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Eduardo A. Soto Pimentel

A ti

Era una tarde gris de viernes. Llovía. Tanta agua y tan poca luz, la hicieron llorar. En el desayuno había roto para siempre su noviazgo de dos meses con Paco, así que cualquier cosa le hacía saltar las lágrimas. Si seguía así, encerrada en su oficina, sería ella la que saltaría, ¡pero por la ventana! Entonces huyó. ¡De compras! Era lo que mejor sabía hacer. Vagó por las joyerías de Chapinero, buscando aquel anillo Boucheron de plata, con el raro zafiro amarillo en la corona, que creía haber visto en otra de sus muchas escapadas. No lo encontró.

La pesquisa infructuosa de la joya le sirvió para probarse todo lo nuevo que había llegado a las otras tiendas. Entró al recién inaugurado Donna Karan y ahí pasó dos horas en la sección de pantalones. Se miraba en el espejo del cubil mientras, en equilibrio sobre la punta de las zapatillas, movía las rodillas en exquisito vaivén ¾derecha adelante, izquierda atrás, y viceversa¾, test imprescindible para detectar anomalías en la costura de los muslos y el tiro.

Dedicó mucho tiempo a girar de lado a lado para juzgar sin contemplaciones cómo se entendía el pantalón con sus problemáticas nalgas, y la imagen que rebotaba del cristal la deleitó. Te queda regio, marni. Después de quince minutos de análisis sobre punzadas, botones y textura, pasándose las manos por las caderas, el vientre, la entrepierna; agachándose, sugestiva, para constatar cómo se le vería cuando hiciera lo mismo en la oficina, donde volvería locos de lujuria pasiva a los muchachos; maravillada con lo bien que se le pegaba a la piel esa suave tela neoyorquina, y del perfecto engarce en el talle a pesar de sus veintiocho años; cuando se sentía a gusto con todo, incluso con el precio, dejó caer los brazos con falso cansancio, arrugó la nariz en gesto de desdén, y suspiró la sentencia: ¡pucha!, pero ese color no te va. Entonces pidió que le pasaran otro de los diez que había traído del perchero, y volvió a iniciar la operación.

En todos los locales que visitó hizo lo mismo con decenas de blusas, camisetas, cinturones, bufandas y piezas de lencería. Casi muere con unos zapatos incomprables Bottega Veneta que se hizo probar en seis modelos y cuatro colores diferentes: negros, cafés, crema y azules.

En la perfumería de los Stanzza sucumbió con lo que ella llamaba “el aroma caro de las tristezas”. Tenía siete frascos diferentes sobre el escaparate. El que más le comunicó algo a su piel, como siempre, fue el Lolita  Lempicka: es suave, mañanero (...) me recuerda la hora del baño antes de ir a trabajar. Frente a la despachadora nunca demostró sus emociones. Fría, calculadora, casi insensible. “¿Y el Anais Anais de Cacharel no te iría bien con ese blusón azul que compraste la semana pasada?”, le preguntó la muchacha al otro lado del mostrador. Ella miró con desaire el frasco, y no dijo lo que pensó; Sí, pero la gardenia del envase me parece cursi. Aleteaban sus manos como si fueran mariposas por encima de las botellas. Colocó la punta del dedo índice sobre Bolero, de Sabatini, y se le antojó otra vez “vulgar, para gente corriente”. Esto sí lo dijo en voz alta cuando tuvo la redoma entre las manos, para que la escuchara el gerente, quien unas semanas atrás insistía en venderle uno.  Fendi la aguijoneó muy adentro con su Fantasía,  pero el que en definitiva engatusó su nariz y, más que eso, sus ojos, por la sugestiva botellita adiamantada con el tapón en forma y color del corazón, fue el ll Bacio. Se le quedó el frasco entre las manos y lo llevó hacia la caja. Pero antes de llegar se volteó hacia la vendedora y le susurró al oído: guárdamelo aquí, Dabeyba, hasta que termine de dar mis vueltas”. Dicho esto giró como lo hacen en la opera, y salió del establecimiento para nunca más volver.

Iba pensando en Paco, en lo pedregoso que fue el cest fini. Golpes, portazos y hasta gritos. ¿Por qué no te detienes a escoger mejor tus hombres, Maryluz, como lo haces con las carteras? ¾Miraba sin mirar de veras un escaparate donde exhibían un delicado bikinito rojo-sangre de Andrés Sardá¾. Ojalá lo supiera.

No le había ido muy bien con ellos. En el último año había tenido cuatro, cada cual peor que el otro. Eso la deprimía.

¡Ah, qué lindo ese brazalete!

Entró y salió de otras cuatro tiendas en la última cuadra. En ninguna compró nada. Al volver al carro, las manos vacías. El reloj de la cabina derramaba una tristona luz verdusca: las ocho de la noche. A casa, marni. Estaba exhausta. Helado (...) necesito un robusto y húmedo helado de chocolate. Cuando pensó en el cremoso manjar dentro de su boca, le cruzó como un relámpago la imagen por la mente: sexo. Siempre le ocurría. Oral. Iba tamborileando en el timón al ritmo de un merengazo de Eddy Herrera, que hablaba del amor entre un hombre y una chiquilla de trece años, pero mezclaron la música con una propaganda chillona y trivial sobre la carrera de carros del domingo. ¡Bah!, cambió de emisora, a ver a ver, el botón número 3. Empezó a cantar José Luis Perales eso de “Me llamas para decirme que te marchas”. Se secó una lágrima. Paco.

Cuando llegó al apartamento había terminado la telenovela, qué fastidio. Comió algo: el helado (hmmm). Caminó hacia el cuarto y se topó con su doble en el espejo grande del fondo. Eres hermosa, Maryluz, ¿de qué te quejas? Entró al dormitorio y lo primero que vio fue su tarjeta visa en la cama, y a un lado el dinero que dejó olvidado al salir cabreada y sin esperanzas por la pelea con Paco. ¡Ja!, ¿Quién necesita plata para quitarse una depresión?

La puerta del armario estaba abierta: vestidos, pantalones, camisas. A la mayoría le colgaban las etiquetas con los altos precios, señal inequívoca de que nadie los había usado todavía. Pronto, mis amores, pronto.

El teléfono. “¿Aló?”. Era Frank. “Me enteré de lo de Paco (...) Te lo dije (...) Podríamos vernos mañana (...) ¿Qué? ¿Esta noche? (...) ¿Hacer el amor? ¿Estás segura?” Ella llora. Él acepta. Él siempre acepta. Ojalá traiga condones.

Se quitó la ropa. Miró el cuerpo en el espejo. Cabello suelto. Seguían invisibles las cicatrices por los implantes de seno. ¿De dónde salieron esas llantitas? Volvió a fijarse en el armario y ahí estaban en el suelo, relucientes, veintidós pares de zapatos siempre fieles, nuevecitos, que le decían a coro: “hola, Maryluz, no estás sola”.

Entró al baño, y echó en el pequeño cesto de la basura la foto en la que se besaba con Paco.

Eduardo A. Soto Pimentel
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