Presentación del libro “Testimonio americano”
por la profesora Rosa Soria Boussy de Viñals, 
en el Salón del Centro de Jubilados de la Provincia
21 de junio de 1989

Grata, gratísima puede ser la tarea de dar la bienvenida, de saludar un advenimiento, de complacernos en decir: aquí está, aquí ha llegado.

En este momento de difíciles contradicciones, de tensiones, donde los días y su carga parecen aplastarnos... En estos tiempos semejantes a un naufragio parece extraño que nos reunamos, que hagamos un paréntesis, que nos “gastemos” unos minutos en nuestra carrera para encontrarnos lejos de números, de cifras, de apuros, de trivialidades... para congregarnos junto a un hecho que parece no tener nada que ver con lo constructivo de nuestros afanes cotidianos.

Decía “parece no tener nada que ver y sin embargo tiene tanto...

Venimos a saludar nada más y nada menos que a un libro, simplemente un libro y a su autor: un hombre, Testimonio Americano y Jerónimo Castillo.

Solamente esos dos motivos bastaron para que hoy nos demos la mano y nos regocijemos con una alegría inmensa.

Este hecho, puede hacernos vibrar de diferentes formas.

Personalmente yo tengo ahora la oportunidad de decirlo en voz alta y no sólo la oportunidad sino la obligación por esta tarea de oficiar de presentadora.

Voy a expresar la experiencia de cómo conocí al poeta. Ocurre que a veces la obra precede al autor y éste fue el caso. Un día, no recuerdo el año, pero fue hace unos 11 ó 12, el Profesor Fourcade me mostró un Virorco que iba a imprenta y me encontré con un nombre nuevo: Jerónimo Castillo. Le pregunté quién era y me respondió: un poeta que vive en Mendoza.

Leyendo sus versos me imaginé un señor mayor, tal vez porque su estilo demostraba experiencia, años de oficio, tenía seguridad, no vacilaba, en fin.

Pasaron tal vez algunos meses y una noche en una reunión de fin de año de SADE, me encuentro con un muchacho alto, serio, formal, con su traje oscuro y nos presentan. Era Jerónimo Castillo; me costó creer que era el mismo autor que leí en Virorco, sí era él, que se afincaba en San Luis y desde entonces nos unimos en una amistad profunda, que va más allá de lo poético, que enlaza a nuestras familias, que abraza a nuestros hijos, a nuestros cónyuges. Que nos involucra completamente.

Ayer fue el día del Amigo. Hoy quiero entonces rescatar nuestra aproximación de amigos. Quiero valorar este sentido de humanidad que nos hace ser casi hermanos en la existencia. Amigo de Verdad, Amigo con mayúsculas a través de los años.

Esta evocación, este reconocimiento y esta confesión es como decir: no me pidan objetividad total frente a Jerónimo Castillo, no puedo ejercerla. Jerónimo es mi amigo y me tocan las generales de la ley.

Quizás esta circunstancia me invalida para hacer una presentación como debería ser.

Pero las cosas son así. Si alguna vez me hubiese imaginado esta ocasión habría vacilado. Pero todo llegó muy rápido y en la desprevenida elección de esta presentación no tuve tiempo para detenerme a racionalizarlo.

Presentar una obra de Jerónimo es como presentar la obra de un hermano.

Tendría que haberme negado por esta, digamos incompetencia afectiva, pero tuve que asumir este compromiso justamente por el lazo afectivo que nos une... ¡Que contradicción!

Pero aquí estamos con la alegría del vino nuevo, con el olor de la tinta fresca, con un haz de espigas rubias, saludando a nuestra lengua con una ofrenda de versos que la enaltecen, con la satisfacción de ver honrado a nuestro idioma, con sus sonoras palabras recreadas por nuestro amigo dilecto.

Llega a nuestras manos “Testimonio Americano” precedido por “Pórtico”, aquél libro por el cual entramos de una manera sistematizada a la creación sonetística de Jerónimo y a través del cual él se lanzó hacia todas las brisas. Pórtico ha ido a través de las distancias a distintos ámbitos y ha sido leído; esto es lo importante.

Sus páginas se han multiplicado en otras publicaciones, Pórtico fue un buen comienzo en la senda y no lo digo yo, he leído críticas, palabras autorizadas en ese sentido.

Pórtico 1975 tenía el color verde de la esperanza, seguramente la esperanza de ser el primer libro y no el último de Jerónimo.

A pesar del tiempo transcurrido, Testimonio Americano -1989, es una respuesta a esa esperanza. Entre los dos hubo otros libros inéditos, y allí están, aguardando, esperando el momento de la imprenta, la multiplicación del verbo, ya vendrán y como hoy los recibiremos con la alegría renovada.

Jerónimo Castillo persiste insistentemente en entregarnos Sonetos ¿Por que esta vehemencia? ¿Por qué nuevamente esta forma?

El mismo autor nos da la respuesta en el prólogo. Su respuesta al interrogante la encontramos a poco andar: para él elegir el Soneto como forma de expresión significa “conjugar todos sus componentes (ritmo, rima, metros, forma en general) para expresar un pensamiento con la pretensión de elevar el lenguaje cotidiano a lenguaje literario

Y además agrega “Justamente cuando el vocablo cambio tiene su reinado, estos versos intentan una comunicación con la conocida herramienta de la estructura formal”.

Si esta explicación literaria es válida yo creo que es mucho más válida la otra explicación que también da, de tipo psicológica (diría yo). Una especie de necesidad de auto doblegarse, de disciplinar se dentro de la preceptiva. Jerónimo dice que “el mayor enemigo del hombre es el hombre mismo”. Y a punto seguido agrega “Doblegarlo constituye la tarea de toda una vida, y en muchos casos se llega al final sin haberlo conseguido. Pero si el intento estuvo presente, vale. Y en este compendio el intento ha estado presente”.

Fíjense que esta explicación de necesidad interior hacia el Soneto como una suerte de ascesis que se me ocurre casi más importante que la justificación literaria se ha ahondado en el autor, tal vez inconscientemente (en realidad yo aventuro juicios porque este punto no lo hemos hablado nunca) porque en el prólogo de Pórtico también expresa su vocación de sonetista, pero lo hace desde el punto de vista poético, pero aquí, en 1985, en las primeras líneas abre esta otra perspectiva: la necesidad de obligarse. Como una imperiosa causa interna de concentración de energías en un molde que no le permite extravagancias ni delirios. Como si quisiera demostrarse a si mismo, primero y a nosotros, sus lectores después, que puede encauzar las ideas y las palabras y encadenarlas en 14 versos, con todos los otros mandatos normativos de esta forma ya clásica.

Más o menos todos sabemos qué es un Soneto y cuales son sus reglas de rima y de metro, también sabemos los que intentamos alguna vez un Soneto, lo duro que resulta tener todos los hilos en la mano: la idea, la imagen, la metáfora, el ritmo, los acentos, las sílabas, etc. y que no se suelte ninguno. Manejar el telar del Soneto sin duda puede ser vencerse a sí mismo. Es una química poética que sólo pueden realizar los iniciados. Los Sonetistas tienen, me he imaginado siempre, una misteriosa semejanza a los antiguos alquimistas.

Yo, personalmente, me inclino reverente frente a quien puede hacer aunque sea un solo Soneto, pero que este Soneto tenga algo más que una forma perfecta.

Pero volvamos al punto de la autoexigencia de este autor, a través de su expresión lírica. Sabemos que un libro es una forma de entrega muy seria y comprometedora. Es una manera de perdurar, de persistir, casi como una adquisición de inmortalidad terrena.

Pienso que cuando se decide llegar al libro esos sentimientos compensados o no están presentes. Y Jerónimo Castillo, por segunda vez, decide llegar al libro concreto. Porque soñar con el libro soñamos muchos. Y toma la decisión escogiendo Sonetos, nada más que sonetos. ¿No bastaba Pórtico? ¿No había demostrado con él que era capaz de seguir a su “maestro” Francisco de Quevedo? ¿Por qué busca deliberadamente quedarse en la perdurabilidad del libro nuevamente con Sonetos?

Sí, seguramente, no estuvo conforme con su primera cosecha, tal vez sintió que su vino aún no estaba a punto porque no se había doblegado suficientemente. Sintió que no había entregado toda su capacidad de autoexigencia. Yo creo que es así, por que entre los dos libros hay diferencias aunque la forma sea la misma.

Sabemos que Jerónimo Castillo no se ha afincado en el Soneto des-preciando otras formas.

Sabemos que sentirse sonetista no le produce soberbia ni vanagloria, él me lo ha dicho muchas veces. Su elección es una elección de oficio, ha elegido esa herramienta y la hace producir hasta donde puede, y lo confiesa con modestia: algunas veces mejor, otras no tanto. Por esa autoexigencia de la que hablaba, yo pienso que él mismo es el mejor crítico que tiene.

Jerónimo trabaja, es un obrero que construye cantos (como decía Agüero), que martilla las palabras en su yunque, y eso se nota y se nota más aún en este libro, en el que algunas aristas de Pórtico se han suavizado, donde aparecen nuevos brillos. Es un trabajo en ascenso hacia la expresión perfecta.

Sí, Jerónimo, el intento ha valido, no sólo en perfección estética, sino en profundidad interior, intelectual y emocional, ya veremos en qué.

Yo tengo ahora esta pregunta: ¿el tercer libro será de Sonetos?, porque este libro ya está y vendrá el próximo.

Yo le pediría, más allá de mi reconocido respeto hacia esa forma, que no se autoexija tanto, y que nos entregue la libertad plasmada en otras formas. Porque las tiene y tendrá muchas más. Si quiere perdurar en sus libros, yo quiero que perdure también en la liberación formal que no significa infidelidad a sí mismo, ni a la poesía, ni a la lengua.

Yo creo que todos los que seguimos sus pasos queremos tener otros libros suyos, que contengan otras expresiones: las que ya de alguna manera conocemos y las que están guardadas en su fecundidad creativa.

Aunque no crean, tendrá que vencer la tentación de los sonetos, tendrá que desafiarse una vez más.

De todas maneras esto él ya lo sabe y lo sabía en Pórtico cuando escribió: libre o rimada, la poesía cuando es una verdadera demostración estética, está por encima de las formas.

Apuntaba hace un momento que entre los dos libros de Castillo se dan diferencias a pesar de la forma compartida.

Ya desde la nominación:

“Pórtico” es una denominación indeterminada y genérica. Quiero recordar lo que dijo don Américo Calí de este nombre: “Pórtico” título hermoso que no solamente abre un porvenir para su mundo literario, sino que invita a entrar en sus páginas”

Y es así el pórtico es un lugar de tránsito: Jerónimo salió por él y con él hacia sus lectores y nosotros entramos a conocerlo.

Ahora “Testimonio Americano”, ya desde la tapa el autor ha tomado una posición: la de “testigo” digamos presencial, una importante posición existencial y una posición geográfica, cultural y hasta social “americano”, no es cualquier testimonio, es un testimonio americano, no deja lugar a dudas. Es el aquí y el ahora.

Y sobre la blancura de la tapa un extraño gráfico, casi desconcertante en un libro de poesía. Un gráfico nacido de una computadora a través del cual se pueden inferir números y porcentajes.

Allí resume el peso de los temas que desarrollan las páginas interiores.

Ahora partamos de una semejanza entre los dos libros para arribar a otra diferencia:

Pórtico y Testimonio Americano se dividen en cuatro partes:

En el primero las divisiones son:

- Sonetos del Amor

- Sonetos del espíritu de las cosas

- Sonetos del vino

- Sonetos profanos

En Testimonio Americano encontramos:

- Sonetos del espíritu

- Sonetos profanos

- Sonetos amicales

- Sonetos del amor

Yo diría que se ha profundizado la temática antropológica. Aparece un compromiso con el hombre, con la problemática humana:

el hombre frente a si mismo

el hombre frente a los otros

el hombre frente al amor

el hombre frente a las cosas.

Y fuera de esa división nos encontramos con un tremendo soneto manuscrito, no sé porqué lo incorporó así de puño y letra. Se me ocurre que fue para hacer más válido su testimonio que parte de este “Interrogante”

Y tras él, los sonetos del espíritu nos van sacudiendo o golpeando o despertando resonancias de verdades inconmovibles:

el hombre: vive la eternidad que no conoce.

Búsqueda: te buscas, hombre en el silencio mismo / que desde antiguo oprime tu garganta / porque comprendes cuánto se agiganta / la dimensión de tu insondable abismo.

Y así van pasando versos y más versos, con fluidez pero demorándonos de pronto, muchas veces. Uno tendría que leer casi todos estos Sonetos y en cada uno encontraría un aldabonazo en las puertas de nuestra humana condición.

En la página 43 descubrimos el primer soneto profano “La mañana”.

En estos 20 sonetos Jerónimo canta a la naturaleza regocijándose con la noche traviesa, con una luna de papel, con un amigo grillo constante como él en el canto, con la cigarra cantando de soprano, con el cóndor señor de los cósmicos caminos, con el jardín de su casa esfumado al caer la noche,

- Rogando por el destino de las flores en “la rosa muerta”.

- Invocando al Inca en “la caverna” que “guarda tesoros de anhelado prisma”

- Nombrando al Chorrillero que cubre el cielo en arenado manto.

- Buscando al “Atardecer que va quitándole al sol hilos de vida”. Y después, los nueve últimos sonetos de esta parte, marcan una diferencia de tema y hasta de tono:

El Carlos, Tiempo viejo, Cafetín, Despedida orillera y Café Tortoni tienen un marcado ritmo de tango (65).

En los ”Sonetos amicales” después de definir al amigo, va reuniendo nombres: Américo Calí, Agüero, Lupita Leal, Rubén Vela, Polo Godoy Rojo, Hilario Cuadros, Gladys Paz, todos unidos al autor a través de los lazos intangibles de los versos.

Y entre todos esos nombres aparece la figura del abuelo, el abuelo de la plaza y la pipa y la nostalgia.

Y también está presente la Madre, la madre universal y la madre de Cristo que significa una confesión religiosa de Jerónimo.

Y entre estos Sonetos amicales hay uno que me llamó la atención sobre los otros: es el soneto a Simón Bolívar ¿Por qué a Bolívar? Y el mismo Jerónimo me lo dijo: porque idealmente le hubiese gustado compartir la amistad con este prócer americano, por el que siente una admiración profunda.

También entre estos sonetos hay uno que no tiene dedicatoria y no nombra a nadie en particular y sin embargo sentimos que está dedicado a todos nosotros, sus amigos, a sus amigos de cerca y de lejos.

“Caminaré mi verbo” (97)

Y después volviendo páginas: los 26 sonetos del amor. Retoma el tema iniciado en Pórtico. El amor, pero un amor concreto. Es el amor pareja de todos los días, un amor que se enhebra cotidianamente, en las pequeñas cosas. De pronto parece un amor manso, silencioso, como si hubiese renunciado a la efervescencia pasional, pero no por eso menos cierto.

Pero también aparece un amor como negado, resbaladizo, que se escapa y que no alcanza a poseer totalmente.

Está un amor que espera, que se enloquece de angustia y que activa fuerzas en “Retorno”.

“Los impulsos que siento para verte / se despiertan de pronto como un río / que mantuvo su cauce casi inerte”.

De todas maneras los sonetos del amor, desfilan una especie de dolor casi todos.

Yo he tratado hasta donde me ha sido posible, leer esta parte del libro (cosa que también he intentado, cuando he tenido en mi poder otras poesías de Jerónimo) de apartar digamos de abstraer a su mujer, la querida Clelia, para poder entender su mensaje oculto, aunque de todas maneras, ella está en algunas imágenes, no lo está del todo.

Es como un juego misterioso de luces y de sombras, de dulzor y de amargura, de encuentros y partidas.

Es como si amara sufriendo o como si sufriera amando.

Muchos de estos sonetos son para mí una incógnita. Pero, eso sí, a pesar de que el tema del amor ha sido muy trabajado siempre, Jerónimo no cae en lugares comunes o en metáforas fáciles.

Lo que es notable es que esta parte, tal vez por esa contradicción latente, es donde aparece el recurso de la “antítesis”, por ej:

- a mi noche se opone la luz de tu mañana.

- y descubre un olvido no olvidado.

Y también antítesis de conceptos.

El último soneto de esta división “Renacer”, respeta la formalidad en la

rima, pero no en el metro, ya que los versos no comulgan en regularidad silábica ¿Es una rebeldía a la forma?

El soneto final “Hallazgo” cierra el círculo y resuelve la búsqueda de la página 17.

En esto de desentrañar mensajes, de redescubrir la poesía de un amigo, de no quedarse con la lectura rápida, uno se va demorando y pareciera que no va a acatar nunca y yo quisiera no cansarlos.

He encontrado que Jerónimo incorpora el uso de ciertas palabras de la psicología, de la biología y de otras disciplinas:

El yo                                                         Abroquelo

Contextos                                                  Troglodita

Biorritmo                                                    Hallazgo de identidad, etc.

El adjetivo “fetales”                                     Genes

Me sorprende con el verbo “acigarrar” (pág. 53 La cigarra).

Pero no renuncia a la tradición greco-latina, con las alusiones: al Fénix, al Olimpo, al premio de los laureles, a Febo.

Aunque también nombra al Inca, a Moctezuma y al legendario Machu Pichu. Usa algunos vocablos muy castizos y hasta arcaicos que ha recogido de la transmisión oral de viejos copleros.

Todo le viene bien y lo combina para llegar a su soneto. Jerónimo bien podría decir como Borges en Los Conjurados:

“Escribir un poema es ensayar una magia menor. El instrumento de esa magia, el lenguaje, es asaz misterioso. Nada sabemos de su origen. Sólo sabemos que se ramifica en idiomas y que cada uno de ellos consta de un indefinido y cambiante vocabulario y de una cifra indefinida de posibilidades sintácticas” y también agrega “con esos inasibles elementos he formado este libro”.

Quisiera hacer una referencia a ciertas metáforas y versos que me han impresionado y que yo suelo definir como metáforas “salvadoras” o versos salvadores. Son aquéllos que se nos prenden fuera de contexto y que uno suele llevárselos consigo y su evocación es suficiente para recordar al autor en cualquier instante, como una chispa. En esto no tenemos por qué coincidir todos.

“manos divinas que tensaron

un arco de frágiles corales”

                                    (Como un grito 33)

“las estrellas gigantes sobre ese cielo oscuro

son escalas dispersas de dispersos peldaños” (39)

Y en el grillo “infatigable grito de membrana”

“monocorde visitante”

El destino del poeta “destino de trazo de pluma” (115)

Y este terceto:

“te guardaste en el hueco de mi mano

olvidando un oprobio ya distante,

y te fuiste conmigo ese verano”.

Y estos dos versos y una metáfora: (de Contigo)

“Desde entonces caminas con mi paso

bajo el patio de estrellas acalladas” (131)

Nos quedamos pues con este libro, con sus versos, con sus signos sus significantes y sus significados, sus mensajes implícitos y expresos. Nos quedamos, en fin enriquecidos.

Dije anteriormente unas palabras que quedaron sin definición y deliberadamente aplacé el juicio hasta este momento.

Yo había dicho:

Personalmente, me inclino reverente frente a quien / puede hacer aunque sea un solo soneto, pero que este soneto tenga algo más que una forma perfecta. Y en este caso Jerónimo te saludo reverente en tu indiscutida investidura de poeta y celebro en hora buena la presencia de “TESTIMONIO AMERICANO” 

Rosa Soria Boussy de Viñals

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