Indiana Jones es una marca registrada de Paramount Pictures & LucasFilms Ltd.

y la Tribu de la Oscuridad
Novela
Fernando J. Soto Roland

1

MÁS ALLÁ DEL MAPA

Isla Karkar

Archipiélago Bismarck

Nueva Guinea

Julio de 1919.

Ajenos al ambiente y a la geografía de la isla, el destacamento alemán desembarcó presuroso en las blancas arenas de la playa, dejando a sus espaldas el transporte anfibio que, desde la isla grande de Nueva Guinea, los había trasladado a Karkar.

Eran veinte hombres cansados y humillados que buscaban, en un último e irracional intento, mantener en alto la soberanía de Alemania en aquella parte del mundo, alejada de la vista de Dios. Veinte soldados que se resistían a aceptar las deshonrosas cláusulas de un tratado firmado y ratificado en Versalles hacía pocos días. Veinte almas dispuestas a todo, con tal de no dejar morir en sus corazones endurecidos el fervor nacionalista que los había mantenido en la colonia durante los últimos seis años; soportando su calor, su humedad e inestable vida geológica. Tenían en su haber media docena de terremotos, de casi ocho puntos en la escala de Richter, y otras tantas reconstrucciones de barracas y oficinas, muelles y centros de abastecimiento. Se habían ganado la paga y un reconocimiento oficial que nunca llegaría. La Madre Patria había sido vencida en la Gran Guerra y ellos eran ahora parias, hijos huérfanos que debían buscar otro hogar, otro país, una guarida en donde esconder las culpas que los nuevos vencedores les endilgarían por el sólo hecho de haber defendido sus intereses nacionales.

Por eso se negaban a rendirse. ¡Que los políticos y burócratas que manejaban el alicaído imperio se frieran en su propio aceite de ineptitud y cobardía! Ellos no acatarían las resoluciones de una República débil y maloliente, parida de una Constitución que resultaba ser el producto de la pusilanimidad de los cobardes de turno que la gobernaban. No aceptarían entregar los dominios coloniales germanos a un atajo de australianos inexpertos que, a instancias de Inglaterra, se habían vuelto dueños de islas y mares, pertenecientes a Alemania desde 1885.

Si bien en las guerras era importante saber perder, Helmut Heinder , el rebelde teniente que comandaba el pelotón, no recordaba ninguna lección del Colegio Militar que lo obligara a deponer las armas tras la lectura de un escueto telegrama proveniente de Berlín; y en el que personas que no conocía ni respetaba le ordenaban abandonar el norte de la isla grande de Nueva Guinea y el nutrido archipiélago que se desplegaba ante sus costas.

No; no era esa la forma en la que se comportaba un militar de carrera. No era posible levantar campamento en un segundo y tirar por la borda años de servicio y sacrificio. Heinder sobrellevaría las represalias que fueran. De allí no lo iban a sacar tan fácilmente. Él y sus hombres, todos experimentados soldados coloniales, encontrarían el lugar apropiado para esconderse y reprimir el pomposo y soberbio avance australiano. Y ese lugar era Karkar; un isla inexplorada y aparentemente desierta que emergía del océano a pocos kilómetros de la costa, absolutamente protegida por arrecifes de coral todo a su alrededor y tan cubierta de montañas y selva que, de lejos, semejaba un inmenso y puntiagudo pan de azúcar.

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A vanzaron por la playa con cuidado. Llevaban sus fusiles preparados para ser disparados y un miedo visceral recorriéndole cada centímetros de sus cuerpos. A menos de cien metros de la costa, un muro vegetal, tan denso como la cabellera de un negro africano, se elevaba trepando las laderas de un pico innominado, de claro origen volcánico. Era el bosque tropical en su estado más puro, en su esencia más primigenia. Un verdadero corazón de tinieblas en donde los árboles señoreaban como lo habían hecho desde hacía cientos de miles de años. Hacía allí encaminaban su entusiasmo nacionalista. En esa sopa de musgos, enredaderas, lianas y sabandijas, Heinder pretendía sostenerse firme, reivindicando un honor que no pensaba negociar.

Sentía ahora que él era Alemania, y sus hombres los mojones trashumantes de una frontera imperialista que aún rezumaba dignidad.

—¡Herman! —exclamó con autoridad a uno de los soldados, mientras daba lentos pasos por la arena.—Prepara el avance. Vamos a internarnos en la isla en una hora. Que los alimentos y el botiquín estén listos y completos. Que todos los hombres se mantengan en guardia y que disparen a matar contra cualquier cosa que se mueva o resulte ser una amenaza. ¿Entendido?...

—Sí, señor —respondió el subordinado, y rápidamente partió a reunir al resto del grupo y dar las primeras ordenes recibidas desde el desembarque.

Helmut Heinder había nacido en Munich hacía treinta y siete años. Era hijo de una rica familia de comerciantes y un convencido de la superioridad de su país en cuestiones culturales, filosóficas y militares. Había abrazado, desde muy joven, la vocación por las armas y portaba con orgullo su jerarquía de Teniente Gobernador del sector norte de Nueva Guinea. Inteligente y culto, era el responsable de las primeras cartas geográficas de la región y la persona que más sabía acerca de cuán poco controlable era esa zona del planeta. Como siempre le decía a sus padres por carta: “ Estas islas estarán llenas de misterios por muchos años. Vistas de lejos, son fáciles de someter, pero basta caminarlas un poco para darse cuenta de que aquí la naturaleza es indomable y que un mundo de sorpresas nos espera allí adentro. Es probable que sus riquezas sean inmensas o que aún perduren tribus —como se corre el rumor— que todavía vivan en un estado tan primitivo como salvaje son los monos de África ”.

En esa mañana de 1919, Helmut Heinder estaba a punto de certificar sus reflexiones.

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I nternarse en una jungla inexplorada era siempre una experiencia angustiante; y a pesar de haber viajado por algunos de los parajes más rigurosos del planeta, Herman Aumann , soldado raso nativo de la Baja Sajonia y especialista en supervivencia, encabezaba la fila india del pelotón con un temor que jamás antes había sentido. Presagiaba que las cosas no iban bien. Se lo había comunicado a su jefe hacía un rato; pero, tras desestimarlo, Heinder apuntó de muy mal modo, y en voz baja, que no “ metiera miedo a la compañía ”.

—Si lo haces, Herman, te someteré a un tribunal de guerra —dijo clavándole sus helados ojos grises.—El único presentimiento que todos debemos tener —sostuvo— es el de la victoria futura. ¿Has comprendido?

—Sí, señor— reconoció el soldado. Y continuaron avanzando.

El sendero que seguían era tortuosamente irregular, en subida permanente y tapizado de hojas podridas, raíces y miles de insectos; de los cuales los mosquitos eran los peores. La temperatura superaba los 39º centígrados y sólo era apaciguada por la densa floresta que, cual bóveda natural, los cubría. Caminar por ese sitio infernal era soportar un castigo autoimpuesto más propio de flagelantes medievales que de militares modernos del siglo XX.

Aquel islote jamás había sido hollado por occidental alguno. Era terreno virgen para los europeos. Sólo la mirada lejana de algún que otro marino solitario había violado la inmaculada condición de Karkar.

La parte Este de la isla grande, explorada por portugueses hacia 1512 y bautizada por el conquistador lusitano Jorge de Meneses con el nombre aborigen de Paúa , estaba habitada —se sabía— por tribus hoscas y poco amigas de los “blancos”. Incluso, algunas pocas crónicas hacían referencia al monstruoso hábito del canibalismo que ellas practicaban. Años más tarde, en el verano de 1545, el coronel español Iñigo Ortiz de Retez rebautizó el territorio con la denominación de Nueva Guinea , por el parecido que sus costas tenían con la Guinea africana. En aquella ocasión tampoco desembarcaron y el archipiélago sólo fue un nombre en un mapa incompleto. Cuando los holandeses tomaron posesión formal del lugar en 1828, lo hicieron por la costa Oeste ; por lo tanto, Karkar volvió a quedar fuera de la atención de los occidentales. Recién en la segunda mitad del siglo XIX, alemanes y británicos ocuparon las costas Norte y Sur respectivamente. En ese momento, Karkar se convirtió en una postal para los imperialistas germanos. Una ínsula cercana y lejana al mismo tiempo, que observaban de lejos sin interés alguno por explorarla. Tendría de sobrevenir la derrota de la Gran Guerra para que Heinder la convirtiera en su bastión de resistencia.

Pero esa isla constituía el hogar de un alto número de comunidades desconocidas. Ocupada por melanesios desde hacía dos o tres mil años antes de Cristo, la población se dispersaba en la selva tropical, absolutamente aislada del exterior. Las fragosas montañas que la fragmentaban hacían de ese aislamiento algo inevitable y sólo en contadísimas ocasiones los alemanes habían visto desde lejos, barcazas y canoas de madera, impulsadas por individuos extrañamente ataviados. Esas visiones de pesadilla generaron más de una historia ficticia sobre los pueblos, que empezaron a ser denominados como “ fantasmas ”.

Se les temía. Se les rechazaba. De haber podido, se los hubiera exterminado. Pero nunca nadie se había atrevido a pisar Karkar. Excepto Helmut Heinder y sus hombres.

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A umann esforzó sus piernas y alcanzó el claro que vislumbrara minutos antes. Lo indagó con cuidado. Observó el suelo, los árboles circundantes, las ramas, las hojas. Alguien había andado por ese sitio no hacía mucho tiempo. Las huellas, imperceptibles al ojo del neófito, así se lo indicaban. Volteó sobre sus pasos y se acercó a Heinder.

—Teniente, creo que estamos en problemas —dijo con la seriedad en el rostro.

—¿A qué te refieres?

—Hubo gente por este lugar. Mucha gente... Más de diez.

—¿Estás seguro? —inquirió dando una ojeada presurosa.

—Sí, señor. No tengo dudas.

Heinder permaneció dubitativo unos segundos. Finalmente. Volvió a preguntar:

—¿Qué sugieres que hagamos? ¿Acampar o continuar?

—Usted es el jefe, teniente.

—Te hice una pregunta directa, Herman —intervino secamente—. ¿Qué sugieres?

El soldado frunció sus labios.

—Yo no me quedaría aquí. Huelo algo extraño... Esos tipos pueden estar ahora mismo mirándonos sin que nosotros lo sepamos.—Observó al resto de sus compañeros y añadió:—Los muchachos están muy nerviosos, señor.

—¿Crees que se mantendrán fiel a la causa? —preguntó Heinder, por primera vez dubitativo al respecto.

—El amor a la patria es más grande que el miedo, señor.

El teniente sonrió. Le palmeó el hombro y con un gesto de cabeza ordenó continuar la marcha.

No habían dado tres pasos cuando un repentino temblor de tierra sacudió el suelo de la isla.

—¡Terremoto! —exclamaron dos soldados al unísono.

—¡Debajo de los árboles! —mandó Heinder—. ¡Rápido!

Todos corrieron obedeciendo al jefe, en tanto la tierra iniciaba un baile geológico que agitaba todo a su alrededor.

Un silencio mortal inundó la selva. Los pájaros dejaron de trinar y el sonido de la brisa escurriéndose por entre las ramas cesó.

—¡Estén atentos! —gritó el oficial—. ¡Puede que se produzca una desprendimiento desde la cima!

Instintivamente todos miraron hacia la cumbre verde del cerro.

Entonces, el movimiento de tierra cesó.

Heinder se apartó de la palmera en la estaba agarrado y avanzó un par pasos.

—Parece que ya pasó —dijo no muy convencido.

—Estos sacudones me van a volver a loco —expresó uno de los hombres más jóvenes—. Nunca terminaré por acostumbrarme a ellos.

Nadie le respondió.

Esperaba una acotación, un chiste, un cometario sarcástico, algo...Pero ninguno de sus diecinueve compañeros dijo nada. Estaban mudos, observando como eran rodeados por demonios .

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Isla Karkar.

Dos días más tarde...

R oland Wilson , coronel australiano encargado de tomar posesión de las ex-colonias alemanas de Nueva Guinea, no iba a poder conciliar el sueño por muchas noches. Lo que tenía ante él era horroroso, indeciblemente repugnante; un espectáculo más propio de una pesadilla enferma que de una realidad palpable y tangible. Quizás era eso lo que más asco producía: el hecho de ser concebido como algo “ palpable ”.

—¡Por Cristo! ¿Qué ocurrió aquí? —La voz de su lugarteniente sonó cavernosa, entrecortada. Acababa de contener un vómito y el gusto ácido de la última comida, ya procesada, impactó en sus papilas gustativas, arrastrándole una arcada.

Wilson, sin quitar los ojos del espectáculo nauseabundo que lo atraía morbosamente, titubeó volteando hacia su camarada.

—No lo sé, Grover —contestó ojeando la exuberante naturaleza que servía de telón de fondo.—De lo único que estoy seguro es que son “ ellos ”...

—¿ Ellos ? —interrumpió, regresando la mirada a su jefe.

—Sí...

A un costado del pelotón aliado, una masa sanguinolenta de músculos, arterias cercenadas y huesos muy blanco expuestos al sol, se apretujaba junto a un árbol inmenso, pródigo en ramas y hojas. Cabezas y piernas desmembradas, brazos y uniformes teñidos de un rojo oscuro, casi negro, se arremolinaban constituyendo un único objeto impreciso, amorfo, formado por las partes seccionadas de veinte seres humanos.

—Pero..., ¿qué les pasó? —volvió a inquirir el segundo al mando.

Wilson vaciló.

—Aparentemente fueron sorprendidos por alguien... —dijo.

—...O por algo, coronel. ¿Usted cree que los aborígenes pueden ser responsables de esta carnicería?

Wilson no contestó. Conocía a Heinder bastante bien. Sabía de su bravura y don de mando. Además, los hombres que había tenido bajo sus órdenes eran soldados experimentados y provistos de muy buen armamento liviano. No era lógico verlos así, hechos un amasijo irreconocible de cadáveres entremezclados.

Grover dio unos pasos hacia delante y se agachó. Observó detenidamente cuatro de los fusiles que quedaban en la escena y giró el rostro, sorprendido, hacia su coronel.

—Señor... —dijo tapándose la boca con una mano—, estos pobres infelices no se defendieron. No dispararon un solo tiro.

Wilson comprobó lo dicho, asomándose por encima de su subordinado.

—Parece que no les dieron tiempo —agregó—. Aún tienen los cartuchos puestos. No hay duda de que los sorprendieron in fraganti...

Los treinta y dos soldados australianos, parapetados alrededor del sangriento montículo, se inquietaron. Amartillaron sus armas y cargaron sendas balas en sus recámaras.

—Debemos salir de aquí, señor —sugirió tímidamente uno de los reclutas—. No creo que sea bueno permanecer en esta isla por más tiempo.

En otra circunstancia hubiera sancionado al soldado por no solicitar permiso para hablar; pero la situación era tan extraña que el coronel Wilson aceptó la sugerencia y elevando la voz dijo de inmediato:

—¡Nos vamos de aquí!... La isla ya es nuestra. No tiene sentido que enterremos a estos pobres diablos—. Giraron ordenadamente e iniciaron el descenso por el ensortijado sendero de montaña.

Ya en la playa, al momento de subir a los botes neumáticos que los regresaban a la isla grande, Grover se arrimó a Wilson con aire de complicidad.

—Señor, ¿me permite?...

—Dígame, ¿qué pasa? —respondió mientras acomodaba su mochila a un costado de la barca.

—¿Qué escribiremos en el informe?

Wilson le clavó los ojos. Se veían en ellos el desconcierto propio de una persona que no sabía qué decir.

—Por mi parte —empezó con lentitud—, no informaré nada de todo esto. Y le aconsejo, Grover, que usted haga lo mismo. Ya conoce todo el papeleo inútil que tendríamos que soportar en caso de que un hecho como este llegue al escritorio de algún burócrata aburrido. A esos alemanes los mataron los indios, ¿me entendió?. Indios..., así de sencillo.

Grover asintió con la cabeza.

—Estoy de acuerdo, señor...—dijo obediente—. Creo que será lo mejor.

—Bien.

—Pero —interrumpió de nuevo—, sinceramente, coronel...¿qué piensa usted que sucedió allí arriba?

Wilson miró el cerro de la isla con solemnidad. Ese lugar encerraba un misterio que no estaba interesado en desentrañar. Volvió la vista a Grover y dijo tajante:

—Lo que acabo de decirle, Grover: indios ... Fueron, simplemente, indios .

El sonido del motor del bote indicó que era momento de partir.

Embarcaron; y en tanto el vaivén de las olas zarandeaba su cuerpo, atravesando en gran canal hacia Nueva Guinea, Roland Wilson echó una última ojeada a la isla. En ese instante, una frase escrita por Joseph Conrad hacía pocos años, reverberó en su mente: 

" Observar una costa mientras se desliza ante el barco

es como pensar en un enigma. Allí está ante ti,

sonriente, ceñuda, insinuante, grandiosa, mezquina,

insípida o salvaje, y siempre muda, con aire de estar

susurrando: 'Ven y descúbreme' ."

( El Corazón de las Tinieblas , 1902).

  2

“EL PASADO NO TIENE PRECIO...”

Veinte años después...

 

Berlín, Alemania.

Setiembre de 1939.

E uforia.

Esa era la palabra que mejor definía el estado de ánimo que se respiraba en las calles de la capital germana. La alegría se notaba en los rostros ensoberbecidos de las Jungvolk o Juventudes Hitlerianas, que desfilaban enarbolando sus estandartes arios y luciendo los uniformes del Partido por todos los bulevares de la ciudad. No había civil que no tuviera en la solapa una   negra svástica, enmarcada en blanco y rojo; o la típica mirada de compromiso y mandíbulas apretadas que el Führer exigía a todo buen alemán. Los tonos marciales de marchas militares parecían invadir el oído del mundo. Salían de las casas, de los negocios, incluso de las dependencias públicas de cada barrio. Bajo esas notas musicales, la razón quedaba limitada y el espíritu patriótico fluía por las venas sin que nadie pudiera evitarlo. La emoción lo embargaba todo. El orgullo nacionalista se había convertido en fanatismo y cada ciudadano pretendía vestir un uniforme para, con su sacrificio, seguir engrandeciendo la gloriosa obra que Adolf Hitler había iniciado seis años atrás. Alemania estaba ahora sobre todos los países del orbe, y la conquista de Polonia era el broche de oro a una exitosa política expansionista.

La hora de la revancha había llegado.

Las paredes y muros de las casas estaban tapizadas de consignas partidarias y patrióticas. El pueblo era convocado a las armas, llamado a luchar por su país. Las tropas, movilizadas por el Estado Nazi, circulaban por doquier ostentando su poderío bélico y elegancia. Tanques, cañones, unidades blindadas, camiones y motos; soldados y oficiales; miembros de la policía secreta, jerarcas de la SS o simples ciudadanos embanderados por la locura bélica, inundaban las arterias de Berlín convirtiéndola en una verdadera cencerrada de inconciencia.

Más de quince millones de padres habían permitido que sus hijos, como miembros del Jungvolk , prestaran juramento de lealtad al Führer; y un gran número de alemanes permanecían indiferentes a la suerte que corrían los judíos o los escasísimos opositores al régimen. Incluso los sectores más conservadores y cultos, que estaban muy lejos del populismo desplegado por Hitler, terminaron por someterse al nazismo debido al notorio anticomunismo de su líder. Era conveniente, decían, mantener a los “ rojos ” controlados; y el Führer lo había conseguido de un modo nunca visto antes.

También sesudos intelectuales y diplomáticos de carrera se sumaron   gustosamente al partido, aportando su experiencia y formación al Nacionalsocialismo alemán. Asimismo, el ejército había aceptado la svástica como parte de su insignia oficial y la Wehrmacht , las Fuerzas Armadas —tras una purga interna en la que no faltó el asesinato— no era otra cosa el brazo armado de los megalómanos designios de Adolf Hitler.

El Partido Nazi se confundía con el Estado.

El Führer y Alemania eran la misma cosa.

El III Reich, el nuevo constructor del imperio, parecía estar destinado a una duración de más de mil años.

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P ara Daniel Rossberg diez centurias era mucho tiempo. En menos de una década había perdido todo lo que construyera a lo largo de casi cincuenta años de profesión y trabajo. No quería pensar siquiera en tener que soportar un día más ese régimen oprobioso y criminal, que sus propios compatriotas habían contribuido en llevar al poder. Sabía que, a la corta o a la larga, los nazis caerían bajo el propio peso de sus acciones impuras; por eso estaba decidido a emprender el riesgoso trámite que durante tanto tiempo había pergeñado. Arriesgaba su vida. Aún así, con la muerte en los talones, era la única forma en que se sentía vivo.

Aligeró el paso y cruzó la avenida, sorteando media docena de autos. Las banderas partidarias flameaban en casi todas las ventanas, incluso en el hall de entrada del Prusia Hotel , al que se dirigía.

Se abrió camino entre la multitud y alcanzó la entrada principal del edificio, alfombrada de rojo bermellón. El bellboy le abrió la puerta con un ceremonioso “ heil Hitler ” y Rossberg encaminó su temerosa humanidad hacia el mostrador.

Cuando el jefe de admisión, tan serio como un buldog y formalmente vestido de saco y corbata de seda azul,   se apersonó enfrente suyo Rossberg tembló por dentro. Estaba paranoico. Lo sabía. Era imposible que un desconocido pudiera leer sus intenciones o conociera su odio visceral por los nazis. Aún así, experimentó la sensación de ser auscultado por un radar amoral de fríos ojos azules.

Guten tag [1] —saludó en voz baja, apoyando los brazos sobre el mostrador—. Quisiera ver a herr Harold Müster, por favor. Se aloja en el hotel desde ayer por la noche. Mi nombre es Heyndrich —mintió—, Maximilian Heyndrich.

—Un segundo, señor —contestó el empleado y cotejó el libro de admisión. Arrastró el dedo índice por los renglones, se detuvo en uno de ellos y por último respondió:—Efectivamente, caballero. Herr Müster lo está esperando. Aquí tengo su autorización. La habitación es la número 323. ¿Sube usted o lo llamo para que baje?...

—No; no se preocupe, yo subo. Danke [2] —y sin más, tomó el ascensor que lo llevaba al tercer piso.

Franqueó un largo corredor y se detuvo frente a la numeración indicada. Se acomodó el sobretodo. Bajó su solapa, se ajustó el sombrero de fieltro gris y dio tres golpes cortos y secos en la puerta. Cuando ésta se abrió, un individuo de cuarenta años, alto, delgado, con gafas y vestido formalmente de saco, camisa blanca y moño color violeta oscuro, se recortó en el marco.

Rossberg no pudo contener su emoción.

—¡¡Indy!! —exclamó; y lo abrazó con fuerza.

—¡Daniel, mi buen amigo! —respondió Indiana Jones , devolviéndole el fraternal saludo.

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E l cuarto de Indy era modesto pero cómodo. Poseía una hermosa vista hacia una plaza arbolada y una luminosidad generosa que, de no ser por el grueso cortinado que cubría las ventanas, hubiera permitido obviar lo gris que era el panorama mundial de entonces. El sol, oculto por el miedo, no entraba en la habitación 323. Había que cuidarse de las miradas conspicuas de los agentes del Estado; y por eso preferían estar en semipenumbras, alumbrados apenas por un débil velador de mesa.

Indiana, sentado en un sillón de pana, observaba a Rossberg con tristeza en los ojos; mientras sostenía un vaso con coñac. Aquel hombre, que conocía desde hacía años, era sólo la sombra de lo que había sido tiempo atrás. Estaba más delgado, más demacrado y canoso. Se veía a las claras que el sufrimiento era parte de su vida cotidiana y ya no tenía la mirada vivaz que lo caracterizaba. La historia se lo había llevado por delante.

—Te agradezco infinitamente que hayas venido, Indy —dijo Rossberg parado a un costado de la ventana—. No quería involucrarte en todo este lío, pero no tenía otra persona de confianza a quien acudir.

—Todos estamos involucrados en esto, Daniel —respondió Jones con seriedad—. Además, me hubiera ofendido mucho si no me llamabas.

Rossberg sonrió agradecido.

—También lo hice por eso, amigo. Te conozco y sabía que acudirías a mi llamado sin objeciones. Ya sabes cual es la situación que atraviesa este país...

—...una locura.

—Sí; una demencia total. Y ahora, como si fuera poco, ¡una nueva guerra! ¿Acaso no hicimos la primera para que no hubiera ninguna otra?... —inquirió retóricamente con angustia.

—Eso nos hicieron creer —respondió Indy sin mover un músculo.

—¡Qué generación la nuestra!

Indiana dibujó una breve y socarrona sonrisa ladeada.

—Los chinos tienen una antigua maldición —expuso con parsimonia—; que pronuncian siempre ante el peor de sus enemigos: “ Ojalá te toque vivir en un época interesante ”, dicen.

—No se equivocan —rió Rossberg—. Nosotros estamos malditos, en ese sentido. ¿No lo crees?

Indy le dio un sorbo a su coñac. La verdad es que le hubiera encantando alcanzar la adultez en otra época. Aún recordaba los años felices anteriores a 1914, cuando con su padre recorrían el mundo en una especie de Grand Tour siempre lleno de sorpresas y enseñanzas nuevas. Pero aquellos días habían pasado y las fronteras, y las ideologías, y el fanatismo, habían levantado barreras de acero muy difíciles de derribar, a no ser que se usaran los cañones de la intolerancia. La Belle Epoque era cosa del pasado. El presente se anunciaba interesantemente duro.

—¿Y tu familia, Dan? —inquirió, esperando una mala noticia—. ¿Qué hay de tus padres y de tu hermano?

—Perdieron todo —contestó a boca de jarro—. Todo, absolutamente...

—¿Cómo sucedió eso?

—A papá, por decreto, le confiscaron el negocio. Dicen que los judíos somos los responsables de los males que sufrió el país y que tenemos que escarmentar. Sostienen que somos una raza impura, especulativa...

—¡Malditos nazis!...

—... Jacob , fue despedido del hospital hace tres años. Tiene prohibido ejercer la medicina. Ahora está tramitando su salida hacia Suecia, un país neutral que nos está auxiliando —hizo un impasse muy corto y continuó:— Mis padres están viejos y tercos: no quieren abandonar Alemania. Los comprendo, pero temo mucho por ellos.—Tragó saliva y prosiguió:—Están deportando familias enteras hacia Europa oriental; a juderías, como les dicen. La verdad es que se desconoce qué suerte corre toda esa gente. De seguro son obligados a trabajar en fábricas de municiones. Papá tiene la esperanza de que todo cambie...

—...empeorará, Daniel —intervino Indy.

—Es lo que yo creo. Pero él no entiende razones. Insiste en quedarse en “su” país...

Indiana sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago. La situación de su amigo era angustiante y sabía que no era el único que la sufría. Lo miró fijamente y preguntó:

—¿Y qué pasa con tu vida? ¿Cuál es el motivo de tu llamado?

Rossberg levantó la vista y la clavó en los ojos de su compañero.

—Necesito tu ayuda —dijo sin preámbulos.

—Aquí estoy, Dan. ¿Qué precisas?

—Indy —empezó Rossberg—, quiero que sepas, ante todo, que no estás obligado a nada. Lo que voy a ofrecerte es peligroso, muy peligroso, amigo mío...

—Daniel —intervino Jones acomodándose sus anteojos de lectura—, crucé todo el océano con pasaporte falso sabiendo eso de antemano. Si no estuviera dispuesto a correr riesgos me hubiera quedado en Barnett College, ¿no crees? —Y agregó con vehemencia:— Dime qué pasó...

—No puedo confiar en nadie, Indy. Toda la gente que conozco está loca. Hitler y sus nazis los tienen hipnotizados con su discurso violento y racista. ¿Sabes algo?... La gente delata a sus propios familiares. ¿Puedes creer eso?... El Estado lo controla todo y cada uno de nosotros es susceptible de ser acusado de traidor por la persona menos pensada —tomó aire—. ¿Recuerdas a Otto Wölfing ?...

—¿El filólogo?...

—Sí —respondió Rossberg—. Fue delatado por su sobrino de doce años. ¡El sobrino que él mismo crió después de la Gran Guerra!...

—...¿Es nazi?

—De la Juventud Hitleriana.

—¡Qué maldito hervidero de futuros asesinos! —exclamó.

—El chico es ahora un líder de brigada —prosiguió Rossberg— y tiene bajo su mando a otros diez muchachos de su misma edad. Le dieron medallas y cargos; honores otorgados por el mismísimo Adolf Hitler tras la desaparición de su tío.

—¿Otto desapareció? —preguntó Indy frunciendo el ceño.

—Desde hace siete meses no sabemos en dónde está.

—¿Y nadie pudo averiguar nada?

—No es bueno andar por ahí preguntando por un “traidor del Estado”. Se corre el riesgo de seguir la misma suerte —expresó con la vergüenza de quien teme.

—Hay que moverse con cuidado, Dan. En determinadas cuestiones muchas veces es mejor esperar a que la tormenta pase.

—Sí —consintió con tristeza—. El enemigo está en todas partes; especialmente cuando eres judío.

—¿Qué pasó con tu trabajo?

—Lo usual en estos casos: me exoneraron del museo hace dos años.

—Nunca me dijiste nada al respecto... —articuló Indy sorprendido

—No podía. Interceptan todas la correspondencia. De no haber sido por esos amigos suecos de mi hermano hubieran pasado los años sin que tuvieras noticias mías. Esto es una cárcel. ¿Lo comprendes ahora?...

Indy asintió con la cabeza. Recordó la dedicación que Rossberg había puesto siempre en su trabajo como curador del Museo Vön Strassen y la estrecha amistad nacida en una de sus salas hacía casi veinte años. Era otra época, dura, pero diferente en muchos aspectos a la que vivían. Por lo pronto los nazis no existían y los códigos en Alemania eran otros.

Miró a su amigo y volvió a preguntar:

—¿Qué es lo que necesitas?

Rossberg se acomodó el cabello entrecano.

—Iré al grano, amigo —dijo.

—Me parece bien.

El ex-curador se apartó de la ventana, caminó hacia el centro de la habitación, giró en redondo, enfrentó a Indy y dijo:

—Quiero sacar del país un cargamento completo de obras de arte.

Indiana quedó perplejo.

—¡¿Qué?!...—exclamó—. ¡¿Qué dices?!...

—Lo que escuchaste: quiero que saquemos de Alemania una serie de obras de arte que, de otro modo, se perderán para siempre.

El arqueólogo se acomodó en el sillón. Una ola de adrenalina le surcó la columna vertebral.

—Explícame, por favor...—hostigó verbalmente.

Rossberg tomó asiento en el borde la cama y adoptó la postura de un catedrático presto a dar una conferencia.

—Mira, Indy, no hay mucho qué explicar. El asunto es sencillo, al menos en teoría. Estoy convencido de que todavía puedo hacer algo útil por el futuro de este país y creo tener ahora una oportunidad excepcional para combatir desde la sombra a estos cerdos. —Miró las   cortinas que tapaban la ventana. Aún en la privacidad de un cuarto temía ser oído.—Supongo que ya estarás al tanto de lo están haciendo con la educación y la cultura, ¿verdad?

—Sí; sé que queman bibliotecas enteras en actos públicos —respondió Jones.

—¡Están locos! —prorrumpió Rossberg—. Dicen que es literatura “degenerada”; que corrompe el espíritu, que altera la conciencia de la gente. Han incinerado millones de textos, muchos de ellos incunables. ¡Los hemos perdido para siempre, amigo mío!... ¡Esto es como el incendio de la biblioteca de Alejandría! Y yo no puedo quedarme con los brazos cruzados viendo semejante barbarie. Además, no sólo son libros lo que han destruido. Pinturas, lienzos, acuarelas, esculturas, están siendo quitadas de museos públicos y privados. El arte no figurativo ha desaparecido de las galerías y miles de otra piezas de origen africano, americano o polinesio corrieron y correrán la misma suerte—.Extendió el brazo y tomó la muñeca de Indiana para volver más vehemente su comentario.—Quince días antes de que me expulsaran del museo me llegó la orden de que empacara toda una colección de armas, vestimentas, máscaras y reliquias ceremoniales provenientes de Indonesia y Asia. Supe por un informante que iban a ser incineradas. ¿Te imaginas?... ¡Son piezas únicas, Indy! ¡Un arte que pertenece al patrimonio del mundo y que estos ignorantes borraran de la faz de la Tierra!...

—¿Quiénes son los encargados de todo ese trabajo?

—Las SS . Tienen a su cargo un sin fin de funciones: arqueología alemana, investigación de antepasados, investigación astrológica... Además, claro, de sus tareas de inteligencia interna, persecución y asesinatos.

—Malos chicos...

—Sí...

—Dan, ¿no crees que puedan estar vendiendo esas piezas en el mercado negro o mandándolas a cajas de seguridad en Suiza o algún otro país? —racionalizó Jones.

—Algunas, probablemente. Pero no la mayoría. Estos imbéciles creen que sólo el arte ario tiene derecho a permanecer en las vitrinas de los museos. Están convencidísimos del daño moral que produce toda manifestación artística no germana. ¡Son unas bestias!

—Tiene que haber alguna forma de detener esto...

—No, Indy. No la hay. Legalmente es imposible. Acá no valen las protestas ni los argumentos de especialistas. Los nazis tienen anteojeras y el poder absoluto para imponer su propia versión del asunto.

Jones se recostó contra el respaldo del sillón y apoyó el vaso de coñac en una mesita lindera. El desprecio por ese régimen autoritario e indocto fluyó por sus venas

—¿Y cuál es tu plan? —Inquirió masticando rabia.

—La idea es sacar una colección de estatuillas malayas con ayuda de los suecos que te contactaron en Estados Unidos. Es un pequeño cargamento que logré embalar y sacar del catálogo antes de abandonar el museo.—Sonrió con tristeza y agregó:—Puede decirse que lo robé...

Indy se rascó el mentón y jugueteó inconscientemente con la cicatriz que adornaba su barbilla desde la adolescencia.

—Robar al III Reich... —dijo—. Me pregunto qué grado de inmoralidad tiene eso.

Rossberg sonrió.

—La idea es mantener lo que se pueda a salvo de esta vorágine destructiva. Algún día, repatriaremos esas piezas. Pero por el momento tenemos que ocultarlas y qué mejor que tu universidad para que pasen allí una temporada...

Indy devolvió la sonrisa.

—Marcus estará encantado de colaborar contigo —expresó, aludiendo al curador del museo del Barnett College—. Lo cierto es que sería un pecado imperdonable dejar que reliquias de ese calibre queden en manos de esta gente o disponibles a cualquier persona inescrupulosa...

—Es bueno que lo interpretes de ese modo, Indy —dijo Rossberg aliviado—. Ya sabes, el pasado no tiene precio...

—... a menos que tengas dinero para comprarlo —ironizó Jones.

Rossberg asintió en silencio.

—Conoces bien el “negocio”, colega.

—Vivo de esto, Dan. Es mi obligación profesional conocer todos los recovecos del asunto. Pero, dime, ¿quiénes son esos suecos que nos darán apoyo desde adentro?

—Un grupo humanitario muy confiable. No los conozco personalmente. Es mi hermano quien los contacta clandestinamente. Él es el intermediario.

—¿Y están de acuerdo con todo?

—Por supuesto que sí. Jacob me dijo que cuando tuviera solucionado el tema del destino de la colección lo llamara para iniciar la operación.

—En ese caso, levanta el teléfono y comunícate con él. Yo estoy listo.

Rossberg se despegó el cuello transpirado de la camisa y masajeó su garganta.

—Hay una cosa más...—dijo.

—¿Cuál?

—Poco antes de dejar mi puesto de curador en el museo —empezó—, envié a dos colaboradores de confianza, dos historiadores del arte, en una misión de campo extraoficial. Tenían que conseguir cierto material, muy interesante en una isla del Pacífico; pero perdí contacto con ellos una vez que me despidieron. Lo cierto es que temo por la seguridad de ambos y me siento en parte responsable por su suerte.

—¿Responsable? ¿De qué? —preguntó Jones.

—Indy, nadie supo absolutamente nada sobre ese trabajo. Fue una decisión mía, inconsulta...

—¿Una “misión secreta”?

Rossberg elevó las cejas.

—Podríamos llamarla de ese modo; pero, no “militaricemos” más el lenguaje de lo que está.

—Tienes razón —admitió Indy—. Los “vientos de guerra” empiezan a influenciarnos a todos. En cualquier momento —agregó con un mohín— vestiremos uniformes de nuevo.

—Aquí ya lo hacen desde hace tiempo...

—Y dime —interpuso Indy con curiosidad—, ¿qué tipo de material es el que mandaste a buscar?

Daniel Rossberg experimentó una leve mutación en el rostro. Fue algo imperceptible. Un gesto, un movimiento de ojos, que Indiana Jones intuyó como el preámbulo de algo importante. Finalmente el ex-curador repuso:

—Máscaras...

—¿Máscaras?

—Sí, máscaras. Máscaras rituales.

—Debí imaginarlo —agregó Indy—. Han sido desde siempre tu debilidad.

—Efectivamente. Tú sabes que la colección del museo es...—por un segundo detuvo su alocución y tomó conciencia del incorrecto tiempo verbal—; bueno..., “era” una de las mejores de Europa —dijo con desazón.

Indy afirmó con la cabeza. Rossberg no exageraba en lo más mínimo. El Museo Vön Strassen era el propietario del más grande y variado stock de máscaras y caretas votivas que existía en occidente; y en gran medida ese logro era responsabilidad exclusiva de su amigo.

—Me había propuesto convertirla en la muestra más famosa —prosiguió Rossberg—, pero ya ves, todo se fue por la borda. Jamás imaginé que el trabajo de casi una vida fuera a parar a las hogueras nazis. ¡Qué iluso fui!... ¡Pensar que mi mayor temor era la competencia de los otros museos!...

—¿Y qué tienen esas nuevas máscaras de especial, Dan? —inquirió Indy, reencausando la plática.

—Mira, te explicaré —introdujo Rossberg—. Hace unos seis años, antes de que Hitler fuera nombrado Canciller del Reich, recibí una carta de Klaus Krugermmacher , un explorador independiente que, de tanto en tanto, me proveía de piezas artísticas muy originales. Ese tipo era un intrépido. Un sujeto capaz de internarse por zonas inexploradas con tal de encontrar arte aborigen y recibir dinero a cambio, para poder seguir explorando por su cuenta. En esa carta que te digo —prosiguió— hablaba de algo muy extraño que despertó mi curiosidad. Hizo referencia a una comunidad aborigen completamente ciega.

—... ¿Ciega?

—Igual que los murciélagos, Indy. Ciega por completo, según informaba.

—Es extraño... Jamás oí nada al respecto.

—Yo tampoco. Pero eso no es todo —agregó—. Krugermmacher afirmó que podían recuperar la visión usando ciertas máscaras rituales.

Un silencio tan denso como el cemento inundó el cuarto.

Indy volvió a acomodar su cuerpo en el sillón de pana y mantuvo el mutismo sin querer anticipar hipótesis alguna. Por último, y ante la mirada fija de su compañero, preguntó:

—¿Y cuánto de fabulador tiene ese tal Krugermmacher?

—No me consta que lo sea, Indiana —repuso Rossberg—. En todas las transacciones que mantuvimos, jamás faltó a la verdad o exageró sobre la importancia de los objetos que vendía. De hecho, nunca los sobrevaluó y fue por años mi mejor proveedor. Siempre confié en su capacidad y honestidad. No tuve motivos para dudar de su palabra, ni los tengo ahora.

—Convengamos que lo que te dijo es algo raro.

—Extremadamente raro —aseveró—. Él llamó a ese pueblo “la Tribu de la Oscuridad ”... ¿Te imaginas, Indy, una sociedad entera cuyas pautas culturales y creencias les permitan superar algún tipo de ceguera traumática o psicológica?

—Un placebo ritual...

—¡Exacto! Un mecanismo litúrgico que cura la no videncia con el sólo hecho de colocarse una máscara... ¡Maravilloso!

—¿Y qué quieres que haga al respecto? —preguntó el arqueólogo.

—Que una vez fuera de Alemania trates de contactarte con mis hombres de alguna manera y de paso les adviertas de mi situación actual. Además, en caso de que hayan conseguido esas máscaras, quiero que las tengas en custodia hasta nuevo aviso.

—Pero hace dos años que no sabes nada de ellos... ¿Qué pudo haberles pasado?

—No lo sé.

—¿Es una zona peligrosa?

—Tampoco lo sé. Lo único que puedo informarte es que no ha sido visitada antes por occidentales, que yo sepa.

—Y en caso de que hayan regresado a Alemania, ¿es posible de que no te lo hayan informado?

—¡Imposible! Ya te dije que eran de mi entera confianza, Me hubieran avisado de inmediato. Además, sabían que sus honorarios estaban siendo pagados con fondos no declarados. Los patrocinadores nazis del museo no habrían permitido la erogación de un solo peso en una investigación de campo de ese tipo.

—¿Y sus familiares? ¿Qué dijeron?

—No tienen familiares. Por eso aceptaron el trabajo.

Indy se quitó los lentes, refregó sus ojos y mientras pensaba en toda las cosas que tenía por delante, preguntó:

—¿Cuál es esa isla a la viajaron tus especialistas?

—La isla Karkar —contestó Rossberg— , en Paúa-Nueva Guinea.

3

 

NOCHE DE RONDA

Oldenburgo, Alemania.

A orillas del Golfo de Mecklenburgo.

Una semana después...

L os faros del lustroso Lafayette modelo 1936 se apagaron y todo el muelle quedó a oscuras. El motor dejó de hacer ruido y las cuatro portezuelas del automóvil se abrieron suavemente al mismo tiempo. En silencio, y enfrentando la niebla húmeda de la madrugada, Daniel Rossberg, su hermano Jacob, Indiana Jones y dos funcionarios de la embajada sueca, descendieron.

Sobre la derecha, tres buques mercantes anclados se zarandeaban parsimoniosamente de arriba hacia abajo, al ritmo de las olas del mar. Más allá, al otro lado de la escollera principal, a unos trescientos metros de distancia, un poderoso destructor alemán esgrimía sus cañones hacia el cielo, como desafiando al mismísimo Dios. A su alrededor podía advertirse un intenso movimiento de obreros portuarios y soldados, equipándolo para una misión de la que nadie del grupo tenía la más mínima idea.

Indy observó aquella infernal máquina de guerra y pensó en la capacidad destructiva que tenían esas largas espinas metálicas que partían de su cubierta y que, en breve, escupirían proyectiles sobre barcos y ciudades enemigas. La artillería de la Kriegsmarine (Marina de Guerra) metía miedo, inspiraba respeto y exaltaba el espíritu fanatizados de todos los que estaban convencidos de poder imponer en el mundo entero su propia visión de la realidad. La invasión a Polonia iba a traer consecuencias inimaginables. De eso, Indy no tenía ninguna duda. La declaración de guerra formulada por Francia e Inglaterra era un hecho y la Muerte agitaba su guadaña   de dolor sobre Europa. De lo que sí dudaba era de su propia seguridad caminando por el muelle, frente a un ejército preparándose para ir al frente de batalla.

—Despreocúpate —le dijo Jacob Rossberg, transmitiendo confianza tanto con el tono de voz como con la palmada que le diera en el hombro—. Este sector está demasiado oscuro y aquel otro lado muy iluminado. No pueden ver absolutamente nada. Estamos en un punto ciego. Podemos trabajar tranquilos —arguyó, y volteándose hacia su hermano dijo:—Daniel, es tu turno. Te seguimos.

Dan Rossberg movió afirmativamente la cabeza, se ajustó el sombrero y con un leve gesto invitó al resto a caminar en dirección a un depósito que se levantaba a menos de veinte metros del auto.

—Están allí —señaló cortante y avanzó decidido. Indy se levantó la solapa de su chaqueta color gris y le siguió los pasos. Jacob y los dos escandinavos lo imitaron, emitiendo cortos y secos sonidos con los zapatos sobre el empedrado.

Cuando Rossberg alcanzó la entrada, extrajo una llave del bolsillo, la colocó en la cerradura de un candado, la giró y corrió la puerta hacia la derecha, despaciosamente. Jacob prendió una linterna. Después, uno a uno, ingresaron al depósito.

El predio era inmenso. Estaba repleto de cajones y contenedores, cuidadosamente ordenados de modo tal que formaban pasillos que parecían interminables. A la débil luz de la linterna, el escenario se volvía tenebroso, muy semejante a una tumba egipcia visitada por saqueadores.

No bien el portón se cerró tras sus espaldas, Emmanuel Sorensen , el agregado cultural sueco y principal responsable de la organización humanitaria clandestina que operaba en Alemania, se adelantó y tocó a Dan Rossberg por el brazo.

—Le recuerdo —dijo flemático— que tenemos menos de una hora, señor.

—Lo sé —respondió Dan, interpretando el desconcierto del diplomático ante semejante cúmulo de bultos y cargas—. Conozco perfectamente en qué lugar dejé el cargamento. Sólo nos llevará unos minutos.

Avanzaron por un angosto callejón constituido por pilas de cajas, que llegaban hasta el techo, y tras varios pasos doblaron a la izquierda. Dan Rossberg se detuvo, le pidió a su hermano que levantara la luz de la linterna por sobre su cabeza y un cajón de regular tamaño quedó perfectamente iluminado con un claro rótulo a la vista:

“FRÁGIL – MOLDES DE ALUMINIO PARA COCCIÓN”.

—¿” Moldes de aluminio ”? —inquirió sorprendido Indy.

—No se me ocurrió otra cosa —sonrió Dan —. Embalé todo en la cocina de casa...

—¡Por suerte no lo hiciste en el baño! —exclamó su hermano con ironía.

Daniel se estiró y le pidió ayuda a Jones con la mirada.

Ambos sujetaron los bordes del cajón y lo bajaron de un estante con sumo cuidado. Lo depositaron en el piso y el ex-curador desclavó con una pinza los tarugos de la tapa que lo sellaban. Al abrirla, Sorensen no pudo contener una exclamación.

—¡Por Cristo, Doctor Rossberg! ¡Esto debe valer una fortuna!

Daniel asintió con una sonrisa.

—Algún día, el mundo le agradecerá su gesto —dijo al tiempo que se corría a un costado permitiendo que el rayo de luz de la linterna iluminara un conjunto heterogéneo de piezas de arte maravillosamente extrañas—. Esta colección —continuó— es única, señor Sorensen y tiene que hacer lo imposible para que el Dr. Jones pueda llevarla a salvo a su país.

Sorensen se agachó y acarició con la yema de los dedos una retorcida y compleja estatuilla hecha en bronce, de unos cuarenta y cinco centímetros de largo. Representaba a una deidad antropomorfa y claramente monstruosa por su aspecto. Tenía cabellos reales injertados en la base del cráneo y un colorido intenso, propio de los reptiles sagrados, cubriendo cada centímetro cuadrado del cuerpo. Era una muestra exquisita de estatuaria asiática.

Shash Naag —prorrumpió Indy al verla.

—¿Qué dice, Dr. Jones? —inquirió Sorensen, volteando hacia el arqueólogo.

—Es una representación sagrada asociada a las serpientes, muy propia de la zona de Bangladesh y hasta de ciertos templos africanos y del Medio oriente —explicó—. Se la conoce con muchos nombres y ha sido esculpida de muy diversas maneras. Ésta en particular es algo especial. Tiene un marcado antropomorfismo y eso es la que la vuelve una pieza única.

—Además —intervino Daniel Rossberg—, cuenta la leyenda que estas estatuas beben leche...

—¡¿Cómo dice?! —inquirió el sueco con incredulidad.

—Sí —agregó Indy—. Es un fenómeno religioso sumamente extraño. Los devotos de Shash Naag sostienen que si se les acerca leche, la beben. Una creencia interesante...

Sorensen frunció los labios y dirigió su mirada hacia una daga ornamentada con piedras semipreciosas que descansaba a un lado del dios reptil.

—¿Y esto, qué es? —preguntó.

—Un puñal tailandés —repuso Rossberg—. Se usaba únicamente para cortar determinados tallos sagrados que los sacerdotes destinaban para fabricar ungüentos medicinales.

—¡Por Dios, qué rarezas! —exclamó el diplomático nórdico, en el instante mismo en que Jacob tomaba la tapa del cajón y lo cerraba con un golpe.

—Terminemos con esta clase magistral de historia, caballeros —articuló ansioso—. No creo que sea el momento ni el lugar adecuado para ilustrarnos. Lo alemanes están aquí enfrente, ¿acaso lo han olvidado?... Tomemos todo y salgamos.

Indy comprendió la agitación de su amigo. Estaban a punto de embarcarse, junto con las antigüedades y su hermano, hacia Suecia y no quería perder tiempo. Todavía tenían por delante un difícil traslado hasta el barco de bandera neutral y los minutos parecían correr cada vez a mayor velocidad. En un cuarto de hora, como todas las noches, un camión alemán pasaría por la puerta del depósito, en su rutinaria misión de control, y para entonces ellos ya deberían haberse marchado. Nadie podía descubrir el Lafayette 1936 estacionado en la calle y menos aún toparse con un número “exageradamente alto” de   cinco personas, reunidas a   tan altas horas de la madrugada.

Levantaron el cajón del piso y volvieron sobre sus pasos en dirección al portón de salida. Entonces, intempestivamente y sin que nadie lo esperara, la puerta se abrió de golpe y una onda lumínica los encegueció desde el exterior.

—¡¡ ALT !!...

El alarido en alemán los congeló.

Daniel Rossberg soltó el cajón, que cayó al suelo estrepitosamente, y emprendió una carrera desesperada en dirección al laberíntico predio de cajas y contenedores. Jacob y Sorensen levantaron los brazos, permaneciendo estáticos en su sitio. El segundo funcionario sueco, se corrió levemente a un costado y apoyó su espalda contra una pared de madera. Indy Jones, con uno de los extremos de la caja aún en sus manos, sólo atinó a levantar la vista, topándose con un grupo de tres soldados nazis apuntándoles directamente a la cabeza.

Los habían sorprendido.

Esos malditos, adelantando la ronda de vigilancia, desbarataban un plan simple.

La vida no era en absoluto predecible. Y mucho menos en aquellas difíciles circunstancias.

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E l SS-Sturmann (cabo) de mayor jerarquía, un muchacho de apenas veinticinco años, se adelantó con un rostro de perro rabioso encañonándoles con su pistola Lüger , en tanto que los dos restantes temblaban sorprendidos con los fusiles a punto de ser disparados.

Era evidente que no esperaban toparse con ese grupo de “ladrones” e Indy lo percibió en sus pupilas dilatadas y nerviosas.

Gritaron algo en alemán que Jones no alcanzó a traducir. Avanzaron cautelosos un par de pasos y señalaron el cajón   con gestos bruscos.

Preguntaban qué demonios era eso que pretendían sacar del depósito. Entonces, el sueco tomó la palabra.

—Soy Emmanuel Sorensen —declamó con firmeza y en alemán, sin bajar los brazos—, miembro del cuerpo diplomático de la embajada de Suecia y gozo de la inmunidad propia de una nación neutral. Exijo inmediatamente que deje de apuntarnos o tendrá problemas con sus superiores.—El SS-Sturmann   a cargo titubeo—. Estoy en una misión especial de la cual el SS - Standartenführer (coronel) von Oszlak está enterado —prosiguió Sorensen—. Llámelo si quiere. Compruebe que digo la verdad... ¡Vamos, soldado, hágalo!...

Indy estaba perplejo. La capacidad de mentir que tenía ese sueco era extraordinaria. La voz no le temblaba y su tono denotaba una seguridad fenomenal. También comprobó que el soldado había entrado en el juego y que Sorensen estaba ganando unos segundos preciosos.

No había terminado de elucubrar sus conclusiones cuando desde uno de los costados del depósito se sintieron tres siseos secos, cortantes, y el trío de nazis se dobló hacia atrás, como si fueran contorsionistas novatos pretendiendo impactar a la audiencia.

Cuando tocaron el piso ya estaban muertos.

Tres filosos puñales aún temblaban clavados en sus espaldas.

Raudamente, desde las sombras, cuatro siluetas se recortaron por delante de los faros prendidos del jeep, que enfocaban el interior del depósito.

—¡Apaguen esas luces! —ladró Sorensen y sus cuatro e insospechados colegas obedecieron en el acto.

—¡Mierda!... —profirió Jacob—. ¡Mierda!... ¡Esto se va todo por la cloaca!

Indy se acercó al diplomático. Todo había sucedido tan rápido que no comprendía al detalle lo que sucedía.

—Manejó la situación excelentemente —le dijo.

Sorensen lo dirigió una mirada cargaba de soberbia.

—Diplomacia, Dr. Jones... —respondió—. Simple diplomacia. ¿Cómo cree que llegue a ser Agregado Cultural?...

Indy hizo caso omiso al sarcasmo y giró sobre sus talones en dirección al depósito.

—¿Dónde está Daniel? —preguntó

Jacob estaba fuera de sí.

—¡Daniel! ¡Ya todo terminó! —bramó arrastrado por el nerviosismo y conteniendo el terror que le corría por todo el cuerpo—. ¡Daniel!...

Nadie respondió.

—¿Lo buscamos, señor? —le preguntó a Sorensen uno de los comandos de apoyo—. No debe estar muy lejos.

—¡¡Daniel!! —repitió Jacob exaltado.

Indy lo tomó por el brazo.

—¡Oye! ¡Baja la voz o vendrán refuerzos!

Jacob se quitó la mano con un brusco movimiento de cuerpo.

—¡No tenemos tiempo, Indy! —dijo— ¡Esto se desmorona!...

—¡Tranquilízate o tú serás quien termine por echar todo a perder!

—Caballeros —intervino Sorensen—, manténganse tranquilos, por favor. Aún tenemos algunas cositas que arreglar antes de partir. No es bueno que el nerviosismo nos gane la partida. Y menos ahora que estamos tan cerca del objetivo... Salgamos de aquí, el carguero nos espera.

Indiana lo miró sorprendido.

—¡No dejaré a Daniel solo en este lugar! —vociferó.

—Dr. Jones —dijo el sueco observándolo al rostro—, esto no es una excursión de fin de semana. Rossberg conocía cuáles eran las reglas. En caso de tener que dejar a alguien en el camino, el resto seguiría con el escape. Usted aceptó esos términos...

—Yo no acepté términos de ningún tipo. Si Daniel lo hizo, es cosa de él. No saldré de este maldito depósito sin mi amigo.

Jacob no sabía qué decir. Tenía la mente bloqueada. Recién cuando Indiana Jones dio una vuelta completa y salió corriendo por uno de los pasillo, llamando al ex-curador por su nombre, advirtió que su reacción ante lo sucedido venía retardada. Miró al sueco y preguntó:

—¿Va a esperarlos?...

Sorensen se mordió el labio inferior, miró a sus cuatro “soldados” y repuso.

—Agarren ese cajón. Nos vamos de aquí.

—¡Sorensen, deles al menos unos minutos! —clamó.

—¡No hay tiempo! —exclamó el diplomático—¡Esto estaba calculado al milímetro!... ¡No podemos aguardar! ¡Recuerde que tengo tres muerto nazis sobre mis espaldas! ¿Será usted quien me saque del país si es necesario?...

Jacob miró hacia el depósito, apenas iluminado por la claridad que entraba por las claraboyas del techo. El remordimiento le carcomía el alma. El sueco tenía razón. No podían sacrificarse todos por su hermano. Ni siquiera él.

Se sintió un cobarde, pero la situación no daba para más.

—¿Viene o se queda, Rossberg? —inquirió Sorensen desde la puerta.

Jacob dirigió un último vistazo y se movió hacia el grupo.

—¡Voy, maldita sea!... Voy con ustedes.

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E n el momento mismo en que el Lafayette 1936 se ponía en marcha, e iniciaba su lento recorrido por el muelle, Henry “ Indy ” Jones se topaba con Daniel Rossberg tendido sobre un cajón... y con un puñal clavado en la nuca.

4

 

  SEGUIDORES DE RITOS PAGANOS

L a hoja del cuchillo se hundía justo en la base del cráneo, hasta el mango de hierro finamente repujado. Era acero de Toledo y la empuñadura poseía una serie de hermosos arabescos abstractos de origen musulmán que brillaban débilmente por la claridad que se colaba a través los ventanucos de vidrio del techo del depósito.

No cabía la menor duda: Daniel Rossberg estaba muerto. Certeramente asesinado por la espalda y sin que pudiera haber hecho nada para defenderse. Había sido un trabajo limpio, prolijo, burocrático. La sangre fría signaba el proceder del matador.

Indy rotó el cadáver, depositándolo en el suelo, para observar el rostro de su amigo. Rossberg tenía los ojos cerrados y una mueca indescifrable se le dibujaba en los labios. Recién cuando lo movió, la herida empezó a sangrar.

—Lo siento mucho, compañero —murmuró el arqueólogo, sintiendo una mezcla de rabia, impotencia y sorpresa. Decenas de dudas sacudieron su mente, pero no era momento para tratar de darle respuestas. Tenía que salir de allí y alcanzar al grupo. Más tarde habría tiempo para resolver el misterio de ese crimen.

Se levantó. Dio media vuelta en dirección al pasillo y miró el portón de ingreso, todavía abierto, a más de cuarenta metros del sitio en el que él estaba. No había movimiento alguno. Estaba solo. Se habían marchado. Jacob, Sorensen y su gente seguían los planes fríamente, al pie de la letra. Quizás esa era la única forma de enfrentar a otra maquinaria mucho más gélida e insensible: la nacionalsocialista .

Avanzó al trote, imprimiéndole cada vez más velocidad a sus piernas; entonces, un nuevo fogonazo de luz recortó el marco del portón desde el exterior. Acababa de llegar un segundo camión. Esta vez con ocho SS-Schütze (soldados) que, por los gritos de alarma que dieron al encontrar a sus compañeros muertos, estaban embebidos en ira y furia vengativa.

Indy frenó de golpe y se echó hacia un costado, en busca de refugio. Instintivamente verificó si su pistola aún estaba sujeta al cinturón y la desenfundó, quitándole la traba de seguridad.

“¡ Maldición !”, pensó para sus adentros. “¡ Seis balas no eran nada contra las ocho metralletas de esos tipos !...

Miró hacia todos lados buscando una salida y, de pronto, recordó el brillo del mango del puñal y las ventanas del techo. Verificó la posición que tenían las cajas apiladas a su lado y sin más empezó a escalarlas. Afortunadamente conformaban una escalinata impensada que lo ponían por encima de los soldados que ganaban terreno dentro del depósito, prontos a disparar.

A medida que subía sus pupilas captaban más y más luz. En cuestión de segundos se terminaría de adaptar a las penumbras. No tenía que dirigir los ojos hacia la incandescencia de los faros del camión alemán. De hacerlo se encandilaría. Como la mujer de Lot, estaba obligado a avanzar sin mirar más que hacia delante.

—¡Busquen por todas partes! —gritó uno de los SS-Schütze , con un claro acento berlinés—. ¡El asesino no puede estar muy lejos!

En ese momento Indy alcanzó la cima de las cajas y se pegó a ellas quedándose inmóvil, sin siquiera respirar. Debajo suyo, dos de los militares recién llegados inspeccionaban nerviosos todo recoveco, dándose valor con gritos y gestos de grandilocuente histrionismo.

Giró la cabeza y vio las estrellas del cielo, a través del sucio vidrio de una de las ventanas.

Con sólo estirar un poco el brazo alcanzó los pestillos del marco y los corrió despaciosamente. Después empujó con fuerza y el ventanuco se abrió hacía a fuera sin emitir ruido.

Lentamente trepó y sacó la mitad del cuerpo al exterior.

Una dilatada superficie de chapa bajaba en desnivel hasta el borde mismo del muelle. Desde el techo, el depósito parecía dos veces más grande de lo que era. Más allá, a tres cuadras de distancia, el destructor alemán semejaba un árbol de navidad metálico, todo engalanado de luces y con un nutrido despliegue de hombres a su alrededor.

Se paró. El techo se combó unos milímetros y volvió a tomar su posición anterior cuando levantó la primera pierna para empezar a caminar en sentido contrario al camión alemán, estacionado en la entrada del depósito.

Avanzó con cuidado. Trataba de no hacer ruido, pero algo ocurrió...

—¡Disparen! —Escuchó gritar justo debajo de sus pies; y en el instante mismo en que emprendía una alocada carrera por la techumbre, una lluvia de balas perforó las chapas, saliendo hacia arriba como si fueran avispas asesinas.

El alarido de los soldados venía acompañado por el traqueteo de las ametralladoras al ser disparadas y un peligroso reguero de chispas y ruidos secos empezó a perseguirle los talones, en tanto Indy corría más y más rápido, dando inmensas zancadas.

Cuando percibió que el techo se acababa, pensó en dar un salto que lo impulsara por encima de la calle y caer directamente al mar.

¿ Podría lograrlo ? ¿ Llevaba suficiente velocidad ? ¿ Tenía otra alternativa ?... Si se detenía y bajaba, destrepando   hacia la calzada, lo iban a atrapar.

Debía saltar.

Tenía que sobrevolar los seis o siete metros que lo separaban el borde del muelle y alcanzar el agua.

No había otra opción.

Se impulso hacia delante con más fuerza. Midió, tomó distancia, calculó y dio el brinco de su vida...

Experimentó la fuerza de la gravedad en las entrañas; y su estómago, como si perdiera su sustento, se sacudió dentro del abdomen.

Fue cuestión de segundos. Cuando menos lo esperó, una sensación helada encapsuló todo su cuerpo y el agua salada del puerto lo cubrió por completo.

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E mpapado, cansado y con frío, Indy se arrastró por la mohosa superficie de una escalinata que salía justo desde el mar y alcanzó las irregularidades de la vereda de un muelle. Había nadado por más de una hora; la ropa le pesaba y sentía que sus zapatos se habían convertido en sopapas, aprisionándoles los pies y las medias con cada pequeño paso que daba. Estaba en otra sección del puerto, a unos quinientos metros del depósito y con el carguero sueco WODEN a la vista.

Con sigilo, atravesó la calle y buscó refugio detrás de una grúa. Desde esa posición pudo apreciar que las cosas no habían mejorado.

Los nazis estaban frenéticos.

A lo lejos, los encargados de acondicionar el destructor alemán, habían abandonado sus tareas y se dirigían en tropel hacia el lugar del tiroteo. Soldados SS, oficiales y hombres de civil con perros, patrullaban y revisaban cada metro cuadrado del puerto. Los gritos se escuchaban aún estando lejos. Frente a él, justo al lado de la escalinata que permitía el ascenso al WODEN , cinco SS-Schütze hacían guardia. Era imposible subir al barco e ingresar en territorio diplomático sueco; y si bien los soldados tenían clara esa prohibición legal, para no alterar aún más el controvertido mapa de relaciones consulares, Indy advirtió que los nazis desconfiaban de la embarcación. De otra manera no hubieran enviado a esos cinco furiosos guardias a custodiarla.

Sorensen, Jacob y los demás miembros del grupo comando debían estar embarcados. Prueba de ello era el Lafayette 1936 estacionado a escasos metros de la escalinata, con el baúl y tres de sus puertas abierta de par de par. No cabía duda de que habían descendido velozmente; pero ya tenían las espaldas cubiertas y podían respirar con más tranquilidad.

Uno de los soldados, apoyado sobre el capot del auto, escrutaba las penumbras vecinas con una mirada casi animal. Los otros cuatro patrullaban el corto perímetro que separaba al barco de las oficinas y depósitos del mercado portuario.

Indy tenía que buscar otra ruta. Era absurdo intentar subir al carguero y salir con vida por el frente de babor. Debía regresar al agua, rodearlo a nado y, de alguna forma, tratar de alcanzar la cubierta sin ser visto, por el costado de estribor.

De pronto, mientras miraba al barco, desde el fondo de su conciencia algo le llamó poderosamente la atención. No supo qué era al principio, pero al cabo de unos segundos, y tras recorrer detenidamente con la vista al WODEN , se dio cuenta de que todo estaba demasiado tranquilo a bordo.

La cubierta desierta, sin un alma; los motores apagados y muy pocas luces prendidas se colaban por los ojos de buey de la embarcación. Parecía que el carguero no se disponía a zarpar. No había preparativos de ningún tipo a la vista.

Indy se extrañó. Sorenesen había sido claro al respecto, en una reunión previa: “ No bien embarquemos, nos marchamos sin dar explicaciones ”.

¿ Qué era lo que estaba pasando ?...

La única forma de saberlo era subiendo al buque.

Regresó sobre sus pasos. Descendió por la escalera de material hasta el agua, se sumergió sin hacer ruido y nadó, dando brazadas suaves, hasta quedar fuera del alcance de las miradas de los soldados, al otro lado del WODEN .

Recorrió todo el barco a lo largo, sumergiéndose de tanto en tanto, cada vez que creía escuchar algún sonido que lo delatara. Pero tuvo suerte. Los alemanes se habían concentrado en el depósito de las cajas y ninguna lancha inspeccionaba la grasosa superficie líquida del puerto.

En eso, desde la base de la cubierta del carguero, una larga y gruesa soga caía desde lo alto. Un cabo inutilizado, esos que se usaban para amarrarlo cuando se desataba alguna tormenta.

Lo aferró con fuerza y le imprimió a todo su cuerpo la energía residual suficiente para trepar por él.

Paso a paso, brazada tras brazada, Indy escaló la pared de acero del WODEN hasta llegar a la cima. Sorteó la barandilla y se dejó caer pesadamente sobre el piso de la planchada. Estaba agotado.

Cambió el aire de sus pulmones. Se puso de pie y, en absoluta soledad, caminó hasta una puerta de hierro forjado que daba paso a un corredor larguísimo, jalonado por puertas a un lado y otro de su recorrido.

Avanzó con sigilo. No había un alma. La situación se le hacía cada vez más extraña.

Repentinamente, el eco débil de una conversación se coló por el marco de una de las puertas cerradas.

Pensó en anunciarse, pero al instante contuvo el impulso y se arrimó para poder escuchar mejor.

Era la voz de Emmanuel Sorensen.

—...No lo sé, la verdad es que no lo sé con exactitud —expresaba dirigiéndose a otra persona—. Lo único que puedo decirte es que con esto podremos iniciar pronto un próspero negocio.

—¿Estás seguro? —inquirió una voz desconocida—. ¿Pueden esas chucherías valer tanto?

—¿Chucherías, dices?... ¡Já! ¡No entiendes nada, Alfred! ¡Esas “chucherías” que ahí tienes valen una pequeña fortuna! Muchos museos estarán deseosos de comprarlas...

—Si es así, entonces, ¿por qué no la conservan los alemanes?

—Encontraremos algún nazi inteligente que dé una buena suma por ellas, llegado el caso.

Indy sintió cómo alguien se trasladaba hacía otro rincón del camarote.

—¿Y esto? —inquirió la voz—. ¿Qué es esta porquería?

—Según dijo Jones, es un dios llamado Shash Naag .

—¡Es horrendo!... ¿A esto llaman arte?

Sorensen sonrió.

—¡Si supieras! —exclamó—. ¡Dicen que hasta toma leche!...

—¡¿Eh?!...

—¡Já, já, já...! Eso comentan...

Indy se apartó de la puerta. La sienes le latían. Como en tropel, un sin fin de suposiciones se le acumularon en la mente. No cabía duda de que el diplomático planeaba algo que no había dicho. Era evidente que traficaba con arte y que Daniel y Jacob habían sido traicionados. Pero, ¿tenía alguna relación ese sueco hipócrita con los nazis?... Seguramente sí.

—De todas formas, y por más leche que tome —continuó Sorensen con tono risueño—, la Germanenorden se quedará con esta pieza en particular. Uno nunca sabe qué extraños poderes puede tener una cosa como ésta. Además, desde que el Führer nos prohibió funcionar como institución, tenemos que proveernos de cualquier cosa que nos pueda resultar útil en el futuro.

Por un segundo hubo un silencio mortal, suficiente para que Indy se percatara de que tenía que salir de ahí urgentemente.

Volvió sobre sus pasos en dirección a la cubierta cuando, de improviso, el ruido de la puerta de acero lo alertó. La abrían desde afuera. ¡Se iban a topar, cara a cara, con él!.

Giró en redondo, desesperado, y manoteó el primer picaporte que encontró a mano. Lo giró y se zambulló de lleno en el camarote. Cerró la puerta justo cuando uno de los marineros del carguero enfilaba en la dirección en la que, segundos antes, él estaba.

Imprevistamente, la oscuridad de la estancia desapareció con el fogonazo de un velador que se prendía.

—¡¿Indiana?!...

Indy miró sorprendido hacia atrás, apuntando con su revólver recién desenfundado; y aunque la voz le resultara familiar estuvo a punto de jalar del gatillo.

—¡Jacob! —exclamó Jones boquiabierto.

—¡Oh, Dios! ¡Qué suerte que pudiste llegar a tiempo! —prorrumpió Rossberg, reincorporándose del camastro en el que estaba recostado—. ¡Por un momento creí que zarparíamos sin ustedes! Pero, —dijo extrañado— ¿qué haces con ese revólver apuntándome? ¿Pasa algo?—e instintivamente miró por encima del hombro del arqueólogo.—¿En dónde está Dan?...

Indy se le acercó, lo tomó por los brazos y trató de imprimirle a su voz la mayor contundencia que podía darle.

—Jacob —dijo—, escúchame bien, por favor.

—¿Qué pasa, Indy?... ¿Qué pasó?

—Algo muy malo, amigo mío... —dijo y guardó silencio unos segundos. No sabía cómo informarle lo acaecido. Finalmente reveló sin vueltas:—Daniel está muerto, lo mataron.

—¡¿Cómo que muerto?! —explotó Rossberg.

—¡Shhhhhhh...! ¡Contrólate, por favor! ¡Pueden oírnos!

—¿Quiénes? ¿Los nazis? No pueden irrumpir en este barco...

—No; el problema no son sólo los nazis. Sorensen te engañó, nos engañó a todos y mató a Dan.

—¿Qué dices?...

Indiana se refregó la frente. Quería ser claro y exponer sus últimas averiguaciones de manera precisa.

—No hay tiempo para explicaciones largas, Jacob. Tenemos que abandonar este barco si no queremos seguir la misma suerte que tu hermano. Sorensen es miembro de la Germanenorden .

—¿Y que diablos es la Germanenorden ? —preguntó instintivamente, mientras en su cabeza sólo se representaba la imagen de Daniel

—La Orden Germánica , Jacob —explicó Indy—. Una logia masónica obsesionada por rituales paganos e ideas de pureza nórdica. ¡Son unos locos peligrosos! Están organizados para luchar contra una supuesta conspiración judía internacional. Son racistas, antisemitas y muy, muy violentos.

Jacob se desplomó sobre la cama.

—Estos tipos están relacionados con los nazis —continuó Indy—. Tienen mucho en común con ellos y por más competidores que Hitler los sienta, llegado el caso pueden unir sus fuerzas.

—¿Cómo sabes todo eso?...

—Acabo de oír a Sorensen. Además —siguió con su alocución, agitado—, el nombre de este barco es otra prueba de lo que digo...

—¿De qué nombre hablas?

—WODEN...

—¿Qué hay en ese nombre?

Woden no es otro que Odín , el dios de la guerra escandinavo. Una deidad a la que estos delirantes le rinden culto desde 1870 aproximadamente...

—Continúa...

—Hacia esa fecha, un pseudocientífico llamado Guido von List formó un grupo que festejaba ceremonias paganas en los solsticios y equinoccios adorando al sol bajo la figura de un ser mítico que llamaban Baldur ; un dios muerto en batalla y resucitado. Woden era la deidad más importante de ese culto y alrededor de él organizaron la logia de la que te hablo. Es gente rara, Jacob. Están convencidos de que las fuerzas ocultas pueden ser manejadas a través de reliquias y no se detendrán ante nada con tal de conseguir sus metas. Buscan objetos perdidos usando péndulos, invocando fuerzas extrañas y esas cosas...¿Por qué crees que fueron prohibidos en Alemania? Hitler les teme y quiere tener el monopolio de los Poderes Oscuros . Por eso mandó a que la Orden Germana fuera disuelta.

—¡Es una locura!

—¡Todo esto es una locura, Jacob! ¡La guerra es una locura! ¡Hitler es una locura!... ¡Y nosotros estamos en medio de todo este lío!

—¿Y que sugieres que hagamos?

—Por el momento, salir de aquí —respondió al tiempo que identificaba, a un costado del camarote, su maleta de viaje—. ¿Es ese mi equipaje? —preguntó, señalándolo con el mentón.

—Si...

Caminó hacia él, lo abrió, miró en su interior y dijo:

—No bien me cambie de ropa, nos marchamos de aquí.

ba

C on su sombrero Fedora de la suerte bien calzado, la chaqueta de cuero marrón tipo aviador, sus pantalones holgados y el látigo enrollado sobre el costado izquierdo de la cintura, su cartuchera y revólver de alto calibre, el profesor Henry Jones Jr. volvía ser el aventurero que tanto disfrutaba encarnar. Con esa indumentaria se sentía capaz de enfrentar los peligros de un modo diferente: mucho más distendido y seguro de sí mismo. Un resabio de superstición, quizás; pero lo que importaba era que esa ropa y esos objetos, que siempre lo acompañaban por el mundo, le generaban confianza. Funcionaban casi como talismanes sagrados. Era una tontería, pero así él lo sentía.

Jacob Rossberg abrió la puerta del camarote y salieron al pasillo.

—¿Cuántos crees que son de tripulación? —preguntó Jones.

—No muchos. Vi poca gente. Cuando llegamos nos recibieron sólo tres marineros y el capitán. El barco parecía deshabitado. Eso sí, eran tipos muy fornidos, Indy.

—“ Vikingos ”... —repuso con sarcasmo.

—No es una mala comparación.

Caminaron hasta la puerta del compartimiento en el   que Sorensen charlaba hacía un rato. Indy tenía su revolver amartillado y lo empuñaba con fuerza delante suyo. Se acercó a la puerta, trató de escuchar algo y tras unos segundos la abrió con cuidado. El recinto estaba vacío. Se habían marchado. El cajón con las obras de arte que Daniel rescatara del museo tampoco estaba.

Jacob se adelantó curioso:

—¿Qué buscamos en este sitio?

—Las reliquias que sacamos del depósito.

—¿Aún pretendes llevarlas contigo?... —inquirió sorprendido—. ¿Cómo vamos a sacarlas de aquí?... ¡Es imposible!...

Indy giró con el ceño fruncido y fijó su vista en los ojos de Rossberg.

—Vine a Alemania para ayudar a tu hermano, Jacob, y no me iré sin cumplir con mi palabra.

—Pero..., ¿para qué quieres esas porquerías antiguas? No vamos a poder movernos con esa carga sobre nuestras espaldas...

—En ese caso —murmuró Jones—, las tiraremos al mar. Quizás en un futuro las volvamos    a encontrar... ¡No quiero que estos tipos se queden con nada! —añadió con rabia.

Jacob lo observó y sacudió levemente la cabeza de un lado a otro.

—Eres tan obsesivo como Dan... —sentenció.

—Formábamos parte del mismo gremio —dijo Indy, esbozando una sonrisa ladeada. Se ajustó el sombrero y agregó con energía:—Salgamos de aquí.

Marcharon por el pasillo con paso ligero. Subieron por una escalinata de metal hasta un primer nivel por encima de la cubierta y siguieron caminando manteniendo los cinco sentidos bien alertas. Atravesaron el sector del comedor, vacío por completo, y retomaron la marcha por otro corredor en dirección a popa.

—Oye, Indy... —interrumpió Jacob con voz muy baja.

—Dime...

—Me dejaste pensando.

—¿Sobre qué?

—Hablaste de “poderes ocultos”... ¿Tú crees en eso?

Indy vaciló un segundo.

—Te diré algo —respondió, sin dejar de aminorar la marcha.— Tengo la mente abierta. No niego nunca ninguna posibilidad.

—¿Y Dan? ¿Creía en esas cosas?

Indiana volteó levemente su cara hacia Jacob..

—Él era más ortodoxo... —dijo, al tiempo que pensaba lo poco que se habían conocido esos hermanos

—Sí; demasiado apegado a lo material, al artefacto —agregó Rossberg.—Una deformación profesional, supongo... ¡Pobre Dan! —y sus ojos se le humedecieron con lágrimas.

Indy no le respondió, aunque estaba en parte de acuerdo. Su propia formación universitaria en Chicago, al inicio en extremo positivista, había sido ampliada con otras perspectivas teóricas a lo largo de su estadía en la Sorbona de París y en el college de Londres; en donde completara su carrera de postgrado, a mediados de la década del veinte. Las diversas aproximaciones a problemas clásicos de arqueología, ya sea a través de la historia de las religiones, la mitología e incluso del misticismo esotérico, habían ampliado su mirada académica facilitándole la adquisición de perspectivas lo suficientemente generosas como para acceder a viejas sensibilidades y creencias que, racionalmente, nunca hubieran podido ser aceptadas. En ese sentido, era un verdadero heterodoxo; por más que en sus clases lo disimulara bastante.

Además, su rica “ experiencia de campo ” lo había colocado en situaciones extremadamente fuera de lo común y sabía que existían “ cosas ” en las que muy pocos se atrevían a creer. Por eso respetaba la vocación esotérica de los nazis. Tenía pruebas concretas de que esos tipos sabían lo que querían, y que no trepidaban en buscar cualquier medio para conseguirlo, incluso la magia negra, la necromancia o la manipulación de restos sagrados.

Nada le causaba menos risa. La verdad era que esa situación le preocupaba mucho y lo ponía en extremo nervioso. Tratar con los masones de la Germanenorden no era poca cosa. Estar en medio de una lucha entre grupos que pretendían manipular extraños poderes —que ni siquiera conocían bien— se volvía un asunto complicado.

Jacob no se percataba del lío en el que se habían metido. Sus deseos por abandonar Alemania no lo dejaban ver la vorágine de situaciones extrañas que podían presentárseles en los días venideros. Para su concreta mentalidad médica, el Nacionalsocialismo era sólo un partido político encumbrado en el poder y cuyo éxito se basaba en la propaganda racista, la violencia física,   los discursos grandilocuentes y el miedo. Indy, en cambio, a todo eso le sumaba componentes cuasi-religiosos que lo volvían aún más peligroso.

El culto a los héroes y la creencia de que el Valhala —ese Paraíso destinado a todos los soldados muertos en combate— era la morada final en la que Woden —o Wotan— redimía a los que se inmolaban por el Estrado Ario, convertía a la mayoría de los nazis “cultos” en fanáticos capaces de dar la vida por el personaje que simbolizaba a la deidad suprema en la Tierra: el Führer , Adolf Hitler.

Autonegación, disciplina, obediencia y autosacrificio. Contra esos valores debería luchar el mundo de principios del siglo XX; y a Indy Jones le tocaba el turno de estar en la primer línea de trinchera, combatiendo a la Orden Germana y a los esbirros de la Schutzstaffel ( SS ), compitiendo entre sí por un cajón de reliquias orientales.

“¡ Maldición !”, pensó. Su padre tenía mucha razón cuando le preguntaba con inocultada ironía: “¿ A eso llamas tú arqueología ?”.

ba

E l carguero WODEN , botado durante la Primer Guerra Mundial, de prolongada eslora, amplias bodegas y una chimenea blanco y negra que no daba señales de actividad en sus calderas, mostraba claros signos de envejecimiento. A excepción de las letras de hierro forjado, que formaban su nombre en la proa de estribor, su casco ya no brillaba. Había “encanecido”, como decían los trabajadores portuarios; pero, aún así, conservaba la fuerza suficiente para flotar por otras dos décadas.

Indy y Jacob lo transitaron manteniendo una permanente prudencia. Intentaban no alertar a nadie y evitar toparse con miembros de la tripulación. Por fortuna, no había mucha gente a bordo y, a poco de recorrer el buque, se dieron cuenta de que Sorensen y los suyos jamás habían tenido intención de zarpar. La mayoría de los marineros y oficiales estaban, con seguridad, revolcándose en algún prostíbulo o anestesiando la angustia de saberse en un mundo en guerra gracias a los efectos etílicos de la cerveza o alguna bebida espirituosa.

Subieron y bajaron escaleras. Atravesaron cuartos repletos de tuberías indescifrables y pequeñas bodegas. Pasaron por delante de otros supuestos camarotes y se detuvieron bruscamente cuando, en un recodo del camino, se toparon inopinadamente con dos “ vikingos ”, gordos y rubios.

Indy tensó su musculatura. Se dispuso a pelear, pero no hizo falta. Los marineros saludaron sin darles demasiada importancia y prosiguieron su marcha por el corredor.

El corazón de Jacob Rossberg estuvo a punto de salir escupido por la garganta.

—Pensé que nos pescaban —dijo por lo bajo.

Fue entonces cuando, tras avanzar unos cinco metros, uno de los tripulantes se volteó hacia ellos bruscamente.

—¡Eh, amigos! —dijo con cerrado ademán. Indy giró en redondo y llevó disimuladamente su mano hacia la cartuchera del revólver.—¿Ya subieron todo lo que tenían en ese auto? —inquirió, sacudiendo una barba tan tupida como rojiza.

—...Sí... —titubeó Jacob—. Ya está todo...gracias

El grandulón asintió y giró, retomando el corredor.

—Oye —intervino Indy dirigiéndose al sujeto que se marchaba—. ¿Sabes en dónde está el camarote de Sorensen?...

El barbón miró a su compañero con gesto dubitativo. Fue éste quien respondió:

—Siga la línea de cubierta que esta al final del pasillo y doble a la izquierda. Es una puerta en la que dice “ Sala K ”. Está allí.

—Gracias...

No fue difícil seguir las indicaciones. Tampoco fue complicado amartillar la pistola e irrumpir en ese camarote, mordiendo las mandíbulas y conteniendo el impulso por disparar. Indy estaba dispuesto a todo. No toleraba la traición y la imagen de Dan, muerto entre sucias cajas, lo enervaba hasta la médula, alimentando su odio y resentimiento. Por eso no le costó nada sorprender a Emmanuel Sorensen por la espalda, girarlo y apoyarle el caño del arma en la cabeza, obligándolo a callar.

—¡Una palabra altisonante y te mato! —le dijo frunciendo el ceño.

El sueco, asombrado, abrió los ojos de par en par.

—¿Dr. Jones?... ¿Qué sucede? ¿Se ha vuelto loco? —mal articuló boquiabierto.—¿Por qué esta violencia? Estamos del mismo lado, ¿lo recuerda?... El hecho de que nos hayamos marchado antes de...

—¡¡Cállate!! —ladró Indy, apretándole el revólver con fuerza en la frente—. ¡Eres un cerdo nazi!... ¡Lo sé todo! ¡Te escuché en el otro camarote!... ¡Este barco no pertenece a la embajada sueca!...

—Dr., yo...

—¡Traidor! —bramó Jacob tomándolo por el cuello de la camisa—. ¡Mataste a Daniel!.. ¡Confié en ti y mataste a mi hermano!...

—¿Eh...?... ¿Qué dices? ¡Yo no maté a nadie!

—Pues alguien lo hizo —interpuso Indy—. Lo apuñalaron por la espalda con estilo semejante al que tienen tus hombres.

—Yo no maté a tu hermano.

—¡Racista hipócrita! —volvió a estallar Jacob—. ¡Eres un cobarde!

—Sabemos que es miembro de la Germanenorden , Sorensen —expuso Indy, tratándolo nuevamente   de “usted”—. Y que toda esta mugre la organizó para conseguir el cajón con las reliquias.

Indy se echó hacia atrás, separó el caño del revolver unos centímetros de la cabeza del sueco y dijo:

—Contaré hasta cinco, y si no me dice en dónde tiene ese cajón, le vuelo la tapa de los sesos. ¿Ha comprendido?

Sorensen lo observó con los ojos muy abiertos. Un brillo extraño pareció detectarse en la forma de mirar. Fue entonces cuando, tras un rictus transfigurador, su tono y actitud general cambiaron por completo.

—Jones —dijo con parsimonia—, no sea tonto. ¿No se da cuenta? Está en un callejón sin salida.

—¡¡UNO!!... —contó Indy.

—No puede hacer nada. Si baja, lo matan los nazis; si se queda a bordo, los miembros de la Orden harán lo propio con ambos.

—¡¡DOS!!...

—Ríndase. No tiene escapatoria.

—¡¡TRES!!...

—¡Necio!...

—¡¡CUATRO!!

—¡Pues si quiere, máteme! ¡Máteme si le satisface, pero no   logrará nada con eso! ¡NO le diré nada! ¿Entendió? ¡Nada!... ¡Apriete el gatillo! ¡Vamos! ¡Hágalo y tendrá a mis hombres sobre ustedes en dos segundos!

“¡ Mierda !”, exclamó Jones por dentro. No podía asesinarlo a sangre fría.

Bajó el arma y sin preludios le propinó una trompada en pleno mentón, descargando su furia acumulada.

Sorensen trastabilló y cayó al piso, con un hilo de sangre saliéndole por la comisura de los labios. Se había mordido la lengua.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Jacob desesperado.

Indy no le respondió. Dio dos zancadas hasta Sorensen, lo tomó por el cuello y lo levantó como su fuera un maniquí.

—¡Vamos a dar un paseo! —dijo hoscamente, al tiempo que lo empujaba hacia la puerta.

—¿Qué haces? —soltó Jacob desconcertado.

—Vamos a hacerle una visita de cortesía al capitán.

—¿Al capitán? —volvió a cuestionar Rossberg.

—Sí —respondió Indy con claro convencimiento en su voz—. Si no podemos salir del callejón en el que nos metimos, ¡moveremos el callejón entero!

5

 

EL LOBO DE MAR

A lfred D’Huicque entró en el puente de mando del WODEN dando tumbos. Trastabilló con la base de una butaca, adherida al suelo, y dio el pecho contra el timón del barco. Se reincorporó y le dirigió a Indy una mirada furibunda.

El francés se sentía humillado, vejado en su honor de oficial por un desconocido con aspecto de domador de circo y un judío al que detestaba por el solo hecho de pertenecer a una minoría “racial” que consideraba inferior, “subhumana”. Xenófobo y ultranacionalista, el Capitán D’Huicque no soportaba ser manipulado por individuos a los que hubiera asesinado sin sentir culpa. Mercenario de fortuna y fiel adepto a la ideología reaccionaria de la Germanenorden , prefería abandonar la tradición liberal de su país natal y enfocar sus esfuerzos en pos de un Nuevo Orden mundial con el que siempre había soñado. Un mundo “biológicamente puro”, respetuoso de los valores patrióticos, del verticalismo y enemigo de la revolución socialista venida de la Unión Soviética.

D’Huicque había absorbido el ideario del III Reich, pero creía que la línea planteada por la Orden Germánica no debía ser desechada de los planes originarios del Führer. La Logia no difería mucho del Nacionalsocialismo alemán; de hecho, constituía una de las bases primigenias del partido y se había sentido muy decepcionado cuando Hitler y los suyos la proscribieran, por considerarla peligrosa a los intereses monopolistas de la política estatal.

Aún así, el capitán D’Huicque, a sus cincuenta y tantos años, conservaba la esperanza de que el líder alemán recapacitara quitándose de encima a todos aquellos obsecuentes y mal intencionados colaboradores que pululaban entorno suyo, y que eran los verdaderos responsables del desprestigio en que habían caído masones como él.

Era cuestión de tiempo. Había que aguardar. Los hechos, a la larga, convencerían al Führer de que la Germanenorden perseguía sus mismos objetivos de dominación mundial; y para ello, D’Huicque necesitaba contribuir a la logia con dos cosas: dinero y mucha fuerza de voluntad para seguir enfrentando a propios y extraños.

Pero, ¿ quién era ese loco de sombrero y látigo que había irrumpido en su camarote, arrastrándolo hasta el puente, como si fuera un animal ? ¿ Acaso creía que podía zarpar de un puerto nazi, apuntándole con la pistola ? ¡ Cerdo, americano !, pensó, conteniendo el impulso de sus manos que deseaban estrangularlo.

—¡Ponga los motores a toda marcha, capitán! —exigió Indy sin que le temblara un músculo—. ¡Saque este barco del dique!

Emmanuel Sorensen, maniatado por la espalda y con una mordaza impidiéndole la normal respiración por la boca, se sacudía frenético a un costado de la habitación, custodiado por la mano armada de Jacob Rossberg. Quería alertar a D’Huicque; decirle que ese supuesto asesino a sangre fría no era tal y que con sólo cruzarse de brazos era suficiente para desbaratar su plan de escape.

—¡Quédate quieto! —le gritó Jacob, pero Sorensen no lo escuchó.

Entonces, bastó una feroz trompada en el rostro para que el sueco se desplomara y quedara tendido sobre el piso, semiinconsciente.

—Deseaba hacer esto...—agregó Jacob con una circunstancial sonrisa en los labios mientras masajeaba los nudillos de su mano.

Indy amartilló el arma.

—No se lo voy a repetir, capitán—dijo—. Ando escaso de tiempo y con un humor de perros...

D’Huicque lo miró sin decir nada. Volteó sobre el timón, manipuló una serie de manijas, apretó dos botones inmensos, color rojo, y toda la estructura del WODEN se sacudió levemente. Las hélices empezaron a girar y diez minutos más tarde el carguero inició un lento desplazamiento hacia la salida del puerto.

El capitán observó por el ventanal de proa cómo se abría, una decena de metros por delante, el inmenso golfo y calculó que en breve recibiría una llamado de advertencia.

No se equivocó.

La estática del radiotransmisor WKO, instalado junto al timón, lanzó una sorpresiva e imperativa orden:

Aquí la Comandancia de Puerto... Carguero WODEN, no tiene autorización para   zarpar... Detenga la operación de inmediato, capitán....Cambio...

Indiana dirigió su atención al aparato. Levantó la vista. El buque ya salía prácticamente del muelle principal.

—No responda —ordenó—. Prosiga...—y movió el revólver amenazante.

D’Huicque estaba a punto de estallar de rabia. Giró la cabeza hacia el arqueólogo y profirió en entrecortado inglés:

—¡No nos dejaran salir de aquí! ¡Tenemos que detener el barco!

—¡Siga hacia delante! —gritó Jones—. O juro que le vuelo la cabeza... ¡Siga! ¡No se detenga!

—¡Nos van a atacar, idiota!

Indy lo tomó por el cuello y lo apretó contra el timón.

—¡Qué nos ataquen si quieren! ¡Nosotros seguimos!...

Por segunda vez, la radio exhortó:

Carguero WODEN, si continua desobedeciendo las ordenes, nos veremos obligados a tomar represalias... Estamos en estado de guerra...¡Obedezca!...Detenga sus motores ... ¡ No tiene autorización para abandonar el puerto !...

—¡Indy! —estalló repentinamente Jacob—. ¡Mira! ¡Cuatro tipos de la tripulación están subiendo al puente por la escalinata exterior! ¡Vienen armados!

—¡Dispárales! —ordenó sin dudar—. ¡Frénalos!

Jacob rompió uno de los vidrios del ventanuco posterior del puente y apretó el gatillo tres veces seguidas.

—¡ Continúa ! —reiteró Jones—. ¡ No dejes que avancen !

Rossberg vació el cargador. Los miembros de la Germanenorden frenaron su avance, protegiéndose y respondiendo el ataque con una senda balacera.

—¡ Mierda ! —Exclamó Jacob, agachándose y soportando por sobre su cabeza una lluvia de vidrios rotos.

Indy también se agachó y ayudó a hacer lo mismo al capitán.

Entonces, una lluvia inesperada de municiones empezó a impactar contra la estructura del buque, especialmente en la parte del puente. Maderas, cristales, planchetas de hierro y cuanto medidor colgado en las paredes, salieron despedidos por los aires, bajo un estruendoso traqueteo.

—¡ Qué diablos !... —exclamó Jones, tendido por completo en el piso—. ¿Cuántos son, Jacob?...

Rossberg, tirado junto al cuerpo inconsciente de Sorensen, no podía asomarse.

—¡Eran tres!... Pero...

—... ¡ No puede ser !...—interrumpió Jones, y levantó la cabeza el tiempo suficiente como para ver hacia fuera. Se agazapó y acomodó el sombrero.—¡No son sus hombres, capitán!... ¡ Son los nazis ! ¡ Nos están tirando desde los muelles !

Y sin decir más, bajó de golpe la palanca de la velocidad al máximo.

El WODEN dio un pequeño brinco y aceleró la marcha.

Avanzó.

Salió al golfo y puso proa hacia el norte

Con el paso de los minutos el ataque cesó.

—¿Ya pasó?... —inquirió Jacob temeroso.

—Así parece...

—No se confunda —sentenció D’Huicque—. Esta gente no se rinde tan fácilmente...

Indy se paró. Todo el cubículo estaba destruido. Habían salvado sus vidas de milagro. Lo que quedaba del puente era una coladera, un mundo de perforaciones casi perfectas tapizando cada centímetro de la estancia. Sacó la cabeza por lo que quedaba del ventanal de popa y advirtió que los “vikingos” suecos de la logia estaban acribillados, derramando litros de sangre por la cubierta del barco.

A Indy se le escapó un mohín.

—Parece que esta vez esos cerdos nos dieron una mano —dijo, y regresó junto a D’Huicque.

El carguero prosiguió su marcha en dirección al mar Báltico.

Rumbo : el sur de Suecia.

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  C uriosamente, abrirse a la inmensidad del mar, dejando atrás el limitado espacio del dique portuario —rodeado de bodegas, depósitos, cañones y soldados exaltados— no le produjo a Indy Jones tranquilidad alguna. El dilatado escenario acuático por el que navegaban parecía contener peligros insospechados; y la imaginación no estuvo ausente a la hora de pergeñar monstruos tentaculares saliendo desde el fondo del mar, arrastrando al carguero hacia las más hondas profundidades. Como en el desierto, las posibilidades de ocultamiento eran inmensas y el arraigado prejuicio, que desde la antigüedad caratulaba a los océanos como “Traicioneros”, no dejaba de darle vueltas por la cabeza.

Traición ”, “ traidores ”, “ traicionar ”...Indy ya estaba “putrefacto” de tener que lidiar con semejante inmoralidad. Quería verdades, sinceridad; una plataforma segura en la que pararse y obrar en consecuencia, sin tener que improvisar a cada paso por inesperados cambios de rumbos y lealtades. Como el vaivén de las olas, la realidad se modificaba con cada segundo.

Jacob Rossberg tampoco estaba sosegado. Vigilar a Sorensen y manejar la posibilidad de tener que matar o herir a alguien, no era su fuerte. Detestaba la violencia y no veía la hora de estar acomodado en algún país neutral, ajeno a la guerra, lejos de todo y evitando ser estigmatizado o perseguido; u obligado a sacar de sí lo peor de todo ser humano, su faceta animal más repudiable.

—Indiana —dijo rascándose el cuello que le ardía, advirtiendo que una pequeña esquirla lo había herido levemente por debajo del mentón—, ¿qué crees pasará ahora?

El arqueólogo se mordió su labio inferior y abrió los ojos con desmesura, moviendo la cabeza negativamente.

—No-lo-sé... —respondió con sarcasmo—. Como dice la canción, “ Cualquier cosa puede pasar ”.

—...Y como dicen ustedes, los americanos —agregó el capitán D’Huicque con el timón en sus manos, sin quitar la mirada del mar—, “ El show debe continuar ”... Por lo tanto, continúa.

—¿Cómo dice?... —inquirió Jones, girando hacia el francés; observando, entonces, el brazo extendido del marino y el dedo índice señalando en dirección de proa un punto indeterminado del mar.

Entrecerró los ojos, trató de enfocar a la distancia captando los primeros rayos de sol del día; pero no distinguió nada que le llamara la atención.

—¿Qué demonios hay? —preguntó. Y a sus oídos llegó la respuesta que menos esperaba.

—¡Un periscopio!... —lanzó D’Huicque—. ¡Nos están siguiendo!

Recién entonces Indy se percató de un resplandor metálico surcando el agua, a unos cincuenta metros del WODEN .

—¡Es un “ Lobo de Mar ”! ¡Un U-Boot ! —explicó Jones a los gritos—. ¡Malditos sean!...

Los U-Boot tipo II-B , como el que navegaba cercano al carguero, eran submarinos de la marina alemana de cuarenta y tres metros de eslora y una 279 toneladas de peso. Eran conocidos, desde la Primer Guerra Mundial, pero Hitler les había dado el metafórico nombre de “ Lobos ”, ya que solían atacar en grupo a todos los barcos cargueros que se alejaban del convoy. Se hacían con presas indefensas y sabían aprovechar las debilidades tácticas del enemigo. Con sus 25 tripulantes y capacidad para lanzar seis torpedos y ocho minas explosivas, constituían una amenaza permanente; que recién en años posteriores llegarían a poner en jaque el aprovisionamiento de las fuerzas Aliadas europeas.

Jacob corrió hasta el ventanal de proa.

—¡ Dios ! —exclamó—. ¡¿Qué vamos a hacer ahora?!...

Indy por un segundo no respondió. Contemplaba la superficie del mar atentamente. Creía haber visto algo.

Ajustó más la visión. No era una buena hora para otear el océano.

Entonces, todo le resultó claro; y para cuando confirmó la presunción inicial, gritó:

—¡¡ Sujétense fuerte !!... ¡¡ Acaban de tirar un torpedo !!... ¡¡ Protéjanse !!

D’Huicque maniobró con desesperación. Giró el timón hacia la derecha a toda velocidad, pero fue inútil. La estela mortal del artefacto explosivo iba dirigida directamente hacia el centro del casco.

Diez segundos después, sobrevino la detonación.

El WODEN se sacudió como si fuera de cartón pintado y una lengua de fuego y humo salió despedida hacia el cielo, arrastrando en pedazos gran parte de la cubierta. La onda expansiva chocó contra las paredes del puente. Los marcos que quedaban sanos se partieron en centenares de astillas, volando hacia el interior del cubículo. El piso de madera se abrió como una flor en primavera y los cuatro ocupantes fueron despedidos en diferentes direcciones.

Indy salió impulsado por un agujero de la pared, cayendo sobre la explanada metálica que bordeaba la habitación de mando. D’Huicque soltó involuntariamente el timón, trastabilló de espaldas, rebotando sobre el cuerpo de Sorensen, que acababa de dar los primeros parpadeos tras la paliza recibida. En tanto, Jacob Rossberg era impulsado de frente contra una filosa aguja de vidrio, que se hundió sin esfuerzo a la altura de su hombro derecho, arrancándole un angustiante grito de dolor.

Crujidos. Eso era lo que se oía.

Todo un coro de chirridos metálicos, agudos, irritantes, inundaron el amanecer; y miles de litros de agua salada empezaron a llenar las bodegas y todo resquicio de sequedad que había en las entrañas del carguero.

Aturdido, Indy se paró, tomándose de una barandilla. Sólo por centímetros no había caído a la cubierta inferior, casi tres metros más abajo. Fue en ese momento en que se percató de que aquello era un desastre total. El humo renegrido, el fuego y el ángulo de inclinación que rápidamente tomaba el barco, sólo presagiaban una cosa: el WODEN tenía los minutos contados. Se estaba hundiendo a una velocidad fenomenal.

Jacob seguía dando alaridos. No podía desprender de su cuerpo el fragmento de cristal que lo hería y retenía indefectiblemente en su sitio.

Indy lo podía escuchar por encima del batifondo generalizado que llenaba el aire. Caminó en dirección del puente, estiró el brazo para mover lo que quedaba de la puerta y entró en él justo en el instante en que, por segunda vez, un nuevo torpedo hizo explosión al impactar en la popa.

—¡¡ Jacob !!... —prorrumpió el arqueólogo mientras sentía que el piso desaparecía bajo sus pies.

Instintivamente extrajo el látigo, lo sacudió hacia arriba y el chicotazo fue suficientemente fuerte como para que una buena porción se enrollara en una viga metálica, sujetándolo cual un yo-yo.

En ese instante, el WODEN se escoró de frente. Su parte lateral, en llamas, se levantó como si fuera la cabeza de un delfín pidiendo de comer a su entrenador. Acto seguido, un ruido atronador anunció que el carguero aumentaba su velocidad hacia el fondo del mar.

Indy se balanceó con potencia prendido del látigo y abrió las palmas, dejándose caer al agua desde lo alto.

Por dos veces, en la misma noche, volvía a estar en el mar completamente vestido; en tanto que el carguero desaparecía inexorablemente bajo la superficie.

6

 

“LA GENTE CAMBIA ...”

Dos semanas después...

Campus Universitario del Barnett College

Nueva York  

L os nudillos de Marcus Brody golpearon un par de veces contra la puerta de madera, por mera formalidad; giró el picaporte y entró en la oficina de Indiana Jones sin anunciarse ni articular saludo.

El arqueólogo estaba parado junto al ventanal que daba al inmenso parque arbolado del edificio de la universidad, viendo cómo los alumnos caminaban, estudiaban y charlaban bajo los cálidos rayos del sol de la tarde. Tenía la mirada extasiada. No pensaba nada en particular. Sólo un cúmulo desordenado de imágenes, ideas y situaciones se le arremolinaban luchando entre sí, haciendo un todo farragoso y poco claro. Estaba confundido. No podía elaborar un cuadro de situación entendible. Los acontecimientos en Alemania le quitaban el sueño desde el momento mismo de abandonar ese carguero, yaciente ahora en el fondo del mar Báltico. Todos habían muerto, excepto él. Daniel, Jacob, el capitán y ese maldito de Sorensen estaban en el Otro Mundo , llevándose muchas de las respuestas que Indy quería tener. Y mientras miraba a esos muchachos y muchachas, que pululaban llenos de inocencia por el descampado, se preguntaba cuántos de ellos morirían en la guerra que soportaba el mundo, si su país decidía tomar parte directa en los acontecimientos.

“¡ Mierda !, pensó. “¡ Todo es un caos !”.

—Indy, ¿te encuentras bien?

La voz de Marcus Brody lo sacó de su ensimismamiento.

—Marcus... No te oí entrar.

—Sí, ya me di cuenta. ¿Cómo estás?

—Tratando de razonar cosas que no entiendo. Lo mismo de siempre...

—Pues te tengo noticias.

—¿A qué te refieres?

—Hay gente que quiere hablar contigo. Están en mi oficina.

—¿Qué tipo de “gente”, Marcus?

—Los que te facilitaron el pasaporte falso. Son del Servicio de Inteligencia y vienen acompañados por un funcionario sueco. Parece que quieren darte una disculpa oficial. Sorensen los engañó a todos...

—¿Tú crees que han venido sólo a disculparse? Mmmm..., no lo creo.

—Tendrás que averiguarlo por ti mismo. Te esperan. Vamos.

Indy se calzó el saco gris que tenía colgado en un perchero; se acomodó el moñito, al cuello de la camisa, y repuso:

—En ese caso, no hagamos esperar a los caballeros.

Recorrieron una galería muy larga, subieron al segundo piso y Brody lo invitó a ingresar primero en la rectoría.

—¡Doctor Jones! —exclamó un sujeto delgado y alto, no bien Indy entró a la estancia—. ¡Qué bueno verlo sano y salvo! Permítame que me presente, soy el Capitán Marshall Dellin, del Servicio Secreto —dijo apretándole la mano—. Fui quien lo conectó con el especialista en documentos falsos, antes de su viaje a Alemania, ¿recuerda?... Él es mi asistente, el teniente Donald Zipp y el caballero —repuso señalando a un tipo rubio como el trigo— es el señor Michel Varensonn, representante del gobierno sueco en nuestro país.

Varensonn se adelantó y extendió su mano al arqueólogo.

—Es un placer, doctor Jones. No podía dejar de venir para darle mis excusas.

—Sí —interrumpió Dellin—, el caballero ha viajado desde Washington especialmente a verlo a usted.

—Un viaje largo —agregó Indy—. No tenía que haberse tomado la molestia. Con un llamado telefónico hubiese bastado.

—Es mi deber como diplomático, doctor —respondió el sueco respetuoso—. Su vida ha corrido peligro a causa de un traidor que decía representar los intereses de mí país y no podíamos dejar pasar el hecho. Queremos aclararle oficialmente que Emmanuel Sorensen actuó sin consentimiento alguno de mi gobierno y que, si bien era agregado de la embajada en Berlín, el Estado sueco desconocía sus conexiones con los nazis o con esa logia secreta a la que usted hizo referencia. Me avergüenza tener que admitirlo, señor, pero nuestro empleado era un mero traficante y ladrón de antigüedades.

—No lo subestime de ese modo, señor Varensonn —replicó Indy—. La Germanenorden no es un club campestre formado por simples pillos.

—Lo sabemos, doctor Jones —dijo el teniente Zipp, sumándose a la conversación—. Por eso hemos venido a verlo.

—¡Oh, creí que venían sólo a disculparse! —exclamó con ironía mirándolo a Marcus.

—Bueno, también a eso... —agregó el capitán Dellin—. Sucede que las cosas en Europa se han complicado mucho. De hecho no sabemos cuándo nos involucraremos de lleno en la guerra y por ese motivo queremos que nos transmita lo que usted sabe sobre las conexiones entre los nazis y esa Orden Germánica; y nos diga qué deseaba específicamente su amigo, el doctor Daniel Rossberg.

—Quería que rescatara un embarque de obras de arte. Eso ustedes ya lo saben.

—Sí, doctor, pero, ¿qué otra cosa le pidió que hiciera?

Indy miró a Marcus. Éste permaneció en silencio y a la escucha de cada palabra que se decía.

—Eso también lo saben... —dijo el arqueólogo con suspicacia.

—Sí, doctor Jones, en parte...

—¿Cómo en parte? Les remití el informe escrito que me solicitaron no bien llegué a Nueva York. ¿Acaso no fui claro?

—Sí, profesor —intervino Zipp—, lo leímos y es sumamente claro su informe; pero es que hay un problema...

—¿Problema? ¿Otro más?... ¿Qué problema?

—Usted hizo referencia a dos especialistas alemanes en arte enviados a Nueva Guinea por Rossberg, ¿No es sí?...

—Sí...

—Pues lamentamos decirle, doctor, que esos especialistas nunca llegaron a destino —explicó Dellin—. Nos pusimos en contacto con nuestros amigos los australianos y no tienen noticia alguna sobre ellos. Jamás entraron a la colonia en la fecha que usted refiere en su escrito.

—¿Puede que hayan entrado de manera clandestina? —inquirió Indy.

—Es posible.

—Pero no tiene sentido —agregó Zipp—. Nueva Guinea no es un destino turístico, doctor Jones. Nadie viaja a ese sitio a excepción de los administradores coloniales y algún que otro explorador independiente. Y a éstos últimos siempre les resulta conveniente anunciarse. Nunca se sabe qué puede pasar en esas selvas vírgenes que cubren las islas vecinas y el interior de la gran ínsula principal. Cualquier inconveniente puede ser resuelto por las autoridades del lugar y salvarles la vida. Hay una reglamentación al respecto. Además, tenemos entendido que la isla Karkar en particular es un sitio sumamente peligroso

—No sé qué decir —respondió Indy—. Lo que sabía lo informé oportunamente

—Nosotros sí sabemos qué decir, doctor Jones —dijo Dellin afianzando el tono de su voz—. Queremos que vaya a Nueva Guinea y averigüé todo lo referido a esa extraña tribu de la hizo referencia en su escrito.

—¿Cuál es interés que el gobierno tiene es esa gente?

—Mire, profesor —avanzó Zipp—, se avecinan días difíciles. Tenemos que recurrir a cualquier cosa que pueda generarnos en el futuro mediato alguna ventaja comparativa respecto de nuestro enemigo. El hecho de que un grupo de indios use máscaras para perder su ceguera es un hecho interesante, ¿no cree?

—En eso coincidimos.

—Me alegro, doctor.

Indy miró a Marcus Brody buscando ayuda. No quería ser descortés con esos caballeros y negarse de plano al ofrecimiento. Detestaba meterse en cuestiones de Estado. Sabía que la política era sucia y corrupta y que, a la larga, trabajar para el Servicio Secreto le traería malestar estomacal y úlcera.

—Señores —intervino Brody, llamando la atención del grupo—, el profesor Jones es un profesional muy ocupado. Tiene tareas docentes que cumplir en esta universidad. Además, y por sobre todas las cosas, no es un espía.

—De ningún modo hemos sugerido eso, doctor Brody —arguyó Dellin sonriendo—. Sólo le estamos pidiendo a su colega que se ponga al mando de una expedición científica, subvencionada por el gobierno.

—¿Y por qué se supone que debería aceptar? —preguntó Indy.

Dellin miró a sus dos compañeros y volvió sus ojos al arqueólogo.

—Creo que por dos motivos, doctor Jones. El primero: para cumplir una promesa que le hizo a su amigo antes de que muriera. El segundo: porque los alemanes están organizando un grupo para ir a la isla a buscar a esos misteriosos aborígenes.

—¿Cómo lo saben? —inquirió Marcus sorprendido.

—Nuestros “ verdaderos ” espías, son los que se dedican a esas cosas, doctor Brody —dijo con una sonrisa ladeada en los labios—. Los nazis entrarán de incógnito en Karkar. Sabemos que están bien informados sobre el terreno, las vías de ingreso y demás inconvenientes.

—¿Cómo? —prorrumpió Indy, experimentando una oleada de adrenalina.

—A través un explorador independiente. Un mercenario; un nazi como ellos que ya conoce a esos indios.

—¿Quién es él?—preguntó Brody.

—Su nombre es Klaus Krugermmacher...

—¡Krugermmacher! —exclamó Indiana—. ¡Pero si ése era uno de los proveedores del museo de Dan!... —pensó un segundó y sentenció:— No me dijo que fuera nazi.

—La gente cambia, doctor Jones. Su “ proveedor ” tiene ahora por socios a oficiales de la SS y, por lo que sabemos, Sorensen estaba metido indirectamente en el proyecto.

—En efecto —dijo Varensonn—. Entre sus pertenencias hallamos referencias a ese tal Krugermmacher..

—¿Encontraron el cuerpo de Sorensen? —inquirió Indy sorprendido.

—No. Pero tras el incidente del WODEN la policía requisó su casa. Hallamos el nombre de ese alemán en una de sus libretas. Aunque no nos quedan claras muchas cosas.  

—¿Cuáles cosas?

—Por ejemplo, ¿por qué la Orden Germánica y los nazis se llevan tan mal, siendo que estuvieron muy unidos al principio? —demandó el sueco

—Simple competencia —sentenció Jones—. La búsqueda desmedida de poder tiene esos efectos: los socios se desunen y los antiguos proveedores de confianza se convierten en asesinos...—Indy masticó rabia. Un odio profundo entró en ebullición dentro suyo. Ese maldito de Krugermmacher estaba relacionado con el asesinato de su amigo. Lo sabía.

—Bien, profesor, ¿qué nos responde? —preguntó Dellin—. ¿Acepta el ofrecimiento?

Indy se rascó el cuello. Una extraña comezón le recorrió todo el borde de su camisa abotonada y le dirigió un nuevo vistazo a Marcus Brody.

El cruce de miradas fue suficiente. Marcus, sin articular palabra, le decía “ haz lo que tú quieras, yo te apoyaré ”.

—En caso de aceptar —dijo—, necesitaré que un equipo de expertos me acompañe. Gente de mi entera confianza. Además, no quiero militares en el asunto ni personal del servicio de inteligencia en el grupo. Yo seré el jefe y quien dé las órdenes. No quiero que esa tribu sufra y que en caso de se nieguen a suministrarnos sus secretos, nos mantendremos al margen de ellos.—Dellin y Zipp se observaron mutuamente—. Por último, quiero el mayor apoyo diplomático en caso de las cosas con los nazis se compliquen en la isla.

—No sé si nosotros tenemos la autoridad suficiente de aceptar su propuesta, doctor Jones —dijo Dellin—.Tendríamos que consultar a nuestros superiores.

—Hágalo, entonces, capitán. Si ellos aceptan, yo acepto.  

7

EL NIDO DE LA SERPIENTE

Cuartel General de las SS, Berlín.

Oficina del SS-Obergruppenführer

General Max vön Kasse

E xageradamente inmenso, imponente, de mal gusto; con sólo un escritorio centrado frente a un ventanal gigantesco que daba a un parque arbolado, y enmarcado a ambos lados por dos largos estandartes color rojo estampados con svásticas, la oficina de Max vön Kasse parecía más una estancia en plena mudanza que el corazón administrativo de la Sección de Arqueología Aria de las SS .

Como oficial a cargo, vön Kasse se tomaba muy en serio aquello de la sobriedad nazi; y había decidido reflejar su poderío dentro del escalafón partidario impactando a sus visitantes y subordinados con el tamaño de la habitación en la que desempeñaba sus funciones. Lo prefería al barroquismo burgués que tantos adeptos tenía entre sus colegas y competidores políticos. Él gozaba con los espacios abiertos, con la sensación de sentirse rodeado por la nada y empequeñeciendo su figura corpulenta con las paredes desnudas, color crema; que se elevaban hasta el cielorraso como si fueran las laderas de un glaciar, artificialmente construido para insuflar respeto y temor al mismo tiempo. En medio de esa vastedad sin decorados, las svásticas de los estandartes se volvían más grandes y nadie que traspasara la puerta principal podía dejar de experimentar el poderoso y maquiavélico simbolismo de ese signo; que inspiraba a todos fuerza y presión psicológica. Nada había sido dejado al azar. Todo obedecía a un plan preconcebido, a una puesta en escena artificiosamente pensada. Y de eso se trataba el asunto: de pensar. Para eso le pagaban. Para eso trabajaba. Y por eso el IIIº Reich confiaba en sus conocimientos, en su capacidad y experiencia como especialista en historia.

Acomodó con meticulosidad una carpeta repleta de papeles; observó detenidamente las alas desplegadas del águila imperial que estaba impresa en la tapa de cuero y levantó su cabeza calva mirando hacia la puerta de doble hoja, que permanecía cerrada a casi veinticinco pasos de donde estaba sentado.

Ya era la hora.

Se ajustó la corbata y adoptó una postura marcial.

Inmediatamente después, alguien golpeó desde afuera.

—¡Entre! —exclamó estirando el cuello.

La puerta se abrió. Un sujeto delgado, entrado en años, pero que demostraba a simple vista un excelente estado físico, ingresó marchando, erecto como un poste. Se cuadró, hizo chocar los tacos de sus botas negras y lustrosas, levantó el brazo derecho y exclamó a viva voz:

—¡ Heil Hitler !

—Heil Hitler —respondió vön Kasse sin mover un músculo y en voz baja—. Adelante, coronel. Acérquese, por favor.

El recién llegado avanzó con paso seguro y se volvió a cuadrar junto a una silla vacía, ubicada enfrente del escritorio.

—Tome posición de descanso. Relájese.

—¡Si, mi Obergruppenführer! —repuso con nerviosismo y abrió las piernas, colocando los brazos en jarra.

Vön Kasse lo miró de arriba abajo y volvió sus ojos a la carpeta.

—¿Tiene usted idea de por qué ha sido convocado, coronel? —preguntó.

—No, señor.

—Siéntese.—Vön Kasse centró la mirada en los ojos de su subordinado y preguntó:— ¿Cuánto tiempo hace que no interviene en una misión militar,   Herr coronel?

—Muchos años, señor. Pero ahora que estamos en guerra espero poder recuperar el tiempo perdido y hacerme cargo de un pelotón en el frente de combate.

—Olvídese de eso —repuso el general—. Tengo algo mucho más importante para usted. Es una misión encomendada directamente por nuestro Führer.

—Será un honor, herr general.

—Ya lo creo, camarada. Un honor de los que muy pocos pueden jactarse. Y ahora, dígame algo, ¿qué tareas ha cumplido últimamente?

—Han sido meramente administrativas desde 1933. Estoy encargado de la sección de cartografía colonial desde entonces.

Mmmm ...conoce usted de mapas —sonrió irónico.

—Bastante, Herr general.

—Ya veo —dijo repasando el expediente—. Un trabajo que se ha cotizado en estos años.

—Afortunadamente, señor.

—Bien, pues, no me cabe la menor duda, entonces, de que estoy hablando con la persona indicada. Mi sugerencia al Führer fue correcta. Usted es el hombre que necesitamos.

—No quisiera parecer ansioso, señor, pero, ¿en qué consiste el trabajo?

—No es malo estar ansioso en estos casos, Herr coronel —rió Vön Kasse—. Por el contrario, su ansiedad es un excelente signo de compromiso. Leyendo su currículum observo que desde su juventud ha comulgado con el ideario del partido. Afiliado desde la primera hora, me pregunto por qué no escaló más alto en la pirámide de poder.

—Mis ambiciones personales se subordinaron a los intereses de la Patria, Herr general. Siempre he creído en el orden natural de las cosas y en el buen juicio de nuestro líder. Si no he ascendido con velocidad, por algo habrá sido. Por otro lado —agregó—, estoy orgulloso y satisfecho con mi trabajo.

—¡Todos lo estamos, coronel! Por eso está usted sentado frente a mí.—Se acomodó en la silla, extrajo de una cigarrera de plata un cigarrillo turco, lo prendió y dijo volviendo la mirada a la carpeta:— Dígame otra cosa...

—Señor...

—¿Se considera usted un... “ rebelde ”, como sentencia esta vieja foja de servicio?

—Veo que tiene buena parte de mi vida ante sus ojos.

—Corrección: toda su vida, coronel.

—En ese caso, podrá advertir que esa etiqueta que se me endilgó fue hace mucho tiempo; más de treinta años.

—Lo sé.

—Sucedió durante de la República de Weimar, antes de la asunción de nuestro partido al poder.

—También lo sé.

—En ese caso, quedo exceptuado de un juicio, ¿verdad?

—Podríamos decir que en parte. Leyendo su expediente personal, cualquier persona podría llegar a pensar que es usted un sujeto remiso al cumplimiento de ordenes...

—Aquel era un gobierno desnaturalizado, débil y corrupto, Herr general. ¡Fueron ellos quienes firmaron el tratado en Versalles!

—Estoy de acuerdo en todo con usted, camarada. No es mi intención ofuscarlo. Sólo quiero conocer la respuesta a mi pregunta inicial: ¿se considera un “ rebelde ”?

—¡No!...

—Aún así, en cierta ocasión se comportó como si lo fuera —agregó sin levantar la vista del expediente.

—Era joven entonces y el contexto político otro. Además, pagué mis actos con la prisión. Pero no me arrepiento de nada. De hecho, todavía me siento orgulloso por lo que hice.

—Nosotros también, coronel. Usted fue un hombre de avanzada para su tiempo. Muy pocos se animaron a tomar el “toro por las astas” en aquellos días.

—Sí..., muy pocos.

—“Pocos”... que según tengo entendido murieron cerca suyo.

—En efecto... —susurró.

—¿Se siente responsable por esas pérdidas?

—Hubo un tiempo en el que sí me hice cargo de esas muerte; pero los hechos me han probado de que estaba en el camino correcto.

—Fueron muchas vidas, coronel. ¿Dieciocho?...

—Diecinueve.

—Usted debería haber sido la número veinte, ¿no es cierto?

—Me salvé de milagro.

—Convengamos que en una situación sumamente extraña.

—Aquello fue algo incomprensible. Nunca terminé de entenderlo del todo. Cuando di mis explicaciones al tribunal militar que me juzgó, se rieron de mí. Nadie me creyó.

—¿Y recuerda los argumentos de entonces?

—Por supuesto, general. Tengo todo muy fresco en mi memoria.

—Permítame que le lea algo, herr coronel: “...y parecía que conocían nuestros movimientos, adelantándose en todo a lo que hacíamos ”. ¿Reconoce esas palabras? Son suyas. ¿Qué significan?

—Lo que textualmente dicen. Nada más, ni nada menos.

—¿Y qué es esta referencia a... “ demonios ”?

—Fue mi primera impresión. Más adelante —dijo señalando su expediente— aclaré ese punto.

—Sí, sí..., efectivamente. Eso dice aquí. Eran meras máscaras, ¿no es cierto?

—Sí. Esa gente llevaba puestas máscaras horrendas.

—“... horrendas, hechas con una mezcla de madera, sangre y partes blandas de cuerpos humanos ” —leyó Vön Kasse.

—Asquerosamente cierto. Es lo que dije en su momento y aún recuerdo.

—Coronel, ¿qué pasó con sus hombres?

—Fueron sistemáticamente asesinados; despellejados, descuartizados con una furia pocas veces vista. Nadie podía dar un paso sin que esos animales no lo previeran de antemano. No pudimos disparar un solo tiro. Al principio creímos que era posible un acercamiento pacífico, pero nos equivocamos..., me equivoqué.

—¿Y cómo pudo escapar?

—Permanecí inmóvil. Ni siquiera respiraba. Aún no entiendo cómo pude soportar semejante espectáculo ante mis ojos. Escuchaba los alaridos de terror y dolor de mi compañía. Me sentía como en una burbuja protectora. Algo me decía que permaneciera quieto, que esa era la única forma de conservar la vida. No me pida explicaciones, señor. Aún no entiendo muchas cosas...

—¿Y qué pasó después?

—En determinado momento cerré los ojos. Los apreté muy fuertes, esperando ser alcanzado por el filo de alguna de la dagas que esgrimían esos monstruos... Cuando los abrí, al cabo de unos minutos, ya no estaban. Sólo quedaban despojos de mis hombres. No recuerdo cómo escapé del lugar. Lo cierto es que corrí como un loco por horas y en una lancha conseguí llegar a la isla grande... Fue una pesadilla, señor.

Vön Kasse lo observó en silencio con las manos puestas sobre el mentón y al cabo de unos segundo dijo serenamente:

—Queremos esas máscaras, coronel.

—¡¿Qué?!...

—El Führer quiere las máscaras y usted es el elegido para traerlas.

—¡General, por Dios! —exclamó pálido como la leche—. ¡Eso es una locura!

—¿Está contradiciendo una orden de nuestro Conductor, coronel?...

—No, señor... Pero, ir a ese sitio... No creo que... —se frenó y volvió a exclamar:— ¡No recomiendo ir a Karkar, general! ¡Ir a esa isla es ir a una muerte segura!

—Alemania requiere de mártires.

—Pero, ¿por qué yo?...

—¡Coronel, cálmese! —prorrumpió vön Kasse levantando sus brazos—. Tenemos todo planeado al detalle. Recuerde algo: ¡han pasado veinte años! Ahora tenemos una mejor tecnología, mejores armas y mucha más información. Correrá con ventajas que antes no tenía. Además, lo escoltará una compañía completamente equipadas y un explorador que ya estuvo en la isla y salió ileso: Klaus Krugermmacher.

—No sé quien es, señor; pero le aseguro que es imposible entrar en ese lugar y...

—No lo llamé para discutir órdenes —interrumpió vön Kasse—. Usted es el oficial elegido. Krugermmacher lo asistirá y juntos traerán esas mascaras a Alemania. ¿Entendido, coronel Heinder?

Helmut Heinder asintió temeroso.

—Sí, señor... —dijo casi sin voz.

—¡Muy bien! Tiene diez horas para preparar su equipo. Salen para Karkar en un submarino mañana a la madrugada.

~ ~

8

  

DONDE LOS PÁJAROS GRITAN DE DOLOR

Cinco días después...

 

Selvas de Karkar

Archipiélago Bismarck

Nueva Guinea

Se habían salido con la suya. A pesar de los reclamos, las protestas y las amenazas no creídas de abandonar el proyecto, la Secretaría de Seguridad Nacional del gobierno norteamericano, había obligado a Indy a que aceptara   en su grupo expedicionario—a último momento y cuando ya nadie podía echarse atrás— al Agente Especial Florence Waverly; una hermosísima morocha de treinta años, espigada y de profundos ojos verdes, que oficiaría de enlace entre la oficina de Estado y el jefe de la expedición. Claro que como mandamás, Indy Jones se sentía vencido, manoseado; usado por la burocracia de pasillo y el permanente doble discurso de los oficiales del ejército que lo habían contratado. El único aliciente con el que podía consolarse era la exultante belleza de la muchacha que, para entonces, ya empezaba a producirle cosquilleos en el bajo vientre cada vez que la miraba fijamente. ¡ La muy maldita era una verdadera Venus griega !

Una pila de madera, aún verde, chisporroteó en el fogón y las llamas lucharon por generar la claridad y el calor necesario para empezar a cocinar en plena noche. Habían desembarcado en la isla hacía diez horas y se aprestaban a descansar para dar al día siguiente el “ gran salto hacia delante ”, internándose en la selva que trepaba por las laderas del pico escarpado de Karkar.

Aquel era un grupo heterogéneo. Indy Jones, arqueólogo; Marcus Brody, curador de museo; Florence Waverly, espía y especialista en comunidades aborígenes de Nueva Guinea; Paú, el guía local contratado por Jones y tres macheteros traídos desde Australia.

Indy levantó sus ojos de la fogata, en la que los tenía enfocados, y observó a la muchacha. No le dirigía la palabra desde hacía horas. Su rabia contenida le impedía entablar una charla distendida y cada vez que Waverly quedaba en su plano de visión se sentía un estúpido por haber aceptado la misión, aún sabiéndose engañado como un estudiante de primer grado.

—Mire, doctor Jones —dijo de repente la chica—, creo que las cosas así no pueden funcionar bien. No me culpe por estar aquí. Sólo cumplo órdenes. Si por mí fuera estaría cómodamente trabajando en mi libro en Nueva York y no esperando la noche en esta isla alejada de todo, rodeada de hombres amargados y con miedo...

—¿ Miedo ?... —interrumpió Indy sin disimular su exasperación—. ¿Quién le dijo a usted que tenemos miedo?

—Se les nota en sus miradas, doctor.

—¡ Ah, pero que perspicaz es la señorita ! —exclamó gesticulando—. ¿Te das cuenta, Marcus? ¡Estamos con una especialista en conductas humanas! ¡Qué maravilla!...

—Indy... —articuló Brody con suavidad, intentando calmarlo.

—¡ Qué suerte de tenerla entre nosotros ! —prosiguió Jones sin escucharlo—. ¡Así vamos a poder canalizar nuestros temores con la “ doctora ”! —Tragó saliva y remató señalándola con el dedo índice:—Mire, Waverly, que le quede bien claro algo: no soporto que me engañen; soy muy poco tolerante cuando me presionan y no estoy de acuerdo con que una mujer esté inmiscuida con una expedición de este tipo. ¡Ya tengo experiencia soportando a niñitas sabelotodo en situaciones límites y le aseguro que no me resulta agradable tener que hacerme cargo de otra vida, además de la mía! Se lo diré claramente sólo una vez: usted depende de mí, me obedecerá a mí, hará todo lo que yo le diga y dejará de hacer diagnósticos estúpidos sólo a partir de nuestras miradas... ¿Soy claro?

Florence Waverly esbozó un mohín.

—Lo que usted diga, doctor —dijo con sorna y se recostó sobre el piso.

Marcus Brody se inclinó suavemente en dirección de Jones.

—Indy —dijo por lo bajo, sin que la muchacha pudiera oírlo—, me parece que la chica tiene razón. Tienes que calmarte... Es especialista en lo suyo...

—Marcus, me siento un idiota. Creo que fui claro antes de aceptar. No quería militares en esto.

—Ella no es de la milicia.

—Es como si lo fuera. ¡Una quinta columna!... Eso me incomoda.

—El capitán Dellin dijo que está muy bien informada sobre la geografía de la isla. Puede sernos de gran utilidad.

—No creo que sepa más que Paú —dijo moviendo la barbilla en dirección al guía—. Él sí sabe moverse en selvas. Dudo que esta “ espía de oficina ” haya salido alguna vez de la ciudad en la que vive. No la necesitábamos, Marcus...

—¿Y que hay del diario de viaje que ella leyó?

—¿El diario de Roland Wilson, el militar australiano? —Brody asintió—. No creo que aporte demasiado —dijo Indy—. Tengo entendido que no exploró la isla. Sólo desembarcó y avanzó unos pocos kilómetros. Jamás entró en contacto con los aborígenes. No es información relevante. Si a esta chica la mandaron sólo por eso, estamos fritos. Será un estorbo.

—¿Y qué dices de mí?...

—¿ Eh ?...

—Me preguntaste si quería que te acompañara y aquí estoy. Probablemente hubieras preferido que dijera que no ...

—¿Por qué dices semejante tontería?

—Indy, ya no soy un niño. A mi edad, en este tipo de aventuras, puedo ser yo el estorbo.

—Marcus, nos conocemos desde hace años y ya hemos viajado juntos antes. Hacemos una buena dupla. Sé con que buey estoy arando ... Además —agregó con ironía—, bajar unos kilos no te vendrá nada mal.

Brody esgrimió una amplia sonrisa, Se sintió satisfecho, halagado.

—Gracias, amigo.

Indy se reincorporó, caminó en dirección del guía y preguntó:

—Paú, ¿para cuándo la cena?

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Florence Waverly entreabrió los párpados y el fulgor de la fogata, ya mortecina, dibujó en su retina un ramillete de rayos dorados colándose por las pestañas. Había escuchado algo, o mejor dicho, había dejado de escuchar cosas . Demasiado silencio en una selva repleta de insectos y aves nocturnas la sacaron del sueño liviano, que mantenía recostada a un lado del fogón.

No movió un músculo y echó un vistazo a su entorno.

Jones dormía profundamente a unos tres metros de ella, dando leves ronquidos. Marcus Brody, bien tapado con una manta de factura inglesa, hacía lo mismo recostando la cabeza contra un mullido almohadón improvisado con hojas frescas. Uno de los porteadores descansaba en posición fetal no muy lejos del arqueólogo y el otro quedaba fuera de su ángulo de visión. Paú, seguramente estaba de guardia, pero tampoco podía verlo.

Entonces escuchó como varios pies aplastaban lentamente el colchón de hojas y ramas que rodeaba el campamento. Eran muchos, y a menos que Paú se hubiera metamorfoseado en un insecto de doce patas, eso sólo significaba una cosa: un grupo de desconocidos estaban a punto de caerles encima.

¿ La tribu de la oscuridad ?... Un relampagueante escalofrió le recorrió el cuerpo.

Florence tensó los músculos. Tenía que estar lista para actuar. Dirigió nuevamente su mirada a Indy. El explorador no había escuchado nada. Seguía durmiendo. “¡ Maldito machista !”, pensó recordando los comentarios del arqueólogo; y con sigilo empezó a desplazar su brazo en dirección al revólver que tenía apretado en el cinturón.

“¡ Niñita sabelotodo !”, refunfuñó mentalmente.

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Indy sintió que algo pesado se le hundía en el estómago, despertándolo sobresaltado con un vómito en la punta de los labios. Dos segundos después, un fuerte golpe en la mandíbula volvió a tumbarlo sobre la esterilla en la que pasaba la noche; mientras que su rostro, relajado y fláccido, experimentaba un profundo dolor, lanzando gruesas gotas de sangre color oscuro en dirección a la fogata

Tosió.

Se agarró el abdomen y, como si fuera el contorsionista de un mal circo, encogió las piernas sobre su pecho tratando de aliviar el sufrimiento.

“¿Qué demonios estaba pasando? Eso no podía ser sólo un mal sueño. Todo era demasiado vívido. ¡ El dolor era real !”

—¡Por favor, no se mueva, jefe!—La voz de Paú era apenas un susurro. Se la escuchaba entrecortada, trémula. Había claramente miedo en su tono.

Indy apoyó las manos en el piso, húmedo por el rocío, y quedó tendido, desconcertado, mareado y suponiendo lo peor. El maxilar inferior le latía y toda su dentadura, hipersensibilizada por la trompada, le aguijoneaba las encías.

Entonces, abrió los ojos.

Seis individuos fuertemente armados controlaban el campamento. Vestían uniformes de color gris, muy descoloridos, y esbozaban regulares y blancas sonrisas. Una sensación de poder e impunidad se evidenciaba en varios de esos rostros pálidos.

Eran soldados.

Nazis . Todos de baja graduación. Seguramente una patrulla.

Tres de ellos sometían a Paú. Lo tenían de rodillas y con un par de fusiles apoyados en su nuca. Marcus estaba a su lado, con el caño de una escopeta a pocos centímetros de la nariz; la misma con la que le habían golpeado a Jones el estómago momentos antes. Los dos porteadores, aparentemente inconscientes, yacían tumbados detrás de Brody.

—No haga ningún movimiento brusco, doctor Jones—dijo Paú—. Estos hombres no están bromeando—.Un hilo de sangre le recorrió los labios. El guía tenía el párpado derecho caído e inflamado.

—Hazle caso, Indy... —agregó Marcus.

El SS-Rottenführer (cabo) que controlaba a Jones era un hombre de mediana estatura, fornido, de pelo muy claro y brillantes ojos celestes, que sobresalían a causa de una piel curtida por el sol de los trópicos. La expresión de su rostro era salvaje, indiferente al sufrimiento. En especial al sufrimiento de los demás.

—¡ Gute abend, herr doktor ! [3] —saludó sarcástico colocándole el caño de su fusil en el entrecejo—. ¡Qué sorpresa! ¿No es cierto?...

—La verdad es que no los esperaba tan temprano —respondió Indy simulando una sonrisa de agrado.

—Celebro su buen humor —dijo el alemán—. Haga uso de él mientras pueda. —Y sin más lo tomó por la camisa y lo puso de pie—. ¡Vamos, es hora de marchar! No tenemos tiempo que perder con charlas estériles.

—¿Los llevamos al campamento base, señor? —inquirió uno de los soldados.

Afirmativo —respondió el cabo al tiempo que empujaba a Indy con fuerza hacia delante—. El coronel dispondrá de ellos. —Y empuñando su fusil gritó con autoridad:—¡ Andando, muévanse, caballeros !...

En ese segundo de lucidez, Indy se percató de que Florence Waverly no estaba entre los prisioneros.

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Caminar por la selva encañonado por media docena de nazis no era la situación ideal que definiera su profesión de arqueólogo; pero estaba acostumbrado. Tenía sobre sus espaldas cuarenta años de aventuras, peligros y situaciones límites que contextuaban casi todos los trabajos de campo en los que había participado. ¿Era ése su destino? ¿Era él el que ayudaba con sus actos a que las cosas siempre se complicaran, o simplemente estaba escrito en alguna de las tablas intangibles del Destino? Muy pocas excavaciones —recordaba una en Grecia— habían transcurrido sin inconvenientes y, la verdad sea dicha, se había aburrido como un hongo. ¿Necesitaba de aquellas inyecciones de adrenalina que le daba el peligro para que todo lo que hacía tuviera sentido?...

Indy giró la cabeza y observó a sus captores. Parecían robots de rostros cuadrados y mandíbulas apretadas, ojos inyectados de odio y unas miradas enceguecidas por el fanatismo. “ Idiotas útiles ”, pensó al sospechar que esos hombres jóvenes habían sido adoctrinados dentro de las aulas de la Juventud Hitleriana. Estaban condicionados para obedecer. Eran máquinas de cumplir órdenes, por inmorales que ellas fueran. Era imposible conversar con ellos. Sus mentes no entrarían en razones y el raciocinio seguramente se había desvanecido tras tantos saludos al Führer.

El sendero por el que eran llevados era irregular, angosto, y se internaba en la isla más y más. A ambos lados, un enmarañado muro vegetal los circunscribía al pasto apisonado de la senda, que empezaba a ser iluminada por los primeros rayos del sol.

“¿En dónde estaba Florence Waverly? , meditó Indy. ¿Dónde se había metido ese belleza devenida en espía? ¿Habría escapado, dejándolos a merced de la patrulla alemana o los vigilaba desde algún rincón florecido de esa selva tupida y mortal? ”.

Marcus Brody transpiraba copiosamente. Tenía su rostro enrojecido y un rictus de dolor agudo le marcaba la cara. Con seguridad le dolían las piernas. Era algo común en él desde hacía años. Evidentemente las expediciones no formaban ya parte de su definición de “excursiones de placer”. Estaba viejo para tanto trajín; pero las puntas ahuecadas de los fusiles germanos eran lo suficientemente persuasivas como para mantener el ritmo.

—¿Me permite algo, señor? —preguntó inesperadamente, conteniendo su agitación y gesticulando como si fuera un diplomático que presentaba sus credenciales ante un país extranjero—. Me veo en la imperiosa necesidad de ....

—¡¡ Cállese !! —le ladró el soldado que lo encañonaba.

—¡ Cierre la boca ! —agregó el cabo desde el final de la fila—. ¡No tenemos tiempo para comentarios idiotas!... ¡Estamos atrasados! ¡Apure el paso y cállese !

Indy, que caminaba por delante del SS-Rottenführer , volteó y lo miró a los ojos.

—Ese hombre al que acaba de hacer callar —dijo— es un experto en selvas, ¿lo sabía? Usted no había nacido y él recorría las selvas del Congo y del Amazonas...

—¡No me interesa! —respondió, dándole un empujón.

Debería interesarle...

El soldado dudó.

—... ¿Por qué?

—Seguramente percibió algo peligroso en el ambiente —respondió Jones, lanzando una misteriosa mirada hacia la espesura.

—¿A qué se refiere?

—No lo sé... Fue usted quien lo hizo callar.

El nazi volvió a titubear.

—¡ Max !—gritó repentinamente al soldado que encabezaba la marcha—. ¡Detente un segundo!

El uniformado obedeció. La fila de caminantes se detuvo y el sonido de ramas y hojas arrastradas fue suplantado por la respiración agitada de los transeúntes.

El soldado que precedía la marcha le puso la espalda al sendero que se abría por delante suyo y enfrentó la fila que se extendía hasta su superior en el mando.

Marcus, Paú y dos nazis lo secundaban. Más atrás, los dos guías, un nuevo par de soldados y por último, hacia el final, Indy y el joven cabo.

—Vigílalo —ordenó el SS-Rottenführer al soldado más cercano y avanzó hacia el frente con paso decidido. Cuando llegó a Brody se le plantó delante, muy cerca.—¿Qué es lo que quiere decirnos?

Marcus tragó saliva y retrocedió un paso.

—¿Decirle?... ¿Respecto de qué?

—¡Usted pidió hablar! ¿Qué es lo que sucede?

—Mis piernas... —respondió Marcus con titubeo.

—¿ Qué dice ?

—Que mis piernas me duelen.

—¿Y qué quiere que haga? ¿Qué lo cargue?...

—No, señor, no es eso. Sucede que cada vez que me molestan es un síntoma de que algo va a pasar...

El cabo frunció el ceño y apretó las mandíbulas.

—¿Me está sugiriendo que sus piernas le dan información sobre la selva?

Marcus expresó sorpresa.

—¿Cómo?... ¿Qué tipo de información? Más allá de un posible chubasco producto de la humedad, no sabría qué decirle.

El cabo lo tomó por la solapa de la chaqueta con violencia.

—¡No me engañe, herr Brody! ¡Usted sabe algo que no quiere decirme!

—Caballero —repuso Marcus—; yo sólo le iba pedir unos minutos de descanso. ¡No doy más!... ¡La humedad me está destruyendo las articulaciones! ¡Qué sé yo de selvas!...

—¿ Cómo dice?...

—Que no sabría informarle nada sobre este incómodo lugar.

—¡¿ No es experto en selva, entonces ?!

—¿Experto?... —sonrió Marcus—. En absoluto...   ¿De dónde sacó eso? Lo único que puedo decirle —agregó   levantando la cabeza hacia un grupo de coloridas aves que en ese instante sobrevolaron las copas de los árboles—es que aquí los pájaros cantan plenos de libertad y que la naturaleza es tan salvaje como ustedes.

El cabo estaba rojo de rabia. Sin soltarlo de la chaqueta volvió a acercárselo a su rostro iracundo.

—¿ Cantar ? —ladró—.¿Eso es lo que usted cree?... No se equivoque, maldito idiota. Aquí los pájaros no cantan, gritan de dolor .—Giró la cabeza hacia el final de la hilera y advirtió que el soldado que cuidaba a Indy estaba desparramado inconsciente en el suelo.— ¡ Maldito ! —exclamó furioso.—¡ Escapó !—Y dirigiéndose a dos de sus hombres gritó exasperado— ¡Encuentren a ese Jones!.. ¡ Encuéntrenlo y mátenlo !

Pocas veces en su vida el joven SS-Rottenführer se había sentido tan estúpido.



[1] “Buenas noche, doctor”.

 

9

 

COLORES PRIMARIOS

E nmarañada, densa, pesada; difícil de atravesar. Así era la espesura por la que Indy Jones corría casi con desesperación, persiguiendo un único objetivo: alejarse lo más posible de aquel grupo de nazis asesinos.

No había pensando demasiado su reacción. El golpe en la cara al soldado que lo custodiaba, certero y fuerte, lo había dejado en segundos fuera de combate. Ahora tenía que correr sin racionalizar nada, abriéndose paso a manotazos entre las ramas y hojas que le impactaban en el rostro y todo el cuerpo como si fueran latigazos de un domador de circo. Corría hacia el Este. Así lo indicaban los rayos del sol que se colaban entre el manto color verde que cubría el cielorraso de la selva.

Pero estaba seguro de que lo seguían. El cabo a cargo del grupo no dejaría que un prisionero se le escapara. Era más que probable que dos o tres soldados le pisaran los talones. Además, no era conveniente que se alejara demasiado de la caravana. Si los perdía por completo sería prácticamente imposible encontrar el campamento alemán y rescatar a Marcus, Paú y los guías que seguían cautivos.

Tenía con escabullirse con cuidado. Alejarse, pero no demasiado; por eso le resultaba una situación ambigua.

Se detuvo. Cambió el aire de los pulmones y se recostó contra el tronco de una árbol centenario.

—¡ Nazis !... —exclamó para sí.—¡ Odio a los nazis !

No pasaron cinco minutos cuando oyó el típico sonido de ramas siendo aplastadas por botas. Se reincorporó lentamente sin dejarse ver y contuvo la respiración. Uno de los soldados se le acercaba. No estaba lejos. Pasaría enfrente de él en minutos...quizás segundos. Apretó los puños y dirigió su oído izquierdo en dirección a la fuente del ruido.

No se equivocaba. Alguien se acercaba.

Repentinamente, el uniforme gris del alemán se perfiló a su lado e Indy actuó con presteza. Sacudió su pierna derecha contra el estómago del militar y le propinó en la cabeza una trompada que lo tiró de bruces contra el suelo. Pero el acólito de Hitler estaba acostumbrado al dolor. Sin darle tiempo a nada, giró sobre el piso y extrayendo su pistola Lüger , elevó el brazo y le apuntó a Indy en el centro mismo de la cara.

Fue algo instantáneo. Indiana le propinó una secunda patada que dio de lleno en el arma. La Lüger salió despedida al tiempo que Jones se abalanzaba sobre el soldado. Lo tomó de la solapa. Elevó la mano derecha y le asentó una trompada en plena quijada, que le dejó doliendo la mano. El joven nazi, instintivamente, levantó sus piernas impulsando al arqueólogo sobre su cabeza. Indy cayó pesadamente en el suelo. Sin pensar un segundo, miró hacia un costado. La pistola alemana brillaba a menos de dos metro de su mano.

Se estiró. Se arrastró unos centímetros como su fuera una víbora hasta llegar a ella y cuando la tomó, y sintió la culata acomodarse en la palma de su mano, volvió a girar el tronco en dirección del enemigo.

—¡ Quieto ! —ladró el nazi, al momento en que Jones veía como le ponían la punta de un fusil a dos centímetros de su nariz.

Entonces escuchó que la amartillaba. Le iba a disparar en la cara.

Indy cerró los ojos esperando lo peor. Pero algo ocurrió.

Un zumbido apenas audible; un siseo seco y hueco cortó el aire húmedo de la selva amanecida.

El fusil no fue disparado. El soldado no había gatillado.

Sorprendido, Indy abrió los párpados y un rictus de extrañeza le iluminó el rostro.

Enfrente suyo, el nazi exhalaba su último aliento mientras se tomaba con ambas manos el estómago, del cual salía una filosa punta de madera ensangrentada.

Había sido atravesado desde atrás por una lanza, artesanalmente efectiva, hecha con una simple rama afilada.

—¡Ahora sí observo miedo en su rostro, doctor Jones!—El escultural cuerpo de Florence Waverly se recortó por delante de la tupida floresta. Estaba transpirada y agitada, pero esbozaba una sonrisa tan blanca cono sensual.—No me va a negar que llegué justo a tiempo. Sus ojos destilan verdadero terror.

—Es una de las sensaciones que experimentamos los seres humanos cuando estamos a punto de morir, ¿ no cree ?... —respondió Indy mientras se ponía de pie.—Este cerdo estaba a punto de jalar del gatillo —dijo mirando el cadáver que se desangraba boca a bajo sobre el suelo.—Gracias... Estoy en deuda con usted —musitó.

—Doblemente en deuda. —agregó la chica.

—¿ Cómo ?

Waverly movió el mentón por sobre su hombro, señalando algo. Indy la siguió con la mirada.

A unos diez metros del soldado muerto había un segundo nazi con el cuello cortado.

—Como los animales de rapiña, éstos nunca salen solos...

Indy se ajustó el sombrero y chasqueó con los labios.

—Así es... Muchas gracias, por partida doble.

—Son aceptadas, doctor Jones —musitó Florence con sorna—, pero movámonos rápido. Tenemos que rescatar a Brody y su gente. —Y girando sobre los talones agregó:—Tome el fúsil y la pistola de su amiguito . Estamos cortos de tiempo, larguémonos de aquí.

Indy la observó cómo se alejaba moviendo sensualmente las caderas.

No cabía duda: había subestimado a esa mujer, “ hermosa por cierto ”, pensó.

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N o les costó demasiado encontrar la senda por la que habían estado marchando prisioneros.

—Ahora —apuntó Waverly— muévase en silencio y trate de no hacer ruido.

—He estado en situaciones como estas anteriormente —replicó Jones mirándola fijamente a los ojos, lanzando rayos de ira—. No soy tan inútil como supone...

—¡ Bah !... ¡ Hombres ! —exclamó la chica y prosiguió la marcha con actitud displicente.

Indy detestaba a las mujeres autosuficientes y engreídas que pasaban facturas permanentemente de sus buenas acciones y logros. La falta de modestia y el garbo excesivo lo consideraba como un punto en contra en su particular forma de caratular la feminidad de una chica; y Florence Waverly se llevaba todos los laureles. Le atraía, pero al mismo tiempo la rechazaba. No soportaba que fuera tan presumida.

—¡Oh, Dios!

La exclamación de la muchacha pareció salirle desde la boca misma del estómago.

—¿Qué pasa?... —le inquirió Indy sin entender la causa de su desconcierto.

—Observe usted mismo... —respondió Waverly, señalando hacia delante.

Indy siguió la dirección del brazo extendido y una ola fría le recorrió todo el espinazo.

—¡ Mierda ! —profirió sin poder contener su vocabulario. —¡Están todos muertos!...—Y sin más hizo a la chica a un costado y avanzó en dirección a los cuatro cuerpos semi-cercenados que tapizaban parte del sendero.—¡Es el SS-Rottenführer y los tres soldados! —Anunció con alivio al detectar los uniformes grises, hechos jirones.—Fueron atacados; pero ¿dónde están los demás?

—¡Busquemos por los alrededores! —sugirió Florence y se puso a remover ramas y lianas. Al cabo de cinco minutos se frenó.—No están aquí.

—Fueron hechos prisioneros... —susurró Indy, desistiendo de su propia búsqueda.—Se los llevaron. No hay nadie.

—¿Habrán sido ellos , Jones?

—Así parece. Nos encontraron antes que nosotros.

—¿Y ahora qué haremos? —Indy no respondió.—Doctor Jones—insistió Waverly ofuscada—, ¿qué vamos a hacer ahora?

—¡¡ Correr !! —El alarido de Indy se expandió desde su garganta como si fuera una explosión.

—¿ Qué ?... —preguntó perturbada la muchacha.

—¡¡ Corra !!—repitió gritando—¡¡ Estamos siendo rodeados !!

No había terminado de articular la última palabra cuando desde ambos lados del camino se asomaron siete rostros negros, fuertemente pintados y con filosas dagas de piedras pulidas en sus manos.

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C orrían.

Avanzaban agitados, transpirados, cansados de tanta adrenalina y tensión en los músculos. No tenían descanso. En sus atribuladas mentes, Indy y Florence, sólo pensaban en una cosa: tranquilidad . Pero en ese instante era un mero sueño, muy difícil de conseguir. Estaban siendo perseguidos por un número indeterminado de aborígenes y sus intenciones no parecían ser del todo pacíficas.

Nazis, indios, lo único que faltaba era que éstos fueran caníbales para completar la fiesta. Pero no estaban dispuestos a quedarse parados para comprobarlo.

El sendero que seguían era el mismo que horas antes habían recorrido con sus captores alemanes. Era fácil de identificar y conocían de antemano su dirección y trabas. El mismo subía y bajaba, sorteaba piedras y troncos caídos, zonas con barro y grandes charcos nauseabundos de agua estancada. No era una pista olímpica y eso retrasaba la marcha.

Florence trastabilló y lanzó un grito, tirada desde el piso. Jones se detuvo, giró sobre sus talones y miró hacia atrás.

Waverly yacía extendida cuan larga era sobre una alfombra natural de hojas podridas y, por detrás, tres musculosos negros se aproximaban corriendo con gestos de fiereza, blandiendo sendos cuchillos color gris.

Indy extrajo la Lüger de su cintura y le apuntó al pecho del aborigen que encabezaba la comitiva. Estaba a punto de apretar el gatillo cuando, de repente, la vista se le nubló y, como en un fogonazo, una serie de imágenes incongruentes se le proyectaron en sus pupilas. Eran colores primarios muy brillantes, casi fosforescentes; un arco iris retorcido de serpentinas cromáticas que borraron en un segundo la silueta inconfundible del aborigen agresor, que se aproximaba a toda velocidad,

Indy se tambaleó. Soltó involuntariamente el arma de fuego y se agarró la cabeza con ambas manos. Una puntada de dolor lo dobló en dos. Era como si algo se le metiera en el cerebro desordenándole las neuronas, produciéndole un infinito sufrimiento. Cayó al suelo. Podía escuchar los gritos de Florence Waverly a escasos metros de él. “¿ La estaban matando ?”, pensó desorientado e impotente al tiempo que pretendía ponerse de pie, casi sin fuerzas. Sentía que le chupaban sus energías; que se debilitaba segundo a segundo y que por más abierto que los tuviera, sus ojos no veían lo debían ver. Ese remolino de colores aún le aturdía.

“¿ Qué demonios me sucede ahora ?”, pensó, temiendo estar sufriendo un derrame cerebral en el momento menos oportuno. Aunque, por otro lado y pensándolo bien, ningún momento era oportuno para eso.

Como pudo, avanzó dando grandes zancadas en una dirección indeterminada. No sabía hacia donde se dirigía. El remolino lumínico que invadía su mirada lo tenía ciego. Chocó contra lo que supuso era una muralla vegetal y siguió avanzando. Trastabilló. Cayó de rodillas al piso tapizado de hojas, se puso de pie y apuró el tranco. Tras unos dos minutos de marcha a ciegas, su cuerpo le avisó que había alcanzado un descampado, una zona libre de plantas, un islote llano y pelado en plena jungla. Entonces, instantáneamente, sus ojos recuperaron la visión normal. Los colores desaparecieron y se encontró frente a una roca de unos dos metros de alto, clavada en el piso y con un inconfundible aspecto metálico.

La presión en las sienes calmó e Indy dio una rápida ojeada al entorno.

Los perseguidores no hacían acto presencia. Los gritos de Florence habían cesado y un silencio absoluto lo encapsuló, como si estuviera dentro de una burbuja. A su lado, la gran piedra fue lo que primero que le llamó la atención. Se aproximó a ella, la tocó y de inmediato expresó para sí:

—Un meteorito... —Lo inspeccionó por unos segundos y cuando estaba a punto de terminar de rodearlo, las ramas linderas del predio se movieron y desde la selva surgieron siete individuos de tez muy oscura, melanesios, calzando sobre sus cabezas horrorosas máscaras multicolores, adornadas con plumas aún más chillonas.

Semejaban demonios mitológicos surgidos de las más retorcidas mentes primitivas que el hombre pudiera haber conocido.

10  

 

LA ROCA VENIDA DEL CIELO

E n sus alocuciones académicas a los alumnos del Barnett College, Indy Jones solía decir que las máscaras eran la expresión sincera, viva y más directa de un pueblo. La variedad de los recursos materiales para su confección, y la imaginación que presidía el tratamiento de esos materiales, reflejaban el espíritu que animaba las manos y las mentes de los sagrados artesanos que las confeccionaban, siguiendo rigurosos cánones técnicos, que poco variaban con el paso de los siglos. Un hecho notable que siempre le había llamado la atención —y al que constantemente aludía Daniel Rossberg— era la larguísima costumbre de portar máscaras, detectable ya en tiempos prehistóricos. Había testimonio de ello en varias pinturas rupestres paleolíticas y también tradiciones que hablaban de la importancia ritual que habían tenido en la antigüedad griega, romana y egipcia. En África, la máscara representaba el centro de casi todas las ceremonias religiosas, tanto sea en las sociedades secretas, rituales de iniciación o culto a los antepasados muertos. En Oceanía ocurría lo mismo, especialmente en Melanesia. Pero colocarse una máscara no significaba sólo cumplir con el rol del personaje mitológico que ésta representaba. Calzarse un objeto santo de esas características era convertirse — Ser — la mismísima deidad, en ese instante sagrado. Lejos estaba de todo ello los profanos carnavales del occidente contemporáneo, vaciados de significado religioso, misterio, fe y misticismo. Aquello era otro mundo y uno de los portales que los lugareños usaban para ingresar en él eran, justamente, las máscaras.

Indy advirtió de inmediato que esas sagradas caretas rituales estaban confeccionadas con un material extraño, flexible y duro al mismo tiempo; finamente decorado con colores y plumas de aves exóticas. Los orificios para ojos y boca eran apenas visibles, diminutas hendiduras punteadas que dibujaban diabólicas sonrisas estáticas que metían miedo con sólo verlas. Todas las máscaras tenían forma triangular y se veían excesivamente grandes sobre los hombros de los siete aborígenes que las portaban.

Lo tenían rodeado, pero por algún motivo no avanzaban hacia él. Parecía que le temían a la gran roca; y no era nada extraño, en muchas culturas las piedras encarnaban fuerzas que eran respetadas y nadie que fuera instruido se animaba siquiera a tocarlas sin desencadenar la ira del tabú .

Repentinamente los siete personajes se hicieron a un lado y desde las arboleda vecina surgieron tres nuevas figuras. Dos de ellas eran negras como el azabache, no tenían máscara alguna y cargaban con sus musculosos brazos el cuerpo inconsciente de Florence Waverly. La chica parecía estar bien. No tenía heridas cortantes a simple vista y podía verla respirar sin dificultad. Sólo estaba desmayada.

—¡Suéltenla! —exclamó Jones, sabiendo que no era interpretado—. Ella no les hará daño... No le haremos daño a ninguno de ustedes... ¿Puede entenderme?

Uno de los enmascarados apenas avanzó dos pasos hacia delante y movió su mano, convocando al arqueólogo a que caminara hacia él.

Indy dudó.

Al fin y al cabo —pensó— había viajado a Karkar para encontrar a esa gente ”.

Entonces dio un paso alejándose de la roca que tenía a sus espaldas y se adelantó en dirección al aborigen.

No bien su cuerpo cambió de lugar, un nuevo estallido lumínico lo encegueció y miles de colores inundaron sus pupilas. El dolor de cabeza regresó e, instintivamente, Indy se echó hacía atrás apoyándose contra el meteorito.

Tan rápido cómo habían venido, los molestos remolinos lumínicos desaparecieron.

“¿ Qué demonios pasa aquí?, meditó. “¿ Es la roca la que lo protegía de esas visiones dolorosas ?... Todo parecía indicar que sí. Pero ¿por qué? ¿Qué extraña influencia tenía la piedra caída de cielo sobre las alucinaciones que lo asaltaban tan misteriosamente?...

Fijó la mirada en los negros enmascarados y como si le cayera sobre la cabeza la manzana de Newton se percató de algo que sospechaba, pero que no había podido aclarar en términos concretos hasta ese momento: las máscaras, de alguna forma, eran las que le causaban esos mareos cromáticos que lo aturdían y enceguecían.

—¡¡ Magaphupa topha !! — Gritó el de la máscara más gastada, al tiempo que señalaba a Jones con su dedo índice.

Uno de los negros que sostenía a Florence blandió un filoso puñal lítico; soltó a la chica y avanzó gruñendo en dirección al arqueólogo y la roca sagrada.

—¡Un momento! —reclamó Indy—. ¡Un momento, por favor! Nosotros no...

El negro movió el brazo como si fuera un látigo. Indy se arqueó hacia atrás, pero sintió como la punta de la daga le rasgaba la camisa a la altura del estómago.

—¡Oh, mierda! —volvió a prorrumpir y con resignación le sacudió al aborigen una trompada con la mano izquierda, que le impacto de lleno detrás de las oreja derecha. El negro perdió el equilibrio y se desplomó sobre el piso a escasos centímetros de Jones.

Indy reaccionó con velocidad. No podía darse el lujo de esperar a que el otro aborigen hiciera lo mismo. Se agachó, levantó el cuchillo de piedra y con un salto se tiró sobre el enmascarado que había dado la orden. Le rodeo el cuello con un brazo y clavó levemente la punta de la daga sobre la yugular.

—¡¡Deténganse!! —gritó gesticulando con exageración. Los aborígenes se quedaron estáticos. El jefe estaba en peligro.

“¿ Y ahora, qué ?”, rumió Jones, mirando en todas direcciones. “¿ Qué hacer en una situación como esa ? ¿ Qué hacer cuando tras amenazar a un jefe tribal, golpear a uno de sus guardias, profanar un espacio sagrado y romper con tradiciones rituales que quizás tenían siglos, uno estaba rodeado de selvas desconocidas en un terreno más desconocido aún y a miles de kilómetros de distancia del entorno cultural en el que se había criado ?

La situación no era nada halagüeña.

En eso, se dio cuenta de que Florence Waverly ya no estaba. Se la habían llevado.

—¡¡ La chica !! —ladró sin dejar de apretar con el antebrazo el cuello del indígena—. ¿Dónde está la maldita chica? ¡ Tráiganla !...

No había terminado de gritar cuando, abriéndose paso entre   los demás portadores de máscaras, aparecieron ocho negros inmensos y armados con puñales.

Lo iban a atacar.

El rehén se movió con brusquedad, tratando de zafarse. Entonces, Indy lo tomó por la careta y lo empujó hacia un costado. La máscara se despendió y quedó colgando de los dedos tensos de Jones.

Era un artefacto liviano y de una textura que Indy reconoció rápidamente, no sin experimentar cierta sensación de asco: piel humana .

Pero no fue esa epidermis reseca lo que más le llamó la atención. A su lado, el desenmascarado jefe aborigen se tambaleaba desorientado, con las cuencas de sus ojos horrorosamente hundidas y un par de pupilas blancas como la nieve que denotaban estar frente a un sujeto tan ciego como un topo.

Los ocho negros empezaron a rodearlo.

—¡ Maldición ! —exclamó en el segundo mismo en que soltaba la máscara y se lanzaba a la carrera en dirección a un sector deforestado que abría una entrada en la jungla.

No bien puso sus pies en terreno húmedo sintió que el suelo desaparecía y que todo su cuerpo empezaba a resbalar cuesta abajo por un tobogán natural de barro y piedras pequeñas.

Rodó.

Giró.

Saltaba dando tumbos sin poder detener la caída, arrastrando ramas, hojas y sintiendo cómo sus costillas impactaban contra objetos duros que se habrían a su paso.

Los segundos pasaban e Indy no podía detener su cuerpo. El fango resbaladizo por el que se deslizaba lo arrastraba hacia abajo sin darle tiempo a nada.

Entonces, sin aviso alguno, el tobogán se acabó y el atribulado Henry Jones Júnior salió despedido por el aire. Describió una parábola imaginaria y el vacío lo envolvió.

Sintió que volaba, que caía; que el aire fresco de la mañana le impactaba en el rostro. Y, de pronto, escuchó el ruido del chapuzón y el agua lo cubrió.

Había caído en una pequeña laguna y se hundía hacia el fondo, sin poder ver nada a su alrededor.

Cuando sus pies tocaron el lecho del espejo de agua se impulsó con todas su fuerzas hacia arriba.

No bien asomó la cabeza, aspiró con desesperación.

Flotó desorientado por unos segundos y, lentamente, nadó hacia la orilla.

Exhaló exhausto. Se arrastró y aflojó todos sus músculos, quedando desplomado sobre el suelo, con la cara apoyada en el barro de la orilla.

Respiró hondo. Se relajó. Giró su cuerpo, poniéndose de espaldas, y fue ahí cuando advirtió que seguía acompañado. Pero esta vez por representantes de otra etnia .

A su lado, tres inconfundibles uniformes nazis le tapaban los débiles los rayos del sol que se colaban entre las copas de los árboles.

—¡¡ Oh, no !... —exclamó Indy—.¡ Basta por hoy !

11

 

VISIÓN REMOTA

M aniatado a un costado de la choza principal, Marcus Brody no podía terminar de creer lo que veía. Era como haber sido trasladado a la prehistoria; a una época y una sociedad que ya nada tenía que ver con los tiempos modernos, a no ser por su aparente violencia e irracionalidad. El viejo curador del Barnett College sabía que era testigo de una realidad que ningún ojo occidental había visto con anterioridad. Incluso él mismo, prolífico viajero y explorador en sus días de juventud, estaba sorprendido. Sus experiencias previas por África y el continente Sudamericano, en nada se asemejaban al espectáculo que se desplegaba ante su vista. Y era entendible: las islas del Pacífico Sur permanecían en su mayor parte inexploradas y desconocidas; eran tierras vírgenes en muchísimos sentidos. Territorios en los que lo imposible era posible; y en donde la ortodoxia científica, con toda su parafernalia teórica, podía llegar a flaquear creando una realidad alternativa muy distinta a la imaginada por los ocasionales estudiosos que habían dedicado un poco de tiempo —no mucho— a analizar los escasos datos que extraían de relatos y viejas crónicas. Era evidente que la historia de Karkar estaba aún por escribirse.

La Gran Choza semejaba un inmenso barco de madera cuya proa se elevaba hacia el cielo, desafiando la gravedad. Era una construcción comunitaria en la que habitaban una docena de individuos, desparramados en un ambiente grandísimo, sólo dividido por esteras vegetales, que eran en donde dormían. El concepto de privacidad, tan preciado en occidente, allí no existía y todos hacían todo a la vista de todos.

Era evidente que la tradición de ese pueblo ignoto tenía varios siglos de antigüedad. La maestría con que levantaban sus chozas no se había forjado en pocas generaciones, ni la capacidad de navegar por el mar, en las largas canoas que se resecaban bajo los rayos del sol, era cosa reciente. Esa gente tenía una historia larga por detrás. Un historia desconocida, que se tardaría mucho en reconstruir.

—Doctor Brody, ¿está usted bien?

La voz de Paú, el guía, lo obligó a girar con dificultad hacia la derecha.

El muchacho estaba maniatado igual que él junto a dos de los porteadores, que corrían idéntica suerte.

—Paú —exclamó Marcus—, ¿a dónde nos han traído? ¿Qué lugar es este?

El muchachón miró en todas direcciones y fijó la mirada en el magnífico entrelazado de pajas que estructuraban el techo de la Gran Choza.

—No lo sé son seguridad, doctor. Pero creo que es la ciudad de los Hombres Murciélagos , como ustedes lo llaman. Nadie ha entrado aquí antes.

—Entonces no deja de ser un honor estar en este lugar —agregó Brody dibujando una temerosa sonrisa.

—Deje los honores para los muertos, señor. Preferiría no estar aquí.

Marcus acomodó su cuerpo dolorido y revisó por enésima vez todo el interior.

—¿Entiendes su idioma, Paú? —preguntó.

—Sólo palabras y frases aisladas. Es un lenguaje extraño, doctor. Parece un mezcla de melanesio con ciertos dialectos de las islas del norte. Difícil de entender.

—¿Crees que hay alguna posibilidad de salir de este sitio?

—También difícil, doctor. Ellos tienen la visión de los dioses .

—¿” Visión de los dioses ”? ¿De qué demonios hablas?

—Un poder extraño, doctor; por lo poco que pude entenderles y observar.

—¿A qué te refieres?

—De alguna manera pueden ver a través de nuestros propios ojos.

—¿ Cómo ?...

—Lo que oyó. Pueden usar nuestros ojos para ver a través de ellos.

—Es imposible —sentenció Marcus sin mucho convencimiento—. Nadie puede hacer eso.

—Ellos pueden.

—¿ Visión remota ?... ¿Hacen uso de la visión remota ? De ser cierto es un descubrimiento fantástico. Pero, ¿cómo lo logran?

—Parece que las máscaras tienen que ver en el asunto.

Marcus permaneció silente unos segundos. Había leído en viejas crónicas leyendas que referían a ese extraño poder psíquico que algunos individuos solían ejercitar, pero siempre las había atribuido a la exageración propia de los viajeros.

Entonces, sin previo aviso, tres enmascarados ingresaron en la gran choza y caminaron hacia ellos.

12

 

  “OLVÍDESE DE HEROÍSMOS”

R udimentario, inseguro, sencillo. Así se veía el campamento nazi al que Indiana Jones había sido llevado a la fuerza.

Los rostros alemanes no mostraban confianza. Era evidente que estaban asustados y que las bajas habían reducido mucho al grupo explorador. Se veían más mochilas apiladas que soldados y oficiales dando vueltas por el lugar.

—¿Invadieron su mente, verdad doctor Jones?

La pregunta del coronel Heinder venía acompañada con cierto sarcasmo.

—Podríamos decirlo en esos términos...—respondió Indy mientras tomaba una taza caliente de café—. Sí, de alguna forma se metieron en mi cabeza.

—El poder de esas máscaras es fantástico —intervino Krugermmacher muy serio.

—Fantástico y maravilloso —agregó Heinder—. Por eso debemos conseguirlas.

Indy levantó la cabeza lentamente.

—No hay forma de acercarse a ellas sin verse uno afectado.

—Hay una forma, doctor Jones... —dijo el nazi.

—Aunque muy difícil de implementar —agregó Krugermmacher.

—¿Ah sí?... ¿ Cuál es esa forma ? —preguntó Jones.

—La próxima vez que se tope con esos salvajes —repuso Heinder—, pruebe con cerrar los ojos.

—¿Cerrar los ojos?...

—Las máscaras no funcionan si uno los mantiene fuertemente cerrados—intervino Krugermmacher.

—Lo sé por experiencia propia, doctor —replicó Heinder.

Indy meditó unos instantes.

—Ahora comprendo... —dijo—. Los guerreros que acompañan a los “ Brujos ” son los encargados del trabajo pesado, en tanto que los otros ubican a las presas con las máscaras.

—No funciona así en todos los casos —corrigió Heinder—, pero esa es más o menos la idea.

—Una táctica de defensa y ataque muy conveniente, ¿no cree, Jones? —inquirió el traficante.

—Y muy antigua según las leyendas... —contestó Indy.

—¿Qué sabe al respecto? —inquirió el oficial alemán.

—Poco... Algunos viajeros del siglo XIX la denominaron “ visión remota ” y era una práctica desarrollada en ciertas islas de la Melanesia. Todos creímos que eran exageraciones; cuentos de exploradores para burgueses aburridos de Europa. Ahora podemos decir que esos relatos tienen una base de realidad.

—Veo que sabe bastante del asunto, Jones. Prosiga, por favor —solicitó Heinder con amabilidad.

—Ya se lo dije, es muy poca la información al respecto —mintió pensando en el meteorito.

—Pero usted habló de visión remota ; expláyese en todo lo que sepa.

Indy miró a sus captores frunciendo del ceño.

—Si todo esto es cierto, corremos grave peligro estando acá —afirmó—. Si esa gente puede meterse en nuestras mentes y ver a través de nuestros ojos, nos encontramos ante al poder psíquico del que hablan algunos mitos melanesios. Un poder propio de los dioses.

—Prosiga...

—Según se cuenta, la visión remota es estimulada siempre por una reliquia.

—Una máscara... —aseveró Heinder.

—Así parece —susurró Indy.

—¡Maravilloso, Klaus! —volvió prorrumpir el alemán en dirección del traficante-explorador.

—Sí, pero peligroso... —repuso Krugermmacher—Yo creo que seria mejor...

—Ya imagino que vas a sugerir y estoy de acuerdo contigo.

—En ese caso le diré a los hombres que se preparen.

Krugermmacher se levantó y se perdió detrás de las carpas de campaña.

—No quisiera ser impertinente, ya que dada mi condición de cautivo supongo no tengo derecho a preguntar —ironizó Indy—, pero ¿qué demonios es lo que piensan a hacer?

Heinder caminó hacia él, le palmeó el hombro y respondió.

—Prepárese para un pequeño viaje, doctor Jones. Nos marchamos de esta isla.

—Pero, ¿qué hay de mis amigos?

—Sus amigos están muertos. No tiene caso correr sus mismos destinos. Ahora lo que conviene es rearmarnos y atacar la isla con fuerzas renovadas hasta conseguir alguna de esas fabulosas máscaras.

—¿ Rearmarse ? ¿ En dónde ?... Estamos supuestamente en territorio de soberanía Australiana.

Heinder lanzó una carcajada.

—¡El Pacífico es tan grande, doctor Jones! Hay miles de islotes que ni siquiera figuran aún en los mapas. Esos australianos “ criadores de vacas ” no saben ni dónde están parados. ¿Usted cree que hubiéramos podido desembarcar en Karkar si esos idiotas controlaran algo?... Hay un submarino del Reich esperándonos cerca de la costa. Lo abordaremos, viajaremos unas pocas horas y desembarcaremos en el islote de Mulutuva.

—¿Y qué hay ahí? —preguntó Indy muy serio.

—Créame que se sorprenderá, doctor Jones.

—¡No puedo dejar esta isla, Heinder! —insistió Indy—. ¡No sin antes confirmar la suerte de mi gente!

—Doctor Jones —empezó el alemán—, el hecho de que no lo tengamos maniatado como un matambre no significa que haya dejado de ser nuestro prisionero. Usted no está en condiciones de exigir ni demandar nada. El mundo está guerra, ¿lo olvidó?... Y su país no es precisamente uno de los que nos inspiran confianza. Los alemanes aprendemos de nuestros errores, Jones. No apreciamos a los enemigos de antaño y menos cuando son ahora nuestros competidores; y convengamos, amigo mío, que usted es un competidor de cuidar. —Levantó el brazo en un ademán despectivo y repuso:— ¡Olvídese de heroísmos! Sus hombres y la chica murieron, igual que los míos. Llóreles ahora y prepárese para el viaje. Le concedo una hora para procesar el duelo.

Krugermmacher se acomodó su camisa dentro del pantalón y, reafirmando el discurso de Heinder, agregó con sorna:

—Aproveche el tiempo.

De inmediato, la diplomática relación mantenida se evaporó y el coronel nazi exclamó con voz de mando:

—¡Soldado! ¡Escolte al prisionero hasta su carpa y cerciórese de que permanezca en ella!

Una vez que el arqueólogo fuera retirado, Heinder se acercó a Krugermmacher, encendiendo el último cigarro que le quedaba.

—¿Qué opinas, Klaus? —inquirió—. ¿Estaremos tomando la decisión correcta al dejar Karkar?

—Como estamos no tenemos otra opción. En tanto y en cuanto permanezcamos despiertos y con los ojos abiertos seguiremos a merced de la Tribu de la Oscuridad .

Heinder permaneció pensativo. Un vieja sensación le inundó el pecho.

—¿Sabes? —dijo—. Es como repetir algo que hice hace mucho tiempo.

—Es diferente, amigo mío —replicó Krugermmacher complaciente—. Ahora no huyes, sólo retrocedes para tomar impulso. Además, con todo este asunto de la visión remota, es la mejor opción que tenemos. La única...

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A quel archipiélago melanesio parecía ser tierra de nadie; un espacio liberado en el mapa en el que la soberanía del más fuerte se imponía, “de facto”, sobre la del más débil y menos organizado. Tal como lo dijera Heinder, el Pacífico era demasiado grande de controlar y, con zonas aún inexploradas e islas vírgenes que cartografiar, ese rincón del mundo, al norte de Karkar, era un gigantesco baldío en el que barcos y submarinos alemanes iban y venían sin ser interrumpidos por nadie. Por eso muy poco le costó a Indy y sus captores subirse a los botes que se escondían en la costa, alcanzar el submarino alemán que los esperaba en superficie, a unos quinientos metros de la línea de la playa, y poner proa hacia Mulutuva.

El viaje fue corto, no más de dos horas, y resultó ser una experiencia sumamente interesante para Jones. Desde el rincón oscuro al que había sido confinado con una custodia de dos soldados, podía observar todo el despliegue técnico y jerárquico de los germanos comandando la nave; aunque, claro, su mente siguiera prisionera de los avatares que podían haber corrido Marcus Brody, Florence Waverly y los otros, en la isla que acababan de dejar.

Ya para cuando el tour estaba llegando a su fin, Heinder se apartó del capitán del submarino y, con un extraño brillo en los ojos, se acercó a Indy.

—¿Está cómodo, doctor Jones? —preguntó retóricamente—. ¡Me parece muy bien! Prepárese a ver algo que nadie vio antes, a excepción de los expertos de las SS que se encargan del proyecto. Puedo asegurarle que se va a sorprender...—y sin más le dio la espalda para colaborar en las últimas maniobras, antes de atracar en Mulutuva.

El islote era mucho más pequeño que Karkar, pero igualmente exuberante en vegetación y sin los altos cerros que coronaban su centro. Estaba completamente deshabitado y, desde el aire, tenía la forma de un irregular triángulo isósceles, completamente rodeado de profundísimas fosas marinas, muchas de las cuales superaban los 2000 metros de profundidad. Un verdadero abismo oceánico circundaba la ínsula. Era un sitio extraño, hermoso y, como más tarde verificaría el arqueólogo, muy fuera de lo común... extraordinario.

El U-Boot nazi, ya en superficie, retomó por un angosto canal que se abría desde el litoral sur y se internó en el corazón del islote. No mucho antes de parar, el capitán abrió la escotilla, se asomó por la torreta y a los gritos dio una serie de órdenes a los que estaban en tierra. Tres minutos después, los motores de la nave se detuvieron por completo e Indy fue “cordialmente” invitado a bajar por dos metralletas.

Cuando el sol impactó sobre la copa de su Fedora y las pupilas pudieron adaptarse a la claridad del día, Indiana Jones comprobó que el coronel Heinder no había exagerado en lo más mínimo. Lo que tenía ante sí era digno de sorpresa.

13  

 

EL ORIGEN DE TODAS LAS RAZAS

 

Islote de Mulutuva

60 Km. al norte de Karkar

N unca nadie había visto nada igual; menos que menos en un islote semi-desconocido y perdido en la mitad del océano Pacífico. Si todo aquello no era una enorme fraude, Indy estaba ante el descubrimiento arqueológico más prodigioso e importante del siglo XX.

En un principio la respiración se le cortó y la avidez por observarlo todo, tratando de dar respuestas a las decenas de preguntas que se le agolpaban en la mente, incrementaron su ansiedad a niveles indescriptibles. El ritmo cardíaco se le aceleró y por un segundo se olvidó de que era prisionero de los nazis, y de que su vida corría peligro.

—¡ Por Dios ! —exclamó parapetado sobre el muelle de madera, junto al U-Boot del que acababa de bajar—. ¿ Qué es esto ? —preguntó por lo bajo a medida que levantaba la cabeza para poder observar en todo su esplendor un enorme pórtico hecho de piedras volcánicas, perfectamente talladas y pulidas.

La construcción era parte de un complejo de ruinas ciclópeas, cuyo estilo arquitectónico Indy jamás había visto. Era un mezcla extraña que entramaba lo griego con lo romano, sin dejar de lado rasgos provenientes de Egipto e incluso de la urbanística maya. Eclecticismo puro.

El yacimiento era muy grande y, por el avance de las tareas de rescate, no hacía mucho que había sido encontrado.

Gruesas plantas trepadoras y árboles centenarios crecían sobre los muros laterales, denunciando siglos de olvido. Enredaderas salvajes, libres de todo control, formaban una red vegetal compacta que retenía muchas grandes piedras en sus lugares originales. De hecho, el edificio —o lo que quedaba de él— le debía a la vegetación local su aparente estado de rigidez. De no ser por las raíces, lianas, ramas y hojas que lo abrazaban por todas partes, se hubiera desmoronado ante la más mínima manipulación.

Desde el impactante pórtico, de unos seis metros de altura y tres de ancho, se abrían hacia ambos lados largos muros líticos de igual altura, en los que sus ignotos constructores habían dejado grabados extraños jeroglíficos.

No cabía la menor duda: aquello era un templo, un lugar sagrado.

Veinte metros más allá de donde el muro se hundía en el suelo, una construcción también gigantesca podía detectarse por entre el follaje.

—¿No se lo dije, doctor Jones? ¡Valía la pena que viniera a ver esto!

Las palabras del coronel Heinder lo sacaron de su abstracción y la atención fijada en las ruinas se dirigió, de pronto, a las docenas de soldados alemanes que trabajaban en la imponente excavación; limpiando restos de murallas, cavando trincheras de sondeo, apilando piedras fuera de contexto y desbrozando el terreno que circundaban las construcciones. El centro de operaciones que las SS habían levantado en el sitio era soberbio. Unas diez carpas de campaña, para veinte hombres cada una, se aglomeraban en un espacio abierto a golpe de machete a sólo treinta metros de donde se operaban los trabajos principales y, varios pasos más allá, habían levantado un tinglado de acero, en apariencia muy firme, que servía como depósito de objetos de arte, cerámicas y estatuillas de piedra. El muelle, desde el que Indy tenía tan maravillosa perspectiva, también era una práctica obra maestra de ingeniería.

No cabía duda de algo: los nazis sabían lo que hacían. Habían encontrado algo maravilloso desde el punto de vista histórico-arqueológico y, por lo visto, no estaban dispuesto a abandonar el yacimiento por más guerra que hubiere. Se sentían seguros, confiados. Algo muy propio de ellos.

—¿Qué le parece? —volvió a preguntar Heinder con una sonrisa orgullosa en su rostro—. ¿No es algo sensacional?

Indy giró hacia el alemán y fijó la mirada en las clarísimas pupilas arias del alemán.

—No quiero prejuzgar, pero si es lo que pienso que es...

Heinder le dio la espalda y enfrentó el gran pórtico como si fuera un conquistador, colocando sus brazos en jarra e inflando el pecho.

—Aún no tengo la capacidad para meterme dentro de su cabeza, doctor Jones, pero deduzco que sus conocimientos sobre este campo son nutridos y amplios. No dudo de que esté en el camino interpretativo correcto...—Tomó aire, giró en dirección del arqueólogo y continuó:—Yo también me sorprendí mucho cuando me enteré de esto. Como cartógrafo y conocedor de la geología le confieso que me quedé con la boca abierta cuando Krugermmacher me desayunó de todo, al llegar a esta isla hace pocos días. Es un proyecto ultrasecreto de la SS . Algo muy bien guardado. Sólo un puñado de oficiales, y el Führer, claro, saben sobre el tema. Y ahora, ¡todo está bajo mi mando! Esto me llena de orgullo, Jones. ¿Sabe por qué? Porque mi nombre aparecerá alguna día junto al de Adolf Hitler en los libros de historia aria.

—El mío también, Heinder —añadió Krugermmacher, caminando hacia el muro con la intención de verificar algo—. El mío también...

—¡Por supuesto, Klaus! ¡Tú fuiste quien lo encontró hace años! ¡Seremos tres renglones gloriosos en el devenir del conocimiento humano! ¡Los descubridores de los restos de la legendaria capital del continente perdido de Mu!...

Indy tragó saliva. El vello de los brazos se le erizó.

Entonces supo que su hipótesis, aunque loca , era correcta.

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“El jardín del Edén no estaba en Asia, sino en un continente ahora hundido en el océano Pacífico. La historia bíblica de la creación —la épica de siete días y siete noches— no sur gió primero de los pueblos del valle del Nilo o del Éufrates , sino de este continente ahora sumergido: MU , tierra natal del hombre”.

                                                                  Coronel James Churchward, The Lost Continent of Mu , 1926.

L a única documentación detallada sobre ese desaparecido territorio había surgido de la barroca caligrafía de un colonialista; un viejo lancero de Bengala y preclaro representante del Imperio Británico , llamado James Churchward, coronel del Ejército de Su Majestad , a fines del siglo XIX.

Éste, autor de cuatro gruesos volúmenes —editados recién en el sexto año del la década de 1920— fue quien hizo pública la posibilidad de encontrar un “doble” de la mitológica Atlántida en el corazón mismo del Pacífico; único océano que hasta entonces carecía de una leyenda referida a un continente hundido en sus aguas. La prédica alcanzó tal difusión, especialmente entre sectores proclives al esoterismo y las ciencias ocultas, que se llegaron a consumir más de tres ediciones en menos de dos años. El propio Churchward se encargó de que eso ocurriera gracias a los contactos que tenía con numerosas sectas y logias secretas de Europa y América.

Según relatara el coronel inglés, en un viaje por la India había sido “ iniciado ” por un sacerdote hindú en los secretos de un idioma arcano y desconocido llamado Naacal , la lengua de Mu.

Dicho lenguaje, grabado en cuatro bloques de piedra, había sido descifrado por él mirándolos intensamente “ hasta que sus significados se me revelaron por sí mismos, sin problemas, en la mente ”. Fue entonces cuando Churchward supo que Mu había sido el continente en donde surgiera la raza humana, hacía ¡ cincuenta millones de años !

—¡Es una incoherencia! —ladró Jones—. ¡En esa época ni siquiera había seres humanos sobre la Tierra!

Pero objeciones de ese calibre fueron escuchadas por muy pocos. La necesidad de creer en algo era más fuerte. La fuerza de lo misterioso arrastraba la racionalidad de las mayorías, y en un mundo que hacia 1926 aún sufría las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, la lección moral de Mu , Atlántida o Lemuria (otro ficticio continente hundido, esta vez en el océano Índico) era evidente: “¡ Cuidado mortales ! La soberbia, el mal uso de la tecnología, el egoísmo y el no respeto a los Dioses acabaran hundiéndolos a ustedes tambien, en un nuevo fin del mundo ”.

Eso era lo que decían los cuatro bloques escritos en Naacal. Contaban la historia de una civilización altamente avanzada de sesenta y cuatro millones de habitantes, que vivían en una masa de tierra de cientos de miles de kilómetros cuadrados en el Pacífico Sur; y que fuera la cuna de diez razas diferentes, entre las cuales la dominante era la aria.

Mu era un imperio idílico cuyo pueblo, noble y tecnificado, finalmente se había esparcido por todo el mundo, iniciando otras civilizaciones humanas. Sin embargo, hacía 12.000 años, un violento ataque, combinación de temblores, erupciones volcánicas y gigantescas mareas, destruyó ese gran continente provocando que se hundiera en el mar. La misma suerte habría corrido una de sus colonias en el Atlántico —la Atlántida— cien años más tarde.

—Actualmente —acreditó Krugermmacher—, todo lo que queda de Mu son islas salpicadas en Polinesia y Melanesia.

—¡ Leyendas ! —volvió a increpar un Indy escéptico, desde la otra punta de la mesa en donde había sido sentado—. Leí el libro de Churchward y está repleto de inexactitudes geológicas.—Volteó hacia Heinder y dijo:—Usted debería saber eso... Además, ese loco británico jamás identificó el templo en donde, supuestamente, había encontrado esas piedras en Naacal; ni reprodujo por completo sus inscripciones.

—¡ A las pruebas me remito, doctor Jones ! —le respondió Heinder asomándose por la puerta abierta de la tienda de campaña en la que estaban, señalando las ruinas que se bifurcaban hacia todas direcciones en la selva.—¡ Las tiene ante sus propios ojos !

—¡Eso es sólo una mala interpretación de los hechos! —increpó Indy con vehemencia.—Lo que ustedes hacen es adaptar una realidad poco conocida a una historia previa que nunca existió verdaderamente. ¡ Están practicando ideología, no arqueología ! Esas ruinas —siguió—, admito que son extrañas y requerirán décadas de estudio. Pero decir que son las del continente de Mu, así porque sí, porque a ustedes “ le cierra ” la cuestión, es muy poco serio y nada, absolutamente nada, científico...

Heinder y Krugermmacher se miraron y esbozaron unas sonrisas cómplices.

—¿Se lo dices tú? —inquirió el oficial alemán.

Krugermmacher asintió con un movimiento de cabeza y se trasladó hasta un rincón de la gran tienda. Se agachó, levantó un bulto cuadrangular, al parecer muy pesado, y lo colocó sobre la mesa de tablones.

—Hace siete años —empezó—, mientras exploraba este archipiélago, y recibía las primeras referencias sobre la Tribu de la Oscuridad , me topé inadvertidamente con esto —dijo señalando el bulto cubierto con una tela gruesa color marrón oscuro—. Lo habían encontrado un matrimonio de aventureros franceses, muy cerca de Mulutuva, según me dijeron. Estaban dando la vuelta al mundo en velero; pero no fue aquella una reunión agradable —recordó—. ¡Eran franceses, después de todo! Malas personas. Peligrosas, traicioneras... Por eso me vi obligado a matarlos, quedándome con el velero y toda su carga. Fue un buen negocio. Entre las cosas que traían estaba este bulto, pero al principio no le presté atención. Había demasiadas piezas de arte interesantes; mucho más llamativas, ¡ Y de distintas partes del mundo ! Cuando, tras varias semanas de ignorarlo, abrí el envoltorio me encontré con esto...

Era un doble par de bloques de arenisca gris, de unos 50 centímetros de largo por 30 de ancho, absolutamente llenos de pictogramas jeroglíficos indescifrables; semejantes a los que Indy observara en las paredes del muro del gran pórtico, al llegar.

—¡ Las estelas de Naacal ! —exclamó Krugermmacher—. ¡Aquí las tiene, doctor Jones! ¡El relato que cuenta todo!...

—Estos bloques confirman la historia —añadió Heinder—. ¿No es fantástico?

Indy se reincorporó sin autorización y uno de los soldados que lo custodiaban lo volvió a sentar, empujándolo con violencia hacia abajo por el hombro.

—Déjelo... —ordenó Krugermmacher—. Permítale a nuestro amigo que abra su mente.

Indy repitió la operación. Se paró, avanzó hacia las piedras y pasando suavemente la palma de sus manos por la superficie, las estudió con detalle por espacio de varios minutos.

—Admito que esto me genera muchas preguntas —dijo con franqueza—, pero nada de lo que aquí está tallado es entendible. No se corresponde con ningún alfabeto conocido hasta hoy... Podría decir cualquier cosa, incluso un fraude. Además, sabemos que muchos pueblos polinesios y melanesios tuvieron en un pasado no muy remoto un tipo de escritura pictográfica, aún indescifrable. El lenguaje rongorongo de la isla de Pascua es un buen ejemplo al respecto...

—¡ Hombre de poca fe ! –sentenció Heinder bíblicamente e Indy sonrió.

—Puedo asegurarle que no, coronel... Está usted muy equivocado. Lo que yo pretendo decirles es que, en este caso , sin la clave que permita descifrar estos supuestos textos, sin la “ Piedra de Roseta ” adecuada, podemos decir cualquier cosa sin estar seguros de nada.—Hizo un brevísimo silencio y preguntó con sarcasmo:—¿O acaso esperan descifrarlos mirándolos fijamente , como hizo Churchward?

Heinder le copió la sonrisa irónica. Avanzó hacia él, se inclinó hasta acercársele bien al rostro y repuso:

—Ya hemos hecho justamente eso... y dio resultado. Por eso estamos aquí, en Mulutuva.

Indy conservó el silencio. Krugermmacher tomó la palabra.

—Un viejo amigo mío, gran conocedor de sabidurías hoy perdidas, leyó las piedras, doctor Jones. Siguiendo los mismos pasos de Churchward consiguió conectarse con ciertas capas muy sutiles y profundas de su mente espiritual y acceder a una completa traducción de los textos.—Hizo un gesto de desagrado con la boca y agregó:—Lamento mucho que el Führer no se lleve bien él y que junto con su grupo tuviera que exiliarse y trabajar desde la clandestinidad. Pero estoy seguro que el malentendido se resolverá algún día   y la Orden , de la que mucho de nosotros seguimos siendo miembros, será redimida y gloriosamente aclamada por el Estado Nacionalsocialista , al que todos, claro, también le somos fieles...

—¿ Orden ?... —inquirió Indiana suponiendo de ante mano la respuesta—. ¿ Qué Orden ?

—La Gendarmenorden , la Orden Germánica —contestó Heinder—.Sí, ya sabemos que la conoce bien, doctor Jones. Y adivine algo más...—agregó socarrón:—¿Sabe quién es el Gran Traductor de estas piedras?

Los ojos de Indy debieron exteriorizar algo más que sorpresa. Era innegable porque desencadenó la carcajada de sus dos anfitriones.

—¡ Sorensen !...—coligió atónito el arqueólogo—. ¿ Emmanuel Sorensen ?...

14  

 

LOS SEMBRADORES DEL REICH

M uchos dicen que la vida consta de sólo dos actos importantes: el de presentación y el de despedida. Y que, cuanto más dignos sean éstos, más tiempo perdura, en la débil memoria de la humanidad, la obra de los hombres, finitos y en un inexorable camino hacia el olvido.

Emmanuel Sorensen debía tener muy bien grabada esa premisa y no escatimó dramatismo al ingresar a la tienda, en la que Indy, Heinder y Krugermmayer conversaban.

Vestía un impecable ambo de lino blanco y un sombrero stetson lustrado y brilloso. Sonreía de oreja a oreja y gesticuló con un ampuloso saludo medieval, levando su brazo izquierdo hacia atrás y desplegando un semicírculo con el derecho por delante del tronco con el sombrero en la mano, al tiempo que se inclinaba en reverencia.

—¡ Guten tag, herr doctor Jones ! —saludó satirizando el sueco—. ¡Nos volvemos a encontrar en esta vida, mi buen amigo!

Indy apretó los dientes. Quería insultarlo, golpearlo, pero se limitó únicamente a retrucar con una filosa frase:

—Es la única forma, Sorensen. En la otra vida tendremos destinos diferentes. Difícilmente nos podríamos cruzar.

—¡Celebro su buen humor, doctor! —exclamó— ¡Y su aceptado pesimismo! ¿Acaso no cree que usted puede, después de todo, ir al Cielo? —y lanzó una estruendosa carcajada, sabiéndose ganador de la contienda verbal.—Pero, por favor, no me guarde rencor. Nuestro último encuentro fue un duelo digno de caballeros, ¿no lo cree así?

—Deme su defición de “ caballero ”... —fustigó Indy.

—¡Señores, por favor! —interrumpió Heinder con un además complaciente y distendido—. ¡Tenemos muchas cosas importantes que decidir y organizar! No es momento para intercambios semánticos de esta índole...

Sorensen se acomodó las mangas del saco y volvió la atención hacia el oficial nazi.

—Y bien... ¿Qué pasó en Karkar?

En los siguientes quince minutos, Heinder y Krugermmayer se explayaron en lo sucedido, haciendo un sucinta síntesis de los avatares que sufriera la malograda expedición. Hablaban por turnos, ordenadamente, sin superponerse. Parecía que estaban rindiendo cuentas a un superior, no sin expresar en sus tonos de voces un cierto temor disimulado por el fracaso de la operación.

El sueco los escuchó con atención, en tanto su rostro cambiaba de un inicial rictus de sarcasmo a un gesto fruncido de preocupación y rabia. Cuando Heinder terminó con el parte, Indy ya sabía quien era en verdad “el Jefe”.

—¿Y usted, Jones? ¿Qué tiene para decir? ¿Cuál fue su experiencia con esos caníbales? —inquirió Sorensen con brusquedad.

Indy contó sólo parte de su odisea, guardándose los sucesos que más lo habían extrañado, especialmente el tema del meteorito. Fue escueto, conciso, seco en el hablar. No quería colaborar en nada con esos fanáticos racistas.

—¿Y por aquí? —interrumpió Krugermmacher—. ¿Algún adelanto en las excavaciones?...

—La sección B desenterró ayer lo que parece haber sido un anfiteatro —respondió el sueco—. Una vez que lo terminemos de excavar podremos hacernos una idea más clara de sus antiguas funciones. Pero si lo que me preguntas es por el “ artefacto ”, debo decirte que nada ; nada por ahora. Aunque intuyo que estamos cerca.

Indy no pudo contener su curiosidad.

—¿Qué artefacto , Sorensen? —inquirió.

El masón camino hacia la mesa y tomo asiento en un gastado taburete de cuero curtido. Extrajo del bolsillo unos apuntes muy arrugados y los apoyó sobre los tablones, estirándolos prolijamente con las manos.

—“ La curiosidad mató al gato ”, doctor Jones —dijo recuperando un poco su cáustica ironía inicial—. Pero entre gitanos no nos vamos a andar adivinando la suerte... Mire, le seré directo. Estos papeles que puede ver son parte de la traducción que hice de los cuatro bloques de piedra que tenían grabado el lenguaje Naacal. En uno de sus más interesantes párrafos dice lo siguiente —y leyó: — “...Entonces, cuando los Ojos de los Dioses podían verlo todo y ya no existían secretos para los Señores de Mu, un Artefacto los dejó ciegos a todos y el ocaso del Imperio empezó a extender su reino de sombras por todo el territorio... ”.—Levantó la vista y la fijó en Indy.—¿Se da cuenta, Jones? —dijo ceremonioso. —¿Entiende lo que acabo de leer?

Indiana recapituló mentalmente el texto y lo relacionó casi de inmediato con sus desventuras sufridas en Karkar.

—Perfectamente —respondió—. Aun así me sigue pareciendo una locura total. Fantasía pura. Un mero discurso delirante, neocultista y teutónico. ¿Quieren encontrar un “ artefacto ” que neutralice el poder de las máscaras?... ¿Cómo están seguros de que esas traducciones son correctas?

—¡Porque yo lo digo! —soltó Sorensen.

—“¿ Usted lo dice ?”... ¡ Usted está loco, Sorensen ! ¡Hasta Hitler lo considera un demente peligroso! ¡Por algo suprimió a su Logia, en una Alemania tan loca como ustedes!

—¡ Imbécil ! ¡No entiende nada! —gritó ofuscado—. ¡No ve más allá de sus propias narices!... ¡ Nosotros fuimos ! ¡Nosotros, la Orden Germánica , fuimos los que sembramos todo aquello que Hitler después cultivó!... Pero no creo que valga la pena seguir conversando con usted, Jones.

—En eso sí coincidimos. Jamás nos pondremos de acuerdo —agregó Indy.

—En ese caso, prescindiremos de su presencia... ¡Soldado! —exclamó—. ¡Llévense a este hombre a la barraca y fucílenlo !...

Heinder se sorprendió. Dio un paso hacia delante y se interpuso entre el   SS-Schütze e Indy.

—Aún soy yo el que da las ordenes militares aquí, Emmanuel... —impugnó con voz de mando.

—¿ Qué dices?

—Que no tenemos porqué asesinarlo. Puede que nos resulte útil para algo.

—¿ Útil ? ¿En qué ?

—¡Es arqueólogo, diablos ! ¡Y esto es una excavación arqueológica! ¿Lo olvidaste?...

Sorensen le mandó una helada mirada de odio y señalándolo con el dedo índice bien extendido replicó:

—¡Conozco a este tipo, Heinder! ¡Y te aseguro que es peligroso!... Te hago a ti exclusivamente responsable por lo que pase con él.—Dicho esto, giró en redondo agarrando sus apuntes y salió de la tienda hecho una tromba.

—Perdónelo, doctor Jones —sonrió Krugermmacher.—¡ Es un sueco tan temperamental !...

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Y a era hora de escapar. Intentar una huida rápida, limpia y lo más segura posible; sin inconvenientes ni encuentros indeseables con los nazis SS del yacimiento. Aquello no había sido posible en las dos últimas ocasiones; y aunque no se consideraba una persona supersticiosa, ni proclive a las cábalas, el refrán que decía “ no hay dos sin tres ” le rondaba permanentemente en algún rincón de su cabeza.

La barraca en la que había sido encerrado estaba vacía. Era larga, de chapas muy gruesas y húmeda. Tenía un par de ventanucos enrejados a ambos lados, sobre las paredes laterales, y un foco mortecino apenas permitía ver en la penumbra, después de que el sol se pusiera por el horizonte.

No había ingerido comida alguna en las últimas doce o quince horas. Le dolía la cabeza y sentía un vacío incómodo en la boca del estómago. Se sabía débil, pero con la fuerza de voluntad suficiente como para largarse de allí, abandonar Mulutuva y regresar a la isla Karkar.

Era como dejar Guatemala para meterse en Guatepeor . Pero no tenía otra opción. Debía encontrar a Marcus Brody y al resto de su equipo —si es que aún estaban con vida— y abandonar como pudiera el archipiélago para poder denunciar la presencia nazi en la zona. Las máscaras ya no estaban dentro de sus prioridades.

Sentado en el rincón más alejado de la puerta, Indy hizo una breve composición de lugar. Calculó la hora y, conociendo la artificiosa veta caballeresca del coronel Heinder, concluyó que en breve le enviaría algo de comer. Esa sería la oportunidad que buscaba. Tendría que aprovecharla.

Y no se equivocó.