y la maldición de las momias azules

Novela

por Fernando Jorge Soto Roland

Indiana Jones es una marca registrada de Paramount Pictures & LucasFilms Ltd.

PARTE I

“…Divertir ha sido únicamente mi empeño.
Al hombre, ese niño grande, ese hombre pequeño”.


Sir Arthur Conan Doyle, 1912.

PRÓLOGO 

Cuaderno de Notas del

Profesor Robert Brooks

Desierto de Atacama

30 de septiembre de 1935

“21:30 horas.

Aunque estamos cansados, no podemos pegar un ojo. La excitación del descubrimiento de hoy por la tarde nos tiene a todos sobresaltados y con una felicidad indecible, difícil de traducir con palabras. Nos hemos topado con algo realmente extraño y por lo que deduzco se nos vienen varios años de investigación encima. No faltaran patrocinadores, de eso no tengo duda. Las momias son fantásticas, algo jamás visto en parte alguna del mundo. todos quedaremos en los anales de la arqueología junto con los descubridores de las ciudades mayas o incas.

“Estoy satisfecho. Feliz conmigo mismo y mi equipo. Lamento no tener a Sara a mi lado. Ella sí me comprendería. ¡Cuánto la extraño! Pero ya quedan pocas semanas en Chile. Si todo marcha como suponemos, en menos de veinte días estaré en Boston junto a ella y el reconocimiento académico de mis colegas. ¡Estoy tan ansioso!

“Mark no para de decirme que estamos haciendo historia. Se lo ve ensoberbecido y más activo que nunca. Cuida de las momias como si fueran un tesoro personal. Y no es para menos: fue su incursión en la cueva la que nos llevó a ellas. Las ha estado dibujando desde hace algunas horas y no para de hacer un boceto tras otros.

“Emil Duvois adoptó una actitud más huraña que de costumbre. No esboza palabra y todo indica que, desde la fuerte discusión que tuvimos hace una semana, se ha vuelto hosco, maleducado y abstraído. Incomoda a todo el grupo. Incluso trató muy mal a nuestros excavadores. Es un hombre de cuidar; de difícil carácter y un resentimiento poco disimulado. A mi me detesta desde que salimos de Boston. Me lo hizo saber de entrada cuando boicoteó cada una de las decisiones que tomé al llegar al campo. Pero a pesar de estos inconvenientes, repito, hoy es un día de logros inimaginados.

“Estoy realmente feliz.

“Las momias brillan en la oscuridad. Son incandescentes. Parecen bombillas eléctricas de color azul. Algo realmente insólito. Cuando las vimos amontonadas al final de la cueva nuestros ojos no daban crédito a lo que observaban.  Pero ahí estaban. Chiquitas, en posición fetal; sin ajuar funerario alguno; sin oro ni plata. Sólo una docena de cuerpos casi amalgamados por el paso del tiempo, tirados y colocados unos por encima del otro, brillando candentes, como queriendo atraer nuestra atención.

“¿Qué fenómeno desconocido es el que produce ese fulgor? Lo ignoro. Lo único de lo que estoy seguro es que nadie se había topado con algo así antes. Las momias parecen pertenecer a niños pequeños; pero un primer análisis a simple vista me indica de que son adultos por completo desarrollados. ¿Enanos?... Es probable, pero no puedo certificar nada con absoluta seguridad. En el laboratorio  me dedicaré a desentrañar todo este asunto con tranquilidad. Por el momento me queda el asombro y la esperanza de seguir encontrando artefactos relacionados con estos intrigantes restos.

“Mark fue quien lanzó la primer hipótesis respecto de la cultura a la que pertenecieron. Según su opinión son araucanas; pero yo dudo de esa idea. No hay nada hasta ahora que permita sostener ese parecer. Ni cerámica, ni construcciones, ni telas, nada. Pero su entusiasmo es arrollador. ¡Qué buen muchacho resultó ser este joven alumno! ¡Qué gran compañía en este paraje desolado, al otro lado del mundo! 

cd

“24:45 horas [segunda entrada del día]

“¡Catástrofe!...

“¡Qué desastre!...  ¡Qué desgracia, por Dios!

“Una explosión tremenda ha destruido por completo la entrada a la cueva. Ya no podremos —al menos en esta temporada— extraer material arqueológico de ella.

“Tres de los ocho excavadores que contratamos han muerto aplastados por las rocas en un intento fútil por huir. ¡Pobres muchachos! ¡Pobres familias!

“Me siento mal. Pero mucho peor cuando advierto que sigo contento por haber rescatado del alud a las momias azuladas.

“¿Me estaré deshumanizando?...

“En unos días más indemnizaré a los familiares y trataré de gestionar la salida de los restos por mar. Espero no tener problemas de aduana. Ya me queda muy poco dinero que destinar a esos oscuros menesteres de sobornar a los policías de la frontera”. 

R.B./ Atacama, ‘35

1 

EL SELLO

MARSHALL COLLEGE

CONNECTICUT

1956

Avanzó con sigilo todo a lo largo del corredor, cuidando no chocar nada. Aquel depósito, al que había entrado subrepticiamente, estaba atiborrado de libros, papeles viejos y objetos antiguos, cuidadosamente ordenados en estantes de madera que llegaban hasta el techo. Construido en el segundo subsuelo de la universidad, el predio oficiaba de archivo y almacén y, desde hacía meses, nadie lo visitaba. El polvo se acumulaba sobre la superficie de cerámicas babilónicas, fenicias y griegas; barnizaba de opaco las grandes cabezas clavas de piedra, provenientes de Tiahuanaco; y los frisos persas, adquiridos a fines del siglo XIX, semejaban meras losas grabadas sin valor alguno. Pilones de pergaminos, pliegos y papeles amarillentos, prolijamente encarpetados, formaban columnas irregulares, cada una de ellas señalizadas —en el borde de la repisa— con un número que indicaba el año en que habían sido escritos. Libros incunables de origen medieval, junto con otros más modernos —pero no por eso menos raros—exhibían sus señoriales lomos como queriendo demostrar la resistencia que mantenían en una lucha sin cuartel contra la humedad, nunca controlada por completo. Restos de la cultura Anazazi compartían el mismo estante con los del pueblo maya y molduras coloniales, de origen español y portugués,  se mezclaban con adornos ceremoniales hindúes, de la época imperial británica. Un verdadero amasijo de identidades y cosmovisiones muy diversas, amalgamadas por la sola voluntad clasificatoria de un manojo de académicos, capaces de aunar el agua y el aceite, desoyendo los gritos de particularismos que provenían desde lo más profundo de la historia.

La luz de la linterna, que Alexei Vasiliev sostenía con su mano derecha, se sacudía con nerviosismo. Iba y venía de un escaparate a otro, buscando detectar algo en la penumbra. La ansiedad y el temor a ser descubierto lo mantenían alerta. Estaba acostumbrado a esos menesteres. Eran parte de su vida cotidiana desde hacía más de quince años. Ducho en su oficio, sabía cómo moverse en situaciones de peligro. Tenía el entrenamiento adecuado. Era conciente que no corría riesgos de consideración en ese lugar. El mero depósito de un museo universitario no implicaba un problema. Él, que en Europa había logrado robar información confidencial muy valiosa, prácticamente frente a las narices de agentes del servicio secreto inglés, no tenía que intranquilizarse en la circunstancia presente. De todo modos, como profesional del espionaje, sabía cuidar los detalles. De ellos dependía muchas veces su supervivencia. Y la de su propio país, especialmente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

Alexei Vasiliev era agente operativo del Comité de Seguridad del Estado Soviético, la KGB; una de las agencias de inteligencia más temidas, efectivas y poderosas del competitivo mundo de la Guerra Fría. 

cd

Dos niveles por encima de la cabeza del ruso, los pasillos de estilo victoriano del Marshall College rebullían de alumnos y profesores prestos a tomar el merecido almuerzo, tras cuatro horas ininterrumpidas de clases.

No bien el timbre dejó de sonar, una verdadera marea de rostros jóvenes inundó el arbolado patio central del campus y la cafetería se llenó en pocos minutos de parroquianos y vivaces charlas. Era el momento de los chismes, de las críticas a los docentes y el debate académico que las teorías recién aprendidas generaban en las efervescentes vocaciones de toda una generación de futuros historiadores y arqueólogos. También el romance tenía su lugar, y el pavoneo iniciático de acampanadas faldas a lunares se cruzaba, excitante, con las varoniles camperas de cuero negro, tan de moda en el nuevo e invasivo universo del rock and roll. Risas, miradas y roces, celos y declaraciones, tejían las imperceptibles redes de innumerables historias de amor por venir.

Mike O’Connor, con sólo veintitrés años de edad, era un alumno regular. No muy convencido de su elección universitaria, prefería despuntar como atleta en el campo de deportes y encarnar, imponiendo su musculoso cuerpo, el rol de líder en su curso. No había día en que no estuviera rodeado por un harén de jovencitas sonrientes que, cual primates en celo, le revoloteaban alrededor, compitiendo por sus favores sexuales. Estudiante avanzado en la cátedra de Arqueología Teórica, Mike no dejaba de discutir nunca sus calificaciones y esa mañana tenía mucho que reclamar al profesor titular. Por eso lo esperó en la puerta del curso y cuando lo vio salir, cargando libros y mapas, no dudó un instante en abordarlo e interpelarlo con muy poca diplomacia.

—Doctor Jones —dijo con voz gruesa e impertinente—, quiero hablar con usted respecto de la nota que me puso.

Henry “Indiana” Jones detestaba tener que dar explicaciones sobre sus “veredictos”; y aunque reconocía que era parte de sus obligaciones  como profesor, experimentaba un profundo desagrado cada vez que un alumno se le acercaba para cuestionar una calificación. Conocía el paño. Sabía del modo en que los discursos estudiantiles cambiaban según las notas fueran buenas o malas. “Me saqué una A”, decían cuando las cosas iban bien. “Me puso una C”, cuando ocurría lo contrario.

Jones apretó sus axilas para evitar que los mapas se le cayeran y, casi con resignación, apoyó el portafolios en el piso. Hacía calor. La chaqueta y el moño de su camisa empezaban a molestarle. Suspiró y miró al muchacho por encima de sus gafas.

—Doctor, discúlpeme que lo interrumpa. Sé que es su hora de almorzar, pero no quiero quedarme con la duda…

—Dígame qué es lo que desea, señor… ¿Connors, verdad?

—O`Connor —corrigió el chico—, Michael O’Connor.

Indy se mordió el labio inferior imperceptiblemente.

—Lo siento, señor O’Connor. Tengo sólo tres minutos para ofrecerle. Lo escucho.

El joven exhibió un manojo de treinta hojas mecanografiadas. De lejos se observaba ya una “B-“ como calificación final. Abrió el trabajo al medio y señaló algo.

—Lo que no comprendo es esta marca que me puso aquí, en color rojo, a pie de página. No veo ninguna otra corrección y no entiendo porqué me bajó tanto la nota.

Indy se pasó los libros al brazo izquierdo y agarró la tesina. Le echó un vistazo y volvió a devolverla.

—Esta marca, como usted dice, indica una incorrecta forma de citar, señor.

—¿Por qué incorrecta? —saltó el muchacho—. Está bien citado ese libro.

—¿Realmente consultó Études de mythologie et d’archéologie égyptiennes?

—¡Por supuesto que sí!

—¡Oh, señor O`Connor! Creo que su nota acaba de bajar un cincuenta por ciento más.

—¿Por qué me dice eso? ¡Aquí tiene la referencia claramente indicada!

—Creo que debió haberla copiado de algún otro libro.

—¡Imposible! De ser así se lo hubiera consignado, profesor.

—En ese caso —contestó Indy con parsimonia—, preséntese mañana por la tarde en mi oficina con el tomo en cuestión. Estoy sumamente ansioso por tenerlo en mis manos. —El joven lo observó simulando sorpresa—. Si lo consigue, con mucho gusto se lo compraré al precio que usted desee. —Levantó el portafolios y mientras reiniciaba la marcha esbozó su característica sonrisa ladeada, agregando—:Ah, le informo que esa obra está escrita en copto y agotada desde 1883… ¿Sabe usted hablar copto? ¡Me sorprende, señor O`Connor! ¡Es usted un alumno admirable!

Y abriéndose paso entre las decenas de estudiantes lo perdió de vista.

“¡Maldito mentiroso!”, pensó. 

cd

No había transcurrido una hora cuando, finalmente, el haz de luz de la linterna de Vasiliev dio con una caja de cartón en cuya carátula podía leerse claramente: 

ENERO/ DICIEMBRE 1948

*Memorandos internos

*Altas y bajas de la Planta Funcional (personal docente)

*Certificados médicos (ausencias justificadas/ defunciones)

*Documentación personal de profesores (no reclamadas por deceso).

Rebuscó con nerviosismo en el sobre papel madera correspondiente al último ítem de la etiqueta. Había una gruesa resma de hojas manuscritas, descoloridas; muchas de ellas arrugadas y todas fuertemente atadas con bandas elásticas. Junto a ellas, a un costado, tres pequeñas libretas negras con manchas de humedad en sus tapas y sendos apellidos escritos con tinta corrida en el frente. Tomó una, y contrariamente a las estadísticas, acertó en sacar la que quería. Sonrió. Tal como le habían informado, ahí estaba. No esperó un segundo. La sacó de la caja y se la guardó en el bolsillo interno de su chaqueta. Ya era hora de salir de allí.

cd

—¿Vas a estar este fin de semana en el campus? —indagó, con la boca llena de comida, Clement Wilbert, profesor titular de la cátedra de Historia Clásica, mientras levantaba sus ojos saltones por encima de la mesa de la confitería de la universidad.

Indy estaba inapetente. Acompañaba a su colega sin almorzar. Sólo tomaba un café y releía un libro de técnicas de excavación cuando la pregunta llegó a sus oídos, venciendo el murmullo de voces que flotaba en el ambiente repleto de alumnos.

—No lo sé —respondió—, recién estamos a mitad de semana. Tengo muchas cosas que corregir. Trabajo atrasado.

—Te lo preguntaba porque estoy por organizar un ateneo el sábado en mi casa. Ya sabes que estás invitado, como siempre.

Indy agradeció, pero sabía que no iba a ir. Alguna excusa se le ocurriría más adelante. Esas reuniones eran de lo más aburridas. Un atajo de veteranos discutiendo teorías insulsas, en tono monocorde y tratando de lucirse frente a sus colegas. No era el mejor de los programas para su día franco. Por otro lado, la comida de Clement era horrible.

Sonó el timbre. La hora del almuerzo había terminado y tenían que reintegrarse a sus respectivos cursos. En tanto Wilbert apuraba su ingesta de fideos, Indy se reincorporó, levantó sus mapas, sus libros, el portafolios y, cargado como un Ekeko, emprendió el camino hacia el aula de Arqueología Teórica en donde debía impartir la última clase del día.

Mientras recorría el pasillo lentamente, sorteando los cuerpos agitados de los alumnos que se dirigían a sus respectivos cursos, reconoció el par de ojos azules que lo miraban de lejos. Caminaban hacia él. La intensión era clara: interpelarlo nuevamente.

 No puedo creerlo”, pensó, mascullando rabia, al identificar el rubicundo rostro de Mike O’Connor. “Este tipo terminará sacándome de las casilla”.

No aminoró el paso ni desvió la marcha.

Tres alumnas pasaron a su lado y lo saludaron. Desvió la vista un segundo para contestar la gentileza y cuando levantó de nuevo la cara, O’Connor  estaba parado enfrente suyo, tapándole el paso.

—Profesor Jones, quisiera decirle que…

Repentinamente, como salido de la nada, un sujeto alto, de cabello muy corto, vistiendo chaqueta, camisa y corbata al tono, chocó intempestivamente contra Mike. Se notaba que estaba apurado. Indy advirtió pequeñas gotitas de sudor en el borde mismo de su cabello y sintió claramente el sonido de algo cayéndose al piso. Bajó la vista. Ahí estaba: una libreta color oscuro.

—Lo siento, señor —se disculpó el estudiante, aun sabiéndose no culpable por el hecho.

—¡Idiota! ¿Por qué no mira por donde anda? —ladró Vasiliev con cierto nerviosismo mal escondido.

Indy se agachó y levantó la libreta. No pudo dejar de notar algo extraño: un sello de tinta roja, muy pequeño, en el ángulo superior derecho. No se alcanzaba a leer lo que decía, pero Jones conocía el diseño. Le resultaba familiar. Tardó tres segundos en darse cuenta de que era la marca oficial que la universidad utilizaba para identificar los papeles que se archivaban en el depósito. Un timbre que solía decir (cuando se podía leer): “Prohibido el uso y el retiro de este material”.

Miró al sujeto con extrañeza. No lo conocía. No era personal del Marshall College. No pertenecía al plantel docente o administrativo. ¿Quién era ese tipo?

Vasiliev notó de inmediato la mirada inquisidora de Jones y antes de que éste dijera algo, le arrebató la libreta con brusquedad y le imprimió un potente empujón, golpeándole el pecho.

Cuando Indy cayó al suelo, desparramando sus papeles y mapas, Vasiliev ya había emprendido una huída a toda marcha con dirección al parque central de la universidad.

El alumnado se alteró. Fue como sacudir un avispero. Gritos, improperios y risas estallaron de todas direcciones. Pero Indiana Jones hizo caso omiso al caos producido por la sorpresa y poniéndose de pie se lanzó a la carrera detrás de su imprevisto agresor.

No era fácil moverse a esa hora del día. Los cuerpos chocaban y se rozaban por el pasillo y la entrada al edificio era un cuello de botella, del que ya había habido quejas de parte de los alumnos más quisquillosos.

Fue precisamente en ese sitio en donde Indy alcanzó a tomar el hombro del ruso, girarlo con fuerza y propinarle una trompada en la mejilla izquierda.

Vasiliev no acusó recibo. Apretó sus mandíbulas y le disparó al arqueólogo un patada demoledora en la zona de la ingle. Jones expulsó todo el aire de los pulmones y una punzada dolorosísima le subió desde los testículos hasta la parte central del abdomen, inclinándolo hacia delante.

Los chicos y muchachas que veían la pelea se hicieron a un costado, como si la lepra estuviera en el escenario de la lucha.

Vasiliev reinició la marcha. Indy resopló. Enderezó su columna y justo cuando iba a dar el primer paso tambaleante, sintió una mano pesada, de dedos enormes, tomándolo por la nuca.

Son dos”, caviló preparándose para otro golpe, que no tardo en venir. Esta vez en la cintura.

Cayó al piso. Pero no se iba a dar por vencido. Recuperó el ánimo en una décima de segundo y arrojó su pierna derecha contra el misterioso bravucón. Dio en el blanco, más justamente en el mentón de un individuo de mediana edad con barba candado y cabello también muy corto. Sin más, giró como un trompo y su zapato izquierdo volvió a impactar al otro lado del rostro. El aliado de Vasiliev se desplomó grogui. Fue cuando Indy lo tomó por las solapas y preguntó casi en un grito agitado:

—¿Quién es usted?

El ruso sonrió.

Indy quedó atónito al comprender lo que se avecinaba. “¡Qué idiota soy”, pensó en el instante mismo en que un tercer hombre le descargaba todo el peso de una cachiporra en la cabeza, haciéndole perder la conciencia.

2

 

EL CÓNCLAVE

SALA DE PROFESORES

DEPARTAMENTO DE ARQUEOLOGÍA

DOS HORAS MÁS TARDE

Amplia, amueblada con elegancia e inmensos ventanales que daban al parque, la sala de reuniones semejaba un tribunal. Era un espacio cómodo, con una mesa de roble para catorce personas en el centro y un cuadro grandioso del primer rector, señoreando el recinto desde la única pared que no tenía aberturas. El pomposo cortinado era también responsable del clima de academicismo que se sentía al ingresar.

Richard “Dick” Clayton, vice-decano en funciones mientras el rector disfrutaba de sus vacaciones, estaba frenético. Le transpiraban las manos y trataba de contener sus gesticulaciones nerviosas en tanto Mike O’Connor estuviera en el lugar.

—Le repito, señor —expresó al muchacho con gentileza—, que por el bien de la institución  debería usted convencer a sus compañeros que olviden el altercado de hace unas horas. Mi obligación es poner orden en la universidad y con todos los rumores que ya empezaron a correr por el campus no me extrañaría nada tener que soportar a miembros del FBI rondando por aquí. No quiero publicidad negativa.

Indy, sentado a la derecha del muchachón, se reclinó hacia Clayton.

—¿Publicidad negativa? ¿A qué te refieres Dick? —inquirió frunciendo el seño.

—Están comentando que los tipos que te atacaron eran rusos…

—Pero si es cierto —intervino O’Connor con cierta timidez—. Yo mismo noté el acento soviético que tenían cuando me interpeló el hombre que golpeó al profesor Jones.

—Señor O’Connor, no estamos seguros de eso. No especulemos ni saquemos falsas conclusiones antes de tiempo. Nadie quiere que la prensa publique que el Marshall College está infiltrado por agentes de la Unión Soviética. Usted bien sabe cuán sensible es el gobierno a esas cosas. Correríamos el riesgo de que intervinieran la universidad. Y no deseamos eso, ¿verdad?

Norman Pike, el elegante cuarentón  que oficiaba de secretario académico, se alzó del sillón que ocupaba junto al de Clayton y con un gesto cortés invitó a que O’Connor se levantara del suyo.

—Muy bien, joven, gracias por su testimonio y colaboración. Puede ahora retirarse. Nosotros nos ocuparemos del tema y, por favor, no alentemos tempestades con comentarios imprudentes. Estaremos en contacto. Contamos con su apoyo.

El muchacho asintió en silencio y abandonó el recinto.

Justo en el momento en que él salía, Eleonor Whitenight, la jefa de archivo, ingresó en la sala con una caja de cartón en los brazos

—Permiso, señor vice-decano —dijo.

—Adelante, Eleonor, pase.

La mujer, entrada en años, ocupó el lugar dejado por el alumno y tomó asiento.

—¿Encontró algo? —la interpeló Indy a boca de jarro.

—Sí, doctor —respondió—. Tenía usted razón. El nombre que figuraba en la etiqueta de la libreta que se llevaron era Robert Brooks.

—¿Y quién demonios es Robert Brooks? —sonrió el arqueólogo.

—Un antiguo profesor de esta casa, doctor Jones.

—Explíquelo todo, Eleonor —invitó Clayton.

—Brooks trabajó aquí durante casi una década, entre 1938 y 1948, año en que falleció de un infarto. Fue un hombre muy respetado por sus alumnos y especialista en técnicas antiguas de irrigación artificial. Se dedicó a ello durante largo tiempo mientras daba clases en la Universidad de Boston, antes de instalarse entre nosotros. Se divorció en el ’39 y vivió solo y sin parientes, en una de las casas destinadas al plantel docente. Cuando murió, y dado que nadie reclamó las pertenencias personales, sus apuntes y trabajos inconclusos pasaron a ser de nuestra propiedad y los archivamos hasta tanto alguien las pidiera. Su ex-esposa también había fallecido.

Indy dirigió la mirada hacia Pike.

—¿Lo conociste, Norman?

—Muy poco —indicó el secretario—. No era un sujeto simpático con sus colegas. Jamás intimé con él. Además, murió a los tres meses de haberme hecho cargo de mi puesto como profesor. No creo haber intercambiado mas de diez palabras.

—Era un hombre difícil —convalidó la mujer—. De carácter fuerte. Lo recuerdo muy bien.

Clayton, por tener menos años en la universidad, se calló la boca.

—¿Esa es la caja donde estaban sus cosas? —preguntó Indy señalándola.

—Efectivamente, doctor. No bien el vice-decano me informó del hecho, bajé al subsuelo para revisarla. Y, según el listado mecanográfico que había adentro, lo que se llevaron es un cuaderno de notas personales —explicó Whitenight.

—¿Sobre qué eran las notas? —volvió a interferir Jones.

—De acuerdo con lo dice este registro —respondió leyendo un viejo papel amarillento—,corresponden a una excavación arqueológica en Chile, que Brooks realizó para Universidad de Boston en 1935. Son los únicos datos que se consignan en este registro.

—¿Alguien sabe si algún investigador del Marshall College trabajó sobre esos apuntes?

—Lo dudo mucho, doctor Jones.

—¿Por qué, Eleonor?

—Nadie trabaja con la documentación privada de nuestro docentes fallecidos, Indy —replicó Clayton.

—Pero, ¿no eran acaso notas sobre una excavación?

—Sí —respondió la mujer—, pero por algún motivo nadie se vio interesado por ellas.

—Hasta hoy… —dijo Jones con cierta ironía—. Esos tipos que me atacaron sabían lo que buscaban.

—¿Qué sugieres que hagamos, Dick? —inquirió Norman Pike.

—Por el momento seguir manteniendo el tema en reserva hasta tanto sepamos algo más.

—¿Y qué pasa si, efectivamente, viene el FBI?—repreguntó el secretario.

—En ese caso… no sé… Lo pensaremos sobre la marcha.

—Me comprometo a re-examinar el archivo —dijo Eleonor—, para ver si hay algún otro faltante.

—Muchas gracias, señora Whitenight. Puede retirarse y manténgame al tanto de todo.

Acto seguido, la anciana abandonó el salón.

—Dick —empezó a articular Indy—, tú y yo sabemos que los alumnos dicen la verdad. Los matones eran rusos. También yo sé reconocer un acento…

—Sí, pero… tenemos que tener algo concreto por si al FBI se le ocurre investigar este simple robo.

—Permíteme que me encargue del tema —dijo Jones.

—¿Qué harás?

—Indagar más sobre Robert Brooks y su trabajo en Chile.

—Pero, ¿tú no estabas acá en el ’48? —indagó algo confundido Clayton.

—No. Dejé Marshall en el ’37 para ir a Nueva York. Recién volví a incorporarme  aquí en 1951. Brooks ya estaba muerto, por eso jamás supe nada de él.

—¿Qué piensas hacer?

—Por lo pronto viajar el fin de semana entrante a Boston. Tengo gente conocida. Alguien debe saber algo más sobre esas excavación en Sudamérica.

—No tengo objeciones. ¿Tú, Norman?

—Tampoco. Ninguna. Incluso iré contigo, Jones. Este tema me está empezando a intrigar. Si te parece bien, saldremos el viernes por la noche. ¿Trabajan hasta el mediodía del sábado en Boston, verdad?

—Se cursan algunas materias por la mañana, sí.

—Mucho mejor. No habrá tanta gente revoloteando como hay aquí.

Indy se reincorporó. Todavía le dolía la cintura.

—Ah, otra cosa —agregó Pike—. El profesor Wilbert se ofreció gentilmente a colaborar en lo que sea. ¿Tendrías algún inconveniente que viniera con nosotros?

—¡¿Clement Wilbert?!... —exclamó Indy sorprendido—. ¿Por qué Wilbert?

                                                                          3

UN ARSENAL INTERESANTE

BOSTON

MASSACHUSSETS

TRES DÍAS DESPUÉS.

El inmenso ventanal de vidrio esmerilado, que daba al bosque domesticado y prolijo que rodeaba al edificio, dejaba entrar los rayos del sol entibiando el distinguido ambiente del salón. Era un recinto grande, de unos cincuenta metros cuadrados, que oficiaba de pequeño museo de geología, foro de reuniones académicas y debates teóricos entre los profesores especializados en el estudio de la Tierra. Era evidente que aquel era un anexo relativamente nuevo; en especial cuando se miraba el techo y advertía que las gruesas vigas de roble que señoreaban el resto de la universidad, ya no estaban. Todo a lo largo de las paredes, centenares de volúmenes empapelaban literalmente cada centímetro de los muros; sólo interrumpido —aquí y allá— por vitrinas llenas de extrañas, bellas y diversas rocas provenientes de diferentes rincones del planeta. En el centro, una mesa inglesa del siglo XVIII, hecha en roble, con espacio para veinte comensales; a un costado, cerca del ventanal, un sofá de cuatro plazas y dos individuales, tapizados de cuero marrón y, sobre ellos, dialogando, Indy Jones, Norman Pike, Clement Wilbert y un anciano enjuto, aunque dinámico y vital en sus movimiento, llamado Alan Stoneshadow. El contacto de Indy en Boston.

Stoneshadow, con sus casi noventa años de edad, había tenido el extraño privilegio de conocer a casi todos los académicos que habían pasado por la universidad desde fines del siglo XIX. Simpático, agradable y en extremo diplomático, el viejo era el que más sabía respecto del trabajo de Robert Brooks en Atacama, Chile, y de sus colaboradores directos. Era la punta del ovillo. E Indy estaba dispuesto a desenredarlo todo si fuera necesario.

—La verdad es que a su llegada, Brooks se topó con extraños inconvenientes. Según recuerdo, agentes del gobierno anduvieron por la universidad, vistiendo sus intimidantes trajes negros, presionándolo —explicó Stoneshadow.

—¿Por qué motivo? —intervino Jones.

—Nunca se supo oficialmente; pero bajo cuerda se comentó que tenía que ver con un cargamento que, ilegalmente, había llegado de Sudamérica. Una momias.

—Momias precolombinas…

—Sí, y al parecer muy antiguas. Quizás las más antiguas del mundo.

—¿Y por qué el gobierno se interesó por esas momias? —repreguntó el arqueólogo.

—No lo sé, doctor. Algunos hablaron que tenían poderes… —sonrió incrédulo.

—¿Con quién trabajó Brooks en el ’35? –quiso saber Pike.

—Tenía a un alumno como ayudante. Un buen estudiante llamado Mark Stables. Todos decían que iba a ser su sucesor en la cátedra cuando Brooks se jubilara. Pero el destino le corrió una mala pasada. Al año de regresar de Chile, Stables renunció y no se supo qué fue de su vida. Se dijo que vagaba, hasta hace poco, en las calles del puerto de la ciudad, como pordiosero. Pero eso nunca lo pude, ni me interesó, confirmarlo. —Indy tomó nota—. Aunque había otro colaborador con Brooks —agregó Stoneshadow—: un francés, cuya historia es de película.

Los representantes del Marshall College se arrellanaron en sus asientos, con claros signos de interés.

—Su nombre era Emil Duvois y se llevaba muy mal con Robert. Jamás entendí porqué trabajaban juntos. Lo cierto es que cuando estalló la guerra y Hitler invadió Francia, Duvois regresó ilegalmente a su país natal, se sumó al Partido Comunista y convirtió en partisano de la resistencia. Cuando el conflicto terminó, en 1945, dejó Francia y se mudó a Moscú.

—…¿Moscú? —interrumpió Indy.

—Sí, doctor Jones. Era un comunista devoto y convencido.—Indiana echó una mirada suspicaz a sus dos colegas. Stoneshadow continuó—. Pero antes de que esto ocurriera, en el ’38 Robert renunció a la universidad y se mudó a Marshall, donde tengo entendido falleció del corazón diez años después. ¡Pobre hombre! ¡Qué pérdida! ¡Era tan capaz!

—¿Conoce el motivo de la renuncia? —preguntó Norman Pike.

—Brooks se cansó. Consiguió aguantar tres años a duras penas.

—Entonces las presiones eran ciertas —sentenció Wilbert.

—Nunca dije que no lo fueran. Según recuerdo, le quitaron el proyecto de Atacama. Se le prohibió el acceso a las momias que él había mandado traer y éstas se archivaron sin más explicaciones. Recién en 1945 una comisión gubernamental, bastante misteriosa, confiscó los restos y los sacó de la universidad.

—¿Adónde se las llevaron? —inquirió Indy.

—No lo sé.

—¿No hay posibilidades de contactarse con Duvois —sugirió Indiana— y averiguar algo sobre esas momias?

—Duvois murió hace seis años. Fue atacado por unos malvivientes que querían robarle. Lo asesinaron de un tiro en la cara mientras vacacionaba en una dacha del Mar Negro.

Indy se echó hacia tras en el sillón y pasó la mano derecha por su canosa cabellera. Estaba descorazonado.

—Sabemos algo más ahora —dijo—, pero todos los contactos están muertos.

—Todos, no —corrigió Stoneshadow—.  Stables, aparentemente, sigue vivo.

—En ese caso, vamos a tener que encontrarlo.

—Pero, ¿no dijo usted que estaba loco?

—Es lo que se comentó en su momento, señor Wilbert —aseveró el viejo.

—Lo más probable es que haya muerto —sugirió Pike—. Estamos hablando de un hombre que vaga por las calles hace casi veinte años. Mucho tiempo…

—No descartemos nada, Norman —dijo Indy—. Aún tenemos todo el día de mañana para visitar el puerto y tratar de ver si averiguamos algo más. ¿Qué  nos cuesta hacer un recorrido por allí?

—Estoy contigo, Jones —sancionó Wilbert—. De hecho tenía ganas de comer unos mariscos antes de regresar a casa.

Conversaron con Stoneshadow por espacio de una hora más sobre temas diversos relacionados con la profesión: el estado de la educación, el desquicio de los jóvenes en la era del rock y, por supuesto, la inevitable guerra fría entre EE.UU. y la URSS. La amenaza de un ataque atómico estaba presente en la mente y temores de todos; y aunque —a excepción de Wilbert— creían que el miedo era exagerado y alimentado por el gobierno, todos coincidían en que la capacidad destructiva del hombre había alcanzado ribetes preocupantes. Hiroshima y Nagasaki eran bisagras  a la hora de analizar la forma en que se hacía la guerra. Después de esos ataques sobre Japón ya nada era igual que antes. Una guerra frontal, directa, entre las dos superpotencias, sólo podía significar una cosa: el fin del mundo, o a lo sumo, el fin de la civilización tal y como era concebida en ese momento.

—Como dijo Einstein —declaró Wilbert con tono solemne—, “No sé cómo se librará la tercera guerra mundial. Lo que sí sé es que la cuarta la lucharemos con piedras y palos”.

Indy miró a su alrededor. Observó las vitrinas llenas de muestras líticas y, sonriendo para quitarle dramatismo a las palabras de su compañero, dijo:

—Bueno, en ese caso, si empieza ahora nos agarra a nosotros con un arsenal bastante interesante.

Stoneshadow lanzó una fuerte carcajada. El geólogo no había perdido, a pesar de la edad, su sentido del humor.

cd

En tanto Pike y Wilbert dedicaron el resto de la tarde a visitar las librerías del centro de la ciudad, Indy hizo lo que mejor sabía hacer: indagar. No quería desperdiciar el tiempo y tomó el primer taxi que encontró a la zona portuaria. Quince minutos después caminaba por un moderno muelle de concreto, rodeado de buques cargueros, grúas y contenedores de hierros por todos lados.

El puerto estaba desierto. Era un día no laborable y sólo de a ratos veía deambular a los pocos y aburridos marineros que custodiaban las embarcaciones. Eran aquellos hombres curtidos por el sol y la salitre del mar; trabajadores desgastados que aparentaban físicamente más edad de la que en verdad tenían y que lo miraban de soslayo cuando pasaba a su lado, vistiendo el traje gris, corbata azul y sombrero de fieltro, que llevara en ese viaje.

Marchaba despreocupado. Tenía pocas esperanzas de encontrar a Mark Stables, pero el sabía por experiencia propia que las cosas podían cambiar en un santiamén. Esa era la historia de su vida. Sorpresas, aventuras, sobresaltos. Y aquella vez no fue la excepción. Los problemas parecían haber nacido con él.

A menos de media cuadra de distancia, resguardados por una pila de barriles, Alexei Vasiliev y sus dos compañeros lo observaban de lejos.

UN HOMBRE DE POCAS PULGAS

Finalmente, tras indagar por espacio de una hora, Indy Jones encontró lo que buscaba: un callejón sucio, oscuro, apenas techado con chapas oxidadas, con media docena de indigentes dormitando sobre el piso. Era la imagen más parecida que podía encontrarse en Boston de una cueva paleolítica a poco de empezar el crepúsculo.

Sin meditarlo mucho, encaminó los pasos hacia el vagabundo que tenía más cerca y lo tocó con suavidad, sacándolo de la modorra en la que había caído, seguramente para combatir el hambre que no podía saciar. Era un hombre relativamente joven pero desgastado. Tenía la piel de las manos impregnadas de tierra, con profundos surcos sucios y una exagerada cantidad de pelos asomándose por sus fosas nasales y orejas. Vestía harapos. Su dentadura, incompleta, olía a rancio.

Cuando pudo enfocar su atención en el arqueólogo, éste sonrió y sin preámbulos le preguntó por Mark Stables; al tiempo que le ponía un billete de cinco dólares ante sus ojos.

—¿Para qué quiere verlo? —interpeló con sequedad.

Indy sintió un respingo interno. ¿Podía resultar todo tan fácil?

—Necesito hablar con él —le respondió—. ¿Lo conoce?

El sujeto se incorporó un poco y agarró el dinero.

—Si es tan importante —dijo—, estará dispuesto a entregar otros cinco, ¿verdad?

Jones extrajo un segundo billete y se lo entregó.

—¿Lo conoce? —repitió—. ¿Dónde lo puedo encontrar?

—No lo sé. Hace un tiempo que no lo veo. Pero puede preguntarle a “Spooky”. Es aquel que está acostado junto a la pared. Él es su amigo personal.

“Spooky” era un individuo gordo, sudoroso, bien parecido. De seguro su vida anterior al callejón había transcurrido en una casa de clase de media, regularmente acomodada. Mantenía sus brazos limpios, las manos pulcras y la ropa, aunque corroída, era de calidad. A simple vista ”Spooky” no estaba en ese lugar por propia voluntad.

—¿Mark Stables?... —coreó al oír el nombre y apellido completo—. ¿Usted se referirá a “Marco”? ¿Estamos hablando de la misma persona?

—No lo sé. Lo único que puedo agregarle es que ese hombre estudió durante algún tiempo arqueología en la universidad de Boston.

—¡Entonces sí debe ser “Marco”! —Expresó—. Creo que una vez me dijo algo al respecto.

—¿Dónde lo puedo ubicar?

—Él para en la dársena H. Allí encontró un agujero en donde dormir lejos de nosotros —dijo señalando a los demás indigentes—. No le gusta estar acompañado. Es un viejo mañoso.

—¿Usted cree que puedo encontrarlo ahora en ese sitio?

—¿Qué hora es?

—Las siete.

—Probablemente. Debe estar preparando el “nido”. Venga, vamos, lo acompaño. Conozco el camino. Además, la verdad es que se me fue el sueño—. Y con gentileza poco habitual, levantó su voluminoso cuerpo cubierto de mantas—. ¿A que se dedica usted, caballero? —curioseó mientras avanzaban.

—Soy profesor en arqueología —respondió Jones.

—¿Ah sí? ¿Un antiguo colega, quizás?

—No, para nada. Sólo quiero hacerle al señor Stables, a “Marco” —aclaró—, unas pocas preguntas.

—Le aconsejo algo, amigo: trátelo con respeto y cuidado. Es un tipo de pocas pulgas —dijo y lanzó una estruendosa carcajada.— Bueno… es una forma de decir.

Indiana apenas esbozó un leve rictus de simpatía. La situación en la que vivía esa gente no tenía nada de gracia.

—Descuide, lo haré con tacto —alegó.

—¡Qué tipo sorprendente este “Marco”! —profirió sin dejar de sonreír—. ¡No sé qué tiene para estar tan solicitado últimamente!

—¿”Solicitado”?

—Sí. No es usted el primero que pregunta por él en los últimos días.

Indy detuvo la marcha.

—¿A qué se refiere?

—Tres hombres lo estuvieron buscando hace unos dos días, pero no lo encontraron. Es que por estas fechas “Marco” suele quedarse vagabundeando por el centro de la ciudad juntando ropa usada. Estamos en cambio de estación —aclaró— y la gente deja en la calle muchas de sus viejas vestiduras que ya no usa. Igual que la serpientes cambian su piel.

Indy se quedó paralizado unos segundos. Sintió una extraña sensación en la base de la nuca. Nervios. “Problemas en puerta”, pensó.

—¿Le pasa algo? —intervino “Spooky”.

—¿Vio usted mismo a esos hombres?

—Sí, pero de lejos. No hablé con ellos. ¿Por qué lo pregunta?

—¿Puede describirlos?

—Altos, delgados, con sombreros oscuros y elegantes trajes negros. Parecían funcionarios públicos.

—¿Sabe si alguien escuchó si tenían un acento extraño, fuera de lo común?

—Nadie comentó nada al respecto. ¿Qué tipo de acento?

—Ruso.

—¿Rusos? ¿Comunistas?... Já, já… No amigo mío. No eran rusos. Eran tan americanos como usted o yo. ¡Si hasta masticaban chicles!

Siguieron caminando por el muelle hasta que un cartel con la letra H, pintada de rojo, los hizo detener.

—Es allá —señaló “Spooky”—. Debajo de aquella grúa abandonada. Ahí es en donde duerme. Pero es raro —agregó extrañado—. No lo veo. Tal vez aún no regresó de la ciudad y sigue juntando ropa…

Indy aceleró el tranco dejando a su guía unos pasos por detrás. Cuando llegó a la base oxidada de la grúa confirmó que el “nido” estaba vacío.

—¡Maldición! No está… —rumió apesumbrado.

—¡Vaya, qué pena! Va a tener que venir otro día.

Instintivamente, Indy levantó la vista para otear el panorama circundante.

Entonces las vio.

Eran tres siluetas masculinas asomándose por la esquina de un depósito.

Inconfundibles.

“Spooky” giró la cabeza en dirección de ellas.

—¡No son de aquí! —expresó con vehemencia.

No había terminado de articular la frase cuando vio a Indiana Jones  salir corriendo en dirección del trío.

cd

Siempre había sido impulsivo. Ese era su gran problema desde niño y una de las causas de las discusiones y desencuentros que había tenido con su padre. Trataba de manejar ese rasgo de su personalidad lo mejor que podía, pero en situaciones límites, las cosas se le iban de las manos. Tenía muy frescos los golpes que le habían propinado en el Marshall College y sentía la necesidad de canalizar esa bronca de alguna manera. Pero correr directamente hacia tres desconocidos, no era para nada recomendable.

Alcanzó el depósito.

Corrió todo a lo largo de la pared que daba al muelle y volteó en la primera esquina, sin aminorar la marcha. Fue cuando la respiración se le entrecortó y sus ojos se abrieron como los de un búho en la noche.

Un Buick modelo ’55 se le venía encima a toda marcha.

Titubeó.

¡Demasiado tarde!

El guardabarros izquierdo del automóvil le rozó una de las pierna haciéndolo girar como un trompo desatado, lanzándolo contra la pared del depósito. El golpe fue duro, pero así como se desplomó en el piso, se levantó de un salto, desoyendo la punzada de dolor que le anunciaba su extremidad herida.

Efervescente de furia, detectó a pocos metros una moto estacionada y corrió hacia ella.

La montó; la puso en marcha y movió sus muñecas con rabia, imprimiéndole velocidad.

El rugir del motor hizo que su propietario, desesperado, saliera a los gritos de una oficina vecina. 

cd

La dársena H era larga, de unos trescientos metros de longitud, toda bordeada de depósitos y talleres navales. Se prolongaba hacia el norte y doblaba hacia el este, justo en el sitio en donde solían atracar los grandes buques de pasajeros que venían de Europa. Estaba desierta. No había estibadores ni pescadores ni obreros portuarios cargando nada. Era una perfecta pista de carreras y por ella se deslizó el Buick ’55, procurándole cada vez más velocidad a sus pistones.

El auto giró hacia la derecha haciendo chirriar las gomas. Se movió de una lado a otro, buscando estabilidad y bajó la marcha para no volcar.

Indy, sobre la moto, advirtió que si no hacía algo de inmediato perdería en pocos minutos a sus agresores. Tenía que tomar un atajo. Ganar distancia. Sortear los muchos metros que lo separaban del Buick de manera rápida, expeditiva.

Entonces, sus ojos se clavaron en una gran rampa de embarque abandonada, unos treinta metros por delante.

Estaba ahí, sola, sin ningún trasatlántico al que conducir pasajeros y orientada de tal manera que su extremo superior, muy elevado, apuntaba hacia el sector de la dársena en la que el auto circulaba.

Una vez más, el impulso se transformó en su guía. Dio un volantazo y dirigió la moto hacia la rampa, proporcionándole su máxima potencia.

Subió la pendiente como una saeta y la motocicleta salió impulsada por el aire.

Era como estar sobre una de esas alfombras mágicas de las que hablaban las leyendas orientales. El sombrero se le desprendió de la cabeza y cayó al agua, acorralada por las escolleras, justo por debajo de sus ruedas.

Sintió un vacío en la boca del estómago y una ola de temor le recorrió las sienes.

Suspendido en el aire, saltando de un extremo a otro del atracadero, y en esas décimas de segundos imposibles de explicar, Indy recordó que ya no era un muchacho; pero se estaba comportando como tal.

Justo antes de aterrizar en el cemento, pegó un tirón del volante hacia arriba y la rueda trasera tocó tierra sin problema. La moto se sacudió, zigzagueó unos metros y volvió a ganar velocidad a solo centímetros del Buick.

Lo había logrado. Tenía a sus agresores al alcance de la vista.

Eran ellos.

Los mismos que lo habían golpeado en Connecticut.

Vasiliev, al volante, no podía creer lo había visto. “Ese hombre estaba loco”, pensó; pero las acciones desaforadas del arqueólogo se sucedían en alud.

Sin dar tiempo a que el pasajero que iba en el asiento trasero asomara su brazo armado por la ventanilla, Indy aferró fuertemente el manubrio de la moto con la mano derecha y sacudió la izquierda en dirección del ruso con aún más fuerza.

Sus falanges dieron de lleno en la nariz del soviético y antes de retirarlas las abrió y cerró, apresándolo por la chaqueta.

Tiró.

El sujeto, empujado hacia fuera, sacó tres cuarto de su cuerpo dando gritos e insultos.

Indy no pensaba soltarlo. Si era necesario se iba a dejar arrastrar hasta donde la inercia lo llevara.

—¡Sujétense! —gritó frenético Vasiliev y pegó un volantazo en dirección de la moto.

La puerta del auto chocó contra la pierna herida de Indy.

Una punzada de dolor lo obligó a aflojar la presión con la que agarraba la chaqueta y la motocicleta, fuera de control, se desvió hacia el borde de la dársena.

En un segundo, Indy volvió a sentir que flotaba en el aire.

Cuando se vio zambullido en el agua sucia del puerto, sintió frió por fuera, pero mucho calor por dentro. Estaba a punto de estallar de impotencia y rabia.

Un pedazo de tela flotaba apresada por sus dedos aún cerrados: el ruso había perdido casi toda la parte derecha de su traje.

Nadó hasta la primera escalera que encontró y con dificultad subió al muelle. Ya en la superficie, advirtió que dentro del bolsillo de la chaqueta había algo: una libretita. La extrajo, pero rápido como un gato, la introdujo en su pantalón empapado, cuando escuchó claramente, a sus espaldas, el sonido de una frenada y el grito de un hombre cuando exclamaba:

—¡Quédese en donde está! ¡Levante los brazos! ¡FBI!

“PERDÓN, NÚMERO EQUIVOCADO”

—¡Levante las manos!

Empapado y oliendo a agua podrida empetrolada, Indy obedeció, adoptando lentamente su posición erecta.

—¡No se mueva!

La orden, emitida por un agente federal muy joven, más parecía una súplica. Ese imberbe muchacho no debía tener más de veinticinco años, estaba nervioso y lleno de temor. Se le notaba en el tono de voz. Su pareja, en posición de tiro y apuntando directo al pecho de Jones, no lo superaba mucho en edad.

—¡Ponga las manos lentamente sobre su cabeza, señor! ¿Comprende lo que le digo, verdad?

“¿Comprender?”…

“¿Cómo no iba a comprender si hablaban el mismo idioma?”, se preguntó a sí mismo Jones. “¡Claro que comprendía!”. “¿Qué demonios le pasaba a ese tipo?”…

Fue entonces cuando, el primero de los novatos, volvió a repetir la orden, pero esta vez… en ruso.

“¿Qué diablos sucedía?”…

“¿Sería verdad lo que se le cruzaba por la mente?... ¿Estaría en lo cierto?...

¿Lo  confundían con un espía ruso?...”.

En ese instante, Indy decidió no hablar. Colocó las manos tal como se lo requerían y esperó a que uno de ellos se le acercara.

Calculó distancias. Era bueno en eso.

Midió mentalmente posiciones y dio un paso muy corto hacia su izquierda para que el agente que se le aproximaba quedara en la línea de fuego de su compañero.

—¡Le dije que no se moviera! —volvió a gritar el de atrás en un eslavo rudimentario, típico de academia, justo cuando el otro estiraba el brazo para cachearlo de armas. Indy aprovechó el resto de adrenalina que le quedaba y le agarró la extremidad con todas sus fuerzas, torciéndosela en torniquete. La pistola se desprendió de los dedos y cayó al piso. Jones batió su brazo libre y lo tomó por el cuello, con un claro movimiento de judo, ubicándolo a modo de escudo humano. Recién en ese momento, modulando y sobreactuando a la perfección la lengua soviética, Indy exclamó:

—¡Si da un solo paso más, le quiebro la nuca!

El joven agente federal quedó boquiabierto. Tenía el caño de su arma dirigido directo al estómago de su compañero. Cualquier movimiento involuntario y el pobre podía salir herido o muerto.

—¡Lance el arma al agua! ¡Ahora! —ordenó Jones, arrastrando las sílabas como si fuera un ruso del norte; y el muchacho obedeció.

 No bien la Walther PPK empezó a hundirse, Indy empujó con potencia a su rehén, haciéndolo chocar contra el otro.

Tropezaron.

Cayeron desparramados en el suelo.

Bastaron dos segundos para que un par de trompadas bien puestas en los mentones de ambos, los dejaran atontados sobre el asfalto.

Acto seguido, el veterano arqueólogo corrió hacia el auto aún en marcha y salió disparado del lugar, rogando no tener que toparse con refuerzos, convocados previamente.

Veinte cuadras más adelante, a poco de llegar al centro comercial de la ciudad, descendió del vehículo y, cojeando, se dirigió por una calle lateral en dirección al hotel en donde se hospedaba. 

cd

Hacia las nueve y media de la noche, Indy seguía solo en la habitación que habían contratado. No tenía noticias de ninguno de sus colegas. Seguramente estaban cenando, compartiendo las novedades del día y tratando de contener las ganas de ponerse a leer los libros que habían conseguido. Siempre adquirían algo nuevo que les interesaba.

Por su parte, tras un baño caliente y un buen ungüento en la pierna lastimada, Jones descansaba relajado en un sillón, con sólo una bata de toalla cubriéndole el cuerpo y sus extremidades estiradas sobre una taburete almohadillado.

Había puesto la radio muy baja. La voz de Bobby Darin resonaba por los parlantes. Una canción nueva, pegadiza, con swing. Ese muchacho cantaba realmente bien, pensó, sin poder de dejar de compararlo con Sinatra. Siempre que quería dejar que su mente se relajara escuchaba jazz. Y no iba a ser esa la excepción a la regla. Con una extraña libreta de direcciones en sus manos y unas ganas locas por desentrañar sus códigos, Indy debía tener la mente limpia, tranquila; dispuesta a realizar, si era posible, las conexiones que lo llevaran a un lugar más allá de las paginas en cuestión.

Por un segundo recordó a los rusos y a los agentes federales.

Había algo gordo tejiéndose en todo ese asunto. No imaginaba qué. Aún así, todo confluía en Robert Brooks y su notas de campo. Lamentó no haber encontrado a su ayudante, Mark Stables; pero lo iba a encontrar. Ya tenía la punta del ovillo bien agarrada. Sólo bastaba tirar de ella. Al día siguiente, domingo, volvería al puerto a buscarlo y con la colaboración de su nuevo aliado, “Spooky”, no tardaría en tener éxito.

¿Qué podría agregar aquel viejo estudiante de arqueología devenido en vagabundo? ¿Recordaría algo? ¿Diría la verdad?...  Debía armarse de paciencia y esperar unas horas más. Aunque el armarse no sería, esa vez, únicamente de paciencia. Iba a llevar su revólver bien cargado.

Acomodó la espalda dolorida en el respaldo del sillón y durante una media hora hojeó, carilla por carilla, la libretita que le arrebatara al soviético por la ventanilla del Buick.

En principio, no había nada interesante o que le llamara la atención. Códigos personales indescifrables; números de teléfonos cuyos abonados estaban en Rusia; fechas y marcas que no entendería jamás a menos que estuviera el dueño del la libreta explicándoselas a su lado; nombres de pila (ningún apellido) y, casi al final de las páginas escritas: un número. Sólo un número. Un dígito. El 6, ubicado de tal forma en la hoja que parecía ser una numeración personal de las carillas de la libreta; en ángulo superior derecho. Pero ese número no se correspondía con la cantidad de páginas releídas.

Rebuscó en las anteriores y, a un intervalo de siete u ocho hojitas, encontró otros números, en una posición idéntica. Despistaban. Intentaban ser obviados. Todos tenían un trazo semejante, como si hubieran sido escritos a las disparadas en un mismo momento, salteando hojas. ¿Un rompecabezas?...

Si esa era la intensión, era un enigma sencillo.

Empezó desde la primera carilla y fue uniendo un número tras otro. Cuando terminó la sucesión formó una cifra: 555-67896.

Le resultó familiar…

Muy familiar.

Era tan obvio que le costó asociarlo a un número que conocía; que le resonaba en la mente.

No era un precio….

No eran kilómetros…

No era la edad de las pirámides…

¡Eureka!

¡Era un teléfono de Connecticut!... ¡Del Marshall College!...

¿Pero de quién? ¿A qué sector de la universidad pertenecía, a qué oficina, a qué casa particular de profesores?

Si el tema venía barajado como lo imaginaba, el asunto se estaba complicando. Los rusos tenían un aliado en la universidad y, en ese caso, la intervención gubernamental de la institución sería un hecho y todos quedarían bajo sospecha de espionaje. En especial él por haber golpeado a dos agentes del FBI.

Era conciente de algo: en no mucho tiempo los federales lo identificarían. Se darían cuenta de que no era un ruso, sino un profesor tan americano como las hamburguesas

Se reincorporó. Caminó hacia un modular y levantó el tubo del teléfono.

—Operadora, comuníqueme con este número, por favor —dijo, y lo deletreó.

Un minutos después, del otro lado de la línea, una voz femenina respondió el llamado.

—¿Diga? ¿Quién habla?

No era otra que Eleonor Whitenight. La vieja encargada del archivo.

—Perdón —replicó Indy  impostando la voz—, número equivocado —y colgó.

6

 

VAGABUNDOS

CONSULADO DE LA

UNIÓN SOVIÉTICA

BOSTON

Vasiliev era una tromba humana impulsada por la rabia más visceral. No daba crédito a lo que había vivido en el perto. No podía creer que un amateur hubiera puesto en peligro toda la operación, planeada desde hacía años por el alto comando de la KGB. El cónsul, sentado detrás de su brillante escritorio, lo observaba sin decir nada.

—¡Quiero saber quién es ese tipo! —bramó como un toro enfurecido mientras sacudía su chaqueta contra un sillón afelpado y señorial, a un costado de la sala consular. —¡Dos veces en una semana, maldita sea! ¡Dos veces! ¡Es demasiado! ¡Quiero saber su nombre! —giró en redondo y le clavó los ojos inyectados de sangre a su colaborador más cercano, quien aún tenía en su mano la mitad despedazada del saco—. ¡Sergei! ¡Ven aquí!

—Señor…

—Verifica el plantel completo del Marshall College. Inteligencia tiene sus anuarios de los últimos treinta años. Ese tipo tiene que estar por algún lado. Encuéntralo. Quiero su identificación en menos de dos horas. ¿Has comprendido? ¡Apúrate!

El cónsul se levantó con parsimonia. Sergei salió de la habitación seguido por el otro agente. El diplomático se acercó a Vasiliev.

—Camarada —dijo—, si me permite que intervenga ya no como cónsul, sino como Comisario del Partido, en mi opinión creo que debería regresar cuanto antes a la Madre Patria. La intervención de ese individuo está poniendo en peligro la operación y no puedo permitir que todo se vaya por la borda. Hay demasiados extraños rondándolo, Vasiliev.

—¿Me está relevando de la misión, camarada comisario?

—No es un relevo. En poner al frío un tiempo algo que ya está empezando a quemar las manos.

—¿Y qué va a pasar con Stables?

—Un cabo suelto.

—No me gusta dejar cabos sueltos.

—Eso no lo decide usted. Ya me comuniqué con Moscú y hablé con sus superiores. Debe reportarse pasado mañana en el cuartel general. Ah, otra cosa… el cuaderno de notas de Brooks se queda en la embajada. No podemos correr el riesgo que el FBI lo confisque en el aeropuerto.

—Poseo valija diplomática. No pueden revisarme.

—Evitaremos riesgos. No voy a someter las decisiones a discusión. Eso es todo, camarada. Puede retirarse.

La rabia le creció hasta una cima indecible, estuvo a punto de agarrar a ese diplomático de pacotilla por el cuello y romperle la cara. Pero eso hubiera significado tirar su carrera por la borda y terminar sus días en un campo de prisioneros en Siberia. Ese hijo de perra ni siquiera era ruso de nacimiento. Elevaría una queja formal. No iba a dejar pasar el entuerto sin más. Pero para ello tenía que regresar primero a Rusia.

El cónsul  se deslizó hasta la ventana. Ya era noche cerrada. La luna brillaba como una bocha gigantesca en el medio del cielo. Casi una hora después, Sergei golpeó la puerta y entró.

—¡Oh, perdón, camarada comisario! Pensé que Vasiliev aún estaba con usted.

—¿Encontró algo?

—Si, señor.

—Infórmeme.

—Su nombre es Henry Jones Jr.  Es profesor de arqueología. Una eminencia. Alguien muy reconocido entre los suyos. Trabaja en el Marshall desde principios de los ’50, aunque ya lo había hecho antes en la década del treinta. Ha visitado Rusia en varias ocasiones. Es un trotamundos consumado y un especialista en reliquias antiguas.

—Muchas gracias, camarada. Conéctense con el señor Vasiliev. Tiene novedades para ustedes.

El agente se retiró.

A solas en la gran sala, el diplomático volvió al ventanal y miró la Luna.

¡Que belleza!, exclamó para sus adentros; y recordó sus muchas noches al aire libre mientras ejercía su antigua profesión.

Recién entonces, se percató de que estaba pensando en su idioma natal.

El francés.

cd

Indy Jones dejó la libreta a un lado y alzó el auricular del teléfono. La campanilla lo había sobresaltado mientras estaba ensimismado en sus conjeturas.

—Doctor Jones —dijo el jefe de conserjes—, hay dos señores que lo buscan en el hall principal del hotel. Preguntan por usted.

Indy frunció el seño.

¿El FBI lo había ubicado?

—¿Le dijeron sus nombres?

—No quieren dármelos, señor.

Respiró aliviado. No era el Bureau. No se habían identificado.

—Dígales que bajo en unos minutos.

—Señor… si me permite…

—¿Qué sucede?

—Estos hombres son… vagabundos, señor. Hombres de la calle. ¿Me entiende?

Una ola de adrenalina le recorrió el cuerpo.

—¡No deje que se vayan! —exclamó—. Ya bajo —y colgó.

No se equivocó al alegrarse.

 Era “Spooky” acompañado por un sujeto alto, flaco, demacrado y un cabello exageradamente largo y muy blanco, que le sobrepasaba los hombros.

—Amigo —dijo Spooky sonriéndole—, aquí le traigo a “Marco”.

Indy estiró su brazo derecho y le estrechó la mano.

—Es un placer conocerlo, señor Stables. Pero vengan al salón de fumadores, por favor, allí estaremos más cómodos.

Y ante la suspicaz mirada del conserje, molesto por el tipo de gente que empezaba a circular por su hotel, se dirigieron a los aposentos del vicio.

—¿Cómo me ubicó? —inquirió Jones, mirándolo a Spooky con alegría.

—Las calles tienen sus secretos y yo los conozco todos, señor. ¿O debo llamarlo “doctor Jones”?

—Indy, Spooky. Llámame Indiana.

—Muy bien, “Indy”, aquí está Marco. Se lo traje

—¿Qué es lo que busca de mí? —preguntó Stables, con tono huraño, al tiempo que se sentaba

—Necesito que me cuente sobre sus trabajos en Atacama, junto con el doctor Brooks —dijo yendo al grano.

—Eso fue hace mucho tiempo.

—Lo sé.

—¿Y qué quiere saber?

—Todo lo que pueda o quiera contarme.

—¿Todo? Mi memoria no es tan buena con ciertas cosas.

—Entonces cuénteme las que tiene frescas.

Stables se arrellanó en su sillón y miró a Spooky de reojo. Después, los fijó en los de Jones.

—Aquel trabajo resultó ser un desastre —empezó—. Cuando regresamos a Boston se inmiscuyó el gobierno y confiscó el material que habíamos traído. Se nos dijo que funcionarios chilenos lo había reclamado por vía diplomático ya que había sido sacado ilegalmente del país y que por las leyes vigentes era patrimonio arqueológico. Se armó un gran revuelo. Brooks casi fue acusado de robar y traficar artefactos antiguos; y si bien nunca recibimos una citación de la justicia, su trabajo en la universidad se vio de la noche a mañana trabado. Tengo entendido que tres años más tarde renunció. Nunca más lo vi.

—¿Y usted?

—Yo me fui al año de regresar de Sudamérica.

—¿Por qué lo hizo, Mark?

—Por temor. Fui amenazado, raptado, torturado. Era muy joven entonces, doctor. Me asusté mucho.

—¿Quién le hizo eso?

—Una organización negra.

Indy entreabrió los labios sorprendido.

—¿Cómo?

—Una organización negra, doctor Jones. Un departamento secreto del gobierno.

—Pero, ¿por qué lo torturaron?

—Para que me callara; para amedrentarme, no lo sé. Lo cierto es que me interrogaron por horas y cuando decidieron soltarme me sugirieron que dejara la investigación que habíamos encarado con Brooks.

—¿Las preguntas se relacionaban con el material arqueológico que trajeron, verdad?

—Sí.

—Pero… ¿qué era?

—Momias.

—Sí, eso lo sabía…

—…Momias azules.

—¿Cómo dice?

—Momias azules y resplandecientes. Brillaban en la oscuridad. Momias mágicas, momias malditas, doctor. Desde que las desenterramos de aquella cueva nada salió bien. Fue como si quedáramos hechizados. Todo empezó a derrumbarse, incluso mi salud no fue la misma. Entré en un estado depresivo muy profundo. Sentía angustia, no podía estar en lugares cerrados. Durante años la claustrofobia casi me vuelve loco. Sólo me sentía relajado en lugares abiertos. Cuando renuncié y me instalé en el puerto, buscando la amplitud del mar, no me di cuenta de cómo pasó el tiempo; y si bien ahí encontré la paz que necesitaba, muchas veces pensé en suicidarme, no se lo voy a negar. Pero no tuve la valentía para hacerlo.

—¿Nadie lo buscó?

—¿Quién iba a hacerlo? No tengo familiares vivos. La única persona con que he conversado ha sido Spooky; y muy pocas veces de estos temas.

—La gente que lo secuestró, ¿qué quería saber?

—No lo sé. Creo que ni ellos lo sabían. Repetí la historia más de una docena de veces. Se ve que al final se cansaron. Por eso me dejaron libre.

—¿Y Brooks no trató de ubicarlo o ver qué era de su vida?

—Robert cambió mucho después de aquel episodio y a pesar de tener una excelente relación, jamás se interesó en saber nada de mí. No lo juzgo. Seguramente, “ellos” también lo amenazaron.

—¿Y Duvois? ¿Qué me puede decir de él?

—¿Duvois?… ¡Já!...¡ Duvois!... ¡Cuánto hacía que no escuchaba ese nombre!

—Trabajaba con ustedes, ¿no es así?

—Era el segundo al mando, después de Brooks. Tenía una muy particular forma de realizar prospecciones en el terreno. Un tipo capaz. De lejos reconocía una construcción humana. Pero no era un buen hombre con el que compartir el tiempo. Odiaba a Robert. Lo detestaba y no disimulaba en nada sus sentimientos. Nunca más supe de él.

—Se fue a Francia durante la guerra y murió en la Unión Soviética hace unos años.

—Es lógico. Siempre creí que abominaba a Brooks por su origen burgués. Por lo que veo no me equivoqué. Pero dígame algo amigo, ¿por qué este repentino interés por las momias, Brooks y nuestro trabajo en Chile? Spooky ya me contó del lío que armó en el puerto.

Indy sonrió.

—Hace unos días, esos rusos robaron, de la universidad en la que enseño, un desconocido cuaderno de notas escrito por su socio—explicó—. Tuve la mala suerte de toparme con ellos y bueno… aquí estoy. Además, el FBI también está metido en el medio.

—¿El gobierno?

—Sí, pero no creo que sean de esa organización negra de la que usted habla. Eran agentes novatos.

—Doctor Jones, no se confíe tanto. El FBI es muy grande y con pasillos que no todos recorren. No siempre la mano derecha sabe lo que está haciendo la izquierda. Cuide sus espaldas, amigo. El zarpazo puede venir del lugar menos indicado.

—En eso tiene razón —arguyó Indy, en tanto la imagen de Eleonor Whitenight se le representaba en la mente.

—Yo le sugeriría que se aleje de todo este asunto. No tiene porqué meterse. No es asunto suyo. Deje que los rusos y nuestros “chicos buenos” se rompan los cuernos entre ellos. Para eso le pagamos, ¿no?

—Eso pensé—respondió Indy, volviendo a preocuparse por la jefa de archivo del Marshall College—, pero surgió algo.

—Sea lo que fuere, hágalo a un lado. No siga en esto; a menos que quiera compartir conmigo un lugar en el puerto.

Indy se rascó la cicatriz que tenía desde niño en la barbilla y se quedó mirándolo. Tenía una propuesta en mente para hacerle.

7

 

LA CUEVA DEL TOPO

CONNECTICUT

24 HORAS DESPUÉS…

Muy poco le costó a Indiana Jones convencer a Norman Pike y a Emmet Wilbert de llevar a Mark Stables al Marshall College; pero mucho más dificultoso fue persuadirlo a él.

Unas tres horas demandó ganarse su “sí” y el doble de tiempo acondicionarlo para que lo dejaran subir al avión. Sus casi dos décadas en la calle lo habían afectado físicamente. Era complicado quitarle al ex-estudiante de arqueología su penetrante olor a humo y mucho más las estrías de suciedad que tenia en las muñecas. Nada que no pudiera disimularse con una buena camisa y saco abotonado.

El viaje sirvió para poner en claro varias ideas e informar respecto de ciertas circunstancias impensadas con relación a la señora Whitenight. Ninguno de los dos colegas de Jones lo creyeron en primera instancia, pero Indy no era un hombre que bromeara con la dignidad de las personas y Eleonor Whitenight, evidentemente, la había perdido hacía tiempo.

—Si puedes probarlo, el vice-decano Clayton se pondrá de tu lado —dijo Pike—, pero no cuentes con su apoyo por anticipado. No quiere escándalos políticos en la universidad, Indy. ¿Qué harás?

Todavía le resonaba esa pregunta en su cabeza cuando, discretamente, avanzó los primeros pasos dentro de la oficina de la jefa de archivo.

Aquel era un ambiente barroco. Un primer piso con escaleras. Cada una de las paredes estaba tapizada de libros y papeles, y media docena de cuadros con motivos religiosos impedían que se pudiera ver el celeste de los muros. Sobre el escritorio, tarjetas y lápices, carpetas e informes a medio escribir. Un caos.

Pero a Indy Jones le interesaba encontrar algo más personal; algo que incriminara a Whitenight sin lugar a dudas y se pudiera, de ese modo, colocarla entre la espada y la pared. Por eso buscó en los lugares menos “públicos”. En los cajones más pequeños; en los bolsillos de las dos camperas que colgaban de un perchero, en una cartera a medio llenar. Aún así, no pudo evitar toparse una y otra vez con algo que le llamó poderosamente la atención: datos y más datos sobre una excavación arqueológica en África. ¿Qué hacía ese material en manos de una simple archivista? ¿Acaso el museo estaba preparando una muestra africana? Si era así, él no estaba enterado de nada.

No pudo con su genio. Levantó uno de esos papers y le pegó una leída rápida.

Algo le llamó la atención. No era nada que se relacionara con la arqueología, sino un nombre que se repetía una y otra vez: Emilovich Duvoinov.

¿Duvoinov?..., pensó. ¿De dónde le sonaba?

Aquello no podía ser tan obvio. Tan tonto. Si ese apellido pretendía ser una pantalla era una de las más estúpidas que jamás hubiera conocido. Pero sabía la que impunidad generaba debilidades. Muchos criminales de guerra nazis, escondidos en países colaboracionista del Tercer Reich, solían cavarse sus propias fosas adoptando, después de un tiempo, sus nombres reales o  poniéndose seudónimos muy parecidos al original.

Duvoinov…

Emilovich…

Emil Duvois

Verificó las fechas que el informe tenía: 1955.

Pero, ¿no era que Duvois había muerto hacía seis años? Desorientado por unos segundos clavó su atención en una cigarrera de plata que sobresalía por debajo de una pila de papeles. La tomó y abrió sin más.

Los cigarrillos brillaban por su ausencia. Había dos tarjetas arrugadas en su lugar, escritas a mano, con tinta negra sobre uno de los lados. Era la letra de Eleonor. La conocía bien. Las levantó leyó. Una vez más: un número telefónico y dos iniciales “A.V.” Entonces, en el fondo del cajón que había abierto antes de prestarle atención a los informes, reparó en una pistola. Estaba cargada. Lo pudo verificar sin tocarla. Tenía la traba de seguridad rota. Si nadie se cuidaba al meter la mano en ese sitio hasta podría dispararse sola.

Era una pistola de origen soviético.

La agarró por la empuñadura y verificó su número de serie. Estaba borrado.

—¿Le interesan las armas de guerra, doctor Jones?

Sobresaltado, Indy giró en redondo en dirección de la puerta.

¡Maldita sea!, rumió por lo bajo. ¡Se suponía que esa mujer estaría dando clases a esa hora!

—¡¿Qué hace invadiendo mi oficina?! —exclamó Whitenight más sorprendida que Indy, tratando de acomodar sus ideas—. ¡¿Qué derecho tiene para estar revisando mis cosas?! —y sin más, extrajo un revólver calibre 32 y le apuntó a Jones.

Indy la miró fijamente, directo a los ojos, transmitiéndole su más profundo sentimiento de rabia y decepción. No articuló palabra.

—¡Debí suponer que había sido usted! —exclamó la mujer.

—¿Yo?...

—El de la llamada desde Boston, el otro día. Verifiqué su procedencia con la operadora y no era un número que yo conociera. Provenía del hotel.

—¿Acaso no tiene en la memoria el de la KGB?

Las arrugas de las comisuras de los labios se torcieron en una mueca muy poco femenina.

—Levante las manos y deje esa pistola sobre el escritorio.

Indy obedeció.

—La suerte está echada, Eleonor —dijo—. No complique más su situación.

—Deje los consejos para sus alumnos, doctor Jones, y por favor, mantengas sus manos elevadas.

—Eleonor, si me mata tendrá que hacerlo con media universidad. Clayton, Pike y Wilbert están al tanto de todo. No tiene sentido que siga con este juego. El FBI ya debe estar en camino —mintió.

Whitenight se sacudió de los nervios. Se sintió acorralada. Cercada.

—¡Maldición, Jones! ¡Maldición! —prorrumpió sollozando—. ¿Por qué?... ¿Por qué tuvo que ver ese cuaderno de notas?... ¿Por qué se inmiscuyó en todo este asunto?

Indy flexionó levemente sus rodillas. Fue un movimiento imperceptible. Recién entonces respondió a la pregunta, que en principio era retórica:

—Es común en mi vida meterme en problemas.

—Pues, de todos, este fue el peor —contrarrestó la vieja y disparó.

Todo transcurrió en un segundo, pero como se la veía venir, Jones reaccionó a tiempo. Un mínimo corrimiento y la bala le rozó el saco de tweed a la altura del hombro. Después se dejó caer por detrás de la mesa.

Con el arma todavía humeante, Whitenight giró sobre su eje y salió corriendo desesperada en dirección de la escalera. Acababa de matar a un ser humano, creyó, y un alud de culpa y miedo nublaron su entendimiento. Su andar presuroso era desarticulado, errático. Entonces, cuando alcanzó el segundo escalón que llevaba a la planta baja, oyó el grito del arqueólogo:

—¡Eleonor, deténgase, por favor!

Trastabilló. Su cuerpo se desplazó hacia delante sin sostén alguno. El mundo se le vino encima.

Primero chocó con las rodillas y, yéndose de bruces, su cabeza se sacudió al impactar con el escalón número siete. El sonido de huesos al romperse se vio apagado por el ruido de un disparo seco, amortiguado. Y Whitenight rodó hasta el final de la escalera, con una bala autoinflingida en su pecho.

Indy se le acercó presuroso.

Agonizaba.

—Dígame qué es lo que sucede, Eleonor. Dígame algo…

Las últimas palabras de la mujer estuvieron acompañadas por un gesto de dolor:

—Todos…—alcanzó a articular—, todos ustedes están… muertos.

Y expiró. 

cd

OFICINA DE DICK CLAYTON

VEINTE MINUTOS MÁS TARDE…

—¡¿África?!... —exclamó el vice-decano, casi en estado de shock—. ¿Qué hay en África?...

—Una pista, Dick —respondió Indy—. El único rastro que tenemos.

—Es lo mejor que podemos hacer —agregó Pike—. Indy tiene que desaparecer de la universidad cuanto antes.

—Sí, no es conveniente que los federales lo encuentren —sentenció Wilbert.

—Nos tienen bajo vigilancia, eso es seguro . Muchos alumnos hablaron sobre el incidente de la semana pasada en el pasillo. Y ahora, con la muerte de Whitenight —siguió aclarando Pike—, las cosas se complican mucho más.

—¡No puedo creerlo! —lanzó Clayton—. ¡La verdad es que no puedo creer lo que sucede! ¡Robos, atentados, espías de la KGB y ahora esta mujer, que hace pocas horas era una leal colaboradora, resulta ser una asesina bajo las ordenes de los rusos! ¡Por Dios santo! ¿Se han vuelto todos locos? ¡Esto es una caos!... El FBI nos caerá encima y nos destruirá.

—Por eso mismo tengo que “ausentarme” antes de que lleguen y nos detengan, Dick.

—Sí, creo que tienen razón—titubeó—. ¿Y qué quieres, mi autorización?

—No; no es eso lo que necesito…

—¿Y qué es entonces?

—Un subsidio para cruzar el Atlántico.

—¿Dinero? ¡Yo no estoy autorizado para dar dinero, Indy!

—Pues tendrás que estarlo —irrumpió Pike—. Esta vez no hay comisión directiva para discutir presupuestos. ¡Tienes que darle el dinero ya!

—Usa los fondos de reserva que tienes en la caja fuerte, Dick —sugirió Wilbert—. Más tarde todos te apoyaremos cuando tengas que dar explicaciones.

Clayton se llevó las manos a la cara.

—¡No hay tiempo! —anunció Pike—. Decídete.

—¡Maldita sea! ¡Este es mi fin en la universidad! —y sin decir nada caminó hasta la gran acuarela clavada en la pared, la corrió como si fuera una puerta y marcó la combinación adecuada. Sacó cinco fajos de dólares y se los dio a Jones—. Aquí tienes. Vete cuanto antes y, por favor, tiéneme al tanto de tus movimientos.

Indy apenas tuvo tiempo de pasar por su casa, preparar un bolso, recoger su sombrero fedora, la campera aviadora color marrón, su látigo y el Webley Mark VI de seis tiros, antes de dirigirse al aeropuerto junto con Stables.

Sólo después, el Marshall College denunció la muerte de Eleonor Whitenight.

8

MARHMA-DOOL

COSTA SUR OCCIDENTAL DE ÁFRICA

5 DÍAS DESPUÉS 

“Anotemos las cosas extrañas de hoy.

Pueden constituir, en un momento dado,

 un valioso eslabón en la cadena que

 liga el oscuro día de ayer con el

enigmático amanecer de mañana”.

 Tibor Sekeljmann, 1938.

Uno de los más antiguos anales de la historia escrita cuenta que, durante el reinado de Assupalban, el gran soberano del Reino de Ruh —un desconocido pueblo mesopotámico contemporáneo de Assur— partieron de su puerto, sobre el Mar Rojo, quince ishkarum —barcazas— que rodearon la “inmensa masa de tierra” —África— en un viaje antológico que duró seis meses para, finalmente, levantar una colonia en una costa abierta, fértil y verde, “húmeda como el rocío de la mañana” y perfecta para que uno de los hijos del rey, Ashkindrun, construyera una ciudad en donde alcanzar la independencia y transmitir su cultura a las salvajes naciones  que habitaban el lugar. La urbe, bautizada con el nombre de Marhma-Dool, prosperó durante décadas, alimentando a sus habitantes con los frutos de la agricultura intensiva, sus obras de ingeniería hidráulica y el comercio, incentivado muchas veces por las guerras que se organizaban contra los reinos ubicados en el centro del continente.

Famosa por su ajetreado puerto, Marhma-Dool tuvo contacto con los mercados más importantes de la antigüedad. Según se derivaba de las traducciones, parcialmente realizadas a las tablillas de arcillas que sus comerciantes usaban para registrar cantidades y acontecimientos, la influencia de la ciudad había llegado hasta la costa sur de la India, donde se habían encontrado restos de su cerámica y sellos de piedra utilizados por su aristocracia guerrera.

Fue aquella una sociedad compleja, admirable en más de un aspecto; con palacios, templos, casas de adoración, plazas y barrios populares, rutas y avenidas. Pero por algún desconocido motivo, Marhma-Dool decayó abruptamente hacia el siglo XIV antes de Cristo y sus construcciones, rápidamente, se convirtieron en ruinas. Los anales fueron olvidados, su lengua se perdió y el arte desapareció tragado por el tiempo.

Cuando a fines de la Edad Media marinos portugueses la descubrieron de casualidad, no era más que un montón de piedras. El capitán Mauricio de Soares se refirió a ella en una carta escrita hacia 1483, siendo ésta la última —y única— noticia conocida desde entonces. Tras el fugaz paso de los lusitanos por esas costas, lo poco que quedaba de Marhma-Dool terminó desapareciendo por completo de la faz de la Tierra y de la memoria de los europeos.

Recién a mediados del siglo XX, en 1955 —hacía sólo un año—, y tras la independencia política de la región, el nuevo gobierno nacionalista en el poder autorizó que arqueólogos soviéticos excavaran el sitio. En pocos meses habían desenterrado lo que creían era un diez por ciento de la antigua ciudad. Marhma-Dool volvía a ser parte de la historia.

Según los papeles de la señora Eleonor Whitenight, el responsable del trabajo arqueológico era un joven investigador ruso llamado Igor Wolf, egresado de la Universidad de Stalingrado y sin contactos con el mundo académico occidental.

Pero lo que Indy Jones observaba, al leer y releer el material confiscado de la oficina de la espía, era que por encima de la autoridad de Wolf se erguía la del misterioso Emilovich Duvoinov, de quien no se decía nada.

La excavación avanzaba a pasos agigantados. Varios templos habían ido emergiendo y una gran plaza circular, con restos de cimientos de otros templetes secundarios, estaba siendo desenterrada, brindando una información inimaginable respecto de las técnicas utilizadas en la antigüedad.

Todo indicaba que era el granito rojo el material de construcción ideal para los edificios de mayor relevancia política y religiosa; y que esas dependencias se habían caracterizado por ser en extremo lujosas y amplias.

Varios miles de tablillas de arcilla se almacenaban en los depósitos del campo de excavación. De ellas habían salido los pocos datos traducibles que permitían reconstruir la historia de la ciudad y sus habitantes. Y aunque Indy conocía, en parte, la técnica para descifrar escritura cuneiforme mesopotámica, las fotografías que tenía en su poder del alfabeto de Marhma-Dool lo desconcertaban por completo. No podía identificar ningún símbolo o pictograma. Nada le resultaba familiar. Tenía que reconocer que en esa área era un completo analfabeto. De todos modos, compartía sus limitaciones con la mayoría de los estudiosos. Marhma-Dool no era más que la viva presencia de la corrupción triunfante; el mejor ejemplo de la oscuridad de una noche histórica impenetrable. 

cd

Hacía más de veinte años que Mark Stables no observaba una excavación arqueológica; y menos que menos una de ese tamaño.

El espacio de tierra removida era literalmente gigantesco. Un enorme pozo de más de quinientos metros cuadrados, rodeado de selva, por el fondo, y altas alambradas electrificadas, en el frente y los costados, daban la impresión de estar frente a un campo de concentración.

—Jamás pensé que la metodología de trabajo hubiera cambiado tanto en todo este tiempo —dijo Stables sin dejar de sacar sus azorados ojos del panorama que se desplegaba  ante él.

—No se confunda, Mark —le respondió Indy, agazapado detrás de los matorrales en los que se escondían—. Esto no es para nada común.

Y en verdad no lo era.

Cinco torres de guardia, provistas de ametralladoras automáticas y regularmente ubicadas a lo largo del cerco que rodeada el campo de estudio, le proporcionaban al sitio arqueológico el aspecto de una dependencia militar. Justo frente a la entrada, y tras atravesar un pórtico de hierro custodiado por dos hombres con fusiles, se desplegaban a izquierda y derecha de la pequeña calle principal, unas barracas de cemento muy amplias y viviendas de regular calidad. Un poco más allá, hacia el oeste, una casa con altas antenas para las comunicaciones y, en dirección contraria, hacia el naciente, una aglomeración de más de veinte carpas de campaña en donde decenas de operarios iban y venían de un lado a otro. Recién detrás de esas instalaciones, y comunicada por senderos de grava, estaba la descomunal excavación.

—Acá hay mucho dinero invertido —dijo Stables.

Indy asistió con la cabeza.

—Creo que tendremos que averiguar el motivo de tanto interés soviético por una cultura africana.

—A eso vinimos, ¿no?

cd 

Noche.

Luna llena. Oscuridad esclarecida por el reflejo del satélite y ansiedad; mucha ansiedad y nervios contenidos.

Era una mezcla ideal para abandonar, después de horas, el follaje y sin ser vistos, descender el acantilado de cuatro metros de altura que separaba el “hoy” de una realidad antigua, perdida durante siglos. No fue difícil llegar al suelo original de Marhma-Dool y verificar, por sus ruinas —ahora al alcance de la vista— que aquella había sido una ciudad pionera, arquetípica. Una muestra clara de un pasado lejano, poco conocido y lleno de enigmas. De todos modos, esos restos hablarían; contarían su historia si se los sabía “leer” correctamente.

Entonces, Indy los leyó.

—No veo restos de carbón ni piedras carbonizadas, por efecto del calor. Este lugar nunca fue atacado o saqueado. No hay indicios, a primera vista, de agresión externa.—Mark Stables se corrió sus largas mechas de pelo encanecido—. Si tuviera que arriesgar una opinión profesional —prosiguió Indy— diría que este sitio fue abandonado repentinamente. Lo dejaron sin más. No hubo ataque físico.

—¿Qué puede haber pasado?

—No lo sé. Una epidemia quizás. No tengo demasiados datos. Habría que estudiar todo esto en un laboratorio. Por otro lado, hay casos registrados de ciudades enteras abandonadas por cuestiones rituales; y que yo sepa se sabe muy poco de los rituales de Marhma-Dool.

—¿Y qué es eso que hay debajo suyo? —inquirió Mark, señalando el piso sobre el que Indiana estaba parado.

El arqueólogo se agazapó y pasó las palmas de sus manos sobre la superficie.

—Piedras pulidas —sentenció—. Un camino pulido, desgastado por el uso.

—Esto está recién excavado…

 —Así, parece. Hay tierra removida y húmeda aquí y allá. Además —dijo recuperando su posición vertical y siguiendo el camino con la vista—, no han terminado de quitarle toda la grava, humus y raíces que lo cubrían. Mira. —Stables siguió con la mirada el dedo de Jones—. Se dirige hacia la pared por la que bajamos recién —explicó—. Venga, vamos a investigar —y se acercaron al muro del foso, en donde se notaba, como tallada, la silueta del dintel de una puerta El sendero de piedra se metía por debajo de una serie de maderos que la tapiaban.

—¿Tablas? —preguntó retóricamente Mark.

—Han obstruido una entrada.

—¿Qué cree que pueda ser eso?

—No lo sé. Habrá que verificarlo. Quitemos estas maderas.

En pocos minutos extrajeron una docena y media de tablones. Estaban muy mal clavados. Un agujero oscuro les incitó a continuar hacia delante.

—¿Tiene fuego? —indagó Mark

Indy sacó su encendedor Zippo e improvisó —con las maderas— una antorcha, que se cuidó de encender dentro de la cueva, para no ser visto por nadie desde el campamento.

—¡Por Dios! ¿Qué es esto? —exclamó Stables mirando las paredes de un recinto rectangular.

Indy levantó la candela y se quedó extasiado.

—Son pictogramas, Mark. Dibujos. Mira, cubren todas las paredes, igual que en las tumbas egipcias.

Por espacio de unos minutos, que parecieron una eternidad, Jones y Stables inspeccionaron detenidamente cada uno de los bajorrelieves que adornaban los muros.

—Hay diferentes estilos —explicó Indy—. Se observa claramente. Mira aquí como se sobreponen uno sobre otro. Diferentes épocas. Diferentes trazos. Los más modernos parecen ser más estilizados y finos… y están alineados por franjas. Guardan un orden; creo que cronológico…

—¿Qué antigüedad tiene todo esto?

—Lo desconozco, pero le aseguro que son muy antiguos. Me recuerdan los motivos que aparecen en algunas cerámicas del segundo milenio antes de cristo en Mesopotamia. Pero podría estar prejuzgando. No tome nada al pie de la letra.

Sólo excavada en un treinta por ciento, la cámara de las pinturas era un recinto cuadrangular, lleno de escombros y con un techo no muy alto. Se proyectaba por debajo del acantilado que rodeaba a toda la excavación y no quedaba claro si la pared, en la que se habían pintado las escenas, era el exterior o el interior de un antiguo edificio. A primera vista, y dado que el camino empedrado se prolongaba a lo largo del muro, todo parecía indicar que habían sido coloreadas para que los transeúntes las admiraran desde la calle. Pero aquello bien podía ser el hall de un templo o palacio aún irreconocible; un sitio con el suficiente status como para tener una calzada de piedras de semejante calidad. Los futuros trabajos arqueológicos develarían la incógnita. Por el momento sólo quedaba especular.

Indy leía como podía los dibujos; en especial los de trazo más modernos. Evidentemente, las tres franjas o niveles de figuras relataban un historia que, poco a poco y de tanto mirarlas con profesional detenimiento, empezaron a cobrar sentido.

Los dibujos eran sencillos. Los principales protagonistas eran hombres y mujeres representados como simples monigotes y diferenciados sólo por las faldas rectangulares que vestían las segundas. Objetos de distinto tipo, abstractos y realistas, aparecían a izquierda y derecha de los “actores”, conformando un todo muy semejante a una antiquísima historieta no leída durante milenios.

La trama resultó ser lineal y clara. Contaba como Marhma-Dool había sido fundada por los dioses en un tiempo mítico, lejano; y de que manera los primeros reyes habían hecho del lugar un espacio próspero, tranquilo y feliz. Se podían distinguir barcos, casas y mercaderes, agricultores, guerreros y artistas. Todo un universo complejo de personajes y cosas que, en determinado momento, había sido impactado por algo aterrador venido del cielo.

Indy se detuvo en el pictograma que refería al desastre.

—Aquí aparecen pintadas lo que parecen ser nubes. Mark. Y observa, no caben dudas de que de ellas salen rayos y calaveras. Puede que esto esté diciendo que el “mal” vino de arriba.

—¿Un meteorito?

—No lo creo.

Indy levantó la antorcha para iluminar mejor el muro. No podía verse lo que había por encima de las nubes. Las afloraciones de tierra que bajaban del techo cubrían un sector demasiado extenso como para detectar qué se había pintado por debajo.

Jones movió la mano que tenía libre y descascaró el estuco que tapaba el dibujo.

Se sorprendió.

—Esta cobertura no es natural —dijo al palparla con la yema de los dedos—. Es barro nuevo y seco. Alguien lo puso aquí para ocultar algo. Han revocado la pared.

—Quitémoslo — sugirió Stables con vehemencia.

Al cabo de unos minutos, el resplandor de la llama dejó vislumbrar una figura antropomorfa extraña, sin piernas ni brazos y enteramente encastrada de lapislázuli. Era el único dibujo que tenía color.

Un color profundamente azul.

—¡Que me lleve el diablo! —exclamó Stables—. ¡Esa es una momia idéntica a la que encontramos en Chile!

Indy frunció el entrecejo. No parecía estar sorprendido, pero su corazón le latía con fuerza inusitada. Siguió despejando el área y no fue una sino seis las momias que aparecieron.

—Los rayos y las calaveras provienen de ellas —expresó Jones—. Son momias que expiden luces, rayos…

—¿Y qué pueden representar?

—Dado todas las personas muertas que parecen pintadas por debajo de ellas, sólo pueden simbolizar algo malo.

—¡Sabía que esas cosas estaban malditas! ¡Lo sentí no bien me topé con ellas!

Indy se calzó el sombrero fedora con firmeza y arguyó:

—Todo parece indicar que usted no ha sido el único, Mark. Por algo taparon el mural. Los arqueólogos a cargo de este lugar no querían que se conociera la existencia de estas figurillas. Me pregunto qué más es lo que saben y ocultan.

—¡¡QUIETOS!!

No habían escuchado nada hasta que el alarido retumbó en todo el recinto. Para cuando giraron y miraron hacia sus espaldas, dos soldados soviéticos armados, empuñaban sus metralletas directo a ellos. Y como en un paso de baile practicado miles de veces, Indy reaccionó con premura y precisión.

Al momento de darse vuelta agarró el mango de su látigo y extendió el brazo violentamente en dirección a los soldados. La fusta se desenrolló en un santiamén y terminó impactando el la palma de la mano del primer uniformado.

Dolorido y sorprendido al mismo tiempo, el militar sintió como la metralleta salía despedida hacia un costado, chocando contra los escombros acumulados en el piso.

En un vaivén vertiginoso, Indy le imprimó al látigo un segundo impulso dirigiéndolo con  exactitud quirúrgica al cuello del otro soldado, en donde se enrolló con fuerza. Tiró y el sujeto cayó de rodillas a los pies del arqueólogo.

—¡Salga de aquí! —le gritó a Stables—. ¡Corra!

No terminó de articular la orden cuando una violenta trompada le cruzó la cara a la altura de la mejilla izquierda; y en tanto Mark iniciaba su huída, Indy volvió a experimentar la punzante sensación de recibir un segundo golpe en la base de su mandíbula.

Perdió el equilibrio. Intentó recobrarlo con rapidez, pero fue demasiado tarde. La oscuridad de la cámara, apenas iluminada por la antorcha tirada en el piso, lo mareó. Para cuando su vista se esclareció, los soldados ya estaban recuperados y uno de ellos a punto de jalar el gatillo.

Indy sabía cuando dejar de pelear; cuando abandonar la resistencia y aguardar un mejor momento.

Entonces, se rindió.

LA BARRACA

Las dependencias del campamento principal eran amplias; sin lujos, perfectas para  desarrollar una vida cómoda y con los últimos avances técnicos que la arqueología de mediados de siglo podía ofrecer.

Enormes tablas, colocadas a modo de larguísimas mesas, exhibían artefactos de todo tipo y tamaño. Desde jarrones de casi un metro y medio de altura, hasta fragmentos de cerámica coloreada y tablillas con restos de escritura. A un costado, anaqueles de acero, que se proyectaban hasta el techo, congregaban decenas de objetos hechos en bronce: armas, ornamentos, escudos, pectorales. Un poco más allá, e iluminado por una lámpara de pie, había un escritorio repleto de papeles e informes. Detrás, en una butaca de cuero desgastada, Indy distinguió la silueta de un hombre joven sentada en ella.

Igor Wolf se ajustó la chaqueta al cuerpo y se reincorporó con parsimonia, esperando que los soldados terminaran de empujar a Indy hasta el borde mismo del buró. Era un hombre alto, delgado, con la cara bronceada por los efectos del sol y una dentadura tan blanca como la nieve. Tenía el sobrecejo fruncido. Se advertía preocupación en su rostro. Cuando Indy se detuvo ante él, con un hilo de sangre a medio secar cayéndole de la comisura izquierda de la boca, lo miró con detenimiento sin decirle nada. Después giró los ojos hasta el soldado de mayor jerarquía.

—Me acaban de informar por radio del incidente—dijo—. ¿Qué fue lo que pasó, teniente?

—Encontramos a este hombre husmeando en el sector IV, doctor Wolf —respondió el soldado.

—Pero, ¿por qué lo golpearon? Usted sabe que detesto la violencia.

—No tuvimos opción, camarada doctor. Nos atacó. El otro pudo escapar.

—¿Otro? —inquirió sorprendido—. ¿Qué otro?

—Había un segundo individuo. Huyó. Pero ya ordené que iniciaran una búsqueda exhaustiva.

Wolf cambió su ángulo y se dirigió a Indy.

—¿Quién es usted, señor? ¿Cuál es su nombre?

Sujetado por los brazos, el arqueólogo respondió casi a regañadientes:

—Me llamo Jones, Indiana Jones.

Wolf se echó hacia atrás sorprendido.

—¡¿El doctor Jones?!... ¿El famoso arqueólogo americano? ¡Vaya! ¡Qué pequeño es el mundo, colega! Lamento conocerlo en circunstancias tan poco usuales, aunque tengo entendido que no son buenos todos los comentarios que hay sobre usted.

—Habladuría —masculló Indy con ironía—. No crea todo lo que le dicen.

—Debo hacerlo, doctor Jones. Está en mi excavación y dado que muchos lo tildan de “ladrón de antigüedades” tengo que estar alerta. Por otro lado, su presencia en la cámara IV parecería confirmar esos dicho, ¿no lo cree así?

—No todo es lo que parece…

—En ese caso, permítame que le haga una pregunta directa: ¿qué buscaba allí? ¿Por qué no solicitó un permiso formal para visitar el yacimiento?

Una leve corriente de aire anticipó la irrupción de una nueva voz en el recinto.

—Porque jamás lo hubiera permitido, y él lo sabe.

Wolf, Indy y los soldados giraron en redondo en dirección a la puerta.

—¡Camarada Comisario! —exclamó Wolf atónito—. ¡No sabía que estaba en el campamento!

Un sujeto morrudo y de mediana estatura avanzó teatralmente hasta el grupo. Fumaba y tenía la vista clavada en Indy.

—Acabo de llegar —respondió—. No tuve tiempo de presentaciones protocolares.

—¿Conoce al doctor Jones?

—Más de lo que quisiera, camarada Wolf. Este hombre es un espía.

—¿Espía? ¿Trabaja para los servicios yanquis?

—¿Usted qué cree?

—Pero, camarada Duvoinov, ¿qué puede estar buscando un espía en este lugar?

¿Duvoinov?..., pensó Indy. ¿Emilovich Duvoinov?... No podía creerlo. Sonrió con sarcasmo y pronunció el mismo apellido pero con acento francés.

—Duvois… Emil Duvois… ¡Al fin le conozco la cara!

El galo respondió algo incómodo con otra sonrisa.

—Veo que está bien informado, doctor Jones.

—Nunca salgo de viaje sin ilustrarme previamente.

Duvois lanzó una corta carcajada que no pudo contener.

—Admiro su sentido del humor, amigo mío. Espero que lo conserve.

—¡Un momento, por favor! —intervino Wolf—. Perdóneme, camarada, pero no entiendo nada de todo esto.

—No se preocupe, Wolf —respondió el francés—. Es una larga historia y usted no está aquí para entender cuestiones de Estado. Limítese a sus ruinas, es lo mejor. Recuerde ese dicho americano que dice que “la curiosidad mató al perro”…

—…“Al gato”, Duvois —corrigió Indiana con rabiosa socarronería—. “La curiosidad mató al gato”. Eso dice el refrán. ¿Y sabe algo? Lo curioso es que todos lo dan muerto desde hace años.

—Bueno, de alguna manera es cierto. Digamos que la mía fue una muerte ritual. ¿Entiende de esas cosas, doctor Jones? ¡Claro que entiende! Usted es un especialista. Los cambios de identidad siempre constituyen simbólicamente una muerte; y mi condición actual exigía un deceso de ese tipo.

—¿Y cuál su “condición actual”?—espetó Indy—. ¿La de traidor?

Duvois hizo un mohín. 

—¿Traidor?... ¡Já!... ¡Cuán equivocado está usted, amigo mío! —lanzó—. Mire —dijo bajando el tono de su voz—, le diré algo que me dijo una vez un colega: “Para ser traidor primero hay que pertenecer”. ¿Y sabe algo? Yo jamás pertenecí. Nunca lo hice—y volteando hacia los soldados ordenó—: Teniente, lleve a este hombre a la barraca II. Manténgalo detenido hasta nuevo aviso. Más tarde iré a hacerle unas preguntitas. Ah… y asegúrese que el doctor Jones no esté para nada cómodo.

cd

Al cabo de tres horas, la herida de la comisura izquierda se había profundizado y la sangre manaba de a poco sin dar tiempo a que ésta coagulara. Un corte en la frente, justo debajo del fedora, ardía como si le hubieran echado sal y una punzante sensación de dolor iba y venía a la altura de las costillas cada vez que inspiraba. Le habían golpeado con saña, pero sabía resistir con dignidad. La ira era lo que lo mantenía conciente.

Al promediar la cuarta hora de reclusión, el portón corredizo de la barraca II se desplazó hacia un lado y, tal como lo prometiera, Emil Duvois ingresó solo, dirigiéndose directamente hacia la columna en la que Indy estaba maniatado.

—¿Cómo se siente, doctor Jones? —preguntó sonriente.

Indy, con la cabeza gacha, levantó sus pupilas hasta la base de sus cejas y lo observó con odio.

—¡Maldito hijo de perra! —masculló.

—¡Upa!... ¿Ese es el lenguaje académico que siguen enseñando en sus universidades?

—Es sólo el saludo inicial… Suélteme y verá cómo pongo en práctica la lección número uno de “recepciones calurosas”.

—Me sorprende, doctor —respondió Duvois sin dejar de sonreír—. ¡Un profesor tan afamado como usted hablando de ese modo! Ya veo que es una clara señal de la decadencia de occidente… Pero no he venido hasta aquí para darle clases de buenos modales —dijo cambiando su tono de voz—, sino a conversar y tratar de averiguar algo que me tiene sumamente ansioso. Dígame, el otro sujeto que estaba con usted, ¿es quien yo supongo?... ¿Mark Stables? —Indy se lamió la herida de la boca sin decir nada en absoluto—.Jones, no sea tonto, respóndame. Espero no tener que utilizar la fuerza bruta para quitarle una respuesta…

—No espere nada de mí, Duvois.

—¡Qué pena! De todos modos si no son mis hombres será la policía militar de este país los que lo encuentren, tarde o temprano. ¡Usted no se imagina lo eficientes que son estos negritos africanos!

Indy ladeó la boca dibujando una sonrisa.

—¿También racista? ¡Lo único que le faltaba!

—¡Doctor, es un simple modismo no carente de simpatía! No somos nosotros los más indicados para recibir apelativos como ese. El Ku Klux Klan funciona en su país, ¿no es así? Es injusto al decirme racista. Yo luché contra el país más racista de la historia y vencimos. ¿Acaso no recuerda que Berlín fue ocupado por tropas soviéticas, doctor Jones?

—Usted no es ruso, Duvois.

—Por adopción, mi amigo. Lo soy por adopción. Y deje de llamarme Duvois. Cambié mi apellido. Reconozco que debí hacerlo mucho tiempo antes, en 1945, cuando me instalé en Moscú y me incorporé a la KGB. Pero es que mi padre aún vivía. ¡Le hubiera partido el corazón saber que renegaba de su apellido!... Usted sabe de esas cosas, “Indiana”… —dijo con ironía—. ¿Acaso ese es su nombre real? Creo que es un claro símbolo de sublevación a la autoridad paterna, “Henry”. Yo no renegué  de mi padre, sino del explotador sistema capitalista en el que me tocó nacer.

—¡Justo lo que necesitaba: un psicólogo!

—¡No pierde su sentido del humor, doctor Jones! Eso es bueno. Siempre prefiero conversar con un hombre inteligente como usted. Pero, dígame, ¿qué es lo que sabe realmente de todo este asunto? Comparemos notas, ¿quiere?...

—Empiece con las suyas. Ilústreme.

—Si es su deseo, con todo gusto. La historia en principio no es nada complicada. Cuando el año pasado descubrieron Marhma–Dool llegaron a mi escritorio ciertas fotos del yacimiento que me llamaron poderosamente la atención. Usted sabe, es difícil dejar la profesión aún cuando no se ejerce. Con esas fotos en mi poder no tardé en recordar mis años mozos, cuando trabajaba con Robert Brooks en Atacama. Esas momias son difíciles de olvidar, doctor Jones. ¿Cuántas momias azules fosforescentes ha visto usted en su vida?... Por eso, cuando aparecieron las pinturas que acertadamente usted inspeccionaba, empecé a cavilar sobre el verdadero poder que podían tener esas cosas. Viejas imágenes volvieron a mi mente y cobraron un sentido que antes no tenían. Traté de ubicar a Brooks, pero averigüé que había muerto en Connecticut en el ’48; por eso desplegué los recursos que tenía a mano y fue por medio de nuestros contactos en su país que supe de los documentos privados que había dejado después de su muerte. Quise conocerlos y mandé a unos hombres a buscarlos. Sabía que Brooks era un escritor compulsivo y que volcaba en sus cuadernos todas sus sensaciones, especialmente cuando estaba en temporada de excavaciones. No me extrañó hallar sus notas, sabiendo que su mujer había fallecido un tiempo antes. El único problema  fue su involuntaria intervención. ¡Qué lástima! Nos hubiéramos ahorrado mucho tiempo, dinero y transpiración.

—¿Cuál es su interés por Stables? —preguntó Indy.

—Lo buscamos por un motivo que usted ignora, Jones. Y que yo ignoraba hasta que leí el cuaderno de notas en Boston. ¿Sabe algo? Me lo devoré en pocas horas y lo que allí encontré me facilitó atar los cabos sueltos que rondaban mi cabeza. ¿Sabía usted que fue Stables el primeros en encontrar y tocar las momias? ¿Sabía que estuvo dibujándolas y estudiándolas por horas antes que cualquier otro miembro de aquella expedición? No; no lo sabía. Lo noto en su cara. Permítame que le muestre algo.

Se alejó de la columna, destapó un gran pedazo de mampostería que estaba delante de Indy y ante la curiosa mirada del arqueólogo señaló los restos del mural de la cámara IV.

—Corrían el riesgo de perderse si las dejábamos en su sitio. Por eso le ordené a Wolf que la quitara y protegiera en este depósito. Como puede ver, doctor, es lo que falta de la historia que usted observó en el yacimiento.

Duvois no mentía.

Ahí estaban los mismos dibujos, el mismo estilo, los mismos jeroglíficos indescifrables. Estaban las momias recubiertas de lapislázuli, los rayos, las calaveras y a un costado, tocándolas, la figura de un hombre caracterizado con una leve joroba en su hombro derecho. En las imágenes siguientes, decenas de cuerpos muertos. Sin mutilar. Sobre cada uno de los cadáveres había un cráneo, al parecer incandescente. Más allá, en lo que parecía una orgía de cuerpos sin vida, el jorobado de pie; inmune al mal aquejaba a los demás. Siguiendo las figuras, el escenario cambiaba. Había una barca flotando en un ancho mar. Sobre ella el hombre de la giba y doce momias apiladas en uno de los extremos de la embarcación. Después, montañas altísimas, una cueva muy clara y dentro de ella el jorobado depositando la extraña carga azul. Sobre su cabeza un signo conocido por los especialistas.

—¿Reconoce este símbolo, doctor Jones? —inquirió Duvois.

Las ideas y dibujos tejían argumentos en la mente de Indy. Finalmente, respondió:

—“Dios”, “Divinidad”, “Ser Poderoso”, eso significa. Ese hombre de la giba debe ser un dios mitológico.

—No, doctor Jones. Ese personaje es un hombre común convertido en dios por algún extraño motivo. Me pregunto entonces, ¿ qué fue lo que lo hizo tan poderoso? ¿Por qué no murió como todos los demás?

Indy aspiró. Sintió dolor en las costillas golpeadas.

—La única diferencia que hay entre él y el resto de la gente que aparece muerta—dijo— es que el giboso tocó las momias primero…

—¡Exacto, doctor! Veo que le presta atención a mis explicaciones. ¿Entiende ahora?

—No me diga que usted cree que…

—¡Sí, Jones! Y no es lo que creo. Es lo que veo. Estas pinturas nos lo dicen todo.

—O sea que, según su opinión, quien toca  primero a esas momias se vuelve invulnerable al algún tipo de mal que emana de ellas. ¿Es eso?

—Exactamente. La historia así lo muestra. ¡Mírelo! —exclamó señalando al jorobado—. No sufre. No muere. Los sobrevive a todos y en su intento por solucionar el problema para siempre se lleva las momias a otro lugar, donde las entierra en una cueva…junto a montañas enormes. ¡Los Andes, Jones! ¡Esos son los Andes sudamericanos!

—No hay certezas de que pueblos africanos hayan cruzado el Atlántico. Y mucho menos que atravesaran el estrecho de Magallanes para llegar a las costas actuales de Chile. Usted lo sabe, Duvois.

—¡Lo tiene ante sus ojos y aún así no lo cree!

—Para mí no es suficiente. Eso puede ser un mito, un cuento, cualquier cosa…

—De todos maneras, seguiré mis instintos. Quiero recuperar las momias y saber si Stables posee la cualidad de vencer lo que demonios sean estas cosas —respondió señalando las calaveras.

—Boston ya no las tiene.

—Lo sé. Fueron confiscadas por el gobierno. ¿Acaso no se preguntó por qué una organización gubernamental se interesa por aparentemente simples momias, doctor? Acá hay gato encerrado.

—En este caso usó bien el modismo…

Duvois esbozó una sonrisita, volvió a cubrir los restos y se puso de cuclillas frente a Indy,

—Bueno, Jones, como ha visto he sido muy generoso con usted. Ahora, dígame dónde está ese maldito pordiosero. No me haga perder más tiempo.

—No lo sé. Y aunque lo supiera, tampoco se lo diría.

—Jones… Jones… me lastima con su falta de respuestas. Le mostré todo lo que sé y usted no quiere colaborar con nada.

—Es que hay una gran diferencia entre nosotros, Duvois—masticó con furia—. Me dijo hace un rato que usted “nunca perteneció”.En cambio “yo siempre pertenecí y sigo perteneciendo”.

—Es un estúpido, Jones. Se arrepentirá de esto.

Y dicho eso, se reincorporó y salió a paso veloz de la barraca.

10

ENSOÑACIONES

TUMBARTÚ

15  kilómetros al norte de Marhma-Dool

 

Fundada hacía sólo quince años por un grupo de buscadores de diamantes, Tumbartú, con sus escasos tres mil habitantes, era la villa más poblada, sucia y corrompida de la joven nación. Enclavada en un valle húmedo, repleto de vegetación tropical, sus casuchas resistían el embate de las lluvias vespertinas, día a día; y sus calles, tan negras como el petróleo, se convertían en lodazales imposibles, en los que un universo esencialmente masculino hundía sus zapatos y pies descalzos sin atender ya a la mugre. No había niños ni mujeres. Solamente dos veces por mes, un contingente de prostitutas era llevado en avioneta desde la capital, para calmar los impulsos hormonales de los resientes permanentes. Una verdadera fauna de asesinos no redimidos, traficantes, violadores y gente sin ley que encontraban en ese rincón de África la impunidad que sólo el apoyo político de la presidencia del país podía darle. Una moderna Sodoma y Gomorra africana. Un emplazamiento en el que se permitía todo; y en el cual la ley del más fuerte predominaba a cambio de los diamantes que habían servido para solventar la fraudulenta campaña electoral del Presidente.

Aquel paraje podría haber sido ideal para que Mark Stables se refugiara, tras la agotadora huída del yacimiento arqueológico. Pero su color de piel lo delataba como extranjero y a pesar de conocer los códigos de la calle, le resultó imposible pasar desapercibido. Los cotilleos corrieron como reguero de pólvora y a poco de arribar a la villa ya todos sabían que un extraño rondaba entre ellos.

Había caído en un mal lugar.

Pero sus opciones eran sumamente limitadas. Sin mapas, sin comida sin saber bien en donde corno estaba, Tumbartú era una posibilidad de supervivencia segura…al menos por unas horas.

Los dólares que Indy le había dado para gastos personales le salvaron del hambre y la sed. Por la exorbitante suma de cien dólares tenía un plato de guiso caliente y una cerveza fresca frente a él. El local no podía ser definido exactamente como un restaurante. Era lo más parecido a un chiquero con mesas de madera y troncos como bancas, atendido por un africano gordo y sudoroso que lo observaba desde el mostrador con un indisimulado desprecio. A su derecha, en otra mesa, un grupo de trabajadores jugaban a las cartas, mirándolo de reojo a cada rato; y más allá, hacia el fondo del negocio dos sujetos con el pecho desnudo dormitaban tras una profunda borrachera recién adquirida.

Tengo que buscar el modo de salir de aquí cuanto antes”, pensó Stables mientras daba bocado tras bocado, casi sin respirar. “Con tanta gente tiene que haber algún medio de transporte disponible. En la capital haré la denuncia en el consulado americano. De ese modo, ellos podrán hacer algo por Jones. No debo permanecer en este lugar mucho tiempo”.

Pero cansado como estaba no podía seguir viaje. Tenía que dormir, relajar sus músculos; recuperarse y recién entonces emprender el camino hacía la civilización tal como él la conocía. Y fue así que, al cabo de devorar el guiso, supo que el rechoncho propietario del lugar también alquilaba por horas una pieza maloliente con un catre en la parte trasera del negocio.

Cuando dejó caer su cuerpo extenuado sobre la lona manchada del camastro no pensó en la pequeña fortuna que había pagado por ese lujo. Si bien descansar en la intemperie había sido su especialidad durante veinte años, la experiencia le decía que no todos los lugares eran apto para ello. Y Tumbartú no lo era.

cd 

Suele pasar que —en esos momentos en que la vigilia da paso al sueño y lo real se confunde con las fantasías producto del cansancio— aparezcan imágenes del pasado, escenas de las que no hay seguridad de haber vivido realmente, pero que cobran con la ensoñación una actualidad difícil de negar. En ese limbo indescifrable de figuras e ideas inconexas es cuando se revelan detalles que se han olvidado. Detalles nimios a los que jamás se le prestara atención, pero que, en la trama de ese sueño o pesadilla que se inicia, adquieren un rol protagónico antes impensado.

Cuando Stables cerró los ojos, y las invisibles brumas del sueño lo envolvieron, esas imágenes empezaron a surgir.

Rocas, piedras, arena y al fondo unos cerros enormes…

Oscuridad… Y de improviso, un resplandor y un grito de alegría saliendo por entre sus labios resecos…

Luz…

Luz azulina…

Azul…

Resplandeciente…

Niños…

Niños que brillan… Estáticos…

¿Se mueven?.... No, no se mueven. Están muertos. Son momias…

Momias azules...

Brillantes… ¡Imposible!....

Ja, ja ,ja, ja….¡Es imposible pero ahí están!

¡Brooks! ¡Profesor, venga!

¿Por qué no me oyen?... ¡Brooks, venga! ¡Encontramos algo!

Nadie me oye… Estoy solo. Aislado.

No son niños...

¿Pigmeos?...

Las paredes de la cueva refulgen. Es como estar en una caja de cristal que refleja la brillantes de esas cosas.

Luz azul…

Remolinos de luz…

¡Maldita sea! ¿Por qué no viene nadie a compartir esto conmigo?... ¡Brooks! ¡Brooks!

Son momias araucanas…Sí señor, bien araucanas… ¿O no?

¡Ah! ¡Ahí están!... Me oyeron finalmente.

Vengan… Miren…

Pero.. ¿desde donde vienen? ¿Del fondo de la cueva?

¡Ey…tu no eres Brooks! ¿Quién eres?

¿Mamá?... ¿Mamá eres tú?

¡¡Mamá!!... Es peligroso que estés aquí. Vete a la cocina…

Mmm…huelo tus buñuelos…

Buñuelos azules…

¿Azules?

¡No es posible!

¿Qué? …

¿Qué dices, madre?

No. No puedo irme. Es mi primer descubrimiento. Estarás orgullosa…

No, madre. No hay peligro… ¡Que no lo hay te digo!

No llores, mamá… Por favor, no llores.

¿Ves? Las toco y no pasa nada. Son sólo restos, madre. Momias azules… Sólo eso. Momias. Muertos. Esqueletos embalados en paños antiguos. No temas por mi salud.

¿Qué cosa?...

¿En mis manos?...

Nada… Suciedad. Humedad, es eso.

No, no son hormigas.

Hongos, talvez…

Me limpiaré después, no te preocupes.

Hongos azules…

Momias azules…

Luces azules…

¿Y Brooks?... ¿Qué pasa que no viene?...

¿Sigues siendo tú, madre?...

¿Qué tienes en la espalda?... ¿Qué cosa extraña crece detrás de tu nuca?

¡Por Dios! ¡Es una giba! ¡Una joroba!...

¡Mamá!...

¡Mamá!...

¡No eres mi madre!... ¡Tú no eres mi madre, jorobado asqueroso!

¡Vete!...

¡Vete!...

¡Vete!...

cd 

Despertó sobresaltado.

La clara voz de su madre gritando lo desveló de golpe y para cuando tomó conciencia, estaba tirado en el piso, con el catre volcado y un fuerte dolor en el codo izquierdo. Se apoyó en el antebrazo y empezó a reincorporarse. Un largo mechón de pelo le cruzó el rostro y cuando lo corrió hacia un costado vio el par de botas justo frente a sus pupilas. Estaban cercas y sucias de lodo. Pudo oler el olor a podrido que emanaban de ellas. Levantó la mirada y la gruesa sombra de un hombre negro se interpuso ante la luz del día que entraba por el único ventanuco que había en la habitación.

Apenas intentó abrir la boca para interpelarlo, un violento culatazo de escopeta le rasgó la mejilla derecha, echándolo hacia atrás, volviendo caer en el piso. En ese instante, y desde una perspectiva sumamente extraña, advirtió que eran tres los sujetos que invadían el espacio alquilado. Un par de manos inmensas, de palmas muy blancas, lo tomó por el cuello de su camisa y levantó como si fuera de trapo.

—¡Dólares! —exclamó el negro con cara de gorila—. ¡Dame tus dólares!

Tenía los dientes muy blancos y el tono de la piel brilloso. Sudaba. Infinidad de gotas de transpiración perlaban su frente. En ese momento, Mark pensó que jamás había tenido problemas de ese tipo al vivir en la calle. Nunca nadie le había pedido dólares con ese alarido violento. La pobreza tenía sus beneficios; y ahora, con unos pocos pesos en el bolsillo, su vida corría un riesgo inimaginable.

—¡Tome el dinero! ¡Lléveselo! —exclamó, tratando de evitar el agrio aliento del africano—. ¡No me haga daño!

Un fuerte risotada lo aturdió en tanto otro de los forajidos le sacaba los billetes y los contaba.

—¡Esto es poco! ¡Más! ¡Queremos más!

—Es lo único que tengo…

—¡Dénos todo su dinero, blanco!—gritó el tercer individuo.

—¡Todo! ¡Dénos todo o lo matamos como a un perro ya mismo!

—¡Mátalo!

—¡Sí, hazlo! ¡Dispárale!—ordenó otro frenético.

El negro que lo sujetaba lo tiró contra la pared y le apuntó con una escopeta recortada a la cabeza.

—Esto va a manchar… Tengan cuidado —dijo, y lanzó una carcajada pastosa.

Mark cerró los ojos, apretó las mandíbulas e instintivamente se cubrió la cabeza con sus manos y el pecho con los codos. Esperó el sonido del disparo.

Nunca llegó.

Las voces se apagaron y unos segundos después oyó el sonido de una faringe haciendo gárgaras.

Mantuvo los párpados cerrados. Sentía que así estaría a salvo.

No más golpes.

No hubo estampido, ni palabras.

Sólo un sonido gutural, como el de hombres atragantándose.

El pánico le recorría cada fibra de su cuerpo. Lo sentía temblar como si fuera un trompo terminando de girar. Estaba pavorosamente fuera de sí. Jamás había sentido tanto temor, tanta impotencia; tan cerca del umbral de la muerte.

Un sabor dulzón le recorrió el paladar. Semejaba el gusto de los caramelos de almendra que comía cuando era niño.

Y de pronto: silencio total.

No voces. No tiros. No gárgaras. No nada.

Abrió sus ojos y los vio.

Desparramados sobre el suelo de la habitación los tres negros estaban muertos. Tenían los ojos disparados hacia fuera. Parecían huevos duros a punto de explotar. Los abdómenes estaban hinchados y las manos infladas como si estuvieran hechas de goma. De sus bocas entreabiertas, un líquido azulino emanaba a borbotones. Parecía detergente.

Una mezcla de sorpresa y asco invadió a Stables. Sus agresores ni siquiera se retorcían, estaban fulminados por algo que ni el propio Mark sabía qué era.

Recuperó el dinero, le quitó a uno de los muertos su pistola y saltó por el ventanuco huyendo asqueado del lugar.

11

 

CONVIVENCIA PACÍFICA

Pocas veces en su vida lo habían maniatado con tanta fuerza y pericia. Por más que lo intentara de cien formas distintas, era imposible siquiera aflojar los nudos que lo retenían a la columna. Ya tenía las muñecas quemadas de tanto frotarse y el ardor se volvía por momentos insoportable. Si quería abandonar ese frío depósito de antigüedades, debía tener la ayuda de alguien. Claro que, por el momento, su único aliado en el continente se encontraba huyendo lejos del yacimiento. ¿Adónde habría ido Stables? ¿Sería capaz de encontrar apoyo en alguna delegación diplomática cercana? Y en ese caso, ¿en cuál?

Cavilaba en cientos de cosas cuando, de repente, la puerta de la barraca volvió a abrirse.

Era Igor Wolf.

El ruso se le acercó sin hacer ruido. Tenía el rostro demacrado. Se notaba que una profunda preocupación lo mantenía desvelado a esas horas de la noche.

—Vine para decirle que soy ajeno a este atropello, del que no participo ni estoy de acuerdo, doctor Jones —dijo por lo bajo—. No entiendo este trato inhumano que usted está recibiendo y le aseguro que levantaré una queja formal a la Universidad de Moscú contra Duvoinov, o como quiera se llame.

—Me consuela su espíritu humanitario, pero no creo que una queja por escrito haga nada para solucionar el problema—respondió Indy vislumbrando un hilo de esperanza—. Lo que usted debería hacer es librarme de esta soga ahora.

—Me está pidiendo un imposible, doctor. Si lo desatara y dejara libre me caería encima un juicio por traición a la patria y una larga temporada en Siberia. No, no puedo soltarlo. Dicen que usted es un espía y, por más que yo no lo crea, estaría poniendo en riesgo no sólo mi carrera sino también mi propia vida.

—Wolf, escúcheme bien. Si no hace algo, van a matarme sin miramientos. Acá el traidor sigue siendo Duvois. Siempre lo fue. No deje que su consciencia quede en manos de ese asesino.

—Él es el supervisor en jefe de Marhma-Dool…

—Y un doble agente —arriesgó Indy con vehemencia.

—¿Doble?... ¿Por qué doble? ¿Para quién trabaja? Siempre fue un leal miembro del Partido.

—Trabaja para sí mismo, doctor Wolf. Entiéndalo. Duvois está usando las herramientas del Estado en beneficio exclusivamente propio.

—¿Usted cree? —titubeó Wolf.

—¿Vino acompañado de alguien?

—No.

—¿Ningún agente de la KGB? ¿Ningún matón del servicio secreto?

—No.

—¿Se da cuenta?... Se está abriendo camino solo. Hasta hace unos días lo acompañaba un trío de lo más antipático. ¿En dónde están ahora?

—No lo sé…

—¡Púes se los quitó de encima!

—Pero, ¿para qué querría agentes operativos en Marhma-Dool?

—Ahora el que no sabe qué responderle soy yo. De todos modos, no creo que Duvois esté representando los intereses de su país. Déjese llevar por sus instintos. ¿No huele nada raro en todo este asunto? ¿Le parece algo normal que me tengan como me tienen?

—¡Ya le dije que no comparto nada de esto!

—Óigame—exhortó con vehemencia—. Usted es un hombre inteligente, preparado, un académico. Nada tiene que ver con esos mafiosos con uniformes. Usted sabe que esto es una locura. Suélteme para que pueda salir de este lugar. No contribuya a la muerte de un civil inocente, ni a la de mi compañero. No estábamos aquí para robar ni saquear nada. No me hace falta. La presidencia de la república estaría muy contenta en conceder permisos a estudiosos americanos para visitar las ruinas. Recuerde que necesitan dinero y lo buscan en todos lados.

—Nosotros se lo estamos suministrando, según creo.

—Seguramente, pero el país aún no se alineó del todo. Está jugando a ambas puntas. Cuando mis colegas se enteren de lo que me pasa, ellos serán los que eleven las quejas y usted será el primero en caer por las presiones de la diplomacia.

Wolf frunció la boca y rascó la pera. Un torbellino de ideas lo aturdían. Finalmente preguntó:

—¿Y que sugiere que hagamos?

—Desáteme. Haremos que esto pase como un ataque sorpresa.

—No sé si…

—¡Hágalo! No se arrepentirá.

—¿Qué les diré?

—Que mi compañero me soltó y juntos lo atacamos.

La pupilas del eslavo brillaron por un segundo. Le gustaba la idea. Sonaba lógica. Sin pensarlo más, extrajo un cortaplumas del bolsillo trasero del su pantalón y cortó las cuerdas.

—Gracias, amigo —exclamó Indy frotándose las muñecas mientras se ponía de pie—. Estoy en deuda con usted. Y ahora dígame cómo puedo salir de aquí y en dónde está el pueblo más cercano.

—No le resultará difícil dejar el predio. La mayoría está descansando. Justo al final de la calle hay unos caballos que usamos para recorrer la zona. Use el que quiera y atraviese el campo de excavaciones sin hacer demasiado ruido. Muy cerca de la cueva de las pinturas hay un sendero que se interna en la selva. Deje que el caballo lo conduzca. Él solito lo llevara a Tumbartú, una villa cercana. Allí podrá encontrar movilidad más rápida hacia la capital.

—Se lo agradezco, colega.

—¿Y que haremos ahora?

—Tendrá que ofrecerme el lado menos favorable de su cara.

—¿Menos favorable?... ¿Para qué?

La trompada estalló con mucha más fuerza que la que Indy hubiese deseado, impactando de lleno en el pómulo derecho de Wolf.

No hubo queja de ningún tipo.

No se escuchó crujido alguno. Sólo el sordo sonido de un  cuerpo caer desplomado como bolsa contra el piso de la barraca.

12

 

LA PLAGA

No había visto tantos cadáveres juntos desde sus días de trinchera, durante la Primera Guerra Mundial. La escena era pavorosa, dantesca; lo más cercano a una pesadilla aberrante, producto de la ingesta de alguna droga alucinógena prohibida. Tumbartú estaba repleta de muertos pudriéndose bajo los impiadosos rayos del sol matutino y un insoportable hedor, semejante al de huevos descompuestos, impregnaba cada rincón de la villa. El aire parecía cortarse a cuchillo. Era denso, pesado, poblado por millones de moscas muy negras que despertaban un asco instintivo con sólo pensar que, segundos antes, habían estado lamiendo la superficie gelatinosa de los cadáveres.

Centenares de hombres inflados por la descomposición se agolpaban en el centro de la calle principal, arremolinándose unos sobre otros, como si la muerte no les hubiera dado tiempo a reaccionar, tomándolos por sorpresa en el momento de una infructuosa huída. Todo indicaba que la catástrofe se había desencadenado de golpe, permitiéndoles, únicamente, esbozar las muecas de desesperación, pavor y desconcierto que los acompañarían por la eternidad.

No había mujeres ni niños. Sólo hombres adultos hinchaban sus vísceras interfectas, emanando un fluido viscoso y azulino por cada uno de los orificios naturales del cuerpo. Si la renombrada guerra biológica tenía un dramático escenario, ése era el más apropiado de todos, pensó Indy Jones montado sobre un caballo que relinchaba y se negaba a seguir avanzando en las puertas mismas de la villa.

Un profunda angustia lo embargó. Sintió el estómago revuelto y un fuerte deseo de vomitar. Se reclinó sobre el cuello del animal y, dándole un golpe de riendas hacia la izquierda, giró en dirección contraria a Tumbartú.

¿Qué extraña epidemia había asolado a ese paraje? ¿Qué enfermedad era la responsable de semejante tragedia? ¿Cómo había sido posible esa catástrofe? Indy no tenía respuestas claras a sus dudas. Lo único evidente era que el contagio se propagaba por vía aérea. Sólo así se podía explicar la tremenda velocidad con que la plaga se había extendido. Mucho más rápida y letalmente que la temida peste negra del siglo XIV.

Por un segundo experimentó el temor a haberse contagiado.

¿Estaría ya infectado? ¿Serían ésos los últimos minutos de su atribulada existencia?

Observó al caballo. La bestia, aunque nerviosa, no expresaba síntomas de envenenamiento alguno. Él tampoco. El malestar que tenía se debía, pura y exclusivamente, a la impresión y a la sorpresa de ser testigo del caos más horripilante que recordara en su vida.

La fulminante capacidad destructiva del virus era su propia debilidad. Matando a sus huéspedes casi instantáneamente, dejaba de ser activo en pocos minutos. Su resistencia al medio ambiente era mínima.

Indy no recordaba ninguna epidemia de ese tipo; y aunque el curso de la historia había sido moldeado involuntariamente por ellas de una manera mucho más efectiva y directa de lo que se suponía, el panorama atroz de Tumbartú se convertía en la más palmaria evidencia de efectividad de esos virus asesinos. Plagas y pueblos habían interactuado desde los días de la caza y recolección de alimentos; pero nunca se había visto nada igual en los últimos seiscientos años. La crónica escrita no registraba tal cosa.

Nunca…

A menos que se recordaran las pinturas observadas en la caverna IV de Marhma-Dool.

cd 

Recién cuando se apeó del caballo, Indy admitió que se sentía débil y, a pesar de todo, tenía hambre. No había pegado bocado desde hacía más de un día y las tripas le exigían llenar el tanque, recuperar energías.

Miró a su alrededor. Sacó la sevillana que le diera Wolf y tras una corta prospección del terreno cortó un pedazo de corteza verde que crecía a la sombra de una inmensa palmera rosalinius. Era comestible, lo sabía; y aunque su sabor fuera amargo y su consistencia no muy blanda, la devoró velozmente para darle al cuerpo las nutrientes necesarias y seguir avanzando en dirección de la costa.

Bastaron unos cuantos bocados para que sus neuronas se aclararan lo suficiente y entendiera que, a pocos centenares de metros de donde estaba, había vehículos de distinto tipo dispuestos a ser utilizados por quien los tomara. Los muertos no se movilizaban en autos ni camiones. Claro que para acceder a ellos debería imaginar un enérgico nudo en su garganta y evitar las arcadas, para no vomitar lo que había comido. No era nada agradable tener que recorrer esa villa convertida en un cementerio a cielo abierto. Pero no tenía otra salida. Su caballo estaba agotado y temeroso. Era cada vez más difícil controlarlo. Con un animal en esas condiciones no iría demasiado lejos. Además, Duvois con seguridad ya había desplegado a sus hombres en pos suyo. Tenía que entrar en Tumbartú por más que la idea le revolviera el estómago.

Media hora más tarde, sorteaba a pie aquel escenario de pesadilla.

Cada paso era una tortura para sus ojos. Los cuerpos empezaban a descomponerse y la baba color azul que exudaban entraba en extraña efervescencia con el calor del día. Las pupilas dilatadas de los muertos les daban el aspecto de maniquíes y la inmovilidad de toda la villa generaba un clima surrealista muy parecido a los filmes de terror de origen británicos.

Indy no podía dejar de mirarlos. Eran algo hipnótico, morboso. El caos generaba un extraño y reprimido placer, imposible de explicar con palabras. Repelía y atraía al mismo tiempo.

Había cadáveres en todas las posiciones imaginables.

Sentados.

Tirados.

Apoyados sobre muros.

Recostados sobre las mesas de los bares.

Apilados.

Enteros y comidos por moscas y alimañas de la selva que, atraídas por el dulzón olor a podrido, se acercaban a saciar su apetito.

Pero el hombre es un ser extraño. Se acostumbra rápidamente a las cosas más asquerosas, empezando por el sentido del olfato.

A poco de andar por las sucias arterias de la villa, Indy distinguió, a unos doscientos metros, un camión Mercedes Benz estacionado.

¡Por fin!, pensó. Pero inmediatamente un nuevo problema le surcó la cabeza: ¿tendría que despejar primero el camino de muertos o los pasaría por arriba? Su padre lo había educado dentro de la doctrina cristiana y por más que él se consideraba agnóstico, esos cuerpos inspiraban un mínimo de respeto. Así eran las cosas en el mundo hipócrita en el que se había formado. Se podía detestar a una persona, insultarla, traicionarla, escupirle incluso en vida, pero una vez fallecido quedaba imbuido de un respeto que antes nadie le había tenido. Ridículo, pero cierto. La tradición seguía vigente.

La respetaría en la medida de lo posible.

Aceleró el paso. Siguió saltando por encima de una media docena de cuerpos y, cuando estaba a punto de atravesar la calle que cortaba transversalmente por la que se dirigía, atisbó con el rabillo del ojo derecho un leve movimiento.

Volteó la cabeza y sintiendo un hilo helado recorriéndole la espalda, vio como una figura se reincorporaba del piso.

Una más allá.

Y otra.

Ellas también habían tomado conciencia de su presencia. Y dirigieron sus caras negras en dirección suya.

Soldados.

Eran soldados de la joven República, armados con fusiles Máuser. No se mostraban amigables. No eran amigables.

Indy apenas alcanzó a tomar envión y emprender la carrera hacia el Mercedes, cuando la primera andanada de balas dio a centímetros de sus zapatos.

Algo estaba muy claro: al país le faltaba un poco aprender a vivir en democracia y respetar los derechos humanos.

Corrió como loco.

En la primera ocasión que tuvo, se agachó y levantó del piso un revolver. Su antiguo propietario ya no lo iba a necesitar.

La llave del camión estaba puesta. Lo rodeó y ocupó el lugar del conductor.

El sonido seco de las balas dando contra la caja del vehículo hizo que apurara sus movimientos. Le dio ignición, puso segunda y apretó el acelerador hasta el fondo.

No iba a preocuparse por la dignidad de los muertos.

El Mercedes corcoveó un poco antes de tomar velocidad, pero al cabo de un minuto ya estaba en los suburbios de Tumbartú, deslizándose por una calle de tierra, salpicada sólo de ratos por cuerpos inertes.

Condujo por espacio de cinco minutos, fue entonces cuando reconoció, de lejos, la silueta de una avioneta, detenida en lo que parecía ser una pista de aterrizaje improvisada. A medida que se acercaba reconoció que no había militares, pero sí una docena de mujeres jóvenes, visiblemente consternadas, rodeando el aparato.

Aminoró la marcha cuando las tuvo cerca.

Las chicas corrieron hacia el camión.

Se sorprendieron al verlo.

—¿Puede decirnos qué fue lo que pasó en el pueblo? —preguntó una de ellas—. ¿Dónde están los militares que llamamos? ¿Quién es usted?

Indy bajó del camión y también se quedó anonadado por el desfile de féminas, sensualmente vestidas con soleras muy pegadas al cuerpo y polleras tubo ajustadas a las caderas, al punto de darles el aspecto de guitarras. Tenían una bizarra belleza. Demasiado maquillaje para su gusto. Mucho rimel y lápiz labial.

Eran prostitutas. Las meretrices que regularmente viajaban a la villa a calmar los ánimos.

Menuda sorpresa se habían llevado.

—¿Están todos muertos?

—¿No hay sobrevivientes?

—¿Corremos riesgo de contagio?

—¿Cuándo nos vamos de aquí?

Fue entonces cuando una voz grave, masculina, se impuso por encima del mar de preguntas chillonas que bombardeaban al Jones.

—¿De dónde salió, señor? No vino con los soldados que llamé por radio.

Indy le clavó la mirada y simuló una sonrisa de cortesía.

—Usted es el piloto, ¿verdad?

—Efectivamente. ¿Quién lo pregunta?

Smith & Wesson —respondió Indy colocándole la punta de la pistola en la cabeza. Las mujeres dieron un alarido de terror y salieron corriendo en todas direcciones—. No haga preguntas que no puedo responderle y suba al avión. Nos vamos de aquí.

—¡No puedo hacer eso!

Indy amartilló el arma y empujó el cañón contra el entrecejo.

—¿Prefiere salir volando sin alas? —dijo intentando transmitirle ira y temor a través de sus pupilas—. ¡Ponga en marcha ese aparato! ¡Despegamos en breve! ¡Vamos!

La avioneta era una Cessna M.890-C para quince pasajeros. Tenía matrícula canadiense, por lo que había sido importaba de allá. Estaba en buen estado y el motor reaccionó perfectamente ante el primer estímulo eléctrico de las turbinas.

El piloto maniobró con pericia. Puso el fuselaje en paralelo a la pista y empezó a carretear, tomando más y más velocidad. Cuando atrajo el manubrio hacia su pecho, la proa de la nave se levantó y ganó altura en pocos segundos.

—Ponga dirección a la capital —ordenó Indy, sujetando con fuerza el revolver.

El piloto, un africano de pura cepa, obedeció sin más. Recién cuando se estabilizaron por encima de los tres mil metros, Indy Jones respiró con cierta tranquilidad.

cd 

Debió pasar más de una hora cuando la nave empezó a volar por encima del océano, bordeando el continente.

—¿Qué fue lo que pasó allá abajo? —le inquirió el piloto

—Están todos muertos—respondió Jones—. Algo los atacó y mató de golpe.

—¿En la villa también? No había nadie con vida en el aeropuerto.

—En la villa es peor. Puede darse por afortunado de no haber visto aquello. Es terrible.

—Pero, ¿quién demonios es usted?

—Alguien de quien no debe temer si sigue obedeciendo. Seré su copiloto, tranquilícese.

—Dudo mucho que puede ejercer ese rol, señor…

—¿Por qué lo dice? —repreguntó Jones sorprendido.

—Porque desde hace años, esa función la tiene mi socio.

De ironías y sorpresas estaba hecha la vida, y para cuando el piloto terminó su frase —críptica sólo durante décimas de segundos— Indy Jones experimentó la pesada sensación de recibir, en su omóplato derecho, el primer golpe por la espalda.

La fuerza de tan traicionera trompada lo expulsó hacia delante, casi hasta chocar el cristal del parabrisas con la frente. Su plexo solar empujó el timón del copiloto hacia la proa y la avioneta no pudo evitar empezar una caída libre en dirección a la superficie del mar.

El cuerpo del atacante perdió equilibrio. Se desplomó sobre el arqueólogo, en tanto que el piloto luchaba por enderezar el fuselaje, tirando del volante hacia atrás con todas sus fuerzas.

Aprisionado entre el panel de control del lado izquierdo y el peso de su agresor, Indy alcanzó a sacudir un codazo, propinándole a quien lo sorprendiera un fortísimo golpe en la mandíbula que lo desplazó automáticamente sobre su socio.

El capitán no soportó la masa corporal y juntos volcaron sus cuerpos hacia la ventanilla derecha, sin que el primero dejara de aprisionar el timón entre sus dedos.

El Cessna se inclinó a estribor en un ángulo que resultó ya difícil de maniobrar.

La fuerza de la gravedad desplazó a todos de sus butacas y una orgía de cuerpos entrelazados y desesperados iniciaron una danza macabra llena de adrenalina, como si fueran juguetes dentro de un trompo aéreo que caía en picada cada vez a mayor velocidad.

Rodaron por las paredes. Luego por el techo. Finalmente, otra vez en el piso del avión. Habían cumplido los 360 grados de un brutal giro.

De un salto el piloto tomó el manubrio y trató de levantar la trompa. El océano se les acercaba a velocidad pasmosa.

—¡¡Sube!! —gritó—. ¡¡Sube!! ¡¡Sube!!

Pero carecían del tiempo suficiente. Con suerte chocarían con la panza del aparato.

Cuando la indagación neuronal de Jones le informó al cerebro que la muerte estaba cerca, Indy pegó un salto hacia atrás, buscando alejarse de la proa.

—¡¡Nos estrellamos!!

El desesperado alarido del capitán fue lo último que alcanzó a escuchar antes de que la trompa del avión impactara en el agua y empezara a hundirse en medio de un mare mágnum de hierros, vidrios, cables y metales retorcidos. El ruido fue tremendo y el salado gusto del mar inundó todo el cubículo.

cd 

Desde la cubierta del Aru-Aru III, un buque de pesca semi-destartalado de veinte metros de eslora, el accidente fue percibido en todos sus detalles. Los marineros se arremolinaron del lado de babor para observar mejor los restos, tratando de distinguir algún cuerpo en el agua.

—¡Por Dios, se mataron todos! —exclamó un muchacho de clara ascendencia bantú.

—¿Qué fue lo que pasó? —cuestionó el capitán, empujando a sus subalternos para poder ver mejor.

—No lo sé, señor —respondió el chico—. Sentí un ruido, levanté la vista y vi como ese avión se caía en picada.

—¿Pudo saltar alguien?

—No, señor. Están todos adentro.

—¡Pobre gente!

—¡Capitán! —exclamó otro de los tripulantes desde la terraza de la cubierta superior, con unos prismáticos en la mano.

—¿Qué sucede, Morrea?

—¡Allá! ¡A la derecha de la mancha de aceite, capitán! ¿Puede verlo?

—¿Qué hay? No puedo distinguir nada desde aquí.

—¡Hay un hombre flotando, señor!

—¿Flotando?

—Sí, capitán, flotando…. ¡Y con un sombrero de fieltro puesto en la cabeza!

13

 

LOS ENEMIGOS DE MIS ENEMIGOS

El Aru-Aru III había zarpado del puerto capitalino hacía dos días. Tenía por delante otros cinco en alta mar. No iba a regresar al continente sólo por un náufrago. El sueldo semanal de toda la tripulación estaba en juego. Ningún consulado extranjero compensaría las pérdidas económicas. Abandonar la pesca sería una locura. No resignarían sus ganancias. Continuarían con los planes propuestos. El “tipo del sombrero” —como lo llamaban abordo—tendría que esperar la atención médica adecuada hasta tanto los marineros hicieran lo suyo. El Aru-Aru III no era un buque hospital. No tenían la obligación de abandonar todo y correr como enfermeros al primer puerto que tuvieran cerca. Si ese hombre tenía que vivir, viviría en donde fuera. Nadie moría en las vísperas. Al menos eso fue lo que dijo el capitán, antes de cederle al herido la cama de su propio camarote.

Indy tuvo más suerte que la esperada. Inconciente durante veinticuatro horas, siempre bajo la tutela del tripulante más joven, se recuperó velozmente. Despertó sin dolor. Relajado. Rejuvenecido por las sábanas y el colchón. Bastaron dos buenas comidas para que sus magulladuras se convirtieran en un mero recuerdo.

Pidió hablar con la capital. Se presentó. Le agradeció las atenciones dispensadas Al cabo de unas horas supo que el fornido africano de piel caoba estaba de su lado.

—El nuevo gobierno es cualquier cosa menos una democracia —había dicho con claro resentimiento—. El presidente es un tirano. Controla al congreso sobornándolo con diamantes y tiene a la justicia en su puño. Hace lo que quiere. El régimen que impuso es tan represor como el anterior; y como si fuera poco le sonríe a los rusos. La independencia ha sido traicionada, amigo mío. ¿Sabía que el ejército está bajo las ordenes de su hermano menor? Ese maldito nos engañó. No merece estar en el puesto que está.

Indy se enteró que todos en el barco habían sido miembros de la resistencia anticolonial y que tras las elecciones se habían convertido en elementos peligrosos para el Estado. Habían vuelto al océano para evitar problemas y no tener que soportar las amenazas de la policía sobre sus respectivas familias. Eran rehenes de la nueva y fraudulenta república. La resistencia pasiva.

—No me extraña que le hayan disparado, Jones —dijo mientras servía dos medidas de whisky en vasos de plástico—. Los grupos paramilitares gozan de una total y absoluta impunidad. Además —agregó desilusionado—, hay mucha gente, como los propietarios de la avioneta con la que se estrelló, que se beneficia con la corrupción y el desgobierno. Quédese tranquilo, gringo. No vamos a denunciarlo. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Puede contar con nuestro apoyo.

—Se lo agradezco mucho, capitán. Lo más probable es que me estén buscando por todas partes para matarme.

—¿Matarlo? ¿Cómo van a matarlo si usted ya murió en el accidente? —respondió retórico, con una amplia sonrisa—. Cuando lleguemos a la capital lo esconderemos bien, hasta poder sacarlo del país. No será difícil.

—Por ahora no quiero abandonar su país, capitán.

—¿No? ¿Quiere ser fusilado?

—No es eso. Es que antes necesito encontrar a un amigo que debe estar en mis mismas circunstancias.

—No se preocupe. Si su amigo anda en la capital, lo encontraremos.

—¿Y si no está en ella?

—También.

Indy no pudo dejar de ser sincero por completo.

—Capitán —dijo—, hay algo que deseo agregar. Es posible que ese hombre esté muy enfermo y sea un peligro para la salud pública.

—¿Usted cree que es el responsable de las muertes en Tumbartú?

—Es probable.

—Si es así estamos frente a dos opciones, Jones: su amigo murió o ya no contagia a nadie.

—¿Por qué me dice eso?

—Estoy en permanente contacto radial con la policía portuaria y no me han informado de ninguna epidemia. Al menos en la capital y en las principales ciudades de la costa todo está normal.

—Me alegro mucho.

—De todos modos me voy a comunicar con nuestros hombres en tierra firme hoy mismo. Para cuando amarremos ya tendrá noticias de su amigo… si es que vive.

—¿Y cuándo será eso?

—En un par de días más —río—. ¡Relájese y disfrute del mar!

cd 

A la medianoche, la tormenta se desató con inusitada furia justo sobre sus cabezas. Negrísimos nubarrones devoraron el cielo estrellado y la superficie del océano empezó a sacudirse, zarandeando al barco como si fuera de papel. El mar se había convertido en una trampa mortal y la única misión del Aru-Aru III era impedir que las inmensas olas, que se estrellaban a babor y estribor ininterrumpidamente, lo hicieran naufragar.

El trópico tenía sus bemoles. Y en el lenguaje de los marinos el peor de todos se reconocía sólo por un nombre: tifón.

Indy ingresó en el puente de mando. El capitán sostenía el timón con ambos manos. Se notaba que le imprimía una fuerza en verdad agotadora. Transpiraba.

—Doctor —dijo al escucharlo entrar—, lo mandé traer porque aquí estará más seguro.

—¿Qué está pasando? ¿Corremos peligro? —preguntó un semidormido arqueólogo, tratando de conservar el equilibrio.

—Siempre se corren peligros en el mar, pero esta tormentita nos pilló sin previo aviso. ¡Observe esas olas!—dijo señalándolas con la pera—. ¡Deben medir más de ocho metros! Si nos agarran mal, podríamos volcar de campana o, lo que es peor, no poder salir a la superficie tras una embestida. ¡Las muy malditas cruzan todo el bote de lado a lado!

El capitán no exageraba en lo más mínimo. La masa de agua que impactaba contra el buque era descomunal.

—¿Puedo ayudar en algo? —inquirió Jones.

—Quédese sentado a mi lado. Si lo necesito le daré un grito.

Indy asistió y obedeció sin más.

La embarcación crujía. Se quejaba con cada golpe de mar. Subía y bajaba, dando cabezazos. Parecía un caballo encabritado. No era factible mantenerse en un punto fijo del piso. Todo se movía de un lado a otro. El viento generaba una bruma muy húmeda que atravesaba la nave, impidiendo ver más allá de los veinte metros; por lo que el capitán prácticamente navegaba a ciegas. Observaba los laterales más que la parte de proa. Debía conservar el rumbo, manteniendo el barco de frente al oleaje y tratar de no recibir una embestida por los costados. De todos modos, era imposible evadir todas las olas y, de tanto en tanto, el Aru-Aru III adquiría una escora preocupante.

La tripulación había buscado refugio en el interior. No tenían nada para hacer en cubierta. El capitán era el único responsable de aquella carcacha flotante.

Los minutos pasaron hasta formar horas. Para las tres de la mañana, aún con la tormenta movilizando todo, Indy percibió un cambio y miró al capitán.

—No se equivoca, doctor Jones —dijo el negro sin la necesidad de oír nada—. Está amainando. En una hora más estaremos fuera de peligro.

Entonces ocurrió.

Justo en el momento menos esperado, una lengua de mar se elevó por encima de la cubierta.

Muy por encima de la cubierta.

El buque empezó a inclinarse hacia la izquierda.

Aquella parecía una ola infinita.

Siguió inclinándose.

Más…

Y más…

Indy no pudo sostenerse de la butaca fija en la que estaba y resbaló pesadamente contra la pared de babor del puente. Chocó con fuerza, justo en el instante en que el vidrio de la estancia se partía en mil pedazos y el agua invadía cada centímetro del lugar.

—¡Joder! —ladró con preocupada bronca.

El olor salado del mar impregnó todo.

Ladeado, pero aún de pie, el capitán luchaba por no soltar el timón. El plano inclinado del piso era demasiado pronunciado.

—¡Maldición!—gritó—.¡Unos segundos más y nos damos vuelta! ¡Sujétese fuerte!

Parecía una broma.

¿Sujetarse?... ¿De dónde?... Todo se estaba yendo al diablo.

Ahora el viento también los agobiaba. Ráfagas de aire y agua empapaban sus ropas, sus rostros, sus esperanzas.

El ángulo de inclinación alcanzó los cuarenta y cinco grados.

Los dedos del capitán resbalaron del timón.

El africano se deslizó a los manotazos, chocando contra Indy Jones.

La rueda del timón se volvió loca. Empezó a girar como las aspas de un ventilador en dirección contraria a las agujas del reloj. Todo el Aru-Aru III tembló.

En plena alta mar el barquito era nada. Un mero punto flotante. Una cosa insignificante a merced de la furia de Poseidón.

Todo el casco de la embarcación se apoyó en el agua por su lado izquierdo. Ya no había sitio en donde pararse; a no ser que fuera en las paredes del puente.

—¡Mierda! —estalló el africano al reconocer que ya todo estaba perdido.

Ni los botes salvavidas iban a poder lanzar.

Por entre sus párpados empapados, Indy distinguió un sombra pantagruélica más allá del ventanal del puente.

Una nueva ola.

Venía de popa. Era un montaña líquida.

El barco fue elevado por detrás y empezó a girar sobre su propio eje. Las hélices salieron a la superficie y el sonido de sus revoluciones, libres de la resistencia del agua, hicieron que cada tornillo del navío vibrara como si estuvieran a punto de estallar y terminar de destartalar todo.

Fue recién en ese instante cuando advirtieron que, a medida que daba vueltas sobre un punto imaginario, el Aru-Aru retomaba progresivamente su posición vertical hasta quedar otra vez flotando sobre su quilla.

Indy dio un salto y agarró la rueda del timón.

Trató de mantenerla en su sitio. Fija.

El capitán lo imitó y juntos, conservaron la nave en ese rumbo, contra viento y marea.

Nunca esa frase había sido tan literal.

14

 

UN HOMBRE TENAZ

Recostado dentro de la tubería, Mark Stables se frotó las piernas para entrar en calor. La inesperada tormenta de la noche anterior lo había sorprendido vagando muy cerca del puerto local, por lo que decidió soportar el chubasco en las inmediaciones de un predio en construcción.

Era un terreno grande, que se extendía desde la calle que bordeaba el puerto hasta la avenida  que llevaba al centro de la ciudad. Tres edificios a medio terminar hundían sus cimientos en el centro del terreno. Cada uno tenía cuatro pisos y un cartel de la compañía constructora los identificaba como “futuro” Instituto Nacional de Investigación Pesquera. El inmenso tubo —con el que seguramente iban a canalizar una arroyo subterráneo— era ideal para tenderse y descansar. Por eso lo eligió, volviendo a las prácticas de vagabundo que lo acompañaran durante los últimos veinte años.

Pero no era el frío de la madrugada lo que lo tenía preocupado. Mark sabía cómo combatir las bajas temperaturas. Su principal inquietud radicaba en los sucesos de los que había sido protagonista. Las muertes en Tumbartú lo torturaban. Eran como una pesadilla que venía una y otra vez a su conciencia. Lo conmovían. Lo habían mantenido despierto por días. Por eso estaba agotado. Le dolía el cuerpo, la cabeza parecía estallarle. Profundas punzadas en la boca del estómago lo doblaban en dos y los vómitos no eran extraños, una o dos veces por día.

No se sentía bien. Lo raro era que todos los síntomas habían empezado con el ataque en el hotelucho.

¿Sería ésa una especie de fatiga postraumática semejante a la que sufrían los soldados después de la guerra? ¿Se habría contagiado de alguna extraña enfermedad en ese catre sucio en el que había logrado dormir unas horas?

No podía hacer un diagnóstico acertado. No era médico.

Él, que durante años se había conservado sano; que ninguna peste lo había rozado mientras vivía en la calle, ahí estaba, sufriendo una descompensación misteriosa.

Las fiebres africanas”.

Las malditas fiebres.

De ellas hablaban centenares de crónicas de exploradores durante el siglo XIX. Muchos sostenían que el continente negro se defendía de sus invasores a través de virus extraños.

 ¿Sería eso cierto?

¿Estaría él pagando las culpas de otros o era una simple gripe pasajera?

Mark se acurrucó en el sector más seco de la tubería. Cerró los ojos y decidió obligarse a dormir un rato. Colocó su brazo derecho debajo de la cabeza y estiró el cuerpo. Recostado como estaba, dirigió sus ojos cansados hacia el extremo que daba a la entrada del puerto. En ese instante, un barco pesquero, semidestartalado y antiguo, enfilaba su proa al dique VIII; a escasos trescientos metros de donde Stables se encontraba.

cd 

Escondido en el camarote del capitán, Indy esperó a que el Aru-Aru III terminara las maniobras de amarre. A cargo del delegado oficial del puerto, baqueano en el arte de meter barcos en los diques correspondientes, la nave se detuvo junto al muelle. Una vez que los ruidos de la embarcación se calmaron, el capitán entró distendido en sus aposentos.

—Buenas nuevas, Jones —dijo sonriente, dirigiéndose directamente al bar —. Acaban de traerme noticias de su amigo. Está vivo y, según me dicen, muy cerca de aquí.

—Veo que no pierde sus viejos hábitos —murmuró el arqueólogo.

—Parece que no. Dos de mis informantes dijeron haberlo visto hace menos de dos días deambulando por el puerto. No será difícil encontrarlo.

—¿Ningún otro dato?

—Nada importante, Jones. Si se está refiriendo a esa supuesta enfermedad, no hay noticias de ella. Su amigo parece ser un hombre sano.

—Voy a necesitar que me ayuden a ubicarlo.

—Cuente con ello, pero tendremos que esperar a que anochezca. No es seguro a la luz del día. Hay soldados armados por todos lados. Una vez que baje el sol, saldremos de exploración. Además, tenemos un montón de horas para seguir buscando. Despreocúpese, doctor. Antes de que termine la jornada estará con su compañero… ¿Quiere un trago?

cd 

El muelle debía tener unos cuatrocientos metros de largo y resguardaba a dos de los nueve diques que había en el puerto. Sólo seis grúas oxidadas se levantaban en el borde mismo de la costa, evidenciando el grado de subdesarrollo en el que había caído el país tras más de cien años de ocupación colonial. Las metrópolis europeas se habían llevado todo. La pauperización era su única herencia; además del sometimiento y la explotación que acarreaban violencia, tanto desde arriba como desde abajo. En ese universo africano de suciedad involuntaria, nada moderno y regido aún por la tracción a sangre, la inseguridad y el miedo seguían siendo el principal motor para una mano de obra barata y dispuesta a seguir soportando la pesada bota de un capitalismo que renegaba de los derechos humanos; de la misma forma que lo hacía el comunismo en otros aspectos. No existía el modelo político-económico ideal y por un instante Indy experimentó la fuerte bocanada de anarquismo que solía adquirir cuando analizaba el mundo en términos políticos.

No sabía qué día de la semana era. Había perdido la cuenta del tiempo; aunque supuso que era domingo, dada la inactividad que se observaba en todo el puerto. Aún siendo de madrugada, lo común era ver movimiento en lugares como ese. Pero no era así. El puerto estaba desierto, en silencio.

La rampa del Aru-Aru III , tendida desde hacía horas, era una pasarela por la que subían y bajaban constantemente los miembros de la tripulación, siendo el único barco anclado que demostraba no estar abandonado.

Indy, apoyado contra la barandilla de babor, observaba en silencio el muelle. Estaba listo para bajar y encarar la búsqueda de Mark. Le habían provisto de un revolver nuevo y se sentía seguro con el arma en la cintura. Sólo extrañaba su látigo, pero con suerte ya adquiriría otro más adelante.

El capitán se le acercó agitado, ascendiendo por la rampa.

—Doctor Jones, creo que vamos a tener que posponer el descenso un tiempito más.—Indy lo miró sorprendido y antes de que pudiera decir algo, el marino agregó—:Está pasando algo raro allá abajo. Acaba de entrar al puerto un auto con patente diplomática rusa. Está lleno de gente. Unos seis. Me lo acaban de informar desde la entrada. Pero no se haga problema. Podemos aguardar. ¿Qué le hace una mancha más al tigre? Si esperamos cinco, podemos esperar seis… ¿no lo cree? Cuando esos intrusos se vayan buscaremos a su compañero perdido.

Indy se apartó de golpe de la barandilla y frunció el sobrecejo.

—¿Un auto ruso? —inquirió y el capitán asintió con la cabeza—. ¡Quiero ver ese auto!

cd  

A sólo dos cuadras del Aru-Aru III, medio centenar de contenedores con productos importados prestos a ser ingresados al país, esperaban la inspección de la aduana. Eran el sitio ideal para refugiarse y desde donde poder observar y oír lo que los rusos conversaban. Descansado y ágil, Indy trepó  hasta la parte superior de uno de ellos y asomó levemente, protegido por las sombras, el ala de su sombrero fedora.

Ahí estaban todos. Eran cinco, no seis. Vestían trajes grises y sombreros al tono. Hablaban en ruso. Sólo uno de ellos tenía un acento extranjerizante.

—¡Duvois! —rumió Indy sorprendido al reconocer a su enemigo.

El capitán lo miró, echado a su lado sobre el techo del contenedor.

—¿Lo conoce? —susurró el africano. Indy movió la cabeza afirmativamente—. ¿Es quien lo golpeó en la villa? —Jones volvió a asentir. El negro permaneció en silencio unos segundos. Finalmente agregó: —¿Se da cuenta? Si la tormenta no nos hubiera retenido más tiempo en el mar no seríamos testigos de esta reunión.

Indy se llevó un dedo índice a los labios convocando al silencio. Recién entonces escuchó lo que los rusos hablaban

—¡No se pueden adelantar los planes, Vasiliev! —bramó Emil Duvois—. Ya le dije que puede resultar peligroso.—A pesar de su vehemencia el tono de la voz del francés era conciliador—. Primero tenemos que concretar el otro asunto. Una vez que hayamos resuelto eso podrá darle a los hombres de Moscú lo que usted desee. ¡No antes!... Aún somos pocos, camarada. Maneje su ansiedad. Tenemos que tener paciencia. ¿Me comprende? Pa-cien-cia… Ya verá que nadie podrá frenarnos en el futuro.

—No quisiera que todo se vaya por la borda por un mal cálculo de tiempo —replicó el agente ruso.

—Eso no ocurrirá. Despreocúpese. Deje todo por mi cuenta. ¿Acaso no me moví con idoneidad? ¿No hice bien en mandarlo a la Madre Patria para que testeara la situación? Recuerde que estuvo en contra de ello.

—¡Usted me dijo que era para desactivar las tensiones que se habían generado en Boston!

—¡Por supuesto! Eso también contó, Alexei. ¡Pero piense! Hemos matado dos pájaros de un tiro. Confíe en mi tovarich. —Giró el torso en dirección a los otros tres sujetos y preguntó: —¿Qué pasa con Ivannof? ¿Por qué tarda tanto?

—Ya debe estar por llegar —explicó Vasiliev y tomándolo del antebrazo lo apartó del trío. Bajó la voz y acercó su cara a la oreja del francés. —Duvoinov, dígame la verdad. ¿Para qué me volvió a llamar?

El galo retiró el rostro y esbozó una irónica sonrisa sin quitarle los ojos de encima.

—Vasiliev, amigo mío —dijo—, entienda algo: no se puede hacer una revolución sólo con generales. Se necesita de la tropa y usted es el que mejor contacto tiene con ella. Cuando todo esto termine va a disfrutar de un alto cargo político en el gobierno de la Nueva Unión Soviética. Un puesto de privilegio.

—Sólo espero no estar formando parte del bando equivocado…

—¡Acá no hay equivocaciones, camarada! ¡Nunca dude de ello! El bando vencedor será el que tenga el poder absoluto y sólo nosotros conocemos cómo conseguir ese poder.

—Espero que esté en lo correcto.

—¡Lo estoy! —profirió tomándolo por los hombros—. Pero tiene que calmarse y calmar a sus amigos en Moscú. Ya falta mucho menos. No bien tengamos a Stables partiremos de este país infecto cuanto antes.

Indy Jones no pudo evitar sorprenderse. Esos malditos estaban allí por el mismo motivo: encontrarlo a Mark.

—¡Joder! —expresó mordiéndose la parte superior de su dedo índice.

—¿Qué pasa? —preguntó el capitán sin entender nada—. ¿Qué es lo que están diciendo esos tipos?

Parece que tienen a mi amigo —susurró Indy.

—¡No puede ser que tengamos tanta mala suerte!

—¡Shhh!... Baje la voz

Pero ya era tarde. La invectiva del africano fue articulada demasiado fuerte.

—¿Qué sucede allá arriba? —lanzó Duvois sobresaltado, mirando la parte superior del contenedor.

—¡Nos vigilan! —gritó Vasiliev.

Los cinco soviéticos desenfundaron sus pistolas.

—¡Disparen a discreción! —ordenó Duvois frenético—. ¡Dispárenles! ¡Mierda! ¡Disparen a matar!

cd  

Apenas escuchó el primer disparo, Indy desenfundó el revólver y respondió al ataque gatillando sin prurito contra sus agresores. Instantáneamente, dos de los rusos fueron impactados por proyectiles en sus pechos y se desplomaron contra el piso. Los tres restantes acentuaron el ataque, buscando refugio.

Deslizado hacia el centro del techo del contenedor, Indy se dispuso a descender para perderse en las callejas sucias del puerto. Tenía que salir de ahí cuanto antes.  En eso estaba cuando advirtió que el capitán se mantenía tieso boca abajo en el mismo sitio desde donde habían espiado a los rusos. Cuidándose de no quedar en el campo de tiro de sus enemigos, se le acercó y sacudió una de las piernas. Intuyó lo peor.

—Vayámonos de aquí… ¿Capitán?... Dejemos este lugar… ¡Capitán!

Pero el negro no respondió. Esa había sido su última batalla contra la opresión y en pos de la libertad. Tenía una bala soviética incrustada en el sobrecejo izquierdo. Estaba muerto.

Indy apretó los dientes con muchísima rabia e impotencia. Era imposible volver el tiempo atrás. El hombre que lo había salvado en pleno océano yacía exánime a su lado. Entonces, la voz ronca de Duvois llamó su atención.

—¡Sé que es usted, Jones! —profirió el francés—. ¡Le ordeno que baje de ahí arriba si no quiere tener otro cadáver sobre su conciencia! ¡Tenemos a su amigo!

Indy levantó levemente la cabeza buscando el borde del contenedor para ver hacia abajo.

El francés no mentía.

Mark Stables, con sus pelos desgreñados y otra vez sucio, se mantenía de pie con el cañón de una pistola apoyada contra la sien. El sexto hombre, Ivannof,  había regresado.

—¡Baje ya!

Con el capitán muerto a sus pies y Stables a punto de ser fusilado, Indy se rindió. Fueron Vasiliev y el otro agente de la KGB los que lo ayudaron a descender.

—¡Indiana Jones! —exclamó Duvois muy sonriente cuando lo tuvo enfrente suyo—.  ¡Usted de nuevo por aquí! ¡Siempre metido en el medio! Hay que reconocer que es insistente. ¡Un hombre tenaz! Sabía que me lo iba a encontrar otra vez. Nunca me creí la historia de Wolf. ¡Pobre imbécil! Se dejó llevar por su discurso persuasivo. ¡Así le fue!... Pero no estamos acá para recordar a los muertos, sino para generar otros más frescos. ¡Alexei —ordenó—, llévese al harapiento a nuestro barco! Y usted, Ivannof, desaparezca de una vez por todas a este tipo y regrese a Marhma-Dool.—Le clavó los ojos al arqueólogo y con amanerado sarcasmo, antes de girar y marcharse, dijo:—Doctor Jones, adieu.

cd

Con Ivannof a menos de tres metros apuntándole al estómago, la pregunta que Indy se hacía ya no era cuándo y cómo iba a morir, sino qué se sentiría en el tránsito al Otro Mundo. Sin el látigo, sin armas y con su futuro victimario fuera su alcance, sabía que las posibilidades de dar el último suspiro estaban muy cerca.

—¿Supongo que no acepta sobornos, verdad? —ironizó tratando de retrasar lo más posible su ejecución.

Ivannof sonrió.

—Idiota —dijo y amartilló la pistola—. Dispóngase a dejar de molestarnos.

Involuntariamente, Indy cerró los ojos. Bastaba un leve movimiento de falange para que su nombre pasara a engrosar el largo listado de asesinatos no resueltos en África. La antesala inevitable al olvido.

El ruido fue seco y carente de explosión.

Un silenciador, seguramente. Un ruido sordo que nunca llegó a generarle dolor. Una onda expansiva que no sintió.

Eso no era el disparo de un arma de fuego.

Era otra cosa.

Abrió los párpados.

Ivannof yacía en el piso. Detrás de su cuerpo, el joven grumete que lo había atendido en el Aru-Aru III recuperaba el equilibrio.

—Esto es por el capitán —dijo aprisionando una durísima llave inglesa en su mano derecha manchada de sangre.

Sin perder tiempo, Indy se agachó, tomó el arma y dio dos disparos contra uno de los contenedores.

—Esto los mantendrá tranquilos —arguyó, mirando en dirección del muelle por el que se había marchado Duvois—. Una vez más te agradezco la ayuda —le dijo al chico, aún aturdido—. Vas a terminar convirtiéndote en mi ángel guardián.

El grumete respondió con seriedad moviendo afirmativamente la cabeza, sin quitarle los ojos al ruso de encima.

—No te preocupes —dijo le dijo Indy—. Aún no está muerto.

Ivannof profirió un gruñido y se movió tocándose la cabeza.

Sin demora, Indy lo agarró por el cabello y le apoyó el cañón de la pistola contra el pecho, impidiendo que se reincorporara. El agente de la KGB seguía grogui.

—¿Puede oírme? —espetó Jones mordiendo rabia. El ruso abrió los ojos con esfuerzo—. Voy a ser claro y directo, “tovarich”. Y quiero una respuesta clara y directa: ¿A dónde se llevaron al hombre que atraparon?

Ivannof esbozó un rictus de sarcasmo. Todo indicaba que confiaba en su entrenamiento para resistir apremios. No iba a decir nada.

Indy repitió la pregunta y le cruzó la cara con un golpe de culata.

Pequeñas gotitas de sangre salpicaron el empedrado.

—¡Ando con muy poca paciencia, “camarada”! —grito el arqueólogo.

—¡Cerdo capitalista! —masculló el soviético sonriendo con dientes manchados de rojo—. No sería capaz.

El ruido del primer disparo se amortiguó por la masa corporal del ruso y la bala se incrustó en el suelo, del otro lado de su clavícula. El grumete le tapó la boca para impedir que se oyera el alarido de temor y dolor.

—Esta es la primer bala. La próxima va más abajo. Le repito la pregunta: ¿Dónde se lo llevaron?... ¡Hable!

El ruso luchó contra el ardor húmedo de la herida y se mantuvo intransigente.

—¡Maldito sea! ¡Respóndame! —volvió a gritar Indy.

Fue entonces que el muchacho se agachó, le tomó al prisionero la mano izquierda y sin esperar le propinó un golpe violentísimo en el dedo meñique con su herramienta de hierro.

El matón aulló.

—¡Voy a seguir con todos los demás si no habla! —exclamó el chico imbuido por una furia vengativa.

Un mínimo cambio en la mirada del ruso le indicó a Indy que su voluntad a resistir estaba a punto de ceder.

y la maldición de las momias azules

Parte II

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EL MUNDO ES UN PAÑUELO

Por segunda vez en menos de diez días el Aru-Aru III le había servido de “hogar provisional”, guarida y centro de recuperación a Indiana Jones. Aún así, tras la muerte del capitán, el buque ya no era el mismo. Había perdido el espíritu risueño y desenfadado que antes podía respirarse en su cubierta y las sonrisas escaseaban. La tripulación no acababa de digerir la pérdida y el duelo parecía afectarlos a todos. Un silencio fuera de lo común campeaba en almuerzos y cenas. Ya nadie hacía chistes. El andar de los marineros era medido, poco expresivo. Más parecían autómatas que los vivaces compañeros de trabajo de días atrás. Se los veía sombríos; con los ojos inyectados de tristeza y rabia. Con miradas vacías, abstraídos en sus rencores; pero dispuestos a vengar el asesinato del jefe ayudando a quien él mismo había auxiliado no hacía muchas horas.

Indy Jones pasó los siguientes dos días al crimen sin interferir en las actividades del barco. Intentó pasar desapercibido y usó el tiempo para recapitular y atar los cabos sueltos, relacionando ideas y prefigurando en qué tipo de problema se había metido en esa oportunidad. A instancias del grumete, único testigo de los hechos acaecidos en el puerto, el nuevo encargado de la nave —un ex–revolucionario desilusionado— había dado la orden de zarpar, manteniendo al “hombre del sombrero” en el más oscuro de los anonimatos. Una especie de polizonte con derecho de admisión.

Nadie podía aceptar la muerte del capitán, por lo tanto, ayudar a Indy resultaba ser un acto más de resistencia.

Era irónico pero el gobierno por el que tanto habían luchado durante décadas se había convertido en una tiranía que devoraba a sus propios hijos; como Poseidón lo hacía con los suyos en un famoso cuadro de Goya. Hijos devenidos en mártires.

Abandonar las aguas territoriales y el espacio soberano de la nueva —y virtual— república africana, fue la prioridad más importante. No podían permanecer más tiempo en ese territorio dominado por el fraude y el asesinato. Debían buscar refugio en otro lugar, no sólo para salvar al “tipo con fedora de fieltro” sino para reorganizarse y —tal vez en el futuro— volver a controlar el poder para beneficio de todos, y no de unos pocos.

Debido a la escasez de combustible, pusieron proa en dirección al estado limítrofe más cercano, en cuyo puerto principal atracaron y desde donde —tras una calurosa despedida— Indy, con nombre falso, tomó el primer avión con destino a El Cairo, Egipto; y, desde allí, otro a Mindanao, en las islas Filipinas.

Una verdad se imponía: el mundo empezaba a ser cada vez más pequeño.

Un pañuelo.

cd

El recuerdo de Ivannof, herido en el hombro y con dos de sus dedos molidos a golpes, se mantenía fresco en su memoria. No era una linda evocación. No hablaba bien de él mismo, pero la desesperación tenía sus propios tiempos. El odio también.

Acomodó su cuerpo en la butaca del aeroplano. Tras quince horas de viaje y una media docena de escalas, Indy estaba realmente agotado. No sabía qué era lo que le esperaba en Filipinas, pero deseaba bajar cuanto antes de ese ataúd volador, estirar las piernas, respirar aire puro y caminar por terreno firme. Además, la comida era desesperadamente horrible.

Ya había pensado y repensado todo, una y otra vez. Por teléfono, desde El Cairo —antes de volar— se había comunicado con la gente del Marshall College —más específicamente con Norman Pike— solicitándole dos cosas: un nuevo giro bancario y una apreciación objetiva de lo que él creía se trataba la cuestión que le consumía los nervios. El primer reclamo resultó ser un incordio para el colega, aún comprometiendo su palabra en conseguir más dinero. El segundo, se tradujo en una risotada escéptica que dejó a Indy más solo que nunca. “¿Estas loco o drogado?”, fue el comentario que le llegó por el auricular desde Connecticut. Y no era para menos. La historia resultaba extraña, tenía que reconocerlo. No todos tenían la mente tan abierta como la suya; por más que esa apertura fuera el resultado de sorpresas y golpes recibidos a lo largo de toda su carera profesional. Como se decía en España: “estaba curado de espanto”. Conocía sobre los poderes ocultos de ciertos objetos antiguos. Él, que en el pasado había tenido que lidiar con las fuerzas incomprensibles del Arca de la Alianza[1], las piedras hindúes de Shankara, el Santo Grial e incluso el cetro ceremonial de Manco Cápac[2] o ciertas máscaras poderosas de la polinesia[3], reconocía que resultaba difícil de creer la historia de las momias azules de Atacama y su devastador poder.

Si nada quedaba fuera del tintero, el asunto se podía resumir en pocas palabras de la siguiente manera: en épocas inmemoriales, las momias que Brooks había descubierto en Chile, habían sido llevadas a las laderas andinas desde Marhma-Dool por un extraño jorobado, con el objeto de terminar con la mortífera plaga que azotaba aquella ciudad; y que fuera desencadenada por esos restos. Los dibujos —encontrados en el yacimiento arqueológico de África— explicaban, según la interpretación de Emil Duvois —y que a Indy no le pareció del todo descabellada— que el hombre de la giba era indemne a la enfermedad por el solo hecho de haber sido el primero en tocar esos huesos azules y fosforescentes de misterioso origen.

Por alguna extraña razón —que Indy no alcanzaba a comprender— Stables, al encontrar las momias, había reeditado el mismo milagro miles de años después en el continente americano, convirtiéndose en la clave de todo el problema. Por eso los soviéticos lo buscaban. Con el apoyo técnico y científico adecuado hasta podría conocerse la forma de conseguir una vacuna o de activar el virus que Mark involuntariamente portaba. El pasado les legaba el arma biológica más espantosa que se hubiera podido imaginar.

Pero, ¿dónde estaban las momias? ¿Qué habían hecho con ellas —tras la confiscación— los oscuros miembros de esa organización del gobierno americano? ¿Acaso se trataba de una conspiración de carácter mundial de la que sólo unos pocos estaban al tanto?

¡Joder!, exclamó Indy. ¡Pensar que todo se había iniciado con un tropezón en un pasillo universitario!

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LLUVIA DE PATADAS

DOVAO, 

CAPITAL DE LA ISLA DE MINDANAO.

Archipiélago de las Filipinas

La brisa del océano, proveniente del golfo von Moro, acariciaba con su frescura las callejuelas de la ciudad y, a pesar de los 32º C que registraban los termómetros, era agradable caminar por ellas a esa hora de la tarde. El sol estaba alto pero los escasos cinco metros que separaban un edificio de otro convertían a esa cortada en un canal de aire fresco; propicio incluso —pensó Indy— para que Mark Stables se instalara en él permanentemente, en el hipotético caso de que decidiera a vivir en ese rincón del océano Pacífico.

La edificación era vieja. Casas de tres y cuatro pisos, con paredes húmedas y grandes ventanales abiertos, dejaban ver el bailoteo de humildes cortinas zarandeándose al son del viento. También había flores y plantas muy verdes en los marcos. Una clara herencia de la antigua historia española de la isla.

De camino a la Universidad Nacional de Mindanao, Indy Jones había elegido ese callejón de cien metros de largo sin ningún motivo en particular. Tal vez había sido la música de jazz que se colaba desde una radio prendida lo que le indujo a meterse por él. El tema, que rápidamente identificó interpretado por Frank Sinatra, se mezclaba con otra melodía de ritmo claramente oriental, proveniente de otra emisora radial. Un cóctel musical que evidenciaba la presencia de muchas personas en las inmediaciones; aunque en la calle no hubiera nadie.

A mitad de camino, justo enfrente suyo y en donde el callejón terminaba, Indy observó como dos hombres vestidos con trajes oscuros y sombreros de fieltro color negro se parapetaban, amenazantes, con el claro propósito de cortarle el paso. Eran europeos, con toda seguridad. ¿Rusos?...

Volteó en dirección contraria. Mismo espectáculo: un par de sujetos corpulentos le obstruían el camino de huída.

Se detuvo y pensó.

¿Qué hacer? ¿Por dónde intentar una salida honrosa?

El doble par de individuos empezó a avanzar hacia él.

Sin meditarlo demasiado, tomó la única ruta posible: hacia arriba, por una escalera de incendios oxidada y vetusta, adosada a los laterales del edificio de la izquierda.

Dio grandes zancadas sin dejar de mirar hacia abajo y a la altura del segundo piso se zambulló por una ventana abierta al interior de una vivienda familiar.

Un matrimonio de ancianos filipinos merendaba en silencio. La irrupción del desconocido desencadenó el pandemonium. La vieja empezó a chillar como si fuera un chancho a punto de ser carneado. Indy levantó las manos tratando de calmarla, pero fue peor. Los gritos le taladraron los oídos. Era insoportable. Un ataque de histeria a pleno.

Sorteó la mesa y atravesó la habitación saliendo al pasillo que conectaba con los demás departamentos. Apresuró el paso en dirección al ascensor y cuando estaba apunto de abrir su puerta metálica un puño durísimo le cruzó la mandíbula tirándolo al piso. Medio segundo después, su nuevo agresor —de traje oscuro— lo levantó por la solapa de la cazadora de cuero y aprisionó contra la pared.

—¡Quédese quieto, doctor Jones! —ordenó gritando en perfecto inglés.

Tenía un acento sureño. Ese tipo era norteamericano. Pero Indy no tenía ningún interés en parlamentar con su compatriota. De un rodillazo en los testículos consiguió que la presión de los dedos se aflojaran; y con una certera trompada con la izquierda consiguió quitarse de encima al gigantón, que cayó al suelo con dureza.

No había terminado con él cuando otro sujeto diseñó una figura casi artística de arte marcial a tres metros de distancia. Inmediatamente, como si venciera a la gravedad, el sujeto dio un salto proyectando su pierna derecha directamente al pecho de Indy, contra el que chocó, despidiéndolo hacia atrás.

Trastabilló. Otra patada volvió a darle antes de caer. Indy sintió un fuerte dolor. A sus casi sesenta años no tenía ya la capacidad de resistencia de años atrás. Cuando terminó de caer al piso, en medio del desconcierto, vio una ventana abierta al final del pasillo.

El hombre volvió a propinarle otro zapatazo, esta vez en la cara, haciéndolo girar como un tronco por el suelo.

“¡Ya basta!, se dijo en medio de esa lluvia de patadas.

Tensó los músculos y alcanzó a frenar con el antebrazo una de las piernas. Lo que no pudo frenar fue el golpe de karate en el hombro que vino desde arriba.

“¡Mierda, eso sí que dolía!”. “¡Maldito cerdo!”.

Se reincorporó velozmente y mientras su agresor se disponía a seguir moliéndolo a golpes, dio tres pasos hacia la ventana. Fue cuando la suela del zapato del matón se estampó enterita contra la espalda del arqueólogo, impulsándolo con tal fuerza que Indy salió despedido por el marco como si fuera un muñeco de goma-pluma.

“¡Dios!”, alcanzó a cavilar mientras caía.

En un pestañar de ojos, cayó desparramado sobre un alto montículo de basura acumulada en la calle. ¡Gloriosos desperdicios! Le habían salvado el pellejo.

Dos pisos más arriba, una pistola fue disparada tres veces.

Indy se paró sin dificultad y renqueando corrió hacia la única calle por la que circulaban algunos autos.

Un taxi, por favor. Un taxi.

Y apareció.

—Rápido, sáqueme de este barrio. Lléveme a la Universidad de Ciencias Biológicas lo más rápido que pueda.

El chofer lo observó extrañado por el espejo retrovisor.

—¿Qué le sucedió? ¿Le gusta revolcarse en la basura?

Indy prefirió callar.

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TITUS

 

UNIVERSIDAD NACIONAL DE MINDANAO 

ACUARIO Dr. ERNEST von MORO

Facultad de Biología Marina.

Entrecano, de mandíbulas prominentes y una cara ancha que solía ser el blanco de las bromas que le hacían en relación a su apellido, Titus Carutti llevaba muy bien sus cincuenta y cinco años de edad siendo enano. Había superado los complejos de la adolescencia y ya no pensaba quitarse la vida, como lo había intentado al cumplir los veinte. Además, su deficiencia física estaba compensada por el carácter afable, bonachón que lo caracterizaba; y por el amplio conocimiento que tenía de las cosas y de su profesión: la biología. Su metro cuarenta y ocho de estatura, no era excusa para que se amedrentara en una discusión, e incluso en una pelea. Carutti sabía imponerse. Estaba perfectamente adaptado a un mundo de gigantes que siempre trataba de subestimarlo.

Parado en el borde de un inmenso estanque de más de cuarenta metros de largo, por otro tanto de ancho, Carutti parecía de lejos mucho más pequeño de lo que en verdad era; y aunque sus movimientos eran algo torpes, el enano sabía lo que hacía. Se trasladaba de una punta a otra del enorme reservorio de agua, mirando al interior, remedando una foca en su paso por la playa. Su cuerpo se zarandeaba de izquierda a derecha con cada paso que daba y, de a ratos, extraía una libretita que llevaba para apuntar las observaciones que consideraba pertinentes.

El estanque, hecho de material y pintado enteramente de color celeste por dentro, ocupaba más del setenta por ciento de la superficie del predio en el que estaba construido el acuario de la facultad. Era un pileta única en toda la isla y el hogar de “Moby”, una gigantesca orca recuperada del océano hacía cuatro años, tras su alejamiento de la manada principal. Había quedado varada en un banco de arena.

Moby era la obsesión materializada de Carutti. Su espécimen estrella y el objetote investigación al que le había dedicado sus últimos tres años. Pasaba todas las tardes con ella y, para entonces, había conseguido entablar con la mal llamada “ballena asesina” un código —un lenguaje gestual— que le permitía comunicarle ordenes sencillas. Para muchos de sus colegas más ortodoxos eran meros reflejos condicionados; para él, los primeros pasos hacia el entendimiento entre dos especies de mamíferos diferentes.

No tenía el apoyo completo del cuerpo académico de la universidad. La mayoría veía en el trabajo de Carutti una actividad más circense que científica; pero el liliputiense desoía las críticas que provenían del prejuicio y la envidia. Sabía que esa hermosa ballena se comunicaba de un modo desconocido hasta entonces y que, con el tiempo y los recursos suficientes, sería posible desentrañar el sistema de sonidos y gestos que le darían finalmente el poder de entablar un diálogo con ella. Como todo pionero se sentía solo. Por eso le extrañó mucho el grito de Jaco ,su asistente, desde la garita de ingreso al acuario.

—¡Doctor Carutti, lo buscan! ¡Preguntan por usted! ¿Lo hago pasar?

Titus desatendió por unos minutos a la orca que asomaba del agua su tremenda cabezota negra de eterna sonrisa y dirigió la mirada hacia el portón de alambre tejido que daba paso a la zona de trabajo.

Junto al asistente distinguió una silueta que le resultó extrañamente familiar. Sólo una persona se paraba de ese modo, tenía ese porte entre desalineado y rudo, y calzaba un sombrero fedora de fieltro de ese tipo.

—¿Indy? —exclamó sorprendido y dubitativo mientras entrecerraba los ojos, luchando con la claridad—. ¿Indiana Jones?... ¿Eres tú? —El arqueólogo avanzó hacia él sonriendo—. ¡Que me lleve el demonio! ¡Eres tú, viejo cretino!

Y sin más corrió para estrecharlo en un fuerte abrazo.

—¡Titus! ¡Qué alegría volver a verte, amigo mío! —replicó Jones, agazapándose para recibir al enano.

En ese preciso instante, “Moby” dio un salto soberbio sacando todo su cuerpo fuera del agua, para luego volver a sumergirse; salpicando en todas direcciones.

cd

La casa que Titus habitaba a pocos metros del acuario era el más perfecto ejemplo de tolerancia a minusválidos que se hubiera construido en esa parte del mundo. Amplia, cómoda y adaptaba a la escasa altura del propietario, parecía un modelo de exhibición de vivienda en miniatura; con mesadas, heladera, cocina y biblioteca preparadas especialmente para el normal desarrollo de la vida diaria de una persona con menos de un metro cincuenta de estatura. Pero Indy no se sorprendió. Hacía casi veinte años había visto algo semejante en el sur de Italia, al ser convocado por Carutti para un pedido muy especial: una muestra de caracoles marinos sumamente raros que formaban abigarradas comunidades entre los restos de un antiguo tirreme romano, hundido hacia el 56 a.C. y en el que Indy realizaba sus primeras experiencias de arqueología submarina. Desde entonces, la amistad entre ellos  había crecido con el paso de los años; y a pesar de no verse muy seguido, la relación epistolar era bastante fluida. Nunca dejaban de saludarse para navidad o fin de año, y todos los 1 de julio Indy recibía una calurosa felicitación de cumpleaños desde el rincón del planeta en el que Titus se encontrara. Carutti siempre decía estar en deuda con Jones. De hecho su doctorado se debía a aquellos caracoles que Indy le había entregado.

—Escuché mucho sobre ti en todo este tiempo —dijo el enano, mientras Jones se calzaba una bata de toalla color rosa pálido, estampada con pequeñas florcitas rojas.

—Veo que has cambiado tus gustos, Titus —bromeó señalando la prenda que acababa de colocarse.

El biólogo rió.

—No es mía, Indy. La olvidó una simpática colega, hace una semana —respondió con picardía.

—¡Viejo y pequeño pillo! No puedes con tus mañas…

—Se acentúan con la edad, compañero —replicó sin dejar de sonreír—. Pero descuida, no lo tendrás que usar mucho tiempo. En un par de horas Jaco traerá tu ropa de la lavandería.—Caminó hacia el refrigerador, lo abrió y preguntó—:¿Qué quieres de comer?

—Lo que tengas. Cualquier cosa.

—¿Te parece bien un soufflé de parmesano con alcaparras y vino fino del Rin?

—¡Guau! ¡Qué bien pago estás en esta universidad!

—No es la universidad. Son los privilegios de la aristocracia, amigo mío —dijo soltando otra estruendosa carcajada.

Y era cierto. El padre de Titus había sido un conde muy poderoso, rico y reconocido del norte de Italia, a fines del siglo XIX. La fortuna familiar era cuantiosa y aunque Carutti no la alimentara con nuevas inversiones exitosas, tenía dinero suficiente como para vivir dos vidas más sin tener que trabajar. Lo que hacía lo hacía por amor a su profesión. No por necesidad.

—Ahora —dijo en tanto sacaba los ingredientes—, mientras preparo todo, quiero que me cuentes qué demonios te trae a este alejado punto del Pacífico.

Indy se sentó en un sillón y respondió:

—Momias.

Sabía que, aunque no era lo que buscaba, esa mera palabra de dos sílabas convocaría de inmediato la más absoluta atención del enano.

—¿Momias? ¿Aquí?... ¿En Filipinas?

Para cuando salieron al parque a comer, Indy ya le había relatado los lineamientos generales de toda la historia. Carutti meditaba con cada bocado que le daba al soufflé. Todas esas idas y venidas no lo sorprendían. Conocía a Jones. Sabía de su gusto natural por la aventura y de esa extraña capacidad que tenía para meterse en problemas involuntariamente. Pero la encrucijada en la que estaba en ese momento no sólo era emocionante, sino tremendamente peligrosa.

—¿Entonces saben que estás aquí? —preguntó.

—Debieron intervenir los teléfonos del Marshall College. Por eso se enteraron de mi llegada a Mindanao. Casi te podría decir que me estaban esperando.

—Pero no crees que sean del FBI, ¿verdad?

—En absoluto. Si los que me atacaron hace un rato fueran agentes del Bureau me hubieran detenido en el aeropuerto legalmente.

—¡En menudo lío te has metido, compañero! Todos están detrás de tu pellejo.

—De todos modos tengo que tratar de encontrar a Stables. Él es la clave de todo. Además, me siento, en parte, responsable por su suerte.

—Por lo que acabas de contarme, lo que acá se dirime es la suerte de muchos, no sólo la de tu amigo. Si efectivamente es el portador de un virus tan letal, todos corremos riesgo, Indiana.

Jones asintió con la cabeza. Se quedó en silencio unos segundos y preguntó:

—¿Qué explicación puedes darme, como biólogo, de esas momias azules y fosforescentes de las que hablan?

Carutti se rascó su enorme pera.

—En el mundo natural la bioluminiscencia es un fenómeno común en determinadas circunstancias —explicó—. Sabemos que en los abismos marinos existen peces que producen luz propia. Tal vez, y en esto sólo especulo, estemos ante un fenómeno parecido.

—¿En restos humanos?

—¿Puedes afirmar que sean realmente humanos?

—¿Qué me sugieres?

—No sugiero nada. Sólo pregunto si tienes la certeza de que hayan pertenecido a seres humanos.

—No tengo certeza de nada, Titus. Las únicas conclusiones a las que llegué se basan en los murales que observé en Marhma-Dool y las hipótesis de Duvois.

—Es algo extraño…

—Muy extraño. Pero movilizó a mucha gente. Si el virus realmente existe, y se puede manipular de alguna forma, esos tipos controlarían un arma biológica de increíble poder. Mucho más destructiva que la bomba atómica tirada sobre en Japón.

—Eso es cierto, pero hay un detalle.

—¿Cuál?

—Que no son los gobiernos oficiales los que están detrás de esa búsqueda, sino organizaciones paralelas.

—Es lo también creo.

—En ese caso, ¿qué es lo que pretenden? Si conociéramos sus motivos podríamos denunciarlos sin pasar por locos.

—En mi opinión —repuso Jones—, lo que acá está en juego son bolsones de poder. Recuerda lo que te comenté respecto de lo que Duvois llamó la “Nueva Unión Soviética”.

—Si es así, todo sugiere que pretenden un golpe de estado para tener las riendas del imperio soviético. Pero hay algo que no cuadra —meditó—.¿Por qué comunistas convencidos como Duvois estarían preparando el derrocamiento del régimen por el que tanto lucharon?

—Justamente, Titus, por su convencimiento extremo. —Indy estiró el brazo y tomó el periódico que descansaba sobre la mesa. Lo abrió a la mitad y señaló un artículo—. Mira. Lee esto. Es de hace unos días. Lo bajé del avión.

 Moscú (France Press Internacional).- Las repercusiones del discurso dado por el premier soviético, Nikita Krushev, hace unos meses en el Congreso General del Partido Comunista Ruso,  en el que criticó duramente al régimen de Josef Stalin, ha generado una oleada de esperanza en el mundo socialista, dada la aparente apertura que el nuevo gobierno estaría dispuesto a dar. La calificación de Stalin como “tirano genocida”, por su sucesor en el poder desde hace tres años, también ha despertado suspicacias dentro del ala más conservadora del gobierno revolucionario. Según se dice, un número importante de viejos jerarcas soviéticos estarían conspirando en contra de Krushev por considerarlo un líder débil y pusilánime. Por lo que se advierte, esta primera autocrítica al régimen stanilista —considerado el principal gestor de la revolución— no ha sido bien recibida por los sectores más ortodoxos. Además, el acercamiento que el gobierno de Moscú ha gestionado con los EE.UU., hablando oficialmente de una “convivencia pacífica” entre las dos potencias, ha generado mucho resquemor entre oficiales de alta graduación […]”.

—¿Comprendes ahora lo que pasa? —inquirió Jones—. Quieren derrocar a Krushev e instalar un gobierno de mano dura al estilo anterior.

—¿Y qué es lo que buscan tus compatriotas?

—Seguramente lo mismo.

—No te entiendo, Indy. ¿Supones que están confabulados? ¿Qué trabajan juntos?

—No lo había pensado antes de ese modo. En Estados Unidos también cayó muy mal el tema de la convivencia pacífica en sectores profundamente anticomunistas. Fanáticos y locos hay en todos lados, Titus.

—¡Y que lo digas, amigo! Fue por el fanatismo que tuve que abandonar Italia en 1936, cuando Mussolini concentró el poder absoluto.

—Y nadie quiere que eso vuelva a volver a pasar, ¿verdad?

—Al menos a ninguno de nosotros dos —respondió el enano.

—La política es sucia, Titus.

—Y la propaganda que se deriva de ella también, amigo.

—¿Dónde podremos encontrar racionalismo y tolerancia? ¿En el fondo del mar, quizás? Tú trabajas en eso, ¿no? —ironizó Jones.

Carutti se quedó petrificado.

—¿Qué has dicho? —inquirió sobresaltado.

—¿Sobre qué?

—Sobre el fondo del mar…

—Nada. Simplemente una retorcida pregunta retórica.

—¡No, no es una simple pregunta!

—¿Qué quieres decir?

—¡Ahora sí tienen sentido algunas cosas! —exclamó Carutti ensimismado en sus propias deducciones.

—¿A qué te refieres? No te entiendo.

—¡Por supuesto! —volvió a expresar en voz alta, golpeándose la frente.

—¡Titus! ¿Te has vuelto loco?

—¡No compañero! Nada de eso. No estoy demente. Es que creo haber encontrado una pista que podemos seguir.

—Dímela. Te oigo.

—Desde hace unos años, Jaco, mi asistente, el muchacho que te recibió en el acuario cuando llegaste, lleva a cabo una investigación sobre la vida submarina en ambientes artificiales. ¿Recuerdas al chico, no?

—Por supuesto.

—Pues está haciendo un relevamiento de peces en el Lago Maykirk.

—¿Y?...

—Y me comentó, días pasados, que había visto movimientos extraños en el lugar.

—¿Movimientos de qué tipo?

—Gente extraña, Indy. Nadie en Mindanao recorre, y menos aún se interna, en el Lago Maykirk por cuestiones supersticiosas.

—Explícate mejor.

—El Maykirk es un lago artificial. Fue creado en 1947 por un consorcio norteamericano. Lleva el nombre del ingeniero que construyó el dique y permitió se creara el embalse. El lago ocupa el lugar en donde antes había un pueblo.

—¿Me quieres decir que hay una ciudad sumergida ahí abajo?

—Sí. Tuvieron que evacuar a toda la gente. Eso generó muchas críticas, según tengo entendido. A nadie le gustó tener que dejar sus hogares por una indemnización que estuvo muy por debajo de los precios reales. El lago es inmenso, Indy. Tiene varios kilómetros de superficie, pero el sector en donde estaba el pueblo es una región aislada y muy poco visitada por la gente. Algunos la consideran de mal augurio; no así Jaco, que ha realizado varias inmersiones en la zona.

—¿Puedes llamar al muchacho?

—Por supuesto —respondió excitado y corrió al interior de la casa.

Cuando Jaco Pul-Ultrun se sentó frente a Indy se sintió algo nervioso; pero al cabo de unos pocos minutos alcanzó a relajarse explayarse con animosidad.

—Hace poco más de una semana, mientras acampaba solo a orillas del lago y catalogaba una serie de especimenes lacustres —dijo—, me topé con un grupo de hombres muy sospechosos, doctor Jones. No pudieron verme, ni yo me hice notar. Estaban interesados en algo, pero no supe bien qué. Señalaban el lago, que cotejaban constantemente con un plano. Eso sí pude distinguirlo bien.

—¿Cuántos eran? —preguntó Indy.

—No más de seis, señor.

—¿Notaste algo raro en alguno de ellos?

—¿Raro?

—Sí. Algo que te llamara la atención o desencajara.

—Ahora que lo menciona, creo que sí. Había un hombre que parecía ajeno al resto.

—¿Cómo era?

—De mediana estatura, blanco y con una larga cabellera cana. Parecía estar muy desalineadamente vestido.

—¡Stables! ¡Es Mark Stables, Titus! —exclamó Indy—. No hay duda de ello.

—¿Qué interés puede tener Duvois en el lago? —preguntó Carutti.

—Es lo que vamos a averiguar, amigo mío.—Giró y miró al muchacho— Jaco —dijo—, necesito que me guíes a ese sitio. ¿Puedes hacerlo?

—No hay problema, doctor Jones. ¿Cuándo quiere ir?

—Esta misma noche.

—Ven por nosotros a las ocho, después de cenar—intervino Carutti—. Iré con ustedes.

Jaco hizo una leve reverencia y se marchó al trote.

Titus fijó su mirada en la de su amigo.

—¿Necesitas algo más?

—Un último favor, “Excelencia”.

—Tú dirás…

—Quiero que me consigas un revólver Webley Mark VI  y un látigo de cuero.

Titus lanzó otra carcajada.

—¿Un látigo?... ¡Debí imaginármelo!

18

 

LA HORA DEL BÚHO

 

LAGO MAYKIRK

Costa Norte

02:40 AM