14 de Mayo» de los años 60, este sujeto, hasta entonces llamado Celso, debió cambiar de nombre para mimetizarse socialmente, eludir la lupa policíaca e integrarse al ambiente laboral y artístico, pues que eligiera el arte como medio de expresión y lenguaje conceptual. Tras frustrarse en las aulas estudiantiles, resolvió educarse a sí mismo en forma autodidáctica, buscando crecer en su asumido rol de comunicador y creativo.

Realizó exposiciones como dibujante, caricaturista político y artista gráfico, aunque sin formar parte de grupos o cenáculos tan comunes en los ambiente culturales asuncenos. Se declaró «lobo estepario», es decir ajeno a toda jauría y luchador solitario por la reivindicación del ser humano, hasta hoy discriminado por los poderes fácticos y económicos y por los ideólogos de la dependencia.

Su irrupción en la música contemporánea urbana se dio al mismo tiempo que lo antes mencionado, esgrimiendo su acerada guitarra acústica de juglaresca estirpe, cual quijotesca lanza vindicativa. Su notoriedad se inició en los años 70, en festivales diversos, a causa más que nada, de la punzante ironía de sus poesías musicalizadas, a caballo entre el neofolclore, el rock and roll (en castellano y guaraní), lo latinoamericano y lo barroco; no desdeñando ningún género, si de comunicar se tratase.

Esta obra, es su décimo intento bibliográfico, habiendo escrito tres volúmenes de cuentos breves, cinco novelas y poemarios retrospectivos.  Su aguda mirada, abarca todos los procesos históricos de la humanidad y se refleja en su obra literaria, gráfica y musical. La ironía y el sarcasmo salpican constantemente sus reflexiones; y hasta su vida, bastante discutida por cierto, es el fiel reflejo de sus pensamientos filosóficos, hasta hoy ajenos a toda escuela que no fuese la dura realidad que lo circunda. Esa realidad tan dolorosa cual absurda que sigue pisoteando almas en pos del lucro. 

Si Ud. amigo lector lo ha conocido personalmente, habrá podido apreciar esta breve semblanza, subjetiva quizá, pero que trasunta cuanto nos uniera en un sentimiento de amistad durante más de treinta años, durante los cuales ambos hemos crecido. Si no lo ha conocido personalmente, las palabras contenidas en esta obra serán su carta de presentación. 

                                                                 Rudi  Torga*

*  Poeta, dramaturgo, director teatral, periodista y crítico de arte.  Hasta su reciente deceso fue director de Investigación Cultural del Viceministerio de Cultura del Paraguay.  Ha dejado un frondoso legado, tras larga y fructífera labor.  Ha dirigido varios elencos teatrales y puestas en escena de autores nacionales y extranjeros. 

Cantata  a  San Lamuerte

Esa calinosa  tarde septembrina  de 1999, tan triste y encapotada —como queriendo grisarlo todo con su color ceniciento de melancolía y soledad— se oyeron en la distancia cuatro estampidos en veloz sucesión, cuyos ominosos ecos se esparcieron por los cantos oscuros del bosque solitario. Un cuerpo ensangrentado tendido a la sombra de los árboles añosos, quedó como testimonio de la letal puntería de los pistoleros anónimos que se cebaran en la humanidad del campesino Calixto Ñamandú, dirigente campesino de la ocupación de una fracción ínfima del latifundio de los Morgan, testaferros de Stroessner, poderoso terrateniente del lugar.  No hubo testigos presenciales del crimen, aunque los reverberos del tiroteo pudieron oírse desde bastante distancia del foco de las deflagraciones, así como el suave ronroneo del turbomotor de un helicóptero alejándose del lugar.  Nadie, de entre los sublevados parias de las antiguas glebas feudales del departamento de San Pedro, pudo identificar al, o a los autores del inicuo acto homicida; aunque podrían sospecharlo, dados los antecedentes.  Los otros ocupantes —compañeros de luchas y afanes del caído—, reaccionaron en la certeza de lo peor.  Nada bueno debía esperarse de los matones asalariados de los supuestos propietarios, ni de la policía paraguaya, ni de las venales autoridades de la zona. El compañero Calixto Ñamandú era el cabecilla visible de la toma de esas tierras; en parte a causa de ser algo más leído, honesto a carta blanca y muy trabajador.  En poco más de seis meses de conflicto hubo erguido su rancho de pared francesa y techumbre de paja, disponiendo además de huerta, frutales y otros cultivos de subsistencia;  en horas libres ayudaba a sus vecinos y compañeros de lucha a preparar sus heras, y en cuanto pudiese, aliviar sus penurias alimentarias.  El silencio se hizo dueño del monte tras los estampidos, callando hasta los pájaros y los insectos, como si no osaran turbar el descanso del labrador yacente entre los arbustos rastreros.  Poco a poco los demás agricultores, presintiendo lo inexorable, se aproximaron al sitio en silencio respetuoso; aunque esporádicamente lanzaban al aire sus voces llamando al ahora ausente, como tratando de convocarlo ritualmente de nuevo a la vida.  A su solidaria y abnegada vida, truncada por los plúmbeos abejorros como las de tantos otros luchadores caídos en sus reclamos de pan y tierra, frente a las balas, gases y porras policiales.  Finalmente, tras largas horas de búsqueda, hallaron el rígido cuerpo de Calixto Ñamandú, con la piel florecida por encarnados claveles de sangre; justo cuando las primeras sombras se enseñoreaban del entorno y las moscas y hormigas daban inicio a su funeral banquete con los despojos del asesinado.  En respetuoso silencio sin lágrimas, los hombres del piquete de búsqueda trasladaron los restos de Calixto al asentamiento para velarlo y darle decente, si no cristiana sepultura, ya que pocos de ellos tomaban muy en serio a los evangelizadores de ocasión, que pululaban como piojos escolares sobre las ocupaciones para lucrar con diezmos. 

No se puede prescindir de los denostados denarios cesarista —decían los buenos curas, para justificar sus exacciones.  Cuando estaba en su apogeo la ocupación, años atrás, llegó al lugar el padre Mc Cullen, un salesiano canadiense a fin de instarlos a la construcción de una capilla parroquial.  Los labriegos le respondieron que él, en persona, debería construirla, pero al mismo tiempo tendría que labrar su parcela; ya que ninguno estaba dispuesto a oblar diezmos para mantener parásitos espirituales. Por lo menos no se preocuparían de las almas mientras los cuerpos tuviesen menester de alimentos.  Tras esto, Mc Cullen, quien esperaba buena cosecha de lana, retornó trasquilado y no regresó al entonces precario asentamiento, donde esperaba sin duda medrar a costas de los labriegos.  Otros predicadores y misioneros de variopintas y pintorescas confesiones fundamentalistas tuvieron igual suerte, o peor. 

Las mujeres del asentamiento lamentaron con plañideras voces el asesinato de Calixto, entre ellas la suya propia, con tres hijos en crianza y uno en gestación, la que no ahorró lágrimas de pena por su hombre. La impotencia tomó por asalto los ánimos de los pobladores de Táva Pyahu  como incitándolos a abandonar la larga lucha de sus reivindicaciones, dejándolo todo abandonado para regresar a su anterior y mendicante situación de parias suburbanos del subdesarrollo, como subempleados o marginales desarraigados que eran.  Pero algo les decía que su dignidad estaba en juego y nada ganarían en una reculada, salvo las migajas de una decadente imbecivilización, que se complacía en devorar seres humanos o sacrificarlos a los impuros dioses del lucro. Siempre en silencio —ese silencio que nada tiene en común con la vil resignación de los cobardes, sino con el que encierra la furia contenida y se niega a dar la otra mejilla—, trasladaron el yerto despojo de Calixto Ñamandú a su morada primigenia: la tierra.  Esa tierra que amó hasta la última gota de sangre y sería la que lo acunaría en su regazo amante, hasta ser uno con ella.  Y en ese mismo silencio, retornaron a sus ranchos a la caída de la tarde como rememorando aquellos días en que resolvieron unirse para tomar por la fuerza lo que el derecho les negara, en su farragosa parrafada leguleya mercadorizada.  La lucha por la tierra se remontaba a los años de la posguerra de 1865-1870, en que el derrotado y aniquilado Paraguay —frente a la triple alianza y el imperio anglo-fenicio— quedara despoblado y casi arrasado, lo que fue aprovechado para parcelar sus campos, selvas y cañadones a la caterva de aventureros venidos de Europa y las naciones vencedoras, en pos de suculentas oportunidades. Tras la guerra del Chaco de 1932-35, los sobrevivientes pudieron ocupar tierras desiertas, previamente deforestadas por voraces madereros, y hacer chacras y capueras o pequeñas granjas minifundiarias sin sobresaltos... hasta  la hecatombe de 1947, en que muchos fueran despojados de sus heredades no documentadas y lanzados al extranjero cual parias itinerantes sin regreso, empujados por los aviesos y bárbaros pynandíes paramilitares, mercenarios de los gorilas uniformados que despoblaron nuevamente el país; esta vez por razones políticas.  Ahora en los años ochenta y noventa, se reiniciaba la lucha por la posesión de pequeñas parcelas de subsistencia, ya que los hacendados y los especuladores acaparaban la casi totalidad de las tierras y bosques.

Tras el derrocamiento del tirano Stroessner, muchos campesinos que habían formado parte de las extinguidas Ligas Agrarias, volvieron a unirse, aunque esta vez, con la faz cristiana             —que había caracterizado a los reprimidos grupos de labriegos— algo más atemperada por el escepticismo.  Ahora, pese a cierta prensa y a los latifundistas y sus pistoleros de alquiler, los campesinos se aprestaban a una larga contienda, con la terca resolución de quienes nada tienen que perder, salvo la dignidad.  Y justamente, ésta no tenía precio como para hipotecarla por las treinta monedas de Judas, bastante cotizadas últimamente. Todos, incluso Calixto, supieron siempre que la traición acechaba en cada recodo de los senderos del monte y en cada pasillo tribunalicio, donde los venales abogados intentaban comprarlos para lograr su posible defección. 

Pero pese a ello, resolvieron en todos sus atyguazu o asambleas populares mantenerse firmes en sus propósitos de lograr la tan ansiada Tierra-sin-mal que por siglos buscaran sus antepasados indígenas.  Sí, la traición acechaba en todas sus formas y disfraces. Desde la melosa voz de los actuarios judiciales que prometían otras tierras colonizables aunque a precio de edén turístico; los amenazantes improperios de los policías, enviados a reprimirlos y las balas asesinas de los jagunços y sicarios del supuesto propietario ausentista.

Tras el sepelio de Calixto Ñamandú, las mujeres  convocaron a otra asamblea para elegir a quien lo suplantaría.  No sería muy difícil, ya que casi todos los ocupantes, hombres y mujeres poseían idénticas cualidades, excepto quizá la escolaridad y el buen manejo del castellano, el cual era aprendido en su escuelita montaraz como idioma extranjero, dado que el guaraní era su lengua materna, aunque algo mezclada ya con la de Castilla.  No tardaron en deliberar para zanjar el problema de la sucesión, ya que los tiempos eran duros y siempre pendía la espada de Dámocles de una intervención policial-militar sobre ellos, la que sólo dependería del humor de los jueces y de la diligencia de los abogados del poderoso Laszar Morgan.  Éste había ofrecido a los ocupantes unas parcelas situadas en lugares inhóspitos y erosionados, lejos de rutas y caminos, lo que fuera rechazado por los labriegos. ¿Quién querría vivir en un erial, más cerca del infierno que del paraíso?  Calixto lo supo y, tras consultar con sus hermanos de infortunio, mantuvo su posición de no moverse de Táva Pyahu, donde tres niños, casi angelitos, dejaran sus huesos.  Uno a causa de enfermedades y penurias durante su permanencia y dos hermanos asesinados, de corta edad.  Ahora le tocaba a Calixto hacer compañía a los inocentes que ya reposaban en el lugar, lo que constituía un motivo poderoso para seguir en la brega.

San Lamuerte estaría momentáneamente satisfecho con las ofrendas involuntarias recibidas de los ocupantes, por lo que dejaría de incordiar por un tiempo con su invisible pero tangible presencia.  Los campesinos sabían que había un precio que pagar para llegar al bien común, y, pese a sus atavismos ancestrales, conocían de Marx, de Engels, de Nietzsche e incluso de los anarquistas cristianos como Robert Owen, quien fundara en Texas en mitad del siglo XIX, una colonia utópica llamada New Harmony, donde el dinero carecía de interés y se practicaba un socialismo libertario cristiano al estilo de las catacumbas. También sabían de la casi mítica República Guaraní, de las reducciones, donde los jesuitas, con sus limitaciones religiosas y teocráticas, trataron de sustraer a los indios guaraníes del yugo de encomenderos y mitayos y donde cada cual tenía lo suyo… hasta donde lo permitiese la justicia canónica, no poco rigurosa por cierto.

Muchos jóvenes universitarios idealistas acompañaban, de tanto en tanto, los acaeceres y experiencias de los labradores, compartiendo su magra alimentación y asistiéndolos con libros y técnicas, pese a los denuestos de los enemigos del “modelo” que trataban de llevar a cabo en forma colectiva y solidaria.  Dicho modelo socioeconómico, no respondía a las ortodoxias marxistas, aunque poseía cierta  afinidad, ni a los postulados liberales del individualismo competitivo y excluyente; sino a los éticos parámetros comunitarios heredados de sus antepasados indígenas, quienes respetaban a la naturaleza y vivían en comunión con ella.  Incluso se jactaban de no tener comisarías policiales en su comunidad y pese a ello, el índice de violencia y delitos era igual a cero.

Todos ellos estaban conscientes de su responsabilidad social y practicaban el cooperativismo en su esencia más pura y solidaria. Pese a ser algo anarcas y ácratas, necesitaban de un representante, que no caudillo, lo que motivara una sesión maratónica de la asamblea popular.  Los sesenta hombres, cuarenta y ocho mujeres y cincuenta niños y adolescentes de ambos sexos se reunieron a deliberar. —Propongo a Marcelo Mereles para liderar la colonia Táva Pyahu —dijo Ramona Ramírez, mujer de Calixto Ñamandú, ya repuesta a medias del dolor de su pérdida.               

—Propuesta aceptada, pero requiere unanimidad para el consenso, caso contrario debemos replantearla —exclamó Petrona Ibáñez, la joven secretaria de actas de la colonia. Contó luego las manos alzadas que corroboraban la propuesta de la viuda de Calixto Ñamandú. Eran suficientes para afirmarla, por lo que asentó en el acta.  Nadie estaba con ánimos para un largo debate, pero la moción parecía aceptada. Marcelo Mereles reunía los requisitos para el cargo de responsabilidad.  Ahora recaería sobre sus hombros —algo cansados por la lucha y sus cincuenta y cuatro abriles además—, la tremenda tarea de mantener la urdimbre del tejido social del asentamiento, unido en apretada trama y sin hilachas defectivas, ni delirios posesivos. 

Contaron nuevamente las cruces-marcas erguidas a un costado de una encrucijada en el serpentino sendero del monte, casi en los linderos del asentamiento.  Eran tres pequeñas y de color blanco, más una algo más grande y basta, de madera de urunde’y  labrada a mano por los labriegos. Juraron éstos no olvidar el incidente en que sicarios ocultos asesinaran alevosamente a su hermano de infortunio. A partir de ese día, nada volvería a ser lo mismo, ni se resignarían a dejarlo en la impunidad. Buscarían el modo de hacer justicia, sin caer en la tentación de la venganza. No había suficiente dinero entre ellos para pagar abogados querellantes. Tampoco podrían acusar a nadie en particular, pues incluso pudieran haber sido matones policiales de medio tiempo quienes asesinaran a Calixto... o asesinos  de alquiler, tan comunes por estos tiempos en las zonas fronterizas entre Paraguay y Brasil. 

Ninguna hipótesis podría dejarse de lado en estos casos, ya que prácticamente tenían adversarios hasta en ciertos medios de comunicación favorables a los apóstatas apóstoles de la Santa Propiedad Privada y librecambistas a ultranza; y ¿por qué no? en la poderosa Asociación Rural, los agroexportadores que veían con malos ojos a quienes no se sometían a los acopiadores de materia prima y a los abogados que lucraban pescando en ríos procelosos.  Incluso el clero conservador los miraba de reojo, pese a la cacareada opción por los pobres que pregonaban algunos obispos. Ya verían la manera de desenmascarar al o a los autores materiales y morales del homicidio.  Pero el mítico San Lamuerte, no dormía ni estaba satisfecho con la reciente inmolación.

En un lujoso despacho situado en Asunción, el todopoderoso Laszar Morgan, antiguo testaferro del general Stroessner, depuesto entonces pero no ausente del todo, increpaba a su batería de abogados y al juez de instrucción que hesitaba en dar una orden de desalojo de su propiedad invadida por los sintierras en San Pedro, Zona Norte.  Uno de sus capataces asistía a la reunión para interiorizarse acerca de la marcha del litigio y de paso informar a su patrón de la neutralización del líder visible del asentamiento Táva Pyahu, aunque sabía que esto sólo prolongaría el litigio. Un mártir siempre es un estorbo incordiante para quienes son dueños del poder, pese a que él mismo hubo sugerido a su capataz para aquietar a los cabecillas sintierras, pero no imaginó que el caporal lo tomaría como un encargo perentorio. Mientras se investigase esa sospechosa muerte, los fiscales y jueces tendrían manos atadas para ordenar un desalojo sumario en el asentamiento. 

Laszar Morgan increpó a su diligente capataz, quien había resuelto emboscar con pistoleros brasileños al cabecilla, porque esto sólo retrasaba la solución expeditiva, ya que el juez ordenó “no innovar” a las partes en conflicto lo que puso furioso al terrateniente, que esperaba la expulsión de los intrusos en la brevedad posible pese a aprobar el Congreso la expropiación del predio, aunque no la liberación de los fondos para hacerlo. 

La única posibilidad que se le presentaba ahora, era aterrorizar extrajudicialmente a los ocupantes con intimidaciones y amenazas por parte de sus matones. Pero debería guardar las apariencias, so pena de involucrarse en crímenes y atentados molestos e incómodos ante la opinión pública, la cual empezaba a simpatizar con los campesinos denominados sintierras, quienes irrumpieran de pronto en el escenario hispanoamericano, como desafiando a los crípticos poderes globalizadores del fascismo especulativo con ropaje liberal.  Tras despedir a sus inoperantes abogados, testaferros y al  venal juez, Laszar Morgan quedó a solas con su capataz brasileño, a quien dio precisas instrucciones de sembrar el terror en el asentamiento, aunque sin matar a ninguno.  —Puedes quemar  ranchos, hacer disparos intimidatorios o arruinar sus cultivos de subsistencia —explicó el amo a su perro de presa, —pero no quiero más muertes que sólo servirán para alargar el proceso de expulsión de esos infelices.  Si tienes ganas de matar, hazlo en otro sitio y por tu cuenta y riesgo. ¿Entiendes, pedazo de animal?  —Sim, seu padraõzinho.  Entendo. Só matá-lhos de fome.  Agora mesmo vou lá.  Fique tranqüilo que eu tomo conta daquilo.  Só lembre que foi vocé quem téve a idéia.  —Que no me entere de tus excesos, so bribón, que me va la cabeza en ello.  La opinión pública piensa que soy el malo de la película y debemos revertirlo a pesar de tu celo y fidelidad.

Laszar Morgan hurgó en su cajón buscando un par de analgésicos para borrar la pertinaz migraña que lo acosaba, juntamente con el omnipresente fantasma de Calixto Ñamandú.  

La poderosa Asociación Rural del Paraguay, pilar político de los regímenes de turno, tras el derrocamiento del longevo tirano, e incluso durante su reinado, estaba en sesión permanente a causa de las protestas, marchas y ocupaciones, que no daban tregua ni a la omnipresente policía. Los sacrosantos derechos de propiedad estaban en tela de juicio y los latifundistas en la picota, a causa de los desheredados que se negaban a aceptar su miseria con la resignación inculcada por los padres de la iglesia y los evangelios; especialmente por  la emergencia de algunos curas marxistas  partidarios de la Teología de la Liberación —al menos, según opinión del ex miembro de la Hitler Jügend, cardenal Joseph Ratzinger, nuevo Gran Inquisidor romano—, como monseñor Helder Cámara, Frei Betto, Leonardo Boff, Mendez Arceo de México y otros teólogos, que interpretaban las Escrituras desde un punto de vista radicalizado de opción preferencial por los pobres.  Cosa nueva en una vieja iglesia cuya secularidad se caracterizara por su apoyo irrestricto al poder político, desde su inserción legal al imperio romano por Constantino y el edicto de Milán en el siglo V y la Doctrina de San Alberto. 

Los terratenientes —por primera vez en su larga historia— se sentían inseguros y rebasados por las fuerzas insurgentes en Iberoamérica y casi todo el tercer mundo. Las contrataciones de pistoleros de alquiler —especialmente brasileños— se intensificaron en los últimos tiempos de ¿democracia? y transición (o transacción), debido a la poca capacidad de contención de las Fuerzas Conjuntas, algo remisas a reprimir a sus compatriotas; aunque cuando les tocase actuar, lo hacían con no poco rigor, un celo perruno y con una entrega casi mística digna de mejores causas, porque peores no las hubo.  

Revolución agraria a pedal                                                                                

Calixto Ñamandú y sus asustados padres, abordaron apresuradamente el desvencijado tren del viejo ferrocarril inglés que los conduciría a Buenos Aires. La cruenta guerra civil de 1947 los empujaba lejos del terruño, donde debieron abandonar su chacra de la compañía1  Simbrón, en el Departamento de Paraguarí, a la voracidad de los milicianos civiles  y de los militares oficialistas.  Apenas con lo puesto y poco más, pudieron salvar su pellejo, pese a no estar involucrados en la sublevación del cuarenta y siete, ni poseer “contactos” con los jefes revolucionarios.  Simplemente alguna intriga de cualquier vecino, o ni siquiera eso. Bastaba con que alguien ambicionase alguna propiedad para declararlo enemigo del gobierno, lo que significaba muerte cierta u ostracismo a perpetuidad.

Lentamente, como desperezándose y resoplando para darse ánimos, la vieja locomotora inglesa fue apartándose de la estación de Paraguarí, rumbo al sur, a lo ignoto.  El traqueteante convoy ferroviario se alejó hacia australes pagos para finalmente cruzar el Paraná en un vetusto ferry-boat, hacia Posadas, de donde, tras larga espera de escala y transbordo, proseguiría hacia la capital argentina, siempre a paso de cortejo fúnebre y como si la premura de sus pasajeros le importase un pito. Por entonces, la capital argentina era la Meca de los desheredados paraguayos y bolivianos, quienes se sumergían en la megalópolis platense en busca de pan y trabajo, lo que podrían obtener con algún esfuerzo; y comprensión, lo cual era harto difícil por más brega que se empeñase. Los porteños no amaban ni comprendían a los inmigrantes, salvo que fuesen europeos occidentales, y aún así, con exclusiones.  Por todo avío y bastimentos de boca, debieron matizar el viaje con chipá, una suerte de pan de almidón, mates amargos y tereré, su refrescante contraparte.

La travesía, si bien fue una aventura alegre para el pequeño  Calixto, resultaría harto sacrificada y fatigosa para sus padres, quienes apenas conservaban el ánimo, tras perder su pequeña chacra y  animales en el fragor de la guerra civil.  Tras largos días de trepidante viaje, acunados hasta el hartazgo por el vaivén, las pitadas, traqueteos y bandazos del viejo ferrocarril , pudieron pisar tierra porteña y sacudirse el cansancio que casi estrangulaba sus huesos y músculos a causa de los incómodos asientos de tercera clase.  No conocían la capital argentina, nueva Babilonia del siglo XX en desordenado crecimiento demográfico; pero algunos compañeros de viaje ya tenían parientes que los esperaban en la estación Lacroze y tal vez consintiesen en guiarlos a alguna pensión de inmigrantes, donde por pocos pesos podrían contar con techo y magra pitanza.  A veces Dios se olvida de los pobres, pero esta vez, parecía que hubiera recuperado la memoria momentáneamente y pudieron conseguir un cuartito de alquiler en un conventillo de La Floresta, en la zona oeste. Ya verían luego qué hacer. 

Por de pronto, acostumbrados como estaban a un ambiente bucólico y aldeano, fueron apabullados ante la magnitud edilicia de la Reina del Plata, como la llamó Carlos Gardel; con sus luces innumerables reverberando en las aguas del río argentado, sus parques y jardines, sus luminarias de neón anunciando casi cualquier cosa y sus asfaltadas o adoquinadas calles y avenidas, donde circulaban vehículos nunca vistos antes en el entonces remoto terruño nativo, donde las carretas de estólidos bueyes eran la constante, cuando no parte sempiterna del paisaje. Un paisaje que parecía salido de los meandros de algún remoto pasado de siglos petrificados en la prehistoria, a ritmo de caracol cojitranco. 

En contraste, Buenos Aires remedaba alguna feérica, futurista y gigantesca metrópolis de ciencia-fricción; una urbe como la de las historietas de Superman, que tuvieran a bien leer de prestado en el reptilíneo tren. Sus deslumbrantes escaparates,  acapararon la atención de los Ñamandú durante varios días en que recorrieran sus calles en procura de trabajo, curioseando de paso sus maravillas ante las poco menos que despreciativas miradas de soslayo de los porteños, quienes poco toleraban a los “cabecitas negras” como llamaban a los interioranos y paraguayos que invadían su sacrosanto y excluyente territorio cosmopolita.  Calixto, suspiraba con lágrimas contenidas ante los costosos juguetes, que por de pronto estaban lejos de sus deseos y del bolsillo de sus padres.  Nada más cruel para un niño de cinco años y escasa comprensión, que los deseos insatisfechos de posesión y disfrute de juguetes y golosinas.  Pero más crueles eran las guerras fratricidas —que empujaban a miles de paraguayos a huir de su patria, en busca de mejores horizontes sin educación ni calificación laboral—, lanzándose a la vorágine de frías y poco hospitalarias ciudades donde muchos, milagrosamente es cierto, lograron medrar y hasta progresar con el tiempo. Pero los niños, como Calixto Ñamandú, poco podrían comprender la maldad humana. Apenas llorar en impotente silencio ante la frustración de no poder alcanzar un camioncito a cuerda, una pelota de goma o algún revólver a espoletas con qué jugar a los  cow-boys  en la plaza aledaña al conventillo; pese a que los otros niños lo rechazaran por tener piel tostada y ropitas algo raídas, aunque siempre limpias gracias a su diligente mamá.  Esta consiguió trabajo como limpiadora y lavandera en una casa de familia de clase media, también paraguaya; en tanto que don Aurelio Octaviano se postuló en una construcción, como albañil ayudante “de media cuchara”, ya que poca práctica poseía en cuestión de ladrillos, hormigones, plomadas y argamasas.  Apenas supo hacer ranchos de barro y paja en su lejano valle de Simbrón, pero voluntad no le faltaba.

Mientras tanto, el pequeño Calixto jugaba solitario en la plaza del barrio, ya que los otros niños le hacían el vacío, aunque poco le preocupaba esto. Tal vez ello contribuyese a desarrollar su fantasía, imaginación y creatividad, lo que más adelante mucho le serviría. 

Un año y medio más tarde  —y muy a su pesar, claro está— Calixto ingresó a una escuela, gracias a las influencias de un compatriota bien vinculado, amigo de don Octaviano, por lo que sólo los domingos podría jugar en la plaza, aunque ya en compañía de sus padres. Para entonces, vivían en un modesto apartamento de un vetusto edificio, aunque ya con agua corriente y hasta calefacción incluida. Con el tiempo, llegó Calixto a ser el más listo de la clase, despertando naturales envidias en los porteñitos, que, justamente a causa de su discriminación irracional, posibilitaran que aquél estudiase con más ahínco y eficacia que quienes sólo pensaban en pasarla bien.  Al terminar el quinto grado, sólo su condición de extranjería le impidió acceder al puesto de escolta del abanderado de la escuela.  Pero su caso motivó encendidas discusiones en el plantel docente, ya que sus maestras votaron por él, en tanto que los otros, se decidieron por los arcaicos reglamentos administrativos, pese a que el entonces presidente Perón decretara “la igualdad civil y política de argentinos y paraguayos” en su Decálogo de la Hermandad de 1953, en ocasión de su primera (y última) visita al presidente Federico Chávez, el cual sería derrocado meses después.  Doña Marciana lloró al enterarse de que su querido hijo fue excluido del concurso de méritos y debió contentarse con una mención acartonada por su aplicación y conducta.

 —Peor es nada —la consoló don Octaviano, tan solícito y amoroso, como de costumbre—.  Kalí será un gran hombre y estaremos orgullosos de él, aunque no tanto de su escuela                   —repuso, como para sí mismo don Octaviano, antes de ponerse las pantuflas y sentarse a escuchar el partido final de la Copa América a disputarse en el Uruguay.  Al propio Calixto poco le importaba el dudoso honor de escoltar una bandera ajena, por lo que no concedió demasiada trascendencia al episodio. Por otra parte, había logrado establecer sólida amistad con otros hijos de inmigrantes desplazados por las guerras europeas e incluso con hijos de paraguayos residentes en la zona bonaerense y en otras provincias limítrofes, hermanadas por la discriminación de los porteños. 

Uno de sus mejores amigos, era un joven ucraniano cuyos padres huyeran de la furia roja tras la primera guerra mundial.  Gracias a su inteligencia y habilidad, Calixto pudo acceder a conocimientos y técnicas aún inaccesibles a muchos otros compatriotas e incluso a bastantes nativos rioplatenses.  Todo ese bagaje intelectual le serviría años más tarde, cuando decidiera regresar a su país de origen, tras el deshielo del stronismo duro —que aún no se avizoraba en el proceloso horizonte—, pese a que más de una vez se anunciara la rara enfermedad que, según decían los optimistas, se lo llevaría a la tumba empujado por la inexorable guadaña de algún ángel exterminador.  Solía tener encuentros con sus amigos, donde discutían temas filosóficos, pese a ciertas aprehensiones suyas respecto a los dogmáticos de la izquierda estalinista y los ultraderechistas del peronismo nacionalista, con quienes mantenía ácidos debates ideológicos; no acabando de convencerse de la supuesta bondad de los sistemas políticos en boga en la década de los cincuenta.

Cierta vez, como quien no quiere la cosa, cayó en sus manos algunos escritos de Rafael Barrett —español de natalicio y paraguayo por adopción— que lo impresionaron vivamente, excitando sus dormidos sentimientos hacia los sufridos hermanos del campo, que quedaran en su país desafiando las iras de los hacendados, los empresarios, los políticos y los militares. Por la prosa de Rafael Barrett, cuyas ideas anarquistas resaltaban en su obra, supo de los crueles padecimientos de los mensú de los yerbales del Alto Paraná, de los obrajes tanineros del Alto Paraguay y de las grandes haciendas ganaderas de las región oriental.  Tras esto, decidió indagar en las ideas del príncipe Piotr Kropotkin y del noble revoltoso Mikhail Bakunin, ideólogos del anarco-sindicalismo libertario, casi extinto por otra parte, ante la irrupción de nuevos totalitarismos de la postguerra mundial de los años cincuenta.  La mayoría de los intelectuales de entonces tomaron partido por la izquierda radical rusa y china, por el neofascismo estatista o por el liberalismo ¿centrista? del egoísmo virtual. Pocos adeptos tenía ya el anarquismo, a causa principalmente del mito de lanzabombas con que los pintaban en los chistes e historietas.  No pudo ir a la universidad y ni siquiera pudo acabar su instrucción secundaria a causa de la escasez de recursos de sus padres y de su renuencia a aceptar integrarse al sistema que rechazaba in pectore.  Sólo pudo hacer algunos cursos postales de arte y aprender rudimentos de electricidad y mecánica como aprendiz en talleres donde ganaba apenas para subsistir. 

La buena de doña Marciana falleció sorpresivamente, lejos del terruño poco antes de la década del 1960. En cuanto a su padre, don Octaviano, estaba semi inválido a causa de un accidente de trabajo, por lo que Calixto poco pudo hacer para romper el círculo vicioso de pobreza que lo asfixiaba. Su única distracción, en sus horas libres —no muchas, por cierto—, eran las tertulias con los amigos, hijos de extranjería como él.  Pronto cayó en cuenta que tarde o temprano debería regresar a su patria, ausente y lejana como el mítico dios cristiano crucificado y sus vírgenes de madera y escayola.

Pero ¿qué haría allí, sin una profesión “titulada”, sin conocidos y sin hogar en qué posar sus vuelos?  Apenas sobrevivir de changas o sub empleos intrascendentes y rutinarios como oficina de registro de defunciones. También corría el riesgo de ser discriminado por su forzosamente adquirido acento rioplatense. Pero de todos modos, su interés por conocer, o mejor aún redescubrir su propio país y sus olvidadas raíces, iba leudando aceleradamente en su corazón con la levadura de la nostalgia evanescente.

Por ahora sólo lo retenían en Buenos Aires sus amigos, que por años contribuyeran a aliviar su soledad y le parecía desleal dejarlos en esa fría megalópolis, cuyas luces hacía tiempo dejaran de encandilarlo.  Su padre, reducido a pilotar una silla de ruedas de limitada autonomía, lo incitaba a regresar al terruño. Dadas sus escasas ganas de vivir, preferiría morir en su valle o por lo menos bajo su bandera tricolor. Finalmente, tras largos cabildeos entre su padre, sus amigos y sus propios pensamientos amotinados contra la rutina, decidió reunir algún dinerillo para subsistir en el Paraguay, hasta que lograra asimilarse o adquirir algún empleo.

Esto le llevó algunos años más, en que renunció a formar pareja y familia para no tener otra meta que ahorrar lo suficiente para el retorno al terruño con su padre.  Luego vería qué hacer.  Por de pronto, púsose a bregar en lo suyo para lograr su objetivo.  Su padre baldado necesitaba cuidados extras, lo que lo obligara a oblar un modesto salario a una joven paraguaya, que lo atendía en sus ausencias laborales. Había conocido a Ramona Ramírez en una de sus visitas a su amigo Damián, del cual era hermana menor.  A los dos y pico de años comenzaron a verse más seguido, salir ella más tarde que de costumbre de su empleo y charlar de bueyes perdidos y sentimientos hallados, por lo que casi inevitablemente intimaron, sin sentirlo,  como lo más natural del mundo; como el amor que surge inesperadamente entre dos personas, sin feromonas ni Freud de por medio. 

Cuando finalmente lo tuvo todo a punto para el éxodo, Calixto decidió que le costaría despedirse de Ramona, por lo que intentó convencerla de compartir la aventura de su vida en un país ahora extraño para ambos, en que lo inasible, lo inesperado y lo mágico podrían endulzarles o amargarles la existencia; pero en ningún caso se dejarían devorar por la grisácea rutina. Por esos días, en el Paraguay se desató una feroz e indiscriminada represión. En el interior, contra las llamadas Ligas Agrarias Cristianas, siendo las colonias de las Misiones y la de San Isidro del Jejuí las más afectadas.  En Asunción, la policía atropelló contra una célula de intelectuales disidentes llamada “Organización Primero de Marzo”, o, según la policía del régimen “organización político-militar”, de la que no quedó títere con cabeza, llenándose las prisiones de Emboscada y Takumbú, con detenidos en condiciones infrahumanas. Esto puso un paréntesis a los ya adelantados preparativos del regreso.  Todo paraguayo proveniente del extranjero sería sospechoso de conspiración y más aún, siendo hijo de un fugitivo del cuarenta y siete.

Para entonces, Calixto y Ramona se habían amancebado a tiempo completo y casi formaron familia, aunque evitaban concebir hijos que los estorbasen en sus planes previos. Por lo menos, aguardarían tiempos propicios para ello.  No debían tentar al diablo antes de tener la sartén por el mango y la subsistencia asegurada.  Había cada tanto, rumores provenientes del Paraguay que hablaban de una posible enfermedad incurable del tirano, lo que aceleraría su deposición, su muerte o simplemente su alejamiento suave del poder.  Pero finalmente nada pudo comprobarse y la salud del déspota deslustrado no sufrió mella, mengua ni deterioro. 

Antes bien, se endureció la represión y el control de los súbditos paraguayos en el extranjero, gracias a un diabólico plan del general chileno Pinochet, llamado Operación Cóndor (quizá por la carroña producida por ellos), donde cualquier policía o ejército de Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina y Chile podría detener a ciudadanos extranjeros sospechosos de activismo y deportarlos a su país, donde era casi segura su eliminación, con certeza casi total, tras extenuantes sesiones de tortura ejercida por diligentes cipayos del Pentágono. 

Ramona y Calixto tornaron otras veces más a postergar su ansiado retorno, como queriendo prolongar la abstención de despedirse de sus amigos, hasta que a finales de los ochenta, el buenazo de don Octaviano tuvo una crisis de apoplejía que lo puso al borde de la tumba, lo que los decidió a acelerar el retorno. para repatriar pre-mortem a don Octaviano, quien deseaba por lo menos dejar sus huesos en su tierra natal.  En cuanto a la finada doña Marciana, debió ser incinerada en una empresa de crematorios a fin de evitar su inhumación en algún cementerio cuya tasa estaba fuera de las posibilidades, por lo que sus cenizas estaban con ellos en una modesta urna de cerámica vidriada y podrían llevarlas consigo al Paraguay como reliquia atroz del exilio.

El viejo tren del “FF.CC. General Urquiza” había dejado de operar hacía harto tiempo, por lo que viajaron en ómnibus hasta Asunción.  Esta vez no demoraron mucho en llegar y en cuarenta y ocho horas estaban tomando el fresco en la Plaza Uruguaya, frente a la centenaria estación del casi extinto ferrocarril paraguayo, donde putas y chulos de tiempo completo disputaban territorio con travestís, vendedores de chucherías y comistrajos indigestos, libros, relojes truchos y casi cuanto pudiera venderse a los incautos sin morir en el intento.  También las displicentes patrullas policiales campeaban por sus fueros y cada tanto, un griterío seguido de carreras pedestres, delataba la presencia de patrulleras que buscaban a las jóvenes Magdalena para arrestarlas y pasar un buen rato con ellas en alguna comisaría.  A Calixto, casi le recordaban un poco a las grelas y yiras porteñas que vagabundeaban por el viejo barrio de Montserrat, entre tangos y milongas. 

Detrás de la estación ferroviaria, hallaron un modesto hotel de pomposo nombre ajeno a sus fines, cuya tarifa estaba a su alcance, donde las mariposas de la noche acudían con sus ligues a pasarla bomba por una hora o poco más si la pesca era buena, cosa no muy frecuente, eso sí.  La primera noche se la pasaron rascándose el pellejo a causa de las chinches, que sin pagar alojamiento habitaban sábanas y colchones, y de poco les sirvió reclamar al poco atento encargado sobre el particular. —¿Y qué pretenden por este precio? ¿Aire acondicionado y colchones de agua?  Si no les gusta, tienen el Hotel Guaraní frente a la otra plaza  —díjoles, entre otras ironías el conserje, por lo que decidieron comprar un tarro de aerosol para combatir al bicherío.  De todos modos no pensaban permanecer mucho tiempo en ese hotel de media estrella y medio estrellado.  Por lo menos, no más de lo preciso, hasta saber dónde dirigirse con sus petates y bártulos a intentar sobrevivir. Don Octaviano, propuso a Calixto que fuese a explorar hacia su vieja chacra de Simbrón —en Roque González, cerca de Paraguarí— de donde era oriundo.  Quizá hubiese forma de recuperar su heredad de algún modo, o tal vez un viejo poblador lo reconociera y le brindase ayuda o trabajo. En tanto, permanecería en el hotel con Ramona.  Calixto dudó un poco, pero finalmente decidió dar el gusto a don Octaviano. 

Al siguiente día tomó un ómnibus que lo llevó al lugar de su natalicio, pero no las tenía todas consigo. ¿A quiénes se podría dirigir?  Don Octaviano le dio algunos nombres de antiguos conocidos que quizá todavía viviesen en la zona, pero era también probable que los causantes de la persecución a que sometieran a su padre, no quieran colaborar para la restitución de su heredad perdida.  Tal vez si obtuviera alguna información, podría regresar con don Octaviano, quien tendría más conocimiento del sitio y sus habitantes antiguos.

Muchos quizá ya estarían finados en los más de cuarenta años transcurridos desde la guerra civil.  En poco más de tres horas y media de trote sobre ruedas, Calixto llegó a Simbrón, ahora algo irreconocible —aunque más bien olvidado— donde se apersonó en el primer boliche  de ramos generales que encontró a fin de preguntar por conocidos de su padre, obrantes en una lista que aquél le diera para tal menester.  El tendero lo miró medio como desconfiando. El forastero tenía acento rioplatense y últimamente la situación política estaba algo tensa y dominada por el miedo a los esbirros del déspota germano-criollo aún en el poder, por lo que sin demasiada amabilidad le indicó donde hallar a uno de los conocidos de don Octaviano.  Los otros tres nombres no le eran familiares, ya que el bolichero no era oriundo del pueblo, sino arribeño.  Calixto quedó conforme de todos modos.

Rumbeó inmediatamente hacia el rancho del único conocido de su padre en la esperanza de recabar datos que lo condujesen a su objetivo.

Tras corta caminata, llegó al lugar, donde fue recibido con extrañeza por el anciano don Policarpo Gutiérrez, de indudable linaje éuscaro.  Algún abuelo vascongado quizá.  Tras las presentaciones de rigor, el anciano le comentó que pocos quedaban de los antiguos puebleros.  Tras el éxodo provocado por la guerra civil del cuarenta y siete, mal llamada “revolución”,  muchos militares, especialmente de la Guarnición de Artillería de Paraguarí y algunos caciques políticos colorados de la fascistoide facción Guión Rojo,  se apoderaron de todas las tierras abandonadas por los exilados.  Tanto de chacras y ranchos como de haciendas más o menos grandes de entre quinientas a dos mil hectáreas, con todo lo clavado y plantado, animales y viviendas. 

De puro coraje aguanté el malón  pynandí y, pese a que me robaron hasta el baúl de mi abuela con mis trapos domingueros, animales y una cosecha de mandioca, me quedé y traté de empezar de nuevo... y aquí me tiene. ¿Cómo anda mi amigo Octaviano? Fue una lástima que no se haya quedado, aunque lo desvalijen hasta los calzoncillos. Podría haber sobrevivido al saco y recuperado sus bienes o algo comentó don Polí, con casi la misma edad del padre de Calixto—.  El miedo tiene cara de hereje a veces, y nos roba hasta los sueños a trueque de concedernos pesadillas tras un mal despertar.   —No crea, don.  Mi pasantía en Buenos Aires fue provechosa.  Mire, aprendí electricidad, mecánica y algo de carpintería.  Si con eso no puedo ganarme el pan, seré un flojo y un relajado.  ¿Será que no podríamos conseguir por lo menos un lote urbano de treinta por cuarenta para vivir?  No creo precisar más que eso para un modesto taller. 

Calixto calló, quizá pensando cómo proseguir hilando palabras y pensamientos en una trama lógica.  —Si es por eso, yo le puedo dar un pedazo de mi derechera, al fondo de mi casa —dijo don Policarpo, o mejor don Polí.  Este año va a aumentar el impuesto inmobiliario y puedo compartir mi predio con ustedes.  Sólo debe prometerme no crear problemas con los partidarios de Stroessner.  Por lo demás, puedo garantizarle que trabajará tranquilo.  No tenemos muchos técnicos aquí, y para cualquier reparación de lo que sea, debemos llevar lo dañado a Roque González o a Paraguarí.  A veces a la capital, si faltan repuestos.  Se lo agradezco. Volveré a Asunción para dar la buena noticia a mi padre  —exclamó Calixto—.  ¿Me invitaría Ud. un tereré?  estoy muerto de calor y de sed.  —¡Pues adelante amigo! Me complace mucho recibir a quien conocí de mita’i  con cinco añitos locos. ¡Adelante! ofreció el anfitrión. 

Más tarde, Calixto regresó con el ómnibus de las 17:40 a la capital, con una carta de don Policarpo a su padre y la oferta de aquél de compartir su terreno en las afueras de la aldea con ellos.  El júbilo ante los aparentemente buenos resultados de su gestión lo abrumaba.  También don Octaviano estaría contento de regresar a su pueblo natal a concluir el otoño tirando a invierno de su existencia terrenal. 

Tardó algo más en llegar a destino, a causa de una avería en el ómnibus, que fue breve gracias a su pericia mecánica que salvara provisoriamente el viaje; aunque de todos modos debería el vehículo internarse en mantenimiento de terapia intensiva, pues que tenía más averías que piezas mecánicas.  Una vez en el hotel, decidieron partir todos  a Simbrón a establecerse.  En tanto construyese el rancho Calixto, su padre podría alojarse en el cercano pueblo de Roque González, a no más de diez kilómetros de Simbrón que dependía municipalmente de aquél.

Consiguieron, a falta de pensión, alojar a Ramona y don Octaviano en la casa de una familia del lugar de apellido Paredes, con lo que Calixto pudo dar de sí para erguir un modesto rancho de barro, tacuaras y paja  aguaráruguái o “cola de zorro”  abundante en la zona, dirigido por su padre, experto en rancherías.  Casi se le acababan sus ahorros, cuando concluyó el rancho de doble culata, que los albergaría mientras lo ampliaba y montaba un modesto taller con las escasas herramientas que trajera consigo desde Buenos Aires.

En el lapso de la construcción de su vivienda, Calixto pudo hurgar acerca de quienes se apoderaran de los bienes de muchos pobladores expulsados del pueblo en los fatídicos tiempos del cuarenta y siete.  Al principio no despertaron suspicacias sus indagaciones, pero no tardaron en darse cuenta los usurpadores de las tierras de la zona que el hijo del paralítico, como lo llamaban con no poco desprecio algunos lugareños afortunados, pretendía serrucharles el piso o escupirles en la olla.  Al menos eso creían, por lo que no hesitaron en delatarlo a la policía secreta del régimen, abundante por la zona. 

No tardaron éstos en tomar cartas en el asunto y tras visitarlo de civil, le insinuaron que dejase tranquilos a los correligionarios amigos del general, o de lo contrario lo arrestarían por alterar la paz pública. Los sabuesos tenían tanta información acerca de él, su mujer y su padre, que se olfateaba a kilómetros-luz, las garras de la Operación Cóndor o algo similar.

Calixto —quien recibiera a los enviados del temible jefe de Investigaciones sin informar a su padre ni a su mujer para no alarmarlos—, quedó anonadado ante la posibilidad de ser nuevamente expulsado del país o llevado a las lúgubres ergástulas del tirano ariófilo, a la sazón con alta —o harta— densidad demográfica de presos.  Prefirió prometerles de no indagar en el pasado, a fin de tener la mínima seguridad de no ser molestado, tras lo cual los polizontes se largaron.  Los que lo habían chivateado a las autoridades se acercaron poco a poco con fingidas sonrisas y evidentes intenciones de hacerle morder algún anzuelo, pero su prudencia se impuso y se sofrenó la boca, aunque justo es decirlo, muy a pesar suyo. Prefirió abrir su taller y se dedicó de lleno a solucionar los problemas de motores, dínamos, bombas de agua e instalaciones eléctricas. 

Hasta pudo comprarse una bicicleta usada en oferta, a fin de pasear por el entorno y visitar posibles clientes de sus servicios.  Esa bicicleta le costaría muy cara.  Poco a poco dio en pedalear por la campiña, platicando a los pequeños agricultores de los alrededores, para trabar relaciones y de paso charlar con ellos acerca de cuanto le corroía el cacumen, entre tereré y tereré.  No tardó Kalí en enterarse confidencialmente de las penurias de muchos de ellos, víctimas de acopiadores y especuladores; casi todos vinculados al régimen imperante como operadores, caudillos, gamonales o simplemente soplones de baja estofa.  Calixto conversaba con los lugareños, tratando de inducirlos acerca de la necesidad de unirse y formar cooperativas de producción y consumo. Especialmente para contrarrestar el dominio de los comerciantes que acaparaban el monopolio del algodón, y los obligaba al monocultivo del textil, cuyas cosechas pagaban a precio vil y encima los proveían de artículos de consumo, a costes muy por encima de lo legal.  Harto difícil era romper este círculo de hierro para los lugareños, especialmente por su propia desidia y fatalismo. 

El que se negaba a plantar algodón, era sancionado con la ejecución de sus deudas y expulsado de su chacra; y el que se atrevía a sembrar sólo para alimentar a su familia, cultivos de frijoles, yuca, boniato, maní o cualesquiera otros rubros, estaba señalado por los largos dedos de los especuladores y reducido a paria social.  A Calixto —curtido en la lectura de filosofía económica y política— le dolía tal situación de sometimiento casi feudal a los señores agro exportadores que lucraban con el sudor del campesino paraguayo que sigue fluyendo a raudales a pesar de la sequía pertinaz. Y esto era común en toda la América hispana, desde el Río Bravo hasta la Patagonia. 

Poco a poco, Calixto intentaba convencerlos de mejorar su situación uniéndose entre ellos y organizándose para una revolución pacífica del agro, movida a músculos y pedal, antes que a motores petroleros mercenarios de los ideólogos de la dependencia.  —Primero, deben tener la barriga llena y luego negociar —les decía, repitiéndolo hasta el hartazgo, como mera letanía a la virgen de los desheredados. —Piensen en sus hijos primero. Si ellos tienen alimentos suficientes, serán más inteligentes y listos. ¿De qué les sirven los créditos de los almaceneros, si ustedes pagan más de lo que valen sus artículos y ellos les pagan lo que quieren por el algodón?  

Obviamente, esto llegó a oídos de los barones del agro y no tardaron en expulsarlo de Simbrón, con todo y bicicleta.  El buenazo de don Octaviano sufrió un paro cardíaco definitivo, al ser allanado el rancho por los esbirros policíacos de Stroessner y confiscados los amados libros de su hijo Calixto.  Apenas tuvieron tiempo de darle sepultura con una mortaja, antes de ser sacados con cajas destempladas del pueblo con orden perentoria de no regresar.  

Con sus escasos trastos a cuestas, como caracoles bípedos, Calixto y Ramona retornaron a Asunción, sabiendo que serían vigilados por la policía política del tirano y pocas probabilidades tendrían de conseguir ocupación decente, como no fuera de peón de patio él, o empleada doméstica ella.  La situación no daba para más.  La revolución agraria a pedal terminó como un mal sueño, ahora seguido de un pésimo despertar.

Calixto intentó rentar un modesto cuartillo en una casa de inquilinato de los suburbios, con más agujeros que ventanas, pero comprobó que la renta era demasiado onerosa para sus escasos recursos, por lo que optó por asentarse en una población aledaña a la capital, donde por lo menos podría medrar dos o tres meses con lo que disponía, aunque sentía sobre sí la ominosa pero invisible presencia de la policía secreta en torno a ellos, como intentando amedrentarlos metafísicamente.  Se establecieron en Luque, a pocos kilómetros de Asunción y pronto Ramona pudo ganar un dinerillo lavando y planchando ropa ajena. Especialmente de trabajadores solteros que vivían o sobrevivían allí y trabajaban en la capital.  Calixto, en tanto, pudo conseguir changas de jardinero, podador y limpiador de patios de las residencias del lugar donde pronto se hizo de amigos y clientes fijos, gracias a su diligencia y don de gentes; que si algo agradecía a la Argentina, era su formación y correcto uso de la lengua, lo que le permitiera subsistir sin demasiados sobresaltos en su nuevo hábitat.  También chapurreaba el guaraní de mezclilla íbero-rioplatense.

A los pocos meses de establecerse en Luque, ocurrió el alzamiento de la Caballería, contra el eterno —o casi— déspota Alfredo Stroessner, el cual fue derrocado por su consuegro, el general Andrés Rodríguez y puesto de patitas en un avión que lo condujo al Brasil con todo y familia, y de seguro con algunas maletas de efectivo en dólares por si acaso. Después de todo, entre bueyes no hay cornadas y entre gorilas no se tiran bananas de plástico.  Calixto supo o creyó suponer, desde el primer cañonazo, que una nueva era se iniciaba en el país, en su  país.  Contempló su ahora ajada bicicleta y se le ocurrió de pronto que había llegado el momento de proseguir su revolución a pedal.

Asalto a Utopía

Los asuncenos —al menos los inconformes, que de momento eran una mayoría, cebados en las amargas mieles del hartazgo— celebraron con júbilo subido de tono el defenestramiento de una longeva y cruel tiranía, que durara más de treinta y cinco años sojuzgando a toda una nación de indómita tradición rebelde.  Por lo menos, así lo fuera hasta finalizar la guerra del Chaco, y luego sometida, violada, humillada y escarnecida hasta las heces, sin que se vaciase su cáliz de ignominia ni se saciaran los usurpadores del poder.

Durante el largo reinado del déspota, hubo una cierta seguridad basada en el temor y el flujo de dólares durante las  faraónicas obras públicas, como las grandes represas de Ita’ipú y Jasyretã (así debe escribirse en guaraní), así como carreteras y caminos que facilitaran la introducción de especuladores y mercaderes de la tierra con capitalistas agroexportadores; amén de latifundistas venidos del Brasil que empujaban a los pequeños agricultores a vender sus minifundios y emigrar a los suburbios de las ciudades a ejercer de vendedores informales, proxenetas, asaltantes, robacoches o mendigos. Cualquier cosa, menos agricultores, su oficio originario.  Tras el post-boom de Itaipú, las cosas no serían tan fáciles ni rosadas. 

Por de pronto, la implantación de libertades irrestrictas en apariencia,  sembró más confusión que orden.  Calixto y su mujer estuvieron en Asunción durante ese jolgorio —bastante animado por cierto— y no dudaron en trasegar algunas cervezas que los librarían del calor sofocante, en homenaje al astuto y mefistofélico general triunfante, quien los librara del molesto y omnipresente aparato represivo; pero las dudas acerca del  futuro del país, despojado ya de toda dignidad y de toda cultura cívica, continuaban latiendo.

¿Qué podría esperarse de un aparato burocrático estigmatizado por la corrupción?  ¿Qué podría aportar un sindicalismo de protervo cuño, pervertido, corrupto y oportunista? ¿Cómo contar con la unión de un campesinado miserable, ignorante de sus derechos y prerrogativas y de la nula convocatoria de una lela, aliterada y apática ciudadanía de cartón sintético?  Nada bueno cabría aguardar de una juventud despojada de toda iniciativa, de una ciudadanía complaciente, de una policía venal y de un ejército alienado y carente del honor.  Un honor que ostentara hasta la posguerra del Chaco; y que dilapidara dispendiosamente su capital moral, tras las huellas de tiranos longevos, con ínfulas de inmortalidad. 

Calixto Ñamandú aún no las tenía todas consigo, ni con nadie.  Sabía que la libertad no es un don gratuito de la providencia y que aquélla debe ser conquistada a sangre, sudor y lágrimas.  Intuía también que su usufructo debe ser responsable y solidario.  Sin egoísmos ni excesos.  Pero ¿qué sabían sus compatriotas de esto?  Muy poco o casi nada. Y la nada aguardaba a este país, si no supiesen inmediatamente qué carajos hacer con la libertad que les llegara ese tres de febrero, como caída de las nubes o brotada de las aguas, pese a que algunos políticos y el pueblo ya estaban moviendo el avispero desde poco antes, cuando el régimen tambaleaba acosado por la presión internacional, la deuda externa, la ineptitud administrativa y la ciudadanía levantisca, en busca de cambios genuinos y no de maquillaje gatopardista.

Calixto Ñamandú recordó los míticos cuarenta años del éxodo de Israel por el desierto y pensó, con no poca tristeza, que Paraguay debería errar mucho aún por los eriales y ciénagas de la estupidez y la inmoralidad, antes de pisar la Tierra-sin-mal, antes de tomar por asalto a Utopía, desechando sus viejos vicios y purificándose en los cilicios ásperos del sufrimiento.

Ramona Ramírez ya estaba encinta de su primer vástago y casi no podía trabajar en su oficio de limpiadora, aunque todavía podía fregar ropas y planchar pero sólo de pie. Muy pronto debía abandonar toda actividad fatigosa para consagrarse a la crianza de su bebé.  Calixto pensó que había llegado el momento de buscar a quienes lo pudiesen secundar en su proyecto cumbre: la reivindicación del campesinado a través del trabajo y la lucha por la tierra. Por de pronto, podrían continuar en su modesta habitación vivienda de Luque, mientras intentaba ganar lo necesario para emigrar al campo.  Ramona no compartía del todo los febriles sueños de su hombre, como mujer que era y por su espíritu pragmático —urbanizado por su larga permanencia en la capital porteña— que intentaba imponerse a los poco factibles impulsos altruistas de Calixto.  Especialmente cuando el ocaso del siglo se caracterizaba por la declinación de todo idealismo solidario, ante la irrupción de un liberalismo duro, competitivo, individualista, arrasador y matador de conciencias; aunque Ramona poco entendía de esto y más bien se guiaba por su intuición femenina y su astucia unisex. Vamos a meternos en camisa de fuerza de más de quince varas —decía ella, arrullada tal vez por los espirituosos efluvios de la generosa cerveza paraguaya con etiqueta gótica.  Nadie te va a apoyar en esta patriada y seremos nuevamente parias sin rumbo, en un país desorbitado, en un continente desheredado por Dios, bendecido por el Diablo y envenenado por el odio.

Hizo tintinear su vaso semi vacío, como en un brindis desganado, esperando la respuesta de su hombre. El corazón me dice que se está gestando el hombre nuevo en el útero del tiempo decía él—.  Sólo falta que alguien apriete el botón de arranque, para poner en marcha el motor de las voluntades adormecidas que construirán la historia. Lo que pasa es que en este país todo está por hacerse, y creo que seré profeta porque no soy de esta tierra, salvo que he nacido aquí, pero fui malcriado en el ostracismo paterno. Tras darse un buen buche de espumante elixir de cebada, prosiguió como predicando en el desierto:  Nada será igual que antes, donde el miedo era el verdadero amo de este país.  Sé que existen miles como yo y como vos. Sólo hace falta que nos sintonicemos en la misma frecuencia, para dar cuerpo y alma a un movimiento agrario con todas las luces encendidas. Existen millones de hectáreas de tierras aún incultas, en manos de unos pocos terratenientes ausentistas, que esperan que las fecundemos con el semen del amor, con las herramientas de la paz, con el acerado arado de la fe. ¿Comprendes Ramona?  Desde ahora, comienzo a ser feliz. ¡Ya verás! 

Para entonces, los festejos comenzaban a diluirse y decaer en la madrugada del cuatro de febrero, sofocados por los vapores etílicos y la irrealidad circundante, que empujaba a la gente a dispersarse tras sus ideas y afanes aún no muy bien definidos.  Es cierto, nada sería igual.  Pero fuerza es reconocer que algo podría empeorar.  Utopía siempre se halla más allá del horizonte de los sentidos... y retrocede mientras avanzamos en pos de ella, como la base del arco iris.  Trastabillando a causa de la excesiva alegría y algo más, Ramona y Calixto se dirigieron a la parada del ómnibus que los devolvería a Luque, su ciudad dormitorio, donde intentarían reponerse de la resaca y rehacer luego sus pensamientos e ideales.  Nada como la almohada para replantearlo todo y renegociar actitudes e intransigencias.  Ambos esperaban que cada uno recapacitase su modo de pensar y acordara complacer al otro.  Y en esa tesitura, bien valía un sueñecito reparador, que al día siguiente sería otro día, que precedería al resto de sus vidas. 

Tras un par de meses medrando heroicamente entre el hambre y la necesidad, el soñador Calixto Ñamandú pudo hacer contactos con algunos desarraigados del barrio marginal de la Chacarita y otros venidos de la ex Ciudad Presidente Stroessner, rebautizada —tras el golpe del ahora árbitro de la política paraguaya: el general Rodríguez— como Ciudad del Este, donde el cohecho, el contrabando, el narcotráfico, el autotráfico, el desvío de capitales y la especulación, proseguían alegremente, como si nada hubiese cambiado, salvo la nomenclatura toponímica.                    Entre sorbos de tereré, se confabularon todos para ejercer presión al Instituto de Bienestar Rural —pomposo nombre creado por el tirano para dar tierras a bajo precio a sus paniaguados—, con el objetivo de obtener la expropiación de tierras en la región oriental del país, a fin de rehacer las vidas de tantos compatriotas, antaño empujados a la marginalidad por diversos factores ajenos a su voluntad. 

A los pocos de establecido el nuevo régimen de amplias libertades públicas, comenzaron los conflictos sociales.  Desde la invasión de terrenos baldíos por los llamados sintechos, hasta la ocupación por la fuerza de trozos de latifundios rurales pertenecientes al fisco o a latifundistas empedernidos e irredentos de estirpes tan rancias como hueras.  Como era de imaginarse, los reclamos fueron sí contestados, directamente con negativas, cuando no evasivas o dudosas afirmativas y fatigosos trámites, condimentados con cabildeos y negociaciones de largo aliento.  Donde los más débiles o indecisos, siempre acababan por retroceder abrumados por las oscuras nubes del desaliento; o golpeados por la artera maza de la traición o por el germen patógeno de la división, que era su principal adversario. 

Los abogados no dudaban en sobornar a quienes sabían más sensibles a la necesidad y más adictos a la necedad.  Los jueces mandaban encarcelar a los cabecillas visibles e insobornables y los burócratas exigían papeleos interminables como diatriba de italiano tartamudo. 

Tras dos años de infructuosos trámites, decidieron explorar todos los rincones del país.  Una vez hallada alguna parcela vacía —improductiva como político de base o almirante de riacho—, acudirían a ocuparla sin más, aplicando la ley de los hechos consumados.  En todo caso, primero tomarían posesión y luego realizarían las gestiones para legalizar la ocupación.  Utopía bien valía un asalto a manos desnudas.  

Aproximadamente dos meses más tarde, el “Comité Emergencia Uno” dio con tierras pertenecientes a la familia Antebi. Los antepasados de éstos las habían adquirido en almoneda al Gobierno de Reconstrucción Nacional, tras la hecatombe de 1864-1870, que enajenara a precio vil bosques, yerbales y cuanto se pudiera vender para engordar  faltriqueras privadas y ajenas, que no las del anémico Estado.   Aún no sabían que la mejor parte de esa finca estaba a nombre del, ausente pero no del todo, Alfredo Stroessner y administrada por testaferros. 

No dudaron dos horas para autoconvocarse y días más en ponerse en camino con todas sus pertenencias y familias.  Tras varias horas de viaje, en desvencijados camiones de carga alquilados, llegaron a las inmediaciones del lugar escogido ya en el límite de caminos, donde bajaron sus enseres y despidieron a los camiones pues deberían hacer el resto del camino a pie, dada la carencia de rutas en el vasto sector. 

Varios kilómetros más adelante ingresaron a los tupidos bosques achaparrados de la propiedad en cuestión; y, tras escoger un sitio apropiado para acampar, se dieron en organizar una minga para construir las viviendas, desmalezar el monte e iniciar los cultivos simultáneamente.  Calixto el más listo de su clase, se dio maña para comenzar a planificar lo que sería la escuelita de la nueva colonia, a la que bautizarían Táva Arandú o “pueblo del saber” en guaraní, en la esperanza de conseguir finalmente la ansiada estabilidad en tierra propia, que no fuese simplemente la de sus sepulturas. 

Si de algo Calixto habría de enorgullecerse —casi al borde del pecado capital— era de haber aprovechado cuanto aprendiera en la lejana Buenos Aires, y lo que le hubo permitido, no sólo ayudar al establecimiento de una futura colonia modelo; sino también el de haber adquirido las nociones filosóficas que lo lanzaran a desarrollar una nueva ideología agraria, ajena a las frases hechas, dogmas intransigentes y fanatismo militante de los marxistas ortodoxos; así como del grosero pragmatismo de los liberaloides o del estulto irracionalismo de las derechas, de frases hechas, ideas contrahechas y acciones mal hechas. 

Al principio de sus contactos con los marginales suburbanos —que habían sido desechados o expulsados de las campiñas paraguayas—, Calixto fue semi-marginado a causa de su aún pertinaz acento verbal rioplatense —adquirido en sus largos años de aporteñamiento  de sobrevivencia—, pero, al darse cuenta sus nuevos compañeros de lucha de sus dotes intelectuales y técnicas, lo adoptaron como uno más de los suyos.  Al fin y al cabo, la pobreza hermana más a los hombres que la opulencia. Y Kalí,  como lo llamaban en el Paraguay, era tan pobre y sacrificado como ellos.  Quizá algo más instruido y formado, aunque no por ello hubo dejado de lado la humildad que lo caracterizara durante toda su vida.

En cuanto a Ramona Ramírez, los rudimentos de enfermería aprendidos sobre la marcha, durante su pasantía al cuidado del finado don Octaviano, no dudaba que le servirían en el casi inhóspito paraje en el que intentaban rehacer sus vidas, en álgido contraste entre el confort salvaje de Buenos Aires y las serenas incomodidades de la floresta casi virgen. Obviamente, les costaría aprender a pronunciar correctamente el guaraní, ya que fuera de lo aprendido con sus padres en su ahora distante infancia y adolescencia, aún conservaban ese acento típico de quienes hablan una lengua extranjera.

Por fortuna, Calixto y Ramona no se sentían ya extranjeros, sino casi una parte tácita del agreste paisaje de la jungla paraguaya.  Hasta su piel iba tornándose del color de la bermeja tierra del norte, a causa de la omnipresente polvareda durante las secas y el pegajoso barro durante las lluvias, que lo pintaban todo; hasta camuflar el verdor de la selva y las multicolores florecillas silvestres, que a los pocos se monocromatizaban de color ladrillo, como rehusando sus colores naturales de tanto en tanto. 

El bicherío de la selva era otro tema con el cual estaban poco familiarizados, aunque entre Asunción y Simbrón tuvieran urticantes anticipos a cuenta.  Aparte de mariposas, cigarras, arañas y otros invertebrados, había mosquitos para todos los gustos: transmisores zancudos anópheles de paludismo, ædes ægyptis del dengue y la fiebre amarilla, quizá importados de Africa cuando la trata de esclavos negros, y hasta los molestos aunque inocuos culex pipiens domésticos urbanos; sin contar chinches, vinchucas, garrapatas, niguas, pulgas, polvorines, jejenes y otras alimañas casi invisibles.  Por las noches, la sinfonía interminable de chirridos era como para mantener despierto al más sordo y mucho les costó a los curtidos campesinos y más aún a los citadinos, acostumbrarse a soportarlo. También las aves hacían lo suyo dentro del concierto bullanguero que los despertaban precediendo al sol, tanto de día, como de noche a la muerte cotidiana de éste.  Sólo el humano cansancio —adquirido tras los largos primeros días—, los mantuvo a salvo del insomnio monocorde y visceral de la selva. 

Los ex marginales chacariteños de Asunción y los de Ciudad del Este, eran menos remilgosos a la hora de dormir y bancarse las molestias de los pequeños succionadores de sangre y sudor.  Pero Ramona y Calixto no estaban acostumbrados a la jungla casi invicta que los albergaba —muy a su pesar, tolerándolos como intrusos en su seno vaporoso y pleno de la calina del verano tropical—, en la refrescante cercanía del río Aguaray Guazú, que bañaba las entrañas del monte y les servía como fuente de agua potable e higienizador.  Tampoco la interminable humedad bochornosa y recalcitrante —que los acunaba por días y noches— era indulgente con sus huesos y nervios.  Hasta parecía que toda la selva conspiraba para espantar a los que turbaban la calma del lugar con sus azadones, hachas y palas, transmutando parte del tupido monte en capueras, granjas y rancherío pueblerino, a espaldas de autoridades y latifundistas de cuerpo ausente.

Pero tampoco pasaron desapercibidos en el tráfago de sus afanes, ya que el obispo de San Pedro se interesó por los cabecillas, quienes a los pocos fueron sugerentemente citados al no tan cercano pueblo de Lima para entrevistarse con el padre Federico Lucciena a fin de exponer las inquietudes de la iglesia y permitir la erección de una capilla parroquial y una escuela católica, a trueque de ayuda de los abogados del Comité de Iglesias en favor de los ocupantes.  Demás está acotar que el bueno de Calixto Ñamandú y Ramona Ramírez, quien gozaba de su reciente maternidad primeriza y aún en cuarentena de post-parto, fueron designados en asamblea para acudir ante el obispo, o en el peor de los casos, para sacudírselo.

Es afirmativo que cierta ala progresista de la iglesia proclamaba una opción por los desposeídos, toda vez que éstos aceptaran ser poseídos por el clero; cosa dudosa entre los colonos semi clandestinos de Táva Arandú. Pocos de ellos aún creían en las cosas divinas e inasibles, cuando que muchos dudaban hasta de las cosas humanas y mensurables con harto justificado escepticismo.  De todos modos, nada se perdería con asistir a la convocatoria de los prelados, salvo la tranquilidad momentánea.  Para entonces, ya sabían quiénes eran los supuestos propietarios de la parcela que ocupaban, y cuyas amenazas de desalojo aún colgaban ominosas y amenazantes sobre sus cabezas.  Las invectivas y advertencias proferidas en las tribunas de prensa contra ellos, eran asaz conocidas y con visos de ser llevadas a la acción por propietarios reales o supuestos, secundados por diligentes leguleyos chicaneros, educados en las  protervas trampas de la juris-pendencia, antes que en las leyes. 

Daban por descontado que evitarían contraer compromisos unilaterales con el Espíritu Santo y sus embajadores en el Valle de Lágrimas, sin consultarlo en un aty guazú o asamblea popularcon los otros hermanos labriegos, mujeres y niños.  También éstos tenían voz en las asambleas populares, ya que Calixto así lo había sugerido, tras caer en cuenta de la necesidad de enseñarles filosofía desde la más corta edad, a fin de convertirlos en seres conscientes y responsables. Ya verían cómo vérselas con el obispo, el que de seguro trataría de salvar sus almas, sin detenerse a pensar en los cuerpos menesterosos de alimentos y salud; porque eso de la educación, la estaban recibiendo gracias a Calixto Ñamandú y a la carencia de medios manipuladores de incomunicación masiva, que permitía más tiempo a la lectura y menos a vacuos entretenimientos televiciosos.

 Tres días después de la asamblea, la pareja y su bebé neonato acudieron a Lima, lo que presuponía largas jornadas a pie, antes de salir a una ruta que los condujera a dicha pequeña ciudad de no más de cinco mil habitantes, donde los esperaría el prelado en la parroquia local.  Un funcionario municipal que pasaba en una camioneta, los alzó, tras la consabida señal de carona o auto-stop, llevándolos en la carrocería con todo y bebé entre bandazos y barquinazos, a causa del ruinoso camino y el no menos deficiente estado del pobre vehículo, con buenos años de abuso a cuestas. 

Tantos sacudones experimentaron, que cuando llegaron a Lima estaban más molidos que si hubiesen ido a pie enjuto, pero de todos modos agradecieron la gentileza de buen talante, que por lo menos les abreviara el viaje en horas. 

Tardaron algo en reponerse, antes de llegar a la casa parroquial donde los convocara el hombre de Dios en persona.  Dada la hora meridiana, llegaron justo cuando éste se servía un opíparo almuerzo en amena compañía, y no de Jesús precisamente. 

El diligente secretario omitió notificar al párroco de su llegada y los hizo esperar una hora y media en antesala, en tanto aquél concluyera con la pantagruélica manducatoria seguida de epicúrea libatoria, en compañía de otros prelados y autoridades locales, gentilmente convidados a la santa mesa.  La pareja en tanto, con apetito atrasado —casi al borde del hambre tras el largo viaje—, aprovechó para masticar a dúo una dura argolla de chipa de almidón de yuca, sazonada inconvenientemente con el aroma que invadía sus narices desde el bien provisto comedor parroquial. 

En tanto Ramona, entre mascada y mascada, amamantaba al infante ante la escandalizada faz del secretario, algo amanerado éste y poco habituado a contemplar pechos de mujer en vivo, salvo lectura clandestinas de prensas amarillas, rojas y verdes.  En eso estaban ambos, cuando el pa’i Lucciena se apersonó majestuosamente disculpándose por no haberlos invitado a compartir su humilde mesa, pero ya el atrabiliario secretario la había levantado con todo y migajas, no quedando nada que compartir, pero los consoló con la promesa de una merienda frugal en cierne.  Si bien esto no les aplacó la famelitud, por lo menos los dejó espiritualmente más serenos, si no físicamente satisfechos.

 Tras las presentaciones de rigor y prescindiendo del correspondiente besamanos, Calixto solicitó ir directamente al grano, ya que, amén de estar fatigados del kilométrico trajín, debían buscar algún alojamiento barato antes del anochecer para retornar cuanto antes a su asentamiento rural. —Como no, hijo mío —adelantó el padre Lucciena con la consabida parsimonia clerical—.  Como deben saber, ustedes están cometiendo un atentado contra el séptimo mandamiento que reza: no hurtarás a tu prójimo... porque son tierras ajenas... —¡Pero monseñor! —replicó al tiro Calixto—.  ¿Llama Ud. hurto al acto de ejercer un derecho garantizado en las propias Escrituras?  Además, Alberto Antebi, el supuesto propietario, es apenas un testaferro de la familia Stroessner, ausente por causas ajenas a su voluntad, supongo. ¿Acaso no sabe Ud. que el señor está de parte de los pobres... al menos desde los cónclaves de Medellín y Puebla? ¿O acaso cree Ud. en el derecho del dinero cesarista y todopoderoso?  —¡No blasfeméis hijo, en nombre del Señor!  Sabemos que vosotros no profesáis la fe verdadera y estáis atados al carro del marxismo internacional, apátrida y ateo. ¿Cómo osáis invocar el Santo Nombre en vano? —al decir esto el tonsurado se persignó tres veces, por las dudas, como intentando exorcizar a los demonios ideológicos que —real o supuestamente— estaban posesionándose de la casa parroquial, infiltrados en los cuerpos de los campesinos. O en sus mentes, lo que era aún peor a los ojos del prelado.  ¡Por favor, pa’i! ¿Defiende Ud. a esos acaparadores y especuladores en nombre del Señor, o del César de turno?  Creo que hablamos lenguajes disímiles y si no tiene algo constructivo y espiritual que proponer, dejémoslo aquí. 

Así diciendo, hizo ademán de levantarse, pero el prelado, tras bendecirlos con un gesto de su mano extrema derecha, lo detuvo conciliador.  —Perdona hijo.  Sé que quizá me estoy extralimitando en mi celo evangelizador, pero deben comprender (aquí su tono se volvió más coloquial, menos ampuloso y desprovisto de solecismos, hipérboles, sinécdoques pleonasmos y anacolutos discursivos anacrónicos) la situación creada con esta invasión a una propiedad privada.  Les propongo que discutamos el asunto en mi despacho... y en privado  esto último lo expresó en tono indulgente de perdonavidas.  —Perdone, padre, pero en mi carácter de responsable no puedo decidir nada sin consultarlo en asamblea con mis hermanos en la pobreza.  Si lo que va a proponer no colisione frontalmente contra nuestros principios, con mucho gusto plantearé sus propuestas a mis hermanos. Caso contrario, olvídelo y búsquese otro Judas para su sanhedrín, por favor. 

Por estas alturas del intercambio verbal, el padre Federico Lucciena sudaba fofas perlas saladas que brillaban casi con luz propia por la superficie de su rostro y algo más, pese al ambiente eléctricamente climatizado.  Es que ciertos diálogos son algo incómodos.  Especialmente si alguien es más leído de lo que uno hubo prejuzgado.  Iba a decir algo, pero ya Calixto se adelantó.  Además, su Ilustrísima, nosotros tenemos poco que ganar y mucho que perder.  Si este proyecto alternativo de organización solidaria acabase, el fracaso será sólo nuestro —aclaró Calixto, prosiguiendo—.  Pero le rogaría que su propuesta fuera por escrito... y de dominio público.  No queremos que una coma ni un punto quedase en un secreto crepuscular.  Seamos transparentes;  no opacos, como los frascos de veneno de botica o los conciliábulos de las logias que malmanejan a este país.  —Lo creo acertado,  hijo mío   —exclamó el tonsurado molesto, más que nada por ser él mismo parte de tales logias tenebris ex lux et infernalis speluncæ fratres. Consultaré con el arzobispado, en la capital.  Monseñor Felípez también desea transparencia en lo posible.              

Dicho esto, les rogó paciencia, prometiéndoles alojarlos en un cuarto de la casa parroquial para dialogar sin prisas, urgencias ni pesares. 

Una y media hora más tarde, fueron conducidos a un aposento grande provisto de ventilador de techo y una cama de cuerpo y medio.  Otra, metros más allá, de un cuerpo, para Ramona.  El prelado alegó que, por no estar uncidos al yugo sacramental, deberían dormir separados, aunque aún regía la cuarentena para la mujer de todos modos; una silla desvencijada, una canasta a guisa de moisés para el neonato y poco más.  Pero comparado esto a cuanto les tocaba padecer en la selva, era ganancioso, dirían. 

A media tarde, fueron conducidos a los aposentos privados del párroco, donde los esperaba una hervidora con leche tibia, una tetera con infusión, denominada mate-cocido preparado con yerba mate nativa, escaldada con azúcar quemada, hervida y colada (quien lo hubiese probado lo recordaría), un pote de mantequilla casera, otro de dulce de guayaba de igual factura y pan blanco que ornaban la mesa rústica de pesado lapacho, como invitando a un magro banquete... o quizá una merienda de negros. ¡Vaya uno a saber! 

¿Estaría monseñor probándolos para comprobar su moral?  Sin percatarse tal vez de ello, ambos tomaron asiento en bastos apyka de la misma noble madera y, tras preguntar al ama de llaves por Lucienna, se quedaron esperándolo antes de probar nada.  Tras media hora de espera y dos recalentadas de la merienda, apareció por fin pa’i Lucciena, sonriendo y con un papel membretado y firmado con dos o tres sellos episcopales.  La propuesta —entre bocado y bocado— era bastante escueta.  La iglesia interpondría sus buenos oficios para evitar o dilatar la expulsión de los ocupantes, de ser posible logrando la expropiación gestionándola ante el Congreso y el poder Ejecutivo, a cambio de instalar una escuelita para los niños (con catecismo incluido) y una capilla con sacerdote itinerante, una de cuyas funciones sería la de casar por los Santos Sacramentos a las parejas amancebadas o en concubinato pecaminoso; bautizar a los niños y a los remisos, amén de predicar las Buenas Nuevas según Karol Wojtyla y quizá despedir solemnemente —con el correspondiente responso— a quienes partirían sin duda al cielo tras abonar el sufragio celestial.  Nada más. Calixto Ñamandú releyó por séptima vez el documento antes de guardarlo en su bártulo con parsimonia casi indiferente.

¿Cómo reaccionarían los demás ocupantes y compañeros de aventura?  De seguro reirían a mandíbula vibrante de la casi imperativa proposición de la jerarquía, que insistía tercamente en salvar almas.  Pero de todos modos tenían tiempo para decidir, aunque monseñor les dio plazo de noventa días para una respuesta.  Caso de negativa o dilaciones, se abstendrían de interceder ante el gobierno en su favor y se atendrían a las consecuencias:  allanamiento de la colonia y expulsión por parte de la recientemente creada Policía Ecológica y Rural, una fuerza de choque que sustituyera a la Fuerza de Tareas Conjunta de militares de las tres armas y la policía nacional. Panorama bastante poco halagueño por cierto. ¡Vaya disyuntiva la planteada por el mefistofélico obispo!

Tras el regreso de Calixto a la ocupación, se convocó al aty guazú para decidir por la propuesta.  Obviamente no faltaron voces en favor de la misma; especialmente de las mujeres, antiguas militantes católicas, antes de las grandes represiones contra las Ligas Agrarias Cristianas de Misiones en 1976.  Nada perderían —dijeron las más veteranas— con dejar a los sacerdotes cumplir con su misión a cambio de contar con el respetado respaldo de la Iglesia.  Quienes quisieran continuar profesando su ideología, podrían por lo menos disimularlo, como dijera cierto heredero de la corona de Francia, antes hugonote: París, bien vale una misa”.  Ramona fue de las pocas que objetaron —con sólidos argumentos— tal presente griego.  En un torpe chapurreado guaraní, intercalado con un correcto castellano expresó más o menos: Ellos quieren inocularnos en nuestras propias venas, el virus infamante de la resignación. ¿Acaso impidieron o atenuaron las atrocidades de la “pascua dolorosa” en Misiones, en el setenta y seis? ¿Acaso intercedieron con sus buenos oficios, cuando vuestros hombres eran maniatados con alambres de espinos y torturados, algunos hasta la muerte, por pretender algo mejor?  Tampoco impidieron el fin de la colonia de San Isidro del Jejuí, ni la dispersión de todos, en esa orgía de sangre vivida por nuestros hermanos.  Si en algo pudiesen ayudarnos, lo harían sin condiciones coactivas ni chantaje espiritual, pero están poniéndonos a prueba y quieren que nos dividamos.  Nada más.

Ramona calló como para tomar resuello, pero el chispazo de silencio fue quebrado por Marcelina Caburé para abogar por lo sacro. —Si les damos lugar a ellos para crear una escuela, no nos perjudicarán ni perderemos nuestra libertad de decisión.  Además, si no queremos casarnos como manda la iglesia ¿quién podría obligarnos?  Los niños necesitan una escuela y nosotros no estamos en condiciones de inculcarles nuestra ignorancia en números y letras, cifras y frases.  Si ellos quieren aquí una capilla, les damos un lote en medio de la placita y listo. 

Alguien alzó la mano en el fondo del grupo.  Era Teodora Bermúdez, una adolescente encargada, de tanto en tanto, a cuidar de los más pequeños en ausencia de los padres. Es cierto lo que dice Ramona Ramírez. Si realmente quieren ayudarnos no impondrían condiciones.  Debemos hacerles una contrapropuesta. Que negocien primero la expropiación con el gobierno, un camino decente para salir al exterior, energía eléctrica para la colonia... y después cumpliremos con sus exigencias. ¿Por qué tenemos que hacerlo todo nosotros primero? ¡Que empiecen ellos!                    

Teodora cedió la palabra a alguien que alzó la mano cerca suyo mientras la secretaria de actas tomaba nota. Apoyo a la compañera Ramona  —exclamó Rosa Fretes, veterana de las frustradas experiencias de San Isidro—.  El padre Maciel, santo varón si los hay, fue herido por los esbirros de Stroessner sin que la iglesia levantase su voz en nuestro favor, excepto monseñor Maricevich, mientras varios de estos obispos de ahora delataban y malinformaban a la policía acerca de nuestros compañeros.  Mi marido fue atrozmente torturado y todos nosotros expulsados de nuestras propias tierras, compradas y tituladas, sólo por pensar y actuar con solidaridad.  ¿Acaso que ahora será diferente?  Nuestros hijos apenas aprenderán a dar la otra mejilla, mientras Caifás negociará con Judas y Pilatos nuestra crucifixión.  No debemos siquiera debatir esta proposición y sí, rechazarla in límine, como  dicen los curas.  Si ahora nos dividimos por el sí o por el no, nos debilitaremos, que es lo que ellos pretenden.  Además, prefiero que mis hijos estudien filosofía antes que catecismo; ética, antes que moral; que se realicen como ciudadanos laicos, antes que como fanáticos santurrones.  No quiero una comunidad basada en la caridad, sino en la justicia. He dicho.

Los aplausos, no unánimes es cierto pero sí entusiasmados, rubricaron las palabras de Rosa Fretes.  Pero todos comenzaron a comprender la necesidad de unirse, con la cohesión de una argamasa hormigonada en torno a ideales, que no conveniencias espurias.  Tras asegurar Calixto que él personalmente dirigiría la escuelita —con la asistencia desinteresada de su mujer, sin descuidar sus labores agrícolas— y sólo su resistencia tenaz les daría la victoria, los demás fueron dando sus pareceres de desistir de la dudosa ayuda del pa’i Lucciena, conocido —además de su afición a la buena mesa— por venerar a las botellas, que como los ángeles no tienen espaldas, más espirituosas que espirituales, por añadidura, además de su afición a tapetes verdes, lúdicos cuan aleatorios cubiletes y al nambípoká  de  la  baraja orillera, pendenciera y tramposa del truco.  Sabían que esas tierras, que figuraban a nombre de un tal Antebi, aún no estaban definitivamente tituladas y encima con una deuda atrasada de impuestos inmobiliarios.  El propietario, según averiguaron, sólo deseaba sacar rollos del monte para sus aserraderos y luego de devastar dichas tierras, largarse de nuevo a la ciudad. Antebi  quería vender madera para luego convertir esa parcela en campo ganadero, pese a que la carne paraguaya era sospechosa de aftosa y brucelosis.

Tras las deliberaciones, hubo algunas discusiones por el sí o por el no, aunque decidieron, por prudencia, seguir la proposición de la adolescente Teodora Bermúdez, de realizar la contrapropuesta invirtiendo los términos de la oferta. Es decir: primero los resultados de las gestiones de la iglesia, y luego la apertura de la colonia a la fe sacramentada en forma voluntaria. Pa’i Lucciena tendría bastante tiempo para pensarlo, suponían. 

Lo que ignoraban es que, éste estaba en esos mismos momentos en la capital, visitando al general Rodríguez en su lujosa residencia  “Las Carmelitas”, para una partida de póker, en compañía de monseñor Cornejo, ex ordinario castrense de Stroessner y cofrade de la parroquia del Gran Arquitecto. De paso, iría a informarle sobre la propuesta hecha a los campesinos invasores de las tierras de Antebi, quien hasta el golpe del tres de febrero del 89, fuera administrador de los bienes de la familia Stroessner y actualmente trasegados a la suya por obra y gracia de una transferencia de poder, algo fraudulenta, pero con el consenso tácito de la ciudadanía consciente y la de los demás Estados ¿unidos o jodidos?

Aborto prematuro

No cantaban los mirlos ni las cigarras por esos días.  Hasta los bullangueros y juguetones monos karajá se llamaron a silencio; como si presintiesen algo inexorable en cierne.  La selva parecía triste y desganada y los ruidosos pero poco visibles habitantes primigenios de la espesura, optaron por callar o bajar el volumen desaforado de sus voces. 

En la lejana Asunción, un militar retirado, forzosa y discretamente tras la rendición del Regimiento Escolta Presidencial, guardia pretoriana del desplazado tirano germano-criollo, el coronel Normando Krats, asumía sus flamantes funciones de crear, organizar, entrenar y armar, una fuerza de elite para reprimir a campesinos, manifestantes, estudiantes díscolos y obreros huelguistas, que intentasen salir de los democráticos carriles liberales, impuestos durante la llamada transición post stronista.                       El militar de reserva del arma de infantería, había estado en Fort Gulick en la Zona del Canal como becario y se había especializado en fuerzas de choque urbano y policía militarizada.  Las nuevas pautas del Gran Hermano del norte exigían un cambio de rumbo en la tristemente célebre  Doctrina de la Seguridad Nacional, por largo tiempo mentora de tiranos y torturadores en toda la sub-América y el tercer mundo.  Ahora los liberales vientos soplantes —casi al punto de huracanes en el planeta—, exigían nuevas definiciones y pautas más suaves.  Por de pronto, el ex embajador americano Timothy Towell citó al Estado Mayor a una conferencia sobre “conflictos sociales limitados y guerras de baja intensidad”, como se denominaría ahora la represión más solapada y menos visible.  El comunismo ya no era el cuco del llamado “mundo libre”, es decir: el imperio del dólar librecambista.  Habría que dar un golpe de timón, antes que del big-stick  habitual hasta entonces, y que también golpeaba con más dureza de lo tolerable.  El general presidente, recibió al coronel Krats en “Las Carmelitas” donde, casualmente por cierto, compartía con el padre Lucciena unas copas de buen whisky escocés con doce años y oscuro marbete gótico medieval de oropel. 

Tras las presentaciones, comentaron las últimas malas nuevas obrantes en el país.  Las ocupaciones y huelgas, además de manifestaciones masivas que comenzaban a ser molestas y urticantes como avispas desbocadas.  La policía era casi impotente para contenerlas y, a veces, se extralimitaba, provocando heridas graves y muertes. Habría que crear cuerpos especializados en represión blanda; sin heridas sangrantes ni muertes violentas.  Los mártires sólo enardecen más a los levantiscos y no solucionan nada. —Así es, Excelencia comentó Federico Lucciena con mal contenida sorna—.  Mire Ud. como reprimió Roma a los cristianos, y así le fue.  Es mejor el ridículo para derrotar al adversario, que las armas o las prohibiciones.  ¿No lo cree así, mi general?  El coronel Krats asentía en silencio.  Él, adalid de la Seguridad Nacional, becario de la CIA en Panamá y tecnócrata del Gran Garrote, no entendía muy bien el lenguaje del ensotanado, pero algo se lo decía —no en el corazón, que no lo tenía, según sus allegados— que los tiempos habían cambiado y se imponía la suavización  de la guerra, contra quien fuese; una suerte de softwar,  en el lenguaje informático de inteligencia, si es que ésta existía  en los cuadros castrenses.   Por favor, señores, vayamos al queso y olvidemos las formas protocolares huecas —exclamó de pronto el presidente—.  El señor Embajador, ése que sabemos, me sugirió que el coronel Krats, aquí presente, es el más indicado para formar tropas antimotines de elite.  La consigna del señor embajador, es la de dar libertad de expresión a las fuerzas vivas de la sociedad; pero ello presupondría una agitación social in crescendo, como dicen esos músicos de solfa, pues nunca faltan los eternos disconformes y los desagradecidos.  El señor embajador me prometió toda la colaboración de su gobierno en cuanto a escudos provistos de electroshockers, cascos, lanzagranadas de gas M-5, botas especiales, porras eléctricas, escopetas con balas de caucho y toda esa parafernalia de tranquilizantes sociales que nos ofrecen los Estados Unidos.  Ellos, más que nadie, saben que la libertad tiene su precio.  Cuando mandaba mi general Stroessner (esto lo dijo con respetuosa emoción y se notaba), él ofrecía seguridad... y cumplió, por lo menos consigo mismo.  Ahora el imperativo es: libertades públicas, y debemos suponer que la seguridad irá decayendo en proporción aritmética, pero qué le vamos a hacer concluyó el presidente, autoascendido a Comandante en Jefe de las FF.AA. de la República del Paraguay,  desde que lo dejara vacante su consuegro exiliado en Guaratuba por entonces.

Si me permite, Excelencia... digo... mi general  —tartamudeó el coronel, antes de proseguir su perorata—.  En mi modesta opinión, en lo futuro vamos a tener problemas nunca vistos ni sentidos en este país.  Si la Santa Iglesia no pone parte de sus buenos oficios para pacificar a los autodenominados campesinos sin tierra, poco podrán hacer las tropas de elite; ya que también ellas sufrirán el estrés y no creo que dejen de extralimitarse ante las situaciones-límite que les tocará vivir. Y probablemente ello implicará de tanto en tanto, alguien reventado con balas de goma, quemado o cegado por granadas fumígenas, traumatizado por las porras, mordido por mastines o resfriado por los carros hidrantes.  De todos modos, habrá que repartir hostias, y por lo que veo venir, más a menudo cada vez. 

Monseñor Lucciena asintió y opinó lo suyo: Las libertades llegaron cuando la olla estaba por estallar a causa de la presión de la canalla lumpen, mi general. Ud. no tendrá tantos problemas, como sus sucesores civiles.  No olvide que éste fue un Coup d’Etát  por encargo, casi hasta diría un autogolpe.  Su consuegro ya estaba anciano y los hechos lo superaron.  Las protestas sociales se le fueron de las manos y el señor embajador, Mr. Clyde Taylor, ya no lo dejaba en paz.  Hasta Su Santidad vino a darle un empujoncito de gracia.  Ud. sabe, entre arquitectos no nos pisaremos la escuadra, pero sus sucesores la tendrán pesada.  Ayer platiqué en Lima con un dirigente de los ocupas  de las tierras de Stroessner-Antebi y le puedo asegurar que esos cripto-izquierdosos son de cuidado.  No por la fuerza, que no la tienen; ni siquiera revolvitos de juguete, pero se las saben todas de pe a pa, y la tienen bien clara en cuanto a su modelo social. Desechan lo cristiano y piadoso en pro del más grosero y obsceno materialismo dialéctico y encima citando descaradamente las escrituras, como el más doctoral teólogo.  No valdrán tropas regulares para someterlos, pero sí, eso  que sugerí  antes.  Tenemos que ver la manera de hacerlos quedar en ridículo ante la opinión pública.  Recuerde que ésta tiene mucho peso, a la hora de evaluar los cursos de acción.  Al menos, esto es lo que diagnosticaron los hermanos de La Obra, por inspiración de nuestro querido Josemaría de Escribá, que en la gloria sea. 

—¿Y qué sugeriría Ud. al respecto, padre Lucciena? preguntó el Presidente, deseando entender sus intenciones—.  ¿A qué se refiere con eso  del ridículo?  No puedo contratar a José Olitte, ni a Los Compadres, Ricky Rekalde ni a Carlitos Vera,  o a los payasos del congreso,  para negociar con los lechervidas  sociales.

Imagine Ud. general, si de pronto aparece en los asentamientos algún cultivo clandestino de cannabis o algo así.  Los de la DEA sabrán como asesorarle en cuanto a eso.  Imagine el ridículo que harán esos... infeee... invasores si se les descubre en infracción  Claro que eso no sería jugar limpio, pero ¿quién juega limpio hoy día? ¡Oh, Dios mío! —terminó Lucienna, persignándose en homenaje a Maquiavelo.  —Me parece excelente la idea  —exclamó el Presidente—.  Pero de todos modos, el coronel se hará cargo de sus nuevas funciones, ya que el señor embajador tuvo la gentileza de sugerírmelo.  En cuanto a lo que me propuso, lo consultaré con Ridler y Walters, responsables de la DEA ante nuestro sufrido e ingenuo país. Ya hemos planificado juntos algunos envíos...eh...vigilados de nieve andina bajo la supervisión de ellos. No podemos acusar ahora de marxistas a nadie, hoy por hoy, pero lo otro...mmmh.  

—Mamá, mirá aquellos señores, que andan allá, hacia la tierra del Antebi ése —exclamó Purina Mereles, la niña de los Mereles, de la derechera doce del asentamiento.  Marcia, su madre observó hacia donde la inocente señalaba.  Efectivamente, más allá de los linderos de la ocupación, un grupo de hombres merodeaba quién sabe con qué intenciones, aunque aparentemente tenían más fachas de gringos, que de hacendados de la zona o peones. 

Efectivamente, tenían más aspecto de extranjeros y dirigían tareas de limpieza de un sector del bosque que los circundaba. ¡Andá rápido y avisale a Calixto, el de la derechera veinticinco!  —ordenó la madre a su hija—.  Decíle que venga a pispar lo que hacen esos rubiales por ahí.  En una de ésas, son agrimensores del IBR o gente de Asunción.  La niña corrió hacia el rancherío situado en el centro de la ocupación a cumplir el encargo de la madre, mientras ésta fingía seguir sembrando semillas de cacahuete y girasol para alimentar a los escolares de la colonia en cierne.  Calixto acudió al sitio con la premura requerida, pero no percibió nada anormal. De todos modos —se dijo—, habría que permanecer en alerta. 

Ya vería cómo averiguar las intenciones de los merodeadores. Por de pronto, era más urgente preparar el plan de enseñanza para los niños, y de ser posible en guaraní, su lengua materna. El castellano se enseñaría como segundo idioma, a fin de formarlos además en otras ramas, como filosofía, historia agraria, matemática aplicada y cuanto precisaran para lo futuro. 

Carlos Walters y otros expertos, tras una somera exploración aérea decidieron elegir el sitio más cercano a la fracción ocupada para sembrar simientes de marihuana.  El embajador recibió la autorización de Washington para el operativo.  Cualquier cosa, menos violencia, cosa poco tolerada en democracia formal.  Pero tampoco debía tolerarse, al menos en los países amigos, las invasiones de propiedades privadas.  Para los sobrinos de Sam, era como escupir por los valores más sagrados.  Como para sería para un musulmán denigrar la memoria del Profeta, o algo por el estilo. 

Robert Ridler y Carlos Walters calcularon que en dos meses más los plantines de cannabis alcanzarían la altura suficiente, como para justificar un aparatoso procedimiento de desalojo de las tierras ocupadas y arresto de los cabecillas.  Además, el narcotráfico justificaría cualquier posible exceso, ya que se había convertido en sustituto del marxismo como pretexto de intervenciones unilaterales de los Estados Unidos contra cualquier nación, que no fuese europea, rusa o china. 

Otro Viet Nam se justificaría en América Latina, como dicen los gringos, por causa de producir masivamente sustancias alteradoras —si no peores que el alcohol o el tabaco, causantes de crímenes, accidentes y cánceres diversos—, sí perseguibles por la ley... y la trampa que acompaña a toda ley que se precie, desde su cuna. 

Monseñor Felípez convocó a los titulares de la Conferencia Episcopal y del Comité de Iglesias, integrado entonces por la católica, la Evangélica Alemana del Paraguay y los Discípulos de Cristo.  Estudiarían la contrapropuesta de los ocupantes de Táva Arandú, redactadas a mano limpia y buena letra, aunque el prelado intuía que era inaceptable para la jerarquía.

Para entonces, estaba en marcha una campaña electoral para renovar la constitución vigente, hecha a la medida de Stroessner, vía convención. Una de las modificaciones propuestas, estaba de boca en boca: la separación del concubinato Iglesia-Estado, vigente desde los tiempos de la conquista imperial romana en occidente.  Incluso se hablaba de legalizar el divorcio y eliminar la enseñanza religiosa de las escuelas y colegios públicos, dado que la francmasonería laica dominaba el ambiente político paraguayo, además del empresarial y especulativo.

El Opus Dei no podría impedirlo, por estar tácitamente de acuerdo y se imponía la catolización de los campesinos, antes que la iglesia fuera perdiendo terreno.  Bien por el avance de las sectas evangélicas milenaristas, o simplemente por la laicización de la ciudadanía o la socialización de los éjidos campesinos; pese a la perestroika, el derrumbe del muro de Berlín y el fin de la historia, según el frustrado profeta Francis Fukuyama.  Desde luego que no costaría nada a los pastores iniciar los trámites de expropiación a priori, antes de exigir a los ocupantes la sumisión a la Iglesia; pero por una cuestión de principios, la iniciativa debía partir del campesinado.  Caso contrario la autoridad de la iglesia sufriría una merma importante.

Hasta la secta de un reverendo coreano estaba cometiendo abigeato, arreando con las ovejas del rebaño divino hacia su propio redil, lo que motivaría un toque a rebato por parte de la Jerarquía.  ¿Olvidaría quizá monseñor Felípez, que la autoridad de la Iglesia —especialmente la moral— sufriera ya un duro golpe a su credibilidad, cuando el finado arzobispo de Asunción Aníbal Mena Porta, apoyó en vida y en forma irrestricta a la naciente tiranía allá por los años cincuenta y cinco?  Si en el pasado nefasto la trilogía tripunte: partido colorado, Stroessner y el ejército no hubiese sido reforzada con el apoyo de la iglesia católica (que incluso ocupaba una curul en el Consejo de Estado por entonces), quizá no pudiera haber sojuzgado al país por tantos años.  Por otra parte, la iglesia romana hubo optado por la farisaica e hipócrita caridad, en lugar de la justicia, como virtud teologal; lo que inconscientemente alejaba a los feligreses, especialmente urbanos, en estampida masiva en pos de otras opciones evangélicas fundamentalistas aún más radicales y diestras.  Extremadamente diestras.

De todos modos, el rechazo de la contrapropuesta de los campesinos, daría vía libre al plan propuesto por él mismo, en complicidad con la DEA y las agencias antinarcóticos del país. Maquiavelo sonreiría satisfecho al comprobar que sus postulados tenían vigencia perpetua en el planeta, al ser aplicados al revés del viceversa. Especialmente entre sus muchos y aplicados discípulos ensotanados y quizá ensatanados como le hiciera decir don Roa Bastos al Supremo. 

Una noche primaveral, Calixto Ñamandú decidió salir, linterna en mano, a explorar el entorno de la ocupación. Desde que aparecieran los extraños extranjeros, no hubo novedades de bulto, como si hubiesen desistido de sus poco claros propósitos.  Cuidando de no despertar a nadie, se acercó a los linderos de la ocupación y se introdujo en el ignoto territorio aún en poder de los Antebi... o quienes fuesen.  No tardó en llegar al sitio, y con su fanal pudo enfocar retoños de plantas que le recordaron algo que no pudo precisar en el primer momento. Tras hacer memoria, recordó cierta iconografía bastante utilizada por los transgresores, hippies y libertarios de la década de los sesenta, cayendo en la cuenta de lo que se trataba. 

Las pequeñas plantas aún no estaban en punto de cosecha, pero bastarían para desatar una feroz represión contra ellos, lo que les valdría una ignominiosa expulsión, más el sambenito de los "antecedentes penales" de por vida.  De nada serviría gritar la obscena verdad de su inocencia a los cuatro vientos, cuando el viento norte los condenase.  Decidió cortar por lo sano y arrancar uno a uno los plantines apilándolos en un montón como para incinerarlos. Sintió lástima por tronchar vidas, por más vegetales que fuesen, ya que su formación lo hacía amar a la naturaleza en todas sus formas, pero sus  mujeres y niños estaban primero.  Supuso que quienes hicieron este juego sucio no andarían lejos, o mantendrían una discreta vigilancia sobre el lugar. Probablemente esperarían que florezcan los primeros capullos del cannabis, antes de irrumpir con todo y armas en el sitio.  Tras varias horas de trabajo y casi al filo de la aurora insinuante, acabó de arrancar la última mata, tras lo cual se dirigió nuevamente a su derechera para avisar a los demás de juntar combustible e incinerar las plantas en el lugar. A partir de ahora, deberían estar alertas en forma permanente, pues hubo caído en la cuenta que quienes estuvieran detrás de esto serían capaces de todo y algo más; aunque no se le ocurrió pensar que la embajada norteamericana estuviese implicada en el operativo de “siembra”, antes bien, debió suponer que serían los propios capangas de Alberto Antebi quienes lo hicieran. Lo que menos se le ocurriría, es que la idea originaria fuese del padre Lucciena, diligentemente aplicada por el general Rodríguez, excelente connaisseur del tema de sustancias prohibidas. 

De todos modos, su acción nocturna pudo conjurar momentáneamente la amenaza.  Mas desde ese día deberían dormir con un ojo en vela y el olfato en alerta roja. No tardaron los demás compañeros en trasladar el informe montón de plantines hacia sus derecheras para no llamar la atención de los peones del capataz testaferro del verdadero dueño.  Luego procedieron a rociar con queroseno el montón de plantas, aún verdes, para  dar cuenta de ellas con el purificador e ígneo elemento que todo lo transforma. 

Los peones y pistoleros del supuesto propietario, divisaron de lejos la humareda, pero no le dieron demasiada importancia.  Por la estación lluviosa, no habría probabilidad de incendio forestal, y tal vez fuese la quema de un rozado de cultivo por parte de los ocupantes clandestinos de la fracción sur de la vasta propiedad. De todos modos, avisarían por radio al patrón ausente en Asunción, acerca del caso.  Mas, al enterarse éste de lo acontecido, decidió comunicarlo al representante de la DEA, Ridler, para alertarlo. Junqueira, el caporal, sabía lo de la siembra de marihuana en sus linderos, para acusar a los ocupantes de narcotráfico y temía que éstos hubiesen descubierto el bluff.  Al día siguiente, los expertos de la DEA y la recién creada SENAD, sobrevolaron en un helicóptero el sembradío, comprobando la inexistencia del mismo, con lo que dedujeron que el operativo había sido abortado por los sintierras, en el mismísimo útero de la selva.  No les quedaría otra que “sembrar” la ocupación con paquetes de marihuana ya prensada a fin de concluir con la molesta presencia de elementos marxistas en el corazón del Paraguay, por tanto tiempo bastión de la democracia sin comunismo en el Cono Sur.  Aún si para ello haya sido preciso sostener una de las más bárbaras tiranías de todos los tiempos.  Claro es, que los remedios fuertes a veces tienen efectos colaterales indeseables, pero los intereses y conveniencias lo justifican plenamente.  Al menos desde la óptica del perínclito Níccolò Macchiavelli, profeta de los poderes fácticos. 

De todos modos, las nuevas tropas de elite se estrenaron con el desalojo de Táva Arandú un mes y medio más tarde, con una orden firmada por el venal juez de Lima, siendo expulsados los ocupantes y quemados los ranchos aún precarios, la escuelita en construcción y el dispensario sanitario.  Siete heridos graves y treinta y cinco detenidos fueron el saldo semifinal del operativo. El coronel Krats y sus acorazados muchachos se había lucido en su nueva misión, como se verá más adelante.

Una cuestión de fe

El presidente ordenó al siempre manso y acrítico Congreso Nacional (éste no hubo sufrido cambios, salvo de forma, y quizá ni eso), a convocar para la reforma constitucional.  Era preciso reemplazar a la aún vigente  promulgada por Stroessner y que, según decían, estaba hecha a su antojo para uso y abuso.  Si todo salía como se esperaba, la próxima sería la más libérrima del continente, aunque nadie lo tenía bien claro.  Habría elecciones para seleccionar convencionales por todos los partidos reconocidos, aún los socialistas y comunistas bajo libertad vigilada, como el resto de la ciudadanía. Hasta reapareció un pintoresco partido nacional-socialista paraguayo, liderado  por un tal Bader Ibáñez, de profesión farmacéutico, el cual ya participara de las primeras elecciones post stronistas en 1989.  También se presentaría un movimiento independiente, como el que hubo conquistado la intendencia municipal capitalina, lo que sería una reñida puja para legislar sobre las futuras reglas del juego político; aunque las chances del partido colorado en el gobierno eran aún altas en todo el país, como lo demostraron después. 

Pero los convencionales no se caracterizaban por sus luces, con ligeras excepciones.  Excepciones volátiles de tan ligeras.  Los altos prelados de la jerarquía hicieron antesala ante los políticos, para evitar la excesiva laicización política y social, pues hallaban aberrante que se intentase legislar la legalización del divorcio vincular, la separación Iglesia-Estado y otros ítems, y hasta serían capaces de despenalizar el aborto en una de ésas.  Además, estaba aún candente el tema de la reforma agraria, las ocupaciones de tierras privadas y las rebeliones estudiantiles en pos de reformas, amén de los conflictos obreros por salarios, caídos en el incumplimiento del haber, a causa de la inflación u otros motivos teledirigidos por el omnipresente FMI. Por otra parte, la separación Estado-Iglesia, corría de bocas a orejas en todo el tout Asunción, buscando adeptos y votantes, especialmente de ciertos círculos políticos vinculados a ominosas sociedades discretas, como se auto denominan los hermanos buscadores de la cuadratura del círculo. 

El pueblo en general, especialmente la mayoría ágrafa y deslustrada, estaba en la errónea creencia de que una constitución solucionaría todos sus problemas; cuando en realidad no haría más que darles derecho al pataleo, amén de crear más conflictos.  Pensaban además que el terrorismo de Estado cedería paso a la tolerancia, en una ingenua mezcla de misticismo y estupidez, mestizados con caña brava y cerveza, donde no faltarían los anónimos puñales esgrimidos por sicarios aficionados con ínfulas de profesionales. Para acelerar el proceso, se dejó de lado el proyecto de plantar paquetes de marihuana en la colonia Táva Arandú, y se optó por una orden judicial de desalojo con la Ley en la mano, como dijera cierto ex fiscal general del tirano, de nombre Clotildo Jiménez, más conocido como don Cretildo.

Las fuerzas policiales, aún no entrenadas en las nuevas doctrinas, entraron una mañana en la colonia. Tras reunir a los pobladores, el oficial de justicia leyó la orden de desalojo, dándoles plazo de diez horas para sacar sus pertenencias fuera del predio, ante el llanto desesperado de mujeres y niños y la indignación e impotencia de los hombres; aunque agitaron banderas y cantaron himnos patrios, la policía fue inflexible. 

Cinco horas más tarde, los ocupantes dijeron que no abandonarían sus ranchos, por lo que el comisario que encabezaba el equipo de desalojo, dio orden de incendiar los ranchos con todos los enseres adentro, mientras arreaban literalmente a los labriegos en camiones traídos al efecto. Los que intentaron resistir, aunque fuese espiritualmente, fueron objeto de golpes de porra o perseguidos a culatazos y con granadas de gas.

Al cumplirse el plazo, quedaron veintiocho ranchos ardiendo o en pavesas, la escuelita reducida a escombros y el mástil, derribado con  todo y bandera.  La ausencia de caminos directos, impidió la entrada de topadoras mecánicas, por lo que debieron proceder a la quema.  Treinta y cinco hombres fueron a dar con sus huesos en la cárcel regional de Ca’aguazú y las mujeres y niños quedaron en un costado de la ruta troncal, abandonados a su suerte, sin otros medios de subsistencia que la caridad.

La opinión pública tomó fríamente la noticia de cuanto ocurría en las lejanas tierras del interior, pero sentó precedentes de que no se detendría el aparato represivo en melindres ni escrúpulos. Todavía seguía vigente la orden superior, pese a los cacareados postulados democráticos de la transición, los derechos humanos de utilería y pergaminos inválidos como condecoraciones póstumas.  Gracias a la ayuda de las iglesias y de algunas organizaciones civiles, las mujeres y niños pudieron sobrevivir a la intemperie en rústicas carpas de plástico, pero los hombres, Calixto entre ellos, pasaron noventa días a la sombra en condiciones que avergonzarían al infame penal de la Isla del Diablo en lo tocante a la crueldad de los guardiacárceles.

Pese a todo, salieron fortalecidos de la prueba y apenas tres meses y medio más tarde, ingresaron de nuevo a la propiedad, reconstruyendo sus ranchos en menos de quince días en un trabajo mancomunado de hormigas, burlando nuevamente a los aviesos sabuesos y a los ya agotados latifundistas que comenzaban a entrever la posibilidad de vender esas tierras, calientes como batatas al rescoldo, al IBR para colonización, ya que cada juicio de desalojo iba costando más, a medida que se desangraban las cuentas bancarias de los propietarios de tierras incultas.

Pero la iglesia no cejaba, en su tarea de convencer a los labriegos de las bondades de la fe; así como otras confesiones: mormones, adventistas, luteranos, moonies, testigos de Jehová, entre otras. También los partidos políticos hacían lo suyo para afiliar conciencias en sus padrones y registros. Con todo este maremágnum de ofertas, se veía venir la constituyente, de la que nadie sabía demasiado, excepto sus ideólogos y detractores, que también los había.

La palabra-alma estaba siendo sustituida por el discurso-piel.  Pura cáscara dialéctica, hueca como carcaza de cigarra, vacía como libro en blanco o cerebro de legislador de seccional.  Viendo la imposibilidad física de hacer retroceder a los campesinos sin tierra, el presidente optó por reconocer algunas comunidades, pero les exigió trasladarse a regiones aisladas e inhóspitas, sin rutas ni infraestructura alguna, pero por lo menos allí no serían molestados.

En la intuición que el presidente militar cumpliría con su palabra, en asamblea resolvieron aceptar la oferta y una tarde gris de invierno, vinieron diez camiones militares para trasladarlos unos setenta kilómetros más al norte, en una región boscosa cercana al río Aguaray Guazú, aún titulada a nombre de un extranjero de nombre Laszar Morgan, administrador putativo de la familia Stroessner-Mora, con la cual el general Rodríguez estaba de punta por razones de negocios familiares. Una vez allí, recibieron algunas herramientas, provisiones militares para tres meses y carpas del ejército, quedando a partir de allí, librados a su suerte. Pero pese a ello, se tenían fe. Porque finalmente, el triunfo o el fracaso es una cuestión de fe.  Nada más.  

La lucha continúa  

Alberto Antebi, tras infructuosos cual vanos cabildeos y tejemanejes, no pudo conseguir que aceptasen su interesada propuesta de ceder —dizque generosamente, según él mismo lo proclamaba a los cuatro vientos— parte de sus tierras, poco aptas para cultivo y encima aisladas en medio de un mar rojiverde de selva achaparrada y tierra roja como la sangre de sus miles de mártires activos y pasivos.  El latifundista y especulador —cuyas propiedades y las de su familia, aparentemente, abarcaban algo más que toda la superficie de Bélgica y en su mayoría estaban despobladas e incultas—, pretendía nada menos que el equivalente a tres mil dólares por hectárea, para transferir al IBR la fracción antes ocupada por los campesinos liderados por Calixto y otros.  Estos tampoco aceptaron el exorbitante precio, que excedía con creces a la tasación fiscal en esa remota zona norteña, alejada de dios  y de la civilización accidental, es decir del diablo, aunque siempre a tiro de gracia del ubicuo Fondo Monetario Internacional. 

Es más, exigían al Congreso la confiscación sumaria de las propiedades, adquiridas a precio vil y en dudosos procedimientos, por la familia Antebi, tras la hecatombe bélica de 1864-1870, durante el llamado proceso de reconstrucción nacional (cien años antes del proceso de destrucción irracional, que aún no cesa y prosigue sin prisa ni pausa), en que las tierras, hasta entonces en manos del Estado, fueran rematadas por monedas depreciadas a cuanto aventurero y especulador las solicitase, ante la acuciante presión de los vencedores por el oneroso pago de reparaciones de guerra; que como todos saben, quedan a cargo y costas del vencido.  En este caso el Paraguay, prácticamente aniquilado entonces por tres naciones coaligadas contra una más pequeña y cuya forzada mediterraneidad la debilitó aún más.

 La resurrección de un concepto alternativo de colonización y usufructo de la tierra, al que se creía desaparecido u olvidado, produjo escozor en autoridades civiles y eclesiásticas, pero alarmó hasta el paroxismo a las policiales y militares, así como a los grandes gremios empresariales que siempre apostaban a sus intereses  En cuanto a la reforma constitucional, el partido de gobierno ganó con el ochenta y dos por ciento de los sufragios y copó casi todos los escaños de convencionales en desmedro del partido liberal y los independientes que apenas lograron un incómodo y escuálido diez y ocho por ciento en conjunto.

Para ello, sólo bastó prometer a su electorado cautivo “trabajo en primer lugar” (aludiendo a la lista uno del partido colorado) algo imposible, ya que ninguna constituyente es una agencia de empleos, pero la necesidad se emparenta con la necedad en momentos difíciles. Mientras se instalaba la magna Convención, los campesinos salieron a protestar con cortes de rutas en la conflictiva zona de Santa Rosa del Aguaray, donde tras desigual y bizarro encuentro con fuerzas policiales de elite, recientemente entrenadas por el coronel Krats, dejaron un saldo de un muerto por herida de bala, veinte heridos graves, de balas de goma y porras, algunos contusos y otros cegados, algunos para siempre por granadas fumígenas.

Pareciera como que las fuerzas regresivas individualizaran a los líderes y dirigían contra ellos sus balas asesinas, sus golpes, sus calumnias, sus vituperios, sus odios o frustraciones.  La tradición caudillesca de la política paraguaya con su clientelismo anacrónico, daba por sentado con precedencia que, descabezando a la dirigencia acababan con los movimientos, sin percatarse que los campesinos utilizaban otro tipo de liderazgo más horizontal y de responsabilidades compartidas; por lo que la eliminación de un dirigente no hacía mella en la organización, ya que cualquiera podría sustituir a los caídos.

En Santa Rosa, inmediatamente tras la muerte de Perú Jiménez, se convocó a Asamblea extraordinaria donde se eligió de consenso al sucesor, apenas concluidas sus exequias. En este caso, una mujer: Lidia Agüero, de larga militancia en las luchas campesinas y veterana de la gran represión de la Pascua Dolorosa de 1976, en Las Misiones.  Sin pérdida de tiempo, se hizo un llamamiento a una gran marcha sobre Asunción, programada para los próximos noventa días, donde esperaban reunir más de diez mil agricultores.  Algunos con tierras, pero sin esperanzas; o sin tierras simplemente, pero con esperanzas; esas putas vestidas de verde que nunca mueren del todo. 

La gleba de los proletarios feudales del siglo XX, desfilaría alzando los brazos y los puños en abierto desafío a los feudalismos de nuevo cuño.  La iglesia, viendo que se le escapaba de las manos el movimiento campesino, dio marcha atrás en sus propuestas, casi imperativas y coercitivas por otra parte, ofreciendo a los labriegos apoyo logístico, alimentos y alojamiento en el ex seminario metropolitano para las calendas de la marcha. Estas propuestas se dieron sin condicionantes a fin de captar al campesinado para engrosar el rebaño de ovejas y, especialmente, borregos del Señor, pues que los carneros debían pasar previamente por el tamiz de un seminario canónico teologal.

Los campesinos, tras breve conciliábulo, aceptaron el ofrecimiento en el que también participaría la ciudadanía, con aportes, con alimentos y servicios.  Hasta los jóvenes asuncenos se ofrecieron voluntariamente para administrar las ollas populares que demandaría la movilización, el pataleo, las protestas y la retirada, tras las promesas de los irresponsables de la politica paraguaya, generalmente eludidas a posteriori.  La omnipresente y casi omnisciente embajada americana estaba exteriorizando su preocupación, al borde de un ataque de paranoia, ante los desbordes populares, sin su clásico poder de exorcizarlos, pese a que no había conexiones aparentes entre las huelgas obreras y los movimientos sociales diversos que aflorarían por doquier como hongos tras las lluvias de abril.  En vísperas de su retorno, el ex embajador Towell tuvo por entonces varias reuniones de emergencia amarilla con los empresarios, ante la posibilidad de que se repitiesen hechos ya comunes en la Argentina y el Brasil: asaltos multitudinarios con tomas y vaciamientos de supermercados y grandes almacenes.

Si bien la situación social estaba relativamente bajo control aún, podrían desbordarse los acontecimientos en desmadre total.  Para entonces, serían incontenibles, incluso con represas hidroeléctricas: en forma de porras y cañones hidrantes.  Tim Towell, —a la sazón muy amigo de Rodríguez, el general presidente, sucesor de otro general prescindente y padre tirando a abuelo de la democracia sin comunismo— dictaba pautas políticas.  Con el tiempo, tras ser radiado del servicio exterior en su país, Towell se convertiría en asalariado del general-empresario (¿o empre saurio?) y su testaferro en los Estados Unidos, donde Rodríguez invertía dólares grises o negros, para pintarlos nuevamente de verde. ¿Y quién mejor que un ex embajador, conocedor de antesalas y presiones, para representarlo en su gran país norteño y primermundista? 

Alberto Antebi se sentó en el palco reservado del aristocrático Derby‘s Club de Asunción.  Esa mañana habría una reñida carrera entre un pingo importado y de delicado pedigrée, del haras del general Rodríguez: una yegua, muy Sultana ella; el general Lino Oviedo, con Incitátur se jugarían el aliento en esta patriada contra su potrillo Torpedo.  Tenía varias disyuntivas para la ocasión, que no la pintaban nada calva.  De todos modos, aunque perdiese en la carrera, algo ganaría.  Si se iba al bombo, como dicen los porteños, perdería unos cien mil dólares apostados al favorito: Torpedo. Si ganaba, se embolsaría el séxtuplo, más los premios y otros incentivos del gran ocio.  Perder la carrera, significaría perder el premio, pero recibiría el triple de manos de los más apóstatas apostadores contra el favorito. La yegua del presidente también se impuso poco antes en Hialeah, en la Florida, por lo que la puja sería casi pareja, además en peso y edad.

Las leyes y reglamentos suelen ser justos en las disputas o competiciones entre los poderosos.  Pero aparte de amistosas pero rivalizadas carreras, en las que se apuesta cada domingo el futuro del país, e incluso el post-futuro, también se pueden hacer buenos negocios en las pistas o palcos. Toda la crema del ambiente político-empresarial, converge en ese exclusivo coto del poder, donde los apostadores compulsivos de la clase ociosa dilapidan alegremente el dinero del sudor ajeno y de los impuestos, tasas, alcabalas, almojarifazgo, peajes, desvíos, malversaciones y coimas por venta de influencias y decisiones políticas.                      Y aún así, les sobra para especular con los cambios, las licitaciones amañadas, las ventas o servicios fraudulentos al Estado, la especulación con artículos de primera necesidad, la promoción de los artículos de primera necedad, verbigracia: armas, suntuarios, licores, tabaco y demás sustancias blancas superfluas.  Pero eso sí, siempre conservando la imagen democrática, y que los creyesen señores empresarios; no los  agiotistas especuladores que realmente son. 

Los demás clubes de bon vivants —que también albergan a la flor y truco de la crema— tampoco están alejados de la esfera del poder. Antes bien, discuten de negocios y lucro, con las conciencias felices de ser los portadores del mango de la sartén o la vara de Mercurio en sus blasones. ¡Oh, sí mi general! ¡Su yegua estuvo magistral, así como su conductor! ¡felicitaciones, nuevamente! —concluyó  Antebi, coreado por el general Lino Oviedo, en un dueto untuoso como budín crematístico. La tertulia estaba en punto equidistante entre las zalamerías de costumbre y la ebriedad  ligeramente avanzada, audaz y sin desbocarse, como corresponde entre caballeros.

La no tan improvisada reunión, respondía a la alarma suscitada por la resistencia campesina; esa resistencia tenaz de quienes se juegan al todo o nada; de quienes nada ya tienen que perder porque lo han perdido todo, incluso lo que nunca poseyeran. El tema parecía inagotable: ocupaciones en San Pedro, Concepción, Kanindeju, Alto Paraná. Pareciera de pronto que todo el proletariado se hubiese puesto de acuerdo para incordiar al orden nacional al mismo tiempo. Pero, jamelgos aparte —exclamó Rodríguez, conocido en ciertos círculos financieros guaraníes como el tragalotodo, debemos ser conscientes que estamos en crisis y no veo nada  malo en que ganemos por abandono antes que por knock out o jaque mate en esta pulseada de resistencia. Los dejamos tirados allá, ya que vos (voseo al estilo sudaca) me dijiste que te dejarías expropiar esas tierras. Por eso nada más. Pero ahora me salís con que estás cotizando en dólares una tierra dura que  no da ni para mandiocal anémico. 

El campesinado, ignorante de todo estos acontecimientos, seguía enlodándose en su sórdido infortunio de tierra ensangrentada de pasiones y empolvada de soledad. Pero esto, no lo ignoraba Mr. Antebi, el cual descendía de poderosos terratenientes geófagos de cortina, con más tierras rurales que deseos de trabajarlas. No lo ignoraba en absoluto, dado que la sociedad esclavista finisecular del ochocientos, hozaba en la opulencia más procaz, mientras los mensú  gemían bajo el látigo de los capataces, caporales o capangas, de sol a luna y de lunes a soles.                        

El idealista Calixto Ñamandú ya se abocó a la construcción de la escuela, que llevaría el nombre de Igualdad, antes que a la de su propia vivienda.  Le pareció más perentorio y prioritario el inicio de una nueva etapa de conocimientos prácticos a los niños. Ramona Ramírez, mujer de Calixto, aguardaba nuevamente progenie cuando apenas destetó al primero. Calixto, en tanto preparó cuidadosamente en largas e insomnes veladas nocturnas con candelas de sebo artesanal, las lecciones a ser compartidas (le desagradaba el verbo impartir) con los niños. No sólo de Sócrates a Marx, sino de Lao Tsé a Buda, de Jesús a Muhammhad y de Platón a Maquiavelo desfilaban por su mente. También los principios solidarios practicados por los indígenas, dueños e hijos de la tierra. Nadie sería más que nadie; compartir antes que competir, amar antes que disgregar, soñar antes que dormir, portar ideales antes que banderas, cantar canciones de cuna, antes que himnos guerreros, en fin... de ser, antes que  tener simplemente. 

La mesa del lujoso buffet  del Derby‘s Club estaba sembrada de exquisiteces y licores añejos, escanciados con la generosidad irresponsable de manirrotos calaveras.  Los héroes de la jornada: el general Rodríguez, cuya yegua Sultana ganara la tercera carrera; el general Lino Oviedo, cuyo montado Incitátur saliera tercero y  Alberto Antebi, el casi ganador con Torpedo, debatían los últimos acaeceres rurales.  Decidan pronto, mi general —decía  Antebi, con un ligero dejo de desesperada ansiedad. Estoy en quiebra técnica y necesito deshacerme de esas tierras malditas, pero sin perder plata en la transacción. ¿No podría acelerar el proceso legislativo?  —suplicó el empresario, suspirando como locomotora en celo. —¡Vos sabés, amigo Antebi, que no soy un dictador, sino un demócrata                   —respondió el ahora bonachón general-presidente, prosiguiendo—.  Si el Honorable Congreso Nacional no acepta tus ofertas, no es culpa mía  acotó  al rogativo caballero de levita y galera—.  Aún no me estoy permitiendo gobernar por decreto, pero... podrías vendérmelas a mí, y yo me encargaré de cederlas al Estado, digamos, pero no pagaré más de ciento veinte dólares la hectárea.  La desesperación de Antebi aumentaba en forma exponencial y lamentó no tener a mano sus analgésicos y otros fármacos fuertes con los que se reestructuraba de mente  diariamente.  Evidentemente, la lucha continuaría por mucho tiempo aun.  Pidió al mozo de mesa una tira de “ergo-dolavit” y un “alkacid” para no tener que vomitar los manjares recientemente ingeridos y los exquisitos vinos y licores recientemente trasegados en tan ¿agradable? tertulia dominguera y ¿deportiva?  Finalmente, decidió vomitar lo ingerido, junto con sus preocupaciones, pensando, y no sin conocimiento de causa, que siempre habría tontos a quienes joder, pues la tasación de sus tierras sería escandalosamente inflada en el poco honorable Congreso nacional ¿o necio... nal?

La marcha de los parias

Calixto se hallaba en Asunción, para coordinar el apoyo sindical, ciudadano y estudiantil a la marcha campesina, programada para los primeros días de abril, que el clerical ya lo tenían.  Ramona no pudo acompañarlo por estar en vías de parto y no podría acceder a hospitales capitalinos sin oblación de efectivo.  A los privados se rehusaba por onerosos y a los públicos por indigentes e infecciosos, prefiriendo encomendarse a la muy experimentada comadrona de la colonia... por si acaso. 

Lo esperarían en la catedral además, para conversar con algunos obispos algo más accesibles, abiertos y francos y organizar la recepción de donaciones y aportes, amén del servicio a los peregrinos, que contaría con núcleos de jóvenes socialmente comprometidos para tal menester. Cada detalle —incluidos lo imponderable y azaroso— merecía atención.

No podría faltar ni un bocado de pan y la logística debería ser precisa como operación de cirugía mayor, que de eso se trataba: de extirpar el cáncer de la corrupción y la gangrena de la deshonestidad pública. Además, el milagro de los panes y los peces les estaría vedado, por lo que deberían auscultar sus propias fuerzas y capacidad de convicción. 

El presidente Rodríguez llamó a reunión de gabinete para elaborar y planificar los cursos de acción ante la inminente llegada de aproximadamente diez a doce mil campesinos —con o sin tierras— de todo el país,  y la manera de disolver, con precisión homeopática, tales manifestaciones de presión. a la que se sumarían cortes de rutas, huelgas de transportistas y bloqueos de puentes internacionales.

Todo parecía cronometrado por el diablo, en su afán de revolver ríos para ignotos pescadores de oportunidades; que no eran precisamente los labriegos, según reconoció el general Rodríguez en uno de sus raros e infrecuentes raptos de sinceramiento.  Mientras tanto, su subalterno: Lino Oviedo sonreía mefistofélicamente a su lado, como viéndose a sí mismo con una gran red de pescar incautos para algún futuro proyecto político.  Si bien, él y  Alberto Antebi perdieran sus apuestas a ganador, no serían ellos los perdedores, sino el sufrido pueblo paraguayo empeñado en mantener parásitos al frente del Estado y encima de él, votos cautivos mediante.  Por de pronto, a Rodríguez se le ocurrió buscar a un coronel retirado de apellido Centurión para crear una institución con la sigla CONCODER a fin de pacificar a los excluidos de las Reformas Agrarias de la tiranía y contemporizar con los mismos, chuleándolos como en el fútbol.

—Escuchen atentamente, niños exclamó Ramona Ramírez, en un guaraní algo entremezclado con su aún vigente acento castellano sureño, en la escuelita  Igualdad.2  Tras el grito de independencia, el Paraguay, es decir la clase dirigente y el pueblo, estaban divididos entre porteñistas e independentistas.  Es decir: quienes pretendían anexarse a Buenos Aires, y quienes se empeñaban a muerte en mantener la soberanía y la libertad. Entre éstos, el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, intransigente defensor de la autogestión política y económica, el cual, mediante la lengua guaraní pudo convencer a gran número de diputados campesinos de la magna asamblea de 1814 a apoyarlo, para evitar que Yegros, Iturbe y los demás, entregasen el territorio recientemente sacudido de la corona, a los librecambistas porteños, a trueque del libre tránsito de los ríos y salida al mar de sus productos. 

Los poco más de sesenta niños de ambos sexos, escuchaban embelesados las palabras de la maestra, quien mapa en vista y puntero en mano señalaba la posición y magnitud del Paraguay de entonces.  En la asamblea del año catorce, el doctor Francia fue ungido Dictador Temporal, para capear la crisis política interna, las amenazas externas de Buenos Aires y las  de los portugueses. ¿Es cierto que la dictadura cerró las fronteras con candado?  —preguntó de pronto Ramona, antes de sentir los primeros dolores de parto de su segundo vástago.  ¡No señora! El gobierno patrótico revolucionario mantuvo Pilar e Itapúa abiertos al comercio exterior —exclamaron varios niños, que evidentemente habrían leído a Richard Alan White además de Julio César Chávez, Mastermann o Rengger. Luego se asustaron al observar la nívea palidez de doña Ramona y corrieron a asistirla unos y a llamar a la comadrona otros. 

Una robusta hembrita, conoció la luz esa mañana en la propia escuelita, donde los pequeños alumnos ayudaron a la partera empírica y comprobaron, in situ, la falsedad de la burguesa historia de la cigüeña.  Hubo, es cierto una casi aterradora efusión de sangre, pero con final feliz y antes de librar a la neonata de su cordón umbilical, ya estaba sonrientemente acomodada entre los desnudos senos de la madre, rodeada de sus amados niños y niñas de la escuelita Igualdad.  La maestra prefirió licenciar a sus discípulos ese día, agradeciéndoles su comprensión y ayuda.  Pero es justicia decir, que más agradecidos estaban ellos, por la lección de biología en vivo recibida de su maestra. 

Una semana después, dadas las distancias y la precariedad de las comunicaciones, Calixto Ñamandú supo que había sido padre de Yvoty Ára,3  una niña de tres quilos doscientos y batalladora como hija de tigresa del asfalto.  La noticia le impactó el cacumen en la sacristía de la catedral metropolitana, produciéndole un chichón en el pecho de la emoción. ¡Ya tenía la parejita! ¡Dios no eran tan malo, después de todo!  Una rebelde lágrima       —semioculta de vergüenza por su aparente flojedad— irrumpió por la ladera empinada de su mejilla curtida de sol y lluvias, deteniéndose en la comisura de su labio superior.  Sacó con disimulo un pañuelo para borrarla de su faz. Luego carraspeó y se alejó del sitio para anonimizarse minimizando su lágrima, vertiente y furtiva, en algún rincón poco visitado de la catedral: el confesionario.  Allí pudo dar rienda suelta a sus emociones contenidas ha mucho tiempo, desde la muerte de doña Marciana, y siempre intentando el papel del  macho duro de la película.

En tanto, las pancartas exhibían impúdicamente frente al Congreso su desafío y protesta, mientras los cánticos y petardos casi festivos atronaban la atmósfera y picaban narices con su acre y pungente aroma sulfuroso, de puro furiosos nomás.  Sufridos rostros de hombres, mujeres, adolescentes y niños, retando a duelo a la miseria empuñaban manos desnudas contra la bien pertrechada guardia pretoriana del sistema: los cascos azules, pero no los de la ONU, sino la otra, la de los que saben cascar:  la contracara contundente de la democracia excluyente.               Por fortuna todo resultó según lo previsto y no hubo víctimas ni provocadores.  La gente colaboró con cuanto pudo y los jóvenes servidores dieron un rotundo mentís a la aparente apatía y veleidad juvenil.  No faltaron bocados ni agua fresca para los peregrinantes del agro.  Pero en cuanto a resultados, la cosa no varió en demasía que se supiera.  Apenas tibias promesas edulcoradas, algunos dudosos compromisos políticos y la firma de algún papel manchado de estúpida solemnidad destinado a los oscuros archivos sine die. Los labriegos desmontaron su campamento y abordaron sus camiones de carga, retornando a sus respectivos asentamientos o colonias “reconocidas”, como Choré y otras de Concepción, San Pedro, Alto Paraguay, Alto Paraná y casi todo el país en mayor o menor grado.

Los obispos se portaron como caballeros y hubo un resurgir de identidades gemelas, cuando la propia jerarquía vio —de muy cerca— los verdaderos padecimientos de estos hermanos, de la tierra color sangre, la piel y las venas color tierra, y el alma color esperanza. 

En tanto, dieron en iniciarse los ¿democráticos? debates en la Convención Nacional Constituyente, con afluencia de público y bastante altura en las exposiciones, pese a la escasa longitud de lápiz de algunos políticos.  Como se mencionara antes, los colorados obtuvieron una cómoda y aplastante mayoría en tales justas teniendo la sartén en ristre, y bien empuñada, aunque facciones antagónicas endógenas integrasen el bloque bermejo.  Al margen, se diría que había un sector opuesto al general presidente y lo privara —entre otras cosas— de poder reelegirse. 

De todos modos, Rodríguez se reelegiría a sí mismo, en la persona de un oscuro ingeniero metido a líder político del empresariado.  Era el as en la manga del grupo golpista.  El general Lino Oviedo estaba encargado de hacerlo triunfar a como diese lugar, como primera etapa de su propio proyecto.  El rodriguismo sin Rodríguez o el militarismo civilizado;  al menos, así lo creía éste.

Pero tampoco el astuto individuo sería de dejarse manipular mucho que se diga.  A lo sumo se haría catapultar a las alturas para luego lanzarse solo, con su paracaídas funcional y alas propias.  Pero primero apartando del medio a quien lo obstaculizara en sus proyectos.  Por de pronto, aguardaría el final de la Constituyente y la retirada de Rodríguez, antes de tomar por asalto al poder, con votos o sin ellos. 

La Asociación Rural, secta oligárquica integrada por los más poderosos (políticamente) hacendados y latifundistas del país, llamó a reunión de su plana mayor.  No se trataba de la exposición anual, en la que la pavada y la diversión disfrazaban el hambre y la carestía con barniz oropelizado de utilería, con el pomposo nombre de "Expo-Rural"; sino de emitir un comunicado de repudio a las ocupaciones, a la toma de lotes urbanos y de paso, apoyando al gobierno en su tarea reformista, toda vez que entre las reformas no figurase la agraria. 

Ya se clamaba por privatizarlo todo: desde los cuarteles de boy scouts hasta la educación primaria, a la que poco le faltaba para ser más costosa que un hijo bobo.  La Rural necesitaba tranquilidad y el gobierno nada hacía para ello, ya que por razones políticas se hacía el desentendido y no desalojaba a los invasores, esperando quizá sus votos. 

Mas tampoco el Estado fingía esfuerzos para conseguir los fondos de expropiación, en un círculo vicioso y  gelatinoso donde un resbalón podría desatar una hecatombe electoral. Y una pifiada  de ésas, podría dar al traste con el partido de gobierno y el clientelismo, últimamente en apogeo desde la elección constituyente y quizá desde 1870. 

La hija de Calixo y Ramona, Yvoty Ára  fue inscripta en el Registro Civil de Lima por carencia del mismo en la colonia, lo que supuso una agotadora jornada en tractor-acoplado o kachapé, en el que viajaron los padres, padrinos y vecinos para el acto.  Yvoty Ára era una bomba de succionar teta —gran parte del día y una o dos veces en las noches— pero derramaba salud a torrentes y su temprana risa alborotada salpicaba el entorno con gotas de rocío mañanero. 

Calixto segundo, su hermano mayor de casi dos años, danzaba torpemente en el patio tras una rústica pelota de caucho, como intentando emular hazañas deportivas de algún Arsenio Erico, Cayetano Ré, Chilavert Santa Cruz o Romerito4 , sin pensar aún en los problemas de su comunidad.  Ramona estaba chocha de la vida con su nuevo retoño, pese a las difíciles circunstancias que les tocaba, y en cuanto a Calixto padre, con placer guisaba cotidianamente en las ollas populares para aliviar el trajín hogareño de los labriegos y sus mujeres. 

Los días transcurrían en aparente calma, tras la multitudinaria marcha campesina sobre Asunción, sin que tirios ni troyanos reanudasen las hostilidades.  Tampoco los jueces los volvieron a citar, como dando por tácita la tregua dictada por Rodríguez, la que estaba ya incursionando en los límites de la rutina. 

Los plantíos comenzaba a dar sus frutos y raíces; las huertas reventaban de verdor, mientras los frutales florecían anunciando dulces y jugosas promesas de naranjas, limones, mandarinas, limas, mangos, guayabas, paltas, aratikú, mburukuja y tantas otras variedades nativas. Los frijoles, el maíz y los dulces aromas del pimiento inundaban los aires como tomándolos por asalto, entremezclados con otros perfumes florales, productos del esfuerzo de todos, y especialmente de las mujeres, que tampoco querían prescindir de la belleza, en sus ranchos de color tierra seca apenas revestidos de cal o caolín. 

Algunos, tras vender sus cosechas de caña dulce, propusieron comprar animales de crianza y leche para la comunidad.  Si todo salía bien y San Isidro Labrador los amparaba —decían las más viejas aún creyentes—, tendrían suficiente alimento para los niños y los grandes, evitando la presión de los acopiadores sobre su hambre y sus necesidades y prescindiendo de artículos de consumo adulterados en fábricas excesivamente industriales. 

En tanto, en la lejana Asunción, encopetados señores de horca y cuchillo sostenían secretísimas reuniones a fin de presionar subas de precios para los supermercados y transportes, congelando salarios, bajando al mismo tiempo los precios referenciales de algodón, soja y otros rubros de exportación en bruto, alegando excesivos costes de elaboración, como si ellos fuesen quienes sudaban sembrando y cosechando.  Este es el peor año —decían los mega empresarios del agro, como si las causa del peor año no fueran ellos mismos—, para el precio del algodón y la soja.  Por otra parte, los proveedores de agrotóxicos lanzaban gritos a los cielos a causa de la poca salida de su veneno importado.

Los labriegos se resistían a utilizarlos para no contaminar el aire, la tierra y sus cursos de agua, hasta entonces limpios y cristalinos y por ende, potables.  Por esos días, otros tres dirigentes agrarios fueron objeto de atentados homicidas alevosos y anónimos: Uno en Itapúa, al sur del país, otro durante un corte de ruta —salvajemente reprimido, dicho sea de paso—, en el cruce Santa Rosa y un tercero en Ca’aguazú, sin que se individualizara a los autores.  En el corte, se pudo identificar a un comisario —con una constelación de las Tres Marías aprisionada  en sus hombreras— que disparó su revólver, impactando en un joven líder campesino, aunque nunca el imputado fuese juzgado posteriormente, y ni siquiera sumariado por ello. 

Los surcos proseguían fecundándose con la sangre insurgente de los parias y desheredados de las glebas patrias; los asesinatos e intimidaciones contra los agricultores  no desalentaban sin embargo a éstos, quienes, tras cada baja en servicio, elegían a los reemplazantes en asambleas relámpago, sin dejarse amilanar por los capangas de los hacendados ni por sus amenazas.  Parecía como si la muerte jugase con ellos a las escondidas y la desafiasen cotidianamente, con coraje y decisión, exasperando a sus adversarios.

 —Todos nacimos para morir, y si nos llega la hora final, enhorabuena —decían en Táva Pyahu los más viejos.  —Si creen que nos asustan, van bien servidos.  No vamos a movernos ni un palmo de nuestras derecheras, aunque vengan degollando o corriendo con la vaina —sentenciaba Ramona Ramírez mientras acunaba a Yvoty Ara entre teta y teta. —Primero ha de caer la luna en el jardín, antes de hacernos temblar con sus pistoleros de alquiler —exclamaba Calixto con la firme convicción de los justos. No nos correrán con cuchillo de palo decían casi todos los demás. 

¡Esos malditos no ceden un palmo, ni aún palmando!             —comentó Enrique Riera, presidente de la Rural del Paraguay además de ¿venerable? hermano grado 33 de la cofradía de los Danzantes al Compás de la Escuadra. Si no los detenemos ahora, nos van a dejar sin tierras ni vacas —decía Blas Riquelme, un estanciero golondrina, es decir: de paso—.  Y si se lo permitimos, ni pozo para nuestras sepulturas tendremos luego —acotaba el profeta del subdesarrollo mental.  —¡Debemos intensificar las presiones al Congreso, antes que se multiplique esa plaga bíblica!  —tronó un militar con más hectáreas que las permitidas por su salario de doscientos cincuenta  años y once meses, y con más pistas de aviación que ganado.  ¡En tiempos de mi general Stroessner esto no ocurría.  Es una vergüenza!    —acotó finalmente antes de encender su vigésimo quinto cigarrillo de la dura jornada. ¿Alguien tiene alka-seltzer? —preguntó un pobre estanciero del Chaco, con apenas quince mil hectáreas de pasturas, algo ofuscado por el vino y la cerveza ingeridos, tras un opíparo asado a la estaca con que sazonaron la reunión de ese domingo en la Rural.

Esa noche sin embargo, paralelamente hubo una peña musical en la colonia Táva Pyahu.  Entre la luz de las estrellas y un acogedor fogón visceral y telúrico, los estudiantes universitarios asuncenos, argentinos y brasileños que visitaron la colonia en un acto solidario, afinaban guitarras y gargantas. Ese día en forma inesperada, cayó una excursión de estudiantes para compartir sus conocimientos con los labriegos, regalándoles libros y útiles escolares, más algunas herramientas de mano y taller.  La intempestiva visita fue bienvenida y, tras la olla popular, se dispusieron a cantar canciones de campamento y barricada, tan caras a los sentimientos criollos americanos del vapuleado sur. 

Varios de los estudiantes iniciarían en Táva Pyahu  talleres de poesía, de teatro y ciencias de la salud entre los colonos y sus niños. La velada estaría además matizada por actores y declamadores que decidieron acompañar este proceso por justicia en la distribución de la tierra.

No tenemos intenciones de que desaparezcan los hacendados y agricultores empresarios —explicó Calixto Ñamandú, mientras alzaba a babuchas a su primogénito. Sólo queremos que compartan lo mucho que poseen con quienes nada tienen.  Nada más.  —Es justo y necesario acotó un ex seminarista, seguramente al recordar los saludos comunitarios ite missa est. —Eu também vou torcer pra os sem-terras do vosso país —aclaró un estudiante de Porto Alegre—.  Nós temos muito pra contar e cantar aínda. ¡Que se arme la batucada, que las guitarras están listas, las tripas a punto y templadas para el canto! voceó un bicho del primer año de filosofía, con su inseparable remera y la efigie del Che.  —Aquí traje mi flauta dulce y mi armónica de bolsillo exclamó otro. 

Las risas y la musiqueada duraron hasta bien salida la noche, por lo que dejaron pendiente la cosecha de algodón en minga que debieron efectuar la siguiente mañana entre estudiantes y labriegos.  Pero ¿quién les quitaría lo cantado en esa noche de fogatas y mate?  Pues que otra cosa no bebieron.  Sabían que a veces el espíritu de las botellas no es lo más aconsejable para comulgar en comunidad, y que toda lengua por algo tiene una rienda natural debajo: para no desbocarse.  De todos modos, para las ocho estaban alegremente desayunando mate-cocido con leche, chipas de almidón y queso, miel de caña y de abejas, con maní tostado y molido a mortero; delicias de la casa y delicadezas nativas para los huéspedes, confirmando la hospitalidad tradicional del paraguayo, nativo o no. 

Fueron días agitados y percutidos.  Los muchachos cogían hojas de yerba mate y las tostaban en un horno las mujeres.  Luego los varones la canchaban a golpes en bastas bolsas de algodón y las mujeres las remolían en morteros, a cuatro manos, para finalmente empaquetarlas en rústicos envases de papel grueso revestido de lienzo, donde rezaba “Yerba ecológica y artesanal - Producto paraguayo”.  También recogieron algodón agachando lomos y sudando sal y ordeñaron para producir leche, queso fresco y yogur para los niños. 

Las estudiantes se dieron maña para atender en el dispensario improvisado, a los niños con parásitos, heridas y uras agusanadas, amén de ácaros variados y vermes surtidas.  Apenas quedaba tiempo y manija para trasnochar guitarra en mano. 

Los dos primeros días, lo soportaron todo: trabajo, fatigas y alegría. Los siguientes, al caer el sol, se refrescaban en el río, antes de entregarse a los oscuros brazos del reposo.  De todos modos, no tardaron mucho en acostumbrarse a salir al alba y retornar a los catres o a los sacos de dormir con las gallinas.  Ya casi no veían el loco girar y contragirar de las luciérnagas y cocuyos, ni los despertaba el atronador bicherío nocturno del monte.

Si algo no te deja dormir de noche, no culpes a los bichitos ni a las lechuzas —decía Calixto a un estudiante de la facultad de letras.  En todo caso hay que culpar a la conciencia de uno mismo, que otra cosa no ha de ser.  Los estudiantes de veterinaria y agronomía, revisaron vacas, terneros, bueyes, cabras, cerdos, gallinas, guineas y gansos, así como los cultivos de subsistencia y otros, antes de que acabasen sus vacaciones compartidas con los labriegos. 

Casi un mes, los capitalinos y extranjeros soportaron lo que los labriegos en el monte, pero salieron fortalecidos por una nueva sensación de poder.  El poder del amor.  Pero la lucha no se detendría con una sola conquista.  Harían falta aún muchos caídos para redimir a los parias en rebelión.

Crucecitas en la encrucijada

Cipriana Flores, adolescente de catorce años, salió ese día como de costumbre con su hermanito José de ocho, un saco de yute y un bidón de diez litros y una pala de punta, hacia las chacras comunitarias. El encargo era de traer al poblado maní, mandioca y un poco de agua limpia del río Aguaray Guazú, situado a unos mil quinientos metros del caserío. Cuando el sol declinaba, la menor y su hermano no dieron señales de regresar, por lo que la madre alarmada convocó a los demás para ponerse en búsqueda. Siempre, aún cuando se diesen los niños un chapuzón de costumbre, nunca esperaron la noche para estar de nuevo en el poblado del asentamiento.  Hombres y mujeres salieron provistos de faroles de keroseno, más alguno que otro rifle del veintidós, y partieron en dirección a los plantíos de maní, situados un poco al norte, cerca de los linderos del brasileño Jurandir Peixoto, capataz de Morgan. Registraron palmo a palmo a lo largo y ancho de la noche veraniega y cálida, hasta las orillas del Aguaray Guazú, sin hallar señales de la niña Cipriana y su hermanito José. 

Recién bien entrada la mañana, vieron entre la maleza de los linderos el bidón de plástico que portaba Cipriana Flores y la pala.  Gritaron los nombres de los niños, sin otra respuesta que el macabro viento norte silbando cual furtivo Pombero entre el follaje y alguno que otro graznido de caranchos carroñeros.  Al principio dudaron en atravesar el lindero, por si los capangas de Jurandir Peixoto acechasen en los intrincados senderos del monte, listos para emboscarlos y cazarlos como a alimañas montaraces; pero ante la urgencia de hallar a los niños se adentraron cinco hombres sin armas; con apenas cayados para ahuyentar posibles serpientes de crótalo extraviadas. 

La espesura del bosque lindero norte, era más enmarañada que la de su ocupación, pero igualmente y con más sigilo lo cruzaron hasta bastante distancia de su cerco.  De pronto, uno de los hombres divisó un trocito de tela basta de algodón, muy pequeño, que flameaba suavemente al viento. Lo reconocieron en seguida como salido de la camisa de José. Tras acercarse, intentaron rastrear alguna huella, pero sólo pudieron guiarse por corazonadas y alguna que otra hierba o matojo pisoteados o semi quebrados. Tras una infructuosa búsqueda que los llevó demasiado lejos al interior de la propiedad de Laszar Morgan, retornaron con la sospecha de que los niños fueron raptados o algo peor.  Cabizbajos y entristecidos, dieron la mala nueva a los Flores, marido y mujer, y ésta rompió en amargos alaridos de dolor, como si la hubiesen destrozado en las entrañas. 

Poco más tarde, salieron dos colonos para hacer la denuncia en Lima, a más de ochenta kilómetros, ahora con los recientes caminos de salida más directos a la ruta principal. Mientras, otro grupo partió de nuevo hacia el norte, llamando a gritos a los niños por sus nombres. De pronto, un adolescente de nombre Pedro Mancuello, hijo de uno de los ocupantes, miró hacia las nubes amenazantes, con procelosas promesas de tempestad, que se cernían sobre ellos desde el norte con sus gamas de grises oscuros y blanco sucio.  —¡Miren esos cuervos que revolotean allá arriba! gritó el adolescente. —A lo mejor están oliendo animales muertos o... 

Calló de pronto Mancuello, como temiendo lechucear alguna mala onda de pésimo y fatal agüero. ¡Cierto! respondió Leo Fariña, hermano de uno de los labriegos de la derechera nueve—. ¡Vamos a seguir su vuelo!   Con el corazón cargado de presagios funestos, corrieron en dirección a los desplazamientos aéreos de los carroñeros, con la tenue y secreta esperanza de equivocarse en sus corazonadas.

Más de dos horas anduvieron aún, ya por la propiedad ajena, hasta divisar a unos doscientos metros un festín macabro y reciente. No tardaron en hallar los restos de ambos hermanos, y con señales de violación en el cuerpo desnudo de Cipriana, cuyas ropitas tiradas entre malezas, aún vibraban al viento con suaves gualdrapazos.  Ambos niños habían sido asesinados por anónimas manos, aunque podrían suponer quiénes lo hicieron, ya que los cuerpos estaban a casi una hora de caminata del lindero, dentro de la propiedad del adversario litigante en tribunales.  Apenas pudieron mantener alejados a los carroñeros, guardando los despojos en bolsas de plástico. Mientras, esperarían a la comitiva policial-judicial que fuera convocada para dilucidar la pérdida de los niños. Tras varias horas de angustiosa  espera, llegó una camioneta de la policía con el juez de Lima y un fiscal de San Pedro. 

Luego de comprobar el hallazgo y la medición de los indicios, se autorizó la entrega de los cadáveres y se libró una orden de detención contra los posibles o presuntos ejecutores, cómplices y encubridores, a lo que hubo que agregar, pese a la reticencia del juez, algunos nombres y apellidos conocidos de entre los capataces y matones de Peixoto, e incluso contra éste en persona.   Asesinato y violación de menores era un asunto abominable y el juez —por lo general amigo de los hacendados— tuvo que allanarse a la denuncia de los labriegos y sus testigos, entre los que se hallaban dos estudiantes de medicina de la Universidad de Lomas de Zamora, de la provincia de Buenos Aires y un brasileño que los acompañaba, también paramédico.  

Apenas tuvieron tiempo de velar a los niños, que ya empezaban a descomponerse, por lo que los sepultaron en el cruce que unía dos picadas, en medio del bosque de reserva del lindero. 

Un grupo de labriegos acompañó a los policías y magistrados hasta la misma vivienda de Peixoto para proceder al arresto del personal del hacendado, y de hallarse éste presente quedaría también a disposición de la justicia, aunque los labriegos dudaban de ésta, ante reiteradas absoluciones, e impunidad generosamente concedida a los poderosos.  Como era de esperarse, todo el personal tenía su coartada.  Apenas el capataz y dos peones presentes en la finca fueron arrestados preventivamente al caer en contradicciones.  Mas el principal sospechoso estaba fuera de su alcance por el momento.  Pero esta vez, no quedaría impune el crimen.  Los cinco hombres lo juraron por sus muertos.  Calixto también lo hizo, aunque con un agregado: el, o los autores de este horrendo crimen, lo pagarían con sus vidas, sin que nadie levantase un dedo contra ellos.  El destino lo haría, aunque con un poco de ayuda de su parte, mental por lo menos.

Una semana más tarde, los tres detenidos pasaron a la prisión de Takumbú, en las orillas de la capital.  Al principio, como internos del Pabellón “D”, donde ingresan los nuevos; luego, tras unos días de estadía, entraron en confianza con los veteranos. Como jactándose de su acción, dos de ellos confesaron haberlo hecho y con lujo de detalles a sus colegas internos.  Éstos, duros criminales, curtidos entre pólvora, puñales y asaltos, soltaron lágrimas furtivas ante la monstruosidad que acababan de oír. Ellos, viejos delincuentes que se jugaron los testículos en aventuras y huidas, no podían concebir tamaño atentado contra niños indefensos. 

Tras el toque de queda, los tres recién llegados ingresaron a sus celdas, en tanto que sus interlocutores retornaron a las suyas mascullando maldiciones. No merecen perdón estos añámembyre5  partida —rezongó Nico Noguera, el pedrojuanino ladrón de vehículos, apretando los puños desnudos. ¡Avisaremos a los del Pabellón “C”! ¡Ésos sabrán qué hacer con estos malandrines!—exclamó Roque Ferroso, el abigeo de Qui’indy. Pero primero, debemos conversar con éstos para sonsacarles más detalles del caso —concluyó Ferroso antes de desear buenas noches a sus colegas del delito. 

Tras varios días de charla, los dos peones y el capataz de Jurandir Peixoto, fueron convidados a visitar el Pabellón “C”, durante el día, en uno de los períodos de recreo de media tarde.  Tras una amena tertulia en la celda 187, los tres fueron de pronto obligados a desnudarse y, tras las amenazas de rústicos puñales y estoques de artesanal factura, fueron poseídos por una caterva de la peor catadura, no siéndoles permitido ni una queja o aye de dolor que alertase a los guardiacárceles que merodeaban por los pasillos. Los últimos en cebarse en sus traseros, ya bastante maltrechos por entonces, fueron tres enfermos de sida que aún no se hallaban en su etapa terminal, quienes los gozaron como a tres putas baratas, obligándolos posteriormente a la felación de sus miembros, siempre bajo la amenaza de los filosos aceros.

Tras esto, fueron arrojados a patadas a los pasillos y devueltos en paños menores y daños mayores a su pabellón al otro lado del pasillo central.  Demás está acotar que su orgullo de machos se vino abajo, tras su inauguración y pasada por la horma.  Poco a poco —a lo largo del proceso nada corto, por cierto— fueron decayendo en ánimos y en salud, abandonados a su suerte por su patrón.

Si bien al principio se negaron a admitirse culpables ante el juez de la causa, cuando los primeros síntomas de decadencia física los alertaron de su inexorable final, se atrevieron a confesar su culpa pidiendo internación en el hospital de enfermedades tropicales.  Les fue denegada dicha petición, aunque los tres quedaron en una celda aislada para evitar la propagación, pues quienes los contagiaron ya habían fallecido. Tras un largo año más de altibajos, fueron apagándose hasta sucumbir con poco lapso de tiempo entre sí, sin pena ni gloria como hielo al sol. 

Algunos campesinos presos por esos días, fueron saliendo en libertad y no faltó quienes contasen la historia de los violadores violados en Takumbú, pese al escaso interés de la prensa por el caso, llegando la relación hasta las orejas de los ocupantes de Táva Pyahu, donde ocurriera el secuestro y crimen de los niños.                        Finalmente, pensó Calixto Ñamandú —los infantes podrían descansar en paz.  Sus verdugos estaban ante ese inexorable juez que no acepta chicanas ni dilaciones: la Conciencia Universal. 

Cada tanto, manos anónimas pintan de blanco las cruces de basta madera que señalan el cruce de caminos entre la colonia y el pueblo de Lima y reemplazan periódicamente los paños, donde constan los nombre de los inocentes sacrificados en el vil altar del egoísmo y el deseo enfermizo de poder.  En cuanto a los padres de ambos, prosiguieron su rutina, tras superar el dolor y comprender que, por más que Dios se haya olvidado a veces de hacer equidad a los pobres, de pronto, como que le vienen chisporroteos de memorias olvidadas y la justicia cobra lo suyo, hasta la próxima amnesia divina intermitente. 

Las escasísimas victorias del Bien, nos dicen a las claras que Zarathustra  estuvo equivocado.  O es posible que el ser humano fuese una equivocación o una anomalía cósmica.  En la eterna lucha entre el Bien y el Mal, casi siempre gana sus batallas el segundo, a veces con trampas; otras veces se definen por tiro penal y generalmente quedan en tablas o empate técnico.  La larga lucha por la justicia sigue en lo que hoy es un país de ficción llamado Paraguay, donde sus poetas son superados por mal-versadores, sus músicos desbordados por soplones y rascatripas, sus artesanos depauperados por  tecnócratas y sus ciudadanos virtuosos puestos en estado de sitio por los corruptos.  También los productores son devorados por los intermediarios y especuladores, con la ventaja de las sardinas frente a tiburones famélicos. La justicia paraguaya puede darse el lujo de permitir que los tiburones litigasen entre sí; pero no que las sardinas ganaran pleitos donde la contraparte se jugara millones.  Las crucecitas que acunan a ambos hermanitos, aún siguen enhiestas en la encrucijada, como recordando acerca de la omnisciente, omnipotente, omnidireccional y omnipresente maldad humana.

Caín... ¿dónde está tu hermano? 

No se apagaba aún el eco de los disparos y los siseos de las granadas de gas, cuando los rezagados vieron los cuerpos de Polo Martínez y Jacinto Areco tendidos en sendos charcos de su viscosa savia humana. Uno de los manifestantes lanzó un grito de alerta y retrocedió para rescatar a los caídos con sus compañeros de barricada, ignorando los gases.  El ataque policial arreciaba por momentos, entre pitos, disparos, bombas de estruendo y la falange de cascos azules armados hasta el alma. 

Pese a todo, el corte de rutas sería un éxito. El precio de referencia del algodón había sido reajustado, al mismo tiempo que los prometidos créditos agrícolas serían concedidos colectivamente a las comisiones vecinales de diez colonias aún en litigio.  Pero la represión fue repentina y hasta desmedidamente cruel.  Primero arremetieron los carros hidrantes en el cruce Tacuara-Santa Rosa, empapando de agua sucia a los labriegos; luego atacaron los cascos azules con gases y finalmente dieron en repartir hostias hasta cansarse, sin solución de continuidad. 

Nadie supo de dónde partieron los disparos de armas cortas, quizá revólveres del .38 o pistolas reglamentarias de 9 mm.  Lo cierto es que cinco labriegos fueron heridos de bala, uno de ellos en la cabeza, de la que fallecería tras breve pero dolorosa agonía; otro en los pulmones, lo que días más tarde también produciría su deceso.  Otros lo fueron en las piernas y brazos, que les dejaran secuelas de por vida.  También muchos recibieron bastonazos y balas de goma, además de los acres aromas de los gases, tóxicos como la política paraguaya.

Toda una jornada épica, cuando aún la Convención Nacional Constituyente estaba sesionando para abolir las disposiciones liberticidas heredadas de la tiranía constitucionalista depuesta.  Calixto Ñamandú se hallaba entre los heridos de bala, con un plomo incrustado en la tibia izquierda y otro que le diera en el hombro aunque con orificio de salida. Probablemente tardaría en recuperar su movilidad, e intentarían extirparle la bala del tipo expansivo, que casi le destrozó la pierna con sus esquirlas.                      Como de costumbre, la policía, por boca de sus responsables, se declaró irresponsable de los disparos y heridas; diciendo con desparpajo que podrían haber sido los mismos sintierras, quienes dispararan contra los suyos, en un ridículo intento de sacarse las culpas de encima, aún cuando varias cámaras de fotografía y TV mostraran imágenes de policías disparando sus armas contra la multitud, con fría alevosía.  Tan fría como su cinismo.  Ni con pruebas palpables y flagrantes los policías sospechosos fueron enjuiciados, como si los magistrados inclinaran su balanza veleidosa hacia el poder armado. 

Por poco no ordenaron la detención de los campesinos por obstruir rutas nacionales y delitos conexos.  Cosas de la justicia paraguaya.  Poco tiempo después, otro cabecilla de la colonia Naranjito, fue emboscado por pistoleros cerca de su capuera.  Por fortuna, sólo quedó herido de levedad y pudo repeler el ataque, logrando abatir a uno de sus agresores e hiriendo a dos más, los cuales no llegaron muy lejos antes de ser capturados.  El juez que entendió la causa, tuvo la tentación de ordenar la detención del agredido, bajo la acusación de homicidio, pero debió contenerse.  El finado resultó ser peón de un poderoso terrateniente. Los dos heridos fueron contratados por aquél en Pedro Juan Caballero, según confesión de los jagunços  brasileños detenidos. Pedro Espínola, el campesino agredido debió ser puesto en libertad tras breve detención, teniendo el atenuante de legítima defensa sobre sí, aunque fue restringido en sus movimientos, a causa de la orden judicial y de su herida.

Como era de esperarse, los dos pistoleros fueron dejados en libertad, por falta de pruebas, pese a ser capturados con las armas y dando positivo en el examen de nitritos.  La justicia nuevamente brilló por su ausencia, como sol en día de lluvia.  Varios días después de ser liberados, los dos sicarios amanecieron en un lugar denominado Portera Ortiz, de Pedro Juan Caballero, en la frontera seca con el Brasil.  Ambos maniatados con alambre fino, los labios ornados con un candado y varios balazos encima, además de heridas cortantes y quemaduras, como si hubieran sido previamente torturados por sus captores en una espectacular quema de archivos. 

El ensañamiento de los asesinos de asesinos, estaba acorde con la crueldad de los grupos de exterminio que circulaban libremente en ambas fronteras.  Evidentemente, quien los contratara les hizo pagar su fracaso y se libró de testigos molestos.  La televisión regional informó del hallazgo, de lo cual se enteraron los demás campesinos, con lo que cerraron momentáneamente el caso Pedro Espínola, el cual aún se reponía lentamente del atentado de los pistoleros.

Ramona proseguía incansable su labor en la escuelita del asentamiento con sus clases de historia agraria del Paraguay y Orígenes de la filosofía, por supuesto, previa traducción al guaraní jopará (híbrido con español) en uso local.  Yvoty Ára aún mamaba de sus pechos y pendía de la mochila-canguro a sus espaldas mientras intentaba hacer comprender a sus alumnos las delicias sapienciales de los Diálogos platónicos y del Tao Te King de Lao Tsé.  Poseía un libro con breves cuentos relacionados con dicha corriente ética, magníficamente ilustrado por artistas chinos.  También les enseñaría sobre los orígenes del budismo y Nietzsche, en cuanto pudiese adaptarlos al lenguaje de los niños y a sus entendederas.  Hacía un buen tiempo que casi no tenían sobresaltos, como cuando violaran y asesinaran a Cipriana Flores y su hermanito José.                        

Tampoco Jurandir Peixoto y sus peones dieron señales de vida por la zona, ni hicieron disparos al aire como cuando los inicios de la ocupación.  Mas bien que se hacían los desencontradizos y como que se esquivaban mutuamente, cual si ni siquiera fuesen vecinos. 

¡Esos comunistas de mierda, nos están moviendo el piso sin disparar un sólo tiro ni poner una sola bomba! gruñó el general Lino Oviedo, hasta entonces comandante del Primer Cuerpo de Ejército y mandamás cinco estrellas. ¡Hasta se pegan el lujo de hacerse las víctimas, cuando en realidad son los verdugos de nuestro sistema de división del trabajo! —terminó de gruñir en tono de tenor atiplado. Luego prosiguió monologando como en un proscenio, ante los conspicuos presentes, todos socios de clubes exclusivos y excluyentes de Asunción y centros turísticos del mapa. Cuando mandaba mi general Stroessner, que en  gracia sea, eso no se acostumbraba.  Si algún grupo de cometierras intentaba invadir alguna propiedad, teníamos fuerzas de tareas conjuntas, que en un dos por tres los hacía volar de donde fuese. Con o sin curas de por medio, con perdón de la virgencita de Ca’acupé.  Rancios apellidos de espurio abolengo de nuevos ricos a-culturizados, se congregaban en una bien servida mesa de un coqueto club capitalino, como gallinazos con corbata-mariposa ante un cornúpeta difunto. ¡Debemos enviar cascos azules, con cachiporras, gases y fusiles de asalto, a darles leña con todo!  —graznó uno de los caballeros presentes, prosiguiendo: y si aún así, después del ablandamiento no desocupan, autorice mi general, a que se emplee contra ellos la violencia nomás!  Los otros gallinazos lanzaron carcajadas, como intentando imitar a alguna hiena desafinada.  Todos menos  Alberto Antebi, el cual acababa de perder algunos puntos en un vano intento por amedrentar a los  líderes de ocupaciones del segundo departamento.  Como si los malditos cometierras tuviesen algún gualicho o pajé que los amparase contra los malos deseos de los buenos hacendados de mucho hacer nada. Sugerencia digna de ser agendada, señores —exclamó el general, cuya reducida talla de jockey dominguero, le valiera el mote de “Bonsai”.  ¿Algún otro puede aportar una brillante idea como la que acaba de sugerir el distinguido amigo?  Las miradas se hicieron interrogativas e inquisidoras, como pretendiendo atrapar al aire entre los dedos. ¿Creyeron percibir un tufillo de ironía o sarcasmo?  Mejor dejarlo así. 

De todos modos, las invasiones proseguirían, si no se las abortase en el útero social, antes de ser paridas.  No podían hacer otra cosa que esperar lo improbable y apostar por lo posible.  ¡Maldita transición!  Todos sabían que tenían las manos atadas y sentíanse impotentes ante las fuerzas emergentes en los nuevos tiempos.  Paradójicamente, tras la caída del muro de Berlín y el retroceso coyuntural del socialismo en Europa, las apocalípticas elucubraciones de Fukuyama y el supuesto fin de la historia            —que finalmente era infinita y cantaba a angélicos trompetazos el principio de la histeria universal—, matizada de periódicos Apocalipsis localizados y de baja a media intensidad.  Los intentos de complicar a los sintierras en narcotráfico fracasaron, debido a que los verdaderos narcotraficantes estaban últimamente de su parte.  De parte del poder y el dinero. ¿Dónde se han visto narcotraficantes pobres, aislados y carentes hasta de lo mínimo indispensable?  Pero los oligarcas criollos no podían darse por vencidos y simplemente dejarse expropiar sus latifundios a precio vil de bonos depreciados, sin presentar batalla en todos los foros y frentes.  Evidentemente, les costase o no, era forzoso reconocer que desde el medioevo a la fecha, las condiciones habían cambiado algo.  Ahora los labriegos habían resuelto ser vasallos de sí mismos y de nadie más, pero Caín seguiría cosechando hermanos para su impuro altar de sacrificios.

 

 

 

 

 

 

10

 

 

 

Ríos revueltos... y turbios

 

 

 

 

      El acto de cierre de la Convención Nacional Constituyente, en el Salón-teatro del Banco Central del Paraguay —faraónico edificio con más suntuosidad que funcionalidad y más monumentalidad que productividad—, estuvo marcado por la estúpida pompa y solemnidad que caracteriza a lo mediocre, banal y adocenado.  La nueva constitución, fue ácidamente criticada por cierta prensa; así como panegirizada por otra, en un vano intento de confundir a la opinión pública, que esperaba algo mejor y un texto más realista y menos extenso.  Muchos derechos y libertades, en apariencia, ostentaba la nueva carta magna; pero éstas no tenían garantía de cumplimiento alguno.  Muchas supuestas permisividades, enmarcadas dentro de abyectas e injustas prohibiciones mal reglamentadas; mucha apertura y leyes cerradas como las mentes de los legisladores. Tantas afirmaciones como contradicciones y ambigüedades, llenaban páginas y páginas oscuras, plagadas de errores de sintaxis, fondo y forma. 

Tal vez con un poco más de tiempo, la hubiesen hecho peor, pero por lo menos se esforzaron los convencionales para cumplir los plazos estipulados.  Algo es algo.  Indígenas y campesinos, desde los últimos sitios de la platea, contemplaban el acto de clausura de la poco honorable Convención, indiferentes y apáticos ante el circo político que se estaba gestando en ese Teatro del Banco Central del Paraguay. Los ampulosos discursos, plagados de bueyes perdidos por las ramas, ocultos por el follaje superfluo del patrioterismo fascistoide, no convencían ni siquiera a los oradores que los pronunciaban. 

Evidentemente, las más grandes tonterías y disparates eran enunciados con la mayor solemnidad y las más buenas intenciones, como las que pavimentan los caminos que conducen al infierno.  Con la nueva constitución, hecha a la medida de los políticos, se reestructuraban las fuerzas públicas en beneficio del poder; seguía partidizado el poder judicial con el Consejo de la Magistratura, en manos de iniciados masones, con más sombras que luces; se admitía la objeción de conciencia, aunque no especificaba en qué consiste la conciencia, al menos para los militares; se creaba un defensor del pueblo, sin reglamentar su elección ni sus atribuciones y, además, gobernaciones y vicepresidencia, tan necesarios como la cacacola, la astrología, los huevos de Pascua o las flores de plástico.  Todo en el afán de ir creando más cargos y cargas para el Estado. 

No se tardaría en convocar a elecciones generales, donde por primera vez los  gobernadores y vicepresidente serían electos (por años, habían sido  nombrados a dedo por el presidente Stroessner, durante la era digital, los intendentes municipales y delegados departamentales), en comicios libres, aunque no demasiado limpios.  Evidentemente, 1992-1993 sería un año político, donde los ríos además de revueltos, bajarían turbios y quizá hasta manchados de sangre y no faltarían los oportunistas con sus redes, aparejos y espineles de la infamia. 

Táva Pyahu,  al cumplir su segundo aniversario lo celebraría con la creación de una pequeña biblioteca, colmada de aportes de estudiantes universitarios y particulares, que donaron libros y enseres para su aplicación a la enseñanza de los niños.  También hubo una peña  libre donde los colonos y los visitantes, que también los hubo, mostraron sus condiciones artísticas y creativas.  Cantos alusivos a la lucha campesina por la justicia, nacido de la creatividad de cantautores populares, se alzaron esa noche con arpas y guitarras, mientras los grupos de danzas nativas deleitaron a propios y extraños.  Las empanadas, choclos asados, y otras delicias típicas acompañadas de aloja y refrescos de caña dulce y frutas, fueron servidos a los presentes.  Por disposición de la asamblea popular, se omitieron bebidas alcohólicas en los festejos.  Al contrario de otras localidades vecinas, que contaban con su “santo patrono”, Táva Pyahu hubo soslayado tal tradición heredada de los tiempos coloniales, ante las iras de cierto clero conservador que aún intentaba imponer criterios pre lógicos al pueblo rural que intentaba arrancarse vendas, orejeras y bozales, en un sobrehumano esfuerzo por crecer y evolucionar con sus propios afanes; antes que bajo la mágica y supersticiosa protección de imágenes fetichistas de basta madera tallada y vestida con trapos bendecidos, pelucas y pintura sintética.

No estaban dispuestos a impetrar otro auxilio, que no fuese el de la solidaridad popular para con su causa.  De todos modos, el futuro monseñor Federico Lucciena estaba presente e invitado con las demás autoridades de la zona, ante el improvisado proscenio donde se celebraba el acto cultural conmemorativo de la fundación de la colonia Táva Pyahu.   Además del prelado, que era más embajador de Caifás que de Jesús, se hallaban el jefe policial de Lima, el delegado civil del Segundo Departamento (aún no había gobernación), y el representante del ministro de agricultura y ganadería del Paraguay, amén del señor encargado de negocios de la República de Cuba. Por entonces se reanudaban —tímida y cautelosamente— relaciones formales, tras unas largas décadas de ruptura por presiones de los Estados Unidos y la docilidad de la domesticada OEA.

Banderas nacionales ondeaban aquí y acullá entre pancartas alusivas y algunos que otros retratos de los líderes campesinos asesinados durante el proceso de asentamientos rurales y las manifestaciones que lo acompañaran entre 1970 al presente. El padre Lucciena echó las correspondientes bendiciones y exordios episcopales, en un ritual casi mágico y orillando lo neopagano, tras reiterar las ofertas de ayuda espiritual para los campesinos, y sus buenos oficios para interceder ante las autoridades en los trámites de legalización de la posesión de facto (la que fuera concedida bajo anuencia política de Rodríguez, pero podría ser nuevamente desalojada), siendo coreado con alguno que otro escrache, abucheo y silbatina, especialmente por parte de niños y adolescentes. Es que recordaron la pobre participación de la iglesia cuando el asesinato de los hermanos Flores, durante la primera etapa del asentamiento. 

La rechifla fue tomada con muy poco sentido del humor por parte del prelado, quien se retiró indignado del lugar en su lujosa limusina japonesa todoterreno.  Las demás autoridades también levantaron carpas y metieron violín en bolsa en solidaridad con el ofendido tonsurado.  Pese a ello, los festejos prosiguieron hasta bien entrada medianoche, tras lo cual fueron todos a sus casas a reposar. 

La campaña internista para las generales del 93, ya bajo la égida de una nueva constitución, estuvo bastante reñida y si bien en algunos municipios habían ganado opositores, la constituyente fue arrasada por los colorados; por lo que se imponían nuevas estrategias para derrotarlos a éstos en su salsa.  

Surgieron nuevamente candidatos independientes que dieron en integrar un movimiento electoralista bajo la conducción de un empresario algodonero: El Dr. Caballero, todo un gentleman de la política empresarial —al menos en imagen de mercadotecnia—, pretendería la creación de una tercera opción basada en la ética; lo que en política —al menos en el Paraguay— resultase utópico, por no decir imposible. Como sabido es, el dinero y la política carecen de moral, que de ética ni hablar. 

En una coqueta estancia del Departamento de Amambay, cierto oscuro ingeniero, muy vinculado al hijo mayor del tirano depuesto, recibía la visita discreta e incógnita del general presidente Rodríguez y el segundo de a bordo: Lino Oviedo, alias Bonsai.  Esa tarde, parecía que el sol se hubiese detenido antes de echarse a dormir en su cuna pacífica del poniente, allende el horizonte.  Sólo servidores muy discretos permanecieron en el casco principal de la hacienda del ingeniero Wasmosy, mientras los demás empleados —peones incluidos—, fueron de parranda al pueblo cercano con el pretexto de finalizar la tarea de la semana en viernes.

De todos modos, los ecos de la visita trascenderían el espacio hasta hacerse vox pópuli en ciertos círculos muy vinculados a las obras públicas, especialmente las faraónicas. Y no pirámides precisamente, sino templos. Los templos de la corrupción, cuyas columnas bifrontes permanecían incólumes ante la complacencia del Gran Arquitecto.

¡Mi general! ¡Qué grata sorpresa!  —exclamó el ingeniero Wasmosy, como haciéndose el desinformado acerca de la intempestiva llegada de ambos—.  ¿A qué debo el honor de una visita presidencial y militar de tan alto nivel? —prosiguió con el tono untuoso y relamido de rigor.  Necesitamos hablar de algo muy importante y confidencial. ¿Podríamos quedarnos por aquí, lejos de oídos indiscretos? —preguntó Rodríguez a guisa de saludo.  Estaban en la cabecera norte de la pista, como a doscientos metros del casco y era fácil divisar a quienquiera que se acercase.  Wasmosy asintió y por medio de un radioteléfono ordenó poltronas y una mesa, a más de un bar portátil desde el casco.  Lo que les fuera provisto en menos de cinco minutos, quedando nuevamente los tres solos a la sombra de las alas del bimotor De Havilland  Twin Otter, herencia del general depuesto, ahora botín de Lino Oviedo.  ¡Venimos a proponerte que te prepares para candidatarte a presidente de la república!  dijo de pronto Rodríguez, lo que si bien era algo anhelado por Wasmosy,  cayó como una bomba molotov en cuartel de bomberos. ¿Yo presidente? —dijo el  ingeniero con hipócrita sorpresa—.  ¡Pero mi general! ¿olvida que nunca hice carrera política?  Ni siquiera fui secretario de seccional colorada, ni empleado público…ni...            —¿Qué importan detalles? —replicó Rodríguez—.  Esos hijos de puta en la constituyente me cortaron toda posibilidad de reelección, y, si bien de todas formas estoy enfermo, preciso alguien de mi confianza para tal cargo.  La única condición es que vos serás el presidente pero yo seré el poder. Me explico ¿no? 

La voz, suave y engolada de Rodríguez, más la cínica sonrisa de Oviedo no admitían más que un: —¡A sus órdenes, mi general! Lo que Ud. mande. Pero supongo que yo tendré ciertas prerrogativas.  Por lo menos para no salir con las manos vacías.  Mire que voy a tener que descuidar un poco mis empresas... eeh... y por cinco años, sin contar la campaña de precandidatura por el partido para cubrir las apariencias.  —¡Vos no te vayas a calentar! —rió el Bonsai excitado—.  Mirá que cuando salgas de Palacio, ni vas a saber cuánto te embolsarás.  Yo me voy a encargar de tu contrincante, el Dr. Argaña.  ¿Aceptás o no?  El velado tono, pretendía ser simpático pero olía a grosero y sonaba a música imperativa de pretorianos arcángeles de algún dios pagano.  Wasmosy sabía que toda su fortuna, excepto sus haberes ejecutivos, pertenecía a sus patrones, de los que él era mero testaferro: los Stroessner.  Y Rodríguez, apenas tomó el poder de su consuegro, repitió sus métodos, aunque con más disimulo y suavidad.  Por lo demás, sabría cómo pasar la aspiradora familiar por los arcones, públicos o no.  Su impunidad lo acompañaría de manera vitalicia, al amparo de inmunidad y las sombras proyectadas por los hermanos constructores. 

Wasmosy quedó alelado como saudita en la Antártida, o lo fingió muy bien.  No podría negarse, pero tampoco le desagradaba la idea. El caudillo Argaña era un rival de cuidado, políticamente hablando, pero el diminuto Oviedo le aseguraba, que la candidatura y la presidencia serían suyas, sin discusión alguna. No pudo en ese momento dejar de maximizar sus posibilidades, sin detenerse a pensar que, desde el golpe del 89 algunas cosas habían cambiado y un fraude no dejaría de desatar rencores, invectivas y exabruptos esdrújulos y mayúsculos. 

Argaña no se dejaría arrebatar su aparente mayoría sin pataleos, aparte de ostentar éste una trayectoria política, si no impecable, al menos decidida y enérgica.  Y así sucedería posteriormente.  Tras el críptico conciliábulo, los dos generales abordaron su turbohélice canadiense y, zumbando a toda turbina, se alejaron raudamente hacia el suroeste, regresando a la capital y a sus capitales. 

Ahora venía lo más difícil.  ¿Cómo convertir a un pazguato en político, si ni siquiera sus peones se atreverían a votar por él?  Obviamente, el aparato electoral del partido, estaba en manos de los mismos de siempre. Stroessner se había ido, pero no sus mañas. Aunque Rodríguez sabía con certeza que los colorados se reagruparían camaleónicamente en torno al ganador, fuese quien fuese.

El desgarramiento del partido de gobierno se veía venir desde los prolegómenos del golpe de febrero del 89, lo que repercutió en la pérdida de intendentes municipales en varias localidades importantes, incluida la capital, ahora en manos de los opositores e independientes, pero posteriormente hubo un reagrupamiento para la constituyente, tras lo cual nuevamente el desmembramiento tomó cuenta de la situación. Los grupos de poder empresarial se enfrentaron a los políticos de salón, a los de seccional y a los latifundistas, que también estaban representados en el esquema de poder.

El Dr. Argaña era el candidato con más chance para representar al partido en las presidenciales nacionales.  Batirlo en unas internas partidarias limpias sería más difícil que verse las orejas sin espejo, pero el general Oviedo se las sabía todas y contaba con expertos en fraudes, reciclados de la tiranía depuesta: los llamados "Osos Blancos", carcamales aristocráticos sobrevivientes de la segunda reconstrucción y reciclables como basura plástica. 

El periodista de un diario capitalino, vespertino por entonces, se llegó cierto día por Táva Pyahu para constatar in situ las denuncias de que allí se preparaba un campamento guerrillero para desestabilizar al gobierno. Y apareció justo unos días después que viniera un enviado del general Lino Oviedo, el cual les reiteró que apoyasen al ingeniero Wasmosy en las internas coloradas, con la promesa de solucionar sus problemas, dotarlos de tractores y condonar sus deudas ante la banca oficial.  Los líderes respondieron que llamarían a asamblea popular para debatir el tema antes de decidir nada, a lo que el enviado respondió que era una orden del general Oviedo, por lo que no admitiría esperas ni dilaciones.

 Ante tal muestra de cinismo, Calixto lo envió a por donde vino con cajas destempladas.  No tardó la prensa empresaria en acusar a los campesinos de varias localidades sanpedranas, de aspirantes a guerrilleros marxistas entrenados por cubanos disfrazados de médicos, o colombianos de las FARC.  Dicho despropósito, suscitó la curiosidad de Andrés Dolman, quien grabadora en mano y cámara en bandolera se apersonó ante algunos responsables del asentamiento, quienes prometieron mostrarle todo para salir de dudas. 

Pasaron por la escuelita Igualdad, donde Ramona Ramírez y dos adolescentes tomaban cuenta de los cachorros de los labriegos y de algunos jóvenes aprendices de ciudadanos.  La lección del día versaba sobre las Escrituras: la parábola del camello y el ojo de la aguja.  Luego se debatió sobre el cooperativismo y los anarquistas cristianos del siglo XIX.  También analizaron el pensamiento de Teilhard de Chardin, Tomás de Kempis, Anthony de Mello y otros pensadores cristianos, así como sus contrapartes, los enciclopedistas, librepensadores y gnósticos.  Nada anormal.  Seguidamente fueron a las capueras a observar de cerca el trabajo organizado.

Entre todos hemos suscrito los créditos para comprar lecheras, cerdos y cuanto precisamos para la colonia —explicó Selma Ortiz, dirigente femenina del asentamiento—. Mucho pataleamos para evitar que los créditos se otorgasen en forma individual a fin de dividirnos. Finalmente logramos constituir una especie de “sociedad”con personería y allí recién nos lo dieron.  Mediante esto, tenemos animales de crianza. Cuando podamos, nos mecanizaremos.  Nos acusan de marxistas, porque no cedemos a las presiones de cierto general de opereta de apoyar a su espurio candidato.  Preferimos mantenernos al margen de las sucias internas partidarias coloradas y liberales, pese a que entre nosotros hay colorados, liberales, anarquistas libertarios, socialistas de medio pelo, animistas, neopaganos, trotskistas, cristianos devotos y ateos funcionales.  Nuestra independencia es sagrada y vamos a luchar por ella con todas nuestras fuerzas. De todos modos, ya pasamos por lo peor.  —¿Y cómo hacen para dividir las ganancias?  —preguntó Andrés Dolman con cierta ingenuidad propia de los citadinos recién salidos del  muy delgado cascarón universitario, que por cierto no acorta orejas.

¿Cuáles ganancias? —dijo extrañado Calixto Ñamandú. Aquí no buscamos el lucro individual, sino el bienestar común.  Tener alimentos, salud, educación por nuestros propios medios, sin mendigarlo al gobierno, a los políticos ni a las iglesias.  Lo que antiguamente se denominaba mboriahu-ryguatã: pobres de barriga satisfecha.  Todo lo hacemos en común y lo disfrutamos en común. Si eso es marxismo, entonces... bueno, quizá tengan razón.  No sé demasiado de marxismo teórico, pero sí bastante de lo que es la dignidad práctica. Y eso, no tiene precio para nosotros.  Anótelo en su libreta.  —Me parece excelente su exposición —comentó Dolman—.  Creo que tienen razón ustedes.  ¿Qué hay de los médicos cubanos que mencionan los otros diarios?  ¿Acaso tienen hospital aquí?  —Hay dos médicos cubanos en Lima y creo que son clínicos itinerantes.  No tenemos hospital, pero cada quince días aparecen por aquí para desparasitar a los niños en la misma escuela, donde tenemos todos un dispensario improvisado.  En realidad, preferimos aplicar técnicas de prevención antes que mera asistencia.  Apenas nos hablan ellos de los logros de su revolución, pero no somos adoctrinados.  Más bien a-doctrinarios.  Parte de la educación de niños y niñas, es nutrición y sexualidad responsable. Lo demás, vendrá por añadiduras, como dicen los evangelios.  Tampoco fomentamos vicios.  Habrá visto que en nuestro almacén de consumo, no figuran rubros como tabaco, alcohol ni cosas innecesarias para la vida.  Varias veces quisieron los macateros itinerantes proveernos de basura, pero sólo dejamos lo indispensable.  Mucho nos costó rehabilitar a nuestros hermanos venidos de otros lugares del país, algunos con avanzado alcoholismo, otros fumadores empedernidos, a quienes al principio hacíamos el vacío o los enviábamos a fumar al patio durante las asambleas, hasta que poco a poco fueron deshaciéndose de esas lacras y hoy son los más responsables por su salud y la de los demás. 

Andrés Dolman se sentía conmovido ante el detallado relato de las experiencias y vivencias del asentamiento, aún ilegal pero en vías de legalización. ¿Cómo podrían ser considerados subversivos quienes se guiaban por los postulados de la libertad?  Paulo Freire, Pestalozzi, Montessori, Rousseau, Montesquieu eran referentes filosóficos de estos hombres y mujeres que pretendían romper las injustas estructuras, casi oscurantistas e inquisitoriales, que oprimían a todo el país y al continente austral.  Una estructura heredada de la noche de los tiempos coloniales, en que los conquistadores la impusieran a los nativos a sangre y fuego primero; por la persuasión evangelizadora después.  Jesuitas, dominicos y franciscanos disputaron territorios con los encomenderos para captar almas con sus correspondientes cuerpos, aunque no siempre para lo mismo.

Los últimos, sólo buscaban mano de obra esclava para sus haciendas y carne para sus serrallos y servicio doméstico. Los religiosos, apenas intentaban tímidamente inculcarles la virtuosa resignación para que pudiesen sobrellevar su cautiverio sin suicidarse, como de hecho muchos nativos lo hicieran para huir de la esclavitud; o del bautismo forzoso a que los sometían, para que pudiesen ir al cielo en cuanto el látigo del amo se desmandase o los perros de presa se cebaran en sus carnes ahuyentando sus almas fuera de ellas.  Andrés Dolman sabía acerca de todo esto y aún así, le costaba hacerse a la idea de que estos labriegos, hasta poco antes semianalfabetos, supiesen con claridad con qué herramientas culturales construir el camino a Utopía. 

Tras charlar con los campesinos, entre refrescantes sorbos de tereré, el cronista recorrió los sembradíos de frijoles, cacahuetes, huertas, frutales y cuanto sustentase a los pobladores.  También pudo observar los criaderos de animales de corral y los tambos lecheros comunitarios, impecablemente organizados.  Pudo tomar varios rollos de instantáneas para su diario y para sus archivos, a fin de desmitificar las desinformaciones propaladas por personeros del gobierno, de cierto clero conservador y de vecinos malinformados a quienes causaba envidia su modo de vida.  Nada dejaría en el tintero y probablemente esto le granjearía enemigos y problemas.  Pero poco le interesaba tal detalle, si se ponía del lado de la verdad.  Varios días recorrió la zona e incluso indagó entre los hacendados y agricultores vecinos acerca de los rumores que tomaron cuerpo en la capital, provocando revuelos y suspicacias contra Táva Pyahu y sus extraños modos de tomar decisiones y compartir —casi cristianamente se diría— el trabajo y la alegría, sin excesos ni altos impactos ambientales propios de las explotaciones agroganaderas empresariales, donde el lucro —el sacrosanto lucro— era el motor de las motivaciones non sanctas de los latifundistas. 

Varios vecinos, e incluso el párroco de Lima tuvieron expresiones poco amables para con los intrusos de Táva Pyahu y sus aparentemente poco claros modos de vida.  Pareciera que les molestara a todos la creciente organización, prosperidad y bienestar de la colonia y el desdén de los campesinos por el lujo, el alcohol y los vicios típicos de los demás paraguayos de linaje, rural o urbano. 

Mientras tanto, en la capital se ponía en marcha un aparatoso operativo de fraude electoral.  Los ríos bajaban revueltos y enfangados, pletóricos de oportunistas de medio pelo y perversos de pelo y medio.  El ingeniero Wasmosy entraba en la palestra política por la ventana, cual furtivo ladrón de ilusiones, con demagógicos mensajes.  La mentira cabalgaba desde Campo Grande, azuzada por la fusta de Lino Oviedo, el elector y árbitro, y del general Andrés Rodríguez, el gran Padrino del narcotráfico.

Un “modelo”  incómodo

Entiendo que ustedes son agitadores, subversivos y fanáticos del marxismo  —dijo el juez del crimen a Perú (Pedro) Garrido, apresado con otros treinta y seis compañeros, desalojados de una fracción llamada "La Golondrina".  Hacienda perteneciente a Blas Riquelme, un empresario de Asunción que en sus horas libres fungía de político de medio tiempo, tras haber comprado por otro período una banca en el Senado, con seis ceros en dólares.

Será mejor que confiese y se ahorrará una larga pasantía en Takumbú con sus compañeros  —prosiguió imperturbable y con fingida severidad el magistérico funcionario judicial.  En realidad, ni el propio juez creía en los infundios del parte policial, pero tenía órdenes de llevar a cabo un proceso ejemplarizador. Había que acabar con las invasiones de tierra como fuese, aunque debiera condenar a todos los implicados, como Perú, quien le respondió calmadamente: No sé qué quiere decir eso, señor juez.  Sólo queremos trabajar en paz y alimentar a nuestras familias, sin tener que mendigar empleos públicos o robar, como lo hacen descaradamente esos mismos que nos están acusando.  Espero que su secretario tome nota de esto. 

El juez le impuso silencio y tornó a releer el parte policial y la denuncia de Blas Riquelme, el estanciero ausentista de "La Golondrina".  No le cabía en la mollera la certidumbre de culpabilidad de los labriegos y dudaba realmente acerca de la veracidad del parte policial, pero su carrera estaría en juego.  No debía olvidar que Riquelme, aparte de empresario era senador nacional y tenía el poder que da el dinero, pese a ser medio escaso de  luces, con un exiguo dominio del idioma y apenas conocedor de letras y números indispensables para sus balances amañados.  De todos modos, el juez Barnabás Martínez investigaría el caso.  Recordó haber leído en un vespertino de la capital una serie de notas de un tal Andrés Dolman acerca de una ocupación de irregulares, también acusados de marxistas, donde el cronista desmentía categóricamente tal veredicto y con pruebas contundentes, ridiculizando de paso a los acusadores de aquéllos.  No era el caso de ser blanco de los dardos urticantes de la prensa, a causa de acceder a las amenazas de un político de cuarta con ínfulas de primera. 

El detenido aguardaba imperturbable mientras el juez cavilaba acerca de su caso y el secretario aguardaba frente a la máquina mecanográfica (aún no había ordenadores allí) para proseguir la audiencia. En el parte policial, aquí obrante, figuran muchos libros sospechosos —prosiguió de pronto el juez. Por ejemplo “Educación para la liberación” de un tal Freire, “El Contrato Social”, de un tal Ruseau o algo así. Seguro que son todos comunistas esos tipos.  No lo niegue.  Así diciendo, el juez señaló una pila de libros incautados de la ocupación por la policía. Creo que será mejor que lea esos libros, antes de proseguir este juicio, señor juez  —replicó Garrido—.  Puede retenernos en la cárcel mientras tanto.  No tenemos apuro.  Pero léalos y quizá se le iluminen las entendederas.  Es una pena que siendo egresado de la facultad de Derecho no los haya leído.  Lo siento por usted...  ¡Callese el reo! ¡No le he pedido su opinión!              —gritó el juez alterado, mientras el secretario dudaba de asentar el exabrupto y las declaraciones del acusado en el acta de autos.

Perú Garrido sonrió con sorna y guardó silencio.  Le encantaba rebatir a los inquisidores de nuevo cuño.  Era casi como burlarse de Dios en el mismísimo Paraíso, desde su extrema diestra.  El juez ordenó la comparecencia del siguiente: Francisco Lamas, haciendo retirar al insolente Perú Garrido de su presencia.  Minutos más tarde, Lamas tomaba asiento, siéndole preguntado nombre, nacionalidad y profesión. —Me llamo Francisco Lamas, o Pancho.  Soy paraguayo y agricultor como mis padres y mis abuelos.  Más que eso no recuerdo usía  —respondió el incoado en el expediente, con un dejo algo sarcástico.              —¿Quiénes son los cubanos o colombianos que los están entrenando en guerrillas subversivas? —preguntó nuevamente Barnabás Martínez mirando de reojo al parte policial. No sé de qué cubanos o colombianos me habla, señor juez.  Fueron algunos vecinos y los denunciantes los que inventaron todo eso.  Nosotros sólo recibimos visitas de estudiantes de la capital, que compartieron con nosotros durante la cosecha de algodón.  Luego, nos negamos a vender nuestro producto por el bajo precio, cuando nos apresaron y nos robaron la cosecha, nuestros animales y nuestras verduras, quemando nuestros ranchos. Y sabemos quiénes nos lo robaron.  Fueron los militares y policías que allanaron nuestras casas y chacras. ¡Limítese a responder lo que le pregunto! —gruñó fuera de sí el señor. juez. ¿Quiénes eran sus instructores en guerra de guerrillas?  —¿De qué guerrillas me habla? Nosotros apenas teníamos dos escopetas de caza y nuestros machetes de carpir.  Nada más. ¿Para qué nos íbamos a meter en eso, teniendo niños que alimentar y mujeres que cuidar? ¿O Ud. cree en esas patrañas?  —¡Cállese, le digo y solamente responda las preguntas! ¿Acaso no hacían reuniones cada semana, como para conspirar contra el Estado? ¿No saben  que deben informar a la policía y solicitar permiso para reunirse? Ustedes se están metiendo en un berenjenal con eso de asambleas populares, al estilo soviético. ¿Acaso no tienen dirigentes para tomar decisiones? ¿Qué necesidad tienen de reunirse a cada rato? ¡Respóndame a esto!   —Los dirigentes no toman decisiones inconsultas, al menos entre nosotros, señor juez.  Más aún si las decisiones puedan afectar al resto o perjudicar a muchos. Por eso nos reunimos, democráticamente, como manda la constitución.  ¿Leyó, por acaso el artículo 26, donde establece la libertad de asociación y de reunión?  Si no lo hizo, aún tiene tiempo.  —¡No me venga a decir qué tengo que hacer! gritó el energúmeno magistrado al borde de la histeria. ¡Ustedes estaban conspirando! ¿Acaso ya no se fijó el precio de venta del algodón? ¿o piensan contradecir al Consejo Económico de la Nación? 

—Cuando se inició el período de siembra, nos prometieron un precio razonable, entre mil trescientos a mil quinientos guaraníes por kilo. Cuando faltaba poco para la cosecha, nos salieron con la historia de que bajó el precio de referencia en Liverpool y Chicago, ofreciéndonos apenas seiscientos cincuenta o setecientos por kilogramo.  A eso, yo lo llamo simplemente una estafa.  Se nota que usted no es agricultor, señor juez.  Pero si su patrón le ordenó que nos condene por sostener nuestra dignidad, hágalo.  Allá usted con su conciencia. 

A estas alturas, el juez estaba al borde de la locura.  Nunca se había enfrentado con reos de esta calaña.  Casi siempre los acusados actuaban con humildad frente a la majestad de su cargo.  Pero estos osados analfabetos cometierras, intentaban superarlo en conocimientos de leyes y artículos constitucionales ¡Habrase visto!  Sus debilidades tomaron fuerza, valga la paradoja y el oxímoron: ¡Salga inmediatamente de mi presencia!  —gritó fuera de sí Barnabás Martínez, juez del crimen del segundo turno, dando por terminada la audiencia, ante la angustia y la desazón del pobre secretario, poco acostumbrado a estos interrogatorios fuera de serie y del libreto. 

Antes de pasar el siguiente acusado, el juez decidió suspenderlo todo para nueva fecha. Debería investigar, parte en mano, acerca de la Constitución Nacional recientemente promulgada y algunas leyes agrarias recientes. No fuese que lo tomaran desprevenido la próxima vez. Estos campesinos se estaban poniendo en letrados. Seguramente la lectura de libros sospechosos o algunos instructores subversivos que los estaban apartando del rebaño de las ovejas del Señor, como le soplaran el reverendo cura párroco de Lima y el Nuncio Apostólico de Su Santidad. 

Evidentemente, los nuevos campesinos estaban más informados de lo que muchos podrían suponer.  Y esto constituía un peligro en cierne para la estabilidad de las instituciones y la Ley. El modelo adoptado por los cometierras para organizarse, era a todas luces incómodo para la sociedad occidental (¿o accidental?) y cristiana, que él representaba con la contundente vara de la justicia. De buena gana hubiese condenado sumariamente a todos los incoados en autos, pero no podría hacerlo antes de agotar los procedimientos engorrosos del sumario: declaraciones, investigación, consultas con los denunciantes y todas esas zarandajas leguleyas.  Además, debía cuidar sus espaldas de los abogados que defendían a los campesinos, seguramente pagados por alguna entidad de fachada. ¡Vaya uno a saber si alguna organización no gubernamental estaba en concomitancia con el marxismo internacional!  Evidentemente, los cometierras estaban bien asesorados o se pasaban de listos.  ¡Ah! pero ya los pondría en su lugar, sin lugar a dudas. 

El general Rodríguez en tanto, convocó a Blas Riquelme a su despacho en el Palacio de López.  El muy ladino empresario-testaferro, partidario del tirano Stroessner depuesto por el ahora presidente, intentaba enfrentar al caballo del comisario en las internas del partido colorado, sin percatarse que el candidato rodriguista ya estaba cantado y hasta bailado de antemano. 

Riquelme llegó hasta el palacio de gobierno en un lujoso todoterreno diésel japonés, con el porte engallado de macho de espolín, cuando en realidad era un secreto a voces lo viceversa.  No tardó en ser recibido por el presidente, y en la breve antesala imaginó que conseguiría su apoyo para su candidato favorito: el empresario alcoholero Gustavo Díaz de Vivar y Grado 33 del Rito Escocés.  Por tanto, su sorpresa fue mayúscula cuando el general lo recibió con un exabrupto inesperado:  —¡El ingeniero Wasmosy será nuestro candidato por el partido, así que olvídese de cualquier otro que no sea de mi confianza! ¿Entendió, pedazo de imbécil del tres al cuarto? Disuelva ese movimiento inmediatamente o apártese. ¡Es una orden! ¡Nada de dispersarnos votos útiles en estas internas partidarias!  Riquelme quedó aplastado por la invectiva, y reaccionó como el pusilánime untuoso, zafio y zalamero que era realmente.

—¡Pero mi general! ¿No era que íbamos a hacer un juego democrático para guardar la imagen?  —¡No se me haga el listo, Riquelme, que bien nos conocemos! ¡Wasmosy será el candidato y punto! ¡Y ahora, retírese! Y traten de convencer al Dr. Argaña que desista de su candidatura y se acople al proyecto de consenso.  Es decir al nuestro.  Si quiere seguir de figurín, hasta le podemos dar la vicepresidencia, pero nada más.  Buenos días. —¡Pero mi general!  yo… intentó justificarse Riquelme, pero ya un ujier entorchado, disfrazado de edecán  lo tomó del brazo para conducirlo a la puerta del despacho presidencial, de poco talante, justo es reconocerlo, por lo que el azorado político no hizo resistencia.

  Sintió la severa mirada de Rodríguez quemándole o soplándole la nuca mientras se alejaba.  De pronto, intuyó que el juicio de desalojo contra los ocupantes de sus tierras corría riesgo de irse por el tobogán, con costas a su contra.  Enfrentarse con Rodríguez, era a todas luces insalubre para su economía.  Comenzaba a arrepentirse de haber iniciado un proyecto político divergente que podría costarle caro.  Es que él era stronista  y  lo seguía siendo y asumiendo, pese a quien pese.  Aunque ya le iba pesando a él ahora mismo.

El juez Barnabás Martínez atendió el teléfono con la contrariedad de quien se siente interrumpido a poco de un inminente orgasmo. En realidad, estaba magreando a su secretaria durante uno de sus pocos momentos de privacidad entre proceso y proceso.  Pero apenas alzó el tubo —es decir, el del aparato comunicador— cuando el Sr. Juez se puso instintivamente erecto en posición de firme-húsar-de-plomo. ¿Doctor Martínez?  Aguarde en línea.  Le va a hablar el general Rodríguez, presidente de la República.  Un momento por favor.  

El juez pensó que le ordenarían dictar sentencia condenatoria contra los agricultores procesados en su sala y aguardó expectante, con ligera taquicardia, al mandamás paraguayo post-golpe. En pocos segundos de espera, oyó la voz del general, pero no con el tono conciliador con que acostumbraba a tratar con la prensa, sino con el de un imperator.  Y de hecho lo era.

Escuche atentamente, doctor Martínez.  Absuelva inmediatamente a esos campesinos y rechace la demanda de Riquelme.  Mi gobierno no puede recurrir a los mismos métodos terroristas del anterior.  Desde hoy, Riquelme está en la cuerda floja, así que... hágalo como decisión suya.  Luego veré que lo asciendan a camarista.  ¿Entendió?  Si no sabe cómo hacer su dictamen, hágase asesorar, pero quiero la sentencia definitiva de su instancia en una semana.  —¡A su orden, señor presidente!  Ud. sabe que este caso era para mí una batata caliente y sólo por presiones del senador tuve que hacerme cargo.  Nunca creí en la culpabilidad de esas personas... eehh... usted  sabe que yo...            —¡Veo que nos entendemos, Barnabás! ¡Proceda inmediatamente! Y cuando conceda la libertad a esos campesinos, dígales de mi parte,  que espero su apoyo al candidato de nuestro partido en las elecciones internas primero y en las generales después. ¡Buenos días!  

Tras esto, se oyó un ¡clic! y Martínez quedó más de un minuto congelado en posición de firme, mientras su secretaria se alisaba los cabellos, luego de desmelenarse un rato para complacerlo oralmente y relajar el estrés a su jefe que le tomara un húmedo examen.

¿Se siente bien, doctor?  —preguntó solícita, al ver la lividez del rostro del juez, mientras retocaba su maquillaje y se limpiaba algunos restos efusivos de sus labios y mejillas, con papel higiénico, sin que el juez atinase a responder.

Tras su inesperada liberación, los campesinos depauperados se reunieron nuevamente. Esta vez en una plaza de Asunción, donde un enviado del general Rodríguez los esperaba con un cheque de cinco millones de guaraníes y un camión militar.  Entre sorprendidos y alertas, escucharon al enviado, quien les anunció que podrían regresar a su ocupación con todas las garantías del gobierno. Además, serían indemnizados por la destrucción de sus capueras, el robo de doscientas bolsas de algodón cosechado, que les sería pagado al precio de referencia, que ellos mismos rechazaran antes de la expulsión.  Recibirían además nuevas herramientas y un tractor.  Por las experiencias de los labriegos, éstos estaban poco acostumbrados a confiar en las promesas de las autoridades.  Especialmente ministros y sus burócratas. Pero el astuto hombrecillo que los encaraba, de riguroso civil, venía nada menos que de parte del poderoso Rodríguez, y creían reconocerlo como al general Lino Oviedo, el poder detrás del trono y factótum de la toma del Regimiento Escolta Presidencial, último baluarte de Stroessner. 

Pero la sempiterna desconfianza proseguía tratando de tomar al abordaje sus mentes. ¿Qué habría tras tan generosa oferta?

Lo único que les vamos a pedir a ustedes, como ciudadanos paraguayos, es que apoyen al candidato de nuestro partido en las próximas elecciones presidenciales.  Nada más.  Mi general va a interceder para que el Congreso expropie por ley esa fracción improductiva que ustedes han ocupado.  Recuerden que como dijera el ministro de Defensa, doctor Hugo Estigarribia: “la palabra de un soldado, vale más que mil leyes” ¿conformes? 

—Nosotros no podemos darle una respuesta al señor presidente ahora, sin consultarlo en asamblea, de acuerdo a nuestra metodología —dijo Perú Garrido, cabecilla visible de estos labriegos—.  Además, preferimos que cada quien actúe según su conciencia.  No podemos ordenar a los nuestros que apoyen a nadie que no nos haga propuestas sólidas en lugar de promesas vacías e infladas.  El general Oviedo dudó un poco y respondió con su aplomo  característico:  Piénsenlo bien.  Si mi general promete, ha de cumplir, pero no se me hagan los retobados, que pueden volver a tener problemas.  Si van a necesitar algo más, aquí tienen mi tarjeta.  También pueden llamarme al Primer Cuerpo de Ejército.  Tienen cinco días para tomar esa decisión.  Por ahora, dispondré un camión militar  para que puedan llegar hasta sus… No tenemos casas, general.  Recuerde que sus hombres nos incendiaron nuestros ranchos, saquearon nuestras huertas y robaron nuestra cosecha de algodón  —respondió Perú Garrido con telegráfica presteza y laconismo. 

Hace cuatro semanas he enviado un batallón al sitio para reconstruir las casas y las huertas. Vayan tranquilos.  Ahora tendrán casas de madera y si apoyan al ingeniero Wasmosy como pide el presidente, les haremos casas de material.  Tienen mi palabra.  —En tal caso, iremos allá, pero como sabe, no le prometemos nada por ahora. ¿Y qué pasará si no aceptamos?               —acotó Francisco Lamas con muy poco disimulada ansiedad.  —Volverán a ser desalojados.  Ustedes fueron absueltos en primera instancia y Riquelme podría apelar y volver a decretarse prisión preventiva.  Hay muchos campesinos que podrían aceptar nuestra propuesta y ser ubicados en el sitio. Piénsenlo bien —respondió Oviedo con su paciencia semiagotada a causa de presionar en saco de culo roto. 

—Entre nosotros hay algunos simpatizantes colorados —dijo Pancho Lamas—, pero se les hará difícil votar por un tránsfuga sin trayectoria política; de todos modos, sólo podemos prometerle que convocaremos a una asamblea.  Nada más... —remató Pancho Lamas antes de despedirse.  Los campesinos llegaron, camión mediante, al sitio de donde fueran desalojados  meses atrás.  Sus mujeres y niños estaban ya aguardándolos confortablemente instalados en casitas de madera con una cálida pero incómoda techumbre de fibrocemento.  Pero pese a ello, estaban apesadumbrados ante la penosa disyuntiva de tener que prostituirse —o poco menos— al poder político de turno.  No habría paz en sus conciencias, caso de acceder al facilismo de contar con un mecenas peligroso como Rodríguez.  Además, era casi seguro que las mujeres optarían por acceder, con tal de contar con la seguridad de un hogar propio.  Pero se equivocaron de medio a medio.  Y lo comprobarían al día siguiente en asamblea.

Desde las ocho de la mañana iniciaron las deliberaciones.  Las mismas mujeres eran poco afectas a ceder a las exigencias extorsivas de Rodríguez y su entorno político. De seguro este ingeniero será una suerte de continuismo del actual gobierno.  No lo veo claro —dijo Clara Martínez, de la fracasada colonia Repatriación, adicta a Stroessner... y su sucesor, y evangelistas patriarcales del llamado "pueblo de Dios". 

—Por eso, considero sospechoso el interés de Oviedo en que apoyemos a un candidato que ni siquiera fue aún electo por mi partido en unas internas limpias  opinó Pancho Lamas—.  Algo se traen estos militarotes entre sus garras.  Creo que si accedemos a sus condiciones, nos pesará toda la vida.  Ese ingeniero está estrechamente vinculado al hijo mayor de Stroessner y fue su testaferro de confianza, y hasta se comenta que uno de sus soplanucas favorito, ahora, barón de Itaipú con su industria pesada de chatarra.  Pero creo que de todos modos, con o sin nuestro apoyo, ese tipo va a salir electo, para desdicha de la república, es decir: de todos nosotros. 

Los demás fueron de idéntico parecer.  Pero ¿podrían prometer su apoyo y luego votar contra el ingeniero Wasmosy?  Primero, éste debía medirse contra el Dr. Argaña, el cual tenía un cierto prestigio entre los colorados, e incluso entre los no afiliados,  a causa de su intransigencia,  pese a haber sido stronista hasta las penúltimas etapas de la tiranía. Y éste tenía todas las de ganar, salvo un fraude alevoso a que eran tan afectos los colorados de viejo cuño. 

Evidentemente no podrían comprometer sus principios y resolvieron rechazar el exhorto de Rodríguez debiendo, por ende, prepararse para lo peor.  Y lo peor llegaría en poco tiempo más... para ellos.  Y, poco más tarde, para el hasta entonces general Lino Oviedo, quien daría sus últimos pasos de ganso como militar y todopoderoso.

Una lección de dignidad

La comitiva judicial-policial-militar, irrumpió en la ocupación con la aparatosidad típica de los perros de presa del régimen.  Rodríguez no esperaba la negativa de los campesinos de los distintos asentamientos de cuatro departamentos, pero estaba dispuesto a ejercer la presión necesaria para lograr sus propósitos.  Lino Oviedo tampoco la esperaba, pero no estaba dispuesto a tolerar disidencias a las órdenes del jefe, por lo que personalmente acudió a desalojar nuevamente a los campesinos remisos. Claro que no quemarían las viviendas como en la primera represión, sino que las reservarían para otro grupo de campesinos dóciles, adictos y fanatizados, que nunca faltan; aunque éstos, generalmente, gustan poco del trabajo duro y los sacrificios que implica la vida de una colonia agrícola minifundiaria, y más bien prefieren medrar a la sombra de los caudillos o las instituciones públicas, preferentemente en zonas urbanas. 

Oviedo contempló impasible el apresamiento de hombres, mujeres y niños, que serían arreados como ganado a la capital para reanudar nuevamente la farsa judicial; esta vez en Segunda Instancia, tras la apelación de Blas Riquelme a la sentencia absolutoria del juez Barnabás Martínez, recientemente ascendido a camarista por el poder Ejecutivo y el domesticado Consejo de la Magistratura, manejado por los discípulos de Hiram Abí y los Hijos de la Viuda, como se autodenominan los monaguillos del Gran Arquitecto. 

Pero la cosa no fue tan fácil.  Muchas viviendas comenzaron de pronto a arder, mientras los policías y soldados impotentes intentaban contener la deflagración. Los campesinos, previendo el desalojo habían dejado recipientes de combustible en todas las casas e incluso en las chacras y bosques aledaños con la consigna de tierra arrasada.  Además, habían cortado el paso de agua desde el tanque principal.  Los niños menores, aún no apresados por los policías, se encargaron de poner fuego en sus viviendas con todo y enseres como en un esperpéntico conjuro mágico. 

Mientras los cancerberos intentaban infructuosamente combatir las llamas, muchos campesinos huyeron con sus mujeres en medio del desorden;  apenas unos diez hombres de edad adulta estoicamente permanecieron en el lugar para cubrir la huida de los demás.  Lino Oviedo no daba de sí de la furia y la frustración, ante el fracaso de su misión.  Muchos millones habían invertido para construir las viviendas y las demás instalaciones de infraestructura que ahora ardían alegremente como en un dantesco ritual de tiempos olvidados o infiernos perdidos. 

Furioso por la pérdida, ordenó maniatar a los rezagados y golpearlos a culatazos antes de enviarlos a Asunción. Los hombres lo soportaron impasibles y serenos, sin resistir ni esquivar los golpes, ni profiriendo gritos. Incluso, algunos ya bañados en sangre sonreían beatíficamente, como cristianos frente a las fieras del circo.  ¡Y qué circo de perros! 

Al desistir de sus intentos de dominar el fuego —que  en poco tiempo lo devoraría todo—, el irascible Oviedo ordenó a sus fuerzas perseguir a los que huían por el monte y que apresasen a quienquiera que fuese.  No les perdonaría la afrenta hecha a su superior inmediato. Luego, se apartó de allí para llorar su frustración. ¡Si lo vieran sus jinetes favoritos! 

Los campesinos fugitivos pudieron eludir a la policía y las fuerzas militares en los tupidos senderos del bosque, que conocían mucho mejor que los cancerberos asuncenos de asfalto y salón. En tanto, los incendios despistaron a los perseguidores, deteniéndolos aquí y acullá, ya que los bidones de keroseno estaban bien distribuidos. De todos modos, los rehenes de Oviedo fueron conducidos a golpes hasta el camión enviado a por ellos, sin quejas ni lamentos, sabiendo que los suyos estarían a salvo de la brutalidad uniformada.

Recordaban cuando la represión de la Pascua Dolorosa del 76, en que mujeres, madres de familia, eran violadas frente a sus hijos y esposos o parejas, mientras los hombres eran amarrados con alambres de espinos y azotados con látigos de ocho cabos.  Evidentemente lo peor había pasado, tal vez gracias al oportuno golpe de Estado de Rodríguez, pero esto no los hacía confiar en alguien cuya fama de narcotraficante trascendiera las fronteras del planeta e incluso quizá la del sistema solar; y que ahora se blanqueara con disfraz democrático, mientras traficaba en forma lícita, gracias a la DEA, al apoyo de la CIA y la embajada norteamericana.

¿Para qué querría éste un presidente títere tras su retiro de la vida pública?  Esto les era difícil de tragar, pero se iba tornando comprensible.  Por de pronto, estaban dispuestos a afrontar otro proceso criminal, pero nadie podría impedirles gritar su verdad ante el país entero.  Sabían que no estarían solos y que algunos periodistas y sacerdotes progresistas estarían de su parte.  También la ciudadanía consciente los apoyaría, como lo hicieron durante el cautiverio de su larga lucha por la dignidad.

Procurarían no doblegarse ante juez alguno que no fuese su propia conciencia. En realidad, Oviedo no quería que el caso trascendiera demasiado, ya que sólo se trataba de encumbrar a la presidencia de la República a un títere de Rodríguez; no de hacer un escándalo nacional por un desalojo de campesinos remisos a dar apoyo a un mbatará (bataraz) como lo llamaban despectivamente a Wasmosy,  uno de los pilares de la corrupción de las obras de la represa de Itaipú y negociados anexos.  Argaña era enemigo jurado de Rodríguez y por ende no lo dejarían acceder a la presidencia, pese a que sus chances eran mayores que las del acartonado ingeniero, al disponer del aparato partidario. Oviedo pensaba al principio que sería fácil promover al candidato rodriguista entre los colorados, muy afectos éstos al mandamás de turno y camaleónicos por naturaleza.

Mas, al constatar la resistencia de muchos sectores populares a la tramoya urdida, comenzaba a dudar de la victoria y a pensar seriamente en el fraude como solución al impasse político. Por de pronto, los campesinos recientemente vueltos a desalojar, les habían dado a los oligarcas una lección de dignidad que difícilmente olvidarían; por más que la palabra dignidad no figurase en sus diccionarios.

Jaque al Rey de Espadas

Perú (Pedro) Garrido, maniatado con alambre fino (el precio de sogas estaba fuera del presupuesto de desalojos), en compañía de otros nueve agricultores, realizaron un incómodo viaje en el plan de la carrocería de un camión militar —semi desvencijado y a los tumbos por carreteras de tierra entre polvorienta y fangosa, rumbo a Asunción—, rodando como troncos desorbitados a cada bandazo de la carrocería.  No valieron súplicas oficiosas del obispo de Ca’aguazú ni patéticas rogativas de las mujeres y el llanto de niños, desamparados por la arbitraria acción de los militares y policías que participaran del procedimiento, deformadas sus almas por la furia vengativa de su acción.  Oviedo y Rodríguez sólo pretendían debilitarlos y ponerlos como ejemplo a los demás remisos a apoyar su proyecto. 

Pareciera que hasta las aves de los montes cercanos se llamaron a silencio para acompañar el dolor de los perseguidos.  Las casas nuevas, eran pavesas humeantes, cuando no cenizas al viento del otoño, melancólico y amargo, como suspiros de viudas de guerra fratricida. 

No sentían sin embargo tristeza alguna ni cargos de conciencia, por haber sido capaces de mantenerse íntegros ante el nuevo poder faccioso emergente, tras la caída de un tirano muy geronte y mal gerente —ya que jugaba a perdedor en política internacional—,  y la instauración de una transición democrática de papel. No, nada de lamentaciones, y sí a templar los espíritus para la nueva lucha que se avecinaba.

Tras interminables horas de viaje por caminos casi intransitables, llegaron por fin a una ruta asfaltada desde la cual alcanzarían la capital en unas cuatro horas y media.  Sabían que las iras del poder caerían sin piedad sobre ellos, por haberse opuesto a los megalomaníacos proyectos de Rodríguez-Oviedo, que de todos modos se ejecutarían inexorablemente en el país; para riqueza de pocos y miseria de muchos, como lo fuera desde el principio de los tiempos.  Como lo sería siempre o casi siempre. Salvio, Espartaco, los frigios, Mackandal, Zumbi, Ambaré, Caupolicán, Tupac Amarú, se habían sublevado para lograr su libertad, pero muchos acabaron crucificados en la Vía Appia, ahorcados, empalados, descuartizados o en el campo de batalla. Sólo Salvio murió anciano y en su lecho. La traición acecha a los justos a la vuelta de cada esquina.

Conocían, por haber tenido acceso a cierta prensa extranjera, que conocidas sociedades ocultas del primer mundo se hallaban impulsando —desde sus crepusculares entornos rituales—, un proyecto de globalización,  que abarcaría a todo el planeta  y los pondría bajo el dominio de grandes corporaciones en una nueva era feudal.  Los cazadores señorearían sobre los recolectores como en una era olvidada en la noche del pasado.  Dicho proceso se había llevado a cabo en la Europa de la posguerra mundial, y tras el cese de la guerra fría se iba extendiendo al resto del mundo como hidra de mil cabezas.

El derrumbe del socialismo gendarme  soviético, también fue planificado en ocultos talleres y oficinas, con el objeto de ganar mercados y expandir intereses poco claros a los cuatro vientos.  La guerra fría había cumplido su objetivo: ampliar el tráfico de armas en ambos bloques polarizados, pero ahora se imponían otros propósitos más sutiles. Y el águila imperial de la Nueva Cartago norteña, desplegaba sus ominosas alas renegridas —sospechosamente membranosas, como de asqueroso quiróptero hematófago de rasantes vuelos—,  sobre vastas zonas del  sometido planeta, y ellos: los campesinos paraguayos, serían desplazados y radiados de sus minifundios, como lo fueran sus abuelos, en pro de un nuevo "modelo" macro empresarial corporativo... salvo que lucharan para impedirlo.

Pero ¿cómo luchar contra la rampante estupidez y la inmoralidad, omnipresentes, en todos los estamentos sociales?  Las imposibilidades y las restricciones impuestas por la constitución a golpes de estado o intervenciones militares en la vida civil, eran escollos poco salvables, salvo si el poder político-militar trataba de imponer una democracia de fachada y alguno que otro fraude electoral, con anuencia militar o civil. 

Las internas coloradas para elegir candidatos a la presidencia de la República por el partido, se efectuaron en un marco de mutua desconfianza entre los partidarios del Dr. Argaña y el ingeniero Wasmosy,  contendientes en la lid, entre otros grupos menores.  Tras las reñidas internas, hubo denuncias de irregularidades a granel y los resultados no se dieron a conocer al público sino más de un mes después, a causa, supuestamente, de recontar por decimoquinta vez los votos y  dar lugar a las impugnaciones.

Lo que no dijo la prensa, fue que Lino Oviedo y Blas Riquelme se encargaron de llevar las urnas a cuarteles poco caballerescos, para amañar los resultados y falsificar actas de mesas, dando la victoria al caballo del comisario (o al acémila, si cabe la expresión) aunque por escaso margen; casi tan escaso como su moral.  Finalmente, pese a invectivas, plagueos, rezongos, lágrimas, zanguangadas, denuestos y pataleos, Argaña quedó fuera de carrera y Rodríguez pudo tener un sucesor digno de su calaña.

Andrés Dolman, acudió a la cárcel de Takumbú a entrevistarse con los detenidos del último desalojo. Los cargos eran: usurpación ilegítima de propiedad privada, incendio y daño intencional contra viviendas, agresión a la autoridad y otros.  Tras su estadía en Táva Pyahu, supo en propia piel los padecimientos de los campesinos, pero también de su tesón y fortaleza para vencer adversidades.  Éstos no serían muy diferentes a aquéllos en cuanto a la valoración de la dignidad como virtud.  Supo de las condiciones impuestas para concederles tierras, créditos y otras ventajas, y de la reluctancia a aceptar las leoninas imposiciones del entorno presidencial.  No sabía cómo abordar este caso, pero haría lo posible por meterse en la piel de los labriegos como lombriz y asumir la defensa de éstos con los medios a su alcance, que no eran muchos por cierto.  Primero vería cómo conseguir entrevistarse con los reos, ya que según el reglamento, recién después del período de adaptación de una quincena podrían recibir visitas, que no fuesen abogados o parientes muy cercanos. Y si el presidente interponía influencias para arrastrarlos a la condena e imponerles restricciones, la tendría difícil.

Por de pronto, una vez llegado ante los muros tétricos de Takumbú, pidió audiencia con el director del penal a fin de que le facilitase las cosas.  Luego vería.  No logró convencer al director ni al jefe de seguridad.  Las órdenes eran estrictas: nada de visitas ni entrevistas a los detenidos, hasta que se cumpliese el plazo de adaptación.  Recordó de pronto que el Comité de Iglesias tendría acceso irrestricto en su carácter de organización defensora de los derechos humanos durante la tiranía.  Se dirigió a un abogado del Comité desde un teléfono público pidiendo cita.  No dejaría pasar la oportunidad de poner en jaque al Rey de Espadas.  De pronto pensó preocupado que un abogados infiltrado en el Comité de Iglesias, era uno de los figurones de la masonería local, también vinculada a los círculos áulicos del poder; pero inmediatamente desechó sus temores.  Vería de emplear un poco de astucia periodística para llegar al meollo del asunto.   Algo muy grave tendría que haber pasado para que esos campesinos fuesen tratados poco menos que como animales durante su arresto, traslado y prisión.  El propio abogado le allanó el ingreso junto a los detenidos, en compañía de otro miembro del equipo del Comité de Iglesias, sin más expediente que discar un misterioso número telefónico desde su despacho. —Vaya tranquilo nomás, amigo Dolman  —díjole el hermano abogado Diego Bertolucci—.  Este fin de semana los tendrá a su disposición sin problemas. Podrá entrevistarlos en el locutorio de la prisión.  Si tiene algún inconveniente, llámeme a este número.  Pero si lleva mi tarjeta, no le pondrán inconvenientes.  Así diciendo, le alargó un cartón con su nombre llano, emblema, grado masónico de cúspide, tres puntos y nada más.

—Así es, señor periodista.  Nos resistimos a ser utilizados por el entorno político presidencial para apoyar a este... individuo de sospechosa trayectoria y oscuro pasado.  Si nos lo hubiesen pedido para el Dr. Argaña, quizá lo hubiésemos apoyado sin condiciones; pese a su fama de arbitrario y prepotente, hasta podría haber hecho un buen gobierno, pues lo creemos honesto y coherente, aunque con luces y sombras como cualquiera de nosotros.  No nos reprochamos el haber quemado todo el caserío con que intentaran comprar nuestra fidelidad  —comenzó relatando Perú Garrido al periodista Dolman en el locutorio de la cárcel—.  Pero la fidelidad, sólo se da entre mascota y amo.  Nosotros preferimos otorgar el beneficio de nuestra lealtad a quien la merezca.  No somos falderos ni queremos tener amos, ahora ni nunca.  Y si por no transigir con el poder nos persiguen como a perros rabiosos, vamos a llegar al extremo a que no hubiésemos querido arribar: el de hacer justicia con nuestras propias manos, y como perros rabiosos empezaremos a morder.  Pedírsela al poder es vano como fruta de plástico.

—¿No  sopesaron las posibilidades de hacer un bluff con Rodríguez y Oviedo?  —preguntó Dolman, respondiéndose él mismo con un equívoco—.  Podrían haber aceptado la oferta.  Total ¿quién se enteraría del resultado de sus votos?  Para eso está el cuarto oscuro. 

Dolman calló como intuyendo su respuesta, y no se equivocó. —No está en nuestro ánimo engañar a nadie.  Nuestra conciencia nos acompaña en el cuarto oscuro, señor Dolman —respondió Garrido—.  Si hiciésemos el compromiso, votaríamos indefectiblemente por ese truhán, pero que no va por ahí la cosa.  Simplemente tenemos principios y los mantendremos enarbolados como banderas al viento, aunque vengan degollando con cuchillo de palo.  —Entiendo.  Y les concedo la razón. Ojalá todo el país piense y actúe como ustedes. 

Tras una hora y media de charla, Dolman apagó su grabadora y se despidió de Garrido, rogándole que aceptase una pequeña ayuda en efecttivo, para sus gastos y los de sus compañeros de prisión. Tras dudar algo, Garrido aceptó la donación unipersonal de Dolman y se retiró a su pabellón.  Al mismo Pabellón "D", donde estuvieran los violadores y asesinos de los hermanos Flores, de la colonia Táva Pyahu y donde agonizaran lentamente... hasta pagarlo con sus vidas.

Dolman volvió a los pocos días a la prisión capitalina a continuar entrevistando a los demás y redondear la historia, pese a la estricta orden de Rodríguez de mantenerlos en silencio.  El director de la cárcel era partidario de Argaña, como muchos funcionarios y afiliados al partido oficialista, por lo que poca gracia le hacía el escamoteo de la candidatura presidencial a su caudillo en favor de un mediocre empresario, cuyo único mérito era ser obsecuente con los mafiosos de la política y ostentar un grado cotizado en dólares comprado en alguna logia.  El locutorio de la prisión estaba casi vacío cuando llegó el periodista. Minutos más tarde, el jefe de seguridad entró con Pancho Lamas.

—Fui peón de obra durante la construcción de la represa de Itaipú  —principió Lamas, tras tomar resuello—.   Mis padres han vivido toda su vida en una pequeña chacra de Qui’indy, en el noveno departamento y casi no había oportunidad para los más jóvenes. Entonces, cuando se iniciaron las obras en el Paraná, me fui a probar suerte y conseguí trabajo en las tareas de desvío del cauce. Luego de concluidas éstas, pasé a la represa principal. Diez años estuve allí, sin mayores sobresaltos, salvo alguno que otro accidente.  Al terminar las obras, nos dieron de baja a los peones y sólo se quedaron los muy especializados.  Me quedé en la calle con mi mujer, cinco hijos y sin indemnización.  Probé de vender chucherías y baratijas en las calles de la capital del Alto Paraná, hasta que me uní a otros como yo y decidimos buscar lotes fiscales para ocuparlos de acuerdo a la ley de usucapión.  Pero casi todas las tierras de la región estaban en manos de políticos, militares, policías o empresarios y nada quedaba para los campesinos pobres.  El Instituto de Bienestar Rural de Papacito Frutos, dilapidó las mejores tierras de la región oriental y del Chaco, regalándolas a los perros fieles de Stroessner.  Fue entonces que vino el golpe de febrero del 89 y decidimos organizarnos para ocupar una parcela improductiva de Blas Riquelme, testaferro de Stroessner primero y también de Rodríguez ahora.  El resto ya lo sabe.

Dolman escuchó pacientemente el relato, que coincidía exactamente con el de los demás implicados en la aventura y apagó su registrador magnetofónico.  El rompecabezas iba tomando forma, pero ¿Para qué impusieron la candidatura de un tipo sin arrastre?  La única explicación que le cupo en las pensaderas, era que Rodríguez no deseaba alejarse del poder.  Si eligieron a uno de cientos para candidatarlo, quizá se debería a que Wasmosy era fácil de manejar y hábil para los negocios.  Especialmente si alguien lo amparaba con privilegios, exenciones impositivas, ventajas aduaneras y cuanto el poder político utiliza para lucrar:  las grandes —y por lo general inútiles y deficientes— obras públicas.  Y si talla la industria "pesada", óptimo. ¿Existe mejor manera de lavar dólares, que invertirlos en elefantes blancos, construidos con escandalosas sobrefacturaciones y, tras poco tiempo de abuso, enajenarlas a precio de ganga?  Las ganancias privatizadas y las pérdidas socializadas, eran la ecuación del diablo del FMI, del BID y del Banco Mundial, tríada de la usura occidental... y planetaria en poco más. 

Estas reflexiones lo horrorizaron suavemente.  Pensó en los miles de niños devorados literalmente por el hambre y la desnutrición; soñó despierto con escuelas en ruinas, hospitales en escombros y rutas peligrosas por el deterioro; visualizó asaltos a mano armada, con armas provistas por ciertas oscuras empresas de fachada para la mano de obra barata de las zonas marginales; vio una nación donde sólo sobresale el más astuto y cruel.  No el más inteligente.

Todo, debido a que unos pocos tomasen el país como botín de juego o de piratería política.  Lo de siempre.  Finalmente, todo este laberinto florentino de intrigas y contra intrigas, como solían serlo Moscú, Washington, Londres, París y la ONU, estaba reproducido en el microcosmos de la macroeconomía paraguaya (e iberoamericana finalmente), donde las barracudas se reparten los bancos de sardinas, a lo sumo compartiéndolos con los tiburones y ¡buen provecho!

Andrés Dolman quedó alelado de pronto, ante el convencimiento de que un poder fáctico sutil, se estaba apoderando, deglutiendo, defecando, de los restos carroñizados de una nación que estaba perdiendo su dignidad; degradándose en la impunidad más atroz, prostituyéndose sus líderes y operadores de intereses, que no otra cosa son los políticos de partido.  Y esto, se deseaba globalizar para gloria de la mafia sinárquica disfrazada de esoterismo especulativo.  A Dolman por esos días le simpatizaba, aunque con reservas, una tercera opción que circulaba como un soplo de aire fresco en medio de la fetidez del ambiente político.  La llamaban: "El sol comienza a brillar", y la encabezaba (y financiaba) —curiosamente, justo es mencionarlo— un empresario vinculado al sector agroexportador.  Y todos saben, al menos en el Paraguay, que es el sector que más engorda con el sudor del productor primario. 

Pero debería seguir atando cabos e incluso trenzándolos en sus intrincadas guedejas, para llegar a la punta del ovillo de las intrigas políticas de penthouse o de quincho.  Debería exprimirse la imaginación e ir a los nudos gordianos en sus pensamientos.  Sabía que lo de la globalización  era una suave y aromatizada cortina de humo para encubrir algo mucho más atroz.  Alguien, en forma institucional poco ortodoxa, movía hilos invisibles de las marionetas gobernantes de países ¿soberanos? con deudas externas diez a cincuenta veces superiores a sus presupuestos anuales. 

Pancho Lamas había hilado una pálida y brumosa visión de lo que podría llegar a ser ese poder supranacional que los asfixiaba, claro que siempre, con el ropaje falaz de cooperación o ayuda financiera para el desarrollo y otros rollos. 

Andrés Dolman, no cabía en sí del asombro.  Tras la entrevista, decidió indagar acerca de los líderes de la llamada globalización salvaje, donde los tiburones negocian con las sardinas a cambio de ventajas unilaterales para sí.  Por supuesto, debajo de la jerarquía del tiburón, están las barracudas, los atunes, las sardinas, los arenques, y mojarritas, en una rigurosa y darwiniana cadena trófica de comeos los unos a los otros.

Dolman indagó libros de alquimia negra; hurgó en los misterios de las conjunciones planetarias y coordenadas astrales de una eclíptica oscura; desenterró piezas de arqueología política prehistérica; examinó las macabras obras de ingeniería social malthusiana.  Tanto de los soviets como del liberal-fascismo; rememoró los negros capítulos de la conquista, de lo que los hijos de la puta madre patria europea llamaron “América”, a fin de hacerse de una idea clara del problema campesino, remanente de todo aquello. 

No tardó en deducirlo y estremecerse hasta los tuétanos, pues la cosa lo ameritaba.  Paraguay estaba en manos del hampa internacional, disfrazado con banderas de la ONU encubriendo la de los hunos.  Y los campesinos de toda Iberoamérica eran las sardinas y mojarritas de la cadena trófica mundial.

Dolman quedó con el corazón oprimido por la sensación de impotencia ante lo que intuyó un despojo progresivo de los recursos de los países endeudados con la usura internacional.  Que, so pretexto de combatir a la pobreza y ayudar al desarrollo, alimentaban las voraces fauces de los líderes políticos corruptos de los países ocupados.  Controlados a su vez por los virreyes de las potencias comerciales y sus cipayos nativos, quienes, deslumbrados por los espejitos de colores, traicionaban a sus hermanos en pro de oscuros intereses transnacionales. 

Sólo en Chiapas, un grupo de indígenas mayas liderados por el subcomandante Marcos se atrevió a poner una pica en Flandes y decir ¡Basta! a los poderosos.  En el Paraguay la lucha sería larga y dura para poner en jaque al Rey de Espadas que detentaba el poder en nombre de la democracia sin esperanzas.

Horizontes sangrientos

Blas Riquelme, senador nacional ausentista de tiempo parcial, se apersonó en la reunión de presidentes de seccionales coloradas con la misión de conciliar a los disconformes con la derrota del Dr. Argaña y la unción de Wasmosy.  Todos los políticos de base estaban contrariados con el evidente fraude llevado a cabo por Riquelme, el tribunal electoral y la casi oculta —aunque no tanto— mano de Oviedo y los militares leales a Rodríguez, moviendo los hilos de sus títeres.  Ciertamente, los colorados estaban habituados a recibir sugerencias de algún general, y si era Comandante en Jefe de las Fuerzas Inútiles, más aún.

Desde Caballero, Egusquiza, Chirife, Albino Jara, Estigarribia y Morínigo, al general Stroessner.  Riquelme tenía fama de prepotente e ignorante, pero era el más indicado para tascar frenos a los caballitos de batalla de las cercanas elecciones generales, en que por primera vez, se elegiría un vicepresidente y gobernadores de departamentos, en lugar de los Delegados nombrados por el Poder Ejecutivo.  Toda una novedad. En realidad, la vicepresidencia fue creada sólo para aumentar la carga —de por sí pesada— del Estado, cuyo presupuesto estaba cada vez más flaco, exhausto y depauperado como soldado desconocido pensionado en Hacienda.

—Los caudillos de base debían obedecer, de acuerdo al viejo esquema autocrático —pensaba Riquelme.  Aunque no entendía bien qué quería decir autocracia, pues que era griego para él, pero entendía sí de dar órdenes o transmitirlas de parte de sus patrones.  Y Rodríguez lo era.  Los caudillos colorados habíanse acostumbrado a Stroessner, y ahora a aquél, pero ya no tanto.  La política paraguaya fue arbitrada por el poder fáctico y la cosa no cambiaría con una tímida apertura institucional de fachada.  No al menos, mientras las mentes estuviesen aún cerradas por la censura inconfesa y el temor a perder cargos, canonjías, prebendas y privilegios; que de eso viven y medran los operadores de base y de cúpulas... o de cópulas de crápulas, que también los hay.  Y ésos, son mayoría minoritaria, pero pesan.

Riquelme —en su defectuoso y chapurreado cuan chapucero castellano, entremezclado con un guaraní populachero—,  explicó con su cortedad característica:  —¡Es cierto que nuestro candidato es malo, pero peor sería no tener candidato! ¡Mi general Rodríguez sabe por qué prefirió a éste, que ustedes llaman mbatará, antes que al Dr. Argaña. ¿Van ustedes a dudar de la inteligencia del general? —No. No dudamos de la del general  —le respondieron los seccionaleros de base—, pero sí de la suya, señor Riquelme. 

Este hubiese acusado el impacto, de ser ligeramente más sagaz, pero ni se inmutó.  Sólo que cada vez que otros le hablaban de inteligencia, le daban ganas de esgrimir su revólver y agujerear a tiros todos los diccionarios del país; para ver, quizá, si de ese modo expeditivo mataba las palabras difíciles.  Al menos, las que conspiraban contra el cómodo analfabetismo funcional de los jerarcas del subdesarrollo enquistados en su partido. 

Siguió insistiendo en que debían apoyar el proyecto de Rodríguez, al menos si deseaban conservar sus puestos, sus privilegios y sus cargos políticos.  Aunque esto último no lo dijo en tono amenazante, sino en su expresión habitual.  La que de todos modos era imperativa, más bien para encubrir su estolidez.

—¡Escuchen atentamente! —bramó Riquelme, simulando gravedad masculina y poco afecto a los eufemismos corteses de la diplomacia. —¡Si Argaña llegara a ser presidente, el país con todos nosotros adentro, naufragaría!  ¿No saben ustedes que él es un desequilibrado, un demente y además antidemocrático?  Además, si Caballero Vargas y su movimiento multicolor gane las elecciones, estaríamos fritos y sin aceite.  Así que, mejor trabajen con nosotros y dejen de joder con eso del supuesto fraude electoral. 

Los demás políticos que lo rodeaban se miraron entre sí, como dudando de la fiabilidad de las facultades mentales del senador. ¿Como hizo el partido para engendrar semejante aberración y encumbrarlo a la más alta dirigencia colorada? 

En realidad, ya estaba engendrado don Blas, cuando ingresó al partido; es decir, que éste no tuvo la culpa, sino quienes lo afiliaron. ¡Y era el presidente de los colorados, además de senador nacional!  Riquelme salió ofuscado de la reunión, tras oír una grabación de la voz de Argaña que instaba a los colorados a no votar por el gallo mbatará, como peyorativamente se lo conocía, dada su escasa trayectoria política y su dudosa lealtad al partido, quizá por haber sido liberal en su juventud. 

Nadie, fuera del entorno rodriguista, estaba conforme con los resultados de las internas y deberían apelar a todo tipo de presiones persuasivas para convencer a los reluctantes a apoyar a este engendro posmoderno de la transada transición paraguaya.  Para colmo, ni siquiera pasado stronista  tuvo el pálido ingeniero, barón de Itaipú, condestable de Santa Teresa y Vizconde de los Parquímetros.  Por entonces, aún estaba enfriándose el resquemor de la cruda derrota argañista y los remisos comenzaban a marcar el  paso de ganso de la mano de Lino Oviedo, aprendiz de Calígula del subdesarrollo.

Andrés Dolman asistió por dos semanas más a la prisión de Takumbú para entrevistar a los campesinos detenidos y de paso brindarles un poco de calor humano.  También se internó en los bosques de Ca’aguazú para asistir a los familiares de éstos, asesorado por algunas organizaciones no gubernamentales.  Pronto tuvo completo el panorama interno y externo de la problemática social.  Todo cuanto se cueza en lejanas capitales del primer mundo, repercute en el segundo y tercero.  Especialmente contra los más pobres de entre los pobres, quienes son apartados por las motoniveladoras del progreso salvaje, hacia las cunetas de la miseria, con la piedad de un Ebenezeer Scrooge y la compasión de un Volpone6 .  La globalización impondría tributos de sangre y lágrimas, antes de apoderarse del planeta.  Marte y Mercurio; espada y caduceo, hierro y oro, en una obsesa búsqueda de poder en concubinato contra natura; exigían cada vez más sacrificios humanos, con el pretexto de recortes maltusianos y control de población. Según intuía Dolman, el criterio de los tiburones de las corporaciones transnacionales era acabar con la pobreza, exterminando a los pobres. Toda una lección de ecología al revés, o ingeniería social staliniana o hitlerista.

 Todo cuanto hacían los gobiernos marionetas, era crear una sociedad de consumo excluyente y una policía pretoriana para reprimir a los marginados.  Por  Asunción, siguiendo el ejemplo de Río de Janeiro y otras urbes, comenzaban a brotar como hongos, barrios blindados de alta seguridad, con vallados, guardias armados, circuitos cerrados de TV y patrullas internas; donde quienquiera precisase entrar, debía pelar documentos o contar con el placet  de los habitantes de esos paraísos enrejados. 

Los grandes lotes baldíos urbanos también recibían la visita de ocupantes clandestinos, que venían para quedarse como parientes pobres.  Por ello, los especuladores invirtieron grandes sumas de dinero, de dudoso color, en adquirir extensas propiedades y construir costosos dúplex de renta.  Pese a todo, las ocupaciones iban en cuarto creciente, dando harto trabajo a policías, oficiales de justicia e intendencias municipales a fin de moderar las demandas de los ahora denominados sintechos, un fenómeno que también se estaba dando en la Europa primermundista, que de colonizadora, pasó a ser recolonizada por sus ex vasallos y súbditos. Pero esa ya es otra historia.

Un vespertino asunceno y dos matutinos comenzaron a incomodar al entorno del presidente Rodríguez con denuncias de fraude y con informaciones acerca del caso de los invasores de las tierras de Riquelme, el cual era tan agricultor como físico nuclear.  El descubrimiento de las tramoyas y amenazas de Lino Oviedo, por cuenta de su jefe, y las presiones a que se sometía a mucha gente para apoyar a un candidato espurio, iban haciendo mella en la paciencia de los poderosos empresarios que estaban apostando al ingeniero de Itaipú.  Muchas licitaciones ilicitadas estaban en juego y no se iba a correr el riesgo de dejar pasar magníficas oportunidades de sobrefacturar al Estado ni de traficar con influencias, con todo lo que ello implicase.

Y para los buenos negocios, nada mejor que vincularse al poder político, aunque para ello haya que recurrir a juegos sucios y a veces, hasta hediondos.  Y el poder fáctico era experto en este tema.  Dolman inició una serie de publicaciones demostrando las injusticias imperantes en la distribución de tierras, recursos y, especialmente, en la mentada división internacional del trabajo, que obligaba a países pobres, a vender productos primarios, sin tener el derecho de industrializarlos, como por ejemplo el algodón.

Durante más de cuarenta años, una fábrica de tejidos, debía importar hilos de Inglaterra o de Italia, y, al mismo tiempo, exportar algodón en bruto sin tener la opción de hacer sus propios hilados. Y justamente esta empresa era propiedad del candidato independiente a la presidencia de la República y uno de los implicados en tamaño despropósito económico,  tras apoderarse de los bienes de la familia Alberzoni por ignotos medios.

Dolman intentaba demostrar que la reforma agraria era perentoria para impedir estallidos sociales en poco tiempo más.  El modelo agroexportador estaba agotado y se imponía crear otras opciones de producción e industrialización local.  El campesinado estaba consciente de ello, debiéndose acceder a los reclamos de éstos y concederles créditos y asistencia técnica, independientemente del “modelo” social adoptado por las organizaciones campesinas en sus asentamientos. 

Obviamente, la prensa liberal estaba en disenso con estas ideas e insistía en el modelo individualista y de ¿libre competencia?, donde las barracudas tienen más posibilidades que las mojarritas en igualdad de condiciones.  Si los campesinos no recibían justicia de parte del gobierno y la sociedad, el horizonte se desangraría en llamas a muy corto plazo.

La Noche de los sicarios

Tras la intercesión de organizaciones internacionales de derechos humanos y la presión interna de la opinión pública —que suele ser la menos pública de las opiniones, al menos en el Paraguay—, los campesinos encabezados por Perú Garrido y Pancho Lamas fueron puestos en libertad condicional, lo cual debían un poco a la labor del periodista que removió el avispero y revolvió las ollas podridas de la política criolla.  No tardaron los campesinos en retornar a su asentamiento, que pese a ser propiedad de Riquelme, lo consideraban suyo, más que nada por haber dejado allí parte de sus vidas y por haberla regado con su propio sudor y hasta con algo de sangre, que por fortuna no llegó al río. 

No bastaron amenazas, ni intimidaciones policíacas para hacerlos desistir.  Las luciérnagas rasgaban la oscuridad del monte con sus lampos intermitentes, mientras los grillos y aves nocturnas taladraban el silencio con sus voces misteriosas, que recordaban perdidos ritos de pretéritos cultos animistas.  Los monos karajá  lanzaban al aire sus aullidos desafiantes, como dando por sentado su dominio territorial de las copas de los altos árboles.  Evidentemente, no se presentían presencias extrañas en las entrañas del tupido monte, como si la vida bullente mantuviese a ultranza su ancestral presencia. 

El cercano poblado de Táva Pyahu, dormía su noche de fatigas y sueños de libertad, y sólo el único sereno de guardia se mantenía alerta. Los campesinos ya conocían el lenguaje del bicherío selvático y sabían que la presencia de extraños turbaría su cadencia, alterando el ritmo de su latir visceral y milenario.  El sereno recorría los silenciosos senderos casi de memoria, pese a la oscuridad reinante.  Le parecía poco sagaz delatarse con el rayo bamboleante de su linterna, que sólo encendía de tanto en tanto al presentir algún obstáculo o la presencia de algún predador nocturno. Incluso hasta las sierpes ya conocían la irregular rutina de los cuidadores, buscando sitios más alejados del asentamiento para medrar.

Tras la décima vuelta, le pareció oír —es un decir— la alteración del rumor selvático, como llamándose a sospechoso silencio poco a poco, hasta enmudecer repentinamente.  Su reloj de cuarzo barato y diodos luminosos le indicó la hora tercia de la madrugada y minutos.  Se detuvo buscando algún parapeto para observar mejor, como buscando apuñalar a las tinieblas con sus ojos en la dirección del silencio.  Podrían ser merodeadores o abigeos que siempre buscan robar a los pobres, por ser los más desprotegidos.  Pero también podrían ser enviados del supuesto propietario o plantadores clandestinos de cannabis.

No tenía arma de fuego consigo, apenas un machete, eso sí, bien filoso, como para desbrozar el monte o defenderse de alguna que otra alimaña.  Nada más.  Aguzó sus oídos para intentar captar el más mínimo rumor ajeno a los de la selva aunque sin resultado aparente.  Tras los problemas anteriores, toda precaución sería poca, por lo que evitó delatarse incluso reduciendo su ritmo respiratorio al mínimo posible sin desfallecer. 

Tras incontables minutos, pudo percibir, a bastante distancia del lindero, pisadas precavidas reventando ramitas y haciendo susurrar a la gramilla.  Dos hombres, quizá. ¿Estarían armados?  Mejor captarlos sin ser visto, por si las moscas, aunque ignoraba sus intenciones, debían ser poco amigables de acuerdo a su furtividad.  De no abrigar alguna idea oscura, no adoptarían tales actitudes, ni rondarían a horas intempestivas, como buscando entierros de olvidados tesoros por los linderos.

De pronto los vio venir, al principio con dificultad a causa de la oscuridad, luego con cierta brumosa claridad, oyendo además sus voces quedas susurrando en portugués y delatados por sus propiuos fanales.  Melitón Pineda —que así se llamaba el sereno— contuvo al máximo la respiración para evitar su detección y el haz delator de la linterna que portaban, pero logró escuchar o percibir que serían asesinos a precio fijo o quizá peones de Jurandir Peixoto, su vecino. De todos modos, algo buscaban y posiblemente nada bueno para los ocupantes.  Recordaba cuando los esbirros del poder intentaron sembrar marihuana en el lindero y por un azar fortuito fueron destruidas las plantas por Calixto en su anterior ocupación, más al sur. 

No se dejarían sorprender nuevamente si querían lograr sus objetivos. La maldad humana, tiene muchas vertientes por donde fluyen sórdidos intereses, especialmente los de la ilegalidad, que son los que mayores dividendos otorgan a sus usuarios.  Los intrusos aún se mantenían pegados al lindero, como temiendo ser sorprendidos en su deambular, pero dejaron escapar quedas voces denunciando de pronto su objetivo:  asesinar a las cabezas visibles de la comunidad de Táva Pyahu a como diese lugar; pero por el momento, sólo estaban explorando el terreno para hallar un escondite desde donde acecharlos.

Observó que sólo portaban revólveres, como casi todos los peones de Jurandir Peixoto, pero además iban ornados con pasamontañas y ropa camuflada, como los uniformes de los temibles agentes del Grupo de Operações de Fronteira (GOF), banda parapolicial de exterminio manejada por hacendados del sur de Mato Grosso. Estos, por lo general, actuaban en misiones de patrulla, pero tenían sus listas negras de delincuente, bocones o simplemente ciudadanos molestos para alguien con dinero —no necesariamente ganado a sudor— y poder, fruto más del dinero que de las urnas.  Dedujo que por el momento no habría peligro, pero era preciso adelantarse a sus planes. 

—Lá, naquele árbore a gente  tem un bom ponto, pra atirar ao chefinho da ocupação —dijo uno de los presuntos pistoleros, señalando un punto situado cerca del poblado con su linterna, pero dentro del terreno de Jurandir Peixoto, entre tupidos árboles.  —Sim —respondió el otro—.  Mas a gente tem que ter fuzis com aparelho silenciador pra não fazer ouvir o chumbo.  Debían estar muy cerca, ya que apenas susurraban entre sí, aunque el silencio de la madrugada amplificaba sus palabras.  Tras dar otro rodeo, alejáronse en dirección del casco de la hacienda de Peixoto por una picada donde seguramente habría un vehículo esperándolos.

Evidentemente, Peixoto no pensaba desistir de atemorizar a los ocupantes de una parcela de su presunta propiedad, pese a que el Congreso estaba discutiendo los términos de la expropiación de la misma.  Poco tardó Melitón Pineda en retornar a las casas y tras despertar a su relevo, le anotició  la mala nueva. 

Habría que pescar a los pescadores.  Calixto opinó que debían redoblar la guardia y entrenar a los más de veinte perros de la colonia, para cazar a los aprendices de cazadores.   —No creo que ataquen demasiado pronto esos tipos —opinó Calixto, quien ya se sentía una especie de blanco móvil... o pato en stand de tiro—, pero cuanto antes abortemos los atentados tanto mejor.  No sea que nos agujereen el apellido antes de tiempo.  Lo dijo sin mostrar temor o angustia, pese a que se sabía uno de los blancos elegidos.

No demoraron los labriegos en adoptar dispositivos de seguridad para repeler ataques.  Pusieron puestos nocturnos con perros bravos por los sitios cercanos a los elegidos por los pistoleros.  También aceitaron sus rifles, escopetas y enseres de caza.  Más les valdría a los intrusos andar con cuatro ojos.  Como lo presumiera Calixto, los intrusos tardaron algo más de quince días en tornar a merodear el entorno de la colonia, siendo prestamente detectados, por los perros primero y por los vigías después.  Para entonces, ya habían localizado el "punto", desde donde el o los francotiradores planeaban cubrir el poblado con rifles de alta precisión. 

Primero que nada, habían envuelto el tronco y las ramas del árbol-mangrullo con fino alambre dulce galvanizado continuo, así como los alrededores.  El alambre estaba ligado por cables a un generador diesel de 1.2 kilovatios usado en la colonia para ciertos menesteres de taller, pero que normalmente se desactivaba por la noche.  Los perros y el sereno harían el resto. 

Una noche, los canes alertaron sobre la presencia de intrusos nuevamente, en las cercanías de donde los había detectado  Melitón Pineda, el cual supuso, no con poca lógica, que se instalarían en el sitio para operar de día, salvo que usasen visor infrarrojo; aunque lo más probable es que utilizaran mira telescópica a plena luz diurna, mientras se efectuasen las tareas de la colonia, como efectivamente sucedió. 

Eran los dos intrusos, y posiblemente tendrían atuendo camuflado para mimetizarse en el bosque que rodeaba el entorno.  Tras ubicar a los puntos con prismáticos, los colonos, como si tal cosa, fueron a dormir de nuevo esperando el alba.  Nada mejor que tener la conciencia en paz para dormir a pierna suelta. 

Los asesinos, eran efectivamente miembros del GOF, el temible grupo parapolicial de exterminio y portaban sendos rifles Marlin del punto treinta, probablemente con silenciadores y mira telescópica. Tras encaramarse a las ramas de un tupido tarumá  resolvieron aguardar el momento oportuno para emboscar al hombre que —según quien los contratara—  dirigía a los ocupantes de la parcela sur del latifundio.  Tenían varias fotografías de algunos de los ocupantes, tomadas subrepticiamente en manifestaciones y cortes de rutas, las que portaban para identificar a sus objetivos.  Nada especial.  Dada la facilidad del trabajo, recibirían cinco mil dólares por cabeza, de cada blanco registrado por la prensa que, de seguro, mencionaría el hecho en cuerpo catástrofe y portada.

Cuando cesó el ladrido de perros en la distancia, casi despuntando el alba y con el sereno mojándolo todo, notaron una tupida telaraña de alambres finos por todo el entorno, urdida con bastante cuidado y sin rozarse entre sí.  Rodeando el tronco y las ramas de varios árboles aledaños y del tarumá en cuyas ramas reposaban; además, habían puesto a ras del suelo, entre la gramilla y la maleza, cientos de metros del mismo elemento.  No notaron fuera de eso nada anormal, pero ¿quién lo habría colocado allí y con qué propósito?

Mientras se preguntaban el porqué, oyeron el arranque de un motor diesel en la distancia, luego fue el Apocalipsis.  Pronto cesó el ronroneo del motor, seguido de un ominoso silencio, como de funeral de sordos.  Los vigías de la colonia, que tenían cubierto el punto, notaron la ausencia de los individuos camuflados en las ramas del tarumá con sus binoculares.  Nada por aquí, nada por allá.  Tras unos silbidos de señal, convenidos de antemano, acercaron sigilosamente al sitio en pequeños grupos de tres hombres.  Como lo suponían, hallaron los cadáveres electrocutados de los asesinos contratados, con todo y armas.   Tras identificarlos y desnudarlos,  los llevaron a un sitio oculto en la fronda, donde procedieron a inhumarlos; no sin antes descargar encima de ellos dos bolsas de cal viva, para luego cubrirlos piadosamente de la roja tierra patria. —Dos criminales menos en este pobre planeta  —pensó Calixto Ñamandú.  

Por precaución, evitaron quedarse con las armas, prefiriendo inhumarlas, engrasadas y envueltas en plástico, cerca de la fosa de sus propietarios, pese a que ya no les harían falta para sus viles menesteres en el más allá.  Antes de sepultarlos, los habían revisado, hallando fotos de muchos de ellos y especialmente tres marcadas, lo que señalaban a los blancos posibles. 

Hallaron documentos de pertenencia al temible GOF, los cuales guardaron cuidadosamente y a salvo de futuros allanamientos. También los dos mil dólares que portaban ambos, quizá como anticipo de su vil oficio, les servirían para mejorar la escuelita en construcción.  Luego, procedieron a desmantelar el alambre, lo que ya no les fue tan fácil como su colocación, pero al menos de momento, estarían a salvo; aunque no deberían cantar victoria hasta contar con el decreto de expropiación de la parcela y con el título a nombre de la asociación que los aglutinara en los últimos tiempos.

Hasta entonces, debían seguir durmiendo con un ojo en alerta.  Los perros se habían portado como fieles centinelas y merecían ración extra de balanceados y algún jugoso zoquete óseo de lujo.

Aliados con la muerte  

Jurandir Peixoto se preguntó, tras varios días de silencio y ausencia, qué habría sido de los matones del GOF contratados en Ponta Porã para descabezar a los sintierras que seguían ocupando su parcela sur.   Aquéllos habían recibido dos mil dólares a guisa de anticipo y estuvieron preparando su trabajo, hasta que se esfumaron misteriosamente una noche, como si... ¿se los hubiese tragado la tierra?  El fazendeiro de fachada sufrió un leve temblor de angustia.  Días sin huellas transcurrían invariables y absurdos, arrastrándose como gusanos asténicos por el almanaque.

Uno de sus peones halló una motocicleta todoterreno estacionada como a un kilómetro del lindero, la que habían utilizado para acechar a los ocupantes.  Sólo sus tripulantes brillaban por su ausencia.  ¿Qué habría sido de ellos?

No hubo notado la más ínfima variación en el tiempo, cual si éste se hubiera congelado en algún espacio desconocido.  Nerviosamente atendió el teléfono como autómata alucinado.  Esperaba con ansiedad mal reprimida alguna noticia que celebrar y la ausencia de sus pistoleros lo obsesionaba gota a gota, como suplicio chino. 

Al alzar el tubo, oyó la ronca voz del chefão  Mahfud Nasser, jefe de la temible pandilla parapolicial, pero sólo para inquerirle por sus agentes, asignados para una misión de enfriamiento.            —¡Hola, señor jefe! —exclamó esperanzado Jurandir Peixoto. —¿Tiene Ud. alguna novedad buena para mí? Hace casi diez días que no tengo noticias de sus hombres. —¡Não brinque conosco, seu Jurandir, que não queremos ficar de ponta con vocé!  Eu estou esperando eles faz tempo para outro trabalho. ¿Qué é o que fez deles?  

La voz amenazante calló, como dando pie a una respuesta sincera, que Peixoto no tenía a mano en ese momento, y pese a ser tan brasileño como el temible asesino, los nervios le hicieron responder en castellano. 

—Hace más de diez días recibieron un adelanto de dos mil dólares para gastos... y desde entonces no supe más de ellos.       —¡Fale nossa lingua, homem!  —bramó el delegado7  al reverso de la línea. —¡Não  entendo essa jerigonça do espanhol!   Pacientemente, el capataz de Morgan-Stroessner, explicó al irascible parapolicial lo anteriormente expuesto, aunque sin lograr convencerlo.  Luego le sugirió interiorizarse, noticieros mediante, si el encargo hubo sido ejecutado, tras lo cual Mahfud Nasser se despidió disculpándose y prometiendo telefonear apenas se enterase de algo.  Obviamente, los designados como blancos de atentados seguían alentando y respirando, por lo que evidentemente el plan había sido abortado o simplemente los asesinos se esfumaron con el anticipo hacia mejores horizontes, cosa imperdonable en profesionales como ellos. 

El delegado quedó en la duda, pero prometió encargarse personalmente del tema. Mahfud Nasser llamó a sus guardaespaldas, tres en total, y abordó su vieja pero eficaz camioneta diésel con ellos, dirigiéndose a la frontera con el Paraguay.  En sus largos años al frente de la siniestra pandilla de matones con disfraz de policías rurales, jamás había perdido en esta forma a sus colaboradores.  Que hayan sido sorprendidos y masacrados, pase, pero que hubiesen huido con dos mil podridos dólares, le parecía increíble, como un camello volador nadando en el Sahara.  No se le ocurrió otra comparación. 

Por otra parte Mahfud era hijo de sirios y casi tan bruto como sus antepasados, salvo quizá alguno que otro gallego que hubiese emigrado en tiempos de las cruzadas y dejase sus genes por ahí.  Además, él mismo había acordado el contrato con Peixoto y le parecía desleal una tarea incumplida, por lo que pondría su granito de arena para complacer a su cliente.  Dada su experiencia en enfriamientos por encargo, no le sería difícil.  Al menos, eso creía, aunque se imponía un pequeño reajuste en la tarifa por gastos extras. 

Para entonces, la colonia Táva Pyahu estaba en plena efervescencia. Ramona Ramírez acababa de parir su tercer vástago y lo estaban celebrando.  Era un varoncito y lo llamarían Aurelio Octaviano Ñamandú, como su abuelo paterno.  Esta vez, nadie se sintió agredido por el omnipresente ruido de la selva circundante, que, pese a sus decibeles, los amparaba amorosamente en las noches.  Pero habría que estar nuevamente alerta a sus imprevistos silencios que como se sabe, preanuncian a la perfidia.  Mientras tanto, en la capital del Amambay: Pedro Juan Caballero, se ponía en marcha otro intento de descabezar a los labriegos agrupados en torno a la esperanza. 

Medio de incógnito, Mahfud Nasser y sus tres jagunços de confianza se ponían al habla con Jurandir Peixoto, vía radioteléfono satelital, a fin de completar una faena inconclusa, y de paso indagar qué hubo pasado con sus dos matones.  Un encargo es un encargo, y un cliente es un cliente.  Peixoto prometió enviar su avioneta privada para trasladarlos a la fazenda a fin de interiorizarlos de las circunstancias imperantes.  La desaparición de los matones supuso también la de las fotos de los posibles blancos que obraban en poder de éstos, por lo que habría que replantear el trabajo.

Horas más tarde, un "Bonanza" monomotor, proveniente de Ponta Porã, aterrizaba en la vasta hacienda de Peixoto-Morgan con cinco personas: Mahfud Nasser, sus tres capangas y un piloto, el cual aprovechó el vuelo para acarrear diez bidones de ácido clorhídrico, otros tantos de éter y de acetona, que de eso se trataba. 

La pasta base la traería un colega aviador, de hacia el Beni, en la no muy lejana Bolivia.  Nasser estaba enterado de las actividades extracurriculares clandestinas de los poderosos hacendados de frontera, pero se hizo del sota, como si no le concerniera la cosa.  Total no le pagaban para combatir el narcotráfico y además no era su jurisdicción.  De seguro la mercancía química sería para uno de sus patrones de la frontera, el también sirio Fahd Jamil, de frondoso currículum delictual.                     

Varios días pasaron planificando la campaña de amedrentamiento contra los ocupantes de la parcela sur; aproximadamente cinco mil doscientas hectáreas, de un total de casi cien mil, entre pasturas y bosques, de unas tierras originalmente usurpadas por la familia Stroessner, gerenciadas por Laszar Morgan y administradas por Peixoto.  Si Rodríguez aún no se hubo apoderado de la finca, era simplemente por ser aún consuegro del tirano y por tener otros intereses más efectivos que la simple posesión de tierras.  Era más rentable la mercancía,  que la agricultura intensiva o la ganadería extensiva, la que ejercían como pasatiempo de señores feudales para no perder el gusto al campo.

 Mahfud Nasser personalmente fue a explorar los alrededores de la hacienda, hacia el lindero sur.  Por precaución, sólo se hizo acompañar por un peón de Peixoto, conocedor de la zona y uno de sus hombres.  Aún no tenía en claro cómo haría para deshacerse de los molestos ocupantes y sus líderes, ya que la fracción estaba en trámite de expropiación por un Congreso Nacional hostil a Rodríguez y —con mucha más razón— al candidato digitado por éste para la presidencia del Paraguay.  Expulsarlos sería difícil, al menos con el brazo seglar de la ley; ya que la propia policía  y el ejército paraguayo no pudieron hacerlo, aún con la más descarnada violencia. 

Sólo quedaba aterrorizarlos para obligarlos a abandonar la propiedad, lo que a Nasser se le iba haciendo más difícil.  Nadie en su base de Campo Grande supo dónde estaría, ya que prefirió mantener en secreto su viaje al Paraguay a fin de tener manos libres para lo que hubiere lugar. Esto último finalmente lo dejó en off-side,  como suelen decir los fanáticos del fútbol.

Los campesinos de Táva Pyahu tenían centinelas jóvenes que patrullaban constantemente los linderos y percibieron sus movimientos.  Además, uno de ellos, natural de Pedro Juan Caballero, pudo reconocer al temible jefe de la banda parapolicial, por haber visto sus fotos en la prensa matogrossense, entre ellos el "Jornal da Praça" de Ponta Porã.  Nada más divisarlo con los binóculos que portaba, cuando tocó a rebato y alertó a los demás. La presencia de semejante espécimen y traficante de la muerte era de temer, o, al menos, de alertar a los compañeros.  Habría que idear alguna táctica para impedir su siniestra misión y de ser posible, deshacerse del delegado y sus pistoleros de alquiler, que de seguro no andaría solo, sino fuertemente escoltado como era su costumbre. 

Es que todos sabían que los matones y asesinos, en el fondo son cobardes, y su cobardía está en proporción inversa con su crueldad.  Por precaución, habían enterrado cerca del lindero los dos rifles Marlin punto treinta y las miras telescópicas las tenían consigo en el poblado, desde donde podrían cubrir las posibles posiciones de atentado al otro lado del lindero. 

Calixto envió a por los rifles, apenas se hubieran ido los temibles matones. Estaban aún cuidadosamente engrasados y cubiertos de lona plástica, por lo que, de seguro, en óptimas condiciones.  Horas más tarde, la habilidad mecánica de Calixto hizo maravillas y tras desarmar los rifles, los puso a punto con todo y miras.  No descuidarían ningún detalle que los pusiese a merced de los pistoleros brasileños.  Era inútil solicitar protección policial para la colonia, ya que la experiencia les enseñara en ocasiones anteriores que era peor el remedio que la enfermedad.

Dada su actual condición de irregulares, era preferible la autodefensa, aunque hubiese que matar en un caso dado.  Era improbable que, de capturarlos vivos fuesen a prisión, ya que una piara de poderosos abogados y magistrados prostituidos estarían al acecho para liberarlos por falta de pruebas, como es costumbre en el Paraguay y Latinoamérica, donde hasta los jueces y fiscales tienen precio fijo, como los asesinos de alquiler (con las excepciones de rigor que no hacen sino confirmar la regla). 

Jurandir Peixoto estaba esperanzado por los parapoliciales, especialmente por su fama de profesionales del terror.  Los atendió a cuerpo de príncipe en su hacienda a fin de que nada les faltase durante su estadía en cumplimiento de la noble misión de velar por la propiedad privada, de la cual intentaban despojar a él y a sus patrones. Pero también le constaba que las propiedades inmuebles en toda América, tenían un origen fraudulento y la marca del despojo; los signaba el estigma del botín de corsarios metidos a conquistadores y especuladores metidos a hacendados, empresarios del desmonte y la aftosa. 

En su patria, el Brasil, aún continuaba la conquista, tras más de un siglo y medio de independencia política, que no económica.  Tribus enteras eran diariamente masacradas por garimpeiros cateadores de minerales y hacendados que buscaban ampliar sus fronteras en detrimento de los habitantes originarios.  Las tierras en el Paraguay, fueron objeto de saco de igual manera.  Primero contra los llamados indios, luego contra los mestizos criollos, tras la cruel hecatombe de la triple alienación, y ahora desnacionalizadas por empresas y amos extranjeros con gerentes cipayos.

Desde los Casado del Alisal, Sastre, Mate Larangeira Mendes, Antebi, La Industrial Paraguaya2  y Mihanovich, sobre el río Paraguay, hasta las transnacionales graneleras como Continental Grains, Unilever-Capsa, Bunge & Born y otras de igual calaña, sin  contar a las petroleras con licencia que destripaban las entrañas de la tierra en busca de hidrocarburos para futuras reservas. Ahora, ante la irrupción de campesinos desesperados, se obligaría a utilizar la ley de la fuerza, ante la impotencia de la fuerza de la ley para contenerlos.  Los vasallos de las glebas campesinas querían dejar de serlo y ganar su derecho a la propiedad, pero ¿tenían con qué pagarlo?  No. No lo tenían.  Su formación ¿liberal? librecambista no le permitía razonar acerca de tales hechos que atentaban contra la lógica del dinero. 

Tuvo que llegar al colmo de recurrir a delincuentes de marca para defender lo que él creía justo defender. Sabía que era contrario a la ley el tener que matar, pero no creía tener otras opciones.  Calculó fríamente a quién habría que sacar de en medio y a quién dar una contundente y dolorosa advertencia para que procurasen salir de en medio antes de ser apagados  por algún plomo del magnum .357.   Aunque en este aspecto no las tenía todas consigo.  Muchos de ellos fueron objeto de crueldades y sevicias por parte de las fuerzas conjuntas, y aún seguían en la lucha.  Sólo la muerte los haría desistir de la brega y de paso les daría un poco de tierra propia, por lo menos para su descanso eterno; pero la muerte estaba de su parte, al menos hasta ahora.

Pero ¿cuánto tiempo duraría esta alianza de conveniencia y connubio?  Porque sabido es, que con la muerte no se juega. Especialmente porque la muerte juega limpio y los humanos no tanto.

As de piques en la picada

Calixto Ñamandú pudo conseguir algunos cartuchos antiguos de bronce, de calibre 16  en Lima.  También compró varias latas de pólvora negra, balines de munición de acero y tacos de recarga, además de espoletas de fulminato de mercurio. Todos sabían que poseían escopetas de caza (aunque casi no las usaban) y nadie urdió suspicacia alguna al respecto.  De unas boticas adquirió prosaico aceite de coco. —Para el cabello —aseguró al gentil farmacéutico que lo atendió en una de ellas.  También adquirió dos bidones de diez litros cada uno de nafta para la motocicleta de la colonia.  Tras sus compras, se internó nuevamente en su misterioso taller electromecánico.

Días más tarde, con varios artefactos rústicos de aún desconocida utilidad y rollos de alambre, se internó en los montes aledaños con dos ayudantes, recorriendo las picadas frecuentadas por los merodeadores últimamente.  Tras dejar sus artefactos semi enterrados y disimulados entre las tupidas malezas de la superficie, tensó resortes y los trabó, de tal manera que quienquiera se tropezase con disimulados alambres, los liberaría inmediatamente. 

Calculó que con una docena de tales artefactos, cuya eficacia había probado ya en medio del monte aledaño aunque con poca carga,  bastarían para mantener el control de la zona y neutralizar a quienes se acercasen con malas intenciones.  Calixto había leído acerca de las trampas artesanales utilizadas por el vietcong contra los soldados sudvietnamitas y norteamericanos.  Sabía que la gasolina común mezclada con aceite de palma o coco, tiene una deflagración superior a los  1.500 grados celsius.  Esta mezcla conocida como