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Indiana Jones y el reino perdido del Paititi |
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A
mis hijos, Rodrigo
y Florencia promotores
de todas estas historias. A Alberto
Domínguez, Sir Eugene Rosalini y Carlos Ortiz, compañeros de aventuras, reales e imaginarias A Gregory
Deyermenjian,
generoso amigo y famoso explorador norteamericano Y a Verónica, mi gran aventura
emocional, hecha realidad.
Nota del autor En los últimos veinte años he venido investigando el tema del Paititi desde un punto de vista estrictamente histórico, incluso me adentré en las selvas peruanas tras las huellas de su leyenda y de la última capital que los incas levantaron en ella: la ciudad de Vilcabamba “La Vieja”. A lo largo de todo este tiempo, la buena fortuna hizo que entablara amistad con sus principales estudiosos y pudiera así engrosar mi pasión por entenderla y, si fuera posible, encontrarla. No todos los datos que aparecen en la novela son ciertos. Me he permitido fantasear a partir de información real, para no convertir a las aventuras de Indiana Jones en un ensayo de historia. FJSR Buenos Aires, Argentina. Setiembre de 2007 |
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PARTE
I Indiana Jones y el reino perdido del Paititi PRÓLOGO “Estos son los reinos del Paititi donde se tiene el poder de hacer y desear, donde el burgués sólo encontrará comida y el poeta tal vez pueda abrir la puerta cerrada del más purísimo amor. Aquí puede verse sin atajos el color del canto de los pájaros invisibles.” Texto
inscripto en un mapa Jesuita
del siglo XVII. “Corazón
del corazón tierra
india del Paititi a
cuyas gentes se llaman indios. Todos
los reinos limitan con él, Pero
él no limita con ninguno” Texto inscripto en un mapa Jesuita del siglo XVII. Londres,
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1 Universidad de Londres
Inglaterra, 1958.
Una semana después.
. . Gregory
Deyermian, decano de la Facultad de Historia y anfitrión principal del
congreso, terminó de leer las palabras inaugurales frente a un auditorio
de más de trescientas personas, reunidas
en el Salón Henry Stanley de la universidad. Tras
un aplauso cerrado que duró unos segundos, volvió a tomar el micrófono. —Y ahora —dijo con una amplísima sonrisa en la cara— quisiera dejar a todos ustedes con el primer expositor de esta noche. Estamos en verdad orgullosos de tenerlo entre nosotros después de tantos años y, dada la fuerte amistad que a él me une, me regocijo personalmente por estar aquí y escuchar su palabras. Sé que todos los estudiantes conocen su trabajo y que han tenido que leer sus ensayos y artículos a lo largo de los años que tienen en esta casa de estudios. Por otro lado, los colegas también aquí presentes, son conocedores de los aportes de nuestro expositor y espero que, con gusto, nos den hacia el final de la conferencia sus opiniones y críticas para poder entablar un debate académico que nos enriquezca a todos. Estimados profesores, autoridades presentes, graduados, alumnos, es un verdadero honor presentarles a todos ustedes al doctor Henry “Indiana” Jones. Indy
subió al escenario, saludó efusivamente a su colega y se paró frente al
atril, en donde colocó una carpeta llena de apuntes. Vestía
un traje gris, con camisa blanca y moño azul. Se lo veía elegante y
numerosas fueron las miradas femeninas que se detuvieron en él. Siempre
había sido un hombre atractivo. Y lo seguía siendo a sus cincuenta y
nueve años de edad. —Buenas
noches —saludó con cierta timidez inicial. —La verdad es que me
resulta muy grato volver a estar en estos claustros, donde pasé algunas
de las horas más hermosas de mi juventud. Y quiero agradecerle a Greg, al
profesor Deyermian, la gentileza que tuvo en invitarme a hablar sobre una
temática que desde hace mucho tiempo he investigado y que por momentos
suele transformarse en una obsesión. Mi padre siempre me dice que eso lo
saqué de él —bromeó— y que tendría que haber sacado las buenas y
no malas cosas de su personalidad. Pero así es la vida. Hay situaciones
que uno no controla. Pero no deseo hacerles perder más tiempo con preámbulos,
por lo tanto, vayamos al grano y empecemos con este Congreso de
Culturas Andinas, Mitos y Leyendas Americanas. —Le dio un sorbo al
vaso de agua que tenía justo enfrente suyo; aclaró la garganta y continuó:
—En principio deseo transmitirles el tema de mi conferencia que versa
sobre una de las leyendas que más duración ha tenido en Sudamérica: la
de la ciudad incaica del Paititi. Los oyentes se acomodaron, prestos a oírlo todo e Indy comenzó. —De
todas las cosas que pueden haberse perdido a lo largo de la historia no
hay nada más fascinante, atrayente y romántico que una ciudad. ¿Quién
puede dudarlo? Ellas han enriquecido el campo de la literatura y la
exploración, manteniendo vigente el interés por encontrarlas, tanto en
aventureros como en científicos. Temporada tras temporada, decenas de anónimos
investigadores alistan sus mochilas y encaminan sus botas hacia selvas y
picos inexpugnables con la
esperanza de poder desentrañar parte de la historia oculta de América,
conseguir la fama o simplemente experimentar en carne propia la sensación
de poder convertir una leyenda en realidad. “Las
hay de todos los metales y tipos. Están las habitadas y las deshabitadas;
las que se ubican en lo alto de las montañas, en las impenetrables
florestas amazónicas o, incluso, las construidas bajo tierra. Pueden ser
de oro o de plata; puede que estén encantadas
o simplemente protegidas por mil peligros (reales o imaginarios), que van
desde serpientes venenosas a celosos aborígenes. Pero el verdadero
encanto que todas las ciudades
perdidas poseen es que, precisamente, están perdidas. “Del
enorme catálogo que existe, sólo un pequeño porcentaje de ellas ha sido
efectivamente encontrado. Sucede que, en su gran mayoría, aquellas
ciudades que se han buscado por décadas jamás tuvieron una realidad
concreta. Elusivas, estas urbes se niegan a revelar fácilmente sus
secretos; razón por la cual son difíciles de olvidar y muy proclives a
convertirse en obsesión. Paradójicamente, los "lugares que nunca
existieron" han sido los depositarios de una inversión de
capital y de sacrificio humano enormes. “Pero
el mito rara vez desaparece y los descubrimientos que se realizan no hacen
otra cosa que transformarlo y aumentarlo. "Si tal ciudad que se
creía perdida para siempre ha sido hallada, ¿por qué no puede suceder
lo mismo con tal otra?". Este sencillo argumento se encontró,
una y otra vez, en boca de grandes exploradores que, con mayor o menor
fortuna, se lanzaron a la búsqueda. Quizás sea Hiram Bingham,
descubridor de Machu Picchu, el arquetipo más acabado del tenaz personaje
que nombramos; aunque no todos los buscadores de ciudades perdidas han
tenido la suerte que él tuvo. Detrás de esa reducida legión de soñadores
con éxito se aglomeran un sin fin de exploradores anónimos que continúan
invirtiendo tiempo y dinero, tras lo que aparentemente constituyen
imaginarias construcciones. Pagan —pagamos— un precio que la mayoría
jamás lamenta, ya que es lo que les da sentido a nuestras vidas. “En
casi todos los continentes existen estos imanes poderosos. Muchas selvas y
rincones montañosos del mundo conservan leyendas sobre ciudades perdidas,
pero el continente americano es el más privilegiado al respecto. En él,
abundantes productos de la fantasía literaria cobraron una existencia
supuestamente real y, como dijo Sir Eugene Ross Halinni, "de
los libros [...] salió una muchedumbre de fantasmas, encaminados a
rellenar los vacíos del hemisferio que nadie había visitado"
. A pesar de los cinco siglos transcurridos, muchos de ellos continúan
tan vigentes como al principio. La lista de estos lugares es larguísima y
han arrastrado a más gente, por más tiempo, que ningún otro mito. “El
Perú ha producido, y sigue produciendo, una corriente inagotable de
realidades y fantasías que mantienen muy actual la posibilidad de
encontrar ciudades perdidas. Su geografía permite que se sostenga la
voluntariosa actividad de explorar y, machete en mano, seguir las angostas
trochas que se orientan hacia el Este de la ciudad Cusco. La rica historia
precolombina de la zona, cuya civilización más descollante fue la
incaica, facilita la probabilidad de "hallar algo" que
permanezca sin catalogar, oculto por el follaje de la cuenca amazónica.
Los hechos así lo indican. El Perú ha dado recientemente prueba de que
las ciudades perdidas, más allá del innegable componente imaginario que
arrastran, son una realidad tangible. Auténticas ciudades perdidas han
sido rescatadas en los últimos años. Quizás el descubrimiento de Machu
Picchu y sus centros satélites, practicado en julio de 1911, sea el más
conocido, pero existen otros, no tan espectaculares como el nombrado,
aunque muy importantes desde el punto de vista histórico y arqueológico.
“Soy
claramente consciente de que las proyecciones del imaginario se potencian
cuando uno se encuentra en plena jungla y que la percepción que se
adquiere del inmenso espacio geográfico del Perú oriental se ve
impregnada por símbolos ya clásicos del imaginario europeo, esos que
hemos venido leyendo en novelas y cuentos desde que éramos niños. La
imagen del tesoro enterrado, de las sociedades perdidas y de la aventura
en su sentido etimológico ("lance extraño y peligroso") no
dudan en aparecer cuando uno gira trescientos sesenta grados la mirada y
lo único que observa es una infranqueable masa de árboles, lianas y raíces.
Alguien se preguntó una vez, ¿cómo podría un hombre pasar su vida observando una puerta sin
abrirla? En esta ocasión la puerta cerrada se ubica en el Perú y
tiene un cartel que dice: Paititi.
—Tomó otro baso de agua y prosiguió. —Expresan en el Cusco que más
allá de los límites con la selva se levantan, majestuosas y olvidadas,
las ruinas del Gran Paititi, una supuesta ciudad incaica que conserva,
entre sus mohosos muros, los tesoros que los últimos miembros de la elite
inca escondieran ante la conquista española. Tan evanescente como El
Dorado, la leyenda del Paititi sigue poseyendo febriles creyentes, como
también escépticos detractores que, en un debate que pretendo
oficializar, mantienen viva la presencia de la mítica ciudad en el
imaginario colectivo de todo el Perú. El
problema radica, entonces, en responder, con la mayor exactitud que nos
sea posible, tres preguntas claves: ¿qué significa el término Paititi?,
¿De qué cultura fue, efectivamente, parte? y ¿En dónde se levantarían
sus supuestas ruinas?
“Para cada una de estas cuestiones existen respuestas variadas.
Empecemos, pues, por la primera.
“Ninguna de las crónicas españolas que haya leído dan una
definición etimológica de Paititi.
Toman el nombre de la tradición oral y simplemente lo utilizan sin
excavar demasiado en el asunto. “Lo
describen, lo elogian y adornan con mil maravillas, pero ningún español
del siglo XVI pretendió dar con el sentido exacto del término. Recién
en nuestros días, investigadores y fanáticos creyentes, han sostenido
que la palabra es de origen quechua y que deviene de una alteración del término
Paykikin, que en castellano significaría "como él" o "igual
a ese", e incluso "igual
al otro". Pero, ¿qué otro?. Según este criterio, el "otro",
"ese", "él",
no sería sino el Cusco mismo. Es decir, que una traducción literal del término
al castellano sería "como el
Cusco", pretendiendo con ello hacer suponer que la ciudad del
Paititi (como se ve, ya se sobreentiende que es una ciudad) fue una réplica
exacta de la antigua capital imperial. “Experimentados lingüistas manifiestan que el argumento anterior es falso. "En quechua, decir 'como el Cusco', se expresa así: Qosqo Jina o también Qosqo Kikillan. Decir 'como él', se expresa pay kikillan, o también pay kikin, jamás Paititi. Pero la expresión 'como él', así suelta es incompleta y ambigua, vacía. Por lo tanto no hay ni hubo argumento para pensar que 'él' correspondiera precisamente a la ciudad del Cusco". “Otras
traducciones sostienen que Paititi significa "dos colinas",
"dos pumas", "dos metales", "segundo
imperio", "así", etc. “Lo
cierto es que el significado literal de este nombre aún no ha sido
encontrado. Como argumenta el profesor Daniel Heredia, un encomiable amigo
peruano, "probablemente
pertenezca a un idioma de la región selvática y que tenga una raíz tupí-guaranítica".
Esto nos conduce, pues, a la segunda cuestión: ¿A qué cultura
perteneció el Paititi? “Para
algunos no cabe la menor duda de que el Paititi es una ciudad incaica,
protegida por indios salvajes y contenedora de estatuas de oro de inmenso
valor. Según éstos, en ella se escondieron los tesoros cusqueños cuando
los españoles invadieron el Perú. Esta hipótesis es la que más ha
calado en el imaginario cusqueño de la actualidad y es la que posee raíces
más coloniales. “Pero
existe otra teoría que, a nuestro modesto entender, puede que sea la que
se acerca más a la realidad, y que sostiene que el Paititi fue un reino
amazónico, "una avanzada
cultura de la selva, superior a las demás y con una vasta influencia, que
los incas conquistaron culturalmente (no militarmente) haciéndoles
adoptar leyes, costumbres, vestidos e idolatrías". Al respecto,
el célebre explorador arequipeño Carlos Landa, escribió: "[...]
El Paititi habría existido, en realidad, como un vasto reino que agrupaba
a los pueblos que habitaban las grandes cuencas del Amaru Mayo o Madre de
Dios y del Beni. “Por
su parte, el escéptico Víctor Glesan deja abierta la posibilidad de que
efectivamente el Paititi haya podido ser una cultura amazónica
. “Pero
también están los otros, aquellos que arrastrados por un excesivo espíritu
de resistencia, siguen afirmando que el Paititi no es una ciudad muerta,
sino un centro urbano que todavía congrega a una importante comunidad de
incas vivientes que, protegidos por la selva, han podido resguardar sus
costumbres, rituales y creencias de un modo intacto. “Además,
en la zona de Chinchero y Urubamba (muy cercanas al Cusco), o la región
del valle San Miguel-Kiteni (al norte de Quillabamba, en plena selva
tropical), los aborígenes creen que el Paititi es el verdadero refugio de
los últimos incas y que aún están escondidos en la selva. Incluso,
sostienen que algunos de ellos se han podido comunicar con las gentes del
Paititi, aunque no conocen el sitio donde está. “En
síntesis, se podría decir que, con o sin oro, alimañas o indios
protectores, la tradición oral le da al Paititi dos posibilidades: la
primera (en mi opinión la más lógica y posible), que sea uno o varios
yacimientos arqueológicos (ruinas) perdidos en la selva; y la segunda (más
imaginaria, pero con una fuerte dosis inconsciente de resistencia), que
sea una ciudad en la se conservan los auténticos incas descendientes del
viejo Tahuantinsuyu, esperando el momento adecuado para reeditar el
perdido esplendor. “Nos
queda por intentar contestar la tercera y última cuestión: ¿En dónde
se levantan los supuestos cimientos del perdido reino o ciudad del Paititi? “Si
bien todos coinciden en ubicarlo hacia el oriente del Cusco, existen
discrepancias muy marcadas entre los investigadores. El
"oriente" es muy extenso; por lo tanto, sindicar esa dirección
sin especificar (justificadamente) un sitio concreto, de poco sirve.
Generalizaciones de este tipo lo único que promueven es la catalogación
de cualquier resto arqueológico con la atractiva etiqueta de "Paititi".
Cosa que ya ha ocurrido en el pasado, y sigue ocurriendo. “Tras
comparar las hipótesis más conocidas, y de gran circulación en la
actualidad (tanto de forma escrita como oral), hemos podido detectar que
dos sectores son los que se disputan la posesión de la tan mentada
"ciudadela" incaica. “El
primero es el que corresponde a la denominada Meseta del Pantiacolla. Ésta
se levanta en territorio peruano, en el actual Departamento de Madre de
Dios, y generalmente es la preferida por los cusqueños. “Esta
región es muy rica desde el punto de vista arqueológico y, debo
admitirlo, con muchos misterios por resolver. Con toda seguridad, en el
futuro la región del Pantiacolla arrojará nuevos materiales de
investigación. Queda muchísimo por hacer allí. “El
segundo argumento lo ubica a unas 200 leguas de Cusco (aprox. 1.100 Km. al
Este); y esto nos lleva mucho más allá de Pantiacolla. Los historiadores
que apoyan esta hipótesis fundan sus dichos amparados en estas fuentes
escritas de los siglos XVI y XVII (que dan distancias aproximadas, nombran
ríos y señalan accidentes geográficos), y no tanto en la tradición
oral que circula hoy en la sierra. “Partiendo del supuesto de que el Paititi no fue una creación de la
mente, creo que sólo el oro en masa era fábula, y que todos los informes
escritos, dejados por conquistadores, misioneros, soldados y aventureros
durante el proceso de conquista y colonización, señalan
a las Sierras de Parecis (hoy territorio de Rondonia, en el Matto
Grosso brasileño) como el sitio en el que se ocultaron los últimos
incas. “Muchas ciudades perdidas esperan todavía ser descubiertas, y el renovado ímpetu que la selva ha despertado en muchos exploradores e investigadores nos darán la razón en el futuro. Casi todos los meses nuevos restos arqueológicos, antes no tenidos en cuenta, nos obligan a re-escribir parte de la historia de este continente. Quizás las ruinas del Paititi estén aguardando a su Hiram Bingham para salir de las brumas en las que ha estado durante tanto tiempo. Y es probable que nos decepcionemos al verlas, ya que advertiremos cuántas fantasías se han depositado en ellas. “Lo
cierto es que hoy ya no negamos la existencia de lazos entre la sierra y
la selva (incluso la costa) en el Perú prehispánico. El hallazgo de cerámica
costera en pleno corazón del Amazonas nos induce a pensar que esos
contactos no fueron mitos, sino una palpable realidad. También sabemos
que los incas se internaron mucho
más "adentro" de lo que suponíamos, y que es lógico pensar
que levantaran en esos territorios fortalezas y puestos de avanzada. La
ciudad de Vilcabamba "La Vieja", y las decenas de construcciones
incas erigidas en la selva tropical, constituyen una prueba objetiva del
alto grado de adaptabilidad que tuvieron los cusqueños. Por otra parte,
la tradición oral me ha hecho dudar que la última dinastía quechua
rebelde haya terminado efectivamente en 1572, al caer Vilcabamba en poder
de los españoles. Es muy probable que los incas residuales (aquellos que
lograron sobrevivir a la captura de Túpac Amaru I) hayan podido huir
y conservar hasta mediados del siglo XVIII su aislado predominio de
invictos, protegidos por la selva y los desbordes de los ríos.
Probablemente sus descendientes se dispersaran entre las tribus selváticas,
tras varios siglos de convivencia. —Levantó la vista y terminó
diciendo:—Muchas gracias. El
auditorio estalló en un aplauso cerrado. Había entusiasmo. Un entusiasmo
que se prolongó más tiempo del que Indy estaba acostumbrado. Lo cierto
era que no le agradaba mucho estar expuesto a la adulación gestual de
nadie, ni acostumbrado a que sus alumnos lo gratificaron con el
estruendoso sonido de sus manos. Acomodó
sus apuntes y Greg Deyermian se le acercó para palmearle la espalda con
admirado cariño. —Bien
hecho, Indy. Muy interesante —dijo por lo bajo y, llevando la boca al
micrófono, anunció con voz clara: —Damas y caballeros, como se anunció
anteriormente, el doctor Jones responderá las dudas que tengan. Por lo
tanto, las preguntas si son tan gentiles... Media
docena de brazos jóvenes se levantaron por encima de un mar de cabezas. —Señor
Hammond ... usted —seleccionó el decano, señalando al alumno que pedía
la palabra. —Doctor
Jones —empezó el muchacho, —De todo lo que usted expuso me surge una
pregunta que quizás pueda disipar: ¿Hay alguna prueba material, algún
resto arqueológico, vasija, estatuilla, algo concreto, que sin ambigüedades
pruebe fehacientemente la existencia de esa ciudad? Indiana
masticó la respuesta unos segundos. —En
realidad no hay nada espectacular, si a eso se refiere —dijo. —Los
escasos objetos que se asocian con Paititi están fuera de sus contextos
arqueológicos. No hay excavaciones oficiales que permitan relacionar esos
restos con lugares concretos. En muchas oportunidades me han traído
objetos que dicen provenir de la ciudad en cuestión; pero ¿cómo
certificar la veracidad de esas afirmaciones? Es imposible. Podrían venir
de cualquier parte. Hasta tanto no nos topemos con las restos de
arquitectura en las selvas orientales del Perú, no podremos relacionar
una cosa con otra. Y aún así, teniendo la fortuna de hallarlas,
sobrevendrían las dudas y discusiones sobre si esas ruinas son
efectivamente las de la leyenda. —¿No
hay descripciones que permitan identificarlas fehacientemente? —Las
hay, pero envueltas en mentiras y exageraciones. Podría decirse que son
relatos estereotipados. Copias textuales de otros relatos en los que
siempre suelen trasladarse al suelo americano rasgos culturales de
civilizaciones clásicas o de la cuenca del Mediterráneo en general. Es
decir, transplantan, imaginativamente, a contextos sociales e históricos
americanos, realidades que no les corresponden. —¿Usted
se refiere a colocar templos griegos y romanos en la cordillera de los
Andes? —Sí.
Griegos, romanos, fenicios, vikingos, etc...¡Es un delirio! Algo poco
serio, caballero.. —¿Y
que me dice de esos objetos que le han entregado? ¿Hubo alguno
interesante? —La
verdad es que no. Como le dije, nada que fuera comprobable científicamente.
Mire, le contaré una historia de la que tengo referencia. En 1925, un
grupo de seis jesuitas, instados por los relatos acerca del fabuloso
escondite incaico, decidieron organizar una expedición con permiso de las
autoridades del clero. Luego de muchos meses de grandes preparativos y
reuniendo peones para cargar los equipos, partieron tomando como dirección
el valle de Paucartambo. Luego de diez días de caminatas acamparon a
orillas de un río en donde combatieron contra los indios machiguengas y
fueron vencidos. Uno de los guías logró escapar y en la huída se topó
en plena selva con una calle que se erguía entre edificios, construidos
en piedra labrada y cubiertas de maleza. Maravillado por aquel
descubrimiento, siguió por la callejuela llegando a un área de
construcciones donde observó una fila de estatuas hechas de oro que
representaban a personas en tamaño natural. Era el Paititi. Pasmado,
extrajo su machete del cinto y dando un feroz golpe en la mano izquierda
de la primera estatua, logró romper o cortar el dedo pulgar de ésta. Con
ese producto, salió del lugar atravesando una escalinata ancha, de la que
pendía una lámina dorada redonda en metal amarillo y con unas puntas que
semejaban rayos. Después se metió en la selva y tras días de caminata
alcanzó un pueblo.—Indiana se tomó un segundo antes de seguir. —Pues
bien, esta historia es algo ya tradicional. Muchas personas juran haberla
protagonizado pero del dedo de oro nunca se supo nada. Y si fue así es
porque nunca existió. Una mera leyenda. Un rumor que circula y
retroalimenta solo. Deyermian
intervino. —Gracias
señor Hammond. A ver usted, profesor Lemann, tiene la palabra. —Gracias,
Greg. Doctor Jones, entonces ¿cuánto hay de realidad y cuánto de fantasía
detrás de esta... leyenda? —Es
difícil de responder taxativamente esa pregunta, John. Aunque en mi opinión,
toda la historia referida al oro, tal como ya dije, no es otra cosa que
una historia de niños. Si el Paititi existe, son ruinas. Simple restos
arqueológicos. ¿Acaso alguien puede creer en ciudades con avenidas y
estatuas de oro? Yo no —sentenció sonriendo. Durante
una media hora más, el diálogo se prolongó sin demasiado debate.
Finalmente, Deyermian llamó a silencio y dio por terminada la jornada. En
pocos minutos el salón de conferencias se despejó. Sólo un sujeto alto,
delgado, con el rostro chupado y barba, permaneció sentado en medio del
auditorio. —Doctor
—llamó con voz alta, —¿puedo acercarme a mostrarle algo? —Por
supuesto, amigo. Venga. —Respondió el arqueólogo —Mi
nombre es Manuel Sevilla —se presentó estrechándole la mano. —¿Sevilla?
—intervino Greg. —¿Es usted alumno de la universidad? La verdad es
que no lo conozco, señor. —No
soy alumno, profesor. No asisto a ningún curso —respondió muy
respetuoso. —Sólo me interesa el tema. Un amateur, pero con pruebas de
la existencia real del Paititi. —¿Ah
si? —adujo Indiana con cierta ironía. —¿Qué tipo de pruebas? —Esta...
—Y sin preámbulos extrajo una cajita del bolsillo de su saco. La abrió
y explicó: —Fue hallado por mi padre en una de sus fincas del Perú.
Conozco cómo llegar y recuperar más de toda esta fortuna. Los ojos de Indy se abrieron exageradamente al observar, sobre un pedazo de algodón, un perfecto dedo pulgar hecho en oro puro. |
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2 EL DEDO
DE ORO Manuel
David Sevilla era peruano. De sólida posición económica y unos treinta
y cinco años de edad, residía en Inglaterra desde hacía tiempo. Hablaba
un perfecto inglés y por su indumentaria se veía a simple vista que
provenía de la oligarquía social de su país. Vivía de rentas y de a
ratos se dedicaba a comercializar algunos de los productos primarios que
se originaban en las haciendas de su familia. En el pasaporte su profesión
decía ser la de “empresario”, pero pasaba la mayor parte del tiempo
entablando relaciones sociales en ámbitos de alto nivel económico. La
conferencia que Indiana Jones daría aquella tarde en la universidad,
anunciada en el periódico y comentada por uno de sus conocidos, le había
llamado la atención y no dudó en ir a escucharla. No era común un
charla sobre el Perú en aquella parte del mundo. Terminada
la exposición, Manuel permanecía en silencio frente al famoso arqueólogo. Con
el dedo de oro en la mano, mientras lo inspeccionaba tratando de detectar
algún indicio estilístico de orfebrería precolombina, Indy sintió la
extraña sensación de asomarse en la realidad de algo que, hasta ese
momento, era sólo leyenda. Sabía, tal como había dicho en la charla,
que un objeto descontextualizado del sitio donde fuera encontrado carecía
de valor; pero ese pulgar le generaron dudas y empezaba a cuestionar sus
propias palabras. Tenía que ir despacio. No dejarse llevar por el
entusiasmo y, como buen científico, dudar de las apariencias. Gregory
Deyermian denotaba una actitud mucho más escéptica, incluso en la
postura frente a Manuel Sevilla. No lo veía con buenos ojos. Desconfiaba
del objeto y del sujeto que lo tenía en propiedad. —¿De
dónde dijo que proviene esa pieza? —repreguntó mientras Indy la
analizaba. El
peruano miró por encima del hombro al anfiteatro, ya vacío, y con voz
sedada respondió: —Mi
padre era propietario de fincas y haciendas que se levantan en el borde
mismo de la selva. Allí pasé mi niñez y adolescencia, antes de mudarme
a Lima, y mucho más tarde a Londres. Como podrá imaginar, estuve en
contacto con la historia del Paititi desde siempre. No faltaron nunca
gringos o campesinos aborígenes que relataran aventuras relacionadas con
él. Por mis casas de campo han pasado muchos pseudo-descubridores que
juraron haberse topado con ruinas, oro y extrañas construcciones en plena
selva; pero ninguno supo puntualizar con exactitud en qué parte se
levantaban esos edificios. Sólo un hombre, hace más de treinta y tantos
años, hizo una referencia concreta a las ruinas y le dio a mi padre ese
dedo de oro como forma de pago y agradecimiento por haberlo alojado y
cuidado en nuestra casa. Yo era niño, pero lo recuerdo perfectamente.
Estaba mal entrazado, sucio, hambriento y muy asustado. Dijo que había
sido parte de una expedición organizada por sacerdotes. Por eso, cuando
escuché al doctor Jones hacer referencia a los jesuitas de 1925, me dije,
“en mi bolsillo tengo la prueba que certifica que eso fue real”. Me
sorprendí mucho. La verdad es que lo traje porque quería verificar su
autenticidad por medio de un profesional calificado. —¿Y
a usted —inquirió Greg— nunca se le ocurrió salir a buscar la
ciudad? Estando tan cerca del escenario de la leyenda, ¿por qué no lo
hizo? —En
mi hogar siempre se nos dijo que esas historias eran “cosas de indios”
y de gringos ignorantes. Aunque le confieso que, en lo personal, me
encantaban esas historias y muchas veces pensé en meterme en la selva
para ver qué podía encontrar; pero siempre había algo más importante
qué hacer. Además mi padre jamás me hubiera permitido encarar semejante
aventura. Dejé el Perú bastante joven y las veces que regresé fue para
cumplir con la obligación de ver a mis familiares sin tiempo para
organizar expedición. Por otro lado, le confieso que no es mi campo de
interés personal. —¿Y
por que vino hoy a la conferencia? —preguntó Greg. —Digamos
que por un motivo sentimental.... ¿Quiere llamarlo “nostalgia”? Por
eso; sólo por eso. Indiana
Jones se le acercó lentamente y le restituyó el pulgar. —Mire, señor Sevilla —dijo con tono respetuoso—, no dudo de que todo lo que dice sea cierto. No tengo ningún motivo para descreer de su relato, pero convengamos que este dedo no prueba nada. Como dije antes, no hay nada que permita identificarlo como de factura inca. Tendrá usted que comprender nuestro escepticismo. —Lo
entiendo perfectamente, doctor Jones. Pero reconozca que tiene algo más
que un dedo de oro... Tiene mi historia. Y es tan real como usted o como
yo. Se lo puedo jurar. —Le
repito que confiamos en su relato, pero ninguna universidad nos financiaría
una expedición a Perú con tan poco bagaje de pruebas. ¿Usted entiende,
verdad? —Perfectamente
—respondió Sevilla. —Por eso mismo los estoy invitando a mi país
para que juntos podamos convalidar o refutar la historia. Todos los gastos
corren por mi exclusiva cuenta. Indiana
miró a Greg fugazmente. —La
verdad es que se lo agradecemos de corazón —dijo—, pero nuestras
actividades académicas nos impiden, de momento, viajar al Perú. Sevilla
frunció los labios, lamentándose; pero sonrió con amabilidad. —De
todos modos, señores —agregó—, sepan que tienen las puertas de mi
casa abiertas para cuando lo deseen. Les dejo mi tarjeta personal. Ahí
tienen mi teléfono y dirección. Si alguna vez cambian de parecer, no
duden en llamarme. Saludó
con pomposa cortesía y se marchó siguiendo el pasillo que se formaba
entre las hileras de butacas del salón. Cuando hubo salido del campo
visual de los dos científicos, Greg preguntó: —¿Qué
opinas de todo esto, Indy? —Un
mitómano. Un loco entre muchos. Nada por lo que preocuparse. —¿Pero
no era que no dudabas de sus palabras? —¿Y
qué querías que hiciera? ¿Decírselo en la cara? No, no es ese mi
estilo.—Hizo un corto silencio y sentenció con sarcasmo:
—Y a propósito de “estilos”... ¿A qué elegante
lugar me invitarás a cenar con los fondos de la academia? cd Los
pasillos de la Universidad eran hermosos y largos. Fríos cuando no
estaban recorridos por ejércitos de alumnos; quienes, a esas horas, dormían
o se divertían en sus correspondientes habitaciones del campus. —Dame
un segundo más —solicitó Deyermian desde la mesa de su despacho.
—Termino con un papeleo pendiente y salimos a comer. Sólo me demandará
un par de minutos. Indy
asintió y se asomó al corredor, a cuyos lados se organizaban todas las
aulas de los cursos superiores. Estaban vacías; en silencio. Caminó
relajado por el lugar recordando su paso por esos claustros y gozando del
característico olor a madera que tenían. Las vigas del techo, labradas
hacía siglos, seguían impregnando la estancia con un aroma que lo
retrotraía a sus años más mozos. Estaba
relajado, cansado y con apetito. Tenía en mente comer algo realmente
bueno y después tirarse a dormir en el hotel que la universidad le había
conseguido. Siguió caminando, descontracturando los hombros con leves
movimientos de brazos por un corredor larguísimo, de casi ochenta metros,
lustroso y señorial; con varias salidas al parque por los laterales. El
edificio, sin gente y poca luz, recreaba una extraño clima gótico. De
toparse con un fantasma no se hubiera sorprendido, pero sí lo hizo con la
esbelta silueta de un hombre parado al final del corredor. En
penumbras, Indy sólo alcanzó a distinguir que el extraño tenía un
sombrero de ala corta y vestía traje oscuro. Estaba inmóvil. Semejaban
una estatua. Una extraño escozor le recorrió a Jones la espina dorsal.
¿Quién era ese tipo? ¿Qué hacia a esas altas horas de la noche en ese
lugar? Quiso
volver sobre sus pasos para entrar en la oficina de Deyermian, pero al
girar se topó cara a cara con un segundo individuo, que no había
escuchado. Sorprendido,
advirtió que una pistola Lüger le apuntaba directo al estómago. —Doktor
Jones —dijo el recién llegado secamente.—Haga el favor de acompañarnos
sin resistirse. —¿Quién
es usted? —prorrumpió Indy con indignación, advirtiendo un claro
acento alemán en las palabras del sujeto. —No
creo que sea este el lugar para responder sus dudas, doctor. Venga
conmigo. Eric
Hense se mostraba seguro, profesional. No le temblaba la voz y su mano
derecha, armada, mantenía un pulso casi perfecto. Sabía que en caso de
tener que lidiar con alguna resistencia física, su compañero, que se
acercaba desde el final del pasillo, sabría cómo disparar y sobre quien. Indy
advirtió que no tenía opciones. Si hacía algo inadecuado sería
atravesado por una bala. Por consiguiente, obedeció y avanzó, custodiado
por Hense, hasta la primer puerta que daba al exterior. Unos
metros antes de salir, Greg Deyermian se asomó de su despacho. —Indiana,
ya vamos a... El
alemán giró ciento ochenta grados y disparó sin miramientos contra el
decano. El
proyectil le dio en el hombro izquierdo, impulsándolo contra la puerta,
que volvió a abrirse para dejar que su cuerpo se desplomara contra las
baldosas del piso. Indy
aprovechó la distracción y corrió al parque, antes de que Hense
volviera a encañonarlo. El otro pistolero se lanzó a la carrera detrás
de él. —¡No
lo mates! —le exclamo el germano, imitándolo. Con
la imagen de su amigo y colega cayendo abatido por un disparo, Indy mordía
rabia mientras corría por un camino de grava, rodeado de arbustos
perfectamente podados. Conocía a la perfección todo el predio. Si nada
había cambiado en todos esos años de ausencia, había un atajo entre los
dos cuerpos de edificios que se levantaban delante de él; que daban a un
segundo parque, en donde había un puesto de seguridad privada, contratada
por la universidad. Arremetió
con velocidad por la calleja. Estaba oscuro y podía ver claridad al otro
lado. Corrió, avanzó de prisa, agitado, temeroso, enojado; hasta toparse
con un alambre tejido que le impedía el paso. —¡Maldición!
—clamó para sí mismo. —¡Maldita sea! Era
demasiado alto. No podría escalarlo. No tendría tiempo. Giró
y miró en la dirección por donde había entrado. Se quedó en silencio.
Su única aliada eran las sombras. Pasaron
los segundos. Éstos se transformaron en un minuto. En dos... en tres... ¿Qué
diablos estaba ocurriendo? ¿Acaso no habían visto por donde había
tomado? Imposible. Repentinamente
tres siluetas entraron por el pasadizo y prendieron igual número de
linternas.. Indy
se encandiló y tapó los ojos. —¡Doctor
Jones! Salga de ahí ahora mismo, está a salvo doctor. Acérquese, por
favor. Aquella
no era la voz cruda del alemán. Sonaba a un perfecto inglés británico.
Un inconfundible acento londinense. —¡Salga,
doctor! ¡Su colega está a salvo! Indy
obedeció y su rostro serio fue lo primero que los tres sujetos observaron
cuando se iluminó por una farola del parque. —Permítame
que me presente, doctor —señaló un hombre alto y claramente británico
por sus modos y gestos. —Mi nombre es Ian Wilow, agente del Servicio
Secreto de Su Majestad. Esta usted a salvo, señor. Acérquese, por favor. Indy
no sabía qué hacer. Estaba mareado. No comprendía nada. Sólo atinó a
ofrecer su mano extendida en señal de agradecimiento. Y en ese preciso
instante, uno de los asistentes del agente lo esposó. —Doctor Jones, —sentenció Wilow con determinación— queda usted detenido por sospechosa de espionaje contra el Imperio Británico. |
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3 JUEGO DE ESPÍAS Las
salas de interrogatorios suelen ser lugares desagradables. Sitios poco
aireados, sin ventanas; por lo general con una mesa pelada, sin nada
encima y luz, mucha luz de frente. Indy había conocido unas cuantas a lo
largo de su atribulada existencia. Recordaba una en especial, en la que lo
torturaran los nazis, unos meses antes de estallar la Segunda Guerra
Mundial y en la que creyó iba a perder la vida. Pero la sala que tenía
organizada el Servicio Secreto inglés era diferente a todas las
anteriores. Más se parecía a un comedor victoriano que una moderna
mazmorra inquisitorial. Era
una salón amplio, con enormes ventanales vidriados y rebuscados vitroux
de colores por los que se colaba la luz del amanecer. Había sillones y
una mesa de roble muy grande en la que se apoyaban carpetas y papeles con
membretes oficiales y sellos que mostraban palabras como “confidencial”,
“Sólo para sus ojos” o “Top secret”. Las paredes
estaban tapizadas y adornadas por cuadros con marcos barrocos, llenos de
paisajes románticos y rostros adustos de personajes desconocidos de la
historia anglosajona. Del techo colgaba una araña de bronce llena de
brazos retorcidos, semejante a un pulpo metálico y deforme. Indy
estaba sentado a la mesa, secundado por dos agentes británicos que
permanecían parados a su lado, impertérritos. Enfrente suyo, Ian Wilow,
que acaba de ingresar en el salón, se acomodó en una silla y miró al
arqueólogo fijamente, sin demostrar emoción alguna. —Exijo
que llamen al embajador americano e informen de mi situación —profirió
Indiana con tono firme. —Su
embajador ya ha sido informado. Recuerde que somos aliados, doctor Jones.
Y puedo asegurarle que no se opondrá a la charla que tengo por delante
con usted. La gente de la CIA también lo está esperando con ansiedad. Y
ahora, estimado profesor, las preguntas... Y por favor, sus respuestas. Wilow
agarró un sobre y extrajo un par de fotos. Eran de dos hombres, de frente
y medio perfil. Separó la primera y la puso ante la mirada de Indy. —¿Conoce
a este individuo, doctor Jones? —No. —¿Y
a este otro? —Tampoco. —¿Seguro
que nos los recuerda? —No
los recuerdo porque no los conozco. ¿Debería conocerlos? —Aquí
las preguntas las hago yo, doctor. —No
sé quienes son. —Permítame
que lo ilustre —dijo el inglés.—Este hombre era Sir James Latimer. El
otro un diplomático soviético llamado Boris Morishnikov. ¿Ahora
recuerda algo? —Ya
le dije que no. —Estos
dos hombres fueron asesinados hace una semana. Morishnikov era un agente
encubierto de la KGB. Latimer, un cerdo traidor que trabajaba para el
enemigo desde hacia años. —¿Qué
tengo que ver yo con todo eso? Wilow
dejó pasar la pregunta, que de todos modos no iba a responder por el
momento. —¿Fue
alguna vez a Rusia, doctor Jones? —Si,
por supuesto. Antes y después de la revolución. —¿Y
no se hizo de amigos? ¡Qué raro! —Claro
que tengo amigos en Rusia, Sherlock. Pero ninguno de esos dos que
me muestra cumplen con el requisito. —¿Va
seguido a las dependencias de la Royal Geographical Society? —No. —¿Pero
ha ido? —Sí. —¿Conoce
a una mujer llamada Catherine Mustgrove? —No. —Trabajaba
en la Sala de Mapas de la Sociedad. ¿Seguro que no le suena su nombre? —Ya
le dije que no. —¡Qué
extraño! —¿Por
qué? —Porque
la señorita Mustgrove tenía muy buenas referencias suyas. —¿Ah
si?... ¡Mire usted que bien! —No
se haga el gracioso, doctor. Su situación no es nada simpática; puedo
asegurárselo. Esa mujer está detenida y acusada por alta traición. Y
fueron sus papeles privados los que lo involucran a usted. —Mire,
Wilow, no sea estúpido. He sido profesor de arqueología desde hace décadas.
He dado seminarios y charlas aquí en Londres en más de una oportunidad y
mis oyentes y alumnos se cuentan por miles. ¡Vaya a saber en cuantas
libretas de direcciones está mi nombre y apellido! No recuerdo haber
conocido a esa mujer. Y si lo hice se debió seguramente a una cuestión
académica. —¿La
asesoró alguna vez sobre un tema referido a un “tal Paititi”? —No.
Nunca antes hablé con nadie en Inglaterra sobre ese tema. —¿Y
qué es el Paititi, doctor? —Debió
asistir a la conferencia de ayer a la noche, Wilow. El
inglés se paró y caminó hasta el ventanal. Podía ver a lo lejos el
cauce del Támesis y densos nubarrones en el horizonte. Meditó unos
segundos. Finalmente giró y volvió donde Indy estaba sentado. —Dígame
algo, doctor Jones, ¿qué relación tienen con Gregory Deyermian? —Soy
su amigo desde hace muchos años. Trabajamos juntos en muchas
oportunidades y compartimos algunos temas de investigación como ese “tal
Paititi” que usted dice. —¿Quién
lo atacó ayer a la noche? ¿Conocía usted al agresor? —No.
Nunca lo había visto en mi vida. —¿Cuántos
eran? —Yo
vi sólo a dos. —¿Alguna
seña en particular? —Sí,
eran alemanes. —¿Alemania
Oriental? —No lo sé. Wilow
buscó una tercera foto en una pila de papeles y se la mostró. —¿Era
éste? Indy
reconoció el rostro al instante. —Sí;
es él. ¿Quién es? —Eric
Hense. Ese es un nombre. Un asesino, un criminal de guerra. Trabajó en el
campo de exterminio de Treblinka, durante la segunda Guerra Mundial. Era
un nazi declarado, un carnicero. Escapó de Alemania en 1945 y nunca más
se lo volvió a ver hasta hace dos meses. Tiene la protección de una
organización secreta nazi llamada Odessa. Es gracias a los recursos de
ese grupo que ha podido cambiar de identidad y viajar por el mundo
impunemente. Se sabe que vivió en Paraguay durante cinco años, pero
cuando fue ubicado se esfumó en el aire. Indy
no salía de su asombro. Tenía el estómago revuelto. ¡Otra vez esos
malditos racistas se metían en su vida! Eran huesos duros de roer los muy
malditos. No se daban por vencidos. “¡Cerdos nazis!”, pensó.
Entonces sintió que todo ese asunto se estaba convirtiendo en algo
personal. Wilow
lo sacó de sus cavilaciones. —Quiero
que piense bien la siguiente respuesta. Doctor Jones, dígame, ¿qué
demonios tiene el Paititi que pueda llamarle tanto la atención a una
organización nazi como Odessa, a la KGB soviética y a dos ciudadanos
ingleses como para que cometan alta traición y se pongan en contra de su
propio país? —¿Qué
es lo que hizo la mujer?... —inquirió Indy. —Ella
fue la que robó un mapa de la Royal Geographical Society y se lo entregó
a Latimer. Y él a los rusos. Fue fácil seguirle el rastro. Encontramos
su nombre y apellido en una libreta privada del Sir James. Fue lo que nos
condujo a la mujer. La atrapamos, se asustó rápido y develó todo. “Mapa...”. La
palabreja le quedó a Indy rondando en la cabeza. —¿Qué
clase de mapa era ése? —inquirió. —Según
nos informaron los expertos, es un mapa antiguo del siglo XVII. Un mapa
hecho por jesuitas; para ser más exactos. Nada importante para la colección.
De hecho, de no haber sido asesinados esos dos tipos, nadie se hubiera
dado cuenta de su desaparición por mucho tiempo. Indy
permaneció en silencio. Su cabeza entraba lentamente en ebullición. —No
me respondió la pregunta, doctor —intervino Wilow. —¿Qué tiene de
especial el Paititi? —No
sé qué tiene esa gente en la cabeza. Tampoco qué es lo que creen hallar
en ese lugar. En mi opinión son meras ruinas incas, construidas muy
adentro en la selva. Claro que, como dije en mi charla, encontrarlas
probaría que el pueblo quechua se internó en el Amazonas más de lo que
creíamos hasta ahora. Pero esa es una cuestión histórica, arqueológica...
Para nada política. —Algo
debe tener.... —agregó el inglés. —Si
es así lo desconozco por completo. Wilow
se acomodó la corbata. Tomó asiento. Se recostó en la butaca ubicada
enfrente de Indy. Lo miró con una gesto diferente al que había tenido
hasta entonces y preguntó: —¿Qué
diría si le digo que estamos pensando muy seriamente en contratar sus
servicios para organizar una expedición al Perú y encontrar de una vez
por todas esa ciudad perdida, doctor Jones? Indy
no pudo remediar que su boca se torciera en una sonrisa llena de ansiedad
contenida. Era como haber ganado una batalla. |
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4 RASPUTÍN Cusco, República del Perú
Ocho días más
tarde...
Volver
al Ombligo del Mundo siempre era un placer. Indy
amaba al Cusco. Mantenía con la ciudad andina una extraña relación de
cariño que no experimentaba por otras urbes antiguas del mundo. Solía
decir que el Qosqo —tal como la nombraban sus habitantes respetando la
pronunciación quechua— era un lugar fuera de lo común, con un aire fuera
de lo común y posibilidades profesionales igualmente fuera de lo
común. Allí todo era posible. Desde toparse con una palacio incaico
en perfectas condiciones, mientras se recorrían sus callejuelas, como
tropezar con talleres de artistas que conservaban el arte y la técnica de
los pintores coloniales; comer un rico cuy a las brasas o escuchar
leyendas de tesoros escondidos en las picanterías, de las afueras de la
ciudad. En Cusco se respiraba romanticismo en estado puro. A eso olía la
aventura. Hacia
muchos años que no visitaba la ciudad[1]
y poco era lo que había cambiado en sus aspectos más tradicionales. La
ceremoniosa Plaza de Armas permanecía idéntica. Incluso el café,
en donde solía desayunar todas las mañanas, seguía en pie. “Trotamundos”
era su nombre de fantasía y allí solían reunirse al atardecer decenas
de viajeros, exploradores y aventureros de todo el mundo a compartir sus
experiencias y un buen vaso de cerveza o chicha. Indy
estaba exultante de alegría. Máxime en esa ocasión, en la que compartía
su viaje con un recuperado Gregory Deyermian, también él amante de la
ciudad; además de Manuel Sevilla y su dedo de oro. Si querían tener éxito,
debían contemplar todas las posibilidades que los llevaran a esas
misteriosas ruinas de la selva. Incluso acudir a la ayuda del peruano que
los abordara en la conferencia de la Universidad de Londres. Manuel
se movía por el Cusco como si estuviera en su propia casa. Se había
criado en sus calles y no había cuadra en la que no se topara con alguien
que conocía o fuera parte “lejana” de su familia. Lo
trataban con deferencia y respeto. Evidentemente pertenecía a un
apellido de reconocida fama en la región. No podían haber dado con nadie
mejor para iniciar las investigaciones. —Aquel
es el sujeto que buscamos, doctor Jones —dijo Sevilla, señalando con el
dedo a un individuo sentado a la barra del café, indiferente a la música
de quenas que sonaba en el ambiente y a las risotadas de los
parroquianos.—El es Nautilius Goodman. Vengan —indicó—, se los
presentaré. Atravesaron
el salón principal de “Trotamundos” y Sevilla le tocó el hombro. Para
cuando el sujeto giró e identificó a su coterráneo, profirió una
saludo cordial y exagerado, abrazándolo. Sevilla se sorprendió un poco.
Goodman no era de su entera confianza ni habían intimado tanto con el
sujeto como para ser recibido con semejante dosis de histrionismo. —Doctor
Jones... Profesor Deyermian.... —dijo esgrimiendo una amplia sonrisa.
—Les presento al experto que más sabe del Paititi en todo Cusco, el
periodista y explorador Nautilius Goodman. Cruzaron
saludos protocolares y fuertes apretones de manos. Goodman
era un hombre joven, de unos cuarenta a cuarenta y cinco años; alto,
delgado, con barba negra tupida y profundos ojos negros. Tenía un leve
parecido a Rasputín, el curandero de la Rusia Imperial; y según les
informara Sevilla minutos antes, propietario de un periódico en la ciudad
y dueño de una pequeña fortuna que había amasado buscando
“tapados”, es decir, antiguos tesoros coloniales escondidos en las
paredes y pisos de las casa antiguas de la ciudad. —¡Es
un honor conocer al famoso Indiana Jones! —exclamó Goodman sacudiendo
con potencia la mano derecha del arqueólogo. —Me resulta un placer difícil
de expresar con palabras la oportunidad de estrecharle la diestra, doctor. —No
es para tanto, señor Goodman —atinó a decir Indy con una sonrisa en la
cara y giró en dirección de Greg. —El es el profesor Greg Deyermian.
Experto en arte precolombino y explorador consumado. —¡Lindo
equipo! —expresó Goodman sobreexcitado. —¡Hermoso grupo
conformaremos! Pero, señores, vengan; siéntese en aquella mesa del rincón
que da a la calle. Allí podremos charlar con tranquilidad. Acto
seguido buscaron ubicación y tomaron asiento. “¿Lindo
equipo?”, pensó Indy. “¿A qué se refería con “equipo”?
¿Quién lo había invitado a ser parte del grupo? ¿Sevilla le había
anticipado algo unilateralmente?”. Indy
se acomodó contra la pared, frente al ventanal que daba a la Plaza de
Armas, con la catedral ante sus ojos y la antigua dependencia de la Santa
Inquisición inaugurando la Cuesta del Almirante, uno de sus callejones
preferidos. Greg se sentó junto a él; y Goodman, con Sevilla, del otro
lado de la mesa. —¡Camarero!
—exclamó el periodista— ¡Cerveza para todos!... —ordenó; y al
segundo inquirió sin dejar de esbozar una sonrisa: —¿Toman cerveza,
verdad? Goodman
era británico de nacimiento, pero vivía en el Perú desde su infancia.
Su padre, un ingeniero inglés a cargo del Ferrocarril Lima-Cusco a
principios de siglo, se había enamorado del altiplano peruano; y tras
buenas inversiones hechas en el país había podido dejarle a su hijo,
antes de morir, una modesta fortuna que le había permitido vivir buscando
tesoros, regenteando el periódico paterno sólo de a ratos. El uso de la
pluma le resultaba muy redituable; no en dinero, sino en contactos. Al
menos una vez por mes escribía una nota editorial en la que ensalzaba a
los políticos de turno y muy especialmente a la policía, con la que tenía
una excelente relación. Jamás publicaba notas que hablaran mal de las
fuerzas de seguridad y sus empleados, haciendo caso omiso a la libertad de
prensa, estaban amaestrados para obviar el más mínimo accionar
sospechoso proveniente de las comisarías. Goodman era un hombre de
derecha. Lo admitía sin prurito. Estaba orgulloso de ello y nunca perdía
oportunidad para criticar el discurso socialista o comunista que circulaba
en el mundo. En un planeta bipolar, tenía claro de qué lado estaba. Tras
un corto brindis, fue Indy el que introdujo el tema que los convocaba. —En
principio, quiero recordarles que tenemos poco tiempo para preparar
nuestra salida a la selva. Sería muy bueno dejar Cusco lo más pronto
posible e iniciar la búsqueda cuanto antes. Por eso lo convocamos, señor
Goodman. Necesitamos una serie de permisos del Instituto Nacional de
Cultura y sabemos que usted tiene buenos contactos en esa dependencia. —Delo
por hecho, Jones. Mañana mismo hablo con el director. Las autorizaciones
no son problemas. —Es
bueno escuchar eso. Por otro lado, según me informó Sevilla, usted tiene
ciertos datos que pueden sernos de utilidad y contribuir en la investigación. —¡Por
supuesto que sí! —exclamó Goodman, acomodándose en la silla exudando
adrenalina.—Tengo en mi haber varias búsquedas en pos del Paititi,
doctor. Hace décadas estoy en el tema. —Estamos
dispuestos a pagar por esa información. —¡De
ninguna manera! ¡Jamás aceptaría algo semejante! ¡Para mí es un honor
poder ayudarlos y participar en el proyecto! Dígame que puedo hacer por
ustedes. —¿Qué
opina usted de la hipótesis de que el Paititi se encuentra en territorio
boliviano, en las Sierras de Parecis y no en la Meseta de Pantiacolla?
—inquirió Greg. —La
creo falsa —respondió con absoluta seguridad. —No descarto que hayan
llegado tan lejos en la selva, pero todo parece señalar la meseta como el
sitio más adecuado. —Yo
creo lo mismo –agregó Sevilla. —aquel hombre del que recibí el dedo,
provenía de esa región. —¿Dedo?
—irrumpió Goodman sorprendido. —¿Qué dedo? Indy
le lanzó a Sevilla una poco disimulada mirada de reproche. El peruano se
sonrojó. Titubeó, pero ya era tarde. La lengua había sido más rápida
que la mente. —¿De
qué dedo hablan? —volvió a insistir Goodman. —La
verdad —dijo Indy—, es algo que no queríamos comentar demasiado. —No
me venga con misterios, doctor Jones. Yo estoy siendo completamente
sincero con ustedes y espero me retribuyan del mismo modo. —El
señor Sevilla tiene el pedazo de una estatua que, según le comentaron,
proviene del Paititi —aclaró Indy. —Un dedo de oro. Goodman
abrió los ojos más que sorprendido. —¿El
dedo? ¿Usted tiene el dedo, Sevilla? —Sí...
—respondió casi con vergüenza. Goodman
casi saltó de la silla, tomándose la cabeza con ambas manos. Nadie en el
bar se percató del exabrupto. —¡No
puedo creerlo! ¡Dios mío! —exclamó. —¡Era usted!... ¡Era usted! Greg
miró a Indy extrañado. —¿A
qué se refiere? —inquirió Jones. —¡He
venido oyendo la historia del dedo desde que era niño! Siempre la creí
cierta, siempre... En muchas oportunidades investigué el tema y jamás
llegué a nada concreto. Ese bendito dedo nunca aparecía. Y ahora... ¡ahora
me dicen que lo posee usted! —Acercó el rostro al del peruano y volvió
a preguntar: —¿Lo tiene acá? Sevilla
asintió. Miró a Indy como pidiendo autorización. El arqueólogo movió
la cabeza afirmativamente y el dedo quedó apoyado sobre la mesa, dentro
de la cajita de siempre. Las
manos de Goodman empezaron a transpirar y sus mejillas empalidecieron. —¿Se
dan cuenta?... ¿Se dan cuenta de lo que tenemos ante nosotros? —repitió
férvido de pasión. —Cuéntenos...—lo
invitó Indiana. Goodman
amagó con agarrar la pieza de oro. —¿Me
permiten? Todos
asintieron y lo agarró con reverencia. Lo giró de un lado a otro, lo
devoró con los ojos. Finalmente se dirigió al grupo. Su voz no era la
misma. Estaba emocionado y se notaba. —Caballeros...
—dijo— esto que tenemos acá no es otra cosa que la llave que nos
conduce al Paititi. La
mesa quedó en silencio. —¿A
que se refiere con “llave”? —prorrumpió Indy. —¿Qué
es lo que se hace con las llaves? Se abren puertas, doctor. Y esta es la
llave que he estado buscando por años. —¿Puede
ser más explícito? —indagó Greg. —Por
supuesto, profesor. Mire —dijo Goodman—, la cosa es mucho más
sencilla de lo que parece a simple vista. Hay una vieja leyenda de la región
de Paucartambo, en el borde de la selva, que habla de un mapa y de un dedo
de oro. El mapa, según dicen, fue dibujado por un sacerdote jesuita en
tiempos coloniales. En él hay marcado un sitio. Un lugar con figuras
cinceladas en las rocas y en ellas, un espacio, un agujero, una hendija,
en el que entra un dedo: el “Dedo del Inca”. Indy
estaba sorprendido. Jamás había oído nada semejante. ¿De dónde sacaba
esas historias? Percibió cierto tufillo de delirio en las palabras de
Goodman, pero no dijo nada. Permaneció callado mirándolo. Por otro lado,
el tema del mapa le intrigaba. ¿Sería el mismo mapa en el que pensaba? —¿Y
qué pasa con el dedo y con esa hendija? —preguntó Greg impaciente. —Se
abriría una puerta.... eso dicen. —¿Una
puerta? No entiendo —volvió inquirir. —¿Una puerta de qué tipo? —Una
que es dimensional, profesor. Sevilla
sonrió con escepticismo y se echó hacia atrás. —¡Nautilius,
por favor! —exclamó.—¡Eso es demasiado! ¿De dónde sacó esa
historia? Goodman
estiró la piel de su frente. Se sintió molesto, injuriado. Indy
apreció el cambió de humor del anglo-peruano y decidió intervenir. —Prosiga,
Goodman, por favor —dijo apoyando su mano en el antebrazo de Sevilla. —Esta
cuestión del Paititi excede la historia y la arqueología, señores. Me
parece que usted, Sevilla, desconoce muchas cosas. Pasó demasiados años
fuera del Perú, y veo que ha olvidado sus raíces. Los Andes esconden
muchísimos secretos que la mayoría de los hombres no quieren ni pueden
comprender. Es una cuestión de niveles de conciencia. Sólo los iluminados,
los preclaros de alma, podremos alcanzar la verdad y la felicidad plena
ante el conocimiento puro que hay en ese bendito lugar.—Tragó saliva,
volvió a mirar la pieza de orfebrería, que seguía en su mano y agregó:—Tenemos
el dedo. Nos falta el mapa. Pero eso no importa. ¡Yo conozco el lugar de
los petroglifos[2]!
¡Yo sé como llegar a ellos! Indy
observó a Greg. No
hacían falta las palabras. Ese
tipo parecía un delirante. “¡Maldita
sea!”,se dijo para sí mismo. “¿Por qué siempre las cosas tenían
que complicarse tanto?” |
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5 LA HERMANDAD BLANCA DEL PAITITI La
organización de una expedición implicaba —siempre— sortear
problemas impensados de último momento; engorrosos papeleos
administrativos, que pronto serían olvidados y, sobre todo, lidiar con
“locos” que creían tener soluciones mágicas a los inconvenientes y
enigmas que se presentaban en el camino. Eso Indy lo sabía muy bien; como
también era conciente de los peligros y retrasos que individuos de ese
tipo podían traer al proyecto. Nautilius
Goodman era, al parecer, miembro de esa preclara fauna; pero su entusiasmo
y sinceridad inicial convencieron a Indiana Jones a incorporarlo al grupo,
muy a pesar de su evidente inclinación al misticismo. Aunque de
misticismo, Indy conocía algo. Además, era parte del juego combinar
excentricidades. No había mucho de qué preocuparse. No era la primera
vez que trataba con personalidades difíciles y algo estrafalarias. Podría
adaptarse a los arrebatos místicos de Goodman. Su entusiasmo era
motivador y conocía cómo llegar a los grabados de piedra. En principio,
no representaba ninguna amenaza seria. En el ámbito de la búsqueda
arqueológica muy pocos revelaban “sus” secretos sin pedir nada a
cambio. Era un campo en el que el egoísmo se hacía notar y la información
precisa se constituía en el factor que hacía la diferencia entre tener y
no tener éxito. Goodman había entregado la historia del mapa y los
petroglifos con sólo la implícita condición de formar parte del
“equipo”. El negocio no dejaba de ser un mercado en el que los bienes
intercambiables eran datos, e Indy era conciente de ello. De hecho, de ese
intercambio habían salido las piezas de un inmenso rompecabezas que, en
el caso del Paititi, hacía casi quinientos años esperaban ser
ensambladas. Un
dedo de oro, un mapa y ciertos petroglifos en la
selva eran la punta del ovillo. Con ellos unidos se entreabría una
hendija a lo desconocido. En
la mesa de “Trotamundos” organizaron, hasta bien entrada la noche, los
pasos a seguir en los próximos días. Fijaron la fecha de partida; dándose
como máximo setenta y dos horas para iniciar la entrada en la selva, si
Goodman cumplía con lo prometido y despachaba todo el papelerío con
celeridad. También había que contratar animales de carga,
algún que otro porteador de confianza y alimentos para varias
jornadas. El trabajo no era poco, pero Indy prefirió ser conservador en
esos asuntos y no alimentar su ansiedad desmedidamente. Había muchas
cosas por hacer en Cusco antes de salir en pos de los petroglifos. —Por
lo que veo el camino será difícil —sentenció Jones recostado sobre la
mesa del café.—Pero todos somos hombres experimentados en estas lides y
no creo que haya problemas que no sepamos solucionar. Por lo que hemos
charlado esta noche, la idea original será, entonces, marchar en camiones
hasta la localidad de Tres Cruces, en el borde mismo de la selva, y hacer
base allí durante un día para adquirir el grueso de las provisiones.
Después partiremos a lomo de mula durante cuatro jornadas más hasta el
puerto de Shintuya, que será nuestro último contacto con la civilización. —Conozco
a un par de buenos amigos en Shintuya, Indy —agregó Greg. —Buena
gente. Excelentes baqueanos. Goodman
lo miró fijamente. —Disculpe
usted, profesor, pero no creo conveniente incorporar más gente a la
expedición. Ya somos bastante. Recuerde que los grandes contingentes
nunca llegaron a buen puerto. —Eso
lo decidiremos sobre la marcha —abogó Indy, haciendo valer su carácter
de líder del grupo. —Despreocúpese por esas cuestiones, Goodman.
Ahora, dígame, ¿a cuántos días de Shintuya se encuentran los
petroglifos? —Remontando
el río Palatoa en peque-peques[3],
y haciendo una escala para dormir, creo que en dos días podríamos
alcanzarlos. —Bien
—sentenció Jones. —En ese caso, si todo marcha según lo esperado, en
una semana como máximo habremos llegado al lugar. —¿Y
después? ¿Qué haremos? —inquirió Manuel Sevilla visiblemente
intranquilo. —¿Después?...
No lo sé —respondió Indy—. Algo se nos va a ocurrir. —Indiana,
—terció Greg—¿qué pasará con la “competencia”? —Ese
es otro tema pendiente... —¿Qué
competencia? —preguntó Goodman. —No
estamos solos en esto. —¿Ah
no? ¿Y quienes son nuestros competidores? ¿Alguna universidad rival a la
suya, doctor Jones? —Digamos
que es algo más importante que una universidad. —Y
no es uno, sino dos los grupos que están detrás de lo mismo —agregó
Deyermian. —Rusos
y alemanes —aclaró Indy. —¿Se
dan cuenta? Yo tengo razón —expuso Goodman.—Cuando les digo que este
tema es algo mas que meras ruinas, tengo razón. —De
seguro ya están en Cusco —dijo Indy. —¿Qué
puedo hacer al respecto? —ofreció el inglés. —Poner
gente en las terminales de buses y de tren y que se fijen si este hombre
llega a la ciudad —dijo sacando del bolsillo de su chaqueta cazadora una
foto de Eric Hense. —Descuide, doctor. Tengo empleados entrenados en buscar información y personas. —Agarró la foto, la miró y preguntó: —¿Quién es este tipo? cd Las campanas de la iglesia de la Compañía de Jesús tañeron doce veces a la medianoche, inundando con su sonido todos los rincones del Cusco. Tolerantes, los cerros que enmarcaban la ciudad, antiguos dioses incaicos, recibieron las vibraciones católicas y las absorbieron haciéndolas suyas; devolviendo, a cambio, un manto de niebla que cubrió la capital quechua. La
temperatura había descendido y hacía frío. Lejos quedaban los cálidos
veintitrés grados de la hora de la siesta y aún más lejos la claridad
que permitía moverse por las callejuelas sin la necesidad de mirar el
piso a cada paso. Indy
alimentaba una preocupación creciente. Quería comentársela a Deyermian,
pero la presencia de Manuel Sevilla lo cohibía. Prefería explayarse al
llegar a la casona del peruano, cuando éste no estuviera ante ellos. Habían
dejado “Trotamundos” hacía menos de quince minutos y avanzaban
por la gloriosa e imponente calle de Hatunrumiyoc, ascendiendo la cuesta
que los alejaba del centro. Las inmensas rocas del palacio inca, que corrían
a sus lados, eran testigos mudos del pesar que sentía arqueólogo. Ya
la niebla cubría todo cuando salieron del bar. Una verdadera sopa de
humedad blanca generaba un ambiente fantasmagórico, no sin cierta
belleza. Eran
los únicos que deambulaban por el adoquinado de las calles. Entonces,
inesperadamente, desde una de las equinas de la callejuela, Indy, Greg y
Manuel, advirtieron que cuatro figuras de color muy blanco les cortaban el
paso. A
sus espaldas, otras cuatro siluetas empezaron a acercárseles y a tomar
formas definidas. Eran
ocho individuos vistiendo capuchas color blanco y largas vestiduras del
mismo tono. Todo
parecía indicar que no tenían intenciones pacíficas. Largas dagas de
piedra pulida, engarzadas en mangos de cuero, resplandecían, reflejando
la luz de las farolas. Sevilla
buscó un lugar seguro entre Greg e Indy, colándose entre ambos y
protegiendo el bolsillo derecho de su chaqueta, que era en donde guardaba
el dedo de oro. Greg sacó las manos de la suya y cerró los puños. Indy
desabrochó la traba que mantenía su látigo en la cintura, y apretó con
fuerza el mango. “Debí haber traído el revólver”, pensó.
Pero ya era tarde. Lo había dejado en la casa de Sevilla para limpiarlo y
tenerlo presto en caso de necesitarlo en la expedición. —Guarden
sus posiciones —dijo con la seguridad de un soldado en la
trinchera.—No hagan nada hasta que yo les diga —y se ajustó el
sombrero fedora. Los
grupos de encapuchados aminoraron el paso. Elevaron más los brazos.
Dirigieron las puntas de las dagas en dirección a Indy y sus socios. Cuando
los tuvieron a mediana distancia, se percataron de que debajo de la
caperuzas tenían puestas máscaras, también blancas. En ese momento, se
detuvieron. Uno
de los encapuchados dio medio paso al frente y habló: —¡No
deberían estar aquí, gringos! —dijo con tono amenazante. —¡Nada de
lo que hay en estas tierras es de su incumbencia! —¡Este
es un país libre! —respondió Jones con furia exagerada. El
sujeto pareció no escucharlo. —¡Usted,
Sevilla, tiene algo que no le corresponde! ¡Dénoslo! Inconscientemente,
Indy protegió a Manuel con su brazo, empujándolo contra la pared de
granito del callejón. En
ese momento, uno de los individuos avanzó más de lo deseable. Entonces,
el látigo chasqueó el aire y su punta se enrolló en la muñeca de quien
parecía querer agredirlos en primera instancia. Bastó un tirón muy
fuerte para que el puñal saliera despedido contra los laterales del
callejón, junto con su portador. Los
otros siete hombres levantaron las armas blancas hasta sus hombros y las
lanzaron en dirección de los extranjeros. Indy
se hizo a un lado con agilidad. Escuchó el sonido del puñal zumbar junto
a su oreja derecha, en el momento en que la daga pasaba a centímetros de
ella. Greg se echó al piso, con igual suerte. Una
vez más el látigo surcó el espacio que había entre el arqueólogo y
sus agresores. Oyeron dos gritos de dolor. Les había dado a un par con un
solo movimiento de muñeca. Giró
ciento ochenta grados y repitió la contraofensiva. Una vez más, la punta
de aquel nervio flexible chocó contra los enmascarados con capuchas. Indy
sacudió dos, tres, cuatro, siete veces, el látigo en todas direcciones.
Parecía el domador de bestias de un circo, poseído por la adrenalina y
el miedo. No
les dio a todos, pero fue suficiente para disuadirlos a seguir en el
callejón. Uno de ellos hizo una señal y al cabo de unos segundos,
desaparecieron en la noche. Greg
se reincorporó con pesadez. —¿Estas
bien? —inquirió Indiana, enrollando el látigo. —Si;
estoy perfectamente.... Indy
giró en dirección a Sevilla. —¿Y
usted, Manuel?... ¿Manuel?... ¿Qué le pasa?... ¡Por Dios, Greg, este
hombre está herido! Se
abalanzaron sobre Sevilla, que estaba con la espalda apoyada contra el
muro, inmóvil, pálido y un puñal clavado profundamente en el esternón. —Te
equivocaste, compañero —señaló Deyermian hincando sus dedos en la
aorta. —Está muerto... cd Dos
horas tardó Nautilius Goodman en presentarse en el cuartel de la policía.
Entró agitado, serio y con cara de preocupación. Saludó al comisario y
entró en su oficina, Indy y Greg lo esperaban sentados en una banca de
madera, recostados contra la pared. —¡No
puedo creer lo que pasó! —exclamó Goodman.—¿De verdad falleció? Indy
asintió con la cabeza. —Se
llevaron el cuerpo a la morgue —aclaró el comisario, acomodándose en
su butaca, frente al escritorio.—Lo apuñalaron. —Y...
¿se llevaron “algo”? —inquirió Goodman con notable
preocupación por el innombrado dedo. —No. —¿Quién
lo mató? —Eran
ocho sujetos —explicó Jones.—Todos con máscaras y capuchas blancas.
Nos estaban esperando y conocían a Manuel. —Lo
llamaron por su apellido —agregó Deyermian. —¿Qué
puede decir de todo eso, Goodman? —inquirió Jones con sequedad. El
comisario lo miró sintiendo que le robaban el rol natural de interrogador
que tenía por profesión. El
inglés se rascó su velluda barbilla. El policía lo miró y frunció su
boca. —¿Cuánto
hace que no aparecían, don Nautilius? —inquirió el militar. —Mas de diez años —respondió. Indy
adelantó su cuerpo y volvió a acomodarse en la banca. Luego intervino. —¿De
qué hablan? ¿Conocen a esos tipos? Goodman
caviló unos segundos. —Puede
que le resulte insólito, doctor Jones, pero han tenido el extraño
privilegio de toparse con algo que muchos creen es una leyenda urbana
local. —Pues
esa leyenda asesinó a Manuel Sevilla, Goodman. Las leyendas urbanas no
matan gente —dijo con un cierto dejo de disgusto. —Es
una célula subversiva... —empezó a explicar el policía. —¿Me
permite, Menéndez? —se inmiscuyó Goodman. El funcionario aceptó. —¿A
qué se refiere con “célula subversiva”? —preguntó
Greg. —En
realidad ese término no se condice con el carácter del grupo con el que
se tropezaron, profesor —dijo en idioma inglés para no herir
susceptibilidades en el uniformado.—La verdad es que no salgo del
asombro porque, como les dije, hacía mucho tiempo que nadie hacia
referencia a ellos. —¿Quiénes
son “ellos”? —volvió a preguntar Indy con impaciencia. —La Hermandad Blanca del Paititi, doctor Jones —sentenció Goodman. —¿Y qué es eso? —saltó Greg. —Un grupo... una logia, no se sabe bien. Se dice que son fanáticos nacionalistas. Indigenistas que defienden las tradiciones locales y consideran al Paititi como la última frontera de resistencia de la cultura andina. Los rumores cuentan que son sus protectores. En lo personal creo que constituyen una asociación de locos... —...locos muy peligrosos —completó Indy y extrajo de su morral una de las dagas que había recuperado del callejón. —Usan estas cosas y por lo que puedo concluir son armas muy antiguas, extraídas ilegalmente de algún yacimiento arqueológico o robadas de un museo. Son incas auténticas. Goodman se le acercó y tomó la daga. —No hay duda de ello... Son auténticas —dijo revisándola con sapiencia. El comisario se pudo de pie y pidió verificar el puñal. —Recién dijo que hacía diez años que no tenían noticia de esta gente. ¿Cómo es eso, Goodman? —demandó Indy. —No ha habido denuncias sobre ellos en más de una década. La ultima vez que mi periódico recibió noticias de la Hermandad Blanca fue, creo, en 1946, si la memoria no me falla. —¿Y a que se debió ese largo “retiro”? —No lo sé. Indy se puso de pie. —Hay muchas cosas que me rondan la cabeza, Goodman. ¿Cómo es que conocían a Sevilla? ¿Por qué le pidieron “algo” que él tenía y está relacionado con el Paititi? ¿Quién les informó sobre eso? —No sé qué decirle... —¿Dónde estaba usted a la hora en que nos atacaron? La pregunta a quemarropa que Indy hizo cayó como un balde de agua fría. —¡¿Qué está sugiriendo, Jones?! —detonó el británico. —No sugiero nada. Sólo pregunto. ¿Dónde estaba usted? ¿Qué hizo después de dejar el café? —¡Me ofende, doctor Jones! —Discúlpeme, Goodman, pero como científico soy... curioso. —respondió con serio sarcasmo. —No debería responderle esa pregunta, pero lo haré. Cuando ustedes se retiraron de “Trotamundos”, me quedé charlando con el propietario del local dos horas más. Tengo a decenas de testigos, si eso atempera su... “científica curiosidad”, doctor Jones. Indy no dijo nada y volvió a meter la daga en su bolsa. El comisario se le adelantó con la mano en alto. —No, no, no... —dijo— ese cuchillo es una prueba del homicidio. Se queda aquí, señor. Indy se dirigió a Goodman, relegando al oficial. —Necesitaré este artefacto un tiempo. Quiero investigarlo. ¿Puede usted hacer algo al respecto? Todavía algo ofuscado, Goodman asintió con la mirada y apartó al comisario unos minutos. Habló con él en voz muy baja. Después anunció: —Tiene cuarenta y ocho horas para devolverlo. —Okey. Así lo haré —y terminó de guardar el arma. —¿Podemos marcharnos? —No hay nada que los retenga en la dependencia. —En ese caso, volveremos a nuestro hostal. —Se ajustó el sombrero de fieltro e invitó con un gesto a que Greg lo siguiera. —Mañana nos comunicaremos con usted, Goodman, y disculpe si lo incomodé de algún modo. El inglés sonrió de compromiso y le palmeó el hombro. —Sin rencores, doctor Jones. Esperaré su llamado. |
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6 Entrar y salir de cualquier país, no constituía
problema alguno para la organización. Cambiar
de identidad, tampoco. Según
la jerarquía que se hubiera tenido durante la Segunda Guerra Mundial,
modificar la profesión o encontrar un puesto temporario en alguna fábrica
como operario de tercer nivel, evitando así la exposición y manteniendo
un cuidadoso anonimato, tampoco era nada difícil. Había
dinero suficiente y contactos importantes en casi los rincones del mundo;
aún en Estados Unidos e Inglaterra, supuestamente los dos grandes
paladines de la justicia, la democracia y la defensa de los derechos
humanos. Los
largos tentáculos de Odessa llegaban a todas partes. Su influencia era
inmensa y solapada. Sostenida por regímenes autoritarios, la vigencia de
la Guerra Fría y la siempre alimentada amenaza del comunismo
internacional, los ex-jerarcas de las SS de Adolf Hitler
encontraban las condiciones adecuadas para proliferar conservando una
cuota de poder enorme desde las sombras. Odessa,
al no estar concretamente en ninguna parte, resultaba estar presente en
todas. Y Eric Hense sabía aprovecharse de esas circunstancias. Desde
1945 había cambiado de apellido varias veces; y si bien no podía vestir
su elegante uniforme color negro, con la calavera y las tibias cruzadas
como símbolo de elite prendidas en el frente de su gorra, Hense sabía
muy bien quién era. No tenía problemas de personalidad. Ni culpa. Ni
arrepentimiento. Tampoco misericordia. Su trabajo en los campos de
concentración de Europa Oriental lo había llevado a cabo con fría
sapiencia. Con la objetividad de un burócrata obediente y convencido. Se
veía a sí mismo como el brazo ejecutor de un proyecto momentáneamente
interrumpido, pero con infinitas posibilidades futuras. Los mil años de
nazismo augurados por el Führer aún eran posibles. Casi podía sentirlo
en sus venas y el corazón le latía con fuerza en el pecho cada vez que
recordaba su juramento de fidelidad al líder muerto. La
avioneta rebajó la potencia de los motores y ubicó su trompa en dirección
a la pista de aterrizaje, que se desplegaba como una cinta marrón en un
terreno libre de árboles y maleza unos doscientos metros por debajo del
fuselaje. Hense
se ajustó el cinturón de seguridad y agarró con fuerza el portafolios
que tenía apoyado sobre sus piernas. Miró al piloto. Temía volar. El
aire no era su ámbito preferido. Buscaba una palabra de aliento y la
encontró. —Ya
llegamos, señor. Despreocúpese, todo está en orden. En cinco minutos
tocaremos tierra. —Danke
—agradeció el alemán y fijo la atención en los medidos movimientos
que el piloto hizo, hasta que el tren de aterrizaje se posó suavemente en
el terreno apisonado de las afuera del Cusco. Hense
descendió y, tras despedirse del piloto, caminó en dirección al sujeto
que lo esperaba a unos veinte metros de distancia. Era
un hombre alto, vestido de modo muy informal; con sombrero de ala ancha,
pantalón azul de tela y camisa a cuadros. Estaba transpirado y su rostro
cetrino y rasgos mongoloides lo identificaban como un claro representante
del universo fenotípico andino. Cuando
tuvo al alemán cerca, se adelantó, extendió la mano y dijo: —Bienvenido,
señor. Mi nombre es Robustiano Patrón Costas. Soy su anfitrión e
informante. Tengo un auto acá cerca, esperándolo. Acompáñeme si es tan
gentil. Hense
respondió con sequedad y observó el paisaje montañoso que rodeaba aquel
desolado paraje. Los
cerros tenían nieves eternas. Igual
que en su ciudad natal de Alemania. cd El
doctor Miguel Ballón los esperaba sentado en un banco de mimbre a la
puerta de su estudio, saboreando un mate (té) de coca bien caliente. Su
aspecto de campesino a medio civilizar no dejaba entrever los numerosos títulos
universitarios que tenía, ni los premios y honores conseguidos en
diferentes centros académicos del mundo, por su invalorable desempeño
como especialista en historia y arqueología incaica. A sus noventa y tres
años, Ballón encarnaba la mayor autoridad viva en cuestiones andinas.
Maestro de maestros, conocía a Indiana Jones desde hacía tiempo y estaba
ansioso por volver a verlo, tras tantos años de ausencia. Cuando
el jeep frenó delante del galpón que le hacía las veces de estudio y
museo privado, el viejo se puso de pie con dificultad y avanzó tembloroso
hasta fundirse en un caluroso y fraternal abrazo con Indy. —¡Hijo,
qué alegría inmensa volver a verte! —exclamó emocionado con una voz
apagada por los años. —¡Profesor,
lo mismo digo! ¡Qué bueno verlo otra vez! —respondió Indiana, sintiendo húmedos los ojos. —¿Sabes?
—dijo el viejo apartándose un poco —Creí que ya no nos volveríamos
a encontrar nunca más. He leído mucho de ti, Indy. ¡Eres famoso,
muchacho! —No
diría tanto, profesor —se sonrojó.—Digamos... que me he hecho un
nombre en el ambiente. Es que llevo ya muchos años en esto. —¡Y
que lo digas!... La última vez que te vi no tenías las canas que ahora
peinas —bromeó el viejo. —¿Canas?
¿Qué canas? —repreguntó Indy siguiéndole la broma.—¡Estas no son
canas! Son meros reflejos producidos por el sol... Ambos
lanzaron una corta carcajada. —Profesor,
permítame que le presente a un buen amigo —repuso Indy:—el señor
Gregory Deyermian. Especialista inglés en culturas andinas. —¡Bienvenido
a mi humilde morada, colega! —saludó Ballón con desbordante simpatía.—Pero
ahora pasen. Pasen, así toman algo y charlamos sobre el asunto que los
trae por acá. Algo me adelantaron por teléfono, pero quiero saber más.
Adelante. El
estudio de Ballón era una construcción humilde de material, extenso, de
unos doce metros de largo por cuatro de ancho, en el que se acumulaban
setenta años de profesión ininterrumpida. Decenas de huacos mochicas,
chimú, nazca e incas, se apilaban en estanterías de madera colgadas de
la pared. Allí podía verse parte de la dinámica cultural de los Andes a
lo largo de sus veinte mil años de historia. Papeles, libros y
anotaciones ocupaban, desordenados, sendos tablones que, a modo de mesas,
cubrían gran parte de los muchos metros cuadrados del recinto. Dibujos y
mapas terminaban de darle al sitio el aspecto de un depósito caótico que
sólo Ballón podía convertir en un universo ordenado, de donde extraer
las respuestas necesarias a las preguntas que, día a día, le quitaban el
sueño a su todavía curiosa personalidad. El
anciano sirvió la infusión caliente de coca en dos jarritos de metal y
se los entregó a sus visitantes. —Veo
que ha juntado algunos materiales más en estos años... —ironizó Indy
echándole una ojeada al estudio. El
viejo sonrió. —Las
malas mañas nunca se pierden, hijo. —¡En
verdad esto es sorprendente, doctor! —exclamó Greg con
entusiasmo.—Jamás imaginé toparme con semejante colección de arte
precolombino. —Es
sólo arte prestado —explicó Ballón.—Pertenece al museo universidad.
Sólo que me permiten tenerlo en consignación para que pueda estudiarlo.
Ya regresará todo esto a sus vitrinas cuando ya no esté.—Hizo un breve
silencio mientras observaba los objetos con nostalgia y volvió a
preguntar, acomodándose en una mecedora: —¿Qué es lo que los trae a
la casa de este viejo aburrido? Cuéntenme. Sin
demasiados preámbulos Indiana relató las vicisitudes de la noche
anterior y extrajo de su morral el cuchillo de piedra. Lo puso en manos de
Ballón y esperó que el viejo reaccionara. Lo
examinó callado unos minutos. Después se reincorporó, bajó de una
repisa una pieza cerámica y descolgó un pequeño mapa de la pared. Colocó
todo sobre una de las mesas y mirándolo serio a Jones, preguntó: —¿Tú
sabes lo que es esto, verdad? Indy
asintió. —Pero
quiero que usted lo confirme. —Pues,
hijo, está confirmado. Pongo mi buen nombre en juego afirmando que
este cuchillo ceremonial... —...
es de elaboración inca post-colonial —agregó Indy.—Hecho en las
regiones selváticas, donde supuestamente ellos nunca entraron. —Efectivamente.
Los mangos están hechos con cuero de mono, un material exótico que jamás
usaron mientras habitaban Cusco. —¡Es
cierto! —dejó entrelucir Greg, boquiabierto. —Había
leído en viejas crónicas del siglo XVIII sobre estos cuchillos —dijo
Ballón, manipulándolos con respeto,—pero nunca tuve uno en mis manos. —Tampoco
nosotros —sentenció Jones. —¿Y
me dices que esos tipos los portaban? —Sí,
profesor. La Hermandad Blanca. Así la llamaron en la comisaría. —¿Los
conoce usted? —intervino Deyermian. —Lamentablemente,
sí. Aunque hacía muchísimos años que no oía hablar de ellos. —Le
atribuyen una existencia ficticia —explicó Indy. —¿Ficticia?
—se sorprendió Ballón—¿Quién dijo semejante cosa? —Nautilius
Goodman —contestó Indiana. —¡¿Goodman?!...
¡¿Y qué tienen qué ver ustedes con ése?! —Nos
lo presentaron como un buen contacto para ingresar en la región de
Pantiacolla. Ballón
frunció el seño en clara señal de desagrado. —¿Sucede
algo malo, profesor? —inquirió Greg. —Conozco
a ese inglés. Es un bribón. Un huaquero[4]
inescrupuloso con que tuve muchos encontronazos en épocas pasadas. Es
propietario de un periódico, ¿lo sabían? —Sí
—respondió Indy. —El
muy pillo lo utilizó en mi contra hace algunos años atrás cuando
trabajaba en una excavación en Tambomachay. Aparentemente quería sacar
del yacimiento unos textiles incaicos de gran valor y puso a uno de sus
hombres haciéndose pasar por peón de campo. Pude descubrirlo a tiempo y
nunca me lo perdonó. Usó el diario para acusarme de no sé qué tontería.
Naturalmente nadie lo creyó. —¿Usted
cree que Goodman puede estar relacionado con el grupo que nos atacó? —No
quiero cometer el mismo pecado que él cometió conmigo, Indy. No puedo
acusarlo sin pruebas; pero, extraoficialmente... —Entiendo... —Nos
estaba diciendo algo sobre la Hermandad Blanca, doctor —intervino Greg. —Sí,
es cierto —recapituló el anciano.—Hace años que no sabía nada de
ellos. —Goodman
dijo lo mismo —agregó Indy. —Si
la memoria no me falla fue allá por 1945 o 1946. Greg
esgrimió una amplia sonrisa de admiración. —¡¿Cómo
puede retener esas cosas en la memoria?! —exclamó. Ballón
lo observó con cómplice simpatía. —Cuando
no se tiene familia y la vida pasa por la profesión—contestó el viejo
arqueólogo,—la memoria tiende a especializarse de un modo sorprendente,
amigo mío. —Goodman
mencionó también el año 1946 —manifestó Indy.—¿Qué fue lo que
sucedió en ese año? —Un
rumor recorrió el Cusco —empezó a explicar Ballón.—Se dijo que una
persona había traído una pieza de oro de las ruinas del perdido Paititi.
Un arriero o algo así. —¿Una
pieza de oro? —Sí,
Indiana. Un dedo. Una
corriente eléctrica le recorrió a Jones la base del cráneo. Greg le
dirigió una mirada, desorbitada. —Continué,
profesor, por favor —sugirió Indy, conteniendo la ansiedad; apaciguando
a Deyermian con un gesto disimulado. —En
esa oportunidad, y como consecuencia del rumor, algunas personas de la
ciudad fueron amenazadas por esa Hermandad Blanca. Incluso se registró un
atentado contra un señor de mi conocimiento. Un tal Manuel Sevilla. Decían
que él tenía el dedo. Creo que después de ese hecho se fue del país. La
adrenalina corría a chorros por el organismo de Indiana Jones. No podía
creer lo que escuchaba. Estaba atónito. Ballón se percató de ello. —¿Te
sientes bien? —le preguntó. Greg
se había recostado en una silla. Intentaba armar el rompecabezas con la
mayor celeridad posible, pero las ideas se atascaban. Tenía que calmarse
para pensar tranquilo. —¡Nos
mintió! —exclamó Indy al inglés.—¡El muy maldito, nos mintió! —¡Nos
dijo que él era un niño cuando se lo llevaron a su padre! —¡Que
quería certificar su autenticidad! —agregó Jones, sintiéndose un
tonto.—¡Maldito mentiroso! —Perdón,
¿pero qué hablan? —inquirió Ballón sin entender nada. Indy
tomó asiento frente a su mentor intelectual. Se calmó un poco. Acomodó
sus pensamientos y le clavó al anciano los ojos. —Profesor,
esto se está complicando mucho. —¿Qué
es lo que pasa? —El
hombre que asesinaron ayer a la noche en el callejón era Manuel Sevilla. —¡¿Qué?! —Lo
que acaba de oír. Y eso no es todo. Metió
la mano en el bolso y extrajo la caja, el algodón y el dedo. —¡Por
Dios santo! —profirió Ballón casi en un grito.—¡El dedo del
Inca!... ¡Era cierto!... ¡No puedo creerlo! —Créalo—esgrimió
Indy. —Lo tiene ante sus propios ojos. |
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7 Eran muchas las piezas que Indy tenía del complicado rompecabezas en el que estaba involucrado, tras su conferencia en la Universidad de Londres. Una vez más se devanaba el cerebro tratando de interpretar las conductas de individuos que conocía muy poco, para darle coherencia a ciertos actos que, en primera instancia, carecían de ella. ¿Por qué Manuel Sevilla les había mentido respecto de la fecha en la que obtuviera el dedo de oro? Según
cálculos a “ojo de buen cubero”, Sevilla ya era un muchacho de
veintitrés años al momento de tener que abandonar el Perú, tras el
atentado que, contra su propia vida, habían cometido los miembros de la
Hermandad Blanca. ¿Por qué había
dicho que era un niño? ¿Por qué no había nombrado nunca a ese extraño
y peligroso grupo que, finalmente, lo había asesinado? ¿Para
qué necesitaba de su ayuda y la de Greg si, según el mismo, conocía el
modo de llegar y recuperar los tesoros que había en el Paititi, sin el
auxilio de nadie? Además, si Nautilius Goodman estaba relacionado con la
Hermandad, tal como lo sospechaba el doctor Ballón, ¿por qué los había
conectado con él? ¿Qué motivo había tenido más allá de los contactos
que Goodman conservaba con las instituciones de la ciudad? Si
Nautilius —un tipo con cierto grado de misticismo— era parte de esa
logia secreta que lo atacara, seguramente conocía a Sevilla. En ese caso,
¿para qué ir solito a la “boca del lobo”? ¿Para qué
sumergirse tan directamente en ese lodazal de intrigas irracionales que, a
la postre, le hiciera perder la vida en un oscuro callejón de Cusco? Sevilla tenía el dedo y decía conocer el camino. Goodman
sostenía que sabía cual era la ruta hacía los petroglifos, sin la
necesidad del mapa jesuita (que supuestamente conducía a ellos). Y una vez más, la pregunta que a Indy lo atosigaba: ¿para qué habían requerido de sus servicios profesionales? Además
estaban los nazis de Odessa y los rusos de la KGB soviética. Indy no acertaba a responder ninguna de esas dudas. Greg y el doctor Ballón tampoco. El anciano estaba encandilado con el dedo. Lo miraba, lo tocaba, lo examinaba con atención desde todos los ángulos posibles; buscando una muesca, una rugosidad, un dato mínimo que le permitiera certificar su autenticidad. Tan abstraído estaba que no escuchaba el devaneo mental que Jones realizaba en voz alta. —No entiendo absolutamente nada —terminó diciendo Indy, rascándose la nuca frente a una foto encuadrada que pendía de la pared del estudio de Ballón. —¡Esto es un lío y me pongo nervioso cuando no puedo manejar las variables de un asunto que me involucra! —Ya vendrán las respuestas, Indy —contestó Deyermian. —¡Tiempo al tiempo, compañero! —Sí —respondió escéptico. —Sólo espero no estar muerto con un cuchillo incaico clavado en la nuca cuando eso ocurra. Ballón dejó la falange sobre una de las tantas mesas y se tocó la barbilla. Su sorpresa inicial parecía mutar y la calma académica, que lo hiciera famoso en la universidad, volvía a convertirlo en el maestro de arqueólogos que todos conocían. Por unos minutos pensó en voz alta. Hizo referencia a lo difícil que era certificar la antigüedad del dedo y se preparó una nueva taza de mate de coca bien caliente. —Este es un enigma que tiene cuatrocientos años, caballeros —dijo saboreando la infusión. —No esperen que este viejo achacoso lo resuelva en pocos minutos. La verdad es que estoy muy confundido. Siento que estamos a las puertas de algo importante, pero no acierto a saber qué es. Se hizo un silencio en todo el estudio, al cabo de los cuales Deyermian le inquirió: —Doctor, ¿qué cree usted que podamos encontrar en el Paititi? El anciano lo observó pensativo y movió la cabeza como queriendo decir “no lo sé”. Fue en ese momento cuando oyeron que los cristales de uno de los ventanales se rompía. cd La granada de gas lacrimógeno estalló en el centro de la habitación y todo el estudio se llenó de un humo color naranja, que les quitó el oxigeno y encegueció en segundos. En el aprieto por buscar aire puro, Ballón trastabilló y se desplomó sobre una de las mesas. Greg se hizo hacia atrás instintivamente, chocó de espaldas contra la pared, teniendo los ojos llorosos y el temor propio de todo aquel que siente su vida amenazada. Indiana Jones se echó al piso. Sabía que al ras del suelo tenía mejores opciones de respirar al menos en los segundos iniciales. Entonces escuchó crujir la puerta de entrada, al ser arrancada de sus goznes de una patada, y el ingreso apresurado de tres individuos. Cuando pasaron a su lado, pudo ver las botas sucias de barro y oír sus voces apagadas por el uso de mascarillas antigas. No lo pensó dos veces. De un salto se reincorporó y, a ciegas, se abalanzó contra el que tenía más a mano. El peso de su cuerpo los tiró contra una repisa llena de huacos, que llovieron en todas direcciones, rompiéndose en decenas de pedazos. Le ardían los ojos, pero aún así alcanzó a propinarle al agresor una soberana trompada en el cuello que le quitó la mascarilla. Sin tiempo a nada, tiró un segundo golpe de puño, partiéndole la nariz en dos. No había terminado de sentir los nudillos doloridos por el impacto cuando experimentó la sensación de ser elevado desde atrás. Lo habían tomado de su cazadora. Lo sacudieron como un muñeco y lanzaron contra una de las mesas del estudio. Patinó sobre ella y cayó de cabeza contra el piso, cuando la superficie de madera se le acabó en la otra punta. Se reincorporó mareado. Aún aturdido, su quijada se topó con otra mano apretada y volvió a caer de espaldas en el suelo. Cuando pudo abrir sus irritados ojos, el cañón de una pistola de la segunda guerra mundial le apuntaba el entrecejo. Se le frunció el alma. Iba a morir de un tiro en la cabeza. Sus párpados volvieron a cerrarse, esta vez resignados. No había tiempo de nada. Ya era tarde. Apretó los ojos y esperó el disparo. Cuando el estudio retumbó por la detonación e Indy no sintió nada, una angustiante sorpresa le recorrió el alma. ¿Qué había pasado? El humo se difuminaba, colándose por las hendijas del estudio y la visibilidad mejoraba rápidamente. Recién ahí vio el cuerpo de su verdugo herido, retorciéndose a tres metros de distancia. Un nuevo fogonazo iluminó el recinto e inmediatamente una voz en castellano que gritaba: —¡Lo
tengo!! ¡Rápido! ¡Salgamos de aquí! Una sucesión de ruidos y pasos, corridas y alaridos de dolor se sucedieron en tropel. El herido fue levantado por alguien y tan rápido como habían entrado, se marcharon. Indy se apoyó en la mesa y se paró con dificultad. El gas residual ya era poco. Ballón vomitaba recostado hacia la derecha en el piso y Greg se tomaba la garganta, sintiéndola reseca, con su cuerpo apoyado contra una pared. Indy avanzó hacia ellos tambaleante. En ese instante se percató de que un cuarto individuo se parapetaba muy cerca suyo, con una pistola humeante entre los dedos. Una
mujer. Una hermosa mujer morocha, con proporciones extraordinariamente sensuales lo miraba con una media sonrisa en la boca. —¿Doctor Jones? —articuló con voz grave. —Soy Verónica Martinova y estoy de su lado, despreocúpese. cd Nacida en Kiev hacía treinta y tres años, la muchacha era un monumento viviente al género femenino de la especie Homo Sapiens. Un metro setenta y cuatro de estatura; noventa-sesenta-noventa de medidas corporales; una boca roja como una frambuesa madura y el pelo negro, lacio y largo, la volvían un ejemplar más que apetecible. Y lo cierto era que tanto Indy, Greg y el doctor Ballón estaban embelesados con la chica, más allá del trago amargo que acababan de pasar. La Martinova resultó ser un buen antidepresivo. Tras airear el estudio, el dueño de casa los invitó a pasar a sus dependencias privadas, al otro lado de un patio de tierra mal cuidado. Humilde pero confortable, la propiedad de Ballón era el más claro ejemplo del hogar de un solterón. Desorden, algo de suciedad en la cocina y sillones desacomodados. Diarios viejos apilados en las esquinas y una biblioteca gigantesca con libros antiguos y documentos coloniales, se acumulaban por doquier. Greg tenía un insoportable dolor de estómago y la garganta áspera le dificultaba tragar. Le molestaba la espalda y estaba desconsolado por haber perdido el dedo de oro. Se lo habían llevado. Esos malditos les habían arrebatado el artefacto y ahora parecían estar desarmados. La supuesta llave al Paititi estaba en otras manos. El anciano sacó una botella de pisco y sirvió cuatro vasos. La chica hizo una broma respecto de su preferencia por el vodka y a duras penas todos sonrieron. Se habían sentado en los sillones y ya era hora de empezar a aclarar algunas cuestiones pendientes. —Lo vengo siguiendo desde Londres, doctor Jones —explicó Martinova. —Espero no se moleste por ello, pero desde el asesinato de mi colega, Boris Morishnikov, esa ha sido mi única misión. Sabíamos que a la larga nos conduciría a Eric Hense y su gente. —¿”Sabíamos”? —intervino Greg. —Trabajo para la embajada soviética en Londres, profesor. —respondió la chica. —KGB... —sentenció Indy. —En realidad un departamento auxiliar de la KGB, doctor. La SRIAP, Sección Rusa de Investigación Artística del Pueblo. Digamos que, de alguna manera, somos colegas. Me dedico a las humanidades, como todos ustedes. Morishnikov —explicó— fue profesor mío en mis días de cadete. Un gran hombre. Fiel a la causa revolucionaria. No merecía haber sido asesinado del modo en que lo hicieron. —¿Quiénes fueron los nos atacaron en el estudio? —preguntó Indy. —¿Lo sabes? —Son aliados de Eric Hense. Una rama local. Idiotas útiles que creen que Odessa los considera como a iguales. —¿La Hermandad Blanca?. —Ha tenido varios nombres a lo largo de los años, doctor Jones. Durante la última guerra se hacían llamar La Orden de la Mano Roja. Más tarde, cuando nuestras relaciones diplomáticas se complicaron, decidieron cambiar de color. El rojo era demasiado.... comunista —sonrió. —Y se buscaron un tonalidad más neutra... —dijo Indy. —¡Malditos cerdos! —He oído algo acerca de esa Orden —agregó Ballón, —pero nunca la asocié a la Hermandad Blanca. —¿Y qué hay con Nautilius Goodman? —prorrumpió Deyermian. —¿Qué sabe usted de él, señorita? —Es miembro de la Hermandad. —¿Está segura? —reiteró Greg. —La chica tiene razón —interrumpió Ballón. —No tengo certeza absoluta pero, como les dije antes, mis sospechas se inclinan en su contra. —Yo sí tengo pruebas, señor —afirmó Martinova. —Un largo listado de llamadas telefónicas a un hotel en Londres. Exactamente el mismo en el que Hense se hospedó hace unos diez días. —Si lo que dices es cierto —intervino Indy—, Goodman debe estar por partir para la selva sin nosotros. Tiene el dedo, el mapa que robaron en Inglaterra y el conocimiento del área adecuado. Nos lleva ventaja. —No será difícil saber de donde saldrá —dijo el anciano.—Cusco no es muy grande y tengo muchos amigos en la ciudad. —¿Nos estamos iniciando en una carrera? —preguntó Greg. —Creo que si, compañero —respondió Indy y se puso de pie. |
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8 Valle del Urubamba
35 kilómetros al
norte de Cusco
23:30
horas Le dolía. No podía respirar sin sentir un profundo dolor en toda la nariz. Tenía el tabique partido en dos y el rostro se le había hinchado, matizando el puente nasal y parte de las mejillas de un violáceo profundo. Robustiano Patrón Costas sabía que no tendría tiempo para una tranquila recuperación. Debía conformarse sólo con un poco de hielo para desinflamar la herida. Goodman no se apiadó de su padecimiento. El “Jefe” tenía la cabeza en otro lado. “Asuntos más importantes”. Además, no le había caído muy bien el hecho de no haber podido sacarse del medio a Indiana Jones y su grupo. Robustiano tenía la orden de eliminar a cualquier entrometido; pero no le habían dado tiempo. Ese misterioso francotirador entrometido, que entrara en la casa del doctor Ballón, lo había desconcertado de tal modo que de pura casualidad consiguieron arrebatarles el dedo de oro. La misión estaba cumplida...a medias. Se miró en un espejo descascarado. Ladeó la cara de un lado a otro y observó detenidamente cómo sus ojos se le cerraban por la inflamación. —Hijo de puta... —masticó con bronca. Al otro lado de la habitación, tras pasar por una arcada despintada por el desgano de sus propietarios, Nautilius Goodman y Eric Hense semejaban dos niños discutiendo por algo que Robustiano no alcanza a entender con claridad- ¡Esa nariz fracturada lo estaba matando!... ¡Maldito, gringo! —No tenemos tiempo, herr Goodman —expuso Hense con voz segura. —Hay que decidirlo ahora. Y le repito que no estoy dispuesto a dividir el grupo bajo ningún punto de vista. A la selva entramos todos juntos o no entra nadie. Goodman le clavó los ojos. —¿Usted lo impediría? —preguntó desafiante. —¿Acaso lo duda? ¡No me provoque, Goodman! No tiene idea con que clase de gente está tratando. —Sí que lo sé, Hense —repuso con fingida amabilidad. —Estamos juntos en esto. ¿O no? No quisiera que su enfado enturbie nuestra relación. —Por eso mismo. Acá nadie toma decisiones unilateralmente. Tenemos que poner en marcha una sistema democrático interno. —¿Democracia?... ¡Já! ¿Usted habla de democracia? —En el ámbito de esta habitación: sí. —Pero, amigo mío, ¿no se da cuenta que me pone en un aprieto al tener que decidir qué camino seguir? Si nos dividimos en dos grupos podríamos verificar, cada uno por su lado, cual de las opciones es la correcta. Ahorraríamos tiempo y recursos. —¡No acepto esa opción! —¿No confía en la Hermandad ... o en mí? ¿Qué clase de sociedad es ésta, “herr” Hense? —Goodman, a ver si soy claro y dejamos de perder ese tiempo que tanto nos apremia. No pienso ingresar en la selva solo. Ni usted hará lo mismo. Por lo tanto, y no quiero ponerme pesado al repetirlo: decida usted, que es el experto, qué camino seguir. ¿El que indica este mapa jesuita que conseguí en Londres o aquel que su experiencia previa en la región le indica que es el más conveniente? Me estoy poniendo en sus manos, pero son manos que siempre irán juntas. Yo de todo este asunto conozco lo básico. Claro que si por mí fuera, me dejaría llevar por este papelucho antiguo —dijo señalando el mapa. Goodman se refregó la cara. Estaba tensionado y cansado. Quería terminar con ese asunto cuanto antes. Ese alemán era un hombre testarudo y desconfiado. No daría el brazo a torcer. El mapa señalaba la ubicación de los petroglifos con un símbolo abstracto, geométrico, mucho más al norte de lo que Goodman creía. Estaban ante dos localizaciones distintas y tenían que jugarse por una. ¿Cuál seguir? —La que usted mande, Goodman —repuso Hense por enésima vez. —Pero juntos. Nautilius reconoció que no tenía opciones. Era poco inteligente ponerse a la organización Odessa en su contra. Robustiano entró en la estancia. —Diles a los hombres que se preparen y ajusten las mochilas—le ordenó Goodman. —Al amanecer partimos. Dispone de la avioneta. Acondiciónala convenientemente. Y a propósito... ¿qué demonios es lo que tienes en esa cara? cd De lejos, la vieja casona en la que Goodman y sus socios estaban reunidos, podía ser apreciada en sus detalles más característicos. De adobe, techo de tejas y grandes ventanales sin persianas, era una típica construcción andina de origen campesino, idéntica a todas las otras construcciones de color marrón que salpicaban el paisaje del Valle Sagrado de los Incas. Era propiedad de un poderosos comerciante de Cusco. Miembro secreto de la Hermandad Blanca, que había cedido el espacio para las reuniones de la sociedad, al tiempo que servía también de alojamiento temporario a Eric Hense, el delegado de Odessa. Indy Jones quitó la traba de la cartuchera en la que tenía su Smith & Wesson Hand Ejector Model-2 y se deslizó por el roquedal vecino, tratando de no ser percibido por los tres guardias que rondaban en las cercanías de la casa. Greg le pisaba los talones en absoluto silencio con su revolver desenfundado y un notable estado de nerviosismo. Jamás había estado en una situación como esa. Era un académico de escritorio y las veces en que se había calzado la mochila para comandar sus expediciones, nunca había tenido que competir o enfrentarse a un grupo de asesinos fanatizados por la ideología y el afán de riqueza fácil. Los informantes del doctor Ballón no habían tardado, aquélla misma tarde, en traer los datos sobre el paradero de Goodman y sus movimientos en la ciudad. Un pequeño ejército de muchachos, vendedores ambulantes, a los que el viejo arqueólogo conocía desde chicos, desplegaron una extensa red en cada pasaje de Cusco, en cada paradero y picantería, con el solo objeto de conocer los movimientos del periodista y averiguar en donde se había escondido y con quién estaba reunido. Llegar a esa zona del Urubamba no les resultó difícil. Alcanzó un camión de reparto, unos pocos dólares para cubrir los gastos y un fuerte abrazo de Ballón, deseándoles toda la suerte del mundo. Y ahí estaban. Escurriéndose entre las rocas, ocultos por la noche y con la adrenalina al máximo. Bordearon un pequeño bosquecito y con extremo cuidado se acercaron a una de las ventanas del fondo de la casona. Indy daba las ordenes con gestos y así, ambos alcanzaron a ser testigos de la discusión que Hense y Goodman protagonizaban en la habitación principal. Sintieron placer al ver cómo no se ponían de acuerdo y no dejaron de sorprenderse al advertir la nariz partida de Patrón Costas. —A ese cerdo lo conozco —dijo Indy muy por lo bajo, esgrimiendo una sonrisa ladeada de placer al recordar la trompada que le propinara en el centro de la cara.. —Estamos bien rumbeados, Greg. También reconoció al alemán. Era el mismo que lo abordara en Londres y el mismo rostro de la fotografía que le diera el Servicio Secreto Inglés. Aquella parecía ser una reunión de graduación de enemigos. —¿Qué haremos ahora, Indy? —murmuró Deyermian. Jones lo miró, terminó de desenfundar el arma, la amartilló y dijo: —Esperar los fuegos artificiales. Goodman ordenó algo y Patrón Costas salió de la estancia frunciendo la boca. Indy se puso de pie. Se le ocurrió interceptar al matón y cuando giró sobre su eje, con el objeto de bordear la construcción y alcanzarlo, dos sombras antropomorfas le taparon toda perspectiva. —¡Arriba las manos! —exclamó un encapuchado, colocándole la punta de una escopeta recortada en el pecho. No los habían oído. Estaban frente a un par de sátrapas dispuestos a cualquier cosa si movían inconvenientemente un solo músculo. Sin intentar nada, obedecieron. Desde el interior de la casa, Goodman se sobresaltó y miró para afuera. Hense salió al trote hacia la puerta, justo cuando los dos prisioneros eran empujados al interior. —¡Herr Jones! —exclamó con sarcasmo. —¡Estábamos por salir a buscarlo! ¡Qué suerte que vino por sus propios medios! Nautilius Goodman sonrió y se les acercó lentamente. —Jones... Deyermian... ¡Qué bueno verlos nuevamente, caballeros! Sabía que no tardarían en encontrarme, pero no pensé que lo hicieran tan rápido. Supongo que ese viejo decrépito de Ballón tiene mucho que ver en todo este asunto. Peor para él. Tendrá que cargar en su conciencia la muerte de dos colegas. Indy no respondió. Apretaba los dientes a punto de explotar de rabia. Quería arrancarle los ojos a ese cerdo traidor. —¿Por qué no les consulta a ellos, Goodman? —intervino Hense sin perder el buen humor. —También son especialistas en el tema, ¿o no? Nautilius se rascó la barba. —No es una mala idea —y le pasó a Indy el brazo por encima de los hombros. —¿Sabe algo, doctor Jones? Tengo una discusión con mi colega sobre la ruta a seguir. Hay dos opciones y no termino por decidirme cual de ellas tomar. ¿Qué haría usted en mi lugar? ¿Le obedecería a este mapa o se dejaría llevar por los conocimientos previos que recabó en el terreno a lo largo de los años? Indy advirtió que sobre la mesa del centro de la sala estaba desplegado el mapa jesuita y a un costado el dedo de oro de Sevilla. Fijó la vista y leyó con atención el texto que enmarcaba la carta. —En lo personal —empezó Jones— no suelo compartir mis opiniones con la competencia. Y menos aún cuando hay cerdos nazis metidos en el asunto. Detesto a los nazis. ¿Lo sabía? Goodman se apartó del arqueólogo y movió levemente la cabeza, dando una muda orden a uno de los encapuchados de la hermandad. —En ese caso—dijo,— permítame que le ayude a reforzar su espíritu de colaboración, doctor Jones. Repentinamente, el acólito que estaba parado al lado de Greg, extrajo un puñal de obsidiana muy filoso y lo cruzó en la garganta del académico, presionando de tal modo que un fino hijo de sangre empezó a mancharle el cuello de la camisa. —No es mi intención herir a un compatriota, pero las circunstancias así lo exigen, profesor Deyermian —explicó; y elevando los negros ojos a su matón ordenó en voz alta: —¡Dególlalo! El encapuchado no alcanzó a ejercer más presión. El sonido seco de un disparó retumbó en la estancia y una bala se incrustó en la frente del verdugo, tirándolo de espaldas en el piso. Hense actuó instintivamente. Estiró el brazo y alcanzó a agarrar el mapa. Indy lo imitó, eligiendo el dedo. En el instante en el que ambos se apoderaban de los objetos, sus ojos se cruzaron por encima de la mesa. —¡Cerdo! —vomitó Jones. —¡Maldito! —respondió el alemán. Patrón Costas tomó a Goodman por el brazo y lo sacó a los empujones de la sala. Dos matones más ingresaron en la casa. Indy giró sobre sus talones y le propinó un golpe al que tenía más cerca, sacudiéndolo contra la pared. Greg hizo lo propio con una de sus piernas, impulsando una fuerte patada en el estómago del segundo, dejándolo fuera de batalla al instante. Para cuando volvieron a prestar atención a la situación, ni Goodman ni Hense estaba ya en el lugar. Únicamente la esbelta figura de Verónica Martinova se coló por una ventana rota, con su pistola caliente entre los dedos. —Ya es la segunda vez en menos de veinticuatro horas que los saco de apuros, señores —articuló la rusa. Indy se acomodó el sombrero fedora de fieltro. Tenía en sus manos el mapa. Tenía ganas contenidas de romperle la cara a Goodman y al alemán. Tenía deseos de muchas cosas, excepto de responder sarcasmos feministas. Lo habían sorprendido, golpeado, humillado. No estaba de humor. ¡Cuántas ilusiones nacían por las madrugadas para ser destruidas al final del día! La vida era un milagro que la amargura destruía. En ese momento, el sonido de los motores de una avioneta llegó hasta sus oídos. |
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9 UN BUICK SPECIAL SEDAN MODELO ‘49 Apenas pudieron ver la avioneta en el cielo nocturno. Unos pocos segundos después de despegar, el aparato era tragado por las sombras de los cerros vecinos que, majestuosos, se elevaban desde los lindes mismos de la casa. Greg se ató un pañuelo alrededor del cuello y detuvo la hemorragia de la herida. Por poco había sido asesinado y todavía le temblaban las piernas de los nervios. Indy se quedó parapetado mirando el paisaje. Rumiaba bronca. Estaba a punto de explotar de indignación. Enrolló el látigo a su cintura y colocó el revólver en la cartuchera. Afortunadamente no se habían llevado su arma favorita. El sujeto que noqueara la dejó caer tras la trompada y no tenía más que las ralladuras que ya previamente había adquirido en desventuras pasadas. —Caballeros —dijo Martinova con cierto tono de broma,—yo sugeriría interrogar a los tipos que dejaron inconscientes allá adentro. Indy salió de su ensimismamiento y sin responder se encaminó hacia la construcción de adobe. Le iba arrancar la verdad a patadas si fuera necesario. No les perdonaría ni la muela del juicio. Estaba enfurecido. —Indy... La voz de Greg sonó entrecortada. —¡¿Qué?! Deyermian señaló un par de luces que se acercaban por el camino de grava que conducía a la propiedad. —Creo que tenemos compañía. —¡Policías! —exclamó Verónica. —¡Bastardo!... —contestó Jones hinchando su vena femoral. —¡Goodman los llamó! —¡Tenemos que salir de aquí o nos detendrán! —intervino la rusa. —Pero necesitamos... —¡Indy, salgamos de acá! —instó Greg al tiempo que se lanzaba a la carrera en dirección al roquedal por el que habían llegado. —¡Doctor Jones, hágame caso! —imploró la chica.— ¡Corra! En el camino de arriba tengo un auto. ¡Vamos! ¡Venga con nosotros! Titubeó, pero el camión, con media docena de uniformados, ya se volvía más y más nítido a pesar de la oscuridad de la noche. Era un Ford modelo 1948, con acoplado acondicionado para cargar una decena de policías militarizados, al mando del capitán Menéndez; al que Goodman, seguramente, había convencido para que detuviera a los “gringos huaqueros”. No era la primera vez que el inglés usaba sus contactos en la fuerzas de seguridad para quitarse de encima a los competidores, acusándolos de robar el patrimonio arqueológico del país. Los primeros policías que saltaron a tierra percibieron que a unos cien metros de los gruesos guardabarros del vehículo tres siluetas se alejaban velozmente por el roquedal, escalando el sector del cerro que, sabían, conducía a un camino secundario, que llevaba al Cusco. Uno de ellos alertó con un alarido. —¡Sígalos! —ordenó Menéndez, apeándose de la cabina. —¡Atrápenlos! ¡Caso contrario, disparen a la cabeza!... ¡Yo me hago responsable! —gritó, al tiempo que, por la ventanilla, manipulaba el micrófono de su radio transmisor. A lo lejos, Indy escuchó los gritos y aceleró el paso en dirección al automóvil que Martinova había llevado hasta el sitio. —¡Apúrese, camarada! —sentenció la muchacha. Esos llamados le confirmaban, en cada una de sus sílabas, que a los cincuenta y nueve años de edad tenía sobre sus espaldas un alto kilometraje difícil de borrar. No era el muchachón de antaño y si bien se sentía orgulloso de su estado físico, era ese mismo orgullo la señal más evidente de que se estaba volviendo viejo, en más de un sentido. Dio las últimas zancadas y alcanzó el Buick Special Sedan 1949 de doble cilindrada que la rusa tenía estacionado a la vera del camino de ripio. La muchacha estaba acomodada al frente del volante y Greg se arrellanaba en la butaca del copiloto. —¡Yo conduzco! —ordenó Indy. —Hágase a un lado. Siéntese atrás —y sin dejar que la rusa protestara contra ese exabrupto de machismo la tomó del brazo y la sacó de su puesto de conductora. El Buick ya estaba en marcha y cuando Indiana metió el primer cambio y apretó el acelerador, oyeron el primer disparo, proveniente de la base del cerro. Un segundo después, otro... Y otro... El parabrisas trasero se partió en pedazos y una lluvia de vidrios cayó sobre Martinova. —¡Joder!... ¡Por poco me dan, Jones! —exclamó la chica. —¡Ponga el auto a toma marcha! Indy clavó el pié derecho con fuerza y el auto corcoveó como un caballo espoleado, saliendo disparado hacia delante a una velocidad que sorprendió a Deyermian. —¡Guau!...—ladró, empujado contra el respaldo de la butaca. —¿Qué tiene este aparato? —Mantenimiento soviético, profesor —explicó sarcástica Martinova, al tiempo que giraba la cabeza hacia atrás viendo cómo un cuarteto de policías alcanzaban el nivel del camino, apuntándoles a la cabeza, tal como les había ordenado su capitán. La ruta era angosta. Cabían dos autos, uno al lado del otro; pero su superficie, mal conservada, la convertía en una arteria difícil para maniobrar. Daba contra una cornisa y se elevaba por sobre un valle a más de trescientos metros de altura. Indy se aferraba al volante apretando los nudillos con tal fuerza que se tornaban de color blanco. Una mezcla de furia, impotencia y temor lo arrastraban a observar con detenimiento la cinta de ripio que devoraba toda velocidad y que zigzagueaba, convirtiendo cada curva en una sorpresa de imprevisibles consecuencias. La aguja del velocímetro marcaba un aumento paulatino en el desplazamiento del auto. El viento se colaba por el vidrio roto y el sombrero fedora de Jones sacudía sus anchas alas como si fueran las de un pájaro herido. Greg Deyermian no podía quitar sus ojos de las múltiples cruces que se levantaban en cada una de las curvas. Martinova se percató de ello y preguntó: —¿Para qué esos símbolos cristianos? Greg le echó una corta mirada. Indy se le adelantó y respondió: —Marcan lugares donde se accidentó y murió gente. —Se desbarrancaron... —terminó diciendo Deyermian. La chica frunció el sobrecejo. —No se preocupe —agregó el inglés,— Indiana es un buen conductor. —En ese caso —respondió la chica señalando hacia delante con el dedo índice,—yo diría que el doctor trate de pegar la vuelta en “U”... ¡Se viene de frente otro auto de la policía! Y no metía. A no más de doscientos metros, siguiendo con la mirada la ruta que doblaba y volvía a doblar hacia la derecha, se podían ver los faros prendidos de un automóvil que corría en dirección opuesta a la de ellos. Sin dejar pasar un segundo, Indy volanteó con violencia hacia la izquierda y clavó los frenos. El Buick Special viró como un trompo, asomando la parte trasera al precipicio. Las gomas chirriaron y una nube de polvo y ripio molido se elevó desde el piso. Jones sacudió la palanca de cambio y volvió a acelerar. La trompa del vehículo apuntó para arriba y volvió a devorar a toda marcha el camino que acababa de recorrer. —¡Dios santo! —clamó Deyermian.—¡Casi nos matamos! —¡Confía en mí! —respondió Indy e incrustó el pedal en el piso del auto. No tenían otra opción que enfrentar a los policías armados parapetados en la ruta, unos centenares de metros más allá. Cuando los vieron a lo lejos, Indiana desenfundó el revolver, junto con Martinova, y sin respetar el parabrisas delantero empezaron a disparar indiscriminadamente. El ruido de los cristales rotos se mezcló con los quejidos de dolor de los policías al ser alcanzados por los proyectiles. Sus cuerpos se zarandearon y se desplomaron por el barranco en el instante mismo en que el Buick pasaba a toda velocidad junto a ellos. —¿Hacia donde va esta ruta? —inquirió Indy agitado. —No lo sé —respondió la chica. —¡Qué importa eso! —exclamó Greg.—¡Acelera más! ¡El auto se nos acerca! Era cierto. No era momento para saciar la curiosidad de turista, que irracionalmente le había brotado. Le hizo caso a su colega y volvió a acelerar, ganando metros y más metros a toda velocidad. La ruta se angostaba y la pared de la montaña se acercaba peligrosamente al lateral derecho del vehículo. El ripio se volvió cada vez más grueso y la patrulla que tenían por detrás se les aproximaba cada vez más, demostrando que la potencia del motor era superior al de Indiana. Corrieron por espacio de dos minutos. Las luces del Buick cedían la visión a cornisas tenebrosas y más adelante, a sólo segundos, el camino se cortaba, cayendo en picada en dirección del valle. —¡Oh, no! —gritó Greg, apoyándose en la guantera. Las pupilas de Indy buscaron una solución rápida. La ruta se interrumpía para continuar unos diez metros por delante del abismo. No podía titubear. Si levantaba el pie del pedal estaban perdidos. Si seguía apretándolo también. A menos que... —¡Un terraplén a la derecha! —anunció Martinova. Indy ya lo había visto y puso “proa” hacia él. —¡¡Sujétense!! —aulló estirando sus brazos y pegando las manos al volante. El automóvil enfiló por el talud a más de cien kilómetros por hora y se elevó. Las ruedas traseras giraron en el aire. Una sensación de vacío los embargó a todos en el segundo mismo en que la carrocería despegaba de tierra y salvaba la grieta de la ruta, como si fuera un barrilete impulsado por el viento. Según decían el tiempo parece transcurrir con mayor lentitud cuando el cuerpo segrega adrenalina. Es lo que sintieron al momento de estar suspendidos en el aire. Todo parecía transcurrir en cámara lenta. Un silencio absoluto impregnó el interior del carro. Los ojos abiertos. La respiración suspendida. Los nervios crispados. Y de pronto, el ensordecedor ruido de todo el peso del auto cayendo pesadamente del otro lado de la grieta. Las cabezas chocaron contra el techo. El fedora se arrugó. Martinova quedó desparramada en el asiento trasero y Greg de rodillas en el exiguo espacio que había entre la butaca y la guantera. El Buick perdió la estabilidad y sin dejar de que la sorpresa se esfumara, todos escucharon el crujir metálico de algo que se partía. La trompa del automóvil se fue hacia delante y las ruedas frontales salieron despedidas hacia los costados. La punta de ejes se había fracturado como un escarbadientes. Descontrolado, sin las ruedas de adelante, sin dirección, el vehículo no pudo sortear la primera curva que se le presentaba en el camino y se despeñó por una barranca a toda velocidad. cd Fue como una sinfonía de sonidos ininteligibles; un alud sonoro de hierros que se retorcían con cada golpe que el auto daba al chocar una y otra vez contra las rocas de la ladera. Cuando finalmente los vuelcos terminaron y el Buick Special Sedan modelo 1949 quedó silente junto a un peñón lítico, que detuvo su marcha, ya nada quedaba de sus hermosos y aerodinámicos contornos. Era un masa informe de paneles desvencijados, vidrios rotos y millares de piezas desperdigadas por todo el lugar. Indy había sido despedido hacia fuera y al momento de reincorporarse con dificultad, sintió que un hilo de sangre le caía por la frente herida. Nada grave, pensó. Estaba con vida. Era lo que importaba. Tambaleante, avanzó con dificultad hasta el cuerpo de Verónica Martinova, que se asomaba de lo que quedaba del auto. La mitad de su tronco estaba tapado por un enjambre de hierros humeantes. Un halo de esperanza satisfizo a Jones: Greg acababa de pararse a unos cinco metros de donde él estaba. —¿Estás herido? —preguntó Indy. —No... —respondió confundido. —Creo que no. Puedo caminar bien. ¿Y ella?... ¿Está muerta? Indiana se arrodilló y con cuidado arrastró a la chica fuera del amasijo en que se había convertido el auto. —Aún respira, pero esta malherida. Aparentemente tiene una pierna fracturada y un fuerte golpe en la cabeza. Le sangra mucho. Deyermian elevó la vista y observó el barranco. No lo podía creer. —De milagro no estamos todos muertos, amigo. Debemos haber caído unos doscientos metros como mínimo. —La chica está mal...—expuso el arqueólogo. —Tenemos que llevarla a que la atiendan o morirá. —¿Y dónde vamos a encontrar por aquí un hospital? —No lo sé... Pero hay que hacer algo. No le queda mucho tiempo. —La cargaremos. Vamos. Juntos podremos hacerlo. —No sé si es conveniente moverla, Greg. —No tenemos opción. La movemos o se muere acá mismo. —¡Dios!... —exclamó enervado. —¡Te juro que ese Goodman va a pagármelas todas juntas! Improvisaron una camilla con lo que quedaba de una de las puertas y se echaron a caminar. Las cosas no podían estar peor. No había senderos y las piedras se agolpaban con cada paso que daban. Sólo una idea le rondaba a Jones en la cabeza: quería matar a ese cerdo devenido en periodista. De verdad que lo quería matar. |
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10 Caminaron por espacio de cuarenta minutos. La marcha se volvió dificultosa. Al peso “muerto” de Martinova sobre la chapa de la puerta y el filo cortante de ésta en la palmas de las manos, lacerante al punto de hacerlas sangrar, se le sumaba la tortura de andar por un sitio sin senderos y rocas por todas partes. Cada veinte pasos se detenían, apoyaban a la muchacha en el suelo, tomaban aire y volvían a seguir. No daban más. Les dolía el alma. Sólo el hecho de haber sido momentáneamente vencidos por Goodman los hacía caminar con paso regular, impulsados por la rabia y un espíritu de venganza que crecía dentro de ellos, especialmente en Indy. El cielo estrellado y la baja proporción de oxigeno que había en la atmósfera convertían las estrellas en focos fijos que, sin titilar, tachonaban la bóveda celeste convirtiéndola en un espectáculo pocas veces visto en otras partes del mundo. La cordillera de los Andes señoreaban los lindes del valle por el que avanzaban. En otras circunstancias se hubieran tendido en sobre la Madre Tierra (Pachamama) a disfrutar de la imponencia del cielo nocturno. Pero tenían que seguir marchando, cargando a la muchacha, que respiraba con dificultad y sangraba copiosamente por la cabeza. —¿Qué es aquello? —preguntó Indy jadeante, moviendo la barbilla hacia delante. —¿Qué cosa? —Esa luz, Greg. Allá adelante... Titila...Seguramente un farol o... —¡Es una casucha!...¡Gracias a Dios, amigo!—exclamó Deyermian— Pediremos ayuda. —Ojalá nos la den... Un par de perros negros salieron a recibirlos. Ladraban como locos y mostraban sus colmillos de modo amenazante. Por detrás de ellos, un anciano enjuto, arrugado, de barba amarillenta y sombrero de fieltro oscuro, hizo acto de presencia con una escopeta recortada de doble caño, apuntándoles a la altura del estómago. Se sorprendió al ver un hombre con látigo y cartuchera. —¡Alto! —advirtió con un grito.— ¿Quién vive? Indy respondió. Se identificó y solicitó ayuda. Cuando el anciano se acercó y vio a la chica tendida, bajó el arma y, extrañado, los auxilió con el peso. —¿Qué pasó con ustedes, gringos? —inquirió sin dejarle de quitar los ojos a la mujer. —Tuvimos un accidente —respondió Greg. —Nos desbarrancamos —explicó Jones. —¿En qué lugar? ¿Dónde? —A una hora de aquí, aproximadamente —precisó Indy. El viejo los miró con suspicacia . —¿Y por qué están por estos lugares? ¿Por qué no remontaron la cuesta y buscaron ayuda en el camino que conduce al Qosqo? La mirada de Indy fue más que clara. La clavó en la del lugareño y suplicó: —Ayúdenos, por favor. Lo compensaremos. La vivienda en la que el viejo pasaba su vida era humilde. Sin luz, sin gas, sin nada que advirtiera que el progreso tecnológico había llegado a ese aislado paraje de montaña. Vivir en ese lugar era lo más parecido a ser un ermitaño; y de hecho, el anciano lo era. Hacía treinta y seis años que se vivía de su ganado y huerta. Sólo en ocasiones se asomaba al pueblo más cercano. Aún estando a pocos kilómetros del Cusco, la región era lo suficientemente aislada como para no contaminarse con la locura citadina. Únicamente un sendero mal trazado comunicaba la choza con un camino secundario por el que rara vez pasaban autos o transeúntes que desearan recorrer cinco kilómetros hasta la propiedad del eremita andino. Conforme indicaba el ritual de la zona, el viejo los convidó de inmediato con un té caliente y sin decir mucho se puso a “trabajar” sobre la muchacha. Martinova había perdido mucha sangre. Estaba pálida y con la boca entreabierta, reseca. Respiraba con dificultad y su temperatura corporal bajaba rápidamente. —No soy médico matriculado —dijo el anfitrión,—pero me las sé arreglar con algunos yuyos. No tenían otra opción. No existía ningún puesto sanitario en las cercanías. No había nada que perder dejando al anciano operar sobre la situación límite. Era mejor eso antes que nada. Indy conocía las prácticas chamánicas que se realizaban en la sierra peruana y rogó para sus adentros que el sujeto supiera hacer las cosas bien. Don José —como se nombró a poco de entrar en confianza— sacó de un armario desvencijado una bolsa con hojas color verde oscuro y se puso a masticarlas. Jones se dio cuenta de que aquello no era coca, sino un producto vegetal que desconocía. Al cabo de unos tres minutos de masticar y masticar, el campesino sacó un bolo, húmedo por la saliva, y lo esparció por sobre la herida que la rusa tenía en la cabeza. —Es un coagulante natural. Parará de sangrar y ayudará a que cicatrice rápido —explicó. Acto seguido tomó de un frasco unas semillas amarillentas, las molió en un mortero de piedra y mezcló con un poco de bicarbonato sódico. Preparó un menjurje de idéntico color y lo colocó en un vaso con agua, en el que se diluyó. Después, con paciencia y mientras repetía una y otra vez ciertas palabras en quechua, levantó la cabeza de Martinova y muy despacio hizo que lo bebiera. —Con esto mejorará. Les dará tiempo para llevarla a un hospital, sin que tenga mayores problemas. —¿Estará bien? —preguntó Greg. —Dejemos que pase una hora. El medicamento no tiene efectos inmediatos. Tenga confianza, caballero. ¿Quiéren comer algo? Indy asintió. —Se lo agradeceríamos mucho. Don José les sirvió un poco de carne salada y chuño. Duro pero sabroso. —Y ahora, señores, díganme, ¿de qué huyen? El anciano se quedó estático observándolos en las penumbras de la choza. Fue Indiana el que tomó la palabra y explicó sucintamente los últimos avatares. José no pareció sorprenderse de nada hasta que Indy nombró un apellido. —¡¿Goodman?! —inquirió y el arqueólogo asintió con la cabeza. —No es un buen hombre, ese Goodman. —Todos parecen conocerlo... —¡Cómo no hacerlo! Ese sujeto ha estado molestando desde hace años. Dice que busca al Paykikin. Es mala persona. No conviene acercarse mucho a él. —No nos cabe la menor duda —aseveró Indy. —¿Qué relación ha tenido con él, Don José? —Poca, pero suficiente. Hace años de eso. Aún así lo recuerdo muy bien porque lastimó a un compañero. —¿Lastimó? —intervino Greg. —Sí, lo golpeó en la cara y pateó cuando estaba en el piso. —¿Por qué? —volvió a demandar el inglés. —En aquel entonces éramos arrieros en la región de Shintuya. Íbamos y veníamos de ese pueblo al Qosqo cada quince días. En una ocasión nos topamos con él en un sendero poco transitado de la selva y creyó que veníamos del interior. Nos preguntó qué sabíamos del Paykikin y como su tono no fue para nada gentil mi compañero se negó a responder. Fue ahí cuando lo golpeó. Después me enteré quién era. Me dijeron que tenía un diario en Qosqo y muchas influencias. Volví a cruzármelo en la llacta[5] un par de veces más, pero no me reconoció. El rostro de Indy mutaba lentamente. El viejo sabía sobre la leyenda y se le ocurrió sacar el mapa que tenía en el bolso. —¿Sabe que es esto? —preguntó extendiéndolo sobre la mesa. El viejo lo miró por un rato. Lo giró en varias ocasiones y se volvió hacia Jones. —¿Quién dibujó este mapa? —preguntó. —Unos sacerdotes, hace mucho tiempo. José se rascó la nuca y sentenció: —Conocían el territorio. —¿Por qué lo dice? —preguntó Greg. —Hay varias referencias geográficas que son ciertas y poca gente ha visto. —¿Cuáles? —inquirió Indy. —Ésta, por ejemplo. ¿Ven estas figuras humanas dibujadas aquí? —El hombre y la mujer...sí. —Y la estrella que los circunda. —Efectivamente. —Pues, ese es un mojón que conozco en persona y que nunca vi en mapa alguno. Son dos rocas labradas que tienen figuras muy semejantes a este dibujo, pero más grandes. Un hombre y una mujer. Así, igualitos a estos dos. —¿Y que puede significar eso? —volvió a preguntar Jones. —Son señales. —¿De qué tipo? —Mensajes secretos. —¿Secretos?... ¿Qué es lo que esconden? —La entrada al reino del Paykikin. Indy se echó hacia atrás. Le transpiraba la nuca. Una ola de entusiasmo lo embargó. —Don José —dijo— ¿sabe usted si por esa región de la que habla hay otros grabados? —Sí; hay muchos en la zona, señor. Los grabados de los que usted habla están por aquí—dijo; y señaló una porción del mapa, justo por encima del meandro de un río; bastante lejos del dibujo del hombre y la mujer. —Son grabados antiguos. Hay muchos pájaros. Indy se extrañó. —¿Cómo dice? —Que son pájaros. —¿Los que están en los petroglifos? —Sí, señor. Pájaros. Centenares de pájaros tallados en las rocas de las salientes de un cerro bajo, en plena jungla. Pero ocultos detrás de enredaderas y ramas retorcidas. Pájaros de colores. Indy miró a Deyermian. —Greg, lee aquí —dijo marcando un texto manuscrito, estampado en la superficie del plano. “Estos son los reinos del Paititi donde se tiene el poder de hacer y desear, donde el burgués sólo encontrará comida y el poeta tal vez pueda abrir la la puerta cerrada del más purísimo amor. Aquí puede verse sin atajos el color del canto de los pájaros invisibles.” —“Pájaros invisibles”.... —repitió Deyermian en voz baja. —“El color del canto de los pájaros invisibles” —complementó Indy. —¿Y qué puede significar eso? Indiana no escuchó la pregunta. Estaba entrando en un estado de exaltación emocional e intelectual que sólo en ocasiones especiales podía experimentar. Su mente entrenada conectaba ideas. Establecía nexos a partir de la nueva información obtenida. Cotejaba. Ensamblaba. Rescribía en su cabeza las viejas teorías. Su mirada cambió y un arrebato de emoción se coló por entre los párpados exageradamente abiertos. La sonrisa ladeada de siempre le cruzó la cara. —¿Indy? —susurró Greg. —¿Te pasa algo? —Ahora creo entender... —respondió. —¿Entender qué? —Óyeme con atención. Creo haber encontrado algo. Mira —dijo poniéndose de pie. —Hace años, en Australia, al oeste de Alice Spring, en el norte de la isla, me conecté con un anciano de la tribu yankunitjatjara que me llevó hasta Uluru, una roca de arenisca de más de trescientos metros de alto y tres de largo, emplazada en medio de un amplio desierto. Es como un iceberg de piedra clavado en la tierra y representa el lugar más venerado por esa gente. En muchas de las cuevas a su alrededor hay pinturas rupestres, pinturas sagradas, en la que según ellos está plasmado el Tiempo del Sueño, el momento de la Creación. Aquel viejo leía los dibujos. Podía contar y cantar historias a partir de ellos. Tenían un significativo poder mágico-religioso. Recuerdo que cuando lo interrumpí con una pregunta, se llevó un dedo a la boca e hizo que me callara diciendo: “Silencio. Si hablamos fuerte pueden oírnos”. ¿Te das cuenta? Esos dibujos eran canales de comunicación con otro mundo. Un mundo espiritual, muy lejano a nosotros. Ahora bien —dijo apoyándose contra la mesa,—¿qué pasaría si los petroglifos de los que hablamos tienen esa misma función?... —Fascinante... continúa. —Accidentalmente hemos encontrado una conexión maravillosa, Greg —prosiguió Jones.—Don José nos habla de pájaros de colores grabados en las salientes rocosas y este mapa indica claramente algo referido a una puerta cerrada y al color del canto de los pájaros invisibles. ¿Te das cuenta? “El color del canto”... ahí está la clave. Como en Australia, lo más probable es esos grabados de pájaros coloreados le sirvan a alguien para cantar y contar historias que señalen la ruta hacia el Paititi. Acá no hay puertas dimensionales como las que habló Goodman, Greg. El asunto es mucho más interesante. —¿Y quiénes pueden llegar a ser esos supuestos “cantantes”, Indy? —Sus legítimos protectores —sentenció Don José con voz grave y solemne.—Los Paco Pacoris. Jones y Deyermian habían oído de ellos. Los Paco-pacoris eran un complemento interesante de la leyenda áurea del Paititi. De acuerdo con la tradición oral, los Pacoris constituían un supuesto grupo de “elite” de origen inca, cuya única y sagrada misión consistía en proteger las ruinas de las numerosas “ciudades perdidas” de la selva. La ferocidad del grupo era bien conocida en los relatos populares y varios afirmaban que el Secreto del Paititi perduraba por el sólo hecho de tener tan diligentes custodios. Se decía que, aunque escasas, existían personas que juraban haberlos visto, o haber tenido contacto directo con ellos; describiéndolos como individuos muy altos (2,20 a 2,30 metros), belicosos y absolutamente comprometidos con su misión. Puede que eso sonara a fantasía, pero lo más interesante del tema era que la creencia en los Pacoris estaba profundamente incorporada en las mentalidades de la gente que habitaba en las laderas orientales de los Andes peruanos. Personas de todos los estratos sociales y de muy diversos niveles culturales hablaban de ellos, dándoles un lugar cierto dentro del catálogo oficial de “tribus amazónicas”. Cosa que, hasta ese momento, no había ocurrido. —Cuando los incas se internaron a todas esas zonas —explicó Don José— llevaron a sus mejores guerreros y la selva los ha ido mestizando con las comunidades nativas, y al final se han transformado en chunchos[6]. Ellos son ahora los celosos guardianes de las ciudadelas. Hoy se habla de los machiguengas, de los huachipaires, de los paco-pacoris, de los piros y otras tribus más de la zona de la meseta de Pantiacolla. Los Paco-pacoris son, hasta donde la tradición informa, los directos guardianes de las principales ciudadelas incas que han quedado en la selva. Ellos han sido escogidos por ser los más leales guardianes de los incas. Se tiene referencia de ellos a partir de personas de todo crédito. Gente ligada a la ceja de selva cercana al Qosqo. No aceptan intrusos. No aceptan exploradores. Ni los aceptarán a ustedes. Indy estaba en las nubes. La adrenalina le acicateaba el cerebro. Había rejuvenecido treinta años. |
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11
Río Palatoa
Cuenca Amazónica del Perú
Dos días más tarde...
En tanto la exuberante selva buscaba la luz del sol unos ciento treinta metros hacia arriba, cubriendo los troncos de los árboles con enredaderas que trepaban entre musgos y hongos, las botas de Erich Hense se hundían en una alfombra de hojas putrefactas, que se renovaban día a día. El alemán luchaba por contener la decepción. Sentía cómo, minuto a minuto, ésta se convertía en rabia; en un odio creciente hacia un Nautilius Goodman desorientado, que no atinaba a encontrar la clave del misterio que los había llevado a ese recóndito rincón de la jungla. Todo el grupo expedicionario —conformado además por Robustiano, tres porteadores y cuatro miembros insignes de la Hermandad Blanca— estaba ante un despeñadero de cuarenta metros de largo y tres de alto, todo cubierto de pictogramas extraños e indescifrables, tallados por una desconocida cultura amazónica. Era símbolos insólitos. Círculos, cruces estilizadas y líneas acaralocadas que subían y bajaban por la pared rocosa dibujando un entramado barroco, muy difícil de interpretar. Rostros almendrados, con ojos descomunales apenas diagramados en cabezas tronchadas, parecían estar suspendidos en el aire dentro de la composición. Todo era raro. No se ajustaba a ninguna manifestación artística conocida. Sólo muy pocos baqueanos conocían esa maravillosa afloración rocosa cubierta de selva. Y Nautilius Goodman era uno de ellos. Con el dedo de oro en la mano, el inglés buscaba la mágica cerradura que le permitiera abrir la puerta dimensional que había imaginado en sus ensoñaciones místicas. —Y bien...¿a qué “sabia conclusión” llega ahora, Goodman? —sentenció Hense con la típica impiedad verbal que lo caracterizaba desde sus días como oficial SS en un campo de concentración. El inglés giró el rostro, iracundo, en dirección del nazi y prefirió no responder la cruel ironía. Por unos segundos sus pupilas centellearon de impotencia, encontrando en las de Hense un muro de helado hermetismo, también a punto de explotar de bronca. —Por lo que percibo —agregó el alemán,— nos hemos equivocado de dirección. Éstos no parecen ser los petroglifos que buscamos, ¿no es cierto?—preguntó retóricamente. —¡Joder, Goodman! ¡Hemos tirado dos preciosas jornadas a la basura! —Era una de las posibilidades. Usted y yo lo sabíamos de entrada —respondió Nautilius. —¿Y sus amigos? —repreguntó señalando a los cuatro miembros de la Hermandad. —¿Acaso no podrían haber convocado esas “energías espirituales” que tan bien manejan para guiarnos correctamente? Los sarcasmos seguían prendidos de la punta de su lengua. —Señor Hense —intervino uno de los cofrades, visiblemente ofendido,—todos hicimos lo que pudimos. ¡Es usted un injusto! ¡Un gringo injusto que no merece el honor de estar en esta búsqueda! Hense lo fulminó con la mirada. Era un Krakatoa a punto de explotar. —¡Maldito estúpido! ¡Crédulo del demonio! —exclamó desenfundando su pistola Lüger y apuntándole justo en el entrecejo. —¿Quién mierda te crees que eres para responderme de ese modo? —Y jaló del gatillo. La bala entró por encima del ojo izquierdo y salió limpiamente por la parte trasera del cráneo. Goodman abrió los ojos desorbitadamente. No podía creer lo que veía. —¡Por todos los santos del cielo, Hense! —gritó.—¿Qué es lo que hace? En ese preciso instante, desde los matorrales que circundaban la zona de los petroglifos, seis hombres armados con metralletas belgas arremetieron contra el grupo, como salidos de la nada. Los porteadores desenfundaron sus pistolas y encañonaron a Nautilius Goodman. La traición estaba consumada. Un verdadero golpe de estado. —Le di una chance —explicó el alemán, —y la desaprovechó. De ahora en adelante Odessa se hace cargo de esta expedición, Goodman. Pero no terminó con su mensaje. Como en una historia organizada a partir de las capas de una cebolla, un tercer grupo irrumpió desde la espesura, rodeándolos a todos y amenazando sus vidas con flechas y dardos envenenados. Naturalmente,
eran indios. cd Los seis esbirros de Odessa reaccionaron con brutalidad. Sin decir ni esperar nada, dispararon hacia el primer grupo de aborígenes, con precisión profesional. Los ocho que encabezaban la marcha cayeron fulminados por las balas en tanto que el resto, desapareció dando alaridos de sorpresa y dolor en medio de la espesura Robustiano se echó al piso, aplastándose contra la tierra, invadido por el temor a ser herido. Goodman lo imitó, empujando en la caída al miembro de Hermandad que quedaba con vida. Con las armas aún humeantes, los soldados de Hense se parapetaron en posición de ataque y guardaron sus posiciones. —¿Quiénes eran esos individuos? —inquirió agitado el ex-oficial alemán. —Huachipaires... —musitó Robustiano. —¿Y cómo demonios sabe eso? —Por sus ornamentos y pinturas faciales —respondió Patrón Costas. —¡Nos ha metido en un gran problema, Hense! —clamó Goodman reincorporándose. —¡Mire, por Dios! ¿A cuántos mataron? —A cuatro... —contabilizó Robustiano. —¡Mierda! ¡Jamás saldremos de este lugar vivos! —exclamó el inglés. —¿De qué habla? —inquirió el alemán, con cierto dejo de temerosa ansiedad en la voz. —¿Nunca le dijeron que no es de persona inteligente dispararle a un indio en la selva? ¡No nos dejarán salir! ¡Van a estar acechándonos en cada rincón, hasta terminar con cada uno de nosotros! —¡Maldito cobarde! —gritó Hense. —¡Nada de eso va a ocurrir! Tenemos armas de fuego, ¿no se da cuenta de ello? ¡Qué vengan esos monos involucionados y verán! —Giró en redondo en busca de su oficial de mayor graduación. —¡Teniente, estén preparados para un contraataque sorpresa en cualquier momento! Disparen a toda cosa que se mueva en las inmediaciones. ¡Si es necesario deforestaremos esta maldita selva a tiros a medida que avancemos! —Se volvió otra vez a Goodman y preguntó:—¿A cuántos días estamos del segundo conjunto de petroglifos? —No más de uno y medio. —En ese caso, nos pondremos en marcha de inmediato. Ah, y otra cosita. Creo que ese dedo de oro que posee es de mi propiedad —y extendió la palma de la mano derecha bien abierta. —Señor Hense... —intervino Robustiano. —¿Qué desea? —Tenga en cuenta que es muy probable que nuestros competidores, el doctor Jones y los suyos, también estén tras lo mismo. Recuerde que se quedó con el mapa... El alemán miró a Goodman, demandando explicaciones en silencio. —Menéndez, el capitán de la policía—repuso el inglés,—se comunicó conmigo en Shintuya por teléfono, antes de partir, y me informó de eso. —¿Por qué no fui informado? —replicó el nazi. —No queríamos preocuparlo ni generar mayores tensiones —expuso Robustiano. —¿Se dan cuenta?... Carecen de la capacidad de mando que yo tengo. Debí hacerme cargo de ese “Buscador de Tumbas” personalmente en Cusco... Aunque, no creo que sus oportunidades de llegar antes que nosotros sean altas. Con la policía en sus talones y las decenas de destacamentos que hay de Cusco a Shintuya, la cosa se les complicará. Y aún así, si ingresaran en la selva, nosotros somos más y estamos mejor pertrechados. —¿Qué hay de nuestra sociedad? —interrumpió Goodman. Hense sonrió mordaz. —¡Goodman, Goodman! ¿De qué sociedad me habla? No sólo es un pésimo baqueano, con escasa intuición buscando cosas, sino un iluso redimido. Yo jamás tuve socios, ni los tendré fuera del círculo de camaradas del Partido. Goodman no pudo contenerse. —¿Partido? —inquirió.—¡Já!... ¿No recuerda que perdieron la guerra y su bendito Führer está pudriéndose en el infierno junto con el Tercer Reich, nazi estúpido? De una sola bofetada volvió a caer al húmedo piso de la selva. Hense se masajeó el dorso de su mano. —No se confunda, Goodman —dijo.—Esa guerra fue sólo una batalla en un conflicto aún más grande. Muchos sobrevivimos a ella y seguimos en carrera. Todavía tenemos poder. Un poder suficiente como para resucitar de las cenizas como el Ave Fénix. ¿Por qué cree que Odessa está interesada en el Paititi?... Veo que su corta imaginación e intelecto le impide ver más allá de su propia nariz. Pero no es hora de discursos ni de explicaciones, mi querido y tonto amigo. Ya llegará el momento en que sea testigo de la renovación del Tercer Reich y del poderoso imperio del “Rey del Mundo”. Patrón Costas dio unos obsecuentes pasos en dirección al alemán. —Cuente con mi total colaboración —expresó. —¡Robustiano, cerdo traidor! —ladró Goodman, custodiado por dos de los soldados de Hense. —Veo que aún le queda cierta cuota de oportunismo inteligente, Costas —exteriorizó el nazi.— Ha hecho una excelente elección, kamaradem. —¡Señor, ya estamos listos! —profirió con potencia el teniente. —¡Cómo en los viejos tiempos! —sonrió Hense. —¡En marcha! Se inicia la verdadera expedición... Y usted, Goodman, por favor, encabece al grupo junto a los porteadores así colabora en abrir los senderos a fuerza de machete. Tenemos poco tiempo y me estoy poniendo muy ansioso. |
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EL HILO DE PLATA Fue un machetazo perfecto, limpio, con experiencia. Bastó un solo movimiento de muñeca para que las ramas que tapaban la gran roca cayeran al piso, cercenadas por el filo del arma blanca, templada en Toledo. Indy hizo a un lado el follaje remanente y fijó su atención en el bajorrelieve esculpido en la superficie pétrea. Se quedó impávido unos segundos sin decir nada. Los ojos le brillaban de emoción. Estaba exultante. Una vez más a lo largo de su vida, lo que parecía ser sólo una leyenda, un simple rumor solidificado por el paso del tiempo, se materializaba delante suyo, volviéndose realidad. —El mapa y el viejo tenían razón —dijo en voz baja. Y no se equivocaba. Ante él, un hombre y una mujer débilmente delineados en dos piedras, sobrevivían al paso del tiempo y a la humedad de la jungla. Era una muestra de arte antiguo desconocida por la ciencia oficial. Nadie en el mundillo académico de Cusco conocía ese lugar y esas rocas. Sus líneas demostraban seguridad y maestría en el trazado. Tanto el varón como la mujer eran perfectamente reconocibles. Tenían cabezas redondeadas. Semejaban monigotes hechos por niños. No eran realistas, pero las vestiduras con las que habían sido cincelados demostraban la influencia incaica de la factura. —Es un unco o camisón chumpi[7] —diagnosticó Indy pasando la yema de los dedos por encima del grabado masculino. —Observa los detalles. Estas grecas y símbolos abstractos son tokapus[8]. No hay duda de ello. Los vestidos chumpi eran propios de la nobleza incaica. —Incluso las usaron como de moneda de cambio con otros pueblos. Indy asintió con la cabeza. La pareja había sido representada de pie, con los brazos izquierdos levantados y apuntando hacia el oriente. Estaban talladas en el centro de cada una de las rocas y rodeadas de una superficie pulida, únicamente ornamentada con dos serpientes pequeñas en el ángulo inferior derecho y un círculo perfecto que simbolizaba a Quilla, la luna; todo enmarcado por una línea con forma de estrella de cuatro puntas; siendo más largo el brazo que apuntaba al Este. —¿Qué creas que sea, Greg? —inquirió Jones quitándose el sombrero fedora y secándose la transpiración de su frente. —¿Las Cuatro Regiones del Mundo del universo incaico? —No cabe duda de que ese vértice extendido nos señala algo, Indy; y ya sabemos qué. Pero el oriente es muy amplio; por lo tanto la lectura que debemos hacer de estos dibujos es, a mi entender, la siguiente: las serpientes indican peligro, mucho peligro porque hay dos. La luna representa la noche y las puntas de las estrellas, los días de caminata que tenemos por delante, amén de certificar también la dirección de la marcha —Cuatro jornadas de caminata, de noche y por una región peligrosa.... interesante. —Así es. Mi hipótesis se basa en estudios preliminares hechos en el norte del Perú hace diez años. Pero no es nada seguro, Indy. Ya sabes cuánto de imaginación hay en las interpretaciones que solemos hacer —Cuando no se tiene nada, muy poco es mucho.. —Estoy de acuerdo, pero, ¿hacia dónde marchar? —dijo señalando el follaje vecino. —Tiene que haber algún camino escondido en las inmediaciones. Nos dedicaremos a buscarlo mañana por la mañana. Ahora organicemos el campamento. Necesitamos descansar. No doy más. Los pies me laten de calor y dolor. Ha sido un día y medio agotadores. ¿Qué tenemos para comer? —Un poco de papa deshidratada, chuño, y porotos. Es todo lo que el viejo tenía a mano en su casa. Indy levantó los hombros. —Peor
es nada —dijo, y se quitó la cazadora de cuero.—En una hora será
noche cerrada. Prepararé una fogata para tener luz y espantar los
mosquitos. Tu encárgate de la cena. Mañana nos espera una jornada
pesada. cd Dejar a Verónica Martinova en la choza del anciano había sido una decisión difícil de tomar, pero la chica se empezaba a recuperar bajo los medicamentos caseros del viejo. Los latidos de su corazón se normalizaban y el sangrando de la cabeza había cesado. Era evidente a simple vista que tenía el cráneo lastimado, pero la experiencia de Don José los tranquilizó un poco. —No es nada grave —había diagnosticado con la seguridad de un médico matriculado.—Se le sellará con el tiempo. En dos días podrá caminar y yo mismo la llevaré a una sala de emergencias cercana. Despreocúpense, caballeros. Ustedes tienen cosas más importantes que buscar. Y en eso también puedo ayudarlos... El viejo arriero era un experto en la selva. La había recorrido de arriba a abajo a lo largo de su juventud y conocía ciertos atajos que otros ignoraban. En especial uno que conducía, en la mitad del tiempo, a la zona de las grandes rocas talladas, en las que Indy y Greg encendían el insignificante fogón del campamento. El secreto estaba en un nombre: Shinkibenia. Un arroyo que ascendía en diagonal, evitando pasar por el pueblo de Shintuya, donde con seguridad sus enemigos los estaban esperando con la ayuda de la policía local. La corriente líquida era navegable en botes y bastó conseguir uno de ellos para empezar a remar en dirección de la corriente, ganando preciosos kilómetros en poco tiempo. Si los cálculos no les fallaban, estaban aventajados en poco menos de cuarenta y ocho horas al grupo de Goodman y el alemán. Los hechos lo confirmaban: no había señales de tránsito en la región de las rocas. Desde hacía mucho años nadie había pisado las inmediaciones de la pared lítica en la que estaba esculpida la pareja incaica. Comieron con ganas. Las energías volvieron al cuerpo, pero no fueron lo suficientemente fuertes como para desvanecer el sueño que el organismo les requería. A poco de terminar de cenar, ambos estaban profundamente dormidos junto a la fogata. La noche en la selva es ruidosa. Contrariamente a lo que los seriales del cinematógrafo mostraban, el contraste entre la luz y las sombras en pleno Amazonas eran dignos de destacar. Durante el día la jungla es una tumba de silencio; pero cuando baja el sol, los millones de seres vivos que la habitan parecen cobrar existencia de la nada, desarrollando un concierto de chillidos, aullidos, croares y silbidos que demuestran que la salvaje naturaleza está viva y dispuesta a ganarse la vida de todos aquellos que no comulgan respetuosamente con ella. Hacia las tres de la mañana, Greg Deyermian se despertó sobresaltado, con un gusto amargo en la boca y la garganta reseca. Transpiraba copiosamente y tardó unos segundos en acomodarse y tomar conciencia del sitio en el que estaba. Indy dormía a menos de dos metros, cerca de las rocas. Nada parecía molestarle. El fogón se moría de a poco, por lo que lo alimentó con nuevos pedacitos de troncos y maderas, cobrando luminiscencia rápidamente. Se puso de pie y buscó la cantimplora. Le quitó la tapa y empinó la cabeza hacía atrás para beber. Entonces se percató de algo extraño. Desde la copa del árbol que los cobijaba, tapándoles la luna en creciente que colgaba del cielo, una fina lluvia de lo que parecía ser polen caía lentamente, flotando por la brisa sobre ambos. En ese instante se percató de que tenía polen en la cara y en las comisuras de los labios. De hecho había tragado una cantidad considerable. Por eso tenía la garganta semejante a una lija. Tomó un largo sorbo. Y otro. La carraspera calmó al instante, pero un mareo inadvertido lo embriagó al punto de sentir la sensación de estar borracho. Miró el contenido de la cantimplora. Era agua, sólo agua. ¿Qué
le estaba pasando? ¿Sería la mezcla con el polen la responsable de esa
sensación de vacío en la cabeza? Se apoyó en un tronco vecino y respiro hondo, buscando inconscientemente aire mas fresco al dirigir su rostro hacia arriba. Entonces se percató de algo muy raro ocurría a su alrededor. Las rocas talladas emitían una luminiscencia sobrenatural y todo el contorno de los dos personajes segregaban un brillo plateado que los volvía incandescentes a simple vista. “Me intoxiqué con algo”, pensó Greg adelantando sus pasos hacia los grabados. —Indy —dijo zarandeándolo suavemente,— despierta. El arqueólogo abrió los ojos y tosió. Tenía la lengua tapizada de polen. —¿Qué demonios...? -exclamó escupiendo. —¡Oh, Dios! ¿Qué mierda es eso? La palabrota de Greg terminó de despabilarlo. Dirigió la vista hacia las rocas y se quedó mudo. Las líneas geométricas de los tokapus centelleaban en medio de la noche, en tanto que la cabeza, hombros y extremidades del hombre y la mujer resplandecían como si fueran de neón. De la base de los pies, una serpentina lumínica salía disparada hacia el piso proyectando una línea incandescente que se alejaba de las piedras, pasaba por debajo del fogón y se perdían en dirección de la selva. —¿Ves que lo que yo estoy viendo? —inquirió Deyermian, palpitante. —Un hilo de plata... —pudo articular con dificultad y también él se sintió mareado. Greg se percató de ello. —Creo que estamos drogados con algo —dijo.—Es ese polen que cae de lo alto. Indy se extrajo de la boca unas partículas y las analizó entre sus dedos. —Seguramente tiene alguna sustancia psicoactiva. —Pero... ¿estamos alucinando lo mismo? ¡Imposible! —diagnosticó el inglés. Indiana se paró y caminó hacia el misterioso reguero de luz. —No me parece casual que estas piedras talladas hayan sido colocadas en este preciso lugar. Todo tiene que ver con todo.... Se arrodilló y empezó, sin decir nada, a cavar sobre el hilo plateado, con las manos desnudas. —Ayúdame —solicitó.—Si mi intuición no exagera, creo que... —Una de las uñas chocó contra algo duro.—¡Excava conmigo! ¡Hay algo en este lugar! No se equivocaba. En poco menos de quince minutos, los restos de una antigua calzada de piedra emergió a la superficie. —¡Bingo! —suspiró Jones.—¡Lo que buscábamos! —¡No puedo creerlo! ¡Ahí está! —exclamó Greg. —¡Y señalizado el camino! —Debe ser la luz de la luna... —hipotetizó Indy. —La luna y el polen. —Esto me está asustando más de lo normal, amigo mío. —A mi también —respondió sonriendo. —¡Prepara todo! ¡Vamos a seguir el trazo de luz! Y sin dar tiempo a nada, se puso la cazadora de cuero, ajustó el látigo a la cintura y se calzó el fedora de fieltro en la cabeza. cd Se abrieron paso por la selva sin dejar de seguir, ni por un segundo, el “hilo de plata”. Zigzagueante por momentos, la línea de luz avanzaba rodeando centenarios roquedales, sólo desapareciendo debajo de algún árbol que antes no estaba, para continuar su trazo del otro lado. Llevaban dirección Este y el tiempo pareció detenerse debido a la inyección de adrenalina que corría por las venas de ambos exploradores. A machetazo limpio abrieron senderos por espacio de una hora. Ocasionalmente, del piso de tierra emergía la calzada pétrea, como una serpiente marina que subía y bajaba; mostrándose y ocultándose, seduciendo a sus seguidores. Indy y Greg se habían olvidado del cansancio. Caminaban con paso seguro. Anhelantes. Ansiosos. Hasta que el surco de luz dio con un despeñadero profundísimo. —¿Y ahora? La pregunta del inglés no lo inmutó a Indiana Jones. Tenían ante ellos un barranco de más de treinta metros de hondo y unos cinco de ancho. Era claro que ahí, antiguamente, se levantaba un puente colgante que ya no estaba. Pero la selva iba a ponerse del lado de ambos. Sendos árboles desplegaban sus ramas por sobre el precipicio y uno en especial tenía un tronco grueso y seguro, del otro lado del vacío. Indy extrajo el látigo. —¿Qué vas a hacer?... ¿Domar leones? —Tranquilízate —pronunció Jones. —Sé exactamente lo que hago.—Y lazó un chicotazo con toda la potencia que pudo imprimirle a su brazo derecho. El cuerpo flexible de la fusta salió despedido hacia la rama seleccionada y se enrolló casi con furia, dejando oír su característico chasquido. —¡¿Vas a saltar por encima de este abismo?! —¿Quieres intentarlo tú? —¡Estás loco! ¡Vas a matarte! —Si queremos saber en dónde termina este hilo de luz, tengo que cruzar. No hay otra opción.—y sin más se lanzó, aferrándose con fuerza del mango. —¡Dios! ¡Eres un demente! —exclamó Deyermian viendo como el cuerpo de Indy recorría pendularmente los metros que lo separaban de la otra orilla del barranco. —¡Greg, espérame allí!¡No te muevas! ¡Regresaré en un rato! Deyermian consintió levantando su pulgar. En el nuevo terraplén el hilo de luz ya no estaba. ¿Se estarían acabando los efectos del polen o habían perdido el rumbo en algún momento? La ultima opción era imposible: Greg estaba parado justo encima del “hilo”, al borde de la depresión. El rastro se acababa debajo de sus pies. En teoría debería continuar del otro lado; pero, ¿qué estaba pasando? Avanzó. Caminó por espacio de cinco minutos, apartando lianas y ramas, hasta toparse con una muralla natural de rocas y selva que subían y subían, delineando un cerro puntiagudo. El sendero moría justo en ese sitio. No había otro camino. La única opción era regresar sobre sus pasos. —¿Qué hay de aquel lado, Indy? —inquirió Greg con voz muy alta, al observarlo parado en el borde de la hondonada. —Nada. Sólo un muro, una montaña. Por aquí no hay salida. Deyermian bajó la vista. Aún observaba el hilo de plata entre sus botas. —¿Qué vas a hacer ahora?—inquirió.— ¿Seguir balanceándote como un mono, de un lado a otro? Indy no le respondió, estaba asomado al precipicio tratando de atisbar el fondo, pero la oscuridad era absoluta más allá de los diez metros. Debería esperar la luz del día, que ya empezaba débilmente a anunciarse en el horizonte. |
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13 EL DESCENSO A LOS INFIERNOS Ambos conocían la técnica de trenzar fibras vegetales hasta formar una cuerda. Indy la había aprendido en una isla del Pacífico, cuando aún era un estudiante universitario, en tanto que Deyermian la manejaba tras un viaje a México, hacía sólo tres años. El único problema era que no tenían incorporado el oficio y las horas transcurrían lentamente, acicateadas por la ansiedad creciente de bajar por el precipicio y explorar la sima de la hondonada. Lo único que reclamaban era velocidad, pero no era factible adquirirla en tan poco tiempo. Paso a paso, lánguidamente, tendrían lista “la soga” para las últimas horas de la tarde. Ya se habían hecho la idea de posponer el descenso para el día siguiente. Como de costumbre, a media mañana lloviznó un rato y poco después un calor húmedo y abrasador impregnó el ambiente. No charlaban mucho, tenían que poner toda la atención en cada lazada que daban. De esa cuerda iba a depender la vida de ambos. A las dos de la tarde, almorzaron nuevamente papas y porotos. Se relajaron un tiempo y prosiguieron con la tediosa tarea unas horas más; hasta que las articulaciones y las ampollas de los dedos parecían decirles “basta”. Cuando el crepúsculo empezó a teñir el firmamento de color rojo, ya tenían treinta y dos metros de soga prestos para ser usados. Ataron una extremidad de un tronco resistente y lanzaron el resto al vacío. —¡Listo! —sentenció Indy satisfecho.—Mañana temprano bajaré a ver que hay en el fondo. —Esta vez iré contigo. Cuando cayó la noche y prendieron otra vez el fogón estaban extenuados. —Me pregunto en qué momento empezará a llover polen desde el cielo... —dijo Greg recostado sobre una piedra aislada, mirando hacia la copa del árbol. Indy
sonrió para sus adentros. Tan cansado estaba que no pudo siquiera
gesticular. Cinco minutos después se durmió. cd No supo por qué, pero pensó en un tapir cuando sintió que le sacudían la pierna derecha. Pesadamente abrió los ojos y en seguida detectó que algo andaba mal. Demasiadas sombras eran las que proyectaban por la claridad la fogata. —Buenas noches, herr doktor. ¿Lo despierto?...—El acento alemán era inconfundible. Y el rostro de Erich Hense también. Indy reaccionó impulsivamente, tratando de pararse. El caño de la Lüger lo detuvo en seco, apoyándose en su frente. —Tranquilícese, Jones —murmuró el germano exhibiendo su blanca sonrisa.—No estoy de ánimos para matar en este momento. Indy dio un vistazo al campamento. Gregory Deyermian estaba inmovilizado a un costado, con dos esbirros armados a cada lado. Un poco más allá, Nautilius Goodman los observaba en silencio secundado, también, por un hombre con metralleta. Algo había cambiado en esa sociedad. Podía percibirse a simple vista. El director del pasquín cusqueño ya no ocupaba la primera escena. Se había convertido en un personaje secundario. El resto de los sujetos, dos porteadores y tres varones rubios como el trigo, revisaban la zona junto a Robustiano Patrón Costas. —Admiro su perseverancia, herr doktor —dijo el alemán, permitiéndole a Indy que se sentara.—También sus múltiples recursos. Es un rival digno. Lamento que esté del lado equivocado. —Es sorprendente cómo cambian las perspectivas de una persona a otra —retrucó Indy acomodándose el sombrero.—Yo opino exactamente todo lo contrario. Y por supuesto, no lo admiro en nada. —¡Jones, Jones! —exclamó sonriente.—¡No se vuelva a equivocar de bando otra vez! —No hay otro bando, Hense. Y menos que menos el que usted perteneció. —Mi querido amigo, le repito lo mismo que a Goodman: no nos entierren antes de tiempo. Todavía estamos en carrera. Y voy a demostrárselo. —¿Me va a entonar un “heil Hitler”? La ironía incomodó al alemán. —No sea estúpido, doctor. No despierte al patriota que hay en mí y termine pegándole un balazo en la cabeza. —¡Hense! —llamó Robustiano.—¡Venga a ver esto! ¡Aquí hay unos grabados en las rocas! El hombre de Odessa apenas giró la cara. No le quitaba la mirada al arqueólogo. —Creo que usted tiene algo que me pertenece, Jones: el mapa. Démelo. Indy lo sacó de su bolso y se lo extendió sin decir palabra. Hense se lo arrancó de la mano al tiempo y extrajo el dedo de oro del bolsillo de su camisa. —Una vez más, vuelvo a tener el rompecabezas completo —dijo. —Espero que ahora pueda encaminar mi investigación correctamente, sin la necesidad de tener que acudir a la mediocridad de ciertos supuesto expertos —y miró a un Goodman sucio y cansado.—¿Tiene usted algún dato para aportar, doctor Jones? —¡Si! —replicó sorpresivamente. El alemán quedó confundido. No se esperaba esa respuesta. Por una décimas de segundos titubeó. No fue necesario más que eso. La mano derecha del arqueólogo se proyectó hacia el dedo áureo y lo arrebató con fuerza. Antes de que Hense apretara el gatillo, le desvió la mano con un golpe. Se oyó un estampido y uno de los guardias de Odessa cayó fulminado al piso. Indy se impulsó con las piernas y cuando menos lo pensó estaba corriendo en dirección al barranco, bajo una verdadera lluvia de balas de ametralladoras. Restablecido el equilibrio, Hense ordenó a los gritos que lo siguieran. Goodman esbozó una cansada sonrisa de desquite. Greg
no creía lo que veía. cd Las manos llagadas le ardieron al agarrar la soga y soportar todo el peso de su cuerpo. A eso se le sumo la sensación de calor y dolor cuando hizo un veloz rapel con dirección a la base de la cañada. A los tumbos y rebotando contra la pared como si fuera un inexperto montañista, Indy cayó de bruces sobre el colchón de hojas que había en el fondo. Le dolieron cada uno de sus músculos. —¡Joder! —ladró, soportando el malestar; sin tiempo a recuperarse. Se puso de pie y cojeó, alejándose de la cuerda. No había caminado más de seis pasos cuando desde lo alto empezaron a llover balas sobre el espacio en el que había aterrizado. Estaba en un desfiladero angosto, oscuro y repleto de piedras, ramas y musgos. El olor a humedad era insoportable y cuando sus ojos se le acostumbraron un poco a la luz de la luna, se percató de que caminaba sobre un mar de insectos infectos. Crujían bajo sus zapatos. Reventaban, segregando un líquido verdoso con un profundo olor a podrido; nauseabundo por el lado que se olfateara. Pero Indy estaba acostumbrado. Las cosas podían ser peor. Al menos no eran víboras. A medida que los minutos de la madruga avanzaban, la claridad fue haciendo mejor y más viable el andar por el sendero. Trotó, caminó, volvió a trotar. El único secreto era alejarse lo más posible de Hense y su gente. Tenía el dedo de oro y no pensaba volver a perderlo. La imagen de Greg le insufló un sentimiento de culpa, que combatió razonando. Huir había sido la mejor decisión. Prisionero no tendría oportunidad de salvar a nadie. En libertad, el abanico se abría al futuro. Repentinamente, una verdadera pared de ramas le impidió el paso. Parecía un callejón sin salida. Volvió a blasfemar. Las cosas no podían complicarse más. ¿Por qué nunca las situaciones se simplificaban cuando más lo necesitaba? Se quedó parado ante la maraña vegetal sin saber qué hacer. Tenía que pensar rápido. Si no continuaba el escape lo iban a alcanzar. Buscó un espacio por donde seguir. Imposible... Los insectos le trepaban por las piernas. Algunos ya le alcanzaban la cintura. Se los sacudió de encima como pudo. En eso estaba cuando advirtió que, a su derecha, casi al ras del piso, se abría la boca de un conducto, tapizado con piedras perfectamente pulidas. Era un túnel de metro y medio de ancho y se internaba por la pared rocosa, como la madriguera de un topo. No meditó un segundo y se introdujo por él. Agazapado, “en cuatro patas”, se arrastró en la más absoluta oscuridad, sintiendo el espacio entre los dedos repletos de bichos en permanente movimiento. Asqueroso... No cabía otro calificativo. Soportó esa tortura por espacio de veinte minutos, en los cuales no dejó de arrastrase hacia delante. Le faltaba el aire. Entonces, en el momento menos pensado, una brisa fresca le impactó su rostro transpirado. La galería se abría al exterior. Cuando salió de ella, una nueva sección de la jungla se hizo presente tan impetuosa como de costumbre. Pero no había sólo árboles y lianas. A su izquierda percibió un movimiento. Eran seres humanos. Altos. Muy altos. Lo miraban con sorpresa y resquemor. Eran Pacoris. Paco Pacoris. |
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14 PACORIS Tenían narices aguileñas, pómulos salientes, elevados, y barbillas lampiñas, limpias de todo rasgo de barba. El cabello era lacio, oscuro. Lo ataban con cuerdas retorcidas y multicolores. Sus vestiduras, semejantes a largas camisolas tejidas, dejaban ver algunos signos geométricos a la altura del pecho, muy parecidos a los tokapus. Portaban arcos y flechas confeccionados con fibras vegetales y troncos de maderas duras. Eran armas capaces de atravesar a un hombre como si éste fuera un queso ablandado por el sol. Las puntas de flecha, estaban empapadas en curare, un mortifico aditamento que, en tiempos de paz, solían usarlos para envenenar monos. Algunos, acarreaban porras o rompecabezas estrelladas hechas en piedra y sujetas a un mango de madera. Todos calzaban sandalias. |