Indiana Jones es una marca registrada de Paramount Pictures & LucasFilms Ltd.

Novela

por Fernando Jorge Soto Roland

 NOVELA

I 

CUENCA DEL AMAZONAS

1941

 

Fue un ruido ensordecedor. Un sonido fuera de lugar. Algo que no concordaba con aquella selva, ni con aquella tribu. En un primer momento produjo pánico. Más tarde, desconcierto. Sólo en el crepúsculo, los chamanes trataron de dar una respuesta al extraño episodio consultando a los viejos espíritus de la selva, que permanecieron mudos.

No supieron qué hacer ni decir. Los más valientes guerreros se negaron a internarse en la floresta y verificar la fuente de esa misteriosa luminiscencia que se proyectaba desde el Sagrado Roquedal, después que el estampido sacudiera toda la maloca. Jamás habían sentido una explosión tan poderosa. Ningún mito ancestral les hablaba de lenguas de fuego tan rojas, naranjas y amarillas, quemando la arboleda circundante. No había monstruo legendario que, en su afán por poner fin al mundo, hubiera podido producir semejante conmoción. Los Mojewewekes eran testigos de un episodio sin precedentes en la tradición oral. Los ancianos desconocían el origen de semejante descarga y sólo atinaron ordenar subirse a los árboles más altos para, desde lejos, ver las poderosas llamaradas elevarse hacia el cielo, compitiendo con la mortecina luz de un sol que se ocultaba detrás del horizonte.

Lo desconocido repelía y al mismo tiempo acicateaba la curiosidad de toda la comunidad. Para cuando las horas pasaron, y en plena nocturnidad pudo percibirse que la incandescencia agonizaba poco a poco sin consecuencias nefastas para la población, el cacique en persona se puso en movimiento sin reclamar escolta. Esa tarde casi se había roto la línea jerárquica a causa del espanto. No estaba dispuesto a vivir otra vez una situación de anarquía semejante. Iría solo. Él y su sombra enfrentarían el misterio. Recuperaría parte del prestigio perdido y, si salía con vida, regresaría a la aldea con la autoridad intacta de siempre; y el poder suficiente para castigar la cobardía de su escolta personal. La sangre real debía ser respetada a costa de desencadenar el caos en el aquel infierno verde del Amazonas. La tradición de mando se recuperaría. De lo contrario una guerra civil los arrastraría a todos a la debilidad y a la extinción, en manos de las tribus enemigas vecinas.

Caminó por espacio de una hora. Conocía el sendero de memoria, aún de noche. Sabía reconocer la silueta de cada árbol en particular. Y la contextura del piso, en sus pies descalzos, le indicaba mejor que nada por dónde cortar camino o qué opción más corta tenía por delante para alcanzar la fuente incandescente de luz, que aparecía y desaparecía detrás de los cientos de arbustos que lo rodeaban.

Siguió avanzando. Apretó la larga lanza de bambú con la mano y la elevó por encima del hombro derecho, con la punta en dirección a la luz. Avanzó más. Con cada paso que daba el calor aumentaba y su rostro cobrizo, pintado con franjas rojas y azules en las mejillas, empezó a mostrar el efecto de la temperatura elevada. Las mejillas empezaron a latirle a causa del calor. Se abrió paso por encima de una palmera derribaba y quedó boquiabierto ante la dantesca escena que se representaba ante sus ojos.

Allí, a sólo treinta metros desde donde él estaba, la selva había sido destruida por las llamas, formando un claro de cenizas, troncos retorcidos y humo. En el centro mismo del escenario, una estructura enorme —hecha de un material que el jefe desconocía— parecía clavada de punta, levantando hacia el cielo una grandiosa aleta dorsal, semejante a la de los peces del río.

Avanzó más. Sorteó como pudo centenares de piezas carbonizadas y, venciendo el asombro, golpeó con la punta de la lanza una plancha lisa y brillante, que reflejaba el fuego que sobrevivía por doquier. Oyó un sonido seco y la aleta se desmoronó, dándole apenas tiempo a correrse para salvar su vida. Millones de chispas saltaron para todos lados. Dos troncos que permanecían de pie, completamente calcinados, también se derrumbaron y una masa sanguinolenta de carne quemada, grasa friéndose y músculos retorcidos vino a caer junto a los pies del cacique.

La miró con cuidado. Giró la cabeza en varias posiciones para tratar de encontrarle un sentido a esa asquerosa presencia. Y la encontró al cabo de un minuto Era un hombre. El cadáver de lo que había sido un ser humano hacía sólo horas. Estaba irreconocible. La mitad de un rostro corroído por las llamas y una dentadura tiznada por el incendio, eran lo único que permitían identificarlo.

El jefe se tranquilizó. No era un prodigio sobrenatural lo que lo había asustado tanto a su gente. Aquello era un mero accidente. Un pájaro metálico se había estrellado. Otro más, aunque con una fuerza y capacidad destructiva que desconocía. En años anteriores había sido testigo de accidentes similares, pero ése en nada se parecía a los anteriores. Hizo memoria y recordó que, en su niñez, un objeto semejante había caído muy cerca de la aldea de su padre. Muchos árboles se derrumbaron entonces o encendieron como antorchas de paja. Pero el área destruida que se desplegada delante suyo superaba unas cuatro o cinco veces a la de su infancia.

Recorrió el perímetro del impacto. Detrás de una columna de humo negro distinguió las dos alas quebradas en varias partes y los restos de una carlinga vidriada. Se acercó a ella. El vidrio estaba derretido por las altas temperaturas y sendos objetos brillantes parecían titilar en medio de la humareda. Planchas, tornillos, soportes y alerones; caños, cajas y asientos sin sus tapizados subsistían desperdigados por todas partes, consumiéndose gradualmente por el fuego.

Entonces, vio algo que le llamó poderosamente la atención: sobre las ramas de un árbol centenario, colgando de milagro, una plancha de acero se balanceaba de un lado a otro, como si fuera un insólito péndulo rectangular. Se quedó mirándola extasiado. De haber sabido leer hubiera identificado el origen del aparato siniestrado por la simbología y texto impreso en la superficie de la pieza: 

Ë CRUZ ROJA INTERNACIONAL Ì

 

II

SIETE AÑOS DESPUÉS...

ISLA TUAMOTU

PACIFICO SUR

1948

Con cuarenta y nueve años sobre sus espaldas y decenas de exploraciones por el mundo, Indiana Jones aún se mantenía en forma. No le faltaban cicatrices ni moretones por todo el cuerpo, pero él los tomaba como recordatorios de instancias peligrosas y aventuras pasadas, casi a modo de tatuajes. Podía reconstruir muchas de sus azarosas escapadas en manos de tribus salvajes, batallones nazis o asesinos a sueldo con sólo pararse desnudo frente a un espejo.

¡Qué poco humanitarismo quedaba en el mundo!, pensaba al verlas; e inmediatamente le venían a la mente las imágenes de la Segunda Guerra Mundial. Un instante después el recuerdo se retrotraía a 1916, a las trincheras europeas de la Primera Gran Guerra en donde también se había desempeñado como soldado voluntario en el ejército belga. El mundo ya no era el mismo. Había perdido su inocencia. Las antiguas proyecciones de una humanidad más casta, pura y generosa se habían ido por la cloaca cultural de los últimos años, arrastradas por los campos de concentración, los bombardeos, Hitler y las invasiones armadas. Él era testigo y protagonista de un siglo cruel. Un siglo de angustias, sinsabores y miedos. Pero siempre había salido bien parado. La suerte parecía acompañarlo y, con poco esfuerzo, podía recordar contextos en los que cualquier otro hombre menos afortunado hubiera perdido la vida.

Pero la situación en la que estaba en ese momento no parecía anunciar una próxima cicatriz, sino más bien un orificio profundo en la sien y toda su masa encefálica estampada contra una roca.

—No quisiera hacerle daño, doctor Jones. Pero si insiste en su tozudez, tendré que apretar del gatillo. Y le aseguro que no será nada agradable para ninguno de los dos... Podría mancharme la camisa.

Indy esbozó una sonrisa cáustica, lanzando rayos de ira con la mirada.

Y no era para menos.

Ese maldito holandés lo tenía retenido desde hacía más de media hora. Sus tres esbirros lo habían golpeado reiteradamente en el rostro y en la boca del estómago. En verdad le dolía mucho el cuerpo, pero la bronca contenida inyectaba tanta adrenalina en su venas que cada trompada, por potente que fuera, resultaba ser menos dolorosa.

Odiaba a ese sujeto. Su nombre era Natasius van Strate y representaba los intereses de una prestigiosa galería de arte europea.

Alto, morocho, bien vestido y oliendo a azahares, Van Strate, era el aristócrata típico del norte europeo: educado y culto, pero capaz de matar a sangre fría a cualquier opositor que se le cruzara en el camino de alguna pieza artística de su interés.

E Indiana Jones se había interpuesto entre él y el Aku Kava Kava

—Por última vez —dijo el holandés acercando el rostro al del arqueólogo, brillándole fuertemente sus ojos azules —. ¿En dónde está la estatuilla? ¿En qué parte de esta maldita isla la escondió ,doctor Jones?

Indy contrajo el abdomen en la espera de una nueva trompada.

—Ya se lo he dicho —ladró con rabia contenida—. ¿Acaso no me entiende? No lo tengo. No lo tuve nunca —mintió—. De todos modos, aunque supiera en dónde está, no se lo diría...

—...¿Aún a costa de su propia vida?

—¿Mi vida corre peligro?

Van Strate lanzó una carcajada.

—¡Ah!... ¡Maldito hijo de perra! De seguro me está tomando por idiota, Jones. Eso me incomoda tanto como perder la reliquia que busco.—Y le propinó un puñetazo en las costillas del lado izquierdo.

Indy dobló todo su cuerpo conteniendo el dolor.

—No quiero caer en actitudes bárbaras —ladró el holandés—, pero me obligas a hacerlo.

Era algo insignificante a primera vista, pero el hecho de que Van Strate empezara a tutearlo no era una buena señal. Indy sabía que tomarse esa actitud de confianza era propia de los verdugos que se disponían a lo peor. Les insuflaba cierto aire de superioridad sobre la víctima. Debía hacer algo rápido.

La playa en la que estaban se extendía combándose en una bahía bordeada de altas y frondosas palmeras. Sus arenas brillaban con los rayos del sol y un mar cristalino como el vidrio traía y llevaba constantemente olas espumosas, blancas, llenas de vida; y el rumor del océano apagaba un tanto las voces de los esbirros de Van Strate que, a sólo tres metros de Indy, unían con cuerdas dos gruesos troncos.

Indiana dirigió los ojos hacia ellos.

—¿Acaso se dispone a abandonar la isla en balsa? —preguntó sin perder la ironía.

Van Strate sonrió.

—¿Por qué hacerlo en balsa si tenemos un velero? Ese aparatejo es para ti. ¿Nunca surfeaste atado entre tiburones?...¡Es una experiencia irrepetible! ¿Conocías esa práctica?

Indiana se limpió la comisura sangrante de sus labios pasándose la lengua y entornó la vista.

—Sí —respondió secamente—. Solían usarla los japoneses con los prisioneros de guerra, en el Pacífico.

—Muy bien informado, amigo Jones. Así es, los japoneses la inventaron. ¡Imagínate! ¡Tantos meses aburridos en islotes sin nada qué hacer!... ¡Nada mejor para divertirse y pasar el tiempo con algún que otro americano! —y lanzó una estruendosa carcajada.

Indy tenía que extender la charla. Debía prorrogar lo más posible la pomposa alocución del holandés. Estaba obligado a salvar su propia vida. Tenía que hacer una composición de lugar y arriesgarse. El momento de la diplomacia se acababa.

—Veo que tomaste muy rápidamente los malos hábitos de tus amigos —repuso, al tiempo que con disimulo comprobaba cuán fuertes estaban sus muñecas atadas a la espalda.

—¿Amigos?...¡Já!... ¡Qué idiota eres, Jones!... ¿Amigos, dices? ¿Los japoneses?...¡Já, já, já...! Esos idiotas kamikazes jamás fueron mis amigos. Digamos que me hice pasar por uno de ellos para beneficiarme profesionalmente. ¡No te imaginas las piezas de porcelana del siglo XI que logré exportar a Holanda mientras duró la guerra!

—Seguramente muchas habrán terminaron en las vitrina del Tercer Reich...

Van Strate lo observó, clavándole sus fríos ojos azul marino.

—No podría negar eso, Jones. Los nazis también me beneficiaron en mucho. Pero ya ves, ninguno de ellos está ya entre nosotros. En cambio, yo sigo más poderoso que antes. Más rico y  con más proyectos.

—La guerra resultó ser un gran negocio...

Van Strate esbozó una sonrisa.

—¿Sabes algo?... Tienes razón. Hay momentos en que extraño esos buenos tiempos. No había nada comparable a negociar con esos estúpidos fanáticos. ¡Era tan sencillo embaucarlos!...Pero no pierdo las esperanzas, Jones. Algún día volverán y entonces yo estaré preparado para negociar nuevamente con sus limitadas inteligencias.—Miró de soslayo a sus esbirros que terminaban de atar los troncos y volvió la atención hacia Indy.— Bueno —dijo suspirando—, el tiempo se te acaba doctor.¿Todavía quieres mantener el secreto de la estatuilla o prefieres nadar con los peces?

—No la tengo...

—¿Acaso crees que ese maldito dios polinesio puede salvarte la vida? ¡No seas tan supersticioso Indiana Jones! Que esa tonterías queden para los nativos de esta isla miserable. ¿Pero tú?... Tú no puedes creer en esas boberías ¿O sí?

—Hay más cosas en el cielo y la tierra de lo que tu imaginación concibe, Hamlet.

Van Strate lazó una carcajada contenida.

—¡De verdad lamento matarte, Jones! Eres un contrincante digno e inteligente. Vale la pena charlar contigo. Lástima que no estemos del mismo lado del negocio.

Uno de los matones se sacudió la arena adherida en sus manos contra el pantalón y se acercó al holandés.

—Listo, señor. Ya está preparada.

—Bien. Acondicionen a mi amigo.—Giró sobre sus botas y se alejó media docena de pasos. Se detuvo, volvió la vista a Indy y exhibió una sonrisa tan blanca como el marfil.— Es hora de despedirnos, doctor Jones. De verdad siento mucho nuestros desencuentros. ¡Saludos a los escualos! —Y sacudió la mano derecha como quien despide a un niño pequeño.— Hasta nunca.

Indy sintió como dos manos pesadas y gruesas lo elevaban desde el piso como si no pesara nada. El matón era un verdadero gigante. Con casi dos metros de altura y más de 130 kilos, ese polinesio de rasgos mongólicos y cabello tan oscuro como el carbón no parecía tener sentimientos de ninguna clase. Era inútil tratar de convencerlo de algo. Respondía a van Strate como un perro guardián y nunca prestaría oídos a las disquisiciones de Indy. Sólo le quedaba una opción. Una opción que lo ponía en clara desventaja, no sólo por la potencia física del grandulón sino por la superioridad numérica. Ellos eran tres. Él uno. La opción: golpearlos a todos y huir.

La cuerda que lo maniataba por la espalda no cedía. Seguía tan tensa como al principio. Tenía los dedos adormecidos por la presión y la mala circulación sanguínea. Sólo esperaba que lo destaran al momento de amarrarlo a la balsa. Esa era su única esperanza.

Van Strate se alejó por la playa en dirección a un bote. Subió a él y dos de sus hombres remaron unos cien metros hasta el velero.

Puesto de pie, Indy dio un vistazo rápido de su peligrosa situación. Un matón lo sujetaba del brazo derecho, caminando a su lado; el segundo sostenía la balsa en posición vertical, con una pistola colocada en la cintura; el tercero, a modo de anfitrión, lo esperaba con un rictus salvaje a medida que se acercaba a él.

—Desátalo —dijo e Indy tensó sus músculos.

No bien las cuerdas se aflojaron de sus muñecas decidió actuar.

—Quédese quieto —repuso el grandote mientras le aflojaba las ataduras.

Fue cuestión de segundos.

Bastó un fuerte empujón con los hombros para que el matón fuera despedido contra la arena de la playa, al tiempo que la pierna derecha de Indy salía despedida con furia e impactaba en la ingle del segundo captor, que cayó de rodillas lanzando un alarido de dolor. Acto seguido, y dejándose guiar por la adrenalina, el puño de Indy se proyectó contra el rostro del que sostenía la balsa. Le dolieron los nudillos cuando impactaron contra su nariz, antes de que sacara el arma. Giró velozmente y le propinó una soberana patada en la cara al primer grandulón que intentaba reincorporarse del suelo.

Ya era suficiente. No debía continuar allí. Se acomodó el sombrero y corrió a toda velocidad en dirección a la selva que bordeaba la playa.

No había ingresado aún en el follaje cuando escuchó el sonido del primer disparo.

 

En el milenario panteón de la Polinesia, los Aku Kava Kava eran deidades secundarias de gran arraigo entre la gente común. Cada aldea adoraba a uno diferente y representaban a los espíritus de los antepasados que, según los mitos locales, rondaban por las noches en busca de ofrendas. Nada había más peligroso que negarse a sus voluntades. Celosos y vengativos, los Aku Kava Kava inspiraban respeto y temor entre sus fieles. Desde los días de los primeros exploradores europeos del siglo XVII, sus estatuillas, moldeadas en madera de toromiro, dura y resistente, se habían convertido en trofeos preciados y muy cotizados. Sólo dos museos en todo el mundo poseían en sus vitrinas piezas antiguas originales. El resto o habían sido quemadas por el afán fanático de los misioneros franceses, o permanecían escondidas en perdidas cajas fuertes de coleccionistas privados. Nadie estaba seguro de que esto último fuera cierto. De hecho, la mayoría de los especialistas sostenían que sólo quedaban intactas tres estatuillas y era la tercera la que Indiana Jones había ido a buscar a la isla Tuamotu, por recomendación del curador del museo de la universidad en la que trabajaba.

—Sería un honor para nuestra institución tenerla, Indy. —Le había expresado Marcus Brody en la puerta misma de su oficina, hacía diez días.— Obtener un Kava Kava es como tener una Mona Lisa polinesica. Creo que deberíamos hacerle caso a ese tal profesor Shih, viajar a las islas y verificar si la pieza es auténtica. ¿Qué te parece? ¿No te vendrían bien una vacaciones en el Pacífico sur?

Y a Indy le vinieron bien.

Aceptó viajar sin estar al tanto de los pormenores que se les vendrían encima como alud. De haber sabido que el profesor Shih sería muerto por un dardo envenenado horas después de que le entregara la estatuilla; o que Van Strate organizaría una persecución por la isla, eliminando a todos los que se relacionaran con la reliquia, lo hubiera pensado dos veces. Pero ya era tarde. Estaba corriendo por una selva húmeda y retorcida, perseguido por tres asesinos prestos a darle un tiro entre ceja y ceja.

 

Cuando llegó a la aldea, tenía casi tres horas de marcha forzada pesándole en las piernas. Transpiraba copiosamente, estaba agitado y ansioso. Levantó su sombrero fedora y secó las gotas de sudor que le perlaban la frente. Echó un rápido vistazo a la media docena de chozas y gritó a viva voz:

—¡David!...¡Estoy aquí!...

Le dolió la garganta al pronunciar el llamado. La tenía reseca y el corazón parecía salírsele del pecho.

—¡Soy yo, Indiana!...

David Morewest era un estudiante avanzado de arqueología. Cursaba el último semestre en la cátedra de la Indy era titular y había sido especialmente recomendado por Marcus Brody para que lo acompañara. Tenía veintinueve años de edad, era inteligente, aplicado y con muchas ganas de prosperar en el negocio.

—No se arrepentirá, profesor Jones —le había dicho el muchacho—. Le prometo que pondré todo mi conocimiento en el trabajo.

Y no había mentido. Era capaz de identificar artefactos polinesios a primera vista y fue mayúscula la sorpresa de fallecido  profesor Shih al reconocer su capacidad casi innata.

—Un buen discípulo, doctor Jones —había sentenciado mirando al famoso arqueólogo—. Ha sembrado correctamente, amigo mío. Puede morir en paz...

Pero en ese instante, lo último que Indy quería era morir. Menos aún en esa isla sofocantemente húmeda, a miles de distancia de su hogar, de sus libros, de sus seres queridos.

—¡David! —Volvió a gritar casi con desesperación—. ¿Dónde demonios...?

De pronto el esterillado de una de las chozas se corrió y Morewest apareció con una colt en su mano derecha.

—Profesor, ¿está solo?...

Indiana dio un leve suspiro y avanzó dos pasos.

—¡Gracias a Dios! —dijo—.Pensé que...

—¡Deténgase, profesor Jones!—exclamó el muchacho elevando el cañón del arma—. No me ha respondido... ¿Está solo?

Indy levantó los brazos a un costado del tronco.

—¡Sí, estoy solo, maldita sea!

Morewest oteó los contornos de la aldea. Estaba asustado y alerta como un gato. Una vez seguro, dejó de encañonar a Indy y lentamente caminó hacia él.

—¡Profesor, Dios mío, esto es una locura! ¡Han liquidado a tres de los nuestros! ¡Los mataron! ¡Los mataron por esa bendita estatuilla! ¡Están dementes! —Y se lanzó sobre Indiana con lágrimas en los ojos, abrazándolo.

—David, tranquilízate —prorrumpió Indy—. Escúchame, por favor.—Morewest seguía histérico— ¡Escuchame!—Ladró el arqueólogo separándolo de sí—. ¡Escúchame! Tenemos que sacar el Aku ya mismo de este lugar. ¿Dónde lo pusiste?...

Morewest lo observó con temor.

—¿Aún lo tienes, verdad? —preguntó el arqueólogo.

El muchacho no respondió. Tenía la mirada desorbitada.

—¡David!—exclamó Indiana frunciendo el seño—. ¿Aún lo tienes?...

Morewest giro la vista hacia la punta del cerro más cercano. Indy lo siguió con la mirada y mantuvo la respiración.

—¿Allá arriba?... —masculló por lo bajo.

Morewest movió afirmativamente la cabeza.

—Es un sitio seguro, profesor Jones. Hay muchas cuevas. Temí que me lo arrebataran. No se me ocurrió otra cosa.

Indy suspiró.

—Hiciste bien —dijo palmeándole el hombro—. No te preocupes.

Miró el cerro con más detalle. Debía tener unos seiscientos metros de altura. Estaba tapizado de árboles y la ascensión, calculó, les llevaría unas cuatro horas.

—Debemos partir ya mismo —dijo con firmeza—. Aunque de seguro nos sorprenderá la noche a medio camino. —Se apartó del joven y preguntó:—¿Cuándo fue que sorprendieron a los porteadores y al guía?

—Menos de dos horas atrás... No les dieron tiempo a nada. Sólo yo atiné a escabullirme en la selva. Sentí disparos y alcancé a ver cómo los asesinaban a los tres. ¡Fue terrible!

—Tranquilízate, David. Tenemos que mantener la calma..

Morewest lo observó de arriba abajo. Recién entonces advirtió la sangre seca en la comisura de los labios de su profesor estrella.

—¿Lo atacaron?

—Una leve escaramuza, nada grave —desestimó tocándose la herida.

—¿Y que haremos con la estatuilla una vez que la recuperemos?—Inquirió Morewest temeroso.

Indy guardó un leve silencio. Volvió a mirar la montaña que tenía por delante y repuso:

—No lo sé... Algo se me ocurrirá.

Y sin decir más encararon la ladera del cerro con determinación.

 

Era como la boca negra y profunda del infierno. Un hoyo oscuro que se abría entre las rocas y que repelía e invitaba a entrar al mismo tiempo. Indy estaba agotado. Ya no era el muchachón resistente de antaño y la ascensión se hacía notar en cada uno de los músculos de su cuerpo. David Morewest sólo presentaba una leve agitación.

—Es esta, profesor —aseveró el estudiante señalando la entrada de la cueva—. Ahí tiene la marca que dejé.

A un costado, sobre un roquedal lleno de verdín, podían leerse con claridad sus iniciales “DM”.

—Buen trabajo, David—alegó Indy—. Ahora, rescatemos la estatuilla y salgamos de aquí.

Tal como Indiana Jones había anticipado, hicieron cumbre con la luna llena colgada del firmamento. Era una noche perfecta, clara, estrellada y sin nubes. Aún en sombras el calor se dejaba sentir. El sobrecogedor poder de la naturaleza, seguía condicionando los movimientos de ambos exploradores.

Morewest encendió una rama a modo de antorcha e ingresaron.

—¿Qué tan importante es esta reliquia para que tanta gente muriera? —preguntó el chico sorteando las rocas desprendidas que yacían en el suelo de la caverna.

—Mira, David —le respondió—, en estos casos se juntan dos cosas: el valor económico de una pieza extraña, como lo es ésta; y el valor simbólico, que posee. Te sorprenderías cuán importante es esto último...

—¿Valor simbólico? ¿Para quién? ¿Para Van Strate?...

Jones no respondió y siguió marchando.

La cueva era larga y ancha, con paredes húmedas y tapizada de líquenes y musgos. Costaba caminar. Había que hacerlo con precaución, ya que la superficie del piso era resbaladiza. Cabía la posibilidad de doblarse un tobillo y volver imposible la huída de ese lugar. Pocos sospechaban cómo una tontería como esa podía complicar las cosas.

Siguieron avanzando. Giraron hacia la derecha en un recodo de la caverna. Fue entonces cuando Morewest exclamó:

—¡Allí está, apoyada sobre aquella piedra!

Indiana se le adelantó con presteza. Levantó un bolso de cuero de regular tamaño y metió su mano por la hendidura. Una media sonrisa se le dibujó en la cara.

—Buen trabajo, David —dijo levantando la reliquia—. Buen trabajo...

El Aku Kava Kava sonreía. Su perfecto tallado en madera, hecho por manos anónimas hacía centenares de años, recreaba el rostro de una deidad horrible; un híbrido de hombre con pájaro que con sólo observarlo infundía temor. Los ojos eran exageradamente grandes. Tenía el seño fruncido y por debajo de su nariz aguileña, una fila de dientes muy pronunciados sobresalían de la boca dándole la apariencia de diabólica sonrisa. Medía unos veinte centímetros de altura y todo su torso mostraba un cuerpo descarnado, con delgadas y filosas costillas a ambos lados. Nada tenía que ver esa estatuilla con los cánones occidentales de belleza.

—Bien, es hora de salir de aquí —dijo Indy acomodándose su sombrero.

Guardó el Aku en su bolso y giró en redondo, en dirección a Morewest.

El muchacho seguía con la antorcha en la mano, pero algo raro se le dibujaba en la cara. Tenía una mirada extraña.

—¿Te sientes bien? —preguntó Jones.

No dieron tiempo a que Morewest respondiera.

Como por arte de magia, y saliendo las sombras circundantes, cuatro siluetas se iluminaron por la luz del fuego.

Natasius Van Strate, con su pistola apuntándole al chico en la cabeza, dio un paso hacia Indiana.

—Buenas noches, doctor Jones —saludó con ironía—. ¿Acaso pensabas que me ibas a sacar de encima tan fácilmente? No somos tan sencillo de perder...

Los ojos de Indy se inyectaron con sangre. Apretó la mandíbula y amagó con tirar un puñetazo.

—¡Quieto, amigo mío! —ladró el holandés amartillando el arma—. ¿O quieres tener otro cadáver sobre tu conciencia?...

Morewest estaba pálido.

—Discúlpeme, profesor —carraspeó el muchacho—. Pero le juro que a este hombre lo vi muerto, con sangre en la cabeza— dijo señalando a uno de los sujetos, cobrizo y bajo, que acompañaban a Van Strate.

El holandés miró sonriendo al nativo.

—¡Resultaste ser un buen actor, Miloka!—clamó el holandés

—¡Maldito traidor! —explotó Indy al reconocer en la penumbra de la cueva al guía aborigen que había contratado a instancias del profesor Shih; y que había dejado junto con Morewest un día antes.

—¡No seas inocente, Jones! —prorrumpió Van State—. Es la ley del mercado. La ley de la oferta y la demanda... ¿Acaso tú no trabajas para otros? Miloka optó por un mejor sueldo, eso es todo. No lo juzgues mal...

—Debió pagarme lo que le sugerí sin regatear, doctor Jones —agregó el polinesio.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez —agregó Indy.

Van Strate extendió su brazo en dirección al bolso. Hizo un gesto que revelaba prisa.

—Dámelo, Jones. Hagamos las cosas rápido. Quiero abandonar esta maldita isla lo más pronto posible.

Indy extrajo el Aku con parsimonia.

—Tu sabes que esto debería estar en un museo —dijo al tiempo que se lo entregaba.

—¡Déjate de coleccionismo inútil! —ladró—. Tengo mejores planes para esta estatuilla.

Van Strate tomó la reliquia y la revisó rápidamente. Acto seguido se la dio a uno de sus esbirros, el mismo que horas atrás fabricara la fallida balsa para Indiana, en la playa.— Llévala al globo. Partimos en minutos.

Indy quedó sorprendido.

—¿Globo?...—interrumpió—¿Qué globo?

Van Strate lanzó una estruendosa carcajada que retumbó en la fría galería de la caverna.

—¿Cómo crees que llegué a esta cima antes que tú?...¡En un globo aerostático, idiota! No bien Miloka nos informó sobre el paradero del Aku lo inflamos y surcamos los aires... Lamento no llevarte de regreso conmigo, Jones.

Hizo un movimiento leve y seco de cabeza en dirección a su matón. El grandulón cerró el puño e, inopinadamente, lo estampó con fuerza contra la quijada de Indy, que voló hacia un costado, quedando tendido en el suelo.

—Ahora sí, me despido de ti... permanentemente —repuso Van Strate con firmeza y encauzó sus pasos hacia la entrada de la cueva—. Monwo —dijo dirigiéndose al matón—, trae al chico con nosotros y dispone las cosas para que el doctor Jones encuentre su tumba en esta caverna.

Aturdido por la fiereza de la inesperada trompada, Indy vio como Van Strate era fagocitado por la oscuridad, seguido por Morewest y sus esbirros. La luz de la antorcha se fue empequeñeciendo hasta desaparecer e Indiana Jones quedó completamente a oscuras.

A tientas, se reincorporó apoyándose contra el muro rocoso que podía sentir con la palma de las manos. Fue entonces cuando escuchó seis tiros. Seis fuerte tiros que venían del exterior.

¡Morewest!, pensó Indy. ¿Estaban fusilando al chico?

Pero bastaron tres segundos para cambiar de hipótesis.

Un temblor descomunal, que parecía aún más fuerte por la ceguera temporal a la que estaba condenado, le reveló a Indy que acababan de demoler el ingreso a la cueva... La habían bloqueado.

¡Querían sepultarlo vivo!...

 

El globo aerostático semejaba un hongo gigante. Apostado en la cumbre misma del cerro flotaba a medio metro del suelo, sostenido por un ancla de hierro.

Van Strate ya había subido a la barquilla con uno de sus hombres y daba las últimas ordenes antes de partir. Estaba nervioso y exultante por el triunfo conseguido. Tenía el trofeo que tanto deseaba.

—Monwo, ¡apresúrate! Sube al chico...

El grandulón titubeó un segundo

—¿Qué hacemos con el nativo, patrón? —preguntó señalando al guía.

Miloka lo miró sorprendido.

—Me dijeron que iba con ustedes...—arguyó.

Van Strate movió la cabeza de un lado a otro, negativamente.

—¡Lastima, no hay espacio acá adentro! —Y desenfundando su pistola le gatilló un tiro en el corazón. Miloka se desplomó como un muñeco de felpa contra las rocas de la cumbre.

—¿Qué esperas?—gritó Van Strate volviendo sus ojos a Monwo —¡Salgamos de aquí!

 

 

La diminuta cabeza de pólvora del fósforo chisporroteó y, como en el Génesis, “Se hizo la luz”.

Indiana Jones no fumaba, pero siempre tenía a mano una caja con cerillas. El único inconveniente era que le quedaba sólo una y tenía que aprovecharla al máximo.

Sin darle tiempo a la llama, que ascendía presurosa por la varilla de madera, buscó en el piso de la caverna la bolsa en la que Morewest había escondido la estatuilla.

Estiró el brazo, la agarró y la acercó al fuego ya mortecino por el movimiento de la mano.

La tela se encendió y el radio visual se amplió consideradamente. Una vez más debía actuar con celeridad.

Tambaleándose, corrió hacia la entrada de la cueva.

El tal Monwo había hecho un trabajo a medias, nada prolijo. La improvisaba antorcha se sacudía por el viento que se colaba por los brechas que quedaban entre de las piedras, apiladas una encima de otra.

Si se apuraba y apartaba rápido las rocas recién amontonadas quizás tendría una oportunidad.

 

Monwo cortó amarras y el globo inició su lento ascenso.

Van Strate movió una manivela y la bocanada de helio apresuró la subida, sacudiendo la barquilla de caña de un lado para otro.

El holandés sonreía de oreja a oreja. Se asomó por el borde del canasto como despidiéndose de la isla y, entonces, lo vio.

—¡¿Jones?!

No podía creer lo que observaba: Indy estaba a punto de manipular su látigo en dirección al globo.

Sacudió el brazo con fuerza y como si fuera una culebra entrenada el látigo se desenrolló con pasmosa velocidad. Alcanzó uno de los laterales de la barquilla y la punta se enrolló en uno de los tirantes que sujetaban al inmenso balón de tela.

—¡Mátalo, Monwo! —gritó desaforado Van Strate—¡Mátalo! ¡Maldita sea, mátalo o impedirá que subamos! ¡Es mucho peso!

Indy jaló hacia abajo y el látigo se tensó como la cuerda de un violín. Lo agarró con ambas manos y levantó sus piernas con la clara intención de impedir el despegue. Debía generar más peso. Tenía que abortar la huída y poco lo importó la posibilidad de caer muerto por la lluvia de balas que, desde la barquilla, salían del caño de la pistola de Monwo.

De pronto quiso hacer pie, pero le fue imposible. Miró hacia abajo y apretó instintivamente los nudillos: estaba siendo levantado hacia el cielo a más velocidad de lo que había supuesto. Cinco segundos más tarde, Indiana Jones colgaba de su látigo prendido al globo aerostático, bamboleándose de una lado hacia otro para impedir que los proyectiles le dieran en el cuerpo.

—¡Rayos! —exclamó al ver cómo la copa de los árboles se hacían más y más pequeñas a sus pies. Ya era tarde. No podía soltarse. De hacerlo se mataría.

Van Strate asomó medio cuerpo fuera de la barquilla y miró hacia abajo.

—¡El muy cerdo está ahí, Monwo! —gritó exasperado— ¿Qué esperas para matarlo?

El matón recargó su pistola con celeridad. Le temblaban las manos de los nervios.

—Veo muy poco, señor —se excusó—. Está oscuro. Además, ese condenado se zarandea de una lado para otro. No sé si podré darle.

Entonces, Natasius Van Strate giró sobre sí mismo y cambió de planes.

Estiró el brazo, tomó la válvula de regulación y la giró hacia la izquierda.

—Si quiere dar un paseito, se lo daremos.

El globo flotaba sobre la ladera de la montaña. De haber querido disfrutar del paisaje, Indy hubiera alimentado su espíritu con el panorama de una selva negra, densa y compacta, rodeaba de mar. Aquella isla era un paraíso terrenal. Pero la situación no daba para ese disfrute de turista. La vida del arqueólogo pendía, literalmente, de un hilo.

Un sensación extraña en la boca del estómago le indicó a Indy que el globo descendía lentamente.

“¿Van a bajar?”, pensó aferrándose con fuerza al mango del látigo. No era lógico.

Pero no se equivocaba...

—¡Jones!—le gritó el holandés— ¿Me escuchas?

La voz de Van Strate llegó nítida a sus oídos.

—¡Te voy a arrastrar por cuanto árbol encuentre en el camino, maldito bastardo!

La brisa proveniente del mar agitaba los pantalones de Indy y un brusco descenso del aparato aflojó por una décima de segundo la tirantes del látigo.

“¡Dios, voy a matarme!”, pensó; pero de inmediato sintió que algo le raspaba la suela de los zapatos.

Eran las copas de los árboles que se le acercaban.

Iba a chocar con ellos. Era inevitable.

Desde lo alto podía escuchar la voz excitada del traficante holandés.

¡Hijo de perra!”...

Una portentosa rama dio contra su pierna derecha e Indy perdió fuerza en uno de sus brazos. Repentinamente se sintió colgar de una sola extremidad y la palma transpirada de la única mano que se aferraba al látigo empezó a deslizarse lentamente.

Otro tronco golpeó sus muslos, y otra rama, y otra... Un ruido ensordecedor le invadió los tímpanos: estaba chocando contra el follaje y podía sentir una seguidilla lacerante de golpes en todo el cuerpo.

Entonces, la mano de Indy perdió el extremo del látigo.

Fue como ingresar en un torbellino claroscuro. Todo le dio vueltas y miles de sombras irregulares se dibujaron, indefinidas, a través de los párpados entreabiertos del arqueólogo, mientras caía y golpeaba; golpeaba y caía sin cesar entre las ramas, en dirección al piso de la isla. 

 

 

  

III

DOS SEMANAS DESPUÉS...

BARNETT COLLEGE

NEW YORK

—¡Ya no estoy para esos trotes, Marcus! —declaró Indiana Jones desde su escritorio, atiborrado de libros, formularios y exámenes sin corregir desde hacía días. —Este maldito hombro me duele horrores...

Marcus Brody caminó hacia él con parsimonia.

—¡Indy, por favor! —sonrió desestimando el comentario—. ¡Caíste desde casi treinta metros de altura!...¡Tuviste mucha suerte! Cuando se lo comenté a tu padre se sorprendió y no pudo contenerse al compararte con un gato.

Indiana se acomodó en la silla y gesticuló con un dejo de amargura.

—A esta altura ya no sé cuantas son las vidas que me quedan —expresó.

—No las cuentes, dicen que trae mala suerte—y arrojó una carcajada corta y contenida. Se acomodó frente a su ex-pupilo y lo miró fijamente a los ojos.—No te quejes. Pudo haber sido mucho peor.

—Sí —asintió Indy viéndolo con el afecto de un hijo—. En verdad Van Strate se equivocó al bajar con el globo. Las ramas me amortiguaron la caída. De haber subido por encima de las copas de los árboles no estaría charlando aquí contigo.

Hizo un corto silencio, jugueteó con su lápiz sobre una hoja de papel y frunció el seño. Una presión en el pecho le anunció la consabida ola de angustia que parecía nacerle en el estómago, y que lo perseguía desde hacia días. Finalmente inquirió:

—¿Aún no se sabe nada de él, verdad?

Marcus negó con la cabeza.

—Nada.

—¡Ése criminal holandés! —chilló Jones—. Si tiró a David en el mar, jamás lo encontraremos.

—El padre no pierde las esperanzas.

—Pobre hombre... No me gustaría estar en sus pantalones.

—Según tengo entendido ha contratado gente para que ubiquen a Van Strate.

—No creo que sirva de nada. Se esconde como un topo. Además —agregó desalentado—, jamás admitirá lo sucedido y será imposible probar que lo asesinó. Sin un cuerpo, no hay crimen.

Marcus se rascó la frente.

—Es cierto, pero pensemos en positivo, Indy. Quizás el muchacho pudo...

—...pudo sobrevivir. ¡Tengo pruebas de ello!

El vozarrón provino desde la puerta de la oficina. Era de un tono varonil, agudo y claro. Un acento inconfundiblemente británico.

Indy levantó la vista. Marcus giró sobré sí mismo sorprendido.

Sir Mortimer Morewest estaba parado debajo del marco de la entrada. Vestía con elegancia.

—Les ruego me disculpen no me haya anunciado, caballeros —dijo avanzando con señorial porte, al tiempo se que quitaba un fino sombrero bombín color gris claro y extendía su mano a Marcus—. El vicerrector me indicó el camino y me tomé la libertad de entrar sin golpear. ¿Doctor Brody, supongo?...—preguntó, aprisionando la palma de Marcus—. Es un placer. Soy el padre de David.

Brody respondió al saludo con ímpetu en sus dedos.

—El gusto es mío, señor. Un placer. Le presentó al profesor Jones, al Doctor Indiana Jones.

Indy se reincorporó rápido de la silla y estiró la mano.

—Sir Mortirmer...—articuló con respeto.

—Lamento conocerlo en una situación tan desgraciada, doctor Jones —dijo Morewest—. David siempre me escribía mucho sobre usted. En verdad lo admira. ¡No se imagina lo feliz que se puso cuando se enteró que podía llevar a cabo un trabajo a su lado!

A Indy se le secó la garganta.

—Siento no haber podido ayudarlo como debía.

Mortimer Morewest desatendió el comentario. Infló el pecho, miró a ambos catedráticos con solemnidad y repitió:

—Tengo pruebas de que mi hijo aún está con vida.

Indy miró extrañado a Marcus y volvió la atención hacia el noble británico.

—¿A qué se refiere? —preguntó.

—A esto... —y extrajo del bolsillo de su sobretodo una fotografía blanco y negro—. La sacaron hace cuatro días.

Indiana la agarró y observó con detenimiento.

No cabía duda de que era una ampliación sacada a partir del original. En ella se veía, de espaldas, el inconfundible perfil de David Morewest en medio de una muchedumbre vestida de vivos colores primarios. Parecía ser una procesión religiosa desplegada por una callejuela angosta, enmarcada por muros de inmensas piedras perfectamente ensambladas.

Indy reconoció de inmediato el lugar.

—El Hatun Coriyoc, “la calle de las grandes rocas” —dijo con seguridad meridiana.

Sir Mortimer sonrió.

—Efectivamente, doctor Jones. No se equivoca. Es el Hatun Coriyoc, en Perú.

—Pero... —titubeó Marcus—, ¿qué es lo hace su hijo en la ciudad de  Cusco?...

—Por lo que veo —intervino Indy—, participando en una ceremonia de “pago”. Una antigua tradición andina en la que, por medio de procesiones y ofrendas, se agradece a los dioses tutelares de la región los dones recibidos a lo largo del año. Es una fiesta popular a la que concurre mucha gente; una práctica que viene de la época de los incas y que, actualmente, se ha cristianizado un tanto. Vean, observen esas pancartas, al fondo, con el perfil de la Virgen...

—Sí, pero, miren aquí arriba —dijo Morewest señalando en el ángulo superior derecho de la placa—. ¿Reconocen a ese hombre de espaldas?

Indy se mordió el labio superior.

—¡Van Strate!...

—Así es, profesor. El secuestrador de mi hijo.

Marcus se acercó a la foto y la contempló con detenimiento.

—Discúlpeme, Sir Mortimer —repuso finalmente, casi con timidez—, pero no me parece que su hijo esté sufriendo presión alguna. Van Strate está muchos pasos por delante de él. No comprendo...

—Es lo que yo tampoco entiendo —contestó el inglés—. Y me tiene muy preocupado.

Indy volvió a su escritorio pensativo con la foto en la mano. Caminaba muy lento, sopesando las palabras que quería pronunciar.

—Sir Morewest —dijo mientras hilvanaba los conceptos—, si por casualidad usted ha estado pensando en una eventual asociación entre su hijo y Natasius Van Strate, le diré que es poco probable en verdad. ¿Qué sentido tuvo someterse a todos los inconvenientes que ya conoce, si David tenía la estatuilla en su poder desde hacía un día? No es lógico. Se la hubiera entregado antes.

—No sólo no es lógico, doctor Jones —intervino Morewest con potente acento—. ¡Es imposible! Nunca se me cruzó eso por la mente. Mi hijo sabe lo que está bien y lo que está mal. Sabe distinguir lo que es un delito.—Hizo un breve silencio, como queriendo tranquilizar su involuntario exabrupto—. Lo que yo creo—continuó— es que por alguna razón que desconocemos, Van Strate lo ha obligado a estar con él.

Indy miró a Marcus con un brillo muy particular en sus ojos. De inmediato, Brody captó de antemano la frase que su amigo diría. Lo conocía demasiado.

—Es momento de actuar —sentenció Jones—. Tengo que partir ya mismo para Perú, antes de que Van Strate se desvanezca otra vez.

—Sabes que la universidad apoyará la iniciativa —respondió Marcus con idéntico brillo en la mirada—. Sólo tendré que convencer a dos o tres miembros del Consejo Académico. Los mismos de siempre...

—También tiene mi más absoluto apoyo, doctor Jones —confirmó Sir Morewest visiblemente contento—. En realidad había venido a ofrecerle todos mis recursos para encontrar a David. Quiero recuperar a mi hijo.

Indy experimentó una bocanada de energía en todos sus músculos; incluso, hasta el dolor del brazo pareció desaparecer. Estaba una vez más en movimiento y no había nada que le insuflara tanta adrenalina como reiniciar un trabajo inconcluso.

—Lo encontraré, señor —dijo con vehemencia—. Juro que lo haré.

 

Como de costumbre, momentos antes de cualquier partida, Indiana Jones estaba hiperactivo. Iba y venía de una habitación a otra de su casa; armando las valijas y proyectándose mentalmente a miles de kilómetros de distancia, en dirección a su futuro destino.

Marcus Brody, sentado en un sillón del living, lo miraba con cierta desazón. Con la nostalgia propia de un viajero que no puede realizar la travesía.

—...Entonces, ¿ya combinaste el encuentro con el contacto de Sir Morewest? —preguntó elevando la voz.

Indy se asomó desde la puerta de su cuarto.

—Ese tema está listo, Marcus—contestó—. Hablé con él hoy por la mañana. En dos días tendremos una entrevista.

—Bien. Esperemos que ese tipo no pierda los rastros de Van Strate.

—Según Sir Mortimer es un excelente investigador privado —dijo volviendo a su tarea de empaque—; y creo que ha dado prueba de ello. Ese holandés hijo de perra ha dejado de ser el “topo” de antaño.

—Debe estar poniéndose viejo...

Indiana volvió a asomar el rostro. Sonreía.

Nos estamos poniendo viejos —agregó, volviendo a su equipaje tendido sobre la cama

Marcus lo siguió en la ironía.

—Viejos, pero más sabios, mi queridísimo amigo.

Indy repensó la frase unos segundos mientras acomodaba una camisa.

—Ojalá que esa sabiduría me permita terminar el trabajo rápidamente

—En esta ocasión corres con ventaja...—aseveró Marcus desde el living.

—¿Te refieres a mis amigos en Perú?

Brody asintió con un “ahá”.

—Marcus —alegó Indiana—, hace mucho tiempo que no viajo por allí.

—De todos modos, no habrás olvidado quiénes son los principales traficantes de antigüedades de la zona. ¿O sí?...

—Eso es como andar en bicicleta —pronunció el arqueólogo—: una vez que se aprende, nunca  se olvida. Si Van Strate viajó para vender el Aku Kava Kava en el mercado negro, de seguro daré con las mismas personas con las que él trató. De ese modo llegaré a David y a la estatuilla

—En ese caso, no pierdo las esperanzas de tenerla en el museo.

Indiana salió del cuarto; caminó hacia el sofá y se desplomó frente a su amigo. Las maletas estaban listas. Sólo restaba esperar la salida del hidroavión desde el puerto de New York, cinco horas más tarde.

 

IV

CUARENTA Y OCHO HORAS MÁS TARDE...

PUERTO DE EL CALLAO

LIMA, PERÚ

La bruma marina se elevaba desde la superficie del Pacífico cubriendo el ancho muelle del puerto limeño. Una media docena de bares permanecían abiertos, a pesar de lo avanzado de la noche; y la fauna portuaria, compuesta por marineros, traficantes, estibadores y tránsfugas, ponían en escena un cuadro que, a simple vista, podía ser calificado sencillamente como peligroso. El aire de la costa, denso y pegajoso, lo impregnaba todo y un permanente olor a pescado indicaba a las claras que se estaba en el principal centro exportador de productos marinos de América del Sur. El Callao tenía una larga historia. Era el más importante nexo que Perú tenía con el resto del mundo y, como en todo puerto, allí se congregaba lo mejor y lo peor de allende los mares.

Indiana Jones avanzó por el muelle con paso firme. Tenía las mandíbulas apretadas e intentaba no demostrar en su rostro sentimiento alguno. Una mera sonrisa, una simple cara relajada o una mirada sin personalidad, hubieran sido suficientes para que cualquiera lo provocara de palabra; presumiendo que la cordialidad era sinónimo de debilidad. Tenía que mostrarse rudo, por dentro y por fuera. Su aspecto clásico, de sombrero fedora, campera gastada de cuero, camisa con corbata, pantalones amplios y duros zapatos marrones, exteriorizaba la faceta más mundana del arqueólogo, la más dura; a tal punto que nadie hubiera sospechado que ese extravagante gringo, con látigo a la cintura, era un profesor universitario.

1948 se había inaugurado de un modo no muy halagüeño para los peruanos. La democracia, derrocada por un cruento golpe de Estado, protagonizado por militares, se había diluido entre tiros y actos de fuerza; y en la Casa de Gobierno un general, que parecía no tener escrúpulos, pretendía autoproclamarse Presidente de la Nación a través de una elección amañada y fraudulenta, con el fin de legitimar su estadía en el Poder.

El clima político que se respiraba era tan pesado como la bruma del puerto. Por doquier podían verse soldados armados, apostados en las avenidas y paseos públicos. La censura a la prensa era un hecho y la violación a la Carta de los Derechos Humanos —promulgada por la ONU ese mismo año— una actividad corriente. La letra muerta de las buenas intenciones seguía siendo la regla en un mundo que, tras dos guerras bestiales, parecía no haber aprendido nada.

Indy siguió caminando, ahora con un trozo de papel en la mano derecha, que había sacado del bolsillo de su campera. Tenía un nombre escrito de su propio puño y letra: BAR TUMI. El lugar del encuentro.

A poco de caminar sobre el maderamen del andén, lo vio. Un cartel oxidado, que colgaba sólo de un extremo, reproducía con letras descoloridas por el salitre del mar, el texto que Indiana Jones tenía garabateado en el papel.

Se acomodó el sombrero. Miró a un lado y otro del muelle y entró.

El calor humano, acumulado entre las paredes del recinto, impactaron en su nariz. Un olor ácido, mezcla de transpiración, alcohol y tabaco, le dieron la bienvenida. El aire era viscoso; tanto que Indy imaginó poder cortarlo con una tijera. La iluminación, escasa, sólo le permitía ver un amasijo de sombras en movimiento, indicándole que el local estaba lleno de parroquianos. Pero bastaron unos pocos minutos para acostumbrar las pupilas a lo mortecino del ambiente y moverse en él con absoluta seguridad.

A menos de diez metros de distancia, en una mesa destartalada, apoyada contra la pared del fondo, un sujeto levantó el brazo, invitándolo a que se le acercara.

Incluso de lejos se notaba que era un individuo fornido, de rasgos europeos y un traje claro de hilo, bastante desteñido, que no concordaba con el clima general del sitio. Indy lo reconoció de inmediato: era Frederik Castelao, el investigador privado contratado por Mortimer Morewest para ubicar a su hijo.

Tras las presentaciones del caso, Indy tomó asiento y pidió una cerveza. A poco de empezar la charla, advirtió que la locuacidad era la característica más destacada de su informante.

—Me alegro mucho de que haya llegado rápido, doctor Jones —dijo el investigador—. Las cosas en este país están muy feas y creo que mis idas y venidas han despertado la suspicacia de los nuevos dueños del gobierno. A esta gente no le gusta mucho ver a un extranjero sacar fotos y hacer averiguaciones. Mañana mismo me marcho de aquí. Ya tengo el pasaje reservado. No quiero pasar un día más en este hervidero de violencia.—Extrajo del bolsillo de su chaqueta un puñado de fotos y un papel escrito en letra manuscrita, y lo puso sobre la mesa—. Aquí tiene toda la información que conseguí. Parte de ella se la transmití al inglés por correo hace una semana, pero seguí investigando y nuevas cosas, muy interesantes, han ido surgiendo. Mire —dijo notablemente orgulloso por su trabajo—, ese tal Van Strate ha estado en la ciudad de Cusco haciendo muy buenos contactos con traficantes de antigüedades, especialmente con huaqueros, con ladrones de tumbas. Por lo que sé, todavía no vendió la estatuilla; y, si me permite la opinión, no creo que la venda. Ha estado dado muchas vueltas. Si quisiera sacársela de encima y meterla en el circuito del mercado negro, ya lo hubiera hecho, ¿no cree?...—Indy atinó a responder, pero Castelao no le dio tiempo—. En cuanto al chico, doctor Jones, éste lo sigue al holandés a todos lados. Además, claro, de estar acompañado permanentemente por un oriental llamado Monwo. ¿Lo conoce?...

—Vagamente... No hemos intimado.

—Mejor así. Ese tipo es un matón. Creo que sería capaz de matar a alguien si Van Strate se lo ordenara... Aléjese de esa bestia, amigo.

—Gracias por el consejo.

—Otra cosa —agregó el  detective excitado por sus propio discurso—. El holandés ha estado participando en ceremonias y rituales sincréticos; esos que combinan lo indio con lo cristiano. Y al parecer, con gran devoción. No sé...; no comprendo por qué lo hace. No da con el tipo. De todos modos, le dejo el dato por si le interesa.

Indy levantó levemente su mano izquierda con gentileza y una media sonrisa en los labios.

—Si me permite, Frederik—dijo—, quisiera hacerle una pregunta.

—¡Oh, disculpe usted! Soy un charlatán por naturaleza. Mi madre siempre me decía que...

Indy subió las cejas y movió la cabeza de un lado a otro, resignado

—Le ruego me perdone de nuevo —sonrió Castelao—. No hablo más. Adelante, le oigo. ¿Qué quiere saber?

Indiana Jones se acomodó en la silla y reclinó su cuerpo hacia delante.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Van Strate? —preguntó.

Castelao titubeo.

—Hace un par de días. Cuando hablé por teléfono con usted.

—¿Y sabe en dónde está ahora?

La boca de Castelao se torció en un gesto de decepción.

—No..., señor.

—¿Le perdió el rastro?

—Bueno..., mire..., yo en verdad lo tenía ubicado. Paraba en una casona a las afueras de la ciudad, propiedad de un militar que ahora ocupa un cargo importante en el Cusco, el coronel Adán Palomino Pampañaupa. Lo seguí durante una semana hasta esa dirección, pero... —se tomó la sien derecha preocupado y terminó confesando:— desde hace un día y medio no supe nada más de él, ni del muchacho. Ese maldito parece haberse desvanecido en el aire. Se borró. Desapareció. Ya no está en ese lugar. Ayer, cuando dejé Cusco, todavía no lo tenía ubicado. —Carraspeó, aclarándose la garganta—. Pero, de todas maneras—agregó—, le estoy dando muchas pistas a seguir, doctor Jones... Me he ganado el sueldo.

Indy masajeó su barbilla. Las cosas no parecían ser tan simples; como siempre las complicaciones eran parte de su vida. El Topo conservaba sus antiguas mañas. Después de todo, no estaba tan viejo como había creído al ver su foto en la universidad.

—¿Qué más puede decirme de ese militar? —inquirió Indy

—¿Del coronel Adán Palomino?

—Sí.

—No mucho. Simplemente que es un soldado de carrera; que ha participado en el golpe de Estado activamente y que por ello ha sido recompensado con el mando del Quinto Regimiento, con asiento en Cusco. Además, tiene fama de ser una persona instruida en temas incaicos. Dicen que publicó en revistas no especializadas teorías muy personales sobre el origen de ese pueblo que, claro, fueron rechazadas por los académicos de la universidad local. Habría que ver qué dicen ahora, que él tiene el poder...—sonrío por lo bajo—. Por último, y casi me olvidaba —agregó—, Palomino colabora asiduamente con sociedades de beneficencia y la cruz roja.

—Un buen samaritano...

—Efectivamente, doctor —sonrió sarcástico.

Indy se puso de pie y le estrechó la mano, dando por concluida la reunión.

—Bien —dijo—, creo que ya sé por donde empezar.

—No le recomiendo ir a ver al coronel —sugirió el detective con aire paternalista.

—No; no estaba pensando en él.

—Mejor así, amigo —repuso Castelao, reincorporándose—. Y deje —esgrimió al notar que Indy amagaba pagar las bebidas consumidas—, yo invito.

Juntos salieron al muelle. El frío había aumentado y la neblina era más espesa. Caminaron hacia la calle más cercana, en donde Castelao había dejado estacionado un auto de alquiler.

—Venga conmigo, doctor Jones —ofreció—. Lo alcanzaré hasta Lima si desea.

Indy le estrechó la mano con firmeza.

—Se lo agradezco, Frederik; pero prefiero regresar en taxi. Dadas las circunstancias, no es bueno que nos vean juntos. Una vez más, gracias por todo.

Se despidieron.

Castelao se subió a un Ford modelo 39 e Indy giró sobre sus talones en dirección opuesta.

No había dado una docena de pasos cuando el arqueólogo sintió una tremenda explosión; cuya onda expansiva lo despidió con fuerza hacia delante, revolcándolo en el piso húmedo por varios metros.

Recién cuando reincorporó la mitad de su cuerpo, y miró en dirección del automóvil, se percató de éste estaba en llamas, con el chasis retorcido como si fuera de papel y el cadáver de Frederik Castelao, ladeado sobre lo que segundos antes había sido una portezuela. El pobre tipo estaba muerto. Quemado. Desfigurado.

La bomba cobarde, que le quitara la vida al detective, había cumplido con su siniestro propósito.

*

   

V

FERROCARRIL TRANSANDINO

4300 METROS SOBRE

EL NIVEL MAR

Era un vagón antiguo, sucio y con asientos de madera tan duros como el acero. Nada confortable, ese tren que partiera de la Estación Central de Lima con destino a la ciudad de Cusco, tenía, en cada uno de sus pernos ya oxidados, una larga historia de dependencia y colonialismo. Producto de una inversión británica realizada hacía más de un siglo, la Compañía Ferroviaria Transandina Wolf & Trevor venía transportando seres humanos, animales y mercaderías de un lado a otro de la cordillera ininterrumpidamente. Esas trochas angostas que atravesaban en pocas horas diversos pisos ecológicos, pasando de la costa desértica al paisaje de montaña, abrupto y nevado, para luego descender a la humedad de las selvas orientales, constituía el camino obligado, más barato y accesible, que podía encontrarse en esas alteradas latitudes.

Desde su partida al amanecer, pocas horas después del atentado, Henry “Indy” Jones dormitaba atravesado entre dos asientos, intentando descansar y calmar la ansiedad que lo agobiaba, acostumbrándose al traqueteo permanente del tren. No había podido alcanzar el sueño profundo; la imagen de Castelao, destruido por la explosión, lo perseguía, desconcentrándolo y  evitando que pudiera pensar metódicamente. Sólo la intuición funesta de sentirse vigilado le ocupaba la cabeza ;y sus músculos doloridos le anunciaban, con cada movimiento del tren, que estaba agotado.

¡Qué bueno sería pegarse una ducha, calzarse las pantuflas y disfrutar de un buen libro recostado en el sofá de su casa! ¡Qué lejos parecían estar esas mínimas comodidades!

Había embarcado en el vagón de cola subrepticiamente, casi como un espía; escabulléndose entre la multitud que abordaba aquel largo tren de más de trece furgones. Tenía pensado llegar al Cusco al anochecer. Un día completo de viaje. Una larga travesía y la esperanza futura de encontrar a Van Strate, a David Morewest y la estatuilla, lo más pronto que le fuera posible. Para ello tenía acudir a viejos conocidos; a personajes no muy bien vistos por las autoridades e incluso por sus propios colegas. Debería meterse en el místico mundo de los huaqueros; tratar con ellos, comprarlos si fuera necesario; recuperar la confianza que una vez le habían ofrecido, al ayudarlo en una excavación arqueológica.

Pero de eso hacía muchos años e Indy sabía que la gente, como el mundo, cambiaba.

 

Solía decirse en el ámbito universitario que el saqueo de tumbas era la segunda profesión más antigua de la historia después de la prostitución; y que ambas compartían tres herramientas de disuasión, permanentemente desatendidas: las leyes, la moral y los peligros físicos. Tanto en una como en otra, las penas judiciales, la culpa y los riesgos de salir herido físicamente eran un hecho. Aún así, los ladrones de tumbas (huaqueros) y las cortesanas habían conseguido vencer las trabas temporales, adaptándose a cada época y autojustificándose con argumentos que, en ciertas ocasiones, podían sonar lógicos.

El comercio ilegal de arte precolombino era una especialidad en constante crecimiento, desde hacía unos cinco años. Floreciente y lucrativo, el mercadeo de tiestos, cerámicas, y esculturas talladas en piedra, poseían una atracción inmensa; explicable no sólo por la belleza intrínseca de las piezas que se traficaban, sino por otra serie de factores que las hacían  codiciadas.

Uno de esos factores era el exotismo que simbolizaban. Una pieza de cerámica mochica o nazca, era sinónimo de misterio, de cultura perdida; incluso, de algo muy de moda por entonces: lo étnico. Por otra parte, la exploración de nuevos sitios arqueológicos tras la guerra —inaccesibles y desconocidos por la mayoría— había generado una nueva, barata y amplia oferta de objetos, a los que se podía tener acceso sin desembolsar grandes fortunas. Por último, sin por ello ser menos importante, el creciente aumento de inversores en el campo del arte había alimentado el contrabando del que se nutría Natasius Van Strate.

Criticados por los arqueólogos, débilmente denunciados por coleccionistas y curadores de museos, o ineficientemente perseguidos por la policía, los ladrones de tumbas eran plaga, en lo que antaño fueran  territorios del Tahuantinsuyo o gran Imperio de los Incas. En el Perú y Bolivia se los conocía como huaqueros[1] y sus actividades se desarrollaban en todos los pisos ecológicos del área andina. No había desierto, montaña o selva que no hubieran sido visitadas por estos conspicuos personajes; que constituían el escalón más bajo de un trafico de vasijas y piezas únicas, que ellos mismos extraían de la tierra. Tenían denominaciones diferentes en diversas partes del mundo. En Grecia era los tymborychoi; en Italia, los tombaroli; en la India, se los llamaba idol-runners; y en Guatemala y México, esteleros. Pero, no importaba el nombre que se les diera, todos ellos se dedican a lo mismo: saqueaban antiguas tumbas en búsqueda de ajuares funerarios, para luego venderlos, a muy bajo precio, a los ansiosos traficantes internacionales. Incluso, la búsqueda de tesoros legendarios hacía que en fechas determinadas del año se congregaran, guiados por cierta vocación mística, cientos de huaqueros a practicar sus hoyos en reconocidas ruinas. Por lo general, en el imaginario popular, todo enterramiento tenía la posibilidad de venir acompañado con vasijas y oro. Y era este codiciado metal el que generaba una arraigada práctica, consistente en darle a la Pachamama (a la Madre Tierra) un "pago", en reciprocidad por las riquezas que ésta le brindaba a la gente. Estos "pagos" (los cuales se realizan por intermedio de chamanes o brujos, encargados de preparar los "despachos", o conjunto de productos que se ofrecen a la Tierra) debían estar listos para cuando alguien salía a huaquear.

Y por ese lado, creía Indy, podía principiar su búsqueda una vez instalado en Cusco, “El Ombligo del Mundo”.

El tren se detuvo en una estación empobrecida y aislada en plena puna.

Un edificio desvencijado, estilo victoriano, se recortó en el marco de la ventanilla de Indiana Jones, con áridas montañas marrones como telón de fondo. Miró semidormido el andén, extrañamente lleno de gente, y se caló el sombrero enfrente de sus ojos para intentar conciliar el sueño.

No se percató de nada de lo que ocurría a su alrededor. No se dio cuenta de la presencia de dos soldados que, con gestos poco evidentes y nada histriónicos, trasladaban a los vagones de adelante a todos los pasajeros del furgón de cola. A todos...menos al gringo de campera, sombrero y látigo, que permaneció silente en su incómodo asiento.

Diez minutos después, la locomotora pitó y el tren se puso en movimiento.

 

Al abrir los ojos, Indy percibió de que algo había cambiado en su entorno. Ya no oía las charlas en quechua, ni el murmullo de los pocos pasajeros que lo acompañaban en el furgón, desde su partida de Lima.

Pestañeó. Se refregó los párpados para exorcizar el sueño prendido aún en las pestañas y volvió a observar, esta vez con más detalle, el interior del vagón en el que viajaba.

Estaba solo...

No había nadie. Se habían ido.

Acercó la cara al vidrio de la ventanilla como buscando una respuesta.

El paisaje cordillerano era imponente. Valles y cerros nevados; laderas montañosas perfectamente convertidas en terrazas de cultivo desde los tiempos de los incas; precipicios insondables y desfiladeros, angostos y anchos, se desplegaron ante su vista. Más parecía estar viajando en un avión que atravesando los Andes sobre las vías serpenteantes de un tren.

“¿Qué pasó con todos?”, rumió Indy para sí mismo. “¿Se habían bajado en tropel es ese miserable puesto ferroviario,  horas atrás?...

Miró de un extremo a otro del vagón y advirtió que el plano de inclinación del piso empezaba a cambiar: el tren iniciaba la ascensión por una cuesta muy pronunciaba. Remontaba un cerro.

Se agarró del respaldar de los asientos e imprimiéndole fuerza a las piernas se desplazó en dirección a la puerta que comunicaba con el vagón delantero.

Uno..., dos..., tres..., cuatro trancos. Faltaba poco. Estaba cerca. En poco tiempo alcanzaría el picaporte de la portilla.

Extendió el brazo derecho y cuando estaba a punto de cerrar los dedos en la falleba, un rostro sonriente, picado por la viruela y con una gorra militar calzada sobre la cabeza, se perfiló por el ventanuco que tenía la puerta.

Indy se frenó sorprendido.

Lo habían seguido... Su intuición inicial resultaba confirmada.

El soldado hizo un brusco movimiento de hombros y el ruido de un cerrojo se sobreimpuso al traqueteo de las ruedas del tren.

Indy tomó el picaporte con fuerza y tiró de él.

¡Imposible moverla!... Estaba clausurada, cerrada, inhabilitada desde el otro lado.

Entonces, de improviso, se oyó un ruido seco muy fuerte y el vagón en el que viajaba Indiana desaceleró la marcha.

La imagen del militar empezó a alejarse más y más; empequeñeciéndose a medida que su vagón tomaba distancia.

¡El soldado había desprendido el furgón de cola en la mitad de una cuesta!

 

Desenganchado del convoy principal, el vagón alcanzó un punto muerto que duró apenas segundos y reinició la carrera en dirección opuesta a la que llevaba.

Descendía a toda marcha. Semejaba un caballo desbocado. Sin límites; sin contención, adquiría más y más impulso; más celeridad. Una velocidad desenfrenada que la gravedad alimentaría hasta sacarlo de las vías y precipitarlo al vacío, en la primer curva cerrada que se le presentara en el camino.

No había opciones: tenía que saltar o dejarse caer con el furgón.

Debía actuar rápido. No podía perder tiempo.

—¡Maldición! —prorrumpió Indy tratando de buscar una salida, al borde de la desesperación.

Miró a un lado y otro del corredor. Su mente analítica procesó la situación.

Dos puertas.

Una con cerrojo, la otra enfrentando a las vías y sus durmientes que, para entonces, eran invisibles al ojo humano por la velocidad que la cuesta le imprimía al vagón.

Sólo quedaba una opción: salir por una de las ventanillas.

Pero eso tampoco era viable: un abismo de más de seiscientos metros de altura corría pegado a un lado de la trocha. Era imposible saltar. No podía... A menos que, en vez de bajar, subiera.

Sí; esa era la única manera de ganar tiempo y crear oportunidades. Ir para arriba; hacia el techo.

Actuó con celeridad.

Corrió el vidrio de una ventana y sacó la mitad del cuerpo por ella. Apresó el borde superior y pujó con sus piernas hacia el exterior.

El viento lo sacudió con violencia; lo desestabilizó. Aún así, Indy sabía que no tenía otra vía de escape.

El ala del sombrero empezó a sacudirse como si fueran las de un picaflor a punto de ingerir néctar.

Otra vez se impulsó con las piernas; buscó apoyo en donde pudo y trepó.

En el instante en que ganaba la superficie lisa del techo, no pudo dejar de observar lo que sucedía en su entorno.

Del lado contrario al abismo, la ladera del cerro, pegada casi al vagón, pasaba a una velocidad increíble. Cualquier mínimo roce con aquellas rocas lo hubiera despedido hacia un costado.

Se sujetó con todas sus fuerzas, estirándose y pegándose al techo, para evitar una mayor fricción.

...¿Y ahora, qué?”...pensó.

 

Tumbado como estaba; sacudido por la ventisca y el movimiento brusco del vagón; Indiana Jones llevó su vista hacia delante y se le heló la sangre...

¡Jesús!...

¡Una curva!...

 La” curva.

Indy sabía que el vagón no soportaría el cambio de dirección. Volcaría; se precipitaría al vacío; saldría volando...

¿En cuanto tiempo?... ¡En segundos!

Era ahora o nunca.

Se paró de golpe. El aire chocó contra su cuerpo expulsándolo hacia atrás; al tiempo que esgrimía y sacudía su látigo contra la pared rocosa de la ladera del cerro.

 

Lo último que alcanzó a ver fue a su vagón salir despedido de las vías; y, como si fuera en una película de cámara lenta, despeñarse en dirección del valle.

No lo vio cuando chocó contra el suelo, astillándose en millones de pedazos y sembrando la zona del impacto con pernos, tuercas, tornillos, madera y planchuelas de chapa y acero..

El milagro volvía a repetirse. La suerte estaba una vez más de su lado; y el látigo, enrollado en una saliente de roca, le había vuelto a salvar la vida.

Indy colgaba a unos tres metros del piso, zarandeándose lentamente como un péndulo.

Entonces, la punta del látigo se desenrolló...

Indiana dio con los glúteos contra las vías de hierro. Una ola de dolor indescriptible le recorrió el cuerpo.

Frunció los labios controlando el grito de rabia que pujaba por salir y maldijo mentalmente.

Pensó en su padre y en esa comparación con los gatos que le hiciera a Marcus Brody, pocos días atrás.

¡No había derecho a que las cosas siempre se le complicaran tanto!... Y, para colmo de males, ¡estaba sin descansar desde hacía más dos días!

*

 

VI

RÍO IÑAPARI

Cuenca Amazónica

Bordeado de selva, el calmo Iñapari más parecía una ruta pavimentada que un río.

De regular cauce y poco turbulenta corriente, se expandía por la llanura tropical, serpenteando elevaciones y creando meandros tan bellos como misteriosos. ¿Qué habría más allá de la espesura? ¿Qué historias contarían esas junglas sudamericanas? ¿Cuántos espíritus aventureros habían perdido allí la vida, en épocas de la conquista española?

Ninguna de esas preguntas le interesaban en absoluto a los miembros de la tribu Maricoxi, que surcaban las aguas en ocho largas canoas de troncos.

Iban acompañados por hombres blancos. Sujetos barbados y sucios que portaban escopetas y revólveres de tambor, que evidenciaban un abismo cultural y técnico con las lanzas, arcos y flechas de los aborígenes. Eran garimpeiros, buscadores de oro. Maleantes alejados de la sociedad; aislados de la civilización y de la justicia que, en ocasiones, se asociaban con tribus selváticas para realizar operaciones de saqueos a otras comunidades, en busca de metal precioso y mano de obra esclava. En esa oportunidad, el objetivo era una maloca cercana; un grupo étnico que nunca había tenido contacto con el “blanco” y del que se contaban cosas maravillosas.

La primitiva flotilla avanzó en silencio por la superficie del río. Todas las comunicaciones entre sus miembros eran gestuales. No estaba permitido hablar, chistar o imitar el sonido de ningún pájaro. Debían alcanzar la aldea por sorpresa, asesinar a los más viejos, secuestrar a los más jóvenes y cargar con todo el oro que pudieran encontrar.

Pandoro, el jefe de los garimpeiros, un individuo obeso como una morsa y de sucios bigotes rubios, levantó de golpe el brazo.

El sonido apagado de los remos contra el agua desapareció y las canoas siguieron desplazándose impulsadas por la inercia, en absoluto mutismo.

Había visto algo a lo lejos.

Un muchacho.

Un niño de apenas cinco años chapoteaba a unos doscientos metros de distancia, ignorante de la presencia invasora.

Pandoro descolgó el rifle que colgaba de su hombro y llevó el percutor del arma hacia atrás. La levantó, apoyó la culata contra su cuerpo y le apuntó al niño, justo en la cabeza.

No gatilló. Permaneció un tiempo disfrutando de la sensación de poder que le producía tener a esa criatura justo en la mira y bajó el arma. Observó sonriente al maricoxi que remaba a su lado. Se sentía omnipotente. Entonces, levantó el rifle por encima de la cabeza y todos se aprestaron a iniciar el ataque.

Sorpresivamente, la superficie del Iñapari empezó a sacudirse.

Borbotones de agua oscura sacudieron las canoas y varios de los indios Maricoxis perdieron el equilibrio.

Burbujas de vapor emergieron como si el río fuera un caldero en ebullición.

Todo cambió de repente.

Una bola de luz incandescente recorrió el cauce en dirección a la flotilla. La superficie del río hirvió y cuando el núcleo luminoso alcanzó a las canoas, todas ellas se evaporaron en una explosión sobrenatural, como si fueran de cartón corrugado. El impacto despidió a los cuerpos calcinados de los atacantes, muchos de los cuales eran sólo cenizas antes de caer en las humeantes olas.

El río Iñapari había explotado. La selva se había sublevado.

En segundos, los salteadores no era ni siquiera recuerdos.

 

El niño observó de lejos como las columnas de vapor se elevaban hacia el cielo a sólo doscientos metros del sitio en donde chapoteaba inocentemente. Giró la cabeza hacia la ribera y miró a su abuelo.

Sin decir palabra el anciano mojoweweque le dio la espalda y regresó al bosque.

 

 

VII

CIUDAD DE CUSCO

EL OMBLIGO DEL MUNDO

Merisa Linda Pretie era especialista en cerámica precolombina. Desde hacía ocho años dirigía el departamento de arte incaico en la Universidad de San Benito Abad y solía pasar sus noches analizando antiguos tiestos sobre su mesa de trabajo, en los subsuelos de la facultad.

Estaba convencida de que esas eran las mejores horas. Sin gente, sin alumnos, sin asistentes; sin colegas que la importunaran con preguntas y cuestionamientos respecto de las actitudes que el cuerpo docente tenía que tomar tras el golpe de estado militar.

—En caso de que las cosas se compliquen —decía—, tomo la mochila, las herramientas y me voy a la montaña, hasta que todo esto se calme.

Pero en el fondo sabía que aquello no era posible.

Estaba demasiado acostumbrada a las comodidades de su estudio. Por otro lado, no podía llevarse las vasijas y colecciones antiguas de las vitrinas de la oficina. ¿Qué haría en las montañas? ¿Buscar nuevas piezas? ¿Vivir de la caza y de la pesca?...

En caso de que los militares la atosigaran por algún motivo, haría lo posible para pasar por tonta y capear el temporal lo mejor posible. No tenía militancia política en ningún grupo radical y nunca se había caracterizado por exponer sus ideas políticas en público. Sus compañeros y colegas la habían tildado de descomprometida; pero a ella no le interesaban los adjetivos. Su pasión estaba en el estudio de sus cerámicas. De seguro, la nueva dictadura no la afectaría demasiado.

Espigada y con un cuerpo bien contorneado, Merisa era una mujer atractiva a sus treinta y ocho años. Sus ojos color miel y unas pestañas prominentemente bellas, eran el cometario de todos en la universidad. Y era justamente con esos hermosos ojos con los que la Doctora Pretie analizaba en ese instante una pieza de arcilla cocida, procedente de una excavación costera.

Los colores fuertes de los bordes y las serpientes bicéfalas que decoraban el cuerpo de la cerámica la tenían fascinada. A un costado del ofidio, una silueta humanoide, con tocado ceremonial, parecía danzar con un bastón en la mano; en tanto que unos extraños glifos irregulares “volaban” al su alrededor, envolviendo la figura.

Hizo girar la pieza entre sus dedos y tomó notas en una libreta.

Estaba extasiada; tanto que no escuchó los pasos sigilosos provenientes del pasillo contiguo.

De espaldas a la puerta de su estudio, tampoco advirtió cómo la sombra de un hombre se deslizaba en silencio hacia el interior.

Cuando la tomaron del hombro, dio un alarido de sorpresa. Giró y pudo observar, iluminada por la luz amarillenta de su lámpara, una cara demacrada, tocada por un sombrero.

—¡¿Indiana?!... —Exclamó—. ¡¿Indiana Jones?!... ¿Eres tú?... ¡Por Dios, Indy!

 

Le costó poco tiempo a Indy resumirle los avatares de los últimos días. Sin demasiados detalles el asunto era bastante sencillo. Además, con Merisa siempre se habían entendido bien y bastaban pocas palabras para que la mujer dedujera las derivaciones de todo el asunto. Desde el primer momento en que se encontraron, allá por 1939, cuando Indiana Jones trataba de encontrar un ídolo chachapoya en las selvas peruanas, había mantenido un regular contacto postal con su colega. Al menos durante el primer tiempo...

—Tengo que mantenerme escondido, Meri —dijo Indy, saboreando un café humeante, a un costado del estudio—. Los militares me siguen los talones. De seguro Van Strate está detrás de todo esto.

—Pero ahora deben darte por muerto.

—No lo sé... No estoy seguro.

—Sí, es dudoso. Ningún periódico hizo referencia al accidente: y ya han pasado dos días...

—Eso es lo que me extraña y preocupa. ¿Acaso es tan común que un vagón se desbarranque por un precipicio para que no salga en los diarios?...—preguntó retóricamente Indy mientras le daba el último sorbo al café—Acá hay algo raro. Aún me buscan, no hay duda de ello; y yo estoy muy retrasado.—Hizo un silencio, clavó la mirada en su amiga y dijo:—Necesito tu ayuda.

—¿Qué quieres que haga?

—Que me contactes con Don Salvador.

—¿El chamán?—inquirió sorprendida.

—Sí.

—Indiana, no creo que...

—Es la única forma de encontrar a los huaqueros que trabajan para Van Strate.

—Lo sé, pero...Don Salvador no es un tipo de fiar. Tú sabes bien con qué clase de huaqueros trata. Con lo peor del mercado. Es peligroso, Indy.

—¿Y que sugieres?

Merisa no respondió. Mantuvo el silencio por espacio de unos segundos. Jones tenía razón. Finalmente apuntó:

—¿Sabes algo? Desde hace años deseaba trabajar contigo...

—¿Sí?... Muchos se terminaron arrepintiendo por eso —respondió con ironía.

—No será mi caso—dijo acercándose a él y apoyando un brazo sobre su hombro— Vamos, tienes que descansar, dormir un poco. Estás hecho una piltrafa, doctor Jones. Tengo un sitio seguro en donde hospedar a los “prófugos de la justicia”.

Y tomando su abrigo, invitó al arqueólogo a salir a la calle.

 

El Cusco era una ciudad mágica, un lugar en donde el pasado y el presente se mezclaban de una forma muy difícil de describir con palabras. Allí estaban los muros incas, con su majestuosidad e imponencia monolítica soportando el peso de los siglos, de las invasiones y de los terremotos. Más allá, las ruinas de los palacios quechuas desde los cuales se controló gran parte de la América del sur antes de que los españoles pusieran sus pies en esas tierras, seguían impactando y admirando al más insensible de los viajeros. Cusco, el Ombligo del Mundo, fundada según rezaba el mito hacia el año 1200 de la era cristiana, era el místico producto de los héroes civilizadores más destacados de la genealogía incaica: Manco Cápac, el primer soberano, y Mama Ocllo, su hermana y esposa.

Cusco seguía siendo un centro sagrado para muchos. Nunca había perdido su prestigio; todo lo contrario; lo conservaba en su gente, en sus tradiciones y en el respeto que todavía le guardaban los campesinos que llegaban a él. Por ello, si uno estaba atento y paraba bien la oreja, podía escuchar el saludo que se le brindaba a la vieja capital imperial: “Napaykukuykim hatum K’osk’o”:“¡Oh, gran ciudad, yo te saludo!”.

A 3.394 metros sobre el nivel del mar, Indiana se sentía extraño. El oxigeno, en menores dosis ambientales, volvía las piernas pesadas y la agitación exagerada con sólo caminar una cuadra. Poco era lo que hacía el mate de coca, que cortésmente se ofrecía a todos los inadaptados gringos. La planta sagrada de los Andes era inoperante, y por más que se tomaran litros de aquella infusión quechua, los efectos del soroche (el mal de las alturas) se dejaban sentir durante, por lo menos, cuarenta y ocho horas. Recién cuando el físico entraba en consonancia con la naturaleza elevada de ese piso ecológico, podía uno empezar a disfrutar plenamente de la maravillosa ciudad.

 

Indy sabía que el Cusco estaba cercado por Dioses. Eran los Apu, los Señores de las Montañas; los espíritus protectores de los cerros que no faltaban en ninguna comunidad de la región de la Sierra. A ellos se les rendía homenaje y ceremonia; se los respetaba y hablaba como a seres vivos. En ocasiones recibían “pagos”, ofrendas, para que en actos de dadivosa reciprocidad, les restituyeran al hombre devoto sus actos de fe, con buenas cosechas, fertilidad y generosa procreación de los ganados.

Según los mitos, cada Apu tenía jurisdicción sobre determinados espacios; sobre cerros y picos específicos. El culto a las alturas, tan común entre los incas, se mantenía vivo, actuante; incluso en la imaginería cristiana, que no dudó en representar a la Virgen con el contorno piramidal de muchos cerros. Excelente táctica para trasladar la fe aborigen de la antigua a la nueva religión.

 

El automóvil de Merisa Pretie se detuvo en un callejón oscuro de las afueras de la ciudad, justo frente a una casucha en la que había negociado una reunión con Don Salvador.

El chamanismo, tal como lo definían los estudios especializados, era la técnica del éxtasis por medio de la cual una persona “elegida” poseía la extraordinaria facultad de comunicarse con los muertos, los “demonios” y los “espíritus de la naturaleza”; sin convertirse por ello en un instrumento de los mismos. Haciendo uso del trance, el chamán “volaba” hacia el otro mundo con el objeto de encontrar en él las soluciones que sus pacientes le requerían. Indiana había estudiado bien el tema y sabía que ser chamán implicaba superar diferentes pruebas de iniciación, que sólo una minoría determinada lograba concretar con éxito; alcanzando la sabiduría mística que el culto requería.

En el Perú, y especialmente en la región de la Sierra, los chamanes recibían el nombre de Pacos y a ellos se acudía para buscar salida a problemas tan complejos como la cura de una enfermedad; un “daño”; el dolor de un amor no correspondido o la necesidad de pedir permiso a un Apu para practicar un acto determinado. Por todo ello, era común que se emplearan indistintamente los términos chamán, curandero, hechicero o mago, para hacer referencia a una misma realidad cultural y social.

Los chamanes quechuas, como Don Salvador, eran los herederos de una dilatada tradición en la que ellos eran capaces de efectuar magia blanca y magia negra indistintamente, actuando también como adivinos. Los quechuas distinguían entre chamanes superiores, llamados alto mesayoc (o altomesa), y chamanes inferiores, llamados pampa mesayoc (o pampamesa). La diferencia esencial entre ellos residía en su relación con los espíritus. El altomesa podía conversar con los Apu, que son su medio principal de adivinación; mientras que el pampamesa sólo era guiado, por tener un poder menor. El término Paco era un título genérico que no tomaba en cuenta su poder y especialidad.

Don Salvador era, técnicamente hablando, un poderoso altomesa.

 

—No es habitual en mí viajar a un lugar tan alejado de mi hogar, doctor Jones —dijo el chamán extendiéndole la mano—; y menos con un toque de queda impuesto por los militares

—Se lo agradezco mucho, Don Salvador.

—No tiene porqué agradecer. Hace años que no nos vemos, pero aún lo recuerdo con afecto, muchacho. Usted es un gringo respetuoso de nuestras creencias...Y usted también, doctora —agregó mirando a Merisa—. Por eso estoy aquí.

Indy sonrió con simpatía. Invitó a Don Salvador a que se sentara en un banco y junto con Merisa hizo lo mismo a un costado del viejo.

—Don Salvador —dijo con respeto—, no quiero perder tiempo con rodeos. Seré franco y directo...

El veterano chamán, de casi noventa y cinco años, movió afirmativamente la cabeza.

—¿Qué desea saber? —preguntó.

—Usted tiene contacto con importantes huaqueros, ¿lo siguen contratando para sus excavaciones, verdad?

—Sí...

—Necesito que me guíe a uno de ellos.

—¿A quién?

—Alguien que haya trabajado para un holandés; para un tal Natasius Van Strate. Tiene que haberle vendido algo; o comprado una pieza de madera, una estatuilla... ¿Qué sabe al respecto?

Don Salvador permaneció en un misterioso mutismo. Pensó durante unos larguísimo segundos. Luego repuso:

—El extranjero del que habla, doctor Jones, es un hombre peligroso y con muchas influencias. Claro que lo conozco. Lo conozco a él y a un socio suyo, un militar...

—El coronel Palomino—intervino Indy.

—Veo que está bien informado—sentenció—. Él y Palomino han estado juntos desde hace tiempo; pero ahora, con el golpe de estado, el poder de ambos es mucho más grande. Tienen al gobierno de su lado y pueden hacer lo que les plazca. No es conveniente interferir con ellos.

—Es perentorio que lo haga —dijo Jones con firmeza—. No tengo opción.

El anciano suspiró.

—En otras circunstancias—dijo— le negaría mi ayuda, doctor. Sus intereses, de alguna manera, van en contra de mis negocios. Usted sabe que no sólo vivo de curaciones, sino de aquellos que trafican en el mercado negro....Pero despreocúpese...—aclaró—. En honor de los viejos tiempos, tiene en mí a un aliado.

—Gracias —murmuró el arqueólogo controlando la ansiedad.

—Le contaré una breve historia, quizás le sirva de algo.

—Soy todo oídos...

—Hace unos siete años —comenzó el chamán— fui llamado para intervenir en un ritual de “pago”; una de esas excavaciones clandestinas que usted conoce, y en la que necesitan de una persona como yo para que intervenga ante las deidades tutelares de la Tierra. En esa oportunidad, recuerdo que un oficial alemán participó del ritual. Un nazi.

El corazón de Indy dio un vuelco.

—¿Nazi?...¿Cómo sabe que era nazi?

Don Salvador hizo un mohín.

—Si un oficial alemán tiene uniforme nazi, insignia nazi, condecoraciones nazis, gorra y sobretodo nazi....Es nazi... ¿No cree?

Indy se sonrojó.

—Pero ¿acá? ¿En Perú?...—interpeló con rapidez, como queriendo esconder su tonta pregunta anterior

—Mucha gente apoyó a ese tal Hitler por estas tierras, doctor Jones. Conocí a varios con esa ideología y le aseguro que nadie le impedía a un gringo alemán vestir como quisiera en un país como este. Ese oficial era conocido del coronel Palomino, él fue quien me lo presentó aquella noche.

—¿Qué noche?

—La noche en que encontraron el cetro sagrado, el bastón.

Merisa miró a Indy subrepticiamente. Estuvo a punto de intervenir, pero prefirió callar. ¿Podía ser cierto? ¿Era su sospecha posible?...

—¿A qué bastón se refiere? —inquirió Jones, sintiendo que la adrenalina empezaba a circularle por las venas.

El anciano hizo un impasse. Bajó la vista al suelo. Volvió a levantarla al cabo de un rato y dijo con solemnidad:

—¿Para qué pregunta lo ya sabe, señor?

Indy se echó hacia atrás. Sus ojos le brillaban como dos luceros. No podía creer lo que estaba oyendo. Cuando miró a Merisa, advirtió que ella también había adivinado la respuesta.

VIII

 APU KON TIKI VIRACOCHA

Cuenta el mito andino:

“...Y en el origen todo era desorden, todo era un caos. Nada estaba definido y los hombres de la Primera Creación vagaban por el mundo sin sol y sin luna, sin orden ni concierto. Nada conocían, nada comprendían... Entonces, viendo esto, Apu Kon Tiki Viracocha, el Uno, el Primero, el Supremo y Todopoderoso Dios, bajó a la Tierra a orillas del sagrado lago Titicaca y creó las luminarias y al nuevo hombre y a la nueva mujer, que llamó Manco Cápac y Mama Ocllo, respectivamente; y les dijo: QVayan y civilicen el mundo; enseñen a trabajar la tierra, los valores y la cultura; humanicen a los primeros runas (hombres) y funden la capital de un imperio en donde esta vara se entierre. Y desde allí, desde el centro, desde el Ombligo del Mundo, impongan su sabiduría y su poderf.

Así sus hijos lo hicieron. Y en donde quieran que pararon, a comer o dormir, procuraban hincar en el suelo esa vara de oro. Cuando finalmente ésta se hundió y obedeciendo la orden del Padre, fundaron Cusco. Y él, Viracocha, el Omnisciente, partió en un derrotero que lo llevó a visitar todas sus tierras. Para cuando estuvo satisfecho, a orillas del mar que llaman Mamacocha, embarcó en balsa hacia el poniente prometiendo regresar algún día”. 

Mito precolombino recopilado por Baltasar Rodrigo de Conejeros, 1542.

El Chevrolet 1940 de Merisa volaba por la ruta que bordeaba el cauce del río Urubamba. Era un camino asfaltado, seguro y desértico. Bastaba con asomar la vista por las ventanillas para poder observar las gigantescas montañas andinas que, para esas altas horas de la madrugada, adoptaban un color azulino profundo, que se confundía con el firmamento estrellado de la noche.

Iban en busca de un huaquero; un ladrón de tumbas sindicado por don Salvador como “el pillo más cercano al holandés”. Un hombre de temer, de arma en mano; un tránsfuga capaz de cualquier cosa con tal de conseguir una cerámica en buenas condiciones para vender al mundo civilizado por suculentos dólares. Había participado en esa excavación clandestina, hacía siete años. Y su rol no era menor: había sido el responsable de “hacer el pozo” y de sacrificar a dos campesinos en honor a la Tierra.

Merisa estaba estupefacta. No podía creer lo que escuchaba de boca del viejo. ¿Sacrificios humanos! ¿Cómo era posible semejante bestialidad? ¿Cómo se permitían actos tan nefastos? ¿Por qué él, el viejo brujo, no había hecho nada al respecto?

—Mire, señorita —había respondido el anciano—, si usted pretende llegar a la edad de noventa y pico de años, que son los que yo tengo, tendrá que olvidar muchas cosas y mirar hacia otro lado en más de una oportunidad. ¿Cómo cree que llegué a ser tan longevo?...

Merisa no había respondido; y desde ese momento dejó de dirigirle la palabra a don Salvador; a pesar de que el ritual de muerte estaba concluido al arribar él. Pero Indy se mostraba exultante, curioso. Sus ideas se arremolinaban en la mente. Las preguntas querían salir, brotar por la boca. Y no cayó ninguna de sus dudas.

—¿Te das cuenta del giro que está tomando todo esto?—le preguntó a su compañera, que aceleraba, apretando con fuerza el manubrio del Chevrolet—. Si lo que dijo don Salvador es cierto, y nada me indica de que no lo sea, esos malditos encontraron el cetro sagrado de los incas. ¡El bastón de Viracocha! ¡Es increíble, Meri! ¡Increíble!...

—Sí; increíble es que creas en esas bobadas, Indiana —respondió cortante—. Eso no es posible. Lo que cuentas es mito, leyenda; una superstición recogida por los españoles en tiempos de la conquista. Nada de eso ocurrió en verdad. Es un mero relato sagrado, una metáfora si quieres... como sucede en tantos pasajes de la Biblia.

Indy miró por la ventanilla el cielo.

—Te sorprenderías de las cosas que he visto a lo largo de mi carrera...—dijo sonriéndose.

La muchacha lo miró de soslayo, sin quitar la atención de la ruta.

—¿Sabes algo?—prosiguió Indy— He estado pensando todo este tiempo en la historia que nos contó Salvador...

—¿Ahá?...

—Sí; y sospecho que creo entender la conexión que existe entre Van Strate, la estatuilla, Palomino y el cetro.

—No termina usted de sorprenderme, “doctor Jones”—formuló irónica.

Indy mantuvo su sonrisa ladeada.

—Dime algo, ¿has leído las conclusiones que publicaron los miembros de esa expedición sueca, el año pasado?

—¿Qué expedición? ¿La de Thor Heyerdahl? ¿La expedición Kon Tiki, por el océano Pacífico?[2]

—Sí.

—Claro que las leí.

—¿Y cuál es tu opinión?

Merisa meditó unos segundos.

—No lo sé. Ellos dicen haber demostrado que grupos humanos pudieron partir de América y alcanzar Oceanía en balsas. Pero no hay datos arqueológicos seguros al respecto... Eso tú lo sabes bien.

—Pero hay sí muchas leyendas que hablan de viajes por el Pacífico. “Dioses” que llegaron y “dioses” que se fueron desde este continente... Además, ciertas costumbres polinesias se asemejan mucho a costumbres americanas. Para ser más concretos a costumbres incaicas.

—¿Cuáles? ¿Las de alargarse los lóbulos de las orejas?

—¿No te parece extraño que tuvieran el mismo molesto hábito?

—Eso no tiene nada de raro —dijo Merisa—. En las islas Marquesas existía la misma costumbre. Y también en Borneo y entre algunas tribus africanas.

—Y en Perú...

—Sí. También aquí. Según los cronistas españoles, las familias incas más linajudas se daban a sí mismo el nombre de “orejones”, porque se les permitía alargarse artificialmente los lóbulos como signo de dignidad.

—¿Y qué cuentan las leyendas incas sobre Viracocha? Lo recuerdas.

—¡Oye! —exclamó la chica—. ¿Acaso me estás tomando examen?

Indy respondió con una risa amable.

—No; sólo estoy tratando de pensar en voz alta. En esa parte del mito en el que Viracocha parte en balsa desde las costas del Pacífico para nunca más volver.

—Está bien, pero, ¿qué tiene que ver este asunto de viajes precolombinos y el tema que nos ocupa?

—Creo que mucho. Observa —y se acomodó en su butaca moviendo las manos mientras hablaba—. Me preguntaba porqué motivo Van Strate, interesado últimamente en arte polinesio, se asoció al coronel Palomino. ¿Qué relación es la que los une? ¿Qué necesita uno del otro? Y me parece que no me equivoco si digo que el nexo está dado entre el Aku Kava Kava que me quitó y el cetro que encontró el militar hace siete años. De alguna manera que desconocemos esas dos reliquias se relacionan.

—¿Una estatuilla del Pacífico sur y un bastón legendario? —inquirió escéptica.

—No te apresures —intervino Indy calmadamente—. Piensa. ¿Qué hay si esos viajes de los que habla Heyerdahl son ciertos? El personaje mitológico que une ambas regiones es el mismo...

—De ahí el nombre que el sueco le puso a su balsa: Kon Tiki Viracocha.

—Efectivamente... —y se quedó meditabundo largo rato.

—No sé qué pensar. Por lo pronto —señaló Meri— te sugiero que te concentres en el huaquero que vamos a ver, porque de seguro no tendremos una recepción diplomática.

 

Golpeó a la puerta tres veces, intentando imprimirle al llamado un cierto toque de seguridad y confianza.

Pasado el minuto, repitió la operación con más fuerza.

—¡Pacho! —llamó Indy con firmeza en la voz—. Abra la puerta. Nos envía don Salvador. Ábrame por favor. Quiero hacerle una preguntas.

Merisa observó a ambos lados de la callejuela en la que estaban. Era un arteria angosta, empedrada y con un antiguo canal incaico que traía agua fresca desde la cumbre de la montaña más cercana.

—¡Pacho! —exclamó Jones por segunda vez.

Entonces, Merisa advirtió un movimiento con el rabillo del ojo izquierdo.

—¡Indy! —gritó— ¡Mira! ¡Se escapa!

Tras saltar una tapia, varios metros más allá en la calle, una silueta sombría emprendía la carrera en dirección al cerro vecino.

—¡Regresa al auto! —prorrumpió Indiana, al tiempo que salía tras el fugitivo—. ¡Espérame en el lugar convenido!

Y se perdió en la oscuridad.

 

Corrieron por espacio de cinco minutos, ascendiendo por un sendero irregular de tierra y pedregullo, que llevaba a la cima. Indy le gritaba que se detuviera, pero era en vano. El huaquero, con su conciencia sucia, hacía caso omiso a los llamados del arqueólogo; acelerando la marcha más y más.

Para cuando llegó agitado a un reborde de la montaña, se paró unos segundos a tomar aire. Miró hacia atrás. Únicamente alcanzó a observar el nítido contorno del sombrero fedora que ornamentaba la cabeza de Jones y se le acercaba decidido. Intentó emprender la huida; y de súbito un estampido resonó en todo el valle.

El caño del revólver de Indy humeaba.

—¡Tengo mejor puntería de lo que parece, Pacho! —vociferó a la distancia—. ¡Quédese en donde está y no se mueva!

El huaquero obedeció, esperando a que el arqueólogo lo alcanzara

—¿Qué quiere de mí, gringo? —preguntó cuando Indy se paró a su lado, apuntándole.

—Información.

—Yo no sé nada de nada.

—No es eso lo que me han contado —respondió Jones—. Escuche, quédese tranquilo. No soy de la policía. Mire —y guardó el arma en la cartuchera en signo de confianza—. Sólo necesito que me diga el paradero de un extranjero con el que trabajó: Natasius Van Strate.

—El holandés ya no está aquí. Se marchó.

—¿A dónde?

—No lo sé —indicó con brusquedad.

—Vamos, Pacho. Puedo pagarle bien esa información. Dígame en dónde está Van Strate.

—No quiero problemas con nadie, gringo. Y menos con esa gente. Ya bastantes calamidades he tenido que sufrir después de lo del “pago” con cristianos.

—¿Se refiere a los sacrificios de hace unos años?

—Me amenazaron si hablo o digo algo —asintió—. Y no pienso decir nada...

—Escúcheme bien —instó Indy—. Muchas vidas más corren peligro de muerte. ¿Quiere ser responsable de eso también?

El huaquero lo miró extrañado.

—No me importan otras vidas, señor. Sólo la mía es la que cuenta. Y ahora si quiere matarme, hágalo. No diré nada. ¡Vamos! —exclamó levantando las manos—. ¡Máteme!

Apenas terminó la frase, sonó un segundo estampido y el huaquero se sacudió por la fuerza del proyectil que impactaba en su pecho.

Indy quedó estupefacto.

Al instante una nueva ráfaga de municiones levantó una nube de polvo a centímetros de sus pies.

Desenfundó el revólver y saltó detrás de una roca, disparando al vacío desconociendo desde dónde provenía el ataque.

Sin tiempo a nada, los agresores volvieron a dispararle.

Indy sentía el silbido de las balas pasar a su lado. La roca despendía chispas con cada balazo.

Se asomó y trató de ubicar el cuerpo de Pacho tirado en el piso. Allí estaba, inerte; sin movimiento alguno. Muerto.

No había nada qué hacer en ese cerro. Sólo escapar.

Dio una mirada al entorno y advirtió que el sendero seguía subiendo. Cubriéndose con los disparos sucesivos de su revólver corrió siguiendo la huella. Las sombras de la noche le servirían de escudo.

Corrió desesperadamente. Sentía por detrás los gritos de varios hombres organizando la persecución. Aparentemente organizaban un movimiento de tenazas.

Eran soldados.

Continuó su alocada marcha.

—¡Tiren a matar! —oyó.

—¡No debe salir con vida de esta montaña! —vociferó otro.

—¡No tiene escapatoria! ¡Lo tenemos rodeado! ¡Liquídenlo!... —y un enjambre de plomo sacudió piedras y cortas ramas por encima de su sombrero, mientras corría.

¡Y después decían que la historia nunca se repetía!, maldijo mentalmente.

 

Arma en mano Henry “Indy” Jones llegó, jadeante, a lo que parecía ser la cima del cerro. No pudo percibir con exactitud cuán grande era su superficie: las ruinas de una antigua construcción incaica cubrían la mayor parte del terreno plano, impidiéndole percibir la extensión del terreno.

Una puerta. perfectamente construida con piedras preciosamente labradas, lo invitaba a ingresar al interior del templo destechado.

Estilo imperial”, catalogó el arqueólogo instintivamente mientras atravesaba la obertura. “Un sitio de alto valor ceremonial”. Un lugar perfecto para resistir el ataque de los soldados; pero, ¿por cuánto tiempo?

Atravesó un recinto oscuro cubierto de pasto y tomó por un corredor angosto, flanqueado por grandes rocas esculpidas sin ornamentación e idéntica calidad arquitectónica. La luz de la luna le permitía apreciar el perfecto trabajo que esos incas habían hecho con la piedra, consiguiendo combinar jerarquía, austeridad y belleza de una manera única en el arte precolombino.

A lo lejos, volvió a escuchar los gritos de los militares. Se acercaban.

Caminó presuroso. Subió por una escalinata tallada en la roca misma del suelo y entró en un nuevo espacio cercado de muros. En el centro, una roca sin trabajar, en estado natural, ocupaba la mayor parte de la estancia.

Un intihuatana”, coligió Indy dándole un rápido vistazo. “El Amarradero del Sol”. Una protuberancia pétrea que los incas utilizaban para estudiar el movimiento del astro rey, analizando las sombras que se proyectaban sobre el suelo. Un sitio ritual por excelencia.

Miró en todas direcciones. No encontraba salida. Debía regresar sobre sus pasos.

En eso, las voces de sus perseguidores se apagaron por completo. De seguro habían alcanzado la cima.

Los tenía muy cerca. Era hora de encontrar un lugar seguro desde donde resistir hasta que se le terminaran las balas de su revólver.

El silencio casi podía escucharse. Era total. Angustioso.

Sabía que los soldados lo estaban rodeando; como se rodea a una presa de caza antes de darle muerte.

Se agachó debajo de un dintel y agudizó el oído. Necesitaba escuchar pasos, jadeos; algo que lo guiara al momento de apretar el gatillo. Más de pronto, con el rabillo del ojo percibió cómo alguien se movía a sus espaldas, cerca del intihuatana. Giró como un rayo y levantó el arma en dirección de la sombra. Apuntó, movió el dedo índice para disparar y... se detuvo.

Frente a él había un hombre extraño; un espectáculo extraño. Era claramente un aborigen. Tenía puesta una bincha muy alrededor de la frente y un vestido largo que le cubría el cuerpo hasta por debajo de las rodillas. Calzaba sandalias y no tenía armas. Observaba a Indy con misteriosa tranquilidad.

Dijo algo en lengua quechua y señaló con el brazo hacia la derecha.

Indy lo siguió con la mirada sin dejar de apuntarle.

—¿Quién eres?...

El sujeto no respondió. Permaneció estático, con su brazo extendido, indicándole un camino.

Indy se reincorporó y observó en la dirección apuntada: una puerta. Una nueva puerta justo detrás del “Amarradero del Sol”.

“¿Cómo no la había visto antes?”...

Sonrió en muestra de agradecimiento y volvió los ojos hacia el personaje.

Ya no estaba...

Buscó sorprendido por todo el recinto. El sujeto había desaparecido como por arte de magia.

Se dirigió presuroso hacia la puerta. Se paró debajo del dintel y miró hacia abajo. Una escalinata, magistralmente tallada en la superficie rocosa de la montaña, descendía en zigzag hacia el valle. Era la salida que buscaba.

Sin perder un segundo, inició el descenso.

No había recorrido más de cuarenta metros cuando giró la cabeza y miró para arriba. Tenía que asegurarse que los soldados aún se mantenían a distancia. En cualquier momento ellos también encontrarían la puerta, detrás de la gran roca ceremonial, y se percatarían de que era el único camino posible para abandonar la cima.

Pero había algo raro... No era posible lo que veían sus ojos. Los escalones se encadenaban hasta la cumbre para dar contra un muro sólido, infranqueable, de inmensas piedras cinceladas.

 

IX

 FRONTERA PERUANO-BRASILEÑA

AMAZONIA

 

BARRA DO SAO MIGUEL

El grupo encabezado por Natasius Van Strate entró al miserable poblado exhibiendo sin prurito un arsenal poco habitual en la selva. Los seis soldados que lo escoltaban, fuertemente armados con fusiles a repetición, y el joven David Morewest, que caminaba a su lado, desplegaban en conjunto un andar de fuerza, ímpetu y “dignidad” conquistadora que intimidaba.

Estaban en territorio brasileño. Habían cruzado la frontera hacía sólo minutos. Un límite “móvil” que se extendía, sin mojones, a escasos cien metros de la plazoleta a la que arribaban.

Barra do Sao Miguel era uno de esos extraños enclaves selváticos, en medio de la nada, que aglutinaba, en su reducido perímetro de casuchas y tiendas derruidas, dos soberanías diferentes; dos territorios nacionales que ponían a la vista lo artificial de los límites políticos trazados por el hombre y su egoísmo nacionalista.

Van Strate, como de costumbre, desentonaba con el entorno por su elegancia estilo europeo. Pulcro como un farmacéutico, era el centro de atención de todos los aldeanos que se iban reuniendo a ver el espectáculo.

David Morewest tenía el rostro demacrado y no cabía dudas de que había bajado mucho de peso en el último tiempo. Los pantalones le “bailaban” en las caderas, estando obligado a sujetarlos desprolijamente con un curtido cinturón de cuero. Su mirada, sin vivacidad juvenil, observaba el entorno con desgano.

—¡Quiero hablar con el jefe! —gritó Van Strate en portugués en un tono nada autoritario— ¿Quién de ustedes es el que está a cargo

Un hombre blanco y con barba de dos días ensuciándole la cara se abrió paso entre los aldeanos y se paró desafiante delante del holandés.

—Yo estoy a cargo, señor —repuso con parquedad.

—Muy bien —articuló Van Strate y extendió su brazo izquierdo a David, con la mano abierta hacia arriba.

El muchacho sacó de su morral un fajo de billetes y lo colocó entre los dedos de su captor; quien de inmediato se lo entregó ostentosamente al sujeto.

—Mil dólares —dijo—. Para usted “Jefe”. Son suyos, tómelos.

El individuo los agarró con duda. Contó y miró una media docena de ellos. Los billetes eran “buenos”. Tenía en su poder una pequeña fortuna.

El clima de la muchedumbre cambió de repente. La gente se mostraba distendida y decenas de comentarios corrieron de boca en boca.

El “Jefe” miró a Van Strate.

—Sígame, caballero —dijo gentilmente con una sonrisa discontinua de dientes amarillentos, al tiempo que encaminaba sus botas en dirección al único bar de la localidad—. Yo invito...

 

—¿Usted es el alcalde? —inquirió Van Strate mientras se apoyaba al mostrador del local.

—No, señor —sonrió el “Jefe”—. Lo matamos hace una semana. Esto es una democracia, ¿sabe?... El pueblo tiene derecho a “remover” a sus representantes —y lanzó una estentórea carcajada.

Van Strate lo imitó y palmeó su hombro.

—Creo que haremos buenos negocios juntos, “Jefe”.

—Usted disponga, señor... ¿Qué clase de negocios?

—Queremos alcanzar una zona en la selva y necesitamos un guía.

—¿Qué zona?

—Déjeme que le muestre —y sacando un plano lo extendió frente a los ojos del rufián—. Mi intención es llegar hasta aquí —dijo señalando una región peruana, al norte de Barra do Sao Miguel y casi pegada al límite con Brasil.

El “Jefe” se acercó al mapa. Lo miró con detenimiento, ubicándose en esa geografía bidimensional a la que no estaba acostumbrado.

—¿Es la zona del río Iñapari? —preguntó finalmente.

—Sí.

—Señor —repuso mirándolo con preocupación en los ojos—, no creo que usted quiera ir a ese lugar...

—¿No?... ¿Por qué no?

—Es territorio de los Mojowewekes.

—Justamente a ellos queremos llegar.

—No tienen contactos con el hombre blanco. Que yo sepa, nadie pudo alcanzar la aldea. Son reacios. Se esconden como fantasmas. Además, esa zona tiene “algo malo”...

—¿A que se refiere con “algo malo”?

—Es zona tabú, señor. Zona prohibida.—Tomó aire y terminó afirmando con todo grave:— Está embrujada.

Van Strate lo observó sorprendido.

—¿Embrujada?... —sonrió–.¡Vamos, “Jefe”! Usted no creerá en eso, ¿verdad?...

El rufián acomodó todo su cuerpo contra el mostrador del bar.

—Sí que creo, señor. Ocurrieron cosas extrañas por esas tierras. Se habla de ello desde hace años. Sin ir más lejos —dijo—, hace poco menos de una semana toda una partida de compañeros desapareció en la zona. Eran hombres fornidos. Se dedicaban a “contratar” indios... Usted entiende, ¿verdad? —Van Strate asintió. Conocía algo sobre el tráfico ilegal de aborígenes en esas regiones apartadas del Estado— Además—continuó el “Jefe”—, iban acompañados por indios Maricoxis. Una tribu vecina, aliada nuestra y muy guerrera. No era gente improvisada.

Van Strate intentó meter un bocadillo pero el sujeto lo interrumpió con un ademán.

—Y hay más...—señaló—. Anteayer, un garimpeiro que navegaba por uno de los afluentes que llevan al Iñapari, encontró los restos de una de las canoa. Estaban completamente calcinados, cristalizados... ¿Usted vio algo parecido alguna vez? Yo no. El calor que produjo eso debe haber sido infernal....

—...continúe—arengó el holandés por lo bajo.

—Pegados a la madera había dos dedos humanos. Estaba fundidos a la canoa. Era como si la sangre coagulada hubiera servido de pegamento... ¡Asqueroso!... Y por un anillo pudimos identificarlos. Eran los de Pandoro, un líder local muy respetado.

Van Strate sacó un cigarrillo y lo prendió con parsimonia.

—De todos modos quiero ir a esa región —aseveró con firmeza—. Hay mil dólares más para el guía.

El “Jefe” se secó la transpiración que le corría por el cuello.

—No creo que a los mojowewekes les interese nada que pueda usted ofrecerles, señor. Por otro lado, nadie de Sao Miguel se arriesgará a remontar el Iñapari hacia el norte. No después de lo ocurrido.

—No quiero remontar el Iñapari —corrigió Van Strate—. Lo que busco es a alguien que nos lleve por un afluente y nos deje en la costa, muy cerca de donde supuestamente esa gente tiene su maloca. Nosotros haremos lo que resta por tierra. Entraremos, como quien dice, “por la parte de atrás”.

El “Jefe” se quedó en silencio mirando el mapa desplegado ante sus narices.

—Será un trecho pesado y peligroso, señor —agregó finalmente.

—Es un trabajo bien pago.

—En ese caso —replicó el truhán—, lo cobraré por adelantado— y extendió la mano abierta en espera del nuevo fajo.

 

X

LA HERRAMIENTA DE LA HISTORIA

 

La mansión estaba construida en el predio aledaño a una pista de aterrizaje, tal como lo mostraba la fotografía que el pobre de Frederik Castelao había sacado en el proceso de su investigación para Sir Mortimer Morewest. Era una casona estilo colonial, blanca y resguardada por rejas pintadas de verde oliva. Un cerco perimetral de arbustos muy tupidos la aislaba del resto del barrio, resaltando aún más su categoría arquitectónica y dándole el aire de importancia que el coronel Adán Palomino, su propietario, quería que tuviera.

Indy guardó la foto en el bolsillo de su campera y fijó la mirada en la hilera de ventanas iluminadas del segundo piso. Por el movimiento de sombras, dedujo que había mucha gente ahí adentro y lo más probable era que también tuvieran a Merisa con ellos.

La chica había desaparecido del lugar de reunión convenido. De seguro, sorprendida por los soldados mientras lo esperaba, su fiereza innata se habría hecho notar con puñetazos y rasguños al por mayor. No era una mujer fácil, pero la superioridad numérica y la lógica actitud ante la punta de un fusil le habrían hecho bajar los brazos y dejarse llevar sin mucha más resistencia que la ofrecida inicialmente.

Indy se deslizó por debajo del cerco e improvisando una ruta zigzagueante a lo largo de todo el parque, alcanzó la parte lateral de la mansión. Encontró una puerta abierta, la de la cocina, e ingresó con sigilo. Con más temor que prudencia pasó de una sala a otra, escondiéndose detrás de muebles y puertas entreabiertas. Evidentemente la reunión era en el segundo piso. Muy poca gente se movía por la planta baja y el primer nivel. Subió subrepticiamente por la amplísima escalera de caracol y entró en una habitación mediana, repleta de armas antiguas, colgadas en las paredes. Se acercó a la portezuela que daba a la sala contigua. De allí venían las voces. Entonces, se asomó sutilmente por la hendija para ver qué sucedía del otro lado.

Era un salón enorme, decorado con tapicería española y mantos precolombinos, cubriendo los muros. Tres hileras de repisas con cerámicas originales de diversas culturas andinas flanqueaban un juego de sillones color púrpura y a un costado, sobre una mesa de alabastro, resplandecía, bajo la luz de una lámpara, la deforme silueta del Aku Kava Kava.

En el centro de la escena, un personaje de estatura mediana y peinado con gomina bien tirante hacia atrás, daba pasos marciales de un rincón a otro; exhibiendo una colección de medallas plateadas colgando de su uniforme azul. A Indy no le cupo la menor duda: era el capitán Adán Palomino Pampañaupa.

Hacia la derecha, tres soldados permanecían enhiestos cual estatuas, flanqueando una figura que le resultaba conocida. Demasiado conocida... era Merisa Pretie.

La muchacha se veía intimidada, aunque no golpeada o herida. La habían tratado con cuidado.

De pronto, y desde un ángulo que Indy no captaba, un cuerpo enorme; un amasijo de músculos y carne trabajada por el ejercicio físico, le tapó la visual. Aquello se parecía ya a una reunión familiar. “Conozco a todo el mundo”, pensó Jones; en tanto la sangre le hervía de bronca en las venas al reconocer a la mano derecha de Van Strate: el salvaje Monwo.

—No sé si el patrón estará de acuerdo con usted, coronel —repuso el polinesio con su típica voz gangosa de matón analfabeto—. Nunca le gustó mezclar a extraños en sus asuntos. Es peligroso. Y menos mujeres....

—¿Peligroso, dices? —exclamó Palomino, acercándosele—. ¡Ya no hay peligros para nosotros, Monwo!... ¿No lo entiendes? En breve conseguiremos todo. Manipularemos el poder en su sentido más absoluto. ¿Y tú te preocupas por esta chica?... ¡Já!... Creo que no entiendes nada, amigo. Cuando Van Strate regrese de la selva concordará conmigo. Despreocúpate... yo me hago responsable. Ve y descansa. Anda, te has ganado la paga diaria.

Monwo asintió con la cabeza y dio un giro en dirección a Indiana; quien apenas tuvo tiempo de ocultarse detrás de la puerta que el matón usó para salir del salón, atravesar la galería de armas y perderse por la obertura siguiente.

—En cuanto a usted, doctora Pretie —continuó Palomino—, jamás imaginé que pudiera involucrarse con un ladrón subversivo como ese profesor Jones. ¿Acaso estaba enterada de que mató a un hombre en El Callao, o que desembarrancó un vagón de tren, poniendo en peligro decenas de ciudadanos?... Ese sujeto es un peligro público.

—Yo creo que el peligro público es usted, coronel —respondió Merisa, masticando rabia.

—¿Yo?... ¡Já!... En verdad me hace reír, doctora. Yo sólo soy una herramienta de la historia.

—¿”Herramienta de la historia”? —repitió la chica— Por lo que veo no es sólo un peligro público; además es un loco peligroso.

Palomino contuvo la ira que fluía. Se sintió ofendido por las palabras, pero reaccionó con su medida diplomacia de salón.

—Lamento que usted no vea los resultados finales de la operación. Pero le aseguro que mi nombre quedará para la posteridad . Buda podrá ser olvidado, también Jesús o Mahoma; pero mi persona los sobrevivirá a todos ellos, por los siglos de los siglos

—Sí —dijo Meri—; conozco ese tipo de delirio. Sus amigos, los nazis, lo tuvieron y vea como terminaron... ¿Cuántos años dijeron que duraría el Tercer Reich? ¿Mil?...

El coronel se estaba incomodando. Indy lo podía percibir en el modo en que miraba a Merisa.

—No más comentarios, amiga mía. —Elevó la vista en dirección a los soldados—. Llévenla a su cuarto. No desearía que estuviera cansada para el momento del “pago”

Fue como un flash de terror visceral que le recorrió todo el cuerpo.

—¿”Pago”? –exclamó la chica, en tanto era conducida por los militares hacia la salida— ¿De qué “pago” habla?... ¡Coronel!... ¡Respóndame!

Palomino movió displicente la cabeza y sus hombres obedecieron. De un momento para otro, quedó solo en la gran sala.

Indy desenfundó su revólver y aprovechando que el militar se servía una copa, de espaldas a donde él se escondía, avanzó lentamente y le puso el caño en la nuca.

—Un centímetro que se mueva sin avisar, y le vuelo la tapa de los sesos —dijo.

Palomino giró muy lentamente la cabeza y lo vio.

—¿Jones?...

Indy le sonrió con sarcasmo.

—¿Quién cree? ¿Viracocha?...

—Doctor Jones... Van Strate me habló mucho de usted.

—No crea todo lo que la gente dice, coronel.

—Claro que no. Van Strate me refirió de su inteligencia, pero si está aquí, en mi casa, amenazándome, es evidente que no es tan inteligente como ese holandés supone. Se metió en la boca del lobo, doctor —dijo lanzando llamas por los ojos—. No dejaré que salga de aquí con vida... Ni a la chica tampoco.

Indy lo tomó por la solapa y aprisionó contra la pared. Quería en verdad matar a ese individuo.

—¡Maldito demente! ¡Debería liquidarte ya mismo! Pero necesito saber algo... ¿A qué parte de la selva viajó Van Strate y dónde está David Morewest? ¡Dígame! —le ladró en el rostro.

—A la Barra de Sao Miguel... y el muchacho está con él —respondió Palomino.

—¿Y que hay allí que es tan importante?

El coronel apretaba sus dientes. Parecía que iba a explotar de ira.

—¡Gringo sucio! ¡Pagarás por esto! Te juro que...

Indy lo golpeó con la mano que tenía libre y volteándolo sobre uno de los sillones le introdujo el caño del arma en la boca.

—Salpicaré todos los tapices si es necesario —manifestó con furia—. ¿Qué hay en Sao Miguel que sea tan importante?...

El militar tembló. Indiana parecía dispuesto a jalar del gatillo. Tenía el rostro desfigurado por la cólera

—El cetro... —respondió Palomino con dificultad.

Indy le extrajo el caño, boquiabierto

—¿El cetro sagrado? Pero, ¿no es que ya lo tenía usted?

—Lo tuve apenas unos pocos días. Después se perdió.

—¿En la selva? ¿Cómo es posible? ¿Cómo llegó hasta allí?

—Mis socios de entonces decidieron mandarlo a Berlín —dijo—; y para ello contraté a un piloto de la Cruz Roja Internacional—hizo un silencio como recordando ese acontecimiento lejano—. El avión se estrelló en la jungla en 1941.

—¿Y ahora lo han hallado?

—Sí... Igual que lo hallaron a usted —respondió con una enigmático mohín.

Indy salió de una sorpresa y se metió en otra.

—¿Qué es lo que dice?...

La mano de Monwo cayó como un mazazo sobre la cabeza del arqueólogo, hundiendo la copa del sombrero fedora hasta el cráneo y sumergiéndolo en la más dolorosa de las inconciencias.

Palomino se reincorporó y trató de recuperar parte de la dignidad perdida. Acomodó su uniforme y miró al polinesio.

—Buen trabajo, amigo —dijo—. Estoy en deuda contigo. Ahora, lleva a este cretino a las mazmorras del subsuelo. Creo que tu patrón se alegrará de volver a verlo.

Monwo sólo sonrío. 

 

 

XI

ZONA DE IMPACTO

Se abrían camino a brazo partido. Los machetes iban y venían arrasando porciones espesas de selva; y el sendero por el que avanzaban tomaba forma a cada paso. No era una tarea fácil. Insumía fuerza, transpiración y mucho miedo contenido. Los seis soldados que acompañaban a Van Strate llevaban la delantera. En realidad eran ellos los responsables del trabajo. El holandés y el joven Morewest los seguían por detrás conversando con el “Jefe” y retocando apenas algunas de las ramas que entorpecían el paso. Era un cuestión de jerarquías; y los militares de eso sabían mucho. Tenían incorporado que las “funciones propias de plebeyos” le correspondían justamente a ellos, los plebeyos del ejércitos. Además, las órdenes del coronel Palomino habían sido claras: “obedecer al holandés en lo que fuera”. Y como estaban para obedecer, obedecían.

Habían desembarcado en una costa fangosa y de difícil acceso, a sólo seis horas de donde caminaban; y aunque parecían andados cientos de kilómetros, sólo tenían recorrido uno y medio. La experiencia del “Jefe” había resultado una ayuda insustituible. Gracias a su conocimiento de la región, el laberíntico entretejido de arroyuelos, meandros, afluentes y brazos del Iñapari, había sido sorteado con éxito y celeridad, sin ser vistos.

El objetivo de llegar a la aldea Mojoweweke por “el fondo” se estaba cumpliendo según lo predicho.

Pero de improviso, la marcha cesó.

—¡Señor Van Strate, venga! —grito el soldado que tenía la delantera— ¡Nos hemos topado con algo!...¡Observe esto!

Van Strate se abrió paso bruscamente por la hilera de hombres y llegó al final del senda. Corrió las escasas ramas que pendían de tallos recién cortados y echó una mirada.

Ante sus ojos, se abrió de golpe un espacio grandioso sin selva. Un predio pelado y seco, de forma aparentemente circular; sin una rama, sin una planta, sin una flor. Un pequeño desierto en plena jungla amazónica; que generaba tal contraste con la naturaleza circundante que era imposible no dejar de sentir una profunda impresión de sorpresa.

—¿Qué diablos es esto? —preguntó retóricamente Van Strate; e ingresó en el perímetro seguido por el resto de la expedición. Sospechaba la respuesta a su propia pregunta, pero la calló.

David Morewest se agachó y revisó el suelo terroso durante un minuto

—¡Es increíble! —exclamó finalmente, deshaciendo en sus dedos grumos de tierra—. No hay vida...

—¿Cómo dices? —interpeló el holandés, despejando las hipótesis que rondaban en su cabeza.

—Que no hay vida. Este terreno está yermo, muerto por completo. No hay vida vegetal  ni animal. No hay insectos... ¡Es increíble!—repitió mirando fijamente a su raptor—. ¿Se da cuenta?... ¿Cómo es posible esto en plena selva?

Van Strate no respondió y reinició la marcha hacia el centro del predio. Algo le llamaba la atención. Un montículo. Una elevación cubierta con arena y plantas calcinadas. Se acercó a ella y, a poco de llegar, su hipótesis inicial quedó confirmada: allí estaban, incrustados en medio de un roquedal,  los restos del avión. El avión de la Cruz Roja Internacional.

—Es el lugar del accidente —dijo para sí—. Vamos bien encaminados, Morewest.

El muchacho tenía el rostro desencajado. Claramente estaba con mucho miedo.

—Van Strate —dijo—, no es conveniente que nos quedemos en este lugar.

—¿No?... ¿Por qué no?...

—Señor —explicó el chico—, nada bueno puede haber en un sitio en el que, después de siete años, no ha crecido el pasto y la vida se esfumó como por arte de magia... ¿Cómo explica que la selva no haya ganado esta porción de tierra después de tanto tiempo?...

—¡Yo no soy botánico para tener que dar explicaciones de ese tipo, Morewest! —contestó tras un breve titubeo.

—Esto es muy extraño...

—Un simple y estúpido accidente —agregó Van Strate.

—No lo creo, señor. En la antigua tradición polinesia de las Tuamotu se habla de “La Tierra sin Vida” —agregó David rememorando viejas clases de mitología—; una maldición que los Aku Kava Kava desplegaban sobre aquellos que violaban el tabú y cometían sacrilegios. Era el fin de la fertilidad y de la procreación. Un aviso de muerte...

Van Strate se quedó mirándolo detenidamente. Entonces, el alarido de “Jefe” lo quitó de su ensimismamiento.

Se había topado con los restos humanos del piloto. El nazi amigo del coronel Palomino.

—¡Dios mío!...—gritaba—. ¡No debimos venir!... ¡Este sitio está maldito!

Y salió disparado como un rayo en dirección a la selva.

—¡Detengan a ese idiota!—ordenó Van Strate a los soldados, en el instante mismo en que, desde los límites de la jungla, una lluvia de flechas salían impulsadas a velocidad pasmosa para clavarse en cada uno de los seis militares que hacían de escolta y macheteros del grupo.

Los soldados se desplomaron como muñecos, levantando nubes de polvo blanco a su alrededor.

Morewest giró asustado la cabeza.

Doce guerreros Mojowewekes los rodeaban, sin entrar en el predio arenoso de la catástrofe.

 

Van Strate levantó las manos por encima de la cabeza.

—Morewest —dijo en voz baja—, haga lo mismo.

El muchacho obedeció sin dudar.

Jefe” temblaba unos metros por delante de ellos, paralizado por el terror y la sorpresa.

Los indios, parapetados en el borde mismo del perímetro de la zona desertizada, tensaron las cuerdas de sus arcos nuevamente y, abriéndose lugar entre los guerreros, surgió la menuda figura de un anciano portando una vara dorada en su mano derecha.

A Van Strate se le aflojaron las mandíbulas y sus ojos echaron chispas de ambición.

Enfrente suyo, a sólo diez metro de distancia, el viejo mojoweweke tenía apresado entre sus dedos el bastón sagrado que tanto buscaba.

—¡Alahuma huyaku manu...! —articuló el anciano haciendo un movimiento brusco con el brazo desocupado, ordenando claramente a Van Strate a que se le acercara.

—Prepárate para lo mejor, David —le musitó por lo bajo, antes de caminar hacia el aborigen.

Avanzó con cuidado y sus brazos en alto. No le quitaba la vista al cetro, que brillaba como si tuviera luz propia.

Detuvo sus pies a centímetros del perímetro.

—¡Makayu! —gritó el viejo frunciendo el ceño—. ¡Makayu!

Van Strate se inclinó levemente hacia delante.

—No comprendo lo que dice, indio imbécil —dijo esgrimiendo una sonrisa cordial.

—¡Makayu! ¡Mani toba uñaki! —agregó el cacique instándolo con gestos a que saliera de la zona del accidente.

Van Strate entendió lo que pedía, pero permaneció en su lugar sin mover un músculo.

Repentinamente, “Jefe”, el guía de Sao Miguel emprendió la huída con alocado pavor.

El anciano mojoweweke extendió el brazo con el cetro en dirección al rufián y una luz incandescente, poderosa como un relámpago, salió por una de las puntas de la reliquia.

Cuando la bola fosforescente dio contra el cuerpo de “Jefe” éste se disolvió en el aire, convirtiéndose en cenizas instantáneamente.

Fue el momento que Van Strate esperaba.

Sin dar tiempo a nada, golpeó al viejo en el estómago con todas su fuerzas. El mojoweweke se torció de dolor y soltó el bastón, que cayó a pocos centímetros de los pies de Van Strate, dentro del área tabú.

El holandés se agachó y lo tomó por el mango.

Sin saber bien porqué lo levantó  por encima de la cabeza, en señal de triunfo.

Los indios estallaron en gritos de pavor y regresaron sobre sus pasos hacia la selva.

El anciano indio levantó la cabeza y observó horrorizado cómo Natasius Van Strate reía a carcajadas como un loco poseso, teniendo la poderosa vara de poder apresada entre sus dedos.

 

 

XII

EL ACHIKU

Decían los filósofos que ser libre era un mero estado de ánimo; que podía uno someterse al más ignominioso de los encierros —en un campo de concentración por ejemplo— y existir, aún en circunstancias tan duras, como un hombre henchido de libertad interior. Alguien había dicho también que las “ideas no se mataban” y que jamás una persona plena se sometía completamente a los deseos o mandatos tiránicos de un torturador.

Era cierto. Indy así lo creía, recostado contra la pared helada de la mazmorra en la que estaba prisionero. La teoría era perfecta, pero la experiencia empírica de no tener la libertad en sus manos, le hacía pensar que aquellos filósofos, tan eruditamente románticos, jamás habían tenido que tolerar una prisión entre cuatro paredes sucias, barrotes y maltrato. Que la libertad fuera un estado de ánimo no le quitaba, al hecho de permanecer aburrido en plena oscuridad, su sabor amargo.

El sótano en el que lo habían puesto era antiguo, posiblemente construido en la época colonial por el fanatismo español. En un primer momento, imaginó que era una dependencia utilizada por el Tribunal de la Santa Inquisición durante el siglo XVII; ése que se dedicaba a perseguir, torturar y quemar a los herejes. Pero a poco de acostumbrarse al sitio, advirtió que el decorado no era original. El morbo desarrollado del coronel Palomino lo había impulsado a recrear un escenario macabro, casi de película, mezclando piezas antiguas con modernas como si fuera un bizarro set de filmación.

Le habían traído de comer —una comida asquerosa, por cierto— en cuatro oportunidades. Calculó que tenía en ese lugar más de veinticuatro horas y por más que su inquieta personalidad lo impulsara a buscar una salida, para entonces había desistido en encontrarla. Esa mazmorra era una caja cerrada. Una caja perfectamente hermética; con una puerta de acero y madera tan gruesa como un muro medieval.

El dolor en la cabeza, producto del tremendo golpe que le diera Monwo, se había disipado. Aún así, la nuca le dolía. Sus ojos estaban cansados y la mente barruntaba hipótesis y conspiraciones, que analizaba y reveía una y otra vez en la penumbra, para pasar el tiempo.

De algo estaba seguro: la estatuilla Kava Kava tenía una relación directa con el cetro. Y ahora que sabía que ese mítico bastón de poder existía, podía conjeturar de qué modo se relacionaban ambos

El nexo lo constituía un personaje mitológico: Apu Kon Tiki Viracocha, o simplemente Viracocha, como aparecía en la mayoría de las cronistas hispanas de la época de la conquista. Un dios creador y civilizador que entregara el cetro al primer hombre y luego se marchara navegando sobre la espuma de las olas, en dirección al poniente. De seguro, en su viaje transpacífico había terminado topándose con aquellas paradisíacas islas, en las que Indiana estuvo a punto de perder la vida. Y allí, en ese nuevo Edén, habría dejado una segunda reliquia —mezclada entre otra cinco idénticas— para que los hombres no pudieran juntarlas nunca y actualizar el poder inmenso de la Creación, que él había tenido en el origen de los tiempos.

En la unión de las dos reliquias estaba la clave y el nexo que las unía era ese Dios viajero que, yéndose lejos, prometiera volver. Pero, ¿había imaginado Viracocha que sus “Creaturas” querrían algún día imitarlo?...

No... No era cierto todo eso. El encierro lo estaba confundiendo. Había perdido la noción de realidad. “¿Cómo podía pensar semejante delirio?... ¿Acaso era Viracocha un Dios o un ser humano común y corriente con ciertos artilugios mágicos, o armas desconocidas y perdidas por la historia?...”.

 “¡Basta, Indy!”, se dijo mentalmente a sí mismo. “¡Basta ya!... “. Pero volvió a dudar... “¿Y si estaba en lo correcto?”.

—Es lo correcto —contestó la voz.

Indiana Jones se sobresaltó. No sabía que alguien lo acompañara en esa prisión.

Buscó en la sombras la fuente del sonido y creyó encontrarla en la pared opuesta a la que él se apoyaba. No podía ver gran cosa. Sólo un par de arcos superciliares semi-iluminados por una extraña claridad, y una nariz aguileña, protuberante, que partía desde la base de una bincha colocada en la oscurecida cabeza de un hombre. Ésos eran rasgos aborígenes. Rasgos quechuas, no cabía duda.

Su misterioso interlocutor permanecía inmóvil.

—¡¿Cómo entró aquí?! —preguntó desarticuladamente Indy sin salir de su asombro.

Un leve movimiento de cejas anticipó la respuesta del visitante.

—Yo entro y salgo de cualquier parte. Vuelo por el mundo; por éste y por “el otro”, y sé que queda poco tiempo; y que mi poder será insuficiente si el Achiku es manipulado.—Hizo un silencio—. Todo lo que crees —continuó— es cierto. En nada te equivocas. La verdad te acompaña, hermano. Una terrible verdad...

La palabra Achiku le dio a Indy vueltas en la cabeza. “¿En dónde la había leído? ¿Cuál era el significado del término?”. Si no se equivocaba, era la traducción de la palabra “bastón” en lengua quechua.

—Sigues acertando —respondió la voz—. El Achiku es la Vara del Universo, el Axis Mundis, el Gran Eje. Y ha caído en manos incorrectas.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que lo han conseguido? —indagó Indiana, extrañado por saberse examinado telepáticamente.

—Observa, “Gringo”—dijo el personaje—. Observa y recuerda.

Repentinamente, como si de un truco de magia se tratara, una tenue burbuja de humo empezó a tomar forma delante de los ojos de Indiana Jones. Al principio le costó reconocer qué era eso que veía, pero a poco de enfocar sus pupilas en esa extraña “pantalla gaseosa” reconoció una escena que lo llenó de ira. Bastaron segundos para que pudiera identificar claramente a Natasius Van Strate, vestido con su tradicional traje de lino, manipulando el Achiku en plena selva.

—Ya lo poseen —repitió la voz—. Es el inicio del fin.

—¿A qué te refieres? —intervino, al tiempo que la nube se diluía en la oscuridad—. ¿Me quieres decir que con ese bastón ejercerán algún tipo de dominio?...

—¡Mando, dominio, poder...! No, no es ese el significado simbólico que nosotros le damos al cetro —reveló el convidado—. Ojalá fuera eso...

—Explícate —demandó Indy.

—Puede que para los occidentales sea un instrumento de guía, de dominio como tú dices. Pero se equivocan. Para el Inca Supremo, el Achiku es la reconquista del espacio perdido, el retorno a la sabiduría, el regreso a los códigos antiguos. Ésos que nos hablan de unidad, honradez, honestidad y transparencia...

—“La humildad de los viejos”, el comunitarismo... —agregó Indiana solemnemente—. La entrega a los demás.

—Exactamente, hermano. El cetro de Manco Cápac es la representación material y espiritual de la sabiduría eterna; el Eje que une los Tres Mundos: el de Arriba, el de los hombres y el mundo de Abajo.

—Los tres niveles del universo de la cosmogonía andina...

—Así es —asintió—. Por eso debe ser manipulado por un hombre digno, por un Héroe que sea capaz de mejorar el mundo; no de pudrirlo, como se pudre una animal muerto en la montaña.

—¿Y que pasaría si lo manipula un ser impuro?

—Si lo hiciera un espíritu pervertido, egoísta, ambicioso, el Cosmos se volvería un Caos, iniciándose el Unu Pachakuti... el fin del mundo.—Indy estaba pasmado. Escuchaba más con el corazón que con sus oídos. Aquella voz le inspiraba paz e intranquilidad al mismo tiempo; un sentimiento extraño, una mezcla de realidad y fantasía, de sueño y vigilia—. La tarea encomendada —prosiguió el extraño— es frenar el mal que se avecina. Ellos no se dan cuenta que juegan con algo poderosísimo. La ambición les impide ver el peligro. Se destruirán solos y destruirán todo lo que existe.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque estás en el lugar indicado. Porque buscaste llegar a este lugar.

Una vez más, la evanescente nube proyectó ante Indy una imagen. Ahora era la del cetro y el Aku juntos.

—La unión hace la fuerza —repuso la voz—. Y la unión del Kava con el Achiku hace a la Fuerza Suprema. Impide que esa tarea divina sea realizada por los corruptos. Ello corresponde sólo al Gran Kon Tiki. Te señalé el camino una vez en el cerro, Gringo —dijo sin reproche— y lo vuelvo a hacer ahora. Cumple con la reciprocidad andina; cumple con la ley del Inca.

Gradualmente, el rostro contorneado por sombras desapareció como si se hundiera en el muro, y el silencio más absoluto volvió a dominar la mazmorra. Indy se reincorporó y la recorrió a tientas; aunque sabía que el sujeto ya no estaba.

De improviso, notó una extraña y nueva claridad dentro de la celda.

Giró sobre sus talones y vio que la gruesa puerta de la prisión estaba entreabierta.

La tocó con la yema de los dedos y se movió sobre sus goznes, abriéndose de par en par.

No había guardias ni carceleros.

Era hora de actuar. El tiempo de la pasividad había terminado.

Una ola de adrenalina lo vigorizó y para cuando salió al corredor contiguo, supo que algo se le ocurriría sobre la marcha.

 

XIII

TIRO AL PALOMO

El coronel Adán Palomino no salía de su asombro. Palpitante, miraba el cetro como quien mira la entrada a la cueva de Alí Baba. Allí lo tenía. Justo enfrente suyo. Majestuoso, dorado como el sol y tan bien ornamentado con símbolos abstractos y figuras serpentiformes, que daba resquemor tocarlo.

Tras años de búsqueda, finalmente, volvía a poseerlo. El mito se había vuelto realidad; materializado en una reliquia inca, envuelta en un paño de franela amarilla.

—¡Qué buen trabajo has hecho, Van State! —exclamaba vehemente—. ¡Qué buen trabajo!... ¡Ahora sí ya tenemos las dos piezas del rompecabezas!

—Valió la pena el sacrificio, socio —respondió el holandés recostado en un sofá, aún cansado por el viaje—. Sólo nos resta preparar la ceremonia final, hacer el “pago” y terminar de una vez por todas con lo que empezamos.

—¡Me parece mentira! —prorrumpió el militar, acariciando con la punta de los dedos el bastón—. ¡No lo puedo creer!...

—Lo creerás cuando veas el poder de esa vara —dijo Van Strate señalando de lejos al Achiku con la barbilla—. Aún sin todo su potencial, es capaz de liquidar a varias personas, convirtiéndolas en cenizas. No quiero imaginar cuál será su fuerza cuando lo unamos convenientemente a la estatuilla.

—¿El joven está contigo, no? —recapacitó de golpe Palomino.

—Estate tranquilo; lo mandé a su cuarto. El chico cumplirá con su trabajo; de lo contrario él bien sabe que mataré a toda su familia.—Hizo un impasse, se desperezó y agregó:—Tenemos suerte de que sea todo un experto en el tema.

Adán Palomino quitó la vista del cetro y miró a su socio.

—¡Ah! —clamó—.Hablando de expertos...

—¿Qué hay?... —el rostro de Van Strate se contrajo en una dubitativa mueca que anticipaba una intuición nada deseada.

—Un “amigo” tuyo estuvo por aquí—agregó con ironía el militar.

—¡¿Jones?! —bramó el holandés reincorporándose de un salto— ¡¿Indiana Jones?!...

—Sí. Lo tengo en la mazmorra —respondió sonriente—. El muy idiota pensó que podía entrar y salir de esta casa cuando se le ocurriera. Lo sorprendimos a tiempo. Monwo hizo el trabajo.

—¡Maldito, cerdo! —grito Van Strate puesto de pie— ¡Ese hombre ya se ha transformado en una molestia permanente en mi vida! Tienes que tener cuidado con él, Adán —sentenció molesto—. Posee muchos recursos... No sé cómo lo hace, pero siempre sale bien parado. ¿Está protegido por mis hombres, verdad? —dijo mirándolo fijo.

—No hace falta. No hay manera de que salga de ahí.

Van Strate se rascó el mentón y volvió su mirada hacia el bastón sagrado.

—¿Sabes?...—murmuró con una sonrisa en los labios—. Se me acaba de ocurrir una idea.

—¿Cuál?

—¿Quieres ver cómo trabaja este artefacto? Ya tenemos un conejillo de indias con quien probarlo...

Palomino le palmeó el hombro lanzando una carcajada.

—¡Eres un demonio, amigo mío! ¡Un demonio!... ¡Y yo... otro! ¡Já, já, já, já!...

Van Strate lo miró de soslayo.

 

Era lógica pura.

Si un guardia custodiaba la puerta era porque detrás de ella había un enemigo de Palomino. Y si lo era del militar, también lo era de Van Strate. Conclusión: un potencial aliado de Indy.

Dejar al soldado fuera de combate no le costó mucho. Bastó sigilo para acercarse por detrás y precisión en la trompada que le diera en la nuca. Cuando el guardia se desplomó sobre el piso, Indy le quitó la llave y abrió la puerta.

La esperanza de encontrar a Merisa le latía en el pecho.

Asomó la cabeza y vio un cuarto a oscuras. Arrastró al soldado e ingresó con cuidado.

En la pared opuesta advirtió que había una cama con una persona acostada en ella, tapada hasta la cabeza. Dejó al guardia en el piso y se acercó lentamente.

Pensó en los ojos de su hermosa colega, atónita al verlo, y en la alegría de saber que estaba bien. Estiró la mano para no sobresaltarla.

Repentinamente, la luz se prendió de golpe.

Un velador.

—¡¿Profesor Jones?!...

Era el rostro y la voz que no esperaba encontrar.

—¡¿Morewest?!...

El muchacho, más delgado y con signos de cansancio en la mirada, se paró de golpe y lo abrazó

—¡Oh, gracias a Dios, profesor, que es usted!

Indy estaba sorprendido y decepcionado al mismo tiempo. Una oleada de culpa lo asaltó. Ese pobre chico había sufrido mucho y él se decepcionaba por no hallar a la persona en que pensaba.

Le sonrió, tapándole la boca para que no siguiera expresando voces de alegría.

—¡Shhhh...! ¡David! ¡En voz baja! ¡La casa está llena de soldados! —murmuró—. Tenemos que salir de aquí.

El rostro de Morewest desnudó su sensación de turbación.

—¿Cómo?...—preguntó sorprendido— ¿No terminó todo? ¿No vino con la policía o las autoridades locales?

—David, ¡ellos son las autoridades locales! —recalcó Indiana— Hay que recuperar el cetro y huir de este lugar lo más pronto posible. Además —agregó vigilando la puerta—, tengo que rescatar a una amiga que se metió en todo este lío por mi culpa.

Morewest frunció el seño, echándose hacia atrás.

—...Yo no puedo ir con usted, doctor Jones —dijo muy serio.

Indy volvió la cara hacia el muchacho. Una conmoción interna le sacudió las vísceras.

—¿Qué dices?

—Que no puedo dejar este lugar...¡Matarán a mi padre! Si lo hago, prometieron asesinarlo.

—David, escúchame —repuso Indy tomándolo por los hombros—. Tu padre está bien a miles de kilómetros de distancia. Te aseguro que no corre peligro de ningún tipo.

—¡Usted no conoce a esta gente, doctor Jones! ¡Ya una vez no pudo impedir que me llevaran con ellos! —replicó el chico—.Matan a cualquiera que se les cruce en el camino y tienen muchísimo poder. ¡Si hubiera visto lo que pueden hacer con ese bastón! ¡Es increíble! ¡Es un arma extraordinariamente poderosa!... Por otro lado... —titubeó— me han mostrado fotos de papá dentro de su propia casa. Lo tienen vigilado y no dudaran en eliminarlo si no colaboro con ellos.

—¿Colaborar?...

David bajó la vista.

—Quieren que ensamble a las dos reliquias —susurró.

Un calambre de preocupación punzó el estómago del veterano arqueólogo.

—¡No debes hacer eso, David! —exclamó apretando sus manos sobre los brazos de Morewest.

—¿No?... ¿Y qué quiere que haga, profesor?... ¿Qué me maten y maten a mi familia?

Indy dudó. No podía presionarlo más, pero tampoco podía dejar que continuara con la empresa.

—Tú, mejor que nadie—dijo seriamente—, sabes de las fuerzas que desatarás si juntas las dos reliquias... ¡Es muy peligroso, chico!

—Lo sé... La he visto actuar. Pero ¿qué opción tengo?...

—Tienes que darme tiempo. Trata de posponer todo. No sé..., miente, pero no unas el cetro con el Aku...

—Quieren practicar el ritual mañana por el crepúsculo —informó David, como queriendo demostrar que efectivamente actuaba en contra de su voluntad.

—No tenemos mucho margen —calculó Indy en voz alta .

—No... Ya son las doce de la noche.

—¿Las doce?... —inquirió desorientado

—Sí... ¿Acaso no usa reloj de pulsera o ha estado todo este tiempo en la cueva?

Indy hizo caso omiso a la ironía y reclamó con autoridad la atención del muchacho.

—¡Escuchame bien, David!¡Escúchame lo que voy a explicarte! Esto es lo que haremos...

 

Dos soldados por delante, dos por detrás y un cetro a punto de ser usado con indignas intenciones, constituían la comitiva que Palomino y Van Strate dirigían ,en tanto bajaban por las escaleras que llevaban a la mazmorra.

El holandés agarraba el Achiku con ambas manos. Lo llevaba pegado al pecho y sentía la suave textura de la superficie pulida en su epidermis. Eso le producía una inconmensurable sensación de poder. Podía llegar a decirse que representaba al mismísimo Manco Cápac, el héroe civilizador. Sólo le faltaba la vestimenta adecuada y la parafernalia monárquica. Pero tarde o temprano sabía que con el cetro ese rol mítico, más propio de un relato de fogón que de un traficante ilustrado, podía llegar a ser una realidad.

Percibía que Palomino estaba un tanto celoso. Lo conocía e interpretaba sus miradas y gestos. Temía que, de un momento a otro, reaccionara violentamente y advirtiera las verdaderas intenciones que arrastraba desde hacía años. Su sociedad con el peruano era “corto alcance”. Así lo había previsto cuando lo convenció de compartir información y juntar fuerzas en el proyecto. No quería entregarle el Achiku y sentía inseguridad, temor, cuando el militar lo agarraba o acariciaba con demasiado fervor.

—¿Así que con sólo desearlo funciona? —le preguntó Palomino.

Van Strate le echó una ojeada. Sonrió de compromiso y contestó:

—Funcionó la primera vez. Creo que pasará lo mismo ahora.

—¿Entonces lo usas sólo como arma?

—No te confundas, Adán...Ya te dije que su poder es por ahora limitado. Cuando...

—...¡Coronel!... —Gritó inesperadamente un soldado— ¡Está abierta!... ¡La puerta está abierta!

Palomino se adelantó de un salto y corrió hacia la entrada de la mazmorra.

—¡No puede ser!... ¿Cómo es que...?

—...¡Imbéciles! —profirió Van Strate fuera de sí—. ¡Te lo dije!... ¡Idiota, te lo dije! —le exclamó al militar, exasperado como un gato rabioso—. ¡Te dije que ese hijo de perra tiene las habilidades de Houdini!... —Sin dar tiempo a nada giró hacia un soldado—¡Tú! —ladró señalándolo—. ¡Da la alerta general!... ¡Que disparen a matar! ¿Entendiste?... ¡¡A matar!!... ¡Quiero a Jones muerto!...

No pudo contener la rabia acumulada. Estaba fuera de sus cabales. Necesitaba saciar su sed de venganza, de revancha, de odio. Era un volcán en plena erupción.

Levantó el cetro por encima de la cabeza y al bajarlo de golpe apuntó con el mango a dos de los guardias.

Un fino rayo de luz se desplegó desde la reliquia y, en segundos, los cuerpos carbonizados de los infelices dieron contra los sucios muros de la galería.

Palomino quedó estupefacto. No podía creer lo que veía.

—¡Y, tú, Adán!... —Le gritó Van Strate—. ¿Qué miras?... ¡Busca a Jones!

 

Con el relato de David Morewest en la cabeza y un mapa virtual de la mansión en la memoria, Indiana Jones dio los últimos tres pasos sobre el plano inclinado del techo. Era de tejas españolas y temía resbalar, haciéndose añicos en el piso del parque, dos plantas más abajo. Tenía que mantener el equilibrio y ubicar la segunda ventana de la izquierda. En esa habitación ponían a los prisioneros temporarios. De seguro, Merisa Pretie estaba allí.

Se sentó en el borde del techo, colgando las piernas. Aferró con fuerza la canaleta que bordeaba todo el perímetro del techo de la casa y se dejó caer, quedando colgado frente a la ventana cerrada del cuarto. Apoyó los pies en el borde de la misma y cual “hombre mosca” acomodó todo el cuerpo en el reducido espacio del marco. Recién entonces, miró hacia el interior.

Era una habitación de modestas dimensiones. La luz estaba apagada y no podía percibir ningún movimiento. Acercó la cara al vidrió y dos ojos inmensos, abiertos como los de un lemur, se perfilaron del otro lado, a escasos centímetros de los suyos.

—¡Ahh...! —profirió sobresaltado, trastabillando y deslizándose lentamente hacia atrás. Se caía... Se iba a partir el cuello.

En los segundos que siguieron al susto, una sinfonía perfectamente orquestada de ruidos, alcanzaron los tímpanos de Indiana Jones: otro alarido desde adentro; una ventana que se deslizaba rápidamente por sus vigas hacia arriba; un cristal que se sacudía con el impacto cuando daba contra el marco superior; una respiración entrecortada y, finalmente, la voz de Merisa, mientras lo agarraba del brazo derecho; exclamando su nombre.

—¡¡Indy!! ¡¿Está loco?!... ¡Vas a matarte!...

Lo jaló hacia adentro con tal fuerza que el arqueólogo quedó desparramado sobre una mullida alfombra de lana de vicuña.

—¿Siempre recibes así la gente que viene a salvarte? —preguntó dolorido.

La muchacha lo abrazó y besó en la mejilla.

—¡Sabía que me buscarías!...

—Meri —dijo al pararse—, no hay tiempo para agradecimientos. Vienen por mí. Tenemos que salir de acá.

—¿Salir?... La puerta está cerrada con llave.

—No por la puerta..., por la ventana.

La chica miró hacia afuera.

—¡Estás loco, Jones! ¡Casi te matas y quieres que salgamos los dos!

—¡Rápido! ¡Vamos! ¡Deja de cuestionarme!— y sin decir más la tomó por la muñeca derecha y sacó la mitad de su cuerpo al exterior.

—Pégate a la pared y tantea con los pies la cornisa. Hazlo con cuidado, Meri. Es ancha. Todo saldrá bien, no temas. ¡Adelante!...

Encararon la saliente con decisión. Era conveniente no pensar demasiado, ni mirar hacia abajo. Sólo avanzar de a poco; bien pegados a la pared, verificando a cada paso que el delgado enladrillado no se les hundiera. “¿Cuánto peso podía resistir una cornisa?...”.

El espacio que existía entre ventana y ventana era amplio. Demasiado amplio para la ansiedad condimentada de vértigo y miedo que sentía Merisa. Apresaba con una de sus manos el brazo de Indy, retrasándolo en el avance y balanceando peligrosamente el andar del arqueólogo; que, ante cada ventana cortinada de la mansión, apuraba el tranco para no ser visto desde el interior.

Tenían que llegar a la esquina de la construcción, girar en ángulo recto y ubicar una entrada segura: el ventanuco que Morewest dejaría abierto en una habitación olvidada, en la que depositaban cajas y demás útiles en desuso.

—Indy —murmuró Merisa—, no creo que aguante mucho tiempo haciendo equilibrio...

—¡Tienes que hacerlo! —respondió por lo bajo, sin perder su acento vehemente—. Ya falta poco. Continúa...

La brisa nocturna les daba en el rostro y la chaqueta de Indiana se sacudía sutilmente sobre el vacío, de igual forma que el cabello de su colega.

Entonces, las voces de un grupo de hombres ascendió desde el parque que rodeaba la vivienda.

—No pueden estar lejos... ¡Búsquenlos!

Era el coronel Adán Palomino acompañado por tres soldados armados.

—Indiana... —dijo Merisa suavemente tirando de la chaqueta—. Están aquí...

Indy detuvo el paso.

—Pégate bien al muro y guarda silencio.

La muchacha obedeció.

En el parque, un cuarto individuo se sumó al grupo. Caminaba como loco, acelerado, yendo y viniendo, mirando hacia todos lados.

—¡Por Dios, Adán! —exclamó Van Strate—. ¡No entiendo cómo puede un sujeto escapar de este lugar!...

—Te juro que es la primera vez que ocurre... —replicó Palomino, por primera vez con temor en su tono.

—¡Inoperantes! ¡Imbéciles sudamericanos! ¿No saben hacer nada bien?...—Van Strate estaba poseído por el odio y el orgullo de concentrar tanto señorío entre sus manos. Se sentía capaz de desafiar al mismísimo Dios, si fuera necesario—. ¡Si este sujeto escapa, Adán, estarás en problemas! —amenazó—. ¡No es posible!... ¡¿Cómo puede un hombre esfumarse?!... ¿Acaso también vuela?... —Y levantó la cabeza hacia el cielo...

Fue ahí cuando los vio colgados del borde de la pared.

Un mohín de maldad se le dibujó en los labios e, inconscientemente, apretó el bastón con más fuerza.

—¡Buenas noches, doctor Jones! —gritó elevando la voz hacia el techo—. ¿Dando un paseo nocturno?...

Palomino, sorprendido, siguió la mirada del holandés.

—¡Ahí está el gringo! —exclamó a sus hombres—. ¡Apúntenle!

Van Strate alzó la mano con brusquedad.

—¡Alto! ¡Detén a estos estúpidos! —ordenó—. ¡Es mío!

Merisa temblaba. Eran demasiado emociones en poco tiempo. De pronto, se imaginó a sí misma siendo fusilada contra esa pared color claro. Una visión horrible.

Indy movió la cabeza de un lado a otro, buscando una salida.

—¿Sabes, Jones? —profirió el holandés—. Por un tiempo te creí muerto en el Pacífico Sur, pero ahora me alegro de que estés con vida... ¡Quién iba a decirme a mí que me pondría feliz en verte en estas circunstancias!...

Indy oteaba el entorno. “Una salida... una salida... Un atajo... ¡Algo..., por Dios!”.

—...Usaré esta reliquia contigo —expuso con ironía Van Strate—. ¡Qué mejor muerte para ti! ¿Verdad?... ¡Tiro al palomo con el cetro sagrado de los incas!... ¡Já, já, já, já...!—Y levantó, como de costumbre, el Achiku sobre su cabeza.

El bastón empezó a vibrar y una corriente misteriosa de energía lo volvió refulgente como los rayos del sol. Los símbolos geométricos que lo ornamentaban se iluminaron, titilaron; entonces Van Strate estiró su brazo en dirección al arqueólogo y la chica.

 

 

XIV

COME FLY WITH ME “

Un montículo de valijas y mochilas.

¡Eso era lo que necesitaba!

¿Quién las habría dejado allí apiladas? ¿Quién sería el alma generosa que ponía, ante la mirada desesperada de Indiana Jones, ese improvisado colchón?... ¿Soportarían la caída sobre ellas?

No había tiempo para pensar. Tenían que saltar...

Y lo hicieron...

—¡Ahora, Meri! —gritó Indy al momento de jalarla y tirarse desde el segundo piso de la mansión.

En ese mismo instante, y cuando todavía estaban en el aire, una explosión descomunal borró de la faz de la tierra gran parte de la segunda planta de la casona. La bola de energía incandescente, emanada del Achiku, dio de pleno contra la cornisa en la que segundos antes Indy y Meri hacían equilibrio. Miles de escombros saltaron en todas direcciones. Un manto de humo negro ensombreció aún más la noche y un profundo olor a azufre quedó flotando en el ambiente

—...¡Dios mío! —exclamó Palomino al observar cómo parte su propiedad volaba en pedazos.

Merisa cayó sobre el abdomen de Indy con un alarido de dolor y miedo en la garganta.

El equipaje era algo duro, pero lo suficientemente mullido como para amortiguar la inercia del desplome. Indy se reincorporó como si fuera un resorte. Comprobó no tener nada roto y verificó que Merisa estuviera bien.

—¡Salgamos de aquí! —exclamó agarrándola de la mano—. ¡Vamos, no hay tiempo!

Merisa trató de observar la casa envuelta en humo. Al ver que era imposible, bajo la vista a esas maletas que le salvaran la vida, y boquiabierta leyó una inscripción recurrente en varias etiquetas pegadas en ellas:

VAN STRATE, N.

QUINTO REGIMIENTO

CUSCO (Perú) /

BARRA DO SAO MIGUEL (Brasil)

Despacho de equipaje

La densa humareda les sirvió, sin querer, de pantalla.

Mientras los restos de la mansión ardían en llamas, Indy y Merisa corrieron con exasperación, evitando las balas de los fusiles que, a ciegas, ya empezaban a ser disparadas por los soldados.

Van Strate, todavía atónito por la furia desplegada por el cetro, observaba su obra de destrucción y caos con los ojos abiertos como dos huevos fritos.

—¡Aumenta su potencia con el uso! —exclamó retóricamente—. ¡Es maravilloso!...

El coronel Palomino aún no salía de su asombro. Ante su mirada aturdida, la propiedad de sus sueños se caía a pedazos.

—¡Van Strate, no era esto lo que pactamos! —increpó tomándolo por el brazo—. ¡Mira lo has hecho!...

El traficante lo miró con desprecio, por encima del hombro. Clavó sus fríos ojos en los del peruano y dijo con displicencia:

—¡Apártate de mí!

—¡Era la inversión de toda una vida! —reclamó, señalando el lugar de la tragedia—. ¿Cómo reconstruiré todo esto? ¡Dímelo, holandés hijo de perra!... ¿Cómo haré?...

Van Strate lo obvió casi con asco.

—No comprendes nada, Adán. ¡Nada! —masculló y salió caminando en dirección al montículo de mochilas y maletas—. Dile a tus hombres que lo encuentren y capturen.

 

A ciento cincuenta metros de la casa estaba la pista de aterrizaje; una gruesa línea asfaltada en la que reposaban tres aviones de carga, comprados a Inglaterra después de terminada la Segunda Guerra Mundial.

Dos de los aparatos, a un costado, permanecían inactivos, sin dar señales de emprender vuelo alguno. El tercero, tenía los motores prendidos y las hélices ya giraban a una extraordinaria velocidad. El sonido era ensordecedor.

Más allá, a un lado de la aeronave, una docena de cajones muy altos, bolsas y contenedores de madera se desparramaban a escasos metros del sector de carga.

Indiana Jones corría sujetándose el sombrero fedora. No llevaba gran velocidad. Estaba agotado y el hombro, herido en Tuamotu, empezaba a dolerle.

—¡Indy, estoy muerta! ¡No doy más! —reclamó Merisa agitada, mientras lo seguía dando tumbos.

Un disparó chisporroteó en el pavimento, a escasos centímetros de ellos.

—¡Un poco más, Meri! ¡Fuerza!

Se zambulleron detrás de un cajón.

—¿Cómo saldremos de ésta? —inquirió la muchacha.

Indy dirigió su atención al avión en marcha. La tomó fuerte de la muñeca y salió disparado hacia la puerta de carga que, en ese mismo momento, empezaba a cerrarse.

Dos disparos más... ¡Muy cerca!... Indiana los escuchó zumbar a milímetros de su cabeza.

El avión se movió. Parecía una morsa gigantesca que ganaba confianza al acercarse al mar. Las alas giraron sobre un eje imaginario y la trompa del aparato buscó la pista, dispuesto a tomar carrera y alzarse hacia el cielo.

Indy alcanzó primero el sector de carga y ayudó a que la chica lo imitara con un leve empujón hacia dentro.

Saltaron justo a tiempo. Tres segundos después, la puerta se cerraba herméticamente tras sus espaldas, sirviéndoles de escudo a un enjambre de balas dispuestas a matarlos.

 

Sin decir palabra, y sofocado por la corrida, Van Strate se parapetó en el centro del asfalto y miró cómo el avión carreteaba hasta el final de la pista.

—No escatimemos en gastos —arguyó con ironía y levantó nuevamente el cetro.

Un cosquilleo, antes no experimentado, le recorrió todo el brazo y alcanzó su pecho. El bastón vibraba entre los dedos del holandés.

—¡¡Puedo sentir el poder!! —gritó enloquecido, con el rostro desencajado por una cruel felicidad.

Bajó el cetro y le apuntó a la aeronave, justo en el instante en que iniciaba su carrera previa al despegue, en dirección suya.

El mango del Achiku se encendió y un remolino de luces multicolores giró alrededor de su punta.

El espectáculo se reiniciaba. La fuerza del mito estaba dirigida ahora contra ese avión que se acercaba cada vez a mayor velocidad. Pero cuando la energía estuvo a punto de ser vomitada por la reliquia, el pesado cuerpo de Adán Palomino cayó sobre Van Strate, desviando la “descarga”.

—¡¡Nooo...!! ¡¡El avión nooo...!! —gritó el coronel, al tiempo que ambos caían, rodando por la pista, y el rayo luminoso del cetro salía expulsado, como el haz de una linterna legendaria.

La centella recorrió la pista transversalmente a una velocidad de sueño. Pasó a escasos metros de la proa del avión que despegaba, e impactó en el ala derecha de uno de los dos aparatos restantes, que yacían a un costado de la pista.

La detonación fue instantánea.

Ambas aeronaves explotaron y la onda expansiva tiró al suelo a los soldados que se parapetaban a un costado de los bultos y cajones, recientemente descargados.

Un hongo de fuego, humo y esquirlas de acero salieron despedidos en todos direcciones.

El rugido de la explosión fue ensordecedor.

Para cuando Palomino y Van Strate se apoyaron es el piso, el avión de carga en el que viajaba Indy, pasaba por sobre sus cabezas.

 

El depósito de carga estaba atiborrado de bolsas de arpillera estampadas con el escudo del ejército peruano. Una luz roja, proveniente de un foco protegido con alambres de acero, era la única fuente de claridad.

Indy, tirado boca abajo, se secó la transpiración y observó a la chica.

—Pensé que nos habían dado —dijo respirando entrecortado.

—¡Ese hombre está loco! —sollozó ella.

—Ojalá lo estuviera, Meri. Sabe muy bien lo que hace y quiere.

Merisa echó una ojeada rápida al lugar. El balanceo del avión era imperceptible y el sonido de las hélices creaban un telón de fondo zumbante y monocorde.

—¿A dónde vamos? —preguntó.

—No tengo idea... —repuso él—. Sólo sé que debemos regresar.

—¡¿Regresar?!... ¡¡Estás loco!!... ¿¿Para qué regresar?!

—David Morewest está allí —respondió lacónico.

Merisa guardó silencio. Suspiró profundo y se recostó contra una de las bolsas.

—¡Dios mío, Indiana!... ¡En la que nos hemos metido! —Caviló dos segundos y agregó:— ¡Y pensar que yo no quería tener problemas con la milicia!...

Indy pareció no escucharla. Su mente estaba allá abajo, con el pobre muchacho Morewest y... el cetro sagrado.

Se paró con dificultad. Le dolían todos los músculos del cuerpo.

—¿Y ahora qué? —le inquirió Meri.

Se tiró la campera de cuero hacia abajo, ajustándola, alisó el ala de su sombrero y dijo:

—Confirmar el cambio de ruta con los pilotos.

 

Colgada del firmamento como si fuera una farola, la luz de la luna le daba a los Andes el aspecto de un inacabable y rugoso cartón.

El avión sobrevolaba los picos nevados con dirección Este y su sombra se movía, ondulante, cientos de metros más abajo, por cumbres inalcanzables y lugares que quizás ningún hombre tocara nunca.

Indiana Jones caminó con sigilo hasta la puerta que comunicaba con la cabina del piloto. El fuselaje del aparato era largo y repleto de bolsas, cajas, artilugios y redes pegadas a la pared, que sostenían tubos y caños inentendibles para la mentalidad de un arqueólogo.

Jones apoyó suavemente el oído en la superficie lisa de la portilla y trató de oír a los pilotos.

Desde el fondo de la bodega, Merisa esperaba ansiosa con los ojos clavados en su colega.

Indy levantó los hombros en señal de ignorancia y miró a la chica. Meri lo llamó silenciosa con la mano. No quería que siguiera.

Entonces, la puerta se abrió desde adentro.

Indy no interpretó en primera instancia el gesto de Meri y miró extrañado cómo a la chica se le fruncían las cejas por encima de unos ojos que se abrían de par en par.

“¿De qué se sorprendía?”.

Inesperadamente se percató de que la puerta de la cabina estaba abierta. Era la causa del estremecimiento de Meri.

Giró en redondo y se topó con el pecho de un “King Kong” humano, parapetado en el marco de la entrada, como si fuera el telón de fondo de un teatro de ópera.

Monwo no le dio tiempo a nada. Apretó el puño izquierdo y lo zampó, cual una maza de carne y huesos, contra el pómulo derecho de Indiana Jones; quien salió despedido hacia atrás, dando un tumbo en el aire y estrellándose estrepitosamente contra el piso de la bodega.

Bastaron dos zancadas para el matón lo alcanzara de nuevo.

Lo levantó por la solapa de la chaqueta, esbozó una mórbida sonrisa y volvió a propinarle un poderosísimo puñetazo en la otra mejilla.

Indy rebotó contra el tabique del fuselaje y se desplomó otra vez en el piso, arrastrando la espalda por la pared.

Turbado por la imprevista paliza, alcanzó a abrir los ojos y ver junto a él una de las bolsas de arpillera del ejército. Sin más, la tomó por uno de los bordes y la sacudió en semicírculo directamente contra la cabeza de Monwo.

El gigantón recibió el golpe en plena cara. Trastabilló. Por un segundo recuperó el equilibrio y, por segunda vez, la bolsa volvió a impactar contra él, impulsada por la furia incontenible de Jones.

Monwo estaba mareado.

Indy se paró, ajustó la puntería e, imprimiéndole fuerza a su pierna derecha, le clavó la punta del zapato en la entrepierna. Fue una patada transmisora de odio. Un puntapié con el que pretendía dar por finalizada la pelea.

Pero no... “Quería más...”. Ese maldito “constructor de balsas” no se la llevaría de arriba. Le debía unas cuantas y pensó cobrárselas en ese momento.

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