Sea socio fundador de la Asociación de Amigos de Letras-Uruguay

 

Monstruos y animales desconocidos
El universo onírico de la criptozoología 
Por Fernando Jorge Soto Roland

Los monstruos y las expediciones que buscan monstruos han venido recorriendo los mapas imaginarios de Occidente desde hace centurias. Los griegos crearon sus propios seres extraños, los romanos los conservaron y las sociedades medievales poblaron el planeta desconocido con  bestias salidas de sus propios temores y angustias. Durante las exploraciones de los océanos, a lo largo de los siglos XV y XVI, esa extraña fauna, que emanaba de la fantasía de los hombres, creció en América y en todo los rincones que pasaban a ser parte del universo conocido. Allí donde el hombre occidental posaba sus botas surgían los seres monstruosos, enfrentando los dictámenes de la razón y el sentido común. Y, como era de esperar, el siglo XIX y el XX, tampoco carecieron de ellos. Claro que en estos últimos casos ya no eran producto de castigos divinos o milagros. La Providencia le dejaba paso a un evolucionismo mal interpretado que trató, por todos los medios, de explicar con argumentos científicos hechos que excedían  la comprobación empírica y que, por lo tanto, eran imposibles de certificar.

Creaturas del imaginario en todas las culturas, los monstruos han acompañado al hombre desde los orígenes mismos de la historia. Sus angustiantes y atractivas presencias se detectan tanto en momentos de aislamiento como de expansión territorial; y por ello las relaciones que guardan con la exploración y los exploradores es más que evidente.

Cada entrada en un nuevo territorio ha estado precedida por una imaginaria colonización anterior, no de hombres o sociedades “normales”, sino de seres y animales que atentan contra las teorías y concepciones tradicionalmente aceptadas. El monstruo es la más clara personificación de lo caótico, de las fuerzas descontroladas de la naturaleza; seres que cuestionan o impiden el avance del universo ordenado, que el hombre encarna con su razón y tecnología. Constituyen una extraña galería que es lógico ubicar fuera de los mapas, puesto que los escenarios caóticos requieren de seres que representen lo mismo. Como decía un viejo adagio: “Cuanto más lejos, más raro”.

Una de sus cualidades es que son, por esencia, asociales; desoyen el llamado de las aglomeraciones y prefieren el aislamiento y la soledad. Los sitios inhóspitos son sus guaridas y la elusividad, su permanente conducta. Difíciles  de encontrar, su potencial existencia queda condicionada por las coordenadas del lugar y del tiempo, aún analizadas sincrónicamente. Con esto quiero decir que todo contexto crea significado, y que ciertos ambientes son más apropiados que otros para que la creencia se asiente y solidifique. Es fácil combatir a los monstruos por medio de la risa cuando uno está resguardado por los cuatro muros de una casa, en pleno corazón de la ciudad. En esas circunstancias lo primero que aflora es lo grotesco. Pero la cuestión se vuelve un tanto diferente cuando, sumergidos en regiones extrañas y rodeados de selva o montaña, nos convertimos en atentos oyentes de leyendas y rumores locales. Es entonces cuando la arrogancia racionalista, hija de las luces urbanas, se debilita.

Y justamente, de esta debilidad se aferraron muchos exploradores para absorber y difundir cientos de historias sobre seres monstruosos y extraños animales que aún faltaban catalogar (o que estaban “fuera de catálogo” desde hacía millones de años).

Percy Harrison Fawcett (1867–1925), inglés, miembro de la Real Sociedad Geográfica, topólogo y militar del ejército británico, personifica, como ningún otro, al prototipo del explorador romántico de fines del siglo XIX y principios del XX. Entre 1906 y 1925 (año en que desapareció) organizó variadas expediciones al “Infierno Verde” amazónico para actuar como árbitro en los conflictos limítrofes suscitados entre Bolivia, Perú y Brasil. Agudo en sus observaciones, Fawcett estableció con pericia los límites político de dichos Estados, internándose y explorando regiones por las cuales pocos occidentales habían dejado sus huellas. Si bien cronológicamente sus viajes se practicaron a inicios del siglo XX, debemos dejar por sentado que su espíritu, motivaciones y valores fueron claramente decimonónicos. Fawcett fue un hombre del siglo XIX, hijo del imperialismo inglés y del expansionismo europeo sobre suelo americano. Su función, como árbitro entre Estado soberanos de Latinoamérica, perseguía un objetivo que él mismo dejara por escrito en su obra A Través de la Selva Amazónica: ”aumentar el prestigio inglés en la zona”[1]. Es que Inglaterra se veía sumamente interesada en mantener su presencia en la región a causa de un producto que por sí solo encierra una larga y trágica historia: el caucho, el “árbol que llora”, fuente de inmensa riqueza, y de la que los británicos no querían quedarse al margen.

Así pues, con la intención de prestigiar a su país y mantener activa la presencia británica en la región Fawcett entró en relación con una selva misteriosa, a la que terminaría amando y en la cual dejaría sus propios huesos. Las crónicas de sus viajes (que escribiera en 1924, un año antes de desaparecer) se encuadran dentro de la denominada literatura de supervivencia, inaugurada con las grandes exploraciones del siglo XVI y que perdurará hasta bien entrado el siglo XX. En este género, el explorador/escritor se convierte en el héroe de su propio relato, describiendo las penurias, peligros y sucesos extraños de los que fuera testigo. A lo largo de las páginas de su libro, Fawcett hace desfilar los más variados productos del imaginario, esos que van desde las ciudades perdidas, minas ocultas, tribus “blancas” y, por supuesto, monstruos.

Así, el excéntrico explorador inglés, hace de la selva un escenario en donde toda proporción, toda norma, queda desequilibrada. El “infierno emponzoñado”, como él la denomina, es el símbolo mismo de la anarquía. Allí, la leyes de los hombres  y de la Naturaleza, no tienen cabida. Todo es caos, desorden, nada es claro ni “ajustado a derecho”. Tanto la esclavitud por deudas (sufrida por los indios, en pleno siglo XX) como los actos de espantosa barbarie (cometidos impunemente por los empresarios del caucho o fugitivos alejados de la civilización) denotan que esas selvas son “otro mundo”, uno muy distinto de aquel del que Fawcett salía.

Tampoco la naturaleza se manifiesta de manera “normal”. Las descripciones que hace de animales y plantas están empapadas de exotismo y misterio. Serpientes, pirañas y lagartos coprotagonizan más de una de sus desventuras a lo largo de la obra, y en todos los casos llaman la atención por lo desproporcionado de sus dimensiones.

De todas las bestias que habitan el Amazonas, la anaconda gigante es, con seguridad, la que mayor cantidad de historias ha desatado y Fawcett fue uno de los tantos que se encargaron de divulgarlas.

Según el propio explorador, él mismo fue testigo presencial de la aparición de una anaconda que medía un total de 18 metros de largo. Un verdadero monstruo que, al decir de los lugareños, no era el de mayor tamaño, ya que afirmaban haber encontrado ejemplares de 23 metros, y aún de 40 metros de longitud (por más que los zoólogos sostengan que dimensiones como esas sean muy poco probables y que la exageración haya dotado a esos reptiles de una monstruosidad dimensional que excede con creces los 9 metros científicamente comprobados a la fecha)[2].

Pero Fawcett no se limita a la anaconda, va mucho más allá.

Su galería de monstruos incluye también a un “[...] Tiburón de agua dulce, enorme, pero sin dientes, de los que se dice que ataca a los hombres y los traga, si tiene una oportunidad” [3]; habla del Mipla, (“un gato negro de aspecto perruno y del tamaño de un sabueso” [4]), de “culebras e insectos aún ignorados por los hombres de ciencia y, en las selvas del Madidi (Bolivia), de bestias misteriosas y enormes que han sido perturbadas frecuentemente en los pantanos, posiblemente monstruos primitivos como aquellos que se han informado en otras partes del continente” [5].

Monstruos primitivos”. Aquí Fawcett pega un salto hacia la credulidad absoluta y se zambulle de lleno en el imaginario aborigen del Amazonas (repleto de seres extraños y demonios descriptos como antediluvianos). Él no los desecha, los incorpora a una realidad plausible cuando escribe la siguiente pregunta retórica: “[...]¿Por qué dudar, si quedan aún tantas cosas extrañas por descubrir en este continente misterioso? ¿Por qué, si viven insectos, reptiles y pequeños mamíferos todavía no clasificados, no podría existir una raza de monstruos gigantes, remanentes de especies extinguidas, que viviesen en la seguridad de las vastas áreas pantanosas aún no exploradas? En el Madidi, Bolivia, se han descubierto grandes huellas, y los indios nos hablan de una criatura enorme, descubierta a veces semisumergida en los pantanos” [6].

El párrafo anterior sintetiza, como pocos, un típico Mundo Perdido. Un espacio inaccesible en el que el tiempo parece haberse detenido y los vestigios del pasado se mantienen con vida, atentando contra todo razonamiento lógico y evolucionista. Al respecto, quisiera desarrollar una relación que encuentro sumamente interesante y que probaría las íntimas conexiones existentes entre la novela de aventuras y el espíritu de exploración. Para ello tendremos de dejar a Fawcett y dirigir por un momento nuestra atención al reconocido escritor británico Arthur Conan Doyle, célebre por su detective de ficción, Sherlock Holmes.

Conan Doyle (1859–1930), de igual manera que P. H. Fawcett, fue un caballero británico del Imperio, conservador, defensor del sistema colonial y un claro producto de la sociedad inglesa de fines del siglo XIX. Prolífico escritor, publicó un elevado número de cuentos, ensayos y novelas que lo llevaron a la fama y a abandonar su actividad como médico, en la que se iniciara profesionalmente. De todos aquellos escritos el que a nosotros nos interesa es uno titulado, justamente, El Mundo Perdido[7], publicado en 1912 como folletín en el Strand Magazine de Londres, y que se convirtiera en un clásico dentro del género de la novela de aventuras.

En él, Conan Doyle relata la peripecias sufridas por un grupo de científicos en una expedición realizada a una misteriosa y aislada meseta del Matto Grosso, en la que sobrevivían especies prehistóricas, extinguidas desde hacía millones de años. A lo largo de sus páginas se pueden detectar claramente los prejuicios de la época, el imaginario imperante y el atractivo despertado por lo exótico en las mentalidades victorianas. Es, en sí mismo, un compendio inmejorable de todas las expediciones de ficción que se escribirían más tarde y una fuente de inspiración para muchos exploradores de la vida real que, imitando al personaje de la novela (el profesor George E. Challenger), se lanzaron en la búsqueda de cápsulas territoriales, detenidas en el tiempo.

Fawcett fue uno de ellos y en su libro escribió lo siguiente:

 “Ante nosotros se levantaban las colinas Ricardo Franco, de cumbres lisas y misteriosas, y con sus flancos cortados por profundas quebradas. Ni el tiempo ni el pie del hombre habían desgastado esas cumbres. Estaban allí como un mundo perdido, pobladas de selvas hasta sus cimas, y la imaginación podía concebir allí los últimos vestigios de una Era desaparecida hacía ya mucho tiempo. Aislados de la lucha y de las cambiantes condiciones, los monstruos de la aurora de la existencia humana aún podían habitar esas alturas invariables, aprisionados y protegidos por precipicios inaccesibles” [8].

Creo que no hay mejor ejemplo para reflejar el sentimiento de insularidad que el párrafo anterior. Pero por más que Fawcett se esfuerce en decirnos que fueron sus experiencias exploratorias, y sus fotografías, las que inspiraran a Arthur Conan Doyle a escribir su encantadora novela[9], hay ciertas discordancias cronológicas, y paralelismos en las tramas de ambos textos, que nos permiten sospechar que el sentido de la influencia fue exactamente al revés: Conan Doyle fue el que incitó la imaginación de Fawcett

Conan Doyle publicó El Mundo Perdido en 1912 y Fawcett escribió sus aventuras recién en 1924 (casi veinte años después de haber vivido las experiencias que relataba). Si se comparan ambos textos, se vuelve evidente que el explorador inglés organizó todo su relato a partir del folletín del Strand Magazine, emulando en muchos aspectos al profesor Challenger (personaje ficticio de Doyle en la novela). En realidad, Fawcett es Challenger y las estribaciones de la meseta de Ricardo Franco (Bolivia) no son otras que las de la fascinante Tierra de Maple White (nombre con el que Conan Doyle bautizó su Mundo Perdido).

Basta con comparar el párrafo citado anteriormente (1924) con el siguiente, extraído de la novela de 1912:

“[...] Desde aquella altura me encontraba en situación ventajosa para formarme una idea más exacta de la meseta que se alzaba en lo alto de los montes rocosos. Saqué la impresión de que era extensísima; no pude distinguir ni por el Este ni por el Oeste el final del panorama rocoso cubierto de verde.[...] Una zona, quizás de la extensión del condado de Sussex, fue alzada en bloque con todo su contenido viviente y cortada del resto del continente por precipicios perpendiculares de una dureza que los hace resistentes a la erosión que tiene lugar en todo el resto del continente. ¿Qué resultado se derivó de ahí? El de que las leyes naturales quedaran en suspenso. Allí quedaron neutralizados o alterados los distintos impedimentos y trabas que influyeron por la lucha de la existencia en el ancho mundo. Sobreviven seres que de otro modo habrían desaparecido ya[...]. Han sido conservados artificialmente gracias a esas condiciones accidentales y extrañas”[10].

¿Quién es quién?

¿Quién fue primero, Fawcett o Conan Doyle/Challenger?

El coronel Fawcett arribó a Bolivia en 1906, y fue recién en su segunda expedición de 1908 en la que pudo observar las colinas de Ricardo Franco. Sus comentarios a Conan Doyle debieron de haberse realizado entre ese año (ya en el mes de noviembre estaba en Buenos Aires de regreso de la selva) y 1912, año de la publicación de la célebre novela. No negamos (puesto que es un hecho comprobado) que Conan Doyle se haya sentido atraído y motivado por los relatos del explorador, especialmente por sus sugestivas fotos de la meseta, pero no es desatinado suponer que Fawcett reacondicionara, varios años más tarde, sus recuerdos y apuntes, al argumento central de la taquillera novela de aventuras y que, en las expediciones posteriores a 1912, buscara y encontrara los lugares y situaciones que describiera Conan Doyle. Así, la ficción y la realidad se mezclan, se entrecruzan y confunden. La realidad alimentando la imaginación de un escritor, y ésta movilizando a un explorador a seguir buscando imaginarios parajes, civilizaciones y razas misteriosas[11]. Esta interrelación señala un aspecto de interés, al que muchos historiadores de mentalidades le han dedicado largas y debatibles páginas. Me refiero a los mecanismos por los cuales situaciones, generadas en un marco estrictamente literario, se transportan a la realidad histórica y pasan a ser objetos de búsqueda, ya no por personajes de ficción, sino por hombres de carne y hueso que, como P. H. Fawcett, arriesgaron sus vidas en pos de maravillosas quimeras.

Por otro lado, el ejemplo analizado deja claramente al descubierto aquella excelente máxima escrita por Jean Paul Sartre, en su libro La Náusea, en la que dice que “todas las aventuras se viven en el pasado”; revelando  (como lo hace Fawcett) que en todo relato de viaje la invención no queda nunca ausente.

Desde los días de Francisco Pizarro (siglo XVI), las inmensidades sudamericanas han venido generando un imaginario movilizador. Una simple palabra o una frase bien armada, que combinen los ingredientes indispensables para la aventura, fueron suficientes para catapultar a una expedición en búsqueda de Dorados fantasmas (sean éstos culturales o biológicos). Ciertos escritores han sabido explotar muy bien la veta y, sin proponérselo, contribuyeron al impulso romántico por explorar lo inexplorado.

“¿Por qué esa región no habría de ocultar alguna cosa nueva y maravillosa? - se pregunta Lord John Roxton, emblemático personaje de ficción salido de las páginas de Conan Doyle -.”La gente no la conoce todavía, y no se da cuenta de lo que un día puede llegar a ser. Yo la he recorrido de arriba abajo, de un extremo a otro [...]. Pues bien: estando allí, llegaron a mis oídos algunos relatos [...], leyendas de los indios y cosas por el estilo, pero que encerraban, sin duda, algo auténtico. Cuanto más conozca usted ese país, más comprenderá que todo es posible, absolutamente todo. Existen algunas estrechas vías acuáticas de comunicación por las que viaja la gente; pero a un lado y otro de ellas todo es misterio” [12].

Claro que no sólo el continente Americano ha dado refugio a bestias extrañas. De igual modo que todos los lagos importantes del planeta se dignan en poseer un dinosaurio acuático (por ejemplo el “plesiosaurio” del Loch Ness, en Escocia; el monstruo lacustre del lago Storsjön, en Suecia; el nadador antediluviano del lago Champ, en Estados Unidos; o el Nahuelito, del lago Nahuel Huapi, en Argentina)[13], casi todos los continentes poseen sus “reservas ecológicas” de criaturas prehistóricas y gigantescas. El tamaño sigue constituyendo el principal signo de alteridad, desde la época en que los gigantes y los enanos poblaban la Tierra.

A fines del siglo pasado, y sin que la industria cinematográfica desplegara sus millones de dólares y tecnología de animación por computadora para revivir a las bestias de la época Jurásica, mucha gente consideraba posible la existencia de animales prehistóricos en remotos lugares del mapa; sean éstos mamuts lanudos, pájaros gigantes o brontosaurios africanos escondidos en pantanos del Congo. En cada uno de estos casos se organizaron expediciones para certificar la existencia de los mismos; y en todos los casos, también, se terminó por… no encontrar nada.

De todos los animales desaparecidos, el mamut lanudo (extinguido hace aproximadamente unos 10.000 años) es el que mayor falsas certezas ha despertado. Quizás se deba a que hace relativamente poco tiempo que desapareció, si lo comparamos con los grandes saurios del Mesozoico, borrados de la faz de la Tierra hace más de 60 millones de años. De todas formas, sea el margen cronológico que sea, lo cierto es que hacia 1899 mucha gente creía posible encontrar en las frías estepas asiática, o en las heladas planicies de Alaska, a estos enormes elefantes con pelo pastando tranquilamente. Se organizaron expediciones  para cazarlos. Se siguieron historias ficticias publicadas por diarios sensacionalistas; e incluso, en 1918, un cazador ruso informó al cónsul francés de Vladivostok sobre cierto mamut, que dijo haber perseguido por el cinturón boscoso del Asia Rusa. El descubrimiento de restos congelados de mamut, en excelente estado de conservación, reavivaron la fantasía y aún hoy en día se sigue especulando sobre la existencia de los mismos en la Taiga[14].

Hubo una época en que hasta las aves eran gigantescas. El Didornis o Moa, por ejemplo, llegó a medir unos 3,7 metros de alto, y solía pasear su esbelta figura por la espesura de Nueva Zelanda. No se sabe con exactitud cuando se extinguió; pero todo hace suponer que los aborígenes de las islas cazaron a este enorme pájaro (semejante al avestruz actual), indiscriminadamente, hasta el año 1300 d.c.; momento en que el último Moa cayó muerto. Pero, en la década de 1830, un traficante llamado J. S. Polack, brindó algunos informes sobre el animal. Dijo haber visto sus huevos y escuchado que  aún vivían  “en lo alto de las montañas”. Otro ejemplar de un Mundo Perdido resucitaba; y los testimonios sobre su existencia, y las búsquedas que se desencadenaron, se sostuvieron hasta 1878.

   Las islas del Pacífico sur, con su poco convencional fauna, ayudaron al respecto.

Pero todos los rincones del planeta, África fue el Continente Misterioso preferido del siglo XIX. Aventureros, funcionarios, cazadores de fortuna y exploradores se fascinaron con las extensiones africanas, con sus gentes tan distintas, con sus selvas y lugares olvidados de la mano de Dios (del Dios cristiano, se entiende). Allí también los grandes reptiles resurgieron de sus fósiles y volvieron a caminar sobre el planeta.

Durante más de dos centurias se ha venido difundiendo la noticia de que en África Central existe un animal enorme, con fuertes garras, extensa cola, largo pescuezo y nariz prominente, habitando los inexplorados pantanos del Congo. Se cuentan de él historias increíbles, esas que congregan a la gente  y excitan la imaginación. Los viajeros europeos del siglo pasado conocían de estas preferencias y le dieron al público lo que el público pedía: un reptil gigantesco, conocido por los congoleños como el Mokele-Mbembe[15].

Un relato temprano  y popular de fines de la época victoriana fue divulgado por el viajero y narrador de exageraciones Alfred Aloysius Horn, quien siguiendo el estilo tradicional escribió que: “Más allá de Camerún viven cosas sobre las que no sabemos nada [...]. Dicen que Jago-Nini todavía se encuentra en los pantanos y los ríos. Significa ‘zambullidor gigante’. Sale del agua para devorar a la gente. Los ancianos te dirán que lo vieron sus abuelos, pero aún creen que está allí” [16].

Este relato congolés fue y es creído todavía por toda una legión de exploradores, autodefinidos con el pomposo título (no oficial) de criptozoólogos (buscadores de animales extintos o desconocidos) que, desde hace décadas, se siguen lanzando tras la elusiva bestia de los pantanos.

A principios de siglo, y partiendo del supuesto de que el animal era un dinosaurio, se financiaron expediciones  que fracasaron a causa de las fiebres, los ríos y lo inaccesible de los lugares en los que el rumor ubicaba al Mokele-Mbembe. Pero ese mismo fracaso era el que mantenía viva la posibilidad futura de encontrarlo y seguir conservando el convencimiento de su existencia. Es una claro ejemplo en el que “la esperanza es mucho más fuerte que la experiencia”. Una mera cuestión de fe, no de ciencia —por más que el lenguaje aparente ser muy científico y técnico.

Según relata Daniel Cohen en Enciclopedia de los Monstruos, el criptozoólogo inglés Ivan Sanderson, en 1932, aseguró haber visto huellas grandes y oído ruidos aterradores salir de las cuevas localizadas a orillas de un río en el Congo. Esta experiencia se enlaza con la historia relatada por los miembros de la expedición alemana del capitán Freiherr von Stein Lausnitz, quienes, antes de 1914, también juraron escuchar hablar del dinosaurio conocido como Mokele-Mbembe, en la región central de África.

En cada una de estas expediciones el rumor cumplió un rol protagónico destacado. Suscitando atracción y repulsión, rechazó constantemente la verificación de los hechos. Se alimentó de todo y no dudó en pasar del estatuto del “se dice” al de la certeza. Si el monstruo existía desde el comienzo no había más que buscar sus rastros. Y se siguieron encontrando hasta entrada la década de 1980. En esa oportunidad, el bioquímico norteamericano Roy P. Mackal, recorrió con sus colegas, James Powell y Richard Greenwell (todos reconocidos “cazadores de monstruos”), las traicioneras extensiones de los pantanos de Likouala, en la República Popular del Congo, recogiendo informes sobre el enigma biológico en cuestión. Ninguno pudo ver al Mokele-Mbembe. Nadie jamás fotografió a uno o descubrió los restos de un ejemplar muerto, pero todos saben que llega a medir más de nueve metros de largo y que su comida favorita es el fruto de la landolfia, de sabor agridulce y semejante a una bergamota[17].

La lista de monstruos es infinita. Los podemos catalogar por tamaño, por comportamiento o por el hábitat en el que viven (terrestres, lacustres, fluviales y marinos). Podemos dar descripciones ambiguas o pormenorizadas de cada uno de ellos. Podemos reírnos, asustarnos o descreer, pero nunca obviarlos. Han estado y seguirán estando con nosotros, sobreviviéndonos. Son parte de la “arquitectura fantástica del universo” [18] y caracterizan “el viejo culto al misterio, que llegó a ser en muchos casi una embriaguez[19].

Los monstruos son imprevisibles, anómalos, y por lo tanto símbolos perfectos del peligro y el terror. Abren un agujero de sentido; rompen las leyes; representan la materialidad pura y lo orgánico. Carecen de moral y encarnan el más arcaico de los temores humanos: la fantasía de devoración. Han desaparecido de muchos continentes explorados, pero se niegan a abandonar la imaginación del hombre. Siguen exigiendo su derecho a estar. Y uno de los más persistentes al respecto es el hombre salvaje de los bosques.

 

HOMBRES SALVAJES, YETIS Y DEMÁS ESLABONES PERDIDOS

 

Las historias sobre hombres salvajes se proyectan en el imaginario desde los más remotos tiempos. Su presencia en la antigua Epopeya de Gilgamesh, bajo la figura de Enkkidu (un semihumano que vive entre las bestias), y datada en el segundo milenio antes de Cristo, es bastante sugerente. Por su parte, la Edad Media tampoco olvidó al hombre salvaje de los bosques (homo sylvestris) y lo representó de cientos de formas distintas haciendo resaltar, en todos los casos, las características paradigmáticas de la bestia con el objeto de confrontarla con el civilizado habitante de la ciudad.

El salvaje es la otra cara de lo urbano, el lado negativo del hombre, lo primitivo, lo instintivo. Su estampa, esculpida en las catedrales europeas desde el siglo XII, ha podido perdurar hasta nuestros días en leyendas contemporáneas, como las del Yeti o Pie Grande. Su hirsuta figura y sus hábitos, muchas veces nocturnos, lo convierten en un negativo de lo que nosotros somos. Marca contrastes y evidencia, así mismo, el prejuicio racial que se derivó (renovado) de la teoría evolucionista del siglo XIX. Al respecto, el antropólogo Roger Bartra, en un excelente estudio sobre el hombre salvaje, afirma que el mito —fuertemente arraigado en el arte y la literatura europea desde el medioevo, como dijimos antes— tiene un significado aún más profundo, y el hecho de que haya perdurado durante milenios es una prueba de ello. Para Bartra, el hombre civilizado no ha dado un solo paso sin ir acompañado de su sombra, el salvaje (el Otro) y si bien muchos han creído que esa imaginería del salvaje es una expresión del más acendrado imperialismo racista europeo, dicho autor prueba que la idea del homo sylvestris es muy anterior a la gran expansión colonial y que la idea es independiente del contacto con grupos extraños y exóticos (para los occidentales, claro). No es una emanación del colonialismo, sino una invención que obedece a la naturaleza interna occidental y que ha servido para asegurar y demarcar la identidad cultural de los europeos. Delinean los límites externos de la civilización gracias a la creación de territorios míticos, poblados por marginales, bárbaros, enemigos y monstruos[20].

El hombre salvaje tienen por ámbito el bosque, la montaña o la selva, y mantiene con la naturaleza una relación muy diferente a la que el occidental tiene desde los tiempos clásicos de Grecia y Roma. Él conservó un íntimo contacto con el reino animal (cuyo destronamiento se inicia en el período Neolítico) sin dejar del todo de pertenecer al universo de lo humano. Representa lo inculto y, por ello, se lo suele ubicar en regiones poco conocidas o exploradas. Simboliza el aspecto bestial del ser humano, su faceta irracional e indomable, motivo por la cual lo transferimos fuera, con el objeto de poder combatirlo con mayor facilidad.

El hombre salvaje del que hablamos (el del imaginario), es, al mismo tiempo, objeto de curiosidad y de legitimación para la tarea “civilizadora” del hombre blanco y su ciencia. Pero al horror le sigue la fascinación que el salvajismo despierta.

Compleja y confusa, la imagen del salvaje de los bosques, es encontrada en casi todos los continentes, y a pesar de ser un producto típico de la imaginación humana, aguijoneó búsquedas verdaderas hasta la actualidad. Como las ciudades perdidas, los monstruos o los tesoros ocultos, el hombre salvaje encarna la fuerza, la rareza, lo misterioso y lo secreto. Es otro claro ejemplo de que la imaginación y la conducta se prestan mutuo apoyo, ejerciendo una acción conjunta que arrastra a la vivencia de sucesos y lances extraños; en otras palabras, a la aventura.

La explicación más popular sobre el origen de la creencia en los hombres salvajes es la que dice que constituye un vestigio de los tiempos paganos, el recuerdo distante y distorsionado de una creencia anterior en tales dioses de la selva; deidades que se ubicaban más allá de los límites cultivados.

Otra teoría afirma que estos seres son en realidad las personificaciones del anhelo del hombre civilizado por liberarse de las restricciones del mundo moderno.

Finalmente, la última postura teórica sostiene que las leyendas se inspiraron por el encuentro con un ser bípedo, peludo y semihumano real, pero aún no identificado por la ciencia[21]. Es ésta la que a nosotros más nos interesa puesto que constituye la materia prima indispensable para gran número de historias que extravagantes novelistas y exploradores han difundido —y siguen difundiendo— con gran éxito.

Nadie encontró nunca un espécimen de Yeti o Pie Grande, disponible para que los biólogos y zoólogos lo estudien. Los elusivos “yetis” —cabría decir lo mismo de Nessie y demás monstruos de la criptozoología— sólo se dejan mal fotografiar (siempre de lejos) quedando así confinados al ámbito en el que siempre estuvieron: el de la literatura de viajes, la novela y la imaginación

Pero las puertas permanecen abiertas, siguen sosteniendo entusiastas creyentes.

Continuarán descubriéndose viejos sitios con nuevos ojos y a ellos continuaremos transfiriendo todos aquellos aspectos, preciados o despreciados, de nuestra propia cultura. El imaginario se adaptará a las circunstancias por venir, manteniendo siempre viva (en lo más profundo de nosotros mismos) la posibilidad de seguir soñando con otros mundos, con la diferencia, con lo ajeno. Porque “[...] por más que algunos afirmen que el mundo ha sido explorado en su totalidad [...], la aventura bien podría estar a punto de comenzar” [22].

Fernando Jorge Soto Roland

Profesor Universitario en Historia

sotopaikikin@hotmail.com

Referencias:

[1] Fawcett, Percy Harrison, A Través de la Selva Amazónica, capítulo III, Editorial Zigzag, Madrid, 1974.

[2] NOTA: Durante la Expedición Vilcabamba '98 tuvimos oportunidad de conversar con un avezado cazador cusqueño que nos refirió que en las selvas del Manú la gente afirma haber visto anacondas de casi 100 metros (!). La noticia llegó a diarios de todo el mundo (en el mes de abril de 1998, aproximadamente), sin establecer que la supuesta serpiente no era otra cosa que un pequeño acantilado dejado por un río fuera de curso, y visto desde la distancia.

[3] Fawcett, P.H., op.cit., pág.177. //Nota: En muchas localidades del Amazonas —en la región del río Negro— los lugareños actuales hablan de bagres gigantes que llegan a tragarse enteros a niños pequeños. Según algunos periodistas del History Channel hay pruebas de estos casos.

[4] Ibíd, pág. 266.

[5] Ibíd, pág. 266.

[6] Ibíd, pp. 177-178.

[7] Conan Doyle, Arthur, El Mundo Perdido, Editorial Laertes, Barcelona, 1983.

[8] Fawcett, P.H., op.cit. pág. 191.

[9] Ibíd, pág. 192.

[10] Conan Doyle, A., op.cit., pp.50-51.

[11] Véase: Hermes Leal, Coronel Fawcett, A Verdadeira História do Indiana Jones, Editorial Geraçao, Sao Paulo, Brasil, 1996.

[12] Conan Doyle, A., op.cit., pp.74-75.

[13] Véase: Cohen, Daniel, Enciclopedia de los Monstruos, Editorial Edivisión, México, 1989.

[14] Ibíd, pp.56-58.

[15] Véase: Criaturas Misteriosas, Biblioteca Time Life, Editorial Atlántica SA., Buenos Aires, 1992.

[16] Citado por Daniel Cohen, op.cit., pág. 61.

[17] Criaturas Misteriosas, op.cit., pág. 55.

[18] Díaz-Plaja, J., Los Monstruos y Otras Literaturas, Editorial Plaza y Janes SA., 1967, pág. 27.

[19] Ibíd, pág. 29.

[20] Véase: Bartra, Roger, El Salvaje Artificial, Ensayos Destino, Editorial Destino, Barcelona, 1997; y Bartra, Roger, El Salvaje en el Espejo, Ensayos Destino, Editorial Destino, Barcelona, 1996.

[21] Cohen, Daniel, op.cit., pp.17-18.

[22] Allen Bill, en National Geographic Society, Vol.2, Nº 2, febrero de 1998, pág. 1.

 

Fernando Jorge Soto Roland

Profesor Universitario en Historia

sotopaikikin@hotmail.com

 

Ir a índice de ensayo

Ir a índice de Soto Roland, Fernando Jorge

Ir a página inicio

Ir a índice de autores