Energía
Fernando Jorge Soto Roland y Carlos M. Ortiz

Los turistas desembarcaron en la isla Huemul a las diez de la mañana. Pronto el contingente se internó en el lugar acompañados de los guías que la agencia de viajes había contratado.

En medio de la majestuosidad natural de los bosques patagónicos, se erguía, no menos imponente, los restos de una maciza construcción edilicia, sobre la escarpada ladera de una colina.

Uno de los jubilados preguntó entonces a la chica que los conducía:

—Señorita, esa construcción que vemos allí, ¿es el laboratorio del doctor Richter?

La muchacha acababa e ingerir un trago de Coca-Cola y miró al anciano con dulzura. Luego contestó:

—¡Muy bien, abuelo! —felicitó al señor con un simpático tono de voz—. ¡Atención todos, por favor! Si me permiten, les quiero comentar que esos edificios abandonados que están en aquella dirección, son efectivamente los laboratorios del doctor Richter, un científico alemán al servicio de Perón, que dirigió el denominado Proyecto Atómico Huemul entre los años 1949 y 1952.

Una mujer canosa y encorvada por la artritis acotó entonces:

—¡Qué barbaridad! —exclamaba con indignación—. ¿Perón quería hacer una bomba? ¡Qué delirante!

Algunas mujeres más asentían con gestos afirmativos y estrafalarios y pronto se entabló un murmullo donde se criticaba con fervor la política peronista.

La muchacha trató de calmar los ánimos entre los gerontes, pues algunos partidarios del "general" empezaban a sentirse incómodos. El joven asesor que acompañaba al grupo indicó con voz de marketing y sonrisa de televisión:

—Señoras y señores, por favor, observen las dimensiones de las instalaciones y podrán deducir que la actividad en este lugar fue, sin lugar a dudas, muy intensa por aquellos años. La construcción de los flamantes edificios estuvo a cargo Segunda Compañía de Ingenieros del Ejército en un primer momento, y completaron la obra posteriormente la empresa italiana SACES y finalmente, la alemana GEOPE.

—¡Qué gasto absurdo de dinero! ¿No les parece, chicas? —criticó una jubilada de Mar del Plata, antiperonista acérrima.

Caminaron un trecho más hasta alcanzar una hermosa residencia. La guía aclaró:

—Como pueden consultar en el folleto que les distribuimos con el desayuno, esta casa que tenemos enfrente fue el chalet del Dr. Richter. Era utilizado para recibir visitas o reunirse con sus colaboradores inmediatos. Si bien estaba totalmente equipada, pocas veces fue utilizada de noche. Es un excelente edificio, de muy buena construcción que la naturaleza no ha podido doblegar todavía.

—¡Una bomba atómica de industria nacional! —decía otro hombre ajeno a las explicaciones de los empleados turísticos.

—En realidad —decía el muchacho— no se sabe a ciencia cierta cuál era el destino previsto por Richter para estos dos laboratorios de iguales dimensiones. Si me acompañan hasta aquel punto del complejo, podremos ver que uno de ellos estaba techado al suspenderse el proyecto.

—¡Cómo se ha recuperado la naturaleza en tan sólo cuarenta años! —manifestó aspirando el aire la jubilada uruguaya que había llegado a la isla con puras intenciones ecológicas.

—Es cierto lo que usted dice, señora. Es algo curioso y aleccionador cómo han crecido las especies autóctonas en todo el lugar —concluía la guía.

—El laboratorio III —continuó el muchacho— fue junto con el laboratorio de Richter los únicos totalmente terminados y en funcionamiento. Entre los pocos colaboradores científicos del Dr. Richter se destacó el doctor Wolfgang Ehrenberg, doctor en física, química y filosofía. Fue quien inició la producción de agua pesada para proveer el deuterio al investigador atómico, que también contó como su principal asistente al doctor Heinz Jaffke.

—Apuesto a que ganaban una fortuna esos nazis —decía por lo bajo un docente jubilado—. ¡Y costa del pueblo! ¡Qué los parió!

El guía no podía interesar a su auditorio con el experimento nuclear. Sin embargo, insistía como un alumno que desea terminar su lección:

—En estos laboratorios estaban instalados instrumental y equipos especiales con los que el científico intentaba reproducir condiciones imperantes en las estrellas, y controlar así sus reacciones termonucleares.

—No entiendo nada de lo que dice este pibe —se quejó la mayor del grupo mientras sacaba un pañuelo para sonarse la nariz.

—El primer reactor utilizado en los experimentos —aportó la joven en un calculado cambio de roles— era un cilindro de 3 metros de altura y 2 de diámetro con paredes de cemento y un espectrógrafo con una placa fotográfica sobre la que se registraba el espectro de los átomos. Se supone que un inconveniente mecánico en el instrumento produjo un efecto determinado en la placa e indujo a la lectura considerada "exitosa" por Richter. Pese a ello, antes de la caída de Perón, el proyecto se suspendió. Los equipos e instrumental fueron trasladados a otras dependencias de la Comisión Nacional de Energía Atómica.

El muchacho estaba atento a las palabras de su compañera y esperaba su turno. Vio que los ancianos se estaban dispersando y dijo:

—Muchos años después, el edificio sirvió como objetivo de prácticas militares. Las experiencias de Richter requerían una gran potencia eléctrica. La usina aquí instalada podría haber provisto a una pequeña ciudad. La energía producida alimentaba una reactancia de 47 toneladas, 10000 voltios y un millón de vatios, además de un gran electroimán que había reemplazado al primer reactor. La atenuación del ruido que producían los motores a gasoil que movían los generadores, se efectuaba a través de un conducto subterráneo y una cámara difusora de gases que se liberaban por tubos de escape alejados del edificio. A pesar de ello, la energía parecía insuficiente para continuar las investigaciones.

Tal vez el único que había seguido con interés el discurso preguntó:

—Entonces, el problema era la potencia energética.

—Así parece, abuelo —dijo el guía y terminó su exposición preocupado en que ninguno de los visitantes se lastimara por allí.

El capitán Bermúdez abrochó su gabán a la altura del cuello, inclinó su cuerpo y abrió la ventanilla del vagón. Las primeras luces de la ciudad empezaban a vislumbrarse en aquella fría e invernal madrugada de julio de 1950.

El tren disminuyó la marcha a la altura de la avenida Arturo Alió y unos cuantas cuadras más adelante, el oficial contempló el oscuro cartel de letras blancas que decía "ESTACIÓN MAR DEL PLATA".

La locomotora ingresó a la estación con aminorada marcha y ruidosas quejas de su motor. Había salido de Plaza Constitución tirando tres vagones con destino final en la ciudad de Bariloche, pero un inconveniente mecánico la había obligado a hacer escala en la ciudad balnearia.

Bermúdez estaba algo sorprendido. Conocía la estación local de sobra, pues había arribado a ella en varias ocasiones. Sin embargo, estaba particularmente distinta, en un estado totalmente extraño.

A medida que el tren transitaba los metros finales del andén, Bermúdez comprobó que los techos y sus pilares estaban recubiertos de un material que parecía ser "goma". La explanada estaba forrada de una capa negra que no era pintura, sino una inmensa alfombra de caucho que se extendía a todo lo largo. Más allá de las vías, en el andén opuesto, se observaban los mismos detalles, e infinidad de cubiertas viejas y gastadas de tractores y camiones formaban absurdas murallas.

Todo el escenario semejaba ser un circuito de carreras, más que una estación ferroviaria. El capitán pensó en posibles reparaciones y no consideró más el asunto.

El tren se detuvo y algunos silbatos se recortaron en el aire gélido de la noche. Movimientos de hombres se percibían en los fondos de la estación.

El capitán se reclinó sobre su asiento y pidió a su asistente que preparara los papeles para presentar a la comandancia local mientras él descendía y saludaba a sus superiores.

Nadie le había informado sobre los inconvenientes de la locomotora. Había recibido un cable a mitad de camino que lo instruía en los pasos a seguir y le fijaba el rumbo hacia Mar del Plata.

Desconocía por completo las características de la carga que transportaba rumbo a la ciudad sureña. Los documentos hablaban de material atómico para el laboratorio de doctor Richter. Su responsabilidad consistía en custodiar ese material hasta ser entregado y nada más. Una simple tarea de rutina en un cómodo viaje hacia el sur.

Los tres vagones del tren estaban sellados y precintados. Sólo podían ser abiertos clandestinamente con fuertes explosivos, dado que estaban construidos como inmensas cajas fuertes.

Descendió y la sorpresa no pudo ocultarse en su semblante.

El personal maquinista y los demás soldados pasajeros eran evacuados con celeridad.

Cuatro hombres vestidos con traje de buzo se aproximaron para darle la bienvenida.

—Buenas noches, oficial. ¡Bienvenido a Mar del Plata!— dijo uno de ellos y llevó la palma extendida hasta rozar su cien.

—¡Capitán Bermúdez, reportándose, señor! —el joven hizo lo mismo.

—Excelente trabajo, capitán —dijo el coronel Domingorena mientras retiraba de su cabeza la capucha de caucho y las anteojeras para mostrarle el rostro a su interlocutor.

El buzo ordenó entonces a los demás que lo acompañaban:

—¡Sargento, inicie el despliegue!

Éste accionó el silbato y salió con paso ligero hasta perderse detrás de una oficina. En contados segundos afloraron desde una abertura en la oscuridad decenas de soldados uniformados con los trajes de goma, portando grandes tubos en sus espaldas y gruesas pistolas similares a lanzallamas. Otra columna numerosa de efectivos descendía por el túnel que comunica un andén con otro y se apostaba enfrente.

El ruido de dos blindados forrados con densas planchas de laca y corcho se escuchó en el extremo final del tren. Habían ingresando al instante y cubrían la retaguardia apuntando sus cañones a cero.

Más y más efectivos cubrían otros sectores de la estación con los extraños lanzallamas que poseían caños largos y desproporcionados.

El secretario entregó el maletín al capitán y ambos pasaron al interior de un despacho acompañados por Domingorena.

Dos grúas accionaban sus plumas hasta hacerlas descender sobre los techos de los vagones.

Varios camiones con cisternas mantenían encendidas unas calderas en sus partes traseras, como si estuvieran calentando el contenido de sus depósitos.

—Debe parecerle muy extraño la actual situación de la estación —comentó Domingorena mientras su traje rozaba la superficie de la silla y generaba el chasquido propio del látex.

No le dio tiempo a que Bermúdez demostrara su interés por saber qué ocurría.

—A mí me pasó lo mismo la primera vez —explicó el coronel—. No hay que temer, pero es necesario tomar las medidas necesarias cuando uno trabaja con corriente eléctrica de alto voltaje.

 

El desperfecto mecánico era una mentira. El tren había sido desviado para descargar dos baterías defectuosas y ser remitidas a Buenos aires a la brevedad. En realidad sólo una de ellas sería reparada, pues la otra...

 

El camión ingresó reculando hasta el borde del andén. Gruesas capas de corcho y punteras de caucho como refuerzo disfrazaban al vehículo.

Los soldados montaron sobre sus hombros los lanzallamas y se encaramaron a los vagones mientras indicaban a los conductores de las grúas que acercaran los guinches.

Abrieron una receptáculo metálico sobre el techo del carro y accionaron una botonera con claves numéricas. El techo crujió agudamente y empezó a descorrerse automáticamente.

El interior del vagón fue bañado por la luna y mostró varios cofres de acrílico opaco, cuadrangulares, de color gris con números y letras estampadas en los costados.

Los buzos se sumergieron en el interior y engancharon las cadenas a dos de ellos. La grúa los izaría cuando estuvieran bien sujetos.

A una orden de los operarios, las cajas fueron elevadas y extraídas del tren. Una de ellas fue depositada de forma pausada y conveniente en la parte trasera del camión.

Ya Bermúdez vestía las ropas adecuadas y escuchaba atento a su superior.

—Lo que le voy a mostrar no lo dejará dormir esta noche —aclaró el coronel—. No tengo autorización para hacerlo, pero no voy despedirme de usted con intrigas. Entre oficiales no corresponde. Venga, acompáñeme.

El capitán entendía cada vez menos. ¿Electricidad?, ¿Cubos de dimensiones considerables y de acrílico? ¿Caucho hasta en las terminaciones de las vías?

El olor a goma lo impregnaba todo esa noche.

Domingorena trepó a la parte trasera del camión y desgranó con sus botas el borde recubierto de corcho. Le tendió una mano a Bermúdez; y de un salto, los dos hombres se encontraron frente al cuadrado opaco y misterioso.

Domingorena extrajo una pinza de su cinturón de hombre rana y la insertó en un orificio que apenas se notaba entre las inscripciones identificatorias del cubo.

La hizo girar hacia la derecha.

Una pequeña placa se descorrió y dejó a la vista de los militares una diminuta mirilla transparente.

Del interior del cubo salía un destello azulado muy intenso. Parecía que un sol estuviera encerrado en ese cubil.

Domingorena facilitó unos anteojos al capitán y lo invitó a que presenciara el interior.

El joven oficial se agachó y puso su ojo en el rabillo.

El terror le doblegó sus piernas.

El pavor hizo que su boca se abriera hasta babear.

Una figura humana estaba sentada en una silla aprisionada por gruesos grilletes en los pies y las muñecas. Un cinto metálico a modo de bincha recubría su lacerado, calvo y renegrido cráneo.

La criatura no poseía abdomen y sus costillas se dilataban y contraían en un acelerado movimiento oscilante que producía anillos fulgurosos de energía ascendiendo hasta el cuello desparramándose por el espacio en miles de descargas similares a potentes rayos. Decenas de alambres se incrustaban en el cuerpo y tironeaban la putrefacta y gelatinosa carne. Los ojos blancos miraban sin mirar y se insuflaban por dentro como pequeños globos.

Esa monstruosidad abominable temblaba a una vertiginosa velocidad, tanto que al ojo humano le costaba trabajo fijar la vista.

Desgarraba sus labios tensos en clara actitud de dolor y aflicción.

Nada se escuchaba; el aislamiento acústico era total.

Domingorena creyó conveniente cerrar la mirilla.

Bermúdez estaba pasmado y no articulaba palabra.

Descendieron del camión. El capitán no entendía nada. El coronel ilustró con claridad en su voz:

—No tema por eso que ha visto allí dentro. No son personas. Algunos sostienen que alguna vez lo fueron. Yo prefiero pensar que no. Eso me tranquiliza.

—Señor, ¿qué son entonces? —preguntó Bermúdez algo repuesto del colapso.

—Zombis. Simplemente zombies, extraídos de cementerios y preparados para desempeñarse como baterías de alta tensión —dijo y se quedó pensativo. Luego agregó:

—Es increíble el poder energético que pueden llegar a desarrollar. Y a un costo relativamente bajo.

Una impericia del operario de la grúa hizo precipitar la segunda caja contra el suelo.

El cubo se cuarteó misteriosamente. La tropa accionó los lanzallamas y esperó órdenes.

El cubo terminó de abrirse en una milésima de segundo.

El zombi se había liberado de los grilletes y emergió sobre la explanada de la estación envuelto en una nube de electricidad. La descarga fue inocua para el personal que estaba a salvo con su indumentaria.

La velocidad en el vacío del cubo se había trocado en torpes movimientos ahora que estaba en la atmósfera. La criatura energética pugnaba por reponerse de ese efecto.

Los soldados descargaron de sus pistolas densos chorros de blanca, chirla y reluciente cola líquida. El torrente resinoso fluyó de las armas y bañó al zombie, que quedó sepultado bajo una cáscara pastosa y pegajosa.

Estaba aislado y los hombres de Domingorena procedían a limpiar el lugar.

El coronel protestó a los gritos:

—¡Tengan cuidado con los efectos del adhesivo vinílico! ¡Sargento, controle a sus hombres!

Miró a Bermúdez y acotó con cierta reserva, para no ser escuchado por los demás:

—Si el General sigue insistiendo en que los cubos se fabriquen en Paraguay, se va comer una gruesa puteada del Dr. Richter en cualquier momento.

Fernando Jorge Soto Roland y Carlos M. Ortiz 
Historias apócrifas de Mar del Plata

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