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El Edén Hotel

La Falda, Provincia de Córdoba

  por Fernando Jorge Soto Roland*  

INTRODUCCIÓN

De todos los antiguos hoteles de la “Belle Epoque”, el Eden Hotel es, sin lugar a dudas, el más emblemático.

Lujoso e imponente, su estampa de reducto aristocrático aún conserva, después de 111 años, el mismo señorío que lo viera nacer en 1898, para combatir la tuberculosis y el aburrimiento de las clases privilegiadas de una Argentina conservadora.

Por él pasaron los miembros de la más rancia aristocracia nacional. En él se tejieron romances, negocios y, seguramente, negociados y conspiraciones. Sus salones y parques arbolados vieron transitar a reconocidas personalidades de la política, de la literatura, del cine y de la ciencia. Parte de la baja nobleza europea también se dio cita en ese rincón de las sierras cordobesas y no faltaron, ciertamente, personajes siniestros, como el criminal de guerra Adolf Eichmann o —tal como señala la leyenda local— el mismísimo Führer de Alemania, Adolf Hitler.

El Eden Hotel tiene eso: la capacidad de combinar la realidad con la fantasía creando tal amalgama que, llegado el momento, resulta difícil distinguir lo que pertenece al campo de la historia de aquello que es producto de la imaginación individual o colectiva. Como testigo y protagonista de todo el siglo XX, resume —como pocos emprendimientos de su tipo— todas las contradicciones de la centuria pasada. Sin duda, sintetiza las grandezas y miserias de esas generaciones que nos antecedieron hace relativamente poco tiempo. Su devenir nos señala las esperanzas de un mundo optimista y, al mismo tiempo, el egoísmo encubierto que alimentó a las tradiciones intelectuales y filosóficas de la época; que, a la postre, tiraron por tierra todos los proyectos que tendían —inocentemente— a convertir este mundo en un lugar más humanitario y comprensivo.

En el Eden Hotel se entrecruzaron el liberalismo más extremo con el conservadurismo y la reacción más descarnada, revelando así conductas, valores, idiosincrasia y una buena parte de los miedos y sueños del imaginario social de entonces. Sus diversas voces todavía alimentan historias no oficiales, revelando insatisfacciones y denunciando las convenciones sociales de una época clasista que impedía, por ejemplo, que una princesa rusa se enamorara del cocinero del hotel.[1]

Oligárquico, elitista, europeizado y burgués. Éstos y otros calificativos concuerdan a la perfección con ese islote de seguridad y confort que el Eden Hotel fue desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX. Y por más que el tiempo haya pasado y su decadencia sea aún difícil de maquillar —a pesar de las mejoras que un grupo de empresarios faldenses encararon— el gran hotel no ha perdido su esencia. Todavía conserva —como dijimos antes— su majestuosa  y distinguida estampa y el orgullo de haber sido el escenario de miles de historias que, para bien o para mal, son partes constitutivas de nuestra propia historia colectiva.

GÉNESIS

(1898-1912)

«16 de Febrero 1901. La Falda, Hotel Edén. Desde el 6 estamos en La Falda: paisajes espléndidos, naturaleza sonriente como un jardín delineado por sierras de formas suaves, en un clima delicioso (...). En el Edén Hotel la atmósfera es vana y fría. Hay muchas niñas, muchos jóvenes y muchas señoras muy chic, lindas y elegantes. Pero la gente se pasa el día entero sentada en la terraza, grandes y chicos jugando al dominó, y todos de sombrero y guantes puestos. El hotel entero duerme hasta las 11 y media. Además de jugar al dominó la gente se hamaca en unas sillas comodísimas ¡con que aire indolente! Los pies son aquí inútiles durante el día y de noche útiles para bailar.”[2]

Cuando la señorita Delfina Bunge escribió estas palabras en su diario personal, el Eden Hotel apenas tenía tres años de inaugurado y ya congregaba a esa clase social «chic» a la que alude la escritora (y de la que ella misma era parte). El pueblo de La Falda todavía no existía oficialmente. Era, a lo sumo, un humilde villorrio habitado por paisanos y trabajadores rurales ubicados al costado de las vías del ferrocarril que iba hasta Huerta Grande y Capilla del Monte, varios kilómetros al norte.

Si bien las primeras referencias que Bunge hace del Eden no son del todo halagüeñas (Delfina venía de disfrutar una larga estadía en el Hotel Primavera de Capilla del Monte, mucho menos rígido a la hora de hacer respetar las convenciones sociales), de a poco se fue acomodando a los rituales del hotel faldense y, en las siguientes referencias que hace de él, la muchacha destilará la alegría y el placer que los primeros propietarios pretendían todos alcanzaran durante su paso por el establecimiento. Delfina describirá, así, las cabalgatas por las sierras, las fiestas, los bailes, los romances y “jaranas” de carnaval que se organizaban en el aristocrático hotel serrano.

Pero mucho antes de que esa zona hospedara a la “gente conocida[3] de entonces, la región de La Falda y el terreno en el que se levantaría el Eden Hotel, eran parte de una gran estancia dedicada a las actividades agrícola ganaderas .

Gracias al trabajo del historiador cordobés Alfredo Ferrarassi —autor del único libro editado que trata la historia del hotel y su pueblo[4]— podemos  conocer quiénes fueron los propietarios de esos terrenos a lo largo de los años y cuándo los estancieros decidieron convertirse en hoteleros para dar origen a esa joya de la arquitectura argentina llamada Eden Hotel y al pueblo de La Falda, al mismo tiempo. Porque, como bien señala el autor mencionado: “La Falda no existía como tal sin el Eden y sin el loteo de sus tierras.”[5]

El valle de Punilla fue desde los días de la conquista española un lugar de paso y residencia permanente de muchos peninsulares. Ubicado en la ruta que comunicaba el puerto de Buenos Aires con la ciudad minera de Potosí (hoy Bolivia), muy pronto toda la región fue “limpiada” de aborígenes y repartida en “mercedes de tierras” entre los recién llegados. Una de esas mercedes correspondió a lo que actualmente es la ciudad de la Falda.

Cuentan los documentos que esas tierras pertenecieron por primera vez a un capitán español, Antonio Pereira, en 1584 y que, desde entonces, ventas sucesivas de por medio, los terrenos fueron pasando de mano en mano hasta que en 1887 los termina adquiriendo uno de los hombres más representativos de la Argentina roquista y juarista del fines del XIX: el ingeniero Juan Bialet Massé.

Según el boleto de compra/venta, la estancia llevaba por nombre (desde 1821) el de «La Falda de la Higuera», pero no debió resultarle demasiado agradable al notable ingeniero puesto que le cambió la denominación y, desde la toma de posesión, pasó a llamarse «Estancia La Zulema», en honor a su querida esposa, doña Zulema Bialet Massé.

Mucho se ha especulado respecto del motivo de esa inversión. Alfredo Ferrarassi examinó en profundidad este tema y llegó a la conclusión de que fue la existencia de caolin[6] lo que estimuló el espíritu empresarial de Bialet Massé a arriesgar un buen capital en esa zona, perdida de la mano de Dios. Pero el negocio no prosperó y «La Zulema» fue vendida una vez más en 1889 —seguramente como parte de una operación especulativa en torno a la tierra, muy común en esos días— al señor Carlos Ruiz, cuñado de Bialet Massé.

Tendremos que esperar ocho años más para que la estancia (vuelta a rebautizar «La Falda de la Higuera» en 1892) pase a manos de quien fuera uno de los padres del Eden Hotel: don Roberto Bahlcke. Y con él, se inicia nuestra historia.

Corría el año 1897 cuando este alemán, dedicado al negocio de la hotelería en la ciudad de Córdoba (capital de la provincia), decide vender el hotel que regenteaba en dicha localidad —el Gran Hotel San Martín  para comprar la estancia «La Falda» en el valle de Punilla.

Cuenta la leyenda que en uno de los viajes a la región, mientras se hospedaba en la casa de su amigo Juan Kurth en Huerta Grande, salió a cabalgar por la zona y quedó fascinado por el paisaje del lugar. Decidió entonces arriesgar todo en pos de un proyecto hotelero de alta categoría, que pudiera atraer a la “crema más nata” de la sociedad argentina. El paraje le pareció un paraíso y de inmediato, una vez concretada la venta de la estancia, Bahlcke, Juan Kurth y María Herbet de Krauetner (ex socia de Bahlcke en el viejo Hotel San Martín) pusieron en marcha la construcción del Eden. Claro que un emprendimiento empresarial de ese tipo requería de mucho capital. Por tal motivo el trío tomó un crédito otorgado por Ernesto Tornquist, uno de los hombres más ricos y poderosos de la Argentina.

 Tornquist en sí mismo era una máquina de hacer dinero. Dueño de innumerables propiedades a la largo y a lo ancho de la geografía nacional, tuvo también el control directo de bancos, instituciones financieras, ingenios azucareros, empresas metalúrgicas, fábricas de cerveza, hoteles (el Bristol Hotel de Mar del Plata y el Club Hotel de Sierra de la Ventana), estancias, amén del negocio de exportación de productos ganaderos, armas y pescado. No le faltaba nada. Tenía dinero de sobra para seguir invirtiendo y generar más dinero.

Con semejante apoyo, nada podía salir mal. Incluso las futuras Relaciones Públicas del hotel estaban aseguradas: don Ernesto tenía contactos en las altas esferas y éstas iban estar más que resueltas a convertirse en huéspedes del nuevo proyecto. El negocio era redondo.

Pero había un inconveniente: ¿de qué manera iban a llegar hasta el Eden los futuros turistas? La zona estaba un tanto aislada, lejos de casi todo, inaccesible por caminos y a trasmano del mundo. ¿Qué solución le iban a dar a ese gran problema?

Alguien dijo una vez que «para tener dinero hay que tener amigos, pero para tener mucho dinero hay que tener muchos amigos». Y la oligarquía de entonces no carecía de ellos. Las amistades y contactos que Bahlcke y sus socios tenían en el mundo corporativo permitieron que la empresa Ferrocarril Córdoba N.O. asegurara la llegada del tren a lo que sería la famosa «Parada km. 78», a sólo mil quinientos metros (quince cuadras) de la entrada del Eden Hotel. Ya para agosto de 1897, don Roberto (así lo nombran a Bahlcke los diarios de la época) había adquirido media docena de hectáreas colindantes a las vías del tren para asegurar su negocio.

Todos los detalles estaban en su lugar. Recién entonces se inició el traslado de los materiales necesarios para la construcción del Eden.

Las casi 5000 toneladas de insumos requeridos para levantar el hotel fueron llevadas en tren desde Huerta Grande (6 km. al norte) y depositadas en el ya famoso “Km. 78”. Desde allí, en carromatos, debieron ser trasladas hasta el sitio donde se emplazaría definitivamente la obra, a quince cuadras de las vías.

Para el mes de enero de 1898 los diarios de la zona informaban que el Eden Hotel estaba en plena construcción y que, incluso, ciertas personalidades importantes de Buenos Aires lo habían visitado. Una de ellas fue el Procurador General de la Nación de entonces, el doctor Saviniano Kier, quien aparentemente —según Ferrarassi— tenía un interés directo en el negocio de Eden.

De acuerdo con la opinión de algunos investigadores, el mes de enero de 1898 debería ser considerado como el de la inauguración, pero es difícil que eso sea cierto.

Es muy poco probable que, entre agosto de 1897 y enero de 1898, las obras estuvieran terminadas. Para Alfredo Ferrarasi la fecha oficial de apertura del Eden Hotel fue el 26 de diciembre de 1898, casi un años más tarde; y para ello presenta como prueba el Álbum de Huéspedes y en cuyas páginas aparecen consignadas las firmas de algunos de los apellidos más insignes de la oligarquía nacional. Examinando la primera página de dicho documento, en la fecha mencionada se leen los siguientes nombres: Luís Huergo, Alfredo Lagarde, Horacio Bustos Rigal, Carlos María de Alvear, Roberto Ortiz, Eduardo Stegmann, Luís María Benegas, Benedicto M. Stegmann y Pedro Benega, entre otros.[7]

Finalmente, en agosto de 1899, la empresa de ferrocarriles cumplía su palabra y firmaba el convenio por el cual el tren iniciaría sus paradas en el “Km. 78”, a cambio de una paga de 780 pesos semestrales. El negocio cerraba a la perfección. Ambas partes tomaban su tajada del negocio y, tras la construcción de las «Casa de las Columnas» (en enero/febrero de 1900), el nexo que unía el Eden Hotel con el mundo exterior estaba asegurado.

Todos supusieron que el éxito económico también.

Con la «Casa de la Columnas»[8] en pie a quince cuadras del hotel, los pasajeros podían encontrar en ella no sólo un lindo edificio donde estirar la piernas y descansar un rato, sino también un restaurante y un almacén de ramos generales para tomar y comer algo momentos previos a subirse a los carros —más tarde automóviles Ford-T— que los llevarían finalmente al hotel, a través de un camino bordeado de eucaliptos. Para A. Ferrarassi, esta «Casa de la Columnas» se convirtió, a principios del siglo XX, en un centro de socialización local muy importante para trabajadores de la zona (gauchos, peones) dando origen en sus inmediaciones a un pequeño villorrio que no sería otra cosa que la señal más primitiva del futuro pueblo de La Falda.

Inaugurado y con huéspedes, el Eden Hotel inició su primera época y, como en todo período germinal, la tradición oral, los periódicos y comentarios posteriores, no hicieron otra cosa que exaltar el rol de sus pioneros. Se instalaba de ese modo en el imaginario social «el mito de los fundadores» por el cual se volvía un lugar común describir la lucha del hombre contra la naturaleza virgen y el triunfo final sobre ella.

El pionero se enfrenta a las sierras, a la desolación, al «caos primigenio» y, armado por el desinterés, la fuerza de voluntad y su espíritu conquistador, consigue levantar una porción de orden (de «cosmos») en medio de la nada. El capitalismo se convierte en el gran domesticador del paisaje, simbolizando de un modo original e inconciente la vieja parábola de la «civilización contra la barbarie». Y eso fue lo que el Eden Hotel encarnó en ese remoto rincón cordobés. La moraleja era bien clara: los emprendedores, guiados siempre por nobles intereses, son los responsables del Progreso. «La misión civilizadora de Occidente» cobraba sentido en pleno valle de Punilla y sus principales símbolos fueron el tren y ese majestuoso hotel.

Pero más allá de la propaganda simbólica y de la carga ideológica que pudiera existir, había datos “objetivos” que despertaban una sincera admiración entre los visitantes y huéspedes. La sola traslación de los insumos, de un lugar a otro, es uno de ellos.

Por algún motivo, siempre nos llamaron la atención las empresas de traslado. La razón de ello se debe, tal vez, a lo mucho que —por regla general— detestamos las mudanzas hoy en día; pero cuando a éstas les agregamos enormes toneladas de ladrillos, pesadas vigas de hierro, piedras, maderas, tejas y demás componentes de obra (trabajadores incluidos), indefectiblemente suele surgir el calificativo de «empresa faraónica».[9]

En lo personal creo que esa sorpresa deviene de haber olvidado algo: los niveles de sacrifico de otras épocas menos confortables que la nuestra y de las cosmovisiones reinante por entonces. Hay cosas que hoy parecen imposibles de realizar, lo que no significa que en otro momento no pudieran haber sido hechas. Las motivaciones eran diferentes. Por eso, cuando trasladamos al pasado nuestras propias limitaciones e intereses actuales (aún a un pasado relativamente cercano) solemos preguntarnos extrañados: ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué?

El Eden Hotel —y otras obras de su tipo—nos retrotraen a esa anacrónica situación de asombro. Aquellos hombres tenían el dinero, la mano de obra barata, las motivaciones y las ganas de hacerlo. Por eso lo hicieron.[10]

El Eden Hotel, con su estilo ecléctico ítalo-francés[11] ensalzaba el espíritu del «todo se puede». El optimismo decimonónico tomó forma con los ladrillos que se usaron en su construcción. Por otro lado, el origen de sus primeros propietarios también debió contribuir con el grado de admiración que despertaba el edificio: Bhalcke, Kurth y Kreautner eran alemanes.

El mito del alemán preciso, responsable, ordenado y trabajador estaba muy presente en las mentalidades de entonces. La «calidad racial», tan ponderada en aquella época, glorificaba todo aquello que viniera de Europa y pudiera ser asociado al progreso industrialista. Incluso la política inmigratoria argentina durante el siglo XIX estuvo imbuida de esa idea. De ella se derivaría el proyecto de fomentar el ingreso al país a representantes de esa «sangre nórdica» que, en contraste con la latina, era considerada «superior». ¿Quién podía negar la supremacía de un alemán culto, blanco y educado, sobre el salvajismo de un gaucho o aborigen semicivilizado, más inclinados a la naturaleza que al progreso, la ciencia y la tecnología? No debemos olvidar un dato: el Eden Hotel se terminó de construir a sólo 18 años de la Conquista del Desierto de Julio A. Roca y muchos de los actores principales de ese «drama civilizatorio» seguían vivos y con profundas influencias en el campo de la política y la cultura.

Sumándose a la tradicional «eficiencia germana» había otras dos condiciones que colaboraron para que la construcción de un hotel en ese lugar fueran óptimas: la inexistencia de competencia, por un lado, y la preocupación que despertaban en la gente las enfermedades pulmonares, en especial la tuberculosis, por el otro.

 Este flagelo, que causaba miles de muertes al año, no podía ser detenido. La única salida a la enfermedad, en una época sin antibióticos, era el aislamiento y el aire puro y seco de lugares alejados de las grandes ciudades. El Eden poseía las condiciones ideales.

Pero tenía muchas cosas más.

Los huéspedes del hotel —cuya estadía nunca era menor al mes— podían disfrutar de instalaciones y comodidades poco comunes para la época, por ejemplo:

  Un lujoso salón de fiestas (conocido hoy como “Salón Imperial”) en donde se podía disfrutar de una buena cena con orquesta en vivo (“para que no se oyeran los ruidos de los cubiertos” al comer).

  Un enorme salón comedor con capacidad para 250 comensales (hoy remodelado y en ruinas).

  Salón de juegos, en el que era posible pasar el tiempo disfrutando del ajedrez, ping-pong o billar.

  100 habitaciones de dos y tres ambientes, amplias y aireadas, con baño compartido (8 en todo el hotel).

  Luz eléctrica, generada por una usina propia.

  Cámara frigorífica y producción de hielo.

  Dos cocinas: una especializada en comidas saladas y otra para comidas dulces.

  Autoabastecimiento de alimentos durante todo el año: el hotel tenía quintas, frutales, tambos, animales de granja y matadero propios.

  Cancha de tenis y de bochas.

  Una terraza abierta donde charlar, jugar al dominó o simplemente hacer “nada”, frente a un paisaje bellísimo.

  Una fuente de agua hecha de mármol de Carrara con dos leones tallados (que se agregaron en 1901).

  Una caballeriza con animales disponibles para dar paseos por las sierras colindantes.

  Calefacción central para las noches frías o estadías fuera de temporada estival.

  «El Patio de las Damas»: recinto al aire libre en donde las señoras se reunían por las tardes a tomar el te, bajo la copa de los fresnos y eucaliptos del parque.

  «El Patio Cervecero»: otro espacio abierto dedicado a los hombres, debajo de una hermosa glorieta.

  Dos patios internos (dentro de las instalaciones del hotel) con techo corredizo, en donde poder leer y charlar en cómodos sillones de mimbre.

  Una cava que contenía vinos finos de origen europeo (más de 10.000 botellas).

  Servicio postal propio, para seguir conectado con la familia y los negocios desde pleno corazón de las sierras.

  Servicio de lavandería diario (con lo último de la tecnología de aquellos días: calandra o planchas eléctrica, secarropas y esterilizadores para combatir el bacilo de la tuberculosis)

  Y como si todo eso fuera poco, una dotación de 250 empleados (dos por huésped) dispuestos a servir y llevar el arte de la hospitalidad a su más elevado nivel.

Pero, a pesar de todo, el Eden no daba las ganancias esperadas. Los costos fijos eran inmensos y el dinero no alcanzaba para sostenerlo. Por eso en 1902, una de las socias, María Kreautner, decide dejar el negocio y regresa a su país natal. En las cartas privadas que se encontraron, se queja de la falta de compromiso con el negocio de sus otros socios.[12]

Un año más tarde, en 1903, tras una Asamblea Extraordinaria, Roberto Bahlcke también abandona el barco y para junio de 1905, los socios restantes deciden disolver la sociedad.

Ernesto Tornquist, dueño del mayor paquete accionario y acreedor principal por el préstamo que diera para la construcción, se queda con el edificio y sus tierras, pero no por mucho tiempo. En octubre de 1905 le ofrece a María Kreautner hacerse cargo de todo, dándole a pagar el precio en cómodas y relajadas cuotas.

María aceptó, regresó de Alemania y le dio al hotel un impulso nunca visto hasta ese momento. Lo promocionó en las principales ciudades del país y también en el exterior. La gente empezó a acudir y, sin duda, el Eden pasó por uno de los mejores momentos de su historia. Las cosas funcionaron viento en popa, a punto tal que, a sólo tres años de comprar el complejo, doña María canceló la deuda con Tornquist quedando como dueña exclusiva de todo.

Unos años más tarde, en mayo de 1912, anciana y cansada, decide vender el hotel. Terminaba una era y se iniciaba otra llena de promesas.

 

 

ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO

(1912-1945)

 

“Nunca ha sido el llanto tan desesperanzador como el

que cae sobre nuestro siglo. Nunca su tristeza tan general.

Nunca sus lágrimas tan comunes. El llanto ha dejado de

ser privilegio de minorías selectas al dolor. Hoy alcanza

 no sólo a los hombres, sino a la humanidad entera.

El sufrimiento moderno forma parte de la psicología de

las masas. Éstas se ven sacudidas por la angustia, la

incertidumbre y la turbación. Y lo que es peor aún,

por la desesperanza.”

                                               Knaak Peuser, Angélica, El Alma del Siglo XX, Ediciones Peuser,

                                               Buenos Aires, junio de 1956, pág. 14

Un mes antes de que el Eden Hotel fuera transferido a nuevas manos, el trasatlántico más lujoso y grande del mundo, el Royal Mail Ship Titanic, chocaba contra un iceberg y se hundía con 1500 pasajeros en pleno Atlántico Norte. Era la noche del 14 de abril de 1912 y con ese desastre se ponía fin a toda una época de ingenuo optimismo, esperanzas, alegría e inocencia. Con el hundimiento del Titanic se hundió un era de relajada confianza y se daba comienzo a otra de catástrofes[13] en la que todas las seguridades que se habían creído conquistar desde el siglo XVIII se tambalearon y vinieron abajo como un castillo de naipes.

Dos años más tarde estallaba la Primera Guerra Mundial (1914-1918). La “Gran Guerra”. La guerra que iba a terminar con todas las guerras y que, a la postre, se convirtió en la principal causa de otra mucho peor, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), responsable de un total de 60 millones de muertos y de la destrucción de casi toda Europa.

Pero eso no fue todo. El período conocido como “de entreguerras” (1918-1939) no fue un picnic dominguero.

La caída de la bolsa de Wall Street en octubre de 1929 y el inicio de la “Gran Depresión” de los años ’30 desestabilizaron las finanzas mundiales, terminaron con el crédito y el consumo, y todo el sistema capitalista se tambaleó y vio amenazado. Es que ya no estaba solo. Desde 1917 una revolución comunista en Rusia había derrocado al régimen zarista dando origen a la Unión Soviética. El socialismo real había triunfado y se hacía presente en el escenario internacional, convirtiéndose en un “modelo a imitar” para muchos países subdesarrollados y naciones que ganaban la independencia tras siglos de férreo imperialismo.

En este contexto de crisis y temor, desocupación, hambre y desesperanza, Alemania —humillada tras la derrota de 1918 y las condiciones impuestas en el Tratado de Versalles— se volcó decididamente hacia una ideología ultranacionalista, anticomunista y expansionista que terminaría generando uno de los monstruos más destructivos que hayamos creado alguna vez: el Nacionalsocialismo (el Partido Nazi), liderado por Adolf Hitler. Con él sobrevino una nueva guerra, el genocidio, los campos de concentración, las matanzas indiscriminadas, la brutalidad de la tortura, el totalitarismo, el racismo de base biológica, en una palabra, los nazis nos mostraron la peor imagen de nosotros mismos.

«Nuestro siglo es el siglo del sufrimiento. Su espíritu está impregnado de él. En lo futuro no será calificada nuestra época tan sólo de frívola o de sensual, o de científica, o de positivista exclusivamente. Sobre ella, sobre sus atributos, como fundamento de aquellos, se hallará el dolor. Su tragedia es la de no encontrar su rumbo (...). El alma de nuestro siglo es un alma a quien una inmensa desilusión hunde.”[14]

Así se gestó el siglo pasado y en mayo de 1912 el Eden Hotel pasaba a manos de dos alemanes que darían mucho de qué hablar: los hermanos Walter y Bruno Eichhorn.

Tras abandonar Alemania hacia fines del siglo XIX y probar suerte en distintos países de América del Sur, Walter Eichhorn terminó radicándose en la ciudad de Buenos Aires, donde su hermano Bruno estaba trabajando, y puso una empresa importadora de puntillas. Por entonces no tenían idea que pocos años más tarde iban a convertirse en dos de los hoteleros más importantes de Argentina.

En 1912, una amiga de la esposa de Bruno Eichhorn —a su vez conocida de María Kreautner — puso en conocimiento de los hermanos que el Eden Hotel estaba en venta.

No lo pensaron demasiado. Pidieron un crédito y tras pagar 450.000 pesos de la época, se transformaron en los propietarios del célebre edificio serrano. A partir de entonces, el Eden vivió su mejor época, una verdadera «Edad de Oro», en la que experimentó reformas, ampliaciones, y todo el complejo se modernizó, adaptándose a las nuevas necesidades de los huéspedes y la época.

El dinamismo de los Eichhorn y la situación mundial, a partir de 1914, beneficiaron al negocio.

Con una destructiva guerra desplegándose en Europa, la oligarquía argentina orientó sus brújulas hacia la provincia de Córdoba en busca de la tranquilidad y ocio recreativo que tanto necesitaban. Por otro lado, la amenaza de la tuberculosis no había desparecido y el «turismo salud» seguía tan en boga como siempre. El único lugar en donde podían encontrar todo lo que buscaban era en el Eden Hotel de La Falda, y así se convirtió en el espacio seguro y ansiado de los millonarios argentinos durante largo tiempo.

A la actividad hotelera los Eichhorn le agregaron rápidamente la del negocio inmobiliario y para 1913 empezaron a lotear los terrenos de la estancia, entre otras cosas para saldar definitivamente la deuda que tenían con la antigua dueña. Con este loteo nació el pueblo de La Falda y así, los dos alemanes pasaron de ser estancieros y dueños de un hotel a convertirse en verdaderos pioneros.

La sociedad «Eichhorn Hermanos»  prosperó y sus ganancias debieron ser muy importantes ya que a poco de iniciarse la década de 1930 los encontramos como uno de los principales contribuyentes económicos al partido nacionalsocialista de Adolf Hitler.[15]

Nazis confesos desde 1924, y orgullosos de serlo, se dedicaron a difundir en todo el valle de Punilla la nueva ideología, siguiendo los consejos y lineamientos que el Führer aconsejaba desde los estrados del renovado Tercer Reich.[16]

Y encontraron adeptos. Muchos de los huéspedes del hotel comulgaban con las ideas racistas y nacionalistas de Hitler, en especial con el anticomunismo acérrimo del discurso hitleriano. La oligarquía argentina fue, en parte, decididamente pro-nazi y fascista. El miedo al socialismo real inclinó la balanza hacia la extrema derecha y muy pocos sintieron vergüenza de levantar el brazo y decir «Heil Hitler» o cantar a viva voz «¡Alemania sobre todo el mundo[17]

Pese a este manchón de ser un nido de nazis, el Eden Hotel creció.

Durante las décadas de 1920 y 1930 se agregaron nuevas actividades y sectores.[18]

 Se construyó un camino que comunicaba a La Falda con la ciudad de Córdoba (1916-1920).

 Se puso a disposición de los huéspedes una flotilla de autos (Ford –T) para sus traslados.

 Se construye un chalet anexo para alojar más gente.

 Se levanta un nuevo salón de fiestas.

 Se inaugura un bar (conocido como “Bar Chino”).

 Se levanta una pista de patinaje.

 Se construye un teatrino al aire libre (en donde actuaran reconocidas figuras de la época)

 Aumentaron el número de habitaciones y se habilitan más baños.

 Se habilita una cancha de golf de 8 hoyos, conocida como «El Monte Olimpo».

 Inauguran una pileta de natación.

 Modernización de la usina (pasa de tener generadores que funcionaban a carbón —110 voltios— a otros diesel capaces de dar una potencia de 220 voltios).

 Cabinas telefónicas, radio receptores y antenas de comunicaciones (con las que se dice podían transmitir mensaje secretos a Alemania y captar en directo los discursos de Hitler).

 Imprenta propia.

 Taller mecánico.

 Una antecocina (que sacrificó uno de los patios internos del hotel).

 Sala de bridge.

 Cacería del zorro para los expertos en equitación

 Peluquería propia.

 Y una reforma en el aspecto externo al cambiar las cúpulas estilo francés por otras de neto carácter colonial, con tejas.

LA CAÍDA DEL PARAISO

(1945-2007)  

Triste debió ser el clima que se respiró en el Eden Hotel en el mes de mayo de 1945 tras la rendición incondicional de Alemania y el fin de la Segunda Guerra Mundial en el frente europeo.

Con su ejército diezmado, tanto en el Este como en el Oeste, y su fuerza ofensiva reducida a un sucio bunker en los subsuelos de Berlín, el otrora todo poderoso Tercer Reich terminaba sus días dejando incumplida su promesa de 1000 años de nacionalsocialismo sobre todo el mundo.

Desde entonces, los simpatizantes y partidarios confesos del nazismo en Argentina se llamaron a silencio y los festejos, ceremonias y mítines, antes descaradamente públicos, pasaron a la clandestinidad. Las svásticas, portaestandartes y águilas imperiales se archivaron en lo más profundo de los placares y los comentarios a favor del régimen se dijeron cada vez con voz más baja.

Argentina, oficialmente neutral durante toda la contienda, pero decididamente pro-Eje, se vio obligada a declararle la guerra a Alemania, cosa que hizo tres semanas antes de la derrota definitiva. La presión internacional era inmensa (en especial la de Estados Unidos), razón por la cual nuestro país debió incautar todos los bienes de nacionalidad alemana que había dentro del territorio argentino, por ser aquel un “país enemigo”.

Pese a todo, los hermanos Eichhron recibieron un trato “preferencial”.

El Eden Hotel no fue incautado, sino contratado para convertirse, por espacio de un año, en el sitio donde permanecieron internados los miembros del cuerpo diplomático japonés, aliados de Hitler en la guerra.

Si bien los Eichhorn recibieron por dicho contrato una interesante suma de dinero, la fama nazi del hotel resultó desastrosa para el negocio. Un año después de que los nipones abandonaran su “prisión de lujo” (1947), los hermanos Eichhorn pusieron el Eden en venta y se desvanecieron de la vida pública de La Falda.

Lejos estaban aquellos días en que los generosos mecenas del pueblo donaban templos, escuelas y predios para levantar plazas públicas. Los aplausos callaron y la memoria de muchos de volvió tan selectiva que, rara vez, la mayoría volvió a hacer referencia al pasado nazi del hotel y sus propietarios.

 

En 1948 el Eden fue vendido a una nueva sociedad, conocida como la «Las Tres K» (sus integrantes tenían todos apellidos que empezaban con esa consonante) y de ese modo se dio inicio su decadencia.

La buena administración llevada por los alemanes no fue imitada. El hotel se endeudó más de lo debido y la propiedad terminó siendo rematada judicialmente en mayo de 1953, siendo adquirida por la firma CIFA SRL.

Pero no sólo la mala fama contraída por su adhesión al nazismo contribuyó a su decadencia. El tiro de gracia a su edad dorada se lo dieron una serie de cambios políticos, sociales y científicos que ocurrieron tras el fin del conflicto mundial.

En primer lugar, el ascenso a la presidencia de Juan Domingo Perón implicó un giro decisivo de la realidad nacional. Los sectores populares emergieron como actores políticos y con ellos el poder de los sindicatos que, abrazando el nuevo derecho a las vacaciones pagas, se lanzaron a construir hoteles gremiales por todo el territorio del país, especialmente en la provincia de Córdoba. El turismo de elite sucumbió ante ese “aluvión zoológico” (como lo llamaron los conservadores) y la oligarquía, atosigada por esa nueva república de masas, buscó otros destinos donde disfrutar de su ocio. Los antiguos lugares de veraneo (La Falda y Mar del Plata, entre otros) pasaron a ser sitios populares —“grasas”— y el afán de diferenciación de las familias tradicionales hizo poner proa hacia otros lugares de descanso más exclusivos.

El Eden Hotel sufrió mucho ese cambio y perdió así gran parte de su privilegiada y selecta clientela.

El otro golpe mortal provino de la investigación médica y los laboratorios farmacéuticos.

En 1944, Albert Schatz y Selman Waksman descubren un hongo capaz de inhibir el crecimiento del bacilo que produce la tuberculosis y nace así la estreptomicina, de eficacia limitada pero mucho más efectiva que los tratamientos practicados hasta ese momento (llamados de balneoterapias). Por otro lado, Alexander Fleming en 1947 amplía el espectro de uso de la penicilina (descubierta en 1928) y la aplicación segura de antibióticos. La tuberculosis dejó de ser un problema y en poco tiempo desapareció prácticamente de los diagnósticos médicos. El «Turismo-salud», sustentado en el aislamiento, el buen clima y selecta alimentación, dejó de tener razón de ser y eso fue calamitoso para todos los hoteles que centraban su oferta en ese sentido.

Por lo tanto, los tres factores que habían mantenido vivo al Eden durante décadas (las restricciones sociales, la violencia generada por la guerra y la enfermedad) desaparecieron y con ellas también se desvaneció la prosperidad del hotel, que cerró definitivamente sus puertas en 1965.

En decadencia y sin el mantenimiento adecuado, el Eden Hotel fue abandonado, iniciándose su deterioro estructural y saqueo sistemático.

En 1967, la firma CIFA SRL vuelve a venderlo y el edifico pasó a manos de otra llamada Antequera S.A., cuyo apoderado era Armando Balbín, hermano del político radical.  Durante su gestión hubo un intento por resucitar al viejo gigante. Se presentó el proyecto de convertirlo en casino[19], pero problemas de orden político lo echaron por tierra. Las obras de remodelación que ya habían empezado se suspendieron sobre la marcha y un gran sector del hotel quedó semidestruido (el correspondiente al viejo comedor).

Desde 1971 el Eden Hotel permaneció completamente abandonado por espacio de 27 años.

El lujoso edificio se convirtió en “tierra de nadie” y empezó a venirse abajo, día a día. A ese deterioro contribuyeron, no sólo la desidia del gobierno local (que no hizo nada, quizá para que se olvidara la negra historia del hotel y sus vecinos) sino también el odio de los antifascistas y los meros saqueadores que, demostrando un afán destructivo realmente sorprendente, desmantelaron las instalaciones, rompieron sus vidrios y lo desguasaron como si fuera un barco encallado y sin dueño.

El hotel perdió todos sus objetos de valor (cristalería, vajilla, espejos, escritorios, arañas y lámparas). También los picaportes de bronce desaparecieron de casi todas las puertas y el plomo de sus ventanales fue arrancado y vendido. Los pisos que no se pudrieron fueron levantados, incluso uno de los generadores de energía de la usina fue robado, teniendo para ello que romper una de las paredes del recinto.[20]

De a poco, el lujoso hotel se fue poblando de ratas, insectos, aves y basura. Las plantas trepadoras, yuyos y raíces contribuyeron a su decadencia hasta dejarlo convertido en una ruina, rodeada por un bosque indomesticado y salvaje.

En 1998, y tras una deuda impaga de impuesto municipales, el Eden Hotel volvió a ser rematado. Esta vez lo adquirió el propio municipio de La Falda y lo declaró monumento histórico municipal. Pero el cuidado que se esperaba iba a recibir se hizo rogar y el hotel siguió abandonado y en ruinas hasta el año 2007, cuando un grupo de empresario faldenses decidieron tomarlo en concesión y empezar las obras de mantenimiento y refacción.

Tras un total de 36 años de olvido y destrucción, nuevas manos lo rescataron de la decadencia definitiva.

El esfuerzo se mantiene hasta el día de hoy.

Fernando J. Soto Roland

sotopaikikin@hotmail.com

BIBLIOGRAFIA

·  Gálvez, Lucía, El Diario de mi Abuela, Punto de Lectura, Buenos Aires, 2008, pág. 118.

·  Ferrarassi, Alfredo, Eden Hotel y Pueblo La Falda, Edición del Autor, Córdoba, 2006.

·  Hobsbawm, Eric, Historia del Siglo XX, Editorial Crítica, Barcelona, 1995.

·  Knaak Peuser, Angélica, El Alma del Siglo XX, Ediciones Peuser, Buenos Aires, junio de 1956, pág.52.

·  Newton, Ronald C., El Cuarto Lado del Triángulo. La “amenaza nazi” en la Argentina (1931-1947), Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1992.

·  Mansani, Ariel y otros, Eden Hotel. El Nacimiento de un Pueblo. Historia y Cronología, La Falda, Córdoba, edición 2007.


Notas:

* Profesor en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata.

[1] Leyenda local que suele contarse en las guiadas nocturnas que se practican actualmente en las instalaciones del hotel (julio 2009).

[2] Gálvez, Lucía, El Diario de mi Abuela, Punto de Lectura, Buenos Aires, 2008, pág. 118.

[3] Término que utilizaban los miembros de la oligarquía para referirse a ellos mismos.

[4] Véase: Ferrarassi, Alfredo, Eden Hotel y Pueblo La Falda, Edición del Autor, Córdoba, 2006.

[5] Ibidem, pág.9.

[6] Nota: El caolin era un mineral que, hacia fines del siglo XIX, constituía uno de los principales materias primas para la fabricación de porcelanatos. Por otro lado se creía que también servía para producir explosivos. Con los años, en el 2001, se probó que esto era completamente falso.

[7] Nombres extraídos de las copias encuadradas y en exhibición en el museo del Eden Hotel.

[8] Conocida con ese nombre por la columnata que rodeaba a la edificación.

[9] Nota: El ejemplo más emblemático es el de la Pirámides de Egipto (y otras construcciones ciclópeas o megalíticas) en donde es posible observar que las piedras con las que se construyeron provenían de canteras ubicadas a cientos de kilómetros de distancia.

[10] Nota: Se desconoce el nombre del arquitecto del Eden Hotel. Hay dos teorías al respecto; la primera dice que el arquitecto a cargo fue Carlos Altgelt, emparentado con Ernesto Tornquist y constructor del actual Palacio Pizzurno en Buenos Aires. La otra, señala al esposo de María Herbert, Ernest Kreautner, ingeniero en construcción pero que fallece en plena obra.

[11] Nota: En la década de 1940 los nuevos propietarios del hotel le darían una apariencia más colonial al quitar las cúpulas de pizarra negra de las dos torres, para ponerles tejas rojas, muy de moda en esos días.

[12] Para Alfredo Ferrarassi, María Herbert de Kreautner fue en realidad la encargada de la cocina y del funcionamiento total del hotel, no un miembro societario demasiado importante.

[13] Véase: Hobsbawm, Eric, Historia del Siglo XX, Editorial Crítica, Barcelona, 1995.

[14] Knaak Peuser, Angélica, El Alma del Siglo XX, Ediciones Peuser, Buenos Aires, junio de 1956, pág.52.

[15] Según el libro de Ferrarassi los aportes al partido nazi fueron de 20.000 francos en 1931 y 15.000 pesos argentinos en 1932. lo que no es verdad es que el dinero del loteo fue a parar completamente a manos de los nazis.

[16] Nota: Fueron incluso amigos personales de Hitler. En 1925 y 1929 viajaron a Alemania y participaron en reuniones políticas del partido. En 1933 el Führer en persona les agradeció sus contribuciones y en 1935 los recibió y condecoró en Alemania. Recibieron del líder máximo una foto enmarcada y firmada, como también un ejemplar numerado de “Mi Lucha”. En 1937, al celebrarse los 25 años de los Eichhorn al frente del hotel, el embajador alemán Edmund von Thermann (oficial de las SS y diplomático) visitó la Falda y estuvo en el hotel. En 1939m tras el hundimiento del acorazado de bolsillo Graf Spee, algunos pocos marineros sobrevivientes trabajaron en el hotel.

[17] Véase: Newton, Ronald C., El Cuarto Lado del Triángulo. La “amenaza nazi” en la Argentina (1931-1947), Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1992.

[18] Véase: Mansani, Ariel y otros, Eden Hotel. El Nacimiento de un Pueblo. Historia y Cronología, La Falda, Córdoba, edición 2007.

[19] Nota: Los hermanos Eichhorn habían hecho lo mismo al inicio de su gestión pero por influencia de la Iglesia Católica el casino no fue autorizado.

[20] Nota: se dice que está en una estancia cercana a La Falda.

Fernando Jorge Soto Roland

Profesor en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata

Email: sotopaikikin@hotmail.com

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